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Atención en declive: cómo la tecnología afecta nuestra capacidad de concentración

Por: Paulette Delgado

Nuestra capacidad de atención ha disminuido drásticamente debido a que vivimos en un entorno digital diseñado para captarnos mediante recompensas dopaminérgicas.

Para muchas personas, cada día se vuelve más fácil sucumbir ante la tentación de sentarse por horas viendo reels o tiktoks en lugar de trabajar o hacer cualquier otro pendiente. Pareciera que poner atención se ha vuelto la tarea más difícil de todas pero, ¿por qué?

Según un estudio realizado por la Dra. Gloria Mark, de la Universidad de California, Irvine, la capacidad de poner atención se ha reducido en las últimas décadas. La Dra. Mark explica que, en el 2004, la capacidad de atención promedio en cualquier pantalla era de dos minutos y medio. Para el 2012, esto había cambiado a un minuto con 15 segundos, y en los últimos cinco o seis años el promedio es de 47 segundos. Sobre esto, la experta menciona que es aún más alarmante si se toma en cuenta la mediana, que es de 40 segundos, en lugar del promedio. Esto significa que, en los últimos 20 años, se han perdido casi dos minutos de atención a las pantallas.

Este cambio no es trivial. Se trata de una transformación en la manera en la que interactuamos con la información y el entorno, producto de un ecosistema digital diseñado deliberadamente para captar y retener nuestra atención mediante algoritmos que optimizan la adicción. Cada clic, cada notificación y cada “me gusta” son parte de un sistema que estimula la producción de dopamina, una hormona que refuerza comportamientos adictivos y condiciona al cerebro a buscar recompensas inmediatas.

Cada minuto de cada día se suben cerca de 16,000 videos a TikTok, se reproducen 138,9 millones de reels en Instagram y Facebook, y se generan más de 3 millones de visualizaciones en YouTube en todo el mundo, según datos de 2024 recopilados por Domo. Ahora, si  a esto se le suma cómo las redes sociales constantemente están compitiendo por nuestra atención y mantenernos atrapados, es fácil ver por qué es tan difícil dejar de lado el teléfono.

Pero esto no es casualidad, hay equipos enteros que trabajan en buscar cómo mantenerte atrapado usando algoritmos que buscan predecir lo que quieres ver. Incluso Aza Raskin, ex empleada de Mozilla, dice que “es como si tomaran cocaína conductual y la rociaran por toda tu interfaz, y eso es lo que te hace volver. Detrás de cada pantalla de tu teléfono hay literalmente mil ingenieros que han trabajado en él para intentar hacerlo lo más adictivo posible”.

Además, el problema también recae en el contenido, que está pensado para ser momentáneo. “Muchas cosas en las redes sociales y en el contenido breve están diseñadas para impactarnos o para apelar a emociones muy básicas, como la sorpresa, la ira o el humor,” dice la Dra. Mark. “Estas emociones básicas nos mantienen en un nivel superficial cuando analizamos la información, a diferencia de cuando lees un libro o un artículo extenso, donde tienes tiempo para reflexionar y procesarla más profundamente”.

El impacto en el cerebro

Estar constantemente revisando los teléfonos produce una pequeña dosis de dopamina, lo que refuerza los comportamientos que la generan. La dopamina es la hormona que alimenta las adicciones, así que, cada vez que las redes sociales proporcionan un poco de dopamina, de manera inconsciente hace querer seguir haciéndolo. Este tipo de condicionamiento crea una condición donde solo con ver el celular puede producir dopamina. Además, al estar constantemente cambiando de una imagen a otra, de una aplicación a otra, y de un tema a otro, el cerebro se acostumbra a este cambio, lo que dificulta que se concentre en una sola cosa.

Un artículo de The Weekly Talon explica que el cerebro es un músculo, entonces se convierte en memoria muscular al estar cambiando de tema. Además, la dopamina que se deriva de los medios digitales refuerza el sistema de recompensa y genera placer. El cerebro recuerda esa satisfacción y busca repetirlo. Sin embargo, al igual que se produce un pico de dopamina, después viene la caída, dejando sentimientos de vacío, depresión, e insatisfacción, provocando querer buscar sentir esa felicidad nuevamente. Ahora bien, si a este sentimiento de vacío le agregamos tener que realizar una tarea o trabajo monótono, se vuelve más difícil querer completarla. La mente va a querer buscar cualquier distracción para evitar realizar estas tareas tediosas.

Parte del problema también es que las personas buscan escapar del aburrimiento y de las emociones negativas. Entre el estrés del día a día y sentirse abrumados, es normal querer buscar gratificación instantánea y no enfrentar las dificultades del día a día. El exceso de información también contribuye a la fatiga mental. Según la Dra. Mark, el cerebro humano cuenta con una función ejecutiva que le permite filtrar distracciones, tomar decisiones y mantener el enfoque. Sin embargo, esta función se ve debilitada cuando el cerebro se satura, lo que produce cansancio, ansiedad y dificultad para retomar tareas interrumpidas.

Incluso, la investigadora ha mostrado que este patrón tiene consecuencias fisiológicas: el cambio constante de tareas se relaciona con niveles elevados de estrés, presión arterial alta y mayor número de errores en el desempeño de tareas complejas. La multitarea, lejos de ser una habilidad deseable, es en realidad un obstáculo para la productividad sostenida.

Especialistas en el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) han comentado que se han visto inundados por pacientes que creen tenerlo, pero en realidad no. Todo esto se debe a que el TDAH ha ido en aumento en Estados Unidos, y con tantas publicaciones hablando del tema, han convencido a personas que tienen problemas de atención.

Aunque la distracción no es nada nuevo, la concentración sí cambia según varios factores, desde cómo dormimos, el interés en lo que hacemos y la ansiedad inherente de la vida diaria. Además, hoy en día existen más tentaciones para distraernos que antes, gracias a las notificaciones e información inmediata que tenemos al alcance de nuestras manos. Sobre esto, la investigadora señala en el estudio que, en esencia, el internet fue creado para esto. “No se trata solo de que haya algoritmos que capten nuestra atención”, afirma Mark. “Tenemos la sensación de que tenemos que responder, de que tenemos que comprobar”.

Esta situación se agrava por el entorno digital: el flujo constante de notificaciones, la posibilidad de alternar entre pestañas y aplicaciones, y el diseño adictivo de plataformas como TikTok o Instagram, erosionan la concentración sostenida necesaria para el aprendizaje profundo. Como lo expresó el premio Nobel Herbert Simon: “Una gran cantidad de información crea pobreza de atención”.

Cada vez que alguien cede ante la tentación de pausar lo que está haciendo para revisar el teléfono, el cerebro también tiene que pausar lo que estaba haciendo y pasar a una nueva tarea, lo que afecta negativamente la velocidad y la calidad de lo que hacen a corto plazo, y a largo plazo, “cuanto más se alterna entre tareas, más se busca en el cerebro algo nuevo”, afirma Adam Brown, codirector del Centro de Atención, Aprendizaje y Memoria de la Universidad de St. Bonaventure, en Nueva York. Esto quiere decir que el cerebro se acostumbra a las distracciones constantes y las utiliza por costumbre, lo que resulta, por ejemplo, no poder ver una serie o película sin ver el celular.

Bárbara Shinn-Cunningham, directora del Instituto de Neurociencia de la Universidad Carnegie Mellon, comentó a la revista Time que no está convencida de que realmente las personas estén perdiendo la capacidad de concentración. “No estoy segura de que esté cambiando el funcionamiento de nuestro cerebro”, afirma Shinn-Cunningham, “sino que [más bien] está aprovechando su funcionamiento para mantenernos enganchados a nuestros dispositivos electrónicos”.

El impacto de la falta de atención en la comunidad estudiantil

Por otra parte, existe un debate sobre la atención y si los estudiantes tienen una capacidad finita de concentrarse. Neil Bradbury, profesor de la Universidad de Medicina y Ciencias Rosalind Franklin en Illinois, llevó a cabo una investigación sobre distintos estudios que hablan del tema y encontró que muchos utilizan comportamientos como el tomar notas o estar inquietos como indicadores de cuánta atención ponen, pero ese tipo de comportamiento no es lo mismo que la concentración en sí.

“Realmente no existe una buena definición de lo que significa la atención, y a menos que se tenga una buena definición con la que todos estén de acuerdo, es muy difícil encontrar una medida para medirla, porque realmente no se sabe qué se está midiendo”, afirma Bradbury.

Lo que sí es cierto, es que muchos estudios han demostrado que los estudiantes que tienen menor capacidad de atención tienden a obtener peores resultados en los exámenes. En primer lugar, se les dificulta comprometerse profundamente con el contenido académico, así como seguir una clase, leer libros de texto complejos o resolver problemas difíciles. Estar constantemente cambiando de plataformas o contenidos afecta su capacidad para un aprendizaje profundo y significativo.

Y esta capacidad de concentrarse no solo afecta lo académico, sino también la salud mental y el desarrollo de habilidades cognitivas esenciales para el aprendizaje autónomo y significativo. Debido a su falta de concentración, se aumenta su ansiedad, la depresión y el agotamiento. Como el cerebro se está constantemente sobreestimulando, se vuelve complicado lograr calmarlo y hacer que se concentre en un tema que puede ser aburrido.

Según la escuela Australiana Santa María, se han identificado varios tipos principales de atención que las personas exhiben a lo largo del día:

  1. Atención focalizada: La capacidad de responder discretamente a estímulos sensoriales específicos y concentrarse en una sola tarea u objeto, eliminando las distracciones.
  2. Atención sostenida: El poder mantener la atención en una tarea durante un período continuo sin distraerse.
  3. Atención selectiva: La habilidad de concentrarse en un estímulo específico mientras se ignoran los estímulos irrelevantes del entorno.
  4. Atención alternada: La flexibilidad mental para alternar el enfoque entre diferentes tareas o aspectos de una tarea.
  5. Atención dividida: El potencial de concentrarse y responder a múltiples estímulos simultáneamente, como conducir mientras se habla por teléfono.

Según la institución, el problema es que las y los estudiantes pasan mucho más tiempo alternando entre distracciones digitales como pestañas en el navegador, lo que provoca mayor estrés, errores y un rendimiento más lento porque el cerebro batalla para reorientarse y concentrarse. Además, los docentes enfrentan cada vez más dificultades para captar y mantener la atención de sus estudiantes. Informes como los mencionados anteriormente muestran que el estudiantado tiene problemas para mantenerse enfocados durante más de 10 o 15 minutos seguidos. La sobrecarga de estímulos digitales ha acortado los ciclos de atención, haciendo que métodos tradicionales de enseñanza resulten menos eficaces si no se adaptan a estos nuevos patrones cognitivos.

Para combatir esto, la institución aconseja a los educadores adoptar un enfoque multifacético con las siguientes caraterísticas:

  1. Presentación de información atractiva: El uso de técnicas interactivas como la narración, actividades prácticas y aprendizaje colaborativo puede ayudar a mantener a los estudiantes activamente involucrados en lugar de ser receptores pasivos de información.
  2. Aprendizaje en pequeños fragmentos: Los formatos de microaprendizaje como videos, podcasts y contenido gamificado pueden adaptarse a las preferencias de los estudiantes por sesiones breves y concentradas de información. Sin embargo, esto debe equilibrarse con inmersiones profundas a largo plazo para desarrollar la comprensión conceptual.
  3. Identificar desencadenantes: Ayudar a los estudiantes a reconocer sus distracciones digitales personales y desarrollar estrategias para minimizarlas, como guardar los teléfonos en otra habitación durante el tiempo de estudio.
  4. Técnicas de gestión de la atención: Enseñe a los estudiantes habilidades que fomenten la atención, como concentrarse en una sola tarea, establecer metas claras y tomar descansos regulares para «airear» el cerebro.
  5. Descansos mentales: Incorpore actividad física regular, prácticas de mindfulness y otras actividades revitalizantes para ayudar a los estudiantes a recargar sus recursos cognitivos.

