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Colonialismo Digital en las Aulas Latinoamericanas

Por: Luz D Palomino M/CII-OVE

Las instituciones educativas de Nuestra América no están siendo «modernizadas»: están siendo ocupadas. Bajo el relato luminoso de la revolución inteligente y el cierre de la brecha digital, el complejo industrial-tecnológico de Silicon Valley ha desplegado un nuevo ciclo de extractivismo. Analizando cómo las corporaciones tecnológicas transmutan a estudiantes y docentes en yacimientos de datos, imponiendo una monocultura epistémica. A través de un diálogo entre la pedagogía crítica y la educación popular, desmontamos la pretendida neutralidad técnica para revelar una arquitectura de vigilancia que no busca educar, sino colonizar el porvenir. Frente a ello, no queda más que la organización, la ternura radical y la insurgencia pedagógica.

Cuando la Fibra Óptica Teje una Nueva Colonialidad

Duele ver la escuela pública —ese territorio ganado con luchas, ese espacio de encuentro y rebeldía— siendo hackeada por la lógica mercantil. Duele porque la promesa era otra: la tecnología para liberarnos, para acortar distancias, para amplificar las voces de los de abajo. Pero la historia se repite con rostro de algoritmo. El despojo ya no es solo de tierras, minas o agua; ahora es de la subjetividad, de la atención, del rastro digital de nuestras infancias y juventudes. Como nos enseñó Catherine Walsh (2013), la matriz colonial de poder no desaparece, se reconfigura permanentemente. Y hoy se viste de aplicación educativa, de «asistente inteligente» y de promesa de eficiencia.

No estamos ante una simple actualización de herramientas. Asistimos a un cambio de paradigma en la gobernanza educativa, donde el derecho a la educación se subordina al mercado de datos. Y frente a eso, quien escribe no puede quedarse en la fría academia. Esto es un grito, un cuerpo que se sabe observado, una maestra que vio cómo ClassDojo convertía los abrazos en puntos y los silencios cómplices en alertas.

La narrativa hegemónica nos presenta a la Inteligencia Artificial como una entidad aséptica, casi divina. Mentira. El código es una construcción social, atravesada por los privilegios y cegueras de quienes lo escriben. Un informe de la UNESCO (2023) fue contundente: los datasets de entrenamiento reflejan, mayoritariamente, la cosmovisión de hombres blancos del Norte Global. Esto no es un error técnico, es una decisión política. Y perpetúa, en silencio, sesgos de género, raza y clase.

En nuestra región, esa «pureza matemática» se estrella contra la carne de la realidad. La CEPAL (2024) documentó algo que muchas estudiantes indígenas ya sabían: los sistemas de proctoring (vigilancia remota) como ProctorU interpretan como «sospechosa» la latencia causada por los cortes eléctricos en zonas rurales. Castigan la pobreza. También penalizan los patrones de habla de estudiantes bilingües (quechua-español, aimara-español), etiquetando como «anomalía» lo que es, simplemente, otra forma de habitar el lenguaje. ¿Casualidad? No. Es la hybris del punto cero, el ojo que todo lo ve pero que nunca se posiciona, que nunca se pregunta desde dónde mira.

Como nos recuerda Ricaurte (2024): «El colonialismo de datos no es solo extracción, sino la imposición de un orden epistémico que borra periferias, lenguas y resistencias». Google Classroom operando en Venezuela sin controles soberanos no es un vacío legal: es una decisión de poder. El informe de la ONG Acceso (2025) es escalofriante: la recolección de datos biométricos en planteles públicos no busca mejorar el aprendizaje, sino alimentar modelos de comportamiento para mercados predictivos. Nuestros niños y niñas, sin saberlo, están entrenando a quien los vigila.

Del Derecho a la Educación al Mercado de Datos

El aula ha dejado de ser, en muchos casos, un espacio de encuentro para convertirse en un campo de entrenamiento gratuito para la Big Tech. En naciones como Guatemala y Bolivia, la penetración de Microsoft Education ha desplazado la autonomía curricular. Ya no decide el magisterio organizado, sino el licenciamiento de software. Renata Ávila (2023) lo advirtió con claridad: estamos delegando la soberanía pedagógica a entidades cuyo fin último es el lucro, no la liberación. Y eso, desde una mirada feminista, es profundamente violento, porque despoja a las comunidades de su capacidad de decidir sobre sus propios cuerpos y sus propias historias.

El profesor Luis Bonilla-Molina (2025), desde la trinchera venezolana, identifica esto como el «apagón pedagógico global». La tecnología no llega para potenciar al docente, sino para desplazarlo hacia el rol de «facilitador de plataforma» o monitor de métricas. Herramientas de gestión conductual como ClassDojo transforman la disciplina en un sistema de puntos algorítmicos. Adiós al diálogo, adiós a la ternura, adiós a la pedagogía del oprimido. Hola al refuerzo positivo programado, a la vigilancia continua, a la producción de subjetividades dóciles.

