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Teletrabajo, ¿otra puerta al trabajo precario?

 

Por: Jesús A. Rondón

En estos tiempos de pandemia del Covid-19 se ha promocionado hasta la saciedad, lo que se denomina el “teletrabajo”, como una opción que permite seguir aportando a la comprometida productividad de la empresas (no lo digo yo, tomo las palabras de los gremios empresariales y de voceros de gobierno, muy sensible a esta realidad). Ahora mismo, existen pocos datos disponibles que permitan compartir un análisis de los sectores donde se está implementando o la cantidad de personas que lo están realizando, pero sí creo oportuno proponer una problematización de este asunto, con el objeto de contribuir a debate necesario que debemos dar los trabajadores y las trabajadoras ante esta “nueva realidad”, desde nuestros intereses de clase.  De esta manera se aportan a la discusión de cinco elementos / problemas, a saber: “Teletrabajo” como destino manifiesto y símbolo de prestigio, la externalización de costos, la organización del trabajo, en relación al tiempo de descanso, las condiciones seguras y saludables, finalizando con las organizaciones laborales, negociaciones colectivas y legislaciones sobre la modalidad. Lo hago con el ánimo de aportar a la discusión, que recién se enciende.

Una pequeña historia para comenzar.

Dicen que hay hogares en los cuales se trabaja desde hace mucho tiempo.

Me cuentan que en los cerros de Caracas, hay familias que van una vez a la semana a las fábricas textiles ubicadas al sur de la ciudad y buscan “los cortes”, que luego llevan a sus casas y cosen, en sus máquinas instaladas en la sala, en la habitación o en la terraza. Dicen que la madre, el padre, el hijo, la hija y hasta la abuela trabajan, por el miserable salario de uno (me viene a la mente, uno de esos que le diría a este hecho: “trabajo colaborativo”). Me cuentan más. Me cuentan que no hay horario, lo que existen son metas y estas dependen de tu voluntad, es decir de tus ganas de “prosperar” (ahora digo yo, de tus ganas de comer en la semana). Siguen contando, que luego regresan a las factorías con las prendas listas para exhibir en las vitrinas de los centros comerciales de moda, a un precio que quien las confecciona jamás podrá pagar. Me dicen que esto no solo ocurre aquí, que también ocurre en Centroamérica, en Asia.

Agregan al cuento que estas personas no están sindicalizadas, ya que lo importante es competir. Agregan al cuento que estas personas no son consideradas trabajadoras, sino contratistas independientes, que en sociedad con la empresa contratante, tienen fines comunes, pero tasas de ganancia muy diferenciadas.

Sobre estas personas, cuyo trabajo se expresa en vida cotidiana de cada quien, poco se habla. Sobre estas relaciones laborales, poco se escribe, se analiza o se legisla. Es un espacio laboral invisibilizado.

Ahora sí, comenzamos

Primeramente respondámonos dos preguntas claves, la primera: ¿de qué trata el teletrabajo? Podemos decir que es una característica / condición (temporal o permanente) de la relación de trabajo (que debe estar expresada regular y expresamente en el contrato de trabajo), donde las actividades para la cual fue contratado el trabajador o la trabajadora, se realizan en instalaciones distintas a la de la empresa contratante, en este caso su lugar de residencia.  Ciertamente, la denominación de “teletrabajo” habría que revisarla, puesto que no refleja en mi opinión la naturaleza real de lo que se pretende definir.

La segunda pregunta es: ¿Todas las actividades son susceptibles de desarrollar esta modalidad? Por definición, no. Muchas pueden ser susceptibles sin mayores limitaciones, mientras que para otras se pueden desarrollar creativos métodos (para desarrollarlas total o parcialmente), pero algunas jamás lo serán, como por ejemplo la limpieza de plazas y jardines, el transporte de personas, entre otras.

Teniendo claras las respuestas anteriores, problematicemos.

“Teletrabajo” como destino manifiesto y símbolo de prestigio

El teletrabajo es una opción que se presenta como moderna, de vanguardia, un paso más en la evolución del trabajo, además ajustadas a las nuevas tecnologías de la información y comunicación. El mercadeo del teletrabajo en tiempos de pandemia es fenomenal, de allí que los gurúes nos digan que llegamos forzosamente al futuro. De tal manera que llegamos a un puerto predestinado.

La estética con la que se presenta el “teletrabajo” es estimulante, ya que se muestran a las personas felices laborando en su casa, desde un ordenador y teniendo como asistente su teléfono celular. No se exhibe problema alguno a este nuevo “desafío laboral”, al que muchos estamos llamados.  En la perspectiva del filósofo Byung-Chul Han se presenta como: puedes hacerlo (Geli, 2018).

Todo este montaje propagandístico tiene un fin, la legitimación del teletrabajo como una opción necesaria. Para que los trabajadores y las trabajadoras lo asumamos de manera acrítica y voluntaria.

Ante esto es necesario afirmar primero, que eso que se ha convenido denominar “teletrabajo”, no es nuevo (como podemos observar en la historia introductoria). Forma parte de los mecanismos que se viene utilizando en los países en desarrollo como una forma de flexibilización de las relaciones laborales (y los derechos) y que en escenario de la pandemia del Covid-19 se mercadea a la clase trabajadora global como una opción de prestigio laboral.

Recordemos lo que ahora se denomina la economía gig, economía bajo demanda o economía compartida, de la cual participan un creciente número de trabajadores y trabajadoras y en el cual se labora en un ambiente de flexibilización aguda de los derechos laborales. Un reportaje sobre este asunto (Fedyushin, 2019) indica:   “Así, en la lista de las 500 compañías más ricas del mundo se encuentran cada vez más empresas que explotan el trabajo de ‘empleados independientes’, según consta en un estudio publicado por Morgan Stanley. Uno de cada cuatro trabajadores estadounidenses participa en la economía ‘gig’, y para un 10,1 % de ellos, es su principal fuente de ganancias, calcula el proyecto científico colaborativo ‘Gig Economy Data Hub’.”

De segundo esta característica de la relación de trabajo, como cualquier otro cambio sí que presenta problemas y estos pueden ser nocivos para los trabajadores y las trabajadoras. El hecho de no visibilizar los problemas, no los elimina, al contario pospone las medidas para implementar soluciones.

Las palabras Byung-Chul Han se validan una vez más en cuanto al teletrabajo: “Ahora uno se explota a sí mismo figurándose que se está realizando” (Geli, 2018).

El “teletrabajo” como mecanismo de externalización de costos

Carlos Martínez García, nos cuenta en un artículo titulado “De la destrucción del trabajo, el teletrabajo y el paro masivo” lo siguiente:

“Decía un compañero de trabajo mío, mucho mayor que yo en la combativa metalurgia de los años setenta que la ambición del patrono no solo era que el obrero trabajara, sino que pusiera su herramienta, o sea, descubría el teletrabajo impuesto de forma masiva gracias al coronavirus y al que tantas loas se le hacen. Es ya el culmen del sueño del patrono y de la explotación; la trabajadora o trabajador ponen su herramienta y no solo, sino que transforman su comedor en centro de trabajo y de paso las mujeres concilian de gratis para las empresas, ponen todas y todos su propio ordenador o portátil, pagan el recibo de internet, pagan la luz, ponen su móvil y pagan su tarifa a la compañía de telefonía y encima trabajan más horas. Incluso hay tipos que se llaman progresistas y están contentos.”