Otras recomendaciones eficaces para combatir la falta de concentración son:

  1. Alejar los dispositivos durante tareas importantes: Tener el teléfono a la vista, incluso sin usarlo, disminuye la concentración. Idealmente, se debe dejar fuera de la habitación o apagar completamente.
  2. Tomar descansos conscientes: La técnica Pomodoro (trabajar durante 25 minutos y descansar 5) puede ser útil, aunque debe adaptarse al ritmo personal. Lo importante es interrumpir el trabajo en puntos naturales de la tarea (por ejemplo, al terminar un párrafo o sección).
  3. Reducir la deuda de sueño: ya que el agotamiento afecta directamente la capacidad de concentración. Dormir entre 7 y 9 horas por noche permite que el cerebro se recargue y consolide la información aprendida.
  4. Visualizar metas concretas: Tener presentes los objetivos a corto plazo —como terminar una tarea para disfrutar una caminata— puede aumentar la motivación y la persistencia.
  5. Evitar la multitarea, que aumenta el estrés y disminuye el rendimiento: En su lugar, se recomienda trabajar por bloques enfocados, centrando toda la atención en una sola actividad.
  6. Consumir contenido más profundo: Contenido como libros, ensayos o documentales largos, en lugar de reels y videos de consumo inmediato. Esto fortalece los circuitos cerebrales implicados en la atención sostenida.

En el hogar, las familias pueden contribuir de las siguientes formas:

  1. Servir como modelo de atención enfocada.
  2. Establecer límites de tiempo frente a pantallas, según la edad.
  3. Promover pasatiempos offline: lectura, juegos de mesa, deporte, naturaleza.
  4. Priorizar el sueño adecuado, ya que el descanso insuficiente afecta directamente el rendimiento atencional.
  5. Enseñar organización del tiempo con herramientas como agendas, temporizadores o rutinas claras.

Si el entorno educativo no propone estrategias para revertir esta tendencia, existe el riesgo de formar generaciones incapaces de sostener el esfuerzo, la concentración o la reflexión profunda, lo que afectará su capacidad de adaptación a contextos complejos en el futuro.

Frente a este panorama, es urgente que las instituciones educativas reconozcan el problema y adopten medidas que fomenten el desarrollo de una atención sostenida. Además de las estrategias aquí descritas, también es crucial enseñar habilidades metacognitivas relacionadas con la gestión de la atención: cómo evitar la multitarea, cómo organizar el tiempo, cómo establecer objetivos claros y cómo tomar descansos efectivos. Además, promover el uso consciente de la tecnología —por ejemplo, estableciendo momentos sin pantallas o prácticas de mindfulness— puede ayudar a los estudiantes a recuperar el control sobre su concentración.

Por otro lado, las familias también deben involucrarse en esta tarea. Limitar el tiempo frente a pantallas, modelar conductas de atención sostenida, fomentar la lectura y garantizar un buen descanso nocturno son acciones fundamentales para fortalecer la atención en casa.

Finalmente, se requieren cambios estructurales. Iniciativas como el “derecho a la desconexión” y la creación de horarios sin interrupciones digitales en escuelas y lugares de trabajo pueden contribuir a una cultura que valore el foco, la calma y el pensamiento profundo.

La disminución de la capacidad de atención no es solo un problema individual, sino un fenómeno cultural y social derivado de un entorno digital que privilegia la velocidad, la sobreinformación y la gratificación instantánea. Sin embargo, es posible revertir esta tendencia si comprendemos cómo funciona la atención, adoptamos estrategias de autorregulación y promovemos cambios estructurales que favorezcan la concentración, el descanso y el aprendizaje profundo.

Recuperar el foco no solo es posible, sino necesario para proteger nuestra salud mental, nuestra productividad y nuestra conexión con el mundo que nos rodea.

Fuente de la información e imagen:  https://observatorio.tec.mx

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Entre la pasión y el agotamiento: El burnout docente

Por: Paulette Delgado

 

El «burnout», agotamiento físico y emocional crónico, afecta gravemente a docentes con cargas laborales excesivas y falta de apoyo. Reconocer señales, establecer límites y priorizar la salud mental es clave para enfrentar este desafío.

En el 2020 publiqué una nota sobre cómo el burnout afectó a los docentes durante la pandemia, pero este problema ha seguido a pesar de que la cuarentena terminó hace tiempo. Este padecimiento es también conocido como el síndrome de desgaste profesional o de fatiga crónica y no es nada inusual; de hecho, fue introducido por primera vez como un diagnóstico en 1974 por el psicólogo Herbert Freudenberger y representa síntomas físicos como agotamiento, fatiga, dolores de cabeza frecuentes y trastornos gastrointestinales, insomnio y dificultad para respirar.

Para la escritora, periodista y autora del libro Can’t Even: How Millennials Became the Burnout Generation, Anne Helen Petersen, esta es una condición dominante de los Millennials porque es algo que se ha ido reforzando desde la infancia: la idea de que se debe estar trabajando todo el tiempo, ser productivos 24/7.

El problema con el burnout es que, a diferencia del agotamiento, es que se llega a un punto donde no se puede seguir más, pero se tiene que seguir adelante, ya sea por muchos días, semanas o años. Es buscar una sensación de logro que sigue aún después de aprobar alguna meta (el examen final o el semestre), pero esa sensación nunca llega. El psicoanalista especializado en síndrome de burnout, Josh Cohen, describe esta sensación como cuando “has agotado todos tus recursos internos, pero no logras liberarte de la compulsión nerviosa de seguir adelante a pesar de todo”. La generación Millennial ha aprendido que ser adulto es como un verbo: estar adulting. Esta etapa no es más que una lista de cosas por hacer y que nunca termina: trabajar, cocinar, limpiar, ir al supermercado, atender a los hijos, hacer ejercicio, etcétera. Y muchas de estas cosas, que deberían ser agradables, se vuelven una carga agotadora porque pasan a ser algo más en la lista de pendientes.

La autora Anne Helen Petersen escribe que “esa es una de las expresiones más inefables y frustrantes del agotamiento: toma cosas que deberían ser agradables y las reduce a una lista de tareas, entremezcladas con otras obligaciones que deberían completarse con facilidad o diligencia. El resultado final es que todo, desde las celebraciones de bodas hasta el registro para votar, se tiñe de resentimiento, ansiedad y evasión. Tal vez mi incapacidad para afilar los cuchillos se debe menos a una cuestión de pereza y más a ser demasiado bueno, durante demasiado tiempo, en ser un Millennial”. Cada vez se está normalizando más que el planeta está muriendo por el cambio climático, la preocupación por una crisis financiera o si surgirá una nueva pandemia, si habrá una nueva guerra y de qué manera eso afectará el mercado global. Aunque se atraviesan situaciones sumamente difíciles, éstas se ven como normales porque es la única manera de sobrevivir. Es por eso que “el burnout no es un lugar para visitar, es nuestra residencia permanente”, menciona Petersen.

El burnout docente

Con esto en mente, no es sorpresa ver que las y los docentes también sufran de este síndrome. Muchas veces esta profesión cuenta con cargas de trabajo insostenibles que incluyen el diseño instruccional, preparar las clases y exámenes, calificar, impartir la clase, análisis de datos, contactos con padres, madres o tutuores, tareas estandarizadas, entre muchas otras. Cuentan con una lista de cosas por hacer interminable que termina ahogando incluso al educador más apasionado.

Como se mencionó anteriormente, el síndrome del trabajador quemado afecta a todas las profesiones; sin embargo, según una encuesta realizada por Rand, se demuestra que los docentes tienen el doble de probabilidades de estar más estresados que otras áreas laborales. La Asociación Estadounidense de Investigación Educativa (American Educational Research Association) apoya estos datos con su propio estudio, donde concluyeron que el 40 % de los educadores de Estados Unidos tienen posibilidades de tener ansiedad en comparación con los que trabajan en el sector salud (20 %) o los de oficina (30 %). Según otra encuesta realizada por Gallup en el 2022, los educadores de nivel K-12, es decir, desde preescolar hasta bachillerato, fueron la profesión con mayor síndrome de burnout en Estados Unidos en ese año. En esta encuesta, el 44 % de los maestros encuestados contestaron que se “sienten agotados a menudo o siempre”.

Este estrés y agotamiento no solo afectan la vida de los docentes y su trabajo, sino también la de sus estudiantes, ya que las y los maestros no pueden darles la atención adecuada. Devlin Peck, un entrenador de diseño instruccional y consultor de aprendizaje electrónico, escribió en su portal que, incluso, “los estudiantes bajo la tutela de profesores con alta ansiedad tienden a tener un peor desempeño académico, particularmente en materias como matemáticas, y pueden desarrollar sentimientos y conductas negativas”. Pero la carga laboral no es la única causa, también está la microgestión y falta de autonomía. Muchas veces, la creatividad y autoexpresión de la comunidad docente se ve sofocada por las políticas del aula o de la institución, lo que les desmotiva con el tiempo. Aunado a esto, en varias ocasiones cuentan con herramientas de enseñanza inadecuadas como un internet lento, materiales insuficientes, infraestructura inadecuada o ineficiente, etcétera.

No hay que olvidar que también está el factor del estudiantado, especialmente aquellos con conductas problemáticas. Ya que en estos casos, suelen ejercer el papel de cuidadores y docentes al mismo tiempo, sobre todo al lidiar con los estudiantes desafiantes, abusivos o con necesidades especiales. Todo esto acelera el agotamiento de los maestros. Aunado a estos factores, está la falta de apoyo y las presiones externas, como los gobernantes con sus pruebas estandarizadas, los sistemas de calificación, las familias y la propia sociedad.

Otra causa del aumento del estrés y el síndrome del trabajador quemado fue la pandemia de COVID-19. Debido a que muchas, si no es que todas las instituciones educativas, cambiaron de la noche a la mañana a un modelo virtual de emergencia, sin darle la preparación adecuada a los educadores, éstos tuvieron que adaptarse rápidamente a usar nuevas tecnologías para seguir haciendo su trabajo de manera efectiva. Según una encuesta realizada en el 2022 por la Asociación Nacional de Educación de Estados Unidos (NEA por sus siglas en inglés), el 55 % de los encuestados piensan abandonar la profesión antes de lo planeado, citando dificultades por la pandemia y el burnout como razones principales.

Además, en esta encuesta, el 67 % de las personas encuestadas mencionaron que consideran el agotamiento laboral como un problema muy grave y un  90 % afirmó que sentirse así es un problema grave, especialmente al haber tantas vacantes no cubiertas. Sobre esto, alrededor del 74 % de los docentes dijeron que tuvieron que asumir tareas adicionales para cubrir la escasez de personal. Mientras tanto, el 80 % de los docentes informaron que tuvieron que realizar más trabajo que el que les correspondía en sus funciones y responsabilidades debido a vacantes laborales no cubiertas. Por este motivo, muchos docentes no pudieron con el cambio y renunciaron, provocando una gran escasez y más carga laboral para los que sí se quedaron. En su investigación, NEA reportó que más de 500,000 educadores abandonaron su trabajo después de la pandemia.

Alexandra Robbins, autora del libro The Teachers: A Year Inside America’s Most Vulnerable, Important Profession, escribió para EdWeek que los docentes no sufren de burnout, sino que están destinados a fracasar. Robbins menciona que las tasas de “tensión laboral” (estrés por un trabajo de alta demanda y bajo control) son más altas para las y los docentes que para el promedio de los trabajadores. Robbins menciona en su artículo que leyó dos publicaciones que consideran el burnout como «contagioso» incluso, por la relación estrecha que tienen entre compañeros, sin abordar las causas fundamentales que llevan a los docentes a ese estado. Para la autora, más que ser contagioso, los educadores “se ven obstaculizados por sistemas escolares pésimos, funcionarios ignorantes o administradores desconectados de la realidad”. No es que solamente sufran de burnout, son parte de un sistema que los lleva al extremo.

