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10 Técnicas de autocontrol para niños

Por: Jennifer Delgado Suárez

Enseñar técnicas de autocontrol a los niños es uno de los mayores regalos que podemos hacerle. De hecho, el autocontrol es una de las habilidades más importantes en la vida y un predictor del éxito que podremos tener. Así lo demostró un experimento clásico de la Psicología desarrollado a finales de 1960 en la Universidad de Stanford.

El experimento que demostró la importancia del autocontrol en los niños

Walter Mischel reclutó a niños de 4 años para realizar su experimento. Cuando los pequeños entraban a la habitación encontraban una mesa en la que había un malvavisco y una campana. Este psicólogo les dijo que tenía que salir de la habitación durante unos minutos, pero que si lograban resistir la tentación y no comerse la golosina, cuando regresara les daría dos malvaviscos en vez de uno. También les explicó que podían tocar la campana para llamarle, pero que en ese caso solo podrían comer el malvavisco que estaba encima de la mesa. En práctica, los niños comprendieron que si esperaban pacientemente y reprimían sus impulsos, la recompensa sería mayor.
Como era de esperar, un tercio de los niños decidieron comerse el malvavisco de inmediato y otro tercio esperó un poco antes de sonar la campana. Sin embargo, hubo un grupo de niños que esperó pacientemente para obtener la mayor recompensa.
Diez años más tarde, este psicólogo se puso en contacto con los padres de los niños que participaron en el experimento. Comprobó que los niños más autocontrolados se habían convertido en adolescentes independientes, con una motivación intrínseca, capaces de afrontar las dificultades y lidiar bien con los fracasos. Al contrario, los niños que se dieron por vencidos rápidamente y cedieron a sus impulsos se convirtieron en adolescentes con menos tolerancia a la frustración, más desorganizados y con una motivación predominantemente extrínseca.
Estos resultados, que después han sido replicados en otros experimentos, sugieren que el autocontrol se forma a edades muy tempranas y que es una piedra angular en la personalidad y la manera de responder ante los retos de la vida. La buena noticia es que existen diferentes técnicas de autocontrol para niños, de manera que estos aprendan a controlar sus impulsos y gestionar sus emociones desde pequeños.

3 componentes fundamentales del autocontrol

Ante todo, es fundamental comprender que el autocontrol es la capacidad para regular las emociones, pensamientos y comportamiento frente a las tentaciones e impulsos. Es una función ejecutiva que nos ayuda a regular nuestras primeras respuestas en aras de alcanzar otros objetivos o adaptar mejor nuestro comportamiento el medio.
Sin embargo, el autocontrol es una capacidad compleja en la que intervienen otras habilidades:
1. Introspección. Para ejercer el autocontrol primero es necesario ser capaces de reconocer los estados emocionales y detenernos antes de llegar al punto de no retorno. Esto significa que es fundamental desarrollar habilidades de autoobservación o introspección.
2. Bloqueo del impulso. En un segundo momento es necesario bloquear los impulsos, de manera que podamos pensar en una respuesta mejor. La capacidad para bloquear las primeras reacciones no se desarrolla por completo hasta los 7 años, cuando los lóbulos prefrontales han madurado lo suficiente, pero se puede ir estimulando desde edades más tempranas.
3. Autorrefuerzo. Por último, es importante comprender que el autocontrol no es una capacidad inagotable, es necesario que vaya de la mano de la capacidad para automotivarse. Significa que el niño debe sentirse contento con sus resultados, que debe percibir que está avanzando en la dirección correcta, para lo cual es necesario recompensarle y felicitarle por sus logros.

Técnicas para desarrollar la introspección y la capacidad para bloquear los impulsos

1. Juego de las estatuas
Es una técnica divertida y muy eficaz para desarrollar el autocontrol en los niños más pequeños. Se trata de que el niño se quede inmóvil cuando escucha la palabra “estatua”. Para complejizar aún más el juego, se pueden incluir muecas o movimientos raros para intentar que el niño se ría.
El objetivo de esta técnica es que el niño aprenda a controlar sus impulsos, lo cual estimula el desarrollo de las áreas prefrontales del cerebro, las cuales no terminan de madurar hasta los 7 años, aproximadamente.
 
2. Parte meteorológico
El objetivo de esta técnica es promover la conciencia emocional del niño, haciendo que desarrolle la introspección. Al inicio habrá que guiarlo, por lo que es importante sentarse a su lado y preguntarle cómo se siente en ese momento. Se le puede preguntar: «¿Qué tiempo está haciendo allí dentro?»
Si se siente relajado y tranquilo puede decir que brilla el sol, si está preocupado puede indicar que hay nubes y si se siente muy tenso, que está a punto de caer un chaparrón. La idea de esta técnica es que observe el «tiempo» que hace en su interior pero sin apegarse a esos estados de ánimo.
Así aprenderá a detectar rápidamente las señales de ira y enfado, a la vez que ampliará su conciencia emocional.
3. El volcán
Es una técnica de autocontrol para niños muy eficaz, sobre todo en esos momentos en los que el pequeño parece a punto de explotar. La idea es recurrir a las imágenes para concientizar el comportamiento, de manera que el pequeño pueda detectar cuándo está a punto de comportarse de manera inadecuada y se detenga antes de llegar al punto de no retorno.
Le pedimos que imagine su interior como si fuera un volcán, el cual contiene toda su fuerza y energía. Hay que explicarle que, al igual que los volcanes, su volcán interior también se descontrola y entra en erupción, haciendo que exploten sus emociones. De esta forma aprenderá a distinguir la ira, el enfado, la irritabilidad o la frustración.

Técnicas de relajación infantil

4. Tocar agua o arena
Es una técnica de autocontrol de carácter holístico que recurre a los estímulos sensoriales, perfecta para los niños que se calman a través de los sentidos. Solo es necesario encontrar los estímulos más relajantes para cada pequeño.
Algunos pueden calmarse jugando con el agua, agregándole un poco de jabón para que haga espuma o burbujas. Otros se relajan jugando con una caja de arena. La clave radica en que los niños más sensibles disfrutan mucho con las diferentes texturas y aromas, por lo que pueden utilizarse para calmar sus emociones.
5. Soplar burbujas
Está técnica de autocontrol infantil persigue el objetivo de lograr la calma regulando la respiración. Sin embargo, como es difícil que los niños pequeños practiquen técnicas de respiración diafragmática pensadas para los adultos, esta es una versión divertida.
Consiste en imaginar que se hacen burbujas, para lo cual el niño tendrá que controlar su respiración. Debe soplar suavemente para que las burbujas se formen. Al inicio podemos acompañarle para demostrarle cómo se hace.
Lo interesante es que a través del control de la respiración se logran equilibrar muchas otras funciones del organismo, como el ritmo cardiaco, por lo que poco a poco la ira y la ansiedad van desapareciendo.
6. La rana
El objetivo de esta técnica es lograr que el niño aprenda a respirar profundamente y pueda darle una salida positiva a sus estados emocionales. Se le explica que puede imitar a una rana, un animal capaz de dar grandes saltos pero también de quedarse muy quieto, observando lo que sucede a su alrededor, sin reaccionar de inmediato.
Entonces se le pide que respire como la rana, tomando lentamente el aire por la nariz mientras infla la barriga y soltándolo muy suavemente por la boca, mientras se desinfla. Mientras respira como la rana, a su mente pueden acudir muchos pensamientos, le enseñamos a notarlos y dejarlos ir, mientras se centra únicamente en su respiración y el movimiento de la barriga.
 
7. Pelota antiestrés
Esta técnica de autocontrol para los adultos también funciona para los niños. De hecho, podemos ayudarles a contruir su propia pelota antiestrés, una tarea sencilla y divertida.
Hay que tener un globo grueso, o colocar uno dentro de otro para hacerlo más resistente y rellenarlo de arros o alpiste. Es importante que la pelota no sea demasiado grande ya que debe caber en la palma de la mano del niño. También puede pintarle una carita o personalizarla como prefiera.
Luego, cuando se sienta tenso, ansioso, frustrado o irrritado, solo tiene que coger su pelota antiestrés y jugar con ella.
 
8. Frasco de la calma
Esta técnica debería formar parte del arsenal de recursos educativos de todos los padres ya que funciona de la misma manera que el yoga, la meditación o la relajación, ayudando a despejar la mente. El secreto radica en que los movimientos de la purpurina dentro del frasco tienen un efecto casi hipnótico que captura la atención y ayuda al niño a limpiar la mente de todos esos pensamientos que alimentan la ira o la ansiedad.
Para preparar el frasco de la calma hay que llenar un frasco de plástico transparente hasta la mitad con agua caliente y luego añadir un poco de pegamento líquido transparente y glicerina, el pegamento hará que el agua se vuelva más densa, por lo que mientras más contenga, más lento será el movimiento de los pequeños granos de purpurina. Luego se añade la purpurina y otro poco de agua, dejando aproximadamente un dedo de aire para que el contenido tenga espacio para moverse. Cuando el niño lo necesite, puede agitar el frasco de la calma y relajarse.

Técnicas de autocontrol para niños mayorcitos

9. El semáforo
Es una técnica de autocontrol para que los niños aprendan a regular sus comportamientos impulsivos y arranques de ira. Para aplicarla, es necesario que el pequeño aprenda a identificar las señales que indican que se está enfadando o irritando. Cuando las perciba, debe “actuar” como si fuera un semáforo.
El rojo indica que debe detenerse; es decir, quedarse quieto hasta que se calme. El amarillo indica que necesita pensar sobre lo que está ocurriendo y buscar soluciones más asertivas. El verde indica que puede actuar para llevar a la práctica las soluciones.
Al inicio es conveniente guiar al niño, enseñándole a detectar las señales de ira o irritación y aplicar junto a él los colores del semáforo.
10. Rueda de opciones
Es una técnica de autocontrol que consiste en crear junto al niño una rueda con opciones de actividades que puede hacer para calmarse cuando se siente enojado frustrado. La rueda tendrá forma de pastel y se dibuja sobre una cartulina, haciendo pequeñas porciones en las que se escriben las actividades o, si el niño es pequeño, se le pide que las dibuje o que pegue una imagen que las represente.
Algunos ejemplos de actividades alternativas a la ira pueden ser: dibujar, contar hasta diez, saltar, escuchar su música preferida… Cualquier actividad que le ayude a relajarse es válida, siempre y cuando no comprometa la integridad del niño o de las personas que le rodean.
Es importante que el pequeño se comprometa en proponer actividades que le relajen. Luego, cuando sienta que está frustrado o enojado, solo tendrá que darle la vuelta a la rueda de opciones y realizar la actividad que corresponda.