Comparativa de Vulnerabilidad de Datos Educativos entre Europa y Latinoamérica

Región Marco Regulatorio (RGPD/Local) Uso de Datos por Terceros Riesgo Identificado
Europa Alto (Protección estricta con mecanismos de sanción) Restringido por defecto Privacidad individual (riesgo acotado)
Latinoamérica Débil, fragmentado o inexistente (salvo contadas excepciones) Hasta un 70% de las plataformas según Privacy International (2024) Perfilamiento político, comercial y discriminación estructural

La vulneración de la Ley de Protección de Datos Personales es sistemática. Pero ojo, no es solo un problema legal. El docente, abrumado por la precariedad laboral, la falta de conectividad real y la presión por «innovar», se ve forzado a utilizar herramientas privativas que monetizan la privación de sus estudiantes. Culparlo a él o a ella sería una crueldad. La responsabilidad es del modelo.

También es urgente hablar de lo que la «nube» esconde. Porque la nube no es vapor. Son cables submarinos que atraviesan nuestros océanos sin dejar regalías, son minas de litio en el Salar de Uyuni o el Triángulo del Litio, son centros de datos que, según la Agencia Internacional de la Energía (IEA, 2025), consumen volúmenes de energía superiores a países enteros. El almacenamiento de las tareas escolares de nuestros niños en servidores de Virginia (EE.UU.) o Dublín (Irlanda) implica un costo ambiental brutal que pagan comunidades del Sur Global mediante el extractivismo hídrico para enfriar esos mismos servidores. ¿Quién le devuelve el agua a la comunidad de Quillagua? ¿Quién repone el territorio arrasado por el coltán? Desde una ecología de saberes feminista, no podemos separar la opresión digital de la opresión territorial. Es un mismo sistema.

Frente a esta ofensiva digital, la respuesta no es la desconexión nostálgica (eso sería un luddismo romántico que no nos sirve), sino la apropiación crítica y colectiva. Siguiendo a Paulo Freire (1996), si la educación es un acto político, la tecnología también debe serlo. Y desde la comunicación popular, sabemos que no hay herramienta buena o mala en sí misma, sino que depende del uso organizado y consciente que le demos. Propongo, desde la escucha y la práctica, tres caminos:

  1. Validación de lo No-Computable: Reconocer con orgullo que los saberes ancestrales (el cultivo de la milpa, la medicina mapuche, las lógicas comunitarias de las comunas venezolanas) poseen una complejidad que el algoritmo no puede ni debe capturar. No todo es dato. No todo es medible. La ternura, el silencio compartido, la palabra dicha en círculo, son resistencia.
  2. Auditorías Sociales de Algoritmos con Sabor a Pueblo: Institucionalizar asambleas escolares donde la comunidad educativa —madres, padres, estudiantes, docentes, personal de servicio— decida qué datos se entregan, para qué y a quién. Exigir transparencia, como hace la valiente Fundación Datos Protegidos en Chile. No se trata de tener miedo, sino de tener poder para decidir.
  3. Soberanía Tecnológica desde Abajo: Fortalecer y replicar iniciativas para el desarrollo de software libre, modelos de IA entrenados con contextos situados y, sobre todo, redes comunitarias que no dependan de la gran corporación. La soberanía no se compra, se construye en el barrio, en la escuela, en la lucha.

El colonialismo digital es la cara contemporánea de la antigua ocupación. Cambiaron los barcos por fibra óptica, pero el objetivo es el mismo: el control de la riqueza (ahora los datos) y la domesticación de las mentes. Sin embargo, no todo está perdido. La verdadera innovación educativa en América Latina no vendrá de Silicon Valley, sino de la capacidad de nuestras aulas, patios, asambleas y radios populares para transformarse en trincheras de pensamiento crítico y soberanía intelectual. Porque, como diría el maestro Freire, nadie libera a nadie, nadie se libera solo, sino que nos liberamos juntos, en comunión, con la palabra y la acción. Y eso, ningún algoritmo lo va a poder nunca replicar.

Bibliografía Consultada

  • Acceso (2025).Datos Educativos en Venezuela: Vulnerabilidades Post-Pandemia y Resistencia Comunitaria. Informe de Derechos Digitales. Caracas.
  • Ávila, R. (2023).Manifiesto por la Soberanía Digital de los Pueblos. Ciudad de Guatemala: Editorial Al Margen.
  • Bonilla-Molina, L. (2025).El apagón pedagógico global y la ofensiva de las corporaciones tecnológicas. Buenos Aires: Editorial Cooperativa.
  • CEPAL (2024).Digitalización Educativa en América Latina: Riesgos, Oportunidades y Desafíos en la Era de la IA. Santiago de Chile: Naciones Unidas.
  • D’Ignazio, C., & Klein, L. F. (2020).Data Feminism. Cambridge: MIT Press. (Aporta a la crítica feminista de los datos).
  • Freire, P. (1996).Pedagogía de la Autonomía: Saberes necesarios para la práctica educativa. São Paulo: Paz e Terra.
  • IEA (International Energy Agency) (2025).Electricity 2025: Analysis and forecast to 2027. Paris: IEA Publications.
  • Noble, S. U. (2018).Algorithms of Oppression: How Search Engines Reinforce Racism. New York: NYU Press. (Clave para entender sesgos raciales en algoritmos).
  • Privacy International (2024).EdTech Surveillance in the Global South: A Critical Review of Policies and Practices. London: Privacy International.
  • Ricaurte, P. (2024).Epistemologías de datos y colonialidad del poder. México D.F.: Digital Future Society / Tec de Monterrey.
  • Simbürger, E., & Sandoval, J. (2024). Auditorías sociales de algoritmos: Experiencias desde el sur. EnRevista Latinoamericana de Comunicación y Derechos Digitales, 7(2), 45-67.
  • UNESCO (2023).Gender and AI in Education: Tackling the Bias and Building Inclusive Systems. Paris: UNESCO Publishing.
  • Walsh, C. (2013).Pedagogías decoloniales: Prácticas insurgentes de resistir, (re)existir y (re)vivir. Quito: Ediciones Abya-Yala.

