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El porvenir de una ilusión: clases medias en América Latina

Por: Cecilia Güemes y Ludolfo Paramio

Los gobiernos se alegran cuando los indicadores reflejan el aumento de las clases medias, y los ciudadanos no dudan en autocalificarse de clase media cuando existe alguna posibilidad de hacerlo. ¿Cuánto hay de realidad y cuánto de ilusión en la clase media? ¿Qué diferencia a las nuevas clases medias de las tradicionales? ¿Qué dicen los datos sobre las clases medias latinoamericanas?

 

Hubo un tiempo que fue hermoso… América Latina soñaba con convertirse en una región de clases medias. Ya no sería vista como una zona del mundo pobre, atrasada, subdesarrollada y tercermundista (adjetivos todos políticamente incorrectos, pero que perviven en el imaginario colectivo). El crecimiento económico y las políticas sociales sembraban esperanzas de tipo económico (aumento del consumo, oportunidades de negocio y emprendimiento), social (superación de la pobreza y reducción de la desigualdad), político (profundización y consolidación de las democracias y reconocimiento de nuevos derechos) y cultural (visibilización de nuevas identidades).

La idea de clase media operaba como premio y conquista, se superaba un reto político y social histórico de la región como era la pobreza y se compartía en el imaginario colectivo la aspiración a una mejora generalizada. Todos eran conscientes de que la idea de clase media era compleja e indeterminada, pero aun así era atractiva y necesaria para creer y construir un futuro.

Tradicionalmente, la clase media se dibuja como un grupo social heterogéneo que incluye a personas con posiciones muy distintas en la estructura productiva1 pero que, de alguna manera, se suponen unificadas por una identidad social, características culturales y/o cierto nivel de ingresos medios. La categoría «nuevas clases medias» agrega más complejidad a la materia, en tanto se refiere a quienes han dejado de ser pobres y han experimentado movilidad social ascendente gracias a programas de transferencia condicionada, pero cuya situación es inconsistente, precaria o vulnerable. Se trata de hogares donde el ingreso total familiar es superior al de los pobres (sus integrantes pueden comprarse una moto o nuevos electrodomésticos, o irse de vacaciones) pero que, en general, dependen del autoempleo o de un trabajo que no está regido por contrato ni goza de cobertura de seguridad social, y cuya capacidad de ahorro es muy limitada, cuando no nula2.

Los gobiernos sabían que la mejora en el poder adquisitivo no transforma automáticamente la estructura social, pero de todas maneras se sentían orgullosos de sus logros y auguraban bienestar futuro con datos en la mano: tres de cada diez personas podían considerarse de clase media en 2009 (Banco Mundial)3; los hogares de clase media habían pasado de 26% en 1996 a 32,5% en 2006 (Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Cepal)4 y 70% de los ciudadanos se reconocía como de clase media o media baja en 2011 (Latinobarómetro). El cuadro de la página siguiente ilustra la evolución actual de las clases medias en la región. En términos objetivos, parece confirmarse la tendencia al alza de las clases medias. En términos subjetivos, no. Sabemos que la compulsión a calificarse de clase media obedece a la necesidad de no sentirse pobre pero tampoco rico y a un criterio de distinción que se utiliza para diferenciarse culturalmente, pero poco se conoce sobre los mecanismos que conducen a un sujeto a sentirse de clase media. ¿Qué representación social, razones o motivos conducen a un individuo a autodefinirse en esa categoría? Especialmente interesante es el caso de Argentina, donde la percepción de pertenecer a la clase media desciende de modo más abrupto que en el resto de la región, mientras que la percepción de ser de clase media-baja se incrementa (v. gráfico). Los datos sugieren una especie de trasvase de la clase media a la media-baja.A fines del siglo pasado, en Argentina se hablaba de una caída escalonada, astillamiento y pauperización de las clases medias y de la conversión de buena parte de ellas en «nuevos pobres». Esta dualización o quiebre dentro de la clase media se asociaba a los ganadores y perdedores de la globalización y al desarrollo de políticas neoliberales5. Evolución de la autoafiliación de clase en Argentina (2011-2018)6

Más allá de la pérdida de atractivo de los relatos globales en torno de la idea de clase media, una clave explicativa para la caída en la autopercepción puede tener que ver con la frustración de expectativas sociales (tengo mucha educación pero no encuentro trabajo) y la desilusión política (la democracia prometió mucho más de lo que luego cumplió)7. Desde otra perspectiva, también puede que exista entre quienes saben que son parte de la clase media un deseo de activar una nueva referencia identitaria y liberarse de las etiquetas negativas asociadas a la «psicología» o el «arquetipo» histórico de las clases medias tradicionales («mediopelo», conformistas, individualistas y superficiales)8.

En los párrafos que siguen caracterizamos a las «nuevas» clases medias latinoamericanas centrando la atención en perfiles, actitudes, comportamientos y demandas. El objetivo es múltiple. Primeramente, interesa destacar las peculiaridades de las nuevas clases medias en términos culturales e identitarios, diferenciándolas de las clases medias tradicionales. En segundo lugar, se describen las razones estructurales que motivan a que las nuevas clases medias se sientan «clases a medias». En tercer término, se presentan las percepciones y actitudes de las clases medias, centrándose en el enojo de estas frente a la ineficiencia institucional, la baja calidad en los servicios públicos, la corrupción y la inseguridad. Por último, se describe su pragmático y errático comportamiento político9.

Las nuevas clases medias: el juego de las diferencias

Los trabajos recientes sobre clases medias contraponen las clases medias nuevas o «emergentes» a las clases medias tradicionales. La bibliografía económica se refiere a las primeras como «vulnerables», mientras que la de corte sociológico introduce conceptos como los de «clase media divergente». Esto conduce a preguntarnos si existen entre estos estratos sociales solo diferencias cuantitativas o de grado (de consumo, ingresos, ahorro) o también diferencias cualitativas (de identidad, preferencias o comportamiento político). A continuación ofrecemos datos que permiten suponer que las nuevas clases medias son parecidas y, a la vez, diferentes de las clases medias tradicionales cuantitativa y cualitativamente. Opinan y ven los problemas sociales de modos parecidos, pero son más frágiles en términos estructurales, viven en el día a día más preocupadas y su comportamiento político es más impredecible.

Diferencias culturales y estructurales

Empecemos por las diferencias: las nuevas clases medias tienen una construcción cultural/identitaria disímil de la de las clases medias tradicionales. Si bien son igualmente aspiracionistas, no buscan homologarse al canon cultural de las clases altas ni tienen en su horizonte el consumo característico de la modernidad ilustrada, como sí lo tenían las clases medias tradicionales. Su consumo se concentra en tecnología, educación privada, ropa o productos de ciertas marcas y se verifica una combinación de capitales simbólicos que fusiona lo ancestral y la modernidad. Su exhibición de riqueza dista de la propia de la clase media tradicional, que gasta en viajes o compra artículos finos. Su momento de ostentación de poder económico está en las fiestas infantiles y la ropa de marca, en estar informado de los nuevos avances tecnológicos (computadoras, celulares, televisores, sistemas de audio, juegos). Lo cultural es reemplazado por el saber como destreza y habilidad para desarrollar un emprendimiento profesional10.

Si las «viejas» clases medias están integradas por empleados en trabajos no manuales (especialmente funcionarios públicos), citadinos, occidentalizados, que viven en barrios tradicionales cerca de clases altas, las «nuevas» clases medias incorporan a trabajadores manuales, que viven en las afueras de la ciudad o en nuevos barrios y tienen gustos occidentales matizados por un toque cultural y racial reivindicativo. El componente racial indígena está mucho más presente que en las clases medias tradicionales.

Buena parte de la nueva clase media creció a espaldas de los gobiernos y, por tanto, se conforma con que se la deje funcionar a su manera. No existe para quienes la integran diferenciación entre obrero y empleado, son multitareas y se ven como «dueños» más que como empresarios, a la vez que utilizan aporte de trabajo vía trueque entre amigos y vecinos.

En Bolivia, las investigaciones sostienen que la nueva clase media tiene la aspiración de tener un negocio propio (66,3%) y poco deseo de un empleo formal (17,2%) o con alta remuneración (16,5%). La gran mayoría de quienes se definen como de clase media se consideran mestizos (78,3%) y 13,2% se autoidentifican como indígenas; el rasgo colectivista los distingue de la clase media tradicional, más individualista11.

Tanto los ponchos, las polleras y las wiphalas que inundaron las instituciones y espacios públicos como la arquitectura «con identidad propia» que combina iconografía, colores y diseños ancestrales en El Alto (los llamados cholets) reflejan visualmente la hibridación de estilos y códigos que caracteriza a las nuevas clases medias andinas o pequeña burguesía chola12. Ello deriva en criterios musicales, modas y formas de convivencia específicas. Hay un acceso a la cultura global que les permite seguir patrones de moda y comportamiento internacional, a la vez que tradiciones y modos de ser más colectivistas heredados de padres que se combinan. Integran esta clase media «divergente» tanto los migrantes rechazados, esto es, personas que al llegar a la ciudad se sienten despreciadas por las clases medias tradicionales y los gobiernos y se instalan en las periferias, como sus hijos, a los que cabe llamar mestizos citadinos, en tanto se educan bajo dos influencias: la tradicional de sus padres y la moderna de la ciudad13.

Como prueban estudios en Brasil, la «clase c» (capas medias emergentes) puede ser más conservadora respecto a muchos de los puntos de la agenda posmaterialista, como el aborto, el divorcio o la homosexualidad14. Ahora bien, en términos de percepciones sociales, existe un notable parecido con las clases medias tradicionales, como veremos más adelante.

