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La zona gris de la democracia: hacia una política de la impureza

Por: Amador Fernández-Savater / Ernesto García López

La vida-mercado produce un malestar que la ola reaccionaria canaliza para seguir afianzando el mercado. A la sombra de este, la decepción emerge a través de tres tendencias: la derechización, la desafección y la deserción

 Has cerrado la puerta de nuevo

para huir de la oscuridad

pero en tu armario espera la noche.

Gloria Anzaldúa

El hecho fundamental para entender nuestra época, del que tenemos que partir necesariamente para pensar políticamente cualquier cosa, es la coincidencia entre vida y mercado. ¿Qué significa esto?

Muy sencillo: la vida, tal y como se presenta espontáneamente, tal y como se vive cotidianamente, tal y como se percibe y se desea inmediatamente, se experimenta como mercado.

El mercado, en su alianza (o mejor dicho aleación) con la tecnología, aparece hoy como la principal fuerza de configuración de experiencia. Nos movemos en Uber, viajamos con Airbnb, ligamos en Tinder, nos proveemos de alimentos en Mercadona, nos informamos gracias a Google, buscamos entretenimiento en Netflix.

Y cada uno de nosotros reproduce el mercado simplemente viviendo, tomándose a sí mismo como un capital que gestionar: capital humano, capital-imagen, capital-salud, capital-afectos, capital-capacidades, capital erótico, capital-proyectos, capital-contactos.

¿Qué significa políticamente esta adecuación vida-mercado? Que la ideología está en las cosas, está en el aire. Es inherente a la vida misma, al hecho mismo de vivir. La noción de “lucha ideológica” debe redefinirse entonces completamente.

La ideología está en las cosas, está en el aire. Es inherente a la vida misma, al hecho mismo de vivir

No se trata de ideas: la gente de izquierdas se diferencia de la gente de derechas en sus construcciones mentales, pero su vida está bañada en la misma realidad de mercado. Las vidas, como dijo alguien, son hoy todas de derechas.

No se trata de crítica: mientras que la realidad material se ha vuelto mercado, la crítica se ha vuelto puramente ideal. Una opinión sobre el mundo, una preferencia, una valoración subjetiva. Fácilmente descartables por los realistas de mercado como “utopías” o “quimeras” separadas de la realidad.

No se trata de comunicación: la vida-mercado es el medio de comunicación más poderoso. Emite constantemente, desde cualquier lado y a partir de cualquiera de nuestros gestos más nimios. Lo sabe perfectamente la presidenta Ayuso: mientras los demás candidatos bombardeaban nuestros buzones de correos con cartas y programas, ella se limitaba a imprimir la palabra “libertad” sobre su foto en chándal. La realidad misma (cada bar y terraza) era su mejor publicidad.

Las vidas, como dijo alguien, son hoy todas de derechas

Puede argumentarse que la libertad de la vida-mercado es cada vez más cara y no está al alcance de cualquiera. Ciertamente, pero sale gratis desearla y domina hoy el imaginario de las expectativas de vida. Es la promesa de felicidad más fuerte, más pregnante.

Zona gris y políticas de contención 

Esta vida-mercado produce una sombra, un reverso hecho de malestares tanto “objetivos” (precarización y desigualdad) como “subjetivos” (sufrimiento psíquico).

Durante los últimos quince años se ha venido gestando un aumento de las desigualdades y las brechas sociales. Cuerpos y territorios vulnerables mantenidos en el tiempo, rodeados de una creciente incertidumbre: la Gran Recesión, la pandemia, la crisis de precios como resultado de la guerra en Ucrania, las amenazas climáticas…

Los datos son reveladores. España es una fábrica de desigualdad en momentos de dificultad económica, y luego, paradójicamente, durante los periodos de bonanza se muestra incapaz de revertir esa tendencia con la misma intensidad. A ello se une que el fantasmático ascensor social (el denominado por algunos “dique de la meritocracia”), tan típico de los estados del bienestar europeo, hace tiempo que mostró síntomas evidentes de flaqueza.

España es una fábrica de desigualdad en momentos de dificultad económica, y durante los periodos de bonanza se muestra incapaz de revertir esa tendencia

Son muchas las razones que explican en España esta sombra, pero si tuviéramos que sintetizarlo de un modo un tanto grosero, diríamos que la propia estructura productiva del país, un mercado de trabajo poblado de precariedades y bajos salarios, un sistema fiscal poco progresivo y agujereado en términos de tributación de la riqueza, un sistema de protección social anacrónico, un endémico conflicto por la vivienda que asfixia a buena parte de la población arrendataria e hipotecada, así como un recorte generalizado en la educación y la sanidad públicas, han ido cristalizando en ciertos segmentos sociales un sentimiento de eterna vida en crisis. Una “somateca” (que diría Paul B. Preciado) caracterizada por el ahogo existencial continuo. Y como toda experiencia objetiva, tiene su correlato subjetivo en un aumento de los malestares psíquicos. Basta conocer los datos de salud mental para darnos cuenta de la magnitud del problema.

A esta sombra de la vida-mercado podríamos denominarla la zona gris. Una experiencia de mundo repleta de miedo, desconfianza y desasosiego, que va más allá del relato, más allá del efecto hipnótico atribuible a los aparatos ideológicos de los medios de comunicación.

A esta sombra de la vida-mercado podríamos denominarla la zona gris. Una experiencia de mundo repleta de miedo, desconfianza y desasosiego

¿Qué puede la izquierda? En el mejor de los casos, cuando no se limita a gestionar la vida-mercado, la izquierda que trabaja en las instituciones, el gobierno, en la siempre difícil gestión de lo público, busca poner coto a los excesos neoliberales, redistribuir la riqueza y “contener” las infinitas y dolorosas heridas que se abren en el cuerpo social. Contener, es decir, ralentizar los impactos y externalidades más agresivas de la agenda neoliberal mediante el despliegue de políticas públicas de corte neokeynesiano (“bienes pequeños”, lo llama Santiago Alba Rico).

En el entorno de los últimos años esta “contención” ha cobrado forma mediante el denominado “Escudo Social”. Ahí están los ERTEs, el Ingreso Mínimo Vital (IMV), la subida del SMI, la revalorización de las pensiones, el tope al gas, la lucha contra la pobreza energética, el control de precios de los alquileres, las medidas temporales de carácter fiscal en materia de tributación de la riqueza (como los impuestos a los beneficios extraordinarios de las empresas energéticas, la banca y las grandes fortunas), la extensión de ayudas en el consumo y la producción, la defensa de derechos de las mujeres y las personas LGTBQ+, etc.

No es poca cosa, desde luego. A nadie se le escapa que el Estado, en tanto dispositivo de gestión, es una herramienta de primer orden y, precisamente por ello, las derechas se lo pelean con ahínco. Hemos asistido a la movilización del mayor paquete de gasto social desde la consolidación de la democracia. Una “contención” que ha permitido, entre otros méritos, no hacer despeñar por el abismo (como sí ocurriera en 2010-2014) a buena parte de la población española.

A nadie se le escapa que el Estado es una herramienta de primer orden y, por ello las derechas se lo pelean con ahínco

Ni que decir tiene que ante las elecciones del próximo 23J, salvar este “poder de contención” es una obligación ética y cívica, y los que suscriben este artículo no dudarán en apoyar las candidaturas progresistas que así lo hagan.

Pero hay vida más allá del 23J. Necesitamos ampliar la mirada porque el dilema es mucho más profundo. Radica en que la contención no termina de contener, no termina de modificar las estructuras latentes de la desigualdad. No termina de revertir la insatisfacción subjetiva de amplios sectores de la población, sus malestares psíquicos, la extensión del recelo, la guerra del penúltimo contra el último, la sensación de una permanente “vida en precario”.

La contención no termina de reconectar con la política, la democracia y las instituciones, a esas geografías sociales más golpeadas por las crisis (basta echar un vistazo a los datos de participación electoral en los barrios con mayor pobreza para darse cuenta). La contención no es capaz, por sí sola, de retomar la iniciativa en la producción de mundo, hoy en manos de la vida-mercado.

Derechización, desafección y deserción

La izquierda, en tanto que se plantea como mero dique de contención, está por tanto condenada a la decepción, a decepcionar. Es hoy, fundamentalmente, una experiencia de impotencia. Decepciona Tsipras, decepciona Boric, decepciona la Nueva Política en España… La moderación, como gestión del marco autorizado de lo posible, desilusiona y suele caer derrotada electoralmente.

La izquierda, en tanto que se plantea como mero dique de contención, está por tanto condenada a la decepción, a decepcionar

La decepción es la característica principal de la zona gris. Decepción ante la democracia, la política y la izquierda. Decepción ante las retóricas y gesticulaciones que no se traducen en hechos y políticas efectivas. Decepción ante la superioridad moral (frente al sexismo, al racismo o al clasismo) que se revela finalmente como hipocresía de clase media. Decepción ante la falta de audacia o valentía política.

