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Paraguay: Docentes anuncian paro total de dos días y una nueva gran movilización

La Intersindical de Trabajadoras y Trabajadores de la Educación del Paraguay, que aglutina a diversos gremios docentes, anunció este lunes el “¡paro total!” de las clases y una movilización nacional para este martes y miércoles, solo dos semanas después del inicio del año lectivo escolar.

“Ante la desconfianza generalizada que se generó”, luego de la media sanción aprobada en Diputados y la posterior postergación sine die en la Cámara Alta, la Intersindical realizó el anuncio este lunes, en el que además señalaron que “el Senado pretende adelantar el tratamiento y la aprobación de la ley versión Diputados de la reforma de la Caja Fiscal”.

El llamado es “para todos los trabajadores y trabajadoras para dos días de movilización para estar en alerta y en vigilancia permanente por lo que pueda ocurrir, ya que el Senado pretende adelantar tratamiento y aprobación de la ley versión Diputados de la reforma de la Caja Fiscal”.

En ese marco, los maestros se movilizarán en Asunción, el martes en la Plaza de la Democracia y el miércoles en la Plaza Uruguaya.
Además, instan a los maestros del interior del país a movilizarse en los cruces y cabeceras de sus departamentos.

“Néike lomitā, japáyke ha jaku’e kyhyje’ỹre (Dale, gente, a despertarnos y a movilizarnos sin miedo)”, concluye el comunicado.

Tras la media sanción aprobada en Diputados el 5 de febrero pasado, un proyecto “intermedio” que disgustó al magisterio nacional, los gremios docentes se movilizaron de manera multitudinaria el día que la Cámara de Senadores debía tratar el proyecto, lo que generó su postergación, en primer término para el 25 de marzo.

Sin embargo, el pasado miércoles, los senadores postergaron de manera indefinida, sine die, el estudio de la Caja Fiscal.

La Ultima Hora

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Entrevista a César Rendueles «Estamos viviendo el reverso oscuro del Silicon Valley amable»

Hace trece años, César Rendueles (Girona, 1975) protagonizó un efímero éxito editorial. Sociofobia(Capitán Swing, 2013) delimitaba el alcance de la derrota de los movimientos emancipatorios y de la incapacidad para buscar soluciones a esa derrota. En las páginas de Sociofobia ya se colaban críticas al ciberutopismo, la creencia, en boga en aquellos años, que la política mediada por la tecnología lavaba más blanco; que, a través de soluciones técnicas era posible “hackear” el sistema, como se decía en aquel entonces, y salir de aquella derrota sin final. Varios años después, Redes vacías. Tecnología catastrófica y el fin de la democracia (Anagrama, 2026), el último libro de este investigador del CSIC retoma las cuestiones acerca de la tecnología presentes en Sociofobia.El punto de partida, no obstante, da testimonio del brusco giro que gran parte de la sociedad ha dado desde el encandilamiento por las posibilidades de la tecnología y las redes sociales hasta el cibercatastrofismo actual. Pese a los distintos puntos de aproximación, las dos obras profundizan en el trabajo de Rendueles a la hora de detectar aquello que nos hace pensar que somos impotentes, que no podemos cambiar nada de lo que nos rodea, con el objeto de neutralizarlo.

Redes vacías - César Rendueles - 978-84-339-4899-1 - Editorial Anagrama

¿Qué ha sucedido para que pasemos, en tan poco tiempo, de la confianza optimista en el poder revolucionario de las redes a verlas como una de las principales amenazas a la democracia?

Es increíble lo rápido que ha sido. Durante la pandemia hubo un aluvión digital gigante, que se ve muy bien en el campo de la educación. Se metieron pantallas y dispositivos por todas partes con la promesa de que iban a mejorar la educación tradicional. Cinco años después, se está proponiendo prohibir el acceso de los niños a los dispositivos en las aulas y también fuera de ellas, a algunas redes sociales. Es un cambio que responde al clima de época. Nos hemos deslizado a gran velocidad hacia un momento de pasiones tristes, de pasividad, de miedo y desconfianza. Y como pasaba antes, en la época heroica de la globalización, creo que la tecnología digital es un conjunto de objetos y procedimientos muy atractivos para depositar en ellos, simbólicamente, todas esas energías que antes eran positivas y ahora son negativas.

