Page 1860 of 2734
1 1.858 1.859 1.860 1.861 1.862 2.734

Se buscan maestros que enseñen más y estudiantes que aprendan menos

Por Jose Lenis*

El primer error del sistema educativo colombiano es que se aprende sin valorar la complejidad de enseñar. De hecho es extraño ver mensajes publicitarios tales como “Le enseñamos a bailar y cantar”.

Los sistemas educativos internacionales y, en especial, el colombiano han priorizado en las últimas décadas el vocablo ‘aprender’ más que el de ‘enseñar’. Por ello, escuchamos con mayor frecuencia expresiones como: “aprender a aprender”, “aprendizaje significativo”, “aprender a descubrir” o “ambientes de aprendizaje”.

De hecho, es extraño ver mensajes publicitarios alusivos a la enseñanza tales como “Le enseñamos a bailar y cantar” o “Se enseñan técnicas de estudio”. De esta forma, un gran número de padres de familia y personas minusvaloran la importancia de quien enseña. Y es ahí donde radica el primer error del sistema educativo colombiano: se aprende sin valorar ampliamente el significado y la complejidad de enseñar.

Para lograr un aprendizaje significativo, requerimos de una enseñanza significativa, que estimule la imaginación, la innovación, la creatividad y la capacidad para pensar críticamente. Son este tipo de competencias en las que los niños y jóvenes del país fracasan, como se evidencia en los resultados de las pruebas Saber y Pisa. Un alto porcentaje de niños colombianos son integralmente poco inteligentes a la hora de razonar, argumentar, inferir y comprender.

Si revisamos su desempeño en Pisa, Colombia está por debajo de la media en relación con el resto de estados americanos. En Ciencias, el país obtuvo un puntaje de 416 cuando el promedio es de 493. En Lectura la relación fue de 425 frente a 493, respectivamente. Finalmente, en Matemáticas, el puntaje de Colombia fue de 390, mientras que la media se estableció en 490.

Esta realidad indica que se debe seguir apostando por los programas que incentivan la excelencia docente. Recordemos que en la mayoría de países europeos, los mejores maestros se ubican en la primera infancia y su objetivo fundamental es enseñar bien, no que sus estudiantes aprendan más generalidades y sepan menos en profundización. Colombia necesita maestros que enseñen más y menos estudiantes que aprendan por medio de la repetición de saberes, sin preguntarse el sentido y la verdad de lo que les transmiten.

El término enseñar contrariamente de reducirlo o generalizarlo como mera transmisión de conocimiento requiere ser potencializado como movilizador de ideas, de saber comunicar,  saber despertar retos, interiorizar valores, generar deseos, contemplar experiencias, hacer ver-sentir-decir, asumir compromisos éticos o referir acciones políticas en quien aprende.

La escuela colombiana necesita regresar a la enseñanza como proceso de pensamiento deliberativo y planificado de  profunda reflexión heterogénea, no estandarizada y excluyente como inexplicablemente pretende la escuela contemporánea.

Valorar el milenario oficio de enseñar o mejorar la enseñanza tiene que ser prioridad para un país que plantea como meta figurar entre los mejores educados de América Latina en 2025.

 La formación de maestros necesita alcanzar mejores niveles de enseñabilidad. Es decir, construir equidad en la enseñanza al facilitar la comprensión de lo que se enseña, o hacer más didácticos los procesos de aprendizaje para todos los estudiantes.

De los 320 mil maestros en el sistema oficial, el Ministerio de Educación ha becado 5.200 con maestrías educativas, y muchos de ellos ahora exhortan a la ministra Yaneth Giha a impulsar redes de investigación educativa como estímulo dignificador del oficio de enseñar y como reconocimiento a una meritoria profesión que es pilar social para la transformación del país.

Enseñar, según San Agustín, es sinónimo de educar o, lo que es lo  mismo, “sacar el corazón del formando de una situación de presente para llevarlo más allá, hacia su futuro como persona y como miembro de una comunidad”

Así pues, la enseñanza no es estandarizable, replicable o linealmente programable, ni es eficientista y excluyente de quien desea aprender. Enseñar es buscar la verdad.

La sociedad moderna no puede desconocer la potencialidad del enseñante ni permitir que se deslegitime el oficio de enseñar como algo reemplazable e instrumental. No podemos dejar que este bello oficio se reconozca cada vez menos y sea más rechazado, vulnerado y hasta maltratado por algunos estudiantes, padres y empresarios educativos.

Es sustancial resignificar la enseñanza porque hoy enseñar más, es literalmente aprender menos. En un lenguaje sencillo, es absurdo hablar de un buen aprendizaje sin pensar en una buena enseñanza.

*Jose Lenis es profesor de la maestría en Educación de la Universidad Icesi.

Fuente del Artículo:

http://www.semana.com/educacion/articulo/la-educacion-en-colombia-necesita-regresar-a-la-ensenanza/531220

Comparte este contenido:

Mostrar la indigación

Jurjo Torres Santomé

Reseña del libro:

Zygmunt Bauman: “Sobre la educación en un mundo líquido. Conversaciones con Ricardo Mazzeo“. Barcelona. Paidós, 2013

En Cuadernos de Pedagogía, Nº 438, octubre de 2013

La globalización y la glocalización en el mundo actual, aprender a convivir con los otros, las minorías como problemas político, el enorme crecimiento de la información, el consumismo y los diferentes tipos de consumidores, las crecientes y nuevas desigualdades, la desvalorización de muchos trabajos, la cultura de casino, la revolución permanente y cultural, las nuevas formas de protesta de quienes se etiquetan de indignados, etc. son temáticas que presentan nuevas claves con las que valorar el significado de lo que es o debe ser una persona educada y, por tanto, la función de los sistemas educativos en el momento presente.

