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Más de 700 profesores de inglés participarán del Congreso de la FAAPI que se realizará en San Juan

www.diariolaprovinciasj.com/16-05-2016/

El Congreso se realizará del 15 al 17 de septiembre e incluirá la participación de disertantes de España, Reino Unido, Australia, Estados Unidos, Colombia y Argentina.

Del 15 al 17 de septiembre, San Juan será sede del XLI Congreso Anual de la Federación Argentina de Asociaciones de Profesores de Inglés (FAAPI). Organizado por la Asociación San Juan de Profesores de Inglés (ASJPI) el lema en esta edición es «ELT as a Multidisciplinary Endeavour: Growing through Collaboration” (La enseñanza de inglés como propuesta multidisciplinaria: el crecimiento a partir de la colaboración).

Para esta ocasión, se espera la presencia de 700 a mil personas entre los que habrán participantes llegados de diferentes partes no solo de la Argentina sino del mundo. De acuerdo a lo adelantado desde la organización, los disertantes pertenecen a España, Reino Unido, Australia, Estados Unidos, Colombia y Argentina. La FAAPI 2016 incluye como temas centrales la cooperación entre distintas líneas teóricas, los desafíos del aula actual, el uso de las nuevas tecnologías, la interculturalidad y la diversidad, entre otros.

Las sedes donde se desarrollará el Congreso serán el Centro Cultural Amadeo Conte Grand, Centro de Convenciones Barrena Guzmán, Auditorio Eloy Camus, Auditorio del Museo de Bellas Artes Franklin Rawson y el Teatro Sarmiento.

En esta edición 2016 del Congreso Anual de FAAPI se conjugan tres ocasiones especiales:
– Se conmemoran 400 años desde el fallecimiento de William Shakespeare, padre de la literatura angloparlante, y de Miguel de Cervantes, padre de la literatura hispanoparlante.

  • Se conmemoran 200 años de la independencia de nuestro país, lo cual adquiere relevancia para nuestro evento, ya que las lenguas nos definen también como país, y el conocimiento de otras lenguas nos permite la interacción socioeconómica y cultural con otros países del mundo.

  • Se cumplen 25 de años de la primera vez en que el Congreso Anual de FAAPI fuera realizado en San Juan (1991).

Estos tres hitos atravesarán la conferencia, ya que la temática y las actividades sociales previstas se hacen eco de estos momentos especiales en la historia de nuestra profesión.

Nuestra Asociación (ASJPI) ya ha realizado las gestiones para solicitar que el evento sea declarado de Interés Cultural, ante la Secretaría de Cultura del Ministerio de Turismo y Cultura (Expediente N° 1203 0376 P- 15), y ha iniciado los trámites para solicitar el aval del Ministerio de Educación de la Nación y de la Provincia. Asimismo, ya hemos obtenido el aval de la Universidad Nacional de San Juan (UNSJ), de la Facultad de Filosofía, Humanidades y Arte de la UNSJ, y de la Universidad Católica de Cuyo. Asimismo, ya se ha obtenido el aval de la Legislatura de la Provincia de San Juan.

En la realización del evento, se utilizarán distintas sedes de nuestra ciudad, cuyo uso ha sido solicitado a las autoridades correspondientes (Centro de Convenciones Barrena Guzmán; Centro Cultural Conte Grand; Teatro Sarmiento; Museo de Bellas Artes Franklin Rawson; Auditorio Eloy Camus del Centro Cívico; Facultad de Ingeniería de la UNSJ.

La Comisión Organizadora y Directiva de ASJPI está orgullosa de actuar como anfitriona de este encuentro. Desde ya contamos con la solidaridad de toda la población de San Juan para asegurar que este evento académico se transforme en una experiencia que los visitantes quieran repetir y que permita proyectar a San Juan tanto a nivel nacional como internacional.

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El trabajo en la hora del cambio climático

El cambio climático debe acabar. ¿Pero quién se encargará de detenerlo? O dicho de otra manera, ¿quién podría ser el sujeto político de una revolución climática anticapitalista?

Estoy convencida de que este actor social debería ser, y debe efectivamente ser, la clase obrera a escala mundial. Pero para desempeñar este rol, la clase obrera debe desarrollar una conciencia de clase ecologista y emancipadora.

Por suerte, la historia está llena de ejemplos de este tipo de síntesis rojo-verde: el ambientalismo obrero es tan viejo como el propio movimiento sindical.

Durante una gran parte de su existencia, el ambientalismo obrero se concentró en el lugar de trabajo y en las condiciones de vida de las comunidades obreras, ligando las cuestiones de seguridad y de salud en el trabajo con la protección de la salud medioambiental o la salud pública.

Durante los años 1990, el ambientalismo obrero comenzó a incorporar los conceptos de “desarrollo sostenible” y de “economía verde”. Más recientemente, cuando se ha intensificado el cambio climático, la “transición justa” (TJ) se ha convertido en el concepto de moda. La TJ se basa en la idea de que los trabajadores no deberían soportar el peso de la transición hacia una economía poco carbonada, teniendo en cuenta las pérdidas de empleo y la desestabilización de las comunidades locales.

A tal efecto, los sindicatos de “cuello azul” –en particular los de la industria pesada, transportes y energía– han forjado alianzas “verdes-azules” con grupos ecologistas de todo el mundo. Estas convergencias demuestran un consenso creciente sobre la necesidad de atacar al cambio climático, subrayando que los medios para realizarlo se basan en la implicación sindical y en el carácter duradero de las elecciones adoptadas.

Sin embargo, existen importantes divisiones en el interior de este consenso, en particular cuando se trata del contenido de la TJ. Algunos grupos incitan simplemente a la creación de empleo en una economía más verde. Negándose a someterse a las soluciones del mercado, otros grupos adoptan una crítica radical del capitalismo.

La evolución de esta división determinará si el movimiento obrero reforzará tácicamente al capital –o por el contrario, se enfrentará al capital y al cambio climático.

La mesa de negociaciones

La corriente predominante de la TJ, la que se contenta con apoyar una economía más verde en un marco capitalista, está fielmente representada por la Confederación Sindical Internacional (CSI).