Fuente: https://www.rinconpsicologia.com/2017/08/tecnicas-de-autocontrol-para-ninos.html

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Revitalizar el Pensamiento Crítico en América Latina

Por: Decio Machado.

Los debates de la izquierda han gozado históricamente de una gran riqueza intelectual y teórica.

En el mundo del socialismo real, pese a la deriva totalitaria de sus estados, hubo potentes debates tales como si era posible el “socialismo en un solo país” entre los partidarios de León Trotsky y Iósif Stalin; la hoja de ruta para superar la oposición entre el trabajo intelectual y manual entre dirigentes y dirigidos surgidos en China durante la revolución cultural; o la controversia sobre la ley de valor de Marx en las sociedades de transición que protagonizaran el Che Guevara, Ernest Mandel y Charles Bettelheim, con la participación de Paul Sweezy entre otros pensadores marxistas.

De igual manera, los debates de la izquierda en los países capitalistas tampoco fueron baladíes, revitalizándose las elaboraciones respecto a la caracterización de la naturaleza de clase del Estado y el papel de la democracia al interior del pensamiento marxista y la teoría crítica. Estos debates abarcaron desde las formulaciones de Louis Althusser en relación con la naturaleza y papel de los llamados aparatos ideológicos y represivos del Estado hasta los análisis de Michel Foucault sobre los diagramas y dispositivos de poder-saber y la matriz disciplinaria del panóptico moderno. Por su parte, la ratificación de la naturaleza de clase del Estado y las formas particulares que adopta la dominación política supondrían también la aparición de nuevos estudios tanto desde la perspectiva subjetivista como desde las visiones estructuralistas, generando grandes duelos teóricos como la polémica entre Ralph Miliband y Nikos Poulantzas. Incluso tras la caída del Muro de Berlín, las posiciones de Toni Negri y Michael Hart frente a John Holloway, con sus diferentes posiciones sobre la dialéctica y las diferentes perspectivas entre el autonomismo y el marxismo abierto son de gran riqueza intelectual en el ámbito del debate teórico de fin del pasado siglo.

Quizás por ello causa tanta congoja y vergüenza ajena el nivel teórico esbozado por algunos de los académicos latinoamericanos que se han caracterizado en los últimos años por ser los legitimadores intelectuales de los regímenes progresistas. En el campo de la izquierda nunca se había visto tan extensa combinación entre simplificación del pensamiento y actitud conformista en el campo del saber.

Diría Pierre Bourdieu que el intelectual está obligado a desarrollar una práctica de autocrítica. Que deben llevar a cabo una crítica permanente de los abusos de poder o de autoridad que se realizan en nombre de la autoridad intelectual; o si se prefiere, deben someterse a sí mismos a la crítica del uso de la autoridad intelectual como arma política dentro del campo intelectual mismo. Para este destacado representante de la sociología contemporánea, todo académico debería también someter a crítica los prejuicios escolásticos cuya forma más persuasiva es la propensión a tomar como meta una serie de revoluciones de papel. Ironizaría Bourdieu indicando que esto llevó a los intelectuales de su generación a someterse a un radicalismo de papel confundiendo las cosas de lógica por la lógica de las cosas.

Sin embargo, a lo que hoy asistimos por parte del establishment académico de propagandistas de los regímenes progresistas no es otra cosa que lo que el zapatista subcomandante Galeano llamara “histeria ilustrada de la izquierda institucional”, esa que ingenuamente llegada al poder se convierte en un clon de lo que dice combatir, corrupción incluida.

Es evidente que a la producción de pensamiento reaccionario debemos oponer la producción de redes críticas desde la intelectualidad específica. Hago referencia a la noción teórica elaborada por Foucault por la cual se define una actividad inscrita en un campo acotado en el que el intelectual practica su labor singular. Algo más parecido a la figura del experto que a la del opinador generalista que habla indistintamente sobre cualquier cosa en cualquier contexto. Pero esto debe hacerse desde la honestidad, al igual que cualquier tipo de intervención política, y ahí, volviendo al sup Galeano, “hay que reconocer que esa izquierda ilustrada es de deshonestidad valiente”, pues no le importa hacer el ridículo.

En el fondo, el rol de esta intelectualidad progresista se asemeja bastante al de los propagandistas del viejo régimen estalinista, aquellos a los que el mismo Stalin –el menos intelectual de todos los bolcheviques que protagonizaron la Revolución Rusa– bautizaría como “los ingenieros del alma”. Así Vladimir Putin es comparado con Lenin; Rafael Correa con el Che Guevara; las elecciones en Ecuador con la batalla de Stalingrado o el juicio a Lula por sus implicaciones en la trama Odebrecht con el hipotético vía crucis de Jesuscristo en su camino al Calvario.

Sin embargo, hay que hacer memoria de la represión correísta sobre el paro/movilización que tuvo lugar en Ecuador entre el 2 y el 26 de agosto de 2015, donde hubo 229 “agresiones, detenciones, intentos de detención y allanamientos en todos los territorios donde se realizaron movilizaciones y protestas” (informe del Colectivo de Investigación y Acción Psicosocial Ecuador) o la impunidad en los casos de asesinatos a destacados opositores al modelo extractivista como José Tendetza, Freddy Taish o Bosco Wisuma. Hay que recordar también cómo el gobierno del PT criminalizó y agredió la protesta de jóvenes brasileños en las calles de todo el país en junio de 2013 y posteriormente durante el Mundial de Fútbol de 2014, o cómo se ha disparado el número de asesinatos de jóvenes negros en las zonas de favela en una lógica de política de “limpieza social” sobre todo a partir de la aprobación –con el apoyo del gobierno de Dilma Rousseff– de la ley antiterrorista en el Legislativo. De igual manera, ya no podemos mirar a otro lado ante el nivel de violencia desplegado por las fuerzas de seguridad del Estado en Venezuela, las violaciones de derechos humanos y el alarmante nivel de deterioro de la democracia en ese país.

Ante esta realidad me viene a la memoria Jean Paul Sartre –exponente del existencialismo y del marxismo humanista– cuando en el año 1945 escribió en la revista Le Temps Modernes, “considero a Flaubert y a Goncourt responsables de la represión que siguió a la Comuna de París porque no escribieron una palabra para impedirla”. Para Sartre, el corazón de cuya filosofía era una preciosa noción de libertad y un sentido concomitante de la responsabilidad personal, la misión de un intelectual es proporcionar a la sociedad “una conciencia que la arranque de la inmediatez y despierte la reflexión”.

Aquí, ¿cómo no?, conviene rememorar también al palestino Edward W Said, quien sentenciaría en uno de sus más famosos textos: “Básicamente, el intelectual (…) no es ni un pacificador ni un fabricante de consenso, sino más bien alguien que ha apostado con todo su ser a favor del sentido crítico, y que por lo tanto se niega a aceptar fórmulas fáciles, o clichés estereotipados, o las confirmaciones tranquilizadoras o acomodaticias de lo que tiene que decir el poderoso o convencional”.

Como podemos apreciar, nada que ver con el –en palabras del sup Galeano– “pensamiento perezoso” del progresismo criollo de estos tiempos. Entender el porqué de este deterioro intelectual tiene que ver con razones que van desde las aspiraciones personales de algunos académicos respecto a su capacidad de influencia política en el poder, hasta con una simple falta de conocimientos científicos o históricos que procura esconderse tras una supuesta superioridad analítica, todo ello sin olvidar las limitaciones derivadas del pensamiento binario por el que el mundo se divide simplemente entre derecha e izquierda.

Pero hablemos claro. No existe el pensamiento crítico funcional a gobiernos progresistas o partidos de la izquierda institucional, eso es una falacia. En realidad, la modernidad no se imagina la política sin un proyecto intelectual, por superficial que este sea, motivo por el que toma sentido la intelectualidad progresista actual. Así de tristes son las actuales relaciones entre el saber y la política convencional latinoamericana.

En todo caso, no puede haber un pensamiento crítico que no tenga su anclaje en la propuesta de pensar históricamente y por lo tanto cuestionar la impuesta aceptación de que siempre ha existido y existirá el capitalismo, lo que reduce la cancha del juego a proceder solamente a “humanizarlo”. El pensamiento crítico es en realidad un pensamiento radicalmente anticapitalista. En eso no hay negociación, pues de ello depende el futuro de la humanidad.

De igual manera, el pensamiento crítico implica profundizar sin concesiones el estudio de los mecanismos que mantienen la dominación –procedan éstos de donde sea–, lo cual no admite espacios para la seducción por parte del poder. Y requiere superar lo que podríamos llamar ortodoxia marxista, incorporando lógicas libertarias, ecologistas, feministas, anticolonialistas e indigenistas entre otras tantas.

Al mismo tiempo el pensamiento crítico parte de una acción comprometedora, está embarcado en la acción política y es por ello despreciado desde el poder. No es premiado con salarios de analista para medios de comunicación “progresistas”, no hace consultorías gubernamentales y tampoco forma parte del actual y extendido business académico.

A partir de aquí, el camino es largo pero necesario si esa intelectualidad progresista quiere dejar de vivir del Sur, para pasar a ayudar a transformarlo.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=237988

Fotografía: El Orden Mundial

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9 claves para establecer un estilo democrático en el aula

Por: Haydee Mesa

Aunque no existe una receta mágica que te garantice el estilo perfecto de relacionarte con tu alumno, hoy por hoy, sabemos que estilo educativo que más favorece el desarrollo cognitivo es el democrático: aquél que a través del diálogo hace al alumno protagonista de su propia educación.

Este despliegue de confianza en el potencial del niño lo lleva a asumir responsabilidades adaptadas a su desarrollo y contando siempre con el apoyo de un “amoroso educador que por experiencia propia sabe que las cosas no se pueden hacer perfectas”. El resultado es una plantilla de alumnos con menor inseguridad y mayor autoestima.

He aquí algunas  claves  en las  que apoyarte para  ejercer  un estilo  democrático basado  en  la confianza y el diálogo, que, por obvias que parezcan, no siempre son aplicadas:

1. Establecer normas de comportamiento claras con una sencilla y corta explicación sobre tus motivos. De este modo, tendrán claro lo que pueden y lo que no pueden hacer.

2. Sé empático con cualquier respuesta emocional que manifiesten tus alumnos frente al límite, mostrando tu cariño y aceptación. Respeta su llanto de frustración o su enfado si esa es su reacción. Hazle un hueco a su emoción sin ignorarlo, sin frialdad ni mala cara. Realmente tiene derecho a enfadarse o manifestar su enfado ante un límite. Si respetas su emoción, cuando haya pasado estarás ahí para abrazarlo y repetirle con cariño y firmeza la norma. Así, habrás mantenido tu límite con cariño y respeto. Ser empático no te resta firmeza.

