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Elogio del aburrimiento.

Por: Frenando Aramburu.

No estuve allí; pero, a partir de los datos de que dispongo, juraría que los pasajeros del Titanic pudieron sentir de todo menos aburrimiento mientras el barco se iba a pique. Tampoco alcanzo a imaginar a los soldados implicados en la batalla de Waterloo bostezando indolentes, amodorrados, o arreglándose las uñas sin más motivo que no estar ociosos en plena refriega.

Le planteé la cuestión a un experto en conductas humanas a quien conocía someramente. Habíamos coincidido por segundo año consecutivo en la fiesta al aire libre de un amigo común. Pensó que bromeaba. Como suele ocurrir en este tipo de situaciones, él se refugió en la ironía. Fue entonces cuando le dije, ahora ya sí de broma, que me parecía extraño que la ciencia psicológica careciese de explicación para lo que a mi juicio es el verdadero meollo del asunto, esto es, que en el aburrimiento se esconde una convicción engañosa. ¿Cuál? La de estar en la vida como si dispusiéramos de una provisión interminable de tiempo.

La risa anula momentáneamente la conciencia de la tragedia. El aburrimiento, a su modo, también. La primera la vemos como positiva, pues da gusto. El segundo, al hombre moderno, se le figura una calamidad. Yo intuyo, añadí, que, bien gestionado, el aburrimiento puede ser una bendición. El psicólogo me preguntó si en aquellos momentos, en aquel jardín donde ya ardían las brasas de la barbacoa, yo me estaba divirtiendo. No conozco otra posibilidad, le contesté.

En mi modesta y poco autorizada opinión, el truco está en persuadirse de que la vida dura las dos horas y pico que tardó el Titanic en hundirse. Y como el tipo acogiese mis palabras con una mueca risueña, agregué, rivalizando con él en impertinencia, que con los años he desarrollado ciertas aptitudes para guipar al simio que lleva dentro cada ser humano, razón por la cual no suele ser difícil para mí hallar entretenimiento en la observación de las personas cuando no tengo mejor cosa que hacer. Mi interlocutor debió de sentirse aludido, se fue en busca de bebida y ya no volvió.

Agradezco a mis progenitores esto, lo otro y lo de más allá, pero particularmente que no estuvieran pendientes de que no me faltase diversión en cada minuto de la infancia. Ocupados en las tareas propias del sostenimiento de la familia, en un medio social humilde, de limitado acceso a los bienes culturales, el ocio del hijo no era un asunto que reclamase su atención, al menos no con la misma intensidad que la salud, la nutrición, la ropa y calzado o la educación escolar.

En consecuencia, uno, a edad temprana, no tenía más remedio que arreglárselas para colmar los tiempos muertos de la vida cotidiana con actividades que no consistieran principalmente en la queja por la falta de actividad. «Papá, mamá, me aburro», se oye lamentarse a veces, con clara intención de chantaje, a algunos niños. Me aburro significa en tales ocasiones: dame espectáculo, cúmpleme un deseo.

No se me ocurre respuesta más adecuada ni cariñosa en tales casos que esta: «Excava en tu hastío, hunde la pala, busca el diamante». La idea no es otra que estimular al pequeño a que se acostumbre a tomar decisiones. Se le convida a extraer provecho de su imaginación, a ejercitarse en la tenacidad y la paciencia, y a encontrar, en fin, por sí mismo solución a sus problemas.

Por los días en que daba clases se hablaba mucho de la pertinencia de motivar a los alumnos. La palabra motivación era el bebedizo mágico con el que obrar todos los días, en el aula, maravillas pedagógicas. Al alumno había que hacerle la enseñanza atractiva. Las matemáticas debían saberle a fresa; la física y química, alegrarlo como un número de circo. El alumno no debía aprender por obligación, sino por curiosidad natural. Incluso había programas educativos que postulaban la flexibilidad máxima de las actividades. El alumno llegaba a clase y, ante la oferta de tareas, podía escoger la que le hiciese tilín.

Daba la casualidad de que los niños no vivían en la escuela. Por las mañanas llegaban al aula determinados por ciertos hábitos no siempre constructivos y rara vez conformes con el plan escolar de convivencia y trabajo. Muchos de ellos tendían a prolongar dichos hábitos en las horas lectivas. Y así, atiborrados de televisión, años después de consolas de videojuegos, Tamagotchis y lo que fuera que estuviese de moda (hoy día lo ignoro, pues cambié de oficio), el alumno mostraba pulsiones claramente adictivas, era incapaz de concentrarse en nada y enseguida se cansaba de los recursos motivadores del frustrado profesor, convertido en una especie de camarero o sirviente de los niños. El resultado no era el previsto por las directrices. Al final, el alumno detestaba el colegio con ardor tan sostenido como el de los chavales de mi época, sometidos por regla general a una férrea disciplina.

Creo que las autoridades educativas harían bien en introducir clases de soledad en los colegios. Serían económicas. Ni siquiera precisarían de personal docente especializado. Aprender a estar a solas y en silencio con los propios pensamientos es un arte que no todo el mundo domina. Y, sin embargo, en dicho arte radica uno de los antídotos más efectivos contra el aburrimiento, la ansiedad, las actitudes gregarias y la falta de iniciativa.

Metan ustedes durante varias horas a un niño de ocho años, a una muchacha de catorce o a un señor de sesenta y seis en un cuarto de paredes blancas, sin ventanas ni aparatos. Tan sólo con una mesa en el centro o adosada a la pared, y, sobre la mesa, un trozo de madera y un juego de gubias. Transcurrido el tiempo, las posibilidades de que al entrar ustedes en el cuarto no hallen una figura tallada son con toda seguridad mínimas. Pongan rotuladores y hojas de papel, y hallarán, al final de la sesión, textos o dibujos. No pongan nada y llegará un momento en que el recluso se arrancará a cantar, a rememorar su pasado o a hacer ejercicio físico.