Formada en 2006 por fusión de dos confederaciones sindicales transnacionales, la CSI lanzó el primer programa sindical internacional sobre políticas de cambio climático el mismo año de su fundación. Poco después, surgieron sectores sindicales que elaboraron posiciones oficiales sobre el recalentamiento planetario –posiciones que han precisado más el concepto de transición justa.

Para grupos como la CSI, la TJ significa invertir en sectores y en tecnologías con emisiones débiles en carbono y basados en el empleo creciente de mano de obra, lo que debería combinarse con programas de formación y ayudas financieras para los trabajadores empujados al paro en los sectores contaminantes.

La transición es concebida como un descontextualizado pacto entre ganadores –con la idea de que podría surgir un capitalismo más sostenible por medio “del diálogo y la consulta democrática” con “los socios sociales y las partes interesadas”, apoyado en “análisis locales y planes de diversificación de la economía para ayudar a los gobiernos locales a gestionar la transición hacia una economía débilmente carbonada que permitiría un crecimiento verde”.

Esas partes interesadas tendrían un papel a jugar más allá de las simples consultas: los gobiernos adoptarían medidas de estímulo de la economía; las empresas aplicarían políticas socialmente responsables; los universitarios y los líderes políticos defenderían la “modernización ecológica” de la legislación; las organizaciones internacionales emitirían directivas, informes y recomendaciones.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha sido la más activa a la hora de promover este enfoque transicional, proponiendo modelos basados en un consenso e invitando a las empresas, los Estados y las organizaciones sindicales a la mesa de negociaciones. La responsabilidad sindical consistiría en proponer que se reduzcan los objetivos de emisión de gases de efecto invernadero y los niveles de producción, manteniendo vigilancia sobre sus efectos en el empleo.

A la OIT y la CSI les gusta insistir también en los beneficios económicos de la TJ. Citando al famoso Rapport Stern –publicado en 2006 bajo la autoridad del gobierno británico, afirmaba que los costes económicos de la lucha contra el cambio climático serán netamente menores que el coste de la inacción– la CSI declara que atenuar el recalentamiento facilitaría incluso el desarrollo del empleo. Este enfoque se basa en la idea de que la intervención gubernamental puede estabilizar los costes y redistribuir los beneficios entre los grupos sociales.

Por ejemplo, las infraestructuras para la atenuación y la adaptación no se consideran destructoras de empleo, sino al contrario podrían permitir crearlo, a condición de estar cuidadosamente planificadas. La CSI considera incluso que las inversiones para la protección de territorios y poblaciones contra los efectos de futuros acontecimientos climáticos son una potencial fuente de crecimiento económico.

Sin embargo, esta visión armoniosa de los beneficios compartidos pasa por alto los impactos previsibles de la construcción de grandes instalaciones sobre las comunidades locales y los ecosistemas. En efecto, los programas de la OIT y de la CSI no dejan de promover la consulta, el diálogo social, el buen gobierno, o de animar los métodos de comunicación a propósito de temas que suscitan inevitables tensiones y fracturas.

En primer lugar, los programas de la OIT y de la CSI no tienen en cuenta las barreras erigidas por los acuerdos comerciales internacionales, que fuerzan a los gobiernos a recortar las políticas sociales, ignoran (o destruyen) las economías locales, y adoptan un modelo de competitividad basado en una reducción constante de los costes del trabajo y en el debilitamiento de las organizaciones sindicales.

No es sorprendente por tanto –como reconocen responsables de la CSI– que el “círculo virtuoso” entre la acción climática y las políticas de trabajo promovidas por la OIT, la CSI y las otras agencias de la ONU, haya fracasado sin obtener el menor avance en las negociaciones climáticas.

El potencial de creación de empleo por medio de la atenuación del cambio climático (esto es, la sustitución de las energías fósiles por energías renovables) tampoco está garantizado. En la medida en que la inversión en estos proyectos será variable, contribuirá a reforzar el desarrollo desigual y las desigualdades –que no suelen ser considerados en estos programas.

En lugar de eso, estas dos organizaciones prevén una cosecha extraordinaria de nuevos empleos: seis millones en la energía solar, dos millones en la eólica, doce millones en los biocarburantes agrícolas o industriales, en el horizonte 2030. Estos pronósticos eluden el hecho de que los proyectos de desarrollo de energías limpias de gran dimensión y que requieren mucho capital, como los biocarburantes o la energía hidráulica, ya han demostrado su carácter ambivalente –y a veces claramente perjudicial– en materia de impacto social.

La etiquetacion “verde” también es sospechosa. Entonando esta canción, muchas fuentes tradicionales de producción –como la agricultura de mercado– simplemente se han recalificado como “sostenibles”, para adecuarse al gran relato de la economía verde. En Brasil, por ejemplo, la producción de biocarburantes –procedentes sobre todo de la caña de azúcar– supone más del 50% de los empleos verdes del país.

O lo que es peor, las condiciones de trabajo en las plantaciones de caña son muy inferiores a las normas internacionales, puesto que hay frecuentes violaciones de derechos humanos, del derecho al trabajo y de los derechos de los indígenas. La mecanización programada en este sector llevará a suprimir el empleo de miles de trabajadores, sin reconversiones ni compensaciones. El monocultivo de la caña de azúcar y sus modalidades de explotación amenazan el medio ambiente y la salud pública, atizando al mismo tiempo los conflictos con las comunidades a causa de la destrucción de la producción alimentaria local.

Pero la industria brasileña de biocarburantes recibe el apoyo del gobierno, de los sindicatos y de la OIT, gracias a su estatuto de industria que produce una energía verde.

En materia de evaluación de políticas y de elaboración de soluciones, una gran parte del problema reside en el hecho de que la CSI y la OIT dan prioridad a las soluciones de mercado y a las corrientes científicas dominantes en materia de economía ecológica, en detrimento de los estudios y las conclusiones más radicales y más políticas. Los conocimientos producidos por los movimientos de base por la justicia medioambiental y por las corrientes ecosocialistas son ignoradas en los discursos oficiales de la TJ.