Por otro lado, uno de los problemas del burnout es que no existe una manera exacta de medirlo. Si bien, los investigadores han buscado maneras de hacerlo y existen ciertas formas que han ido ganando popularidad, como la de Maslach, todas enfrentan problemas porque cada caso tiene diferentes causas.  Kevin Leichtman, autor de The Perfect Ten: Ten Students, Ten Mindsets, One New Definition of Perfection, escribió un artículo para EduTopia donde explica que inventó la escala de burnout de Leichtman con la que “busca proporcionar una comprensión clara del proceso de agotamiento específicamente para los educadores”, explica el autor. Leichtman menciona que, si bien, cada caso es diferente, existen ciertas tendencias entre síntomas y umbrales variables, los cuales pueden ayudar a descifrar en qué nivel de burnout se encuentra cada educador.

Son cuatro niveles; el primero es ser apasionado, pero abrumado. Es cuando el docente ama lo que hace. Se siente comprometido, por lo que asume más tareas, lo que comienza el burnout. El segundo es sentirse abrumado y cínico, que es cuando esa pasión del primer nivel no está dando resultados como un mejor salario, mejor evaluación, o algo, pero solo hay más carga laboral, lo que comienza a sentir cinismo hacia la profesión. El nivel tres es cuando es completamente cínico y empieza a sentirse agotado. Aquí puede empezar a sentir que es imposible ser un buen educador, que todo y todos son culpables del estado de la educación y no importa lo que haga las cosas no cambiarán y esos sentimientos no se quedan en el aula, los acompaña a casa, impactando otras áreas de su vida. Por último está el colapso por un agotamiento total. Ya el burnout forma parte de cada parte de su vida, afectando su bienestar y poniéndolo en modo de supervivencia. Leichtman menciona que en este punto hay dos opciones: “salir o volver a comprometerse”; es decir, o abandonar el aula o recuperar su pasión.

Otra cosa de la que pocos hablan sobre el síndrome del trabajador quemado es el sentimiento de culpa que esto trae. Es verdad que para muchos educadores esta emoción es parte de su día a día: culpa por tomarse vacaciones, faltar por enfermedad, por salir a tiempo del trabajo, no terminar de calificar, etcétera.  Este sentimiento surge de querer hacer todo lo posible por sus estudiantes, mientras que al mismo tiempo, se sienten abrumados y agotados por su carga laboral, la falta de apoyo y cualquier cosa que pase a su alrededor; se sienten mal por no poder completar todo lo que quisieran. Crystal Foxx de NEA menciona que “la responsabilidad no recae en los educadores, sino en los responsables políticos que perpetúan un sistema que crea este ciclo de culpa, ya que no es posible que una persona logre hacer todo sin sacrificar algo, como la familia o el tiempo personal”.

Apoyando a los docentes a sobrellevar el síndrome del trabajador quemado

Debido a que la tolerancia de estrés y manejo de emociones de cada persona es diferente, es imposible dar una respuesta que aplique a todas las personas a la hora de evitar el síndrome de burnout; sin embargo, un lugar para empezar es estar pendiente de los primeros signos de agotamiento.

Tomando en cuenta la escala de Leichtman, si una maestra o maestro desde el nivel uno busca ayuda y empieza a tomar medidas, es muy posible que evite llegar al último nivel. La organización Education Support escribe en su portal varios consejos para evitar el síndrome del burnout. Empezando por ser conscientes de sus emociones, nivel de estrés y salud. Usar estrategias como la atención plena, meditación, llevar un diario o hablar con otras personas para estar al pendiente de cómo está y cómo se siente, para poder pedir ayuda o dar un paso atrás si es necesario. Sobre esto, la organización advierte que “ser consciente y comprender el estrés, el agotamiento y la salud mental es invaluable para comprenderse a uno mismo”.

Tomar el control de su bienestar, aprender a equilibrar el trabajo y la vida personal, buscar momentos para descansar y relajarse. De acuerdo con Education Support es normal para los docentes poner primero a sus estudiantes, pero está bien ponerse primero y no sentir culpa por hacerlo. “Si quieres cuidar y ofrecer la mejor educación a tus alumnos, también tienes que dedicar tiempo a recargar energías y cuidar tu salud y bienestar”, señala la publicación. Cuestionarse si puede con más carga laboral. Tomar más trabajo con la meta de querer ser mejores en lo que hacen y por sus estudiantes no es algo malo, sin embargo, antes de hacerlo, la organización recomienda cuestionar el propósito de las tareas que tomará, si va más allá de las responsabilidades normales, si es algo que tiene tiempo de hacer sin que impacte las otras áreas de su vida y sin agotarlo. Detenerse y pensar si es algo realmente necesario. Con este último punto en mente, Education Support aconseja a los educadores recordar que a veces es necesario decir que «no», que está bien no poder hacerlo todo, ya sea por falta de tiempo, por exceso de trabajo, o porque no tendrá mucho impacto sobre los estudiantes.

Otro punto importante es tomarse días de salud mental si lo necesitan. Ya sea antes de sentirse agotados o si ya sufren del síndrome del trabajador quemado, es bueno tomarse tiempo para recuperarse. Ya sea un día laboral, un fin de semana o un día feriado, es necesario relajarse y darse el tiempo de recuperarse emocional y físicamente. Por último, la organización aconseja aprender a pedir ayuda y obtener apoyo cuando lo necesite. Ya sea hablar con colegas, amistades, familiares o expertos, hacerlo puede hacer posible salir de este síndrome. El Tec, por ejemplo, tiene programas como el TQueremos donde proporcionan apoyo emocional.

¿Has experimentado burnout? De se así, ¿qué medidas has tomado? ¿Qué consejos podrías dar a otros docentes?

Fuente de la información e imagen: https://observatorio.tec.mx

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Opinión | La exigencia a los docentes después de la pandemia

Por: Paulette Delgado

Poco se ha hablado de cómo la pandemia de COVID-19 ha aumentado la carga de trabajo del profesorado.

En julio, septiembre y diciembre del 2023, el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, convocó el Panel de Alto Nivel sobre la Profesión Docente, se reunió para hablar sobre cómo transformar la educación. Gran parte de esta cumbre se centró en los docentes, ya que se les considera como “la columna vertebral de todos los sistemas educativos de calidad” y la sociedad no los valora lo suficiente. Este tema no es novedad; desde el 2018 aquí en el Observatorio hablábamos de cómo esta profesión ha perdido su prestigio y la crisis que atraviesa.

El informe del evento, titulado United Nations Secretary-General’s High-Level Panel on the Teaching Profession destacó la importancia de las y los docentes, ya que, según se mencionó, “son fundamentales para nutrir el mayor recurso de cada país: las mentes de su gente”. La realidad es que existe una escasez de educadores en el mundo, y los que hay, carecen de capacitación continua, algo que se vio durante la pandemia, por lo cual el panel se centró en dar recomendaciones y hacer un llamado a la acción para “garantizar que cada estudiante tenga acceso a un maestro profesionalmente capacitado, calificado y bien apoyado”.

La pandemia alteró el sistema educativo significativamente, intensificó la carga laboral de los docentes, los obligó a cambiar repentinamente la manera en la que enseñan y los presionó a usar nuevas tecnologías. Y aunque la ONU está enfocándose en el tema, se necesita hablar aún más de cómo este suceso sigue aumentando la demanda laboral y la presión que tiene la sociedad sobre las y los educadores.

En la pandemia, en cuestión de semanas, la enseñanza y aprendizaje pasó a ser remoto, a pesar de que muchos docentes nunca habían enseñado en línea y, por lo tanto, carecían de conocimientos sobre enfoques pedagógicos en línea o incluso de habilidades tecnológicas básicas lo que los dejó sintiéndose poco preparados y abrumados. En el contexto australiano, por ejemplo, los docentes experimentaban una disminución de la moral, agotamiento, baja autoeficacia y una percepción de falta de apoyo.

La enseñanza a distancia y la tecnología educativa cobraron una relevancia urgente y renovada debido al abrupto cambio hacia la educación en línea provocado por la pandemia, frecuentemente apoyados por diversas tecnologías y plataformas. Aunque para algunas personas, este evento fue una oportunidad para innovar y experimentar, para otras se volvió en una carga emocional y psicológica. A medida que el mundo avanza para recuperarse después de este suceso, es momento de reflexionar sobre los cambios que este ha producido en los sistemas educativos, sobre todo en la carga de trabajo de los educadores y el impacto de estas tendencias globales.

Si bien podría decirse que la pandemia ha generado una «oportunidad sin precedentes para transformar la educación en sistemas completos» y el potencial para reimaginar el papel de las tecnologías digitales en los modelos de impartición educativa, ha habido poca investigación sobre cómo este evento puede haber aumentado el uso de la tecnología en la educación por parte de las escuelas, y cuáles son las implicaciones para la organización y ejecución del trabajo de los docentes. Además, no se habla de cómo la tecnología está remodelando el trabajo docente, solo hablan de cómo estos la integran o utilizan.

Conscientes de la necesidad de investigar el tema, las docentes Mihajla Gavin y Susan McGrath-Champ escribieron una publicación titulada Teacher workload and the organisation of work: a research agenda for a post-pandemic future, centrándose específicamente en la educación pública de Nueva Gales del Sur. En su investigación, las autoras analizan patrones que se están produciendo en el mundo laboral, tales como el trabajo remoto, la automatización y el aumento de las tareas que tienen que llevar a cabo los docentes para entender qué está pasando con su profesión.

Gavin y McGrath-Champ en su investigación se preguntan: “¿hasta qué punto la COVID-19 ha alterado (o podría) fundamentalmente la impartición de educación y las nociones duraderas de aprendizaje cara a cara en la educación escolar? Además, ¿cómo puede esto moldear la organización del trabajo de los docentes e impactar su carga de trabajo?”. Las académicas explican que muchas escuelas están experimentando con formas de aprendizaje híbridas, como en Queensland, Australia y en Missouri, Estados Unidos, que están introduciendo y probando tener una semana escolar de cuatro días para ahorrar tiempo a los docentes, gestionar costos y la escasez de personal.

Además, el Departamento de Educación de Nueva Gales del Sur creó un programa llamado “Tiempo de Calidad” donde tienen bancos de material de planificación de lecciones para apoyar la preparación de las clases y ahorrarle tiempo a los docentes. Otros lugares están experimentando utilizando la inteligencia artificial para automatizar tareas repetitivas y estandarizar procesos para permitir que los educadores trabajen de manera más eficiente y eficaz. Estas innovaciones tienen el potencial de impactar la manera en que los docentes realizan su trabajo y cómo este está cambiando.

La pandemia no solo provocó repensar la forma de enseñar, también intensificó las expectativas de la sociedad sobre los docentes y como esperan que estos estén siempre disponibles y trabajando. Uno de los entrevistados por Mihajla Gavin y Susan McGrath-Champ comentó que el trabajo docente «es una locura, parece que no tiene fin, sientes como si estuvieras constantemente frente a tu computadora».

Para afrontar esto, en Nueva Gales del Sur y Queensland están creando políticas para otorgarles a las y los docentes el derecho a desconectarse digitalmente; algo que parece totalmente descabellado, tener que crear legislaciones para que los educadores puedan limitar su tiempo personal, sin embargo, es necesario. Esta medida se espera que esté disponible para toda Australia. Aunque es bueno que instituciones educativas y políticos busquen mejorar y cambiar el sistema educativo, falta ver si estas pueden perdurar en la profesión docente y sus implicaciones en su carga de trabajo; sobre todo determinar si ayudan a reorientar la atención hacia lo más importante: enseñar.

