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¿Por qué fracasa la ONU?

“La ONU no fue creada para llevar la humanidad al cielo, sino para salvarla del infierno. Y en eso, lamentablemente, está fracasando”.

Dag Hammarskjöld, Secretario General de la ONU (1953–1961)

Terminada la Primera Guerra Mundial en 1918, las secuelas de ese enfrentamiento espantaron a la humanidad: 70 países se habían visto involucrados, con un saldo de 10 millones de soldados muertos y 20 millones de combatientes heridos y mutilados, más alrededor de otros 10 millones de civiles muertos por los éxodos forzados, las hambrunas y los conflictos regionales posteriores. A ello deben sumarse los cuantiosos daños en la infraestructura de gran cantidad de países, más los daños psicológicos derivados de tanto sufrimiento, con viudas, huérfanos, y como corolario, la “gripe española” inmediatamente posterior al conflicto, que ocasionó un número nunca bien determinado de víctimas, pero que superó la cantidad de decesos de la guerra, estimándose en, por lo menos, 50 millones.

Ante tamaña catástrofe, voces racionales pidieron un “nunca más”, porque no se podía repetir esa monstruosidad. Por ello, en 1920, en la Conferencia de París se funda la Liga de las Naciones (también llamad Sociedad de las Naciones), con el objetivo de fomentar la prevención de las guerras mediante la seguridad colectiva y el desarme, impulsando la resolución de disputas internacionales a través de la negociación y el arbitraje.

Más allá de lo loable de ese esfuerzo, algo no funcionó. Años después, siempre a partir de la insaciable voracidad de las potencias por seguir apoderándose de los países más débiles, se llegó a una catástrofe aún peor: la Segunda Guerra Mundial. Aquí los daños fueron infinitamente mayores: alrededor de 70 países participaron, involucrándose en el conflicto un total de 100 millones de militares. Las pérdidas fueron colosales: 80 millones de muertos, de los que 50 fueron civiles, debidos a los ataques propiamente bélicos, más las hambrunas y las enfermedades concomitantes. El bombardeo de población civil fue norma, llegándose al colmo inaudito de dos bombas nucleares, innecesarias en términos de acción militar, pues Japón ya estaba derrotado, pero que se utilizaron para marcar el poderío de quien a partir de 1945 se erigiría como potencia mundial: Estados Unidos.

Con una humanidad destrozada y países en ruinas -la Unión Soviética llevó la peor carga, con 25 millones de muertos y el 70% de su infraestructura destruida- a fines de 1945 se creó la Organización de Naciones Unidas -ONU-. Su propósito declarado fue preservar la paz y fomentar el desarrollo a nivel mundial.

Pero ¿qué pasó desde esa creación? El número de guerra siguió siempre en aumento, desde pequeñas escaramuzas hasta guerras abiertas con miles de muertos. Si bien es difícil estimar qué cantidad exacta de conflictos bélicos se registraron entre la segunda mitad del siglo XX y las primeras décadas del XXI, se calculan en no menos de 100, con alrededor de 50 millones de personas fallecidas. De ellas, como elemento importantísimo que caracteriza estos nuevos enfrentamientos, el 90% es población civil no combatiente. En conclusión: no ha habido paz. Las guerras, además, provocan monumentales desplazamientos de población, con las consecuentes hambrunas, enfermedades y un muy profundo dolor psicológico en quienes lo sufren.

¿Y desarrollo? El mundo, con un avance científico-técnico cada vez más fabuloso, con logros espectaculares en la creatividad humana (manejo de la energía nuclear, viajes espaciales, comunicaciones impresionantes, y un larguísimo etcétera que nos asombra) sigue presentando un panorama más que sombrío a nivel planetario. Mientras que un 15% de la población planetaria -élites y clase media- tiene acceso a los satisfactores que puede otorgar ese desarrollo, con un nivel de vida más seguro y confortable (buena alimentación, viviendas adecuadas, altos niveles de salud, condiciones de vida y de trabajo dignas, educación formal, abandono de prejuicios y pensamiento mágico-animista), lo cual se da en el Norte próspero y en algunos bolsones del Sur global, el 85% restante -ubicado básicamente en el Tercer Mundo- muy tangencialmente roza los beneficios de esa acumulación de riqueza, y en la gran mayoría de casos, sobreviviendo en situaciones de precariedad. Valga agregar también que, como sector más perjudicado entre los perjudicados, se encuentran las mujeres. De los casi 800 millones de analfabetos que hay en el mundo, dos tercios (500 millones) son mujeres. Y muchas de ellas todavía son víctimas de la ablación clitoridiana.

Entonces: ¿qué pasó con la paz y el desarrollo? ¿Qué pasó con la ONU? Ambas instancias, en su momento la Liga de las Naciones, luego la Organización de Naciones Unidas, son absolutamente inoperantes para lograr sus resultados, más allá de declaradas buenas intenciones. Nunca más oportuno que ahora aquello de “el camino del infierno está plagado de buenas intenciones”. En la década del 30 del pasado siglo Sigmund Freud, judío de origen, en respuesta a una pregunta de otro judío que se impresionaba con la avanzada antijudía del nazismo, Albert Einstein, decía que la primera de estas instancias estaba condenada a fracasar, como de hecho fracasó estrepitosamente. Para recordatorio: el Holocausto de los judíos (6 millones de muertos), y luego el inicio de la Segunda Guerra Mundial, con todos los horrores descritos. ¿Qué hizo la Liga de las Naciones? Nada.

Fracasó porque, según Freud, “La Sociedad de Naciones (…) instituida como autoridad suprema, (…)no dispone de una fuerza propia [con que hacerse valer]”. Es decir, no tiene cómo imponer su mandato. En otros términos: puede hacer declaraciones, pero no dispone de fuerza operativa para ordenar que las mismas se cumplan. Lo cual lleva a pensar inmediatamente en que: si no es por la fuerza, solo con el diálogo consensuado ¿las cosas no caminan? ¿Solo el rigor de la “mano dura”?

Terrible, sin dudas; pero patéticamente cierto. “Vivimos en el mundo real, que se rige por la fuerza, que se rige por la violencia, que se rige por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”, espetó altanero el asesor de seguridad de la Casa Blanca -un duro halcón republicano- Stephen Miller, declaración que resultó escalofriante, sumamente turbadora. Agregando luego, sin ningún disimulo ni recato: “La fuerza es el nuevo derecho internacional y vamos a ejercerla”.

En esa línea, el presidente Donald Trump se permitió decir, refiriéndose a cómo piensa incorporar la colonia danesa de Groenlandia a posesión estadounidense: “Por las buenas o por las malas”. Espantoso, aterrador, pero definitiva -y descarnadamente- cierto. ¿No es esa, acaso, la más absoluta realidad de las sociedades de clase? ¿Qué son, si no, las interminables guerras interestatales, las guerras por apropiarse como botín de los recursos del otro, desde que vemos que hay propiedad privada, desde hace 10.000 años en adelante? Incluida a veces, para nuestro espanto, la posesión de las mujeres. Del hacha de piedra a los planeadores hipersónicos con cargas nucleares múltiples se repite la misma historia: “Las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”, según este neofascista estadounidense.

Esa verdad, maquillada arteramente hasta hoy por el discurso “políticamente correcto”, es incuestionable (aunque escandalice al ser dicha por un guerrerista como este representante de la clase dominante norteamericana). Esa verdad inobjetable la vieron desde tiempos inmemoriales agudos pensadores que reflexionaron sobre la dinámica humana y social, y sus decires no nos escandalizan: “La ley es lo que conviene al más fuerte”, anunció Trasímaco de Calcedonia en el siglo IV antes de nuestra era en la esclavista Grecia clásica, cuna de la “democracia” (donde un esclavo no podía suicidarse porque no era dueño de su vida y donde solo tenían derecho a voto los varones propietarios). La “relación [entre humanos] no es en absoluto una relación armónica de cooperación entre individuos igualmente libres que promueven el interés común en la persecución de la propia conveniencia. Es más bien una «lucha a vida o muerte» entre individuos desiguales, en la que uno es el «amo» y el otro es el «esclavo»”, escribe Herbert Marcuse sintetizando la dialéctica del amo y del esclavo (capítulo IV) de la “Fenomenología del Espíritu” de Hegel, que inspirara a Marx. “La violencia es la partera de la historia”, concluye entonces el autor de El Capital.

Freud, desde otra óptica teórica, dice algo similar: “Intereses conflictivos entre los seres humanos se deciden, en principio, mediante el recurso a la violencia”. Para evitarla, o controlarla en lo posible, surgen las leyes, las normas sociales. De todos modos, muy cáustico, y en consonancia con todos los autores anteriores, agrega que “[Sin embargo] Las leyes están hechas para y por los dominadores, y conceden escasas prerrogativas a los dominados”.

