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España: Fernando Rey promueve el uso de avances tecnológicos y didácticos entre profesores Leer más: Fernando Rey promueve el uso de avances tecnológicos y didácticos entre profesores

Europa/España/11 Febrero 2017/Fuente: Larazon/Autor: E. Ajuria

La Consejería de Educación desarrolla durante este curso un ambicioso proyecto de innovación experimental basado en la impresión 3D

El consejero de Educación, Fernando Rey, está promoviendo, durante el presente curso, el uso de avances tecnológicos y didácticos para mejorar la formación de los profesores.

Para ello está impulsando, de forma experimental, un proyecto cuya finalidad es utilizar la tecnología de diseño e impresión 3D con la metodología de trabajo por proyectos para resolver pequeños retos de aprendizaje multidisciplinares, para que el docente lo pueda aplicar en el aula.

Fomentar la creatividad

La tecnología de diseño e impresión 3D vinculada a los procesos educativos de los alumnos fomenta la creatividad y la capacidad de resolver problemas, genera más participación, capta y focaliza el interés de los alumnos, facilita la tarea docente y, finalmente, promueve la colaboración y el trabajo cooperativo e interdisciplinar entre diferentes materias y departamentos.

Fernando Rey consideró esencial promover entre el profesorado el uso de los avances tecnológicos y didácticos de la actual sociedad del conocimiento, así como desarrollar las competencias digitales y aptitudes necesarias que favorezcan la adquisición de estas nuevas tecnologías y su aprovechamiento en el aula.

Entre estos avances tecnológicos, destaca la versatilidad y atractivo de la tecnología de impresión 3D, que permite crear modelos tridimensionales para múltiples disciplinas, estimular la creatividad y mejorar la capacidad de resolución de problemas. Resulta de especial interés la puesta en práctica de pequeños retos de trabajo por proyectos multidisciplinares a resolver mediante la utilización de estas técnicas que impulse la colaboración entre grupos de alumnos, materias y departamentos.

Para todo ello, resulta necesaria una adecuada preparación y formación del profesorado. La Dirección General de Innovación y Equidad Educativa considera fundamental el desarrollo profesional de las competencias digital, didáctica y de innovación. En esta primera convocatoria del proyecto de innovación educativa «3D» el plazo de inscripción está abierto hasta finales de febrero en la página web (http://crfptic.centros.educa.jcyl.es).

Fuente de la noticia: http://www.larazon.es/local/castilla-y-leon/fernando-rey-promueve-el-uso-de-avances-tecnologicos-y-didacticos-entre-profesores-NJ14488894

Fuente de la imagen:

 http://www.larazon.es/documents/10165/0/498×334/0c0/0d0/none/10810/PPYV/image_content_6078099_20170210085548.jpg

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El Amor y el Tiempo

Por: Luis Bonilla Molina

¿Cuál es mi camino? ¿Esperarte? ¿Olvidarte? ¿Hacer lo que tú haces, ir de los brazos de uno y de otro, hoy dormir con alguien mañana con otro diferente?
Frida Kahlo

Este 14 de Febrero se celebra otro día más del amor. Más allá de las implicaciones comerciales y las estrategias de mercadeo de determinados productos en esta fecha -propios de las sociedades capitalistas del siglo XXI- me parece importante expresar algunas ideas sueltas que den cuenta que siempre ha existido otra mirada del amor, la que resiste al orden establecido; un tema que Marx trabajó fundamentalmente en sus escritos de juventud cuando decía “si amas sin despertar amor, esto es, si tu amor, en cuanto amor, no produce amor recíproco, si mediante una exteriorización vital como hombre amante no te conviertes en hombre amado, tu amor es impotente, una desgracia”. Amor, sensualidad, sexualidad, sobrevivencia y poder aparecen estrechamente ligados a través de la historia humana, mezclándose personajes reales con literarios, según lo permita o niegue la moral de una determinada época.

Acostumbramos referirnos al amor como un producto acabado, cuyas manifestaciones y expresiones parecieran repetirse cíclicamente, en todas las décadas, siglos e historia de la humanidad; nada más lejos de la realidad. El amor es un producto social de cada momento histórico, que expresa la condición humana, la ideología de la clase dominante y de las clases que se le oponen, y la relación entre objetividad y subjetividad.

Siempre ha sido así. El amor de Shiva fue a la vez destructor, creador y preservador, era contradicción creativa permanente que reflejaba la pugna entre el hombre y la naturaleza. Artemisa quien fue fruto del amor prohibido entre Zeus y Letón, siempre tuvo presente que la pasión entre un hombre y una mujer puede dar origen a la peor de las iras y peligros, como el desatado por la serpiente pitón para impedir su nacimiento porque ello rompía el orden previsto para los dioses; Artemisa sería la representación de la virginidad femenina como tributo al amor. Eva rebelde y libertaria, como sólo lo seria después María Magdalena, entendió que la pasión, el erotismo y el cuerpo son territorios de emancipación; asumiendo que el placer es el primer conocimiento humano.

Justine y Juliette vivieron un tiempo de oscurantismo y sus cuerpos fueron objetos de uso y abuso del poder, expresiones de doble moral, como lo fueron en su momento la destrucción de las capitales del placer libre: Sodoma y Gomorra. Sade con Juliette y Justine rompió con la noción de amor idílico presente en el discurso público del catolicismo medieval, para atreverse a denunciar, no el goce ni el placer perverso y sin límites en lo privado, sino la doble moral que negaba lo que se hacía con desenfreno. Las dudas de Justine expresaron esa contradicción inmanente en los albores de la libertad entre sumisión y goce del ser que venía siendo anulado por el otro.

Buda, el original –no el gordito barrigón que confundimos con el maestro oriental- y su estética andrógina nos aproxima a una fusión del amor en sexualidad multiforme y nos confronta con la unidimensionalidad del amor heterosexual. Leonardo Da Vinci explora ciencia, ética y curiosidad experimentando con su piel el goce por igual del encuentro con texturas del mismo sexo o del sexo opuesto. El amor ha sido diverso y con variados cánones de exposición pública según el tiempo histórico, sus protagonistas y su relación con el poder. Los egipcios normalizaron el amor incestuoso como mecanismo de preservación del poder, mientras que los romanos permitieron que el sexo mostrara las aberraciones a las cuales podría llegar ese otro amor, el amor centrado en si mismo pero a la vez descentrado de todo ser, el amor por el poder.

La inquisición construyó una estética del amor de Lucifer por las más delgadas damas, con las cuales aprendía el goce en cada palmo de su humanidad, propiciando encuentro de múltiples sensibilidades en un orgasmo colectivo; pero eran también las damas consideradas simples objetos sexuales que se atrevían a llevar la iniciativa del placer, liberando los deseos reprimidos como expresión del amor y que buscaba nuevas expresiones: era el redescubrimiento del protagonismo femenino en el erotismo.

La revolución francesa, el surgimiento de la clase obrera, el emerger de los derechos de las mujeres con las ideas, luchas y posiciones de Olimpia de Gouges, Mary Wollstonecraft, las gestas patrióticas con Manuelita Saenz, la rebeldía proletaria de Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo, entre otras, posibilitaron el desarrollo de un concepto del amor mas allá del patriarcado y el matrimonio religioso burgués. Fue la puesta en escena del protagonismo de la mujer en el amor, la iniciativa de la mujer en la búsqueda del placer en contra de una sociedad beata que sufría las cadenas de la prohibición del goce, que castraba el amor, que convertía el más hermoso sentimiento en eunuco.

