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Educación más que nunca

Por: Julio Rogero

Hoy podemos y debemos decir bien alto que, porque no tenemos miedo y creemos en lo que hacemos, queremos seguir construyendo una sociedad radicalmente diferente que haga imposibles este tipo de actos de odio, terror, fanatismo y destrucción de los demás, de los diferentes.

Ante los acontecimientos desatados por el ataque terrorista en Barcelona y Cambrils son muchos los sentimientos que se agolpan en nuestras conciencias: desde el rechazo más absoluto pasando por un dolor profundo de solidaridad y compasión con las víctimas directas e indirectas, entre las que nos encontramos. Uno se queda sin palabras para manifestar todo lo que sentimos y pensamos sobre ello. Nos faltan claves de análisis e interpretación de por qué suceden fenómenos como el terrorismo con toda su crueldad y sin sentido en sociedades como las nuestras.

Sabemos que es un fenómeno mundial cuyas víctimas mayoritarias, los expertos hablan de un 87%, se dan en los países donde el Islam es la religión mayoritaria. Nos dicen que las causas son el fanatismo religioso, la intolerancia, la conciencia de superioridad étnica, el racismo, la incomprensión del otro, la manipulación de las conciencias, la ignorancia, las guerras por el control de los recursos, las alarmantes desigualdades e injusticias sociales… Los objetivos de quienes lo promueven directamente son la máxima destrucción y daño indiscriminado, generar miedo, dolor y desánimo a toda la población, provocar el odio generalizado al otro para que el enfrentamiento y su aniquilación sean mayores…

La madurez de un pueblo, ante sucesos como los vividos en Cataluña en estos días, se muestra en la respuesta que se ha dado por parte de la ciudadanía mayoritariamente. La capacidad de mostrar la máxima solidaridad y compasión con las víctimas, el grito de que son hechos absolutamente reprobables con manifestaciones públicas de rechazo y sin miedo. La demostración de que no se está dispuestos a caer en el mismo fanatismo, racismo y desprecio por la vida de quienes la destruyen desde la irracionalidad más brutal… Todo eso dice mucho de Cataluña y de toda la solidaridad que ha recorrido las venas de todos los pueblos del Estado español.

Es verdad que son acontecimientos que muchos aprovechan para promover, aprovechando su impacto emocional, el odio generalizado al diferente, la demonización de todo un colectivo que profesa una religión, el desprecio al migrante y al extranjero, la construcción de alambradas-muros-fronteras-murallas de incomprensión-desconocimiento-invisibilización para alejarnos de los otros-enemigos que hay que silenciar-aniquilar…

Hoy podemos y debemos decir bien alto que, porque no tenemos miedo y creemos en lo que hacemos, queremos seguir construyendo una sociedad radicalmente diferente que haga imposibles este tipo de actos de odio, terror, fanatismo y destrucción de los demás, de los diferentes. Hemos de transformar estos hechos en afirmación incontestable de que queremos construir una humanidad inclusiva y pacífica, donde sean imposibles las guerras y la destrucción del otro, donde sea posible una convivencia pacífica basada en el respeto a los derechos humanos y a la dignidad de todas y cada una de las personas de las comunidades locales, nacionales y mundiales. Hemos de convertir nuestras sociedades en lugares donde todos los seres humanos tengan cabida, donde se construyan reciprocidades convivenciales basadas en la libertad, en la mayor equidad posible, fundamentadas en la construcción constante de la fraternidad como trasfondo ético y como derecho político… Sabemos que esto se hace posible desde una convivencia positiva diaria en las comunidades de proximidad con que nos encontramos como sociedadpara dar respuesta a las necesidades individuales, comunes, colectivas y públicas. Este es el gran desafío que tenemos hoy todos los que queremos vivir en paz con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza y con la vida.

La sorpresa y la inquietud se hacen mayores cuando ves quiénes son los autores materiales de esta barbarie. Son chicos jóvenes que no hace mucho estaban en las aulas de nuestros centros educativos.