En consecuencia, ninguna de las declaraciones de la OIT y de la CSI aborda el vínculo entre las crisis ecológica y económica de un lado, y el sistema político-económico a escala internacional de otro. En lugar de eso, cuando se cita la cuestión, la economía es considerada capaz de autorreformarse. ¿Cómo? Coordinando los diferentes modelos nacionales, debiendo ajustar cada uno de ellos a la fase de desarrollo propio de cada país.

Además, al mostrar una fe incondicional en el “crecimiento verde”, la CSI parece ignorar que dicho crecimiento ya existe –no a pesar de la crisis económica, sino precisamente a causa de ella. El capital acoge el “crecimiento verde” como un nuevo vector de acumulación que revitalizará la iniciativa privada, de igual manera que la Segunda Guerra mundial y la reconstrucción de postguerra sacaron al capital de la Gran Depresión de los años 1930.

Por supuesto, su preocupación no está en saber si el (pretendido) reverdecimiento de la economía capitalista generará condiciones decentes de trabajo y un empleo estable. Al contrario, los empleadores obtendrán provecho de esta reestructuración para eliminar los derechos actuales de los trabajadores, como lo demuestra el caso de la industria brasileña de los biocarburantes.

¿Reapropiarse la economía verde?

La hegemonía creciente de los discursos sobre la transición justa no es totalmente lamentable. Abre nuevas posibilidades para políticas climáticas orientadas hacia los asalariados –algunas de ellas verdaderamente radicales.

El ejemplo más interesante es la campaña (“Un millón de empleos climáticos” (One Million Climate Jobs -OMCJ-). Inicialmente impulsada por una coalición británica de sindicatos que tenían un programa a favor del crecimiento verde, esta campaña fue también realizada en 2011 por una coalición sudafricana que agrupaba a organizaciones sindicales, ecologistas y movimientos sociales.

En su inicio, la campaña se basaba en un enfoque keynesiano de inversiones cuya finalidad era crear “empleos climáticos” –distintos de los clásicos “empleos verdes”, en la medida en que pretendían una reducción drástica de las emisiones de dióxido de carbono, metano y otros gases de efecto invernadero.

En el Reino Unido, estos “empleos climáticos” se orientaron lógicamente hacia los sectores de la electricidad, la construcción y los transportes, que generan ocho toneladas de emisión de CO2 al año. Pero esta especialización limitó el potencial de la iniciativa. Al restringir su interés a los empleos clásicos de cuellos azules, la campaña olvidó a otros sectores, como las industrias de alimentación o los servicios, así como el trabajo de regeneración, de reproducción y de subsistencia. Al proceder así, ignoró a un sector esencial para el bienestar social y económico en cualquier sistema económico, y que constituye también un punto de partida crucial para cualquier nueva concepción de la economía.

Sin embargo, cuando se adaptó la iniciativa en Sudáfrica, se convirtió en una iniciativa mucho más radical, mostrando el potencial de esta campaña para movilizar a los enfoques más críticos y más favorables a una transformación social. En Sudáfrica, los efectos combinados de dos crisis globales –la extensión de las desigualdades socioeconómicas y el cambio climático– han creado enormes tensiones entre los compromisos oficiales en reducir la marca de carbono de la economía y las consistentes en reducir la pobreza (incluyendo la lucha contra la precariedad energética).

Como afirma la socióloga Jacqueline Cock, esta tensión ha incitado al movimiento sindical a incluir la transición justa entre las “reivindicaciones para conseguir transformaciones profundas que implican formas radicalmente diferentes de producción y de consumo”. Según Cock, este cambio requiere: “un enfoque integrado del cambio climático, del desempleo, de las desigualdades, así como el rechazo de los mecanismos de mercado para responder a estos problemas. A diferencia de otras interpretaciones de la economía verde, este modelo reconoce la importancia de la relación entre los retos de justicia social y del cambio climático, insistiendo a la vez en la necesidad de una transformación radical y estructural”.

Esta concepción anticapitalista de la TJ se preocupa por el hecho de que una economía descarbonada corre el riesgo de reproducir las actuales relaciones de poder y las desigualdades, si se sitúa en la lógica de las ideas conservadoras de crecimiento sostenible y de financiarización.

Los sindicalistas sudafricanos desarrollaron su posición crítica después de haber firmado un acuerdo sobre la economía verde en 2011, en el cual se utilizaba la idea de “diálogo social” para unir a gobierno, empresas y movimiento sindical en torno a un plan de creación de millares de enpleos en un nuevo sector de industria verde.

Ahora bien, los defectos y los límites de este acuerdo -incrementados por propuestas que no se apoyaban en ningún estudio en profundidad, y que iban acompañadas de salarios bajos, normas laborales mínimas y pérdidas de empleo– acabaron por demostrar cómo los “empleos verdes (…) están orientados hacia los intereses del mercado en detrimento de otras necesidades sociales”.

El Congreso de los sindicatos sudafricanos (COSATU) adoptó un “Programa Estratégico sobre el Cambio Climático” que, entre otros elementos, reconoce al capitalismo como la causa subyacente del recalentamiento planetario y rechaza las soluciones de reducción de emisiones de carbono basadas en los mecanismos de mercado.

Inmediatamente después, el Sindicato Nacional de Metalúrgicos de Sudáfrica (NUMSA) evitó las nociones de empleos verdes y de un capitalismo más sostenible, pronunciándose a favor de una visión alternativa de la transición justa “basada en el control de los trabajadores y en la propiedad social y democrática de los medios de producción y de subsistencia”. El Sindicato de Trabajadores de la Alimentación y vinculados expresó también su apoyo a “una interpretación de clase de la transición justa hacia una economía verde” y por “alternativas radicales a la agricultura industrial, en particular la agro-ecología”.

Ese mismo año, la COSATU y el Consejo Nacional de Sindicatos (NACTU) se aliaron con ONGs y diferentes movimientos sociales para lanzar la campaña sudafricana OMCJ.