Es ahora cuando empezamos a caer en la cuenta del sentido de un mundo capitalista que está viviendo de los grandes logros de las revoluciones tecnológicas y científicas que posibilitan poner en el mercado, día tras día, más productos para consumir, al tiempo que una inmoral cultura financiera fuerza al consumo, ofreciendo todo tipo de tarjetas de crédito a un consumidor ávido, que está siendo drogado con las estrategias de una nueva ciencia como el marketing, que va reconstruyendo constantemente sus artificiales necesidades.

Pero de pronto amanece, y esa realidad de una sociedad de consumidores muestra su cara más cruel, con una creciente mayoría de personas que se sienten “descalificadas” pues no disponen de recursos para comprar, por lo que pasan a integrar los grupos de desahuciados, desposeídos de sus casas, trabajos, salarios, derechos sociales y políticos, de sus producciones culturales, y se convierten en seres sobrantes o prescindibles.

No obstante, estos mismos colectivos, a su vez, están aprendiendo la importancia de no resignarse y de demostrar su indignación. Colectivos sociales que también comienzan a caer en la cuenta de que los sistemas educativos no les han capacitado para ser auténticos ciudadanos; para prevenir y saber hacer frente a este modelo de sociedad tan injusto, en el que una inmensa y creciente mayoría de las personas tiene que aprender a vivir de la caridad y de los basureros.

Es en el análisis de los movimientos de indignados y de quienes acampan en las plazas donde creo que la mirada de Bauman es más discutible. Los presenta como “revolución sin revolucionarios”, sin alternativas más allá de “descreditar el statu quo, dejar expuesta su impotencia y de esta manera impulsar su colapso” (p. 134). Pero, ¿acaso no es en esas protestas donde personas de todas las edades, pero especialmente una juventud mejor formada está construyendo alternativas contra los desahucios, contra las estafas de las preferentes, contra los recortes en sanidad, en servicios sociales, en educación? ¿Desde donde se está haciendo la denuncia de la falsa democracia, y de sus reglas manipuladas al servicio de los grandes grupos financieros y de las burocracias de los partidos políticos hegemónicos, etc., etc.? El 15M, por ejemplo, facilitó que personas que antes no se veían como seres interdependientes, ahora perciban con claridad que la cultura del individualismo dominante los convierte en seres indefensos y muy vulnerables. Volvemos a ver cómo se recupera la auténtica política preocupada por el modo de vivir juntos de manera solidaria, justa y democrática. Una ciudadanía que desea dejar de ser masa, para reconstruirse como ciudadanía activa.

Una cultura de casino, por un lado, y un sistema educativo que ofrece informaciones, la mayoría de dudosa actualidad y necesidad, al tiempo que las presenta de modo completamente fragmentado e inconexo explican la experiencia práctica de la gran mayoría del alumnado. Una educación que no los ayuda a comprender cómo es el mundo, por qué y qué otras alternativas pueden y deberían existir.

Sobre la base del diagnóstico de los problemas de nuestra sociedad y en especial de la juventud es como deberemos hacer las reformas educativas que vayan en la línea de empoderar a las nuevas generaciones, para ayudarlas a ver que todavía es posible otro mundo, más justo y verdaderamente humano. Un sistema educativo como un elemento más y muy decisivo de una genuina “revolución cultural”, pues “por muy limitado que parezca el poder del sistema educativo actual –que se halla él mismo sujeto, cada vez más, al juego del consumismo– tiene aún suficiente poder de transformación para que se pueda contar entre los factores prometedores para esta revolución” (p. 39).

Un libro muy oportuno, incómodo para quienes están en estos momentos tratando de sacar adelante la LOMCE, pues en él se encuentran, también, más argumentos contra la reorientación consumista, neoliberal y ultracatólica de nuestras instituciones escolares, así como para luchar contra la pretensión de demoler la educación pública. Es una ciudadanía bien informada y educada la que podrá impedir que se haga realidad la máxima de que “bastan unos pocos minutos y un par de firmas para destruir lo que se construyó con el trabajo de miles de cerebros, el doble de manos y montones de años” (p. 50). El futuro está abierto y es nuestra obligación decir cómo queremos que sea y por qué.

 

Zygmunt Bauman

(19 de Noviembre, 1925 – 9 de Enero, 2017)

Descarga el Libro haciendo clic aquí:

https://catedraepistemologia.files.wordpress.com/2009/05/modernidad-liquida.pdf

Fuente:

http://jurjotorres.com/

Comparte este contenido:

Voluntariado para educación con niños y niñas en Alemania

Alemania/ 11 de julio de 2017/Fuente: http://masoportunidades.org

La organización Friends of Waldorf Education busca 75 personas mayores de 18 años de cualquier parte del mundo, interesadas en prestar un servicio de voluntariado presencial en Alemania.