Trabajar en un lugar diferente a la empresa es, implícitamente, una forma de externalización de costos. La empresa puede proveer parte de los medios para realizar las actividades para la cual se contrata al trabajador o la trabajadora, el restante forma parte del patrimonio del trabajador o la trabajadora, tal como lo expone de manera desencarnada el sabio y viejo amigo de Martínez García.

Ante este hecho, recientemente la Unión General de Trabajadores en España, exige un debate sobre el punto y demanda que “la empresa alquile el espacio utilizado por los trabajadores y que le pague una tarifa fija mensual o prorrateada en función del espacio por uso, conexión, energía, calefacción, limpieza y otros costos de mantenimiento.” (Nuevatribuna.es, 2020). Ahora, me pregunto ¿esto es suficiente?, ¿qué medidas son necesarias realmente?, ¿se soluciona monetizando los medios que pone a disposición el trabajador o la trabajadora?

La organización del trabajo y el tiempo de descanso (y la privacidad)

En las relaciones de trabajo clásicas hay una clara diferencia entre tiempo productivo y el tiempo reproductivo, dado que la localidad donde ambos se desarrollan, está claramente diferenciada. Con la modalidad del “teletrabajo” esta frontera se vuelve difusa, pues al desarrollarse la actividad laboral, en un mismo lugar, preferentemente en el hogar; surge la pregunta: ¿Dónde termina uno y comienza el otro?.

En tiempo laborable, dicho en términos clásicos, se expresa en el horario, que es una característica de la organización del trabajo y que en esta modalidad no está clara, como si otras, como que la dirección de la empresa tiene precisadas y prescribe las metas, tareas, y parámetros de cumplimiento.

Asociado a esta difusa frontera, encontramos un aspecto clave: la disponibilidad de trabajador y los parámetros de desconexión con el momento productivo. En ese sentido conviene apuntar que la ubicuidad, es decir la posibilidad de que las tareas se puedan hacer en cualquier lugar, y la hiperconectividad, colocan en situación de vulnerabilidad al trabajador o trabajadora, ya que puede ser contactado por la dirección de la empresa en cualquier momento para que labore.

Carolina Martínez Elebi expone que “Según un informe de Randstad Workmonitor del último trimestre de 2019, el 49% de los argentinos aseguraba que su empleador le pedía estar disponible durante las vacaciones y el 59%, que también recibía pedidos para responder consultas fuera de horario laboral” y agrega: “Ahora, con los trabajadores en sus casas, esa tendencia previa ha sufrido una brusca aceleración. Los mensajes y tiempos laborales se salieron de control, e irrumpen en la cena familiar o en la tarde del domingo, en medio del descanso, y se tornan inseparables el trabajo de la vida familiar.” (Martínez, 2020).

Sobre este aspecto es incipiente el desarrollo de legislaciones y siguiendo a Martínez Elebi, solo Francia tiene hasta ahora una legislación que aborde el asunto y en Argentina ya se comienza a deliberar en el parlamento, en tal sentido un legislador afirma: “Uno ve, a medida que las cosas van mutando, que el trabajador y la trabajadora necesitan protección. Para eso necesitamos una regulación. En el proyecto, planteamos que el trabajador tiene el derecho a la desconexión digital fuera de su jornada de trabajo y durante las licencias, sin que ello signifique una sanción y sin que se premie a quien no haga uso de ese derecho” (Citado por Martínez Elebi).

Abordar este asunto es clave, pues en cualquier escenario debemos asegurar el disfrute el tiempo libre o de descanso por parte del trabajador o la trabajadora y más allá de eso: el disfrute pleno de la vida.

Finalmente un aspecto que me parece importante incorporar y que puede estar asociado a lo abordado en este punto, es la intimidad o la privacidad del trabajador o trabajadora. Estamos claros que vivimos en un mundo donde esas dos palabras tienen escaso valor para las corporaciones que nos proporcionan “servicios gratuitos”, pero ahora ¿cómo se comporta al desarrollarse la vida laboral y personal preferentemente en un solo lugar? Y lo complejizo más, ¿cuáles son las previsiones necesarias,  para controlar los medios que proporciona el empleador o empleadora para laborar en nuestro hogar? ¿Cómo evitar que sean un caballo de Troya?

La salud y la seguridad en el “teletrabajo”

Es inevitable interpelarnos de entrada en este aspecto. ¿Cómo el patrono controla los procesos peligrosos a los que está expuesto un trabajador o trabajadora en su casa? Ya es complejo controlar los procesos peligrosos en una entidad de trabajo, que tiene una realidad dinámica. ¿Cuánto más complejo es identificar y controlar los procesos peligrosos que surgen de cada hogar de cada trabajador?

En la realidad, tendríamos que en vez de una entidad de trabajo donde laboran cincuenta trabajadores o trabajadoras, se pasaría a cincuenta hogares donde se trabaja. ¿Qué mecanismos se implementan para asegurar ambientes seguros y saludables?

Me causa inquietud, por ejemplo, como se garantizan las condiciones seguras y saludables, en cuanto a la ergonomía de los medios que debe utilizar el trabajador o la trabajadora, los “puestos de trabajo” y los ambientes en los que estos se ubican en el hogar. Me vuelve a la mente otra vez la frase “externalización de costos”.  Además de considerar aspectos físicos, hay realidades desde el ámbito psicosocial a considerar y por ello considero pertinente sumar lo que Gloria Poyatos Matas expone en una nota titulada “Teletrabajo y violencia de género: el «nuevo» riesgo laboral que trajo el COVID-19”, es decir, su preocupación por lo que puede significar esta modalidad para las trabajadoras, solo por el hecho de ser mujer y estar en un sociedad organizada bajo un enfoque patriarcal (Matas, 2020).

En el caso venezolano la Constitución Nacional establece: “Todo patrono o patrona garantizará a sus trabajadores o trabajadoras condiciones de seguridad, higiene y ambiente de trabajo adecuados” (Artículo 87). ¿Cómo se operacionaliza esta responsabilidad? En una perspectiva global   en necesario interrogarse: ¿Cómo se aplican las obligaciones de salud y seguridad laboral expuestas en las distintas legislaciones nacionales?

Y en caso de ocurrencia de accidentes o enfermedades a los trabajadores y trabajadoras, por estar expuestos a condiciones inseguras e insalubres ¿Cómo determinar que efectivamente son accidente de trabajo o una enfermedad ocupacional?

Todo un terreno donde no hay que perder tiempo

Organizaciones laborales, negociaciones colectivas y legislaciones claras antes de avanzar en el “teletrabajo”

El “teletrabajo” como escenario de labor, supone nuevas exigencias para las organizaciones de los trabajadoras y trabajadoras, en particular a nuestros sindicatos. Una clave es operar en contextos de atomización laboral, contrario a lo que siempre fue, la concentración de la masa trabajadora en el mismo lugar. En Europa los trabajadores y trabajadoras vinculados a la economía gig han avanzado en organización y movilización, de tal manera que han logrado el reconocimiento de la relación laboral, en vez de la comercial que promueven las empresas (Fedyushin, 2019).