Para los que la educación y la enseñanza tienen una significación central en la socialización de las personas surgen múltiples interrogantes sobre estos hechos a partir de la perplejidad que nos producen. Nuestras preguntas hoy van desde el papel de la educación a la influencia de los contextos sociales, desde el poder de las identidades construidas y manipuladas a la fanatización religiosa, desde la pérdida de capacidad crítica a la manipulación de las conciencias…

Estos acontecimientos nos cuestionan radicalmente sobre todas estas cuestiones y nos obligan a redoblar los esfuerzos en la vida cotidiana de los centros educativos por hacer realidad una educación, que aporte su grano de arena para hacer imposibles este tipo de hechos, basada en el reconocimiento y práctica real de los derechos humanos y de la infancia y del respeto a la dignidad de todas y cada una de las persona sin ningún tipo de distinción. Una educación inclusiva sin discriminaciones, garante del acceso al conocimiento científico y humanístico, a la formación de una conciencia ética y crítica, a las prácticas democráticas como ciudadanía que aprende a organizarse y vivir en común, a las experiencias positivas de convivencia donde el cuidado mutuo sea el contenido de la vida cotidiana en los centros educativos, donde se trabaja por el éxito de todas las personas en su querer vivir de una manera digna.

Hacer posible esta educación exige el compromiso de toda la comunidad educativa, especialmente del profesorado y del alumnado, para conocer a fondo y poder dar respuestas comprometidas a los problemas importantes de la humanidad hoy, en el ámbito local y global. Implicar a toda la sociedad en su dimensión educadora (ciudades, barrios y pueblos, colectivos, movimiento sociales y todo tipo de organizaciones sociales, culturales y políticas) es la respuesta que puede hacer imposibles hechos de este tipo. Quizás, solo así, podremos avanzar en los procesos paz y de humanización que necesitamos.

Fuente: http://eldiariodelaeducacion.com/blog/2017/08/29/educacion-mas-que-nunca/

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España: Colectivo de Estudiantes dice que la Educación pública sigue infrafinanciada

España/30 de Agosto de 2017/CLM 24

 El Colectivo Estudiantil de Ciudad Real (CECR) ha asegurado este martes que la Educación pública en Castilla-La Mancha sigue infrafinanciada y una muestra de ello es la «nefasta situación financiera» que tiene la Universidad de Castilla-La Mancha.

En un comunicado de prensa, los estudiantes ciudadrealeños han lamentado que el Gobierno regional «niegue» la situación por la que atraviesa la universidad actualmente.

Los estudiantes han apuntado que a día de hoy, los niveles de financiación de la Educación pública en Castilla-La Mancha se encuentran por debajo de los niveles de 2012, año en el que se aplicaron los mayores recortes presupuestarios y han cifrado esta cantidad en 1.406 millones de euros.

Por el contrario, han apuntado, la financiación a los conciertos y centros privados ha alcanzado en la región los niveles anteriores a la crisis en el año 2015 y ha denunciado que el Gobierno regional «ha decidido ampliar la red de conciertos autorizando la construcción y financiación del colegio concertado diocesano Karol Wojtyla», que abrirá sus puertas en septiembre de este año en Seseña (Toledo).

Los estudiantes, en su comunicado, han insistido en que el encarecimiento de los grados universitarios, cuyo precio no se ha reducido, junto con el endurecimiento de los requisitos para acceder a becas, hacen que cada vez más estudiantes castellano-manchegos abandonen sus estudios por no poder afrontarlos económicamente.

En su opinión, «es evidente que la educación pública en Castilla-La Mancha se encuentra en un estado crítico, y lo que es peor, se fomentan la educación privada-concertada».

 Fuente: http://www.clm24.es/articulo/ciudad-real/colectivo-estudiantes-dice-educacion-publica-sigue-infrafinanciada/20170829184855171510.html
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¿Cuánto cuesta la vuelta al cole?

Las familias españolas gastarán de media unos 1.212 euros por alumno durante el próximo curso, según la OCU.

Por: La opinión de Málaga.

Se va acercando el final de las vacaciones de verano, lo que supone para las familias comenzar a pensar en la matrícula, las cuotas, los uniformes o el material que exige el nuevo año escolar. Los gastos de la cuesta de septiembre varían en función del tipo de centro y de la etapa educativa en la que se encuentren los alumnos.

