La ofensiva de los poderosos contra los pueblos está creciendo en todos los rincones del planeta. Estados Unidos y sus aliados regionales están detrás de las numerosas agresiones que se vienen produciendo, que amenazan extenderse toda vez que no existen mecanismos capaces de frenarlas. La impunidad es la regla en este periodo, en el que las grandes potencias están dibujando un nuevo mapa global ajustado a sus intereses.
Desde que el genocidio de Gaza quedó en la más completa impunidad, se abrieron las compuertas de represiones y violencias contra los pueblos. Las clases dominantes del mundo creen que pueden revertir la decadencia de sus Estados-nación a través de la fuerza militar. La larga y tremenda historia del colonialismo les enseña el camino.
En las escasas semanas del nuevo año, se están produciendo feroces ofensivas contra los pueblos venezolano, iraní y kurdo, en una escalada tan veloz como demoledora. Incluso dentro de Estados Unidos, el presidente Trump parece dispuesto a enviar mil 500 militares para sofocar la revuelta de la población de Minneapolis contra las deportaciones del servicio de inmigración (ICE) que asesinó a una mujer días atrás.
Sobre Venezuela se sigue aplicando la estrategia de la asfixia que, aunque busca acabar con el régimen, afecta principalmente a la población, a la que condena al hambre con la esperanza de que se levante contra el gobierno. Se trata de una estrategia que ya viene siendo aplicada contra otros países, estando el pueblo cubano en la mira del Pentágono, que es el que diseña estos modos de acorralar poblaciones enteras.
Lo de Irán es una tragedia que compromete a las izquierdas por sus inexplicables silencios. La represión del Estado parece haberse cobrado la vida de más de 10 mil personas, a través de una represión abominable que no puede justificarse porque Estados Unidos, Israel y el Reino Unido estén espoleado la movilización popular que, aunque lo nieguen, tiene sus razones en el deterioro de sus condiciones de vida y en una represión persistente.
El pueblo kurdo está siendo duramente atacado por el régimen yihadista que gobierna Siria, con la colaboración de Turquía. A comienzos de enero atacaron los barrios kurdos en Alepo, forzando una retirada, y ahora la emprenden contra la autonomía de Rojava con la esperanza de erradicar el proceso de autogobierno que desde hace 14 años viene desarrollando la población.
Al parecer, hubo un acuerdo entre Turquía e Israel, con el visto bueno de Washington y la Unión Europea: Ankara acepta que Tel Aviv controle el sur de Siria a cambio de tener las manos libres contra Rojava, que es su objetivo estratégico. Los poderes rechazan todo acuerdo, ponen fin a un “proceso de paz” que nunca levantó vuelo y clausuran una imaginaria crisis turca con el apoyo del Occidente colectivo.
El caso kurdo ilustra cómo las potencias y los Estados-nación consideran a los pueblos como arcilla moldeable por la geopolítica capitalista. En realidad, para los pueblos oprimidos nunca hubo democracia ni buenos gobiernos, sino el rigor de la vigilancia y el control que ahora derivan en sablazos con los que la caballería siempre trató a los pueblos que no se dejaban. Creo que esta coyuntura nos impone reflexiones más amplias.
Los grandes pensadores de la guerra, aunque actuaron en épocas y geografías diferentes y ante enemigos diversos, coinciden en algunos aspectos centrales que no tienen nada que ver con las armas y las tecnologías bélicas. Para Sun Tzu, el primer factor fundamental a tener en cuenta es “la influencia moral”, por la que entiende que “el pueblo esté en armonía con sus dirigentes”.
A pesar de ser un militar prusiano, Carl von Clausewitz sostuvo que no hay en el mundo fuerza más excepcional que el espíritu del pueblo en armas y que, a su lado, no hay medios técnicos ni militares superiores. Llegó incluso a decir que el pueblo es el “dios de la guerra”.
Mao es más concreto y afirma, en sus escritos ante la invasión de Japón a China que “la movilización de todo el pueblo formará un vasto mar para ahogar al enemigo, creará las condiciones que habrán de compensar nuestra inferioridad, y otros elementos, y proporcionará los requisitos previos para superar todas las dificultades en la guerra”.
En todos los casos el pueblo es el centro, no mero instrumento ni medio para conseguir fines. Una centralidad que fue luego opacada por las izquierdas, tanto las electorales como las revolucionarias, en una deriva ética que convierte a los pueblos en espectadores o ejecutores de decisiones que toman otros. Una vez afirmado este principio, podemos considerar otros aspectos de la guerra.
Los grandes estrategas militares coinciden en que la defensiva es superior a la ofensiva, cuestión de actualidad ante las guerras de arriba. Sin embargo, la defensiva no puede ser pasiva sino “resistencia y rebeldía” como enseñan los zapatistas, ya que son las condiciones para cambiar el mundo cuando los vientos soplan en contra de los pueblos.