Las actividades que se ofrecen para el voluntariado, se centran en casos de pedagogía curativa con niños y jóvenes y terapia social con adultos. Antes y durante el servicio voluntario, los participantes reciben las siguientes garantías:

 Invitación oficial y acompañamiento durante la tramitación de la visa.

 150 euros al mes durante el tiempo del voluntariado.

 Alojamiento y alimentación en Alemania.

 Seguro de salud, accidente y daños a terceros.

 Vacaciones establecidas según contrato.

 Apoyo y acompañamiento tanto pedagógico como administrativo durante el servicio voluntario.

 20 días de seminarios acompañados y cobertura de transporte para el traslado a los seminarios.

Para postularse al voluntariado usted debe:

 Poseer conocimientos del idioma alemán superiores al nivel básico, que en lo posible puedan verificarse.

 Poseer experiencia práctica en trabajos de pedagogía curativa (niños con capacidades especiales) o cuidado de ancianos.

 Estar dispuesto a participar del servicio voluntario por 12 meses en una ocupación de tiempo completo.

Tenga en cuenta que los costos del viaje hacia Alemania y de regreso al país de origen, deben ser asumidos por los voluntarios.

 

 

Conozca la convocatoria completa en:

Voluntariado en Aleman

Fuente:

http://masoportunidades.org/voluntariado-educacion-ninos-ninas-alemania/

 

Comparte este contenido:

A new American revolution: Can we find the language — and build a movement — to break out of our nation’s culture of cruelty?

By: Henry Giroux

The health care reform bills proposed by Republicans in the House and Senate have generated heated discussions across a vast ideological and political spectrum. On the right, senators such as Rand Paul and Ted Cruz have endorsed a new level of cruelty – one that has a long history among the radical right — by arguing that the current Senate bill does not cut enough social services and provisions for the poor, children, the elderly and other vulnerable groups and needs to be even more friendly to corporate interests by providing massive tax cuts for the wealthiest Americans.

Among right-wing pundits, the message is similar. For instance, Fox News commentator Lisa Kennedy Montgomery, in a discussion about the Senate bill, stated without apparent irony that rising public concerns over the suffering, misery and death that would result from this policy bordered on “hysteria” since “we are all going to die anyway.” Montgomery’s ignorance about the relationship between access to health care and lower mortality rates is about more than ignorance. It is about a culture of cruelty that is buttressed by a moral coma.

On the other side of the ideological and political divide, liberals such as Robert Reich have rightly stated that the bill is not only cruel and inhumane, it is essentially a tax reform bill for the 1 percent and a boondoggle that benefits the vampire-like insurance companies. Others, such as Laila Lalami of the Nation, have reasoned that what we are witnessing with such policies is another example of political contempt for the poorest and most vulnerable on the part of right-wing politicians and pundits. These arguments are only partly right and do not go far enough in their criticisms of the new political dynamics and mode of authoritarianism that have overtaken the United States. Put more bluntly, they suffer from limited political horizons.

What we do know about both the proposed Republican Party federal budget and health care policies, in whatever form, is that they will lay waste to crucial elements of the social contract while causing huge amounts of suffering and misery. For instance, the Senate bill will lead to massive reductions in Medicaid spending. Medicaid covers 20 percent of all Americans or 15 million people, along with 49 percent of all births, 60 percent of all children with disabilities, and 64 percent of all nursing home residents, many of whom may be left homeless without this support.

Under this bill, 22 million people will lose their health insurance coverage, to accompany massive cuts proposed to food-stamp programs that benefit at least 43 million people. The Senate health care bill allows insurance companies to charge more money from the most vulnerable. It cuts maternity care and phases out coverage for emergency services. Moreover, as Lalami points out, “this bill includes nearly $1 trillion in tax cuts, about half of which will flow to those who make more than $1 million per year.” The latter figure is significant when measured against the fact that Medicaid would see a $772 billion cut in the next 10 years.

It gets worse. The Senate bill will drastically decrease social services and health care in rural America, and one clear consequence will be rising mortality rates. In addition, Dr. Steffie Woolhandler, co-author of a recent article in the Annals of Internal Medicine, has estimated that if health insurance is taken away from 22 million people, “it raises … death rates by between 3 and 29 percent. And the math on that is that if you take health insurance away from 22 million people, about 29,000 of them will die every year, annually, as a result.”

Leftists and other progressives need a new language to understand the rise of authoritarianism in the United States and the inhumane and cruel policies it is producing. I want to argue that the discourse of single issues, whether aimed at regressive tax cuts, police violence or environmental destruction, is not enough. Nor is the traditional Marxist discourse of exploitation and accumulation by dispossession adequate for understanding the current historical conjuncture.

he health care reform bills proposed by Republicans in the House and Senate have generated heated discussions across a vast ideological and political spectrum. On the right, senators such as Rand Paul and Ted Cruz have endorsed a new level of cruelty – one that has a long history among the radical right — by arguing that the current Senate bill does not cut enough social services and provisions for the poor, children, the elderly and other vulnerable groups and needs to be even more friendly to corporate interests by providing massive tax cuts for the wealthiest Americans.