3. Escucha su punto de vista sobre el tema. Quizá su perspectiva pueda aportarte algo para reestructurar o enriquecer la norma o hasta para suprimirla si realmente no es tan necesaria como creíste en un principio. Si realmente es necesaria así, mantenla con firmeza, no con enfado. Básate en el dialogo y la comprensión.

4. No enjuicies al niño, sino a su acción ayudándolo a ver las consecuencias que ésta tiene. No digas “eres malo”, sino “esto que hiciste no está bien”, por esto y por lo otro. Haced una lista de consecuencias juntos.

5. Apóyalo a que tome decisiones por sí mismo. En función de su edad ayudándolo a asumir.

6. Ayúdalo a asumir la responsabilidad de sus decisiones. Con mucho cariño y respeto ayúdalo a ver, cuando algo no salió como él quiso, todas las cosas que aprendió con esta nueva experiencia y que ahora puede aplicar a la próxima. Enséñale que los “supuestos errores” son grandes maestros.

7. Limítate a estar siempre presente para guiarlos y orientarlos dejando que actúe por sí mismo. Evita la tentación de intervenir a menos que él te lo pida.

8. Ofrécele las herramientas para solucionar sus conflictos pero no intervengas en ellos en la medida de lo posible.

9. Demuéstrale siempre tu cariño. Esto es lo que verdaderamente le va hacer confiar en la norma e infundirle fuerza para aceptarla.

Fuente: http://www.educaciontrespuntocero.com/recursos/educacion-emocional/9-claves-establecer-estilo-democratico-aula/42713.html

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“Every Kid Is Money”: Market-Like Competition and School Leader Strategies in New Orleans

Por: Huriya Jabbar

The University of Texas at Austin

Charter-school policies have been enacted for many different reasons. However, in policy debates, proponents and opponents of charter schools alike have framed them as vehicles for introducing market mechanisms into districts (Henig, 2008). Scholars such as Chubb and Moe (1990) drew on the decades-old ideas of Friedman

(1962) and others to argue that markets were more efficient and more responsive to parents than democratic control, and market tenets have since helped to shape education policy. A basic assumption underlying these policies is that more choice and competition will break up state monopolies to improve the quality and lower the costs of essential government services (Sclar, 2001). Although some advocates argue that choice is itself the point of such policies, a more compelling and widespread aim is to improve all schools through competition (Wohlstetter, Smith, & Farrell, 2013). School choice is thus intended not only to serve families who actively choose; it also introduces market pressures into unresponsive districts and thereby improves education for all students, a “tide that lifts all boats” (Hoxby, 2002). If schools do not respond to competitive pressure by, for example, improving their academic services and innovating (Adnett & Davies, 1999), they risk losing students and the funding that accompanies them. This could then lead to school closure. Although existing research has examined whether competition improves student achievement, it is also important to examine how that might occur and what the consequences of such policies are. Prior work that examines the effects of competition, measured through proxies such as geographic density or loss of market share, has primarily used quantitative methods (e.g., Bettinger, 2005; Hoxby, 2002; Ni, 2009; Zimmer & Buddin, 2005). This approach to studying competition has yielded small effects and mixed results, and because of the focus on student outcomes, it has rarely examined other possible outcomes of competition that are important to capture, such as changes to budgetary allocations (Arsen & Ni, 2012) or increased stratification of students (Frankenberg, Seigel-Hawley, & Wang, 2010; Hsieh & Urquiola, 2003), let alone the mechanisms by which such outcomes occur.

Few studies examine the strategic actions of school leaders who work in a competitive environment (for exceptions, see Holme, Carkhum, & Rangel, 2013; Jennings, 2010). School leaders may choose from a large typology of responses to competitive pressure, ranging from academic and curricular changes to promotional or marketing activities (Woods, Bagley, & Glatter, 1998). Schools’ positions in the marketplace, based on enrollment, funding, and performance, as well as their perceptions of competition, affect the ways in which school leaders respond (e.g., Jennings, 2010; Ladd & Fiske, 2003).

In this study, I investigate the competitive strategies that are used by 30 school leaders in the market-oriented environment of New Orleans, the circumstances under which school leaders use these strategies, and their implications for students and communities. In the year of this study, more than 84% of students in New Orleans attended charter schools, making it an ideal site to explore market competition. Existing empirical work has been constrained by the relatively low charter-school density in most districts. Therefore, in this study I examine how theoretical expectations of market behaviors play out in a district where market forces are likely stronger. Building on existing qualitative studies, I document a broader range of school leaders’ strategies and examine the conditions that mediate them. My results indicate that school leaders used a variety of strategies in response to competition. Although some school leaders reported using academic and operational strategies, some responded by, for example, finding a niche in the market, expanding extracurricular programs, marketing, and screening out students. Most importantly, only one third of school leaders reported adopting substantive changes, such as academic and operational improvement, and many more focused on marketing or promotional activities. In some cases, school leaders screened or selected students, practices that have important implications for equity. These patterns represent the range of strategies school leaders adopted in response to the immense competitive pressure in New Orleans. Because of the scale of its reforms, New Orleans is unique, but its reforms are not. They are, in fact, being implemented to some degree in most urban districts across the United States. The case of  New Orleans thus illustrates what happens when these reforms go “to scale.” Indeed, in cities such as Detroit and Washington, D.C., charter-school market share is catching up to New Orleans. It is thus important to inform these policy discussions with empirical evidence from policy-relevant sites such as New Orleans.

New Orleans is a “critical” case (Patton, 1990) for studying school leaders’ strategies under market pressure because of its high charter-school market share. It should yield the most information and contribute most to the development of theory about competitive behaviors and market pressures in schools because of its scale. If competition is indeed occurring as a result of expanded choice, we are most likely to observe it in New Orleans. The case thus elaborates and extends theory about how markets, well theorized and tested in the private sector, actually operate in public-sector institutions such as schools.

 Conceptual Framework

The theory of competition, even as it applies to the private sector, has traditionally had a vague conception of competitive processes, and the theory becomes even more speculative when applied to the public sector. Much of the research on competition analyzes the structure of an industry and how competitive it is; in other words, competition is understood as a state rather than a process (Barney, 1986). For example, competitiveness is measured by an industry’s barriers to entry, the number and relative size of firms, and the degree of product differentiation, as well as consumers’ overall sensitivity to price changes (Barney, 1986). In education, researchers have also measured competition primarily by its structure: the number of surrounding schools in a fixed geographic area or the number of students moving between schools. The focus on structure provides little understanding of firm strategy (Porter, 1981), except to suggest that firms may increase barriers to entry or differentiate their product to have a competitive edge.

Scholars have thus called for an examination of competition as a process (Burt, 1992; Ferlie, 1992; McNulty, 1968), whereby actors in firms develop strategies, take action, and compete with one another.

To compete, a school leader must recognize market pressures and respond accordingly (Ni & Arsen, 2010). For example, if a school loses students, the leader might first identify the cause of declining enrollment (e.g., parent dissatisfaction) and then select an appropriate response. School leaders’ perceptions of competition may matter as much or more than the typical proxies for competition (e.g., geographic density) for predicting schools’ strategic responses (Levacic, 2004). School leaders might feel more or less competition depending on a variety of factors, including knowledge of competitors (Holme et al., 2013), geographic density or loss of market share (e.g., Hoxby, 2002; Ni, 2009), or school and principal characteristics (Jabbar, 2014). School leaders might develop their own responses to competition after they scan the market for the strategic actions of other schools (Woods et al., 1998). It is thus as important to examine how schools interact with one another as understanding how they react to parents’ demands or preferences. To understand how competition might lead to school improvement, it is thus important to examine how school leaders actually perceive and respond to market pressures and how schools’ contexts influence their strategies.

Schools may experience competition differently because of their “status” or position in the market hierarchy. One definition of status is the extent to which a school is viewed as a competitor by other schools in the local education marketplace (Wasserman & Faust, 1994). Highstatus schools are ones that many other schools view as competitors. Status can also arise from being part of a prominent charter network or having high achievement. A school’s awareness of its status in the market hierarchy might inform its strategic actions in response to competition; schools at the bottom may feel they are unable to compete, whereas schools at the top might feel they are “above the fray” (Ladd & Fiske, 2003). A school leader’s capacity and knowledge of other actors may also moderate competitive effects in school districts; even when principals are aware that they are losing students to other schools, they may not be able to identify those schools or respond in productive ways (Holme et al., 2013) because of a lack of resources or their status in the marketplace. The competitive process as conceptualized in this study. Schools experience competitive pressures, and then adopt various strategies as a result, mediated by school conditions.

School leaders might respond to competition in a variety of ways (for a typology, see Bagley, 2006). They might adopt academic or curricular strategies (Goldhaber & Eide, 2003), although there is little evidence to date that competition actually elicits this type of response (Davis, 2013; Kasman & Loeb, 2013). School leaders might change the existing allocation of resources (Arsen & Ni, 2012; Ghosh, 2010) to improve operational efficiency, or they might differentiate their products, engaging in monopolistic competition (Chamberlin, 1933; Robinson, 1933) by developing strategies to exploit their uniqueness, protect their market share, and buffer themselves from competition. School leaders, for example, might develop specialized programs within their schools or position their entire schools to fill a niche (Woods et al., 1998). When school leaders form niches, they are not necessarily improving their existing programs and offerings, but developing new ones. Such programs might generate allocative efficiency (Glomm, Harris, & Lo, 2005), when schools and students become better matched. Schools may also respond to competition by engaging in promotional activities, such as marketing (Gewirtz, Ball, & Bowe, 1995; Lubienski, 2007), or they might select, recruit, and discipline students to shape their student bodies, what Jennings (2010) calls “schools’ choice.” Selection of students can occur via locational decisions (Lubienski, Gulosino, & Weitzel, 2009), marketing activities, or outright cream skimming and cropping (Welner, 2013).

A small number of qualitative studies have examined schools’ competitive strategies in other contexts (Gewirtz et al., 1995; Holme et al., 2013; Jennings, 2010; Woods et al., 1998). This study significantly extends such prior work by, first, examining a large representative sample of 30 schools in a district and, second, examining the conditions under which schools pursue particular strategies. Beginning with the process of competition and then working toward its results may be a “less elegant route for theory,” but it is arguably “one that veers closer to the reality of competition as we experience it” (Burt, 1992).