Podemos discernir al menos tres tendencias en esta zona gris de decepción: la derechización, la desafección y la deserción.

la derechización es la decepción elaborada como resentimiento victimista. Es el malestar que busca culpables en la lógica del chivo expiatorio: los trans, los menas, los ecologistas, las feministas, los migrantes, etc.

La promesa de paraíso en la tierra vía consumo de la vida-mercado se agrieta considerablemente desde 2008: crisis económica, pandemia, guerra, emergencia climática. La decepción ante la promesa rota (sostenida tanto por gobiernos de izquierda como de derecha) se convierte en resentimiento y agresividad redirigido contra los “enemigos internos” a los que se culpabiliza de la situación. El malestar se delega en poderes fuertes que prometen la restauración de las ilusiones rotas, la vuelta a la normalidad.

La promesa de paraíso en la tierra vía consumo de la vida-mercado se agrieta considerablemente desde 2008

–la desafección es la decepción elaborada como abstención pasiva. La desafección es el gesto de quien no llega a hacer algo creativo con su malestar, pero tampoco lo entrega a los poderes fuertes que prometen la restauración del orden. Y que simplemente toma distancia: se retira, se ausenta, se desafilia.

Son, por ejemplo, las millones de personas que, elección tras elección, ante todas las llamadas a la participación y la responsabilidad, no votan y muestran así su desimplicación radical de un sistema político-electoral en el que no sienten que se juegue ninguna diferencia significativa para sus vidas. Un verdadero agujero negro en el ideal ciudadano de la democracia del que no se habla casi nunca, más que para denigrarlo.

la deserción es la decepción elaborada como gesto activo. Son todas las formas de habitar creativamente o de politizar los malestares, de convertir la interrupción de la vida-mercado en un grado de mayor autonomía.

El fenómeno de la Gran Dimisión, los movimientos decrecentistas, los nuevos comunalismos, el desenganche (más o menos colectivo, más o menos político) de los deseos y las expectativas que nos mantienen clavados a un sistema que genera ansiedad y precariedad, etc.

La zona gris, en cualquiera de sus tres expresiones, es un objeto volante no identificado para los radares de la izquierda

La zona gris, en cualquiera de sus tres expresiones, es un objeto volante no identificado para los radares de la izquierda. La derechización se juzga moralmente, sin atender a que se trata de un fenómeno de los cuerpos; la desafección se considera como déficit de participación, de responsabilidad o de implicación; y la deserción no se puede leer ni entender en la rejilla de la movilización clásica.

Una política de la impureza

La vida coincide con el mercado. La izquierda se repliega en políticas de contención desde arriba que apenas contienen los efectos más devastadores: precariedad y sufrimiento psíquico. Una zona gris se abre, un reverso de la política, un espacio ambivalente de decepción con respecto a las promesas de la democracia. En ese magma palpitan pulsiones de derechización, de desafección y de deserción.

Se puede juzgar la zona gris simplemente como una amenaza a la democracia, o interpretar que en ella hay indicaciones útiles sobre lo que no funciona, sobre sus límites, sobre sus techos de cristal. A esta segunda opción le llamamos “política de la impureza” y pasa por meter las manos en el barro de la zona gris buscando ahí pistas y fuerzas para la transformación social. Disputar el malestar social.

Una política de la impureza pasaría por el desafío de inventar orientaciones y estrategias más allá de los circuitos cerrados de la contención y la comunicación.

La contención se limita a parchear sin plantear otra lógica, otro hacer, otro horizonte

La contención se limita a parchear sin plantear otra lógica, otro hacer, otro horizonte. Pero la vida-mercado atraviesa finalmente todos los topes y los límites, haciendo saltar todos los parches. La política de la contención ni siquiera es reformista, porque el reformismo en un sentido fuerte es el proyecto de sustituir a lo largo de un tiempo de proceso un sistema por otro, un modelo por otro.

La comunicación se limita a hablar la lengua de la vida-mercado, la seducción y el marketing. La división entre un emisor que propone y un receptor que se “identifica” o “adhiere”, entre los sujetos de la enunciación y los objetos del enunciado. La comunicación no es el campo neutro de batalla, sino el lenguaje mismo del enemigo.

¿Se pueden experimentar otras políticas y otros lenguajes, otros haceres y otros decires? Sin duda no sin meter las manos en el barro impuro de la zona gris, allí donde habita la decepción con respecto a la democracia y la política, en medio de las vidas rotas por la precariedad y el sufrimiento psíquico. No tanto “dirigirse a”, “seducir” o “convencer”, como “impregnarse de”, “dialogar con”, “pensar junto a”, en pie de igualdad.

Estamos metidos en este círculo endemoniado: la vida-mercado produce un malestar que la ola reaccionaria canaliza… ¡para afianzar la misma vida-mercado! Sólo interrogando la zona gris de la democracia podemos hallar pistas para escapar de esta trampa. La salida del infierno está allí donde las llamas son más altas.

Fuente de la información e imagen:  https://insurgenciamagisterial.com

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Ambiente: El tiempo se acaba en el Reloj Climático

El tiempo se acaba en el Reloj Climático

El reloj climático indica que queda menos de seis años para que el mundo logre objetivos clave en la lucha contra el cambio climático. Estos objetivos son fundamentales para frenar el calentamiento global y proteger nuestro planeta.

En Union Square, en la ciudad de Nueva York, se encuentra un imponente reloj de 62 pies de altura que está a punto de marcar un hito preocupante. Conocido como el Reloj Climático, su función es mostrar visualmente cuánto tiempo le queda al mundo para tomar acciones y evitar que el cambio climático empeore de manera exponencial.

La situación del clima actual es preocupante, como bien sabemos quienes hemos experimentado sus efectos recientemente. A principios de mes, se registró la semana más calurosa en el mundo, según datos preliminares. Además, estamos presenciando olas de calor récord en diversas partes del hemisferio norte. El cambio climático está generando nuevos fenómenos extremos y peligrosos, y esto es solo una de las formas en que se manifiesta.

En la actualidad, el planeta se encuentra 1,1 grados centígrados más cálido que antes de la Revolución Industrial debido a las emisiones de dióxido de carbono generadas por la quema de combustibles fósiles. Este fenómeno está causando un aumento en la intensidad de las olas de calor, los incendios forestales, las tormentas y el nivel del mar. Los líderes mundiales acordaron en el histórico acuerdo de París la importancia de limitar el calentamiento global y evitar que el planeta se caliente aún más. Cada incremento, aunque sea pequeño, conlleva consecuencias cada vez más graves para nuestro entorno.

¿Qué es el Reloj Climático?

El Reloj Climático es una herramienta que nos informa sobre el tiempo que nos queda antes de alcanzar al menos 1,5 grados de calentamiento global debido a las continuas emisiones de CO2. Este umbral es crucial para los objetivos climáticos globales establecidos en el acuerdo de París. Actualmente, el tiempo que nos queda para abordar el cambio climático se está agotando rápidamente. Si las emisiones de CO2 continúan al mismo ritmo durante los próximos cinco años, nos resultará extremadamente difícil limitar el calentamiento global a solo 1,5 grados centígrados.

Los fundadores del Reloj Climático están llevando a cabo eventos en los cinco continentes hoy para generar conciencia sobre el tiempo cada vez más limitado que nos queda. Llaman a este día “Día de la Emergencia Climática”. Desde el año 2020, una de las atracciones en Union Square es una vigilia que se lleva a cabo debajo de un reloj digital gigante.

“El mejor día para haber tomado acción fue ayer. Pero estamos usando datos [climáticos] para crear una línea de tiempo que empodera a los gobiernos y activistas para exigir un cambio”, dice Becca Richie, gerente de la comunidad global de la organización Climate Clock que creció después de que se instalara el reloj insignia en la ciudad de Nueva York. “Es posible promulgar las soluciones que necesitamos en ese período de tiempo y permanecer por debajo de 1,5 grados”.

El reloj se originó como una expresión artística de activismo, diseñado para simbolizar la proximidad de la humanidad a su propia autodestrucción. Este reloj, conocido como el Reloj del Juicio Final, es una metáfora poderosa que busca generar conciencia sobre esta problemática. El Reloj Climático en Union Square originalmente estaba destinado a ser exhibido durante la Semana del Clima de Nueva York en 2020, pero ha sido reemplazado de forma permanente. Este nuevo reloj sustituyó al antiguo reloj de 24 horas que formaba parte de una instalación artística llamada Metronome en 1999.