La idea de que el aburrimiento ha de combatirse solamente mediante estímulos externos me parece un error grave. Ojo, no hay por qué desdeñar dichos estímulos. ¿A quién no le agrada asistir a un buen espectáculo? Y aun en tales casos cultivar un espacio mental para el disfrute de lo que se está presenciando ayuda a no dejarse arrastrar por la blanda pasividad. ¿Cuántas veces no se le habrá ocurrido a uno la idea para un proyecto, el dato que faltaba, el verso inicial de un poema, en unos de esos momentos en que tantos congéneres nuestros mirarían el reloj fastidiados? Se me hace a mí que el aburrimiento es un regalo de la Naturaleza que permite a los seres humanos crearse un mundo interior propio con el cual vencer, mire usted por dónde, el propio aburrimiento.

Fuente: http://www.elmundo.es/opinion/2017/11/26/5a19b4eae2704e9e1d8b4605.html

Imagen: http://e00-elmundo.uecdn.es/assets/multimedia/imagenes/2017/11/25/15116341348846.jpg

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Argentina. La rebelión de los bachilleres

Por: Roberto Rodríguez

En julio de este año el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), encabezado desde 2015 por el economista Horacio Rodríguez Larreta, del partido Propuesta Republicana (PRO), políticamente afín al gobierno nacional de Mauricio Macri, anunció la implantación de una reforma educativa para la enseñanza media -equivalente en Argentina a nuestro ciclo de bachillerato- que, bajo el lema de “Secundaria del Futuro”, se propone, entre otros aspectos, modificar un enfoque curricular centrado, hasta el momento, en la “formación colectiva del ciudadano crítico” hacia la promoción de competencias de carácter bivalente, es decir de utilidad formativa para la enseñanza superior, pero también para el emprendimiento productivo y la inserción laboral.

Como parte del proyecto se plantea que el nivel medio se divida en dos ciclos, uno “básico” para los primeros dos años, y otro “orientado”, de uno o dos años en que al menos la mitad del tiempo escolar se destine, obligatoriamente, al trabajo en empresas u organizaciones. Esta forma de “inserción” laboral tendría como estímulo para las empresas el trabajo gratuito de jóvenes estudiantes, so pretexto de la adquisición de competencias para el trabajo y un tiempo certificado de experiencia laboral que eventualmente sería provechoso para el currículum vitae de los jóvenes.

Aunque la reforma iniciaría en 2018, el anuncio provocó, casi de inmediato, reacciones negativas por parte del gremio docente, grupos de estudiantes, y organizaciones laborales. El conflicto arreció en septiembre y octubre de este año en que ocurrió la toma, por parte de estudiantes, de una treintena de planteles del nivel en la CABA, así como un amplio debate en medios de comunicación sobre la iniciativa y entre las fracciones presentes en la escena política argentina.

Las organizaciones docentes se quejan de que la reforma va a reducir el tiempo de trabajo del magisterio de la educación media, seguramente las percepciones salariales por concepto de práctica docente efectiva, y la posibilidad de que algunas asignaturas simplemente desaparezcan o queden reducidas al mínimo indispensable. Los trabajadores de la CABA se han inconformado por las posibles repercusiones de la medida tanto en la ocupación de puestos laborales, como también en los salarios. Una de ellas, la Central de Trabajadores Argentinos Autónoma (CTA), en voz de Pablo Micheli, su dirigente principal, cuestionó con severidad la iniciativa de reforma al recordar que las normas para pasantías de egresados de la educación superior no han tenido repercusiones positivas, sino al contrario, en las condiciones laborales de los trabajadores de la Ciudad y del país. Micheli agregó que la reforma solo beneficia al empresariado local y que no sino una herramienta para la flexibilización laboral por la que pugna el “gobierno de los empresarios”, encabezado por el presidente Macri.

Pero la oposición más significativa y con mayor peso simbólico fue la movilización estudiantil que derivó en la toma de planteles. En su punto de efervescencia se tradujo en la realización de amplias marchas y manifestaciones, con evidente respaldo popular, y al cabo en la ocupación de 28 planteles. Con el anuncio gubernamental de que reconsideraría el proyecto antes de su implantación el próximo año los estudiantes devolvieron los planteles y la autoridad educativa anunció la reposición de clases.

Un dato importante fue el pronunciamiento formal de la jueza Elena Liberatori que, ante la demanda formal contra la ocupación de planteles, falló en favor del derecho de expresión e inconformidad del movimiento estudiantil, liberándolos de responsabilidad. Para la autoridad educativa local, que encabeza la ministra Soledad Acuña, ese fallo puede tener repercusiones negativas porque legitima, según señala, toda forma de protesta estudiantil (véase nota de prensa).

Ya se verá en el primer trimestre de 2018 en qué para la propuesta de reforma educativa en la CABA, aunque es improbable que se autorice tal cual está planteada. También queda pendiente la repercusión del conflicto porteño en la iniciativa de cambio curricular de la educación media formulada en el proyecto nacional “Secundaria 2030”, que forma parte de la reforma educativa del gobierno de Macri (véase proyecto)

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Argentina. La rebelión de los bachilleres

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La Convención de los Derechos del Niño: la gran ausente en el Modelo Educativo

Por. Hugo Casanova

Este 20 de Noviembre el mundo celebra un año más de que la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptara la Convención de los Derechos del Niño (CDN), la cual ratificó México en septiembre de 1990. Siendo el primer instrumento internacional que establece que todas las niñas, niños y adolescentes, sin excepción alguna, tienen derechos y que su cumplimiento es obligatorio para todos los países que la han firmado, como lo afirma el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), a partir de la CDN, niñas y niños dejan de ser beneficiarios pasivos de los servicios y de la protección del Estado, pasando a ser concebidos como sujetos de derecho, rompiendo el modelo asistencialista que se había preservado por siglos desde que la infancia resultó visible para los estados nacionales. Es en el reconocimiento de esta perspectiva que debemos también analizar el Modelo Educativo para la educación obligatoria.