 Study Design

This study uses case-study methods to explore the range of actions reported by school leaders in response to competition and how context influences their reported behaviors. Case studies allow researchers to explore complex phenomena that have been incompletely conceptualized (Creswell, 2003), as with market behavior in schools.

Site Selection: New Orleans as a “Critical” Case

Reformers, advocates, and policymakers have called New Orleans a model for school reform (Harris, 2013). In 2005, Hurricane Katrina and the resulting flood damaged much of the city and many of its schools. The state-run Recovery School District (RSD) had been established in 2003 to take over failing schools, improve them, and return them to the traditional school board. In the post-storm chaos, legislation was passed to give the RSD a majority of the city’s schools. The traditional Orleans Parish School Board (OPSB) retained only non-failing schools. Although in previous years, parents had to apply to charter schools individually, in 2012, the RSD instituted a common application system, the One App, for its schools. By the end of the year, direct-run schools in the OPSB would also join the One App so that parents could rate them alongside RSD schools. OPSB’s high-performing charter schools, however, were not required to join until charter renewal.

Studies of competition in other sites have been limited by charter-school enrollment that is too low to create sufficient market pressure. This is not the case in New Orleans, where 84% of students attended charter schools in 2012–2013. “New Orleans offers a unique case, perhaps best epitomizing competitive models for education” (Lubienski et al., 2009, p. 615). Although New Orleans offers a unique site to explore market dynamics, its model is migrating to many other cities in the United States (Lake & Hill, 2009).

 

Sampling Schools Within New Orleans

Geographic density was a key variable in previous studies of competition, which predicted that a school would feel greater competition when surrounded by more schools, so I used a geospatial sampling strategy. I mapped all schools in New Orleans and then counted, for each school, the number of other schools with overlapping grade levels within a 2-mile radius. I sorted schools bythis number and created three equal strata, representing schools in low-, medium-, and high-density areas. I randomly selected 10 schools from each stratum, resulting in a set of 30 schools that had representative percentages of schools from both the RSD and OPSB, including charter and direct-run schools, and reflected the distribution of grade levels (e.g., elementary, middle, high) in New Orleans.

 

School Leaders’ Responses to Competitive Pressure

Most school leaders studied in New Orleans felt competitive pressure and reported competing with other schools. Of the 30 schools in this study, 29 reported at least 1 competitor. Most of them also defined competition in terms of enrollment and observed that school-choice policies generated competition for students and their associated dollars. For example, when asked whether their school competed with other schools for students, responses included emphatic affirmatives (“Yes, Lord!” and “Absolutely!”), as well as comments such as “Every kid is money”; “Enrollment runs the budget; the budget runs the enrollment”; and

“We all want our [student] numbers up so we can get more money, more funding.” Other principals explained this relationship in greater detail:

Choice is a competition, by the way, for students. It’s the whole idea. Parents get to choose a school that they feel has the best fit for their family, that they feel is going to do a good job of teaching their child . . . there is a competition built in with a choice system. (Principal, Hicks Elementary)

We’ve constantly been very over our budgeted number, which is a lot more comfortable than being scraping by, which we were last year, like one or two [students] above. Which is sad to say that they’re numbers but . . . otherwise you’re shut down. (Operations Manager, Meade Elementary)

At Robinson School’s board meeting, a PowerPoint slide read as follows: “Sustainability = Student Enrollment = Minimum Foundation Program,” referring to the state’s per-pupil financing scheme. In response to competitive pressures, school leaders were compelled to attract and retain students at their school. School leaders were thus aware of the link between their enrollment numbers and the funding they received.

 

Buffering Competition Through School Differentiation: Developing a Niche or Focus

Schools specialized to meet perceived needs or preferences, whether academic or nonacademic, often creating new institutions or new programs within the school. Schools developed product-based (Betts & Loveless, 2005) or geographical (Lubienski et al., 2009) niches, focusing on a particular neighborhood or area, despite a simultaneous pressure to mimic successful organizations (Lubienski, 2003). Such strategies could buffer schools against competition. Few schools that had niche programs experienced high competition, and several were in the process of developing niches as a response to competition or perhaps as a way of avoiding it. Niche programs may provide parents with more choices and may result in better matches between students and schools, but niche programs do not necessarily aim to improve educational quality.

 Academic Niches.

Six schools developed, or were in the process of developing, niche academic programs to attract students. In some cases, these included high-caliber students who would be screened prior to admission. Schools that added niche academic programs to their existing offerings were described earlier; here, I focus on those that differentiated their entire school. One school leader, when asked how she competed for students, pointed to her application to become an International Baccalaureate (IB) school: “I really think this whole notion of IB is big, and that’s probably the key.” A press release on its website reported that it was the first IB school in the city, and the principal said, “Presently there are seven high schools and middle schools offering IB programs in Louisiana, but no other elementary schools.” This was also an academic strategy, but played a crucial role in differentiating the school from others.

Schools also adopted, or were in the process of adopting, specialized language or arts programs. One of the schools had a language-immersion program, and a school leader described the relatively low competition her school experienced because of the specialized program: “I have a French immersion program, so there’s a little slice of the pie out there for French.” Even among the French-language schools, there was some differentiation. According to the principal, as she referred to one of the other schools, “Their

French program, for example, is the European curriculum. Ours is Louisiana curriculum.” A second school in the sample also had an immersion program and referred to itself as the “only multilingual, full language-immersion school in the state of Louisiana.” When asked what strategies she used to make her school more competitive, one principal reported pursuing a state-level arts program certification to integrate arts into the curriculum, which would make it the “first school in the New Orleans area” to receive this certification.

To attract students, some schools were developing specialized programs and even becoming certified in them. Although some of these drew “gifted” or otherwise already high-performing students, other programs reflected different philosophies of academic excellence, such as the arts-integration and the language immersion programs.

 Other Niches.

In addition to academic niches, schools also differentiated themselves by the neighborhoods or populations they served. One stand-alone school, which was in the process of growing into a CMO, took over another school in an area where there was a low concentration of schools. In that way, it sought a geographical niche:

There has historically been a dearth of great schools in the city but most specifically and additionally in the [neighborhood name] community . . . The [neighborhood] is, in my mind, is just often forgotten. So, as a board, we really think our success as a school, we can just lend some help to building more great schools in the [area].

One school identified a gender niche, offering same-sex education, as a selling point for parents. The principal described this niche program:

I can’t say I know of any urban male public schools in the state—we’re one of a few if not the only school like that in the state. There’s definitely a niche for it, obviously. You get the kids typically that are behavior problems from other schools . . . We’ve been fortunate in that because there is such a need for this school that through the years our numbers have drastically increased.

Another school leader received assigned students who had been expelled from other schools due to behavioral issues, and although she still recruited “choice” students, she also ensured a certain level of enrollment from the authorizer because of her school’s niche.

One school leader developed the niche for her school based on data she had access to while working for the RSD, which showed that there was a specific overage population in the city that did not receive adequate educational services:

When I wrote the charter, I was working for RSD . . . and I was able to access the database . . . There were 1,728 students that qualified for the school. So, yeah, definitely the need was there. As she said about her competitors,

There’s only one other choice because my population is a specific population. They are . . . at least two years behind in grade level. So a lot of my students, other people won’t take, because they’re 19, 20, 21 [years old], they’ve been incarcerated, they’ve had babies, they have all these issues, and we try to work with them.

The niche her school occupied seemed to buffer her from competition. Because of the specific population she served, she only had one competitor.

 Extracurricular Activities and Student Services.

Eleven out of the 30 schools mentioned extracurricular activities to recruit or retain students, usually as a way of differentiating their school from others. One school, for example, viewed other schools that offered athletics programs as competitors, and when the school had to make severe cuts because of a budget shortfall caused by low enrollment, athletics were spared because they were believed to be key to attracting and retaining students in the school. The principal said of the board, “They know that in order for us to keep these kids we really have to have a strong athletic presence.” These extracurricular offerings were essential to the school’s competitiveness and meant allocating funds to non-academic programs that were deemed successful for recruiting students. Similarly, alternative schools were especially concerned that their exclusive focus on academics was deterring students. One alternative school brought in career and technical education programs and culinary arts to attract more families. Two other schools believed that their lack of certain extracurricular activities, such as a marching band, limited their ability to compete.

Overall, 17 out of 30 schools offered some kind of niche program or extracurricular activity that they believed helped to attract parents or limit competition. This finding complements research on parents’ preferences for extracurricular programs when selecting schools in New Orleans (Harris, Larsen, & Zimmerman, 2015).

The motivation for adopting these niche programs might go beyond competing with other schools or serving a specialized population; they might derive from a belief that these programs were better for teaching and learning, and would ultimately improve academics. Indeed, as stated earlier, these strategies are not meant to be mutually exclusive, and seeking a niche should not be viewed as an entirely non-academic strategy.

However, when leaders discussed their schools’ focuses or themes, they described them primarily as a preemptive response to competition, focusing on the novelty and the uniqueness of the program to attract a certain population to their schools. Because the principals understood them as differentiation strategies, they have been classified as such, although many of the programs likely had academic merit as well.

 “Glossification” and Marketing

Marketing strategies were by far the most common response to competition. Twenty-five out of 30 schools used some kind of marketing strategy. Schools most often responded to the pressure to attract and retain students by marketing programs and services that the school already offered. School leaders articulated programs and strategies they were using to improve the school, perhaps resulting in better communication with parents even when no change or improvement in the school had been made. Schools used a range of marketing strategies, including signs, billboards, and bus stop ads (8 schools); flyers and mailings sent to parents’ homes, placed in church bulletins, or handed out in grocery stores (11 schools); home visits (7 schools); parent incentives for referrals (5 schools); bags, T-shirts, and other items with logos (4 schools); print and radio ads (8 schools); partnerships with child care centers or supermarkets (8 schools); work with local celebrities (2 schools); attendance at school fairs hosted by the district or local organizations (13 schools); and open houses and other events at the school (8 schools).

As marketing became necessary to attract and retain children, schools appeared to pursue more sophisticated branding strategies. As Gewirtz et al. (1995) find, the introduction of market forces creates a cultural transformation in education, where surface appearances and images are increasingly important, what they call a “glossification” of schools. For charter schools especially, managing one’s brand was important. Two schools that were transitioning into CMOs were investing in branding and marketing. At a board meeting, there was a presentation from a consulting group that worked with public organizations in New Orleans to help them develop a marketing campaign; its mission was to develop “strategies to make schools competitive in the marketplace.” Because the CMO’s two schools existed in different locations, with different histories, and because the CMO was hoping to take over another school in the future, it was important for them to establish name recognition and a coherent message. The other school that was expanding to become a network of two schools also focused on “rebranding” as a CMO rather than a stand-alone charter. At a board meeting I attended, they discussed how they were in the process of designing a new logo and rebranding the website. Finally, another school that was part of a CMO was obtaining a trademark for their school’s brand “to protect and preserve, to the extent possible, the integrity of Stone School in the media” (Board member).

