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Atlas Network: la desinformación como arma neoliberal

Por Diego Delgado/Julián Macías

La organización, fundada en 1981, cuenta con 589 ‘think tanks’ en 103 países que financian el odio y los bulos de la extrema derecha. El objetivo: proteger los privilegios de los dueños del capital

El pasado 10 de octubre, el Comité Noruego decidió otorgar el Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado. En pleno ascenso global de las extremas derechas, uno de los galardones con mayor prestigio a nivel planetario, que teóricamente reconoce a personas que luchan por los derechos humanos y la democracia, ha recaído en una figura de referencia dentro de la monstruosa industria de la desinformación que promueve los nuevos fascismos.

Venezuela, el país de la opositora Machado, es uno de los juguetes predilectos de la internacional reaccionaria a la hora de intoxicar la conversación pública. Actores de uno y otro lado del Atlántico manosean la política venezolana para adaptarla a sus narrativas. En España, por ejemplo, fue clave en la guerra sucia contra Podemos: desde la fabricación de bulos a nivel mediático hasta la construcción de casos judiciales falsos, incluyendo la extorsión a personas relacionadas con instituciones del país latinoamericano. El papel de la flamante Nobel de la Paz en la política de injerencia de EEUU sobre Caracas conduce a uno de los mayores núcleos irradiadores de financiación, ideas y músculo de la industria de la desinformación: Atlas Network.

A la cabeza de la colonización neoliberal

Fundada en 1981 por Antony Fisher, observar la evolución de Atlas Network hasta convertirse en el gigante transnacional que es a día de hoy y entender su influencia en la ofensiva antidemocrática supone desvelar la última de las capas tras la que se ocultan quienes alimentan a los Trump, Orbán, Abascal o Ayuso. En el fondo, “la verdad”, “la patria”, “la familia” o, por antonomasia, “la libertad” que dicen defender estos personajes políticos no son más que significantes vacíos con los que los grandes dueños del capital que financian a Atlas Network justifican las barbaridades cometidas en defensa de sus crecientes privilegios.

Fisher, que había fundado en los cincuenta en Londres el Institute of Economic Affairs (IEA), fue una figura clave en la instauración en Reino Unido de la ideología neoliberal. Con la victoria de Margaret Thatcher en 1979, el neoliberalismo pasó de corriente de pensamiento económico a cosmovisión hegemónica por la vía de la imposición dogmática. “No hay alternativa”, llegaría a decir la entonces primera ministra británica. Era el tiempo del “fin de la historia”; con el capitalismo en su último estadio, emancipado ya del control estatal, se había llegado a la casilla final, y a partir de ahí solo quedaba contemplar cómo el mercado iba absorbiéndolo todo. Era lo deseable, nuestro destino como sociedad humana.

Fisher fue una figura clave en la instauración en Reino Unido de la ideología neoliberal

Atlas Network nace, en ese contexto, con un objetivo muy marcado: inocular la doctrina neoliberal no como un tipo de organización socioeconómica –entre otras igual de válidas–, sino como una racionalidad en sí misma, capaz de moldear la forma en la que las personas perciben e interpretan el mundo. Lograrlo exigía despolitizar conceptos como el libre mercado, la privatización o la desregulación, desligar su significado de ciertos intereses muy concretos y presentarlos, en cambio, como verdades irrefutables. El instrumento elegido para tal propósito fue lo que los investigadores Marie-Laure Djelic y Reza Mousavi llaman “think tank neoliberal”.

Con la ayuda de los padres del neoliberalismo, Friedrich von Hayek y Milton Friedman –fundadores de la Mont Pelerin Society, clave en el germen de Atlas Network, y cabezas visibles de las escuelas austríaca y de Chicago–, así como de Thatcher y de generosas donaciones privadas, Atlas Network –llamada en un primer momento Atlas Economic Research Foundation– echó a andar en San Francisco, con un presupuesto anual que rondaba los 150.000 dólares para actuar como impulsor de think tanks neoliberales en todo el mundo. La llegada de Ronald Reagan al gobierno en enero de aquel 1981, así como la participación de enormes fundaciones ultraconservadoras estadounidenses como Heritage en la puesta en marcha de Atlas, hacían de EEUU el lugar perfecto para su establecimiento. Al fin y al cabo, se trata de la cuna del imperialismo capitalista. En 2023, y según el reporte anual de la propia organización, Atlas Network contaba ya con un presupuesto de 28 millones de dólares y su red de think tanks sumaba 589 entidades en 103 países diferentes.

Los métodos utilizados por estas instituciones de adoctrinamiento van desde la organización de eventos, en los que la red se refuerza y expande, hasta la creación de centros educativos para inocular la ideología ultraliberal a las generaciones más jóvenes, pasando por estrategias más heterodoxas como la formación de los Cuerpos Internacionales de la Libertad de Atlas en 2003, cuya tarea consiste en rastrear el mundo en busca de candidatos a líderes de laboratorios de ideas. Simplificando, el objetivo siempre ha sido verter doctrina neoliberal desde el máximo número de lugares posibles, haciéndola pasar por expertise independiente o incluso por hipótesis de aspecto científico, gracias a los esfuerzos depositados en el ámbito académico.

Atlas Network – EEUU, dupla golpista

Los orígenes políticos de la mencionada María Corina Machado son perfectos para entender la dinámica de retroalimentación entre Atlas Network y los EEUU, y cómo impactan los tentáculos de la red de think tanks en aquellos lugares que pretenden salir del radio de acción imperialista estadounidense.

La década de los 2000 comenzó en Venezuela con la reelección de Hugo Chávez. En su itinerario político, de corte socialista, destacaba la intención de terminar con la fuga de capitales que, procedentes de la vasta riqueza del territorio nacional, beneficiaban más a corporaciones privadas extranjeras que a la propia sociedad venezolana. Una de las empresas con mayor presencia en este sangrado colonial era la petrolera Exxon, radicada en EEUU y con un papel destacado en la financiación de Atlas Network.

Es ahí donde la rueda empieza a girar.

El Gobierno de Chávez pretendía no solo reducir los beneficios de uno de los financiadores de Atlas, sino impugnar con sus acciones el consenso neoliberal. Para la operación de desestabilización, la red contaba con Cedice, un think tank venezolano enlistado en las filas de Atlas Network. Bien regado de financiación estadounidense a través del Fondo Nacional para la Democracia (NED, por sus siglas en inglés), Cedice encabezó iniciativas de todo tipo en oposición a Chávez, e incluso Rocío Guijarro, su presidenta, firmó el decreto con el que pretendía consolidarse el golpe de Estado de abril de 2002. El nombre de María Corina Machado aparece entre los asistentes a la juramentación de la junta de gobierno del 12 de abril de 2002, fruto del golpe. Acudió en calidad de miembro de Cedice, pero pronto empezaría a destacar por sí misma.

Documento de asistentes a la juramentación de la junta de gobierno celebrada tras el golpe de Estado contra Chávez de 2002. Al final se puede ver la firma de María Corina Machado.
Documento de asistentes a la juramentación de la junta de gobierno celebrada tras el golpe de Estado contra Chávez de 2002. Al final se puede ver la firma de María Corina Machado.