La cuenta regresiva

El reloj muestra información basada en datos del Instituto de Investigación Mercator sobre Bienes Comunes Globales y Cambio Climático (MCC) en Berlín. Aunque no indica una cuenta regresiva precisa, nos alerta sobre la posibilidad de que las temperaturas promedio globales superen los 1,5 grados centígrados. Por otro lado, se están realizando estimaciones para determinar cuánto tiempo falta antes de que los seres humanos generen suficiente contaminación de dióxido de carbono como para desencadenar al menos 1,5 grados Celsius de calentamiento.

Bajo la suposición de que las emisiones globales se mantengan en niveles similares a los registrados en 2019, antes de la pandemia de COVID-19, es importante destacar que se produjo una disminución temporal en la contaminación debido a la desaceleración económica. Lamentablemente, los niveles de contaminación han vuelto a ser los mismos que antes de la pandemia. Incluso el año pasado fue un récord en cuanto a las emisiones de CO2 relacionadas con la energía. Es preocupante ver cómo la crisis sanitaria no ha logrado reducir permanentemente nuestros impactos negativos en el medio ambiente.

El Reloj Climático pone de manifiesto la importancia de cada minuto en la lucha contra el cambio climático. La exhibición en Union Square destaca puntos clave para lograr los objetivos necesarios y limitar el calentamiento global a 1,5 grados. Una solución efectiva para abordar este desafío es la transición hacia fuentes de energía renovable. El reloj mencionado muestra regularmente el porcentaje de consumo global de energía proveniente de fuentes como la energía eólica y solar, que actualmente representa un poco menos del 14%.

“Se necesita acción ahora. La infraestructura energética y el cambio estructural no es algo que se haga en un par de meses. Es algo que lleva años”, dice Sabine Fuss, quien lidera el grupo de trabajo sobre gestión sostenible de recursos y cambio global en MCC. “Incluso si tiene un poco más de tiempo, todavía significa que debe actuar de inmediato”.

Con información de theverge.com

Fuente de la Información: https://www.ecoportal.net/paises/el-tiempo-se-acaba-en-el-reloj-climatico/

 

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Argentina: Consejos para educar en un mundo lleno de pantallas

Consejos para educar en un mundo lleno de pantallas

Realizar actividades alternativas que motiven a los más pequeños o autoevaluar el tiempo que, como adultos, se permanece frente a una pantalla son algunos de los consejos que María José Abad, experta en educación digital, ofrece a las familias y educadores

Las familias deben pensar cómo les gustaría que fuera la relación que sus hijos tienen con las pantallas. Y para ello resulta fundamental que los adultos se formen en temas relacionados con el uso de los dispositivos. Y es que la tecnología y el entorno digital pueden ser una gran oportunidad para educar. María José Abad, experta en educación digital propone en el portal educaciontrespuntocero.com diez claves con las que educar a niños y adolescentes en un mundo repleto de pantallas.

1. Adelantarse. La prevención es la clave del éxito. Visualiza cómo te gustaría que fuera la relación de tus hijos con las pantallas y poné en práctica lo que creas que contribuiría a ello. Por ejemplo: crear ‘un plan digital familiar’ puede ayudar. Estos son los pasos para crearlo:

  • Pensar qué uso hace de las pantallas cada miembro de la familia.
  • Hacer un diagnóstico y poner algunas metas que se puedan compartir en algún lugar visible para todos.

2. Ganar la batalla sin recurrir a la confrontación. En vez de decirles ‘no’, se recomienda crear actividades alternativas y ayudarles a descubrir sus aficiones y talentos. Hay que tomárselo como una carrera de fondo: cambiar los hábitos nunca fue fácil.

3. Las pantallas pueden ser un gran aliado. Lo importante es utilizarlas con una finalidad, delimitar cuándo y para qué usarlas. Por ejemplo: a través de videotutoriales de recetas de cocina, de música…

4. Más que el tiempo de pantalla, pensar qué se está dejando de hacer con los niños. Este planteamiento sirve para diagnosticar si hay un uso equilibrado de las pantallas. También es fundamental que estas no interrumpan las horas de sueño. Algo que puede ayudar este ‘parking de pantallas’ o la asignación de un canasto o caja donde ‘duerman’ los dispositivos.

5. Abrir nuevos horizontes. Los niños del ‘todo ya’ necesitan cultivar su paciencia con actividades que requieran metas en el corto, medio y largo plazo (campeonatos deportivos, tocar un instrumento, leer, etc.). También y de ser posible que los hagan salir de su mundo como tareas de ayuda a los demás adaptadas a su edad, voluntariado…).

6. Una sana autoestima es uno de los mejores regalos que se le puede hacer a los pequeños. Está muy vinculado a la felicidad imperfecta: saber que no siempre se puede tener todo; disfrutar y ser agradecidos, además de que resulta muy útil para huir de las comparaciones.

7. Escribir en un papel qué cosas dejar como ‘herencia’. De qué temas, como adulto, te gustaría hablarles: amor y sexualidad, la importancia de trabajar bien, respeto a los demás, donde recargar las pilas y encontrar la paz en el día a día…

8. Autoevaluación del uso de las pantallas. Las estadísticas de uso de las aplicaciones pueden resultar una pista para saber cuánto tiempo, como adulto, se dedica a las pantallas. Quitarse las notificaciones o intentar que haya tiempos de ‘desintoxicación’ de pantallas en algunos momentos del día o durante el fin de semana son otras opciones de autoevaluación.

9. Predicar con el ejemplo. Es importante identificar a los ‘ladrones de tiempo’. Que no impidan tener conversaciones cara a cara con los niños o con la pareja.

10. Pararse, pensar, pedir ayuda y volver a empezar. Nada hay definitivo en esta vida, así que ¡no desesperes!

 

Fuente:  educaciontrespuntocero.com
Foto: notebookcheck.net

Fuente de la Información: https://aptus.com.ar/consejos-para-educar-en-un-mundo-lleno-de-pantallas/

 

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Mundo: El 42% de los habitantes del planeta no puede permitirse una dieta saludable

El 42% de los habitantes del planeta no puede permitirse una dieta saludable

 Enric Llopis

¿De qué modo recibe Occidente a las personas migrantes y refugiadas que llegan a sus territorios?

En el Reino Unido, el Parlamento aprobó el 18 de julio la ley migratoria promovida por el Gobierno Conservador, que dificulta las peticiones de asilo, facilita las deportaciones y, según ACNUR, “contradice las obligaciones del país en virtud del derecho internacional y de los refugiados”.

Además a finales de junio, la Corte de Apelaciones de Londres declaró ilegales las deportaciones de refugiados desde Reino Unido a Ruanda, por no considerarse un “país seguro”; pueden recordarse precedentes similares como el de Dinamarca, que –en abril de 2022- expulsó a 300 presos migrantes a Kosovo para que cumplieran en este país las penas de cárcel.

También en Gran Bretaña, el 16 de julio, la BBC informó sobre la barcaza flotante denominada Bibby Stockholm para el encierro de solicitantes de asilo, con capacidad para 500 personas; actualmente el buque-prisión para refugiados se halla en la Isla de Portland (sudoeste de Inglaterra); en la barcaza, iniciativa del ejecutivo de Rishi Sunak,estarán recluidas mientras se resuelve la solicitud de protección internacional.

Por otra parte, en Estados Unidos, la CNN publicó el 18 de julio la siguiente información: “Policías de Texas hicieron retroceder a migrantes hacia el río Grande y se les ordenó no darles agua en medio de las altas temperaturas, según un informe. Temperaturas extremas amenazan a quienes cruzan a Estados Unidos por el desierto”.

Tal vez las razones profundas del blindaje en el Norte global se mencione en uno de los últimos balances de Naciones Unidas (12 de julio): 735 millones de personas pasan hambre actualmente en el planeta, 122 millones más que en 2019, antes de la crisis por la COVID (informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo).

El documento de la FAO detalla que, de 2021 a 2022, el hambre continuó aumentando en Asia Occidental, la región del Caribe y todas las subregiones de África. Otro punto destacado por el reporte es el de la inseguridad alimentaria de carácter moderada o grave, que afectaba a cerca del 30% de la población mundial (2.400 millones de personas) en 2022; se da la circunstancia que 900 millones de personas, de la cifra anterior, padecían inseguridad grave.

Asimismo, según la ONU, “la inseguridad alimentaria afecta de forma desproporcionada a las mujeres y a los habitantes de las zonas rurales” (en 2022 afectó –de modo grave o moderado- a más del 30% de los adultos que vivía en estas zonas).

Si se considera el tipo de dieta, más de 3.100 millones de personas –el 42% de los habitantes del planeta- no podían permitirse que ésta fuera “saludable” en 2021 (ello supone un incremento de 134 millones de personas respecto a 2019).