 Creaming” and “Cropping”: Screening and Selecting Students

In addition to formal marketing efforts, schools recruited or screened students informally. In openenrollment schools, which were the majority of schools in New Orleans, screening and selection practices were not permitted. Most schools were expected to accept all students who applied and were supposed to hold a lottery if they had more applications than slots available. Ten out of 30 schools engaged in some kind of selection process, whether allowed to or not. Only one school in the sample had explicit selective-admissions criteria, but one of the other schools required language tests for placement after the first grade because of its immersion program. No other schools were allowed to have admissions criteria, yet eight of these “fully open-enrollment” schools reported engaging in some kind of selection process.

Some leaders at schools that were underenrolled decided not to advertise open spaces to maintain control over their student body. These schools, with available seats midyear, chose to forgo additional funds so as to not recruit the types of students who have been out of school for weeks or who have been kicked out of other schools. Schools thus used the act of not engaging in marketing as a form of student selection. One principal identified the “double-edged sword” with regard to advertising openings at his school and screening out students:

And now for us that battle is unique because we know the more we advertise and push the fact that we have openings, the more less-capable students we get. So yeah, I’m about 100 kids below what we were targeting, but it’s a double-edged sword. Do I want a hundred kids in the building who aren’t in school?

The year of the study was one with high stakes for this charter school, as test scores would determine the renewal of its charter. The school leader preferred to be under-enrolled than recruit the “wrong” type of student, a pattern also found by Lubienski (2005) in Detroit, where districts and neighborhoods with declining enrollments and available seats preferred to remain empty or recruit students from the suburbs rather than open seats to local families.

Schools also had informal contact with affluent parents seeking placement. In some cases, prominent leaders in the city facilitated such relationships. For example, in an interview with a school board member, he described an informal school-assignment mechanism:

There’s no way to figure out where there are spots so usually what happens is people just call. They should call the school system, and they do, but it’s just not the way people are in New Orleans. People call people they know.

He went on to describe how an acquaintance reached out to him:

So he calls and I was like: forget about Schelling, there’s no slots there, but let me check around with the school leaders” . . . It’s impractical and as crazy as it sounds, there is no list. Part of it is that nobody wants to give up that information in a real-time format and part of it is that everybody thinks that they’re going to get screwed somehow.

Other schools obtained this real-time information through informal relationships with schools that were closing or selective-admissions schools that were oversubscribed. The informal assignment of students, in which schools kept information on empty seats to themselves, gave schools much more control over which students to accept and served as a form of selection.

One school asked parents who the principal “believed epitomized an Arrows Prep parent” to bring like- minded parents to a special, inviteonly school night:

We’ve done invite-only open houses, where we target specific types of parents, and we say, “Hey, we really love you as a parent and we want you to bring another parent who’s like you.” . . . So I got a couple of parents that way.

This targeted recruitment of “specific types of parents” could also be viewed as a form of selection, as the school tries to attract certain types of students. The principal at another school said that the school “is not for everyone,” despite the fact that it was open enrollment. Another principal was working to expand their gifted programs to attract higher-performing students. Another open-enrollment school screened out midyear transfers, but made exceptions for some:

We just had a parent come this morning trying to get a kid in. I said, “I’m sorry, you can’t do that. I don’t have any way of knowing what the kid’s been doing for the last couple of months” . . . Now, I do have two coming in tomorrow from LaPlace that flooded during Isaac so of course I need to look at them because they lost their homes . . . But you just changing schools locally here in New Orleans, I’m a little leery about why you would be doing that. But hey, you’re a great kid, I’ll look at it! [laughter]

Another open-enrollment school that was set to join the OneApp described how it would affect their selection processes because they would no longer be able to screen families:

On OneApp, the children choose you. You don’t have that communication and dialogue that we had. Previously, we were able to do interviews and just see if the family fit for our institution . . . Some students may want to come for name, but will not be prepared for the expectations of the school.

She also described how parents who were not “ready to step up to the plate” or prepared for the school’s “high expectations” would usually transfer out a form of selection through attrition. Another school acknowledged that the fact that they did not provide transportation could be viewed as a form of selection.

One school continued to reach out to families that might not have thought that the school was an option for them, even when the school was oversubscribed and had a long waitlist:

Though we don’t have any problem getting applicants, we feel a moral obligation to go out and make sure we’re reaching everyone. That we’re not overlooking families who just hear “Stone School” and think “that’s not available to me.”

This principal recognized that stopping recruitment efforts when there were enough students might limit the applicant pool to families who already had access to information resources through their networks or other means. She continued to market selectively to recruit a more diverse student body.

When schools reported selecting students, they seemed to view it not as a choice but as a necessity to survive. In most cases, principals reported such practices matter-of-factly. Schools in New Orleans are responding to market pressures, but they are also responding to a “different set of incentives” (Lubienski, 2005), including balancing the accountability pressures to improve test scores with the need to enroll more students. Similar to the school districts that were unwilling to market their schools to local families in Detroit, some schools in New Orleans preferred to remain under-enrolled than to attract students who might hurt their test scores. The fact that school leaders shared these practices with me suggests that they did not see them as problematic. Rather, they viewed these practices as just part of their effort to create a coherent school culture or as a necessity for survival in a market-based environment.

 Conditions Mediating School Leaders’ Strategies

Although previous studies have documented similar responses to competition in other contexts, this study also examines the conditions under which schools pursue particular strategies. Schools’ strategies in the competitive market differed depending on the amount of competition they perceived and their position in the market hierarchy, conditions that mediated the particular strategies they adopted in response to competitive pressure.Schools with high status or prestige, based on how other schools perceived them, adopted different strategies compared with low-status schools, yet all but one school engaged in some form of competitive behavior. I first discuss how a school’s perceptions of competition and position in the market hierarchy mediated its strategies. Then I discuss other school conditions that influenced schools’ strategic responses to competition or interacted with competition more broadly, providing schools with either a competitive advantage or disadvantage.

Perception of Competition Influences Strategic Actions

Perceptions of competition can influence strategic actions (Levacic, 2004), even more than objective measures of competition. The extent to which school leaders in New Orleans perceived competition, based on the number of competitors they listed on a survey, was related to their strategies. Schools experiencing high competition more frequently adopted academic, extracurricular, and marketing strategies, although some differences were not very large. Schools experiencing low and moderate competition more often engaged in operational changes, adopted niche programs, or screened and selected students. This might seem counterintuitive schools that experience low competitive pressure might be less inclined to form niches or select students, but it is important to remember that these relationships are bidirectional. Schools with niches might also feel less competition as a result of carving out a protected slice of the market. Similarly, schools that engage in selection practices may perceive less competition because they have greater control over their student enrollment, or it may be that schools that perceive less competition are oversubscribed and thus are able to selectively admit students without incurring loss of revenue.

At the other extreme, the one school that felt no competition did not engage in any competitive strategies. The leader reported that he did not compete with other schools because his school was slated for closure in the coming year, and only students who were already enrolled at the site would continue for the 2012–2013 year:

“The kids that have to go here, go here. And that’s just being honest. I don’t think that kids search out and say ‘I’m going to Frisch.’”

School Status in the Market Hierarchy Influences Strategic Action

How a school was perceived by other schools was also associated with specific strategies. Schools that were viewed as a competitor by many other schools were considered “high status” or popular (Wasserman & Faust, 1994). High-status schools engaged in operational strategies less frequently than other schools (see Figure 3). It may be that operational effectiveness makes high-status schools natural competitors. In addition, high-status schools were more likely to engage in student selection. Schools that selectively enroll students, either by design or by cream skimming even when district policies do not allow them to, may be viewed as competitors more often because other principals believe that selective schools recruit away strong students from other schools and send back lower performing students. For example, one principal at a low-status school believed that the reason she received students midyear, just before testing, when she “had no opportunity to even touch the child,” was because other schools were “kicking children out who have been problems all year long” (Principal, Simon School).

Other Contextual Factors Influencing the Nature of Competition

School leaders also described several other factors, including academics, charter networks, and facilities, that constrained or enabled their adoption of particular strategic responses.

Charter Networks.

School leaders perceived that competition for students occurred on an uneven playing field, and reported that charter networks seemed to have a competitive advantage in the marketplace. Stand-alone schools and direct-run schools, in particular, believed it was difficult to compete with what they referred to as “brandname” schools with seemingly larger advertising budgets and resources. Stand-alone charters were more likely to engage in academic, operational, and niche strategies than either direct-run schools or those in networks. It is not surprising that stand-alone charter schools adopted niches more frequently, because that is one of the primary goals of charter schools (Lubienski, 2003).

At the same time, larger CMOs that aim to grow to scale and serve a large portion of the student population might not adopt particular niche programs. Although almost all schools engaged in some kind of marketing, with no major differences across school types (e.g., charter, direct-run), schools differed in the sophistication and scope of their marketing and branding campaigns, as evidenced in the qualitative data. For example, the principal at Engels Elementary, a direct-run school, said he used community organizations “to market in areas that we’re not able to market with billboards and stuff like that,” referring to billboards placed by several of the larger charter networks. Other schools were also unable to advertise as much as they would like because of budget constraints. Yet, schools that were part of CMOs often relied on the network to create flyers or send representatives to fairs. Networks A and C had billboards and bus ads, and Network A helped to raise funds and allocate students at the network level, removing that burden from the individual school. Network B’s central office created flyers for the schools, although each school conducted its own, targeted outreach.

CMOs appear to benefit from private philanthropic support. Overall, private contributions provide approximately US$272 to US$407 per pupil, or about 3% of total revenues, but for some charter networks, these figures can be as high as 29% (Cowen Institute, 2009). CMOs were able to support the funding of professional marketing and branding campaigns to promote the charter network overall, if not individual schools.

Facilities.

Unlike organizations in the private sector, schools usually did not have control over their school sites, because there was a master plan at the district level to allocate facilities. Therefore, schools were unable to respond to competition by improving their facilities, but they did note that new facilities provided a competitive advantage, whereas temporary facilities provided a disadvantage overall. There were some differences between schools with temporary, permanent (but old), and new facilities. Schools with temporary facilities more often engaged in operational strategies, perhaps as part of an effort to secure additional space through partnerships (one school partnered with a cultural center to use additional space, for example) or expansion, by taking over other schools, for example. They also more often engaged in niche strategies and marketing strategies. Schools in new facilities were less likely to engage in many strategies, including operations, niche, selection, and marketing. In fact, one school’s new building received so much press coverage that the principal no longer advertised openings.