El segundo rasgo característico y diferencial de quienes integran la nueva clase media en relación con la clase media tradicional es la sensación de vulnerabilidad. Sus integrantes han expandido su capacidad de compra y mejorado su bienestar, pero su capacidad de ahorro es baja (en el mejor de los casos) y su acceso a servicios básicos, muy relativo. Esta sensación de que su regocijo pende de un hilo y en cualquier momento todo puede esfumarse resulta de la interrelación de factores estructurales y coyunturales.

El contexto de emergencia de las nuevas clases medias es el crecimiento económico vivido en la región en la primera década del siglo xxi y está asociado al valor internacional de los commodities. Los modelos productivos siguen siendo poco competitivos y su ganancia deriva de estrategias primario-exportadoras. Las nuevas clases medias dependen más que las otras de que los recursos naturales sean demandados y bien pagados internacionalmente15. El modelo primario-extractivista como clave del crecimiento económico y de las nuevas clases medias de ciudades como Quito generará nuevas tensiones en el seno de sociedades multiculturales que aspiran a integrar el «buen vivir» en sus modelos productivos16.

El crecimiento económico recorta las tasas de desempleo, pero la informalidad laboral sigue predominando en el mercado de trabajo17. Los integrantes de las nuevas clases medias desarrollan en la mayoría de los casos una ocupación manual que depende del autoempleo (autónomos o emprendedores precarios), o bien tienen un empleo que no está regido por contrato ni goza de cobertura de seguridad social (puede que solo coticen por una parte de su jornada laboral y el resto se les pague «en negro», o que no coticen en absoluto). Sus ingresos per cápita están por encima de la línea de pobreza, pero por debajo del umbral de 10 dólares diarios18.

Aunque los nuevos clasemedieros atribuyen su bienestar a su esfuerzo y dedicación, y no a las políticas sociales de los Estados, las transferencias sociales condicionadas implementadas por los gobiernos progresistas de la región han sido claves a la hora de explicar la salida de la pobreza de millones de latinoamericanos19. Estas políticas sociales redistributivas y el mayor crecimiento económico experimentado elevaron el piso de la expectativa social y son responsables de la salida de la pobreza de muchas familias. Ahora bien, lo urgente es el paso de las políticas sociales focalizadas a políticas universales. Quienes han escapado de la pobreza no pueden ya recibir las transferencias destinadas a los hogares pobres, pero sin algún tipo de apoyo pueden ser incapaces de mantener y consolidar su nuevo estatus. No obstante, solo con el apoyo de las clases medias puede pensarse en la creación de una coalición social a favor de políticas públicas redistributivas20.

Sostener políticas focalizadas o implementar políticas universales supone varios dilemas en términos de sostenibilidad si el crecimiento se ralentiza. Las fuentes fiscales de los programas dependen de la bonanza de los precios internacionales y de que siga entrando dinero vía exportaciones. Los sistemas impositivos siguen siendo regresivos y capturando buena parte de los ingresos de las mismas clases bajas y medias mediante impuestos indirectos al consumo. Se necesitan más impuestos directos a las rentas y al patrimonio para redistribuir mejor y no cargar en aquellos que están saliendo de la pobreza21.

Parecidos en percepciones sociales: desconfianza, desesperanza y enojo generalizado

Como es evidente, son necesarios cambios que alteren la estructura productiva y los sistemas fiscales, transformaciones profundas y lentas que no se ajustan a los ciclos electorales y reclaman políticas de Estado. Experimentar vulnerabilidad se traduce en fragilidad y debilidad, y la capacidad de resiliencia es muy limitada. Sentirse «clase a medias» se traduce en una serie de demandas por servicios públicos de calidad que no alcanzan a verse satisfechos en la familia o por el mercado. En esto las nuevas clases medias se parecen a las clases medias tradicionales: ambas manifiestan una profunda insatisfacción con los servicios públicos.

En promedio, y salvo para el caso de la educación, la satisfacción con cualquiera de los servicios públicos es siempre inferior a 50%. La media para la región indica que solo 52% de los latinoamericanos que se identifican como clase media-baja estaba satisfecho con la educación, 44% con el funcionamiento de los hospitales, 45% con el servicio de transporte público, 32% con el funcionamiento de la policía y solo 29% con el funcionamiento de los tribunales de justicia en 201122. La desconfianza hacia las instituciones es también llamativamente similar entre las clases medias tradicionales y las emergentes, aunque un poco mayor entre quienes se autoidentifican como clase media-baja. Si tomamos en cuenta los datos de Latinobarómetro de 2011, 65% de quienes se autoidentifican como de clase media tiene poca o ninguna confianza en el Congreso, y en el caso de quienes se autoidentifican como de clase media baja el porcentaje alcanza el 68%; y lo mismo sucede con el Poder Judicial (67% y 71%), los partidos políticos (76% y 78%) o la administración pública (43% y 68%).

La preocupación por la inseguridad tiene un comportamiento semejante: 64% de quienes se identifican como clase media considera que la inseguridad ha aumentado, mientras que es 85% entre quienes se identifican como clase media baja. Con la corrupción, las brechas tampoco son tan amplias y existe una mayoría muy enojada: 54% de quienes se consideran de clase media considera que las instituciones del Estado en los últimos dos años han progresado poco o nada en reducir la corrupción, mientras que entre quienes son de clase media-baja el total es de 39%.

Estos tres conjuntos de datos permiten intuir un descontento social generalizado con el funcionamiento de las instituciones públicas y una evaluación negativa de la eficacia y capacidad de los gobiernos para proveer servicios públicos esenciales y responder a las demandas y los problemas concretos de la gente, a su vida de todos los días. Las ineficiencias del sistema de salud, la baja calidad de la educación pública, el caos del transporte y el miedo a salir de la casa (e incluso la sensación de inseguridad dentro del hogar) enfadan a la ciudadanía. Las condiciones de vida son mejores, pero no se cree que la sociedad funcione mejor.

Lo observado ha conducido a pensar que la participación en las protestas sociales de los últimos años podría estar asociada a una demanda de las nuevas clases medias por servicios públicos que permitan estabilizar su estatus. En otras palabras, las protestas reflejarían una reivindicación de derechos que garanticen los logros económicos alcanzados (lucha por la significación y el sentido de la clase media emergente, que quiere consolidarse), así como una demanda de apertura del sistema de gobierno (un reclamo en pos de la transparencia y un juicio sobre el desempeño, la eficiencia y la capacidad de respuesta de los gobiernos bajo el esquema de democracia representativa). Si esto fuera así, podríamos pensar en las nuevas clases medias como ciudadanos críticos que interpelan a las instituciones en busca de su mejora.

Ahora bien, lo que se observa es que sentirse de clase media no es un factor que anticipe la participación en protestas, aunque sí lo es el mayor nivel educativo. En otras palabras, quienes se sienten de clase media no tienen mayor participación en las protestas que quienes se sienten de clases altas o bajas, pero tener más educación aumenta la probabilidad de que eso ocurra. Es de notar además que quienes participan en protestas no disputan la democracia y el sistema sino que, por el contrario, buscan perfeccionarlos, ya que también participan en canales políticos formales como el voto y son quienes confían en los gobiernos y en instituciones como los sindicatos23.

En cuarto lugar, toca referir al comportamiento político: ¿en qué medida las clases medias emergentes se alinean con los partidos o gobiernos cuya gestión ha contribuido a, o simplemente ha presidido, su proceso de emergencia? Los autores coinciden en que las preferencias políticas de las nuevas clases medias no son predecibles: pueden apoyar a la izquierda como a la derecha, estar de acuerdo en que la democracia es el mejor sistema de gobierno, pero estar en contra de extender derechos civiles como el matrimonio igualitario o el aborto. El apoyo con que contaron los gobiernos asociados a la izquierda en la región disminuye, a la par que el apoyo al sistema democrático, si las clases medias se sienten insatisfechas y los que están abajo ven limitadas o reducidas sus oportunidades de ascender.

Ambas cuestiones estarían relacionadas con el efecto túnel de Albert Hirschman y Michael Rothschild24 y con la frustración de expectativas de los estratos medios. En etapas de crecimiento económico, la tolerancia a la desigualdad puede ser alta. La frustración de aquellos que se quedaron atrás durante una primera fase de crecimiento no se hace presente inmediatamente, pues avizoran un futuro ascenso y ello los mantiene contentos. Sin embargo, en una segunda fase, quienes no lograron ascender pierden sus esperanzas y se convierten en enemigos del orden. El paso del tiempo es el factor clave en este asunto y aumenta la sensación de privación relativa.

La mayor disponibilidad de crédito o el consumo subsidiado de las nuevas clases medias podrían ser insuficientes si la presión inflacionaria o las intervenciones del gobierno en la vida económica y social se perciben como amenazas a un estilo de vida, si los perjudican como consumidores, ahorradores y pensionistas, o si no se concretan políticas públicas que mejoren la calidad de vida del día a día ofertando servicios públicos elementales como seguridad y transporte. Liliana de Riz sostiene que en Argentina, aunque no se afilian a partidos, las nuevas clases medias son pragmáticas y tienden a «tomar partido» por liderazgos desideologizados, en un contexto en el que la proporción de personas que dicen estar afiliadas o tienen simpatía por los partidos disminuye25. Entre sus integrantes se diferencian aquellos que aspiran a un futuro mejor peleando para ascender en la escala social de aquellos que reivindican conservar lo adquirido. Los primeros, para la autora, votan por Mauricio Macri, los segundos apoyan al kirchnerismo. El énfasis en la gestión, una agenda flexible de gobierno sin respuestas ideológicas predefinidas y un uso innovador de las redes sociales dieron la victoria a Propuesta Republicana (pro) en 2015. A la luz de los resultados de las elecciones de 2019, podría suponerse que la hipótesis mantiene vigencia, y a la vista de que la inflación y el desempleo aumentan, las clases medias cambiaron sus perspectivas y preferencias políticas y buscan resistir apoyando la alternancia y confiando en el peronismo.