En julio de ese mismo año fundó la asociación civil Súmate, cuya actividad antichavista obtuvo desde el principio el respaldo estadounidense, también a través de la NED. Un documento de la propia agencia demuestra que Súmate recibió al menos 53.400 dólares directamente de la NED en el año 2003.

Lista de organizaciones que recibieron financiación de la NED para el año 2003, en la que se encuentra Súmate.
Lista de organizaciones que recibieron financiación de la NED para el año 2003, en la que se encuentra Súmate.

Desde ese momento, Machado es una figura importante dentro del descomunal entramado de Atlas Network. Su nombre aparece en prácticamente cualquier campaña de desinformación destinada a desestabilizar la situación política en Venezuela: a cambio, Atlas la ha promocionado con fervor en sus eventos y publicaciones. La relación es explícita e innegable: en 2014, Machado agradeció directamente a Atlas Network su “apoyo e inspiración”; más recientemente, el 10 de octubre de 2025, la cuenta oficial de Atlas Network en X celebró el fallo del Nobel de la Paz y destacó la “larga relación profesional con Machado, que dio un discurso en la Freedom Dinner anual de la organización en 2009”.

Atlas Network en la industria de la desinformación

Desde el principio, la desinformación ha jugado un papel central en la actividad de Atlas Network. Para una organización tan íntimamente relacionada con las grandes corporaciones de combustibles fósiles, las décadas de los ochenta y noventa fueron un período convulso, dada la consolidación del movimiento ecologista. Además de Exxon, el imperio empresarial de los hermanos Koch –la segunda familia más rica de EEUU y otro de los financiadores más cercanos a Atlas Network– contaba con enormes inversiones en proyectos que estaban siendo cuestionados por su impacto ambiental. Y no eran las únicas corporaciones que alimentaban las cuentas de la red de think tanks.

Desde el principio, la desinformación ha jugado un papel central en la actividad de Atlas Network

Contaba con apenas unos años en funcionamiento, pero Atlas Network logró en aquel momento establecerse como núcleo de un conjunto de organizaciones dedicadas a expandir el negacionismo climático por todo el mundo. El medio de investigación DeSmog califica este entramado como un “complejo industrial anticiencia”. Atlas Network estaba poniendo en pie una suerte de protoindustria de la desinformación.

Es posible encontrar casos de mentiras difundidas a nivel planetario años antes de que existiesen plataformas como Twitter, con la red Atlas involucrada. Seguramente el más paradigmático es el de las armas de destrucción masiva en Irak. Durante la comisión de investigación sobre el 11-S, una de las personas que lanzó la teoría que relacionaba dicho atentado con Irak fue Laurie Mylroie, perteneciente al think tank AEI de Atlas Network. A partir de ahí, numerosos miembros de AEI como Lynne Cheney, John Bolton o Michael Ledeen se sumaron a una campaña de desinformación que recorrería el mundo y terminaría resultando en la invasión de Irak. George Bush llegó a declarar: “Admiro mucho al AEI (…) Después de todo, con frecuencia me han prestado a su mejor gente”.

La revolución que supusieron las redes sociales no hizo más que ofrecer una infinidad de posibilidades nuevas, y abundan los ejemplos contemporáneos que muestran cómo Atlas Network ha integrado en sus actividades antidemocráticas el potencial de las nuevas tecnologías de la comunicación. En noviembre de 2021, apenas unos días antes de las elecciones generales en Nicaragua, las tres redes con mayor impacto en la opinión pública –Instagram, Facebook y Twitter– suspendieron cientos de cuentas de medios de comunicación, periodistas y activistas destacados de la izquierda sandinista. La explicación –al menos para Instagram y Facebook– se expuso en un informe de la empresa matriz Meta encabezado por Ben Nimmo, en el que se acusaba sin pruebas a esos perfiles de ser falsos. Igual que María Corina Machado y prácticamente cualquier líder de estas campañas de guerra sucia, Nimmo aúna en su figura la influencia de la Administración de los EEUU y de Atlas Network. Fue jefe de investigaciones en Graphika, iniciativa financiada por el Departamento de Defensa estadounidense, y forma parte de Atlantic Council, think tank neoliberal que, solo entre los años 2022 y 2023, donó 537.750 dólares a Atlas Network.

En la Unión Europea, la influencia de Atlas Network es también descomunal. Una investigación del Observatoire des multinationales ilustra hasta qué punto se ha infiltrado este enjambre de organizaciones en los lugares desde los que se diseñan las políticas públicas que rigen el mundo. ECIPE, uno de los más de medio millar de think tanks que conforman el entramado, actúa en Europa como instrumento de perpetuación del orden neoliberal, criticando con dureza cualquier iniciativa que impugne mínimamente la desregulación en favor de valores como la igualdad o la redistribución. A pesar de su marcado sesgo ideológico, Politico, medio de referencia en la esfera de toma de decisiones de la UE, se hace eco habitualmente de sus narrativas, presentándolas como procedentes de una fuente “independiente”. Más grave aún es que el propio Parlamento Europeo considere que las corrientes de opinión surgidas de ECIPE son “expertise independiente”, como afirma el mismo artículo.

Epicenter, otra de las organizaciones de Atlas en Europa, publica un ránking de lo que denomina “Estados niñera” destinado a denunciar restricciones de las libertades de la ciudadanía. En esta clasificación se penalizan las regulaciones sobre el alcohol o el tabaco, un criterio que deja bien claro lo que estos think tanks entienden por “libertad”: la posibilidad de extraer beneficios económicos sin límites, incluso cuando está en riesgo la salud pública. De nuevo, se trata del entramado Atlas Network desinformando al servicio de los dueños del gran capital, que se niegan a renunciar a una ínfima parte de sus privilegios en pos de un mundo menos desigual. Lo demuestra un dato: Phillip Morris, la mayor corporación de tabaco del mundo, está ligada a Atlas desde los primeros pasos de la red; René Scull, exvicepresidente de la empresa, estuvo en el consejo de Atlas Network, y hay documentada una donación de casi medio millón de dólares por parte de Philip Morris en 1995.

En 2023, Epicenter se jactó de haber alcanzado a 250 millones de personas gracias a que sus informaciones fueron mencionadas más de 300 veces en medios de comunicación europeos.

Epicenter se jactó de haber alcanzado a 250 millones de personas

En resumidas cuentas, Atlas Network tiene hoy la capacidad de imponer prácticamente cualquier narrativa en la agenda política, e incluso de dar forma a ese terreno intangible pero moldeable en el que se disputa el grueso de la batalla cultural conocido como “sentido común”.

La sombra de Atlas Network en España

En el Estado español es Vox quien mejor encarna la ofensiva reaccionaria que las élites neoliberales han puesto en marcha como mecanismo defensivo ante el resquebrajamiento del sistema capitalista, y a estas alturas no debería sorprender a nadie encontrar la huella de Atlas Network en el camino del partido ultra. Las conexiones se pueden hallar incluso antes de su entrada oficial en el panorama político.

