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Pandemia y capitalismo renovado

Por: Marcelo Colussi

 

Estamos viviendo una pandemia que, según informan los entendidos, se podrá prolongar aún un par de meses. O incluso, según anuncian voces que se dicen autorizadas, no se extinguirá hasta que aparezca la ansiada vacuna. La diseminación del virus sigue en ascenso en ciertas regiones del planeta, así como las muertes que produce, mientras en otras ya parece haber pasado lo peor. Pero el pánico se mantiene. El miedo se apoderó de toda la humanidad, y las coercitivas medidas de contención sanitaria ya se tornaron normales, aceptadas: cuarentenas con confinamientos, toques de queda, distanciamiento de unos con otros, ley marcial. «Quédese en casa» pasó a ser la norma. Todo eso marca el paisaje mundial actual.

Es importante puntualizar esto porque, junto a esta nueva «plaga bíblica» que parece haber caído sobre la humanidad (según la catarata interminable de los medios masivos de comunicación que han logrado expandir este pánico universal), las contradicciones de base no se alteraron ni un milímetro. Asistimos, definitivamente, a una crisis sistémica monumental (financiera y del aparato productivo) más profunda aún que la del 2008, similar o peor que la de la Gran Depresión de 1930, que sectores interesados han querido atribuir a la aparición de la pandemia (lo cual no es cierto), pero que en realidad muestra las insalvables falencias de un sistema injusto, despiadado, que produce más de lo necesario, y que por sus mismos límites intrínsecos no puede satisfacer necesidades básicas de la población mundial.

El sistema capitalista está haciendo agua; la crisis bursátil empezó en diciembre del año pasado, estallando monumentalmente en los primeros meses del 2020. Los movimientos financieros, que dieron lugar a fortunas fabulosas en detrimento de la producción, estallaron, y aunque ello no se publicitó mucho -al contrario: se trató de ocultar- el sistema global entró en una crisis fenomenal. La crisis sanitaria (real, pero definitivamente amplificada en grado sumo) encontró en la crisis económica una justificación perfecta. Al final de la pandemia se tendrán unas 800,000 víctimas mortales quizá, 100 o 150 mil muertes más que con la gripe estacional. Como dice Erick Toussaint: «Aunque haya una relación innegable entre los dos fenómenos (la crisis bursátil y la pandemia del coronavirus), eso no significa que no es necesario denunciar las explicaciones simplistas y manipuladoras que declaran que la causa es el coronavirus. (…) No solo la crisis financiera estaba latente desde hacía varios años y la prosecución del aumento de precio de los activos financieros constituían un indicador muy claro, sino que, además, una crisis del sector de la producción había comenzado mucho antes de la difusión del COVID, en diciembre de 2019. Antes del cierre de fábricas en China, en enero de 2020 y antes de la crisis bursátil de fines de febrero de 2020. Vimos durante el año 2019 el comienzo de una crisis de superproducción de mercaderías, sobre todo en el sector del automóvil con una caída masiva de ventas de automóviles en China, India, Alemania, Reino Unido y muchos otros países».

Hay crisis sanitaria, pero mucho más, hay una sistemática, histórica y estructural injusticia en el sistema, que la actual pandemia de COVID-19 permite apreciar en toda su dimensión. «El hambre continúa expandiéndose año a año, cada día mueren 24,000 personas de hambre y por causas relacionadas con la desnutrición son 100,000, lo que da un total de 35 millones de muertes al año», expresó Jean Ziegler, consultor de organismos internacionales. «Cuando según datos de la FAO (Fondo para la Agricultura y la Alimentación de la ONU) en el mundo se producen alimentos para alimentar a 12,000 millones de personas [actualmente somos casi 8,000 millones] (…), cada niño que muere de hambre es un asesinato». El COVID-19, con una letalidad de alrededor del 4% (o menos, según los últimos estudios), está matando, en promedio, alrededor de 2,000 personas diarias (con una curva epidemiológica que hoy tiende a aplanarse), junto a muertes provocadas por otras afecciones que bien podrían evitarse con los cuidados respectivos (enfermedades cuya curva no se aplana; por favor, no olvidar nunca eso en los análisis: ¡¡curva epidemiológica que hoy no tiende a aplanarse!!): los 3,014 que mata cada día la tuberculosis (y, como van las cosas, seguirá matando), o los 2,430 de la hepatitis B, los 2,216 de la neumonía, los 2,110 del VIH-SIDA o los 2,002 de la malaria, de acuerdo a datos de la Organización Mundial de la Salud. Dolencias que, en muchos casos, son «enfermedades de la pobreza», enfermedades que denotan la falta de atención para las poblaciones. La diferencia de clases, con una clase que lo posee todo (porque explota) y otra que vive en la indigencia (porque es explotada), sigue siendo el núcleo de nuestra organización social. ¿Podría cambiar esa estructura este germen patógeno que ha matado ya más de 350,000 personas al momento de escribir estas líneas, un 95% de los cuales son seres humanos mayores de 65 años? ¿Por qué lo cambiaría? Para el fin de la pandemia habrán muerto quizá 700 u 800 mil personas; en el mismo período de tiempo, por hambre o por causas ligadas al hambre: no menos de 15 millones. ¿Desde cuándo los gobiernos de derecha, conservadores y neoliberales, que inundan hoy el planeta, incluso con posiciones neofascistas, se preocupan tanto, pero tanto y tan insistentemente, de la salud de sus poblaciones? Algo huele raro. ¿Se sacarán ejércitos a las calles para detener el hambre? Obviamente no.

La actual pandemia de coronavirus puede marcar un parteaguas en la historia. No está totalmente claro el análisis del surgimiento del agente etiopatogénico (¿virus natural que pasó al ser humano? -algunos dicen que eso es imposible-, ¿arma bacteriológica?, en tal caso: ¿de quién?, ¿virus natural que mutó?), y mucho menos, no se sabe cómo seguirán luego las cosas, pero todo indica que este evento no es un elemento menor. Sin dudas, por la magnitud que ha cobrado el fenómeno, tendrá repercusiones grandes y duraderas. ¿Fin del neoliberalismo? ¿Final del capitalismo? ¿O nuevo capitalismo reforzado?