Si una instancia determinada -Liga de las Naciones o la ONU- intenta atemperar esa fuerza destructiva que surge siempre en las sociedades clasistas solo con la palabra, sin una fuerza superior, fracasa. Los Cascos Azules, como fuerza militar disuasoria…. dan risa. ¿Cuántas guerras evitó la ONU? Ni una. Llega solo a recoger los cadáveres. ¿Por qué fracasa esta organización? Porque las guerras son el negocio más redituable que existe -más que el petróleo, la informática, las farmacéuticas-, manejado por enormes empresas que necesitan el conflicto para vender armas (75.000 dólares por segundo invierte la humanidad en ese campo).

Los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 que promueve la ONU para lograr un mundo equilibrado (Fin de la pobreza, Hambre cero, Salud y bienestar, Educación de calidad, Igualdad de género, Reducción de las desigualdades, Agua limpia y saneamiento, Energía asequible y no contaminante, Ciudades y comunidades sostenibles, Producción y consumo responsables, Acción por el clima, Vida submarina, Vida de ecosistemas terrestres, Trabajo decente y crecimiento económico e Industria, innovación e infraestructura) difícilmente se alcancen. Es decir: seguramente fracasarán, como fracasaron los Objetivos del Milenio que aspiraban tener un mundo medianamente equilibrado en lo económico-social para inicio del siglo. ¿Por qué fracasan? Porque esa faceta de lo humano no se maneja con buenas intenciones y pomposas declaraciones sino con fríos números que imponen los grandes grupos económicos. Se prefiere derrochar comida, aunque mueran 20.000 personas diarias por falta de nutrientes, que perder ganancias. “Controla el petróleo y controlarás las naciones; controla los alimentos y controlarás a los pueblos”, dijo el Premio Nobel de la ¿Paz? Henry Kissinger. ¿Quién decide eso? ¿Quién establece esos precios, cuándo debe haber guerra o cuándo se da un golpe de Estado? La ONU, seguro que no.

¿Por qué pasa todo esto? Enorme dificultad ¿o radical imposibilidad? de lograr un mundo armónico, según se ve. Como se ha dicho -cosa discutible, por supuesto-: es más fácil que termine el mundo -por la guerra nuclear o por el desastre ecológico que vivimos- a que termine el actual sistema capitalista. ¿Está condenada la especie humana a todo este sufrimiento, a la guerra perpetua, a la exclusión eterna de grandes masas? Apostamos porque NO. Si todo esto es el efecto de cualquier sociedad de clases (despótico-tributaria, esclavista, feudal, capitalista) ¿pasará eso en una sociedad sin clases sociales? Vale la pena intentar construir esa sociedad entonces ¿verdad?

Blog del autor: https://mcolussi.blogspot.com/

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Conocimiento Libre – Redes sociales: ¡peligrosísimas!

Redes sociales: ¡peligrosísimas!

Marcelo Colussi

Las armas más importantes [son las redes sociales]. La compra más importante que se está haciendo ahora es TikTok… Espero que se apruebe porque puede ser trascendental.”

Benjamín Netanyahu

A lo largo de la historia vemos continuamente cómo las clases dominantes mantienen sojuzgadas a las subordinadas. Dos son las herramientas para lograrlo: 1) la represión abierta (eso es el Estado y todos sus órganos de intimidación y defensa, armas en mano), y 2) la manipulación ideológico-cultural, que bien podría llamarse “represión encubierta”.

Represión encubierta”: ¿por qué llamarla así? Porque lo que busca es mantener estable el estado de cosas, conservar la situación, impedir a toda costa que algo pueda cambiar en la repartición de los papeles sociales, en la apropiación de la riqueza producida por el colectivo, en la distribución de los poderes, pero sin apelar a la fuerza bruta. Es otro tipo de fuerza el que ahí está en juego.

En el ámbito de la represión abierta, la situación está clara: cuando la “plebe” protesta, o cuando se alza, las fuerzas que controlan la “normalidad” social, actúan. Y no con caricias, precisamente. Desde hachas y espadas a las más variadas y letales armas actuales contra motines, desde escuderos del rey o del faraón, guardaespaldas, policías, gendarmes, grupos parapoliciales o neuroarmas a drones hiper modernos y satélites geoestacionarios que nos controlan, el arsenal con el que la clase dominante se defiende y buscar perpetuar su poderío es interminable. De hecho, cada día aparece un nuevo instrumento de control, más letal y efectivo que el anterior. Y así como interminable, también es feroz, despiadado, atrozmente cruel. Pueden entrar allí las técnicas represivas más amplias e inhumanas, donde no faltan la tortura, la desaparición forzada de personas, las cárceles clandestinas, los castigos ejemplares y las hogueras inquisitoriales (o sus sucedáneos).

Ahora bien: sin necesidad de derramamiento de sangre, también los poderes hegemónicos han sabido siempre dominar a las grandes masas a través de la persuasión, el mensaje cultural, la manipulación masiva. El “pan y circo” de los romanos, que vemos presente en todas las formaciones culturales a lo largo y ancho del planeta en todo momento histórico con sociedades estratificadas en clases sociales -claro que con características propias en cada caso- es universal. En otros términos: ¿cómo engañar a las masas sin que se den cuenta que están siendo engañadas? ¿Cómo mantenerlas tranquilas para que sigan alimentando los privilegios de una élite? Para eso, entre otras cosas, están las religiones: “Las religiones no son más que un conjunto de supersticiones útiles para mantener bajo control a los pueblos ignorantes”, como dijera Giordano Bruno (lo que le valió la pira).

Ya entrado el siglo XX, con sociedades absolutamente masificadas y donde las conductas sociales cada vez están más maquinal (y eficientemente) digitadas, el pionero de la psicología de masas, el sobrino de Freud, Edward Bernays, pudo titular sin tapujo uno de sus libros: “Propaganda. Cómo manipular la opinión pública en democracia”, donde sin ningún rodeo planteó que: “El estudio sistemático de la psicología de masas reveló a sus estudiosos las posibilidades de un gobierno invisible de la sociedad mediante la manipulación de los motivos que impulsan las acciones del ser humano en el seno de un grupo”.

Los poderes actuales, munidos de las tecnologías más modernas, no tienen ningún reparo en actuar con la más absoluta sangre fría para manipular, mentir, engañar, tergiversar las cosas, sin necesidad de espadas ni armas de fuego, buscando mantener siempre el statu quo. En definitiva eso, y no otra cosa, es el aparato ideológico-cultural. “La ideología dominante es siempre la ideología de la clase dominante”, dijo un pensador decimonónico pretendidamente superado.

Los medios masivos de comunicación de las sociedades actuales han llevado ese control y manipulación a niveles estratosféricos. “El poder de la prensa es primordial. Establece la agenda de discusión pública. Es un avasallador poder político que no puede ser controlado por ninguna ley. Determina lo que la gente habla y piensa con una autoridad reservada en algunas partes del mundo solo a los tiranos, sumos sacerdotes y mandarines”, decía Theodore White en los 60 del siglo pasado. Si eso era así medio siglo atrás, las tecnologías comunicacionales han llevado ese poder a un nivel infinitamente superior. En ese marco se inscriben las actuales redes sociales.

En forma creciente, juventud y niñez de todo el mundo, incluidas las de los países con menos recursos -hasta en los rincones más recónditos se repite el fenómeno, con menor intensidad quizá, pero con la misma perspectiva- , hacen parte de lo que se conoce como “generación alfa” o, también: “nativos digitales”. Es decir, seres humanos nacidos a principios de este siglo (la generación más numerosa de la historia), criados cada vez más en entornos digitales, donde pasaron a ser parte fundamental de su día a día la conexión obligada con internet, el uso masivo de dispositivos móviles y la gran familiaridad con el ámbito informático. En esos recónditos lugares sorprende ver que no se invierte en mejor dieta alimentaria, pero sí, por ejemplo, en un teléfono móvil inteligente. Todo ello influye en forma determinante en su manera de aprender, socializar, consumir, ver y relacionarse con el mundo y con otros congéneres, acostumbrados, y naturalizando, el consumismo imparable de las modas, habituados como algo natural a la super velocidad y la multitarea, empapados de contenido rápido, fugaz, fundamentalmente audiovisual, donde la lectura crítico-conceptual prácticamente va desapareciendo.

En consonancia con lo anterior, vale conocer una conclusión de la Advertising Research Foundation de Estados Unidos, fundación dedicada al estudio del marketing: “Los resultados indican que la hipnosis contribuye a proporcionar honestas razones para la preferencia de marcas de fábrica”. ¿Hipnosis? Pero ¿cómo?… ¿Nos tienen hipnotizados?

