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A 50 años del Golpe, de la “subversión” al “terrorismo”: ¿Qué guerra se libra hoy en Argentina?

Por Emilia Trabucco

A cincuenta años del 24 de marzo de 1976, la historia argentina vuelve a plantear una pregunta estratégica: cómo se reorganiza, en una nueva fase, un programa de aniquilamiento contra las fuerzas sociales y políticas que disputan soberanía, derechos y poder popular. El último golpe cívico-militar fue la forma concreta que asumió, en la Argentina y en toda la región, una contraofensiva del gran capital articulada con la Doctrina de Seguridad Nacional de Estados Unidos.

El Plan Cóndor condensó esa arquitectura: coordinación represiva, inteligencia, secuestros, torturas, asesinatos, persecución transfronteriza y reestructuración económica al servicio del capital financiero internacional. En la lectura recuperada a partir de los aportes del CICSO, la “tesis de la subversión” otorgó legalidad institucional a una guerra de exterminio preventiva, dirigida contra un pueblo trabajador que había alcanzado altos niveles de organización y lucha.

En esa misma línea, las lecturas sobre la etapa permiten precisar que la ofensiva de 1976 constituye la respuesta de la oligarquía financiera a las luchas de masas abiertas a partir de 1969, en un proceso de reacomodamiento estructural del capital que reorganiza sus formas políticas en torno a la construcción de un partido del orden, capaz de garantizar la estabilización de su dominación a escala nacional y regional (Feito, 2026).

Ese núcleo no quedó sepultado en 1983. Se reactualiza hoy bajo otras formas, con otras mediaciones y un nuevo lenguaje. El régimen de Javier Milei viene desplegando una estrategia sostenida de reconfiguración doctrinaria, jurídica y represiva del Estado argentino, subordinada a un plan regional e internacional, hoy conducida por la aristocracia financiera y tecnológica, personificación emergente de la nueva fase del capital en curso (Aguilera, 2023).

La figura del enemigo interno ya no se nombra prioritariamente como “subversivo”; se la nombra como “terrorista”, “narcoterrorista”, “infiltrado”, “violento”, “amenaza híbrida”. El desplazamiento semántico no modifica la función: aislar, perseguir, judicializar y aniquilar proyectos, organizaciones y referencias del campo popular, mientras se descargan sobre las mayorías las consecuencias de un programa de saqueo, endeudamiento y disciplinamiento social. Esa doctrina de las “nuevas amenazas” borra los límites entre defensa nacional y seguridad interior y reorganiza la intervención estatal sobre la propia población.

La guerra desplegada por el régimen sionista de Israel ocupa un lugar central en este proceso. El genocidio en curso contra el pueblo palestino, los ataques a Irán, el bloqueo sobre Cuba y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores en enero de 2026 configuran un escenario de guerra total que ordena las alianzas internacionales y redefine las doctrinas de seguridad. En ese marco, la categoría de “terrorismo” funciona como organizador político global y como criterio de intervención sobre pueblos y gobiernos.

La Argentina se integra activamente a ese esquema. El Memorándum firmado por Milei con Netanyahu el 12 de junio de 2025, en materia de inteligencia, ciberseguridad y lucha contra el terrorismo, articula la política interna con la estrategia del régimen sionista y de Estados Unidos. La definición pública de Milei como “el presidente más sionista del mundo”, junto con la caracterización de Irán como enemigo, -acusando públicamente a su gobierno, sin pruebas, de los atentados a la AMIA y la Embajada de Israel en los 90-, expresa un alineamiento doctrinario que ordena decisiones concretas en materia de seguridad, defensa e inteligencia.

El punto de inflexión interno fue el DNU 941/2025, firmado el 31 de diciembre de 2025 y publicado el 2 de enero de 2026. Con el Congreso en receso, el Ejecutivo modificó la Ley de Inteligencia Nacional, redefinió la estructura del sistema, amplió las funciones de la contrainteligencia sobre “espionaje, sabotaje, injerencia, interferencia e influencia”, reforzó la ciberinteligencia y profundizó la articulación entre agencias civiles y militares. La vigilancia se expande sobre la vida política y social en el mismo momento en que, tres días después, el 3 de enero de 2026, fuerzas estadounidenses secuestraron en Caracas a Nicolás Maduro y Cilia Flores para trasladarlos a Nueva York. La simultaneidad expresa una misma secuencia de guerra, inteligencia y disciplinamiento a escala regional.

En ese mismo movimiento se inscribe la reconfiguración del aparato de inteligencia, con la restitución de una estructura de la SIDE que retoma lógicas, cuadros y métodos de los períodos más oscuros de la historia argentina. La ampliación de fondos reservados y discrecionales, sin control democrático efectivo, habilita el despliegue de tareas de espionaje interno, infiltración y persecución sobre organizaciones sociales, sindicales y políticas. La inteligencia deja de operar como sistema de análisis para consolidarse como dispositivo activo de intervención sobre el conflicto social, en articulación directa con fuerzas de seguridad, milicias digitales y operadores judiciales. Esta reconfiguración se integra a un esquema de cooperación subordinada con agencias como la CIA y el Mossad, que orientan doctrinaria y operativamente la definición de amenazas, los objetivos de vigilancia y los blancos a neutralizar.

La continuidad del plan de gobierno en Argentina puede leerse con nitidez en los hechos de 2025. La visita del jefe del Comando Sur el 7 de mayo; la llegada de la secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos el 28 de julio; la SOUTHDEC de agosto; la Resolución Conjunta 68/2025 que institucionalizó la coordinación entre Fuerzas Armadas y fuerzas de seguridad; el Operativo Roca, el Plan Güemes y el Plan Guacurarí; la reforma por decreto de la Policía Federal y de las fuerzas federales; el protocolo de agentes encubiertos digitales del 16 de julio. Se configura una arquitectura de militarización, vigilancia y control territorial bajo categorías como terrorismo, crimen transnacional y ciberseguridad, directamente vinculadas a la agenda de Estados Unidos en la región.

Ese aparato doctrinario se traduce directamente en la construcción del enemigo interno. El sindicalismo que enfrenta la reforma laboral, el movimiento transfeminista, las organizaciones sociales, el kirchnerismo, la izquierda, el comunismo, el socialismo, las comunidades indígenas, las y los estudiantes organizados y los periodistas críticos son incorporados a un mismo campo de sospecha. La etiqueta “terrorista” funciona como mecanismo de homogeneización y habilita la intervención estatal.

En la calle, esa doctrina se volvió método. La represión a la movilización de jubilados del 12 de marzo de 2025 dejó centenares de heridos -entre ellos al fotoperiodista Pablo Grillo, al borde de la muerte- y detenciones arbitrarias. En febrero de 2026, la protesta contra la reforma laboral fue reprimida y judicializada con denuncias por terrorismo y atentado al orden constitucional. La persecución se extiende: docentes citados por contenidos, estudiantes fotografiados, militantes investigados por redes sociales, periodistas hostigados en espacios públicos, personas perseguidas por expresiones en redes. La inteligencia, las fuerzas de seguridad y las milicias digitales operan de manera articulada.