Se requiere que nuestras organizaciones sindicales existentes logren vincularse con las organizaciones que surgen en estas realidades laborales y que también reconozcan cuál es su papel en estos nuevos espacios para sumar afiliaciones y representar efectivamente los intereses de los agremiados. Evitar quedarse en la acera, siendo espectador de un mundo laboral que cambia.

Para nuestras organizaciones sindicales una tarea fundamental es promover las regulaciones necesarias para abordar los cambios en las relaciones de trabajo, en particular de las que surgen por el “Teletrabajo«.  Estas regulaciones se pueden dar en el plano de las convenciones colectivas de una empresa o sector en particular o en el plano de las legislaciones nacionales, como mecanismos efectivos que permita asegurar el respeto de los derechos laborales. Asimismo promover las deliberaciones en los organismos multilaterales especializados, como la Organización Internacional de Trabajo para generar una legislación base que aborde esta realidad laboral. Todo este desafío debe darse con la participación efectiva de los trabajadores y las trabajadoras que viven estas nuevas realidades.

Cierro recordando a Bauman y su planteamiento sobre la erosión de las certidumbres que la modernidad nos proporcionó, pero la lógica del capital sigue intacta y digamos que afinada, por ello no podemos claudicar y ni renunciar a las conquistas laborales históricas. Son otros tiempos, pero nuestra lucha organizada sigue siendo nuestra herramienta fundamental como clase trabajadora.

Bibliografía

Fedyushin, V. (26 de Abril de 2019). Multado por haber muerto trabajando: ¿Qué es la economía ‘gig’ y cómo explota a los empleados? Obtenido de Rusia Today: https://actualidad.rt.com/actualidad/312978-muerte-multa-trabajadores-plataformas-digitales

Garcia, C. M. (14 de Mayo de 2020). De la destrucción del trabajo, el teletrabajo y el paro masivo. Obtenido de Nueva Tribuna: https://www.nuevatribuna.es/opinion/carlos-martinez-garcia/destruccion-trabajo-teletrabajo-paro-masivo/20200514214414174858.html

Geli, C. (18 de febrero de 2018). “Ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose”. Obtenido de El Pais: https://elpais.com/cultura/2018/02/07/actualidad/1517989873_086219.html

Martínez, C. (30 de Mayo de 2020). El teletrabajo apura el debate por el derecho a la desconexión. Obtenido de Agencia Latinoamericana de Información: https://www.alainet.org/es/articulo/206891

Matas, G. P. (30 de Mayo de 2020). Teletrabajo y violencia de género: el «nuevo» riesgo laboral que trajo el COVID-19. Obtenido de Huffintong Post: https://www.huffingtonpost.es/entry/teletrabajo-y-violencia-de-genero-el-nuevo-riesgo-laboral-que-trajo-el-covid-19_es_5ed03d15c5b6f1a49994edd8

Mexi, M. (Abril de 2020). El trabajo después del coronavirus. Obtenido de Nueva Sociedad: https://nuso.org/articulo/digitalizacion-trabajo-coronavirus-futuro-capitalismo/

Nuevatribuna.es. (08 de Junio de 2020). ¿Quién asume los gastos derivados del teletrabajo? UGT reclama que se regule por convenio. Obtenido de Nueva Tribuna.

 Fuente: https://rebelion.org/teletrabajo-otra-puerta-al-trabajo-precario/

 

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Tener, saber, ser: desigualdad normalizada y jerarquías omnipresentes

Por: Armando B Ginés

Pruebe usted a salir a la calle (compartir, pasear, trabajar, comprar, respirar, crecer, vivir) con la conciencia crítica en estado de alerta permanente y vea, también a sí misma, lo que sucede a su alrededor: gentes anónimas que van y vienen, entran y salen, miran y son miradas. Personas en calidad de sujetos y objetos que se relacionan desde la escala jerárquica superior/inferior, sea aquella de índole o ámbito laboral, social o académico.

Estamos tan acostumbrados a residir en un sistema jerárquico que nunca nos preguntamos a fondo sobre su razón de ser profunda. Suelen cerrarse estas disquisiciones mentales con el clásico siempre ha habido ricos y pobres. Asunto zanjado.

Pero esa normalidad que aprendemos desde la cuna nos hace aceptar esquemas ideológicos y sistemas políticos de sumisión al poder cristalizado en instituciones estatales, entes privados y tradiciones que usualmente no ponemos en duda. En la familia, en la educación, en la sanidad, en el trabajo y en la vida cotidiana adoptamos, según una escala de valores interna e invisible, los roles de sujeto activo u objeto pasivo de relaciones personales o grupales de muy diverso signo. Estamos preparados para mandar u obedecer de modo subliminal, casi automático y espontáneo. Igualmente reversible bajo ciertas condiciones.

Esta deriva psicológica (la socialización de lo imitativo y el control colectivo) tiene consecuencias muy graves en la convivencia cotidiana. Estamos perfectamente preparados para asumir situaciones extremas de racismo, xenofobia, aporofobia y machismo sin apenas apercibirnos de ello. El ambiente cultural siempre es propicio a dejarnos llevar por el sentido común, aunque la mala conciencia y la conciencia plena, cada cual, desde posturas divergentes a veces, viene a compensar el impulso de emulación inmediato de hacer lo que todos hacen.

De ahí que las luchas antirracistas, feministas y a favor de la igualdad no terminen de cuajar de una manera definitiva. Vivimos en sociedades que fomentan, a pesar de sus idearios teóricos de igualdad ante la ley y de garantías en letra de libertades individuales y públicas, las desigualdades jerárquicas que crean en el subconsciente unos sellos distintivos de estatus superior e inferior que más allá del evento concreto pueden operar como proyecciones en otros planos sociales, ideológicos, políticos, culturales y económicos.

Por decirlo de un modo llano y coloquial: mamamos la desigualdad con nuestra primera bocanada de aire. Y no es lo mismo la desigualdad naturalizada que la diferencia celebrada como singularidad creativa.

Tener, saber y ser son momentos cruciales de las jerarquías que habitamos cada día en situaciones muy dispares. Esos tres instantes existenciales nos obligan a doblegarnos ante el prestigio, la jefatura o el prejuicio sin advertir si esa postración social la prescriben argumentos razonados o supercherías ancladas en costumbres inveteradas.

El gran pedagogo brasileño Paulo Freire en una crítica total de los regímenes educativos al uso venía a señalar que la educación normalizada era de espíritu bancario y unidireccional: la sabiduría se convierte en profesor o profesora y la ignorancia en alumnado que necesita aprender lo que otros saben o dicen saber. La jerarquía salta a la vista. Y, además, su apariencia de naturalidad neutral resulta incontrovertible.