¿Cómo afectó a la infancia de todo el mundo, en 2022, la deficiencia nutricional? 148,1 millones de niños y niñas menores de cinco años sufrían retraso en el crecimiento, mientras que 45 millones padecían de emaciación (desnutrición aguda) y 37 millones de sobrepeso (frente a las dos primeras, más habituales en el mundo rural, el exceso de peso se da –en mayor medida- en las zonas urbanas).

Ante este escenario de hambre y crisis alimentaria, el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, señaló otro impedimento el 12 de julio; “la mitad de la humanidad vive en países que se ven obligados a gastar más en los intereses de su deuda que en salud o educación, lo que significa nada menos que un desastre para el desarrollo”, afirmó.

En 2022 la deuda pública mundial alcanzó los 92 billones de dólares (17 billones en 2002), de los que cerca del 30% corresponde a países del Sur. En concreto 52 países, que suponen un 40% del “mundo en desarrollo”, se hallan en “graves problemas” asociados al endeudamiento (los países con “altos niveles” de deuda han pasado de 22 en 2011 a 59 en 2022), según el estudio Un mundo de deuda (ONU, 2023).

Guterres defendió varias medidas de reestructuración como suspensiones de pagos, alargamiento de los plazos en los préstamos o reducción de los tipos de interés; e introdujo el siguiente argumento: la media de los costes de la deuda son cuatro veces más elevados para los países africanos que para Estados Unidos, y ocho veces más altos si se comparan con los países de la UE con mayores recursos.

Ante la información sobre cerca de 800 millones de personas que sufren hambre, la responsable de Seguridad Alimentaria de OXFAM Intermón, Lourdes Benavides, afirmó que -en los últimos años- “la riqueza de los multimillonarios se ha disparado” por razones como la crisis de la COVID y el conflicto en Ucrania; por ejemplo, “las empresas de energía y de alimentos más que duplicaron sus ganancias” en 2022.

En una nota informativa de la ONG, publicada el 12 de julio, Lourdes Benavides radiografía el caso de Somalia: un tercio de la población padece hambre aguda debido –entre otras causas- a la sequía (“sólo en África Oriental –donde está emplazada la república federal somalí, además de Kenia, Etiopía y Sudán del Sur-, más de 8 millones de niños y niñas menores de cinco años sufren desnutrición aguda”).

OXFAM Intermón y ActionAid profundizan, a partir de la lista Forbes Global 2000, en los desequilibrios de la economía mundial: “Durante los dos últimos años (…), 722 de las mayores empresas del mundo obtuvieron conjuntamente más de 1 billón de dólares anuales en beneficios extraordinarios” (nota informativa, 6 julio).

En el análisis de detalle, las ONG señalan que los llamados beneficios caídos del cielo de estas grandes compañías, aquéllos que superaron el 10% de la media de beneficios en los cuatro años anteriores, escalaron hasta los 1,09 billones de dólares (2021) y 1,1 billones (2022).

Si se considera las 45 grandes empresas energéticas mundiales (en 2021 y 2022), alcanzaron de promedio unos beneficios extraordinarios anuales de 237.000 millones de dólares, concluyen OXFAM Intermón y ActionAid.

La cúspide de la pirámide puede personalizarse en listados –como el publicado por el periódico Cinco Días, el 3 de julio- con los datos del Índice de Multimillonarios de Bloomberg; titulado Los más ricos entre los ricos y sus patrimonios, el cuadro está encabezado por Elon Musk (Tesla y Twitter, patrimonio de 233.600 millones de dólares), seguido de Bernard Arnault (Louis Vuitton, 200.300 millones), Jeff Bezos (Amazon, 154.400 millones), Bill Gates (Microsoft, 133.600 millones) y Larry Ellison (Oracle, 132.700 millones).

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Fuente de la Información: https://rebelion.org/el-42-de-los-habitantes-del-planeta-no-puede-permitirse-una-dieta-saludable/

 

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República Dominicana: ¿Será posible una autodestrucción humana?

¿Será posible una autodestrucción humana?

Somos seres inteligentes y la prudencia, cuando se trata de la supervivencia, se impone como un valor universal. El ser humano siempre la recupera y la misma lo lleva a optar siempre por el bien.

Mons Ramón Alfredo de la Cruz Baldera

La humanidad, a lo largo de su historia, ha mostrado una extraña fascinación por su propia capacidad para autodestruirse. Desde los mitos antiguos hasta las predicciones modernas del Apocalipsis, esta preocupación se ha mantenido constante, ahora reflejada en nuestra relación con la tecnología y los cambios radicales en las estructuras sociales.

Imagen creada por IA

Imagen creada por IA

Llevamos en nuestra naturaleza el don y la maldición de la creatividad y el ingenio, que nos han permitido construir civilizaciones asombrosas y al mismo tiempo armas devastadoras.

Hoy, la destrucción de lo humano se cierne sobre nosotros, tanto en términos físicos, como en el plano metafísico y ético.

Desde una perspectiva antropológica cristiana podemos afirmar la posibilidad de una destrucción de la creación que conocemos como “el fin del mundo”, pero la interpretación del texto del libro del Apocalipsis 21, que menciona «un cielo nuevo y una nueva tierra» puede variar dependiendo del enfoque y las teorías antropológicas utilizadas.

Desde el punto de vista de la Antropología Cristiana, donde se puede entender como una promesa divina de la creación de un mundo renovado, libre de sufrimiento y mal.

Representa un estado futuro de perfección y armonía en el que se restablecerá la relación entre Dios y la humanidad. Esta interpretación se basa en la creencia en la redención y la salvación, y su significado antropológico radica en la esperanza de un futuro mejor y la posibilidad de una transformación tanto individual como colectiva.

Pero también no podemos olvidar otra interpretación desde la antropología apocalíptica llena de metáfora o símbolo. En este enfoque, «un cielo nuevo y una nueva tierra» podría entenderse como un llamado a un cambio profundo en las estructuras sociales, políticas y culturales existentes. La «tierra» actual podría representar un sistema social imperfecto y desigual, mientras que el «cielo nuevo» podría simbolizar una visión utópica de una sociedad más justa y equitativa. Desde esta perspectiva, el texto invita a una transformación social y a la búsqueda de un orden social más armonioso.

En el texto ya no se presenta el Dios destructor de Sodoma y Gomorra (Gen. 19, 24-25), sino más bien el Dios que deja una espacio para la restauración de un nuevo orden relacional entre El y los hombres (Gen. 19, 29). Lo mismo sucede con el caso de la destrucción de Ninive, Dios se arrepiente y le da una nueva oportunidad (Jon. 3, 10)

En conclusión a Dios no se le podrá acusar de la destrucción del mundo y por lo tanto si habrá que buscar un autor ya es conocido: nosotros mismos, el ser humano.

El filósofo alemán Friedrich Nietzsche una vez afirmó: «El hombre es algo que debe ser superado», sugiriendo que, en su evolución, la humanidad podría estar sembrando las semillas de su propia destrucción. Esta visión se relaciona con una lectura posible del Apocalipsis bíblico, que ve a la humanidad reemplazada por una nueva realidad, un cielo nuevo y una tierra nueva.

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Frederick Nietzsche.

La humanidad es única en su habilidad para cambiar deliberadamente su entorno y a sí misma. Esta habilidad nos ha permitido prosperar y adaptarnos a una amplia variedad de entornos, pero también ha dado lugar a la creación de armas de destrucción masiva y a prácticas ambientales insostenibles que amenazan nuestra propia existencia

Es cierto que la proliferación de armas de destrucción masiva, la insostenibilidad ambiental y la creciente desigualdad social representan amenazas tangibles para nuestra supervivencia. Sin embargo, es en el terreno de lo intangible, en el que la naturaleza humana se ve amenazada por tendencias que parecen despojarnos de nuestra esencia.

Hoy, en la era digital, nos encontramos en un punto de inflexión en el que la humanidad está siendo replanteada y redefinida. Las fronteras entre lo humano y lo artificial se están desdibujando a un ritmo vertiginoso gracias a los avances en inteligencia artificial y robótica.

Se espera que, en las próximas décadas, los robots inteligentes y las inteligencias artificiales se conviertan en una parte cada vez más integral de nuestras vidas. Pero, ¿qué implica esto para nuestra humanidad? ¿Podemos coexistir con estas nuevas formas de vida inteligente sin perder lo que nos hace humanos?