Con el objetivo de “excluir los intentos del capital de utilizar la crisis climática como una oportunidad de acumulación”, explica Cock, la campaña estaba muy influida por las organizaciones de la justicia medioambiental y climática, y consistía en “numerosos proyectos provisionales con el fin de demostrar la viabilidad de sus propuestas políticas”.

En la visión sudafricana, el giro hacia las energías renovables formaba parte de una transición más amplia hacia una producción energética territorializada y bajo propiedad pública. Colocada bajo un estricto control comunitario, estas disposiciones permitirían asegurar un acceso a la energía para todos. Se contemplaban iniciativas similares para la producción y distribución alimentaria, privilegiando la agro-ecología sobre la agricultura industrial para al mundo de la inseguridad alimentaria.

La divergencia probablemente más significativa con las estrategias clásicas de la transición justa es que la campaña sudafricana OMCJ presenta a los “proveedores de atenciones comunitarias” (community caregivers) como el sector más pertinente de empleo, previendo crear hasta 1,3 millones de empleos en los sectores de economía doméstica y salud, rehabilitación de tierras y la agricultura urbana.

Sin embargo, la campaña sudafricana OMCJ también ha tenido carencias. Los estrechos lazos de la COSATU con el partido neoliberal de la ANC, que ya estuvieron en el origen de una profunda crisis en las federaciones que llevó a la exclusión de la NUMSA, podrían llevar a una escisión irreparable en el seno de la confederación.

Hay que destacar una consecuencia positiva. Según el investigador sudafricano Vishwas Satgar, la NUMSA ha adoptado un programa más explícitamente socialista, defendiendo una propiedad social de las energías renovables y una acción concertada con las organizaciones por la justicia medioambiental. Este esfuerzo podría ser el núcleo de un nuevo proyecto de izquierda, estructurado por una visión democrática y ecosocialista.

No obstante, hay otros obstáculos. La campaña apenas se ha desmarcado de un Estado que favorece las iniciativas privadas a favor de la energía limpia, lo que sólo ha contribuido a reproducir la pobreza y las desigualdades.

La NUMSA responde a este desafío modificando su acción a escala municipal, como lo demuestra su combate por utilizar el poder de las administraciones locales en la distribución de la electricidad para favorecer las energías renovables.

Al mismo tiempo, la campaña corre el riesgo de encerrarse en enfoques localistas centrados en proyectos comunitarios que no tendrán capacidad para transformar la política energética a escala nacional. Como señala Satgar, la mayor parte de las intervenciones de OMCJ “se han concentrado en una sola cuestión antes de desperdigarse una vez han conseguido revalorizar sus primeras reivindicaciones”.

Para salir de la trampa, Satgar sugiere que la NUMSA debe desarrollar una estrategia en torno a una coalición social más amplia que condicione las luchas locales por el acceso a las energías renovables a proyectos pensados a una escala más amplia y basados en un enfoque de clase de las cuestiones ecológicas.

Hasta ahora, los dos desarrollos más prometedores han sido el esfuerzo por formar una gran coalición contra los proyectos de construcción de reactores nucleares del gobierno –lo que provocaría una quiebra del Estado sudafricano y tendría consecuencias catastróficas para la mayoría de la población pobre– y el proyecto de utilizar los fondos de pensiones de los sindicatos para invertir en una apropiación social de las energías renovables, de cara a separar los intereses de los trabajadores de los intereses de las industrias del carbón y del petróleo.

Para el movimiento sindical, la campaña OMCJ encarna a la vez los desafíos y las oportunidades provocadas por las crisis económica y ecológica. Sin ninguna duda, una coalición roja-verde y una alternativa ecosocialista en Sudáfrica representan una alternativa a la ortodoxia de la transición justa –una política del trabajo verdaderamente radical en la hora del cambio climático.

Según las condiciones de los trabajadores

Los sindicatos y los trabajadores abren una nueva vía en la larga historia del ambientalismo obrero –una vía en la que el crecimiento verde y la transición justa podrían encarnar las promesas de prosperidad económica y de seguridad que en otra época fueron asociadas al sueño fordista.

La adhesión a este nuevo sueño no salvará sin embargo al movimiento sindical de las lagunas y coacciones que erosionan su fuerza en la mayor parte de los países. Si continúan defendiendo la reestructuración capitalista “verde” de la economía mundial, los sindicatos se encontrarán en el campo opuesto a los campesinos y a las comunidades indígenas, a los campesinos sin tierra, a los trabajadores no remunerados que aseguran el trabajo doméstico y la reproducción social, a la agricultura de subsistencia y a todos aquellos que soportan el coste de un capitalismo “verde” –conduciendo a nuevos ciclos de desposesión y sometimiento.

La alternativa más prometedora, si no la más estimulante, es la de un ecosocialismo dinamizado por una conciencia de clase ecologista y emancipadora. Eso requerirá un conflicto de clase a un nivel superior –al nivel de una ecología política global. Lo que abrirá finalmente la perspectiva de un mundo verdaderamente sostenible, forjado según las condiciones del trabajo y no las del capital.

02/05/2016

http://www.contretemps.eu/interventions/travail-lheure-changement-climatique

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Perú: Educación para revalorar la cultura de cada comunidad

www.diariocorreo.pe/15 de Mayo del 2016 – 14:15 » Textos: Allison Cadenillas acadenillas@grupoepensa.pe » Fotos: Horacio Díaz

Centros de alternancia se expanden en el país. Más de 4300 estudiantes de zonas rurales se benefician con nuevo modelo educativo, en quince regiones del Perú.

Frilán Curasi tiene 17 años, está en quinto de secundaria y es uno de los 4380 alumnos que a lo largo del territorio nacional estudian en los 68 Centros Rurales de Formación en Alternancia (CRFA). Ahí se aplica un modelo educativo distinto al de otros colegios nacionales.

El joven asiste el colegio Waynakunap Riqcharinan Wasi, en el valle de Quispicanchi, distrito de Urcos, provincia de Muñapata, en Cusco. Esa escuela fue uno de los primeros centros de formación en alternancia que se fundó en Perú en el año 2002. Su nombre traducido al español lo dice, es “La casa del despertar de los jóvenes”.