Las críticas bien fundamentadas a dicho Modelo Educativo se han realizado desde muy distintos órdenes – y aún de entrada, cualquier persona formada en el terreno educativo habrá también contenido la sorpresa al escuchar llamar “clave” que los alumnos [sic] “aprendan a aprender”, cuando el informe Faure presentado a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), lo plantea allá en 1972, y el “aprender a conocer” se enuncia como uno de “los cuatro pilares de la educación” en el Informe Delors en 1994. Escuchar una y otra vez al titular de la Secretaría de Educación en marketing mode hablar de las bondades del mismo (entremezclando una narrativa de aspiraciones con una descriptiva o fáctica aún en comparecencia ante el Senado de la República), obliga a echar un vistazo al texto del mismo con “anteojos de la CDN”, desde una perspectiva de derechos de la infancia.

Partamos de que son cuatro los principios fundamentales de la Convención, a saber: 1) la no discriminación; 2) la priorización del interés superior del niño; 3) el derecho a la vida, la supervivencia y desarrollo; y 4) el respeto por los puntos de vista del niño. En el marco de éstos principios quizá la fortaleza explícita en términos de derechos de niñas, niños y adolescentes en el Modelo Educativo es que el cuarto apartado, de los cinco que presenta, refiera a la inclusión y la equidad, asumiendo así el principio de no discriminación. Sin embargo, si bien podría justificarse, en consonancia al discurso oficial, que la titularidad del derecho a la educación representa a tales derechos de manera integral, sorprende que el texto, contando con la asesoría de expertos internacionales y producto (al menos en procedimiento) de foros de consulta, no se expresa de niñas, niños y adolescentes como sujetos de derechos.

Podríamos pensar que el hecho de señalar la participación de las familias en la educación, así como el papel del Consejos Escolares de Participación Social (enunciados en quinto y sexto lugares de ocho, respectivamente) con respecto a la gobernanza del Sistema Educativo (en el quinto y último apartado), haría referencia a las instancias de representación de niñas y niños, o incluso impulsarse el desarrollo adolescente; sin embargo, no hay una sola referencia a cómo las propias niñas y niños toman decisiones progresivas; es decir, sus puntos de vista son grandes ausentes en un Modelo que se publicita horizontal.

Por otra parte, el texto pareciera laponizar el contexto en que las niñas, niños y adolescentes mexicanos van a la escuela: en un claro afán negacionista no hay reconocimiento a la crisis de graves violaciones a los derechos humanos en el país, tal y como sí lo señaló el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en octubre de 2015, ni a las condiciones de violencia generalizada que se viven actualmente en México, que ponen en tela de duda si es posible ejercer el derecho a la educación cuando está en riesgo el derecho a la vida en México, de Guerrero a Tamaulipas, de Juárez a Tapachula. Tal y como ha afirmado Ángel Díaz Barriga, las aulas que describe el texto del Modelo Educativo parecieran pertenecer más bien a Finlandia, o como señala acertadamente Hugo Casanova, el contexto de emergencia del Modelo Educativo 2017 ocurre a menos de tres años de las desapariciones forzadas de estudiantes de Ayotzinapa, o del abuso de la fuerza pública por parte de las corporaciones oficiales en Nochixtlán. No atender al ejercicio del derecho a la educación implementando medidas para cumplir el derecho a la protección muestra, en la práctica, el desprecio por el cumplimiento del derecho a la vida, supervivencia y desarrollo (principio de la CDN) de niñas, niños y adolescentes.

Otros ejemplos de que el texto del Modelo Educativo 2017 muestra debilidad de contar con una perspectiva de derechos de la infancia se encuentra en relación a los ambientes para el aprendizaje (punto I.5), el cual afirma que los procesos cognitivos necesarios para que el aprendizaje ocurra están estrechamente vinculados a los ambientes que los propician”, y pierde la oportunidad de señalar la necesidad de contar con ambientes protectores para la infancia, los cuales, en palabras de UNICEF, son espacios seguros de participación, expresión y desarrollo para los niños, niñas y adolescentes. Los sujetos de derechos, en un modelo que se enuncia horizontal (en contraposición – en un binario -, a uno vertical, como si las características de uno y otro no aparezcan superpuestas en la práctica, como si fueran tipos ideales weberianos), siguen apuntando hacia los liderazgos evidentes: el personal directivo para implementar la Ruta de Mejora viendo a la escuela como una “comunidad con autonomía de gestión”, sin la participación de instancias de representación de niñas, niños y adolescentes. Y qué esperanzas de encontrar muestras de que la perspectiva de género fuera transversal al texto.

¿De verdad podemos aspirar a educar a ciudadanas y ciudadanos cuando niñas, niños y adolescentes no están al centro? El cumplimiento del derecho a la educación de calidad en el Modelo Educativo 2017 pretende ocurrir de manera aislada del ejercicio de otros derechos. Proponer la gobernanza del sistema educativo a través del Sistema de Información y Gestión Educativa (SIGED) debe, además de evitar los evidentes traslapes, duplicación de funciones e ineficiencia prevaleciente entre los distintos niveles de gobierno, considerar los derechos de niñas, niños y adolescentes de manera integral, tal y como están representados en la Ley General de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes. Finalmente, el motto, el quasi lema de campaña debiera ser “las Niñas, Niños y Adolescentes – así como el cumplimiento de sus derechos – al Centro del Sistema educativo”, desde la indivisibilidad e interdependencia de los derechos de la infancia.

El modelo educativo y el fin del sexenio

El modelo educativo: las primeras lecciones

https://www.unicef.org/mexico/spanish/17054.html

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La Convención de los Derechos del Niño: la gran ausente en el Modelo Educativo

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El difícil ejercicio de la autonomía

Por:  Pedro Flores

Il progresso gioca contro la tua ingenuità,

Ma c’è la tua coscienza e prima o poi la spunterà!

Canción: Manichini, Renato Zero (1977)

Permítanme iniciar con una anécdota. Un colega de una universidad, que ocupaba un puesto directivo en un campus alejado de la Ciudad de México, fue cesado pues según le dijeron, él no estaba para pensar, sino para ejecutar. Lo remataron diciéndole que debía obedecer, o sea, no podía contradecir las órdenes del superior. Seguramente, a este colega le irá mejor al desligarse de una administración que impide la libertad de pensar por sí mismo y actuar.