Estos ejemplos y muchos otros tipos de innovaciones han sido criticadas por su capacidad, o falta de, para abordar eficazmente el problema de carga de trabajo docente. Muchas de estas “soluciones” se centran en reducir el número de horas o proporcionar conjuntos de planes de lecciones, es decir, en el aspecto de la carga de trabajo, sin embargo, no ayudan a solucionar los puntos de presión dentro del trabajo de los docentes.

Se suele asumir sin cuestionar que la tecnología es beneficiosa pedagógicamente tanto para el profesorado como para el alumnado, sin embargo, perspectivas más críticas señalan que estas tecnologías pueden desvalorizar el trabajo de los docentes o complicar y hacer más desafiante su labor. Aunque su uso puede ayudar a hacer el trabajo docente más manejable, no significa que sea menos trabajo.

La instructora en la Universidad de Calgary, Jaime L. Beck, escribió en el 2017 sobre la intensificación del trabajo docente, describiéndolo como “horas pesadas”, ya que constantemente las y los educadores sienten que están siendo jalados en distintas direcciones debido a las demandas contradictorias y competentes en un momento dado. Esto resulta en la deserción, poco interés en la docencia como carrera y en muchos profesionales sintiéndose nada satisfechos laboralmente. Los líderes escolares también experimentan una gran carga de trabajo, ya que tienen que gestionar la escuela, marketing, recaudación de fondos y lidiar con cuestiones legales, dejándoles poco tiempo para el liderazgo educativo.

El aumento de la carga de trabajo y la intensificación del trabajo del profesorado están contextualizados y asociados con cambios en las políticas que caracterizan la mercantilización de la educación. Hasta pareciera que el objetivo de la educación pasó de buscar, como describe la Secretaría de Educación Pública de México (SEP) “contribuir a formar ciudadanos libres, participativos, responsables e informados, capaces de ejercer y defender sus derechos, que participen activamente en la vida social, económica y política”, a ser considerado un bien económico privado.

Estos cambios de política crean un desempeño laboral más pesado e intenso para los educadores; su trabajo se volvió performativo debido a la cuantificación y medición constante a la que se enfrentan. Continuamente su trabajo está cambiando, hay nuevas iniciativas, nuevos programas, nuevos informes o nuevas tecnologías, y poca información sobre si alguna de estas variaciones funcionan bien. Además, deja a las instituciones con un financiamiento reducido para servicios de apoyo para que los líderes y docentes puedan ofrecer educación de alta calidad.

La carga de trabajo y la intensificación del trabajo afectan negativamente la salud y el bienestar de los educadores, especialmente porque tienen poco tiempo para descansar, puesto que tienen que llevar su trabajo a casa y sienten que tienen que estar siempre disponibles; esto los deja agotados, no solo físicamente, emocionalmente también.

La intensificación del trabajo afecta la capacidad de las y los educadores para abordar las prioridades centrales de la educación. Esto plantea la necesidad de intervenciones políticas que no solo aborden la carga de trabajo y la intensificación del trabajo, sino que también reconozcan y mitiguen la «pobreza de tiempo» experimentada por el profesorado. Esta pobreza de tiempo influye en experiencias subjetivas de estrés, agotamiento y satisfacción laboral entre los profesionistas.

Además, durante la pandemia de COVID-19, los docentes no solo se sentían abrumados por la falta de preparación para enseñar de manera remota, también tenían que lidiar con las necesidades socioemocionales de sus estudiantes. Esto, aunque necesario, agregó una capa más de agotamiento, especialmente porque la sociedad veía esto como una parte de la profesión docente.

En el mencionado panel, la ONU enfatizó la necesidad de mejorar las condiciones de trabajo de las y los docentes: ofrecer salarios adecuados, condiciones de trabajo dignas, contratos estables, acceso a tecnología y recursos, así como oportunidades de desarrollo profesional. Se mencionó también que mejorar las condiciones materiales de los docentes es fundamental para garantizar la calidad de la educación, el bienestar de los educadores y la dignidad de la profesión docente. Sin embargo, la crisis actual que enfrentan los docentes no es nuevo y pareciera que, en lugar de mejorar, se ha agravado, especialmente debido a la pandemia.

Está claro que hace falta investigar más sobre el tema; saber qué medidas realmente funcionan y cuáles no, pero también permitirles a las y los docentes concentrarse en su trabajo más importante: educar.

Fuente de la información e imagen:  https://observatorio.tec.mx

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La educación científica en la era de la anticiencia

Por: Paulette Delgado

En un mundo pospandemia, comprender la importancia de la educación científica para transformar la sociedad y promover la alfabetización científica es más importante que nunca.

Recientemente, publiqué en el Observatorio un artículo que hablaba sobre cómo estamos en “la era de la anticiencia”, en la que muchas personas deciden no creer en los datos o información proporcionada por expertos. Una de muchas de las problemáticas que esto conlleva es una dificultad al enseñar ciertos temas científicos.

En su publicación Scientific Literacy and Social Transformation, la Dra. Liliana Valladares explica que “para cambiar la sociedad a través de la educación científica, es importante comprender qué aspectos de la sociedad se desean modificar y por qué. Esto implica conocer cómo está estructurada la sociedad, cómo funciona y qué lugar ocupan la educación, la cultura y la educación científica en dicha estructura social”. A propósito de esta educación científica, en su artículo “Can we teach people what science is really like?”, el profesor Harry Collins escribe al final de su publicación “gracias a Dios, mi trabajo no es enseñar”, un sentimiento compartido por  muchos expertos, ya que es difícil decidir qué conceptos o parte de la ciencia enseñar.

La realidad es que muchos ciudadanos no se sienten capacitados para comprender o tomar decisiones sobre problemas sociales o ambientales y, al mismo tiempo, no confían en sus representantes políticos o en los llamados “expertos”. Es por eso por lo que el contenido de lo que se enseña en el aula es tan importante, es el medio para combatir esta problemática.

 El desconocimiento de una parte significativa de la población sobre lo que es la ciencia, asociado a la desinformación difundida por ciertos grupos o redes sociales, crea un entorno propicio para la aparición y proliferación de visiones distorsionadas y erróneas, además de movimientos anticientíficos. ¿Cómo se puede contrarrestar esta situación desde la perspectiva de la educación científica?

Las olas de la educación científica

Collins, en otro artículo del 2002, ofrece un marco para la ciencia y la educación científica donde explica que existen tres olas epistemológicas sobre el conocimiento científico y su práctica a lo largo de los años. Esto con el propósito de abordar los desafíos identificados del área y ofrecer un marco del panorama y cómo ha ido cambiando.

La primera ola se centró desde principios del siglo XX, aunque ciertos elementos permanecen hasta hoy en día. Esta se basó en el positivismo, donde los científicos eran vistos como expertos o buscadores de la verdad en el mundo. Este paradigma alcanzó su apogeo alrededor de las décadas de 1950 y 1960, donde se desarrollaron las computadoras comerciales, las naves espaciales, la bomba de hidrógeno y el armamento nuclear. A veces, la experimentación en la búsqueda de información y de la verdad eclipsaba la ética, dando paso a la experimentación humana. Se prestaba poca atención a las implicaciones de las elecciones científicas o a las posibilidades de error y sesgo en las interpretaciones.

En cuanto a la educación, el plan de estudios era dirigido por científicos y profesores, centrándose en métodos y conocimientos más que en contextos o conocimientos locales. La enseñanza de este tema en el aula fue diseñada como un microcosmos de la ciencia real, destinada a capacitar a los estudiantes para que sean científicos en el futuro.

La segunda ola comenzó en 1980 hasta finales de 1990. Aquí se enfatizan los enfoques constructivistas de la educación científica. En esta época la experiencia y la veracidad de los descubrimientos y los expertos se vuelven cada vez más cuestionados, algunos incluso los consideran como agentes de partidos políticos o industrias. El aspecto de la educación se ve impulsada por pruebas estandarizadas y requisitos políticos. A la vez, también permite y prioriza la crítica a los investigadores, mientras que los laboratorios y experimentos en las aulas se centraban menos en la formación de científicos y más en el desarrollo de conocimientos científicos prácticos.

En estos años la evidencia empírica no es suficiente para la toma de decisiones, se necesita conocer el contexto, las implicaciones sociales, los prejuicios humanos. Esto porque existe una desconfianza en los científicos, el público necesita saber que los informes no están sesgados por intereses políticos o económicos.

En esta ola, los educadores deben enseñar a los estudiantes a valorar la experiencia científica y al mismo tiempo responsabilizarla. La ciencia puede ser vista como una vocación que debe entenderse como un proceso colaborativo de indagación y exploración, con estándares profesionales y prácticas transparentes. Toda aquella que sea poco ética o esté sesgada se presenta como ciencia “mala”, el enfoque en la educación es comprender qué es la ciencia “buena” y cómo el campo de la ciencia en general trabaja en conjunto para buscar descubrimientos y lograr consenso.

Por último, la tercera ola empezó a principios del 2000 y busca un punto de equilibrio entre los científicos como expertos y la necesidad de responsabilidad y transparencia en el trabajo profesional de la ciencia. Esta se centra en la confusión entre los expertos y el público. A medida que la ciencia se vuelve más compleja, no está claro quién tiene derecho a tomar decisiones basadas en evidencia científica. El autor describe que las dos primeras olas no abordaron adecuadamente la cuestión de quién puede ser considerado experto y cómo los diferentes tipos de experiencia contribuyen al conocimiento científico.

A menudo, la segunda ola borra la línea entre la experiencia científica y la participación pública en el área, la tercera explica que no todos tienen la misma experiencia, así que no todos comprenden o contribuyen por igual. Esto se vuelve problemático a la hora de tomar decisiones y dejarlas en las manos de personas que no tienen evidencia científica para respaldarse. Para contrarrestar esto, la última ola tiene como objetivo categorizar experiencia entre interactiva, que es la de científicos capacitados formalmente que pueden debatir y perfeccionar las afirmaciones de conocimiento dentro de su campo y la contributiva, que se refiere a la del público general, que tienen experiencia con una tecnología o fenómeno en particular.

Dentro de estas olas epistemológicas, el discurso sobre la percepción pública de la ciencia se posiciona como una dicotomía entre la confianza en la evidencia y los científicos como expertos, versus la desconfianza en los expertos como profesionales y agentes políticos sesgados. Esta división se ha ido agravando en los últimos años, ya que los cambios en la comunicación debido a la tecnología y la medicina, al igual que el acceso al internet y más información tanto verdadera como falsa, han impactado en cómo se percibe la ciencia y cómo las personas confían o no en los “expertos”.

La educación sobre la ciencia ha ido cambiando también según el contexto para alinearse con la percepción pública del tema a lo largo del tiempo. Esto da como resultado lecciones que se ven limitadas por la capacidad de hacer y enseñar ciencia real y significativa sin ser afectados por los prejuicios e impactos sociales.

Urge cambiar el enfoque de la educación científica de la transmisión de conocimientos a la promoción de capacidades que asegure no solo la formación de científicos y especialistas, sino también que llegue a todos los ciudadanos, ya que muchos tienen una visión obsoleta de la ciencia. Lo ven como un cuerpo de conocimiento definitivo e incuestionable construido por científicos a través de un proceso neutral y objetivo.

Una buena educación científica debe fomentar una concepción de la misma como un proceso de construcción de conocimiento, condicionado por contextos sociales, históricos y culturales y en constante interacción con la tecnología, la sociedad y el medio ambiente. Además, incentiva una actitud de autonomía crítica, que cuestiona y es intelectual frente a las noticias publicadas por los medios de comunicación, a las propuestas de grupos particulares y a los acontecimientos de la vida cotidiana.

¿Qué pueden hacer las y los maestros de ciencias para apoyar a sus estudiantes? Enseñarles alfabetización científica.

La alfabetización científica

La ciencia es un proceso que genera conocimiento provisional que puede ser refutado o que va evolucionando. La metodología científica es la fase donde investigadores rectifican hallazgos anteriores o los rechazan por medio de pruebas e investigación. Este tipo de procesos es familiar para los investigadores pero desconocido para el público general.