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Bullying escolar: cuando el problema es del sistema

Bullying escolar: cuando el problema es del sistema

Durante años, el bullying se explicó como una dinámica interpersonal: un agresor, una víctima y, en el mejor de los casos, algún testigo incómodo. Hoy esa mirada resulta insuficiente.

La investigación educativa y psicológica viene mostrando algo más incómodo: el acoso escolar no es un episodio aislado, sino un fenómeno estructural que expresa fallas en la cultura institucional, en los vínculos y en la forma en que la escuela gestiona la convivencia.

Un fenómeno extendido (y subestimado)

Los datos son consistentes en distintos países y metodologías: el bullying es frecuente, persistente y, en muchos casos, invisibilizado.

  • Estudios epidemiológicos en adolescentes muestran prevalencias que rondan entre el 15% y el 20% en formas reiteradas de acoso.
  • Investigaciones en América Latina registran cifras aún más altas en ciertos contextos: hasta el 66% de los estudiantes reporta haber sufrido agresiones verbales o físicas en la escuela.
  • En análisis masivos, la exposición al bullying (aunque sea leve) se asocia con un aumento significativo del riesgo de problemas emocionales, ansiedad y depresión.

La clave no es solo la cantidad, sino la normalización: una proporción importante de estudiantes declara haber presenciado situaciones de acoso sin intervenir. Es decir, el bullying no ocurre en los márgenes, sino muchas veces a la vista de todos.

Efectos: más allá del “mal momento”

Reducir el bullying a un conflicto pasajero entre pares es un error conceptual con consecuencias prácticas graves.

La evidencia muestra impactos en al menos tres dimensiones:

1. Salud mental
Las víctimas presentan mayores tasas de ansiedad, depresión, trastornos del sueño y síntomas de estrés postraumático.
En casos prolongados, puede haber ideación suicida y conductas autolesivas.

2. Trayectoria escolar
El acoso no solo afecta el bienestar: también impacta en el aprendizaje.

  • Estudiantes que sufren bullying obtienen peores resultados académicos, incluso controlando variables socioeconómicas.
  • Se observan descensos en rendimiento lector y matemático, además de mayor ausentismo.

3. Desarrollo social
El bullying erosiona la confianza en los otros y en las instituciones.
A largo plazo, puede consolidar perfiles de retraimiento, agresividad o dificultades vinculares persistentes.

Un dato particularmente inquietante: investigaciones recientes sugieren que el estrés crónico asociado al acoso podría incluso afectar el desarrollo cerebral en adolescentes, especialmente en áreas vinculadas a la regulación emocional.

El error más común: pensar en “víctimas” y “agresores” como categorías fijas

Desde un enfoque pedagógico contemporáneo, el bullying no se explica por “chicos malos” y “chicos débiles”. Es una dinámica relacional que involucra al grupo completo.

  • El agresor suele buscar estatus, reconocimiento o pertenencia.
  • La víctima ocupa un lugar de vulnerabilidad que puede ser circunstancial (no esencial).
  • El grupo funciona como audiencia reguladora: legitima o desactiva la violencia.

Esto cambia completamente la intervención: no alcanza con sancionar individuos. Hay que trabajar sobre la cultura del aula.

¿Qué puede hacer la escuela? (y qué no)

Las intervenciones más eficaces comparten un rasgo: no son reactivas, sino preventivas y sistémicas.

Lo que sí funciona:

  • Normas claras y consistentes de convivencia, sostenidas por toda la institución.
  • Docentes formados en gestión de conflictos, no solo en contenidos.
  • Espacios estructurados de educación socioemocional (no como “taller aislado”).
  • Trabajo con el grupo: desarrollo de empatía, responsabilidad colectiva y rol del testigo.
  • Protocolos de intervención temprana: el bullying es un proceso que escala con el tiempo, no aparece de golpe.

Lo que no alcanza (aunque se siga haciendo):

  • Charlas ocasionales “contra el bullying”.
  • Enfoques exclusivamente punitivos.
  • Delegar el problema en orientación escolar sin involucrar al equipo docente.

Un punto incómodo pero necesario

El bullying prospera donde hay zonas grises: adultos que minimizan, instituciones que priorizan la imagen, grupos que naturalizan la exclusión.

Dicho sin rodeos: cuando el acoso se vuelve crónico, no es porque “nadie se dio cuenta”, sino porque nadie intervino a tiempo o de forma adecuada.

Para cerrar

Hablar de bullying en serio implica correrse de la anécdota y asumir una incomodidad: la escuela no solo transmite conocimientos, también produce formas de convivencia.

Y cuando esa convivencia falla, el aprendizaje —académico y humano— también se deteriora.

La buena noticia es que no es un fenómeno inevitable. Pero sí exige algo más que buena voluntad: requiere criterio pedagógico, decisión institucional y adultos que no miren para otro lado.

Fuente de la Información: https://aptus.com.ar/bullying-escolar-cuando-el-problema-es-del-sistema/

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El aprendizaje en línea, cada vez más popular en la UE

El aprendizaje en línea, cada vez más popular en la UE

La formación online se ha consolidado en los últimos años como una de las principales vías de acceso al conocimiento, transformando profundamente la manera en que las personas aprenden y se desarrollan profesionalmente.