Que una “universidad” busque suprimir la capacidad humana para pensar y actuar racionalmente refleja, por un lado, la profunda contradicción de esa institución de educación superior que, en su publicidad, dice estar orientada por el humanismo y por otro, muestra la difícil que es ejercer la autonomía dentro de nuestra democracia.

Lamentablemente, los ejemplos que ilustran la supresión de la autonomía no solamente se circunscriben al plano individual. Hay grupos como el de los indígenas, el de los jóvenes o el de los maestros que no han podido persuadir al gobierno, a los académicos e “intelectuales” que ellos mismos pueden imaginar y plantearse metas de desarrollo propio y que sólo requieren los espacios para realizar su visión razonada. A fuerza, ciertos grupos hegemónicos han querido imponerles una forma de vida que ellos mismos no comparten del todo. A los indígenas los han tachado de excéntricos o “manipulados”, a los jóvenes de carentes de “valores” y a los maestros de desconfiables cuando cuestionan y hacen valer su voz.

Pero aparte de los individuos y grupos, algunas instituciones que se dicen autónomas no han podido desplegar más ampliamente su potencial reflexivo y autogobierno. Ante las restricciones del presupuesto público, el gobierno central ha sabido cómo restringir la libertad de las instituciones de educación superior (IES) por medio de los marcos de evaluación imperantes. “Si no pasas el checklist de los CIEES (Comités Interinstitucionales de Evaluación de la Educación Superior) o cometes la osadía de cuestionar y no adherirte a los criterios del PNPC (Programa Nacional de Posgrado de Calidad), nomás no habrá recursos y el imaginario social te sancionará por ofrecer, supuestamente, una educación chafa”. Los PNPCzombies son contrarios a un sujeto educado.

El adiestramiento institucional no parece tener relación alguna con la educación de calidad. Es decir, aquella que se sustenta en un reconocimiento pleno de las facultades del individuo y que intenta, por medio del conocimiento y del aprendizaje, que los seres humanos desarrollemos la capacidad de ser independientes para pensar, decidir y actuar de manera razonada y en función de los otros.

La autonomía, hay que enfatizarlo, es radicalmente distinta a la idea de autosuficiencia (“yo las puedo de todas, todas”) y no sugiere que debemos girar ciegamente en torno a nosotros mismos sin considerar la responsabilidad que tenemos con los otros. Es así que una universidad puede ser muy autónoma pero debe rendirle cuentas a la sociedad, un grupo de indígenas puede saber plantearse un estilo de vida diverso pero sin que eso signifique fragmentar a un país o un joven puede abrazar con razón e inquietud la “contracultura”, pero no por eso obtiene el pasaporte para ser violento.

Pero, ¿si esta idea suena tan bien porque pocos la practican? Porque los costos de ser independiente en sociedades con reglas precarias (y anti meritocráticas) son muy altos y muy pocos están dispuestos a pagarlos. Si una escuela ofrece fundamentos para no adscribirse a los programas del Gobierno Federal, es probable que no fluyan los recursos; si un profesor o académico cuestiona sistemáticamente el proceder institucional, será marginado de la toma de decisiones en mayor grado que la voz lisonjera y cortesana; si un intelectual cuestiona con argumentos al caudillo, no habrá becas, premios ni ascensos o si un órgano constitucionalmente autónomo osa enfrentarse abierta y públicamente al oficialismo, puede perder la simpatía del poderoso; como si esto le asegurara su sobrevivencia y eficiencia organizacional.

En México, sigue habiendo profundas dificultades para ejercer la autonomía a nivel individual, escolar, grupal e institucional, pese a los avances democráticos y al admirable esfuerzo de personas que han demostrado que se puede sobresalir aún viviendo “fuera del presupuesto” y que aunque se “muevan, sí salen en la foto”; en la selfie de la decencia, honestidad y rectitud.

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El difícil ejercicio de la autonomía

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A desimaginação do social

por Boaventura de Sousa Santos

O social é o conjunto de dimensões da vida colectiva que não podem ser reduzidas à existência e experiência particular dos indivíduos que compõem uma dada sociedade. Esta definição não é neutra. Define o social pela negativa, o que permite atribuir-lhe uma infinidade de atributos que variam de época para época. É, por outro lado, uma definição eurocêntrica porque pressupõe uma distinção categorial entre o social e o indivíduo, uma distinção que, longe de ser universal ou imemorial, é específica da filosofia e da cultura ocidentais, e nestas só se tornou dominante com o racionalismo, o individualismo e o antropocentrismo renascentista do séc. XV, os quais viriam a ter em Descartes o seu mais brilhante teorizador. Tanto é assim que a máxima expressão desta filosofia–cogito ergo sum, “penso logo existo”– não tem tradução adequada em muitas línguas e culturas não eurocêntricas. Para muitas destas culturas a existência de um ser individual é não só problemática como absurda. É o caso das filosofias da África austral e do seu conceito fundamental de Ubuntu, que se pode traduzir por “eu sou porque tu és”, ou seja, eu não existo senão na minha relação com outros. Os africanos não precisaram de esperar por Heidegger para conceber o ser como ser-com (Mitsein).