Esta generación será la que dirigirá el mundo en unas pocas décadas. Entonces ¿vamos hacia un mundo de velocidad fulminante, donde todo son memes y mensajes hiper sintéticos, sin profundización crítica? ¿Viva la hipnosis colectiva? Pareciera que sí. Pero… ¿alguien se beneficia de todo esto? ¿Alguien decide que así sean las cosas? La gran masa, inmensa, monumental masa de usuarios, parece que no. ¿Quién entonces? Vale citar al respecto lo dicho por uno de los ideólogos de esos poderes, de quienes sí deciden y se benefician, el austro-germano Günther Anders: “Para sofocar cualquier revuelta por adelantado (…) métodos arcaicos como los de Hitler son anticuados. Basta con crear un condicionamiento colectivo reduciendo drásticamente el nivel y la calidad de la educación. (…) Que la información destinada al público en general sea anestesiada de cualquier contenido subversivo. Transmitiremos masivamente, vía televisión [hoy día deberían agregarse las inefables redes sociales y aplicaciones de internet], estúpidos entretenimientos, siempre halagando el instinto emocional”. Más claro: imposible.

Estúpidos entretenimientos. ¿Así nos tratan? “Cabeza de meme”, se ha dicho por ahí. Muy elocuente, sin dudas. Es decir: una visión super simplificada del mundo, de las cosas, donde todo se reduce a pequeñas fórmulas, donde no hay espacio para la reflexión, donde lo más importante están dejando de ser “educadores” para darle paso a “influencers”, ¿siempre halagando el instinto emocional? Mejor: no pensar entonces. Las redes sociales, que cada vez se hacen más y más populares inundando todo los aspectos sociales, ideológicos y culturales, no son un simple pasatiempo: ¡son el cimiento básico donde se está construyendo el edificio social! Según estudios consistentes, en la prácticamente totalidad de países del planeta, el 90% de personas entre 14 y 26 años utiliza alguna red social a diario, teniendo un tiempo de conexión de entre 3 y 6 horas al día (promedio: cuatro horas y media). De modo concluyente, sin la más mínima duda al respecto, se prefiere un tik tok banal a la lectura de algo mínimo, de tres páginas digamos. Un texto como el presente, además de aborrecible por su mala calidad, es desde antes de iniciar su lectura ya anatematizado…. ¡porque es muy largo!

Definitivamente estas redes construyen identidades, siendo un factor determinante para la socialización, la obtención de noticias, la diversión, el contacto con el otro, para lograr moldear de puntos de vista, perspectivas y valores que vertebran la interrelación social de quienes las utilizan. Es decir: nos moldean la cabeza.

Hablamos de hipnosis, pero la hipnosis es peligrosa, porque mantiene a la persona hipnotizada en una sensación de fantasía, de irrealidad, dándose una mucha mayor receptividad a sugerencias, visto que no hay defensas racionales en ese estado de trance; en otros términos: se está más a disposición pasiva de manipulaciones, a caer bajo los efectos de la sugestión por parte del otro. Si eso busca la publicidad, si lograr mantener a la gente “hipnotizada” para así vender con facilidad se puede considerar un logro, estamos ante un gravísimo problema.

Las redes sociales tienen esa capacidad de hipnotizar. Es evidente que lo logran, con mensajes muy cortos y concretos, básicamente con pequeños videos y fotos a granel, promocionando el egocentrismo. Cuantos más “me gusta” (likes) se obtienen, más se acrecienta mi amor propio (se me infla el ego, me quieren mucho, soy muy respetable, le gano a todos). De ahí que ya se ha hecho moneda corriente tomarse una selfie para colocar en las redes, lo que nos levanta más aún el ego, aunque eso nos pueda traer severas complicaciones, incluso la muerte.

Argumentos racionales algo complejos, que excedan los pocos segundos que proponen los mensajes de las redes, esa velocidad supersónica a la que obligan, no alcanzan para transmitir conceptos más elaborados. Estamos, por tanto, en el reino de lo afectivo, de lo puramente pasional (instinto emocional halagado, nos dicen); más aún: de lo puramente visceral, obviamente el pensamiento. El auge imparable y el marketing de la inteligencia artificial va en ese sentido: el chatbot piense todo, usted no necesita hacerlo. ¿Eso es lo que nos conviene como humanidad? Lo que prima son contenidos hipnotizadores, sin dudas bien confeccionados, pero que alejan de todo tipo de criterio problematizador. Justamente, por ser de absorción tan sencillos, rápidamente se tornan virales. El efecto de arrastre que tenemos (sufrimos) los humanos, al hacernos sentir así parte de un colectivo que nos incluye, nos da identidad y eleva nuestra auto estimación cuando viralizamos, hace que esa creación sencilla -por no decir banal (¿estúpidos entretenimientos?)- se difunda muy ampliamente, y siempre encuentre respuestas. Si no se responde al estímulo, pareciera que se queda “fuera”. De ahí la ansiedad con que se esperan los likes.

En otros términos: esa cultura de las redes sociales puede ser altamente funcional para la transmisión de medias verdaderas, o absolutas falsedades que, repetidas en forma incansable como pedía Goebbels, terminan transformándose en verdades indubitables. De ahí que las llamadas “fake news” se propaguen en las redes seis veces más rápido que las noticias verdaderas. En general, nadie las cuestiona, se las acepta pasivamente. Por todo ello podemos decir que esta modalidad comunicativa es muy peligrosa. Si las pide a los gritos un genocida ¡y mentiroso! como Netanyahu -citado en el epígrafe- eso es suficiente para ver el peligro en juego.

Si desde el campo popular con criterio de análisis crítico -y, por supuesto, voluntad de transformación político-social- queremos enfrentarnos a esa parafernalia, la batalla es tremendamente desigual. Tengamos en cuenta, al respecto, el video con el que abrimos el texto: está claro que los poderes dominantes, que son quienes fijan la ideología dominante y se benefician de ello, en este momento le han sacado una enorme delantera a las fuerzas que buscamos un cambio. No está terminada la historia, pero está claro que, contra las redes sociales, es muy difícil combatir. En ese ámbito, el poder que tiene la mentira organizada que allí se juega, es enorme, descomunal. La desinformación sistemáticamente presentada, la hipnosis y la simplificación maniquea de las cosas van ganando este round de la pelea. Pero sigamos pensando que la realidad es algo más que la realidad virtual. Es allí donde debemos seguir poniendo el acento.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Fuente de la Información: https://rebelion.org/redes-sociales-peligrosisimas/

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La comunicación (mentirosa) al servicio de la dominación

“¿A quién debe dirigirse la propaganda: a los intelectuales o a la masa menos instruida? ¡Debe dirigirse siempre y únicamente a la masa! (…) Toda propaganda debe ser popular y situar su nivel en el límite de las facultades de asimilación del más corto de los alcances de entre aquellos a quienes se dirige. (…) La facultad de asimilación de la masa es muy restringida, su entendimiento limitado; por el contrario, su falta de memoria es muy grande. Por lo tanto, toda propaganda eficaz debe limitarse a algunos puntos fuertes poco numerosos, e imponerlos a fuerza de fórmulas repetidas por tanto tiempo como sea necesario, para que el último de los oyentes sea también capaz de captar la idea”. (Joseph Goebbels)

Según el punto de vista que se tome, lo que distingue al ser humano de otros animales pueden ser distintos elementos: por ejemplo, el “ser racional”, de acuerdo a la visión clásica de Aristóteles, que aún sigue rigiendo en nuestro pensamiento occidental. O el ser un “animal político”, en tanto que somos forzosamente miembros de la polis, la ciudad-Estado, que es lo mismo que decir: parte de la sociedad. Otro abordaje nos mostrará que ese ser humano es el único ser vivo que modifica su entorno según un proyecto propio, el cual va variando con el tiempo. En tal sentido “el trabajo es la esencia probatoria del ser humano”, dirá Hegel, frase retomada por los fundadores del socialismo científico: Marx y Engels (véase al respecto: “El papel del trabajo en la humanización del mono”, de Federico Engels).

Otra forma posible de concebirlo está dada por la comunicación, y más exactamente, por aquello que la posibilita: el lenguaje (lo cual es una forma de articular todas las anteriores visiones). Los animales también tienen sistemas de comunicación, pero nunca en el sentido humano. Existen complejos códigos comunicacionales según las muy diversas especies zoológicas; hay diferentes sistemas de emisión de mensajes, utilizando sus sentidos del olfato, la vista, el tacto, oído y gusto, empleando a veces complicados movimientos, bailes rituales, gestos faciales, actitudes posturales. Pero hay una constante: el lenguaje animal no miente. Puede haber mecanismos de “engaño” (el mimetismo, cambio de color o camuflaje, determinadas posiciones amenazadoras, olores “mentirosos” para engañar a la presa o al depredador, etc.), pero siempre en el orden de lo puramente instintivo, como mecanismos al servicio de la sobrevivencia. Nunca hay “intención” de mentir, de falsear; en el lenguaje humano, por el contrario, mentimos. Pensemos rápidamente, como primeros ejemplos, en el discurso político, o en la publicidad: reinos absolutos de la mentira, del engaño y la manipulación descarada. O en las promesas de amor eterno. ¿Nos podemos tomar en serio todo eso? Suenan a chiste, ¿no? Pues bien: el lenguaje humano es el único que posibilita realizar chistes, que son, en definitiva, juegos de palabra.