El fin de la segunda guerra mundial y la carga de muertes y desesperanza para la humanidad que significaron los campos de concentración de Auschwitz y las bombas de Hiroshima y Nagasaki, llevaron a los hombres y mujeres a soñar e impulsar el amor hacia nuevas fronteras. La estética del amor de Daniel Santos, Lucho Gatica, Julio Jaramillo y Toña La negra con su tono melancólico que expresaba los límites del amor, “para siempre” o “hasta que la muerte los separe”, cedieron rápidamente paso a los primeros embates de los movimientos de cintura de Elvis Presley. Ya dejó de ser un tema de preocupación “quien le estará pintando pajaritos en el aire a Linda“, y las parejas vibraron al unísono de la bamba o Jailhouse Rock.

El amor comenzó a rebelarse de los convencionalismos sociales en todos los campos, los pantalones se pegaron al cuerpo y la minifalda se impuso. Por supuesto, que los conservadores de siempre dijeron que la juventud se iba a perder con esos bailes y la ropa corta, como lo dirían décadas después con la salsa, el vallenato, la lambada o ahora con el Reggaetón. El amor buscaba reintegrarse al placer, al sexo, como era negado por el orden establecido a pesar de las conquistas secretas de los amantes furtivos de siempre. Cuando un ritmo musical es masivamente aceptado es porque expresa una sintonía con los lenguajes, deseos e imaginarios de un momento histórico; otra cosa ocurre después cuando la industria cultural se apropia de él para construir una estética que promueva el consumo.

La generación de los Beatles, los Rolling Stone llegó con la pastilla anticonceptiva, el amor libre y la rebeldía contra toda forma de autoritarismo. Generaciones enteras se amaron construyendo el panfleto, pintando la pancarta o armando la estrategia para enfrentar la policía el día siguiente. La mirada cómplice, la atracción por el otro se complementaba con el placer y se disolvía rápidamente para evitar el aburrimiento del amor canonizado. Joan Báez cantaba sobre un escenario pintado de notas musicales, hablándonos de los sueños de libertad, mientras Serrat nos tarareaba de una mujer que para amarla no necesitaba bañarse todas las noches en agua bendita. Era época de politización acelerada con exploraciones de nuevas estéticas. Cat Stevens nos deleitaba en los sesenta con la expresión del amor reparador de un padre a su hijo mientras Moustaki añoraba la libertad perdida una noche de diciembre y la negra Sosa le daba gracias a la vida.

En Venezuela de los setenta Ali Primera acompañaba nuestras noches de soledad con amor en tres tiempos: y tarareábamos con él “me gusta quitarte la arena, quitar beso a beso esos granitos traviesos que están cubriendo tu cuerpo” que eran expresión del amor que surge con el compromiso social. Con el Mayo Francés conocimos a Sartre y Foucault, su amor de presente y en contra vía. Para las generaciones posteriores a la llegada del hombre a la luna, vino la temprana politización, la ruptura con el idílico amor que se aprendía en el hogar para ver nacer eso otro amor hermoso que se fragua en la solidaridad, el compromiso y la lucha por la justicia. Un amor de clase que existe mientras lo alimente la utopía, que se reinventa todos los días. Cupido se vistió de camisa remangada, falda anudada en la cintura y mirada de frente. Y brevemente se impuso otra visión del amor, esa que está vinculada al compartir un sueño.

En la década de los ochenta el amor de Hollywood venia en formato de Saturday Night Fever, Vaseleine o Flasdance, mientras desde la otra orilla Sabina nos hacía un giño mientras declamaba sobre un corazón cinco estrellas. La trova cubana nos regaló múltiples melodías que expresaban ese nuevo momento histórico del amor. Silvio nos hablaba del amor de una poetisa mientras Pablo nos consolaba diciéndonos que éramos muchos los que sufríamos en ese breve espacio en que no estabas. En formato de casette nos llegaba Luis Eduardo Aute invitando a que te quitaras el vestido, las flores y las trampas. Y de pronto desembarcó la revolución tecnológica y con ella nuevos territorios virtuales, nuevas conectividades, nuevas expresiones de amor; ahora las citas se hacen por internet y, aunque en el facebook declaremos que tenemos una relación difícil de explicar o abierta, el encuentro de labios y cuerpos se sigue consumando en una habitación de hotel, en melodía de pasión como preámbulo del amor.

Cada 14 de Febrero en las sociedades capitalistas se confrontan dos modelos de amor. Uno que considera al amor una mercancía, una propiedad sobre el otro, y que se celebra con un regalo que expresa cuanto se ama. Por otra parte, otros, muchos, aprendemos y militamos en ese otro amor, el amor que está presente, que está al lado del otro, que voltea y encuentra la sonrisa amable y la mirada pulcra, así no se tenga un centavo en el bolsillo. Como podría decirlo el tatuaje del Cupido gordito que se pegaba en los cuadernos: amor es solidaridad, es compartir, es llevar el placer a límites insospechados. Mientras para la ideología capitalista el amor se puede convertir en la prisión mental los revolucionarios decimos con Sabina “negaría el santo sacramento en el mismo momento que ella me lo mande”

Fuente: https://luisbonillamolina.wordpress.com/2016/01/12/el-amor-y-el-tiempo/

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Nuevas perspectivas para la Transformación Social

Por: Viento Sur. Gerardo García. 11/02/2017

“A veces, echo en falta que a la figura icónica del Che Guevara

se le ponga la mirada de una persona con Síndrome de Down”

Txema Abaigar, militante anticapitalista

El pasado 3 de Diciembre se celebró el Día Internacional de las Personas con Diversidad Funcional en medio de un fuerte apagón mediático y un silencio extendido también entre los ambientes más politizados y habitualmente más movilizados, lo que desembocó en que dicha efeméride pasara totalmente desapercibida para la inmensa mayoría de la población.

Es cierto que cabe preguntarse qué utilidad real suelen tener este tipo de celebraciones, que suelen ser escenarios de efímeros e hipócritas gestos de ciertos organismos e instituciones que habitualmente fomentan y amparan las opresiones que dicen combatir en fechas concretas y cuya labor de concienciación a la población ante esos mismos problemas, por lo general, no tienen efecto mucho más allá de esas 24 horas.

No obstante, el escasísimo eco mediático y la aún más escasa incidencia movilizadora que pudimos contemplar el citado día, no pueden más que preocuparnos y ser interpretados como un serio aviso del que deberíamos tomar nota todas las personas que apostamos por un cambio radical de modelo social, político y cultural, en tanto que nos enseña el grado de ostracismo, de invisibilidad al que se tiene sometido todo cuanto rodea a la Diversidad Funcional hoy en día.

Pero antes de nada y de mostrar una justa indignación por este silenciamiento, sería necesario no llamarnos a engaño. Los discursos y las prácticas transformadoras rara vez inciden o han incidido en el terreno de la Diversidad Funcional, más que de forma tangencial y secundaria para abordar otro tipo de temáticas. Desde nuestra ‘trinchera’, se aprecia una más que preocupante ausencia de elementos que la consideren como una causa por sí misma y que conviertan a la personas que la tienen como un sujeto político activo. Nos falta aquí un “corpus” teórico que poner en práctica en nuestra labor diaria de transformación de lo cotidiano.

Estas líneas no pretenden definir ni cerrar dicho “corpus”, al igual que tampoco pretendía hacerlo el taller que se celebró al respecto, precisamente, de la Diversidad Funcional durante la última Universidad de Verano Anticapitalista y que, de una u otra forma, las inspiran, pero sí que pretenden despertar ciertas preguntas, empezar a definir determinados caminos que nos pueda ayudar a cimentarlo.

Sin duda, uno de los ingredientes básicos de toda opresión es la invisibilización de un colectivo y de las problemáticas que les suelen ir asociadas (mejor dicho, en su mayoría, que la sociedad actual, en su proceso de construcción les ha ido generando). No se puede entender el “capacitismo” (esto es, el marco ideológico que ampara y legitima la supremacía de las personas sin diversidad funcional oficial sobre las que sí la tienen) sin ese silenciamiento que se ejerce día a día.