Cuando el mes de agosto va llegando a su fin y los anuncios publicitarios recuerdan que el nuevo curso se acerca, los padres y madres comienzan a hacerse la temida pregunta: ¿Cuánto nos va a costar la vuelta al cole este año?

La respuesta varía en función de si el centro es público, concertado o privado así como la etapa educativa a la que pertenezcan los alumnos, pero la media que la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) ha calculado se sitúa en los 1.212 euros por hija o hijo -entre los 3 y 17 años- escolarizado durante el, cada vez más cercano, nuevo curso escolar.

Las diferencias entre centros públicos y privados pueden llegar a los 3.000 euros y es que, el gasto medio por alumno que acude a la educación pública es de 841 euros al año, mientras que los pertenecientes a centros concertados abonarán unos 1.856 euros y los que optan por la educación privada gastarán alrededor de 4.086 euros durante el próximo curso, según la encuesta realizada por la OCU.

No solo el tipo de centro influye, también el ciclo educativo, aunque en menor medida, siendo los alumnos de educación primaria los que más gastarán: exactamente 1.368 euros de media.

A medida que avanza la etapa formativa el gasto se va reduciendo, exceptuando la educación infantil, donde la media es de 1.236 euros. Esta va seguida de la Educación Secundaria Obligatoria, con un desembolso de unos 1.161 euros y, por último, bachillerato, cuya cuota media será de 1.073 euros.

El desglose del precio del curso corresponde a varios gastos anuales y mensuales principales que van más alla de los libros de texto, que suelen convertirse en el gasto que más asusta cuando llega el inicio del año escolar.

Los progenitores pagarán por la matrícula del curso 2017/2018 alrededor de 170 euros, una cifra que aumenta en la etapa infantil y que se dispara en los centros privados llegando hasta los 609 euros. Los uniformes cuestan de media 151 euros, un gasto más relacionado con los alumnos de colegios concertados, un 68%, seguido por los privados, un 56%, y por los públicos, 13%.

Por su parte, los alumnos de Bachillerato tendrán un gasto mayor que el resto, tanto en material escolar como en libros de texto, destinando a los primeros 100 euros de media y a los segundos, 300 euros. El resto de ciclos dedicarán a los libros una media de 201 euros y a los materiales 83 euros. En este sentido, a pesar de ser los estudiantes de bachillerato los que más dinero destinan a estos gastos, no se alzan como aquellos a los que más les cuesta el curso escolar.

En cuanto a los gastos mensuales a los que se enfrentan los padres y madres están las actividades extraescolares. Estas son más comunes entre los alumnos de primaria, y el gasto se cifra en 60 euros al mes. El transporte, con un precio superior, tiene un coste de 96 euros mensuales. Otra cuota muy importante para los padres es el comedor, un servicio que cuesta de media 41 euros y, que en los centros públicos, baja a 36 euros. En los centros concertados y privados, a estos se une la cuota escolar, que va oscila entre 126 euros en los primeros y 392 en los últimos. Los públicos, aunque no tienen que afrontar esta, tienen una cuota destinada a las asociaciones de padres, cuya media es de 30 euros anuales.

Planificación, compras paulatinas y comparaciones. Estos son los consejos para que, tras las vacaciones, la familias puedan soportar la cuesta de septiembre.

Fuente: http://www.laopiniondemalaga.es/malaga/2017/08/23/cuesta-vuelta-cole/951301.html

Imagen:  http://fotos01.laopiniondemalaga.es/2017/08/22/328×206/carlos20090903180518.jpg

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Entrevista: Escuelas inclusivas: la necesidad de derrumbar los prejuicios

 

Entrevista a Emilio Ruiz, especialista en psicología educativa, que brindó este fin de semana una conferencia formativa a padres, familiares y docentes que trabajan con personas con Síndrome de Down, en el marco de las Jornadas 2017 de la fundación Down Is UP: «El camino hacia una vida plena».