* Periodista, escritor y pensador-activista uruguayo, dedicado al trabajo con movimientos sociales en América Latina.
La ofensiva de las clases dominantes y de sus gobiernos es cada vez más violenta y peligrosa para la sobrevivencia de los pueblos. En los últimos tiempos hemos visto cómo los poderosos ya no disimulan, ni pretenden esconder la creciente militarización del mundo. En Estados Unidos, Trump envía soldados a la ciudad de Por-tland para acallar protestas; en Ecuador, los militares reprimen marchas pacíficas y asesinan indígenas; en Chiapas, militares y finqueros atacan bases zapatistas y destruyen sus cultivos e instalaciones “en común”.
Estamos ante un conjunto de guerras contra los pueblos, guerras civiles, de despojo, para liquidar cualquier resistencia, para desplazar comunidades con el objetivo de despejar territorios para acelerar la acumulación de riqueza. Como ya se ha dicho, Gaza es el espejo en el que debemos mirarnos para comprender lo que están haciendo, incluso, los gobiernos de nuestra América.
La reciente denuncia de la Asamblea de Colectivos de Gobiernos Autónomos Zapatistas (ACGAZ) Gobiernos en Común, debe ser tomada muy en serio. El gobierno entregó a particulares tierras zapatistas recuperadas en 1994, que están cultivando en común las bases de apoyo zapatistas con comunidades no zapatistas, cerca del caracol Dolores Hidalgo. En los videos que acompañan la denuncia puede verse claramente cómo el Ejército y la policía municipal acompañan a los usurpadores bendecidos por la “justicia” del Estado.
No sólo ingresaron a territorio zapatista desplazando bases de apoyo y campesinos no zapatistas, sino que destruyeron y robaron bienes y cultivos, lo que muestra el tipo de personas que son. Del comunicado del 24 de setiembre (ver enlacezapatista.ezln.org) me parece necesario destacar que estamos ante “un plan de los tres niveles de los malos gobiernos”. Aquí nadie debería hacerse el distraído: el gobierno federal es responsable junto al gobierno de Chiapas de la agresión al territorio zapatista para convertirlo en propiedad privada. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué buscan?
A mi modo de ver, quieren destruir al movimiento zapatista, ya sea provocando enfrentamientos armados o bien forzándolos a retirarse como ya sucedió en Nuevo San Gregorio. Como todo tiene un límite (desde la paciencia hasta los intentos de diálogo), el comunicado advierte que “nos están obligando a defendernos”. Si lo hacen, serán inmediatamente catalogados como “terroristas”, como estos días sucede en Ecuador con los pueblos originarios que resisten al mal gobierno de Noboa.
Mi impresión, y puedo estar equivocado, es que en esta ofensiva hay algo nuevo, que está siendo iluminado por el genocidio en Gaza. Lo nuevo son dos cuestiones: la embestida se produce a la luz del día, amparados en la impunidad que creen tener por el apoyo social pasivo con que cuenta el gobierno de la 4T; la segunda, es que estamos ante un asalto militar con la participación directa de las fuerzas armadas. Esto indica que no sólo están dispuestos a desplazar, como en ocasiones anteriores (muchas veces efectuado por paramilitares), sino que ahora vienen dispuestos a matar a per-sonas desarmadas.
No es ninguna casualidad que hayan creado las FRIP o pakales, cuyo lema “Vencer o morir” no es sólo un culto a la muerte, sino que nos recuerdan a los kaibiles guatemaltecos, entrenados por los “boinas verdes” estadunidenses y auspiciados por el Estado de Israel, responsables de infinidad de crímenes durante el genocidio del pueblo maya en la década de 1980. Los kaibiles fueron definidos como “máquinas de matar” y luego de la guerra no pocos se integraron al cártel Los Zetas, marcando probablemente un camino a sus pares pakales.
Esperemos que la violencia del Estado no escale, pero eso sólo depende de ellos. Tal como están las cosas en el mundo, nadie puede asegurar que no estemos ante el inicio de un plan genocida (uno más) contra los pueblos de raíz maya, y contra el EZLN porque su presencia resulta molesta para los planes de negocios capitalistas.
En Ecuador, en respuesta al paro indígena y popular contra un nuevo paquete contra las economías de los pueblos, el gobierno de Noboa sacó a los militares a la calle invadiendo viviendas en la noche, disparando contra la población, no sólo contra manifestantes, y asesinando de forma cobarde al artesano kichwa Efraín Fueres, que recibió tres balazos. “El video del maltrato de los militares a un manifestante moribundo enciende las protestas contra Noboa”, titula El País.