El citado silenciamiento lleva a que normalicemos ese papel de subsidariedad de las “Personas con Diversidad Funcional” (o con “Discapacidad”; el hecho de no saber todavía cómo nombrar una realidad suele dibujar también el punto en el que se está a la hora de trabajar en/con ella), hasta puntos insospechados. Tan insospechados (y por citar un ejemplo concreto, que pudiera pasar casi por anecdótico) como para que se nos pase por alto el lugar que suele ocupar en las reseñas periodísticas la mención a la accesibilidad y/o presencia de barreras arquitectónicas en un determinado establecimiento hotelero: el último, junto a la relativa a la admisibilidad de animales domésticos en su interior.

Pero ejemplos como éste no pueden ser considerados como hechos aislados o productos de la casualidad. Es muy difícil, por no decir casi imposible, encontrar una visión normalizadora e inclusiva en nuestro imaginario colectivo, lo que favorece que la opresión “capacitista” persista en gran medida hasta nuestros días. La prevalencia de dicha opresión, conscientemente normalizada e invisibilizada en la actualidad se manifiesta, entre otras muchas cosas, en que;

– La construcción “capacitista” del lenguaje apenas se ha cuestionado en la actualidad, distando mucho esa crítica de la que se ha empezado a hacer en los últimos años en relación a la cuestión de género. El uso de la Diversidad Funcional como un motivo de insulto apenas es algo que se haya cuestionado.

– Igual que sucede en muchos otros casos, la imagen corporal hegemónica que se espera en hoy en día, no ofrece un hueco para la Diversidad Funcional. Y esta exclusión se lleva a cabo, de nuevo, sin que apenas seamos conscientes de ello.

– La visibilidad de la Diversidad Funcional en la esfera pública se siga dando de una forma paternalista e infantilizadora, apelando, mayoritariamente a un sentimiento tan lógico como poco útil a la hora de transformar nuestra cotidianidad, como es la condescendencia.

– Persiste la asociación recurrente, y alimentada de gran manera por los medios de comunicación, entre la Diversidad Funcional (sobre todo, la relacionada con la Enfermedad Mental) con la criminalidad.

Por ir centrando más el objeto real de este artículo, una muestra más de hasta qué punto hemos asimilado conductas y posicionamientos “capacitistas” incluso razonablemente cerca de nuestros posicionamientos, es que no se ha logrado incluir a la Diversidad Funcional en una gran parte de las, por otra parte, más que justas y legítimas demandas sociales que, hoy en día se articulan, perpetuando, en su formulación, la segregación entre Personas con Diversidad Funcional y sin ella. La, sin duda, bienintencionada pero más que limitada defensa del derecho al aborto en los casos de malformación fetal es el más claro ejemplo de ello.

Pero estas contradicciones no pueden ser achacables sólo a discursos reformistas y/o defensores de un cierto modelo de Estado del Bienestar. No deja de llamar la atención, por ejemplo, como en un contexto en que, ciertamente, se hace necesaria una defensa de los Servicios Públicos, se ha asumido (o, al menos, parece haberlo hecho), por nuestra parte, un discurso legitimador del Modelo Residencial como uno de los ejes vertebradores de la intervención en el campo de la Diversidad Funcional.

Desde diversos colectivos que llevan años y años trabajando por una visibilidad e inclusión real de la Diversidad Funcional, entre los que cabe destacar el Foro de Vida Independiente se han denunciado por activa y por pasiva los grandes defectos que presenta dichos modelos. Cabe preguntarse ciertamente, más allá de debates coyunturales y específicos en su momento, si los Recursos Residenciales que habitualmente se potencian no contribuyen más que a invisibilizar a estas personas, alejándolas de lo que se supone que debiera ser su entorno natural y, hasta qué punto, facilita (o deja de hacerlo), su empoderamiento real, que, al fin y al cabo, es lo que debería defender el “anticapacitismo”.

Detrás de un debate tan concreto, extensible también al modelo educativo (centrado actualmente y en gran medida, en la promoción de los Colegios Especiales) subyace así una cuestión tan de fondo como es el punto hasta el que defendemos modelos que se enfoquen a una autonomía lo más completa posible de las Personas con Diversidad Funcional, dándoles a ellas un protagonismo real en la toma diaria de decisiones y en su inserción real en un enclave geográfico concreto.

Enlazando con lo comentado en los dos párrafos anteriores, respecto a la alienación constante que se suele someter a las personas con Diversidad Funcional, negándoles su autonomía, capacidad de decisión y gran parte de sus derechos más fundamentales, llegamos a una cuestión muy concreta sobre la que también urge articular discursos y prácticas orientadas a un empoderamiento real de éstas: las Pensiones de Discapacidad, tanto en lo que concierne a su cuantía, como, sobre todo, a la dirección final de las mismas.

Por desgracia, en la actualidad, no hay mecanismos que garanticen que dichas pensiones acaben repercutiendo directamente en una mejora de la calidad de vida de las personas que debieran ser sus perceptoras directas. Se hace imprescindible reclamar que esas cuantías (correctamente ponderadas para asegurar a quienes se beneficien de ellas una completa satisfacción de sus necesidades económicas) lleguen íntegramente sus titulares (sin que haya intermediación alguna que haga uso personal de estos recursos, haciendo camino en la ruptura de la relación directa que, por desgracia, persiste en la actualidad, entre Diversidad Funcional y pobreza.

Si al hablar de la Diversidad Funcional en general y del espacio que se le da en la sociedad actual resulta inevitable referirse a la invisibilización que se le suele someter, ésta última parece acentuarse más si cabe al hablar de la diversidad que no se ve a simple vista. En concreto, de la llamada “Enfermedad Mental”. En líneas anteriores, citábamos la asociación que se suele realizar entre ésta y la criminalidad. El desconocimiento social (unido a la aparente falta de interés en combatirlo) no hace más que condenar aún más al ostracismo a las personas afectadas por ella. Los modelos hegemónicos de intervención y tratamiento tampoco parecen apuntar de cara a una plena inclusión de dicho colectivo. Desde nuestros posicionamientos, se hace necesario apuntar a nuevos horizontes de cara a su visibilización y normalización. Probablemente, los Grupos de Apoyo Mutuo en Salud Mental que vienen realizando su labor en los últimos tiempos, principalmente desde diversos Centros Sociales, nos estén dando una buena pista de cómo hacerlo.

Según el Informe Europeo sobre las mujeres de los grupos minoritarios en la Unión Europea, de 2004, “Casi el 80% de las mujeres con discapacidad es víctima de la violencia y tiene un riesgo cuatro veces mayor que el resto de mujeres de sufrir violencia sexual”/1. Con una situación económica generalmente precaria y con tendencia a la escasez de recursos para su socialización, se trata de un colectivo en riesgo grave de exclusión. Tampoco podemos olvidar un hecho como el que las consecuencias más directas de Políticas Públicas con claro sesgo “capacitista” como son los recortes en los recursos desarrollados en el marco de la ya de por sí insuficiente Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia (más conocida simplemente como Ley de Dependencia) recaen fundamentalmente en las mujeres que, en una sociedad capitalista y patriarcal como la nuestra, son las que generalmente suplen con su trabajo no remunerado esa labor de cuidados que se deja de prestar por parte del Estado. Por ello, se antoja imprescindible seguir articulando discursos y prácticas que visibilice y combata la doble discriminación que supone ser mujer y tener Diversidad Funcional y que se oponga a la acentuación de la división sexual del trabajo que viene inherente a las políticas austeritarias.