Nuevo modelo. La experiencia comenzó por la iniciativa de la ONG ProRural. David Bauman, director de esa organización, explica que es un modelo en el que los alumnos acuden al centro educativo dos semanas completas como en un internado.

Luego, en las siguientes dos semanas, vuelven a sus hogares para ayudar en las tareas del hogar y de paso desarrollar sus proyectos de investigación y producción.

“Cada uno de los CRFA tiene su propio plan de formación, adecuado a la realidad de la comunidad”, afirma Bauman.

Es decir, se cumple con la currícula que exige el Estado, pero se organizan los contenidos de manera distinta.

Esos centros de formación están dirigidos a estudiantes que viven a largas distancias de donde se hallan los colegios y les facilita el aprendizaje.

Jehnny Chompy Huanca, directora de Waynakunap Riqcharinan Wasi, informa que los 150 alumnos que acuden al centro viven en comunidades que distan entre treinta minutos y tres horas de caminata de las aulas.

Desarrollo. Uno de los pilares de este modelo es la gran responsabilidad que recae en los padres y autoridades comunales, quienes con su iniciativa ayudan a elaborar el currículum en base a las necesidades de su comunidad.

En ocasiones, los recursos, como comida y equipamiento de dormitorios, también corren a cuenta de ellos, como sucede en el colegio de Frilán, donde hasta el año pasado los estudiantes asistían al local comunal para estudiar y pasar dos semanas de estudio intensivo. Hoy cuentan con una infraestructura moderna, pero aún faltan equipos.

Como explica Fernando Guillén, coordinador de servicios educativos de secundaria rural del Ministerio de Educación, se requiere hacer modificaciones a los lineamientos de equipamiento que tiene el ministerio, ya que servicios como cocina o dormitorios aún no están contemplados por esta entidad.

Emprendimiento. Otro valor que aportan estos colegios es la formación en negocios adecuados a las realidades rurales. Frilán, por ejemplo, desarrolla un proyecto productivo sobre el cultivo de la linaza, actividad que realizan sus padres. Él, como sus 24 compañeros, sustentará su proyecto productivo frente a un auditorio para egresar del colegio.

Según Bauman, existe gran cantidad de egresados que sustentan sus estudios superiores con el dinero que les brindan estos proyectos al ponerse en marcha.

*Información de la imagen: DEDICADOS Alumnos estudian materias acordes con su realidad

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Malawi: Las autoridades deben poner fin a la oleada de homicidios de personas con albinismo

www.amnesty.org

Las autoridades de Malawi deben tomar de inmediato medidas para detener los homicidios rituales de personas con albinismo, ha manifestado Amnistía Internacional hoy, tras saberse que en la última semana han aparecido dos cadáveres mutilados más.

Se desvelaron detalles del homicidio de Jenifer Namusyo, mujer con albinismo de 30 años, que apareció muerta el 30 de abril, horas después de haber sido apuñalada en la espalda, el abdomen y el codo; le habían quitado los pechos y los ojos.

Esta semana ha aparecido en Mozambique el cadáver David Fletcher, adolescente de Malawi que estaba en paradero desconocido desde el 24 de abril; tenía los brazos y las piernas cortados.

“Estos espantosos homicidios son un recordatorio del enorme peligro que corren las personas con albinismo en Malawi”, ha explicado Muleya Mwananyanda, directora adjunta de Amnistía Internacional para África Austral.

“Las autoridades deben tomar ya medidas para poner fin a esta oleada de homicidios y proteger a estas personas vulnerables.”

Miles de personas con albinismo viven temiendo ser secuestradas o asesinadas por bandas criminales en Malawi, donde se comercia con las partes de su cuerpo para utilizarlas en rituales.

Namusyo fue atacada cuando se dirigía en bicicleta a otro pueblo en busca de remedios de medicina tradicional. Salió de su casa a las dos de la madrugada, y su cadáver mutilado apareció a las diez de la mañana de ese mismo día.

Hay constancia del homicidio de al menos 14 personas con albinismo en Malawi desde diciembre de 2014, y en el mismo periodo han sido secuestradas otras 5, cuya suerte y paradero siguen siendo desconocidos.

“Pedimos a la autoridades de Malawi que garanticen que se pone a disposición judicial a los presuntos responsables de estos terribles crímenes y se abordan las causas básicas de tales homicidios, que hacen que las personas con albinismo vivan constantemente con miedo”, ha añadido Muleya Mwananyanda.

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¿Con quién vamos?

Para los que recuerdan la novela Doña Bárbara, de don Rómulo Gallegos, cuando el bonguero comenzaba el viaje por el río preguntaba a la tripulación y al pasaje: ¿Con Quién Vamos? La respuesta era: ¡Vamos con Dios! En nuestro caso estamos despegando en el viaje hacia un mundo  ignoto para las nuevas generaciones de venezolanos y venezolanas, pero conocido para la antigua que crecimos en una sociedad y una clase media pobre, austera y honrada.

La crisis económica venezolana es parte de la crisis global del capitalismo, pero en nuestro caso la derecha empresarial y comercial, apoyada por el gobierno de Estados Unidos, ha inducido conductas antieconómicas que han acelerado el crecimiento de la inflación hacia niveles inauditos, unidas a la insurgencia bachaquera binacional que mueve también la política inflacionaria y el desabastecimiento programado. El objetivo de la derecha y del gobierno de  Estados Unidos es apretar cada vez más las tuercas de la inflación y el desabastecimiento para provocar  así un estallido social que colapse al gobierno de Nicolás Maduro, como sucedió en el Chile de Allende.

Pero en Venezuela hay características singulares que bloquean ese plan de la derecha imperial. Mientras que en los países como Argentina y Brasil, los gobiernos progresistas no crearon estructuras intermedias de gobierno popular, en Venezuela, así no quieran reconocerlo incluso muchos que se llaman chavistas, la Revolución Bolivariana ha promovido, vía las misiones la organización de los movimientos sociales dentro de estructuras  relativamente estables que le dan  permanencia a dichos movimientos.