La mentira es constitutiva de la especie humana. Siempre hay una posibilidad de equívoco en nuestra comunicación, consciente y racional, o no consciente. Los humanos nos comunicamos de diferentes maneras: en modo oral, escrito, gestual, con signos y símbolos varios. Siempre está presupuesto un código universal que nos constituye: el lenguaje. De acuerdo a la definición clásica -la que da la Real Academia Española de la Lengua- el lenguaje posibilita esa comunicación, la cual sería la “acción consciente de intercambiar información entre dos o más participantes con el fin de transmitir o recibir información u opiniones distintas.” Quizá la definición queda corta, porque en la comunicación, además de informar, hacemos otras cosas; de ahí que se habla de las distintas funciones del lenguaje: conativa, poética, fática, metalingüística, emotiva, mágica.

No es cierto, contrariando la tradición aristotélico-tomista que nos domina al día de hoy, que pensamos, y luego transmitimos lo pensado por medio de ese supuesto instrumento que sería el lenguaje. Las ciencias sociales modernas (la semiótica, el psicoanálisis, la lingüística) ven el proceso exactamente al revés: el lenguaje nos constituye, nos arma como sujetos humanos. Como dice Paola Valderrama “Lo que el psicoanálisis descubre es que el lenguaje tiene efectos sobre aquellos que lo ‘habitan’, que el lenguaje no es una herramienta o un objeto a disposición de la voluntad de cada cual, sino que cada sujeto es determinado por el lenguaje, que el lenguaje es tan determinante sobre aquellos que hablan como las relaciones de producción pueden ser determinantes sobre aquellos que trabajan. Este habitar el lenguaje es a lo que Freud llamaba el inconsciente”. De ahí que la comunicación entre seres humanos de ningún modo responde a meros mecanismos instintivos -como sucede en el reino animal-. Siempre hay equívoco, mentira (si no, no existiría el polígrafo: valga este simpático video para evidenciarlo), transmisión de algo más -o algo menos- de lo que queremos decir. “Usted podrá saber lo que dijo, pero nunca lo que el otro escuchó”, expresa Lacan. Hay lapsus, por ejemplo, cosa que no les sucede a los animales. En tal sentido, la comunicación humana siempre debe ser tomada con pinzas. Irremediablemente mentimos.

Ahora bien: en el ámbito de la comunicación de masas, la situación se magnifica a grados superlativos. En ese espacio, el de lo social, de lo público, lo masivo dirigido a grandes colectivos humanos -de ahí que se hable, en forma creciente, de “medios masivos de comunicación”, mass media– lo que menos hay es información objetiva. Hay vil y descarada mentira, apelando siempre a la emotividad. Para graficarlo, quizá de un modo altamente patético, valga lo dicho por el sobrino de Freud, Edward Bernays quien, a partir de la formulación del concepto de inconsciente que hiciera su tío, llevó esa idea a Estados Unidos, dando lugar así a la psicología de la manipulación. Solo el título de su libro principal lo dice todo: “Propaganda. Cómo manipular la opinión pública en democracia”. Allí nos dice, sin ninguna vergüenza, que “El estudio sistemático de la psicología de masas reveló a sus estudiosos las posibilidades de un gobierno invisible de la sociedad mediante la manipulación de los motivos que impulsan las acciones del ser humano en el seno de un grupo.

Pues bien: la comunicación de masas, que ha ido cobrando creciente importancia en el mundo moderno, capitalista, hoy totalmente globalizado, desde la imprenta de Gutenberg hasta las redes sociales de internet omnipresentes que actualmente parecen llevar la verdad revelada (más “verdadera” que la Biblia que imprimía aquel tipógrafo teutón), hoy día decide todo.

Si bien la gran masa humana no decide democráticamente nada -eso nunca fue así, en ninguna sociedad: solo quizá en los socialismos del siglo XX hubo unos primeros balbuceos al respecto-, hoy día el poder de manipulación comunicativa que detentan los megacapitales no tiene parangón. Lo que la gente hace, piensa, consume, aparentemente decide y lo que disfruta, es producto de monumentales, gigantescas y muy bien orquestadas políticas comunicacionales. Hoy ya no es solo la prensa escrita, el “cuarto poder”, como se le llamó. Es la parafernalia de recursos técnicos existentes, cada cual más atractivo, hipnotizador, envolvente. Ahí están, además de la otrora omnipoderosa prensa escrita (hoy ya alicaída), la radio, la televisión, el internet (nueva deidad incuestionable) y un etcétera que no para de crecer, influencers por ejemplo (actores, simples operadores de esos grandes poderes, quizá sin saberlo). Cada vez más, nuestros hábitos de vida están digitados por estos grandes centros decisorios.

En la sociedad tecnotrónica, el rumbo lo marcará la suma de apoyo individual de millones de ciudadanos descoordinados que caerán fácilmente en el radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quienes explotarán de modo efectivo las técnicas más eficientes para manipular las emociones y controlar la razón”, pudo decir sin ningún tapujo Zbigniew Brzezinsky, uno de los intelectuales orgánicos más importantes de los últimos años en Estados Unidos.

La “verdad” ya no importa (en realidad, a los poderes nunca le importó); lo único que se busca, ahora con medios de manipulación cada vez más finos y eficientes, hechos a la alta escuela, pretendidamente con estatus científico -no pasan de burdas tecnologías empíricas- es el manejo de las grandes masas. Para muestra, ahí está la publicidad, el “arte del engaño”, como se la ha nombrado.

Una agencia de publicidad próspera manipula los motivos y deseos humanos y engendra una necesidad de bienes desconocidos o inclusive rechazados hasta entonces entre el público”, reconoce un pope del mercadeo, el estadounidense Ernest Dichter.

En otros términos, esta comunicación de masas, absolutamente unidireccional (del emisor al receptor, sin la más mínima posibilidad de retorno en sentido contrario) no solo moldea sino que, en todo caso, oficia como impiadosa dictadura. Miente, falsea las cosas, obliga a determinadas conductas (las que desean los emisores). “Para sofocar cualquier revuelta por adelantado (…) métodos arcaicos como los de Hitler son anticuados. Basta con crear un condicionamiento colectivo reduciendo drásticamente el nivel y la calidad de la educación. (…) Que la información destinada al público en general sea anestesiada de cualquier contenido subversivo. Transmitiremos masivamente, vía televisión [hoy día deberían agregarse redes sociales y aplicaciones de internet], estúpidos entretenimientos, siempre halagando el instinto emocional”, decía en 1956 el pensador austro-germano Günther Anders. “Estúpidos entretenimientos” … Más claro: imposible.

La gente no es estúpida, sino que la vuelven estúpida. ¿Cómo entender, si no, que una gran masa de población, eternamente sojuzgada, vea como el principal motivo de sus penurias a un otro diferente? (el extranjero que “viene a robar puestos de trabajo”, el de otra etnia, el de otra orientación sexual, el que no es igual que yo), y no a quien le explota. ¿Cómo entender, si no, que vote en las urnas por su propio verdugo? (Milei en Argentina, la andanada de ultraderecha en Europa, Bolsonaro en Brasil, etc.). ¿Cómo entender que las poblaciones, cada vez más, consuman sin parar cosas innecesarias? Se prefiere comprar el teléfono inteligente de moda antes que alimentarse nutritivamente. “Lo que hace grande a este país [Estados Unidos] es la creación de necesidades y deseos, la creación de la insatisfacción por lo viejo y fuera de moda”, expresó un publicista de la agencia estadounidense BBDO.

El poder de la prensa es primordial. [Hoy debería agregarse toda la parafernalia de los más variados y sofisticados mass media, pues la prensa escrita va de salida] Establece la agenda de discusión pública. Es un avasallador poder político que no puede ser controlado por ninguna ley. Determina lo que la gente habla y piensa con una autoridad reservada en algunas partes del mundo solo a los tiranos, sumos sacerdotes y mandarines”, decía un connotado periodista como Theodore White. Definitivamente la comunicación de masas, la creación de la opinión pública y la inducción de “necesidades” para comprar y comprar hasta el hartazgo, no las decide el receptor. La idea de “libertad”, tan cara a las modernas democracias de mercado que se llenan la boca entronizándola, sin dudas queda herida de muerte al analizar estos mecanismos comunicacionales. Como los perros de experimentación de Pavlov, somos condicionados a hacer lo que otros quieren que hagamos. Tal es el grado inmisericorde de manejo de nuestras voluntades que se llega a hablar de la barbaridad teórica de “post verdad”. Ya no hay verdad: estamos en el reino de la emotividad creada -magistralmente- por estas tecnologías modernas.