Las redes gritaron: “terrorismo es militares armados y entrenados bajando de un tanque para patear el cadáver del campesino al que asesinaron”. Esta es la realidad del sistema hoy, en cualquier parte del mundo. No nos engañemos: están preparados para el asesinato masivo de nuestros pueblos. Por eso Gaza es tan revelador. Por eso Chiapas es tan importante. No nos hagamos ilusiones. Los gobiernos progresistas son un excelente escenario para planificar crímenes y despojos. Los encargados de perpetrarlos pueden ser cualquiera.
Los, las protagonistas, fueron las bases de apoyo de los doce caracoles, milicianos y milicianas del EZLN, quienes construyeron en el semillero de Morelia los espacios que albergaron a las delegaciones de México y del mundo, cuidaron de los asistentes y escenificaron obras teatrales que nos permitieron comprender más a fondo los caminos que seguirán transitando en los próximos años.
Un rasgo sumamente esperanzador, aunque nada novedoso, fue la abrumadora presencia de jóvenes y jóvenas, en particular entre las y los milicianos, y entre quienes representaron las obras teatrales. Las obras merecen un comentario aparte. No sólo crearon los guiones, los decorados y vestimentas, algunas realmente notables, sino que debieron coordinarse desde las más diversas zonas, lo que supuso, creemos, un trabajo de meses, extenso, intenso.
Hubo una ceremonia de apertura realizada por milicianoas, en apoyo al pueblo palestino, pero no hubo acto de clausura. Sólo un sencillo agradecimiento del Sub Moisés a los asistentes y a las bases de apoyo. Sin más, cerró el encuentro para dar paso a la poesía, la música y el baile en el que participaron, como cada noche, miles de bases de apoyo y asistentes de las más diversas geografías.
Las comparticiones de delegados de movimientos y organizaciones de 45 países, ocuparon el grueso del tiempo, a las que asistieron las bases de apoyo mientras las milicianoas las seguían desde cierta distancia. Fueron muchas horas de escucha, de esa escucha serena y atenta que las y los zapatistas nos enseñan con generosa humildad.
El papel de Moisés fue determinante, más notable aún porque el capitán Marcos no tomó la palabra. Intervino en muchas comparticiones, aportando una mirada fresca y siempre impredecible, con ejemplos sencillos de la vida cotidiana, con infinita paciencia para hacerse entender, y esta vez portando una pipa que, quién sabe, pareció un homenaje al capitán, por los modos, las maneras de fumar y hasta de lanzar el humo al aire.
Una amplia delegación internacional y mexicana se acercó hasta el caracol Dolores Hidalgo, donde se está construyendo el quirófano donado por la solidaridad europea, y un gran hospital que está siendo levantado en común por zapatistas y no zapatistas. Será una obra necesaria para los pueblos de la región y motivo de orgullo para el movimiento.
Los dos últimos días fueron de preguntas de los asistentes a la comandancia, una persona por cada caracol, mitad varones y mujeres. En un sólo día dedicaron más de cuatro horas consecutivas a responder las cuestiones más diversas, algunas bien interesantes, otras menos, pero siempre respondieron con buena onda y humor zapatista.
El comedor El Común fue una auténtica maravilla. Allí Marijose y el chef Ramón cocinaron deliciosos desayunos, tacos, tortas y otras comidas, en un enorme espacio donde 80 zapatistas trabajaron en la cocina o de meseras, durante 20 horas diarias manteniendo el buen ánimo y ese espíritu de entrega que, por sí sólo, es mucho más que un programa revolucionario.
Quienes tuvimos el privilegio de asistir rápidamente nos olvidamos de la lluvia y del barro para disfrutar del espacio, de las comparticiones, de las charlas informales entre asistentes y, sobre todo, con las bases zapatistas. Fueron días maravillosos que albergaremos por siempre en nuestros corazones.
La masificación del uso de la inteligencia artificial (IA) y la naturalización de sus resultados no va de la mano de una comprensión de sus mecanismos, de quiénes la promueven, con qué intereses y objetivos. Si no realizamos este ejercicio, seremos víctimas pasivas de modos que no conocemos.
En reciente entrevista el historiador y filósofo Yuval Harari sostiene que la IA permite “una vigilancia total que acaba con cualquier libertad” (https://goo.su/BndfI4R). Advierte que la capacidad de vigilancia supera ampliamente la de cualquier dictadura o régimen totalitario, ya que a través de las cámaras de vigilancia con capacidad de reconocimiento facial y de los teléfonos celulares, tiene la capacidad de controlar las más mínimas actitudes de todas las personas en todas partes adonde llegue Internet.
En lo personal, he comprobado que me envían publicidad de productos o de marcas de las cuales estoy hablando con mi familia y amigos, casi inmediatamente. Sabemos que la IA permite escuchar a través de los celulares cualquier conversación, por más íntima que sea, todo movimiento y comunicación que hagamos.