La causa palestina condensa esta operación. Denunciar el genocidio es traducido como antisemitismo o terrorismo. La DAIA interviene en la producción de listas negras de periodistas, docentes y militantes, utilizadas para hostigamiento y disciplinamiento con aval estatal. La solidaridad internacionalista queda incorporada al campo de las amenazas.

En este escenario, adquiere centralidad la conducta de las fuerzas llamadas progresistas en la región. Amplios sectores transitan una estrategia de adaptación que busca evitar la estigmatización como “comunistas” o “terroristas”. Se despliega una política de moderación que combina silencios frente al bloqueo a Cuba, ambigüedad ante el secuestro de Maduro y Cilia, pronunciamientos formales frente al genocidio en Palestina y los ataques a Irán. Esa performance de solidaridad vacía delimita un campo de acción restringido, en el que la “ancha avenida del medio” aparece como refugio político.

Ese posicionamiento configura una encerrona. Al aceptar las reglas impuestas por el gran capital y la estrategia imperial, se debilitan las condiciones para disputar el orden. La expectativa de no ser alcanzados por el disciplinamiento una vez neutralizados los “malos ejemplos” desconoce la lógica de la dominación en la región. La ofensiva avanza sobre todo el campo popular.

A cincuenta años del golpe, la continuidad del programa se expresa en la articulación entre guerra global, inteligencia, militarización y construcción del enemigo interno. El terrorismo ocupa hoy el lugar que ocupó la subversión en 1976: organizar la intervención estatal, legitimar la persecución y disciplinar a la sociedad. La consolidación de un partido del orden en la región aparece como el intento más avanzado de las fracciones dominantes para estabilizar un nuevo momento de subordinación. Allí se define, nuevamente, la disputa estratégica.

A 50 años del Golpe, de la “subversión” al “terrorismo”: ¿Qué guerra se libra hoy en Argentina? – Por Emilia Trabucco

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La violencia y el crimen organizado como acumulación de capital por despojo

La violencia consustancial al crimen organizado no es como en las películas que retratan el comportamiento de mafiosos que se enfrentan entre ellos o con las autoridades policiales.

Esa violencia criminal, que a su vez es un engranaje del capitalismo, tiene como finalidad el expolio de territorios y la expansión de mercados ilegales y legales, sobre la base de prácticas y mecanismos de despojo premeditado y controlado, donde lo mismo concurren organizaciones criminales, bases sociales de éstas, empresas formales y agentes del aparato de Estado. Se trata de un sofisticado sistema que combina la explotación laboral ilegal, el secuestro de jóvenes para ingresarlos en las empresas criminales como mano de obra impaga, la exploración y saqueo de territorios depositarios de recursos naturales, el desplazamiento forzado de comunidades enteras para ejecutar a sus anchas el punto anterior, entre otras prácticas desestructurantes de la vida social.

La violencia criminal –y el crimen organizado en general– no es natural ni ahistórica; tampoco es una anomalía exógena al capitalismo. Es parte de sus mecanismos de valorización y acumulación del capital. Es parte del engranaje propio del ciclo económico. Cruzan sus empresas criminales todos los momentos del proceso económico: desde la producción de mercancías y servicios ilícitos, hasta la circulación y consumo global de las mismas; especialmente de las drogas. Al tiempo que lo ilícito se interrelaciona con mercancías legales que deambulan por los mercados formales. El blanqueo de activos de procedencia ilícita, la reinversión en actividades lícitas y el consumo y el derroche suntuarios completan esa dinámica de gestación de ganancias.

A su vez, el supuesto combate de la violencia criminal es parte de la justificación que esgrimen los Estados para realizar importantes inversiones de gasto público en armamento y en estrategias y logísticas que le dan forma a los procesos de militarización. Con ello, el Estado se erige en un gran consumidor de la industria armamentista que, de igual modo, dinamiza el ciclo económico y lo aleja de sus fases de crisis.

El carácter sistémico de la economía criminal supone en todo momento procesos de acumulación y apropiación por despojo. Desde el cultivo de materias primas para los narcóticos; el trasiego de insumos para la elaboración de drogas sintéticas; la explotación de fuerza de trabajo cuasi-esclavizada en ambas labores; el transporte y comercialización de esos narcóticos; hasta el control de actividades como el tráfico de personas; la extorsión; la explotación de metales preciosos como el oro y la plata; la copia o piratería de ropa, música o video; el cobro de derecho de piso, entre otras. Lo que se observa en este ciclo del capital criminal es una diversificación de actividades ilícitas, que se cierra con el papel activo del sistema bancario y de los mercados financieros que atraen los recursos de procedencia ilícita.

La cadena de valor de la economía criminal supone también la lucha letal entre empresas criminales –cada una respaldada por distintos agentes del aparato de Estado– que se disputan el control de mercados y territorios. Pero esas empresas solo son una fracción del conjunto de esa economía criminal. El sistema de esta economía criminal se completa con amplios segmentos del capital formal sea agropecuario, industrial, comercial o bancario/financiero. En ese sistema ciertos segmentos del aparato de Estado ejercen de manera meta-constitucional la regulación y el reparto del territorio, al tiempo que participan de las ganancias del vasto negocio criminal.

La moralidad instituida por los Estados a través de la ley hace de las drogas una economía ilegal y justo por ello el encarecimiento de sus bienes y servicios desproporciona los precios, y hace de la apropiación y acumulación por despojo una constante en ese encarecimiento. De ahí que el Estado no solo afianza a la economía criminal, sino que la dota de una institucionalidad para que opere como sistema y no se detengan sus ilícitos procesos de acumulación de capital.

Esa cadena de valor de la economía criminal es, en esencia, trasnacional y aprovecha los amplios resquicios que le abren los procesos de globalización. Ni se reduce a su fase de narco-tráfico ni se circunscribe a la escala estrictamente nacional como lo presentan con regularidad los mass media, enfatizando en la personificación del fenómeno a través del capo de las drogas como un individuo marginal del sistema, un campesino venido a más por su audacia para destacar en el mundo criminal. Más aún: la economía criminal se caracteriza por una división internacional del trabajo, regida por un rol subordinado de economías subdesarrolladas como México, Colombia, entre otras, que ocupan el eslabón más frágil de la cadena de valor y desde ellas se aporta la sangre y la muerte, al tiempo que se transfieren excedentes a las redes operativas y logísticas ilícitas del norte del mundo y, particularmente, a los mercados bancarios/financieros de Wall Street y de la City de Londres, e incluso a los paraísos fiscales. En medio de ello, existen nodos territoriales también transnacionales por donde transitan las mercancías ilícitas, y que fungen como plataformas exportadores hacia los centros globales de consumo final.