Si hay un debate abierto (y con pocos visos de cerrarse en un futuro cercano) en el seno de la izquierda y, en general, del entorno más ligado a la transformación social es el relativo a la relación entre Diversidad Funcional y una supuesta y discutida existencia de derechos sexuales. Asuntos como el de la Asistencia Sexual, ya regulada en otros países, aún siguen generando polémica, especialmente (aunque no sólo) dentro del movimiento feminista. Más allá de posicionarnos aquí de forma cerrada al respecto, creemos que es de vital importancia que sigamos profundizando este debate, normalizarlo sin caer en maniqueísmos y valorando en profundidad las oportunidades y las posibles contradicciones relacionadas con el mismo.

Y, por último, no queremos dejar de abordar en este breve repaso (en el que sabemos que nos dejamos muchas cosas en el tintero) la relación entre la Diversidad Funcional y el empleo. Un primer aspecto a valorar aquí es la situación y el funcionamiento de los Centros Ocupacionales que, supuestamente, han de figurar como centros de formación básica para la inserción al empleo (especialmente, orientada a personas con Diversidad Funcional Intelectual), y que en su gran mayoría de ellos están orientados a trabajos en cadena manipulativos a saber, tales como revisión de tornilleria, trabajos de imprenta, plegado ensobrado y tareas similares. Dicho trabajo en cadena, monótono y repetitivo, en ningún caso es remunerado en función a la productividad del sujeto, con las compensaciones oscilan entre los 20 y 100 euros mensuales. Por tanto, se da una situación que condena al colectivo a la ghettización, realizando producción para las propias Asociaciones, cuyos intereses económicos acaban, muchas veces, chocando frontalmente con la inserción laboral plena de estas personas.

Es de vital importancia, por tanto, que el mercado laboral (así como la sociedad en su conjunto) acepte el encaje de la Diversidad Funcional dentro del mismo, lo que implica una serie de cambios estructurales y creativos, que contemplen las diversas potencialidades de las personas, no cayendo nunca en esa tendencia tan recurrente de aparcar a aquéllas que se consideran hegemónicamente como “no productivas”. Es de vital importancia luchar contra esa idea tan aposentada de que la inclusión social de cualquier colectivo pasa porque éste sea asumido sin más por el mercado laboral actual.

Son muchas, pues, las cuestiones y los debates abiertos y los espacios por cubrir para la formación de unos discursos y unas prácticas que, de cara a una transformación radical e integral, aborden la Diversidad Funcional como creemos que es necesario y la saquen del ostracismo y de la invisibilidad que hoy en día se le someter a ella y a las personas que la tienen, reconociendo su plenitud de derechos. Lejos de considerarse como un Texto Fundacional de nada, valgan estas palabras como una humilde aportación al debate sobre cómo construir una sociedad más justa y solidaria, que considere toda diversidad como una riqueza y no como algo patológico, que incluya a todas las personas y una llamada más para ponernos manos a la obra. Porque si de una cosa tenemos seguridad es de que la transformación social será accesible o no será.

Fuente: http://vientosur.info/spip.php?article12166

Fotografía: viento sur

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Mujeres y ciencia: ¿discriminación basada en la evidencia?

Con motivo del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, las autoras analizan la situación actual y proponen medidas para alcanzar la igualdad de género.

Europa/España/ANNA LUCAS, CLARA MENÉNDEZ Y AZUCENA BARDAJÍ/ ISGlobal

Coincidiendo con la adopción de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), la Asamblea General de las Naciones Unidas declaraba el 11 de febrero como el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, una forma de visibilizar el vínculo entre dos cuestiones claves y transversales en la nueva agenda global. Por un lado, la consecución de la igualdad de género en todos los ámbitos, plasmado en el ODS 5, y, por otro la ciencia, la tecnología y la innovación como uno de los motores de desarrollo sostenible. Se reconocía así que la exclusión o la falta de participación en condiciones de igualdad de las mujeres en las comunidades científica y tecnológica (ya sea como creadoras, tomadoras de decisiones o usuarias) suponen un lastre importante para conseguir gran parte de los objetivos y metas de la agenda 2030.

En España ha habido avances en la evolución del papel de la mujer en la academia y la ciencia especialmente en las últimas tres décadas. En torno al 55% de los títulos universitarios y el 45% de los doctorados los obtienen mujeres, sin embargo, ellas solo son el 39% del total de los investigadores activos. Por otro lado, la proporción de mujeres disminuye drásticamente a medida que se asciende en la carrera científica o en los puestos de liderazgo, donde representan el 20% del total, tendencia que se repite en la Unión Europea y en el resto del mundo.

Parece paradójico que en la ciencia y el conocimiento existan actitudes o manifestaciones discriminatorias o al menos que no fomenten la igualdad de género”
La ciencia es otro ámbito social más afectado por las desigualdades de género. Parece paradójico que en el ámbito de la ciencia y el conocimiento existan actitudes o manifestaciones discriminatorias o al menos que no fomenten la igualdad de género. ¿Cómo es posible en un espacio en principio definido por la razón igualitaria? Es una cuestión compleja y son muchos factores que dificultan tanto el ingreso como el desarrollo de la carrera científica de las mujeres en condiciones de igualdad. Desde los estereotipos que afrontan las niñas desde edades muy tempranas y que tienen impacto en la elección de su campo de estudio, hasta las mayores cargas familiares que soportan. Por otro lado, también existen sesgos de selección en un ámbito laboral dominado por hombres en las instancias de decisión. Así, la evidencia muestra que algunos colectivos, como los científicos y académicos, que reconocen como valores propios su objetividad e imparcialidad, son paradójicamente más proclives a incurrir en este tipo de sesgos de género, aun cuando no haya una voluntad deliberada de tomar decisiones discriminatorias. Al no considerar necesario estar “en guardia” frente a ellos sumado al hecho de percibir decisiones tomadas en base a una visión androcéntrica como neutrales.

Existen sesgos de selección en un ámbito laboral dominado por hombres en las instancias de decisión”
Por otro lado, es posible que la menor participación de las mujeres termine teniendo un impacto en la ciencia que se desarrolla. ¿Realmente una ciencia que excluye en gran medida el talento, la visión y las capacidades de las mujeres puede ser la mejor? Especialmente en un ámbito como la investigación, que se basa en la innovación y en la generación de nuevas ideas, lo cual se estimula y fomenta en ambientes diversos y no uniformes. ¿De qué manera este desequilibrio influye en la agenda de investigación? La menor participación femenina en posiciones de liderazgo contribuye al tratamiento que reciben temas específicos de la mujer en la agenda de investigación. Las enfermedades cardiovasculares son un ejemplo conocido de cómo la prevención, la detección y el manejo de la enfermedad están influidos por la diferente percepción del riesgo por parte del médico, que asume que las mujeres tienen menor riesgo de presentar estas enfermedades y, por tanto, reciben menor atención.

Conseguir la igualdad de género, aún no siendo una medida muy popular, requiere el establecimiento de cuotas”
Hace ya varias décadas que las mujeres se incorporaron masivamente a la universidad y la percepción –y los datos lo refrendan- es que no se avanza a la velocidad esperable y deseable. Ya no sirve apelar al argumento incrementalista: “cuando las mujeres accedan mayoritariamente a esos ámbitos….”. Eso ya ha sucedido y las mujeres siguen sin alcanzar los niveles de decisión y liderazgo en igual medida. Conseguir la igualdad de género en el corto o medio plazo, aun no siendo una medida muy popular, requiere del establecimiento de cuotas, es decir, discriminación positiva de género. Se trata de que, a méritos equivalentes, se favorezca la elección del sexo menos representado. Esta discriminación positiva ya fue introducida en los países escandinavos donde, por ley, las empresas públicas o que reciben financiación pública tienen que tener un mínimo de 40% de representación de cada género.