School leaders also expressed a general view that new facilities were important for attracting parents and for meeting parental demand with sufficient space. New facilities attracted parents not only because they were “gorgeous,” as one principal said of hers, but because they also signaled to parents that the school could offer more services and extracurricular activities, which also made them more competitive: “Given the facility,

I think parents definitely want to come because of that.” She went on to say that they could “provide more opportunities to their students,” in the form of electives and other activities.

School leaders also reported that lack of sufficient space or low-quality facilities diminished their ability to recruit more students. One principal of a direct-run school described how his lack of adequate facilities affected what he could offer to parents:

I went to Meade Charter School just yesterday for a meeting and their new building is just beautiful. A brand new building. Beautiful. And I think that’s where the other part of competition kind of fades for us because we don’t have the newer building . . . that’s afforded some of the charters. And it does kind of wear on what you can offer to parents. (Prescott Elementary)

For schools already in high demand, space constraints prevented their expansion. Five schools reported this as the major reason they could not enroll more students. Schools with independent funding were even considering building their own sites; others rented space from colleges, cultural centers, and churches. Location uncertainty made it harder to compete. For example, one concerned board member at Stone said, “Not having a location weighs heavily on parents’ decisions for enrollment.” School leaders believed that facilities factored into parents’ decisions; schools with new facilities attracted parents, whereas schools lacking new facilities believed this partially explained their inability to compete.

Conclusion

Competition placed pressure on schools, especially those that were low performing or underenrolled. School leaders engaged in a number of strategies owing to the competition. Ten schools reported efforts to improve academic performance to increase student enrollment, attract parents, or compete with other schools. Many more schools (n = 25) used marketing strategies. Some schools reported improving their operations in response to competitive pressures, which could potentially lead to a more efficient allocation of resources. Schools also developed niches, which might provide better opportunities and stronger matches between students’ needs and school offerings. However, this is certainly different from the traditional economic view of a “rising tide lifting all boats,” whereby educational improvement occurs “through large numbers of schools competing to produce a homogenous product” (Betts & Loveless, 2005, p. 37). Rather than entering an already crowded marketplace, these school leaders carved out a slice of that market, preempting or avoiding competition.

Although competition is expected to improve schools, leaders’ responses to market pressures were not always efficient or equitable. Alongside their efforts to improve academics and operations, schools also engaged in practices that were superficial, in the case of marketing, or inequitable, in the case of screening and selecting students. Although marketing may provide better information to parents, it does not represent a substantive change to school programming or operations (Bagley, 2006). Furthermore, some marketing and selection practices segmented the market further, in ways that could exacerbate inequities by limiting educational opportunities for certain families. For example, some schools targeted children who were already high performing and found ways to circumvent the centralized assignment process, either to save slots for such students or to prevent students who might be struggling from enrolling. Most charter schools in New Orleans were not permitted to enroll students outside a lottery system, yet several did. Others were required by the OneApp system to report available seats to the central office in real time, but did not. Such practices actually limit parents’ choices. Even if schools in New Orleans on average are improving, there are concerns that not all students have equal access to better schools. Some evidence suggests that mobility patterns in New Orleans are consistent with a segmented market, with low-achieving students switching to low-performing schools and high-achieving students transferring to highperforming schools (Welsh, Duque, & McEachin, in press), yet whether this has worsened or improved since before Katrina remains unknown.

These findings, although particular to New Orleans, have important implications for policy, especially for the many other districts that have adopted, or have considered adopting, similar reforms. These findings suggest areas in which the district could play a role to ensure a fairer marketplace, mitigating some of its adverse effects. Central-assignment programs, such as the OneApp, may reduce inequities in access, by not leaving admissions entirely to schools, and may also simplify the process for families. However, districts can also provide better information and closer oversight to ensure that families are able to access schools they need. Districts might ensure that non-marketing information, such as thirdparty reports of school performance and program offerings, is readily available to parents to make informed decisions, and they might target that information to low-income parents to have greater impact (Hastings & Weinstein, 2008). Districts might also more carefully monitor within-year transfers, ensuring that empty seats are filled through the central office at all times. To some degree, these suggestions echo those of advocates of portfolio-management models, who argue that even in systems of choice, districts have an important role to play (Bulkley, Levin, & Henig, 2010; Lake & Hill, 2009).

This study also makes several contributions to the literature. First, this study contributes to our understanding of how market-based reforms operate in the public sector. In particular, I build on existing literature that examines whether competition improves student outcomes (e.g., Hoxby, 2002; Ni, 2009; Zimmer & Buddin, 2005) to explore the mechanisms by which that might occur. I find that schools draw from a broad range of strategies in responding to competition, reflecting findings about competition in the United Kingdom (Woods et al., 1998). Like other researchers, I find marketing to be the most common competitive strategy (Gewirtz et al., 1995; Kasman & Loeb, 2013; Lubienski, 2007).

I also document the various selection strategies schools used, building on prior work (Jennings, 2010; Lubienski et al., 2009; Welner, 2013), and noting new strategies, such as “not marketing” as a form of selection. Second, this study contributes to theory by highlighting the role that social dimensions play when they interact with market pressures. For example, the informal assignment of students occurred via school leaders’ social networks, reflecting findings in other studies that have shown how networks moderate competition (e.g., Jennings, 2010). School leaders’ position in the marketplace, whom they view as competitors, and their status based on competition, charter network, and school performance, influenced the strategies that they used in a competitive environment. Schools scanned the environment and mimicked each other (Lubienski, 2003; Woods et al., 1998), in the case of marketing, whereas others differentiated themselves and sought a niche (e.g., White, 1981). In fact, many of the academic strategies were niche strategies; many schools tried to offer something unique or different from their competitors. This suggests it is important to look beyond “competitive effects” to examine the process of competition, including the specific strategies schools adopt, and how social and cognitive factors play a role. Otherwise, researchers and Policy makers may miss important mechanisms that explain how and why competition influences student outcomes, for better or worse, and miss opportunities for district intervention to mitigate any negative effects of competition. This analysis suggests several directions for further research. Research in other settings is needed. New Orleans is a “critical” case that helps to illuminate the process of competition, but it is necessary to examine how school leaders in districts with more moderate school-choice policies compete. Because marketing was so common, further research might examine the extent to which programs highlighted in marketing materials actually correspond to those within schools. For example, are schools that market themselves as arts-integrated actually incorporating the arts in academic classes? Much of the research on competition to date has examined the effects of competition on student achievement, but we know little about how competition affects equity and diversity in schools. This study shows that cream-skimming practices occur, but future research should systematically examine whether students are being counseled out and to what extent they are being selected (e.g., Zimmer & Guarino, 2013). In addition to examining the extent to which these findings are similar to other districts at various stages of marketization, it would also be worthwhile to examine the different ways in which districts and states regulate market-based reforms with different assignment policies and incentive structures. This could help to design a choice system that is truly accessible and equitable.

Source:  jabbar every kid is money

Author

Huriya Jabbar is an assistant professor in the Department of Educational Administration at the University of Texas at Austin, and a research associate at the Education Research Alliance–New Orleans at Tulane University. She studies the social and political dimensions of privatization and market-based reforms in education.

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Calidad de la educación: los términos de su ecuación (III)

Por: Bonifacio Barba

Hemos considerado que la calidad de la educación es igual al aprendizaje que se logra en el proceso de formación, multiplicado por la equidad (CE = ae). Se ha reconocido la trascendencia de ambos términos de la ecuación al darles un sentido jurídico que los eleva y fortalece por su pertenencia a la axiología constitucional. En esta ocasión el tema central es la equidad.

Por principio de cuentas es necesario recordar que el aprendizaje no es un proceso humano exclusivo de la experiencia escolar: en esta, se trata de que sea sistemático de acuerdo con fines establecidos que son buenos para el desarrollo de las personas y de la sociedad. Y es importante decir también que la cuestión de la equidad no se agota en el horizonte de la institución escolar. Aquello que sobre la equidad sea dicho o asignado a la escuela, proviene de los valores sociales y, más específicamente todavía, de los principios jurídicos que la crean como institución y precisan los valores que deben sustentar la formación que ella promueve. Por ejemplo, está el valor de la dignidad humana. La equidad está en el proceso histórico constitutivo de la escuela, pero eso ocurre porque es un problema de la sociedad.

En algunos comentarios que suelen hacerse sobre la equidad, de manera directa o indirecta aparecen otras cuestiones como la igualdad, la desigualdad, la inequidad y la iniquidad. Explicar cada una y aclarar todas sus relaciones prácticas y teóricas rebasa los límites de este espacio, pero es necesario no desatenderlas del todo.

Empíricamente, la desigualdad humana se muestra de maneras múltiples y en sus variantes sociales, económicas y políticas ha sido causa de debates y de grandes problemas a lo largo de la historia de las sociedades. No es fácil o inmediatamente posible afirmar la igualdad humana como cosa natural; esta es una creencia que se ha construido a lo largo de siglos y precisamente con un trabajo contextualizado y motivado por las desigualdades creadas por los seres humanos. La creencia es asimismo fruto del deseo y del propósito de atenuar o acabar las desigualdades. Ello toca a todos los trabajos de la antropología, de la economía y de la filosofía política.  Así surgió el proyecto del Estado constitucional o de derechos.

Uno de los logros fundamentales del pensamiento y del afecto humano es la afirmación de la igualdad de los seres humanos en su naturaleza, en su esencia. Esta creencia es la base para un derecho que se califica igual que el logro anterior, es decir, derecho fundamental, el de educación.

En el reconocimiento constitucional de que toda persona “tiene derecho a recibir educación” se condensa tanto un avance civilizatorio del mundo y de México, como un elemento central del proyecto ingente de transformar las desigualdades sociales, económicas y políticas. ¿Con qué criterios y fines? Con los que establece el proyecto de sociedad contenido en la Constitución, la cual es un patrimonio histórico de los mexicanos y tiene una dinámica que la relaciona siempre con la vida social y va precisando los derechos y su alcance y las obligaciones estatales y sociales.