En el sur del mundo esta división internacional del trabajo criminal consolida fases como el diseño, cultivo de amapola, coca o marihuana, procesamiento y manufactura de sustancias químico/psicotrópicas (fase de producción), el transporte por distintos países, hasta llegar a la fase de intercambio o comercialización y consumo en las ciudades de prácticamente todo el mundo, pero enfáticamente de Europa y los Estados Unidos. En tanto que la distribución de ganancias tiene como epicentro los bancos y mercados financieros, para completar el ciclo del capital criminal la reinversión en el aparato productivo –legal e ilegal– tanto del norte como del sur del mundo a través del blanqueo de dinero y el consumo improductivo. En toda esa dinámica del proceso económico criminal es fundamental la mano de obra calificada y especializada en asuntos jurídicos, contables, financieros e, incluso, en el procesamiento químico para la elaboración de drogas sintéticas (allí participan ingenieros, químicos, farmacólogos, etc.).

La lógica del despojo se extiende a comunidades e individuos que son presas de la violencia criminal y de los escuadrones paramilitares empleados por empresas formales como las mineras y energéticas para abrir senderos de explotación de la naturaleza y de acumulación de capital en aquellos territorios dotados de esos recursos naturales ambicionados por ellas. Esa economía del despojo, que destierra comunidades enteras en países como México, Colombia, Perú, entre otros, apunta a recursos minerales como el oro, la plata, al litio o incluso a los llamados minerales de tierras raras, que son fundamentales para reproducir el eje de acumulación de capital cimentado en las tecnologías de punta de la economía informacional.

La violencia criminal se combina con la alienación de la vida entre esas comunidades e individuos. El despojo se extiende a campesinos que son obligados a cultivar la materia prima de las drogas; de igual manera existe una apropiación ilegal de sus tierras cuando se les excluye  y desplaza de sus territorios a esos campesinos sujetos a regímenes de propiedad comunal o ejidal. A ello contribuye la caída de los precios de los productos básicos y el abandono del campo desde el Estado al no destinar políticas agrícolas que apoyen a esa clase campesina depauperada.

A grandes rasgos, el desafío principal que tienen tanto el periodismo de investigación como las ciencias sociales consiste en trascender las narrativas maniqueas que sitúan el acento en el campo de las drogas y en sus labores de tráfico. Se trata de posicionar la mirada en el conjunto de la economía criminal y de sus circuitos que en la realidad muestran una relación orgánica. Las miradas fragmentarias en poco o nada contribuyen a la comprensión de la complejidad del fenómeno criminal y en el papel constante que desempeña el despojo en la acumulación de capital. Es urgente, en distintos frentes de análisis, trabajar a fondo en esa lógica del comportamiento y dinámica de esa economía criminal y clandestina de la muerte.

Isaac Enríquez Pérez. Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor y autor del libro “La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivo”. Twitter: @isaacepunam

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¿Siguen funcionando las marchas hoy?

Cada cierto tiempo las calles de muchas ciudades se llenan de personas que avanzan juntas. Carteles en alto, consignas repetidas en coro, pasos que se sincronizan mientras recorren avenidas. La escena parece conocida. Sin embargo surge una pregunta inevitable. ¿Todavía sirven las marchas como forma de protesta social?

Lejos de ser solo desplazamientos multitudinarios, las marchas funcionan como una forma organizada de acción colectiva. En ellas, personas que comparten una inconformidad ocupan el espacio público para expresar demandas, llamar la atención sobre un problema, además de intentar influir en las decisiones de instituciones o autoridades.

Diversos estudios sobre movilización social, entre ellos trabajos de investigación de Elsa Rodríguez, así como análisis de la dimensión material de la protesta desarrollados por Blanco y Ohanian, examinan cómo este tipo de manifestaciones operan en la vida pública. Sus análisis muestran que las marchas no se limitan a caminar por una calle. También producen algo menos visible pero importante. Construyen un actor colectivo.

¿Cómo ocurre esto?

Cuando una movilización avanza por la ciudad aparecen múltiples elementos que ayudan a dar forma a esa identidad compartida. Pancartas con consignas, mantas extendidas entre grupos, cantos que se repiten de manera coordinada. También gestos simbólicos, coreografías improvisadas, performances que ocupan plazas o monumentos.

Cada uno de esos recursos cumple una función. Permiten que cientos o miles de personas, muchas de ellas desconocidas entre sí, actúen como un solo cuerpo social. Así, la marcha se convierte en una escena pública donde una causa adquiere forma visible.

Además, dentro de una movilización rara vez existe un solo grupo. Con frecuencia participan organizaciones distintas, colectivos, estudiantes, trabajadores, vecinos o activistas. Cada contingente lleva sus propios mensajes. Algunos marchan por demandas laborales, otros por derechos civiles, otros por causas ambientales.

A primera vista podría parecer una mezcla desordenada. No obstante, esa diversidad también permite construir alianzas temporales. Diferentes grupos encuentran un punto de encuentro durante la movilización, al menos por unas horas, mientras comparten el mismo recorrido.

Las marchas también cumplen otra función importante. Muestran capacidad de convocatoria.

El número de asistentes suele interpretarse como un indicador de fuerza social. Cuando miles de personas ocupan avenidas principales, el mensaje llega a medios de comunicación, autoridades, además de otros sectores de la sociedad. Incluso quienes no participan directamente terminan observando el fenómeno.

Aun así, las marchas tienen límites.

No todas las movilizaciones generan cambios inmediatos en leyes o decisiones públicas. En muchas ocasiones su efecto aparece de manera gradual. Una marcha puede colocar un tema en la conversación pública, impulsar debates sociales, fortalecer redes de organización o motivar nuevas formas de participación.

También existe otro desafío. En ciudades donde las protestas son frecuentes, la repetición puede disminuir el impacto mediático. Algunas movilizaciones pasan casi desapercibidas fuera de los grupos directamente involucrados.

Entonces surge otra pregunta. Si las marchas no siempre producen transformaciones inmediatas, ¿por qué siguen realizándose?

La respuesta aparece en varios niveles.

Por un lado, permiten que causas sociales ganen visibilidad. Por otro, fortalecen vínculos entre personas que comparten inquietudes similares. Además, crean un espacio donde la ciudadanía puede expresar inconformidad sin intermediarios.

Caminar juntos por la ciudad puede parecer un gesto simple. Sin embargo ese gesto continúa siendo una forma de intervención pública. Una forma de decir que un problema existe, que alguien quiere discutirlo, que una parte de la sociedad busca cambiar algo.

Las marchas no son la única herramienta de acción colectiva. Tampoco garantizan resultados inmediatos. Aun así mantienen una función persistente en la vida social contemporánea.

Las calles, después de todo, siguen siendo un escenario donde las voces se encuentran.

¿Y tú alguna vez has participado en una marcha o has observado una desde la banqueta?

Si este tema te hizo pensar en alguna movilización reciente, deja tu comentario o comparte esta nota con alguien que haya salido a marchar alguna vez.

Fuentes

Blanco, I. y Ohanian, S. (2020). La dimensión material de la protesta.

