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Argentina: La enajenación educativa como motor de la desposesión

La enajenación educativa como motor de la desposesión

Darío Balvidares

Desde hace más de cuatro décadas, las reformas educativas impulsadas por organismos internacionales como el Banco Mundial, el BID, la CEPAL (en los principios) y la OCDE (en este siglo con mayor protagonismo), han moldeado los sistemas educativos bajo lógicas estandarizadas y profundamente economicistas.

Las diferencias en los matices discursivos de estos organismos no pueden ocultar el propósito que todos tienen en la mercantilización de la educación, tanto que siempre han colaborado para el armado de este proceso con definiciones políticas de imposición respaldadas por los continuos programas que ponen a disposición de los Estados vía créditos (endeudamiento). Con la necesaria complicidad de los alternativos gobiernos que adoptaron esas políticas y el consumo de sus propuestas programáticas.

Estos cambios, intensificados en la década de los noventa, se tradujeron en un proceso doble: la exoprivatización, por una parte, que implica la participación directa de actores privados sostenidos con dineros públicos a través de subsidios a escuelas privadas (subvención) o a asociaciones público-privadas (escuelas chárter), lo que provocó crecimiento exponencial de la educación privada y la endoprivatización, por otra parte, con la introducción de prácticas y lógicas del sector privado dentro de las instituciones educativas públicas, como la gestión basada en resultados o la competencia entre escuelas, mediante la intromisión de ONG, fundaciones y corporaciones tecnológicas en el sistema público.

Estos actores, respaldados por directrices internacionales, han logrado ocupar espacios estratégicos, como la formación y capacitación docente y directiva, el manejo de los contenidos curriculares orientándolos hacia las necesidades del mercado y del llamado “capitalismo de plataformas”, como una extensión del capitalismo digital; incluso la gobernanza de la educación a través de convenios que funcionan como una UTE (unión transitoria de empresas), como sucede en el sector minero. Convenio por el cual un gobierno a través de su ministerio o secretaría de educación establece una relación con una ONG dedicada a la educación y una fundación empresarial para establecer desde las políticas educativas hasta los formatos pedagógicos y las estrategias didácticas.

En este contexto, conceptos como “calidad” y “equidad” se han convertido en herramientas retóricas que encubren la perpetuación de desigualdades. La “calidad” se reduce a los resultados estandarizados, mientras que la “equidad” remite a la noción de “darle a cada uno lo que le corresponde”, dejando de lado el verdadero objetivo de igualdad que debería guiar a la educación pública. Estas nociones, lejos de promover una transformación social, apuntalan un modelo funcionalista que subordina la educación al mercado laboral y a los intereses de la corporación del complejo empresarial/tecnológico.

Lo interesante es que en el caso argentino, todo este proceso neoliberal de manipulación educativa tuvo los efectos críticos que todos conocemos, porque no sólo se trata o se trató de las cuestiones curriculares, sino que de lo que se trata es de la desposesión del carácter público del sistema y de la enajenación docente como proceso paralelo al de la desposesión, sin olvidar el carácter espurio de la educación por competencias y los efectos de alienación y desposesión que provoca en los estudiantes, puesto que su finalidad es establecer las métricas sobre su performatividad económica.

Una prueba de ello es el emergente de la importancia que de manera sorpresiva adquirió la “educación financiera”, tanto que pasó a ser tema de políticos, ministros de educación, gobernadores y hasta del señor presidente (por lo menos hasta la estafa $LIBRA), justamente por las “recomendaciones” de la OCDE, que también ofrecía las bondades del “bienestar socio-emocional”, conceptos que son tomados de manera acrítica por los gobiernos, nacional y provinciales porque son parte del paquete reformista que emplaza a la colonialidad del poder.

Las imposiciones sobre los nuevos “aprendizajes” quedan enmarcados en el otro arbitrario eufemismo, el de la “sociedad educadora”, concepto de tendencia global, pero reafirmado por el propio secretario de Educación nacional, Carlos Torrendell. Son conceptos que no están puestos en debate, pero que encierran el desplazamiento que fijará la sustitución del Estado por las asociaciones de la sociedad civil y las del universo empresarial, cuyo avance en las políticas educativas, en las decisiones curriculares es evidente.

Es necesario insistir en que este paradigma educativo es adoptado por los progresismos de todas las intensidades y las derechas en el espectro de todo su abanico; es cierto que hay matices, si tuviésemos que ejemplificar, aunque el ejemplo suele ser reduccionista, durante los gobiernos percibidos como progresistas hubo mayor presencia del Estado en cuanto a las “ayudas” con contribuciones monetarias a las provincias a través de “fondos” presupuestarios, así como al bolsillo docente en el ítem que se dio en llamar incentivo (aunque nunca formó parte del salario y se mantuvo como un ítem discrecional con fecha de vencimiento); como así también la realización de paritarias, para acordar cuestiones salariales y de condiciones laborales.

Esto que estamos ejemplificando, de ninguna manera resuelve los conflictos sindicales y mucho menos, modifica la orientación de las macropolíticas, que en el caso de la UNESCO, sí se hacen propuestas a los gobiernos en el sentido de las “ayudas”; matices que también se registran entre los propios organismos internacionales con respecto al subsidio del Estado nacional a la educación, aunque sí coinciden que debe ser un financiamiento diversificado, dando lugar a la entrada de privados, esto es, incentivar la endoprivatización del sistema. Solo las izquierdas hacen una mirada desde la pedagogía crítica y desde enfoques decoloniales de lo que está sucediendo con el avance reformista.

Cuando durante décadas se adopta un modelo instrumental de la economía, no cabe ninguna duda que la orientación del sistema educativo desarrollará la instrumentalidad en todas sus dimensiones, lo que provoca una distorsión de la subjetividad y de la percepción de estudiantes, docentes y en el imaginario social transmutado al consumo.

En ese imaginario el conocimiento se transforma en mercancía y, curiosamente, dentro de ese universo de mutación de la subjetividad, la objetividad se sobredimensiona hasta tal punto que tanto sujeto docente como sujeto estudiante entran en un proceso de eficiencia, valor de mercado en tanto la performatividad económica (de la que hablamos más arriba) que deben alcanzar lxs estudiantes, abandonando sus intereses personales y los más importante, sus sueños; así como la performatividad técnica que deben alcanzar los docentes para constituirse en verdaderos “facilitadores”, enajenados por las tecnologías de la educación, abandonando la posibilidad de ser sí mismos para entrar en los estándares. Se ejerce la violencia epistémica contra docentes y estudiantes, el objetivo es quebrar el circuito enseñanza-aprendizaje sostenido en lo humano.