Seguramente cambiarán cosas, porque terminada la pandemia habrá más muertos y más pobreza. O, al menos, más pobreza para las clases subalternas, eterna e históricamente olvidadas. Tengamos cuidado con las informaciones que circulan y muestran el caos económico generado. Sin dudas, para la clase trabajadora mundial todo esto es una pésima noticia, y para muchas pequeñas y medianas empresas también. Ahora bien, de las megaempresas que manejaban el mundo hasta antes de la explosión de la crisis sanitaria, no todas saldrán golpeadas. Las petroleras, por ejemplo, probablemente sí (curiosamente la familia Rockefeller, ícono de la riqueza estadounidense, salió del negocio del oro negro en el 2017. ¿Vamos hacia las energías renovables?). Las de alta tecnología, los «Silicon Six», como se conoce a Microsoft, Google, Apple, Facebook, Netflix y Amazon, no. Al contrario: en este momento, con el encierro forzado, el consumo de estos productos se disparó sideralmente. Nunca habían ganado tanto dinero como ahora con la pandemia. Las fortunas más grandes se van acumulando en estos últimos años en las empresas ligadas a la cibernética, la inteligencia artificial, la informática, la robótica (de las que China, pareciera, ha tomado la delantera sobre el resto del mundo. Evidentemente, su imagen de fabricante de «juguetitos de mala calidad» quedó totalmente atrás). Como ejemplo representativo, el cambio que se ha venido dando en la dinámica económica de la principal potencia capitalista, Estados Unidos: para 1979, una de sus grandes empresas icónicas, la General Motors Company, fabricante de ocho marcas de vehículos, tenía un millón de trabajadores -daba trabajo a la mitad de la ciudad de Detroit, de tres millones de habitantes-, con ganancias anuales de 11,000 millones de dólares. Hoy día Microsoft, en Silicon Valley, mientras Detroit languidece como ciudad fantasma con apenas 300 mil pobladores, ocupa 35 mil trabajadores, con ganancias anuales de 14,000 millones de dólares. El capitalismo está cambiando: no se hizo menos explotador, sino que ahora explota de otra manera, con mayor sutileza (el llamado teletrabajo, ¿no es una forma de explotación también?)

«Se ha creado una simbiosis entre algunas de las mayores empresas tecnológicas y el aparato político del capitalismo», expresan Daniele Burgio et alia. Léase: las industrias de las telecomunicaciones, gigantes comerciales por supuesto, en connivencia con los gobiernos para: 1) ganar dinero, y 2) espiar (controlar) a la población. En 1998, el entonces director de la CIA, George Tenet, afirmó que «las nuevas tecnologías darán a Estados Unidos una importante ventaja estratégica. Nuestra Dirección de Ciencia y Tecnología ha elaborado un plan para crear una nueva estructura empresarial con la tarea de obtener acceso a la innovación del sector privado» (léase: participación en las Silicon Six, las empresas más rentables de la actualidad). El capitalismo más desarrollado va presentando nuevas modalidades: las más refinadas tecnologías de la información y la comunicación marcan el rumbo hoy (ahí están las fortunas más grandes), y los servicios de inteligencia de las grandes potencias marchan de la mano con ellas.

Aunque hay cambios en su forma de actuar, en su dinámica visible, el capitalismo estructural persiste: la extracción de plusvalor sigue siendo su savia vital. Y la lucha de clases, naturalmente, también persiste. Warren Buffett, uno de los grandes magnates actuales (estadounidense, financista con 90,000 millones de dólares de patrimonio), lo dijo sin cortapisas: «Por supuesto que hay luchas de clase, pero es mi clase, la clase rica, que está haciendo la guerra, y la estamos ganando».

El capitalismo cambia en su cosmética, pero no en su base. «Para salvar al capitalismo hay que modificarlo», dijo un alto directivo de una corporación multinacional. Es decir, gatopardismo: cambiar algo para que no cambie nada. La enorme clase obrera industrial urbana de las principales potencias está en vías de extinción: la robótica y el traslado de fábricas hacia el Tercer Mundo -donde se prohíben los sindicatos y la mano de obra es infinitamente más barata que en el Norte- la ha adelgazado y quebrado en las metrópolis. Nuevos negocios van apareciendo, ligados a las nuevas tecnologías. Quizá deba incluirse también en los business del futuro (además de los arriba señalados. ¿El petróleo dejará de serlo?) a la gran corporación farmacéutica, la Big Pharma, como se le conoce (o «farmamafia», como elocuentemente se la ha llamado). Según datos dispersos (dada la secretividad con que se mueven), representantes de la GAVI, la Global Alliance for Vaccines and Immunization, y su fundador y principal financista, Bill Gates con su benemérita Fundación, insisten cada vez más en la necesidad de una vacunación universal. Como todo esto de la pandemia está aún muy confuso, nadie puede asegurar categóricamente nada. «Microbios y no misiles», dijo el magnate de Silicon Valley que es el actual problema de la humanidad: ¿no llama la atención que esté tan interesado en estos temas este mecenas? Resulta sugestiva su preocupación por el asunto, por lo que pensar que allí se juegan agendas desconocidas por la opinión pública mundial no parece paranoico.

Esa gigantesca corporación farmacéutica llegó a hablar del «drogado preventivo» en el ámbito de la salud mental; o sea: consumir fármacos antes que aparezcan los síntomas. ¿Quién decide el consumo: los usuarios o los fabricantes? Eso, por supuesto, si a alguien beneficia, es a las grandes corporaciones (la gente no necesita vivir drogada, obviamente. Para eso ya tiene la televisión y las redes sociales). Curiosamente el Manual de Psiquiatría estadounidense pasó, de 106 «enfermedades mentales» en su primera edición de 1952, a 216 en su quinta edición, de 2016. ¿Crecieron tanto los «enfermos mentales» o creció la voracidad de las empresas farmacéuticas?

El capitalismo cambia, se recicla, se amolda. Y solo, no cae. Numerosas son las voces que dicen que este sistema no va más, que tiene que desaparecer, que hay que reemplazarlo. Estamos absolutamente de acuerdo. Pero ¿cómo emergerá luego de la pandemia? ¿Solo porque el neoliberalismo está agotado habrá un cambio de modo de producción? Por otro lado, ¿quién dice que está agotado? La clase trabajadora mundial, y en general los sectores oprimidos de todo el globo están golpeados: los megacapitales no. La pandemia de coronavirus, ¿por qué traería ese cambio? «El capitalismo no caerá si no existen las fuerzas sociales y políticas que lo hagan caer», decía con exactitud el dirigente ruso Vladimir Lenin.