Rodríguez, E. (2010). El actor colectivo en las marchas de protesta. Revista Mexicana de Sociología.

Diversos estudios sobre movilización social y acción colectiva.

Fuente de la información:  https://redeslibertarias.com

Fotografía: Redes libertarias

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Archivos Epstein, una película de terror hecha realidad en el capitalismo actual

Por Renán Vega Cantor

Imaginemos el guion de una terrorífica película de ciencia ficción. Es la historia de un supermillonario sionista al servicio de varios servicios de inteligencia de Estados poderosos (el Mossad de Israel, la CIA de Estados Unidos, el M-16 de Gran Bretaña) es un negociante de éxito, que tiene actividades en las finanzas, el sector inmobiliario y acumulaba al final de su vida la suma de miles de millones de dólares. Ese personaje es además un depredador sexual, que tiene predilección sádica por niñas y jóvenes. Para realizar sus orgias y bacanales cuentan con propiedades suntuosas que ha adaptado para tal propósito: una isla privada, que está en territorio de los Estados Unidos (en Islas Vírgenes, y el nombre no parece casual por lo de vírgenes), varias mansiones en ciudades de Estados Unidos (Miami, Nueva York) y de otros países (Paris), un “rancho de los horrores” en Nuevo México, aislado y acondicionado para torturar, violar y matar mujeres jóvenes… Para trasladarse libremente, sin las restricciones, demoras y cortapisas de aeropuertos y vuelos comerciales, tiene su propio avión, al que denomina Lolita Express, por aquello de la niña que protagoniza la novela Lolita de Vladimir Nabokov. En el film aparecen centenares de niñas y jóvenes abusadas, asesinadas y desaparecidas, se ven desgarradoras escenas de torturas y conversión de las mujeres en vulgares mercancías y objetos sexuales intercambiables y desechables. Entre sombras aparecen imágenes de cultos satánicos en las que hombres multimillonarios matan a niños y bebes, mutilan sus cuerpos y consumen su sangre y algunos de sus órganos.

El personaje de la película no es un sicópata solitario, sino que forma parte de un engranaje global en el que sirve de intermediario de una red transnacional de tráfico sexual, negocios diversos, violencia y sadismo,  academia e investigación científica y sofisticado desarrollo tecnológico. De ese engranaje forman parte presidentes y expresidentes de varios países (incluyendo a uno de Colombia), miembros de monarquías de Europa (de Gran Bretaña y Noruega), científicos expertos en biología, genética con tendencias eugenésicas y racistas, multimillonarios dueños o accionistas principales de grandes empresas tecnológicas del mundo informático y de la Inteligencia Artificial. También desfilan en la película cantantes, actores, gentes del jet set y de la farándula, que cuentan con millones de dólares en sus arcas.

Como el protagonista central de la película forma parte de tenebrosos servicios secretos tiene la misión, que asume con una impresionante meticulosidad, rigor y disciplina, de registrar cualquier movimiento de los miles de multimillonarios y hombres de éxito que participan en sus fiestas y orgías y vuelan periódicamente en el Lolita Express. También registra cualquier charla, por informal que fuera, con investigadores o científicos que no participan en esas fiestas de sexo y sangre, pero reciben sus favores, porque, además de todo, el protagonista de este film de terror, se presenta como un filántropo que patrocina proyectos, aparentemente desinteresados, en el campo de la genética, la biología, la IA y el transhumanismo. E impulsa esos conocimientos porque el protagonista tiene una manía esquizofrénica de alcanzar la eternidad. Como resultado de su culto a la información sobre sus tropelías y, sobre todo, la de “sus invitados”, archiva millones de correos electrónicos, miles de llamadas telefónicas, toma miles de fotografías y graba cientos de horas de videos, en los que aparecen escenas horripilantes de vejación y degradación de la condición humana de mujeres jóvenes.

El protagonista quiere que, por su potencia sexual y por la inteligencia que dice poseer, se conserven su pene y su cabeza para la eternidad, como una contribución personal a su visión de un mundo de supermillonarios egoístas y brutales que creen una realidad distópica en donde exista solamente ellos, junto con unos pocos miles de esclavos que sean sometidos por engranajes de tipo tecnológico.  El personaje cree que es de una raza superior y por eso pretende inocular con su semen a muchas mujeres para que estas queden embarazadas y traigan hijos superdotados al mundo.

El personaje se mueve en un mundo de supermillonarios y poderosos que son racistas, machistas, depredadores sexuales, que desprecian a los pobres y humildes. Ellos no tienen  límites morales que les impidan bestializar a mujeres jóvenes con tal ejercer su poder y conseguir con ello todo tipo de placer corporal. Las mujeres pobres son simples objetos de placer, a las que puede violarse, torturarse y matarse si es necesario.

Todos estos vicios paganos no se realizan de forma completamente secreta, sino más bien reservada, porque periodistas, autoridades, senadores y presidentes saben de su existencia, pero como son protagonistas de los crímenes del pedófilo visible, guardan un silencio absoluto y aparecen en el escenario público como honestos hombres de la política y el espectáculo que cuentan con un amigo especial, al que idolatran por su audacia y capacidad de agenciar emprendimientos de fiesta, diversión y jolgorio en privado. En público presumen de su honestidad y transparencia, en privado ponen en funcionamiento todas sus perversiones y capacidad de hacer daño, sin ningún tipo de piedad ni arrepentimiento.

Todo es posible en estos “islotes de fantasía” porque quienes dictan e imponen el derecho son los poderosos, los mismos que participan en los crímenes y violaciones. Por eso, nada ni nadie los puede tocar, gozan de inmunidad e impunidad absolutas. E incluso, esos mismos superpoderosos son los que le dictan las normas y formas adecuadas y obedientes de comportamiento a los súbditos de sus propios países y a los del mundo entero.

Al final de la película, cuando es evidente que ya no pueden ocultarse por más tiempo estos paraísos del crimen, del sadismo y la sevicia, el protagonista de la película es juzgado y condenado. Termina en la cárcel, pero allí dura poco tiempo, porque sabe demasiado para vivir mucho tiempo. Un día aparece muerto y los medios de desinformación dicen que se ha suicidado, aunque la película muestra en directo que lo han matado.

Allí parece terminar todo, pero al final la película, anuncia una segunda parte en la que se dan a conocer los archivos secretos del pedófilo sionista. Y anticipa que son millones de documentos y se dice que su revelación hará temblar a los poderosos de la red internacional de sexo, negocios, academia y poder científico, porque en esos archivos están registradas todas sus acciones criminales.

Esto que se acaba de contar, por desgracia no es una película. Es la vida real. El personaje se llamaba Jefrey Epstein, las escenas escabrosas transcurren en los Estados Unidos y los personajes famosos que aparecen son Bill Clinton, Donald Trump, Bill Gates, el príncipe Andrés, Michael Jackson, Andres Pastran y miles de nombres más, de famosos, que forman parte de ese entramado criminal del capitalismo realmente existente.