José Luis Fernández

Impulsada por los avances tecnológicos y la expansión de internet, esta modalidad educativa ha superado las barreras tradicionales de tiempo y espacio, permitiendo que millones de usuarios accedan a contenidos formativos desde cualquier lugar del mundo. En un contexto marcado por la digitalización, aprender en línea ya no es una alternativa, sino una pieza clave del ecosistema educativo.

Una de las grandes fortalezas de la formación online reside en su flexibilidad. Los estudiantes pueden adaptar el aprendizaje a sus propios ritmos, compatibilizándolo con responsabilidades laborales, personales o familiares.

Esta capacidad de personalización ha democratizado el acceso a la educación, facilitando que perfiles muy diversos —desde jóvenes en formación hasta profesionales en activo— puedan adquirir nuevas competencias sin necesidad de interrumpir su actividad diaria. Además, la amplia oferta de cursos y programas permite una especialización cada vez más ajustada a las demandas del mercado.

Otro aspecto relevante es la constante evolución de las herramientas y metodologías digitales. Plataformas interactivas, clases en directo, contenidos multimedia o sistemas de evaluación automatizados han mejorado significativamente la experiencia de aprendizaje.

Lejos de limitarse a replicar el modelo presencial, la formación online ha desarrollado sus propias dinámicas, centradas en la autonomía del alumno y en la adquisición práctica de conocimientos. Este enfoque favorece el aprendizaje continuo, una competencia cada vez más valorada en entornos profesionales cambiantes.

Sin embargo, la expansión de la formación online también plantea desafíos importantes. La calidad de los contenidos, la acreditación de los programas o la brecha digital son algunos de los aspectos que requieren atención. No todos los usuarios disponen de los mismos recursos tecnológicos ni de las habilidades necesarias para desenvolverse en entornos virtuales, lo que puede generar desigualdades.

Aun así, con una adecuada regulación y el desarrollo de políticas inclusivas, la educación online se perfila como una herramienta fundamental para afrontar los retos del presente y del futuro.

En cualquier caso, el sector crece. Especialmente, en España, país que ocupa la sexta posición en el ranking de países de la Unión Europea donde es mayor el índice de formación en este ámbito.

En 2025, el 34,8 % de los usuarios de internet de la UE declaró haber realizado un curso en línea o utilizado materiales de aprendizaje en línea, según datos de Eurostat. Esta cifra supone un aumento de 1,4 puntos porcentuales con respecto a 2024 (33,4 %) y un salto sustancial en comparación con 2019, cuando menos de una cuarta parte de los usuarios de internet (21,4 %) había utilizado estos recursos educativos.

Los Países Bajos registraron el mayor porcentaje de usuarios de internet que participaban en el aprendizaje en línea o utilizaban materiales de aprendizaje en línea (60,2 %), seguidos de Irlanda (59,7 %), Finlandia (50,7 %) y Suecia (50,6 %). Por el contrario, la educación en línea fue menos frecuente en Rumanía (11,8 %), Bulgaria (18,4 %) y Chipre (21,0 %).

Entre los métodos específicos de aprendizaje en línea, el 17,3 % de los usuarios de internet realizaron un curso en línea en 2025, con la mayor prevalencia en Irlanda (29,6 %), Finlandia (29,3 %) y los Países Bajos (28,5 %). Asimismo, el 30,5 % de los usuarios de internet utilizaron materiales de aprendizaje en línea, con la mayor proporción en los Países Bajos (55,1 %), Irlanda (50,4 %) y Hungría (46,4 %).

Fuente de la Información: https://exitoeducativo.net/actualidad-directiva/el-aprendizaje-en-linea-cada-vez-mas-popular-en-la-ue

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México: Brechas educativas en el sur del país responden a desigualdades estructurales: Centro INIDE y CEPAL por Educación Futura 12 marzo, 2026 en Actualidad 0 0

Brechas educativas en el sur del país responden a desigualdades estructurales: Centro

 

 

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Inteligencia artificial y género: cómo la IA puede ampliar la desigualdad laboral

Por: Anam Butt

La inteligencia artificial no decidirá por sí sola el futuro del trabajo. Lo harán las reglas que establezcamos y las prioridades que fijemos. Si la igualdad no forma parte del diseño, tampoco formará parte del resultado

La inteligencia artificial generativa ya está transformando el trabajo en todo el mundo. Pero lo está haciendo sobre mercados laborales que no son neutrales ni igualitarios. Y cuando una tecnología poderosa entra en un sistema desigual, rara vez corrige por sí sola las brechas existentes.

La IA no opera en el vacío. Se despliega en economías donde mujeres y hombres no tienen el mismo acceso a empleos, ingresos, estabilidad ni protección social. Sin una intervención deliberada, corre el riesgo de ampliar desigualdades que llevan décadas arraigadas.

Los datos lo confirman. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), a nivel mundial los empleos dominados por mujeres tienen casi el doble de probabilidad de verse afectados por la IA generativa que los dominados por hombres: 29 % frente a 16 %. Entre los puestos con mayor exposición, la brecha es aún más pronunciada: 16 % frente al 3 %.