Por otro lado, debemos prestar atención a cómo las luchas por la igualdad y la inclusión están siendo utilizadas para cuestionar y desmantelar las estructuras sociales y familiares que han sostenido a la humanidad durante milenios. El ritmo de cambio en nuestra sociedad está acelerándose, lo que plantea nuevas preguntas sobre la estabilidad y sostenibilidad de nuestras estructuras sociales. El aumento en la aceptación de las comunidades LGTBIQ y el crecimiento de un feminismo radical, aunque para muchos son signos positivos de una sociedad más inclusiva y justa, también plantean desafíos a las estructuras tradicionales que han sostenido la sociedad humana durante milenios.

La caída de la tasa de natalidad y los cambios en las estructuras familiares, aunque son reflejo de nuestra creciente autonomía y capacidad para controlar nuestras propias vidas, también pueden ser vistas como signos de una transformación profunda en lo que significa ser humano.

Si estas tendencias continúan, podemos imaginar un futuro en el que las máquinas inteligentes se hacen cada vez más prominentes en nuestras vidas, y la humanidad como la conocemos pasa a ser un mero recuerdo, un eslabón perdido en la evolución de la vida en la Tierra.

Es crucial entender que la diversidad y la pluralidad son esenciales para la supervivencia y la evolución de la especie humana. Sin embargo, si los avances en estos ámbitos se utilizan para minar y desvalorizar la maternidad, la paternidad y la familia, podríamos estar arriesgando nuestra supervivencia a largo plazo.

La destrucción de lo humano no tiene que ser un destino inevitable, ni mucho menos deberíamos encerrarnos en un fatalismo futurista. No debemos olvidar que somos los creadores de nuestra propia historia. Si bien es cierto que la tecnología, las ideologías y las políticas pueden desafiar nuestra humanidad, también tienen el potencial de enriquecerla y preservarla. Somos seres inteligentes y la prudencia, cuando se trata de la supervivencia, se impone como un valor universal. El ser humano siempre la recupera y la misma lo lleva a optar siempre por el bien.

La clave está en nuestra capacidad para reflexionar críticamente sobre estas cuestiones, para mantener un diálogo abierto y respetuoso, y para tomar decisiones que estén informadas tanto por nuestra inteligencia como por nuestra empatía y nuestra ética. En última instancia, la supervivencia de la humanidad depende de nuestra capacidad para equilibrar la innovación con la preservación de lo que nos hace únicamente humanos.

Fuente de la Información: https://acento.com.do/opinion/sera-posible-una-autodestruccion-humana-9227009.html

 

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Sobre los roles educativos de docentes, estudiantes y padres y madres de familia

Por: Luis Armando González, Ventura Alfonso Alas

“Son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y … el propio educador necesita ser educado”.

Karl Marx

                            

Resumen

Este artículo recoge tres reflexiones dedicadas, respectivamente, a los roles de los docentes, los estudiantes y los padres y madres de familia, en este último caso en lo que concierne al quehacer educativo. Los autores señalan expresamente que las ideas planteadas están fuertemente condicionadas por su propia experiencia como docentes, estudiantes y padres de familia. El hilo que recorre el conjunto de ideas que aquí se ofrece es la preocupación por la situación actual de la educación, lo mismo que su compromiso con un quehacer educativo fundado en el cultivo del conocimiento y la civilidad.

Nota introductoria

Cuando nos propusimos escribir algo sobre los actores clave en el proceso educativo –docentes, estudiantes y padres y madres de familia— teníamos dos opciones: una, trabajar un artículo unitario con tres apartados, dedicado cada uno de ellos a los actores referidos; o la otra, escribir y publicar tres textos por separado, y luego reunirlos en uno solo con vistas a otra publicación. Fue esta segunda opción la elegida; y, una vez publicadas por separado las reflexiones dedicadas a los roles de docentes, estudiantes y padres y madres de familia, las hemos reunido en una especie de ensayo, pero dejando los textos correspondientes tal como quedaron en la redacción original, salvo algunos cambios leves de forma y un añadido en la reflexión final.  Creemos que publicarlos reunidos facilita la comprensión de nuestras preocupaciones –seguramente, compartidas por unos pocos y objetadas por los más— sobre la situación actual y el futuro de la educación en El Salvador.

1. Sobre el rol docente

Ante todo, los autores dedicamos estas reflexiones a los colegas docentes, en todos los ámbitos del sistema educativo nacional, con motivo del “Día del maestro y la maestra”, este 22 de junio de 2023. Ambos somos docentes y, en ese sentido, conocemos de primera mano las dinámicas de la educación nacional. No nos son ajenas las tribulaciones de nuestros colegas; tampoco lo es el compromiso probado de la mayoría de ellos con dar a sus estudiantes lo mejor de sí mismos. A lo largo de los años, hemos venido conversando sobre lo que significa ser profesor y el plan de escribir algo sobre ello siempre quedaba como eso, un plan. Decidimos que el “rol docente” era un tema interesante para poner en limpio nuestras ideas y coincidencias, y así ha sido. El resultado es este texto que, más que tesis académicas rigurosamente probadas, expresa nuestras convicciones morales e intelectuales sobre, valga la redundancia, nuestro propio papel como docentes.

Junio es un mes especial para quienes nos dedicamos a la docencia, pues contamos con un espacio en el calendario festivo nacional en el que se celebra el día del maestro. Es, antes que otra cosa, una oportunidad para reflexionar, con espíritu crítico, sobre nuestro quehacer, en aquello que lo va definiendo en las distintas circunstancias sociales, culturales y políticas en las que nos desenvolvemos, y que va imponiendo sus desafíos particulares. Cada momento histórico plantea a los docentes sus propias dificultades y retos; y también, obviamente, asuntos específicos para la reflexión crítica.  Algo sobre lo que no debemos, y no podemos, dejar de meditar es sobre nuestro rol como docentes, en tanto que es ese rol el que da sentido a las responsabilidades que asumimos cuando, como educadores (ya sea en forma presencial o ya sea mediante una sesión virtual) tenemos que desarrollar una clase.

Las características que se atribuyen, o que deben atribuirse, al rol de un docente se han construido históricamente, a partir de unas primeras experiencias –que se remontan al pasado remoto de nuestra especie (la Homo sapiens)— mediante las cuales uno o varios individuos enseñaban a otros no sólo habilidades –cómo hacer determinadas cosas— o cómo comportarse de cara al grupo de pertenencia, sino cómo entender el mundo circundante, para lo cual había que transmitir determinadas nociones explicativas disponibles en el acervo cognitivo de los “enseñantes”.

Desde aquellos tiempos remotos, la enseñanza a otros tuvo un componente cognitivo que con el paso de los siglos se fue convirtiendo en una pieza fundamental del quehacer educativo en las diferentes épocas y contextos. En algunas épocas (y contextos) el contenido de ese componente cognitivo se ha tejido de mitos y creencias mágico-religiosas; en otras, de ideologías, filosofías, ciencias o técnicas.  Asimismo, los híbridos no han estado ausentes, como lo pone de manifiesto la época actual, en la que, en distintos ambientes educativos, lo mágico-religioso se mezcla con apuestas cognitivas de tipo científico y tecnológico.

Como quiera que sea, al rol del docente le es intrínseco este componente cognitivo, lo cual quiere decir, en términos prácticos, que un docente debe, ante todo y, sobre todo, conocer muy bien –de la manera más profunda y rigurosa— aquello sobre lo cual enseña a otros. Esta exigencia se volvió nítida en la antigüedad griega y, desde entonces, no ha dejado de estar presente en lo que se espera, y desea, que realice un docente como algo propio (de lo más propio) de su quehacer como tal.

Algunas modas perniciosas –sustentadas en pseudo filosofías educativas— han pretendido (y pretenden) edificar procesos educativos, cuando no modelos y sistemas educativos, desestimando (o incluso anulando) los dominios cognitivos (teóricos, conceptuales) de los docentes. Parten del supuesto, a todas luces falso, de que es irrelevante (secundario o prescindible) el conocimiento que los docentes puedan tener sobre lo que enseñan, desestimando las pruebas (que son abundantes) que refutan su supuesto. Y, por lo anterior, un docente que no tiene un conocimiento profundo y riguroso sobre aquello que le corresponde enseñar –y no se preocupa por ello— no sólo es un mal docente, sino que no está cumpliendo con una exigencia esencial de su rol.

O sea, un profesor que no sabe nada, o sabe poco, de lo que enseña hace más mal que bien sus estudiantes. Un profesor que sabe mucho, que se esfuerza por saber más, que trata de actualizarse en los campos cognitivos en los que enseña, hace mucho bien, y poco o ningún mal, a sus estudiantes. No hay a dónde perderse en esta fórmula. Claro que ese profesor debe transmitir de la mejor manera eso que conoce, eso en lo que no deja de actualizarse (leyendo mucho, para comenzar). Y tiene que hacerlo utilizando los mejores recursos (instrumentos, medios) disponibles en cada circunstancia.