El avance de la inteligencia artificial (IA) en el ámbito educativo añade otra capa de complejidad. Experiencias como la llevada a cabo en una escuela de Londres, donde una división prescinde de profesores humanos, representan un riesgo concreto de deshumanización del sistema educativo. Si bien la tecnología puede ser una herramienta útil, su uso como sustituto del docente amenaza con reducir la enseñanza a un proceso autómata, subordinado a métricas y algoritmos, en lugar de priorizar la interacción humana y el pensamiento crítico.

La figura del docente como guía intelectual es insustituible, especialmente en un modelo educativo que aspire a transformar y no simplemente adaptar.

El curriculum “aparece como un discurso teórico que convierte la dimensión política en un hecho pedagógico (…) el curriculum representa una expresión de lucha en torno a las formas de autoridad política, órdenes de representación, formas de regulación moral y versiones del pasado y del futuro que deberían legitimarse, aprobarse y debatirse en ámbitos pedagógicos específicos (…) el discurso curricular es una forma de ideología estrechamente relacionada con las cuestiones de poder, particularmente en cuanto a que éstas estructuran las relaciones sociales a partir de consideraciones dictadas por el sexo, la raza y la clase social” (H. Giroux 1988)1

Esta caracterización del currículum que nos acercaba Giroux nos expone, claramente, como se produce aquello que Carlos Marx llamaba enajenación, tomando el concepto del alejamiento del trabajador con el objeto que produce, me parece que aquí, tomando esa premisa pero aplicada a lo que venimos desarrollando se hace visible la distancia entre la propuesta curricular decidida fuera de los ámbitos pedagógicos de los que hablaba Giroux. Este distanciamiento entre la decisión curricular y el docente produce la “enajenación” por ausencia de participación; más aún, cuando su posterior práctica pedagógica también se manifieste mediatizada por una plataforma que lo instruirá sobre la estrategia didáctica.

En otras palabras, es ajeno a los materiales, ajeno a las propuestas y ajeno a las estrategias, porque la decisión del paradigma tecnoeducativo deconstruye hacia la precariedad intelectual la figura del educador y como parte del mismo proceso, la del estudiante alejándolo del desarrollo intelectual, para formatearlo en un producto disponible en el universo del capital humano. Lo que lleva –otra vez con Marx– a que ambos queden disueltos en la etiqueta de mercancía: el docente que debe demostrar las habilidades adquiridas para ser un “buen técnico” facilitador y el estudiante que deberá adquirir las competencias necesarias para venderse en un incierto mercado de trabajo que hoy le exige, según la moda oficial, saber “educación financiera”, aunque mañana se podrá decretar la obsolescencia de tales competencias y ese futuro trabajador, estará en las calles formando parte de las protestas contra un mercado que ya lo usó y lo desechó.

¿En verdad queremos que ese sea el modelo de educación para las generaciones presentes y futuras?

Frente a este panorama, salir del corset neoliberal requiere más que resistencia: necesita una articulación consciente desde las bases docentes, sindicales y comunitarias, que recupere el carácter público del sistema educativo y reivindique el rol del docente como intelectual crítico, no como mero “facilitador”.

La defensa y la lucha por la vigencia de la educación pública debe centrarse en fortalecer su financiamiento público, promover la igualdad como principio fundamental y rechazar cualquier intento de vaciamiento de contenidos o de deshumanización de las aulas.

La educación no es un producto ni un servicio; es un derecho y una herramienta para la emancipación social. Hoy, más que nunca, el imperativo de imaginar para transformar el sistema educativo no se resuelve adaptándose a los cambios propuestos y desarrollados para la perpetuación de la desigualdades sociales, la reducción al servilismo de la figura docente y de la performatividad económica de los estudiantes.

La profunda crisis en la que se hundió a la educación es a partir de la imposición del paradigma neoliberal como la única posibilidad de transformación, una falacia que encierra la desposesión del carácter público, la generación de subjetividades adaptables y flexibles para resolver la eficiencia en la optimización de ganancias de las minorías que traman nuestros destinos.

Un gran debate desde una perspectiva que priorice lo colectivo, lo humano y lo transformador en clave social se hace imprescindible, un congreso pedagógico donde la discusión se tome para que la producción del curriculum se discuta en los ámbitos pedagógicos específicos, entre quienes corresponda, lxs docentes revalorizando su dimensión intelectual y su praxis pedagógica.

La lucha es contra la violencia epistémica y la colonialidad del saber, justamente porque somos educadores es que tenemos el derecho a enfrentarnos con una política social y económica en la que estamos inmersos y sufrimos las consecuencias junto a lxs estudiantes, sus familias y sus entornos. Pues entonces, qué más tenemos que esperar.

Nota:

1 Henry Giroux. Los profesores como intelectuales, hacia una pedagogía del aprendizaje, Ediciones Paidos Ibérica, Barcelona, 1988

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Fuente de la Información: https://rebelion.org/la-enajenacion-educativa-como-motor-de-la-desposesion/

 

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Brasil: Calendario político

Calendario político

Frei Betto

Podemos no darnos cuenta, pero la política está presente en todo: en la calidad de nuestro desayuno y del transporte que usamos para ir a la escuela o al trabajo.

Cierto que no todo es político. Una pareja de luna de miel no es necesariamente una cuestión política. Pero el lugar al que viajó (o no) tiene que ver con la política, que influye en los ingresos familiares.

La política es una espada de dos filos. Sirve para oprimir o para liberar. Es como la religión, que también sirve para oprimir o para liberar.

Uno de los ejemplos más curiosos de que todo tiene que ver con la política es el siguiente: pregúntele a un grupo de personas cuál es el último mes del año. Todos responderán: “Diciembre”. Ahora, siga preguntando: “¿Con qué número se corresponde su nombre?”.

Sin duda, la mayoría dirá que con el 12. ¡Error! Diciembre se corresponde con el número 10. Antes de él vienen noviembre, con el nueve; octubre, con el ocho; septiembre, con el siete. ¿Y por qué el año tiene 12 meses?

Por la política: en la Roma antigua el año tenía 304 días y 10 meses (martius, aprilis, maius, junius, quintilis, sextilis, september, october, november y december). Más tarde, se añadieron los meses de janus y februarius.