Emilio Ruiz es Diplomado en Profesorado de educación General Básica y licenciado en Psicología Clínica y Psicología educativa, lo que le permitió tener una experiencia directa en la enseñanza ordinaria de su ciudad natal Cantabria, al norte de España. Luego realizó una especialización de Postgrado en Educación especial y finalmente obtuvo la Licenciatura en Enamorado de la enseñanza. Como tal, Ruiz lleva 25 años observando de cerca la relación entre la educación y la psicología en los colegios de enseñanza pública, y ha llegado a ser director del Equipo Psicopedagógico en Reinosa. Actualmente es coordinador del Equipo de Interculturalidad en Torrelavega, y junto a la Fundación Síndrome de Down de Cantabria, dirige proyectos de investigación educativa y psicológica. Ha escrito numerosos artículos relacionados con el síndrome de Down, en los que destacan tanto su documentación obtenida del estudio como su valor práctico derivado de su conocimiento y trato directo.

“Trabajamos en la inclusión para que todos los niños con síndrome de Down asistan a las escuelas como cualquier otro niño”, responde al ser consultado sobre su tarea.

Como profesional tiene una doble perspectiva de orientador en contacto con los centros escolares, y de psicólogo viviendo la realidad actual del síndrome de Down en Cantabria. Respecto al síndrome de Down, Ruiz define que la realidad de la integración en España se encuentra en una fase de cierta “comodidad”, algo que no valora como demasiado positivo. “Tras el revuelo que provocaron en los colegios las experiencias de integración de los alumnos con necesidades educativas especiales en los años 90, ahora todos asisten con cierta naturalidad. Los niños pueden asistir a cualquier escuela que quieren ir”, remarcó Ruiz.

No obstante, aclara que “el profesorado sigue teniendo sus dudas, sigue teniendo ese temor a lo desconocido. Pero de a poco comienzan a acostumbrarse a que los chicos con Síndrome de Down tienen su lugar en la escuela, con sus capacidades y características particulares como cualquier otro niño”.

“Una maestra o maestro puede que nunca haya tenido un niño con Síndrome de Down en su vida, así que cuando le llega el primero es como si hubiera nacido de nuevo. Al principio tienen temor porque no saben qué hacer”, agregó. Para superar esos miedos, el especialista recomienda a los docentes a cambiar de actitud hacia el niño. “Lo que más importa aquí es la actitud del maestro. Si el maestro tiene ganas de que ese chico participe de la escuela y sea uno más, de que juegue y comparta los recreos con los demás, de que aprenda con los demás, este chico se sentirá que es igual a todos. La confianza del profesor hacia las posibilidades de ese niño es lo que hace que a ese niño le vaya bien en la escuela”, subrayó.

Para lograr esto, es necesario aprender de los niños, dice Ruiz. “Los demás chicos lo toman con una total naturalidad. Los adultos estamos llenos de prejuicios, prejuicios que se nos fueron formando durante nuestra vida. Se nos ha instalado al Síndrome de Down relacionado con el sufrimiento. Ese prejuicio los niños no lo tienen. Cuando llega un niño con Síndrome de Down a la escuela, los demás chicos lo toman con total naturalidad, es uno más”, sostuvo.

En este mismo marco, Ruiz recomienda a los padres a que confíen en sus hijos y sus posibilidades. “A los padres les digo que crean en sus hijos, que sepan que pueden lograrlo. Esa confianza es la que hará que el niño crea en sí mismo y vaya a la escuela con naturalidad. A partir de ahí, sólo es cuestión de enfrentar el día a día”, dijo y remató: “la inclusión empieza desde que los padres sacan al chico a la calle por primera vez. Es importante como se lo presenta a sus conocidos. Son los padres los que tienen que incluir a sus hijos y ser ejemplos para la sociedad”.

Por otro lado, también los exhortó a unirse y a exigir a las autoridades competentes más y mejores leyes de inclusión. “Padres únanse y creen entidades para luchar por la inclusión. Padres unidos siempre llegan mucho más lejos”, sentenció.