Freire aseguraba que la educación debería ser un acto de aprendizaje mutuo, social, multilateral: el acto de enseñar incluye el de aprender y viceversa. La autoridad severa se diluye en un proceso que va más allá de una fórmula matemática, una ley física o química, un erudito relato histórico o un magistral concepto filosófico. A la manera de Freire se destruye por completo la triada tener, saber y ser como elementos fijos e invariables de las relaciones políticas y sociales: nadie tiene más que nadie (tiene algo distinto y complementario), nadie lo sabe todo (todos vivimos en la sabiduría/ignorancia relativa) y nadie es más que nadie (no existen esencias personales ni sangres azules para establecer jerarquías arbitrarias e inamovibles).

Sin duda, Freire luchó por una sociedad igualitaria, de mujeres y hombres libres que pueden aprender unos de otros desde la cooperación y la diferencia individual sin entrar en conflictos de competitividad antisociales o bélicos. Su método, que llevó a la práctica con éxito en comunidades agrarias sudamericanas con personas adultas que no sabían leer ni escribir, es una apuesta radical por un mundo sin jerarquías gratuitas de alcurnia ni opresoras en el orden político, tampoco en el académico y económico. Sería más que interesante activar de nuevo su rico ideario de actuación en la realidad diaria, tanto como inspiración genérica como en el sector educativo.

En este mundo absurdo de jerarquías de las que es casi imposible escapar, una pregunta oportuna y con miga sería conocer el porqué de las superioridades que ejercen algunos y el papel subalterno que les corresponde a otros, la inmensa mayoría. Parece un interrogante baladí o estéril: los mayores saben más que los pequeños, los catedráticos más que los escolares y los empresarios más que los trabajadores. Claro que hay casos en los que las diferencias son directamente vulnerabilidades que precisan el cuidado especial y la atención supervisada de terceras personas: discapacidades severas ya sean físicas, psíquicas o neurológicas; enfermedades; minorías de edad… Esas excepciones son inobjetables. Nos referimos a situaciones normalizadas por las tradiciones, las normas legales y los usos culturales desde hace tiempos ancestrales. ¿Cómo se han transformado los sabios en sabios? ¿Por qué cobra más un futbolista que una médica? ¿Por qué está mejor considerado una modelo publicitaria que un enterrador? Por favor, reflexionen por encima de las respuestas obvias: en ocasiones lo evidente enmascara auténticos tesoros intelectuales.

Buscando razones para la institución transversal de la jerarquia merece un recuerdo entrañable el filósofo austriaco Iván Illich. Su inquisitivo pensamiento le llevó a descubrir que la clase capitalista había expropiado las habilidades propias del común para establecer sabidurías oficiales que suplieran su crasa ignorancia en asuntos de la vida corriente. Ese aserto de Illich viene a completar el clásico de Karl Marx: para echar a andar la revolución industrial necesitaba mano de obra que no encontraba en los suburbios urbanos por lo cual obligó a la gente de campo a marcharse a las sucias ciudades tras expropiar las dehesas y espacios de laboreo comunes y legalizarlos con títulos privados a favor de la aristocracia y la burguesía en ascenso.

Esto es, el capitalismo expropió al proletariado de su sabiduría teórica y práctica (labores agrícolas y ganaderas, construir su propia casa, fabricar su ropa, inventar instrumentos, aprender interactivamente con sus propios convecinos y de otras comunidades limítrofes) y también le robó sus medios de vida (los campos para el sustento). De estas dos expropiaciones surgen las dos jerarquías por excelencia de las sociedades actuales: la división del trabajo entre profesional y no cualificado y la de patrón y asalariado.

Por supuesto, antes de estas expropiaciones iniciáticas del capitalismo había jefes militares, dioses, sacerdotes y líderes políticos que igualmente oprimían la mente y el cuerpo de los súbditos y creyentes. Sin embargo, las dos expropiaciones antes reseñadas, la de Illich y la de Marx, inauguran y validan una nueva época de jerarquías invisibles que mantienen el orden establecido en una quietud inestable hasta nuestros días.

Estas desigualdades de estatus y en la praxis vital no suelen estallar habitualmente. Suelen vivirse en conatos normalizados por el uso cultural. El machismo sigue asesinando: manifestación, declaraciones de condena, nos vemos en la próxima. Un policía asfixia a un ciudadano negro: rabia, algaradas, emociones a flor de piel, nos vemos en la próxima. Varios inmigrantes se ahogan en cualquier océano: indignación, furia, propósito de enmienda, nos vemos en la próxima. Un compañero o compañera es despedido/a injustamente: abrazos de solidaridad, gritos revolucionarios, nos vemos en la próxima. Sumen y sigan. Por supuesto, hay que continuar manifestándose y oponiéndose radicalmente a las irracionalidades hijas del capitalismo excluyente y competitivo. Gritar nunca está de más: es el principio de la toma de conciencia colectiva. Pero sería muy relevante elaborar una crítica más coherente y amplia de las relaciones capitalistas que nos contienen a todos/as en la globalidad. Ese estético liberalismo de izquierdas, urbano e ilustrado que busca la transversalidad a cualquier precio orillando los valores en que descansan las democracias parlamentarias de corte capitalista persigue un imposible metafísico: la reforma moral de un sistema socioeconómico basado en la explotación y la desigualdad real como principios inalienables de su funcionamiento intrínseco. Idealismo puro de buenas gentes que eluden los intereses de clase como antiguallas de filosofías esotéricas. Que bajen al tajo de la precariedad vital y que luego hablen sería un consejo pertinente para sus mentes abiertas y transversales.

De modo artero y alevoso esta sociedad nos ha inoculado en vena que una mujer, un negro y un inmigrante son menos, un poco menos o casi iguales que un hombre, un blanco y un autóctono. Esos prejuicios sibilinos y graduales son juicios de valor adosados a la costumbre y operativos en el prejuicio que sale a flote en situaciones de pánico emocional intenso o crisis muy acusadas. Las jerarquías que aceptamos sin rechistar cada día de nuestra vida nos preparan para tragar con las inmundicias más lacerantes: el racismo, el machismo, la xenofobia, el fascismo de la pulsión violenta o el de esto no va conmigo: ambos son posturas éticas punibles.

La gran mentira de las sociedades de la globalidad es que incluso el últimísimo de la fila en rango de estatus social puede compensar sus inferioridades mediante el complejo de superioridad: tener, saber y ser, a veces, son términos muy relativos; hay que elegir adecuadamente el objeto preciso de comparación. En este baile de jerarquías ficticias y simbólicas siempre podemos hallar alguien por debajo de nosotros. Esa es la esencia del fascismo, transformar el complejo de inferioridad en una superioridad basada en la violencia y el anonimato de la masa. Si tengo un grupo que me acoge como igual no soy tan ignorante como dicen que soy. Cierto es, sigo siendo lo que soy (tal vez nada, un pobre diablo, un parado, un marginal…), pero en masa siento un poder mágico: dentro de la muchedumbre no ejercen las jerarquías, nadie es más que nadie (en apariencia). Los hooligans beben en este abrevadero, por eso el fútbol es una razón de Estado en todo el mundo.