El Senado romano cambió el nombre de quintilis por el de julius, en honor al emperador Julio César. El emperador Augusto, su sucesor, no quiso quedarse atrás y exigió también un mes en su homenaje. Sextilis se convirtió en agosto en honor a César Augusto.

Los astrónomos del reino, cohibidos, le recordaron al emperador la alternancia de meses con 30 y 31 días. Por tanto, el mes de Augusto tendría un día menos que el de Julio. El emperador seguro dijo: “¡Quiero isonomía! O mañana no tendrán la cabeza sobre los hombros”. ¿Qué hicieron? Le quitaron un día a febrero. Julio y agosto son los únicos meses consecutivos de 31 días.

Una pregunta que siempre me hacen es por qué la fecha del carnaval cambia todos los años y con qué criterio. Cambian también las fechas de la Semana Santa, el Corpus Christi y otras efemérides litúrgicas.

Nuestro calendario gregoriano es solar; o sea, se rige por la rotación de la Tierra alrededor de la estrella que nos alumbra. El calendario litúrgico es lunar, basado en las fases de la luna. Su festividad central es la Pascua, conmemorada por los judíos en la primera luna llena del mes de Nisan. Ese mes del calendario judaico corresponde al período entre el 22 de marzo y el 25 de abril.

Para los que vivimos en el hemisferio sur, el domingo de Pascua es siempre aquel al que sigue la primera luna llena de otoño. Este año será el 20 de abril. Para evitar confusiones con la festividad judaica, la Iglesia adoptó el domingo siguiente al de la Pascua judaica como el de la celebración de la resurrección de Jesús.

El domingo de carnaval es siempre el último antes de la Pascua cristiana. El jueves de Corpus Christi, el primero después del domingo de la Santísima Trinidad, que se conmemora 57 días después de la Pascua.

El domingo de Pascua es la fecha de referencia de las demás festividades litúrgicas llamadas móviles. Existen también las inmóviles, como la Navidad, que se celebra invariablemente el 25 de diciembre, sin importar el día de la semana en que cae.

Todos los pueblos que siguen un calendario anual celebran la llegada del Año Nuevo, que los brasileños llamamos réveillon, del verbo francés réveiller, que significa “despertar”. Fue el emperador Julio César quien decretó en el año 435 a. C. que el 1 de enero era el primer día del nuevo año. En esa fecha se celebraba la fiesta de Jano, el dios de las puertas, que tenía dos caras, una vuelta hacia el frente y otra hacia atrás. Janeiro se deriva de Jano

En portugués, fue Martinho de Dume, obispo de Braga, Portugal, quien dio nombre en el siglo VI a los días de la semana. Denominó en latín los días de la Semana Santa en los cuales no se debía trabajar: feria secunda (segundo día feriado), feria tertia, etc. Feria, por corrupción, derivó en feira.

El emperador Constantino (280-337), convertido al cristianismo, ya había denominado Dies Dominica, “día del Señor”, al domingo, el primer día de la semana. El nombre del séptimo día, el sábado, viene del hebreo shabat, que significa “descanso”.

Otros idiomas latinos como el francés, el italiano y el español conservan los nombres paganos de los días, inspirados en los de los planetas. En la lengua de Cervantes, la segunda feira es lunes, por la luna; la terça, martes, por Marte, etc.

Todas esas convenciones y denominaciones se ajustan a la danza mulata de la Tierra alrededor del maestre sala: el Sol. En ese baile transcurren cuatro estaciones: verano, otoño, invierno y primavera. Y no solo la escuela de samba Estación Primera de Mangueira…

Si la evolución del universo, surgido hace 13 800 millones de años, se compactara en uno del calendario gregoriano, el big bang, la explosión primordial, habría ocurrido el 1 de enero; nuestra galaxia, la Vía Láctea, se habría formado el 1 de mayo; nuestro sistema solar, el 9 de septiembre; la Tierra habría surgido el 14 de septiembre; las primeras manifestaciones de vida, el 25 de septiembre, y el ser humano, en los últimos segundos del 31 de diciembre.

Es muy bueno, de vez en cuando, darse un paseo por la ciencia, tan desprestigiada por esa gente que adora las fake news de Trump.

Fuente: Cubadebate

Fuente de la Información: https://redh-cuba.org/2025/03/calendario-politico-por-frei-betto/

 

 

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Schools reopening: How at risk are children?

Schools reopening: How at risk are children?

All schools in England are going back from 8 March.

In Scotland, younger primary pupils have gone back to school, along with some exam-year students in secondary school. A wider reopening has yet to be decided.

In Wales, younger primary years have also returned – with older primary pupils set to go back on 15 March if Covid levels continue to fall.

In Northern Ireland, younger primary pupils will return to classrooms on 8 March.

But how likely are children to catch and spread the virus?

BBC’s Health reporter Laura Foster explains what we do know currently about how children are affected by the virus.

Fuente de la Información: https://www.bbc.com/news/av/explainers-52777244

 

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Sólo 14% de los ríos del mundo, aún no han sido dañados por la humanidad

Sólo 14% de los ríos del mundo, aún no han sido dañados por la humanidad

Los ríos son puntos críticos de biodiversidad, pero la contaminación, las presas y las especies invasoras han causado estragos.

Los ríos en los que las poblaciones de peces han escapado de daños graves por las actividades humanas representan solo el 14% del área de la cuenca fluvial del mundo, según el estudio más completo hasta la fecha.

Los científicos descubrieron que la biodiversidad de más de la mitad de los ríos se había visto profundamente afectada, con peces grandes como el esturión reemplazado por especies invasoras como el bagre y la carpa asiática. La contaminación, las presas, la sobrepesca, el riego agrícola y el aumento de las temperaturas debido a la crisis climática también son los culpables.

Las regiones más afectadas son Europa occidental y América del Norte, donde las poblaciones grandes y prósperas significan que el impacto de los humanos en los ríos es mayor, como el Támesis en el Reino Unido y el Misisipi en los Estados Unidos.

Los ríos y lagos son ecosistemas vitales. Cubren menos del 1% de la superficie del planeta, pero sus 17.000 especies de peces representan una cuarta parte de todos los vertebrados, además de proporcionar alimento a muchos millones de personas. También se necesitan ríos saludables para suministrar agua limpia.

Otra investigación reciente ha demostrado que las poblaciones mundiales de peces de río migratorios se han desplomado en un 76% “catastrófico” desde 1970, con una caída del 93% en Europa. A los animales de río grandes les ha ido peor, y algunos como el bagre gigante del Mekong están al borde de la extinción. Un análisis de 2019 encontró que solo un tercio de los grandes ríos del mundo seguían fluyendo libremente , debido al impacto de las presas.