Por los elementos antecedentes, es posible afirmar que la equidad representada en la ecuación de la calidad es una consecuencia natural, intrínseca, del derecho a la educación. Puede sostenerse que la equidad implicada o necesaria para que educación tenga la posibilidad de llegar a darse y ser reconocida como experiencia de calidad, es una expresión gemela del derecho mismo a ella. Por eso la equidad que se predica de la educación rebasa a la escuela y debe calificar y potenciar en la ecuación a todo el aprendizaje y, desde él, al currículo y a la pedagogía. Por todo ello, es una cuestión que toca toda la vida social, toda la actividad económica y toda la experiencia política.

Es tan inherente la equidad al derecho a la educación que el ordenamiento de la pedagogía escolar debe surgir de ella y ser a la vez uno de los aprendizajes clave. La equidad viene a ser entonces base y fin de la educación; es la expresión más clara y exigente de su ontología, y la escuela debe enseñarla, trabajar para ella porque es una institución política y lo que logre es trascendental para la comunidad política.

La equidad debe estar en los aprendizajes, es su fundamento: el conocimiento de sí como ser digno e igual a los otros; el conocimiento de los otros como seres dignos merecedores de respeto y poseedores de derechos; la formación de la persona y su autonomía. Por eso importa la educación y todas sus relaciones con la vida social, con la economía y con la política.

La equidad debe estar en los aprendizajes por la semántica de la frase que consagra el derecho a la educación, pero no se agota en ellos, los mueve desde fuera y los vincula con las otras acciones sociales, económicas y políticas que también deben construir la equidad: las relaciones sociales basadas en los derechos y la justicia que ellos proyectan; las relaciones económicas acordes a la dignidad humana y al conjunto de derechos que de ella dimanan; las relaciones políticas impulsadas por los derechos de forma que configuren y sostengan el  bien común con todos los instrumentos de acción del Estado. En tal horizonte, las políticas para la equidad educativa no pueden comprenderse, formularse, ni emprenderse sin las políticas para la equidad en todos los ámbitos de la acción social y del ejercicio del poder público. De esta forma, en los principios constitucionales y en los fines de la educación, la equidad es un valor procedimental, sí, pero es también un valor que señala la meta última de la vida social y de la realización del Estado: la persona humana como fin.

La equidad es, en última instancia, una representación de la justicia, y su inexistencia o su debilidad extrema dan lugar a la iniquidad, es decir, a una vida social, política y económica de injusticia; da lugar a un mal humano; de ahí la responsabilidad de los gobernantes. Es por eso inaplazable que con la luz y la exigencia del derecho a la educación,  de manera constante se trabaje para que se identifiquen todas las formas de inequidad en el servicio educativo, desde las relativas a la infraestructura y la disposición de maestros, hasta las que se cuelan en el currículo y en la vida escolar.

La obligación constitucional de ofrecer educación de calidad es una exigencia de transformación de las políticas educativas. Vivimos tiempos electorales; deben ser tiempos que sacudan la estructura y motiven la acción de los partidos y de todo candidato o candidata para que comprendan la responsabilidad pública que significa la equidad en la educación. La prueba de fuego para la vocación del político o de la política es su capacidad de ocuparse del hecho de que toda persona tiene derecho a recibir educación. Sin tal capacidad, no pueden pretender vocación política y no estarán legitimados.

Fuente del Artículo:

Calidad de la educación: los términos de su ecuación (III)

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Resignificación de la afectividad infantil en la educación como base de sustentación y expansión de la socialidad empática

Por: Iliana Lo Priore.

El presente texto recoge una propuesta de investigación y difusión colectiva e institucional que desde la necesidad de problematizar la noción de afectividad que ha predominado hasta ahora en el medio educativo escolar de la niñez, de la adolescencia y de la juventud, busca  reconsiderarla como afectación al  tratar de trascender  lo emotivo como límite de su significado, ya que la replantea como capacidad de los cuerpos de afectar y de ser afectados por su tipo de relacionamiento con los otros seres y entes con los que interactúa en el mundo.  De aquí que propongamos el término afectualidad en vez de afectividad, ya que no se trata de algo tan solo inmanente o inherente a cada cuerpo y no trascendente, su capacidad afectiva, sino que planteamos hacer trascendente  esa inmanencia afectiva como potencia relacional, de afectación de los cuerpos, o corporeidad.  Renombrar la emoción afectiva, en tanto cualidad adjetiva o predicativa, como sustantivo-sujeto, la afectualidad, es imprescindible para referir y resaltar una significación-otra. La  problematización  deviene de los cambios que ha experimentado el contexto sociocultural e institucional moderno de nuestros países latinoamericanos, así como  los de otras regiones en el mundo, producto de una dilatada crisis estructural profunda por la que atravesamos a nivel planetario, y que repercute  en la experiencia vital de las relaciones y encuentros que forman a la corporeidad.

Son numerosos los investigadores sociales y de otros campos que,  pese a sus diferencias,  concuerdan en que la crisis general que asola al modo civilizacional que prevalece en el mundo , y que conocemos como época Moderna, obedece al agotamiento o “fin” de dicho modo de producir y reproducir la vida-muerte en el planeta, y que el tránsito epocal  convulsivo en todos los planos que en consecuencia vivimos de crisis civilizacional en lo económico, social, ecológico, político, educativo, en las racionalidades, en el conocimiento, etcétera, se  debe denominar Posmodernidad, aunque algunos opten por nombrarlo “modernidad tardía o tardomodernidad”, “sobremodernidad”, “transmodernidad” , etcétera. Crisis que nos obliga éticamente a buscar alternativas a ese “modo civilizatorio” que por sobradas  razones ha sido calificado como depredador de la naturaleza y de la humanidad.

Entre los efectos culturales del agotamiento de la Modernidad destaca la deriva semiótica, por falta de correspondencia o anclaje en la realidad de los signos como lo tuvieron imaginaria o simbólicamente en el pasado, de los significantes o ideas-fuerza de progreso, desarrollo, igualdad, justicia social, evolución histórica, humanización, educabilidad, etcétera (Lanz, 1998).  Ideas-fuerza que alimentaron, principalmente desde el siglo XVIII con el movimiento ideológico-cultural de la Ilustración europea, la esperanza de millones de seres que guiados por aquellas promovieron los ideales sociales del capitalismo liberal y del socialismo o capitalismo de Estado, así como las conflagraciones de las dos guerras mundiales del siglo XX que condujeron a la muerte de millones de seres humanos y a un reparto geopolítico del mundo entre las potencias guerreras.  Geopolítica de las potencias que nos mantiene en vilo ante una siempre amenazante tercera conflagración mundial.

Es de resaltar para nuestros efectos, que el concepto de Posmodernidad ha sido usado por destacados investigadores educativos en la región para aproximarse a la comprensión de la repercusión de la crisis de la Modernidad en la educación, por ejemplo, Peralta (2017), lo ha usado parcialmente, –sin las implicaciones que aquí apuntamos en función de la educación de niños y niñas–, y considerar su incidencia en la elaboración de lo que denomina currículos posmodernos para la infancia.

No obstante esa disolución de los fundamentos de la Modernidad y sus realizaciones prometidas, y que han dejado un gran manto de incertidumbre por el derrumbe de las grandes teorías, relatos y narraciones o  presuntas verdades generales establecidas (Morin, 1995), hay investigadores de la Posmodernidad que paralelamente han evidenciado el surgimiento de un nuevo tipo de relacionamiento sociocultural como efecto inverso posmoderno, que han denominado socialidad en tanto nueva forma de sociedad o de agregación entre los hombres y mujeres, que despunta desde fines del siglo pasado (Maffesoli, 1990).  Una socialidad de tipo empática que se traduce en la sensibilidad de una comunidad emocional, que llama Maffesoli por sus formas de agregación por empatía, neotribalización o nuevas tribus.  Noción ésta que ha resultado muy productiva en las investigaciones en torno a los nuevos comportamientos y tendencias que manifiestan los adolescentes y jóvenes en los diferentes países latinoamericanos. Esta socialidad empática, que actúa como una “nebulosa afectual” permea  diversos ámbitos de la vida cultural que propicia nuevas sensibilidades por proximidad afectiva y gustos compartidos desde el deporte,  la música, la estética, etcétera, hasta la ética y la política, llegando incluso a transfigurar a ésta última en el ámbito de lo público: “la política como antipolítica” por el rechazo a las formas tradicionales burocráticas de participación en los asuntos de interés general, por ejemplo, los partidos políticos; así como el rechazo ético-corporal a las instituciones gubernamentales o estatales que son consideradas administradoras parcializadas de políticas del poder o dominio de unos grupos o intereses sobre los demás, como ha sido el caso manifestado por los movimientos de los “indignados” en Europa.  Incluso la prevalencia  de la imagen, no se debe tan solo a su mediatización tecnológica digitalizada, sino a la recuperación sinérgica  que ésta favoreció  por su existencia previa como tendencia cultural posmoderna.

La breve consideración hecha sobre la condición posmoderna nos ha servido para resaltar una de sus tendencias: su socialidad empática que promueve comunidades o tribus por afinidad afectiva de duración efímera, según Maffesoli.  Una tendencia que contrarresta al prevaleciente narcisismo individualista  disolvente de vínculos sociales orgánicos cohesionadores, producido por el modo civilizatorio moderno depredador-competitivo, sin que por ello la tribalización deje de  expresar como potencia afirmativa  la individuación de modo colectivo que busca la realización o satisfacción  personal de cada quien de manera conjunta, por más efímeras que estas experiencias asociativas puedan ser.  Experiencias que deseamos estudiar o investigar, repotenciar institucionalmente y dar mayor afirmación sociocultural a través de la educación de los niños y niñas para fortalecer los relacionamientos sociales por medio de la afectualidad para provecho de una mejor sociedad o una sociedad-otra.

Cabe aquí, por consiguiente, aproximarnos  a lo que se ha entendido por afectividad, sin que ello escamotee lo que debe ser investigado colectiva e institucionalmente al respecto. Lo hacemos para evidenciar con una comparación crítica la inconsistencia de seguir sustentando una representación de la afectividad desactualizada para dar cuenta de las nuevas realidades socioculturales que la implican.