El problema es que, como no se puede aportar una verdad definitiva, ya que siempre hay nuevas tecnologías, científicos, investigadores u otros elementos que afectan los resultados, lo que genera desconfianza en el público general al ver tanta incertidumbre y cambio. Parte de esa sospecha proviene de no tener control, pero los ciudadanos necesitan comprender y confiar en el proceso que es la metodología científica y tener la apertura de revisar continuamente los hallazgos científicos es lo que hace que la ciencia sea tan poderosa. Además, los científicos no solo saben cómo analizar datos, sino también saben cómo sintetizarlos en aplicaciones prácticas. Estas son habilidades que a menudo faltan en la sociedad, pero que la alfabetización científica puede ayudar a desarrollar.

En el 2020, la UNESCO presentó nueve grandes ideas para construir las bases de la educación pospandemia y una de ellas era la necesidad de “garantizar la alfabetización científica dentro del plan de estudios». La organización además señaló que la pospandemia «este es el momento adecuado para una reflexión profunda sobre el currículo, particularmente mientras luchamos contra la negación del conocimiento científico y la desinformación”.

Pero, ¿por qué es importante? Actualmente, es más relevante que nunca comprender la ciencia y utilizar esos conocimientos en la vida diaria. Es como una guía que ayuda a las personas a tomar una decisión informada sobre cualquier tema. La organización Hudson Alpha describe la alfabetización científica como si la ciencia fuera un rompecabezas gigante, donde cada descubrimiento representa una pieza y este término ayuda a los expertos a ver cómo las nuevas piezas encajan con las que ya tienen, “creando una imagen más clara y completa del mundo”. Comprender estas piezas ayuda a entender el vínculo desde como los combustibles fósiles y la contaminación hasta leer la etiqueta de un medicamento.

La alfabetización científica ayudará al estudiantado a ser más racionales en dos aspectos: de manera epistémica, ya que podrán fomentar sus propias creencias basadas en evidencia, y la racionalidad instrumental, que implica comportarse de la manera más favorable para alcanzar sus objetivos, especialmente en una sociedad que es impulsada por esta área y la tecnología.

La Dra. Liliana Valladares, explica que este término tiene dos sentidos: el fundamental, que incluye la capacidad de leer y escribir textos, y el derivado, que se refiere a la comprensión de la ciencia y sus aplicaciones en la vida diaria. A lo que también asegura que aunque la lectura y escritura son importantes, el énfasis suele estar en el sentido derivado, que incluye hábitos mentales, carácter, valores, ciencia como actividad, metacognición y autodirección.

La alfabetización científica se enfoca en el aprendizaje de contenidos y procesos del tema para su aplicación futura, en comprender la utilidad del conocimiento de la misma en la vida y la sociedad. Actualmente, debido al avance de la ciencia, tecnología y de la misma sociedad, se necesita en las aulas una alfabetización científica que incorpore una comprensión amplia de la interacción entre ciencia y sociedad.

Además, la Dra. Valladares describe que, después de la pandemia, ha habido un consenso en diferentes países sobre la importancia de la alfabetización científica para entender desafíos globales, especialmente porque la participación de las infancias y jóvenes en materias de ciencia está disminuyendo. El mundo actual es volátil, incierto, complejo y ambiguo, por lo que se requiere una educación científica que amplíe la capacidad de los estudiantes para responder de manera adaptativa, resiliente y sostenible a los cambios impredecibles de hoy.

La educación científica debe garantizar que todas las personas tengan la oportunidad de adquirir conocimientos en esta área, sin importar su punto de vista sobre temas como las vacunas, el COVID-19, cambio climático u otros temas controvertidos. Sin embargo, ya sea por sus propias creencias, la de sus familias, o el acceso desigual a una educación de calidad, muchos estudiantes carecen de la oportunidad de desarrollar una sólida alfabetización científica. Se debe dar prioridad a una educación inclusiva y accesible para todos, independientemente de sus antecedentes o circunstancias, que garantice que una gama más amplia y diversa de personas pueda desarrollar bases sólidas en conocimiento científico y habilidades de pensamiento crítico.

Fuente de la información e imagen:  https://observatorio.tec.mx

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La era de la anticiencia

Por: Paulette Delgado

 

A nivel mundial son cada vez más las personas que no creen en la ciencia. ¿Qué es lo que provoca esta actitud y qué efectos tienen en la sociedad?

A través del tiempo, la creación, el alcance y la repercusión de mitos sobre la comunidad científica han estado bajo la influencia de diversos factores: política, religión, sociedad, psicología y economía. Sin embargo, algunos persisten mucho después de que la evidencia científica sólida ha presentado explicaciones alternativas. Parece que la sociedad ha descendido a una Edad Oscura en la que los científicos son presentados como enemigos y conspiradores con intereses globales.

No hay mejor ejemplo de esto que lo que comenzó hace cuatro años por estas fechas, la pandemia por COVID-19 de 2020, un suceso que cobró la vida de millones de personas. Durante esta época la respuesta de muchas personas fue no creer en el virus ni en la comunidad científica, que comprobó su gravedad y creó una vacuna para salvar a millones de personas.

Las vacunas suelen ser desarrolladas por científicos médicos que trabajan día y noche tratando de desarrollar nuevas curas, nuevas vacunas, no es algo que ocurre de la nada. Estas deben pasar por un sistema de seguimiento avanzado y ser avalado por sistemas gubernamentales como los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) y la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA por sus siglas en inglés), en el caso de Estados Unidos, que han sido construidos y utilizados por décadas.

Según una investigación del Centro Peterson de Atención Médica y KFF, de junio de 2021 a marzo de 2022 hubo alrededor de 234.000 muertes evitables por COVID-19 en Estados Unidos si tan solo las personas que contagiaron del virus se hubieran vacunado. Tan solo en el estado de Texas, se estima que 40,000 personas murieron porque se negaron a vacunarse.

Hablando sobre su experiencia con las vacunas durante la pandemia, el doctor Robert Froehlke dijo para el New York Times “Antes podíamos convencer más gracias a nuestra experiencia y formación.” Ahora, dice que cita los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades u otras fuentes oficiales solo para no ser acusado de ser un cómplice de alguna gran conspiración.  «Es muy preocupante esta falta de confianza», dice el Dr. Froehlke.

La verdad es que la falta de confianza no es algo nuevo. En 1998, el académico desacreditado, Andrew Jeremy Wakefield, publicó en The Lancet  el paper The MMR vaccine and autism: Sensation, refutation, retraction, and fraud, una investigación engañosa que afirmaba un vínculo entre la vacuna contra el sarampión, las paperas y la rubéola y el autismo. Esta publicación después se demostró ser falsa, lo que hizo que Wakerfield fuera eliminado del registro médico. Aun así, miles de personas siguen creyendo en su estudio, a pesar de haber sido desacreditado.

Otro ejemplo fuera del campo de la medicina es el de la Tierra y aquellos que creen que es plana, a pesar de que existen fotografías y videos demostrando lo contrario. O también uno de los temas más importantes de nuestro tiempo: el cambio climático. Sin duda, esta era de la anticiencia ha traído no solo desinformación, sino consecuencias mortales.

Esta falta de confianza a datos de fuentes fidedignas viene de la mano de la era de la posverdad y las noticias falsas que han ganado popularidad. Esto se ha intensificado por la facilidad con la que se comparte y consume la información en las redes sociales. La manera en la que las personas producen, comparten y consumen noticias, desempeña un papel fundamental en la manera en que se distribuyen datos erróneos. Aquellos que comparten y publican suelen ser aquellos con pocos conocimientos o habilidades para evaluar contenidos.

El científico y doctor especialista en pediatría, Peter Jay Hotez, publicó un libro titulado The Deadly Rise of Anti-science: A Scientist’s Warning donde explica que si bien las fuerzas anticientíficas no son nuevas, en los últimos años se han vuelto más organizadas, mejor financiadas y adoptadas por ideologías políticas.

La comunidad científica se ha visto fuertemente atacada por esas fuerzas, al grado que el propio Peter Hotez ha recibido amenazas y hasta fue acosado en su casa, pero este no es un caso aislado. Según Hotez, cerca de  dos de cada cinco científicos que hablaban sobre COVID-19 y las vacunas de manera pública, recibieron ataques similares. Una encuesta de Nature realizada a 300 científicos corrobora estos datos, afirmando que decenas de investigadores compartieron historias de amenazas de muerte o amenazas de violencia física o sexual por hablar sobre el coronavirus. Estos ataques han sido por parte de grupos antivacunas y, en muchos países, por políticos.

¿Por qué la gente está en contra de la ciencia?

La fundación benéfica Wellcome llevó a cabo una investigación sobre el estado de la ciencia y la sociedad publicada en noviembre del 2021 que contó con la participación de 119 mil personas de 113 países. En este estudio se explica que la confianza en los científicos está estrechamente relacionada con la fiabilidad en los gobiernos nacionales, tanto así que se vuelve difícil desentrañar dónde termina la credibilidad de uno y comienza la del otro. ¿Entonces el movimiento anticiencia tiene sus raíces en la política? No. La política solo desencadena o amplifica esas actitudes, los fortalece en sus creencias anticientíficas, no las crea.

Entonces, ¿por qué cuando a diferentes personas se les proporciona la misma evidencia, científica algunos la aceptan mientras que otros la rechazan? ¿Cuáles son los principios psicológicos que explican las opiniones anticientíficas de las personas? Una investigación de Aviva Philipp-Muller, Spike W. S. Lee y Richard E. Petty  publicada en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), especifica cuatro bases centrales que impulsan estas actitudes. Estas anotaciones se basan en décadas de investigaciones sobre persuasión, influencia e identidad social, procesamiento de información y las actitudes mismas.

  1. Cuando un mensaje científico proviene de fuentes percibidas como carentes de credibilidad.
  2. Cuando los destinatarios abrazan la pertenencia social o la identidad de grupos con actitudes anticientíficas.
  3. Cuando el propio mensaje científico contradice lo que los destinatarios consideran verdadero, favorable, valioso o moral.
  4. Cuando hay un desajuste entre la entrega del mensaje científico y el estilo epistémico del receptor.

Cada uno de estos puntos involucra antecedentes específicos y provoca distintos matices de reacción psicológica. A pesar de esto, las cuatro bases están conectadas al revelar maneras en las cuales la información científica choca con el contenido o el estilo de pensamiento ya arraigado en las personas. Estos conflictos resultan difíciles de aceptar y sencillos de rechazar, lo que complica la comunicación efectiva de información científica. Sin embargo, esta dificultad se vuelve más superable una vez que se esclarecen sus fundamentos subyacentes.

La fuente del mensaje científico

La mayoría de las personas dependen de científicos, periodistas, funcionarios de salud, políticos o líderes de opinión para construir su comprensión del mundo. Tradicionalmente, cuanto más creíble era la fuente, más probable era que la gente aceptara su información y se dejara persuadir. Esto nos lleva de regreso a la anécdota del doctor Robert Froehlke que decía que ser doctor era suficiente para que sus pacientes le creyeran, pero ahora carece de credibilidad, en especial sobre temas como las vacunas, ¿por qué?

La credibilidad, según la publicación de la revista PNAS, se compone de tres pilares: “experiencia (es decir, poseer habilidades y conocimientos especializados), confiabilidad (es decir, ser honesto) y objetividad (es decir, tener perspectivas imparciales de la realidad”. Si alguien percibe que el científico o la científica no cuenta con estos tres pilares, son percibidos como inexpertos o parciales y no serán capaces de cambiar la opinión del público.

Aunque anteriormente a estos expertos se les veía con experiencia y competencia, ahora se cuestiona la veracidad de sus hallazgos, desde las ciencias sociales hasta las médicas. Según los autores de la investigación, esto se debe a que su credibilidad se puede ver socavada por la misma misión de la ciencia donde ocurren debates legítimos, defendiendo perspectivas, teorías, hipótesis, hallazgos y recomendaciones diferentes, a veces contradictorias. Estas contradicciones hacen ver a la comunidad científica como no creíble.