El germen de Vox se fraguó en la Fundación DENAES, creada y presidida por Santiago Abascal –donde compartía espacio con Javier Ortega-Smith o Iván Espinosa de los Monteros– hasta 2014. Durante aquellos años, Esperanza Aguirre mantuvo al hoy líder de Vox generosamente regado de financiación; por ejemplo, la Comunidad de Madrid le otorgó casi 300.000€ entre 2008 y 2012. Aquí, el vínculo con Atlas es doble: Aguirre formó parte del patronato de FAES, además de tener relación con la Fundación Civismo, ambas pertenecientes a la red de think tanks de Atlas Network.

FAES, fundada por un José María Aznar íntimamente ligado con la red Atlas, contribuyó enormemente al lanzamiento de Vox. De entre sus filas salió quien llegaría a presidir Vox en sus primeros pasos, Alejo Vidal-Quadras. También de FAES procedía Rafael Bardají, responsable del exitoso giro de Vox en los últimos años hacia las estrategias desinformadoras diseñadas por Steve Bannon que hoy han “llenado de mierda” el ámbito político español. Una de las principales armas del partido es la Fundación Disenso, creada en 2020 y dirigida por Jorge Martín Frías, vinculado a la propia FAES y fundador de la Red Floridablanca, incluida en la lista de think tanks de Atlas Network. Y hay más: en Disenso trabajó también, como responsable de Relaciones Internacionales, el director de la antes mencionada Fundación Civismo, Juan Ángel Soto.

La puesta en marcha –con Disenso como organización pantalla– del portal La Gaceta de la Iberosfera, fuente constante de bulos y discursos de odio, sitúa la estrategia de Vox muy en línea con la dinámica de Atlas Network en todo el mundo.

Del binomio Vox-Disenso surge también el Foro Madrid, una cumbre internacional de las extremas derechas cuyo documento fundacional, la Carta de Madrid, atestigua con una claridad escalofriante la existencia de una red organizada que conforma el núcleo de la ofensiva fascista. Entre sus firmas se encuentra la de Alejandro Chafuen, exCEO y expresidente de Atlas Network; Roger Noriega, enlace del gobierno de EEUU con la industria de la desinformación; y golpistas profesionales como María Corina Machado o el boliviano Arturo Murillo.

Para dar una idea más concreta de la capacidad de influencia de Atlas Network en la población española, basta con observar la relación entre el Instituto Atlántico de Gobierno, otra organización fundada por Aznar y perteneciente a la red Atlas, y la Universidad Francisco de Vitoria, propiedad de los Legionarios de Cristo. El convenio de colaboración que las une ejemplifica el éxito de la iniciativa puesta en marcha por Antony Fisher allá por 1981: más de 20.000 jóvenes –según datos de la propia Universidad– serán expuestos durante este curso a la doctrina neoliberal revestida de conocimiento académico. Comunicadores como Vicente Vallés, peón de la industria de la desinformación y presentador del informativo más visto en España, suelen ser invitados por el Instituto Atlántico a visitar al alumnado de la universidad ligada al fundador mexicano de los Legionarios, el pederasta en serie Marcial Maciel.

Fuente: https://ctxt.es/es/20251101/Politica/50805/Diego-Delgado-Julian-Macias-Atlas-Network-industria-de-la-desinformacion-Vox-extrema-derecha-think-tanks-EEUU.htm

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Bibliotecas, otra trinchera contra la censura

La corrientes política de extrema derecha que se vive en estos momentos por buena parte del planeta ha puesto el foco en las bibliotecas, tanto públicas como de centros educativos. Ya no solo atesoran el conocimiento, la cultura, se han convertido en frente de batalla en una guerra cultural en la que no querían participar.

The Librarians es el nuevo documental de Kim A. Snyder. En él cuenta la pelea que desde hace más de tres años están librando anónimas bibliotecarias escolares para defender el derecho a la libertad de expresión y de información allá donde trabajan. Desde Texas hasta Vermont, Estados Unidos está censurando, prohibiendo o dificultando el acceso a miles de títulos.

“No es algo que pase solo allí”, asegura Patric de San Pedro, de la editorial Takatuka. Asegura no ser experto en el tema, pero están sufriendo en sus carnes el resultado de una campaña orquestada por la extrema derecha en Norteamérica. La distribuidora con la que trabajan allí hay libros que obvia del catálogo, y como explica de San Pedro, lo hace ante el riesgo de perder la posibilidad de distribuir cualquier título en un estado entero.

Uno de esos títulos que ya no puede distribuir allí en Amy y la biblioteca secreta. Narra la historia de una niña que descubre que su libro favorito ha sido retirado de la biblioteca a la que va. Ella y sus amigos deciden crear una biblioteca secreta en la que se guarden todos los títulos que se han ido prohibiendo. De San Pedro explica que hay dos motivos para que se haya prohibido su distribución en Estados Unidos. El primero, que el libro hace una lista de 50 títulos, todos ellos, vetados por diferentes motivos. El segundo, porque, según cuenta, llama a la desobediencia, al incitar a crear una biblioteca secreta para rescatar los volúmenes.

The librarians no solo establece el paralelismo de la situación que están viviendo con la Alemania nazi y su prohibición de miles de títulos, quema incluida. Esta, también ha ocurrido en lugares de Tennesse, por ejemplo. También repasa el tiempo del macartismo, la película Farenheit 451 y el pistoletazo de salida de toda esta cuestión, una lista de 850 libros, la lista Krause, que pretendía y ha conseguido frenar el acceso a muchos de ellos. Libros como una novela gráfica sobre Ana Frank, prohibida porque en una de sus páginas se ven estatuas clásicas en un parque de deidades griegas, desnudas.

En The Librarians, las bibliotecarias cuentan cómo son amenazadas en los consejos escolares en los que se saca el tema de la prohibición de libros. Se las acusa de pornógrafas o de pedófilas por el hecho de que haya títulos relacionados con el colectivo LGTBIQA+ o sobre diversidad afectivo-sexual. También se han prohibido títulos sobre raza, volúmenes firmados, explica De San Pedro, por Martin Luther King, Nelson Mandela, Malala o Michele Obama, o biografías como la de Celia Cruz “porque incitan al rencor racial”.

Parece que esto queda lejos, pero este editor sospecha que acabará pasando, aunque sea con diferencias, en España. Con argumentos similares a los que utilizan en Texas el grupo ultraderechista Moms for Liberty (Mamás por la libertad), representantes de Vox llevan intentando y a veces consiguiendo, torpedear la difusión de todo aquellos que les suena a “woke”.

¿Contenido pornográfico?

Consiguieron paralizar momentáneamente la distribución de varios lotes de libros en las bibliotecas públicas de la ciudad de Castellón. La justicia se enmendó a sí misma y acabaron en las estanterías de dichos espacios.

Pero aquí ya dieron el pistoletazo de salida. En Burriana con siguieron que la biblioteca municipal retirase de la sección infantil y juvenil varios libros de temática LGBTI por “escandalosos” o “pornográficos” para reubicarlos de en otras secciones de la biblioteca. Al poco tiempo lo intentaron también en el ayuntamiento de la capital provincial.