Sébastien Brosse, de la Université Paul Sabatier en Toulouse, Francia, quien dirigió la nueva investigación, dijo que los ríos en muchas naciones ricas eran irreconocibles en comparación con lo que eran antes de la revolución industrial. “Luego tuvimos esturiones de más de 2 metros de tamaño, miles de salmones y muchos otros peces que casi han desaparecido hoy”.

“El río Támesis es uno de los más afectados: obtuvo el máximo de 12 de 12 en nuestro estudio”, dijo. “Ha habido un aumento en la calidad del agua en los ríos de Europa occidental y América del Norte en las últimas décadas, pero no estoy seguro de que la velocidad del cambio sea suficiente porque ha habido una disminución muy pronunciada de las poblaciones de peces”.

La mayor biodiversidad de ríos se encuentra en América del Sur, pero los investigadores encontraron que solo el 6% de los ríos más intactos se encontraban en esta región. “Realmente necesitamos decisiones políticas sólidas para considerar la biodiversidad como algo importante para los humanos”, dijo Brosse.

La investigación, publicada en la revista Science , examinó casi 2.500 ríos en todas partes del mundo, excepto las regiones polares y los desiertos. El trabajo anterior se centró simplemente en el número de especies, pero este estudio incluyó los roles ecológicos de las especies, así como cuán estrechamente relacionadas estaban las diferentes especies. Los investigadores también tomaron en cuenta los cambios en la biodiversidad durante los últimos 200 años.

Un cambio importante es el número de especies exóticas introducidas en los ríos. “En Europa occidental, verá salmón de América del Norte, cabeza de toro negro, que es un bagre de América del Norte, carpas y peces de colores que vienen de Asia, y peces mosquito”, dijo Brosse.

En todo el mundo, la carpa común , la lobina negra y la tilapia se encuentran entre los peces exóticos más extendidos. Están adaptados a aguas tranquilas y han prosperado a medida que ha aumentado el número de presas. Esto está homogeneizando las poblaciones de peces en los ríos, haciéndolos menos capaces de hacer frente a los cambios ambientales, como el calentamiento global.

Los ríos menos afectados se encontraron en áreas remotas con poca gente, particularmente en África y en Australia, aunque la fauna de peces en la cuenca Murray-Darling ha resultado dañada.

“Pero estas cuencas menos afectadas no albergan suficientes especies para mantener la biodiversidad mundial de peces”, dijo Grosse. “Solo albergan el 22% de la fauna mundial, por lo que también necesitamos conservar la biodiversidad en cuencas muy afectadas por los humanos”.

“Francamente, me sorprende que hayan descubierto que solo el 53% de las cuencas fluviales han sufrido cambios marcados”, dijo Zeb Hogan, de la Universidad de Nevada, EE. UU. “Casi todos los ríos más grandes del mundo han sufrido cambios significativos. Donde antes había ríos llenos de salmón y esturión o cachos y chupones, ahora hay ríos con lubinas, agallas azules, carpas y bagres”.

“El Amazonas, el Congo y el Mekong están más afectados de lo esperado, un hallazgo que puede no ser muy apreciado y podría indicar que las nuevas presas y otras presiones pueden haber tenido impactos a gran escala”, dijo. “Las medidas tomadas para proteger y preservar la vida silvestre terrestre y marina a menudo no protegen los ríos”.

Brosse dijo que la evaluación de impactos en su estudio fue probablemente una subestimación, porque es probable que hayan ocurrido más extinciones de peces de las que se registraron oficialmente.

Por Damian Carrington. Artículo en inglés

Fuente de la Información: https://www.ecoportal.net/paises/los-rios-del-mundo-danados/

 

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Work as we know it will never be the same – but are we prepared for a drastic transformation of where and when we do our jobs?

Work as we know it will never be the same – but are we prepared for a drastic transformation of where and when we do our jobs?

As most knowledge workers have toiled away remotely for nearly a year, some are eager to get back to the office, while others have high hopes of being able to stay at home. Regardless of the camp you fall into, there’s one question that’s hanging over everyone: what will work actually look like on the other side of the pandemic? Will our structure revert to pre-pandemic days: 9 to 5, five days a week?

Maybe, but maybe not. Some companies are anxious to get workers back to their desks, but at the same time, employee desire is ramping for a new type of ‘hybrid’ work future – a mix of both office presence as well as some time remote.

While some of these proposals to shake up the structure of work simply focus on giving employees a little more flexibility, a few are more dramatic. Some work and productivity experts are proposing that we blow up the notion of working five days or setting standard hours and workplaces altogether. If companies and workers rally around these big ideas, they’ll create a world of work that looks very different than it did a year ago.

Working ‘3-2-2’

Three days in the office, two days remote and two days off. That’s the premise behind ‘3-2-2’, a new work-structure proposal from academics Lauren C Howe, Ashley Whillans and Jochen I Menges. The emphasis on flexibility is key here, as workers choose the set-up that works best for them and mould their days around their personal schedules. (It’s a striking contrast to China’s similarly named 9-9-6, in which employees work 9 a.m. to 9 p.m., six days a week, in a rigid structure.)

“Employees have appreciated the flexibility experienced during the pandemic, and desire more of it in the future,” says Whillans, an assistant professor in negotiations, organisations and markets at Harvard Business School. Although she expects employers to still require five days of work, generally on a Monday-through-Friday schedule, the key to the 3-2-2 model is enabling employees to pick where they work. “The exact enactment of flexibility will involve companies considering factors like Covid safety risks, employee preferences and a discussion of what kinds of activities would benefit from some in-person interaction,” she says.

In New Zealand, Unilever is testing a four-day workweek through December 2021 (Credit: Alamy)

Whillans adds that the 3-2-2 model would look different across different organisations – especially within larger companies in which coordinating multiple workers in person at the same time could be more complicated. But the point remains the same: honour workers’ preferences while keeping collaboration and productivity at peak.

“Every office has a different consideration set, but the general idea is to think about when to encourage employees to come to the office versus stay at home to facilitate work-life balance and increase creative and informal social interactions among employees,” she says.

Four-day workweek

The concept of a four-day workweek isn’t new – some companies have been toying with the idea, or even experimenting with it, in workplaces across the globe for a few years. The proposal has been around since the 1970s, and implemented sporadically over past few decades with mixed success. But workers are renewing the call amid the pandemic, hoping it’s a more realistic solution than ever before.