Lo que muestran los Archivos Epstein es la quiebra moral del capitalismo y del imperialismo en su fase terminal. Es como si estuviéramos regresando a la decadencia del imperio romano, en donde reinaba Calígula (por eso a Donald Trump se le podría calificare de neo-Calígula).

No es la quiebra moral de un individuo, Jefrey Epstein, sino de una civilización, la occidental y cristiana, que naufraga en su propia podredumbre de mercantilización, consumo, lujo, derroche, sevicia, violencia, tráfico sexual y sangre.

Finalmente, películas como Salo, los 120 días de Sodoma de Pierre Paolo Passolini o la de Stanley Kubrick Ojos bien cerrados, han pasado de los estudios cinematográficos, a la vida real, por obra y gracia del capitalismo en su fase de putrefacción total. Y el mayor indicador de esa podredumbre tiene nombre propio, como personificación individual del capitalismo: Donald Trump, empresario inmobiliario, violador sexual, pedófilo redomado, evasor de la justicia y en la actualidad presidente de los Estados Unidos, con tanto poder que su vanidad y su espíritu de maldad congénita ponen en peligro al mundo.

Publicado en papel en El Colectivo (Medellín), No. 115, marzo de 2026.

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¿Por qué fracasa la ONU?

“La ONU no fue creada para llevar la humanidad al cielo, sino para salvarla del infierno. Y en eso, lamentablemente, está fracasando”.

Dag Hammarskjöld, Secretario General de la ONU (1953–1961)

Terminada la Primera Guerra Mundial en 1918, las secuelas de ese enfrentamiento espantaron a la humanidad: 70 países se habían visto involucrados, con un saldo de 10 millones de soldados muertos y 20 millones de combatientes heridos y mutilados, más alrededor de otros 10 millones de civiles muertos por los éxodos forzados, las hambrunas y los conflictos regionales posteriores. A ello deben sumarse los cuantiosos daños en la infraestructura de gran cantidad de países, más los daños psicológicos derivados de tanto sufrimiento, con viudas, huérfanos, y como corolario, la “gripe española” inmediatamente posterior al conflicto, que ocasionó un número nunca bien determinado de víctimas, pero que superó la cantidad de decesos de la guerra, estimándose en, por lo menos, 50 millones.

Ante tamaña catástrofe, voces racionales pidieron un “nunca más”, porque no se podía repetir esa monstruosidad. Por ello, en 1920, en la Conferencia de París se funda la Liga de las Naciones (también llamad Sociedad de las Naciones), con el objetivo de fomentar la prevención de las guerras mediante la seguridad colectiva y el desarme, impulsando la resolución de disputas internacionales a través de la negociación y el arbitraje.

Más allá de lo loable de ese esfuerzo, algo no funcionó. Años después, siempre a partir de la insaciable voracidad de las potencias por seguir apoderándose de los países más débiles, se llegó a una catástrofe aún peor: la Segunda Guerra Mundial. Aquí los daños fueron infinitamente mayores: alrededor de 70 países participaron, involucrándose en el conflicto un total de 100 millones de militares. Las pérdidas fueron colosales: 80 millones de muertos, de los que 50 fueron civiles, debidos a los ataques propiamente bélicos, más las hambrunas y las enfermedades concomitantes. El bombardeo de población civil fue norma, llegándose al colmo inaudito de dos bombas nucleares, innecesarias en términos de acción militar, pues Japón ya estaba derrotado, pero que se utilizaron para marcar el poderío de quien a partir de 1945 se erigiría como potencia mundial: Estados Unidos.

Con una humanidad destrozada y países en ruinas -la Unión Soviética llevó la peor carga, con 25 millones de muertos y el 70% de su infraestructura destruida- a fines de 1945 se creó la Organización de Naciones Unidas -ONU-. Su propósito declarado fue preservar la paz y fomentar el desarrollo a nivel mundial.

Pero ¿qué pasó desde esa creación? El número de guerra siguió siempre en aumento, desde pequeñas escaramuzas hasta guerras abiertas con miles de muertos. Si bien es difícil estimar qué cantidad exacta de conflictos bélicos se registraron entre la segunda mitad del siglo XX y las primeras décadas del XXI, se calculan en no menos de 100, con alrededor de 50 millones de personas fallecidas. De ellas, como elemento importantísimo que caracteriza estos nuevos enfrentamientos, el 90% es población civil no combatiente. En conclusión: no ha habido paz. Las guerras, además, provocan monumentales desplazamientos de población, con las consecuentes hambrunas, enfermedades y un muy profundo dolor psicológico en quienes lo sufren.

¿Y desarrollo? El mundo, con un avance científico-técnico cada vez más fabuloso, con logros espectaculares en la creatividad humana (manejo de la energía nuclear, viajes espaciales, comunicaciones impresionantes, y un larguísimo etcétera que nos asombra) sigue presentando un panorama más que sombrío a nivel planetario. Mientras que un 15% de la población planetaria -élites y clase media- tiene acceso a los satisfactores que puede otorgar ese desarrollo, con un nivel de vida más seguro y confortable (buena alimentación, viviendas adecuadas, altos niveles de salud, condiciones de vida y de trabajo dignas, educación formal, abandono de prejuicios y pensamiento mágico-animista), lo cual se da en el Norte próspero y en algunos bolsones del Sur global, el 85% restante -ubicado básicamente en el Tercer Mundo- muy tangencialmente roza los beneficios de esa acumulación de riqueza, y en la gran mayoría de casos, sobreviviendo en situaciones de precariedad. Valga agregar también que, como sector más perjudicado entre los perjudicados, se encuentran las mujeres. De los casi 800 millones de analfabetos que hay en el mundo, dos tercios (500 millones) son mujeres. Y muchas de ellas todavía son víctimas de la ablación clitoridiana.

Entonces: ¿qué pasó con la paz y el desarrollo? ¿Qué pasó con la ONU? Ambas instancias, en su momento la Liga de las Naciones, luego la Organización de Naciones Unidas, son absolutamente inoperantes para lograr sus resultados, más allá de declaradas buenas intenciones. Nunca más oportuno que ahora aquello de “el camino del infierno está plagado de buenas intenciones”. En la década del 30 del pasado siglo Sigmund Freud, judío de origen, en respuesta a una pregunta de otro judío que se impresionaba con la avanzada antijudía del nazismo, Albert Einstein, decía que la primera de estas instancias estaba condenada a fracasar, como de hecho fracasó estrepitosamente. Para recordatorio: el Holocausto de los judíos (6 millones de muertos), y luego el inicio de la Segunda Guerra Mundial, con todos los horrores descritos. ¿Qué hizo la Liga de las Naciones? Nada.

Fracasó porque, según Freud, “La Sociedad de Naciones (…) instituida como autoridad suprema, (…)no dispone de una fuerza propia [con que hacerse valer]”. Es decir, no tiene cómo imponer su mandato. En otros términos: puede hacer declaraciones, pero no dispone de fuerza operativa para ordenar que las mismas se cumplan. Lo cual lleva a pensar inmediatamente en que: si no es por la fuerza, solo con el diálogo consensuado ¿las cosas no caminan? ¿Solo el rigor de la “mano dura”?