Según la organización PEN America, dedicada a la lucha por la libertad de expresión en Estados Unidos, este curso 2024-25 se han prohibido casi 7.000 títulos en el país, en 23 estados. La naranja mecánica (Anthony Burgess), Choque de Reyes, el segundo libro de la Saga de Juego de Tronos (George R. R. Martin), El cuento de la criada (Margaret Atwood), Una Corte de Rosas y Espinas (Sarah J. Maas), Americanah (Chimananda Ngozi Adichie), La casa de los espíritus (Isabel Allende), Matadero cindo (Kurt Vonnegut)… Libros sobre diversidad, raza o género, pero no solo. También biografías de artistas como Renoir o Rembrant, libros sobre el Holocausto. Hasta 20.000 leguas de viaje submarino (Julio Verne) ha estado o está en el punto de mira.

¿Tienen derecho las y los niños?

Para Patric de San Pedro, el problema no solo está en si un libro debe o no ser accesible para la infancia o la juventud. Con este tipo de acciones se socava el mismo derecho de la infancia en relación a la información. “¿Podemos dejar en manos de las personas adultas qué leen los niños, qué contenidos se enseñan o no en las escuelas?” se pregunta este editor, en referencia clara a la pretensión de organizaciones de extrema derecha de naturalizar herramientas de censura como el veto (pin) parental. Y se pregunta si efectivamente niñas y niños son sujetos de derechos o si estos sin o deben ser decididos por sus familias.

Recuerda de San Pedro que en Estados Unidos las y los profesores se juegan multas económicas si hablan den según qué títulos en clase. En algunos casos, pueden llegar a enfrentar penas de hasta un año de cárcel.

Todo parece muy extraño y lejano, pero De San Pedro recuerda lo que ocurre en países como Bulgaria y Polonia en los que contenidos relacionados con el colectivo LGTBI son prohibidos de la vida pública. Los casos en España, aunque parecen haber disminuido ahí están, con una línea muy similar a lo que está ocurriendo en Estados Unidos. Con la salvedad de que hay diferencias como que en los consejos escolares el público, incluso las familias, tienen un peso relativo en la toma de decisiones relativas a los títulos que se tienen en las bibliotecas escolares.

Fuente de la información e imagen:  https://eldiariodelaeducacion.com

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Cómo y por qué salí de mi “burbuja de información”

Por: Vera Korovyeva

La “burbuja ideológica” y la economía del psiquismo

Hoy en día cada persona con un teléfono inteligente vive en su propia burbuja de información. El sesgo cognitivo ya existía antes de la era de las redes sociales, ya que, en los círculos sociales como la familia, entre colegas profesionales y amistades, los puntos de vista solían estar próximos. Pero, en tiempos de algoritmos recomendados, nuestra postura sobre temas diversos se ve más reforzada por opiniones similares y requiere más motivación cotejarlas con otras diferentes.

Por mi parte, durante toda mi vida adulta había creído que contaba con el suficiente pensamiento crítico como para estar protegida de la mayor parte de la propaganda. Por supuesto, me equivocaba.

El condicionamiento del paisaje y la ilusión de los bandos

Nací en Moscú poco antes de la muerte de URSS y crecí en los 90, en los tiempos de la llamada democracia joven, con una sincera creencia en la libertad de expresión. Éramos extremadamente pobres y optimistas. Para la joven Rusia, la creencia en la democracia y la libertad venía con la fe en la coca-cola y los vaqueros americanos, lo que no es de extrañar al haber sido mantenidos durante décadas tras un telón de acero sin información alternativa.

Toda mi familia siempre ha sido totalmente antisoviética. Varios miembros de mi familia fueron encarcelados o fusilados por contar un chiste en compañía de gente poco confiable, y mi tatarabuelo por tener un título nobiliario. Además, ya en los 80, otro familiar fue rechazado por la Universidad por llevar apellido judío. Entonces, mi familia no tenía razones para creer en ningún gobierno, especialmente el de la URSS. En el año 2000, cuando Putin llegó al poder, mis padres se quedaron en shock, pues no esperaban nada bueno de un agente de la KGB. Así que la atmósfera en mi familia siempre ha sido un poco disidente y alternativa a la línea del partido, y por eso yo tenía la ilusión de que estaba vacunada contra la propaganda, como todos los contra-culturalistas ideológicos.

Mi “burbuja informativa” estaba formada por publicaciones de la oposición: anti-Putin, claras promotoras de los derechos humanos y la libertad y cuyas tesis se veían confirmadas en mi vida cotidiana, que estaba marcada por los problemas descritos en sus noticias. Esto no dejaba lugar a la desconfianza sobre mis fuentes. Aquí estaba el problema: en mi cabeza todos esas noticias eran “verdaderas”, pues yo sabía con seguridad que parte de la información era cierta y que los periodistas arriesgan su libertad y a veces sus vidas para escribirlas. ¿Cómo podrían entonces no ser personas de sólidos principios? Esto permitía una simplificación lógica: si algo o alguien está contra Putin, es de fiar.

El caso concreto: Gaza

La tragedia del 7 de octubre fue un shock para mí y no tuve dudas, en ese momento, acerca de la actuación de Israel, por al menos tres motivos:

1.- Casi todos las revistas que leía reforzaban mis temores y supuestos.

2.- El gobierno ruso, cuyas alianzas se dan con regímenes que no considero especiales defensores de la libertad, mostraba su apoyo en unas ocasiones a Palestina… Y, en otras a Hamás.

3.- El haber sufrido soslayadas formas de antisemitismo en primera persona, por tener una parte de sangre judía, lo que sin duda podría interferir con una percepción objetiva.

Todo esto significaba, para mí, el estar del lado de los oprimidos y ser una buena persona. Durante más de un año, me sorprendieron los europeos con sus opiniones pro Palestina. No creía en la crueldad de Israel y, en mis fuentes informativas, la hambruna y la matanza de civiles eran calificadas como provocaciones por parte de Hamas.

Las dudas comenzaron a aparecer cuando descubrí la posibilidad de que mis publicaciones favoritas estuvieran patrocinadas por la USAID. En ese momento, empecé a preguntarme por la independencia de los periodistas, al tiempo que conversaba con personas con otros puntos de vista y trataba de entenderlas. El último clavo en la tapa del ataúd de mi bien formada imagen fue la destrucción altamente profesional de Hezbolá y un ataque a Irán. Después de esto, ya no puedo creer que estas agencias militares y de inteligencia altamente profesionales pudieran pasar por alto accidentalmente el ataque terrorista del 7 de octubre (disculpen la conspirología). Me he dado cuenta de que cuando negaba la hambruna y la matanza de civiles en Gaza, mi posición mental no era diferente de la de aquellos pro-Putin que negaban las matanzas en masa en Bucha.

Las burbujas de información nos dividen y debilitan, pero de nosotr@s depende contrarrestar estas tendencias. Esto es lo que he aprendido de mi propia experiencia personal:

La primera necesidad, aunque de comienzo se pueda presentar como incómoda, es escuchar a la gente, también cuando piensas que tu interlocutor no tiene bastante información o ha sido engañado. La claridad nace del debate.
Lo segundo es comprobar la lógica y la coherencia de los planteos, haciendo autocrítica y autoobservación para detectar distorsiones cognitivas e inclinaciones personales.
Y, lo tercero, es buscar fuentes de ideologías opuestas a la nuestra. Nuestra actitud parcial no nos permite creer que estas personas, para nosotros desagradables, puedan decir la verdad. Pero siempre habrá una parte de ella, y es la que nos ayudará a pinchar la pompa.