One reason is that our relationship with productivity has evolved in an unexpected way that perhaps only the pandemic could have catalysed: many are finding that while working remotely they’ve been more efficient, not needing five full days to get their work done. A survey from US jobs site FlexJobs showed that 51% of respondents reported being more productive at home – even working parents.

Part of this increased output may be the result of better focus without the buzz and clamour of colleagues. But the other element may be that there simply isn’t enough work to fill five days, and workers find ways to occupy the time just to hit their desk-hours quota (think of all the time you spend checking social media or shopping, only to quickly toggle your browser tab when your boss walks by). This isn’t a new assertion: London School of Economics anthropology professor David Graeber raised the point back in 2018 by in his book Bullshit Jobs. Plus, working more hours than necessary may also have detrimental effects, such as decreased productivity and mental-health consequences.

Advancement of the four-day workweek isn’t just a pandemic-induced dream: Covid-19 has influenced companies to take up the strategy

Advancement of the four-day workweek isn’t just a pandemic-induced dream: Covid-19 has influenced a few companies to take up the strategy.

In December, Unilever New Zealand implemented a four-day workweek trial. “Our employees will work 80% of the time, while retaining 100% of their salaries and deliver 100% of their KPIs/output,” says Nick Bangs, general manager of Unilever New Zealand. There’s no “overarching template”, he adds, so workers choose their day off. The purpose, he says, is creating a “new productivity mindset”, and encourage more flexibility and better health.

A new reality?

These two approaches represent very different re-thinks of how we work: 3-2-2 emphasises flexibility across a 40-hour week; four-day workweek maintains structure, though with less time to be on. Is one more likely to happen than another?

Of course, it’s tough to say; ongoing impacts of the pandemic will continue to shift not only our thinking and values, but also our expectations of employers. In some ways, 3-2-2 may seem more ‘realistic’ as workers demand more flexibility, which 3-2-2 offers in spades. But we haven’t quite seen the proposal in action at scale – whereas the four-day workweek is already in motion for some companies, with others considering taking up the approach.

But there are also people who hate the idea of dismantling the typical workday structure all together, saying changes may let competition get ahead, leave clients waiting for responses, damage workers’ health and even sink the corporate world as we know it.

New proposals to change when and where we'll work could open up opportunities for workers to choose how we spend our time, both on and off the clock (Credit: Alamy)

In the past, some firms that have embraced flexible, remote working have found the move disastrous for their output and bottom lines; in 2013, Yahoo CEO Marissa Mayer actually rolled back telecommuting initiatives, and forced employees back into traditional structures.

Similarly, the four-day workweek has virulent critics. Speaking on BBC’s Business Daily in December, Marc Effron, president of global HR company The Talent Strategy Group, said, “It feels like we’re somehow rewarding people for being inefficient by saying, ‘Well, because you were wasting so much time before, now that you’ve found some of that time by squeezing it into a four-day workweek, we’ll allow you just to work those four days’.” Simply, he posits that if workers can do five days of work in four, they’re not putting in 100% effort to begin with.

And even advocates for both 3-2-2 and the four-day workweek concede the plans aren’t without their wrinkles and caveats.

Whillans says that some companies will face challenges others won’t. “Organisations will have to think carefully about how to structure the in-office time so that the right people from the right teams are coming to work at the same time… Additionally, it will be up to leaders and organisations to coordinate schedules so no one is being left out.”

And Unilever’s Bangs says that in order to stick with their new four-day approach, there needs to be a visible upside, otherwise they’ll end the experiment, currently set to finish in December 2021. “This trial is not about compromising business growth for the benefit of wellbeing, or vice versa. For this to be deemed successful, we need great business results, our people telling us they have the mental and physical energy to bring the best version of themselves to work and our customers continuing to receive the same level of excellent service we pride ourselves on.” Regardless of what happens in New Zealand, however, Unilever CEO Alan Jope says that the company will never go back to the five-day in-office structure they had pre-pandemic, which he added in a Reuters news conference «seems very old-fashioned now».

Like many elements of our daily lives, the answer is still up in the air. But among the questions, one thing seems all but certain: the way we work will never be quite the same.

Additional sourcing and reporting by Bryan Lufkin.

Fuente de la Información: https://www.bbc.com/worklife/article/20210113-whats-the-best-plan-for-a-radical-new-workday

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La pandemia y las nuevas significaciones del miedo

La pandemia y las nuevas significaciones del miedo

 Isaac Enríquez Pérez

Con la pandemia del Covid-19 la vulnerabilidad humana fue amplificada, y ello se corresponde con la irradiación de una era de la incertidumbre perfilada desde lustros atrás. Manejada por las élites políticas y la industria mediática de la mentira como un discurso bélico, la crisis epidemiológica global es capitalizada por los poderes fácticos para afianzar la percepción de que el coronavirus SARS-CoV-2 es un “enemigo común” al que es urgente derrotar para retornar a una “normalidad” renovada.

La entronización del apocalipsis mediático (https://bit.ly/31emwwl) a través de la desinfodemia (https://bit.ly/3exTeN6) lleva aparejado pulsar los instintos más profundos del ser humano y sembrar en él la sensación del miedo. En este proceso subyace una construcción mediática del coronavirus (https://bit.ly/2VOOQSu) que exacerba las emociones y las pulsiones básicas de las audiencias pasivas y acríticas; al tiempo que aprovecha el rumor y la mentira que deambulan irrestrictamente por las redes sociodigitales y conforman un discurso negacionista y conspiranóico (https://bit.ly/3evOvMQ), en lo que es un ejercicio en tiempo real de lapidación de la palabra y de tergiversación semántica. El miedo inducido aflora ante la posibilidad de contagio y muerte y, a su vez, se combina con la ignorancia tecnologizada y el pensamiento parroquial.

Por una parte, el miedo se erige en un dispositivo de control del cuerpo, la mente, la conciencia y la intimidad de los individuos y familias. El confinamiento global, la gran reclusión y la alteración radical de la cotidianidad solo fueron posibles instalando el discurso del miedo para aislar y atomizar a alrededor de 5 000 o 6 000 millones de habitantes; aprovechando y/o incentivando en este macroproceso inédito el individualismo hedonista, la despolitización de la sociedad y el social-conformismo. De tal modo que el distanciamiento físico devino en un distanciamiento social que fractura el sentido de comunidad y las formas tradicionales de socialización.