Terrible, sin dudas; pero patéticamente cierto. “Vivimos en el mundo real, que se rige por la fuerza, que se rige por la violencia, que se rige por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”, espetó altanero el asesor de seguridad de la Casa Blanca -un duro halcón republicano- Stephen Miller, declaración que resultó escalofriante, sumamente turbadora. Agregando luego, sin ningún disimulo ni recato: “La fuerza es el nuevo derecho internacional y vamos a ejercerla”.

En esa línea, el presidente Donald Trump se permitió decir, refiriéndose a cómo piensa incorporar la colonia danesa de Groenlandia a posesión estadounidense: “Por las buenas o por las malas”. Espantoso, aterrador, pero definitiva -y descarnadamente- cierto. ¿No es esa, acaso, la más absoluta realidad de las sociedades de clase? ¿Qué son, si no, las interminables guerras interestatales, las guerras por apropiarse como botín de los recursos del otro, desde que vemos que hay propiedad privada, desde hace 10.000 años en adelante? Incluida a veces, para nuestro espanto, la posesión de las mujeres. Del hacha de piedra a los planeadores hipersónicos con cargas nucleares múltiples se repite la misma historia: “Las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”, según este neofascista estadounidense.

Esa verdad, maquillada arteramente hasta hoy por el discurso “políticamente correcto”, es incuestionable (aunque escandalice al ser dicha por un guerrerista como este representante de la clase dominante norteamericana). Esa verdad inobjetable la vieron desde tiempos inmemoriales agudos pensadores que reflexionaron sobre la dinámica humana y social, y sus decires no nos escandalizan: “La ley es lo que conviene al más fuerte”, anunció Trasímaco de Calcedonia en el siglo IV antes de nuestra era en la esclavista Grecia clásica, cuna de la “democracia” (donde un esclavo no podía suicidarse porque no era dueño de su vida y donde solo tenían derecho a voto los varones propietarios). La “relación [entre humanos] no es en absoluto una relación armónica de cooperación entre individuos igualmente libres que promueven el interés común en la persecución de la propia conveniencia. Es más bien una «lucha a vida o muerte» entre individuos desiguales, en la que uno es el «amo» y el otro es el «esclavo»”, escribe Herbert Marcuse sintetizando la dialéctica del amo y del esclavo (capítulo IV) de la “Fenomenología del Espíritu” de Hegel, que inspirara a Marx. “La violencia es la partera de la historia”, concluye entonces el autor de El Capital.

Freud, desde otra óptica teórica, dice algo similar: “Intereses conflictivos entre los seres humanos se deciden, en principio, mediante el recurso a la violencia”. Para evitarla, o controlarla en lo posible, surgen las leyes, las normas sociales. De todos modos, muy cáustico, y en consonancia con todos los autores anteriores, agrega que “[Sin embargo] Las leyes están hechas para y por los dominadores, y conceden escasas prerrogativas a los dominados”.

Si una instancia determinada -Liga de las Naciones o la ONU- intenta atemperar esa fuerza destructiva que surge siempre en las sociedades clasistas solo con la palabra, sin una fuerza superior, fracasa. Los Cascos Azules, como fuerza militar disuasoria…. dan risa. ¿Cuántas guerras evitó la ONU? Ni una. Llega solo a recoger los cadáveres. ¿Por qué fracasa esta organización? Porque las guerras son el negocio más redituable que existe -más que el petróleo, la informática, las farmacéuticas-, manejado por enormes empresas que necesitan el conflicto para vender armas (75.000 dólares por segundo invierte la humanidad en ese campo).

Los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 que promueve la ONU para lograr un mundo equilibrado (Fin de la pobreza, Hambre cero, Salud y bienestar, Educación de calidad, Igualdad de género, Reducción de las desigualdades, Agua limpia y saneamiento, Energía asequible y no contaminante, Ciudades y comunidades sostenibles, Producción y consumo responsables, Acción por el clima, Vida submarina, Vida de ecosistemas terrestres, Trabajo decente y crecimiento económico e Industria, innovación e infraestructura) difícilmente se alcancen. Es decir: seguramente fracasarán, como fracasaron los Objetivos del Milenio que aspiraban tener un mundo medianamente equilibrado en lo económico-social para inicio del siglo. ¿Por qué fracasan? Porque esa faceta de lo humano no se maneja con buenas intenciones y pomposas declaraciones sino con fríos números que imponen los grandes grupos económicos. Se prefiere derrochar comida, aunque mueran 20.000 personas diarias por falta de nutrientes, que perder ganancias. “Controla el petróleo y controlarás las naciones; controla los alimentos y controlarás a los pueblos”, dijo el Premio Nobel de la ¿Paz? Henry Kissinger. ¿Quién decide eso? ¿Quién establece esos precios, cuándo debe haber guerra o cuándo se da un golpe de Estado? La ONU, seguro que no.

¿Por qué pasa todo esto? Enorme dificultad ¿o radical imposibilidad? de lograr un mundo armónico, según se ve. Como se ha dicho -cosa discutible, por supuesto-: es más fácil que termine el mundo -por la guerra nuclear o por el desastre ecológico que vivimos- a que termine el actual sistema capitalista. ¿Está condenada la especie humana a todo este sufrimiento, a la guerra perpetua, a la exclusión eterna de grandes masas? Apostamos porque NO. Si todo esto es el efecto de cualquier sociedad de clases (despótico-tributaria, esclavista, feudal, capitalista) ¿pasará eso en una sociedad sin clases sociales? Vale la pena intentar construir esa sociedad entonces ¿verdad?

Blog del autor: https://mcolussi.blogspot.com/

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Por qué acabar con el matrimonio infantil es clave para impulsar el desarrollo de África

ADÍS ABEBA – África alberga aproximadamente 160 millones de adolescentes femeninas de entre 10 y 19 años, según datos de 2022 de la División de Población de las Naciones Unidas. Ellas encarnan la energía, la creatividad y el potencial del continente.

Es innegable que «el África que queremos», tal y como se prevé en la Agenda 2063 de la Unión Africana (UA), no se hará realidad sin la plena participación de este grupo, que representa un componente clave de la mano de obra actual y futura del continente.

Sin embargo, uno de los obstáculos más persistentes para hacer realidad esta visión es la prevalencia del matrimonio infantil y su devastador impacto en la vida y el bienestar de las niñas africanas, así como su repercusión negativa en el potencial económico del continente.

El matrimonio infantil es una de las limitaciones estructurales más subestimadas de la capacidad de África para aprovechar su dividendo demográfico.

Sin embargo, millones de personas se están quedando atrás

Las estadísticas pintan un panorama preocupante.