Que vamos hacia una superación de la globalización neoliberal y un fin del capitalismo financiero por efecto de la pandemia como más de alguno ha dicho, no es seguro. Es, en todo caso, una expresión de deseos. ¡Qué bueno si fuera cierto!, pero… ¿por qué sería así? Además -y esto es lo más importante-: ¿a qué nuevo orden social pasaríamos? Los megacapitales que, de momento, manejan el mundo -y que no son chinos, aunque allí se esté dando una acumulación sin par-, si bien están en crisis ahora, no parecen derrotados. El capitalismo sabe recomponerse; ya pasó numerosos golpes, y ha ido saliendo airosos de todos: dos guerras mundiales, Gran Depresión de 1930, otras crisis económicas, revoluciones socialistas en varios lugares, numerosas pandemias (claro que se daban en lugares «periféricos», no tocaban la casa de los amos: Estados Unidos y Europa), catástrofes naturales, movimientos guerrilleros de izquierda… El ganador de la Guerra Fría no fue el bloque socialista, no olvidarlo.

Los cambios histórico-políticos se logran solamente a base de luchas («La violencia es la partera de la historia», decía Marx), no en mesas de negociaciones. Hoy, más allá del miedo monumental que se ha inoculado en las poblaciones con el interminable bombardeo mediático sobre el virus, no se ve una organización de masas lista para dar el asalto revolucionario. Las izquierdas permanecen un tanto (o bastante) descolocadas, sin proyecto alternativo, y la post-pandemia no augura necesariamente un aumento del fervor popular transformador. ¿Se expropiaron los megacapitales y los manejan ahora las capas populares? Por supuesto que no. Si hoy hay crisis, no es solo por la pandemia; es una crisis sistémica, potenciada por la pandemia. El capitalismo en su conjunto no parece a punto de caer. Probablemente caiga, o se reduzca un poco su hegemonía, el país central: Estados Unidos. La Nueva Ruta de la Seda impulsada por China, y secundada por Rusia, no es la revolución socialista. Ese no es el referente para los explotados del mundo. Las ollas populares, comedores solidarios y redes locales de apoyo que surgieron ahora, muestran que la gente sigue teniendo valores comunitarios, de auto-ayuda. Ese no es el cambio social hacia un mundo de equidad y justica para todos, pero puede ser un interesante fermento a futuro.

 

Fuente: https://www.aporrea.org/internacionales/a291314.html

Imagen: https://pixabay.com/

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Coronavirus: ¿Volver a la normalidad?

Por: Atilio Borón

La cruel pandemia que azota a la humanidad ha despertado reacciones de todo tipo. Unos pocos la ven como la cruel pero fecunda epifanía de un mundo mejor y más venturoso que brotará como remate inexorable de la generalizada destrucción desatada por el coronavirus. Si Edouard Bernstein creía que el solo despliegue de las contradicciones económicas ineluctablemente remataría en el capitalismo, sus actuales (e inconscientes) herederos apuestan a que el virus obrará el milagro de abolir el sistema social vigente y reemplazarlo por otro mejor El trasfondo religioso o mesiánico de esta creencia salta a la vista y nos exime de mayores análisis. Otros la perciben como una catástrofe que clausura un período histórico y coloca a la humanidad ante un inexorable dilema cuyo resultado es incierto. Quienes abrevan en este argumento están lejos de ser un conjunto homogéneo pues difieren en dos temas centrales: la causalidad, o la génesis de la pandemia, y el mundo que se perfila a su salida. En relación a lo primero hay quienes adjudican la responsabilidad de su aparición a una entelequia: «el hombre», como los ecologistas ingenuos que dicen que aquél -entendido en un sentido genérico, como ser humano- es quien con su actividad destruye la naturaleza y entonces la covid-19 habría también sido causado por «el hombre.» Pero la verdad es que no es éste sino un sistema, el capitalismo, quien destruye naturaleza y sociedades como lo demuestra el pensamiento marxista e, inclusive, aquellos que sin adherir a él son analistas rigurosos de la realidad, como Karl Polanyi. Sistema que con sus políticas privatizadoras y de «austeridad» (para los pobres, más no para los ricos) hizo posible la gran expansión de la pandemia.

Pruebas al canto: la covid-19 desnudó la responsabilidad de las clases dominantes del capitalismo y sus gobiernos, comenzando por el de Estados Unidos y sus «vasallos» en el resto del mundo. Cuando se compara el número de muertes ocurridas en los países con gobiernos capitalistas con los que se registran en estados socialistas, como China, Vietnam, Cuba, Venezuela, los resultados son espeluznantes. En China los muertos por millón de habitantes son 3; en Vietnam hasta el 18 de mayo no había muerto nadie a causa del virus, y eso que tiene una población de 96 millones de personas; Cuba, con poco más de 11 millones tiene una tasa de muertos por millón igual a 7 y en la República Bolivariana de Venezuela esta ratio es de 0,4. En Argentina, con un gobierno acosado por el sicariato mediático y la gran burguesía el número es 9, pero se triplica cuando se observa al «oasis neoliberal» de Sebastián Piñera, con una ratio de 27 muertos por millón de habitantes. México, cuyo gobierno al principio cometió el error de subestimar al coronavirus está con 44 decesos por millón, por encima del promedio mundial que es 41,8. Pero luego viene el escándalo: Ecuador, donde manda el más rastrero lamebotas de Donald Trump, se lleva todas las fúnebres palmas de Nuestra América con 161 muertos por millón de habitantes, 54 veces más que China y 23 más que en Cuba. Suiza, la elegante guarida fiscal europea, registra una obscena ratio de 219 muertos por millón y Estados Unidos 283 por millón, o sea, 95 veces más que China y unas 40 veces mayor que la agredida y bloqueada Cuba. No les va mejor a la rica Bélgica, campeona mundial con un escandaloso récord de 790 muertos por millón de habitantes y a quienes le siguen en el podio: España con 594, Italia con 532 y el Reino Unido con 521.