En definitiva, conscientemente o no, la publicidad comercial y la propaganda ideológica nos están pidiendo que nos midamos con el otro, que comparemos nuestra fuerza (tener, saber y ser) de manera visceral: las respuestas neuróticas y los impulsos emocionales hacen el resto, establecer mentalmente jerarquías entre mi yo y el resto de yoes que compiten conmigo. Las jerarquías son compartimentos más o menos móviles y simbólicos para mantener el statu quo. Donde hay jerarquía hay violencia silenciosa y pueden darse cualquier tipo de situaciones irracionales guiadas por el esquema superior/inferior: racismo, machismo, xenofobia, explotación laboral. Querámoslo o no, nos preparan desde muy pequeños para asumir escalas de valor jerarquizadas y binarias: mandar/obedecer, hombre/mujer, blanco/negro, capital/trabajo, to be or not to be… Ese mundo maniqueo es básicamente el nuestro, digan lo que digan las transversalidades utópicas del liberalismo ilustrado.

Fuente: https://rebelion.org/tener-saber-ser-desigualdad-normalizada-y-jerarquias-omnipresentes/

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El nuevo capitalismo ya está en nuestras vidas y exhibe sus uñas rapaces

“Decimos y proclamamos que es necesario una transformación cooperativa que barra injusticias”

“En torno a la naturaleza del hombre y la sociedad, desarrolla Robert Owen en su primera obra de difusión masiva, A New View of Society, Or, Essays on the Principle of the Formation of the Human Character, and the Application of the Principle to Practice. Se pretende demostrar que esta teoría evidencia un desplazamiento hacia los valores cooperativos, por sobre el individualismo, como base para enfrentar los problemas humanos”.

María Fernanda Lanfranco González

Está siendo cada vez más frecuente leer y escuchar sobre el Post-pandemia y al nuevo capitalismo, dando la sensación, al menos es lo que nos pasa, de que el nuevo orden mundial, es decir, el nuevo capitalismo será presentado “en sociedad” con todo protocolo y fanfarria. A nosotros nos parece, por el contrario, que el nuevo capitalismo ya está en nuestras vidas y exhibe sus uñas rapaces al implementar  ajustes impiadosos, pero también exhibe la ingenuidad de referentes políticos  y sindicalistas  que permanecen impávidos y no proponen mejoras.

Prueba de cuanto afirmamos traemos a colación: La UNESCO advirtió recientemente “La globalización, los cambios medioambientales y las crisis económicas y financieras están causando importantes transformaciones sociales que provocan el aumento de las desigualdades, la extrema pobreza, la exclusión y la negación de los derechos fundamentales”

Y  fue ese órgano de las Naciones Unidas más específico aún, si cabe decirlo, a través del Profesor Fethi Mansouri, Doctor en Filosofía, titular de la Cátedra UNESCO de Diversidad Cultural y Justicia Social de la Universidad Deakin, Melbourne (Australia)cuando fijó : “Tendremos que renegociar un nuevo pacto mundial, un nuevo contrato social, y creo que el diálogo tendrá que desempeñar un papel fundamental en que negociemos nuevos términos de nuestro orden social, económico, político y ambiental”. (https://es.unesco.org/news/entrevista-fethi-mansouri-adelantando-nuevo-contrato-social-era-post-covid-19)

Pero, es que surge inmediatamente una duda, dado que desde el capitalismo, sus representantes, no van a convocar a un dialogo o debate a fin de “negociar nuevos términos del nuevo orden social, económico, político y ambiental”, simplemente porque esa gente, al igual que los antiguos amos, o los señores feudales, no tienen ese guion de lógica o discernimiento. Como dijo alguien, el mundo no está hecho tan felizmente.

Así que, y a ojos vistas por doquier, los ajustes estructurales sobre la economía del sector laboral son crecientes, y ahora se avanza sobre los profesionales universitarios, sobre la pequeña y mediana empresa, precarizándolos. ¡¡Son los precariados sociales, señores!

El maltrato dispensado hacia la sociedad por parte de quienes deben resguardar la paz social es inaudito y feroz dondequiera que esté el capitalismo como orden socio-económico, es una actitud global, por tanto, no es casual sino causal, ello da motivo para pensar que el nuevo orden capitalista está entre nosotros, actuante, firme.

Y si esa situación o conclusión fuere una realidad, nos interrogamos: ¿Cuáles son las propuestas del sector social humanista o de mejoramiento social? ¿Cómo será el escenario de debate para contrastar o contestar al nuevo capitalismo? Barrer injusticias.

Estamos en la instancia que la propia realidad muestra, un panorama triste,injusto y tiránico  del que habla el organismo de las Naciones Unidas, por tanto, nosotros, profesionales universitarios y trabajadores, decimos y proclamamos que es tiempo de avance social y no de retroceso social, que es necesario una transformación cooperativa que barra esas injusticias.

Rescatamos como gesto positivo el hecho que desde la Confederación de cooperativas de Argentina-Cooperar-se presentara un documento, a la que adhiere TECNICOOP, denominado “Aportes para un Plan Nacional de Desarrollo. Por un Programa Federal de Economía Solidaria que construya “economía en manos de la gente” .

onemos de relieve el capitulo: Educar para una economía solidaria. Hacia un Plan Nacional de Educación Cooperativa y Mutual, por el pleno cumplimiento del Art. 90 de la Ley Nacional 26 206 de Educación cooperativa escolar, recordemos que existe el Fondo de educación y capacitación cooperativa-Ley 23427, fondo financiero que llegan a todas las provincias para ese inexcusable cumplimiento.

Una consigna, una bandera, imprescindible: Convocatoria al Congreso Pedagógico Cooperativo Escolar y Universitario.

¡En la fraternidad, un abrazo cooperativo!

Fuente: https://rebelion.org/el-nuevo-capitalismo-ya-esta-en-nuestras-vidas-y-exhibe-sus-unas-rapaces/

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Urge transformar el sistema educativo, “porque la humanidad se está suicidando”: Enrique Dussel

El académico, filósofo, historiador y teólogo Enrique Dussel Ambrosini propuso al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) una transformación en el sistema educativo que contemple el pensamiento crítico, la ecología y la desconolonización de la educación, “porque la humanidad se está suicidando”.

Ante 3 mil 274 sindicalistas de todo el país, enlazados vía internet, Dussel Ambrosini, reconocido a nivel internacional como uno de los fundadores de la Filosofía de la Liberación Latinoamericana, invitó al magisterio a aprovechar las oportunidades generadas por la pandemia de covid-19 para cambiar de fondo la educación de niños y jóvenes, a fin de llevarlos de una habilidad memorística a una creadora.

Ante 3 mil 274 sindicalistas de todo el país, enlazados vía internet, Dussel Ambrosini, reconocido a nivel internacional como uno de los fundadores de la Filosofía de la Liberación Latinoamericana, invitó al magisterio a aprovechar las oportunidades generadas por la pandemia de covid-19 para cambiar de fondo la educación de niños y jóvenes, a fin de llevarlos de una habilidad memorística a una creadora.