La sabiduría educativa acumulada durante siglos ha establecido la primacía de lo que se enseña sobre el modo (o la forma) cómo se enseña. Se trata de una distinción entre fines y medios educativos, que ha generado y sigue generando extraordinarios frutos ahí en donde sigue vigente. De este modo, dados unos determinados fines educativos (metas, propósitos) se deben utilizar todos los recursos disponibles en un momento determinado (comenzando con ese recurso esencial que la palabra dicha y escrita) que sean conducentes a aquellos fines.

Usar creativamente la gama de recursos disponibles (la propia voz, gesticulaciones, pizarra, yeso, plumones, papelógrafos, radio, televisión, espacios abiertos naturales o urbanos, plataformas digitales) para lograr la transmisión de determinados conocimientos (o destrezas o habilidades o valores y normas) hace parte del rol docente. También es algo que tiene una dilatada presencia histórica, lo cual quiere decir que cuenta con una probada eficacia que, además, ha rendido más frutos positivos que negativos.

         Es prudente y razonable hacerse cargo de esta diferencia entre propósitos educativos y los medios (recurso) para alcanzarlos, entendiendo que un buen docente –ese que desempeña su rol a cabalidad—debe saber usar con creatividad los recursos de que dispone (o los que pueda inventar) para lograr los fines educativos que se propone lograr. Es imprudente y poco razonable convertir los medios (los recursos) en lo prioritario, subordinando a ellos los fines educativos que, como ya se dijo, no pueden prescindir de los componentes cognitivos. Creer que el rol docente descansa en exclusiva en el dominio, por parte del educador, de determinados recursos (o medios) para la enseñanza pone de lado lo más importante de ese rol, como lo es el dominio teórico, conceptual y metodológico que debe tener un profesor sobre la materia (campo de conocimiento) que enseña. Y eso, con independencia de los sofisticados que puedan ser esos recursos o medios para la enseñanza: se los debe entender como recursos o medios para algo que los trasciende y que, en definitiva, es más importante que ellos.

         Siempre en la línea de lo poco prudente y razonable, también lo es el pretender que lo que se enseña (o se debe enseñar) debe estar condicionado en sus alcances y posibilidades por determinados recursos o medios para la enseñanza; es decir, que determinados recursos o medios deben marcar las pautas y los límites de lo que puede o no se puede enseñar. La lógica correcta es la opuesta: es lo que se quiere enseñar lo que debe marcar las pautas y establecer los alcances y límites de los recursos y medios a utilizar.

Y, en esa lógica, cualquier recurso o medio que sea útil para alcanzar un propósito educativo, siempre que esté disponible, debería ser usado. Un docente que pretenda cumplir a cabalidad su rol debería tener esto claro en su mente y en el ejercicio de su labor. Esta claridad le puede ayudar a evitar caer en el didactismo y en la despreocupación por el conocimiento que posee (o que le falta poseer) para enseñar de la mejor manera lo que le corresponde. ¿Qué tiene que ocuparse en dominar, y aplicar, las herramientas de enseñanza más actuales y técnicamente sofisticadas? Por supuesto que sí. También debe ocuparse de las de siempre, comenzando con su expresión oral y escrita, su postura corporal, el uso de las manos, el plumón y la pizarra. Eso sí, nunca debe olvidar que estos son medios, recursos, cuyo uso sólo tendrá sentido si ayudan en: a) la transmisión, cultivo y producción de conocimiento (científico, filosófico, literario); b) la forja de personas razonables y críticas; y c) el fomento de hábitos y comportamientos solidarios, empáticos, éticos y estéticos.

2. Sobre el rol del estudiante

En este tema, siempre se trata de reflexiones fuertemente condicionadas por nuestra experiencia como profesores, pero eso no significa que sean opiniones poco o nada razonadas. Al contrario, el tema de estas líneas ocupa una parte importante del diálogo que los dos autores venimos sosteniendo, desde hace un buen rato, sobre la educación y sus variadas dinámicas.  Y de lo primero que queremos dejar constancia es que, siendo docentes activos, nunca hemos dejado de ser alumnos, en el sentido de continuar aprendiendo de otros (científicos, filósofos, novelistas, cuentistas, poetas, lingüistas…) que se convierten, cuando asimilamos y reflexionamos sobre sus ideas y planteamientos –a través de sus libros o artículos, o a través de conferencias, seminarios, charlas o talleres—, en nuestros profesores. Somos conscientes de que un docente nunca debe dejar de aprender –nunca debe dejar de ser estudiante—, aunque las modalidades de ese “ser estudiante” sean variadas, dependiendo de los intereses, preocupación, tiempo y recursos con los que se cuenta.

Algunos –como uno de los autores de este texto— prefieren la lectura permanente (seleccionada y organizada de manera personal), a partir de áreas específicas, científicas, filosóficas y literarias. Otros –como el segundo de los autores de texto— prefieren combinar lecturas con participación en seminarios, talleres o diplomados.  Unos terceros optan por matricularse en carreras académicas, lo cual los convierte en alumnos (o alumnas) en sentido formal.  Lo importante en todos estos procesos de aprendizaje, por parte de quienes ya son docentes, es (o debería ser) la calidad de lo que se aprende, es decir, lo nuevo que lo leído, escuchado o asimilado aportan a cada cual. Lo demás debería ser irrelevante.

Asimismo, lo peor es no hacerse de nuevos conocimientos, hábitos y destrezas, o hacerse de conocimientos, hábitos y destrezas irrelevantes o desfasados desde criterios científicos, filosóficos, literarios, metodológicos o técnicos. Aferrarse a un único libro a un único autor (ya se trate de El Capital, de Marx, o Los fundamentos de la libertad, de Hayek) es señal de un acomodamiento intelectual poco propicio para el cultivo de un conocimiento abierto a los desafíos de la realidad. Lo mismo que lo es aferrarse a una novedad, presunta o real (tecnológica o conceptual), y convertirla en rasero para descalificar otras opciones igualmente legítimas.

Así pues, el rol de estudiante no sólo aplica a quienes están inscritos en procesos educativos formales, sino también a quienes organizan sus propios mecanismos de aprendizaje, lo cual, en este último caso, ha sucedido desde tiempos pretéritos, mucho antes de la invención de la educación formal (es decir, de la educación estructurada en fases graduales, institucionalizadas y dirigidas por un claustro de maestros o profesores). Desde tiempos pretéritos, el rol del estudiante comenzó a configurarse paso a paso, lo cual quiere decir que no sólo es una construcción histórica, sino también prehistórica.

 Los orígenes evolutivos de la especie Homo sapiens (la especie a la que pertenecemos todos los seres humanos que habitamos actualmente la tierra) se remontan hasta hace unos 300 mil años, y desde entonces –por lo que revelan estudios rigurosos en biología evolutiva y paleoantropología, entre otras disciplinas— hemos tenido con nosotros dos rasgos biológicos que han sido decisivos en las dinámicas de aprendizaje (de creación y de transmisión de cultura, conocimientos y habilidades). Estos rasgos son la neotenia –la conservación de características infantiles y juveniles en la edad adulta— y la plasticidad cerebral-neuronal, que hace posible que la curiosidad y el aprendizaje sigan presentes a lo largo de las trayectorias de vida de las personas (desde la primera infancia hasta la vejez).

La neotenia y plasticidad neuronal-cerebral, si bien son parte del patrimonio biológico humano –y también de otros primates—, están fuertemente condicionadas en sus potencialidades y desarrollo por los procesos de aprendizaje (social-cultural y cognitivo) en los que se ven inmersos los individuos a lo largo de su vida y en los diferentes contextos y épocas históricas. Ambas pueden ser potenciadas social, educativa y culturalmente a su máximo nivel desde la niñez hasta la vejez; o ambas pueden erosionarse o incluso desfallecer en extremo en cualquier fase de la trayectoria individual. Algo firme en las ciencias neurobiológicas es que

“El cerebro es la máquina gracias a la cual se producen todas las formas de aprendizaje: desde las ardillas pequeñas que aprenden a partir nueces, las aves que aprenden a volar o los niños que aprenden a andar en bicicleta y a memorizar horarios hasta adultos que aprenden un idioma nuevo o a programar un vídeo. Naturalmente, el cerebro también pone límites en el aprendizaje. Determina lo que puede ser aprendido, cuánto y con qué rapidez”[1].