Otro punto es que muchas veces las investigaciones son financiadas por farmacéuticas, empresas, instituciones de élite u organizaciones gubernamentales, lo que afecta su fiabilidad, ya que muchos no creen en ellas. Además, la percepción que la gente tiene de las y los científicos es que son fríos e insensibles, además de ateos, por lo cual, muchos conservadores no confían en sus hallazgos por ir en contra de sus creencias.

Destinatario del mensaje científico

Aviva Philipp-Muller, Spike W. S. Lee y Richard E. Petty mencionan que existen investigaciones sustanciales que hablan de la teoría de la identidad social y como los grupos sociales a los que pertenecen las personas influyen en su respuesta a la información que reciben. Es decir, que las identidades sociales juegan un papel en las actitudes y comportamientos anticientíficos, ya que las personas tienden a rechazar la información científica incompatible con sus identidades.

Es normal que un individuo tergiverse los hallazgos científicos para adaptarlos a sus valores y descarten aquellos que amenacen su identidad cultural. Por ejemplo, si a una persona le gustan los videojuegos, es más probable que acepte investigaciones hablando de sus beneficios que aquellos que hablan del daño a la salud.

Más allá de esto, existen personas que se identifican con grupos que ignoran y cierran por completo el pensamiento, las recomendaciones y la evidencia científica en general, como los famosos “antivacunas”. Estas personas suelen relacionarse con identidades personalmente significativas como políticas y religiosas.

Philipp-Muller, Lee y Petty advierten que  “un matiz y una advertencia importante, sin embargo, es que, aunque los científicos puedan caracterizar a algunos grupos sociales como anticiencia, los individuos que se identifican con estos grupos podrían no pensar que repudian explícita o conscientemente la ciencia”.

En la publicación, los autores mencionan que creen que sus puntos de vista son más sólidos desde el punto de vista científico que de los expertos, se respaldan en pseudociencia en varios casos y actúan efectivamente en contradicción con el método científico para la generación y aceptación del conocimiento científico.

El peligro ocurre cuando estos individuos albergan sentimientos hostiles contra las personas que tienen opiniones distintas; se dejan llevar por la antipatía. Estos son los que llegan al punto de la violencia como la que vivieron los científicos durante la pandemia de COVID-19 por personas  que tienden a rechazar los mensajes científicos.

El mensaje científico

En ocasiones, cuando la información científica contradice las creencias existentes de las personas, estas pueden rechazar incluso la evidencia científica más sólida, porque albergar cogniciones contradictorias es rechazado, a esto se le llama disonancia cognitiva. 

La disonancia cognitiva surge cuando un individuo está expuesto a información que entra en conflicto con sus creencias, actitudes o comportamientos existentes, provocando malestar. La verdad es que es más fácil rechazar una pieza de información científica que revisar todo un sistema de creencias existentes que uno ha acumulado e integrado en una visión del mundo a lo largo de los años, a menudo reforzada por la influencia social. Aviva Philipp-Muller, Spike W. S. Lee y Richard E. Petty lo confirman afirman señalando que  “rechazar la información científica novedosa es a menudo el camino de menor resistencia que revisar las actitudes moralizadas existentes”.

A veces estas creencias provienen de la misma ciencia con información científica previamente aceptada, pero ahora obsoleta o errónea, como es el caso del estudio de Andrew Jeremy Wakefield que “comprobaba” que las vacunas provocan autismo. Por un tiempo, esa información provenía de una fuente confiable, un médico y científico, pero después fue comprobado que no era cierto. Para muchas personas, esta sigue siendo una investigación válida porque no va en contra de lo que llevan creyendo durante años.

Por otro lado, es verdad que en los últimos años han aumentado las noticias falsas, las cuales se han distribuido más rápido debido a las redes sociales. Estas suelen propagarse más rápido porque evocan reacciones emocionales más fuertes, además de parecer ser más novedosas que las verdaderas. Una vez que esta se ha difundido es difícil corregirla, especialmente cuando infiltra un grupo porque se ve de confianza por ser compartida por alguien afín.

Desajuste entre la entrega del mensaje científico y el estilo epistémico del destinatario

Hay ocasiones en las que la información científica no entra en conflicto con el individuo, pero, aun así, es rechazada; esto ocurre por la manera en que esta es entregada, ya que puede estar en desacuerdo con el estilo de pensamiento de una persona sobre el tema o su enfoque general para el procesamiento de la información. A esto se le llama estilo epistémico.

Según la publicación de PNAS hay cuatro tipos diferentes dimensiones del estilo epistémico: el nivel de interpretación, el enfoque regulatorio, la necesidad de cierre y la necesidad de cognición.  El primero se refiere a cómo las personas suelen no aceptar las investigaciones científicas debido a que su nivel de abstracción es diferente. Por ejemplo, si las personas piensan en el cambio climático de manera abstracta (degradación ambiental global), la información concreta sobre el ahorro de carbono puede ser menos efectiva.

El segundo es el enfoque regulatorio, que es cuando alguien puede centrarse en las pérdidas en lugar de ganancia. Por ejemplo, describir una vacuna como 90 % efectiva puede ser menos efectivo que describirla como 10 % ineficaz para las personas que se enfocan en evitar riesgos. Otro estilo epistémico es cuando el individuo tiene una necesidad de cierre, no toleran la incertidumbre, por lo que rechazan la información que no es definitiva o concluyente. Por último, está la necesidad de cognición, que es cuando la persona no disfruta procesar, por lo que es menos receptiva a la información compleja que se le entregue, por más de alta calidad que sea.

¿Qué podemos hacer ante las actitudes anticientíficas?

Para combatir las actitudes anticientíficas, se pueden implementar las siguientes estrategias:

  1. Aumentar la percepción de la ciencia como una fuente de información creíble.
  2. Disminuir la identificación con grupos anticientíficos.
  3. Aumentar la aceptación de la información científica.
  4. Adaptar el mensaje al estilo de pensamiento del receptor.

En el primer punto se trata de cómo la gente ya no ve a los científicos como fuentes creíbles, más bien, los ven como inexpertos, poco confiables, y parciales. Para abordar esa visión sobre la calidad de su trabajo, estos deben mejorar la validez de su investigación y establecer la reproducibilidad de sus hallazgos. Además, deben comunicar al público cuando hay un debate, cuál es el desacuerdo y como esto es inherente al proceso científico y es saludable. Aunado a esto, deben contactar periodistas, funcionarios de salud, políticos o líderes de opinión clave y unir fuerzas, ya que es más fácil acceder al público cuando se llega a ellos por medio de fuentes que ya confían.

Además de esto, la comunidad científica debe esforzarse en usar un lenguaje que transmita su mensaje de forma clara y precisa, pero que sea accesible para una audiencia general. Aquí nuevamente es importante recalcar la importancia de acercarse a los medios de comunicación como lo es el Observatorio IFE, que pueden hacer resúmenes no profesionales para los que no son expertos, pero estén interesados en obtener la información al respecto en términos que comprenden.

En el segundo punto, las y los divulgadores científicos deben apelar a identidades sociales compartidas con su audiencia. Pueden utilizar estrategias como involucrar identidades sociales que comparten con la audiencia, ayuda a reducir la hostilidad y aumentar la receptividad. Más allá de encontrar estas agrupaciones, también pueden formar grupos con objetivos compartidos, estos puntos ayudan a aumentar las posibilidades de que su mensaje sea escuchado y aceptado por aquellos que inicialmente pueden ser más reacios a la información científica.

La comunidad científica también debe esforzarse por ganarse la confianza de grupos que históricamente han sido explotados o excluidos por la comunidad científica, aquellas personas que han sido utilizadas como objetos de estudio. Los investigadores pueden trabajar en colaboración con miembros de estas comunidades, desarrollar competencias culturales e involucrar a estas comunidades oprimidas y racializadas.

Para llevar a cabo el tercer punto se debe capacitar a la población en razonamiento científico. Enseñar a las personas cómo evaluar la calidad de la información científica puede ayudarlas a aceptar evidencia científica de alta calidad, incluso cuando contradice sus creencias. Aunado a esto, advertir a las personas sobre la información falsa y luego refutar puede ayudarlos a resistir mejor, a creer en datos erróneos.

Los divulgadores científicos deben presentar argumentos sólidos, bien razonados y fundamentados para alterar incluso las actitudes arraigadas. Si se puede, enmarcar la información científica de acuerdo con los valores morales del destinatario puede aumentar su receptividad al mensaje. En general, es importante utilizar una variedad de estrategias para aumentar la aceptación de la información científica, especialmente cuando contradice las creencias y actitudes de las personas. Por último, para adaptar el mensaje al estilo de pensamiento del receptor, las y los científicos deben identificar el estilo de pensamiento del destinatario y adaptar el mensaje a ese tipo de pensamiento.

La realidad es que la ciencia está atravesando una crisis, ya que no es aceptada ni vista como una fuente confiable como lo era antes y como se mencionó, esto trae muchas consecuencias en la sociedad en todos los sentidos, no solo lo social, sino también en la salud y bienestar de la sociedad. Otra área importante es el rol que tiene el profesorado y la educación en esta era de anticiencia. ¿Cómo puede un educador enseñar sobre algo que sus alumnos no creen? Además, esto también limita el tipo de conocimiento que pueden impartir. Por ejemplo, cada vez se vuelve más urgente enseñar sobre cambio climático, pero si las familias y los propios estudiantes tienen fuertes actitudes anticiencia, ¿qué pueden hacer los docentes?

Para cubrir este tema y hablar más en profundidad del rol del profesorado en esta problemática, próximamente estaré publicando un artículo al respecto, espérenlo.

Fuente de la información e imagen:  https://observatorio.tec.mx

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No eres tú, el calor sí afecta tu desempeño

Por: Paulette Delgado

 

Investigadores advierten de los efectos del calor en las funciones cognitivas y ejecutivas, así como en la memoria y atención.

 

Durante los meses de junio y julio, gran parte del mundo enfrentó una ola de calor sin precedentes. En el caso de México, por ejemplo, rompió el récord de muertes y golpes de calor registrados… y esto es sólo el comienzo.

Según predicciones de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), “hay un 66 % de probabilidades de que, entre 2023 y 2027, la temperatura media mundial anual cerca de la superficie supere en más de 1,5 °C los niveles preindustriales durante al menos un año. Hay un 98 % de probabilidades de que al menos uno de los próximos cinco años, así como el lustro en su conjunto, sean los más cálidos jamás registrados”. A esto es importante agregar que cuando dicen “los niveles preindustriales” se refieren a 1850-1900, ya que “es anterior a la emisión de gases de efecto invernadero procedentes de actividades humanas e industriales”.

Esto quiere decir que tanto las próximas semanas como años, se espera que se rompan récords relacionados con las altas temperaturas, y con esto, la constante sensación de que es más difícil poner atención, formar pensamientos, y demás funcionamientos cognitivos.

Además, se necesita mucha energía para conservar la temperatura del cuerpo y mantenerse fresco. Mantener una temperatura interna constante es vital para el funcionamiento del cuerpo, puesto que este proceso requiere energía. Y con la sudoración, viene la pérdida de líquidos, así como de sales y electrolitos esenciales, como el potasio, el calcio y el magnesio, lo que provoca cansancio.

¿Qué impacto tiene el calor?

Joe Allen, codirector del Centro para el Clima, la Salud y el Medio Ambiente Global de la Universidad de Harvard, y varios colegas suyos analizaron a estudiantes que vivían en dormitorios de la universidad durante una ola de calor en Boston. La mitad de los estudiantes vivían en edificios con aire acondicionado central, con una temperatura de  22 grados; la otra mitad sin aire acondicionado con una temperatura promedio de 27 grados.