La segunda ruta, añadió el especialista, es la necesidad de hacer de la ecología una ciencia principal. “No es la física ni la matemática la ciencia fundamental. La ciencia fundamental hoy, y lo estamos viviendo, es la ciencia que nos permita la sobrevivencia en la tierra, porque la humanidad se está suicidando y hay que empezar a enseñar desde el primer grado que la vida es sagrada y la estamos destruyendo y hay que saberla preservar”.

Dussel aseveró que lo económico y lo tecnológico están destruyendo las condiciones que permiten la reproducción de la vida e impiden la reproducción, porque empiezan a mermar la capacidad de la tierra y la energía para vivir. “La fecha de extinción del Homosapiens está fijada”.

La tercera ruta, añadió, es la conveniencia de terminar con el eurocentrismo en la educación.

“En todos los países latinoamericanos, sean de derecha, de izquierda o de centro, se sigue siendo eurocéntrico. Sería una gran oportunidad para México plantear un nuevo esquema de comprensión histórico, geográfico, matemático, literario, que parta de otra visiñon de la historia y del mundo: cambiar el currículum y descolonizar”.

Se debe aprovechar la oportunidad de cambiar el sistema educativo en sus contenidos, no sólo en cómo se nombra a los maestros o cómo funcionan los poderes, cómo se evalúa, qué enseñan y cómo lo enseñan, explicó.

Al inaugurar el ciclo de conservatorios y seminarios que inició el SNTE para sus dirigentes nacionales y seccionales, el secretario general del SNTE,

Alfonso Cepeda Salas, indició: “El objetivo es fortalecer la capacidad de análisis y reflexión de la dirigencia sindical, en torno a los retos que impondrá a los mexicanos, en particular a los trabajadores de la educación; un nuevo tiempo en la realidad educativa, sindical, laboral, social y económica”.

Durante dos semanas, Cepeda Salas se reunirá de manera virtual con los dirigentes para continuar con los webinarios sobre economía, sociedad, trabajo y sindicalismo.

“Uno de los retos para los educadores, después de la pandemia de covid-19, es generar la capacidad de ayudar desde las escuelas, institutos de ciencia, tecnología, cultura e historia, así como universidades, a formar un hombre nuevo, apto para transformar la realidad y capaz de construir un mundo con igualdad y bienestar. Hemos tenido una lección de lo que tiene que ser la educación en el futuro. Ya nada será igual”, finalizó.

Fuente. https://www.proceso.com.mx/634038/urge-transformar-el-sistema-educativo-porque-la-humanidad-se-esta-suicidando-enrique-dussel

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Enseñar, aprender, educar

Xavier Besalú

En esta crisis se ha puesto de manifiesto también algo que, con tanta ingeniería verbal y tanta burocracia tecnocrática, tal vez habíamos olvidado: que las escuelas e institutos no son propiamente centros de entrenamiento, de aprendizaje, sino de educación, de crecimiento y desarrollo personal, de formación de la subjetividad.

T. Piketty, J.K. Galbraith y B. Sachs, economistas de reconocido prestigio, se preguntaban en un artículo reciente, “¿Qué nos ha enseñado esta crisis? En primer lugar, que los seres humanos en el trabajo no pueden ser reducidos a meros recursos”. Y, más adelante, afirmaban que algunos servicios “son actividades que deberíamos proteger de las leyes del mercado. En caso de no hacerlo, correríamos el riesgo de acentuar todavía más las desigualdades, sacrificando a las personas más desvalidas y vulnerables”.

En esta crisis se ha puesto de manifiesto también algo que, con tanta ingeniería verbal y tanta burocracia tecnocrática, tal vez habíamos olvidado: que las escuelas e institutos no son propiamente centros de entrenamiento, de aprendizaje, sino de educación, de crecimiento y desarrollo personal, de formación de la subjetividad. Y que la educación es, por encima de todo, un encuentro entre seres humanos, porque ni los alumnos son objetos prestos a ser moldeados o disciplinados, ni los docentes simples recursos puestos a su disposición, cual ordenadores de carne y hueso o libros de texto encarnados. En este encuentro, la comunicación y las relaciones personales juegan un papel insustituible, porque una y otras se dan entre sujetos que hacen cosas juntos y que se sienten vinculados por un lazo de confianza mutua; que construyen significado, ideas y emociones al compartir actividades, en un proceso abierto e indeterminado. Por eso, la educación es casi siempre un camino lento, difícil, en que los resultados –programados por adelantado, o no- nunca están garantizados.

En este encuentro, el docente asume una responsabilidad especial: ya hemos dicho que no es un simple recurso, pero tampoco un mero facilitador o acelerador del aprendizaje, ni un compañero que se limite a acompañar a los alumnos. El docente está en la escuela para enseñar. Parece un verbo antiguo o casi fuera de lugar, porque la enseñanza se ha asociado –muchas veces con razón– a la escuela transmisiva, autoritaria y verbalista; también por la preeminencia de las teorías del aprendizaje que han otorgado todo el protagonismo al aprendiz. Pero creo que con el agua sucia de la escuela que no queremos hemos tirado también al docente, como si se tratara de algo prescindible o intrascendente.

Esta crisis, sin embargo, ha revalorizado la función docente, ha puesto al descubierto ese valor añadido, difícil de explicar pero tan presente, junto a la importancia de los compañeros, protagonistas también de este encuentro didáctico. Porque un docente es un adulto que actúa en primera persona, capaz de presentar conocimientos complejos e ignorados, de hacer preguntas insospechadas, complejas, sin una respuesta predeterminada, de establecer prioridades, de manejar problemas y conflictos, de generar complicidades y sinergias, de dar testimonio con sus conductas y su modo de proceder…

Los docentes están ahí para transitar de lo que es deseado a lo que es deseable. Los alumnos no son consumidores, cuyas necesidades e intereses haya que satisfacer de la manera más rápida y eficaz, sino personas abiertas a la posibilidad de ser enseñados, de descubrir nuevos mundos, de salir del terreno de juego que les han marcado sus familias y sus experiencias anteriores, de caminar hacia su independencia.

Lo expuso de forma clarividente, hace ya muchos años, J. Dewey, cuando afirmaba que los intereses de los niños deben tomarse como un indicador de su estado de desarrollo, como señales de una capacidad a punto de activarse; que dichos intereses no deben ser reprimidos, pero tampoco complacidos. Porque los niños viven en un mundo pequeño y limitado, y no deberían ser abandonados a su propia espontaneidad. Por eso, el docente que postula Dewey es un buen científico, alguien que ha experimentado en su propia carne el placer de investigar, de descubrir, además de un buen conocedor de cada uno de sus alumnos.

En esta crisis ha habido que contar desde el primer momento con el saber de los epidemiólogos y, en general, de los profesionales de la salud, que han puesto sobre la mesa las vías de contagio, sus múltiples y dañinos efectos sobre las personas y las formas más eficaces no solo para curarlas, sino para evitar al máximo la posibilidad de nuevos contagios. Pero las decisiones han recaído sobre los gobiernos, los encargados de gestionar la vida del país, que han tenido en cuenta, por supuesto, lo que dice la ciencia médica, pero también otras múltiples variables que inciden y condicionan la vida de la ciudadanía (economía, trabajo, ocio, bienestar personal, vínculos familiares, movilidad, seguridad…).