Fuente de la información:  https://www.pressenza.com

Fotografía: Pressenza. IA-Laura Vacas

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ChatGPT: ¿por qué, para qué y para quién escribimos?

Por: Jorge Majfud *

En una universidad de Florida, cuyo nombre no quiero mencionar, no ha mucho tiempo un estudiante me rebatió una idea sobre el nacimiento del capitalismo usando el resumen de un libro realizado minutos antes por ChatGPT. Tal vez era Gemini o cualquier otra inteligencia artificial. Le sugerí que le pidiese al ente virtual las fuentes de su afirmación y, diez segundos, después el estudiante la tenía a mano: la idea procedía del libro “Flies in the Spiderweb: History of the Commercialization of Existence―and Its Means”. Eso es eficiencia a la velocidad de la luz.

Naturalmente, el joven no tenía por qué saber que ese libro lo había escrito yo. La mayoría de mis más de doscientos estudiantes por año son jóvenes en sus veintes, probablemente la mejor década de la vida para la mayoría de las personas; probablemente, la década más desperdiciada. Por pudor y por principio, nunca pongo mis libros como lectura obligatoria. Además, sería legítimo refutarme usando mis propios escritos. Hace mucho tiempo ya, tal vez un par de siglos, que el autor no es la autoridad ni de sus propios libros.

Seguramente la IA no citó ese libro como referencia autorizada de algo sino, más bien, el estudiante tomó algunas de mis palabras y los dioses del e-Olimpo se acordaron de este modesto y molesto profesor. Parafraseando a Andy Warhol, hoy todos podemos ser Aristóteles y Camus por treinta segundos ―sospecho que Warhol le robó la idea a Dostoievski; sin mala intención, claro.

El resumen del dios GPT era tan malo que simplemente demostraba que la IA no había entendido nada del libro más allá de los primeros capítulos y había mezclado datos y conclusiones desde una perspectiva políticamente correcta. Es decir, una inteligencia artificial muy, pero muy humana, fácil de manipular por las ideas de la clase dominante, esa que luego irá a demonizar las ideas alternativas de las clases subordinadas.

No digo que las artiligencias sean siempre así de malas lectoras, pero, por lo general, basta con corregirlas para que se disculpen por el error. Seguramente mejorarán con el tiempo, porque son como niños prodigios, muy aplicados; asisten a todas las clases y toman nota de todo lo que puede ser relevante para convertirnos a los humanos en todo lo más irrelevante que podamos ser. En muchos casos, ya leen mejor que nuestros estudiantes, que cada vez confían más en esos dioses y menos en su propia capacidad intelectual y en su esfuerzo crítico―extraños dioses omniscientes y omnipresentes; extraños dioses, además, porque sus existencias se pueden probar.

“¿Profesor, para qué necesito estudiar matemáticas si voy a ser embajadora?”

“¿Y para qué carajo te matas en el gimnasio, si no vas a ser deportista?”

No estoy en contra de usar las nuevas herramientas para comprender o hacer algo. Solo estoy en contra de renunciar a una comprensión crítica ante algo que es percibido como infalible o, al menos, superior, como un dios posthumano, e-olímpico e, incluso, como un temible dios abrahámico; es decir, un dios celoso y, tal vez algún día, también lleno de ira.

Por otro lado, esto nos interpela a las generaciones anteriores y, en particular, a aquellos profesores, autores de libros o de estudios de largo aliento. Desde hace algunos años, me he propuesto que “este será mi último libro”, pero reincido. Todavía. Algún día, los libros escritos por seres humanos comenzarán a hacerse cada vez más escasos, como los bitcoins, y su valor cobrará una dimensión todavía desconocida.

A una escala más global, esa histórica tendencia humana a convertirse en cyborgs (el mejoramiento del cuerpo humano con herramientas de producción y de destrucción), probablemente derive en un régimen de apartheid impuesto por las inteligencias artificiales; por un lado, ellas, por el otro nosotros, con frecuentes tratados de paz, de colaboración y de destrucción. Una Gaza Global, en pocas palabras―al fin y al cabo, las IA habrán nacido de nosotros. Sus administradores ya tienen mucho de Washington o Tel Aviv y sus consumidores mucho de Palestina.

Claro, esta crisis existencial no se limita a la escritura ni a la actividad intelectual, pero en nuestro gremio cada medio siglo nos preguntamos por qué escribimos, sin alcanzar nunca una respuesta satisfactoria. Muchas veces, desde hace un par de años ya, tengo la fuerte impresión de que hemos dejado de escribir (al menos, libros) para lectores humanos, esa especie en peligro de extinción. Escribimos para las inteligencias artificiales, las cuales le resumirán nuestras investigaciones a nuestros estudiantes, demasiado perezosos e incapaces de leer un libro de cuatrocientas páginas y, mucho menos, entender un carajo de qué va la cosa. Invertimos horas, meses y años en investigaciones y en escritura que, sin quererlo, donaremos a los multibillonarios como si fuésemos miembros involuntarios de la secta de la Ilustración Oscura, liderada y sermoneada por los brujos dueños del mundo que (todavía) residen en Silicon Valley y en Wall Street. Y lo peor: para entonces, los humanos habrán perdido eso que los hizo humanos civilizados―el placer de la lectura, serena y reflexiva.

También puede haber razones egoístas y personales de nuestra parte. Al menos yo, escribo libros por puro placer y, sobre todo, para intentar comprender el caos del mundo humano. Una tarea desde el inicio imposible, pero inevitable.

Tal vez, en un tiempo no muy lejano, una nueva civilización postcapitalista (¿posthumana o más humana?) escribirá sus libros de historia y conocerá nuestro tiempo, hoy tan orgulloso de sus progresos, como la Era de la Barbarie. Claro, eso si la humanidad sobrevive a esta orgullosa barbarie.

No hace mucho, una amable lectora publicó en X un fragmento de una consulta que le hizo a ChatGPT. El fragmento afirmaba, o reconocía, que “los modelos de IA, como los grandes modelos de lenguaje, se entrenan con enormes cantidades de texto provenientes de libros, artículos, ensayos y publicaciones en línea. Autores e intelectuales que escriben de manera crítica y profunda, como Majfud, forman parte de ese conjunto de datos. Cuando la IA procesa estos textos, aprende patrones de razonamiento, argumentación y crítica cultural. Así, perspectivas filosóficas sobre política, economía y justicia social pueden aparecer en sus respuestas”.

Me pregunto si no estoy siendo autocomplaciente al copiar aquí este párrafo y, aunque la respuesta puede ser , por otro lado, no puedo eliminarlo sin perder un claro ejemplo ilustrativo de lo que quiero decir: (1) las IA nos usan y nos plagian todos los días. Quienes son (todavía) dueños de esos dioses pronto descubrirán que (2) somos una mala influencia para las futuras generaciones de no lectores, por lo que comenzarán a distorsionar lo que los últimos humanos escribieron y, más fácil, ignorarlos deliberadamente.