Se propende a creer que la plasticidad neuronal-cerebral y las posibilidades ofrecidas por la neotenia (como la curiosidad y la búsqueda de novedades) se agotan sólo en la vejez, pero también eso puede sucederle a quienes no han llegado aún a esta etapa de vida. Un cerebro que no se usa termina por atrofiarse en sus capacidades de aprendizaje. Una curiosidad que no se cultiva activamente desemboca en el aletargamiento mental y emocional. Así pues, el aprendizaje continuo, la lectura, la escritura, la asimilación de nuevos conocimientos, el cálculo matemático, el razonamiento, la interacción social, el contraste de opiniones y los juegos, entre otras actividades (mentales emocionales y sociales), alimentan y potencian –a lo largo de la vida[2].— la plasticidad neuronal-cerebral, la curiosidad, la capacidad de sorprenderse, la búsqueda de nuevos retos y la necesidad de seguir aprendiendo y de seguir conociendo lo desconocido.

Volviendo al rol del estudiante, decíamos que este es una construcción histórica (y prehistórica). Lo que pretendemos destacar con esa idea es que si se busca caracterizar el rol del estudiante en la actualidad (y pensamos en concreto en un estudiante universitario, aunque lo dicho puede extenderse hasta bachillerato o incluso hasta tercer ciclo) es necesario no perder de vista (o no anular) muchos de los rasgos de ese rol fraguados por lo menos desde tiempos históricos o incluso desde la revolución neolítica (desde hace unos 10 mil años).

Los autores somos contrarios a esa moda perniciosa que descalifica prácticas o logros del pasado sólo por no ser recientes, es decir, sin considerar su consistencia (o inconsistencia) o su razonabilidad (o falta de ella), sino sólo atendiendo a su cuan viejos son. También tomamos distancia de quienes elaboran planteamientos sobre el rol del estudiante en el siglo XXI en los que se sugieren “novedades” (como la autoformación, el trabajo colaborativo-grupal o el análisis crítico) que no son tales, pues tienen una larga ascendencia histórica en el ser (y deber ser) de un estudiante.

En la misma línea, también nos distanciamos de quienes proponen “innovaciones” en el rol de un estudiante que son contraproducentes para su desarrollo cognitivo-emocional, el autodominio, la capacidad de razonar críticamente y el aprendizaje sistemático a lo largo de su vida, como, por ejemplo: a) no leer ni escribir correctamente; b) no relacionarse cara a cara con sus pares y maestros; c) no tener contacto con el entorno socio-natural; d) no dedicar tiempo suficiente al estudio; y e) estudiar a cualquier hora, lugar o situación. Fue en la Grecia clásica, en los siglos IV y V a.C., que el rol del estudiante comenzó a perfilarse con nitidez; y, desde aquella época hasta fines del siglo XX, “innovaciones” como las mencionadas no se propusieron no porque los pensadores de ese largo periodo histórico fueran tontos, sino porque eran sumamente inteligentes como para hacerlo.

Viene a cuento, a efectos de ilustrar lo que acabamos de decir, la publicidad que se dio en Internet, hace unos meses, a la “innovación tecnológica” que suponía el diseño de una “rueda cuadrada”. Perversión de la lengua aparte (una rueda, por definición, es redonda;  lo mismo que un esfera es esférica y un triángulo es triangular), no es que en el pasado las personas fueran tan estúpidas que no les daba la cabeza para inventar una rueda cuadrada; es que esta última, por ser una verdadera idiotez, ni siquiera mereció alguna atención de esas personas, verdaderamente talentosas, que nos legaron una rueda redonda (ya sabemos que es tautológico, pero lo de la rueda cuadrada nos obliga a ello) de cuya eficacia todos nos beneficiamos.

A propósito de esto, es oportuno apuntar que no compartimos la opinión de que la gente que nos precedió fuera tonta (o poco o nada inteligente, poco o nada creativa o poco o nada inventiva), y que los recién llegados (quienes tienen una participación decisiva en los asuntos de este siglo XXI) poseen talentos, habilidades y capacidades que nunca nadie, en los 300 mil años de presencia del Homo sapiens en la tierra, ha tenido. Eso es ignorancia de la peligrosa, de esa que alimenta arrogancias y petulancias que terminan por generar daños sociales, culturales e institucionales irreparables. Obvio: en el pasado ha habido gente poco o nada inteligente y poco o nada creativa; y también la hay en el presente.

¿Es válido identificar o proponer rasgos novedosos en el rol del estudiante universitario –o de bachillerato— en la actualidad? Por supuesto que sí: es válido y necesario. Pero eso debe hacerse, por un lado, sin dar la espalda a la configuración histórica del ese rol; y, por otro, cuidando de no promover componentes que pueden ser contraproducentes para el desarrollo cognitivo, emocional y social de los estudiantes. No nos cabe duda de que el rol del estudiante en el presente contempla aspectos específicos, dictados por los contextos nacionales particulares, pero también contempla aspectos fraguados en la dilatada historia de la educación en la que el ser y deber ser de un estudiante han adquirido un carácter bien definido.

Entre otros, conviene destacar: la disciplina y dedicación al estudio, la responsabilidad en la propia formación y en los resultados obtenidos, la autonomía, la preocupación por aprender, la curiosidad y la disposición a aceptar conocimientos-enseñanzas de otros, el respeto a los docentes y compañeros de estudio, la camaradería y cordialidad hacia los demás, la tolerancia, y la disposición interactuar-convivir con otros. Aspectos como los mencionados, que no son todos los que se podrían apuntar, adquirieron un carácter casi que permanente en el rol de un estudiante de nivel medio y superior desde la Grecia clásica hasta finales del siglo XX.  Esos aspectos se han cultivado desde siempre, aunque no en toda su riqueza, en los distintos ambientes educativos y en los micro grupos familiares y sociales. Es decir, son un fruto de la educación; y es claro que sin unos docentes que cumplan su rol a cabalidad los estudiantes no podrían educarse en su rol específico.

En el siglo XXI aspectos centrales del rol estudiante, tal como este se fraguó hasta el siglo XX, han sido puestos en la mira –obviamente no en todos los sistemas educativos del mundo, pero sí en algunos— por parte de quienes creen tener una mejor propuesta sobre ese rol en un siglo gobernado, como gustan decir, por una “revolución digital”. Es posible que sea así; es posible que el rol del estudiante en el siglo XXI no tenga nada que ver con el rol del estudiante en los siglos (que son muchos) previos. Y, si las cosas fueran así, habría que estar atentos a analizar si en ese nuevo rol los estudiantes del siglo XXI serán (o están siendo) personas más íntegras en lo moral y en lo intelectual; y si serán (o están siendo) personas libres, capaces de tomar decisiones de manera autónoma y de realizarse en el encuentro cooperativo y empático con los demás.

3.Sobre el rol educativo de los padres y madres de familia

En dos apartados previos, los autores hemos reflexionado sobre el rol de los docentes y sobre el rol de los estudiantes, obviamente, en el proceso educativo. Queremos completar estas reflexiones con una dedicada al rol de los padres y madres de familia en la educación. Este es, sin duda, el más complejo de los tres pues, para decirlo desde ya, el rol de los padres y madres de familia no sólo va más allá del plano educativo, sino que, en este último, su incidencia se reviste de características bien particulares que no deben ser –no deberían ser—confundidas con las que atañen al rol del docente. Asimismo, las ideas que desgranamos en estas páginas están, como las que desarrollamos en los textos antes referidos, contaminadas por nuestras propias vivencias, en este caso, como padres de familia, de tal suerte que lo que apuntamos en estas líneas también nos concierne.

Así, una vivencia que dejó una huella casi permanente en nosotros –y de lo cual hemos conversado una y otra vez— es la suscitada en el contexto de la pandemia por coronavirus, en 2020, y que –en el ámbito educativo— clausuró totalmente las actividades educativas presenciales. En ese contexto, se decidió que las actividades escolares continuaran en casa, lo cual abarcó todo el año 2020, todo el 2021 y una buena parte de 2022. Se decidió también, en un principio ensayando variados mecanismos virtuales y luego con plataformas que en algún momento se consolidaron, que los padres y madres de familia asumieran tareas educativas específicas en ese confinamiento domiciliar. Padres y madres de familia, sometidos a las presiones de la cuarentena, con la obligación de asegurar el sustento de sus grupos familiares y de cuidar sus empleos (mediante el trabajo en casa) o de buscar alguna fuente de ingresos (en el caso de las empresas que cerraron operaciones parcial o totalmente), tuvieron que asumir, adicionalmente, responsabilidades educativas para las que no estaban, en su gran mayoría, preparados.

         Siempre creímos –y lo seguimos creyendo—que se trató de una decisión equivocada, que le iba a pasar factura al país en un futuro no muy lejano. El rol de los padres y madres familia estaba siendo tensionado de manera crítica por la pandemia, que exigía ante todo y por encima de todo el cuido y el cobijo del grupo familiar inmediato, lo cual no excluía el cuido y atención a familiares cercanos en la colonia, el barrio o la comunidad. Y a esos padres y madres de familia se les delegó una tarea adicional: realizar labores específicas del rol docente.