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España: Los centros de Educación Infantil retomarán el diálogo con la Junta con «pocas esperanzas» de conseguir cambios

España/ 29 de agosto de 2017/Por AMANDA SALAZAR/ Fuente: http://www.diariosur.es

El Gobierno autonómico anuncia una convocatoria extraordinaria para solicitar las ayudas para las escuelas infantiles de 0 a 3 años, que podrán presentarse del 1 al 15 de septiembre.

La Asociación de Escuelas Infantiles Unidas (AEIOU) tiene prevista una reunión para el mes de septiembre con el nuevo director general de Centros y Planificación de la consejería de Educación de la Junta de Andalucía; José María Ayerbe, quien se ha mostrado abierto al diálogo tras la aprobación de un decreto regulador que los profesionales consideran insuficiente.

Desde AEIOU consideran positiva esta actitud de apertura tras la entrada de la nueva consejera de Educación Sonia Gaya, y esperan avances aunque, según la vicepresidenta de AEIOU acuden “con pocas esperanzas” de lograr para este curso académico cambios en las tablas de bonificaciones para las familias, que en el curso anterior puso en pie de guerra al sector por suponer un “significativo recorte que pone en serio peligro la conciliación de cientos de miles de familias andaluzas en cuyo hogar trabajan los dos progenitores”.

La Junta ha anunciado una convocatoria extraordinaria para solicitar las ayudas para las escuelas infantiles de 0 a 3 años, que podrán presentarse del 1 al 15 de septiembre. Pero desde la asociación indican que no presenta cambios en cuanto a los tramos de subvenciones con respecto a la convocatoria anterior.

Fuente de la Noticia:

http://www.diariosur.es/malaga/centros-educacion-infantil-20170826171241-nt.html

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España, el quinto país de la UE que menos invierte en educación

España/ 29 de agosto de 2017/ Fuente: http://www.telesurtv.net

Los únicos países del bloque comunitario que destinaron menos de su PIB a educación que España, fueron Rumanía, Irlanda, Bulgaria e Italia.
 Las administraciones públicas españolas destinaron en 2015 un total de 43.780 millones de euros a educación, lo que equivale a un 4,1 por ciento del Producto Interno Bruto (PBI) de este año, el porcentaje más bajo de toda la Unión Europea (UE), de acuerdo a datos publicados este lunes por Eurostat.

En 2015, los Estados miembros dedicaron más de 716.000 millones de euros al gasto público en educación. Esta cifra equivale a casi el 5 por ciento (4,9 por ciento) del PIB de la UE. «Educación» es el cuarto mayor gasto público, después de «protección social» (19,2 por ciento), «salud» (7,2 por ciento) y «servicios públicos en general», como las relaciones exteriores y la deuda pública (6,2 por ciento).

Los únicos países del bloque comunitario que destinaron menos parte de su PIB en educación que España fueron Rumanía (3,1 por ciento), Irlanda (3,7 por ciento), Bulgaria e Italia (ambos un 4 por ciento). Levemente por encima de España se situaron Alemania y Eslovaquia (4,2 por ciento) y Grecia (4,3 por ciento).

En cuanto al gasto en educación por habitante, encabezan la clasificación Luxemburgo (4.685 euros), Dinamarca (3.368 euros ) y Suecia (2.977 euros). Sin embargo, Rumanía (248 euros), Bulgaria (250 euros) y Croacia (494 euros) registraron los menores niveles de gasto en educación por habitante. La media de la UE fue de 1.405 euros por habitante.

Fuente de la Noticia:

http://www.telesurtv.net/news/Espana-el-quinto-pais-de-la-UE-que-menos-invierte-en-educacion-20170828-0040.html

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Desplazar el centro: por un “nosotros” más amplio

Por: Guadalupe Jover

Un desgarro añadido ha sacudido a los docentes tras los atentados de Barcelona y Cambrils. Al horror por la violencia desatada, al dolor por las víctimas de la barbarie, se suma el estupor por la juventud de los terroristas, hasta hace bien poco unos más entre nuestros estudiantes.