«Por la mañana, cuando se despertaron, les enviamos pruebas a sus teléfonos celulares», explica Allen. Los estudiantes tomaron dos pruebas al día durante 12 días consecutivos. Una prueba incluía sumas y restas básicas para medir la velocidad cognitiva y memoria, otra evaluaba la atención y velocidad del procesamiento.

Los investigadores descubrieron que aquellos estudiantes que no contaban con aire acondicionado reaccionaba 13 % más lento en las pruebas de aritmética y dieron casi 10 % menos respuestas correctas por minuto.

Diez años antes del estudio de Joe Allen, en el 2006, el Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley descubrió que, cuando la temperatura de la oficina supera los 22 grados, el rendimiento de los trabajadores comenzaba a decaer. Especialmente cuando supera los 27 grados, en donde el rendimiento de los empleados bajaba un 9 %.

¿Cómo se ven afectados el aprendizaje y el bienestar de los estudiantes por el calor?

Al comienzo del ciclo escolar 2022-2023, varias escuelas en Estados Unidos se vieron obligadas a mandar a los estudiantes a casa temprano o cerrar y dar clases de manera remota debido a las altas temperaturas, al no contar con aires acondicionados. Ese verano se registró como el tercer verano más caluroso registrado en la nación y, aún así, el OMM advierte que lo peor está por venir.

En el 2021, los economistas R. Jisung Park y Joshua Goodman combinaron datos de las pruebas estandarizadas de 58 países y 12 mil distritos escolares de EE. UU. con información detallada sobre el clima y el calendario académico para “mostrar que la tasa de aprendizaje disminuye con un aumento en la cantidad de días escolares calurosos”. Esto dejó como resultado evidencia que las diferencias climáticas contribuyen a las diferencias en el rendimiento académico.

R. Jisung y Joshua Goodman también publicaron una investigación, la cual analizó a 10 millones de estudiantes de bachillerato que tomaron la prueba preliminar de la Prueba de Aptitud Académica (SAT por sus siglas en inglés) entre el año 2001 y el 2014. Encontraron que la exposición al calor disminuye la productividad del tiempo de instrucción. “Sin aire acondicionado, un año escolar 1°F más caluroso reduce el aprendizaje de ese año en un 1 por ciento” reportaba la publicación. En su investigación también resultó que realizar un examen en un día de 32 grados puede hacer que sea 10.9 % menor la probabilidad de aprobarlo.

Psychology Today advierte de los efectos del calor en las funciones cognitivas y ejecutivas, así como en la memoria y atención. Las funciones cognitivas las midieron a través de la Tarea de búsqueda visual (VST por sus siglas en inglés) que pedía a los participantes a responder lo más rápido posible a una señal visual que aparece en una pantalla frente a ellos.

El portal describe el procedimiento de la siguiente manera: “en la versión simple de la tarea, el triángulo era un triángulo verde en negrita, sólidamente delineado. En la versión compleja de la tarea, el triángulo era un triángulo hecho de puntos presentados sobre un fondo de puntos parpadeantes. La tarea VST está diseñada para medir la capacidad de filtrar información que distrae e interpretar una señal muy específica”.

Las funciones ejecutivas se midieron utilizando Stroop, donde se presenta una palabra en pantalla y los participantes la emparejan lo más rápido posible. En la versión compleja de esta tarea, se les pidió a los participantes que indicaran el color de la fuente utilizada para presentar la palabra en lugar de la palabra en sí. Algunas palabras eran congruentes (la palabra rojo con tinta roja), y otras eran incongruentes (la palabra rojo escrita en tinta verde), esto con el propósito de registrar el tiempo de reacción junto con el número de respuestas correctas.

La memoria se midió utilizando la prueba de bloques de Corsi, donde “se presentó una cuadrícula de cuadrados de 3 x 3 y se iluminaron secuencias de cuadrados. Se pidió a los participantes que reprodujeran el orden en que se iluminaba el cuadrado, con secuencias de cuadrados iluminados que aumentaban en longitud en cada prueba de tres a nueve. Se registraron las tres secuencias más largas correctamente recordadas”, mencionó la publicación.

Y por último, la atención se midió mediante el Test de Procesamiento Rápido de Información Visual (VP) donde se presentaron aleatoriamente secuencias de tres números entre los valores de dos y nueve. Se pidió a los participantes que indicarán lo más rápido posible si esas secuencias eran pares o impares, mientras que se medía el tiempo de reacción y precisión.

Además de estas pruebas, los participantes también informaron sobre su estado de ánimo y sus sentimientos subjetivos sobre el calor y las tareas que se les pidió que realizaran. También se midieron sus respuestas fisiológicas, por ejemplo, revisando la temperatura corporal, la frecuencia cardíaca, la temperatura de la piel, etc. La mitad de los participantes pasaron una hora sentados en una habitación con la temperatura en 39.6 grados y la otra en 21.2 grados para medir el impacto de la temperatura.

La función cognitiva y ejecutiva se midió nuevamente después de una hora de exposición al calor de ambos grupos. Después se les pidió que regresaran una semana después, en donde se cambiaron las condiciones de exposición y se repitió el estudio.

Psychology Today reportó que “tanto la función ejecutiva como la percepción se vieron afectadas por la exposición al calor”, ya que los tiempos de respuesta fueron más lentos después que los participantes fueran expuestos al calor para las pruebas Stroop y VST simple. Las respuestas a la parte más compleja del VST mejoró después de la exposición a las altas temperaturas, aunque los tiempos de reacción fueron más lentos.

Para los investigadores, esto podría demostrar lo que se conoce como la compensación de velocidad/precisión. Los participantes sacrificaron la velocidad por la precisión en esa prueba después de estar expuestos, ya que la mejora no se vió al no estar sujeto a los 39.6 grados. Así que parece que la temperatura más alta del verano podría tener un efecto en la función ejecutiva impulsada por el lóbulo frontal y nuestras habilidades de percepción.

Pero esta no es la única área negativamente impactada por las altas temperaturas; la salud mental también sufre.

Con el calor pareciera que la salud mental se derrite

Los días de calor extremo afectan las interacciones sociales y el bienestar personal, lo cual se vuelve una amenaza para la estabilidad mental. Según un estudio del 2018 publicado en Nature Climate Change, un aumento de 1 grado celsius en la temperatura promedio en los Estados Unidos y México se correlaciona con un aumento del 1 % en los suicidios. Este dato es preocupante si las predicciones de la OMM son ciertas y si las temperaturas empeorarán en los próximos años, si no es que en semanas.

Shabab Wahid, experto en salud mental del Departamento de Salud Global de la Universidad de Georgetown, dijo a Time Magazine que “es fácil entender cómo pasar por una experiencia traumática como un huracán puede afectar la salud mental. La conexión entre el calor y la enfermedad mental no es tan intuitiva”.

Robin Cooper, profesor clínico asociado de la Universidad de California en San Francisco y presidente de la Alianza de Psiquiatría Climática, dice a TIME que “tenemos que empezar a pensar en el cambio climático como una crisis de salud mental. Si ignoramos el cambio climático como una amenaza para la salud pública, estamos abdicando de nuestro papel como proveedores de atención médica”. Lo que significa aún más investigación, especialmente  explicando el efecto del calor en los mecanismos exactos de la función cerebral. Los científicos señalan una multitud de factores psicológicos, sociales y biológicos interrelacionados que van desde la interrupción del sueño hasta la función alterada por el calor de neurotransmisores y hormonas vitales.

Una de las áreas más afectadas por el calor es el sueño, especialmente para aquellos que no tienen ventiladores o aire acondicionado ya que hace que la calidad del sueño sea difícil de alcanzar. Con el tiempo, esto puede provocar pérdida de memoria, falta de concentración y aumento de la irritabilidad. Además, los problemas para dormir están a menudo relacionados con desencadenar episodios maníacos en personas con trastorno bipolar.

Josh Wortzel, quien estudia la intersección del cambio climático, las olas de calor y la salud mental en la Universidad de Brown, explicó a TIME que “el calor también afecta el neurotransmisor serotonina, uno de nuestros reguladores del estado de ánimo más importantes, estrechamente relacionado con mantener la agresión bajo control”.

Wortzel señala que “la serotonina ayuda a transmitir información sobre la temperatura de la piel al hipotálamo del cerebro, que luego controla las respuestas de escalofríos y sudoración cuando es necesario. Los pacientes con depresión suelen tener dificultades con este proceso de termorregulación; el hecho de que estos problemas puedan mejorar cuando los pacientes toman antidepresivos inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina sugiere una relación entre la exposición al calor y la producción de serotonina”.

Aún así, queda mucho por saber sobre cómo el cambio climático y las altas temperaturas afectan la salud mental, pero existe poco apoyo financiero. Si no se tiene más conocimiento sobre el tema, se vuelve difícil para los psiquiatras saber cómo prepararse y ayudar a sus pacientes. Especialmente ante el hecho de que se esperan veranos más calientes y la relación que tiene con el suicidio.

Aunado a todos estos efectos, las altas temperaturas también pueden provocar calambres musculares, agotamiento, náuseas, vómitos, fatiga, fiebre, y golpe de calor, que en casos extremos puede provocar convulsiones o incluso la muerte. Si tienes alguno de estos síntomas, busca ayuda con un profesional de la salud.

Fuente de la información e imagen: https://observatorio.tec.mx

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Problemas de salud mental y estrés orillan a personal educativo a renunciar

Por: Paulette Delgado

 

Educadores en todo el mundo están considerando abandonar la profesión debido a los altos niveles de estrés y problemas de salud mental.

Según la organización Education Support, la salud mental de los docentes británicos está en tan mal estado que un número récord está buscando abandonar la profesión. En una encuesta que realizaron a 3082 trabajadores del sector educativo, descubrieron que el 59 % ha considerado dejar el área. De estos, un 67 % son líderes seniors y 59 % docentes. El 68 % de los participantes señalaron la carga de trabajo como la razón principal por la cual piensan dejar sus trabajos.

Esta encuesta la hacen cada año, y a diferencia del 2021, los niveles de estrés han aumentado. Además, se presentaron casos más altos de depresión y ansiedad que los reportados en la población general. Parte del problema viene de que un gran fragmento del personal (78 %) experimenta síntomas de problemas de salud mental debido a su trabajo, y aún así, van a trabajar (47 %).

Pero esto no sólo sucede en el Reino Unido, según la empresa RAND, que realizó una encuesta a 2360 docentes y 1540 directores, encontró que los educadores tienen un peor bienestar que otras profesiones. De hecho, casi tres cuartas partes de los docentes y el 85 % de los directores dijeron que experimentan estrés laboral con frecuencia, en comparación, sólo el 44 % trabajadores de otras áreas respondieron lo mismo.

Muchos de los docentes y directores comentaron en esta encuesta que encuentran alegría en su trabajo, y que son resilientes y por eso se han quedado. A pesar de eso, un 33 % dijo que era probable que dejara su trabajo a finales del año escolar.

En Perú, según informa la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) el 56 % de los docentes padecieron problemas de estrés en el 2022. A finales de ese año, realizaron un informe en el que se monitoreó el bienestar socioemocional docente de la educación básica regular, donde mencionaron que, especialmente las profesoras, tienen una doble carga laboral ya que se les espera estar a cargo de la educación de sus estudiantes, atender sus necesidades socioemocionales y atender lo que necesiten los familiares de los estudiantes.

La psicóloga Tesania Velázquez, que participó en el informe, comentó a la PUCP que «las dobles tareas, tanto a nivel profesional como a nivel del espacio doméstico, aumentan la afectación a su bienestar socioemocional».

Los educadores están bajo mucho estrés

No importa en qué región del mundo se enseñe, está claro que los docente están bajo mucho estrés, y que éste ha aumentado significativamente a partir de la pandemia. Según una investigación de Edweek, la satisfacción laboral de los docentes está en su punto más bajo debido al estrés que se disparó desde que comenzó la pandemia. Muchos educadores tuvieron que lidiar con escasez de personal, cuarentenas, interrupciones en la enseñanza, la nueva modalidad, etcétera.