Muito esquematicamente, podemos distinguir na cultura eurocêntrica que serviu de base ao capitalismo moderno dois entendimentos extremos do social. De um lado, o entendimento reacionário, que confere total primazia ao indivíduo e o concebe como um ser ameaçado pelo social. Os indivíduos, longe de serem iguais, são naturalmente diferentes e essas diferenças determinam hierarquias que o social deve respeitar e ratificar. Entre essas diferenças, duas são fundamentais: as diferenças de raça e as diferenças de sexo. No outro extremo está o entendimento solidarista, que confere primazia ao social e o concebe como o conjunto de regras de sociabilidade que neutralizam as desigualdades entre os indivíduos. Entre estes dois extremos foram muitos os entendimentos intermédios, nomeadamente os entendimentos liberais (no plural), que viram no social o garante da igualdade dos indivíduos como ponto de partida, e os entendimentos socialistas (também no plural), que viram no social o garante da igualdade dos indivíduos como ponto de chegada. Entre estes dois entendimentos, por sua vez, foram possíveis várias combinações. Com as revoluções francesa e americana os dois últimos entendimentos passaram a ser os únicos legítimos no plano ideológico. Foi com base neles que se iniciou a luta contra a escravatura e a discriminação contra as mulheres. No entanto, ao contrário do que se supõe, o entendimento reacionário da desigualdade natural-social entre os indivíduos sempre se manteve como corrente subterrânea. Até hoje. E é intrigante que assim seja depois de dois séculos de lutas contra a desigualdade e a discriminação. Houve progressos? E, se houve, por que é que os retrocessos ocorrem recorrentemente e aparentemente com tanta facilidade? Estaremos hoje numa fase de retrocesso histórico em que o entendimento socialista se desfaz no ar e o liberal parece perigosamente ameaçado pelo entendimento reacionário?

As respostas a estas perguntas dependem da consideração de vários factores. Eu vou limitar-me a um deles e, por isso, assumo à partida que a minha resposta é incompleta. O que o pensamento liberal designou por sociedade moderna democrática e o pensamento marxista por sociedade moderna capitalista foi de facto uma sociedade cujo modelo de desenvolvimento económico exigia dois tipos de exploração da força de trabalho: a exploração de seres humanos teoricamente iguais aos seus exploradores e a exploração de seres humanos inferiores ou sub-humanos. Daqui decorreram dois tipos de desvalorização do trabalho, uma desvalorização controlada porque regulada pelo princípio da igualdade, e por isso assente em direitos supostamente universais, e uma desvalorização mais intensa porque “natural”, exercida sobre seres ontologicamente degradados, seres racializados e seres sexualizados, basicamente, negros e mulheres.

O capitalismo não inventou nem o colonialismo (racismo, escravatura, trabalho forçado) nem o patriarcado (discriminação sexual) mas resignificou-os como formas de trabalho super-desvalorizado, ou mesmo não pago ou sistematicamente roubado.

Sem essa super-desvalorização do trabalho de populações tidas por inferiores não seria possível a exploração rentável da força de trabalho assalariado em que tanto liberais como marxistas se concentraram, ou seja, o capitalismo não se poderia manter e expandir de forma sustentada.

Mas, se assim foi, não terá sido apenas nos alvores do capitalismo? Em meu entender, não, e só o domínio do pensamento liberal e do pensamento marxista nos impediu de ver que desde o séc. XV, pelo menos, até hoje vivemos em sociedades capitalistas, colonialistas e patriarcais. Obviamente que ao longo dos séculos houve lutas e movimentos sociais que eliminaram algumas das formas mais selvagens de desvalorização humana, mas só o domínio daquelas duas formas de pensamento moderno foi capaz de nos criar a ilusão de que a eliminação dessa desvalorização seria progressiva e até acabaria um dia, mesmo sem o capitalismo acabar. Ledo engano. O que aconteceu foi a substituição real ou apenas jurídica de alguns instrumentos de desvalorização por outros ou a deslocação do exercício da desvalorização de um campo social para outro ou de uma região do mundo para outra. Não ter isto em conta fez com que confundíssemos o fim do colonialismo histórico (de ocupação territorial por país estrangeiro) com o fim total do colonialismo, quando de facto o colonialismo continuou sob outras formas: neocolonialismo, colonialismo interno, imperialismo, racismo, xenofobia, odio anti-imigrante e anti-refugiado, e, para espanto de muitos, a própria escravatura, como a ONU hoje reconhece. Da mesma forma que a discriminação contra as mulheres deixou de se manifestar no sufrágio eleitoral e nos direitos sociais, mas continuou sob as formas de pagamento desigual para trabalho igual, assédio sexual e violência, da doméstica ao gang rape e feminicídio. Esta cegueira analítica impediu-nos de dar relevo à composição etno-cultural da força de trabalho desde o início, por exemplo, às diferenças entre trabalhadores ingleses e irlandeses ou entre trabalhadores de Castela e da Andaluzia.

Por que razão é este argumento mais facilmente aceite hoje do que há vinte anos? Em meu entender, isso deve-se ao facto de a actual fase do capitalismo exigir hoje, talvez mais do que nunca, a super-desvalorização da força de trabalho e a submissão de vastas populações à condição de populações descartáveis, populações a quem se pode roubar o trabalho e sujeitar a trabalho forçado ou “análogo” a trabalho escravo; populações eliminadas por guerras onde só morrem civis inocentes, abandonadas à sua “sorte” em caso de acontecimentos climáticos extremos ou encarceradas, como acontece a boa parte da população jovem negra dos EUA. Estes factos devem-se à conjugação de dois factores epocais e, portanto, de larga duração: as revoluções electrónicas e digitais e o domínio global do capital financeiro, o sector do capitalismo mais anti-social por criar riqueza artificial com escassíssimo recurso à força de trabalho.