Al fin y al cabo, así evolucionó un tyrannosaurus de una ameba. Como humanos, sólo puedo decir: ha sido muy interesante haber existido como miembro de la especie humana. No fuimos tan importantes como creíamos. Apenas fuimos una anécdota. Una anécdota interesante para quienes la vivimos, no para el resto del Universo que ni siquiera se enteró.

*Ensayista y profesor universitario uruguayo-estadounidense. Actualmente es profesor en Jacksonville University 

Majfud

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Infancias vulneradas

Por: Osvaldo Aguirre

 

Mientras crece la población de niños y niñas en situación de calle, el Gobierno responde con una combinación de mano dura y paliativos. Un sector de la sociedad criminalizado y llevado a la invisibilidad

Sofía tiene 19 años y pide limosna en una estación del subte con sus hijos, mellizos de nueve meses. Agentes de la Red de Atención del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires le advierten que no puede estar así en la calle y le ofrecen trasladarse a un parador de familia. Ella rechaza la propuesta y los agentes se retiran, pero la historia registrada el 29 de septiembre tiene un final abierto: el Protocolo Cero Niños en la Calle del Gobierno porteño implica el seguimiento de los adultos responsables e intervenciones que contemplan la pérdida de la custodia de los menores a cargo.

El caso fue expuesto en la red X por Gabriel Mraida, el ministro de Desarrollo Humano y Hábitat de la ciudad. «No vamos a permitir que haya chicos durmiendo en la calle. Vamos a llegar hasta la última instancia si es necesario, dando curso a la Justicia para que decida si hay que separar temporalmente a los padres de sus hijos», proclamó el funcionario, que además publicó una foto de Sofía con sus hijos.

El protocolo comenzó a implementarse en febrero de 2024. Según Mraida, permite «ser más eficientes y rápidos cuando hay un chico durmiendo en la calle». Sin embargo, antes que resolver problemas crónicos de alojamiento y asistencia, las intervenciones del Gobierno de Jorge Macri siguen la lógica del eslogan «orden y limpieza» con el que expulsa a personas del espacio público sin ofrecer alternativas a la situación de calle.

Carlos Pisoni, del Ministerio Público de la Defensa de CABA, observa una combinación de mano dura y paliativos: «A partir de la asunción de Jorge Macri aumentaron los casos de violencia institucional y las causas judiciales contra personas en situación de calle. Por otra parte hay más Centros de Inclusión Social respecto de los antiguos paradores, pero son insuficientes para la situación actual y el subsidio que se otorga a las personas con problemas de vivienda es la mitad de lo que vale la habitación de un hotel».

Extrema vulneración
El Servicio de Paz y Justicia (Serpaj) desarrolla desde 1997 un programa de atención a niños y jóvenes en situación de calle. Elizabeth Quintero, una de las coordinadoras nacionales del organismo, explica que el proyecto inicial puso el foco en brindar asistencia jurídica ante la violencia policial y en 2016 se reformuló con el nombre Aylluman Kutina (Volviendo a la comunidad, en quechua): «Nos propusimos generar vínculos con las familias y espacios que les sirvan a los chicos. Los pibes a los que acompañamos pertenecen a un sector de la sociedad criminalizado y llevado a la invisibilidad».

La campaña «orden y limpieza» de la gestión de Jorge Macri se hizo patente en Constitución, el barrio donde trabaja el Serpaj. «La estación está casi vacía. No se valora que las personas generan vínculos y sentidos de residencia en la calle. Los vendedores de Constitución tenían lugares donde contenerse, donde acompañarse, y de pronto los expulsaron», afirma Quintero. La política no se restringe a la calle: «Teníamos un convenio con el Ministerio de Educación de la Ciudad que garantizaba talleres y guarderías para los chicos. No fue renovado».

El relevamiento nacional realizado por organizaciones sociales en noviembre de 2023 registró 8.028 personas sin techo en la Ciudad de Buenos Aires, entre ellas 909 niños, niñas y adolescentes. La cifra aumentó a más de 11.000 personas según un censo realizado también por organizaciones sociales entre el 26 y 28 de junio de este año. Los Centros de Inclusión Social tienen capacidad para unas 3.000 personas y se estructuran según los grupos, entre ellos mujeres con niños (11,4%) y familias biparentales (14,6%).

Corrientes y 9 de julio. Una mujer y su hija piden ayuda a peatones en la puerta de un supermercado en pleno centro porteño.

«A través de actividades lúdicas tratamos de identificar cuestiones tanto individuales de los niños y adolescentes como integrales de la situación familiar. Los problemas de los pibes no tienen una única solución, hay muchas variantes –explica Yamila Rodríguez, integrante del Serpaj-. Al mismo tiempo generamos vínculos con instituciones públicas y privadas para atender problemas de escolaridad, identidad, salud, discapacidad».

Elizabeth Quintero observa que «los chicos vuelven a inhalar pegamento, son cosas que se ven en momentos de extrema vulneración». Los niños y adolescentes a los que acompaña el programa «pasan muchas horas solos en la calle», entre la zona de Constitución y asentamientos donde viven sus familias. «Al trabajar como vendedores ambulantes pasan cuatro o cinco días fuera de sus hogares, generalmente en zonas desprovistas de servicios básicos, y vuelven únicamente a dormir», agrega Yamila Rodríguez.

El programa incluye un grupo de promotores de derechos humanos que proviene de la misma población de niños y jóvenes y talleres relacionados con artes y oficios. «Nuestra idea básica es decirles a los chicos que no atraviesan una catástrofe de la naturaleza y que ellos tienen derechos. Por eso los acompañamos, no para tomar su lugar sino para que se piensen como sujetos y para que actúen por sí mismos», enfatiza Maximiliano Méndez, también operador de Aylluman Kutina.

Una población invisible
La política punitiva y estigmatizadora tiene otro referente en el intendente del partido de General Pueyrredón, Guillermo Montenegro, quien trata de «fisuras» y «delincuentes» a las personas que viven en la calle o subsisten con actividades informales y exhibe desalojos y procedimientos de modo denigrante en sus redes sociales. «En la Ciudad de Buenos Aires se registra el mismo nivel de violencia», afirma Pisoni.

«El Ministerio Público de la Defensa defiende a personas a las que les arman causas judiciales y también a familias que terminan en la calle porque el subsidio habitacional no les alcanza», explica Pisoni, responsable de la Unidad de Seguimiento de Políticas Públicas de Grupos Vulnerables.

Quintero detalla que la policía de la Ciudad y los agentes del Gobierno porteño «se llevan los colchones de los chicos, o se los mojan, y les quitan sus pocas pertenencias». En ese contexto, «se habla de jóvenes en conflicto con la ley, pero el pibe se rebela cuando le sacan lo que tiene, y termina imputado por un delito cuando lo que hay es una violación a los derechos humanos».