Among right-wing pundits, the message is similar. For instance, Fox News commentator Lisa Kennedy Montgomery, in a discussion about the Senate bill, stated without apparent irony that rising public concerns over the suffering, misery and death that would result from this policy bordered on “hysteria” since “we are all going to die anyway.” Montgomery’s ignorance about the relationship between access to health care and lower mortality rates is about more than ignorance. It is about a culture of cruelty that is buttressed by a moral coma.

On the other side of the ideological and political divide, liberals such as Robert Reich have rightly stated that the bill is not only cruel and inhumane, it is essentially a tax reform bill for the 1 percent and a boondoggle that benefits the vampire-like insurance companies. Others, such as Laila Lalami of the Nation, have reasoned that what we are witnessing with such policies is another example of political contempt for the poorest and most vulnerable on the part of right-wing politicians and pundits. These arguments are only partly right and do not go far enough in their criticisms of the new political dynamics and mode of authoritarianism that have overtaken the United States. Put more bluntly, they suffer from limited political horizons.

What we do know about both the proposed Republican Party federal budget and health care policies, in whatever form, is that they will lay waste to crucial elements of the social contract while causing huge amounts of suffering and misery. For instance, the Senate bill will lead to massive reductions in Medicaid spending. Medicaid covers 20 percent of all Americans or 15 million people, along with 49 percent of all births, 60 percent of all children with disabilities, and 64 percent of all nursing home residents, many of whom may be left homeless without this support.

Under this bill, 22 million people will lose their health insurance coverage, to accompany massive cuts proposed to food-stamp programs that benefit at least 43 million people. The Senate health care bill allows insurance companies to charge more money from the most vulnerable. It cuts maternity care and phases out coverage for emergency services. Moreover, as Lalami points out, “this bill includes nearly $1 trillion in tax cuts, about half of which will flow to those who make more than $1 million per year.” The latter figure is significant when measured against the fact that Medicaid would see a $772 billion cut in the next 10 years.

It gets worse. The Senate bill will drastically decrease social services and health care in rural America, and one clear consequence will be rising mortality rates. In addition, Dr. Steffie Woolhandler, co-author of a recent article in the Annals of Internal Medicine, has estimated that if health insurance is taken away from 22 million people, “it raises … death rates by between 3 and 29 percent. And the math on that is that if you take health insurance away from 22 million people, about 29,000 of them will die every year, annually, as a result.”

Leftists and other progressives need a new language to understand the rise of authoritarianism in the United States and the inhumane and cruel policies it is producing. I want to argue that the discourse of single issues, whether aimed at regressive tax cuts, police violence or environmental destruction, is not enough. Nor is the traditional Marxist discourse of exploitation and accumulation by dispossession adequate for understanding the current historical conjuncture.

The ethical imagination and moral evaluation are viewed by the new authoritarians in power as objects of contempt, making it easier for the Trump administration to accelerate the dynamics and reach of the punishing state. Everyday behaviors such as jaywalking, panhandling, “walking while black” or violating a dress code in school are increasingly criminalized. Schools have become feeders into the criminal-prison-industrial complex for many young people, especially youth of color. State terrorism rains down with greater intensity on immigrants and minorities of color, religion and class. The official state message is to catch, punish and imprison excess populations — to treat them as criminals rather than lives to be saved.

The “carceral state” and a culture of fear have become the foundational elements that drive the new politics of authoritarianism and disposability. What the new health bill proposal makes clear is that the net of expulsions is widening under what could be called an accelerated politics of disposability. In the absence of a social contract and a massive shift in wealth and power to the upper 1 percent, vast elements of the population are now subject to a kind of zombie politics in which the status of the living dead is conferred upon them.

One important example is the massive indifference, if not cruelty, exhibited by the Trump administration to the opioid crisis that is ravaging more and more communities throughout the United States. The New York Times has reported that more than 59,000 Americans died of drug overdoses in 2016, the largest year-over-year increase ever recorded. The Senate health care proposal cuts funds for programs meant to address this epidemic. The end result is that more people will die and more will be forced to live as if they were the walking dead.

A politics of disposability thrives on distractions — the perpetual game show of American politics — as well as what might be called a politics of disappearance. That is, a politics enforced daily in the mainstream media, which functions as a “disimagination machine,” and renders invisible deindustrialized communities, decaying schools, neighborhoods that resemble slums in the developing world, millions of incarcerated people of color, and elderly people locked in understaffed nursing homes.

We live in an age that Brad Evans and I have called an age of multiple expulsions, suggesting that once something is expelled it becomes invisible. In the current age of disposability, the systemic edges of authoritarianism have moved to the center of politics, just as politics is now an extension of state violence. Moreover, in the age of disposability, what was once considered extreme and unfortunate has now become normalized, whether we are talking about policies that actually kill people or that strip away the humanity and dignity of millions.

Disposability is not new in American history, but its more extreme predatory formations are back in new forms. Moreover, what is unique about the contemporary politics of disposability is how it has become official policy, normalized in the discourse of the market, democracy, freedom and a right-wing contempt for human life, if not the planet itself. The moral and social sanctions for greed and avarice that emerged during the Reagan presidency now proliferate unapologetically, if not with glee.

Cruelty is now hardened into a new language in which the unimaginable has become domesticated and “lives with a weight and a sense of importance unmatched in modern times,” in the words of Peter Bacon Hales. With the rise of the new authoritarianism dressed up in the language of freedom and choice, the state no longer feels obligated to provide a safety net or any measures to prevent human suffering, hardship and death.