Conclusión: los gobiernos que apostaron a la «magia de los mercados» para atender los problemas de salud de su población exhiben índices de mortalidad por millón de habitantes inmensamente superiores a los de los estados socialistas que conciben a la salud como un inalienable derecho humano. Esto se comprueba aún en países como Cuba y Venezuela pese a padecer múltiples sanciones económicas y los rigores del criminal bloqueo impuesto por Washington. En las antípodas se encuentra Brasil que con sus 18.130 muertos ocupa el sexto lugar en la luctuosa estadística de víctimas del coronavirus y con sus 85 muertos por millón de habitantes registra una incidencia 12 veces mayor que Cuba y 28 mayor que China. A su vez Chile, paradigma neoliberal por excelencia, tiene una tasa 9 veces mayor que la de China y casi cuatro veces superior a la de la acosada isla caribeña. Párrafo aparte merece el Uruguay, que gracias a los quince años de activismo estatal de los gobiernos frenteamplistas, en los cuales la inversión en salud pública fue prioritaria, registra una tasa de 6 muertos por millón de habitantes. Es de esperar que su actual presidente, Luis Lacalle Pou, confeso admirador de Jair Bolsonaro Sebastián Piñera, tome nota de esta lección y se abstenga de aplicar sus letales fantasías neoliberales al sistema de salud público del Uruguay.

Esta disímil respuesta ofrecida por los estados capitalistas y socialistas (más allá de algunas necesarias precisiones sobre esta caracterización, que deberían ser objeto de otro trabajo) es suficiente para fundamentar la necesidad de que el nuevo mundo que se asomará una vez concluida la pesadilla del Covid-19 se caracterice por la presencia de rasgos definitivamente no-capitalistas. Es decir, un ordenamiento socioeconómico y político que revierta el desvarío dominante durante cuatro décadas cuando al impulso de la traicionera melodía neoliberal casi todos los gobiernos del mundo se apresuraron a seguir las directivas emanadas de la Casa Blanca y privatizar y mercantilizar todo lo que fuera privatizable o mercantilizable, aún a costa de violar derechos humanos, la dignidad de las personas y los derechos de la Madre Tierra. Un mundo que, siguiendo algunos razonamientos de Salvador Allende, podría ser caracterizado como «protosocialista»; es decir, como una imprescindible fase previa para viabilizar la transición hacia el socialismo. Este período es requerido para robustecer al estado democrático; introducir rígidas limitaciones al «killing instinct» de los mercados y su descontrolada actividad, especialmente de su fracción financiera; la nacionalización y/o estatización de las riquezas básicas de nuestros países; la estatización del comercio exterior y los servicios públicos; la desmercantilización de la salud y los medicamentos; y una agresiva política de redistribución de la riqueza que supone una profunda reforma tributaria y una muy activa política social de eliminación del flagelo de la pobreza. Habida cuenta del tendal de víctimas que ha dejado la covid-19 (que está lejos de haber llegado a su pico) sería una monumental insensatez intentar «volver a la normalidad». Sólo espíritus pervertidos por un insaciable afán de lucro pueden pretender reincidir en sus crímenes y volver a sacrificar a millones de personas y a la propia naturaleza en el altar de la ganancia, considerando a tales crímenes como una «normalidad» que no puede ni debe ser puesta en cuestión.

¿Cómo pensar que un holocausto social y ecológico como el que produjo el capitalismo, potenciado hiperbólicamente por la pandemia, pueda ahora ser concebido como algo «normal», como una situación beneficiosa a la cual deberíamos retornar sin mayor demora? Una «normalidad» como esa debe ser definitivamente desterrada como opción civilizatoria. Solo podría ser impuesta por una recomposición neofascista del capitalismo, poco probable ante el desprestigio y la deslegitimación que éste ha sufrido en tiempos recientes y la acumulación de fuerzas sociales alineadas en contra de los verdugos del pasado. Claro que la historia no está cerrada pero estoy seguro, volviendo a las palabras de Salvador Allende, que luego de la pandemia «se abrirán las grandes alamedas para que pasen hombres y mujeres para construir una sociedad mejor.»

fuente e imagen: https://www.pagina12.com.ar/267605-coronavirus-volver-a-la-normalidad

 

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Isabel, Isabel, qué desdicha haber nacido en Guatemala.

Por: Ilka Oliva Corado

 

Que la poeta guatemalteca Isabel de los Ángeles Ruano vive en la miseria y necesita ayuda, ¡bah!, ya se sabía desde hace décadas. Pero en Guatemala nos encantan las llamaradas de tusa. Nos encanta también aparentar, vivimos de las apariencias y del qué dirán y regimos nuestras vidas alrededor de lo que puedan decir los demás de nosotros. Entonces por eso vamos con la corriente, de ahí que se formen las grandes revoluciones de redes sociales: bocanadas nada más.

Por eso es que hoy el nombre de la poeta más grande que ha tenido Guatemala resuena en las redes sociales, no porque nos importe ni como poeta ni como adulto mayor, mucho menos sus circunstancias de vida. Porque la gran Isabel lleva décadas caminando ida, como idos caminan los que se suben a los buses al pedalazo a ofrecer sus productos, productos que nadie quiere comprar, personas a las que no quieren escuchar, porque en la modorra del cansancio, del desvelo o de la madrugada también está la angustia del día a día propia del obrero sin pisto. Como idos caminan los que tienen hambre y llevan días sin comer. Como idos se atreven a soñar los vendedores de chicles con poner una abarrotería y no tener que andar llevando agua, sol y frío para vender diez quetzales en un día. Como idas van las mujeres junto a sus hijas y hermanas a vender atoles a las plazas anhelando un día con tener un comedor. Pero, bah, a quién le importa lo que pueda soñar una mujer de tercera edad que se suba a un autobús a vender lapiceros y un folleto con poemas de su autoría.

¿Qué de hermoso puede escribir un patojo de canillas cenizas y charraludo que ofrece sus dibujos en papel bond en un autobús, en docenas de autobuses durante el día? ¿El payaso que cuenta sus chistes y ríe por no llorar porque en casa lo esperan sus hijos, con hambre? El mismo payaso que implora que lo dejen subir al bus, solo un momento para ver si puede ganarse por lo menos lo de la cena de sus hijos, que ya mañana será otro día, otra ruta, otros buses, otras humilladas, otra desgalillada.