La política de los CLAPS efectivamente ha creado nuevas y efectivas cadenas de distribución de bienes de primera necesidad, que están controladas por aquellas estructuras populares. La política de los motores económicos promovida por el Presidente Maduro es, finalmente, una manera de poner fin al rentismo y la cultura petrolera que deformó a la sociedad venezolana. Estos cambios no se producen sin sufrimientos, pero finalmente favorecerán  el bienestar de las mayorías populares.

Por el contrario, las políticas neoliberales de ajuste económico como las que ofrece la derecha venezolana, la argentina y la brasileña, solo garantiza que la crisis económica la pagaremos los más pobres para enriquecer más a la minoría del 1% que, al igual que Lorenzo Mendoza, ya se han hecho multimillonarios apropiando tanto  la renta petrolera nacional como  nuestros salarios. ¿Dónde terminará todo? La crisis económica del capitalismo está empobreciendo a toda la población trabajadora mundial.

Al disminuir el consumo debido a la inflación inducida, se generan tendencias recesivas en la economía que terminarán, en Venezuela, por afectar incluso a los comerciantes y empresarios. A nivel mundial, el voraz proceso de acumulación de capitales por parte de la minoría rica dentro de la recesión económica, está creando enormes masas de dinero que no tienen donde invertirse, propiciando así una recesión mundial y una depreciación del dinero como mercancía.

De allí la necesidad de acelerar el derrocamiento de los gobiernos progresistas como los de Brasil, Argentina y Venezuela, donde existen grandes posibilidades de colocar el excedente de capitales ociosos y si valor real, a cambio de apoderarse de importantes recursos mineros,  agropecuarios e industriales, que si tienen valor económico real, los cuales serían su salvación. De allí la desesperación del gobierno de Obama, el Comando Sur y la OEA  expresada en  su “wishfull thinking”, su esperanza de que el gobierno de Maduro colapse y se desintegre Venezuela.

Pero ello no tiene visos de suceder., incluso con la crisis petrolera que ha afectado también  las ganancias de las transnacionales de USA y Europa. Por esa razón allí juega un papel importante la fortaleza de la situación de venezolana. Por causa de errores políticos cometidos reiteradamente durante muchos años por la Revolución, sobre todo en las áreas de cultura y económia, falló la consolidación de la conciencia  política en toda la población.

Parte de la misma, desmoralizada y atemorizada por la falta de confianza en la capacidad del gobierno revolucionario, votó el 6D por la derecha que le prometía arreglar todo el 7D, cosa que no sucedió y ni la derecha nacional y la transnacional dejarán que suceda antes de que sean capaces de derrocar al Presidente Maduro. Los intentos golpistas no tendrán éxito mientras la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y las Milicias Populares se mantengan fieles al proceso democrático bolivariano,  preparadas para dar y ganar cualquier tipo de guerra que nos proponga el imperio.

La amenaza imperial ha abierto el tiempo histórico de la hora de los pueblos, de la hora de los hornos donde se está cocinando la toma definitiva del poder por parte de los pueblos organizados. Las grandes movilizaciones populares que se suceden en Argentina, Brasil y Venezuela, por no hablar de las de Europa.

Contra los golpes neoliberales, auguran el nacimiento de una nueva aurora revolucionaria, comprometida con la transformación radical de la sociedad dominada hasta ahora por el capitalismo. Quienes hemos estudiado el proceso de la formación civilizatoria del capitalismo, nos damos cuenta que  su tiempo histórico está terminando.

Los mismos errores de las jerarquías capitalistas neoliberales, particularmente en Estados Unidos y la Comunidad Europea, han minado las bases de su poder hegemónico y fortalecido dialécticamente las de su opuesto donde figuran como principales representantes Rusia, China y sus aliados, nosotros incluidos. ¡No desesperemos, ya se vislumbra la victoria final! ¡Vamos con el pueblo!

(‘)Profesores Titulares Jubilados UCV. Profesores de la Escuela Venezolana de Planificación.

Caracas 15 de Mayo de 2016.

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Unicef urge apoyo económico para niños a un mes del terremoto en Ecuador

www.elespectador.com/16-05-2016/EFE/Foto Reuters

Alertó que 120 mil menores necesitan de forma urgente espacios temporales de aprendizaje.

Un mes después del seísmo que asoló el norte costero de Ecuador, 120 mil niños necesitan de forma urgente espacios temporales de aprendizaje, dado que miles de personas viven aún en refugios informales sin servicios básicos, alertó hoy Unicef.

El terremoto del 16 de abril causó 660 muertos, destrozó los sistemas de agua y dañó 33 centros de salud, la mitad de los cuales ya no están operativos, así como 560 escuelas y cerca de 10 mil edificios, recordó el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) en un comunicado.

Añade que la respuesta inmediata del Gobierno ha permitido que el 75% de los niños hayan podido regresar a la escuela y que más de 30 personas estén acogidas en refugios oficiales y reciban asistencia básica y apoyo psicológico y médico.

Unicef señala que con el apoyo de esa agencia de la ONU se restauró el acceso al agua en Jama y Pedernales, dos de las ciudades más afectadas por el terremoto de 7.8 grados en la escala abierta de Richter, que castigó especialmente la provincia costera de Manabí y el sur de su vecina de Esmeraldas.

“En una región donde 1 de cada 5 niños sufre diarrea y desnutrición crónica es esencial dar a estos niños los medios básicos para sobrevivir y prosperar”, explicó Grant Leaity, representante de Unicef en Ecuador, en el comunicado.

La agencia señala que los fondos recibidos para atender la urgencia en Ecuador “siguen siendo extremadamente bajos”.

Unicef destaca que necesita 15 millones de dólares para cubrir las necesidades de 250 mil niños hasta mediados de julio, pero hasta ahora solo ha recibido el 15 % de esta cantidad.

“Si la comunidad de donantes no aumenta su apoyo, estaremos fallando a miles de niños”, advirtió Leaity.