Entonces ¿estamos condenados a vivir en esta suerte de hipnosis colectiva? Los grandes capitales que manejan buena parte del mundo lo intentan. ¡Impidámoslo! Solo el pensamiento crítico, y las acciones que se deriven de él, podrán forjar otra cosa.

La comunicación (mentirosa) al servicio de la dominación

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¿Qué es eso de la “prevención de la violencia juvenil”?

En el que ahora parece muy lejano 1972 –lejano no por lo cronológico sino por otro tipo de lejanía– decía el socialista presidente chileno, Salvador Allende: “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”.

Hoy, cinco décadas después, esa afirmación parece fuera de contexto. ¿Se equivocaba Allende en aquel momento? ¿Cambiaron mucho las cosas en general? ¿Cambió la juventud en particular?

Por lo pronto, hablar de “la” juventud es un imposible. De hecho, “juventud” es una construcción socio-cultural, por tanto, sujeta a los vaivenes de los juegos de fuerza de la historia, de los entrecruzamientos de poderes, cambiante, dinámica. Como mínimo, habría que hablar de distintos modelos de juventud, situándolos explícitamente: ¿juventud urbana, rural, de clase alta, pobre, marginalizada, varones, mujeres, estudiante, trabajadora, desocupada? El rompecabezas en cuestión es complejo. En Latinoamérica adquiere mayor complejidad aún si consideramos el tema étnico: ¿juventud indígena?, ¿juventud no-indígena?

Las sociedades latinoamericanas tienen un perfil especialmente joven. O “joven”, al menos, para los parámetros que imponen las visiones dominantes, que no son las nacidas en estas latitudes. Visión eurocéntrica, blancocéntrica, de los “dominadores”; a partir de esa cosmovisión hegemónica que concibe expectativas de vida superiores a, por lo menos, 60 años, puede decirse que las categorías niñez, adolescencia y juventud comprenden, sumadas, más de la mitad de la población total de la región latinoamericana. Es decir: son colectivos jóvenes, con tasas de natalidad muy altas. A diferencia de Europa –población envejecida sin recambio generacional– en Latinoamérica, con índices de crecimiento demográfico elevados, la población se viene duplicando a gran velocidad en estas últimas décadas. Es en el gran segmento joven, donde se dan problemas profundos sin recibir las respuestas adecuadas.

Las poblaciones jóvenes de las mega-ciudades de la región (con muchas urbes de entre 10 y 20 millones de habitantes), por complejas sumatorias de factores, en vez de verse como el “futuro” en cada país, constituyen un “problema”. ¿Por qué problema? Porque los modelos de desarrollo económico-social vigentes (capitalistas) no pueden dar salida a ese enorme colectivo, y lo que debería ser una promesa hacia el porvenir, en muy buena medida es una carga, un “trastorno” por no encontrar salida digna para ubicarse. En muchas circunstancias, la única salida es marchar en calidad de migrante irregular hacia el prometido “sueño americano” de Estados Unidos.

Por lo pronto vemos que no hay “una” juventud, sino situaciones diversas, con proyectos disímiles, antagónicos en muchos casos. Pero hay un común denominador: en ningún caso está presente esta figura que evocaba Salvador Allende. La vocación revolucionaria de la juventud parece haberse extinguido; o, al menos, está muy adormecida. ¿Qué pasó?

Según puede leerse en un análisis de situación sobre la realidad de los países latinoamericanos formulado por una de las tantas agencias de cooperación que trabajan las temáticas juveniles (en este caso, la estadounidense USAID), “la falta de oportunidades de educación, capacitación y empleo limita severamente las opciones de los jóvenes y la mayoría se ven obligados a ser trabajadores no calificados antes de los 15 años. Esto es particularmente grave entre los jóvenes del área rural. Desesperados, muchos de ellos emigran a las ciudades y otros países en busca de trabajo y un número cada vez mayor cae en el “dinero fácil” provisto por el crimen organizado y las pandillas juveniles”.

Para la visión dominante hoy día la juventud, o buena parte de ella al menos, ha pasado a ser un “problema”; de esa cuenta, rápidamente pude “caer en el dinero fácil”, en los circuitos de la criminalidad, en la marginalidad peligrosa. En ese sentido, es siempre un peligro potencial. Sin negar que estas conductas delincuenciales en verdad sucedan, desde esa óptica de cooperación a que nos referimos, “juventud” –al menos una parte de la juventud: la juventud pobre, la que marchó a la ciudad y habita los barrios pobres y “peligrosos” mal llamados “zonas rojas”– es intrínsecamente una bomba de tiempo. Por tanto, hay que prevenir que estalle. Y ahí están a la orden del día las campañas de prevención.

Pero ¿prevención de qué? ¿Qué se está previniendo con los tan mentados programas de prevención juvenil? ¿Qué supuestos implícitos hay ahí?

Es evidente que cierta juventud (la que no tiene oportunidades, la excluida en los grandes asentamientos urbanos pobres –que albergan a una cuarte parte de la población urbana de Latinoamérica–) constituye un “peligro” para la lógica de las élites dominantes. Para ese statu quo, hoy el peligro no es, como festejaba cinco décadas atrás Salvador Allende, ser “joven revolucionario”. Pareciera que la sociedad bienpensante ya se sacó de encima eso; el peligro de la revolución social y las expropiaciones salió de agenda (al menos por ahora). En estos momentos la preocupación dominante respecto a los jóvenes –a estos jóvenes de urbanizaciones pobres, claro– es que puedan “ser un marginal”, caer en las pandillas, buscar el “dinero fácil”.

La idea de prevención pareciera que apunta a prevenir que los jóvenes delincan, ¡pero no que no sean pobres! Este último punto pareciera no tocarse; lo que al sistema le preocupa es la incomodidad, la “fealdad” que va de la mano de lo marginal: ser un pandillero, ser un asocial, no entrar en los circuitos de la buena integración, no consumir. Lo que está en la base de este pensamiento es una sumatoria de valores discriminatorios: ser morenito, estar tatuado, utilizar determinada ropa o provenir de ciertas áreas de la ciudad ya tiene, por sí solo, un valor de estigma. Como dijo sarcásticamente alguien: “la peligrosidad de los jóvenes está en relación inversamente proporcional a la blancura de su piel”. ¿Por qué tanta policía de “gatillo fácil” ensañada con cierta juventud? ¿Qué es lo que se busca prevenir entonces cuando se hace “prevención” con los jóvenes?

Las causas por las que se dan determinadas conductas –las delincuenciales para el caso– no se tocan; la prevención, en esa lógica, es ese mecanismo aséptico que apunta a los síntomas, a lo visible, lo superficial. Se busca cosméticamente que no se vea la punta desagradable del iceberg; pero la masa principal se desconoce. ¡Y ahí está justamente lo más importante! ¿Por qué ahora hay un imaginario que liga en muy buena medida juventud con peligro? Porque ese sector, ese enorme colectivo, el que años atrás se movilizaba y, rebelde, emprendía la crítica al sistema –tomando las armas en más de un caso, con una mística de abnegación que en la actualidad parece haberse esfumado– hoy día está pasando cada vez más a ser un problema para el equilibrio sistémico en tanto el capitalismo se empantana cada vez más no pudiendo asimilar cantidades crecientes de población que buscan incorporarse al mercado laboral y a los beneficios de la modernidad. Ante ello, ante esa cerrazón estructural del sistema capitalista, la masa crítica de jóvenes en vez de verse como “promesa de futuro” termina siendo una carga. Al no saber qué hacer con ella, y siempre desde autoritarios criterios adultocéntricos, termina identificándola en gran medida con la violencia, con el consumo de droga, con el alcoholismo y la haraganería; en definitiva, con todo lo que pueda ser negativo, reprochable. Si años atrás la policía podía detener a un joven por “sospechoso de guerrillero subversivo”, hoy día puede hacerlo por sospechoso de ¿“violento”?, de ¿“pobre”?, simplemente de ¿“joven de barrio pobre”? A los jóvenes “pudientes” –en general “blanquitos”– no se les toca.