La ampliación de las posibilidades de morir ante el asalto de un agente patógeno microscópico asimilado como “enemigo común”, induce el retorno al Estado hobbesiano como entidad paternal protectora y defensora de los súbditos ante la posibilidad de zozobra, miedo y vulnerabilidad. El manejo estratégico y geopolítico de la posible vacuna, en cierto modo, se orienta en esa dirección. Particularmente, la humanidad aceptó con docilidad y acríticamente la construcción biopolítica del miedo, así como la entronización de la ideología del higienismo y las estrategias propias de lo que se perfila como un Estado sanitizante. La relación de esta nueva modalidad de Estado es estrecha con el colapso de la legitimidad de las instituciones estatales (https://bit.ly/3dOo9oJ) experimentada desde 1968.

El miedo marcha a la par de la dictadura de la mascarilla y de una especie de profilaxis del cuerpo de “el otro”, asumido también como “enemigo” por el recelo y desconfianza que despierta la posibilidad de contagio. De ahí que el miedo no solo sea una sensación pasajera, sino un dispositivo cotidiano que vertebra la experiencia y los estilos de vida en medio de la crisis pandémica.

La humanidad no solo es presa del miedo a un agente patógeno, sino que también se somete al fragor del miedo a lo desconocido y a lo incierto que se instaura con la pandemia. Desde la pérdida del empleo y el ingreso, hasta la vulnerabilidad que supone la posibilidad de contagio y muerte, colocan a la humanidad ante el abismo de lo desconocido y ello incentiva la intensificación de la angustia y la ansiedad. Si no se conoce el rumbo que tomarán las problemáticas y los acontecimientos, el ser humano carece de una mínima brújula que le oriente en el mar de la incertidumbre.

Sin el dato y su manipulación, la gestación y arraigo del miedo es imposible. El dato es fundamental para afianzar la sensación de vulnerabilidad ante el incremento de la contabilidad en tiempo real. No solo aumentan el número de contagiados y de muertes, sino también de desempleados, de nuevos pobres y de excluidos como resultado de las decisiones y medidas inducidas de confinamiento que colapsaron las cadenas globales de producción y suministro, así como la demanda de los consumidores. La paradoja en el manejo y difusión masiva del dato radica en que genera, a su vez, indiferencia de las audiencias pasivas, o algo que los especialistas denominan como entumecimiento psicológico (https://bbc.in/30o64rn). El dato y los modelos matemáticos anticipatorios de los contagios y muertes, ligados al miedo pandémico, son un dispositivo para incentivar la obscenidad y la curiosidad psicopatológica de las audiencias pasivas y obedientes.

El sociólogo contemporáneo Zygmunt Bauman teoriza en torno a la ubicuidad y omnipresencia de los miedos y los concibe como algo consustancial a la vida de los individuos y a la dinámica de las sociedades. Con la pandemia, el miedo ataca las entrañas de los ciudadanos y el imaginario social; al tiempo que potencia la incertidumbre y amplía los márgenes de vulnerabilidad y expone a los organismos humanos a una mayor morbilidad tras debilitar sus sistemas inmunitarios. Si se ataca el estado de ánimo de los individuos y familias a través del miedo, se magnifican las posibilidades de enfermar y desvanecer la resistencia respecto a los agentes patógenos microscópicos. Entonces, se gestan víctimas emocionales de la angustia, la ansiedad, la depresión, la impotencia y la tristeza. Activados estos trastornos y psicopatologías, el control personal sobre la vida se desvanece y aumentan las posibilidades de muerte entre los afectados. De ahí el carácter criminal y letal del miedo inducido a través de la construcción mediática del coronavirus.

El miedo, si bien puede ser una experiencia que ayuda al ser humano a erigir precauciones en su actuar y avatares, también puede ser un dispositivo letal, simbólico y –a la vez– orgánico que inmoviliza a los individuos y poblaciones. En medio de los discursos y estrategias de guerra, el miedo le da forma a los arsenales conformados para enfrentar desde los poderes fácticos toda posibilidad de conflictividad social.

A su vez, el recurso del miedo es utilizado por las élites plutocráticas globales para hacer de la pandemia un discurso inhibidor e inmovilizador de los individuos y colectividades. Es también parte de los discursos de poder de esas élites para encubrir, invisibilizar y silenciar los alcances y contradicciones del colapso civilizatorio (https://bit.ly/3oUtPCV) acelerado durante los últimos meses, y del cual son sus principales causantes y beneficiarios bajo la lógica de que el caos permite incrementar las ganancias.

El miedo, cuando es inducido desde las estructuras de poder y riqueza, impone obediencia y hasta sometimiento con el fin de instaurar el control sobre individuos y poblaciones enteras. El consenso pandémico amplió las posibilidades a través de la biopolítica, la bioseguridad, la biovigilancia y la geolocalización, en lo que se podrían concebir como nuevas formas de autoritarismo y totalitarismo disimulado con la coartada sanitaria y salvadora.

Para que las sociedades contemporáneas puedan liberarse del miedo pandémico necesitan reivindicar el pensamiento utópico y el sentido de esperanza. Necesitan comprender en su justa dimensión epidemiológica y orgánica al coronavirus SARS-CoV-2, de tal modo que se asume que, al contraerlo, el contagio no supone –en automático– la enfermedad terminal y la muerte. La letalidad de este patógeno es del 1%, y muchos organismos que lo contraigan experimentarán síntomas de una gripe común; en tanto que otros se expondrán a ciertos episodios de crisis en su salud. Ello no significa que el nuevo coronavirus no represente amenazas reales; las supone, pero también exige respuestas y estrategias consistentes que desde el sector público contribuyan a remontar la crisis sanitaria a través de la prevención y la detección temprana del Covid-19. Quienes sí ameritan mayores cuidados son aquellos organismos que enfrentan co-morbilidades (diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, obesidad, etc.), y es allí donde resulta preciso canalizar las mayores atenciones de los sistemas de salud. De ahí la importancia de instaurar una política de la precaución que se imponga al miedo, la incertidumbre y la desesperanza. Una precaución activa y crítica que permita reconstruir la esperanza y adoptar cuidados en la reorganización de las sociedades y de su cotidianeidad. En esa lógica, recuperar el sentido de comunidad es fundamental; y logrado ello, solo la autonomía de esas colectividades humanas –pequeñas o grandes– será crucial para atender sus problemáticas específicas agravadas con la pandemia.