Las razones no son tecnológicas, sino estructurales. Las mujeres siguen concentradas en puestos administrativos y de oficina —auxiliares de nómina, recepcionistas, personal contable— donde predominan tareas rutinarias, predecibles y codificables. Son precisamente esas tareas las que la automatización puede asumir con mayor facilidad.

Los hombres, en cambio, están sobrerrepresentados en construcción, manufactura y oficios manuales. Son actividades físicas, variables y menos estandarizadas, mucho más difíciles de sustituir con sistemas automatizados. Un chatbot puede redactar una carta en segundos; no puede reparar una turbina.

Incluso dentro de las mismas ocupaciones persisten diferencias. Las mujeres tienden a concentrarse en tareas rutinarias y posiciones de menor jerarquía, mientras que los hombres ocupan con mayor frecuencia funciones analíticas, de supervisión o toma de decisiones. Estos roles tienden a complementarse con la tecnología más que a ser reemplazados por ella.

Nada de esto es casual. Responde a discriminaciones históricas, normas sociales persistentes, una distribución desigual del trabajo de cuidados y políticas económicas que condicionan quién accede a qué ocupaciones y en qué condiciones. El resultado es claro: ante el cambio tecnológico, las mujeres parten de una posición de mayor vulnerabilidad.

La tendencia es global. En el 88 % de los países analizados por la OIT, las mujeres están más expuestas a la IA generativa que los hombres. En economías como Suiza, Reino Unido o Filipinas, más del 40 % del empleo femenino se encuentra en ocupaciones potencialmente afectadas.

La exposición también varía según el nivel de ingresos. En países de altos ingresos, el 41 % de los empleos están expuestos a la IA generativa, frente al 11 % en los países de bajos ingresos. Esta diferencia refleja estructuras productivas distintas y brechas en preparación digital, pero también plantea una pregunta incómoda: ¿estamos preparando a quienes más lo necesitan para la transición tecnológica?

La IA no solo transforma ocupaciones existentes; también crea nuevas oportunidades. Se prevé crecimiento en sectores intensivos en tecnología. Sin embargo, las mujeres siguen estando subrepresentadas en los campos que diseñan, desarrollan y regulan estos sistemas. En 2022 representaban alrededor del 30 % de la fuerza laboral mundial en IA, una cifra prácticamente estancada en los últimos seis años.

Cuando las mujeres no participan en los espacios donde se diseña la tecnología, pierden acceso a empleos estratégicos y bien remunerados. Pero el problema va más allá del acceso individual. Si los equipos que desarrollan IA no son diversos, los sistemas reflejan el mundo tal como es —con sus desigualdades— en lugar de contribuir a transformarlo.

Pensar que la IA es objetiva por definición es un error. Los algoritmos aprenden de datos históricos. Y los datos históricos reflejan un mercado laboral donde las mujeres han enfrentado barreras sistemáticas. Si no se corrigen esos sesgos, pueden reproducirse a gran escala.

Sistemas de contratación entrenados con decisiones pasadas pueden reforzar liderazgos masculinizados. Herramientas que fijan salarios en función de historiales previos pueden perpetuar brechas salariales. Para mujeres que enfrentan discriminación interseccional —por raza, discapacidad, estatus migratorio o clase social— los riesgos se multiplican.

Esto no implica que la IA vaya a provocar una destrucción masiva de empleo femenino. La evidencia sugiere que el impacto afectará más a la calidad que a la cantidad del trabajo. La IA puede intensificar ritmos, aumentar la supervisión o reducir la autonomía. Pero también puede aliviar cargas administrativas, mejorar la productividad y facilitar la conciliación.

El efecto no está predeterminado. Dependerá de cómo se introduzca la tecnología y de quién tenga voz en ese proceso.

La IA ya puede utilizarse para promover la igualdad: detectar lenguaje sesgado en ofertas de empleo, analizar brechas salariales o prevenir la violencia y el acoso en el trabajo. Si se diseña de forma inclusiva y se regula de manera responsable, puede convertirse en una herramienta para fortalecer el trabajo decente.

Pero eso no ocurrirá automáticamente. Requiere políticas que reduzcan la segregación ocupacional, amplíen el acceso de las mujeres a competencias digitales —programación, alfabetización de datos, trabajo con sistemas automatizados— y garanticen su presencia en los equipos que diseñan y regulan la tecnología.

Requiere también fortalecer las instituciones del mercado laboral y el diálogo social, para que trabajadoras y trabajadores participen en las decisiones sobre cómo se implementa la IA en sus sectores.

La inteligencia artificial no decidirá por sí sola el futuro del trabajo. Lo harán las reglas que establezcamos y las prioridades que fijemos. Si la igualdad no forma parte del diseño, tampoco formará parte del resultado.

La pregunta no es si la IA transformará el empleo. La pregunta es si permitiremos que consolide brechas históricas o si la utilizaremos, por fin, para empezar a cerrarlas.

Anam Butt. Especialista en igualdad de género y no discriminación en la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Fuente: https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/inteligencia-artificial-genero-ia-ampliar-desigualdad-laboral_129_13034426.html

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El impacto del capitalismo digital en la salud mental juvenil: diseño adictivo, algoritmos y vulnerabilidad estructura

Meta (Instagram) y Google (YouTube) han sido recientemente objeto de condena en California por los efectos adictivos y los daños psicológicos ocasionados en menores debido al diseño de sus algoritmos. Sin embargo, el impacto de estas plataformas va más allá del deterioro de la salud mental individual: también contribuyen a la polarización política y a procesos de radicalización, especialmente entre los jóvenes.