Harari dice que “la IA es diferente a cualquier tecnología previamente inventada”, porque a diferencia de las tecnologías anteriores, no está en manos de seres humanos ni es una herramienta que debe ser activada por personas, sino “un agente independiente” que tiene la capacidad de tomar decisiones propias “por sí misma”. Sostiene que en los medios de comunicación, que “integran la base de una democracia a gran escala”, ya no son los editores los que toman las decisiones editoriales, sino que “son los algoritmos los que deciden cuál debe ser la historia recomendada”.
Creo que muchos de los argumentos de Harari son interesantes y que su denuncia de la manipulación masiva de la información es muy importante. Da un paso más aún, para profundizar en las consecuencias de la IA: “Los algoritmos de las empresas han descubierto que hay que diseminar fake news y teorías que aumentan las dosis de odio, miedo y rabia en los usuarios, porque esto hace que la gente se implique, esté más tiempo en las plataformas y envíe enlaces para que sus amigos también se puedan enfadar y tengan miedo”.
Concluye que este es un modelo de negocio porque “la implicación del usuario es la base de todo”, de modo que el tiempo que cada usuario pasa en las plataformas lleva a que las empresas ganen más dinero, pues venden más anuncios y, sobre todo, “recaban datos que más adelante venderán a terceros”. Un análisis bien interesante, que remata con una frase demoledora: “La gente del sector está atrapada en una mentalidad de carrera armamentística, de competidores, y de no dejarse ganar”.
Creo, sin embargo, que faltan dos aspectos para completar el cuadro porque, de no hacerlo, se puede perder el contexto de lo que verdaderamente está sucediendo: la primera es que los algoritmos no tienen vida propia, sino que han sido creados por el sistema para mejorar sus ganancias, profundizando el control de nuestras mentes. La segunda, es que la historia del capitalismo es, precisamente, ésta.
Cuando Harari sostiene que la IA toma decisiones por sí misma, esto es sólo parcialmente cierto si miramos sólo la tecnología pero no quienes la crearon y la manejan para conocer aún los deseos más profundos de las personas.
En segundo lugar, debemos remontarnos a la historia del panóptico, del taylorismo y del fordismo para ver cómo se ha ido profundizando el control del capitalismo.
El panóptico surge en los ejércitos. Las tiendas de campaña de los soldados debían estar rigurosamente alineadas para que los oficiales detectaran el menor movimiento. Luego se trasladó a las cárceles, los hospitales, los centros de enseñanza, las fábricas; siempre para acotar la autonomía de las personas. Las cámaras que se multiplican en nuestras ciudades tienen el mismo objetivo.
En las fábricas, en el periodo de la manufactura, el obrero especializado controlaba las máquinas y sus tiempos de trabajo. Hacia fines del siglo XIX se impuso la “organización científica del trabajo” ideada por Frederick Taylor, que dividía las tareas entre quienes ejecutan movimientos y quienes planifican y dan órdenes. El objetivo era convertir al obrero en un “gorila amaestrado”, sometido a las máquinas, capaz sólo de hacer movimientos precisos y cronometrados.
Con la cadena de montaje creada en las fábricas Ford, se cierra un primer ciclo de control de los obreros, luego profundizado con el “toyotismo”, cuando los trabajadores lograron neutralizar los modo anteriores de explotación, en la década de luchas obreras de 1960.
El perfeccionamiento de las tecnologías para el control de la vida, de la naturaleza y de todo lo humano, es la seña de identidad del capitalismo. De ese modo aumenta sus ganancias, sometiendo más y más a los seres humanos. Surgirán nuevas y más sofisticadas formas de control, porque los de abajo siempre encuentran modos de resistir y burlar a los de arriba.
La izquierda francesa agrupada en el Nuevo Frente Popular (NFP) acaba de frenar el ascenso del partido de Marine Le Pen (Asamblea Nacional), calificado de ultraderecha, gracias a la alianza de varias fuerzas, desde los socialistas y Verdes hasta la Francia Insumisa y los comunistas, entre las organizaciones más destacadas.
En NFP, Verdes y Socialistas tienen la mayoría de los diputados (94 en 182 escaños), por encima de los 71 que se le atribuyen a La Francia Insumisa de Jean-Luc Melénchon.
En cuanto al reparto de diputados, todos los partidos y alianzas están lejos de la mayoría, con lo que la izquierda deberá co-gobernar con la derecha de Macron. Además dentro del Nuevo Frente Popular, algo más de la mitad de los elegidos son neoliberales, caso de verdes y socialistas, firmemente alineados con la OTAN y la guerra.