En Brasil, las capas medias jamás se manifestaron como una fuerza social y política unificada. Estuvieron en las manifestaciones que clamaron por el impeachment y también en las que defendieron la permanencia de Dilma Rousseff en la Presidencia. Sin embargo, y más allá de las diferencias políticas e ideológicas, compartieron con los manifestantes y los grupos organizados la misma desconfianza y ambigüedades respecto a la política institucional, sus reglas y formas de proceder26. En Bolivia se afirma que las clases medias pueden no tener una ideología política preconstituida, pero tienen una posición de centro, actitudes políticas moderadas y son medianamente conservadoras, lo cual es consistente con su estatus relativamente privilegiado en la sociedad boliviana27.

Resumiendo…

Todo aquel que ha vivido largo tiempo dentro de una determinada cultura y se ha planteado repetidamente el problema de cuáles fueron los orígenes y la trayectoria evolutiva de la misma, acaba por ceder también alguna vez a la tentación de orientar su mirada en sentido opuesto y preguntarse cuáles serán los destinos futuros de tal cultura y por qué avatares habrá aún de pasar.28

Con este párrafo inicia Sigmund Freud su trabajo intentando entender el origen y el papel que cumplen las ilusiones religiosas en las sociedades actuales. La ilusión, sostiene el autor, no es un error ni tiene que ser falsa o irrealizable. La ilusión parte del impulso a la satisfacción de un deseo que prescinde de su relación con la realidad y que tiene reminiscencias históricas, resultando una acción conjunta del pasado y el porvenir.

Hay quienes sostienen que la clase media es una ilusión estadística que esconde una profunda heterogeneidad en su seno. Una ilusión que parte de un deseo de bienestar y que aspira a dejar atrás la lacra de la pobreza, aunque esa operación pueda derivar en una construcción discursiva que invisibiliza diferencias estructurales como las de género, las étnicas o las territoriales, desalienta la toma de conciencia popular y desarticula la lucha. Los gobiernos se alegran cuando los indicadores reflejan el aumento de las clases medias, y los ciudadanos no dudan en autocalificarse de clase media cuando existe algún atisbo de serlo. Ambos se aferran a la ilusión.

Sentirse de clase media tiene una importancia clave en términos individuales, supone estar cubierto en la satisfacción de ciertas necesidades básicas de alimentación y vivienda, tener acceso a bienes de consumo que conectan con el resto del mundo, como un teléfono móvil, o bienes que permiten desplazarse en menos tiempo por la ciudad. Ser de clase media libera del estigma de pobre y otorga una identidad que adquiere conciencia de ciertos derechos por los que demandar política y socialmente. Supone soñar con la movilidad social, albergar esperanzas de futuro para los hijos, imaginar que la desigualdad podría dejar de heredarse. El pobre y excluido que siempre se ha sentido fuera, a partir de autocalificarse como de clase media, tiene la ilusión de ser parte del presente y del futuro. Claro que todas estas expectativas se ven amenazadas por cambios en la economía global o un giro de los gobiernos, y la ilusión se torna en frustración y enojo.

Todo parece indicar que el foco superador de la ilusión debe ponerse en redistribuir la capacidad de consumo y en repartir mejor las oportunidades, rentas y riquezas. Se trata de imaginar un nuevo pacto social y político que no se enfoque solo en sacar a la gente de la pobreza, sino también en atacar la desigualdad y la creciente vulnerabilidad del precariado y en construir relatos colectivos inclusivos desde la aceptación de la diferencia.

  • 1.

    A la clase media se la asimila por una parte a los obreros (por estar excluida de los medios de producción), pero también a los capitalistas (por ejercer autoridad supervisora y, por tanto, participar en la función global del capital) y se destacan sus «posiciones contradictorias» en las relaciones de clase. Val Burris: «La síntesis neomarxista de Marx y Weber sobre las clases» en Zona Abierta NO 59-60, 1992; Eric Olin Wright: «Reflexionando, una vez más, sobre el concepto de estructura de clases» en Zona Abierta NO 59-60, 1992.

  • 2.

    L. Paramio: presentación del seminario internacional «Clases medias y agenda política en América Latina», Centro de Ciencias Sociales y Humanas-Consejo Superior de Investigación Científica, Madrid, 14/2/2013; y L. Paramio: Clases medias y gobernabilidad en América Latina, Fundación Pablo Iglesias, Madrid, 2010.

  • 3.

    Se consideraba de clase media a todos aquellos que tenían un consumo de entre 10 y 50 dólares por día. Francisco H. G. Ferreira, Julian Messina, Jamele Rigolini, Luis-Felipe López-Calva, Maria Ana Lugo y Renos Vakis: La movilidad económica y el crecimiento de la clase media en América Latina, Banco Mundial, Washington, dc, 2013.

  • 4.

    La Cepal considera de clase media los hogares en los que el ingreso supera cuatro veces la línea de pobreza per cápita urbana y es inferior al valor del percentil 95. Los datos reflejan la media de los diez países incluidos en el informe: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Honduras, México, Panamá, Perú y República Dominicana. Rolando Franco y Martín Hopenhayn: «Las clases medias en América Latina: historias cruzadas y miradas diversas» en R. Franco, M. Hopenhayn y Arturo León (coords.): Las clases medias en América Latina: retrospectiva y nuevas tendencias, Cepal – SEGIB / Siglo Veintiuno, Ciudad de México, 2010.

  • 5.

    Alberto Minujin y Gabriel Kessler: La nueva pobreza en la Argentina, Planeta, Buenos Aires, 1995; Maristella Svampa: «Clases medias, cuestión social y nuevos marcos de sociabilidad» en Punto de Vista NO 67, 2000; Manuel Mora y Araujo: «La estructura social de la Argentina: evidencias y conjeturas acerca de la estratificación actual», Serie Políticas Sociales NO 59, Cepal / Naciones Unidas, Santiago de Chile, 2002.

  • 7.

    Liliana de Riz: «El apetito de progreso de las clases medias: un tiempo de reformas para Argentina» en L. Paramio y C. Güemes: Las nuevas clases medias: ascenso e incertidumbre, CEPC, Madrid, 2017.

  • 8.

    Sergio Visacovsky y Enrique Garguin (eds.): Moralidades, economías e identidades de clase media. Estudios históricos y etnográficos, Antropofagia, Buenos Aires, 2009.

  • 9.

    C. Güemes: «Aurea mediocritas: crecimiento, características y papel de las nuevas clases medias en Latinoamérica» en L. Paramio y C Güemes: Las nuevas clases medias latinoamericanas: ascenso e incertidumbre, cit.

  • 10.

    Ana Wortman: «Las clases medias argentinas, 1960-2008» en R. Franco, M. Hopenhayn y A. León (coords.): ob. cit.

  • 11.

    Roberto Laserna: «Clases medias en la Bolivia urbana» en Daniel Moreno et al.: Chicha y limonada. Las clases medias en Bolivia, CERES / Plural, La Paz, 2018.

  • 12.

    María Teresa Zegada: «Clases medias emergentes» en D. Moreno et al.: ob. cit.

  • 13.

    Rolando Arellano Cueva: «Valores e ideología: el comportamiento político y económico de las nuevas clases medias en América Latina» en Alicia Bárcena y Narcís Serra (eds.): Clases medias y desarrollo en América Latina, Naciones Unidas, Santiago de Chile, 2010.

  • 14.

    María Hermínia Tavares de Almeida y Emmanoel Nuñes de Oliveira: «Nuevas capas medias y política en Brasil» en L. Paramio: Clases medias y gobernabilidad en América Latina, cit.

  • 15.

    OCDE-CEPAL: Perspectivas económicas de América Latina 2013. Políticas de PYMES para el cambio estructural, LC/LG 2545, OCDE / Cepal, 2012.

  • 16.

    Jorge Resina: «Clases medias en Ecuador: Entre la ilusión del Buen Vivir y el mito del desarrollismo» en L. Paramio y C. Güemes: Las nuevas clases medias: ascenso e incertidumbre, cit.

  • 17.

    OCDE: Latin American Economic Outlook 2011: How Middle-Class Is Latin America?, OECD Publishing, París, 2010.

  • 18.

    R. Franco y M. Hopenhayn: ob. cit.; Glenita Amoranto, Natalie Chun y Anil Deolalikar: «Who are the Middle Class and What Values do they Hold? Evidence from the World Values Survey», Working Paper No 229, Asian Development Bank, Manila, 2010.

  • 19.

    Miguel Székely Pardo: «Transferencias condicionadas y cohesión social en América Latina» en Guillermo Fernández del Soto y Pedro Pérez Herreros (coords.): América Latina: sociedad, economía y seguridad en un mundo global, IELAT/ CAF / Marcial Pons, Madrid, 2013.

  • 20.

    L. Paramio: «Conclusiones» en L. Paramio y C. Güemes: Las nuevas clases medias latinoamericanas: ascenso e incertidumbre, cit.

  • 21.

    Cepal: Panorama social de América Latina 2014, Naciones Unidas, Santiago de Chile, 2014.

  • 22.

    María Esther del Campo, C. Güemes y L. Paramio: «‘I Can’t Get No Satisfaction’. Servicios públicos, democracia y clases medias en América Latina» en América Latina Hoy vol. 77, 2017.

  • 23.