¿Se puede hacer algo más desde el ámbito individual? Es necesario un cambio de actitud, tanto por parte de los varones como de las mujeres para lograr la igualdad de género en la investigación. La falta de consideración de las mujeres en la selección de puestos de responsabilidad es parte de un círculo vicioso en el que los varones sólo “ven” a otros varones para dichos puestos. Por otro lado, las mujeres también deben cambiar su resistencia frecuente a la autopromoción, y volverse más visibles, así como a crear redes de contactos que son claves a la hora de considerar a candidatos para determinados puestos, fundamentalmente de liderazgo.

Las mujeres deben cambiar su resistencia frecuente a la autopromoción y volverse más visibles”
Iniciativas como la de este día instan a promover acciones para sortear las barreras de todo tipo que impiden la participación plena y en condiciones de igualdad en la academia y la ciencia de las mujeres, especialmente en los procesos de adopción de decisiones en estos ámbitos. Así como reconocer los logros de las mujeres en ellos, otra de las asignaturas pendientes.

Siete datos clave
1. Las mujeres constituyen solo un 30% de los investigadores y continúan infrarrepresentadas en la investigación en todas las regiones del mundo.

2. Solo 1 de cada 5 países ha alcanzado la paridad de género, es decir, que entre el 45% y el 55% de sus investigadores son mujeres.

3. El promedio en América del Norte y Europa Occidental es del 32%; en España las investigadoras representan el 39% de total.

4. Aunque hay más mujeres estudiantes de grado en muchos contextos y existe paridad entre los estudiantes de doctorado y en las escalas bajas de los productores de la ciencia, a medida que se asciende en la carrera científica y en posiciones de liderazgo las diferencias se amplían.

5. Las barreras que dificultan que las mujeres escojan y desarrollen una carrera científica en condiciones de igualdad son de muchos tipos; entre otros están los estereotipos y prejuicios que afrontan las niñas y que tienen un impacto en sus trayectorias educativas y laborales, y por otro las mayores cargas familiares así como los sesgos de selección durante la vida laboral.

6. La igualdad de género y la inclusión de la dimensión de género en los contenidos de la investigación son una de las 5 prioridades del Espacio Europeo de Investigación.

7. Solo el 3% de los Nobel de ciencias se ha concedido a mujeres desde la creación de los galardones en 1901.

Fuente: http://www.lavanguardia.com/ciencia/opinion/20170210/414215473166/mujeres-ciencia-discriminacion-basada-evidencia.html

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España: Las escuelas infantiles reclaman que la nueva ley no rompa el ciclo de 0 a 3 años

España/11 de Febrero 2017/diariocordoba

El sector aglutina a más de 5.000 empresas y más de 30.000 trabajadores en España.

La Federación Nacional de Centros de Educación Infantil (Fenacein) ha iniciado una ronda de contactos con los portavoces de la Comisión encargada de analizar la situación de la educación en España y de buscar un pacto para una nueva ley educativa. Fenacein, que representa a centros privados de educación infantil de 11 comunidades autónomas, se ha reunido esta semana con  la portavoz del Grupo Popular en la citada comisión, Sandra Moneo, y en breve espera poder concretar las fechas para los encuentros que han solicitado con el PSOE, Ciudadanos y Podemos.

La federación de centros privados de educación infantil ha iniciado esta ronda de contactos con la intención de que se escuche su voz y de que se tengan en cuenta sus reivindicaciones. En concreto, el colectivo reivindica fundamentalmente que la educación de 0 a 3 años cuente con una regulación específica en esta nueva ley y aspira a que dicha norma no permita la ruptura de este ciclo tan importante para la educación de los más pequeños y para su futuro académico. Fenacein empezó a gestarse en mayo de 2016 con la intención de aglutinar la representación mayoritaria del sector privado de centros de educación infantil de primer ciclo en España. La federación está actualmente en fase de constitución  y aglutina ya a asociaciones de 11 comunidades autónomas.

A nivel andaluz, existen dos organizaciones empresariales Coordinadora de EE. II. de Andalucía y Escuelas Infantiles Unidas, que luchan por la dignificación del sector infantil de 0 a 3 años en la comunidad. El objetivo es seguir sumando fuerzas e integrar a todas o a la mayor parte de las asociaciones representantes de los centros de educación infantil no integrados. El sector en España está formado por más de 5.000 empresas y la cifra de ocupados supera los 30.000 trabajadores. Las mujeres representan el 98% de esta fuerza laboral, en su mayor parte un empleo estable y de calidad.

La federación parte de la observación de que el grueso de los problemas y retos a los que se enfrentan las escuelas privadas infantiles de las diferentes comunidades autónomas son los mismos. También de la voluntad de colaborar con los responsables políticos en la mejora constante de la educación en España. Y sus objetivos principales son la defensa del actual modelo de coexistencia entre las escuelas infantiles públicas y privadas, la defensa de un modelo de financiación de las plazas de la red privada mediante ayudas a las familias, el mantenimiento de la etapa de 0 a 3 años unida y la movilización ante la proliferación de una oferta irregular.

 Fuente: http://www.diariocordoba.com/noticias/sociedad/escuelas-infantiles-reclaman-nueva-ley-no-rompa-ciclo-0-3-anos_1122128.html
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El malestar como energía de transformación social

Por: Amador Fernández- Savater 

Entramos en un «período oscuro» en el cual el malestar social es canalizado por la derecha populista (Trump, Brexit, etc.). ¿Podemos reconvertir el malestar en una energía de transformación social?

Hay historias que parecen resumir épocas o momentos históricos. Willy Pelletier cuenta una de ellas en el último número de Le Monde Diplomatique que lleva por título: «Mi vecino vota al Frente Nacional».

Pelletier es un militante de largo recorrido en organizaciones antirracistas de extrema izquierda y narra en el artículo distintas acciones desarrolladas contra el Frente Nacional. Pero todo su relato está punteado por la duda y la autocrítica: al fin y al cabo, esas movilizaciones no han logrado frenar el ascenso del FN. Entre líneas nos ofrece una explicación: sucede que ninguna de esas acciones tocaba jamás a un simpatizante del FN, porque se desarrollaban siempre en circuitos muy cerrados (entre militantes políticos que habitan determinados barrios, hablan de determinada forma, tienen determinados valores, etc.).

Pelletier conoce (¿por primera vez?) a un simpatizante del FN cuando, medio «jubilado» del activismo, se va a vivir con su pareja al campo en la zona de Aisne (Picardía). Se trata de Éric, un obrero especializado en embalaje industrial. Se hacen muy amigos y un día, algo borrachos, Éric le confiesa que vota por Marine Le Pen: «Se me eriza el vello cuando la escucho, la manera en que habla de los franceses te hace sentir orgulloso. Además, en esta zona el FN ha ayudado a mucha gente».

¿Qué tipo de zona es Aisne? Un escenario típico de la crisis, según lo pinta Pelletier. Muy degradado, apenas sin equipamientos (salud o transportes), ni lugares de encuentro (los bares, las parroquias y las asociaciones deportivas cierran). No hay trabajo, todo el mundo está endeudado, los jóvenes se marchan, la violencia contra las mujeres aumenta y también la «sensación» general de inseguridad (aunque los robos no sean frecuentes). Por contra, hay guetos de ricos por todo el territorio: son ejecutivos o profesionales liberales que vienen de París y compran buenas casas de piedra o granjas abandonadas a precio de saldo.

Tras el encuentro con Éric, Pelletier se hace nuevas preguntas. La superioridad moral con la que antes juzgaba a los votantes del FN (abstractos, desconocidos) ya no le parece de recibo. Ahora tiene a uno enfrente suyo de carne y hueso, con su historia y sus razones. Y es su amigo. Pelletier concluye el artículo así: «En el trabajo, Éric considera que ‘los jóvenes’ no le escuchan ni le respetan… Al vivir allí, inmovilizado en un espacio en decadencia, impotente frente al derrumbe de un mundo que ya no resiste, viendo que su territorio se llena de ‘parisinos’, ¿cómo podría Éric sentirse ‘orgulloso’?».