La dotación de información y conocimientos fiables, oportunos y válidos es primordial de cara a una industria del pánico global. Sin esa información será imposible romper el círculo vicioso de la inmovilidad y del social-conformismo, pues en última instancia la pandemia es también una lucha estratégica por el control de las significaciones y la palabra; una lucha por subsumir la esperanza y maniatar el futuro de las sociedades contemporáneas. Ello es un rasgo más del colapso civilizatorio y solo la (re)construcción de la cultura ciudadana sustentada en el conocimiento razonado ayudará a trascender el lapidario consenso pandémico.

Isaac Enríquez Pérez. Investigador, escritor y autor del libro La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos (de próxima aparición).

Fuente de la Información: https://rebelion.org/la-pandemia-y-las-nuevas-significaciones-del-miedo/

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Entre negacionismo, gatopardismo y transicionismo

Entre negacionismo, gatopardismo y transicionismo

 Boaventura de Sousa Santos

«La flecha que se ve venir viene más lentamente»

La pandemia del nuevo coronavirus ha puesto en tela de juicio muchas de las certezas políticas que parecían haberse consolidado en los últimos cuarenta años, especialmente en el llamado «Norte global».

Las principales certezas eran: el triunfo final del capitalismo sobre su gran competidor histórico, el socialismo soviético; la prioridad de los mercados en la regulación de la vida no sólo económica sino también social, con la consiguiente privatización y desregulación de la economía y las políticas sociales y la reducción del papel del Estado en la regulación de la vida colectiva; la globalización de la economía basada en ventajas comparativas en la producción y la distribución; la brutal flexibilización (precariedad) de las relaciones laborales como condición para aumentar el empleo y el crecimiento económico. En general, esas certezas constituían el orden neoliberal. Este orden se nutrió del desorden en la vida de las personas, especialmente aquellos que llegaron a la edad adulta durante estas décadas. Vale la pena recordar que la generación global de jóvenes que entraron en el mercado laboral en la primera década de 2000 ya ha experimentado dos crisis económicas, la crisis financiera de 2008 y la actual crisis derivada de la pandemia. Pero la pandemia significó mucho más que eso. Demostró, en particular, que:

  • es el Estado (no los mercados) quien puede proteger la vida de los ciudadanos;
  • que la globalización puede poner en peligro la supervivencia de los ciudadanos si cada país no produce bienes esenciales;
  • que los trabajadores en empleos precarios son los más afectados por no tener ninguna fuente de ingresos o protección social cuando termina el empleo, una experiencia que el Sur global conoce desde hace mucho tiempo;
  • que las alternativas socialdemócratas y socialistas han vuelto a la imaginación de muchos, no solo porque la destrucción ecológica provocada por la expansión infinita del capitalismo ha llegado a límites extremos, sino porque, después de todo, los países que no han privatizado ni descapitalizado sus laboratorios parecen ser los más eficaces en la producción y más justos en la distribución de vacunas (Rusia y China).

No es de extrañar que los analistas financieros al servicio de aquellos que crearon el orden neoliberal ahora predigan que estamos entrando en una nueva era, la era del desorden. Es comprensible que así sea, ya que no saben imaginar nada fuera del catecismo neoliberal. El diagnóstico que hacen es muy lúcido y las preocupaciones que revelan son reales. Veamos algunos de sus rasgos principales.

Los salarios de los trabajadores en el Norte global se han estancado en los últimos treinta años y las desigualdades sociales no han dejado de aumentar. La pandemia ha agravado la situación y es muy probable que dé lugar a un gran malestar social. En este período, hubo, de hecho, una lucha de clases de los ricos contra los pobres, y la resistencia de los hasta ahora derrotados puede surgir en cualquier momento. Los imperios en las etapas finales de la decadencia tienden a elegir figuras de caricatura, ya sea Boris Johnson en Inglaterra o Donald Trump en los Estados Unidos, que sólo aceleran el final. La deuda externa de muchos países como resultado de la pandemia será impagable e insostenible y los mercados financieros no parecen ser conscientes de ello.

Lo mismo sucederá con el endeudamiento de las familias, especialmente de la clase media, ya que este fue el único recurso que tuvieron para mantener un cierto nivel de vida. Algunos países han optado por la vía fácil del turismo internacional (hoteles y restaurantes), una actividad por excelencia presencial que sufrirá de incertidumbre permanente.

China aceleró su trayectoria para volver a ser la primera economía del mundo, como lo fue durante siglos hasta principios del siglo XIX. La segunda ola de globalización capitalista (1980-2020) ha llegado a su fin y no se sabe lo que viene después. La era de la privatización de las políticas sociales (a saber, la medicina) con amplias perspectivas de lucro parece haber llegado a su fin.

Estos diagnósticos, a veces esclarecedores, implican que entraremos en un período de opciones más decisivas y menos cómodas que las que han prevalecido en las últimas décadas. Anticipo tres caminos principales.

El negacionismo

Designo el primero como el negacionismo. No comparte el carácter dramático de la evaluación expuesta anteriormente. No ve ninguna amenaza para el capitalismo en la crisis actual. Por el contrario, cree que se ha fortalecido con la crisis actual. Después de todo, el número de multimillonarios no ha dejado de aumentar durante la pandemia y, además, ha habido sectores que han visto aumentar sus beneficios como resultado de la pandemia (véase el caso de Amazon o ciertas tecnologías de la comunicación, Zoom, por ejemplo). Se reconoce que la crisis social va a empeorar; para contenerla, el Estado sólo tiene que fortalecer su sistema de «ley y orden», fortalecer su capacidad para reprimir las protestas sociales que ya han comenzado a suceder, y eso sin duda aumentará, ampliando el cuerpo de policía, readaptando al ejército para actuar contra los «enemigos internos», intensificando el sistema de vigilancia digital, ampliando el sistema penitenciario. En este escenario, el neoliberalismo seguirá dominando la economía y la sociedad. Se admite que será un neoliberalismo modificado genéticamente para poder defenderse del virus chino. Entiéndase, un neoliberalismo en tiempo de intensificación de la guerra fría con China y por lo tanto combinado con algún tribalismo nacionalista.