A super-desvalorização da força de trabalho e o carácter descartável de vastas populações estão hoje a ser ideologicamente respaldados pela reemergência do pensamento reacionário da desigualdade natural-social entre os indivíduos, o qual sempre se manteve como corrente subterrânea da modernidade ocidental. Ele reemerge sob formas tão diferentes que facilmente se disfarçam de desvios conjunturais ou idiossincrasias sem significado. Aflora no crescimento da extrema-direita europeia e brasileira e do supremacismo branco nos EUA. Aflora na chocante virulência classista, racista, sexista e homofóbica  de organizações brasileiras de extrema-direita, algumas delas financiadas por  agências públicas e privadas norteamericanas. Aflora na generalização da precariedade do trabalho assalariado e da transformação dos direitos dos trabalhadores em privilégios ilegítimos. Aflora em sentenças judiciais que invocam a Bíblia para justificar a inferioridade das mulheres. Aflora no aumento do trabalho escravo. E aflora, pasme-se, na relegitimação do colonialismo histórico, um fenómeno que pela sua aparente novidade merece uma referência especial. Não me refiro a políticos como o Presidente Nicolas Sarkozy, que em 2007 dissertou em Dakar sobre as vantagens do colonialismo para os povos africanos, cuja tragédia é não terem até hoje entrado plenamente na história. Refiro-me à justificação científica do colonialismo histórico e à sua invocação como solução para os “estados falhados” do nosso tempo. Refiro-me ao artigo de Bruce Gilley, professor do Departamento de Ciência Política da Universidade Estadual de Portland, publicado em 2017 na respeitada revista Third World Quarterly dedicada aos problemas poscoloniais. O artigo, intitulado “The Case for Colonialism”, defende o papel histórico do colonialismo e advoga que se volte a recorrer a ele para resolver problemas que os “estados falhados” do nosso tempo não podem resolver. Mais especificamente, propõe três soluções: “recomendar modos de governação colonial; recolonizar algumas áreas; criar novas colónias de raiz.” A polémica que o artigo suscitou foi tão grande que o autor acabou por retirar o artigo (foi retirado da versão electrónica da revista, mas pode ser lido na versão em papel). A minha suspeita é, no entanto, que o artigo, longe de ser apenas uma prova das deficiências do sistema de avaliação “anónima” de artigos científicos, é um sintoma da época, e a polémica que ele levantou não ficará por aqui.

O que designo por desimaginação do social é a imaginação anti-social do social. Segundo ela, numa sociedade de desigualdade natural-social entre os indivíduos, a responsabilidade colectiva pelos males da sociedade não existe. O que existe é a culpa individual daqueles que não querem ou não podem competir por aquilo que a sociedade nunca oferece e apenas concede a quem merece. Os que fracassam, em vez de apoiar-se na sociedade, devem apoiar-se nas religiões que por aí pregam a teologia da prosperidade e consolo para quem não prospera. A educação, em vez de criar a miragem da responsabilidade cidadã e da solidariedade social, deve ensinar os jovens a ser competitivos e saber que estão numa guerra de todos contra todos.

Se não é isto que queremos, é bom termos bem a noção do inimigo contra o qual temos de lutar com todas as forças democráticas, e sem complacência.

Informação da fotografia:

“É o caso das filosofias da África austral e do seu conceito fundamental de Ubuntu, que se pode traduzir por “eu sou porque tu és”, ou seja, eu não existo senão na minha relação com outros. Os africanos não precisaram de esperar por Heidegger para conceber o ser como ser-com (Mitsein).” Foto: Guilherme Santos/Sul21

Fonte do Artigo:

https://www.sul21.com.br/jornal/desimaginacao-do-social-por-boaventura-de-sousa-santos/

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Rethinking Higher Education in a Time of Tyranny

By: Henry Giroux

What kind of democracy is possible when the institutions that are crucial to a vibrant civil society are vanishing?

Many of the great peace activists of the 20th century, extending from Mahatma Gandhi and Paulo Freire to Jane Addams and Martin Luther King Jr., shared a passion for education as an important part of the democratic project. Refusing to view education as neutral or reducing it to the instrumental practice of training, they sought to reclaim education as a practice of freedom, part of a wider struggle to deepen and extend the values, social relations and institutions of a substantive democracy.

They understood that tyranny and authoritarianism are not just the product of state violence and repression; they also thrive on popular docility, mass apathy and a flight from moral responsibility. They argued passionately that education could not be removed from the demand for justice and progressive social change. In doing so, they recognized the value of education and its ability to transform how people understand themselves, their relations to others and the larger world. In the face of massive injustice and indignity, these prophetic voices refused to look away from human suffering, and embraced the possibility for resistance fueled by courage, compassion and the ability to think otherwise in order to act otherwise.

Let us hope that in the midst of our witness to the current revolt against democracy, higher education will neither remain silent nor be too late.

One of Martin Luther King’s great insights was his recognition that education provided a bulwark against both ignorance and indifference in the face of injustice. Like Gandhi, he warned people over and over again not to remain silent in the face of racism, militarism and extreme materialism, and argued that “he who accepts evil without protesting against it is really cooperating with it.” Of the civil rights era, King warned that “history will have to record that the greatest tragedy of this period of social transition was not the strident clamor of the bad people, but the appalling silence of the good people.… In the end, we will remember not the words of our enemies, but the silence of our friends.”1

Advocates of civic courage and compassion reflected in their words and actions what King called the “fierce urgency of now,” reminding us that “tomorrow is today” and that “there is such a thing as being too late.”2 Let us hope that in the midst of our witness to the current revolt against democracy, higher education will neither remain silent nor be too late.

Echoing King’s belief that American innocence was neither tenable nor forgivable, the great novelist James Baldwin filled in the missing language of fear and terrorism at the heart of a racist society. His famed “Talk to Teachers” began with an impassioned warning about the times in which he lived, a warning more relevant now than it was when he delivered the speech in 1963. He said:

Let’s begin by saying that we are living through a very dangerous time. Everyone in this room is in one way or another aware of that. We are in a revolutionary situation, no matter how unpopular that word has become in this country. The society in which we live is desperately menaced… from within. To any citizen of this country who figures himself as responsible — and particularly those of you who deal with the minds and hearts of young people — must be prepared to “go for broke.”3

In the context of a worldwide rebellion currently taking place against democracy, dissent, human rights and justice, I think we need to “go for broke.” Authoritarianism is on the rise once again, emerging in countries in which such a politics, in light of the past, has appeared unthinkable. In Hungary, Russia, India, Turkey and Poland, democracy is being voted down and aggressively dismantled. In addition, a new and dangerous moment has emerged in the United States as it becomes clear that an American-style authoritarianism is no longer the stuff of fantasy, fiction or hysterical paranoia.

In the context of a worldwide rebellion currently taking place against democracy, dissent, human rights and justice, I think we need to ‘go for broke.’

This summer in Charlottesville, hundreds of neo-Nazis marched brandishing torches reminiscent of Hitler’s Germany while shouting white nationalist slogans such as “Heil Trump,” and later unleashing an orgy of violence that led to the deaths of three people. Donald Trump, the president of the United States, stated there were good people on both sides of that rally as if good people march with white supremacists and neo-Nazis who revel in hate and offer no apologies for mimicking the actions that resulted in the slaughter of millions during the fascist nightmare of the 1930s and 1940s.