Algo similar podríamos argüir para la educación escolar. Evidentemente hay unas bases científicas que los docentes deben conocer: la neurociencia, que nos instruye sobre como funciona el cerebro y nuestra mente; las teorías del aprendizaje, que nos ilustran sobre qué mecanismos y órganos se movilizan o conviene movilizar para producir aprendizaje; las demandas de cada sociedad concreta en un momento histórico determinado, que buscan inserir en su seno a las nuevas generaciones; etc. Pero la función docente no debe actuar al dictado de ninguna de estas ciencias, porque en la escuela y en los institutos lo que hay son personas multidimensionales, que deben crecer y desarrollarse en todas ellas, y porque la función de la educación escolar va más allá de los estrictos intereses y necesidades individuales.

El énfasis casi exclusivo en el aprendizaje ha tenido unas derivadas que vale la pena considerar. En primer lugar, se habla de él como de una nueva mayéutica, como si todo el conocimiento estuviera ya en el interior de los niños y jóvenes, como si solo hiciera falta el andamiaje o el entorno propicio para su alumbramiento… También se presenta el aprendizaje como algo inevitable y permanente, natural como la vida misma, casi como una condena de la que no podemos escapar, de manera que, cuando alguien no aprende o se niega aprender, es que algo falla en él, es que se trata de alguien problemático… Además, aprendizaje es un término con un sesgo individualista e individualizador, que podría ignorar y prescindir de las relaciones y la comunicación en los procesos y prácticas educativas. En cualquier caso el lenguaje del aprendizaje no es inocente: conduce más a la adaptación que a la emancipación, más a la domesticación que a la posibilidad de elegir entre diversas alternativas.

Dice Ph. Meirieu que la educación es “el esfuerzo para conseguir que personas consideradas ineducables y abocadas a la exclusión, accedan a la cultura y a la libertad; para remontar las contradicciones inevitables entre el principio de educabilidad –según el cual, todos los alumnos pueden aprender y crecer- y el principio de libertad –según el cual, nadie puede aprender por otro, ni obligarle a crecer”. Una educación que busca asociar la instrucción –la transmisión, la reproducción y la producción de saberes- y la emancipación –la capacidad de pensar por sí mismo. Una educación que asume el compromiso de que toda la ciudadanía adquiera unos saberes y unas competencias que le permitan reducir al máximo los déficits derivados de su entorno sociofamiliar y así poder optar a unas posibilidades profesionales y sociales que la suerte le había negado.

Xavier Besalú es profesor de Pedagogía de la Universidad de Girona

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Los padres enfrentan una difícil decisión al enviar a los niños a la escuela. Los conservadores lo hacen más difícil

Polly Toynbee/TheGuardian

«Una operación de recuperación masiva ”, dijo Boris Johnson. Lo que sea que quiso decir se anunciará esta semana para los nueve millones de niños que están en camino de perder la escolaridad de medio año. ¿Será otra fatigada promesa excesiva? Se necesita algo enorme para reparar el daño.

El gabinete está luchando por relajar el distanciamiento social a 1 metro. Si ganar la confianza del público es clave para abrirse, es poco probable que quienes presionen por el recorte tranquilicen a un público nervioso. No defienden la causa de los niños, sino que agitan los bares y restaurantes. En las decisiones difíciles para aliviar las reglas de cierre, los agentes inmobiliarios, las salas de exposición de automóviles, los limpiadores de casas, las niñeras, los zoológicos y las tiendas llegaron primero.

La comisionada de niños para Inglaterra, Anne Longfield, está llamando en voz alta para que las escuelas abran por completo ahora, y para un plan de recuperación de niños que dure un año, con una generosa prima por alumno. El cierre, dice ella, niega el derecho fundamental a la educación.

El daño causado la asusta: señala una investigación que muestra que el 40% de la brecha de desventaja social entre los niños es causada por las tradicionales largas vacaciones de verano: imagine lo que harán seis meses de distancia.

Longfield ha hablado sobre todo lo que ha sido despojado de los niños en la última década: como fundadora de algunos de los mejores centros para niños, estaba angustiada por su destrucción. Una vez me llevó a su Braintree Sure Start, en el apogeo de New Labour, orgullosa de su notable centro de guardería y familia, con toda la ayuda profesional disponible, su café dirigido por jóvenes con discapacidades y una unidad juvenil para niños excluidos. «La mayoría de los centros se han ido, o les queda muy poco», dice.

En gran parte se han ido las viejas «escuelas extendidas» con atención integral desde el desayuno hasta el té con clubes de tareas. También se han ido el 70% de los servicios juveniles . En la última década se han vendido parques infantiles y campos deportivos, se han perdido centros de ocio, y la investigación de Longfield revela que esta es la «generación de niños con menos actividad física». Como se ha reducido el acceso a las artes , solo la mitad de los niños ahora toman drama, danza o arte, con entradas de música GCSE muy bajas.

La infancia es una de las principales víctimas de la austeridad: las escuelas tomaron un recorte presupuestario del 8% y los niños perdieron una cuarta parte de su apoyo financiero en los recortes de beneficios ; la pobreza infantil aumentó; y ahora el desempleo de Covid-19 amenaza con dejar a muchos más niños debajo de la línea de pobreza.

Ese es el trasfondo de la creciente privación que hace que Longfield exija que las escuelas se reabran por completo rápidamente. Para aquellos que están nerviosos, dice, «las escuelas nunca serán 100% seguras hasta que haya una vacuna». Sin embargo, el riesgo podría gestionarse si el gobierno aportara algunos de los mismos miles de millones gastados en la economía y el NHS.

Estas decisiones son diabólicas: los políticos sopesan el riesgo de enfermedad frente a la certeza de las calamidades personales, económicas y sociales. Pero tomando medidas cautelosas, las escuelas no solo son los lugares más importantes para abrir, sino uno de los lugares más seguros. Los niños tienen un riesgo muy bajo de coronavirus. Y, según estudios en siete países, los docentes corren el mismo riesgo que la población en general.

David Spiegelhalter es profesor de Winton de comprensión pública del riesgo en la Universidad de Cambridge. Su disciplina necesita una atención pública cercana. La mayoría de nosotros somos malos para evaluar el riesgo, tememos irracionalmente las cosas equivocadas, apostamos por percepciones erróneas, nos influimos emocionalmente. En el gran miasma de hechos, factoides y desinformación, con científicos serios en desacuerdo, ¿cómo van a sopesar las probabilidades los padres? No es de extrañar que la mayoría haya optado por mantener a los niños en casa.

Al principio, la gente confiaba en la instrucción del gobierno. Pero ya no. La deshonestidad de Johnson y sus ministros con las cifras, incluso fueron reprendidas por el jefe de estadística , ha dejado a la gente en el mar. Las pruebas y el rastreo de contactos, cruciales para la apertura, se han visto gravemente socavados por el exceso de alardes y mentiras sobre los objetivos. Pero, a pesar de todos los errores, las cosas están mejorando. El riesgo para el bienestar de los niños de mantener cerradas las escuelas parece mucho mayor que el riesgo de abrir las puertas.