Hoy ¿duele? Isabel de los Ángeles Ruano, solo hoy, solo unas horas mientras dura la llamarada en las redes sociales, mañana será otra la goma, otro el lomo donde se suban los que se cuelgan de todo, porque solos no pueden sostenerse en pie. Y los comentarios van y vienen con las conjeturas de que si es enferma mental, que si por eso es así. Ese ser así de humana, de pueblo, de mujer de a pie, de lomo curtido, de tobillos inflamados de tanto caminar. De mujer obrera, con hambre, sin dinero más que para el bocado de comida de vez en cuando. De necesidades como todos. Todo se reduce a que si es enferma mental, la gran poeta, la poeta más grande que ha parido Guatemala, porque no hubo, no hay ni habrá nadie más grande que Isabel. Pero pues, hablar de una poeta que camina calle tras calle, sin ínfulas, sin buscar codeos ni aplausos, ni exigir reconocimientos, que camina vendiendo sus lapiceros y sus libros con sus poemas, una obrera, una vendedora ambulante. Como el vendedor de calcetines, como los que venden dulces, como los que venden tijeras y ofertas de lápiz labial y desodorantes.

Una vendedora ambulante como los señores que cargan a mecapal sus escobas y los trapeadores que van ofreciendo de casa en casa, que tocan puertas que no se abren ni para ofrecerles un vaso de agua mucho menos para darles un plato de comida y no digamos comprarles una, una simple escoba y no porque la necesiten, pero para ayudar. Ayudar a la pobre economía de ese vendedor, a que descanse su espalda por el peso. Pero la solidaridad de muchos solo existe en las bocanadas de las redes sociales, donde galantean con las fotos y los aplausos de los que igual que ellos van y vienen con la corriente. La solidaridad del pueblo, ésa está bajando la ladera.

Hay mucho que decir, por la situación de vida de la poeta más grande del país, por el Estado ausente en todos los sentidos, por la sociedad inhumana que somos. Porque Isabel de los Ángeles Ruano refleja la situación de miles de adultos mayores en Guatemala que se tienen que ver obligados a exponerse de tal manera para lograr un bocado de comida. Ella es poeta, pero hay campesinos, obreros, jornaleros, aquellos que se pudren cortando caña, olvidados, los que sucumben en las fincas de café, los que se muelen la espalda cortando hortalizas, sembrando frutas para los finqueros adinerados. Los que se ampollan las manos ordeñando vacas para que otros se atraganten y se emboten el bucul de tanto, de la gula, del desperdicio.

Porque la poeta con sus pasos cansados lleva el caminar de las familias a donde no llega el agua, allá en el oriente de niños desnutridos, de abuelos muriendo de hambre. De milpas enteleridas que no llegan ni al metro de estatura Y no logran ni dar jilotes. Duele como una herida viva, el olvido, el descaro, el abuso y la indolencia de una sociedad incapaz de salir de su burbuja de comodidad para poner los pies en el suelo y caminar junto a los que han caminado siempre, descalzos.

Isabel se sube a los buses y se para enfrente y anuncia su producto, como anunciados son los migrantes deportados, que quién por ellos. Ella ante un público muerto en vida, los deportados ante una sociedad podrida. No merecen a una Isabel de los Ángeles Ruano, ni a los millones de campesinos, jornaleros, obreros y migrantes que luchan día con día, cargando en sus lomos, lomos curtidos a una sociedad canalla.

Isabel, Isabel, qué desdicha haber nacido en Guatemala.

Fuente: https://insurgenciamagisterial.com/isabel-isabel-que-desdicha-haber-nacido-en-guatemala/

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Brasil: Réquiem por la democracia

Por:  Boaventura de Sousa Santos

 

Una vez más, después de tantas otras, las élites brasileñas prefirieron correr el riesgo de caer en la dictadura (si es que no la deseaban desde el principio) cada vez que las clases populares manifiestan su aspiración de ser incluidas en la nación, que las élites siempre han concebido como su propiedad privada. La lectura de la transcripción de la reunión del Consejo de Ministros de Brasil del pasado 22 de abril es una experiencia dolorosa, aterradora e indignante. El hecho de que este video se haya hecho público y transcrito es una señal elocuente de que la democracia aún sobrevive.

Ocurrió a raíz de la denuncia del exministro Sérgio Moro de que el presidente había intentado interferir en las investigaciones en curso en la Policía Federal de Río de Janeiro contra uno de sus hijos bajo sospecha de conducta criminal grave. Al ordenar la difusión del video, el ministro del Supremo Tribunal Federal (STF), Celso de Mello, inscribió su nombre en el libro dorado de la breve y tormentosa historia de la democracia brasileña. Esperemos que la señal de esperanza que nos ha dado sea el detonante del despertar de las fuerzas democráticas de izquierda y de derecha, el despertar de un sueño profundo e inquietante, hecho de ignorancia histórica y vanidad miope, un sueño que les permite soñar con cálculos electorales sin darse cuenta de la frivolidad de tales intentos cuando la democracia misma pende de un hilo.

Los fascistas ni siquiera esconden sus intenciones. El presidente hizo un llamamiento directo e inequívoco a la lucha armada. Más que una apelación, informó que está dispuesto a liderar el armamento de civiles al margen de las Fuerzas Armadas. ¡Y lo hizo flanqueado por generales! Está confesando un delito de responsabilidad y un crimen contra la seguridad nacional. Y no pasa nada. Junto al vicepresidente, se sienta impasible y silencioso el entonces ministro de Justicia, Sérgio Moro, quien fue el gran responsable de la destrucción de la institucionalidad democrática, para lo que siempre contó con la complicidad de las élites y sus medios de comunicación. El anuncio del presidente no solo es recibido con las sonrisas complacientes de quienes lo escuchan, sino que varios ministros están empeñados en abrir por su cuenta las cloacas de odio y de prejuicio, por no hablar de otras alevosías.