Donald Trump’s ascendancy to the presidency speaks not only to a profound political crisis but also to a tragedy for democracy.4 His rise to power echoes not only a moral blind spot in the collective American psyche, but also a refusal to recognize how past totalitarian ideas can and have reappeared in different forms in the present. The return of a demagogue who couples the language of fear, decline and hate with illusions of national grandiosity have found their apotheosis in the figure of Donald Trump. He is the living symbol and embodiment of a growing culture of unbridled and naked selfishness, the collapse of civic institutions, and a ruinous anti-intellectualism that supports a corrupt political system and a toxic form of white supremacy that has been decades in the making. There is nothing natural or inevitable about these changes. They are learned behaviors. As shared fears replace any sense of shared responsibility, the American public is witnessing how a politics of racism and hate creates a society plagued by fear and divisiveness.

As shared fears replace any sense of shared responsibility, the American public is witnessing how a politics of racism and hate creates a society plagued by fear and divisiveness.

While numerous forces have led to the election of Donald Trump, it is crucial to ask how a poisonous form of education developed in the larger society, one that has contributed to the toxic culture that both legitimated Trump and encouraged so many millions of people to follow him. Part of the answer lies in the right-wing media with its vast propaganda machines, the rise of conservative foundations such as the Koch brothers’ various institutes, the ongoing production of anti-public intellectuals and a visual culture increasingly dominated by the spectacle of violence and reality TV. On a more political note, it is crucial to ask how the educative force of this toxic culture goes unchallenged in creating a public that embraced Trump’s bigotry, narcissism, lies, public history of sexual groping and racism, all the while transforming the citizen as a critical political agent into a consumer of hate and anti-intellectualism.

News morphs into entertainment as thoughtlessness increases ratings, violence feeds the spectacle and serious journalism is replaced by empty cosmetic stenographers. Language is pillaged as meaningful ideas are replaced “by information broken into bits and bytes [along with] the growing emphasis on immediacy and real time responses.”5 In the face of this dumbing down, critical thinking and the institutions that promote a thoughtful and informed polity disappear into the vast abyss of what might be called a disimagination machine. Nuance is transformed into state-sanctioned vulgarity. How else to explain the popularity and credibility of terms such post-truth, fake news and alternative facts? Masha Gessen is right in arguing that in the Trump era, language that is used to lie and “validate incomprehensible drivel” not only destroys any vestige of civic literacy, it also “threatens the basic survival of the public sphere.”6

We live in a moment of digital time, a time of relentless immediacy, when experience no longer has the chance to crystalize into mature and informed thought. Communication is now reduced to a form of public relations and a political rhetoric that is overheated and overexaggerated and always over the top. Opinion and sanctioned illiteracy now undermine reason and evidence-based arguments. News becomes spectacle and echoes demagoguery rather than questioning it. Thinking is disdained and is viewed as dangerous. The mainstream media, with few exceptions, has become an adjunct to power rather than a force for holding it accountable. The obsession with the bottom line and ratings has brought much of the media into line with Trump’s disimagination machine wedded to producing endless spectacles and the mind-numbing investment in the cult of celebrity and reality TV.7 What kind of democracy is possible when the institutions that are crucial to a vibrant civil society and the notion of the social are vanishing?

What kind of democracy is possible when the institutions that are crucial to a vibrant civil society and the notion of the social are vanishing?

Institutions that work to free and strengthen the imagination and the capacity to think critically have been under assault in the United States long before the rise of Donald Trump. Over the last 50 years, critical public institutions from public radio to public schools have been defunded, commercialized and privatized transforming them from spheres of critical analysis to dumbed-down workstations for a deregulated and commodified culture.

Lacking public funds, many institutions of higher education have been left to mimic the private sector, transforming knowledge into a commodity, eliminating those courses and departments that do not align themselves with a robust bottom line. In addition, faculty are increasingly treated like Walmart workers with labor relations increasingly designed “to reduce labor costs and to increase labor servility.”8 Under this market-driven governance, students are often relegated to the status of customers, saddled with high tuition rates and a future predicated on ongoing political uncertainty, economic instability and ecological peril.

This dystopian view feeds an obsession with a narrow notion of job readiness and a cost-accounting rationality. This bespeaks to the rise of what theorists such as the late Stuart Hall called an audit or corporate culture, which serves to demoralize and depoliticize both faculty and students, often relieving them of any larger values other than those that reinforce their own self-interest and retreat from any sense of moral and social responsibility.

As higher education increasingly subordinates itself to market-driven values, there is a greater emphasis on research that benefits the corporate world, the military and rich conservative ideologues such as the Koch brothers, who have pumped over $200 million into higher education activities since the 1980s to shape faculty hires, promote academic research centers, and shape courses that reinforce a conservative market-driven ideological and value system.9 One consequence is what David V. Johnson calls the return of universities to “the patron-client model of the Renaissance” which undermines “the very foundation of higher education in the United States.”10

Under such circumstances, commercial values replace public values, unbridled self-interest becomes more important than the common good and sensation seeking and a culture of immediacy becomes more important than compassion and long term investments in others, especially youth. As Paul Gilroy has pointed out, one foundation for a fascist society is that “the motif of withdrawal — civic and interpersonal —” becomes the template for all of social life.11

Democracy and politics itself are impoverished in the absence of those conditions under which students and others use the knowledge they gain both to critique the world in which they live and, when necessary, to intervene in socially responsible ways in order to change it. What might it mean for educators to take seriously the notion that democracy should be a way of thinking about education — one that thrives on connecting equity to excellence, learning to ethics, and agency to the imperatives of social responsibility and the public good?

Higher education needs to reassert its mission as a public good. Educators need to initiate a national conversation in which the classroom is defended as a place of deliberative inquiry and critical thinking, a place that makes a claim on the radical imagination and a sense of civic courage.