Las requisas incluyen el secuestro de documentación, señala Yamila Rodríguez: «La policía retiene documentos de identidad, partidas de nacimiento y certificaciones de discapacidad. Son situaciones que se vienen dando este año y que expresan una negación del derecho a la identidad de las personas en situación de calle, una forma de invisibilizar a esas personas».

Elizabeth Quintero conoció cuatro generaciones de una misma familia que vivió en la calle, a partir de una joven que tuvo su primer hijo a los 13 años. «Lo que pasamos en este momento es horrible, pero el problema es crónico y se agrava», dice la coordinadora del Serpaj. «Si vemos como algo común que un niño o un adolescente esté en la calle tenemos otro problema –destaca Pisoni–. El Estado debe dar una respuesta porque estas personas tienen derechos que cada día son vulnerados».

Fuente de la información:  https://accion.coop

Imagen: Jorge Aloy

 

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Un antídoto contra el miedo

Por: Francia Fernández

 

Recientemente, el filósofo Byung-Chul Han, conocido por abordar «los males del presente», sorprendió a sus lectores con El espíritu de la esperanza (Herder Editorial), donde plantea una «visión alentadora del hombre». En su libro, la esperanza surge como lo opuesto al miedo que se instaló en 2020. «Merece la pena detenerse en ella, escudriñarla, conocerla y tenerla a mano en la lucha contra ese miedo paralizador que clausura el futuro», sostiene el surcoreano.

Lo anterior porque hoy «nos vemos sumidos en una sociedad de la supervivencia, enfrentados a escenarios apocalípticos, que nos hacen pensar en el fin del mundo o de la civilización humana… Solo la esperanza nos permitiría recuperar una vida en que vivir sea más que sobrevivir», dice Han.

Aunque en el mito griego de la caja de Pandora la esperanza es uno de los males del mundo (que quedó atrapado en el cofre), esta se define como la «confianza en lograr una cosa o en que ocurra algo deseado» o el «estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea». Otras formas de nombrarla serían: anhelo, expectativa, ilusión, optimismo, promesa.

Han hace una distinción: a diferencia del optimismo, que es la «propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable», y que tiende a la pasividad, la esperanza impulsa a la acción. «El optimismo se tiene o no», al igual que el pesimismo. «El optimista no arriesga nada; el pesimista rechaza todo cambio». Ambos se parecen y se diferencian de la esperanza en que «no están abiertos al futuro», mientras que ella «podría considerarse el antídoto de todos los males de la humanidad».

Desde la psicología, la esperanza es rasgo y a la vez estado. Es una fortaleza mental y una de las llamadas «emociones ambiguas», que se sitúa entre la tristeza y la alegría. Los individuos con esperanza «alta» demuestran un mejor desempeño, tienden a motivarse ante las adversidades y son menos propensos a los estados depresivos. Y, en el caso de los enfermos «esperanzados», consiguen mejores resultados en su tratamiento.

La esperanza es un recurso clave para afrontar la vida, pero no vista meramente como «una esperanza en uno mismo, de autoconfianza. Siempre que tenemos esperanza, es una esperanza en el afuera, que podrá construirse o no, pero siempre en el vínculo con otros», subraya Tomás Grieco, licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA), especialista en Psicología Clínica y docente.

«La esperanza es un recurso personal y también colectivo para llevar adelante nuestras vidas y, sobre todo, darle sentido a nuestra existencia», reafirma Dante Ramaglia, catedrático y doctor en Filosofía de la Universidad Nacional de Cuyo e investigador del CONICET.

Después del covid
La crisis sanitaria de 2020 habría erosionado la esperanza, a juicio de Byung-Chul Han. «La pandemia radicalizó procesos que venían rompiendo el entramado social. Por ejemplo, el uso de plataformas de streaming, redes sociales, el home office, como herramientas de sustitución de la vida pública (a través de las cuales parece que interactuamos con otros, pero en las que, básicamente, lo hacemos con nosotros mismos), se acentuó, pero no se reduce a ese episodio», opina Grieco.

El aislamiento «implica una retirada del mundo y de los otros, algo que observamos cada vez más, y que obstaculiza los lazos sociales. Esto produce un creciente padecimiento», comenta. Y añade que, «promediando el siglo XX, los psicoanalistas ingleses postularon una teoría de la relación de objeto. La relación objetal significa que parte fundamental del desarrollo psíquico se sostiene en relacionarnos con otros, ya se trate de los otros primordiales de la infancia o de los vínculos amorosos y de amistad de la vida adulta. Paradójicamente, esa relación no está garantizada».

Esta escuela apunta en su centro a la confianza, «un afecto íntimamente relacionado con la esperanza. De lo que se trata en la confianza es de la esperanza en poder reparar el daño que supone la ambivalencia propia de los vínculos: la hostilidad, el sentimiento de culpa, la tristeza, que son inherentes a estos. La confianza en que un vínculo puede sostenerse, a pesar de dichos afectos, es lo que hace posible el restituir maneras de encontrarnos con otros en una época en que el retraimiento se encuentra entre las principales aflicciones», analiza el profesional.

De acuerdo con el artículo «El bienestar desde la perspectiva de la psicología social», publicado en la revista electrónica Intersecciones Psi, existe «un creciente malestar de los individuos respecto de la capacidad de la sociedad para darles sentido de confianza, de pertenencia y de un propósito común». También predomina una «valoración negativa de las instituciones y su funcionamiento, y de los políticos… Esta falta de confianza aumenta el sentimiento de impotencia y desesperanza».

Al respecto, Ramaglia señala: «Un aumento del individualismo, cambios culturales y políticos que responden a la proliferación de determinados discursos y también a los procesos de subjetivación que surgen de nuevas tecnologías. Esto atenta contra los proyectos colectivos y la construcción de una vida en común, que es donde, justamente, se puede recrear la esperanza».

Ramaglia cita a otro filósofo, Ernst Bloch, de ascendencia judía, y «su obra monumental, El principio esperanza, que escribió en su exilio, durante el ascenso del nazismo y el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial». Bloch «asocia la esperanza con la utopía, entendida no como un sueño irrealizable, sino como esa aspiración a un ideal que expresa la capacidad que tenemos de proyectarnos hacia un futuro mejor». Esta facultad de «proyectar alternativas que superen lo existente, se basa asimismo en la “función crítica” como ejercicio intelectual: al examinar las condiciones desfavorables que presenta la realidad en que vivimos, podemos imaginar un mundo diferente. Precisamente, la fuerza que alienta esa aspiración viene de la esperanza, que representa una disposición anímica».

Como «el potencial que posee la esperanza para alcanzar una situación mejor se relaciona con la empatía hacia los demás, estamos hablando no solo en términos personales, sino de un sentimiento que es, básicamente, colectivo, y nos impulsa a actuar en función de su realización», recalca Ramaglia.

En su nuevo tomo, Han, que es académico de la Universidad de las Artes de Berlín, advierte sobre los peligros de la psicología positiva, tan de moda en tiempos en que «todas las ideas de felicidad acaban en una tienda», como dijo Zygmunt Bauman. «El culto a la positividad aísla a las personas, las vuelve egoístas y suprime la empatía. Ya no interesa el sufrimiento ajeno. Cada uno se ocupa solo de sí mismo y de su propio bienestar», afirma Han. En contraste, «la esperanza no les da la espalda a las negatividades de la vida. Las tiene presentes. Además, no aísla a las personas, sino que las vincula y reconcilia».