    John A. Booth y Mitchell A. Seligson: The Legitimacy Puzzle in Latin America: Political Support and Democracy in Eight Nations, Cambridge UP, Nueva York, 2009; C. Güemes y L. Paramio: «‘Knockin’ on Heaven’s Door?’ Desempeño de las democracias, protesta social y clase medias en América Latina» en El impacto electoral de las clases medias emergentes en América Latina, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2015; Jaime Fierro: «Clase media y democracia en América Latina» en Perfiles Latinoamericanos vol. 23 NO 46, 2015.

  • 24.

    A. Hirschmann y M. Rothschild: «The Changing Tolerance for Income Inequality in the Course of Economic Development» en The Quarterly Journal of Economics vol. 87 NO 4, 1973. El efecto túnel refiere a la sensación que experimenta un individuo en contextos de crecimiento económico respecto a su posibilidad de movilidad social. El individuo que tiene poca información sobre su futuro mientras sus familiares, conocidos y amigos mejoran su posición económica y social se siente como si estuviera atascado en un túnel y viera los coches de la fila de al lado avanzar. Frente a esto, el sujeto tiene expectativas de que en algún momento le tocará el turno, por tanto se alegra del crecimiento de los otros y esta gratificación de momento suspende la envidia. Si al cabo de un tiempo la persona no logra avanzar, mientras que las otras ya lo hicieron, esto la coloca en peor posición, ya que durante un periodo se sintió alegre pero ahora se siente mucho peor. Su posición relativa ha empeorado, perderá esperanzas y se convertirá en un enemigo del orden.

  • 25.L. de Riz: ob. cit.
  • 26.

    M. H. Tavares de Almeida: «Capas medias, protesta y agenda pública» en L. Paramio y C. Güemes: Las nuevas clases medias latinoamericanas: ascenso e incertidumbre, cit.

  • 27.

    D. Moreno: «Aspiracionales, reales o imaginarias: las clases medias en Bolivia» en D. Moreno et al.: ob. cit.; M. T. Zegada: ob. cit.

  • 28.

    Sigmund Freud: El porvenir de una ilusión [1927], Biblioteca virtual Omegalfa, 2016.

Este artículo es copia fiel del publicado en la revista Nueva Sociedad 285, Enero – Febrero 2020, ISSN: 0251-3552
Fuente e imagen: https://nuso.org/articulo/el-porvenir-de-una-ilusion-clases-medias-en-america-latina/
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Digitalización, política e inteligencia artificial

Por: Enzo Giraldi

¿Qué futuro podemos esperar?

La digitalización, junto con la «etapa superior» de la inteligencia artificial, anticipa fuertes transformaciones en todas las dimensiones de las relaciones sociales, con impactos en la política que aún no podemos perfilar con precisión. No obstante, ya pueden verse algunos efectos de la «psicopolítica digital» y del control y procesamiento de enormes volúmenes de datos para anticipar el comportamiento humano, maximizar ganancias y perfeccionar la penetración y el control de los mercados, en el marco de una «razón tecnoliberal» en expansión.

Las revoluciones políticas más importantes se están produciendo en los laboratorios y las empresas tecnológicas. Allí se está decidiendo si el futuro va a estar en nuestras manos y de qué modo. Daniel Innerarity1

Introducción

¿Qué tipo de liderazgo demandará una realidad que se articula cada vez más por consensos que se establecen en las redes? ¿Cómo se construirá lo común, esa amalgama de prioridades, propósitos e intereses que hacen posible la sociedad, en la era de la individuación? ¿Cómo se tomarán decisiones en una realidad signada por la instantaneidad del touch en una pantalla? Las herramientas digitales se expandieron a todos los órdenes existenciales y crearon una cotidianeidad reticular en la que la comunicación fluye arrebatadamente. Los líderes políticos decidirán presionados por la inmediatez, abrumados por una sobreinformación saturada de un barullo que no da tregua para el ejercicio introspectivo.

La digitalización de la vida va a impactar en todas las dimensiones de las relaciones sociales. Solo a modo de ejemplo: ¿cuál será el futuro de la democracia o, de modo más simple, cómo ejerceremos nuestro elemental derecho a decidir libremente si, como se anuncia, la combinación de desarrollos de inteligencia artificial y de biotecnología no solo permitirá interpretar la información que surge de nuestra vida cotidiana, privada, sino también manipular nuestras emociones y comportamientos?

La era digital

La velocidad, extensión e intensidad que exhibe la dinámica de innovación tecnológica están modificando la naturaleza y los patrones que guían las relaciones sociales. Ese masivo proceso de digitalización de información sobre las personas devino en la construcción de una «infoesfera», imponente caja de resonancia que mezcla y reconfigura constantemente las ideas, las emociones y los impulsos emitidos por un número infinito de usuarios en la red.

A este proceso se están incorporando progresivamente desarrollos de inteligencia artificial que están llamados a profundizar y complejizar los cambios en marcha. Son herramientas que procesan información mediante algoritmos, en cantidades y a una velocidad que exceden la capacidad del cerebro humano. La inteligencia artificial lleva consigo la posibilidad del autoaprendizaje, es decir, la capacidad de los algoritmos de incorporar permanentemente nueva información y perfeccionar automáticamente sus recursos para analizarla, lo que permite a las máquinas generar su propio capital cognitivo. El concepto de singularidad, aplicado en el ámbito de la tecnología, hace referencia a este momento, que deviene en crucial instancia en la que las máquinas podrían alcanzar una inteligencia igual o superior a la del ser humano. Es decir, se trata de máquinas (computadoras, robots, softwares) capaces de aprender por sí solas y de mejorarse a sí mismas, susceptibles de inaugurar un inédito proceso de creación de inteligencia. La magnitud de este proceso ha motivado a Henry Kissinger, uno de los más importantes arquitectos del orden mundial del siglo pasado, a expresar lo siguiente:

La tecnología moderna plantea desafíos para el orden y la estabilidad mundial que carecen de todo precedente (…). Personalmente, creo que lo que trae aparejado la inteligencia artificial es crucial (…). Que nuestras propias creaciones posean una capacidad de análisis superior a la nuestra es un problema que deberemos resolver.2

La capacidad de autoaprendizaje aún no es conceptual, sino que se produce en términos de resultados matemáticos, mediante ajustes que van rediseñando los algoritmos. Estos, como representación matemática de la información, no reconocen el contexto ni la perspectiva histórica, de allí que sus resultados deriven de un procedimiento de procesamiento de datos que se concreta en función de los objetivos e intereses del programador.

Capitalismo y vigilancia

La sociedad en red hace que la comunicación fluya de manera incesante, diseminando las huellas de la vida de las personas por el tejido tecnológico. La exposición pública y la vida privada pueden ser grabadas y recopiladas como datos, que pueden ser interpretados y grabados para influir sobre los deseos, aspiraciones y necesidades. La manipulación de grandes volúmenes de datos (big data) pone en marcha una lógica de acumulación que tiene por finalidad la predicción del comportamiento humano para maximizar ganancias y perfeccionar la penetración y el control de los mercados. La información sobre y de las personas deviene en insumo estratégico para la creación de riqueza y de poder. La tecnología de poder que se deriva de esta nueva lógica de acumulación monetiza la intimidad y prioriza, por sobre la propiedad de los medios de producción, la de los medios de manipulación de comportamientos3. Así, cuanta más información sobre una persona se dispone, más posibilidades existen para influir sobre ella. Puntualiza Shoshana Zuboff:

El asalto sobre los datos acerca del comportamiento en el día a día de las personas es tan amplio que las dudas ya no se pueden circunscribir al concepto de privacidad y a sus efectos. Ahora estamos ante otro tipo de desafíos, que amenazan las bases mismas del orden liberal-moderno. Son retos que impactan sobre la integridad política de las sociedades y el futuro de la democracia.4Los algoritmos pueden identificar los miedos, deseos y necesidades, y esa información se puede utilizar en contra de los usuarios. El uso abusivo de estos dispositivos de vigilancia y manipulación podría hacer inviable la democracia representativa y crear una «dictadura informacional»5. En este sentido, Daniel Innerarity precisa:

Los tres elementos que modificarán la política de este siglo son los sistemas cada vez más inteligentes, una tecnología más integrada y una sociedad más cuantificada (…) La gran cuestión hoy es decidir si nuestras vidas deben estar controladas por poderosas máquinas digitales y en qué medida, cómo articular los beneficios de la robotización, automatización y digitalización con aquellos principios de autogobierno que constituyen el núcleo normativo de la organización democrática de las sociedades.6

¿Qué pasará cuando, en pocos años, el cruce entre herramientas de la inteligencia artificial y de la biotecnología abra las puertas a formas aún más novedosas, por lo intrusivas y sofisticadas, de control social? Yuval Harari advierte sobre esta distopía: «El auge de la inteligencia artificial podría eliminar el valor económico o político de la mayoría de los humanos. Al mismo tiempo, las mejoras en biotecnología tal vez posibiliten que la desigualdad económica se traduzca en desigualdad biológica»7.

Aplicar recursos de la inteligencia artificial producirá otro efecto llamado a generar reacciones sociales y políticas: el creciente desempleo por el reemplazo de la mano de obra tradicional. Estas tecnologías trastocarán la relación entre capital y trabajo en las economías de todo el mundo. Aun cuando generen nuevos empleos, se prevé que lo harán en una proporción mucho menor a la de los que destruirán.