Ahora bien: el sistema también genera antídotos, prótesis que le permiten seguir funcionando. Si bien es cierto que la juventud dejó de ser ese fermento “biológicamente revolucionario” (y molesto para la dinámica dominante) de años atrás, y en buena medida hoy es sinónimo de “sospechosa”, paralelamente aparece otro modelo, nuevo sin dudas: el joven “comprometido”. Pero no con un compromiso como puede haber sido el de aquel modelo de juventud politizada de algunas décadas atrás, sino un compromiso mucho más “light”, para decirlo con términos que ya nos marcan el ámbito cultural dominante: globalización neoliberal triunfante, individualismo, ética del sálvese quien pueda, fin de las ideologías, pragmatismo y lengua inglesa como insignia del triunfo en juego: el “number one” como aspiración, para no ser un loser.

Cultura “light”, actitud “light”… ideología “light” por lo tanto. Eso pareciera que es lo que está en juego, y buena parte de la juventud, la que no es sospechosa de peligrosidad, la que no remeda la pandilla, ahora presenta este perfil. Hablamos de una juventud comprometida, pero no como lo era en otro momento histórico, lo cual la llevó en muchos países latinoamericanos a tomar actitudes radicales –que, no olvidar, se pagó con la propia vida–. Pareciera que esta juventud actual que se “compromete” con su entorno no pasa de participar en actividades de voluntariado social, ayudando a sus congéneres en servicios que, si bien no son llamadas “caritativos”, no están muy lejos de ello. ¿Qué son, si no, todos estos voluntariados que surgen cada vez más con más fuerza? El compromiso llega hasta ir a atender niños pobres en un orfelinato un fin de semana, o viejitos en un geriátrico. Loable, claro… pero ¿qué significa eso? ¿No es eso lo que siempre han hecho los Boys Scouts o las Damas de Caridad? ¿Eso es el “compromiso” social?

Aunque dicho demasiado esquemáticamente quizá, hoy pareciera que la juventud en América Latina básicamente discurre entre estos modelos: o se es sospechoso (por ser pobre, por estar excluido, por portar los emblemas de la disfuncionalidad –tatuajes, cierta ropa, provenir de una barriada pobre y marginal, el color de la piel, etc.–) o se es un joven “comprometido” desde estos nuevos esquemas de participación: compromiso light, despolitizado, en sintonía con la idea de responsabilidad social empresarial. O, por último, migrar en condiciones infrahumanas, como “mojados”, sin olvidar que, según el discurso oficial dominante, de todos los países empobrecidos, la juventud “migra”, mientras que de Cuba: “huye”. Aunque, claro está, la realidad es infinitamente más compleja que eso: la juventud, retomando lo dicho por Allende, no puede dejar de ser rebelde. Y eso, guste o no, es un eterno fermento de cambio, aunque se la disfrace de lo que se quiera.

Fuente: https://rebelion.org/que-es-eso-de-la-prevencion-de-la-violencia-juvenil/

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Ortografía: ¿un dolor de cabeza innecesario?

Por: Marcelo Colussi

La obra cumbre de su literatura, el inmortal “Don Quijote de la Mancha”, de Miguel de Cervantes Saavedra, es el segundo texto más leído mundialmente.

El español es hoy uno de los idiomas más hablados en el mundo como lengua materna.

Con más de 500 millones de personas hispanohablantes desde la cuna, está entre los cinco idiomas más hablados en todo el planeta, junto al chino mandarín, el inglés, el hindi y el árabe. Por lo pronto, dado su gran difusión, es una de las cinco lenguas oficiales en el Sistema de Naciones Unidas.

El español es el idioma oficial de 21 países, latinoamericanos básicamente: Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, España, Guinea Ecuatorial, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela; además de Puerto Rico, donde coexiste con el inglés.

Aunque no sea idioma oficial, el español se habla también en Estados Unidos (ya varios estados sureños lo han oficializado, dado la gran cantidad de hispanohablantes con que cuentan), Belice, Andorra y Gibraltar. Como segunda lengua está en franco crecimiento, porque es uno de los idiomas más estudiados a nivel global.

La obra cumbre de su literatura, el inmortal “Don Quijote de la Mancha”, de Miguel de Cervantes Saavedra, es el segundo texto más leído mundialmente, luego del libro sagrado del cristianismo: la Biblia.

A lo largo de los años, ha dado figuras del más alto renombre en las letras universales, ya clásicos obligados y traducidos a numerosos idiomas, muchas de ellas con Premio Nobel de Literatura: Miguel de Cervantes Saavedra, Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Calderón de la Barca, Octavio Paz, Jacinto Benavente, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Camilo José Cela, Francisco de Quevedo, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Eduardo Galeano, Miguel de Unamuno y un largo etcétera. Pero su ortografía es endemoniada.

“Se benden tortillas”, “Pinchaso”, “No horinar aquí”, “Se hasen valcones”. Anuncios así no nos sorprenden; por toda la geografía latinoamericana los encontramos.

Incluso en más de algún aparato público puede leerse tranquilamente “Telefono”, sin tilde. Y aún más: en un cuadro del presidente Juan José Arévalo, en Guatemala, se ve en su banda presidencial la palabra “Livertad”. Y en Nicaragua, un documento emitido durante la Revolución Sandinista, llevaba un sello del “Govierno revolucionario”, mientras que una calificadora de excelencia universitaria de México otorga un certificado con la palabra “mencion”, sin acento. ¿Somos unos brutos que no sabemos escribir los hispanohablantes? La cuestión es más compleja.

Sin dudas en Guatemala (cosa común a toda el área hispanohablante), pese a un Nobel de Literatura (Miguel Ángel Asturias), un Príncipe de Asturias (Tito Monterroso), un Premio Internacional Juan Rulfo (Mario Monteforte Toledo) –grandes galardones de las letras mundiales– la ortografía es aún una asignatura pendiente.

El 18% de analfabetismo abierto del país, más allá las mencionadas luminarias literarias, no augura sino más faltas de ortografía. Ahora bien: ¿es grave eso?

Retomando lo que dijeron otros grandes literatos de la región, el uruguayo Mario Benedetti, por ejemplo, podemos pensar algo más integral, más superador del asunto: “Los escritores latinoamericanos deberíamos dedicarnos a analizar otras cuestiones más importantes que afectan nuestra lengua, entre ellos, la alta tasa de analfabetismo que soporta la región”.

O, como planteara el colombiano Gabriel García Márquez: “¡Juvilemos la hortografía! [Debemos] hacerla más humana, afable, familiar. (…) que se busque fin a ese tormento que padecen los hispanoparlantes desde la escuela”.

En realidad, la pregunta de fondo debería a apuntar a lo que señala Benedetti, o más aún, al meollo que está en juego en todo esto: ¿hasta dónde son necesarias esas tediosas reglas ortográficas? ¿Qué agregan ellas de verdaderamente positivo a la vida?

Seguramente decir esto traerá como reacción inmediata una andanada de críticas (viscerales en muchos casos) defendiendo a capa y espada la ortografía (una coma hace una gran diferencia: “Estoy de puta madre” no es lo mismo que decir “Estoy de puta, madre”). El debate, por cierto, no es nuevo.

De hecho, circula por allí un Manifiesto contra la Ortografía, donde se llama a su olvido para “dejar que todos podamos tener el derecho sagrado de escribir como nos dé la real gana y no como los académicos de la lengua española, en uso de su anacrónico y monárquico poder quieren que escribamos”.

Ahora bien: tomando la posición de quienes la adversan (que además de García Márquez son otros muchos buenos escritores): ¿qué aportaría en el rótulo de marras “hasen” en lugar de “hacen”? ¿Habría más “livertad” si la escribimos con b alta? ¿Dejaríamos de “horinar” en la calle si el rótulo fue escrito sin h?”? ¿Para qué se mantiene la ortografía?

Fuente de la información e imagen: https://www.telesurtv.net

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Olimpiadas, ¿negocio o mecanismo de control?

Yo fui medallista campeona en dos Juegos Olímpicos en una especialidad que no viene al caso en este momento. Ahora, algunos años después, mirando para atrás toda esa historia, me pregunto consternada: ¿para qué toda esa estupidez? Fomentar el deporte no es, en absoluto, tener atletas de élite. No, no. Eso es una locura que tuvo lugar durante la Guerra Fría, y que no ha parado. ¿Para qué sacrificar a jóvenes con cinco, ocho, diez horas diarias de rigurosísimos entrenamientos durante los mejores años de su juventud? Parece el entrenamiento de astronautas. Ahí lo creo pertinente, me parece correcto: un astronauta, aunque no se vea inmediatamente, aportará algo a la humanidad. Es como un artista que ensaya horas y horas y horas, un virtuoso del violín, una bailarina clásica: algo deja a la gente. Ahí sí vale el esfuerzo. Pero, ¿para qué sirve nuestro esfuerzo de atletas? ¿Parte de la Guerra Fría? ¿Para demostrar que el país al que represento es “mejor” que todos? ¿Dónde quedó el amateurismo y el espíritu deportivo? Ahora solo negocios y competencia. ¿Y para eso hay que tomar drogas supuestamente legales, siempre a escondidas, someterse a monstruosas dietas, sacrificar el cuerpo? ¡Por favor! ¡Qué estupidez!”, dijo vez pasada una deportista olímpica.