En las últimas décadas, las redes sociales han dejado de ser meras herramientas de comunicación para convertirse en espacios centrales de socialización. En este contexto, con el objetivo de maximizar sus beneficios económicos, diversas investigaciones socio-sanitarias han puesto de relieve cómo los algoritmos actúan como auténticos “arquitectos invisibles” del imaginario colectivo ya que estos sistemas están diseñados para maximizar el tiempo de permanencia del usuario mediante mecanismos de refuerzo intermitente, basados en recompensas variables como notificaciones o “likes”. Este patrón genera expectativas de recompensa impredecibles que refuerzan conductas repetitivas y persistentes.

Este tipo de diseño conductual resulta especialmente perjudicial en los adolescentes, más sensibles a la recompensa social y a la validación externa, incrementando su exposición a dinámicas de dependencia.

Desde la perspectiva del capitalismo informático, estas arquitecturas digitales priorizan el compromiso del usuario por encima de la veracidad de los contenidos o del bienestar psicológico. Como consecuencia, se genera una ansiedad constante por alcanzar reconocimiento social, lo que no solo erosiona la salud mental, sino que también favorece procesos de radicalización identitaria. En España, por ejemplo, cerca del 80% de los jóvenes entre 16 y 30 años consume información política a través de TikTok, Instagram y YouTube, desplazando progresivamente a los medios tradicionales y sustituyendo una lógica informativa racional por otra basada en estímulos emocionales y estéticos.

Estas problemáticas ya fueron denunciadas en 2021 por Frances Haugen, exgestora de productos en Facebook, quien filtró documentos internos (conocidos como los “Facebook Papers”) que evidencian que la compañía era consciente de los efectos perjudiciales de sus plataformas, pero priorizaba sus beneficios económicos frente a la mitigación de dichos daños.

Según estos documentos, Instagram agravaba problemas de autoestima en adolescentes: un 32% de las chicas con baja autoimagen experimentaban un empeoramiento, un 17% desarrollaba síntomas de trastornos de la conducta alimentaria (TCA), y un 13,5% reportaba pensamientos suicidas. Elementos como los filtros de belleza, los feeds personalizados que proveen de información actualizada y así seguir “alimentando”y fidelizando a los usuarios, o la dinámica de los “likes”, favorecen la internalización de ideales corporales irreales mediante procesos de comparación social ascendente.

Muy recientemente (marzo de 2026), un jurado en California dictaminó negligencia por diseño adictivo, concluyendo que el uso de estas plataformas contribuyó a la disminución de la tolerancia a la frustración, el aumento de la depresión clínica y la aparición de dismorfia corporal en jóvenes. Como resultado, se impuso una sanción de 6 millones de dólares (de los cuales el 70% corresponde a Meta) y se abrió la puerta a más de 2.000 demandas adicionales, estableciendo un precedente jurídico relevante.

A nivel científico, diversos meta-análisis confirman la existencia de una asociación entre el uso problemático de redes sociales y síntomas de depresión y ansiedad. Aunque el tamaño del efecto es moderado, su consistencia en muestras que superan el millón de adolescentes refuerza la relevancia del fenómeno. No obstante, el impacto no es homogéneo: la arquitectura algorítmica genera efectos diferenciados según el género.

En el caso de las chicas, plataformas como Instagram y TikTok intensifican la exposición a contenidos visuales centrados en la apariencia física, promoviendo la comparación constante y la internalización del ideal de delgadez o “fit”. Estudios experimentales han demostrado que tan solo 10 minutos de exposición a contenido “pro-ana” en TikTok pueden reducir la satisfacción corporal en aproximadamente un 15%.

Por su parte, en los varones, los efectos se manifiestan con mayor frecuencia en el consumo de contenido en plataformas como YouTube o Twitch. Esto se traduce en un aumento de la adicción a los videojuegos, la aparición de hábitos vigoréxicos y la adopción de modelos de masculinidad rígidos o tóxicos, caracterizados por la competitividad extrema, la supresión emocional y la intolerancia a la vulnerabilidad. Aunque los TCA son menos prevalentes en este grupo, se observa un incremento en conductas de riesgo, menor empatía y mayor aislamiento social.

Estos efectos distan de ser anecdóticos. En España, un 39% de los jóvenes afirma que las redes sociales han tenido un impacto negativo en su autoestima. Las chicas son especialmente vulnerables a los trastornos de la conducta alimentaria, como la anorexia, la bulimia o el trastorno por atracón, que afectan a aproximadamente 400.000 personas, en su mayoría adolescentes. Además, estos trastornos aumentaron hasta un 20% tras la pandemia.

Conviene subrayar que los TCA no son únicamente un problema alimentario, sino que reflejan conflictos más profundos relacionados con la identidad, la autoestima y la necesidad de aceptación social. A pesar de la evidencia existente, el contenido que promueve estos trastornos sigue acumulando millones de visualizaciones en plataformas como TikTok, lo que pone de manifiesto la falta de regulación efectiva y la responsabilidad estructural de estas empresas.

La cuestión de fondo es incómoda pero inevitable: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a aceptar un modelo digital que convierte la atención —y la vulnerabilidad— de los jóvenes en su principal fuente de ingresos?