Psicopolítica digital

La construcción tecnológica de la personalidad estandariza al ser humano, lo aleja de lo imprevisible, lo sistematiza y codifica, pautando las reacciones, reconfigurando las creencias y afectando el libre ejercicio del juicio personal, instancia germinal e indispensable para el acto político. El espacio de lo político se reduce y los márgenes para el ejercicio de liderazgo se comprimen. El ser digital funge, esencialmente, como un ser individual, protagonista de asociaciones fugaces e inestables. Es el sujeto de una dinámica de atomización social que desmonta el sentido abarcador de lo público. La organización reticular fragmenta el espacio de participación política y conspira contra la gestación de dinámicas de consenso sobre intereses colectivos. La segmentación del público favorece la asociación de voluntades en torno de objetivos parciales, de nicho. De esa manera, las prioridades se alejan de lo común y se sitúan en el plano de lo grupal, temporario y superficial.

El medio digital sumerge al líder político en una realidad sin privacidad, en la sociedad de la comunicación y de la visibilidad-transparencia. Lo expone, lo hace visible. La visibilidad es el resultado natural de las interacciones en la red y la búsqueda de transparencia es una premisa que el ciudadano digital ha interiorizado como fetiche pero que, en el extremo de un ideal absoluto, afecta la toma de decisiones. La excesiva exposición puede atrofiar u oprimir la voluntad del decisor, nublar sus convicciones y debilitar su predisposición a exponer sus creencias. Esta exposición pone en entredicho entonces al líder y al decisor, pone en cuestión la determinación del conductor, afectando una dimensión estratégica de la política. Como señala Byung-Chul Han: «El imperativo de la transparencia sirve sobre todo para desnudar a los políticos, para desenmascararlos, para convertirlos en objeto de escándalo. La reivindicación de la transparencia presupone un espectador que se escandaliza»8.

El ritmo de comunicación constante, espontáneo e inestable descompone las ideas en opiniones, lo que resta densidad a la elaboración ideológica. Debilita la necesidad de asociación y construye retraimiento. Desaparece la idea de conjunto. Éric Sadin lo resume del siguiente modo: «La innovación digital modifica y modela el universo cognitivo, con lo que debilita la posibilidad de la acción política, entendida esta como la implicación voluntaria y libre de los individuos en la construcción del bien común»9. La subjetividad que construye la sociabilidad en red es autorreferencial. La representación autorreferencial es representación de sí mismo, es autorrepresentación que debilita la idea de comunidad y los sentimientos de empatía, que paraliza el sentido de adhesión, la disposición a la lealtad, necesarios para articular la representación. La crisis de representación es otra de las dimensiones estratégicas de la política que se ponen en cuestión. Son precisos, nuevamente, los términos de Han:Nos dirigimos a la época de la psicopolítica digital. Avanza desde una vigilancia pasiva hacia un control activo. Nos precipita a una crisis de la libertad con mayor alcance, pues ahora afecta a la misma voluntad libre. El big data es un instrumento psicopolítico muy eficiente que permite adquirir un conocimiento integral de la dinámica inherente a la sociedad de la comunicación. Se trata de un conocimiento de dominación que permite intervenir en la psique y condicionarla a un nivel prerreflexivo.10

Pulsión tecnototalizadora

Cuarta Revolución Industrial, Revolución Informacional, Revolución Digital: distintas nominaciones para describir el creciente poder global de un orden corporativo concentrado, protagonizado por un grupo de megaempresas que han alcanzado un nivel de influencia sistémico y están cambiando la escala del modelo global de negocios.

Empresas como las estadounidenses Google, Amazon, Facebook, Apple, Microsoft, Amazon, Tesla, Netflix, Airbnb y Uber o las chinas Baidu, Alibaba y Tencent impulsan un cambio de paradigma en el capitalismo global. Participan de un exclusivo club de gigantes ambiciosos, líderes en innovación, que están protagonizando un acelerado y certero proceso de acumulación de poder político, económico, cultural y logístico para erigirse en los creadores de un inédito «modelo industrial-civilizatorio»11.

Siete de las diez mayores empresas globales por capitalización bursátil en el mundo son monopolios tecnológicos. Por ejemplo, el valor bursátil de Microsoft alcanzó este año el billón de dólares, un monto que compite con el pib de México, la decimoquinta economía mundial. Para entrever el grado de influencia que han alcanzado estas empresas, sirve tomar como ejemplo Twitter, un servicio de mensajería por internet que, se calcula, hace circular unos 500 millones de intercambios por día. Si partimos de la premisa de que cada tuit contiene unas 20 palabras promedio, el volumen de contenidos que se publican en Twitter en un solo día equivale al que, se estima, produjo un diario tradicional de una gran ciudad, por ejemplo The New York Times, en 182 años.

Las grandes corporaciones tecnológicas se expanden poniendo bajo control nuevas áreas de la economía y utilizando recursos tecnológicos que optimizan las condiciones de conectividad y la velocidad de los procesadores. Se estima que las velocidades de cálculo se duplican cada 18 meses y que la conectividad se duplica a un ritmo apenas más lento. Estas megaempresas interpretan y ejecutan, en los hechos, una ideología universalizadora tecnoliberal que les sirve como argumento de legitimación. Postulan la razón tecnocientífica que presenta a la tecnología como la herramienta definitiva, aquella que resolverá los problemas pendientes del ser humano. La ontología tecnolibertaria consiste en descalificar la acción humana en beneficio de un ser computacional, que se juzga superior. La inteligencia artificial representa la mayor potencia política de la historia, ya que se la convoca a personificar una forma de superyó dotado en una presunción de verdad que orienta nuestras acciones, individuales y colectivas, hacia el mejor de los mundos posibles12.

La razón tecnoliberal da rienda suelta a un capitalismo precarizador, extremo, que a la vez que entroniza una cotidianeidad actuada por individuos sin identidad ni vínculos consolidados, disgrega las formas de organización y convivencia inherentes a la comunidad humana, vaciando de sentido las estructuras de solidaridad comunitarias, desde la familia hasta los sindicatos, la escuela, la universidad y, por último, el Estado.

Conclusiones

Los excesos del imperio de la conectividad inhiben las posibilidades de reflexión, la inmediatez provoca inseguridad y sesga la introspección. El desarrollo del conflicto político comienza a articularse en el plano de la información, a medida que se aleja del espacio físico, lo que expone al decisor político a la tentación de una respuesta simple, emocional y efectista. Los consensos que surgen de la sociedad en red recrean valores, referencias y símbolos que nacen de la búsqueda de asentimiento antes que de la meditación. Son resultados que no han sido tamizados por la experiencia ni la perspectiva histórica.

Si desde siempre el ejercicio del liderazgo necesitó del contexto y de la historia, y del conocimiento por encima de la información, hoy y cada vez más deberá lidiar con prácticas que ponen en juego estrategias de marketing y eslóganes previstos para obtener la aprobación inmediata. La omnipresencia de lo digital está destruyendo los tejidos de confianza que mantuvieron unido al conjunto social, pero a una velocidad tal que instituciones y decisores no se pueden adaptar; así, es poco lo que pueden hacer para repararlos. Estas dinámicas nos conducen a un futuro que estará signado por un andamiaje tecnológico con capacidades potencialmente absolutas que es preciso humanizar. Se trata de prestaciones que ponen en cuestión el tipo de organización social que las cobijará y que aún demandan un anclaje ético y un conjunto de postulados filosóficos que las rijan.

Nota: este texto integra el volumen Futuros: miradas desde las humanidades, coordinado por Andrés Kozel, Martín Bergel y Valeria Llobet, de próxima aparición en la colección Futuros (FUNINTEC / UNSAM Edita). Foto: Mike MacKenzie

  • 1.

    Enzo Girardi: es docente de la Maestría en Estudios Latinoamericanos del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de San Martín (unsam) y coordinador del grupo Cibersociedad, Ciberdefensa, Ciberseguridad, Protección de Datos Personales (c3pd) en esa misma universidad. Palabras claves: digitalización, inteligencia artificial, psicopolítica digital, razón tecnoliberal. Nota: este texto integra el volumen Futuros: miradas desde las humanidades, coordinado por Andrés Kozel, Martín Bergel y Valeria Llobet, de próxima aparición en la colección Futuros (funintec / unsam Edita).. «Lo digital es lo político» en La Vanguardia, 11/3/2019.

  • 2.

    Ver Allan Dafoe: «The ai Revolution and International Politics» en YouTube, 17/7/2017, www.youtube.com/watch?v=zef-mIkjhak. Para conocer con mayor detalle el pensamiento del ex-secretario de Estado norteamericano sobre la emergencia de la inteligencia artificial, v. H. Kissinger: Orden mundial, Debate, Buenos Aires, 2016.

  • 3.

    S. Zuboff: «Big Other: Surveillance Capitalism and the Prospects of an Information Civilization» en Journal of Information Technology vol. 30, 2015.

  • 4.

    S. Zuboff: «The Secrets of Surveillance Capitalism» en Franfurter Allgemeine, 5/3/2016.

  • 5.

    Martin Hilbert: «La democracia no está preparada para la era digital y está siendo destruida» en La Nación, 10/4/2017.

  • 6.

    D. Innerarity: ob. cit.

  • 7.

    Y. Harari: «Why Technology Favors Tyranny» en The Atlantic, 10/2018, p. 98.

  • 8.

    B.-C. Han: Psicopolítica, Herder, Barcelona, 2014, p. 11.

  • 9.

    É. Sadin: La silicolonización del mundo, Caja Negra, Buenos Aires, 2018, p. 96.

  • 10.

    B.-C. Han: ob. cit., p. 39.

  • 11.

    É. Sadin: ob. cit.

  • 12.

    Ibíd., p. 109.