Cuando se cumple un mes del seísmo, Ecuador tiene previsto para este lunes ceremonias religiosas, algunas de ellas al aire libre porque las iglesias colapsaron con la sacudida, en poblaciones como Pedernales, Manta, San Vicente, Jama y Portoviejo, en la provincia de Manabí, la más golpeada por el temblor.

El devastador temblor dejó a más de 7 mil 600 familias ubicadas en albergues temporales y en verdaderas ciudadelas de tiendas de campaña donadas por países amigos y organismos internacionales, situadas en zonas seguras.

La asistencia en servicios básicos, alimentación, salud y educación no se ha detenido en la región, que tras un mes de zozobra ha empezado a levantarse, como advierten muchos mensajes emitidos por medios de comunicación y en redes sociales.

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Aprender a leer subido a un árbol en la jungla de Sumatra

www.elpais.com/16-05-2016/Por: Angel L. Martinez Cantera

Gracias a la alfabetización, los indígenas pueden enfrentarse a las compañías que explotan los recursos naturales.

Varios niños greñudos y en paños menores garabatean sumas encaramados a la copa de un árbol. Otros repasan la tabla de multiplicar en el suelo frondoso mientras los adolescentes vuelven con el botín con el que acompañar el arroz de la cena: un par de ratas salvajes y babosas de río. Oscurece y los alumnos continúan sus clases a la luz de velas y frontales mientras los adultos se acuestan a la intemperie, bajo la bóveda de estrellas que envuelve la jungla. En la noche, sólo se escuchan los sonidos inquietantes de la selva y los susurros de los estudiantes de la comunidad indígena de Sumatra: los Orang Rimba, gente del bosque en lengua bahasa.

“La educación permite conocer los efectos positivos y negativos de la modernidad. El objetivo es ellos que escojan con conocimiento de causa”, explica la profesora de 27 años, Tri Astuti, señalando a los niños mientras recoge lápices y papeles desperdigados por el exuberante verde de la jungla; el aula sin pupitres ni pizarras donde imparte clases. Astuti y otros tres educadores del proyecto Sokola Rimba hacen incursiones semanales en las profundidades de la selva para enseñar a los miembros de la comunidad indígena con un método adaptado a sus costumbres. El currículum especial de La escuela de los Rimba fue diseñado por la antropóloga Butet Manurung hace 15 años y ha permitido educar a más de 300 miembros de los 1.500 Orang Rimba sin dejar de lado sus quehaceres diarios en el entorno de la jungla de Jambi, en la isla de Sumatra.

La alfabetización es un puente que salva desigualdad indonesia en materia de educación, que expone a las tribus aborígenes ante la explotación de los recursos de su hábitat natural. “La situación de los Orang Rimba es de las peores, debido a su forma de vida y a que el gobierno ha vendido sus tierras a compañías privadas”, explica Rukka Sombolinggi, secretaria general de la Alianza de las Pueblos Indígenas de Indonesia (AMAN), organización nacional para la defensa de los derechos de las 800 tribus indígenas del país; que suman alrededor de 17 millones de habitantes. Rukka subraya que el resto de comunidades aborígenes también sufren las consecuencias del analfabetismo y la escasez: “La mayor parte de los pueblos indígenas de Indonesia no tienen acceso a servicios públicos. Especialmente aquellos que viven en regiones remotas; a los que no sólo les falta sanidad y educación, sino también infraestructuras”.

Los Orang Rimba huían al ver mis bolígrafos. Los asociaban a los instrumentos usados para firmar contratos con los que las compañías les quitaban sus tierras

La educación en Indonesia es tan vasta como desigual. El archipiélago del sudeste asiático tiene el cuarto sistema de enseñanza más grande del mundo (tras China, India y EEUU). Una red de servicios de más de 250.000 escuelas y casi tres millones de profesores saturada con 50 millones de estudiantes. El gobierno ha hecho esfuerzos para mejorar tan inmenso entramado. Según los datos del Banco Mundial, Indonesia dobló su gasto en educación entre 2000 y 2007; llegando a invertir el 16% del presupuesto nacional (más que en ningún otro sector). Pero las cifras son engañosas, y la enseñanza no llega a las comunidades más desfavorecidas. El informe de la Unesco sobre Educación en la región de 2014 señala que el 60% de las mujeres indígenas del país son analfabetas, mientras que las adineradas de Bali tienen acceso casi universal a la educación.

El analfabetismo de las comunidades tribales las condena a la marginación y las hace presas fáciles de los intereses privados en sociedades inmersas en implacables procesos de desarrollo. Hace poco más de un lustro, los Orang Rimba vivían plácidamente en la jungla sin necesidad de entrar contacto con los lugareños de Jambi. No sólo les bastaba con el agua de los ríos y los animales de las más de 60.000 hectáreas del Parque Nacional de Bukit Dua Belas, sino que sus tradiciones ambientalistas habían sido las mejores guardianes del bosque. Hasta que la explotación de los recursos de la selva virgen atrajo a compañías privadas.

Para los jóvenes Orang Rimba, el acceso a la enseñanza fue la única forma de comprender la realidad que los invadía. “La educación nos ayuda a entender el mundo. Mucha gente de nuestra tribu no quiere aceptar el desarrollo, y les entiendo. Pero tenemos que estar preparados para los efectos de la modernización”, explica Pengendum Tampung, de 27 años y quien fue unos de los primeros de su tribu en leer y escribir gracias a Sokola Rimba. Sin embargo, Pengendum también recuerda que la idea de asistir a una de las clases de Butet Manurung, la intrusa empeñada en ayudarles a aprender, le daba tanto miedo como el ruido de los los aviones sobrevolando la selva.

Los lápices los carga el diablo

No fue fácil salvar los prejuicios de la comunidad indígena. En su libro, Butet Manurung detalla cómo pasó un año dentro de la jungla de Sumatra, infestada de sanguijuelas o atacada por serpientes y osos, hasta que consiguió tener acceso a la tribu. “Los Orang Rimba huían al ver mis bolígrafos, a los que llamaban demonios con ojos puntiagudos. Los asociaban a los instrumentos usados para firmar contratos con los que las compañías les quitaban sus tierras”, dice Butet entre risas: “En cierta forma estaban en lo cierto. Saben que un lápiz puede cambiar vidas”.