Se trató de un factor de presión más para las familias, en especial para aquellos en los que sólo la madre (o sólo el padre) tenía a su cargo las responsabilidades familiares. Lo prioritario era cumplir con estas últimas responsabilidades; para las específicas del rol docente se requerían destrezas (fruto de un aprendizaje también específico) con las que la mayoría de padres y madres de familia (salvo los que, entre ellos y ellas, son docentes) no había sido educada. Se cayó, en este sentido, en un tremendo error de cálculo, detrás del cual se encuentra un terrible error conceptual: no entender mínimamente la naturaleza e importancia de los roles socioculturales y creer, desde ese poco entendimiento, que es posible intercambiarlos impunemente.

         Usualmente, se dice que los roles son “papeles” que las personas desempeñan en sus relaciones sociales, a la manera de los actores o las actrices de teatro o de cine. Así, de una película a otra (o de una obra teatral a otra) una misma persona puede asumir distintos papeles, es decir, actuar de distinta manera, según el guion correspondiente. Por un lado, está la persona real; por otro, los papeles que actúa, siendo estos últimos variados e incluso intercambiables: quien actúa ahora como doctor puede actuar mañana (en otro papel) como paciente. Hay quienes han trasladado esta visión de los roles (como papeles) a la vida social, la cual no deja se ser simplista e ingenua.

Y es que aparte del anclaje biológico de los roles sociales (lo que no quiere decir que estén determinados biológicamente), estos tienen una consistencia social, cultural e institucional que, sin hacerlos inamovibles, condiciona o incluso impide su arbitraria intercambiabilidad. Un actor de cine o de teatro, por ejemplo, puede desempeñar entre una obra y otra los papeles de médico o paciente.

En la vida social real, quien asume el rol de paciente en un momento determinado sólo puede asumir el rol de médico en otro si ha cumplido con los arduos requisitos institucionales (educativos, práctica médica) que se requieren para ello. Esto mismo vale para otros roles (papeles) socialmente complejos como el de docente o, el mucho más complejo, de padre o madre de familia. Este último involucra tal gama de características, socialmente-culturalmente construidas, que hacen de este rol algo difícil de cumplir a cabalidad. De hecho, el rol paterno y materno es una construcción socio-cultural que hunde sus raíces en la prehistoria de la especie Homo sapiens.

Con una fuerte dimensión biológica que ha estado presente desde aquellos tiempos remotos en los que nuestra especie comenzó su andadura en África, hace unos 300 mil años, ese rol se ha configurado al calor de los márgenes de libertad posibilitados por la ascendencia chimpancé y bonobo que caracteriza a los seres humanos, así como por los marcos culturales, institucionales y legales que estos mismos seres humanos han fraguado en distintas épocas y lugares. Su núcleo quizás sea el vínculo protector hacia la descendencia (los hijos e hijas, biológicos o no) y el apego empático hacia la pareja (no necesariamente del mismo sexo; no necesariamente en relación de matrimonio).  A su vez, ese vínculo y ese apego no han sido sólo biológicos, sino, al mismo tiempo, sociales y culturales. De donde se sigue que al rol paterno y materno no la han sido (ni lo son) ajenas unas implicaciones que, de cara al grupo familiar, en sentido amplio se pueden calificar de culturales-educativas.

No educativas formales, sistemáticas, rigurosas, científicas, artísticas o filosóficas (dejando de lado aquí las situaciones, bien singulares, en las cuales en algunas familias eso fue o es posible). Se trata más bien de la cosmovisión que, fraguada socialmente, los padres y las madres transmiten a los hijos e hijas, y comparten entre sí, y con la cual, junto con las primeras palabras, se comienzan a construir en la mente, sentimientos y actitudes de los hijos e hijas nociones de lo bueno y de lo malo, de lo permitido y de lo no permitido, de lo justo e injusto, de lo deseable y no deseable, etc. Probablemente, muchas de las nociones cultivadas en los primeros años de vida mueran con las podas sinápticas correspondientes, pero otras –al ser reiteradas, cambiadas o violentadas— en la medida que los hijos e hijas crecen posiblemente influyan, de una u otra manera, en sus propios proyectos de vida.

Desde nuestro punto de vista, es en la calidad de este tejido de valores y actitudes que se juega la dimensión educativa del rol paterno y materno. Se juega en cultivar en el seno del grupo familiar valores y actitudes de cooperación, solidaridad, empatía, respeto hacia los mayores, cuido de sí mismo y cuido de los demás, apego comunitario, honestidad, honorabilidad, tolerancia, rechazo a los abusos, rechazo a la violencia, respeto por el conocimiento y el arte, práctica del deporte y las actividades al aire libre, entre otras. Pudieran parecer asuntos irrelevantes, pero no lo son en absoluto.

En definitiva, se requiere que los padres y madres de familia se eduquen en civilidad (que no es lo mismo que “moralidad, urbanidad y cívica”, cosas que huelen a conservadurismo rancio), lo cual es ciertamente difícil.  En el ámbito de la civilidad en la familia, el rol de los padres y madres de familia es insustituible. Y cuando se cultiva la “incivilidad” en la familia –como, lamentablemente, suele suceder en muchos hogares salvadoreños— la escuela o la universidad tienen pocas herramientas para contrarrestarla, si es que no la fomentan aún más (con el acrítico e ingenuo eficientismo tecnológico que ha invadido el quehacer educativo).

4. Reflexión final

Por lo dicho previamente, si desde la educación se quiere hacer algo para contrarrestar la  incivilidad que se cultiva en los hogares –incivilidad que se cultiva a su vez en la estructura social-institucional— lo mejor es promover una educación anclada en unos sólidos fundamentos científicos, filosóficos y literarios, en cuyo marco se discutan y entiendan bien los límites y posibilidades de la tecnología (cualquier tecnología, incluida la educativa) y, asimismo, se fomente un debate crítico y abierto sobre la realidad del país, su historia, sus instituciones, su cultura y su educación, no permitiendo que este debate sea sustituido por decisiones burocráticas de ninguna especie. Si el entramado educativo del país, especialmente el universitario, renuncia a esta responsabilidad estará contribuyendo a la incivilidad social prevaleciente.

Por su parte, los docentes, en cada espacio en el que se desenvuelven, no pueden renunciar a su responsabilidad específica, que es la de cultivar el conocimiento en sus distintas manifestaciones, sin dejar de lado las implicaciones prácticas, mediadas por la tecnología, que se derivan de algunos de ellos. Pero no sólo se trata de cultivar un conocimiento riguroso, aunque provisional, sino también los valores que son propios del quehacer académico: entre otros, honestidad intelectual, revisión crítica permanente de los propios supuestos, refutabilidad y rechazo a dogmatismos emanados de instituciones académicas, religiosas o políticas.

         Y, en lo que se refiere a los estudiantes universitarios –e incluso los de tercer ciclo y bachillerato— deben, a su vez, asumir su carácter de tales, saliéndose de las trampas de las modas –modas que llevan a calificar como “tradicional” (es decir, como inservible) todo lo que no es convalidado por quienes marcan las pautas tecnológicas de reciente o última generación— y siendo responsables en los tiempos, esfuerzos y empeños que dedican a su formación. Deben saber que no hay derechos sin deberes; deben hacerse cargo de que adquirir saberes teóricos, normativos y procedimentales requiere tiempo y dedicación, y que recibir títulos o diplomas contar con los conocimientos y las destrezas que esos títulos convalidan es un fraude. Es necesario que transiten de la concepción del “lo que me interesa es la vía más fácil, accesible y menos trabajosa para graduarme” a “lo que me interesa es recibir, sometiéndome a sus exigencias sin pedir condescendencia alguna, la mejor formación académica (científica, humanista, jurídica, ingenieril o técnica) que esté disponible en estos momentos en el país”.  Ser tratados como “menores de edad” permanentes es una falta de respeto que no deberían permitir; ni deberían permitirse a sí mismos ser los reclamadores de un estatus que ahoga su autonomía y capacidad de tomar decisiones y riesgos por su propia cuenta. Deben leer y meditar sobre estas líneas de Kant:

“La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro”[3].


[1] Sara-Jayne Blakmore y Uta Frith, Cómo aprende el cerebro. Las claves de la educación. Barcelona, Ariel, 2020, p. 21.

[2] Ibíd.

[3] I. Kant, “Respuesta a la pregunta: ¿qué es la Ilustración”.  https://educacion.uncuyo.edu.ar/upload/kant-que-es-la-ilustracion.pdf

Fotografía: https://www.diariodequeretaro.com.mx/local/barroco/innovacion-y-tradicion-en-la-educacion-482947.html

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