¿Qué ha estado haciendo el departamento de educación de Gavin Williamson estas 12 largas semanas? Las tareas más simples están más allá de su alcance, al no enviar cupones de comidas escolares gratuitas , dejando a las familias hambrientas durante semanas. A pesar de un gran anuncio, todavía no ha logrado llevar computadoras portátiles a 200,000 niños que no las tienen, lo que expone años de exclusión cuando tanta tarea requiere internet.

«No hemos tenido computadoras portátiles, ni una», dice Nicola Noble, codirectora de las primarias de Surrey Square en el estado de Aylesbury, en el sur de Londres: depende de donaciones. Ella tiene padres e hijos desesperados parados fuera de la escuela usando su wifi, ya que no pueden pagar los datos. Una cuarta parte de las familias de la escuela no tienen internet.

“Pero hemos tenido guías del Departamento de Educación de 90 páginas que esencialmente nos dejan toda la responsabilidad. Nada útil ”, dice ella. Noble tuvo que pasar horas buscando en Google un proceso de evaluación de riesgos para el personal y los estudiantes, y días trabajando en una encuesta de bienestar para los niños, porque no se proporcionó de manera centralizada. «Solo nos dijeron su definición de trabajador vulnerable y clave la noche antes de admitir a esos niños», por lo que tuvieron que llamar a todos los padres para preguntar qué trabajo hicieron, y en todas partes solo una fracción de los niños vulnerables fueron enviados a la escuela.

“Dijeron que 180 de nuestros 500 niños con trabajadores sociales eran vulnerables, pero descubrimos que es 243. Llamamos a todos los niños todas las semanas, lo que debería ser una guía, pero no lo es. No enviaron guiones para ayudar a los maestros a hablar con los niños sobre el coronavirus: nos tomó horas, ahora docenas de escuelas usan el nuestro ”.

La comida y el bienestar han preocupado a su personal, ya que muchas familias «no recurren a fondos públicos», se quedaron sin dinero una vez que perdieron sus empleos. La escuela entrega paquetes de comida a 128 familias.

Mientras espera el «gran verano de recuperación» de Johnson, está lista para abrirse por completo lo antes posible. «Podríamos hacer cualquier cosa, y no podemos cerrar por vacaciones de verano». Pero las escuelas tienen prohibido gastar un centavo por encima del presupuesto. “Solo danos el dinero para contratar espacios y apoyar al personal. Déjenos dar desayunos y almuerzos gratis. Nuestros hijos necesitan volver aquí «. En cuanto al distanciamiento, lo intentará, pero «francamente, no lo harán». Ese es el riesgo honesto, pero uno que ella quiere tomar.

Una vez más, ¿por qué tan tarde en el día? ¿Por qué tan poco pensamiento o planificación? No ha habido consultas con las escuelas, ni con el comisionado de niños. Longfield escribió al canciller la semana pasada: “Si podemos tener planes de recuperación comercial, necesitamos un plan de recuperación para niños. Pero no se ha presentado dinero ”.

Cualesquiera que sean las deformidades ideológicas de este gobierno, lo que sigue asombrando es su asombrosa falta de capacidad para entregar cualquier cosa, aprender de sus errores o simplemente gobernar.

La decisión de los padres de enviar a sus hijos a la escuela siempre sería difícil. Pero este gobierno lo ha hecho doblemente difícil.

Polly Toynbee es columnista de The Guardian

Fuente: https://www.theguardian.com/commentisfree/2020/jun/16/parents-schools-tough-choice-government

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Lo que los maestros cambiarían sobre la educación

No es ningún secreto que la educación pública en Estados Unidos no es un sistema perfecto, y muchos maestros están abogando por un cambio generalizado. Los maestros, más que cualquier otro personal relacionado con la escuela, entienden lo que debe cambiarse porque enfrentan estos problemas en el aula todos los días. Una encuesta reciente de Educators for Excellence preguntó a 1,000 maestros de escuelas públicas a tiempo completo qué cambiarían sobre la educación, y aquí están sus respuestas:Lo que los maestros cambiarían sobre la educación:

  •         Más oportunidades para tomar decisiones a gran escala.

De manera abrumadora, los maestros acordaron que lo que más les gustaría cambiar sobre la educación es su capacidad de influir en las decisiones a gran escala, como los cambios de políticas a nivel estatal o los cambios del distrito realizados por los administradores. Los maestros son los que más sienten los efectos de tales cambios, pero a menudo son los últimos en influir en tales decisiones.

Los maestros saben lo que necesitan sus alumnos, y a menudo es difícil para los maestros aceptar que estas decisiones importantes a gran escala están siendo tomadas por personas que nunca han estado en un aula o que han estado fuera del aula durante 10 años o más.

  •         Más oportunidades de liderazgo y crecimiento profesional mientras permaneces en el aula.

En educación, se entiende que si desea avanzar en su carrera, probablemente tendrá que salir del aula y convertirse en administrador en lugar de maestro. Sin embargo, algunos maestros quieren crecer y avanzar en sus carreras, pero no quieren abandonar el aula. Los maestros en la encuesta querían más oportunidades de liderazgo mientras permanecían en el aula.

  •         Más tiempo para concentrarse en las cosas que importan.

Los maestros también acordaron que quieren más tiempo para concentrarse en las cosas que importan. Esto no significa necesariamente alargar el día escolar. Más bien, los maestros querían usar el tiempo que ya tienen más sabiamente.

A menudo, el período de planificación de un maestro es ocupado por reuniones administrativas, papeleo u otras cosas que no afectan directamente a los estudiantes en el aula. Luego, se deja que los maestros hagan la mayor parte del trabajo pesado, la clasificación de las lecciones, etc.

Los maestros prefieren que su tiempo de planificación sea tratado como sagrado para que puedan usarlo para planificar realmente, para enfocarse en diferenciar su instrucción y para pensar en preguntas interesantes que incluirán en sus planes de lecciones.

  •         Más flexibilidad en el aula.

Los maestros también desean más flexibilidad en el aula. Incluso a los maestros veteranos con años de experiencia a menudo se les dice exactamente cómo deben hacer ciertas cosas, lo que deja poco espacio para la flexibilidad y para probar nuevas tácticas.

Este deseo de flexibilidad también se vierte en el plan de estudios. Los maestros quieren que el plan de estudios se centre menos en aprobar ciertos exámenes y más en alimentar la curiosidad y el amor por el aprendizaje. Los maestros prefieren enseñar a sus alumnos cómo pensar que qué pensar.

La enseñanza no es una profesión fácil, y la condición del sistema de educación pública de Estados Unidos no está facilitando el trabajo. Los maestros de todo Estados Unidos abogan por estos cambios, pero no se sabe cuánto tiempo esperarán hasta que estos cambios sean una realidad.

Fuente: https://www.theedadvocate.org/zero-tolerance-policies-in-k-12-schools-examining-the-pros-and-cons/

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