Noura, Bilal, Moha. Aún recuerdo con nitidez los nombres y los rostros de mis primeros alumnos marroquíes, como recuerdo los nombres y los rostros de mis primeros alumnos procedentes de China, de Polonia, de Rumanía, de Ecuador. Tras más de una década compartiendo el día a día con chicas y chicos de apellidos procedentes de muy diferentes geografías, mi mirada ha naturalizado esta diversidad hasta el punto de apenas reparar en ella. Cuando alguien me pregunta si hay muchos inmigrantes en mi centro, en mis clases, tengo que pararme y recapacitar. Para mí da ya lo mismo Salma que Natalia, Khalid que Dani, Hristian que Hugo. Mis chicos y chicas nacieron ya aquí, dominan el castellano, y sus escisiones biográficas y culturales -algunas, bien lo sé, muy dolorosas- no están siempre a la vista. Sonrío al reparar en el contraste de indumentaria entre quienes comparten pupitre – Rachida con la cabeza cubierta, Jessica con su ceñida camiseta de tirantes-, y celebro que entre “los primeros de la clase” estén Moha y Khaoula como lo están también Carlos y Alejandra. Ahora que tanto se habla de preparar a los estudiantes para las inciertas profesiones del futuro se olvida la urgencia de prepararlos para la vida del presente: una vida -la de nuestras ciudades, nuestro mundo- decididamente multicultural y mestiza. Este aprendizaje esencial -el de la convivencia con quienes tienen diferentes costumbres, lenguas y creencias, pero a los que miramos en plano de igualdad y en cuyos zapatos somos capaces de ponernos desde la naturalidad que surge del roce y el afecto – es algo que no puede brindarse en el ámbito familiar ni puede comprar tampoco el dinero. Solo la escuela puede ofrecerlo (o escamotearlo, conviene no olvidarlo).

Pero las desigualdades socioeconómicas pesan, y el entorno de quienes tuvieron que dejar su tierra para poder vivir seguros multiplica las dificultades cotidianas también en lo escolar y en lo académico. Es sangrante constatar que la heterogeneidad de los grupos disminuye en la mayor parte de los institutos a medida que pasamos de 1º a 2º ESO y de 2º a 3º o a 4º. Muchos -ellos, sobre todo- se quedaron por el camino. El alumnado “difícil” acaba por tener un perfil recurrente, y por más que maestras y maestros nos multiplicamos hasta la extenuación reclamando los recursos que podrían salvar a estos chiquillos – también a estas chiquillas, aunque de sus riesgos no nos alerta una trayectoria de disrupción o fracaso escolar- todo es en vano. Alguien no está haciendo sus deberes, y no es justo achacárselo en exclusiva -sin eximir de la parte de responsabilidad que les corresponda- a estos adolescentes y a sus desbordadas familias. El curso pasado salí más de una vez de mis clases de 1º de ESO apretando las mandíbulas por la rabia y la impotencia ante lo solos que los estábamos dejando, que nos estaban dejando.

Los recientes atentados de Barcelona y Cambrils me han provocado una conmoción de la que no logro salir. Inevitable el estupor, el dolor, el temblor al intuir que cualquiera de los míos, de mis hijos incluso, hubiera podido estar ahí. Miro los rostros de quienes vieron segadas sus vidas e imagino qué pudieron pensar, sentir, sufrir. Un niño. Un joven. Una mujer. Ellos -los muertos- somos también nosotros. La violencia ciega nos deja aturdidos, desarbolados, enmudecidos.

Pero si pasan los días y el estupor y el dolor y el temblor no disminuyen es porque por primera vez he sentido que con ellos, con los terroristas, se ha muerto también una parte de nosotros. De la misma manera que ante los menores soldado no veo soldados sino niños, ante las fotos de los terroristas, las difundidas en primera instancia por los Mossos, no veo yihadistas ni marroquíes ni musulmanes. Solo soy capaz de ver adolescentes. Adolescentes de los que éramos también corresponsables y a los que no fuimos capaces de proteger. Y no hablo solo de la responsabilidad de la escuela, sino de la de todos aquellos que, por acción u omisión, hicieron posible la captación de estos jóvenes por quienes no vieron en ellos sino instrumentos eficaces para sembrar el terror.