El Frente propone en su programa la subida del salario mínimo a 1.600 euros y reducir la jubilación a los 60 años, y un sistema que permita regularizar la migración, uno de los aspectos más debatidos en los últimos años. No dicen nada de la guerra de Ucrania, lo que hace pensar que seguirán adelante con la política guerrerista.
El gran “triunfo” que festeja la izquierda europea es haber frenado a la ultraderecha, a la que menudo se refiere como “fascista”. Pero ahora va a tener que gobernar con una parte de la derecha, por lo que no habrá cambios significativos en ningún terreno, ni en la economía, ni en la política exterior, ni en relación con los inmigrantes.
Creo que la izquierda ha perdido el horizonte y ya no puede distinguir lo esencial de lo secundario. En Europa hay guerra. Esa guerra tiende a ampliarse. Ahora Ucrania está bombardeando con armamento occidental estaciones estratégicas en Rusia, acercando el momento en que se utilicen armas nucleares. Polonia y Bielorrusia están prontas para entrar en la guerra, mientras Estados Unidos, Reino Unido y la OTAN desean acelerar el conflicto.
La cumbre de la OTAN que se realiza esta semana en Washington, del 9 al 11 de junio, estará orientada a profundizar la guerra en la convicción de que es posible derrotar a Rusia o, por lo menos, desgastarla seriamente. Sin embargo, la mayoría de la opinión pública europea desea una negociación que ponga fin al conflicto. Algo que el Pentágono no parece dispuesto a aceptar.
No tomar posición respecto a la guerra y cogobernar con la derecha es el camino seguro del fracaso y de la pérdida de legitimidad. Pero el pragmatismo y el inmediatismo son demasiado potentes en las direcciones de todos los partidos que se dicen de izquierda, eluden el conflicto y apuestan al “mal menor”, que los lleva a no realizar cambios y a seguir con las políticas neoliberales y guerreristas de la Unión Europea.
La llamada “ultraderecha” es un tigre de papel, parafraseando a Mao. Ya gobierna en Italia y no ha habido cambios importantes. Pero sobre todo el mismo concepto de ultraderecha es una construcción de la derecha “moderada”, o sea del campo socialista y socialdemócrata, equivalente a los demócratas en Estados Unidos. Observemos los medios y vemos que la “unidad” contra esa derecha, o contra Trump, es cálidamente defendida por El País, Le Monde y The New York Times. Aprendieron a subordinar a las izquierdas del tipo de Podemos, Sumar o La Francia Insumisa. No sólo no les temen sino que saben usarlas para conseguir la gobernabilidad neoliberal que desean. El gobierno de Pedro Sánchez es buena prueba de ello.
Pero cuando alguien dice algo así, lo acusan de “hacerle el juego” a la ultraderecha o a Trump, y en ocasiones a Putin. Esta derecha que se disfraza de centrista, es el cerrojo ideológico que clausura el debate con quienes siguen luchando por cambios de fondo, a quienes criminalizan por salirse del libreto aceptable para los poderes.
Con ésta política de Frente Popular, la izquierda pierde su relación con los sectores populares y los inmigrantes, los verdaderos perdedores del neoliberalismo que, en buena medida, votan por esa ultraderecha a cuyos votantes no logran comprender. La dirigente alemana Sahra Wagenknecht, escindida de Die Linke (La Izquierda), acusó a sus ex camaradas con toda razón: “Es incorrecto llamar nazis a quienes por desesperación votan a la ultraderecha” (Publico, 7/07/2024).
Tan grave como eso es que la izquierda le está dando una sobrevida a Macron, al que la primera vuelta había dejado en el suelo.
Esta izquierda podría reflexionar sobre el rumbo de Lula. Para derrotar a Bolsonaro, tejió la unidad con la derecha “moderada”, a la que pertenece su vicepresidente Geraldo Alckmin. Ahora es prisionero de esa alianza que no le permite hacer los cambios que reclaman los movimientos. El pragmatismo lo está llevando a realizar un gobierno mediocre, con baja aprobación y alta desmoralización entre quienes lo apoyaron. Incluso Joao Pedro Stédile, coordinador del MST (Movimiento Sin Tierra), acaba de decir que el gobierno de Lula es “una vergüenza” porque no está haciendo nada por la reforma agraria (IHUOnline, 7/06/2024).
Sobre las ruinas del gobierno de Lula, puede volver nuevamente Bolsonaro. Entonces dirán que hay que unirse con la derecha “democrática” para impedir su victoria.
Al parecer, la imaginación y el compromiso con los pueblos no le permiten a esta izquierda ir más lejos, mientras se hunde sin remedio en el pantano del pragmatismo.
El ingreso por la violencia de policías ecuatorianos en la embajada de México en Quito, marca un punto de inflexión en las relaciones internacionales en América Latina. Ciertamente, no es la primera vez que sucede algo similar. Las embajadas han sido violentadas en varias ocasiones, en particular por regímenes autoritarios como sucedió en Montevideo en 1976, cuando militares de la dictadura ingresaron a la embajada de Venezuela para secuestrar a un presa política que había escapado de sus captores.