Acaban de terminar los XXXII Juegos Olímpicos en Tokio, Japón. Con un costo de más de 25,000 millones de dólares, esta nueva edición resulta ser la más cara en la historia de las Olimpiadas de verano. ¿Quién gana con esto?

En forma creciente, los atletas entran en la lógica comercial. Hablar de «amateurismo» en el deporte hoy puede ser motivo de risas. Muchos jóvenes ni siquiera escucharon jamás el término «deporte amateur«. Pronunciarlo en medio de la fiebre «deportiva» que recorre el planeta (culto a la profesionalización y al mercado de atletas, así como al sacrosanto fútbol profesional que barre todo el mundo, con fichajes astronómicos), podría incluso pasar por un absurdo.

El espíritu amateur que se pusiera en marcha con la reedición moderna de los Juegos Olímpicos de la mano del Barón Pierre de Coubertin en 1896 en Atenas, ya no existe. El deporte, por cierto, no nació como actividad profesional; distintas sociedades, a su modo, lo han cultivado a través de la historia, siempre como culto a la destreza corporal. La profesionalización y su transformación en gran negocio a escala planetaria es algo que solo el capitalismo moderno pudo generar”, osó declarar hace unos años un funcionario del Comité Olímpico Internacional -COI-. Por supuesto, eso le costó la expulsión.

¿Por qué el deporte debe ser «profesional»? Aparentemente no hay respuestas; sería como preguntarse: ¿por qué tomar Coca Cola? Son cosas que, en principio, no admiten discusión. Sin embargo, definitivamente debemos seguir interrogándonos, discutir lo que parece obvio. Las cosas no son «naturales»; tienen historia (la historia la escriben los que ganan), por eso hay que seguir cuestionándonos todo. ¿Cómo se pasó del amateurismo a la hiper profesionalización? ¿Por qué hay que hacer controles antidoping a los atletas: es que acaso se supone que pueden ser tan deshonestos de intentar mejorar su rendimiento en base a estimulantes? Bueno…, parece que sí.

Seguramente la mayoría de la población mundial, preguntada sobre este monumental circo de los deportes profesionales, estaría de acuerdo con mantener la situación actual: agrada «consumir» deportes. O más aún: consumir espectáculos audiovisuales donde el deporte es la estrella principal, en general vía televisión, azuzando nacionalismos.

El campo socialista, décadas atrás, si bien fomentó una nueva actitud hacia el deporte, no contribuyó en mucho a disminuir la tendencia a su profesionalización; por el contrario, también la favoreció. El deporte profesional fue un ámbito más de batalla durante la Guerra Fría, y los disparates humanos a los que llegó la mercantilización capitalista tuvieron su símil (igualmente disparatado) en el mundo socialista. Hoy día China, con su enigmático «socialismo de mercado», parece ofrecer más de lo mismo. Las potencias son potencias en todo: ¡también en lo deportivo! Hay que demostrar que «se las pueden».

La práctica deportiva, en tanto desarrollo sistemático de habilidades y destrezas físicas, en tanto recreación sana, ocupa indudablemente un lugar importante entre las construcciones humanas; pero secundario si se la compara con el peso específico que ha ido adquiriendo su profesionalización. El deporte, o eso que vemos por televisión casi cada día, con programas específicos, o esa fiesta de las Olimpiadas o los Mundiales de Fútbol realizados sistemáticamente cada dos años, desde hace ya décadas, y cada vez más, se ha tornado 1) gran negocio, y 2) instrumento de control político-social. Y también, siguiendo la lógica de la que nos hablaba la cita inicial, campo de batalla por la supremacía global. ¿Por qué solo Estados Unidos, China o Rusia pueden ganar unas Olimpiadas? Porque solo esos países son las super potencias que marcan el rumbo del mundo.

En un mundo donde absolutamente todo es mercancía negociable no tiene nada de especial que el deporte, como cualquier otro campo de actividad (la investigación científica, la sexualidad, la muerte, la guerra, la salud humana, el agua que bebemos, el aire que respiramos), sea un producto comercial más, generando ganancias a quien lo promueve (valor de uso y ¡valor de cambio! dijo un pensador decimonónico supuestamente superado hoy día). Desde ya esto, el valor de cambio, en sí mismo no puede ser reprochable en la lógica de mercado imperante. Simplemente reafirma el esquema universal que sostiene el mundo moderno, capitalista, donde todo es un bien para el intercambio mercantil.

En este contexto, del que hoy ya nada y nadie pueden escapar, la práctica deportiva ha llegado a perder -al menos en buena medida- su carácter de esparcimiento, de pasatiempo. Esto trajo como consecuencia su ultra profesionalización, con la aplicación de modernas tecnologías a sus respectivas esferas de acción. Todo lo cual ha mejorado, y sigue haciéndolo a un ritmo vertiginoso, su excelencia técnica. Día a día se rompen récords, se logran resultados más sorprendentes, se superan límites ayer insospechados.

De todos modos, la imperiosa pregunta que se abre es respecto al lugar que en todo ello ocupa la población. Los ciudadanos de a pie que no ganamos medallas olímpicas, que en todo caso podemos practicar un deporte amateur, más bien pasamos a ser meros espectadores pasivos (consumidores) de un espectáculo/negocio -montado a nivel internacional- en el que no se tiene ninguna posibilidad de decisión. La recreación termina siendo sentarse a mirar ante una pantalla. Con el rompimiento de marcas y fichajes cada vez más multimillonarios, ¿mejoran las políticas deportivas dedicadas a las grandes masas, a los jóvenes? ¿En qué medida influye este «circo», convenientemente montado, en la calidad de vida de los habitantes de la aldea global? ¿Promueve acaso una vida más sana, o no es más que una nueva versión -sofisticada- del antiguo «pan y circo» romano? (como alguien dijo mordaz: cada vez con más circo y menos pan).

Es aquí donde debe profundizarse la crítica. El desarrollo del perfeccionamiento deportivo («más rápido, más fuerte, más alto») no redunda en una popularización del ejercicio físico para todos. El lema de «mente sana en cuerpo sano», pese a las cifras astronómicas que circulan en los circuitos profesionales de los modernos coliseos, no conlleva forzosamente un mejoramiento de la actitud para con el deporte (por el contrario, si bien el cuidado corporal se ha disparado en estos últimos años y florecen los gimnasios, también crece mundialmente el consumo de drogas, ¡incluidos los deportistas profesionales!).

¿Será que mientras más se «consumen» deportes menos se piensa, menos se abren críticas? ¿No es absurdo que cada vez haya que perfeccionar más los controles anti-drogas en los atletas? Eso, como mínimo, debería llevar a cuestionarnos el circo, por no decir a darle la espalda y a profundizar la crítica de la lógica de mercado que lo propicia. Como dijo la medallista citada: «¿Para qué sirve nuestro esfuerzo de atletas? ¿Parte de la Guerra Fría? ¿Para demostrar que el país al que represento es «mejor« que todos?«

https://www.facebook.com/marcelo.colussi.33https://www.facebook.com/Marcelo-Colussi-720520518155774/https://mcolussi.blogspot.com/

Fuente: https://rebelion.org/olimpiadas-negocio-o-mecanismo-de-control/

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Guatemala: una historia de violencia

Por: Marcelo Colussi 

La violencia hace parte sustancial de la historia del país, y no se ve cómo encontrarle reales caminos para su superación.

Periodista: Dicen que usted mató a una persona en México.

Candidato presidencial: No una. ¡Dos! Si eso hice por defender a mi familia, ¿qué no haría por defender a mi patria?

Esas declaraciones sirvieron para que ese candidato ganara las elecciones presidenciales en el 2000.

¿Cultura de violencia?

La historia de Guatemala como Estado-nación moderno, desde la llegada de los conquistadores españoles a la fecha, está marcada brutalmente por distintas formas de violencia. Los más de cinco siglos transcurridos desde el contacto de los pueblos mayas con los invasores españoles terminaron generando una sociedad absolutamente asimétrica. En la misma, los descendientes de los conquistadores y las clases dominantes vernáculas que fueron desarrollándose, mantuvieron hasta la fecha enormes y desiguales beneficios sobre los pueblos originarios. Con el tiempo, esas irritantes diferencias no sólo no se achicaron, sino que se mantuvieron e incluso se agrandaron, haciendo del país uno de los más desiguales en el mundo, donde la renta nacional está más inequitativamente repartida. Esas enormes asimetrías estructurales se ampararon en un despiadado racismo.