La encuesta de RAND encontró que las principales fuentes de estrés relacionado con el trabajo entre los maestros fueron:

  • Apoyar el aprendizaje académico de sus estudiantes porque perdieron tiempo de instrucción durante la pandemia (47 %).
  • Manejar el comportamiento de los estudiantes (29 %).
  • Asumir trabajo extra debido a la escasez de personal (25 %).
  • Apoyar la salud mental y el bienestar de los estudiantes (24 %).
  • Pasar demasiadas horas trabajando (23 %).
  • Tener un salario demasiado bajo (22 %).

Las principales razones de los directores fueron:

  • Ocupar puestos docentes y no docentes en su escuela (56 %).
  • Apoyar la salud mental y el bienestar de los docentes y el personal (44 %).
  • Apoyar el aprendizaje académico de los estudiantes debido al tiempo de instrucción perdido (34 %).
  • Apoyar la salud mental y el bienestar de los estudiantes (32 %).
  • Implementar estrategias de mitigación de COVID-19 (31 %).

Cómo gestionar el estrés

Gran parte del estrés que experimentan los docentes y el personal educativo es causado por problemas sistémicos, aún así, la organización Education Support dice que existen estrategias que cada persona puede aplicar para manejarlo:

  1. Hacer un plan o lista de tareas

Esto es especialmente útil para aquellas personas que tienen más de una responsabilidad. Puede ser una lista para cosas por hacer como educador, otra de líder, otra en casa y, por último, en familia. Esto ayuda a compartimentar las diferentes tareas que tiene que hacer, dándole orden y reduciendo los niveles de estrés. Por ejemplo, si estás en una reunión y recuerdas algo relacionado a un evento familiar o alguna compra pendiente, lo puedes anotar en la lista adecuada, reconociendo la tarea por hacer, pero pudiéndose enfocar en la junta ya que ya quedó anotado para realizarse después.

  1. Conocer tus prioridades

Tener claras tus prioridades ayuda a mantener límites saludables e impedirá asumir demasiado o comprometerse con un trabajo que no se alinee con tus prioridades personales. Esto puede marcar una diferencia real en tus niveles de estrés y agotamiento.

  1. Establecer límites y decir «no«

Aunque establecer límites parece una solución algo obvia, para muchasd personas no es fácil hacerlo. En su publicación, Education Support da el ejemplo de Brian Dyson, el CEO de Coca-Cola quien menciona que él «habla sobre tener bolas de cristal y bolas de goma en la vida. Tienes que pensar: ¿cuáles son tus bolas de cristal? ¿Y cuáles son las de goma? Entonces, cuando estés haciendo malabares con todas estas pelotas, piensa en qué pelotas de cristal debo concentrarme, porque si no lo hago, se romperán, y considera qué pelotas de goma puedes soltar, porque van a rebotar de nuevo».

  1. Tener relaciones sólidas

Tener a quién acudir y desahogarse es primordial. Ya sea acercarse a un amigo, un compañero del trabajo, la pareja o la familia. Lo mejor sería contar con un profesional, pero, lamentablemente, no siempre está dentro de las posibilidades de todas las personas. El Tec de Monterrey cuenta con el portal TQueremos donde la comunidad de la institución puede encontrar apoyo profesional las 24 horas. Todas las personas necesitan a alguien que les escuche para ayudarles a ver el panorama general.

  1. Ser consciente de lo que te estresa

Hacer una lista de eventos o situaciones que te dejen emocionalmente agotada o te produzcan estrés ayudará a ser más consciente y prepararse emocionalmente para enfrentarlas. Además, puedes complementar la lista con una o dos formas de reducir el estrés para cada una de las situaciones, de esta forma, cuando te enfrentes a una situación así, puedes poner en práctica tus técnicas de reducción del estrés y tomar nota de lo que funciona.

  1. No enfocarse en los errores del pasado

Los sentimientos de culpa, remordimiento y arrepentimiento agotan la energía, además pueden provocar más estrés. Ser amable con uno mismo es una buena estrategia para atraer alegría y paz.

  1. No reprimir las emociones

Muchas veces sentimientos cómo la ira y la frustración son consideradas emociones negativas, pero son emociones que se necesitan expresar porque esto podría significar abordar situaciones difíciles con colegas o amigos expresando y discutiendo sus sentimientos. Estos pesan, y contribuyen a provocar más estrés o desgaste si no se abordan apropiadamente.

  1. Reservar tiempo cada día para pasatiempos o ejercicio

La meditación, el yoga, caminar, nadar, andar en bicicleta, no importa qué tipo de ejercicio sea, cualquier tipo es bueno para aliviar el estrés. Y no sólo la actividad física, realizar actividades como pasatiempos ayudan a enfocar la atención en cosas que te gustan, así se disminuyen los niveles de estrés.

El agotamiento o burnout laboral

Otro tema importante por el que están atravesando gran parte de los docentes y personal educativo es el agotamiento (o burnout). Este se produce como resultado de un estrés sostenido que nunca disminuye. Esto se debe a períodos prolongados de intensidad y demandas excesivas de energía, fuerza y recursos. La responsabilidad, presión, carga de trabajo, el salario bajo y las horas hacen que los educadores y el personal educativo sean presas fáciles del burnout.

Las tres señales más claras de que alguien tiene burnout son el agotamiento emocional y físico que puede reflejarse como irritabilidad, cambios de humor,  problemas de concentración, fatiga crónica e insomnio, así como síntomas físicos como aumento de la enfermedad, palpitaciones, dolor gastrointestinal, dolores de cabeza y mareos.

La segunda señal es despegarse de su trabajo, lo que puede convertirse en cinismo y pesimismo hacia la enseñanza, los colegas, estudiantes o las propias instituciones. Además, pueden aislarse de los demás y experimentar una pérdida del disfrute de las cosas que antes le proporcionaban placer.

La tercera es el rendimiento reducido. Para los educadores, esto puede resultar en sentimientos negativos, falta de productividad y bajo rendimiento. Evidencia de esto pueden ser sentimientos de desesperanza y apatía, baja confianza en sí mismo, mayor irritabilidad con uno mismo y con los demás, mayor tiempo dedicado a completar tareas y apatía por querer hacerlo.

¿Qué se puede hacer para reducir o evitar el burnout?

Estas son algunas recomendaciones de Education Support:

  1. Vivir en el presente

Es importante ser consciente de tus emociones, niveles de estrés y salud. Estrategias como la atención plena, la meditación y escribir en un diario pueden ser útiles, al igual que hablar con otras personas. Tener conciencia y comprensión del estrés, el agotamiento y la salud mental es invaluable para comprenderse a sí mismo.

  1. Hacerse cargo de su bienestar

Los docentes y el personal educativo sólo son humanos, cuentan con las mismas horas que cualquier otra profesión. Aprender a equilibrar el trabajo con sus propias necesidades, al mismo tiempo que descansan y se relajan ayudará a manejar mejor el trabajo y la vida. Sin embargo, hay muchas ocasiones donde los docentes ponen primero a los estudiantes que a ellos mismos; si no se cuidan a sí mismos, no podrán apoyar a los demás.

  1. Cuestionar el impacto antes de asumir un nuevo trabajo

Los docentes quieren hacer lo mejor por sus estudiantes, también quieren ser buenos en lo que hacen. Eso significa que a veces asumen más de lo que deberían. Si se les pide algo más allá de las responsabilidades normales de su función o algo diferente, es válido cuestionar la solicitud en relación con su puesto de trabajo y prioridades, así como el impacto que aceptar la solicitud podría tener en la atención a sus estudiantes y el tiempo que le tomará hacerlo. Si el tiempo vs. el impacto es limitado, considera alternativas y la necesidad de la tarea, ¿realmente se requiere?

  1. Aceptar que a veces sólo tienes que decir que no

Al igual que con el estrés, poner límites es importante. Ya sea por tiempo limitado, una lista de tareas enorme o un impacto limitado a sus resultados, está bien decir que no puedes siempre hacer algo.

  1. Tomar días de salud mental

Como se mencionó antes, según Education Support, un 47 % de los encuestados van a trabajar aunque se sientan mal. Si sientes que podrías estar llegando a un punto de agotamiento, tal vez estés exhausto, emocional y te agitas fácilmente, tómate uno o dos días para recuperarte. Tu salud mental es tan importante como tu salud física. Es importante tomarse el tiempo para relajarse y recuperarse.

  1. Obtener apoyo cuando lo necesites

Así como el personal del Tec cuenta con TQueremos, buscar si tu institución cuenta con un apoyo similar. A veces es difícil hablar con personas cercanas, pero tener a un profesional que te escuche, apoye, asesore y guíe a descubrir las mejores soluciones es importante.

Depresión: detección de síntomas y qué hacer

La depresión es una enfermedad mental conocida como trastorno del estado de ánimo y, según Education Support, es más frecuente entre el personal educativo (32 %) que la población general (19 %).  La pandemia de COVID-19 ha resaltado el bienestar de las personas, tanto la salud física como la mental. Más docentes y personal educativo hablan abiertamente sobre sus desafíos y los colegas muestran su apoyo.

A diferencia de cuando alguien está cabizbajo o tiene un estado de ánimo bajo, la depresión interrumpe su vida diaria y el trabajo. Es cierto que todos experimentan tiempos difíciles, lo que resulta en sentimientos de infelicidad o tristeza, pero se van y no interrumpen su vida diaria. Varios de los signos de depresión son perder interés en lo que alguna vez se disfrutó, sentirse inexplicablemente lloroso, no querer socializar o enfrentarse a un salón de clases lleno de estudiantes, o tener dificultades para levantarse de la cama. Podrías sentirte desesperado, muy cansado, irritable, así como experimentar dolores y molestias en el cuerpo y pensamientos suicidas. Es importante notar que, si bien la depresión es una enfermedad mental común, no hay dos experiencias iguales y los síntomas varían de leves a graves.

Además de acudir con un profesional, aquí hay algunas recomendaciones de la organización Education Support para saber qué hacer si sientes que sufres de depresión:

1) Creo que tengo depresión, pero no sé a quién acudir. No estoy seguro de querer hablar con nadie.

Está bien sentirse así, parte de la naturaleza de la depresión es sentirse aislado o retirarse, por lo que querer hablar con alguien puede ser lo último que quiere hacer. Es importante recordar que siempre habrá alguien que querrá ayudarte y que existen tratamientos disponibles.

2) Me resulta difícil trabajar, pero estoy nervioso por hablar con mi líder

Es válido sentirse inseguro acerca de mencionar la depresión en el trabajo por el estigma social que rodea a la enfermedad pero, por lo menos en México, es ilegal discriminar a cualquier persona que viva con problemas de salud mental. Podrías ir con un colega de confianza en primera instancia antes de hablar con tu líder, además acércate a tu departamento de recursos humanos, quizás te informen de algún programa que apoye a sus empleados en temas de salud mental.

3) Saber qué tipo de tratamientos hay

Buscar opciones de tratamiento es un gran paso que no todas las personas se atreven a dar y debe felicitarse: obtener ayuda no es una señal de debilidad, muestra una fuerza increíble. No todos los tratamientos funcionan igual, por lo que debes probar y practicar lo que te funcione, además de hablar con un experto en caso de tener efectos secundarios por algún medicamento. Es totalmente tu decisión tomar medicamentos, asistir a terapia de grupo, recibir terapia de conversación o practicar el cuidado personal.

Aunque la educación pareciera estar en crisis debido al gran número de educadores y personal educativo que están considerando abandonar la profesión, aún así hay muchas soluciones y caminos que tomar para ayudarlos a bajar su nivel de estrés. Lo más importante es buscar ayuda.

Fuente de la información e imagen: https://observatorio.tec.mx

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