El problema está más en nosotros que en la tecnología.

Creo que damos demasiada importancia a la tecnología. Es importante verla como parte de procesos más amplios. Lo que ha pasado en nuestra relación con la tecnología no es diferente a lo que ha pasado con la experiencia política en general. Nos hemos deslizado hacia un clima muy reaccionario, muy pasivo, dominado por el miedo y el rencor.

¿Ciberutopismo y cibercatastrofismo son dos extremos de una misma tendencia?

Esa es la tesis del libro. En ese paso de un tecnoutopismo exacerbado a un catastrofismo digital igualmente exacerbado, acabamos presos del mismo tipo de fetichismo, que otorga un poder desproporcionado a las máquinas y es incapaz de ver los procesos sociales que están por debajo de esas máquinas. Creo que desfetichizar algo no es negar el poder que tiene, sino ver en qué procesos sociales se inscribe ese poder, qué es lo que le da ese poder, y no pensar que son sus propios engranajes los que cambian nuestra vida.

La inteligencia artificial actualmente es el mejor ejemplo de fetiche. ¿Qué es la IA hoy?

En Inteligencia artificial (Capitán Swing, 2024) Melanie Mitchell hace un recorrido histórico desde los años 50 del siglo XX hasta hoy, e insiste mucho en que hay una dinámica de picos y valles, que va desde momentos de euforia en torno a la inteligencia artificial a momentos de desánimo en torno a lo que esta puede hacer. Ahora claramente vivimos un momento de pico. Me gusta recordar las historias de fracasos de la tecnología. En el caso de las tecnologías digitales, hay una construcción de una historia de éxito y de avance, cuando la realidad es que ha habido una cantidad descomunal de blufs y de burbujas pinchadas. Somos muy miopes respecto a la tecnología.

¿En qué sentido?

Es muy difícil saber cuáles van a ser, en el medio plazo, las tecnologías que van a tener una implantación social amplia y un efecto transformador en las relaciones sociales. A veces digo, en broma, que la tecnología que más ha influido en España en los últimos 50 años probablemente es el hormigón pretensado, por el papel que tiene en las obras públicas. Creo que con la IA es muy complicado deshacer todo ese humo, intentar mirar más allá. A día de hoy, estamos completamente seguros, al 99,99%, del próximo estallido de una burbuja especulativa descomunal en torno a la IA. No sabemos cuánto va a arrastrar al resto de la economía, pero va a pasar. Curiosamente, es de lo que menos estamos hablando.

¿Por qué se producen estas burbujas tecnológicas?

Hay que recordar que, ahora mismo, la mayor parte de los usos de la IA son ornamentales, como el asistente de IA de WhatsApp, completamente innecesario. Mi sensación es que estas burbujas tecnológicas en torno a ciertos artefactos tienen que ver con que retroalimentan procesos que ya están en marcha. Es decir, prestamos tanta atención a la IA porque de alguna manera continúa una dinámica de precarización de los trabajos. Primero de los descualificados, y ya veremos si también de los cualificados. Lo que dice esa tendencia es que más nos vale conformarnos con lo que hay, porque si no va a llegar algo que va a ser más barato que nosotros. De este modo, la IA continúa una dinámica de desposesión de conocimiento y una dinámica de sumisión ante un poder frente al que estás inerme. Te dicen que hay algo mucho más grande, frente al que tú, individuo, no puedes nada, tienes que rendirte. Prestamos atención a esas tecnologías, mientras quedan de lado otras que nos cuesta trabajo imaginar.

¿Hasta qué punto es casual que la IA, como principal fetiche de Silicon Valley y de los tecnoligarcas, venga después de la crisis del neoliberalismo?

El debate en torno al fin del neoliberalismo es complicado, porque ese declive se produce a través de una aceleración de las dinámicas de mercantilización. Se está produciendo una pérdida de legitimidad del imaginario neoliberal, que ya ni convence ni pretende convencer a nadie. Nadie espera sentirse ilusionado por esos procesos de mercantilización, ni que generen una visión del mundo más o menos esperanzadora. Estamos viviendo el reverso oscuro del Silicon Valley amable, lleno de nerds con sudadera con capucha que coleccionaban cromos. Esa gente que tenía problemas para relacionarse con sus semejantes humanos, ahora los sigue teniendo pero en formato nihilista y sociópata.