Freedom in this limited ideological sense generally means freedom from government interference, which translates into a call for lower taxes for the rich and deregulation of the marketplace. This right-wing reduction of freedom to a limited notion of personal liberty is perfectly suited to mobilizing a notion of personal injury largely based on the fear of others. What it does not do is expand the notion of fear from the personal to the social, thus ignoring a broader notion: Freedom from want, misery and poverty. This is a damaged notion of freedom divorced from social and economic rights.  

Democratically minded citizens and social movements must return to the crucial issue of addressing how class, power, exclusion, austerity, racism and inequality are part of a more comprehensive politics of disposability in America, one that makes possible what Robert Jay Lifton once called a “death-saturated age.” This suggests the need for a new political language capable of analyzing how this new dystopian politics of exclusion is buttressed by the values of a harsh form of casino capitalism that both legitimates and contributes to the suffering and hardships experienced daily by the traditional working and middle classes, and also by a wide range of groups now considered redundant — young people, poor people of color, immigrants, refugees, religious minorities, the elderly and others.

We are not simply talking about a politics that removes the protective shell of the state from daily life, but a new form of politics that creates a window on our current authoritarian dystopia. The discourse and politics of disposability offers new challenges in addressing and challenging the underlying causes of poverty, class domination, environmental destruction and a resurgent racism — not as a call for reform but as a project of radical reconstruction aimed at the creation of a new political and economic social order.

Such a politics would take seriously what it means to struggle pedagogically and politically over both ideas and material relations of power, making clear that in the current historical moment the battleground of ideas is as crucial as the battle over resources, institutions and power. What is crucial to remember is that casino capitalism or global neoliberalism has created, in Naomi Klein’s terms, “armies of locked out people whose services are no longer needed, whose lifestyles are written off as ‘backward,’ whose basic needs are unmet.”

This more expansive level of global repression and intensification of state violence negates and exposes the compromising discourse of liberalism, while reproducing new levels of systemic violence. Effective struggle against such repression would combine a democratically energized cultural politics of resistance and hope with a politics aimed at offering all workers a living wage and all citizens a guaranteed standard of living, a politics dedicated to providing decent education, housing and health care to all residents of the United States. The discourse of disposability points to another register of expulsion — one with a more progressive valence. In this case, it means refusing to equate capitalism with democracy and struggling to create a mass movement that embraces a radical democratic future.

* Henry A. Giroux is University Professor for Scholarship in the Public Interest and Paulo Freire Distinguished Scholar in Critical Pedagogy at McMaster University. He is the author of numerous books, including «America at War With Itself» and «Dangerous Thinking in the Age of the New Authoritarianism.»

Source:

http://www.salon.com/2017/07/04/a-new-american-revolution-can-we-find-the-language-and-build-a-movement-to-break-out-of-our-nations-culture-of-cruelty/#.WVvMCLkJ7PE.email

Comparte este contenido:

El sube y baja de la reforma educativa

Por:

Así como de niño uno jugaba al tradicional juego de “Serpientes y escaleras” en donde uno podía subir o bajar en el juego de acuerdo al azar o a la destreza de cada participante. De igual manera la propuesta gubernamental de Reforma educativa sube o baja de acuerdo, al avance o las propuestas específicas que se va tejiendo la autoridad en turno al lado de sus colaboradores y seguidores.

En general la propuesta de reforma educativa ha ido a la baja, sólo ha subido en el momento en que se han planteado algunas propuestas interesantes en el terreno propiamente educativo. En un recuento apresurado que se pudiera hacer, la propuesta de reforma educativa (vista como proceso) la podríamos dividir en cuatro grandes momentos:

  1. Como una propuesta de cambios en la regulación laboral y la implementación de nuevos reglamentaciones para el ingreso, promoción y permanencia de los docentes de nuevo ingreso y en servicio. Estas medidas rompen con la tradición laboral y con el vínculo histórico entre magisterio y Estado nacional.
  2. Construcción de un complejo andamiaje basado en la evaluación del desempeño docente como el gran paradigma y de las condiciones de la práctica. En acuerdo con el INEE.
  3. Publicación del Modelo educativo y el Nuevo Modelo educativa (2016-2017), como intento de darle sentido educativo a la reforma y de ahí para adelante se comienza a gestar la propuesta pedagógica de la reforma, el problema se hace en forma inversa a una lógica racional de diseño y al final del sexenio.
  4. Publicación de los Planes y programas de estudio y de los aprendizajes clave para la educación del siglo XXI.

El sube y baja de la reforma, tiene que ver con esos intentos de implementar una especie de ensayo – error, a partir de querer descubrir el hilo negro de las reformas educativas. Aun con ello en el círculo cercano de la esfera gubernamental no son capaces de cumplir con los tiempos que ellos mismos anuncian, y existen contradicciones de fondo entre una propuesta y otra. Por ejemplo la evaluación en su primera etapa se planteaba como obligatoria e implicaba la Planeación argumentada y el portafolio de evidencia docentes, ahora será voluntaria y se los reactivos girarán en torno a las habilidades en la práctica ya sin subir evidencias.

La tendencia hacia abajo, ha sido a partir del golpeteo y de los sistemáticos intentos por intimidar o cercar a los docentes que protestan, la persecución laboral y administrativa a los disidentes que se han manifestado en contra por convicción o por una identidad en diferencia a las propuestas gubernamentales, no ha permito garantizar un dialogo informado entre las partes.