El gatopardismo

La segunda opción es la que más se corresponde con los intereses de los sectores que reconocen que se necesitan reformas para que el sistema pueda seguir funcionando, es decir, para que se pueda seguir garantizando el retorno del capital. Designo esta opción por el gatopardismo, en referencia a la novela Il Gattopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1958): es necesario que existan cambios para que todo siga igual, para que lo esencial esté garantizado. Por ejemplo, el sector de la salud pública debería ampliarse y reducir las desigualdades sociales, pero no se piensa en cambiar el sistema productivo o el sistema financiero, la explotación de los recursos naturales, la destrucción de la naturaleza o los modelos de consumo. Esta posición reconoce implícitamente que el negacionismo puede llegar a dominar y teme que, a largo plazo, esto conduzca a la inviabilidad del gatopardismo. La legitimidad del gatopardismo se basa en una convivencia que se ha establecido en los últimos cuarenta años entre el capitalismo y la democracia, una democracia de baja intensidad y bien domesticada para no poner en cuestión el modelo económico y social, pero que aún garantiza algunos derechos humanos que dificultan la negación radical del sistema y la insurgencia antisistémica. Sin la válvula de seguridad de las reformas, acabará la mínima paz social y, sin ella, la represión será inevitable.

El transicionismo

Sin embargo, hay una tercera posición que designo como transicionismo. Por el momento, que habita en la angustiosa inconformidad que surge en múltiples lugares: en el activismo ecológico de la juventud urbana, en todo el mundo; en la indignación y resistencia de los campesinos, pueblos indígenas y afrodescendientes y pueblos de los bosques y regiones ribereñas ante la impune invasión de sus territorios y el abandono del Estado en tiempos de pandemia; en la reivindicación de la importancia de las tareas de cuidado a cargo de las mujeres, a veces en el anonimato de las familias, ahora en las luchas de los movimientos populares, ahora frente a gobiernos y políticas de salud en varios países; en un nuevo activismo rebelde de artistas plásticos, poetas, grupos de teatro, raperos, sobre todo en las periferias de las grandes ciudades, un vasto grupo que podemos llamar artivismo. Esta es la posición que ve en la pandemia la señal de que el modelo civilizado que ha dominado el mundo desde el siglo XVI ha llegado a su fin y que es necesario iniciar una transición a otro u otros modelos civilizadores.

El modelo actual se basa en la explotación ilimitada de la naturaleza y de los seres humanos, en la idea de un crecimiento económico infinito, en la prioridad del individualismo y la propiedad privada, y en el secularismo. Este modelo permitió impresionantes avances tecnológicos, pero concentró los beneficios en algunos grupos sociales al tiempo que causó y legitimó la exclusión de otros grupos sociales, de hecho mayoritarios, a través de tres modos principales de dominación: explotación de los trabajadores (capitalismo), legitimación de masacres y saqueos de razas consideradas inferiores y la apropiación de sus recursos y conocimientos (colonialismo), y el sexismo legitimando la devaluación del trabajo de cuidado de las mujeres y la violencia sistémica contra ellas en los espacios domésticos y públicos (patriarcado).

La pandemia, al mismo tiempo que empeoró estas desigualdades y discriminaciones, ha hecho más evidente que, si no cambiamos el modelo civilizatorio, nuevas pandemias seguirán plagando a la humanidad y el daño que causarán a la vida humana y no humana será impredecible. Dado que no se puede cambiar de un día a otro el modelo civilizatorio, se debe empezar a diseñar directivas de transición. De ahí la designación de transicionismo.

En mi opinión, el transicionismo, a pesar de ser una posición por ahora minoritaria, es la posición que parece llevar más futuro y menos desgracia para la vida humana y no humana del planeta. Por lo tanto, merece más atención. Partiendo de ella, podemos anticipar que entraremos en una era de transición paradigmática hecha de varias transiciones. Las transiciones se producen cuando un modo dominante de vida individual y colectiva, creado por un determinado sistema económico, social, político y cultural, comienza a revelar crecientes dificultades para reproducirse al mismo tiempo que, dentro de ella, comienzan a germinar cada vez menos marginalmente, signos y prácticas que apuntan a otras formas de vida cualitativamente diferentes.

La idea de la transición es una idea intensamente política porque presupone la existencia alternativa entre dos horizontes posibles, uno distópico y otro utópico. Desde el punto de vista de la transición, no hacer nada, que es característico del negacionismo, implica de hecho una transición, pero una transición regresiva hacia un futuro irreparablemente distópico, un futuro en el que todos los males o disfunciones del presente se intensificarán y multiplicarán, un futuro sin futuro, ya que la vida humana se volverá inviable, como ya lo es para muchas personas en nuestro mundo.

Por el contrario, la transición apunta a un horizonte utópico. Y dado que la utopía por definición nunca se logra, la transición es potencialmente infinita, pero no menos urgente. Si no empezamos ahora, mañana puede ser demasiado tarde, como nos advierten los científicos del cambio climático y el calentamiento global, o los campesinos que están sufriendo los efectos dramáticos de los fenómenos meteorológicos extremos. La característica principal de las transiciones es que nunca se sabe con certeza cuándo comienzan y cuándo terminan. Es muy posible que nuestro tiempo sea evaluado en el futuro de una manera diferente a la que defendemos hoy. Incluso puede llegar a considerarse que la transición ya ha comenzado, pero sufre bloqueos constantes.

La otra característica de las transiciones es que no son muy visibles para quienes las viven. Esta relativa invisibilidad es el otro lado de la semiceguera con la que tenemos que vivir el tiempo de transición. Es un tiempo de prueba y error, de avances y contratiempos, de cambios persistentes y efímeros, de modas y obsolescencias, de salidas disfrazadas de llegadas y viceversa. La transición sólo se identifica completamente después de que haya ocurrido.

El negacionismo, el gatopardismo y el transicionismo se enfrentarán en un futuro próximo, y la confrontación probablemente será menos pacífica y democrática de lo que nos gustaría. Una cosa es cierta, el tiempo de las grandes transiciones ha sido inscripto en la piel de nuestro tiempo y es muy posible que contradiga el verso de Dante: el poeta escribió que «la flecha que se ve venir viene más lentamente» («che saetta previsa viene più lenta»). Estamos viendo la flecha de la catástrofe ecológica viniendo hacia nosotros. Viene tan rápido que a veces se siente como si ya estuviera clavada en nosotros. Si es posible eliminarla, no será sin dolor.

Fuente: http://www.elcorreo.eu.org/La-flecha-que-se-ve-venir-viene-mas-lentamente-ENTRE-NEGACIONISMO-GATOPARDISMO-Y-TRANSICIONISMO?lang=fr

Autor: Boaventura de Sousa Santos

Fuente de la Información: https://rebelion.org/entre-negacionismo-gatopardismo-y-transicionismo/

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