Lo que puede leerse es tan torpe que es mejor leer para creer:

Presidente: “Están fastidiando todo el tiempo para atacarme, metiéndose con mi familia. Ya intenté cambiar oficialmente a la gente de nuestra seguridad en Río de Janeiro y no pude. Se acabó. No voy a esperar a que jodan a toda mi familia, o a mis amigos, porque no puedo cambiar a alguien de seguridad de última línea, que pertenece a nuestra estructura. Lo voy a cambiar. Si no puedo, cambio a su jefe; si no puedo cambiar al jefe, cambio al ministro. Y punto final. Aquí no estamos para jueguitos (…) Quiero, ministro de Justicia y ministro de Defensa, que el pueblo se arme. ¡Es la garantía de que no aparecerá un hijo de puta para imponer una dictadura! ¡Qué fácil es imponer una dictadura! ¡Es muy fácil! Un maldito alcalde hace un maldito decreto y deja a todo el mundo confinado. Si estuviera armado, saldría a la calle. ¿Y si yo fuese un dictador? Querría desarmar a la población, como todo el mundo hizo en el pasado antes de imponer su dictadura. ¡Les pido a Fernando (de Azevedo) y a Moro que por favor firmen hoy este decreto [para facilitar el porte de armas] para mandarle un puto mensaje a estos mierdas [gobernadores y alcaldes]! ¡El pueblo armado jamás será esclavizado! ¿Por qué estoy armando a la gente? ¡Porque no quiero una dictadura! Ya no podemos aguantar más”.

Ministro de Educación (extrema derecha): “Si por mí fuera, enviaba a todos esos vagabundos a la cárcel, comenzando por los jueces del Supremo Tribunal Federal. Y eso es lo que me sorprende (…) Estamos hablando de con quién teníamos que luchar. No estamos siendo lo suficientemente duros contra los privilegios, con el tamaño del Estado (…) Odio al partido comunista, que está tratando de convertirnos en una colonia. Este país no es (…) Odio el término ‘pueblos indígenas’, odio ese término. Lo odio. El pueblo gitano es un pueblo brasileño, solo hay un pueblo».

Ministro de Medio Ambiente (momento maquiavélico): “Porque todo lo que hacemos aquí recibe un varapalo en el poder judicial, al día siguiente. Necesitamos tener un esfuerzo nuestro mientras estamos en este momento de tranquilidad en la cobertura de la prensa porque sólo se habla de la covid-19 y es hora de cambiar todos los reglamentos, simplificar normas (…) Ahora es hora de unir esfuerzos para hacer la simplificación regulatoria que necesitamos”.

Ministra de la Mujer, de la Familia y de los Derechos Humanos (evangelismo reaccionario): “En este momento de pandemia estamos viendo la payasada del Supremo Tribunal Federal para colocar la cuestión del aborto de nuevo en la agenda, y allí estaba la cuestión de las mujeres que son víctimas del zika virus, van a abortar (…) ¿Van a querer que todos los que tuvieron coronavirus puedan abortar en Brasil? ¿Legalizarán el aborto en general? (dirigiéndose al ministro de Salud). Su ministerio, ministro, está lleno de feministas que tienen una agenda única, que es la legalización del aborto… Porque recibimos la noticia de que habría contaminación criminal en Roraima y el Amazonas, premeditada, en indios, para diezmar aldeas y pueblos enteros a fin de cargar el bulto al presidente”.

Ministro de Economía (feria de vanidad): “Conozco profundamente, en detalle, no de oídas. Es de leer ocho libros sobre cada reconstrucción de esas (Alemania, Chile). Entonces, leí a Keynes (…), tres veces en el original, antes de llegar a Chicago. Entonces para mí no hay música, ni dogma, ni bla, bla, bla”.

Nada de esto es nuevo. Con respecto a lo que dijo el presidente Bolsonaro, basta mencionar que, después de las elecciones federales de Alemania de 1932, así se expresó Hitler, invocando la necesidad de que la dictadura se defienda de la dictadura… de la democracia. La frase de Bolsonaro sobre la necesidad de armar a civiles es idéntica a la frase de Mussolini: “Solo el pueblo armado será libre”. La reunión del Consejo de Ministros tuvo lugar el día en que Brasil se acercaba a los 3 mil muertos por el coronavirus (hoy ya son más de 30 mil). Este, sin embargo, fue un tema ausente. O peor, con mayor perversión, la intención era utilizar la preocupación de los medios por la pandemia para avanzar en la pérdida de derechos, los casinos, la privatización, la deforestación en la Amazonía y la eliminación de las restricciones ambientales. El sistema democrático brasileño está en un desequilibrio tal que está experimentando un momento de bifurcación. Cualquier acción u omisión política puede rescatarlo o hundirlo de una vez por todas.

* Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez.

Fuente e imagen: https://www.pagina12.com.ar/270265-brasil-requiem-por-la-democracia

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Aguascalientes: Ley Barbosa y pin parental

Por: Carlos Ornelas

 

El Congreso local y el gobernador Martín Orozco Sandoval elaboró uno y publicó el otro, en el Periódico Oficial del Estado de Aguascalientes (25/05/2020), la armonización de sus leyes locales con la Ley General de Educación (LGE). Allí, a la chita callando replicaron la Ley Barbosa y el pin parental, pero no levantaron protestas como en Puebla o en Nuevo León. Vamos, ni la Secretaría de Gobernación, que disciplinó al Congreso neoleonés, mostró beligerancia.

Parece que al sector privado le pasó de noche, no reclamó ni reparó en que el artículo 94 de la nueva Ley de Educación del Estado de Aguascalientes, que replica íntegro —hasta el mismo número— el texto de la Ley Marco (el machote) que propuso la Secretaría de Educación Pública desde enero: “Los muebles e inmuebles destinados a la educación impartida por las autoridades educativas estatal y municipales y por los particulares con autorización o con reconocimiento de validez oficial de estudios en el Estado de [aquí les faltó poner Aguascalientes, lo que indica que fue un simple copy and paste], así como los servicios e instalaciones necesarios para proporcionar educación, forman parte del Sistema Educativo Estatal”.

Expresa lo mismo que el 99 de la LGE, que ahora impugnan varios organismos cupulares del sector privado, es el mismo que el senador Ricardo Monreal aprobó sin darse cuenta, porque criticó al gobernador de Puebla, Miguel Ángel Barbosa por ese tenor.