Second, educators need to place ethics, civic literacy, social responsibility and compassion at the forefront of learning. Students need to learn how power works across cultural and political institutions so that they can learn how to govern rather than merely be governed. Education should be a process where students emerge as critically engaged and informed citizens contributing not simply to their own self-interest but to the well-being of society as a whole.

Third, higher education needs to be viewed as a right, as it is in many countries such as Germany, France, Norway, Finland and Brazil, rather than a privilege for a limited few, as it is in the United States and the United Kingdom. Rather than burden young people with almost insurmountable debt, it should call people to think, question, doubt and be willing to engage in dialogue that is both unsettling to common sense and supportive of a culture of questioning.

In addition, it should shift not only the way people think but also encourage them to help shape for the better the world in which they find themselves. Teaching should not be confused with therapy or reduced to zones of emotional safety. The classroom should be a space that disturbs, a space of difficulty — a space that challenges complacent thinking. Such pedagogical practices should enable students to interrogate commonsense understandings of the world, take risks in their thinking, however troubling, and be willing to take a stand for free inquiry in the pursuit of truth, multiple ways of knowing, mutual respect and civic values in the pursuit of social justice.

Students need to learn how to think dangerously, or as Baldwin argued, go for broke, in order to push at the frontiers of knowledge while recognizing that the search for justice is never finished and that no society is ever just enough. These are not merely methodical considerations but also moral and political practices because they presuppose the creation of students who can imagine a future in which justice, equality, freedom, and democracy matter and are attainable.

Fourth, in a world driven by data, metrics and an overabundance of information, educators need to enable students to express themselves in multiple literacies extending from print and visual culture to digital culture. They need to become border crossers who can think dialectically, and learn not only how to consume culture but also produce it. At stake here is the ability to perform a crucial act of thinking, that is, the ability to translate private issues into larger systemic concerns.

Fifth, there is a plague haunting higher education, especially in the United States, which has become the model for its unjust treatment of faculty. Seventy percent of all part- and full-time instructional positions are filled with contingent or nontenure-track faculty. Many of these faculty barely make enough money to afford basic necessities, have no or little health insurance and are reluctant to speak out for fear of losing their jobs. Many adjuncts are part of what are called the working poor. This is an abomination and one consequence of the increasing corporatization of higher education. These faculty positions must be transferred into full-time positions with a path toward tenure and full benefits and security.

Sixth, while critical analysis is necessary to reveal the workings and effects of oppressive and unequal relations of power, critique without hope is a prescription for cynicism, despair and civic fatigue. Students also need to stretch their imagination to be able to think beyond the limits of their own experience, and the disparaging notion that the future is nothing more than a mirror image of the present. In this instance, I am not referring to a romanticized and empty notion of hope. Hope means living without illusions and being fully aware of the practical difficulties and risks involved in meaningful struggles for real change, while at the same time being radically optimistic. The political challenge of hope is to recognize that history is open and that the ethical job of education, as the poet Robert Hass has argued, is “to refresh the idea of justice going dead in us all the time.”12

The late world-renowned sociologist Zygmunt Bauman insisted that the bleakness and dystopian politics of our times necessitates the ability to dream otherwise, to imagine a society “which thinks it is not just enough, which questions the sufficiency of any achieved level of justice and considers justice always to be a step or more ahead. Above all, it is a society which reacts angrily to any case of injustice and promptly sets about correcting it.”13 It is precisely such a collective spirit informing a resurgent politics that is being rewritten by many young people today in the discourses of critique and hope, emancipation and transformation. The inimitable James Baldwin captures the depth which both burdens hope and inspires it. In The Fire Next Time, he writes: “The impossible is the least that one can demand. …Generations do not cease to be born, and we are responsible to them…. the moment we break faith with one another, the sea engulfs us and the light goes out.”14 It is one of tasks of educators and higher education to keep the lights burning with a feverish intensity.

 


 

1. Cited in Marybeth Gasman, “Martin Luther King Jr. and Silence,” The Chronicle of Higher Education [Jan. 16, 2011]. 

2. Rev. Martin Luther King, “Beyond Vietnam: A Time to Break Silence,” (April 4, 1967) American Rhetoric 

3. James Baldwin, “A Talk to Teachers,” in The Price of the Ticket, Collected Non-Fiction 1948-85, (New York: Saint Martins, 1985), 325. 

4. I take this up in great detail in Henry A. Giroux, The Public in Peril: Trump and the Menace of American Authoritarianism (New York: Routledge, 2018). 

5. Michiko Kakutani, “Texts Without Context” The New York Times, (March 21, 2010), p. AR1 

6. Masha Gessen, “The Autocrat’s Language,” The New York Review of Books, [May 13, 2017]. 

7. Brad Evans and Henry A. Giroux, Disposable Futures: The Seduction of Violence in the Age of the Spectacle (San Francisco: City Lights, 2016). 

8. Noam Chomsky, “The Death of American Universities,” Reader Supported News (March 30, 2015). 

9. The definitive source on this issue is Jane Mayer, Dark Money: The Hidden History of the Billionaires Behind the Rise of the Radical Right (New York: Anchor, 2017). 

10. David V. Johnson, “Academe on the Auction Block,” The Baffler [Issue No. 36 2017] 

11. Paul Gilroy, Against Race: Imagining Political Culture beyond the Color Line, (Cambridge: The Belknap Press of Harvard University Press, 2000), p. 216. 

12. Cited in Sarah Pollock, “Robert Hass,” Mother Jones (March/April 1997). 

13. Zygmunt Bauman and Keith Tester, Conversations with Zygmunt Bauman (London: Polity Press, 2001), p. 19. 

14. James Baldwin, The Fire Next Time (New York: Vintage, 1992) p. 104. 

Source:

Rethinking Higher Education in a Time of Tyranny

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Por: Luis Britto

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Sugerencia: se debería sustituir la última oración del Art. 28 por: “Igualmente, podrá acceder a los documentos de los archivos del Estado cuando no exista otra manera de probar un derecho que le concierna en forma directa”.

Fuente: http://www.ultimasnoticias.com.ve/noticias/opinion/luis-britto-garcia-acceso-la-informacion/

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