Crisis de la presencia

Abandono y falta de recursos, paro y endeudamiento, ruptura del hilo generacional y destrucción de los lugares de encuentro… La crisis no es sólo «crisis económica», sino también de referencias y fidelidades, de creencias y valores. Una crisis cultural, en el sentido antropológico de «formas de vida», muy profunda.

El colectivo Tiqqun nos propone pensarla como «crisis de la presencia». ¿Qué significa esto? Que nuestra presencia, es decir nuestro estar en el mundo, ya no es firme, no está asegurado, ni garantizado. Golpeados en el plano de lo económico (el paro), de lo social (los contextos degradados) o de los valores (la ausencia de comunidad o hilo generacional), lo que entra en crisis «por debajo» es precisamente nuestra misma facultad de mantenernos «erguidos» ante el mundo. Lo que parecía sólido comienza a desintegrarse: el sentido de la vida y de la realidad, la consistencia subjetiva y la fijeza misma de las cosas.

Pero la crisis de la presencia no es sólo pérdida o peligro, sino también ocasión y oportunidad. ¿En qué sentido? La presencia que se tambalea es la «presencia soberana»: un tipo de relación con el mundo en términos verticales de dominio y control. Una experiencia de vida basada en la distinción nítida entre un sujeto (que gobierna) y un objeto (el mundo a gobernar). Una concepción de la libertad como «dominio» (sobre la naturaleza, sobre los demás, sobre el tiempo, sobre la realidad). Como autosuficiencia e independencia.

Crisis de la presencia significa que una zozobra muy íntima nos atraviesa (tanto más fuerte cuanto más hemos sido educados en el molde de la presencia soberana: como hombres blancos, adultos y propietarios, trabajadores en un mundo sin trabajo, etc.). Lo que nace de esa zozobra, de ese tambaleo, es la inquietud, el malestar. La sensación de no encajar, de que ya nada lo hace. El malestar es la manifestación sensible de la crisis de la presencia.

Por tanto, con la crisis de la presencia se abre la posibilidad de una bifurcación, de un desplazamiento, de la invención de otras formas de estar y relacionarnos con el mundo, tanto personales como colectivas. El malestar social puede ser el motor y el centro de energía de una transformación profunda, a un tiempo política, económica, cultural, existencial, etc.

Un período oscuro

¿Estamos entrando en un «período oscuro»? Vamos a llamar «período oscuro» a aquel en el cual el malestar –esa inquietud, ese no encajar, esa energía potencial de cambio– es canalizado por derecha.

Una derecha que no es simplemente establishment, sino una suerte de paradoja andante: establishment anti-establishment, élite anti-elitista, neoliberalismo antiliberal, etc. Es el Frente Nacional, es Trump, es el Brexit y las demás variantes de derecha populista apoyadas por todos los Éric del mundo. Proscritas por la «cultura consensual» que ha definido el marco de lo posible durante las últimas décadas y que hoy se cae en pedazos (aquí la Cultura de la Transición). Rechazadas porque no guardan las formas de lo «políticamente correcto» (lo liberal-democrático): polarizan, exageran y mienten sin ningún pudor, son agresivas y fomentan el odio machista, xenófobo, etc.

La derecha populista parece satisfacer a su modo las dos pulsiones que Freud hallaba en nuestro inconsciente: el eros y la pulsión de muerte, es decir, la pulsión de orden y la pulsión de desorden.

— Orden: me refiero a la promesa de restauración de la subjetividad en crisis. La fuerza cautivadora de la promesa de un trabajo, de un lugar en el mundo, de una continuidad con la tradición, de la pertenencia a una comunidad, etc.

«Make America great again«, exclama Trump. «Let’s take back control«, proponen los partidarios del Brexit. Recuperemos el control que una vez tuvimos. Y con él la normalidad, la grandeza incluso. ¿Y cómo? A través de la exclusión, mediante altos muros y todo tipo de barreras, de aquello que nos amenaza. De lo que ha traído la decadencia a nuestro mundo y a nuestras coordenadas de sentido. El chivo expiatorio pueden ser los «parisinos» de Éric, o los «refugiados», o los «mexicanos», o la «igualdad de género» (preguntado por su voto, un taxista de procedencia africana le dijo a un amigo en la ciudad estadounidense de Baltimore: «No puedo votar, pero si pudiera lo haría por Trump. Porque si gana Hillary las mujeres tendrán mucho poder en este país. Los hombres ya no importan aquí. Se necesita un hombre fuerte»).

En cualquiera de los casos, el malestar se concibe como un «daño» que nos inflige un «otro» al que debemos dejar «fuera» del «nosotros» para recuperar la normalidad. Y de ese modo, cerraremos la herida, calmaremos tanta inquietud, detendremos la zozobra y recuperaremos el equilibrio, revirtiendo nuestra «decadencia».

Deseo de orden y normalidad, deseo de protección y soberanía. Eso por un lado, pero no sólo. También deseo de que todo salte por los aires.

Desorden: me refiero al gozo de «dar una patada al consenso» que, con buenos modales y bonitos discursos, nos ha traído la ruina. A una izquierda que extiende por todas partes la desigualdad, la guerra y la deportación de personas, pero «guardando las formas». A la élite progresista del Partido Demócrata que vive ajena e insensible a las preocupaciones de las clases populares y se burla además de sus modos de vida, sus gustos y sus referentes. A los «parisinos» que votan socialista, compran a precio de saldo las casas y las granjas que los habitantes de Aisne ya no pueden sostener y despotrican contra los pobres que votan a la derecha. Etc.

En un mundo en el que todo parece atado y bien atado, en el que ningún gesto (por arriba o por abajo) parece capaz de cortocircuitar el estado de cosas y abrir lo posible, Trump, el Brexit, el FN canalizan las ganas de que «pase algo», de ver ocurrir «lo imposible», eso justamente que todas las voces políticamente correctas consideran «que no puede ni debe pasar», lo demoníaco… ¿Quién da más? ¡Y sólo con un voto! Es decir, sin perder en ningún momento la posición del espectador en la película de catátrofes.

Debates en el campo progresista

Más allá de la «superioridad moral», que renuncia a preguntarse por lo que no entiende, etiquetándolo simplemente como el resurgir de la ignorancia y la brutalidad, hay otras dos lecturas de la situación actual en el campo «progresista» que merecen atención y discusión: la «marxista» y la «populista».

La lectura «marxista» encuentra el origen-causa de lo que pasa en la desconfiguración de la izquierda (y, en general, del paradigma de la lucha de clases). Es decir: el malestar social, que antes tenía estructuras organizativas y cognitivas para enfocarse por izquierda, hoy ha quedado huérfano.

Y es la derecha populista la que adopta al huérfano, elevando el tono de voz e interpelando al descontento, ofreciendo al malestar (el miedo, la rabia, la incertidumbre) esquemas explicativos, vías para canalizarlo y enemigos contra los que dirigirse. A través de las «guerras culturales» (en torno al aborto, las creencias religiosas, los estilos de vida, etc.), la derecha populista capta el «resentimiento de clase» redirigiéndolo contra «los enemigos de los valores tradicionales». Es decir, traduce los conflictos político-económicos como conflictos morales e identitarios. «La guerra cultural es una guerra de clases, pero deformada», dice Zizek.