Según el Banco Mundial, cuatro de cada 10 niñas de entre 15 y 19 años en África (excluyendo el norte de África) no van a la escuela ni trabajan, o están casadas o tienen hijos, en comparación con poco más de uno de cada 10 niños.

En promedio, casi un tercio (32 %) de las mujeres jóvenes (de 15 a 24 años) no estudian, no trabajan ni reciben formación, en comparación con 23 % de los niños de ese rango de edad.

En África, 130 millones de niñas y mujeres se casaron antes de cumplir los 18 años, la incidencia más alta a nivel mundial, según datos del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) de 2025. La prevalencia del matrimonio infantil varía en todo el continente. Las regiones de África Central y Occidental soportan una parte desproporcionada de la carga mundial.

Pero incluso en el norte de África, con la tasa más baja, aunque significativa, de matrimonios infantiles, se observa que esta práctica nociva persiste en todo el continente. Además, nueve de cada 10 países con la mayor incidencia de matrimonios infantiles se encuentran en África..

Los datos reflejan la información más reciente disponible para el período 2016-2023.

Y los costos económicos de esta realidad son astronómicos

El matrimonio infantil se describe con frecuencia como una violación de los derechos humanos o un problema social y de salud. Y lo es. De hecho, las complicaciones del embarazo y el parto siguen siendo una de las principales causas de muerte entre las adolescentes.

Sin embargo, estos aspectos trágicos y más visibles son solo una parte de la historia. De forma menos visible, pero más frecuente, los matrimonios infantiles se asocian con embarazos precoces y excluyen efectivamente a las niñas de la educación y la participación económica formal en la etapa en que las inversiones en habilidades y aprendizaje producen los mayores rendimientos.

Además de limitar el futuro de las personas, esta práctica tiene importantes repercusiones económicas para los países y regiones africanos.

Para los países africanos, al igual que para algunos otros países en desarrollo, el matrimonio infantil es una importante distorsión económica que no se ha abordado. Distorsiona la acumulación de capital humano y la asignación de mano de obra, con consecuencias para la productividad y el crecimiento de toda la economía.

Más concretamente:

– El matrimonio infantil trunca la educación, limita la adquisición de competencias e impide la participación de las mujeres en los mercados laborales formales

– Las niñas que se casan a una edad temprana tienen muchas más probabilidades de dedicarse a trabajos de cuidados no remunerados o a actividades informales de baja productividad, con perspectivas limitadas de movilidad social ascendente (Figura 6).

– El matrimonio infantil limita la plena integración de las niñas en la sociedad al privarlas de sus derechos, su identidad y su capacidad de acción. Crea dependencia y frena el potencial de liderazgo.

Las implicaciones para los mercados laborales de África son especialmente graves. La transformación estructural productiva requiere una mano de obra que pueda pasar de actividades de baja productividad a sectores de mayor valor añadido, como la industria manufacturera, los servicios modernos y la economía digital.

Cuando se interrumpe la educación y la adquisición de habilidades de las niñas, se reduce la oferta de trabajadores cualificados para estos sectores.

A su vez, se reducen los incentivos de los empresarios para crear y hacer crecer empresas productivas. A nivel macro, se reduce el crecimiento de la productividad, la creación de empleo en el sector formal y la diversificación hacia actividades de alto valor añadido.

Los costos económicos de los matrimonios infantiles persisten a lo largo de generaciones. Esta práctica está estrechamente relacionada con la fertilidad precoz y elevada, el aumento de la morbilidad y mortalidad materna y los peores resultados en materia de salud y educación de los niños.

Si no se abordan, estos resultados sociales conducen a un menor capital humano (logros educativos y salud) de la siguiente generación, lo que reduce la productividad laboral y la innovación.

Con el tiempo, se convierten en una barrera persistente para lograr la sostenibilidad fiscal, la integración regional y el crecimiento inclusivo.

Esta dinámica dificulta las posibilidades de África de aprovechar el dividendo demográfico.

Si bien el crecimiento de la población en edad de trabajar del continente se considera una fuente potencial de crecimiento acelerado si va acompañado de inversiones adecuadas en salud, educación y creación de empleo, los matrimonios infantiles van acompañados de una reducción del empleo femenino en el sector formal.

En consecuencia, las ganancias de productividad caen por debajo de su potencial y la oportunidad demográfica corre el riesgo de convertirse en una carga demográfica.

A pesar de las implicaciones macroeconómicas negativas, el matrimonio infantil no se incluye en los marcos económicos generales ni en los debates que informan la planificación y las políticas macroeconómicas en África.

Por lo general, se aborda mediante intervenciones sociales o legales, mientras que las estrategias macroeconómicas, las políticas industriales y los marcos fiscales proceden como si estos aspectos de las limitaciones del capital humano fueran exógenos.

Esta desconexión da lugar a una inversión insuficiente sistemática en una de las limitaciones más restrictivas de la capacidad productiva de África.

Los responsables políticos y la población en general deben replantearse el matrimonio infantil

Desde una perspectiva económica, los argumentos a favor de invertir en las niñas son convincentes. Los análisis muestran sistemáticamente que las inversiones en la educación y la salud de las niñas producen altos rendimientos, aumentan los ingresos a lo largo de la vida y potencian la productividad.

En un «escenario de plena igualdad de género», que incluya la eliminación de las brechas de género en la educación, el empleo y la toma de decisiones, se podría añadir un billón (millón de millones) de dólares al producto interno bruto (PIB) de África para 2043.

Las estimaciones también sugieren que cada dólar invertido en la salud, la educación y el empoderamiento de las adolescentes puede generar múltiples beneficios económicos a lo largo del tiempo.

Para traducir las pruebas en políticas eficaces será necesario un cambio de enfoque, en el que se considere que poner fin al matrimonio infantil es un componente fundamental de la estrategia económica de África.

Por lo tanto, los indicadores sobre la educación, el empleo y las cargas de cuidados no remunerados de las adolescentes deben convertirse en parte integrante de los marcos macroeconómicos, las proyecciones del mercado laboral y las evaluaciones de la capacidad productiva.

En este contexto, abordar la cuestión del matrimonio infantil en África es una necesidad económica, dado que la transformación exitosa de África requiere liberar todo el potencial productivo de su población. Esto, a su vez, exige una inversión sostenida en las niñas como agentes económicos y no solo como beneficiarias de programas sociales.

África debe financiar a las niñas africanas, y medidas como el fortalecimiento de la movilización de recursos nacionales, la presupuestación con perspectiva de género y los bonos de género podrían contribuir en gran medida a este respecto.

Además, los responsables políticos deberían considerar el gasto público destinado a reducir los matrimonios infantiles y apoyar la educación continua de las niñas como un gasto de capital en lugar de un mero gasto social. Esto ayudaría a alinear los marcos fiscales con los objetivos de crecimiento a largo plazo.

Poner fin a la práctica del matrimonio infantil no garantizará por sí solo que África alcance sus objetivos de desarrollo. Sin embargo, a menos que se aborde, esta barrera estructural seguirá obstaculizando la productividad, la competitividad y la consecución de la Agenda 2063.

