La inmigrante pedagógica

Me reconozco como alguien con inquietud marcada hacia el aprendizaje con otros y otras desde pequeña. Sin embargo, para nadie es un secreto, no me he educado, de manera formal en la docencia. Por eso, de forma abierta, me declaro como «inmigrante pedagógica».

La primera experiencia como docente que recuerdo, me tomó casi por asalto en los últimos años de bachillerato cuando, desde el grupo juvenil que integraba, decidimos ir a acompañar a personas en la unidad de larga estancia del actual Hospital Sor Juana Inés de La Cruz en Mérida. Tenía entonces 15 años y corría el año 1988 en una nación que despertaba políticamente a la luz de las insostenibles desigualdades sociales y económicas sembradas por décadas de rentismo petrolero y el bipartidismo que lo alimentó.

Esa iniciativa nos llenó de alegría al grupo de cuatro chicas que la asumimos, todas venidas del colegio Nuestra Señora de La Presentación, y siento que nos terminó convirtiendo en aprendices de formación básica en lectoescritura y matemáticas. Nuestro tránsito por la unidad de larga estancia nos puso en contacto con realidades hasta ese momento invisibles desde nuestra burbuja de estudiantes de un colegio privado de nuestra localidad en el cual nos inculcaban la piedad, la humildad y el servicio, como valores indiscutibles del ser humano pero que aprendíamos desde las aulas, y no desde lo cotidiano de habitar mirándonos con otros.

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En el Sor Juana conocimos a adultos y a niños que habían sido dejados a su suerte o que, por razones de acceso a sus hogares, estaban temporalmente separados de sus familiares. A riesgo de hablar por las otras muchachas, creo que no me equivoco si digo que ninguna olvidará a Heriberto, el pequeño de 4 años que padecía cáncer y, según nos dijeron, había sido dejado allí por sus familiares. Así como tampoco olvidaremos los otros niños, más pequeños aún, que presentaban serias dificultades que condicionaban su vida. Sin embargo, aunque Heriberto destacaba de modo radical por su vivacidad y desparpajo, y eso lo hizo dejar su huella en nosotras por ser niño y estar su suerte de vida echada, quizás el caso del chico Adonái fue aún más cercano para dos de nosotras.

Al llegar al Hospital pedimos que nos ubicaran un grupo con niños y niñas y otros con jóvenes y adultos. Adonái estaba en la unidad de larga estancia en la sección de adultos. Creo que tendría por la época unos 20 o 22 años. Estaba recluido porque un accidente de moto lo había dejado convaleciente luego de haber sufrido heridas en las extremidades y la cabeza. Él necesitaba rehabilitación posterior a la atención médica para ir progresivamente recuperando su motricidad. No sabía leer ni escribir y con él nosotras aprendimos a enseñarle y enseñarnos lo que considero es un arte tan crucial para la vida en sociedad y tan complejo de inculcar a esa edad como la lectura y la escritura.

Las sesiones de trabajo ocurrían en una habitación enorme, suelo gris y paredes de cemento mitad azul mitad celeste. Todo muy color a hospital. El olor a medicinas, vendajes y Micropórex(TM) inundaba el espacio alternándose con el olor a desechos coporales tan particular de los hospitales. Asistíamos en horas de la tarde de los viernes. La habitación era visitada por una temprana penumbra gracias a los enormes árboles que rodeaban el exterior del lugar, y pese a que había una ventana que permitía, desde ese lugar, visualizar el otro lado de la ciudad, que llamamos «el centro», apenas separada del Hospital por el tránsito del río Albarregas y la meseta que, dividida en dos, facilita su circulación como un parto infinito y recursivo.

Su proceso de recuperación fue muy lento y, obviamente, los escasos meses que compartimos con él, leyendo algunas historias cortas y poemas y ayudándole a escribir desde las primeras vocales, consonantes y juntando sílabas y palabras después, fueron insuficientes para poder mostrarle todo el mundo que se abría ante sus ojos con el aprendizaje de la lectura. Apenas pudimos ayudarle a avanzar en escritura de algunas palabras sueltas. Años más tarde, la vida me regaló la posibilidad de poder ver a Adonai andando con ayuda de un bastón y un libro en la mano. Entonces me hizo ilusión pensar que ese proceso de haberlo acompañado en su formación inicial a la lectura y escritura pudo haberlo enamorado a seguir leyendo y aprendiendo en su propio camino de vida.

Esa compañía, si la veo hoy en perspectiva, me auxilió en mi proceso de darme forma como inmigrante pedagógica haciendo, a mi modo, un camino propio de aprender-me a enseñar.

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Mariángela Petrizzo Páez

Politóloga. MsC en Administración de Empresas mención Gerencia. Usuaria y Activista de Software Libre y Conocimiento Libre desde el 2003. Docente del Colegio Universitario Hotel Escuela de Los Andes Venezolanos (CUHELAV). Coordinadora del Centro Nacional de Investigaciones Turísticas (CENINTUR). Coordinadora Regional del CIM en Mérida. Investigadora.

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