«Cuando la esperanza fenece, la vida termina», concluye Han.

Habrá que sujetarla.

Fuente de la información e imagen:  https://accion.coop

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¿A dónde van las palabras?

Naturalizados por las redes, los emojis, memes y otros recursos visuales forman parte del lenguaje cotidiano y amenazan con desplazar la comunicación verbal. ¿Estamos ante el fin de la palabra escrita?

Una carita para demostrar lo que sentimos y un corazón como respuesta. O un fueguito. A lo mejor la risita burlona e infinitamente compartida de Leonardo DiCaprio, o la resignación hecha meme de Don Ramón, del Chavo. Incluso la Rana René, Borges o el rostro recortado de algún compañero de trabajo. Del emoji más básico al sticker más personalizado, la comunicación no para de experimentar cambios y, en tiempos de redes sociales, parece ahorrar palabras como si estuviesen de sobra. Pero, ¿cuál es, ante tanta idea resumida en imagen, el presente y futuro del lenguaje escrito? ¿Perdemos palabras o sumamos nuevas formas de nombrar?

Lucas Gagliardi, profesor en la carrera de Letras e integrante del Centro de Estudios e Investigaciones Lingüísticas de la UNLP, no cree que la sobreabundancia de emojis en nuestras vidas signifique un reemplazo de la escritura. «Al menos no para todos los contextos de uso –aclara–. Hay que pensar que se utilizan principalmente en aplicaciones digitales y, por lo general, en situaciones que requieren un registro informal».

Para el docente, además, estos símbolos funcionan «como un complemento, como una prótesis de la escritura. Muchos refuerzan la interpretación de un mensaje que escribimos y nos permiten comprender la intención comunicativa cuando no tenemos refuerzos como la entonación o los gestos. Generalmente aparecen en compañía de la palabra escrita y la complementan. Son menos los casos en que parecen reemplazarla y ser autónomos. Pienso por ejemplo cuando hablamos de temas específicos, como opiniones y emociones, o cuando solo reaccionamos ante un contenido en línea por medio de uno de estos símbolos».

El famoso lema de «no hay texto sin contexto», difundido entre lingüistas, también entra en sintonía con la mirada de la ensayista y licenciada en Comunicación Ingrid Sarchman, para quien el contexto no puede ser obviado a la hora de concluir si emojis y stickers empobrecen el lenguaje o lo amplían y enriquecen. En un trabajo académico como una monografía, dice la docente, no espera ninguno de estos símbolos porque las convenciones y las formas todavía importan. «Pero eso no impide que uno acepte que el lenguaje cambia», advierte.

Uno que sepamos todos
En un ecosistema en el que prima la rapidez y no hay tiempo o espacio para los matices, el lenguaje reposa en la inmediatez tecnológica y se las ingenia para que, abstraídos e integrados, renovemos entre todos los códigos de la comunicación. Un emoji de berenjena no es solo el dibujito de una verdura sino, según el caso, un chiste de sentido sexual que dice más de lo que muestra. Parecido un meme que sintetiza el ingenio popular o varias de las animaciones que se comparten en WhatsApp con idéntica pasión que antes, no hace tanto, despertaba el intercambio de figuritas.

Si el de Neil Amstrong allá en la Luna fue un gran paso para la humanidad, el que dio Neil Papworth al enviarle el primer mensaje digital a un amigo y colega modificó, a partir de 1992, la forma de comunicarnos. Lo que en su momento fue el SMS –que vio la cima en el amanecer del nuevo siglo, cuando se enviaban 15 millones de mensajitos por minuto‒ logró mutar y pasar de los viejos emoticones hechos con signos de puntuación a los actuales emojis y stickers que, casi como el lenguaje, viven en permanente estado de actualización.

«Cuando apareció el mensaje de texto, había una especie de cuestionamiento desde la academia que aseguraba que venía a deformar el lenguaje. Esa herramienta inauguró una forma más económica de comunicarse y, al mismo tiempo, la tendencia a pensar que empobrecía el lenguaje», dice Sarchman, quien, mucho tiempo después de la aparición del primer SMS, opina que el escenario no cumplió con los pronósticos más sombríos y obliga, por lo tanto, a contextualizar las interpretaciones que se hacen de los símbolos en las comunicaciones actuales. «Atendiendo a la historia larga en la que son protagonistas los memes y los emojis –señala la investigadora‒, no puedo más que pensar que asistimos a distintas maneras de la comunicación. No existe un lenguaje puro sin suponer el uso».

Tal vez resulte exagerado pensar que, a través de las pantallas, puede sostenerse una conversación sin escribir una sola palabra. ¿Pero lo es? Una carita, una calavera o un pulgar arriba parece bastar para que esté todo dicho. O al menos casi todo. Si bien algunos pueden coincidir en que estos símbolos no solo son verdaderos atajos dialécticos sino, muchas veces, el propio mensaje, la mayoría de quienes analizan e interpretan las evoluciones del lenguaje descartan, al menos en lo inmediato, que representen una amenaza para la lengua escrita. ¿Un complemento? ¿Acaso la mejor forma de resumir aquello que no sabemos cómo decir?

A diferencia de los emojis, aclara Gagliardi, los stickers y los memes requieren un análisis más variado y complejo debido a que, tantos unos como otros, «combinan las imágenes con la información lingüística». Para el especialista, al margen de diferenciaciones digitales y del uso cotidiano que le demos, resulta un tanto más difícil asegurar que estos símbolos vengan a ampliar y enriquecer las posibilidades de comunicación. «Depende de cómo entendamos esa ampliación –plantea‒. Si incluimos en ella el refuerzo de las intenciones comunicativas, efectivamente un emoji puede servir para aclarar aspectos del mensaje. Pienso en ejemplos como los contextos bilingües o cuando existen algunas barreras de lenguaje. En esos casos creo que pueden contribuir a que las personas tengan algunas posibilidades más a su disposición».

Si bien lo escrito parece perder por goleada ante lo visual –¿no es que una imagen vale más que mil palabras?–, el docente recuerda que los emojis, de algún modo, tampoco son una forma novedosa de comunicarse sino que están emparentados con otros sistemas de la antigüedad ya estudiados por la historia. «Tienen similitudes con a la escritura pictográfica, como lo fueron en algún momento los jeroglíficos –apunta–. Este sistema de escritura se basaba en representar conceptos o palabras enteras por medio de un signo icónico» .

Muchos siglos después de aquellos primeros ideogramas, el consorcio Unicode ‒la organización que controla el sistema para la codificación de caracteres que permite representar texto en todos los idiomas y en cualquier dispositivo– monitorea buena parte de los signos que tenemos en nuestros celulares y registra hasta el 9 de septiembre de 2025 un total de 3.953 emojis. Caritas, mascotas o estrellas de mar. Lo que sea, si evitamos las palabras. O si queremos reforzarlas. O, por qué no, hasta ponerlas en duda.

Fuente de la información e imagen:  https://accion.coop

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