Este artículo es copia fiel del publicado en la revista Nueva Sociedad 283, Septiembre – Octubre 2019, ISSN: 0251-3552
Fuente e imagen: https://nuso.org/articulo/digitalizacion-politica-e-inteligencia-artificial/
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«Mindfulness»: la nueva espiritualidad capitalista

Por: Ronald Purser

La práctica de meditación conocida como mindfulness es la nueva espiritualidad capitalista. Fetichiza el presente, favorece el «momentismo», fomenta el olvido de la memoria histórica y apunta contra la imaginación utópica. Una nueva espiritualidad a la medida del mercado. Una nueva espiritualidad a imagen y semejanza de McDonald’s.

Según sus patrocinadores, estamos en medio de una «revolución de la conciencia». Jon Kabat-Zinn, recientemente apodado el «padre del mindfulness», llega a proclamar que estamos al borde de un renacimiento global, y que el mindfulness «puede ser realmente la única esperanza que la especie y el planeta tienen para sobrevivir los próximos doscientos años».

¿En serio? ¿Una revolución? ¿Un renacimiento global? ¿Qué es exactamente lo que ha sido volcado o transformado radicalmente para obtener un estatus tan grandioso?

La última vez que vi las noticias, Wall Street y las corporaciones seguían haciendo negocios como de costumbre, los intereses especiales y la corrupción política seguían sin control, y las escuelas públicas seguían sufriendo de falta de fondos y negligencia masiva. La concentración de la riqueza y la desigualdad se encuentra ahora en niveles sin precedentes. El encarcelamiento masivo y el hacinamiento en las cárceles se han convertido en una nueva plaga social, mientras que los disparos indiscriminados de la policía contra los afroamericanos y la demonización de los pobres siguen siendo moneda corriente. El imperialismo militarista de Estados Unidos continúa extendiéndose, y los desastres inminentes del calentamiento global ya se están mostrando de manera más evidente.

En este contexto, la arrogancia y la ingenuidad política de las porristas de la «revolución» consciente es asombrosa. Parecen tan enamorados de hacer el bien y de salvar al mundo que estos verdaderos creyentes, no importa cuán sinceros sean, sufren de una enorme ceguera. Parecen no tener en cuenta el hecho de que, con demasiada frecuencia, la atención se ha reducido a una técnica de autoayuda mercantil e instrumental que, sin saberlo, refuerza los imperativos neoliberales.

Para Kabat-Zinn y sus seguidores, los culpables de los problemas de una sociedad disfuncional son los individuos descerebrados y inadaptados, y no los marcos políticos y económicos en los que se ven obligados a actuar. Al transferir la carga de la responsabilidad de la gestión de su propio bienestar a los individuos, y al privatizar y patologizar el estrés, el orden neoliberal ha sido una bendición para la industria del mindfulness, que ahora se cotiza en 1.100 millones de dólares.

El mindfulness ha surgido como una nueva religión del «yo», libre de las cargas de la esfera pública. La revolución que proclama no ocurre en las calles o a través de la lucha colectiva y las protestas políticas o las manifestaciones no violentas, sino en las cabezas de individuos atomizados. Un mensaje recurrente es que el hecho de que no prestemos atención al momento presente -que nos perdamos en reflexiones mentales y en vagar por la mente- es la causa subyacente de nuestra insatisfacción y angustia.

Kabat-Zinn lleva esto un paso más allá. Afirma que nuestra «sociedad entera está sufriendo de un desorden de atención generalizado». Aparentemente, el estrés y el sufrimiento social no son el resultado de desigualdades masivas, prácticas empresariales nefastas o corrupción política, sino de una crisis dentro de nuestras cabezas, lo que él llama una «enfermedad del pensamiento».

En otras palabras, el capitalismo en sí mismo no es intrínsecamente problemático; más bien, el problema es la incapacidad de los individuos para ser conscientes y resistentes en una economía precaria e incierta. Y no es de extrañar que los mercaderes atentos tengan justo los bienes que necesitamos para ser capitalistas atentos y contentos.

El mindfulness, la psicología positiva, y la industria de la felicidad comparten un núcleo común en términos de despolitización del estrés. La ubicuidad de la retórica individualista del estrés -con su mensaje cultural subyacente de que el estrés es un hecho- debería hacernos sospechar. Como señala Mark Fisher en su libro Realismo capitalista, la privatización del estrés ha llevado a una «destrucción casi total del concepto de lo público».

El estrés, nos dicen los apologistas del mindfulness, es una influencia nociva que destroza nuestras mentes y cuerpos, y depende de nosotros como individuos el «estar atentos» y «ser conscientes». Es una proposición seductora que tiene potentes efectos de verdad. En primer lugar, estamos condicionados a aceptar el hecho de que hay una epidemia de estrés y que es simplemente una fatalidad de la era moderna.

Segundo, como el estrés es supuestamente omnipresente, es nuestra responsabilidad como sujetos estresados manejarlo, controlarlo y adaptarlo consciente y vigilantemente a los esclavos de una economía capitalista. La atención se centra en esta vulnerabilidad y, al menos en la superficie, aparece como una técnica benigna para el auto-empoderamiento.

Pero en su libro «Una nación bajo estrés»: El problema del Estrés como Concepto, Dana Becker señala que el concepto de estrés oscurece y oculta «los problemas sociales al individualizarlos de manera que perjudican más a aquellos que tienen menos que ganar con el status quo». De hecho, Becker ha acuñado el término estresismo para describir «la creencia actual de que las tensiones de la vida contemporánea son principalmente problemas del estilo de vida individual que deben resolverse mediante el control del estrés, en oposición a la creencia de que estas tensiones están vinculadas a las fuerzas sociales y necesitan resolverse principalmente mediante medios sociales y políticos».

Al ingerir de manera acrítica las premisas culturales del estresismo, el movimiento del mindfulness se ha promovido a sí mismo como un remedio científico. Pero el foco sigue estando puesto en el individuo que espera que sane la llamada «enfermedad del pensamiento» de la civilización moderna. Se nos dice que, al practicar el mindfulness, podemos cambiar hábilmente nuestro frenético «modo de hacer» a un «modo de ser» más armonioso, aprendiendo a soltar y a fluir en situaciones estresantes.

El mindfulness es la nueva inmunización, una vacuna mental que supuestamente puede ayudarnos a prosperar en medio del estrés de la vida moderna. Depende de nosotros convertirnos en lo que Tim Newton ha llamado individuos «en forma contra el estrés». El mindfulness se comercializa a menudo como una forma de mejorar nuestra productividad, una técnica útil para desarrollar la aptitud mental necesaria para que podamos convertirnos en trabajadores más productivos y eficaces. No es coincidencia que el lema de la aplicación de meditación más exitosa de mindfulness, Headspace, sea «una membresía de gimnasio para la mente».

La máxima de este movimiento es ‘vivir el presente’. Para los devotos conscientes, el cambio social y político depende de la fantasía de convertir a las masas distraídas para que sigan este consejo y vivan ‘conscientes’. El fetiche del presente auspiciado por el mindfulness es una práctica que cultiva la amnesia social, fomentando el olvido colectivo de la memoria histórica y, al mismo tiempo, excluyendo eficazmente la imaginación utópica.

Este momentismo actual aparece, al menos en la superficie, como un solvente terapéutico para todos nuestros problemas, haciendo más soportable nuestra situación actual. Pero esta capacidad de soportar el status quo equivale a un retiro permanente al refugio psíquico contra bombardeos de ahora, una especie de enterrar la cabeza en la arena, que actúa como un paliativo desinfectado para los sujetos neoliberales que han perdido la esperanza al pensar alternativas al capitalismo.

El movimiento mindfulness opera en resonancia con lo que Eric Cazdynen su libro, The Already Dead: The New Time of Politics, Culture and Illness, caracteriza como «la nueva crónica». Cazdyn explica que la nueva crónica «extiende el presente hacia el futuro, enterrando en el proceso la fuerza de lo terminal, haciendo que parezca que el presente nunca terminará». Solo tienes que estar en el momento presente y todo estará bien. Viviendo conscientemente, podemos continuar nuestras vidas aplazando, evadiendo y reprimiendo cualquier crisis en curso.

La falsa revolución de la conciencia proporciona una forma de enfrentar sin cesar los problemas del capitalismo refugiándose en la fragilidad del momento presente; la nueva crónica nos deja conscientes de mantener el statu quo. Se trata de un optimismo cruel que anima a conformarse con una pasividad política resignada. El mindfulness se convierte entonces en una forma de manejar, naturalizar y perdurar los sistemas tóxicos, en lugar de convertir el cambio personal en un cuestionamiento crítico de las condiciones históricas, culturales y políticas que son responsables del sufrimiento social.

Pero nada de esto significa que la conciencia debe ser prohibida, o que cualquiera que la encuentre útil sea engañado. Hay formas emergentes de conciencia social y cívica que evitan esta trampa. Estos métodos se están liberando del enfoque biomédico en la patología individual al integrar el activismo por la justicia social con la investigación contemplativa, cultivando el pensamiento crítico en lugar de la separación sin prejuicios.

Los innovadores en este campo están reescribiendo los planes de estudio de mindfulness mediante el empleo de pedagogías críticas y anti opresivas. Por ejemplo, Beth Berila ha desarrollado métodos de atención plena que ayudan a los practicantes a descubrir cómo han interiorizado la opresión, así como formas de desmantelar y desaprender el privilegio. Mushim Patricia Ikeda, junto con los maestros del Centro de Meditación de East Bay, ha desarrollado numerosos programas que conectan las preocupaciones por la justicia social con las enseñanzas budistas sobre la interdependencia, a fin de fomentar la solidaridad y el activismo comprometido con la causa. Y la Red de Mindfulness y Cambio Social del Reino Unido está experimentando con prácticas de mindfulness que abordan cuestiones sociales, políticas y ambientales.