No, la deriva de muchos jóvenes hacia la extrema derecha no es un accidente ni una simple “mala influencia”. Es el resultado de un ecosistema digital que monetiza la frustración, explota la inseguridad y convierte el malestar en ideología. Las plataformas no solo capturan atención: moldean emociones, ordenan deseos y, poco a poco, empujan a miles de chicos hacia relatos reaccionarios que les prometen identidad, fuerza y una explicación fácil para su rabia.

La manosfera funciona como una puerta de entrada perfecta. Empieza con vídeos de “éxito masculino”, gimnasio, disciplina o seducción, y termina normalizando discursos misóginos, antifeministas y abiertamente autoritarios. El salto no es brusco; es una pendiente resbaladiza, alimentada por algoritmos que detectan vulnerabilidades y devuelven más de lo mismo, cada vez más intenso. Cuando un adolescente consume ese tipo de contenido, no está eligiendo libremente entre ideas en igualdad de condiciones: está siendo guiado por sistemas diseñados para retenerlo, excitarlo y encerrarlo en una burbuja ideológica.

El mecanismo es perverso porque ofrece respuestas simples a problemas complejos. Si un joven se siente solo, frustrado o humillado, la manosfera le dice quién tiene la culpa: el feminismo, las mujeres, la izquierda, los inmigrantes o el “sistema”. Esa lógica no educa; intoxica. No ayuda a madurar; radicaliza. Y lo hace en una etapa especialmente frágil, cuando la identidad aún se está construyendo y la necesidad de pertenencia pesa más que el pensamiento crítico.

Las grandes plataformas saben perfectamente lo que están haciendo. Un jurado en California acaba de considerar que Instagram y YouTube fueron diseñados para generar dependencia en jóvenes, y responsabilizó a Meta y Google por daños sufridos por menores, en un veredicto que puede abrir la puerta a miles de demandas más. No hablamos, por tanto, de un efecto colateral inesperado, sino de un modelo de negocio que convierte la vulnerabilidad en beneficio.

Y el daño no es solo psicológico. También es político. Un entorno digital gobernado por la indignación, el choque y la recompensa inmediata favorece narrativas autoritarias que ofrecen orden, jerarquía y enemigos claros. La extrema derecha no necesita convencer a estos jóvenes con grandes programas: le basta con prometerles poder, estatus y revancha. La manosfera hace el trabajo sucio de preparación emocional y simbólica.

En España, además, el problema se agrava porque las redes ya son una de las principales puertas de entrada a la información política entre los jóvenes. Eso significa que una parte creciente de su visión del mundo se está formando en territorios donde la mentira compite en igualdad de condiciones con la verdad, y donde el contenido más extremo suele ser el más visible. Cuando la educación cede terreno y el algoritmo ocupa su lugar, la democracia pierde capacidad de formar ciudadanos libres.

Conviene decirlo sin rodeos: la manosfera no es una subcultura inofensiva ni una simple conversación entre hombres desorientados. Es una maquinaria de resentimiento que convierte malestar en adhesión política reaccionaria. Y las plataformas que la amplifican no son observadoras neutrales; son las infraestructuras que la hacen rentable.

La pregunta, entonces, no es por qué tantos jóvenes se acercan a la extrema derecha. La pregunta es por qué seguimos permitiendo que sean educados por algoritmos cuya principal virtud comercial es empujarlos hacia el contenido que más les daña y más les enfurece

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La reforma de Milei para transformar la escuela pública: se retira el Estado, avanzan la familia y el mercado

El Gobierno de Argentina impulsa una ley educativa que autoriza la enseñanza en el hogar, y promueve el financiamiento de la demanda y la competencia entre instituciones para conseguir alumnos y recursos

Por: Javier Lorca

El Estado pasa a tener una función subsidiaria en el sistema educativo y cede ante el papel de la familia. Los docentes dejan de ser las únicas personas habilitadas para enseñar y se autoriza la enseñanza en el hogar —el modelo que en Estados Unidos se denomina homeschooling—. Los padres de los alumnos adquieren el poder de poner y quitar directores de escuelas. En lugar de financiar la oferta, es decir, a las instituciones educativas, los fondos públicos se dirigen a financiar la demanda, a las familias de los estudiantes, para que ellas elijan escuela y definan el destino del presupuesto: así, se establece un régimen de competencia escolar para captar alumnos.

Las anteriores son solo algunas de las medidas que impulsa Javier Milei en Argentina, a través de un proyecto de Ley de Libertad Educativa, ya presentado públicamente. La iniciativa integra una batería de reformas que el presidente pretende poner en marcha en la segunda mitad de su mandato, entusiasmado por el triunfo de la ultraderecha en las recientes elecciones de medio término.

Aunque prevé cambios para el financiamiento y la evaluación de las universidades, la reforma educativa de Milei se concentra en los niveles de escolaridad obligatorios: inicial, primario y secundario.

En sus primeros artículos, el proyecto de ley promueve la “libertad educativa, entendida como el derecho de toda persona […] a enseñar y aprender conforme a sus propias convicciones, métodos y proyectos pedagógicos”. Luego, establece el “rol preferente de la familia, como agente natural y primario, que posee el derecho y deber de orientar la formación de sus hijos menores”. Y, a continuación, define la “subsidiariedad del Estado, que actúa como garante del derecho a aprender y enseñar”, pero “sin sustituir la responsabilidad individual, familiar ni la iniciativa social”.