La matriz de relación político-cultural que se fue imponiendo para todas las vinculaciones humanas –no sólo las económicas– estuvo dada por el autoritarismo (una de las tantas formas de la violencia). Así, las relaciones étnicas, las de género, las generacionales y, en general, las distintas modalidades de tratamiento entre grupos y/o individuos, están atravesadas por patrones verticalistas, autoritarios. Violentos, en definitiva. Quien manda, según esta ya asimilada cultura, tiene derecho de mandar sin atenuantes; y quien obedece, obedece sin mayores cuestionamientos.

Esa cultura autoritaria fue dando como resultado una particular forma de apreciar la vida del otro subestimado. De esa forma, desde el ejercicio de poderes siempre marcadamente asimétricos, la integridad física y psicológica del otro subestimado, el otro «inferior», quedó a merced del superior, lo cual estableció una matriz de impunidad generalizada: el dominador puede hacer casi lo que desea con el dominado o, al menos, puede imponerle sus criterios con total naturalidad, porque la normalidad aceptada es obedecer sin protestar.

Estas matrices autoritarias y violentas marcaron también los rasgos distintivos con que se organizó y se desenvolvió el Estado durante varios siglos. El Estado, lejos de ser una instancia destinada a armonizar las relaciones entre los distintos grupos sociales, fue una prolongación del dominio de las clases dominantes. Durante siglos funcionó con patrones racistas, excluyentes de las grandes mayorías, capitalino y desinteresado del interior del país, y sumamente deficiente en su función de llevar servicios y satisfactores que aseguraran el bien común para la totalidad de la población. En general el Estado estuvo puesto al servicio y beneficio solo de un determinado grupo de poder.

La falta de canales de expresión democrática para las grandes mayorías, su exclusión histórica y la insatisfacción dominante en las mismas, pasada la corta experiencia en que se intentó un nuevo modelo de sociedad entre 1944 y 1954, sumado a la represión violenta de que fue objeto desde siempre, pero más aún luego de ese período específico de mediados del siglo pasado, desató reacciones de violencia armada desde grupos populares como modos de respuesta a una situación que no encontraba espacios políticos. Terminada oficialmente la guerra interna en 1996, salvo algunos cambios puntuales bien acotados (por ejemplo: una mayor presencia maya en la agenda nacional, muy pequeña aún, pero mayor que en años atrás, o una discusión abierta sobre la crónica violencia de género, igualmente muy pequeña aún, pero mayor que en años atrás también), las causas estructurales de violencia y exclusión político-económica persisten.

Las poblaciones perciben, imaginan y procesan las violencias según circunstancias históricas concretas. Los imaginarios colectivos de violencia, por tanto, cambian en el tiempo, se reconfiguran. En la sociedad guatemalteca ha sido una constante el autoritarismo, el verticalismo patriarcal y el desprecio del otro diferente (siempre en la óptica de que quien desprecia es el que detenta una mayor cuota de poder). A través de los años, ese cambio fue grande, rápido, pero no dejó de presentar matrices comunes: la violencia no asusta, no conmueve, sino que está enraizada como hecho cultural. El conflicto armado y la militarización que se vivieron por casi cuatro décadas potenciaron la violencia a niveles y alarmantes en prácticamente todos los espacios de la vida nacional.

La segunda mitad del siglo XX estuvo marcada en muy buena medida por acontecimientos político-ideológicos que reproducían las matrices globales con que se movía la sociedad. Durante años Guatemala vivió y sufrió la Guerra Fría. La confrontación entre dos modos de vida (capitalismo y socialismo) se tradujo internamente en una lucha que no fue sólo ideológica sino que tuvo consecuencias materiales espantosas.

El «combate al comunismo» de la Guerra Fría viene marcando los diversos espacios públicos de la sociedad desde mediados del siglo pasado. Durante la época del gobierno revolucionario de Juan José Arévalo-Jacobo Arbenz, el imaginario de violencia dominante estuvo dado por esa pugna ideológica: comunismo-anticomunismo, articulada con la Guerra Fría que dominaba el panorama internacional. De todos modos, la violencia no era la preocupación dominante en el colectivo, en ninguna de sus expresiones. La lucha ideológica, que se transformó rápidamente en enfrentamiento político, derivando luego en acción militar abierta (obviamente, violenta por definición) fue una constante animada desde los sectores de poder que veían perder sus privilegios.

Caído el gobierno de Jacobo Arbenz, el imaginario de violencia que prevaleció estuvo ligado directamente a la militarización de la sociedad: con acciones militares concretas en la zona rural (el altiplano de presencia maya), con guerra sucia en la capital y las principales ciudades, con desaparición forzada de personas y hechos de tortura selectiva. La violencia, para estas cuatro décadas, estuvo ligada directamente al campo político, y por extensión: militar. Otras formas de violencia no dejaron marcas significativas en los imaginarios. La violencia delincuencial no contaba como problema. La cuestión que marcó el período era cómo sobrevivir en ese mar de tanta violencia: o evitarla no «metiéndose en nada» o, para quienes tenían algún nivel de compromiso político, cómo sortear la masividad de esa violencia que no dejaba alternativas.

Desde firmada la paz, y de allí en forma creciente hasta nuestros días, el imaginario social de la violencia liga ésta en forma casi exclusiva con la delincuencia. Producto de acciones mediáticas que, deliberadamente o no, ponen la violencia delincuencial como el principal problema de la sociedad, la población, en su amplia mayoría, identifica violencia con esta nueva «plaga» que pareciera atacar todo, sin distinciones de clase, de etnias, de género, etáreas. No es exagerado decir, a modo de síntesis de este nuevo imaginario, que la percepción generalizada afirma resueltamente que «la delincuencia nos tiene de rodillas». Esa violencia vivida como algo sin límites, omnipresente, mucho más dañina aún que la experimentada en los años de militarización y conflicto armado abierto, tiene como actores a nuevos personajes sociales: el crimen organizado, el narcotráfico, las pandillas juveniles (maras). En alguna medida, la delincuencia se une a pobreza, con lo que ésta es fácilmente criminalizable.

En todos los casos, el imaginario de violencia apunta a que «yo nunca soy el violento» (la violencia nunca se reconoce en primera persona), pero sí lo son otros grupos: durante la revolución del 44, según el punto de vista elegido, los violentos son o los «inditos que querían mandar y los comunistas de Arbenz que los agitaban», o los sectores conservadores que finalmente desataron la contrarrevolución con apoyo estadounidense. Durante los años de militarización, el imaginario dominante de violencia ligaba la misma a la figura del «delincuente subversivo que quería trastocar los valores de patria, familia, dios y propiedad privada» o, por otro lado, al Estado contrainsurgente, capaz de cometer cualquier acto, por más ilegal que fuera. Finalmente, en los años del post-conflicto, años que se van construyendo para el imaginario social como más violentos aún que los de la guerra interna, la violencia queda ligada a la delincuencia, y en buena medida a jóvenes pobres, provenientes de los sectores urbanos más excluidos: las maras. La violencia delincuencial es masiva, está en todas partes y a cualquiera le puede tocar. En ese sentido, puede tornar la vida cotidiana una verdadera pesadilla. En general, como imaginario muy desarrollado, una forma de afrontar todo esto es la salida punitiva: más armas, más seguridad, más alambradas, más casas amuralladas, desconfianza, no participación en nada más allá de lo estrictamente necesario, aprobación de la pena de muerte, asentimiento de los linchamientos. La sensación dominante es de miedo y parálisis ante la situación, y ninguna de estas conductas violentas contra el «otro indeseable» se reconoce como violenta.

La pandemia de COVID-19 que se ha instalado desde el 2020 no altera sustancialmente nada. En todo caso deja al desnudo –una vez más– la verdadera dinámica de la sociedad: una minoría que «se salva», pudiendo ir a vacunarse fuera del país (a Estados Unidos básicamente) y con acceso a sistemas privados de salud, con una más que minúscula oligarquía que sigue siendo el auténtico factor de poder financiando a la clase política que saca leyes a su medida, junto a sectores de nuevos ricos surgidos en los últimos años de represión contrainsurgente aunados a negocios de dudosa reputación (narcoactividad, contrabando, contratistas de Estado), sobre la base de una extendida masa paupérrima de trabajadores varios, pueblos originarios, asalariados y sub-asalariados, que continúa teniendo como una de sus pocas salidas el marchar a Estados Unidos en condición irregular. Pese a esa pandemia, la delincuencia callejera no ha bajado; disminuyó en el primer año de confinamiento, habiendo vuelto a subir en el 2021.

Como conclusión: la violencia hace parte sustancial de la historia del país, y no se ve cómo encontrarle reales caminos para su superación.

Fuente e imagen: https://www.alainet.org
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