Pero es la excepción. Ni siquiera las dictaduras de Pinochet y Videla se atrevieron a invadir embajadas. En las de Chile se refugiaron miles de militantes perseguidos cuyas vidas estaban en peligro. Durante los 17 años del gobierno militar chileno las embajadas fueron respetadas. El ex presidente argentino Héctor Cámpora estuvo tres años asilado en la embajada de México en Buenos Aires, recinto que nunca fue invadido por la genocida junta militar.
La irrupción en la embajada mexicana en Quito para detener al ex vicepresidente Jorge Glas marca una ruptura, sobre todo por la escasa reacción en la región y el mundo, que se limita a meras declaraciones. Vamos hacia la normalización de la violencia y de la militarización, el modo elegido por los de arriba para resolver todos los problemas, desde los sociales hasta los económicos.
Sin embargo, creo que la gravedad de los sucesos de Quito, de la mano del presidente Daniel Noboa, radican en el contexto geopolítico en el que se producen.
En primer lugar, la proliferación de guerras que ya se venían multiplicando desde la crisis de 2008 y la Primavera Árabe: Libia, Siria, Yemen, Afganistán, entre las más evidentes. Luego, desde la invasión de Rusia a Ucrania y la guerra de Israel en Gaza, asistimos a una escalada de guerras en las que aparecen directamente involucradas las principales potencias nucleares.
Esto resulta tan evidente como la creciente insensibilidad de las clases dominantes hacia los sufrimientos de las poblaciones, algo que rompe los ojos en relación con el pueblo palestino.
En segundo lugar, América Latina parece estar en el centro de la disputa geopolítica entre Estados Unidos y China-Rusia por la hegemonía en la región. Según el think tank francés Laboratorio Europeo de Anticipación Política (LEAP), Asia y África ya viven una realidad multipolar, en la cual las potencias citadas tienen una presencia importante, además de India en Asia e Irán en Oriente Medio.
Sin embargo, América Latina aún presenta una relación de fuerzas distinta, que favorece el unilateralismo de Washington, por lo que el LEAP concluye que será la principal región en disputa. El editorial de su Boletín 180, de diciembre de 2023, señala sobre América Latina: “Considerada durante mucho tiempo el patio trasero de Estados Unidos, y más recientemente objeto de una activa estrategia de influencia por parte de China, camina ahora en la cuerda floja, a veces intentando forjarse un destino más autónomo, como Brasil, o capaz de inclinarse hacia uno u otro lado. La elección de Javier Milei, un libertario americanista, en Argentina, que debía unirse a los BRICS a finales de año, es la encarnación de este juego de influencias en curso, que se acentuará en los próximos años” (https://geab.eu/es/magazine/geab-180/).
A la elección de Milei debe sumarse al derechista Noboa en Ecuador, la perspectiva de un gobierno también derechista en Chile, la agudización de la disputa interna en el MAS de Bolivia que debilita a las fuerzas progresistas y el posible retorno de Bolsonaro al poder en Brasil.
Lo más notable es la reciente deriva pro-estadounidense del gobierno de Milei. La general Laura Richardson en su reciente vista a Argentina, señaló la necesidad de que ambos países desplieguen sus fuerzas armadas en Tierra del Fuego, por ser una zona estratégica “para el transporte internacional” y como “puerta de entrada a la Antártida”.
De modo que el reposicionamiento de Washington en la región tiende a consolidarla como espacio privilegiado de sus intereses globales, lo que augura una creciente competencia geopolítica pero, sobre todo, una tendencia aún mayor a la militarización.
Es la hora de que hablen los pueblos. En Estados Unidos y en Europa se han registrado contundentes movilizaciones exigiendo un cese el fuego de Israel y Hamas. Esto ha llevado al gobierno de Joe Biden a mostrar una pequeña fisura en sus relaciones con Israel, aunque sigue siendo el primer país en suministrarle armas. Pero lo más notable es la creciente movilización de la sociedad israelí en contra del primer ministro Netanyahu. No debe olvidarse que la movilización de la juventud estadounidense fue decisiva para poner fin a la guerra en Vietnam, en la década de 1960.
Por lo mismo, creo que las sociedades civiles latinoamericanas tienen la llave para frenar la corriente militarista ahora dominante. Sin embargo, para poder jugar un papel decisivo en los escenarios nacionales, regional y global, los pueblos deben superar la dependencia política e ideológica que vienen mostrando respecto a los gobiernos y partidos progresistas.