La relegación del Estado sintoniza con el credo anarcocapitalistade Milei, para quien los actores fundamentales de la sociedad son los individuos y el mercado. En un país como Argentina, donde la escuela pública, laica y gratuita es una institución medular, la aprobación del proyecto implicaría un cambio drástico. De los más de 11 millones de alumnos de Argentina, los últimos datos disponibles indican que más del 70% concurre a escuelas públicas y cerca del 30% a privadas.

“Esta reforma vulnera el derecho a la educación establecido en la Constitución y la obligación del Estado de garantizar ese derecho”, resume Myriam Feldfeber, doctora en Educación y profesora consulta de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

“Es un proyecto que se propone romper y transformar las bases sobre las cuales se construyó y se fue desarrollando nuestro sistema educativo, las bases establecidas por [Domingo] Sarmiento para una educación gratuita, obligatoria e inclusiva, para todos y todas”. Con una falencia adicional, señala Feldfeber: “No resuelve ninguno de los problemas que hoy tiene la educación en Argentina”.

El corrimiento del aparato estatal supone la delegación de facultades en las propias escuelas, en las familias de alumnos y en nuevas entidades privadas. En caso de aprobarse la reforma, las escuelas públicas y privadas podrán diseñar y aplicar sus propios planes de estudios, solo respetando contenidos mínimos definidos por la Administración nacional. En cada escuela —indica el proyecto— se crearán Consejos de Padres: tendrán “funciones de asesoramiento, orientación institucional, supervisión y rendición de cuentas”, y deberán “participar en los procesos de contratación y remoción del equipo directivo de la institución”.

Bajo el subtítulo Formas alternativas de enseñanza, la propuesta del Gobierno habilita la formación por fuera del sistema escolar, bajo dos modalidades. Una sería la “educación en entornos virtuales”, para la que ya hay un ejército de instituciones privadas —extranjeras incluidas— esperando la habilitación. La segunda sería la “educación en el hogar”, “dirigida por los responsables parentales o tutores de estudiantes en edad de escolarización obligatoria, impartida por ellos mismos o por personas por ellos designadas”. Los estudiantes que recibieran educación casera o a distancia deberían, luego, validar sus conocimientos a través de “evaluaciones estandarizadas” que solo examinarán los contenidos mínimos.

“Con estas propuestas, se desregula completamente la educación y se promueve el homeschooling [educación en casa], una práctica muy elitista que supone o padres altamente educados o que puedan pagar tutores que son muy caros”, plantea Mariano Echenique, doctor en Educación por la Universidad Nacional de La Plata. “En el caso de la enseñanza virtual, suele ser un gran negocio y está muy desarrollado en la educación superior. Pero en el nivel primario y secundario, la socialización de los alumnos, que solo se consigue de forma presencial, yendo y poniendo el cuerpo en una escuela, es imposible de reemplazar con una formación únicamente virtual. Los entornos virtuales deben ser siempre complementarios y no sustitutivos de los presenciales”, advierte.

“La escuela sigue siendo el espacio donde aprendemos a convivir con los otros y donde se construye en forma colectiva el conocimiento. No es solamente un lugar de transmisión de contenidos”, coincide Feldfeber. Desde esa perspectiva, la reforma propuesta no solo subestima la función de la escuela, sino también la del maestro: “Se rompe con la idea del docente como aquel especialista que lleva adelante los procesos de enseñanza y se la sustituye por la idea de que cualquiera puede enseñar de cualquier modo”.

Además de eliminar la meta presupuestaria hoy vigente para la educación (6% del PBI), el proyecto de reforma recupera una idea promocionada por Milei durante la campaña electoral de 2023: el financiamiento de la demanda y no de la oferta educativa. “Las asignaciones otorgadas a las familias o alumnos mediante vales o bonos, becas, créditos fiscales u otros instrumentos equivalentes”, argumenta el proyecto de ley, “están orientadas a asegurar la libre elección de la institución educativa y la equidad en el acceso a propuestas diversas de aprendizaje”.

El régimen es acompañado por un condicionamiento del financiamiento directo según la cantidad de alumnos y por la publicación —hoy prohibida— de los resultados de las evaluaciones censales a estudiantes. La presumible consecuencia es la generación de un ranking de escuelas que competirán por atraer alumnos en un nuevo mercado educativo. En un contexto de severo ajuste del gasto público y de retracción de los salarios de todo el personal estatal.

Los principales sindicatos de maestros del país ya se pronunciaron contra la reforma. En particular, rechazaron su definición de la educación como “un servicio esencial”, una medida que busca desactivar las huelgas docentes. Para la Confederación de Trabajadores de la Educación (CTERA), el proyecto “responde a las demandas de las grandes corporaciones” y “profundiza la tendencia privatizadora y mercantilista en el campo educativo”.

El Gobierno ya formalizó la presentación pública del proyecto, pero aún no lo envió al Congreso para iniciar el debate. De todos modos, muchas de las posturas ya están claras. La ultraderecha y sus aliados contarán con el respaldo de instituciones educativas privadas y religiosas. Deberán enfrentar la resistencia del peronismo y las fuerzas del centro a la izquierda, la mayoría de los gremios docentes y de la comunidad educativa del sistema público, todavía mayoritario en Argentina.

https://elpais.com/argentina/2025-12-22/la-reforma-de-milei-para-transformar-la-escuela-publica-se-retira-el-estado-avanzan-la-familia-y-el-mercado.html

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