¿De qué se trata entonces? De re-crear las estructuras cognitivas y organizativas de la lucha de clases, politizando la economía, hablando de intereses materiales, reconstruyendo la izquierda. Pero, ¿podemos reducir el malestar contemporáneo a una cuestión económica-de clase? En la propia historia de Éric hemos visto que convergen muchas situaciones, procesos y factores; cómo se mezcla lo económico, lo social, lo cultural, lo existencial, etc. ¿Podemos pensar las cuestiones culturales como meros «engaños», «distracciones» o «cortinas de humo» que nos impiden ver lo «esencial»? ¿Podemos suponer que el racismo o el machismo de los votantes de Trump son «fenómenos ideológicos» (secundarios) que se esfumarán una vez que el malestar se enfoque en las cuestiones económicas y de clase?

Me parece que la derecha populista tiene éxito, no porque hable de cuestiones culturales disimulando lo económico-de clase, sino porque tiene algo que decir al respecto. Porque sitúa la pelea política en el terreno ético, antropológico y de las formas de vida. Es decir, de las maneras de verse uno mismo, de relacionarse con los demás, de hacer las cosas y de estar en el mundo. ¿Qué tiene la izquierda que proponer sobre ello? Me temo que muy poco: apenas el «ideal militante», con tan poco alcance y tan poco atractivo como ya sabemos.

La lectura «populista» (hablo ahora del populismo progresista) vendría a decir que no se trata tanto de encontrar las «verdaderas causas» del malestar como de «construir su sentido» e imprimirle una dirección. La política es, por tanto, una pelea por «definir los acontecimientos». Por ejemplo, ¿cuál es el significado que vamos a dar a la crisis? ¿Es responsabilidad de «la gente que ha vivido por encima de sus posibilidades» o más bien de «la casta» oligárquica que ha saqueado el país? Lo decidirá una «batalla cultural» entre discursos y relatos cuyo desenlace no depende de la verdad de la que son portadores, sino de la eficacia comunicativa de las metáforas en juego.

La construcción de sentido, desde estos planteamientos, obedece una lógica formal. Es decir, no se trata del sentido que deriva de la «experiencia misma», sino del sentido que recibe de un discurso (en sentido amplio) que la articula en cierto código. A estas alturas en España, con la presencia constante de los líderes de Podemos en los medios de comunicación, todos hemos aprendido ya cuál es el «código» populista: la articulación, a través de «significantes vacíos» y del antagonismo con un Otro, de las demandas insatisfechas de la sociedad en un nuevo bloque histórico (identidades nacional-populares capaces de representar al todo, no sólo a una parte).

Sin lugar a dudas Íñigo Errejón es el maestro del código, el Señor de los signos. Me recuerda a veces a aquel niño prodigio que en clase era siempre capaz de resolver el maldito cubo de Rubik a increíble velocidad. A partir de lo que sea que pase, a partir de cualquier colección de datos que ofrezca la realidad, Errejón es capaz de armar una y otra vez el rompecabezas: lo cuadra todo en el código de las demandas, los significantes vacíos, la frontera antagónica y las identidades nacional-populares. De ahí también la sensación recurrente de que siempre dice lo mismo, aunque los contenidos sean distintos. Porque el código está siempre ahí, antes de cada situación, antes de cada proceso, antes de cada palabra y antes de cada gesto, lo que requiere es una inteligencia combinatoria capaz de hacer encajar las piezas y los colores de la realidad.

El problema aquí es todo lo que perdemos pensando el mundo (y la política) como el juego de Rubik, con sus ejes y sus modos de girar pre-establecidos. Se pierde la materialidad de lo real (porque lo que se interpretan son signos-mensajes, el resto no interesa y se abstrae). Se pierde la singularidad irreductible de los acontecimientos y sus relaciones (que nos requiere una inteligencia sensible más que combinatoria). Se pierde la autonomía de los procesos (que pueden ser pensados-dirigidos-codificados desde el exterior, sin mantener ninguna relación de interioridad o intimidad con ellos). Y se pierde, finalmente, la posibilidad de creación de nuevos sentidos para la vida social (porque una y otra vez se reintroduce lo «otro», lo nuevo o desconocido, en una lógica de lo mismo).

El malestar como energía de transformación

Volvamos un momento a Éric, «inmovilizado en un espacio en decadencia, impotente frente al derrumbe de un mundo que ya no resiste». Esa inmovilización, esa impotencia hacen de él una víctima. El malestar se asume como daño, pérdida. La culpa de todo la tienen «otros». Y lo que se desea es «devolver el golpe» (ver rodar la cabeza de los culpables) para reequilibrar de nuevo las cosas y el mundo (la presencia), regresar a la normalidad.

¿Cuánto tiempo más podremos sostener esta condición de víctimas? ¿No nos cansamos de ella? No cambiamos mucho sustituyendo un enemigo por otro: «los inmigrantes» por «la casta». Mantenemos intacta la subjetividad victimista que critica pero no emprende ningún cambio, que piensa que el mal viene de otro (tal grupo o persona) y que si lo eliminamos todo estará bien, que delega siempre en el salvador de turno la tarea de «restaurar el equilibrio» (muchas veces nostalgia de algo que nunca existió).

No necesitamos crítica victimista y resentida, sino fuerza afirmativa y de transformación. Otra relación, pues, con nuestro malestar. Es lo más difícil porque apenas nada en nuestra cultura occidental nos educa para ello. El ideal normativo de la «presencia soberana» (el control, el dominio, la autosuficiencia) nos hace ver las crisis como algo «que no debería pasar» o, en todo caso, como algo de lo que tenemos que salir enseguida, algo que debemos «reparar» cuanto antes para volver a la normalidad. Otra relación con el malestar supone no verlo sólo como daño o pérdida, sino también como ocasión y oportunidad, motor de cambio.

¿Podemos salir de la inmovilización e impotencia usando el malestar mismo como palanca? Es un planteamiento «energético» del malestar: las energías que se desatan en él son «conmutables», es decir, transformables en otras cosas (en acciones, en palabras, en «obras», en otros modos de vida, en nuevas sensibilidades y referencias, etc.). Las lágrimas que no se tragan, sino que comparten y se elaboran pueden metamorfosearse en acciones colectivas, en procesos de ayuda mutua, en la creatividad de nuevas imágenes y palabras, en gestos de rechazo y desafío. La sanación no pasa entonces por la reparación, sino por la (auto)transformación.

Un ejemplo. Suele decirse que en España la derecha populista no tiene apenas vigor (aún) porque el 15M nos hizo «entender» que el enemigo es el 1% (políticos y banqueros) y no el 99% (los inmigrantes, los refugiados, los pobres). Pero así permanecemos en el planteamiento «semiótico» y de lucha de interpretaciones. Sería mejor ver las plazas del 15M como lugares de un proceso casi «alquímico» por el cual un tipo de energía (el malestar vivido en soledad e impotencia) se convirtió en otra (la alegría de la potencia colectiva). A través del estar-juntos, de la presencia compartida, del acompañamiento mutuo, de la «complicidad afectuosa entre los cuerpos», como dice Franco Berardi (Bifo).

Al tipo de fuerza que se genera en esta presencia compartida la llamaremos «fuerza vulnerable». Es decir: una fuerza que nace –paradójicamente– de la debilidad. Del hecho de haber sido tocados, afectados, «golpeados» por el mundo. No es la fuerza de voluntad de la presencia soberana, que se pone a distancia del mundo para empujarlo en la «buena dirección», sino una fuerza afectada por el mundo y que precisamente por eso puede afectarlo a su vez. Es la fuerza de los afectados: los del atentado del 11M de 2004, los de la PAH o de cualquiera capaz de convertir el sufrimiento en energía de transformación

El malestar, como energía (no como objeto a movilizar ni como signo a interpretar), es entonces la materia prima del cambio social. Pero su «politización» hace estallar sin embargo las formas tradicionales de lo político.