La ausencia de legitimidad de toda iniciativa gubernamental lleva a la baja en la propuesta de reforma. No he visto en estos últimos años una muestra verdadera de apoyo de docentes en servicio que se manifiestan auténticamente a favor de la reforma y si muchas y variadas manifestaciones de rechazo y de protesta a la iniciativa de gobierno. Los supuestos apoyos han sido comprados o negociados, con el SNTE, con Mexicanos Primero, o con otra agencia de este tipo que realmente no representa nada, pro que en lo formal presumen representarlo todo y que son agencias mediáticas que al final terminan por confundir aún más a la sociedad..

Los pasos hacia arriba han sido a partir de las esporádicas propuestas (muy poco originales pero pertinentes) como el asunto ese de la escuela al centro, la flexibilidad curricular recientemente anunciada y las escuelas de jornada completa.

Hay un aspecto poco analizado del proceso de reforma que también tiende a ir a la baja, y que tiene que ver con los recursos y con el incumplimiento del calendario que la propia SEP ha trazado y que se ha incumplido sistemáticamente.

La iniciativa de reforma educativa ha sido ambiciosa en el discurso pero paupérrima en su operación, la gran mayoría de escuelas en el país siguen manteniendo su estatus de espacios devastados, los estímulos a docentes que se habían prometido no se han hecho efectivos, incluso se les adeuda a aquellos docentes que han sido disciplinados institucionalmente que acudieron a la evaluación, que obtuvieron puntajes destacados a ellos y ellas también se les adeuda lo prometido.

La reforma concluirá junto en el periodo sexenal con una tendencia a la baja de manera estrepitosa, debido a la falta de legitimidad y de pertinencia de la misma, aunque los voceros y los articulistas a sueldo como es el caso de Gilberto Guevara Niebla se esfuercen en afirmar lo contrario.

Fuente: http://www.educacionfutura.org/el-sube-y-baja-de-la-reforma-educativa/

Comparte este contenido:

El mejor regalo para los niños es nuestro TIEMPO

Por: Jennifer Delgado Suárez

 – Porque yo no tenía suficiente, pero ahora sí, –contestó entusiasmado. – Papá, ahora tengo 100$. ¿Puedo comprar una hora de tu tiempo? Por favor, hoy ven a casa temprano, me gustaría jugar y cenar contigo.
 
El padre se sintió acongojado. Abrazó a e su pequeño hijo y le suplicó que le perdonase.
Recordemos que la mejor inversión de nuestro tiempo es en la familia, en las personas que tenemos a nuestro lado y en nuestros corazones. Si el día de mañana morimos, en pocos días habría alguien reemplazándonos en el trabajo; pero para la familia y los hijos que dejamos atrás, será una pérdida eterna. Valora el tiempo que pasas con los tuyos, porque no hay nada más valioso. Y asegúrate de transmitirle a tus hijos cuánto les quieres.

No basta con querer, es necesario demostrar ese cariño

1. Apaga el móvil. Cuando llegues a casa, apaga el móvil y dedícale a tus hijos al menos media hora. Los pequeños se sentirán muy satisfechos de saber que tienen tu completa atención, sin que te distraigas con los mensajes. De hecho, el 33% de los niños se quejan de que sus padres siempre están con sus móviles. Brindarles una atención plena hará que cada minuto valga la pena. Así le estás diciendo que para ti, son muy importantes.
2. Apaga el televisor y todos los dispositivos a la hora de las comidas. Cuando toda la familia se sienta alrededor de la mesa, es importante que nada compita por la atención de los padres y los niños, como los anuncios de la televisión o los mensajes entrantes. Alrededor de la mesa se pueden crear momentos muy agradables, además de que desconectar todos los dispositivos os permitirá disfrutar más de los platos y de la compañía.
3. Haz que la hora de acostarse sea un momento mágico. Los niños pequeños, sobre todo, crearán preciosos recuerdos de esos minutos en los que le arropas en la cama y le lees una historia. No solo es reconfortante sino que también crea una conexión íntima muy especial y además, la lectura estimulará el desarrollo cerebral de los niños.
4. Que no falten los besos, abrazos y caricias. Los niños necesitan el contacto físico, sobre todo cuando son pequeños. A través de los besos, abrazos y caricias les demuestras tu amor y cariño. De hecho, los beneficios de los abrazos son enormes y estimulan la producción de neurotransmisores como la dopamina y la oxitocina, que le harán sentir relajado y potencian la confianza y la conexión emocional. Un niño que se siente amado, será un niño que se ama y se estima, que no se avergüenza de mostrar su afecto.
5. Háblale mirando a los ojos. La mejor manera de comunicarse con los niños es mirarlos directamente a los ojos. El contacto visual es muy importante porque logra captar su atención, que durante los primeros años suele ser difusa. Además, también permite establecer una conexión más personal. Por eso, cuando los niños son pequeños, es conveniente que los padres siempre se agachen para hablar con ellos, de esta manera quedarán a su nivel.
6. Involúcrále en la toma de decisiones. Muchos padres creen que sus hijos son demasiado inmaduros para decidir. Si bien es cierto que no tienen mucha experiencia de vida, eso no significa que no tengan sus gustos y preferencias. Por tanto, siempre que puedas, pídele su opinión sobre aquellas decisiones que le afectan. Así el niño se sentirá valorado y desarrollará una autoestima sana, de manera que en el futuro será una persona más segura de sí, que no permitirá que los demás decidan en su lugar.
7. Solo juega. Uno de los recuerdos más bonitos de la infancia se refiere al juego. Aunque los niños crezcan y tengan compañeros de juego, el placer de jugar con los padres no se puede substituir. Curiosamente, muchos niños afirmaban que sentían que sus padres hacían demasiadas cosas y tenían las jornadas demasiado programadas. A veces, hay que dedicar un tiempo solo a jugar y divertirse, sin ningún plan, dejando que todo fluya. De hecho, jugar no solo es positivo para los niños sino también para los padres ya que les ayuda a aliviar la tensión y olvidarse de las preocupaciones cotidianas.
8. Déjale pequeñas muestras de amor. No hay que tener un motivo para decirle a tu hijo que le quieres. No te canses de decírselo y déjale pequeñas muestras de cariño. Escríbele notas simpáticas, hazle pequeños regalos hechos por tus propias manos… De esta forma el niño también aprenderá a valorar los pequeños detalles.
9. Celebra sus logros y su esfuerzo. Jamás demerites sus logros, por pequeños que sean, celébralos y anímale a que se siga esforzando. No obstante, recuerda que algunos elogios pueden destruir la autoestima infantil, por lo que es esencial que le des importancia al esfuerzo realizado, más que a las capacidades de base. Este es uno de los mayores regalos que puedes hacerle para la vida.
10. Disciplina con amor. Los niños necesitan ciertas reglas y normas ya que estas no solo lo mantienen seguro sino que también le dan un sentido a su mundo y le indican qué se espera de él. No obstante, debes asegurarte de castigar el mal comportamiento, no al niño. Jamás condiciones tu amor a sus comportamientos con frases como “si eres un niño malo, no te querré más”. Hazle saber que le quieres, aunque lo que ha hecho está mal. Es posible disciplinar con amor.