Reconocer que poner fin al matrimonio infantil es una necesidad tanto económica como social sería un importante paso adelante. También situaría el empoderamiento de las niñas donde debe estar: en el centro de la estrategia de desarrollo de África y de su búsqueda de un crecimiento inclusivo y sostenible.

Zuzana Schwidrowski es directora de la División de Género, Pobreza y Política Social de la Comisión Económica para África (Cepa), quien elaboró este artículo con el apoyo Omolola Mary Lipede, becaria de la misma institución regional.

T: MF / ED: EG

Fuente: https://ipsnoticias.net/2026/02/por-que-acabar-con-el-matrimonio-infantil-es-clave-para-impulsar-el-desarrollo-de-africa/

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Haití: ¿crisis permanente o castigo histórico?

*Por Paula Companioni

Cuando Haití aparece en las noticias internacionales casi siempre está asociado a las mismas palabras: crisis, violencia, pobreza o desastre. En el imaginario global, el país suele ser presentado como un territorio condenado a la inestabilidad permanente.

Pero rara vez se habla de las razones históricas y políticas que explican esa imagen.

Haití es frecuentemente descrito como el país más pobre de América y como una nación atrapada en una crisis sin fin. Sin embargo, esa narrativa deja fuera una pregunta fundamental: ¿cómo llegó Haití a esta situación?

Para empezar a responder hay que mirar hacia su origen como nación.

En 1804 Haití se convirtió en la primera república negra del mundo y en el primer país de América Latina y el Caribe en abolir definitivamente la esclavitud. Su independencia fue el resultado de una revolución protagonizada por personas esclavizadas que derrotaron a uno de los imperios coloniales más poderosos de la época.

Pero esa victoria tuvo un precio enorme. En 1825, Francia obligó a Haití a pagar una indemnización colosal a los antiguos colonos esclavistas a cambio de reconocer su independencia. Esa deuda, que el país tardó más de un siglo en pagar, hipotecó profundamente su economía.

Haití es, probablemente, el único país del mundo que tuvo que pagar durante más de un siglo por haber conquistado su libertad.

“El problema es que Haití, históricamente hablando, es el país que abanderó la revolución más radical en la historia del mundo”, explica el sociólogo haitiano Jean Eddy Saint Paul, profesor en Brooklyn College.

“La Revolución Haitiana se hizo bajo el lema ‘Libertad o Muerte’, en nombre de la ciudadanía y de los derechos socioeconómicos. Pero después del asesinato de Jean-Jacques Dessalines, el líder de la revolución, la economía empezó a funcionar como una economía semifeudal”, profundizó.

Con el paso del tiempo, señala Saint Paul, el poder económico y político fue concentrándose en manos de un pequeño grupo de actores vinculados al sector privado y a alianzas con poderes externos.

“Hoy la economía del país está en manos de unos pocos, y la gran mayoría de los haitianos no participa de sus beneficios”, resume.

Esta combinación de herencias históricas, desigualdades internas y presiones internacionales ayuda a entender por qué Haití enfrenta hoy enormes desafíos políticos, económicos y sociales.

Pero reducir el país únicamente a su crisis también oculta otra realidad: la de una sociedad que, a lo largo de su historia, ha construido múltiples formas de resistencia, organización y defensa de su territorio.

En los próximos meses exploraremos algunas de las preguntas que suelen quedar fuera de la conversación sobre Haití: ¿Qué intereses económicos están en juego en su territorio? ¿Por qué ciertos proyectos extractivos se presentan como soluciones para el desarrollo? Y, ¿qué impactos podrían tener para las comunidades y el medioambiente?

Mirar Haití desde estas preguntas permite ir más allá de los estereotipos y entender que su historia —marcada por una revolución que cambió el mundo— sigue influyendo en las disputas que atraviesan el país hoy.

“Debido a su historia, Haití es un país que los poderosos de la comunidad internacional no van a perdonar”, afirma Saint Paul, “pero el pueblo haitiano tiene una enorme capacidad de resistencia”.

*Este artículo hace parte de la «Serie: La minería en Haití — contexto, riesgos y debates», construida en el marco del Programa de Defensa de Territorio de la Universidad Itinerante de la Resistencia en Haití.

 Haiti: Permanent Crisis or Historical Punishment?


By Paula Companioni*

When Haiti appears in international news, it is almost always associated with the same words: crisis, violence, poverty, or disaster. In the global imagination, the country is often portrayed as a territory condemned to permanent instability.

Yet the historical and political reasons that help explain this image are rarely discussed.

Haiti is frequently described as the poorest country in the Americas and as a nation trapped in an endless crisis. However, this narrative leaves out a fundamental question: how did Haiti arrive at this situation?

To begin answering this question, we must look back to its origins as a nation.

In 1804, Haiti became the first Black republic in the world and the first country in Latin America and the Caribbean to definitively abolish slavery. Its independence was the result of a revolution led by enslaved people who defeated one of the most powerful colonial empires of the time.

But that victory came at an enormous cost. In 1825, France forced Haiti to pay a colossal indemnity to former slaveholding colonists in exchange for recognizing its independence. That debt—one that the country took more than a century to repay—deeply burdened its economy.

Haiti is likely the only country in the world that had to pay for more than a century for having won its freedom.

“The problem is that Haiti, historically speaking, is the country that led the most radical revolution in the history of the world,” explains Haitian sociologist Jean Eddy Saint Paul, a professor at Brooklyn College.

“The Haitian Revolution was carried out under the slogan ‘Liberty or Death,’ in the name of citizenship and socioeconomic rights. But after the assassination of Jean-Jacques Dessalines, the leader of the revolution, the economy began to function as a semi-feudal system,” he adds.

Over time, Saint Paul notes, economic and political power became concentrated in the hands of a small group of actors linked to the private sector and to alliances with external powers.

“Today the country’s economy is in the hands of a few, and the vast majority of Haitians do not share in its benefits,” he summarizes.

This combination of historical legacies, internal inequalities, and international pressures helps explain why Haiti faces enormous political, economic, and social challenges today.

But reducing the country solely to its crisis also obscures another reality: that of a society which, throughout its history, has built multiple forms of resistance, organization, and defense of its territory.

In the coming months, we will explore some of the questions that are often left out of conversations about Haiti: What economic interests are at stake in its territory? Why are certain extractive projects presented as solutions for development? And what impacts could they have on communities and the environment?

Looking at Haiti through these questions allows us to move beyond stereotypes and to understand that its history—marked by a revolution that changed the world—continues to shape the struggles unfolding in the country today.

“Because of its history, Haiti is a country that the powerful actors of the international community will not forgive,” Saint Paul says. “But the Haitian people have an enormous capacity for resistance.”

*This article is part of the series “Mining in Haiti — Context, Risks, and Debates,” produced within the framework of the Territory Defense Program of the University of Resistance in Haiti.

Haití: ¿crisis permanente o castigo histórico? – Por Paula Companioni

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