Cuando reconocemos que el descontento, la ansiedad y el estrés no son solo culpa nuestra, sino que están relacionados con causas estructurales, la atención se convierte en combustible para encender la resistencia.

Este artículo es producto de la alianza entre Nueva Sociedad y Democracia Abierta. 

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¿Se debería prohibir la tarea?

Por:  Paulette Delgado

Según la OCDE, cuatro horas de tarea por semana es el máximo de trabajo que los alumnos deben llevarse a casa.

El debate sobre la cantidad de tarea que se debe asignar a los alumnos no es nuevo. Desde los ochentas, investigadores han tratado de descifrar si la tarea logra mejorar el desempeño escolar de los alumnos. Incluso un metaanálisis que analiza estas investigaciones realizadas entre 1987 y 2003, concluye que los deberes no tienen ningún impacto positivo en niños pequeños y tan solo un impacto moderado en niños mayores o adolescentes.

Aunado a ese estudio, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en su reporte titulado “¿La tarea perpetúa las desigualdades en la educación?” (Does Homework Perpetuate Inequities in Education?), demostró que un total de cuatro horas de tarea por semana es lo ideal, más de eso en la semana tiene un impacto insignificante en el rendimiento académico, mientras que afecta significativamente en el tiempo libre que tienen los niños para actividades de recreación y ocio.

Aún así, la cantidad de tarea que tienen los alumnos ha ido en aumento desde 1990. Hoy en día, los estudiantes dedican más tiempo a la tarea y a dormir que a socializar o trabajar después de la escuela.

Beneficios de la tarea

Según un metaanálisis realizado por Harris Cooper durante el periodo de 1987 al 2003, la tarea puede beneficiar las calificaciones y la actitud de los estudiantes, especialmente a los mayores. Sin embargo, una investigación de la Universidad de Tübingen publicada en el 2009, determinó que para que los deberes sean beneficiosos se tiene que tomar en cuenta las clases y el rendimiento de ellas, ¿logran acabar a tiempo sus actividades en clase? ¿Qué tanto repaso necesitan hacer en casa?

La tarea también enseña a los alumnos habilidades como la responsabilidad, manejo del tiempo, perseverancia y autoestima. Aunado a eso, también ayuda a reforzar el aprendizaje independiente ya que el alumno aprende y refuerza sus conocimientos por su cuenta, y es una manera en que los maestros pueden ver qué tan bien dominan los estudiantes los temas vistos en clase sin producir el mismo nivel de estrés que un examen. Otro beneficio de la tarea es que le da la oportunidad a los padres de saber qué están estudiando sus hijos y de involucrarse en su educación.

El problema de la tarea

Aunque la tarea tiene sus beneficios, estos dependen de la edad. En primaria, la tarea no es nada más que trabajo extra. En secundaria, la tarea produce mejores resultados, pero solo si es moderada. Hay estudios que demuestran que la tarea excesiva se traduce en malas o menores calificaciones. Según los autores, lo ideal es no asignar más de 100 minutos de tarea al día para que esta sea beneficiosa.

Además, las investigaciones comprueban que es  una mayor causa de estrés. En un estudio publicado en el Journal of Experimental Education, el 56 % de los participantes nombraron la tarea como uno de los factores que más los estresaba, en comparación con los exámenes, donde el 43 % los evaluaron como lo más estresante de la escuela. Debido al incremento en estrés que provocan los deberes, estos pueden traer problemas de salud, física o mental, e incluso provocar el aislamiento de los estudiantes al tener que pasar más de tres horas diarias realizándolos. Estos problemas de aislamiento también lo resienten los papás ya que sienten que sus hijos no tienen tiempo de disfrutar su niñez o juventud e incluso de pasar tiempo en familia, por estar haciendo tarea.

Uno de los mayores argumentos a favor de prohibir la tarea es el impacto negativo que tiene en los estudiantes ya que los hace menos receptivos a la escuela y a aprender, especialmente los más pequeños, como los alumnos de jardín de niños a quienes les quedan todavía más de 10 años de escuela (y tarea) por delante.

¿Cómo pueden los docentes asignar mejor la tarea?

Hay mucho debate en torno a cuánta tarea es demasiada y cuánto tiempo deberían de dedicar los alumnos a hacerla. Algunos docentes optan por seguir la regla de diez: dedicar diez minutos al día por grado. Es decir, un estudiante de primero de primaria deberá dedicar diez minutos a su tarea, mientras que uno de último año podría dedicarle hasta 120 minutos al día.

El problema es que falta comunicación y coordinación entre maestros sobre la cantidad de tarea que encargan por materia. Esto termina siendo problemático para los alumnos porque puede resultar en una cantidad excesiva de tarea por área, incluso en épocas de proyectos finales o exámenes.

Para maximizar el beneficio de la tarea, los maestros deberían comenzar por preguntarse:

  • ¿Es necesario asignar tarea o se puede hacer en clase?

  • ¿La tarea complementa y contribuye lo que se vio en el aula?

  • ¿El estudiante cuenta con suficiente información para hacer la tarea solo?

  • ¿Cuál es el propósito e intención de la tarea? ¿Tengo algún objetivo en mente?

  • ¿Cuánto tiempo le dedicará el alumno a la tarea?

  • ¿De qué manera puedo controlar si se está sobrecargando o no a los alumnos?

Aunque asignar tarea sí tiene beneficios, es tiempo de analizar si este recurso académico hace más mal que bien. Especialmente debido al incremento que ha tenido en los últimos 30 años. Por ello es conveniente que los docentes analicen el impacto que tiene en la calidad de vida de sus alumnos, especialmente en los más jóvenes, a quienes les quedan más de 10 años de escuela por delante.

Fuente e imagen: https://observatorio.tec.mx/edu-news/se-deberia-prohibir-la-tarea

 

 

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Educar para reconstruir a Venezuela

Por: Antonio Pérez Esclarin.

Si es bien evidente que para salir del abismo en que estamos y empezar a construir una Venezuela  reconciliada y próspera, se necesitan  cambios radicales en la economía y la política, lo más difícil e importante va a ser cambiar la mentalidad y la cultura, lo que va a suponer emprender una  cruzada por una  educación verdaderamente humanizadora, que enseñe el respeto, la  honestidad, la solidaridad, la convivencia y el  valor del trabajo. Resulta evidente que la profunda crisis  que vivimos tiene  su origen, su sustento y razón  en la  profunda crisis moral que ha corrompido vidas y conductas,  ha exacerbado la ambición, la deshonestidad y la inmoralidad, y ha hecho de la ley y de la constitución algo inútil porque no se cumplen. Somos un país sin principios ni leyes, donde impera el vivismo, la especulación, la deshonestidad, la violencia. El fin justifica los medios. Todo parece lícito si produce poder o si produce dinero, que son los valores esenciales. Para obtenerlos se sacrifican vidas y personas, se especula y engaña sin el menor pudor y  se recurre a la violencia.

Por ello, cada  día ganan más y más terreno las llamadas economías subterráneas como el sicariato (de lo único que no hay inflación en Venezuela es del valor de la vida que cada día vale menos),  la corrupción, la delincuencia, el secuestro, la prostitución de adultos y de niños, la pornografía, el bachaqueo, la especulación abierta y descarada,   el tráfico de drogas, de  armas, de medicinas, de gasolina, y hasta de personas. El llamado de Jesús “Amaos los unos a los otros”, lo estamos traduciendo por “Armaos los unos contra los otros”. Por otra parte,   propuestas moralizantes y discursos con fervientes llamados a la ética, ocultan con frecuencia, la manipulación, el ansia de poder,  la corrupción, el engaño, la  mentira. Hoy se miente tan descaradamente que ya no sabemos qué es verdad y qué es mentira, pues hemos matado el valor de las palabras, y todas son válidas para lograr los objetivos,

Ante esta realidad, urge una educación  que se oriente a gestar personas respetuosas y ciudadanos honestos, responsables y solidarios, preocupados por el bien común, defensores de los derechos y cumplidores de sus deberes y obligaciones. Y esta  debe ser la principal tarea no sólo de los educadores, sino  también de las familias, del Estado y de la sociedad. Resulta de un gran cinismo pedir a los educadores que eduquen en unos valores que son pisoteados abiertamente. ¿Cómo es posible que algunos gobernantes o connotados políticos que deberían dar ejemplo de probidad,  respeto y honestidad,  traicionan sus principios por dinero,  llevan vida de opulones frente a la miseria de los innumerables lázaros, ofenden, mienten descaradamente, amenazan  a cada rato y no pase nada?

Para ello,  es urgente que  la política se cimente sobre la ética,  y que  la educación recupere su importancia, vuelva a ser una verdadera prioridad nacional, tarea y compromiso de  todos… Padres y maestros deben  reencontrarse y proponerse vivir tanto en la casa como en la escuela  aquellos valores que consideran esenciales para el pleno desarrollo personal y la sana convivencia. Los políticos deben ser, parecer y actuar como ciudadanos ejemplares, y apoyar decididamente la educación, entendiendo que es el medio esencial para  lograr la convivencia, la prosperidad y la paz. No olvidemos que la educación es  tarea de  todos pues todos  educamos o deseducamos  con nuestra conducta y  nuestra vida.

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¿Es conveniente flexibilizar el porte de armas en Colombia?

Por: Julián De Zubiría. 

  • Durante el año en curso, Colombia volverá a decidir si ampliar o limitar el porte de armas en manos de los ciudadanos. En esta columna señalo algunos argumentos de por qué se puede prever que, si se aumenta la flexibilización en el país, muy seguramente se elevaría el número de homicidios.