Fuente: http://www.rinconpsicologia.com/2017/05/gestos-cotidianos-ninos-amados.html

Comparte este contenido:

Pobre la educación de los pobres

Por: Rosa María Torres

Guerras calladas

Hoy es el día contra la pobreza.
La pobreza no estalla como las bombas, ni suena como los tiros.
De los pobres sabemos todo: en qué no trabajan, qué no comen, cuánto no pesan,
cuánto no miden, qué no tienen, qué no piensan, qué no votan, en qué no creen.
Sólo nos falta saber por qué los pobres son pobres.
¿Será porque su desnudez nos viste y su hambre nos da de comer?
Eduardo Galeano, «Los hijos de los Días»,  Siglo XXI. Mayo 2012, pág. 329

(Fotos tomadas de diversas fuentes en internet. Pertenecen a Argentina, Ecuador, México, Perú)
Si la oferta educativa es de por sí pobre, paupérrima es la que les toca a los pobres.

Los pobres: sectores de «bajos ingresos», estratos populares, áreas rurales, zonas urbano-marginales,  grupos indígenas, «grupos vulnerables», «carenciados»… Los contados y clasificados como pobres o indigentes a partir de insondables criterios y siempre renovadas metodologías, por organismos internacionales, gobiernos e institutos nacionales de estadística. Los que se las arreglan – oficialmente, y en los llamados «países en desarrollo» – para vivir ¡con 1, 2 ó 3 dólares diarios!. Los que se consideran afortunados si llegan a calificar para recibir algún tipo de bono, a cambio de votos y bajo la promesa de que algún día las cosas cambiarán y tendrán trabajo digno en vez de limosnas.

Los ubicados abajo en los gráficos de ingreso, nutrición, salud, vivienda, alimentación, educación, acceso a información y a internet. Los ubica­dos arriba en los gráficos de analfabetismo, enfermedad, morta­lidad, fecundidad, trabajo infantil, desempleo adulto, desesperanza. Los que desconocen qué es la evasión de impuestos y quedan excluidos, por default, de los índices de corrupción.

Los que llenan las barras bajas de acceso, permanencia y completación en el sistema escolar, y las barras altas de «bajo rendimiento», «repetición», «deserción» y «fracaso escolar». Los que, desde pequeños, deben movilizarse por las suyas para llegar a la escuela, en campos y ciudades, a menudo caminando largos trechos. Los que, a merced de las políticas de «alivio de la pobreza», no pueden faltar a la escuela pues de ello depende que sus familias cobren los codiciados bonos de pobreza que permiten sobrevivir y «salir (estadísticamente hablando) de la pobreza». Prestaciones monetarias condicionadas: moderna modalidad de trabajo infantil…

Los que llegan a la escuela con hambre, sueño y cansancio. Los que comen poco y mal. Los que duermen poco y mal, hacinados, en el suelo o en camas atiborradas. Los que carecen de vivienda digna, agua potable, alcantarillado, energía eléctrica, teléfono. Los que no tienen material de lectura en el hogar ni ven gente leyendo y escribiendo a su alrededor. Los que cuidan a los hermanos menores, ayudan en las tareas domésticas y deben trabajar desde niños para contribuir al ingreso familiar. Los que no tienen tiempo para jugar. Los bajo sospecha por sus condiciones de «educabilidad«…

Los bilingües y trilingües, pero en lenguas subordinadas que a nadie importa. Los con saberes y habilidades prácticas, útiles para la vida cotidiana, pero ignorados y despreciados en el currículo escolar y en la evaluación. Los analfabetos o con «educación incipiente», dados por ignorantes y eternamente tildados de «analfabetos funcionales». Los con padres y abuelos temerosos de la escuela e impotentes frente a las fatídicas tareas escolares.