Al día siguiente del atentado en la sala Bataclan de París (noviembre de 2015), mis estudiantes de 4º de ESO me esperaban en clase necesitados de hablar sobre lo ocurrido: las muertes, las reacciones, los comentarios. Y si algo se quedó grabado en memoria fueron las palabras heridas de Amal, de Mounir, de Hatim al relatar cómo se sentían tácitamente acusados al caminar por la calle, al entrar en el supermercado o al jugar en la plaza. “¿Por qué nos miran así?” “Que yo lleve un pañuelo en la cabeza no quiere decir que apruebe esa salvajada”. El único territorio en que se sentían a salvo -menos mal- era el instituto.

Meses más tarde me pasó algo en 1º ESO que tampoco he olvidado. Estábamos trabajando con relatos fundacionales de diferentes culturas (de la tradición oral africana al Mahabhárata, de los mitos grecolatinos y la Biblia a Las mil y una noches y el Popol Vuh). Había propuesto yo el fragmento bíblico en que Yaveh exige de Abraham el sacrificio de su hijo como prueba de obediencia y lealtad y habíamos realizado diferentes actividades en torno al texto. En un momento dado, Houda me advirtió de que ese episodio también aparecía en el Corán aunque con diferencias significativas. Yo lo ignoraba. Ello nos llevó a hablar de las semejanzas entre la Biblia y el Corán, entre el Cristianismo y el Islam, y me confesé avergonzada de mi absoluto desconocimiento de la religión y la tradición cultural de un porcentaje significativo de mi alumnado.

Creo que el desconocimiento de gran parte de la sociedad española acerca de la religión islámica -sus orígenes, sus principios, sus diferentes corrientes- está en el origen de tantos estereotipos, prejuicios y rechazos. La desaparición de la religión confesional de la escuela -la desaparición de cualquier filtro que agrupe al alumnado en función de sus creencias religiosas- y la incorporación al currículo escolar de la historia y cultura de las religiones es ya una urgencia inaplazable. Pero no solo. Nuestro desafío es la construcción, también desde la escuela, de un “nosotros” mucho más amplio del que reflejan los programas escolares. Un nosotros en el que quepamos todos los que estamos, empezando por las mujeres. Habremos de aprender, como reclama Ngûgî wa Thiong´ó, a “desplazar el centro”. Desplazar el centro del lugar que se ha asumido como tal, Occidente, a una multiplicidad de esferas en todas las culturas del mundo. Y desplazar el centro también “de las minorías de clase establecidas en el interior de cada nación a los centros verdaderamente creativos entre las clases trabajadoras, en condiciones de igualdad racial, religiosa y de género”. De no hacerlo así estaremos empujando a la cuneta a quienes inevitablemente se sienten permanentemente fuera de lugar.

En unos días empezará un nuevo curso, y no podremos entrar en las aulas como si nada hubiera pasado. Habremos, antes de nada, de escuchar lo que alumnas y alumnos tengan que contarnos. Y eso habrá de constituir el cimiento de los itinerarios de aprendizaje que entre todos vayamos construyendo. Nuestros currículos están obsoletos porque en poco contribuyen a iluminar el presente y a forjar un futuro más dignamente habitable. Empecemos modestamente desde abajo y vayamos compartiendo materiales y propuestas. Pero habremos de hacerlo con tacto e inteligencia, no vaya a ser que llevados de nuestra buen voluntad contribuyamos a estigmatizar aún más a un colectivo ya suficientemente señalado desde dentro y desde fuera.

Y si nuestra labor de educadores no se acaba con la jornada escolar, nuestro compromiso cívico no puede tampoco aparcarse a la puerta la escuela: habremos de reclamar políticas educativas y sociales que combatan la exclusión y contribuyan a la equidad y la justicia, y políticas a secas que vayan a los responsables últimos de tamaña barbarie.

*Nombres y situaciones son reales, aunque unos y otras se crucen a veces para preservar la privacidad del alumnado.

Fuente:  http://eldiariodelaeducacion.com/blog/2017/08/28/desplazar-el-centro-por-un-nosotros-mas-amplio/

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