Aunque existen diversas conceptualizaciones sobre la afectividad que responden principalmente a enfoques disciplinarios (psicológicos, antropológicos, sociológicos, etcétera), queremos recuperar resumidamente la perspectiva filosófica de Baruch de Spinoza (1980).  Para él no existe una sola clase de afecto, sino varias, o una afectividad múltiple: afectio y afectus. El afectio es el estado de un cuerpo cuando afecta a otro o es afectado por otro, mientras que el afectus consiste en la modificación continua o intensiva que sufre el cuerpo como aumento o disminución de su capacidad o poder de acción.  Para él el afecto es inmanencia concreta y abstracta o virtualidad potencial realizable de los cuerpos.  Por ello, para otro filosofo que lo comenta, Gilles Deleuze (1984), el afecto es inmanencia de la inmanencia, o inmanencia del poder puro, poder de afectar otros cuerpos. No obstante, reiteramos que para nosotros el afecto en tanto afectualidad, es una inmanencia de la corporeidad que se puede manifestar de manera trascendente en la transformación de las relaciones sociales y sus instituciones para que sea también poder emancipador de los cuerpos por sí mismos.  Trascendencia que nos es muy cara a los educadores para reconsiderarla como potencialidad manifiesta en una socialidad que la expresa posmodernamente para refundar o cambiar la sociedad desde su reconfiguración educativa, particularmente en la formación de la infancia.

Por ello creemos que es relevante y urgente acometer la tarea de investigar colectivamente las posibilidades que encierra la afectualidad al superar las limitaciones que la representación de la afectividad prevaleciente obstaculiza e impide, y, por otra parte, registrar y  potenciar las experiencias educativas en distintos planos y aspectos que desde esta nueva perspectiva acometan los educadores por su proyección sobre la afirmación de una socialidad empática transformadora de la sociedad.

Para desarrollar esa tarea indagativa y experimental es necesario articularnos con base en proyectos de investigación, seminarios itinerantes, conferencias, encuentros, conversatorios, talleres, etcétera.  En esta dirección estratégica destacan los educadores de la infancia por cuanto es parte de su acervo pedagógico-educativo la valoración de la afectividad en el desarrollo socioemocional y cognitivo del niño para su desenvolvimiento social presente y futuro. De aquí que la revisión crítica y experimental o práctica de esa valoración para adecuarla a los nuevos tiempos y al “espíritu de la época”, no sea extraña u ajena a su quehacer profesional. Centrándose para ello, en la revisión del tipo de agenciamiento pedagógico de  encuentros relacionales empáticos densos o  intensos que subjetiven  las experiencias relacionales de afectualidad, su  composición u organización para desarrollar la capacidad o poder de afectar y ser afectados individual y  colectivamente por esa clase de socialidad.

Con base en lo planteado, y por la dimensión y exigencias que se desprenden, vemos como un requerimiento encontrar una forma de articulación entre quienes compartan esta propuesta para facilitar su promoción y realización.  Para efectos de las temáticas a ser abordadas desde las diferentes formas señaladas, sugerimos las siguientes, sin que ello implique un orden agotado y cerrado:

– Contexto sociocultural de crisis de la Modernidad y advenimiento de la socialidad posmoderna, y sus derivaciones para la infancia principalmente.

– Implicaciones epistémicas y epistemológicas de una racionalidad sensible o empática ante las racionalidades modernas, particularmente para la “racionalidad educativa moderna”.

– Surgimiento de nuevos dispositivos de subjetivación de los cuerpos: sujeción y des-sujeción en los niños y niñas.

– Antecedentes teóricos sobre la afectividad y nuevos desarrollos: la afectualidad.

– Derivaciones educativas del “fin de la Modernidad” y crisis escolar para reconsiderar la función pedagógica de los docentes.

– Consideraciones, acciones y experiencias educativas orientadas en función  del agenciamiento  de la afectualidad infantil o de su potencia relacional.

REFERENCIAS

Deleuze, M.  (1984)  Spinoza: filosofía práctica.  Tusquets editores: Barcelona

Lanz, R.  (1998)  Temas posmodernos. Crítica de la razón formal. Fondo Editorial de la Asamblea  Legislativa del Estado Miranda: Caracas

Maffesoli, M.  (1990)  El tiempo de las tribus.  Editorial Icaria: Barcelona

Morin, E.  (1995)  Introducción al pensamiento complejo. Editorial Gedisa: Barcelona

Peralta, M.V.  (2017)  Construyendo currículos posmodernos en la Educación Inicial Latinoamericana.  Homo Sapiens Ediciones: Rosario

Spinoza, B.  (1980)  Ética demostrada según el orden geométrico. Editorial Orbis: Madrid

 

  • Correo: ilianalopriore11@gmail.com

 

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Educación y calidad: agenda de una multipartidaria educativa

Por Luciano Sanguinetti

Hace más de 10 años que en materia educativa se discuten sólo salarios, mientras a nuestro alrededor cambian de forma incesante las formas de producción.

Prestemos atención a dos noticias en apariencia desconectada, una del año pasado. Según los resultados de la evaluación Aprender 2016 presentados por el Ministerio de Educación de la Nación en mayo de 2017, el 40% de los alumnos del secundario tiene un rendimiento por debajo del nivel básico en matemática y esta cifra crece al 81% en los alumnos con alta vulnerabilidad social. La otra noticia es más reciente: se inauguró una planta automotriz en Córdoba, con una inversión de US$ 500 millones, de la empresa Fiat. El 85% de cada auto lo arman robots. Evidentemente estamos en problemas. El futuro de la economía mundial pasa por el conocimiento y nosotros sólo discutimos nuestro sistema educativo en el marco de las paritarias docentes, en las cuales la pregunta excluyente es cuándo empiezan las clases y no qué vamos a enseñar, cómo, ni mucho menos para qué.

Hace más de 10 años que en materia educativa se discuten sólo salarios, mientras a nuestro alrededor cambian de forma incesante las formas de producción, las tecnologías de comunicación, las prácticas culturales, en fin, todas las formas de estar juntos con el vértigo de todo proceso civilizatorio. Cuando en 1988 concluyó el Congreso Pedagógico todavía existía la empresa estatal de telecomunicaciones, Entel, y conseguir un teléfono nuevo era literalmente un misterio; la ley Federal de Educación se sancionó en 1993 en un contexto en el que Internet sólo alcanzaba a las élites gubernamentales y científicas y faltaba bastante para que se convirtiera en la revolución de las comunicaciones. La Ley de Financiamiento Educativo que promovió la inversión del 6% del PBI en la educación se sancionó en 2006 cuando todavía no existía facebook en español y las redes sociales no habían alterado definitivamente el tiempo y el espacio, achicando el mundo de una manera irremediable.

Es evidente que en la carrera del conocimiento venimos rezagados y al parecer cada vez más cansados. Y esta sensación frustrante se incrementa por la esterilidad de unos debates en los que los actores, sean estos políticos, técnicos o gremiales, parecieran estar más enfocados en ver quién gana la pulseada, que por resolver el problema de fondo. Un problema que para resolverlo necesitamos partir de denominadores comunes sobre los cuales deberíamos dejar de discutir de forma crónica. Señalemos algunos.

Los salarios son bajos, no los de todos en el sistema educativo, pero sí el de la mayoría. Pero a su vez tenemos un promedio de docentes por alumno injustificado: 12 alumnos por docente en la provincia de Buenos Aires, una de las medias más bajas de la región. Tenemos ausentismo crónico en secundaria y una carrera docente que no privilegia la función directiva.

La infraestructura de las escuelas está deteriorada por años de desinversión, sólo el 35% de las escuelas primarias estatales tiene conectividad y la mitad de los docentes dice no usar ningún instrumento tecnológico para la enseñanza. En muchos casos las escuelas las sostienen las cooperadoras, con ayuda de docentes y familias que hacen lo imposible para darles condiciones a sus hijos. También es un dato crítico la falta de escuelas y vacantes, especialmente en el nivel inicial.

Otro aspecto clave es la formación docente. Hay consenso en que debe ser revisada. En un mundo hiperinformado no alcanza con los institutos de formación terciaria y el testimonio de los docentes habla de la necesidad de una formación más actualizada y exigente, ante los múltiples desafíos que implica entrar a un aula. Las aulas demandan hoy a los docentes más conocimientos, nuevas metodologías y otras competencias.

Los datos duros sobre pobreza e indigencia son incontrastables. La escuela se enfrenta a contextos de alta vulnerabilidad. Más del 47% de los niños entre 0 y 15 años son pobres y muchos de ellos van a la escuela estimulados por un plato de comida. Más de un tercio de la población escolar desayuna, almuerza y/o merienda en la escuela.

La agenda de una multipartidaria educativa

Si compartimos las dimensiones centrales de este diagnóstico, no sería muy complejo diseñar un plan que contemple:

a) reformular la formación docente pasándola integralmente a las Universidades Nacionales donde está la máxima jerarquía académica que la Argentina puede ofrecer. Toda la diversidad del conocimiento está allí, y el mayor capital humano y tecnológico del país. Es un despropósito no vincularlos en la formación de los formadores y darles la alta misión de acreditar a nuestros docentes.

b) definir un plan de infraestructura escolar de cercanía, que garantice ejecutividad, como es el caso del Fondo Educativo en la Provincia de Buenos Aires, que transfiere hoy cerca de 7.000 millones de pesos a los municipios. Si la ley estableció una prioridad del 50% en materia de infraestructura escolar, bien podría avanzar hasta el 100% en los próximos años, dejando la posibilidad que sean, en el futuro, los mismos municipios los que revisen estos porcentajes para luego poder invertirlos en insumos pedagógicos, en la capacitación o programas especiales determinados por las demandas y el contexto de las escuelas.

c) con las cifras de pobreza que hoy tenemos es impensable que una parte de la población escolar no reciba alimentos en la escuela; por el contrario, esto puede ser un beneficio en materia de nutrición y de buenas prácticas alimentarias, además de inscribirse en la lógica de la extensión de la jornada con actividades complementarias en el segundo turno. Lo que no podemos seguir sosteniendo es que esa alimentación no sea de calidad.

d) la escuela es una unidad de conocimiento, el centro del sistema, no el final de un proceso. Allí interactúan todas las partes del sistema: los niños y sus familias, los docentes y directivos, el Estado en sus diferentes niveles y competencias, la sociedad civil y sus organizaciones (clubes, cooperadoras, empresas). Necesitamos un sistema de evaluación y seguimiento de esa unidad en forma continua. El viejo sistema de inspección ha quedado obsoleto y hoy los dispositivos tecnológicos facilitan la posibilidad de que cada escuela sea monitoreada. Debemos crear una agencia de evaluación integral y permanente de las escuelas.

Pero además, lo que más necesitamos es que la escuela deje de ser un botín de guerra de la clase política. Nadie va a ganar o perder una elección por un paro o un examen. Lo que necesitamos es devolver el debate educativo a sus ámbitos específicos: sin descartar la televisión ni la paritaria, la agenda educativa debe ingresar al parlamento.

Fuente del Artículo:

http://www.lapoliticaonline.com/nota/111236/

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