Los con mal pronóstico escolar desde el primer día de clases. Los que no tienen voz ni padri­nos para pelear por la calificación o el pase de año. Los de la «paradoja de las aspiraciones«: se conforman con poco, agradecen lo que les dan, ignoran que la educación es un derecho y la buena educación algo por lo que hay que luchar. Los que aspiran solo a una escuela gratuita que dé de comer y a un profesor que no falte y no maltrate mucho. Los que votan al candidato que ofrece computadoras, sin exigirle la luz eléctrica indispensable y los profesores idóneos para manejarlas.

Los que asisten a las escuelas pobres, semivacías o desbordantes de alumnos, que carecen de todo, muchas veces hasta de pizarra, tiza, mesas y bancas. Las distantes, las con profe­sor o profesora orquesta, las sin agua potable o baterías higiénicas, las con artefactos arrumados que nunca llegaron a usarse, las con menos días y horas de clase al año. Las con profesores recién estrenados y sin calificación, deseo­sos de huir y avanzar hacia un lugar mejor, en la ciudad.

Muestran los estudios que los mismos profesores se comportan distin­to en las escuelas a las que asisten los pobres y aquellas a las que van los de familias acomodadas. Los estereotipos asociados a la pobreza y el desprecio hacia los pobres no se abordan como capítulo esencial de la formación docente, ni se desmontan las bajas expectativas respecto de los alumnos y sus capacidades. Al alumno pobre, con­siderado «caren­te», se le da menos y se le exige menos. Políticos y expertos, por su parte, proponen «reducir el fracaso escolar», no asegurar el éxito escolar.

Y es que, en lo que hace a la educación, a los pobres les toca por todos lados: por lo extra-escolar y por lo intra-escolar. A las condiciones socio-económicas des­favorables se agregan las malas condiciones de enseñanza y de aprendizaje. Los pobres no solo tienen menos acceso a la educación escolar sino que la que reciben es la más irrelevante y la de peor calidad.

Las estadísticas deshumanizan los problemas: los números sustituyen a las personas, los promedios desfiguran la realidad educativa de los pobres, semioculta tras los indicadores de los más favorecidos, tras los diagnósticos y evaluaciones que terminan dejando todo en su lugar, sin afectar las condiciones estructurales que explican y reproducen la pobreza en sus múltiples dimensiones.

Un estudio pionero sobre pobreza y educación en América Latina, basado en bibliografía producida en la región entre 1983 y 1987 (J.E. García Huidobro y L. Zúñiga, ¿Qué pueden esperar los pobres de la educa­ción?, CIDE, Santiago, 1990) indicaba que: a) la relación entre educación y pobreza empezó a introducirse como tema en la región a partir de 1983; b) aparecía mencionado de manera vaga y gene­ral; c) quienes más lo mencionaban eran los organis­mos inter­naciona­les (la mitad de los 912 documen­tos analiza­dos); d) a nivel nacional, quienes más se ocupaban del problema eran los cen­tros privados (dos tercios de los documentos de origen nacional); e) el tema no era tema para estados y gobiernos; f) de cualquier modo, eran principalmente los estados y la educación pública los que asumían la educación de los pobres.

Muchas cosas han cambiado desde entonces. En la últimas décadas la pobreza se instaló como tema central en las políticas económicas y sociales. Del objetivo de «erradicar la pobreza» se pasó al de «reducir la pobreza» y finalmente al de «reducir (a la mitad) la pobreza extrema». Al mismo tiempo, de «educación general básica para toda la población» se pasó a «educación primaria» y a «cuatro años de escolaridad» como meta mundial deseable y alcanzable para los pobres (Objetivos de Desarrollo del Milenio – ODM) para el año 2015.

La retórica educativa se llenó de calidad y equidad, pero poco se avanzó en los hechos. Cualquier cosa se da por «calidad»; la «equidad» se establece con parámetros de mínima.

Si nuestras sociedades se rigieran realmente por el sentido de la jus­ticia y la igualdad, los pobres deberían ser los mejor atendi­dos, los servidos con los mejores profesores, instalaciones, equipos y materiales, los prioritarios en términos de condiciones básicas de aprendizaje (nutrición, salud, vivienda, bienestar familiar, calidad docente, etc.). No solo porque los pobres están objetivamente en desventaja y en situación de vulnerabilidad permanente, y porque ya sabemos que la pobreza es un limitante de primer orden para el aprendizaje, sino porque  – digan lo que digan los cálculos y los indicadores oficiales – los pobres siguen siendo la mayoría de la población.

Fuente: http://otra-educacion.blogspot.com/2012/08/pobre-la-educacion-de-los-pobres.html

Comparte este contenido:
Page 1860 of 2734
1 1.858 1.859 1.860 1.861 1.862 2.734