También pasó desapercibida la aprobación del pin parental en Aguascalientes, acaso porque no aparecen esas dos palabras, pero en el artículo 4, quinto párrafo, casi con las mismas palabras, asienta lo que no aprobó el Congreso de Nuevo León: “Así mismo, la Autoridad Educativa Estatal dará a conocer de manera previa a su impartición, los programas, cursos, talleres y actividades análogas en rubros de moralidad, sexualidad y valores a los padres de familia a fin de que determinen su consentimiento con la asistencia de los educandos a los mismos, de conformidad con sus Convicciones”.

Y para que no haya dudas, también decretaron una reforma al artículo 57 de la Ley de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes para el Estado de Aguascalientes: “Quienes ejerzan la patria potestad, tutela o guarda y custodia, tendrán derecho a decidir e intervenir en la educación que habrá de darse a niñas, niños y adolescentes…”.

El Congreso de Nuevo León rechazó la enmienda por 12 votos en contra y nueve abstenciones, pero tuvo 20 votos a favor; ¡sintomático! Y los inconformes reclaman en las calles. En Aguascalientes se aprobó por unanimidad, incluso Morena votó a favor. Las iniciativas fueron hechas por diputados del Partido Encuentro Social. La duda que surge es por qué el PES, que es un aliado clave del presidente López Obrador, se lanza con propuestas de este calibre.

Primero, porque es parte de su ADN político-religioso, allí no hay nada oculto, convicciones. Pero cavilo que percibe un ánimo favorable de parte del Presidente. Él no oculta su fervor místico, prefiere la moral —su moral— a las leyes. ¡Ojo!, no señalo que AMLO promueva estas iniciativas, pero sí que, con sus mensajes, las alienta.

No obstante, le causan bronca. Ya una vez frenó otra propuesta de quitar el carácter secular del Estado en el texto constitucional que otra diputada del PES se aventó. Ahora no fue el Presidente en persona, sino la Segob quien entró al quite. El 28 de mayo, un día antes de la votación, advirtió al Congreso neoleonés que, si se aprobaba el pin parental, vulneraría los derechos de niños y adolescentes y dañaría la rectoría del Estado sobre contenidos educativos.

Pero guardó silencio absoluto en el caso de Aguascalientes.

Mala suerte la de doña Olga Sánchez Cordero. Unos la critican por invisible; otros por involucrarse con la soberanía de un estado. No las trae consigo.

RETAZOS

La pregunta que me hago es si en la visión de AMLO los del PES son conservadores o nada más fieles de la Cuarta Transformación.

Fuente:  http://www.educacionfutura.org/aguascalientes-ley-barbosa-y-pin-parental/

Imagen: https://pixabay.com/

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Chester Rodríguez: la responsabilidad por el oro en tiempos de COVID-19

Por: Héctor Rodríguez Cruz

 

No se trata de filosofar sobre la trivialidad. Ni de hacer un elogio a lo simple. O de rellenar el espacio cuando el articulista no ha logrado pescar un tema apasionante. Se trata de volver la mirada al amor y la ternura y al grito que nos recuerda nuestra responsabilidad por el otro ahora en tiempos de coronavirus. Se trata de compartir la historia de Chester Rodríguez, quien es adoptado y se integró a nuestra  familia cuando tenía dos años.

Desde entonces cuenta con protección en nuestra casa. Hemos tratado de hacerlo sentir que encontró el hogar que perdió. Desde su llegada hemos sincronizado nuestras biografías. No sabemos quién debe agradecer la presencia del otro.  Si él, porque encontró el hogar perdido o nosotros, que encontramos una oportunidad para pagar deudas y solidaridades por todos los actos de amor recibidos de parte  de conocidos y desconocidos, de vecinos y extraños. Y muchas nos quedan pendientes con los hombres, nuestros hermanos.

Mientras mi esposa Pilar trata de educarlo, yo en cambio soy más flexible. Celebro sus travesuras para hacerle olvidar sus soledades y su desarraigo.  A lo uno y a lo otro Chester responde con gestos de agradecimiento, que expresa con su mirada que nos recuerda que es más grato compartir la presencia  con los otros que sumirse en los retiros egoístas en nombre del derecho al silencio.

Yo no soy el primero en contar este tipo de encuentros. Cuento mi encuentro con Chester Rodríguez, mi leal Golden Retriever del cual no soy su dueño porque es libre. Como Neruda contó el suyo “Mi perro me miraba, con esos ojos más puros que los míos, perdía el tiempo pero me miraba, con la mirada que me reservó, toda su dulce, su peluda vida, su silenciosa vida, cerca de mí, sin molestarme nunca, y sin pedirme nada”.

Como lo cuenta  Antonio Gala, fecundo novelista y escritor español, en su libro “Conversaciones con Troylo”,  que recoge    una serie de artículos publicados en El País Dominical y recrea mediante una serie de charlas (imaginarias) que el autor tiene con su mejor amigo canino, un Teckel llamado Troylo con quien habla sobre la vida, la sociedad humana, la política, la economía y los temas sociales. El nombre de ‘Troylo’,  fue sacado de un pasaje de Shakespeare.

O como Adela Cortina afamada filósofa española contemporánea, que ha visitado  varias veces el país, que en su libro “Las fronteras de la persona. El valor de los animales, la dignidad de los humanos”, sostiene que los animales tienen un valor interno y tenemos obligaciones hacia ellos. Y más obligación con los hombres, nuestros hermanos, que al decir de Benedetti, “alguna vez ladran  por no llorar”.

Quien se habitúa –dirá  la filósofa- a no ser compasivo, agradecido y responsable con los animales acaba no siéndolo tampoco consigo mismo ni con los demás hombres. Tenemos deberes indirectos hacia los animales, actuar de manera cruel con ellos implica una falta de humanidad. Chester Rodríguez nos ha enseñado humanidad, nos ha enseñado a amar a las personas.

O como Benedetti que en su cuento “El hombre que aprendió a ladrar”,  refiere que  Raymundo le pregunta a  su amigo Leo que si ladraba bien. Leo le dice “Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano.”

Por su parte John Gray, considerado uno de los pensadores más importantes de nuestro tiempo, que en su libro “El silencio de los animales”, sostiene que los seres humanos son el vacío contemplándose a sí mismo. Y se pregunta: ¿por qué otorgar  este privilegio sólo a los seres humanos? Otras criaturas pueden tener “ojos más brillantes”.