Mucho menos revuelo causó el asesinato de un niño en Medellín, cuyo padre, al parecer, había robado una bicicleta días atrás. Ante el cadáver de su hijo pusieron un letrero tan cruel como inhumano: “Siga robando HP”.

Los dos casos anteriores vuelven a poner sobre la mesa un debate esencial en toda democracia: ¿Se debe flexibilizar el porte de armas o, por el contrario, fortalecer el total monopolio del Estado sobre ellas?

Un porte más libre de armas ha sido ampliamente defendido por algunos parlamentarios del Centro Democrático y del Partido Conservador; muy especialmente, por Christian Garcés, Alfredo Rangel y Juan Carlos Wills. A nivel internacional esta tesis ha contado con el total respaldo de Donald Trump, quien llegó a proponer la absurda idea de armar a los profesores para detener las frecuentes masacres en las instituciones educativas. En Brasil, Jair Bolsonaro, desde su campaña había propuesto liberalizar el porte de armas, bajo la tesis de que era lícito “matar ladrones” y que, quien lo hiciera, sería indultado.

Como puede verse, el debate sobre la flexibilización en el porte de armas, claramente marca fronteras ideológicas, éticas y políticas. Al fin y al cabo, lo que está en juego es la defensa de la vida, los derechos humanos y los principios democráticos.   La idea de los defensores de la flexibilización es muy sencilla: proponen liberar el porte de armas para que los “ciudadanos de bien”, se defiendan de los maleantes.

El término “ciudadano de bien” debería estar proscrito de la reflexión y el debate, por excluyente, clasista y segregador. Pero muy especialmente, por ser completamente falso, dado que atribuye un mejor comportamiento ético y ciudadano a quien posee mayores recursos económicos, lo cual, a todas luces es una asociación que no necesariamente se cumple. Sin embargo, la idea central del proyecto que deberá discutirse durante el año en curso, propone facilitar el porte de armas para que los ciudadanos ejerzan su defensa.

En Colombia 690.000 colombianos tienen armas amparadas. De ellos, 400.000 pueden portarlas. Así mismo, se estima que hay 3 millones de armas ilegales que circulan por las diversas regiones.

Tres argumentos principales se pueden exponer en contra de la flexibilización del porte de armas, entendiendo que, en casos muy excepcionales, es comprensible que puedan portarlas los ciudadanos cuyas vidas corran gran peligro, pero eso ya está contemplado y reglamentado en detalle por la ley. Nos interesa plantear si las excepciones deben seguir ampliándose indefinidamente, como proponen algunos políticos, y cuál sería el costo social y humano de hacerlo.

En primer lugar, al flexibilizar el porte de armas el Estado está trasladando la potestad de ejercer justicia a una muy pequeña parte de la población. En la práctica queda legalizada la pena de muerte, ya que un ciudadano que se sienta amenazado, sin ningún juicio, ni defensa, ni proceso en curso, puede disponer de la vida de quien considera que lo está amenazando. Más grave: la decisión sobre la vida o la muerte de otra persona la debe tomar en pocos segundos. Todavía más delicado: quien posee un arma tiene mayor poder de intimidación y mayor capacidad para ejercer violencia. Todos sabemos lo intimidante que puede volverse una persona que desenfunda su arma. Por tanto, seguramente la flexibilización se convertiría en Colombia en un factor que, en lugar de reducir, eleve el número de homicidios. En mayor medida, si tenemos en cuenta que somos un país acostumbrado a la muerte, muy intolerante, poco empático e insensibilizado tras décadas de violencias, mafias y conflicto armado.

¿Se imaginan cuántas de las mujeres maltratadas en Colombia, habrían terminado muertas si sus esposos tuvieran autorización para portar armas? ¿Se imaginan cuántos muertos se producirían en las calles de las ciudades del país, si en las riñas callejeras, algunos de los involucrados hubieran tenido derecho a usarlas? ¿Se imaginan cuántos hinchas deportivos habrían muerto si los hinchas de los equipos contrarios tuvieran permiso para portar armas? ¿Se imaginan cuántos reclamantes de tierras habrían sido asesinados, si los usurpadores de sus tierras tuvieran derecho a portar armas?

Preguntas todas ellas muy pertinentes en un país en el que la mitad de los homicidios son generados por alguien que conocía previamente a sus víctimas; los victimarios eran, muy posiblemente, sus esposos, sus compañeros o sus vecinos y murieron en una actividad deportiva o social acompañada, por lo general, de licor. Es tan triste que el Día de la Madre sea la fecha con mayor número de homicidios en el país. Aun así, ¿prefieren que más personas salgan armadas a la calle todos los días?

El segundo argumento es científico. Dado que esta es una medida que ya se ha adoptado en diversas regiones del mundo, es relativamente fácil saber cuál ha sido su impacto. El caso más claro de todos es Estados Unidos, país en el que de tiempo atrás en diversos estados ha sido permitido el porte, hasta tal punto, que se consiguen armas y municiones en cualquier supermercado, como muy claramente lo ilustró Michael Moore en el documental Bowling for Columbine (Premio Óscar al mejor documental largo en 2002).

Estados Unidos es un buen contraejemplo a la propuesta del porte legal de armas. Según un estudio reciente, entre 1966 y 2012 en este país se presentaron 90 tiroteos masivos. Los 90 tiroteos son cerca de un tercio de los 292 ataques que se registraron en el mundo para el mismo periodo. Sin embargo, aunque esta nación tiene el 5% de la población mundial, allí se presentaron el 31% de los tiroteos masivos. Una variable central para explicar esto, tiene que ver con su política de liberación de armas. Así mismo, en el Estado de la Florida, tras promulgarse la ley de libre porte de armas en 2005, el homicidio aumentó casi un 30 por ciento durante los años siguientes.

Investigaciones adelantadas en el mismo país, encuentran que no sólo se eleva el número de asesinatos por homicidios con un porte más flexible. También se evidencia que aumenta el riesgo de suicidios. La explicación es sencilla: es más fácil quitarse la vida si hay armas al alcance de individuos con tendencias suicidas.

Aunque el tiempo todavía es breve para conclusiones generales, en Brasil la situación al parecer ha sido similar. Bolsonaro recién posesionado, cumplió su promesa de campaña y flexibilizó el porte de armas. El Atlas de la Violencia registró el 2019 en Brasil como el año de mayor número de homicidios por cada 100.000 habitantes.

Los partidarios de la legalización harían bien en estudiar el dramático caso venezolano. Cuando Chávez llegó al poder en 1999 la cifra oficial era de 19 homicidios por cada 100.000 personas. Hoy en día, el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), estima que se multiplicó por cuatro al llegar a 79 muertos. ¿Qué pasó? Que el gobierno repartió armamento preparando a la población para una supuesta invasión norteamericana. Amnistía Internacional estima que, en un país de 29 millones de habitantes, existen 6 millones de armas distribuidas entre la población. Caracas se convirtió en la tercera ciudad más insegura del planeta y otras dos (Guayana y Ciudad Bolívar), están entre las diez más inseguras. Como puede verse, la experiencia internacional permite pensar que una mayor flexibilización, eleva la inseguridad y no la reduce, como suponen sus defensores.

El tercer argumento se puede inferir de diversos estudios y experiencias colombianas. Un estudio realizado en 2017 por la Fundación Ideas para la Paz (FIP) encontró que, incluso personas entrenadas en su uso, como los vigilantes, presentaban en Colombia y contrario a lo que presuponen sus defensores, mayor riesgo de ser asesinadas si estaban armadas.

Otro estudio de la FIP, realizado en 2019, ratifica que el uso de armas de fuego en homicidios ha disminuido en los últimos siete años en el país, cuando se restringió el uso libre de armas.  En 2010, el 81% de los homicidios se producían con armas de fuego y en 2018 el 72%. Sigue siendo muy alto, pero la tendencia es favorable.

Una experiencia significativa en esta misma dirección, se encuentra con la búsqueda del monopolio de las armas en Bogotá durante la alcaldía de Antanas Mockus. Sus medidas a favor del desarme permitieron reducir significativamente las tasas de homicidios de 72 (1994) a 51 por cada 100.000 habitantes (1997).

De todas maneras, la experiencia más importante de todas se ha vivido con el desarme de las FARC alcanzado gracias al proceso de paz durante el gobierno de Juan Manuel Santos. El mayor triunfo del acuerdo radica en la reducción sostenida de los indicadores de violencia. Es así como, entre 2012 y 2017, la tasa de homicidios por cada cien mil habitantes se redujo de 34 a 24 casos en el país. Lo verdaderamente grave es que esta tendencia ha comenzado a revertirse con la llegada al poder de Iván Duque y muy especialmente desde finales del año 2019. La Misión de Observación Electoral (MOE), concluye que enero de 2020 es el mes más violento contra los líderes sociales en los últimos cinco años.

El presidente Duque afirma que defiende el desarme. Lo mismo ha dicho su Consejero para la seguridad. Ojalá se consoliden estas posiciones en la nación, ya que en una democracia le corresponde al Estado garantizar el monopolio total en el uso de las armas y de la fuerza, para que solo tengan como propósito proteger la vida, que es el más importante de todos los derechos.

En la práctica, permitir el porte de armas equivale a establecer la pena de muerte sin juicio previo. Un meme que circuló en redes lo expresaba de manera clara: “Si matar para robar es malo, pero matar al que roba es bueno, entonces lo que importa no es la vida, sino la propiedad”. ¿Eso es lo que más importa hoy en Colombia?

(*) Director del Instituto Alberto Merani y consultor en educación

Fuente del artículo: https://www.semana.com/opinion/articulo/es-conveniente-flexibilizar-el-porte-de-armas-en-colombia-julian-de-zubiria/652415

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