“El árbol se va a quedar en el centro del edificio de la universidad”, comenta Miriam señalando con su brazo, bajo el sol demoledor del mediodía de Vallecito. Desde ese árbol, Víctor tomó todas las medidas y la marcación de la universidad para levantar un edificio redondo de ladrillos y techo de tejas. “Son tres anillos. El de afuera tendrá salas de docentes y los jóvenes podrán trabajar e investigar colaborando entre ellos y ellas, por ejemplo en la elaboración de tambores. Luego vienen los diferentes pasillos y donde está el árbol será un patio interno”.
La construcción de la universidad garífuna avanza de la mano de una decena larga de varones jóvenes guiados por Víctor, el mayor del grupo de constructores. Miriam explica que la construcción circular hace posible que “las salas estén conectadas y los estudiantes puedan transitar por ellas sin que haya una separación. Todo está relacionado. Queremos algo integral, no parcializado, como esas especializaciones que sólo sirven para que ganen mucho dinero”.
La propuesta es que la universidad pueda servir a todo el pueblo garífuna y que estudiantes de las 48 comunidades puedan llegar aquí a estudiar mientras trabajan. También serán invitados miembros de pueblos indígenas, como los miskitos, ya que la casa de estudios será abierta, participativa y, por supuesto, anti-colonial, desde la estructura física hasta el modo de funcionar.
“Los que van a dar clases son la gene de nuestra comunidad que tienen conocimientos ancestrales, las parteras, las que saben de salud, los que hacen tambores, para que los jóvenes puedan fortalecer la cultura del pueblo garífuna”, remata Miriam.
Capitalismo, violencia y destrucción
“Las plantaciones de palma aceitera avanzan a pasos agigantados por América Latina, trayendo consigo expulsión de comunidades de sus territorios, deforestación, violencia y pobreza. En Honduras, se registran cerca de 210 mil hectáreas de palma. La expansión de la palma se está dando sobre territorios indígenas y afrodescendientes, en particular en las comunidades garífunas y del Bajo Aguan. Estas comunidades sufren violencia, acoso y amenazas por parte de militares y grupos paramilitares vinculados a políticos del país”, explica un texto de la ONG ambientalista Grain1.
Vallecito es el vivo retrato de este breve relato. Los monocultivos no sólo dañan el medio ambiente sino que también destruyen el tejido social. Los jóvenes motoqueros trabajan en las fincas de palma que rodean las comunidades, en sus tiempos libres trabajan como guardaespaldas para los “empresarios” dedicados al tráfico que les encargan los trabajos más riesgosos.
La expansión de la palma de aceite es imparable. “El consumo de aceite de palma aumentó en los últimos 30 años del 2% al 41% del total de producción de aceites en el mundo, desplazando a la soya como el aceite vegetal más consumido en el mundo”, explica Grain. Del mismo modo, la superficie sembrada se multiplicó por 3,5 veces, con su secuela de pobreza extrema y aumento de la violencia.
En paralelo, se asiste a la expansión de las Zonas Especiales de Desarrollo Económico (ZEDE), que pueden ser definidas como estados dentro de un estado, ya que cuentan con un régimen legal especial que permite que los inversionistas queden a cargo de la política fiscal, de seguridad y resolución de conflictos2.
Del mismo modo que los monocultivos y los emprendimientos turísticos, las ZEDE provocan desplazamiento forzado porque el capital financiero que impulsa estos proyectos necesita controlar cada vez más territorios, en una guerra sin fin contra los pueblos que va dejando estelas de muerte y desapariciones, pero también de emigración y desplazamiento.
“Hay una política de vaciamiento de nuestras comunidades que afecta sobre todo a los jóvenes, para entregarlos vencidos al narco”, dicen las mujeres de Vallecito. Migración e inundación de las comunidades con drogas, son para ellas dos caras de un mismo proyecto de exterminio del pueblo garífuna y del conjunto de pueblos originarios.
Resistir creando vida
La Casa Ceremonial o Gayunari, situada en el centro de la comunidad Vallecito, es una enorme construcción de barro y techo de palmas que acoge decenas de personas que danzan al sonido de tambores y maracas. Sería un error confundir espiritualidad con religiosidad. En las religiones occidentales los fieles son apenas objetos de las idea y costumbres que promueven los sacerdotes. En la espiritualidad garífuna, por el contrario, existe una pluralidad de sujetos que se relacionan sin la mediación de ninguna autoridad que los adoctrine o dirija los cultos.
Se trata de prácticas colectivas que fortalecen la identidad comunitaria y contribuyen a la salud física y emocional de las personas. “La espiritualidad garífuna no es un aspecto aislado en la dinámica de vida diaria, está vinculada a todo lo que acontece con el individuo, con la familia y con la comunidad en general. Es un todo”, explica la psicóloga garífuna Tesla Quevedo en un trabajo sobre espiritualidad3.