Ahora en los tiempos pesarosos y lacerantes del COVID-19, la historia de Chester,  de Troylo y del hombre que aprendió a ladrar, llama a humanizar nuestra bestialidad  que contamina la soledad y el dolor de los maltratados por la pandemia. Y que invita a escuchar los gritos contra las  ausencias de fraternidad, de compasión y de amor al prójimo.

El COVID-19 nos proporcionará muchos gritos y muchos silencios. Si ya no se cultiva el silencio es porque admitir su necesidad hace necesario aceptar nuestra propia “inquietud interior”, condición que en otro tiempo se entendía como fuente de tristeza y que hoy se valora como una virtud. Entonces, hablar cuando hay que callar es perturbar esa quietud.

Perturbemos la quietud contaminada de los insensibles, quienes sean,  que no aman a sus hermanos ni otras cosas digna de amor. En tiempo de COVID-19,  perturbemos las falsas caridades de aquellos que se resisten a mirar el sufrimiento de los demás y a  asumir la responsabilidad por los otros.

Fuente:  https://acento.com.do/2020/opinion/8826213-chester-rodriguez-la-responsabilidad-por-el-oro-en-tiempos-de-covid-19/

Imagen: https://pixabay.com/

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La reforma educativa de la pandemia

Por: Hugo Aboites*
Con el surgimiento del contagio, tres grandes fuerzas sociales comenzaron a actuar poderosamente en torno a la educación. Y están generando, en los hechos, una nueva reforma educativa, muy distinta a las de 2012 y 2019. La primera de estas fuerzas –autoritaria– surge cuando, luego que se establece el confinamiento, la SEP-Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior deciden completar la frase Quédate en casa, pero ahí sigue el programa oficial de estudios, no son vacaciones, haz la tarea. Y esto en ausencia total de una consulta con maestros y familias, y de una argumentación detenida que la justifique. La decisión, además, se colocó a contracorriente de la realidad. Cuando millones de niños y jóvenes se preguntaban por qué debían estar encerrados, buscar respuestas a todos hubiera abierto las puertas a una agenda educativa fincada en la curiosidad y en la realidad. No pocas maestras y maestros del centro y sur del país desafiaron la orden, desplegaron agendas de conocimiento y acción creativas y adecuadas a esta situación extraordinaria, pero la SEP mantuvo su punto de vista y hasta añadió la idea –ahora desinflada– de una evaluación. Es decir, prevaleció la visión más conservadora, y la educación mexicana reforzó sus endémicos rasgos de autoritarismo, centralización y burocracia. Utilizando falazmente la caritativa consigna de apoyad a nuestros niños y estudiantes, las autoridades promovieron la aceptación acrítica de la iniciativa y a la pasividad de muchos. Viendo sus resultados, lo que las autoridades propiciaron –más que democracia y participación– fue una vuelta recargada al conservadurismo que ha anquilosado a la SEP desde los años 40.

Una segunda fuerza es mucho más cruda. El conservadurismo –la orden de encierro para seguir el plan de estudios obligatorio– abrió las puertas de la educación a la dinámica directa del capital: la competencia y la ganancia. La agencia France 24 informaba apenas que en sólo una semana de marzo la firma Zoom, de Silicon Valley, en California, había aumentado en 262 por ciento su clientela y que sus ganancias se habían multiplicado por 12 en pocos meses. Con sus 40 millones de clientes potenciales y la ausencia de marcos regulatorios del uso educativo de estas tecnologías, México representa un mercado sumamente atractivo. De ahí que las corporaciones ya están pensando en cómo conservar en el futuro lo más posible del territorio hasta ahora conquistado: qué ofertas, usos, nuevas aplicaciones e incluso presiones políticas pueden utilizar para mantener el dinamismo del uso de sus equipos y aplicaciones virtuales. En un contexto conservador, la educación a distancia es una fuerza que puede degradar la idea y práctica educativa. Como el caso de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia de México (UNADM), pública, gratuita, creada en 2012, con más de 60 mil estudiantes y 45 programas de estudio. Pero que no tiene aulas o espacios de investigación o difusión. Los maestros laboran en casa, son de medio tiempo, tienen dos grupos de hasta 90 estudiantes cada uno, cada semana deben leer los ensayos de los estudiantes y devolverles una evaluación argumentada: 180 ensayos leídos, 180 evaluaciones argumentadas en respuesta. Pero ni estudiantes o profesores se conocen entre sí y estas comunicaciones son monitoreadas por la institución (entrevista). La educación virtual tiende así –aún en instancias micro– a relaciones educativas, institucionales y laborales, lejanas a la formación en comunidad. Lo más grave, la educación virtual enfatiza el aprendizaje de informaciones, datos, fechas, conocimientos, pero no la formación de niñas, niños y jóvenes como personas solidarias, curiosas, investigadores participantes en procesos colectivos, responsables de su comunidad, familia y de sí mismos con base en el conocimiento. La lógica virtual, excluyente, en un clima autoritario, hacen que el uso de la tecnología tenga con mayor fuerza un sesgo privatizador salvaje y una visión sumamente conservadora y pobre de la educación.

Finalmente, una tercera fuerza–incipiente– también ha estado presente en este periodo. Se trata de iniciativas de estudiantes y maestros que se han opuesto, así sea testimonialmente, a las dos anteriores fuerzas, pero, además, muy importante, que han generado una explosión virtual de espacios de reflexión y análisis sobre lo que está ocurriendo, apropiando para otros fines esas mismas tecnologías. Es decir, en contraste con las autoridades, los maestros y estudiantes activos antes que a la fuerza recurren a la reflexión y la ilustración de la razón. Como lo hicieron durante meses los estudiantes en 1998-99, previo al movimiento en la UNAM, y desde 2006 los maestros, antes de la reforma de 2012. Estudiantes y maestros regresarán a clases bien dotados de argumentos y convicciones. De ahí, por cierto, ha nacido la fuerza capaz de derrotar toda una reforma (2012-2018) y de mitigar otra (2019). Hay otra historia.

*UAM-Xochimilco

Fuente: https://www.jornada.com.mx/2020/06/06/opinion/020a2pol

Imagen: https://pixabay.com/

 

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