Supone mantener un vínculo vivo entre lo existencial y lo político tan ajeno al grupo militante (donde no caben los problemas personales) como al grupo de autoayuda (donde no entran los problemas del mundo). Nos requiere un «saber hacer con el no saber», porque no pueden conocerse de antemano las elaboraciones de sentido a las que puede dar lugar el contacto con el malestar (no hay código-maestro que tenga de antemano las respuestas). Necesita espacios capaces de acoger el malestar sin juzgarlo (¿qué espacio «anticapitalista» sería capaz de acoger a Éric, por ejemplo?). Nos exige formas de acompañamiento horizontal: no se trata de «organizar» o «interpretar» lo que les pasa a otros, sino de hacer un viaje juntos. Y mucho más.

Abrir una bifurcación

En el «derrumbe de un mundo que ya no resiste», la derecha populista nos promete la vuelta al orden y la normalidad. Una salida falsa. Canaliza el malestar señalando chivos expiatorios, pero no da ninguna respuesta a los problemas de fondo (crisis de representación, crisis económica, crisis ecológica, etc.). Todo lo contrario: ocultando y reproduciendo sus condiciones, convirtiéndonos en víctimas y bloqueando toda posibilidad de transformación, prepara los nuevos desastres.

El populismo progresista también nos promete volver al orden y la normalidad (del Estado del bienestar, la soberanía nacional, etc.), desalojando a «la casta» del poder y planteando «un horizonte alternativo de certezas y seguridades». Los contenidos son diferentes (qué tipo de orden, qué tipo de enemigo), pero se trata de un mismo planteamiento que interpela principalmente a la subjetividad victimista necesitada de compensar la sensación de pérdida y reforzar las referencias en crisis (un poco de «orgullo»). Esta opción puede ofrecernos un «mínimo de protección» si llega al poder. Nada que despreciar, pero muy insuficiente si pretendemos un cambio en profundidad.

Entre la «vuelta atrás» (imposible) o la «fuga hacia adelante» (suicida), ¿hay una tercera opción? Más difícil todavía: no pensar en «salir de la crisis», sino abrir en ella una bifurcación. Convertir la «crisis civilizatoria» en «mutación civilizatoria». No agarrarse desesperadamente a algo, sino emprender un viaje. No contener el derrumbe, ni soñar con revertirlo para volver donde estábamos, sino abrir y sostener otros mundos aquí y ahora: otros modos de relación con el trabajo, el cuerpo, el lenguaje, la tierra, la ciudad, el nosotros, etc. Aprovechar la crisis, hacer palanca en la fuerza vulnerable.

Históricamente, las mujeres han sido muy capaces de convertir situaciones y lugares de dependencia en focos de potencia: desplegar fuerza vulnerable. En ese sentido, la mejor noticia sobre la victoria de Trump han sido las masivas marchas de mujeres que tuvieron lugar en Estados Unidos el día de la proclamación. Convocadas anónimamente por tres mujeres «cualquiera» apoyadas en la capacidad de contagio de las redes sociales (así se propagan los movimientos por afectación, a través del anonimato y la horizontalidad), permiten imaginar una oposición a Trump que va más allá de la mera reacción anti-Trump. Una oposición que no es sólo ideológica o partidista, que no es sólo defensiva o resistencialista (aunque por supuesto haya muchísimas cosas que defender), sino sobre todo afirmativa y de paradigma, con planteamientos (teóricos y prácticos) de mutación civilizatoria en torno al trabajo, los cuidados, la familia, las relaciones, etc.

«Un mundo sólo se para con otro mundo». No se trata sólo de oponernos a Trump, sino al mundo del que Trump es la figura insignia. El mundo de la presencia soberana hoy tocada, que sólo sabe revolverse ante ello con violencia y que amenaza con hundirnos a todos y a todas consigo.

** Este texto es una versión de la ponencia presentada en el encuentro «Politizaciones del malestar» al que fui invitado por Laia Manonelles, Daniel Gasol y Nora Ancarola.

** Más sobre Tiqqun, la «crisis de la presencia» y la «fuerza vulnerable».

** El planteamiento «energético» sobre el malestar está ampliamente inspirado en Economía libidinal, el libro de Jean-François Lyotard.

Fuente: http://www.eldiario.es/interferencias/malestar-energia-transformacion_social_6_606199392.html

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El profesor no tiene que enseñar, tiene que lograr que sus alumnos aprendan

Por: Javier Tourón

Las escuelas y sus profesores ven aparecer, de cuando en cuando, ciertas modas o enfoques pedagógicos que prometen ser revolucionarios y resolver todos los problemas existentes en las aulas de los colegios o de las universidades. La mayor parte de las veces estas modas son pasajeras, pues nacen fuera de las aulas, otras veces el escaso valor pedagógico de las mismas u otros intereses ajenos a lo educativo hacen que no progresen mucho más allá de los titulares de la prensa.

Parece una obviedad decir que la escuela y el sistema educativo necesitan un cambio. Esto es debido a diversas razones. Una, no menor, es que no es posible alcanzar los objetivos que requiere un aprendizaje profundo (dominio de las materias, capacidad de resolución de problemas, pensamiento creativo, trabajo en equipo, producción de contenidos, etc.) con un modelo basado en la transmisión de conocimientos por parte de los profesores y ello, entre otras razones, porque las citadas competencias —y tantas otras— solo pueden lograrse a través de la acción del que aprende y no a partir de la actividad del que enseña. Por ello es preciso volverse hacia el alumno, convertirlo de sujeto paciente a sujeto agente. El profesor, por su parte, debe transformarse en un orientador, en un facilitador del aprendizaje que ayude a cada alumno en sus necesidades particulares y que estimule a cada uno en razón de su capacidad y competencia.

Es decir, hay que darle la vuelta a la escuela. Un enfoque que permite hacer esto es el Flipped Classroom. ¿Por qué? Porque siendo nuevo está enraizado en principios universales de larga tradición pedagógica y didáctica. Se trata de poner al alumno en el centro de su aprendizaje, haciéndolo responsable del mismo. ¿Es esto nuevo? Pretende que el profesor sea un facilitador del aprendizaje más que un transmisor de conocimientos. ¿No era así ya?

Por otra parte, se pretende personalizar el aprendizaje, pero ¿no buscaban ya esto los enfoques clásicos de la Pedagogía Diferencial o los programas de enseñanza adaptativa? ¿Y qué decir de los programas como el ‘Mastery Learning’, el ‘Personalize System of Instruction’ de Keller y tantos otros de esta corriente?

¿Qué es Flipped Learning?

La definición oficial dice así: “El aprendizaje inverso (Flipped Learning) es un enfoque pedagógico en el que la instrucción directa se desplaza, del espacio del aprendizaje en grupo, al espacio del aprendizaje individual, como resultado de ello, el espacio del grupo se transforma en un ambiente de aprendizaje dinámico e interactivo, en el que el educador guía a los estudiantes mientras estos aplican los conceptos y se implican creativamente en la materia”.

Se trata, como se ha dicho, de un enfoque activo en el que el alumno es el protagonista de su aprendizaje (¿podría ser de otro modo?) y el profesor una ayuda necesaria. Así, profesores y alumnos se convierten en aliados en una aventura conjunta. El profesor no tiene que enseñar, tiene que lograr que sus alumnos aprendan.

Este modo de entender la escuela está próximo a toda la corriente de personalización del aprendizaje, del enfoque basado en competencias y del uso de la tecnología para hacerlo posible. Precisamente por estas razones entiendo que el Flipped Learning está aquí para quedarse, si somos capaces de implantarlo de manera correcta, con objetivos de aprendizaje valiosos.

Fuente: http://www.educaciontrespuntocero.com/opinion/javier-touron-profesor-no-ensenar-lograr-alumnos-aprendan/39786.html

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