En el mismo sentido apuntan las Casas de Salud Ancestral, consideradas como un eje organizador del pueblo garífuna. Ya funcionan nueve casas y cuatro más están por abrirse, pero durante la pandemia de Covid funcionaron hasta 33 centros de salud, casi uno por comunidad.
Melissa Martínez explica que convocan a los “abuelitos” para aprender de ellos y desaprender los saberes inculcados por el sistema. “Recuperamos los saberes ancestrales de hierbas y plantas, abordamos los principales problemas de salud como la diabetes, la hipertensión y la violencia doméstica contra niños y niñas en base a los saberes propios, porque la pandemia nos mostró que los pueblos tenemos conocimientos que han sido negados por la industria farmacéutica”.
Miriam recuerda que el garífuna es “un pueblo enfermo” y que necesitan abordar la salud de modo integral. Por el mismo motivo están diversificando la producción de alimentos, siendo el coco un cultivo central del que extraen aceite en su propia fábrica que vuelcan a las Casas de Salud y a las demás comunidades, incluso a las miskitas. Intentan eludir las medicinas de la industria farmacéutica y están multiplicando los “huertos medicinales”, a cargo de las mujeres que son el eje de los cuidados comunitarios y de la espiritualidad. También crearon clubes de danza en las Casas de Salud, como parte de su visión integral del bienestar.
En la recorrida pudimos observar gallinero, criadero de cerdos, cultivos de yuca, frijoles, plátanos y sandía, que suelen trabajar el minga. Algunas de estas iniciativas, como el procesamiento de aceite de coco con métodos tradicionales, han sido compradas con el apoyo de Ofraneh, por lo que ahora llegan personas de otras comunidades a trabajar en la aceitera.
“Elaboramos el aceite con prensado en frío, para que conserve sus propiedades. Tenemos 18 mil plantas de coco en los viveros que luego sembramos. No usamos agrotóxicos. Lo hacemos en jornadas con compas solidarios que vienen a ayudarnos. Tenemos unas 115 manzanas de coco cultivadas. Una manzana es algo más de media hectáreas. La idea es llegar a 500, y tenemos una parcela con plátanos y cítricos, además los cerdos para ir teniendo una diversidad de alimentos porque el tema de la comida se va a convertir en algo insostenible y necesitamos alimentos para las 150 personas que comemos aquí”, sigue Miriam.
Universidad para la vida
El abogado garífuna Rony Castillo asegura que Vallecito “es un centro de identidad, de soberanía alimentaria y de espiritualidad para el resurgir de nuestro pueblo”. La universidad es parte de esa realidad expansiva que está en el centro de la existencia de Vallecito. Para este pueblo la universidad es “toda la comunidad” y no sólo lo que sucederá en las aulas. Como en la salud, la educación es integral y comunitaria. De ese modo se van afirmando en su resistencia al sistema, porque en todos los aspectos re-descubren que tienen alternativas al capitalismo, como señala Rony.
La cuestión de la educación genera debates. “Luchamos contra los maestros” dice Melissa. Miriam agrega: “Si no cambiamos, si no nos despojamos de lo que arrastramos, esto se acabó, porque hemos captado mucha basura de afuera”. Se trata, dicen, de una “lucha desde adentro” en la que se juega el destino del pueblo garífuna. Frases que se pueden escuchar en muchos pueblos originarios de nuestro continente.
“A nuestros hijos la educación del Estado los arrebata y deforma”, dice el buyei (líder espiritual) Selvin en la penumbra del anochecer. “Por eso uno de nuestros grandes problemas son los maestros”. El objetivo es que los maestros garífunas “enseñen según el plan de vida de nuestro pueblo”, que es su modo de “descolonizar la educación”.
En base a la convergencia de salud y educación propias con y de tejer la espiritualidad garífuna, van tejiendo las autonomías territoriales que el sistema se empeña en desmantelar.
La cola verde
Luego de que Miriam sufriera varios atentados, la comunidad decidió que sea protegida por cinco soldados del ejército hondureño, que la siguen como una sombra. Una decisión polémica que genera cierta perplejidad entre quienes llegamos de la ciudad. Sin embargo, fue una decisión colectiva porque el pueblo garífuna aún no tiene capacidad de protegerse a sí mismo.
Lo importante es que Miriam y los demás comuneros están abiertos al debate, que reconocen que se trata de una contradicción y que van conociendo experiencias de autodefensa como la Guardia Indígena nasa del Cauca colombiano. Para nosotros, es una exigencia de respeto porque no son nuestras vidas las que corren peligro.
La compleja realidad y el tremendo antecedente del asesinato de Berta Cáceres, hacen que la “cola verde”, como la denomina Miriam, no sea motivo de orgullo sino un recordatorio de las tareas pendientes como pueblo.
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