Después de cuatro años de convivencia, Butet convenció a algunos líderes tribales. “Nos dimos cuenta de la importancia de la educación porque los mercaderes nos timaban. No sabíamos ni convertir las escalas a precios, y vendíamos tres y cuatro kilos de chile como si fuese uno…”, recuerda Celitai, líder de un rombong (clan Orang Rimba). Como el resto de jefes de los 11 grupos tribales, Celitai se oponía fervientemente a que la educación modificase sus tradiciones. Hasta que en mitad de un acuerdo de compraventa, uno de sus hijos leyó en voz alta el contrato de arrendamiento con el que una compañía quería arrebatarle sus tierras. El poder de la alfabetización se hizo tan patente entonces como la fuerza de la naturaleza a la que veneran.

El primer programa de estudios de La Escuela de los Rimba sólo tenía 12 alumnos. Los intrépidos estudiantes, a hurtadillas para evitar represalias familiares, veían cómo la profesora Butet Manurung pintaba sobre madera y lodo para memorizar nombres y números. En la actualidad, casi todos los niños de la comunidad Orang Rimba asisten a clase. No sólo eso. El proyecto también se ha extendido a otras cinco áreas tribales de Indonesia dando cobertura educativa a más de 10.000 indígenas de Makassar, Aceh, Flores, Moluccas y Papua. Recientemente, Sokola Rimba también ha salvado otro tabú indígena incluyendo a la mujer en la enseñanza con un pequeño grupo de 25 niñas.

“Nosotros no somos ni idiotas ni pobres. Otros pueden parecer necios en medio de la selva sin tener nuestro conocimiento sobre la naturaleza”

Educar en la jungla surte efecto, a pesar de los prejuicios y de la dificultad que supone enseñar en un entorno salvaje, con tantos elementos de distracción para los alumnos. Algunos de los Orang Rimba que empezaron su alfabetización hace una década cursan ya estudios superiores. Butet Manurung asegura que el nivel de precisión en lectura y escritura de algunos alumnos Orang Rimba es superior al de estudiantes de escuelas gubernamentales. “Nosotros educamos para solucionar problemas diarios en profundidad. Mientras que las escuelas tradicionales enseñan un poco de todo y sus estudiantes encuentran difícil resolver problemas relacionados con dinero, por lo que tienen que anotar las cifras. Nuestro método es más práctico”.

El éxito del modelo educativo es que está orientado a satisfacer las necesidades de la comunidad. “Sokola [Rimba] no pretende educar como una escuela convencional. Aquí hay tiempo disponible para la caza o la recolecta y enseñamos lo que puede ser útil para la tribu, como las leyes que les amparan o el álgebra para el comercio”, explica Aditya Dipta Anindita, coordinadora de Sokola Rimba. “Entendieron que necesitaban saber acerca de leyes para parar el latrocinio de tierras. Para luchar contra gente letrada, necesitas alfabetización”.

Líneas no escritas entre la conservación y el desarrollo

El parque natural de Jambi, hábitat de los Orang Rimba, se ha reducido en un 30% por la venta de terreno selvático para su explotación comercial. “Los Parques Nacionales son como una concesión. Se designan sin previo aviso y sin el consenso de los pueblos indígenas. Muchos de ellos han sido expulsados de sus tierras”, explica Rukki Sombolinggi. Su organización, AMAN, consiguió que la ley vinculase el uso forestal a las comunidades que lo habitan y no a los intereses del estado.

El gobierno intenta paliar los efectos de la explotación de la selva y de su mala políticaofreciendo casas a los Orang Rimba. Pero las organizaciones conservacionistas como AMAN, defienden a ultranza la preservación de las tradiciones de los pueblos indígenas y se niegan a estas medidas. “La mayoría de Orang Rimba no quieren unacasa estándar. Ellos quieren un hogar, y el suyo es el bosque. El gobierno debe recuperar esa tierra para que las tribus sobrevivan”, sentencia Rukki.

Butet Manurung no es tan tajante: “Las organizaciones [conservacionistas] están preocupadas porque las tradiciones se puedan perder. Pero la identidad es una cuestión compleja. Hoy en día, mis estudiantes son muy diferentes unos de otros; a unos les gusta la jungla y otros quieren viajar. Nuestro objetivo es que se hagan responsables de de sus elecciones y que consigan sus aspiraciones; cualesquiera que esas sean”. La antropóloga prefiere que cada individuo tome sus propias decisiones, a sabiendas de sus consecuencias. Por ejemplo, algunos de sus estudiantes Orang Rimba ahora viven fuera del parque nacional mientras otros han creado una organización juvenil para cartografiar el terreno y evitar la expansión de cultivos dentro de la jungla.

Este grupo encargado de custodiar los bosques se está convirtiendo además en portavoz de las demandas de su tribu. Los estudiantes patrullan la jungla en moto; lápices, libretas y smartphones en mano. De tanto en cuanto, descansan en mitad de la tupida selva para almorzar y demuestran al ignorante forastero por qué ellos son más sabios y los mejores guardianes de la naturaleza. Bien escalan los sagrados y colosales árboles sialang para recolectar su jugosa miel. Bien recogen cortezas de árbol (venenosas para peces y no para humanos) que esparcen en el río para hacerse con suculentas raciones de pescado. “Nosotros no somos ni idiotas ni pobres. Otros pueden parecer necios en medio de la selva sin tener nuestro conocimiento sobre la naturaleza”, dice Pengendum, uno de los creadores de la organización. El estudiante Orang Rimba repite una lección bien aprendida: “Además, ahora sabemos que los lápices también pueden cambiar vidas y protegernos”.

*Información de la imagen: Los Orang Rimba no tienen acceso a educación ni servicios sanitarios públicos, como les ocurre a la mayor parte de las tribus indígenas de Indonesia. Á. L. M. C.

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