En pocos años hemos visto cómo cambiaban los señores más poderosos del mundo.

Hay una recomposición de las élites en este momento posneoliberal. No hablo de las relaciones de poder político-económico, sino de qué imaginarios necesitan poner en marcha para legitimar su poder. Ahí la IA genera imágenes muy potentes, culturalmente muy poderosas desde el punto de vista reaccionario. Porque son máquinas que aparentemente lo pueden todo, pero al mismo tiempo están tremendamente centralizadas, en manos de unas pocas compañías que tienen la tecnología para ponerla en marcha, y están muy vinculadas a esa coalición de élites post democráticas, post autoritarias, de Silicon Valley.

Como decían Astra Taylor y Naomi Klein, es un fascismo del fin de los tiempos. 

Es una imagen que al final te acaba atrapando. Del mismo modo que el paradigma de la globalización neoliberal acabó atrapando también a los movimientos de izquierda, a los movimientos antagonistas, porque es el ambiente de época, en el que te tienes que mover. Eres incapaz de salir de ese marco de rencor, del fin de los tiempos.

En el libro defiendes que asistimos a un proceso de desinstitucionalización digital. ¿Podrías explicar en qué consiste?

La idea de institución tiene que ver con que exista un conjunto de normas claras que regulan ciertos procesos sociales, que sean más o menos estables en el tiempo. Las instituciones se concretan en organizaciones. ¿Qué tipo de organizaciones colaborativas conocemos? Un montón, desde sindicatos, cooperativas o instituciones educativas como pueden ser las universidades. Son instituciones cooperativas, parcialmente cooperativas o colaborativas. Lo pensaba en los 2000, cuando surgieron los movimientos de cultura libre, y lo pienso ahora: el límite más importante de esos movimientos era una cierta incapacidad para imaginar la institucionalización de esos procesos. Para pensar cómo crear organizaciones que impulsaran la cooperación en torno a las tecnologías digitales, para que fuera estable, escalable, atravesada por dinámicas deliberativas, mediada por la deliberación política y no solo por protocolos técnicos. Y pensar qué papel podría desempeñar lo público, que no es lo mismo que lo estatal, para crear un contrapoder digital que se pudiera oponer de forma realista a esas enormes grandes potencias económico-tecnológicas.

¿Qué crees que falló?

Desde la cultura libre hubo cierto adanismo, muy influido por la propia imaginación tecnológica, que jugó en su contra. Ahora, cuando nos jugamos algo muy importante en las batallas tecnológicas –en términos de seguridad, de democracia– es un buen momento para recuperar aquel proyecto de cultura libre. Con todo lo positivo que tuvo, pero también haciéndonos cargo de esas limitaciones, para darle una vuelta a cómo sería un ecosistema público que no sea puramente estatal, donde haya espacio para las iniciativas privadas, incluso para las iniciativas mercantiles. Es crucial la idea de una institución pública como algo diferente de una organización estatal. Pongo el ejemplo de las universidades pero hay muchos más, pueden ser sindicatos, cooperativas, lo que se quiera.

En el libro hablas también de una telaraña de micro dependencias que no nos permite salir de las redes sociales. Un ejemplo ha sido esta cosa medio fallida de irse de X (Twitter), en la que tenemos el riesgo de caer en un enfoque individualista, moralizante. ¿Cómo planteamos medidas que sean efectivas y no solo culpabilizadoras?

Con el abandono de plataformas como X hay una repetición de cosas que hemos vivido en el pasado. Durante un tiempo había propuestas muy enfáticas de migración al software libre y, efectivamente, muchas veces había una dimensión muy identitaria y moralizante. “Yo soy mejor porque uso Ubuntu, no como tú, pobre pringado, que usas Windows y eres prisionero del capital”. Con la salida de X el problema es que individualmente tiene costes de muy distinto tipo. Para algunos es de visibilidad, para otros es de perder relaciones, perder comodidad, o simplemente, es incómodo tener que volver a empezar desde cero. A la mayor parte de la gente le importa un bledo lo que pasa con la tecnología. Como decía Geert Lovink, no me siento más libre por poder modificar los drivers de mi impresora. Yo quiero que imprima y ya está.

 ¿Cuál sería entonces la clave?

Hay que evitar entenderlos como procesos individuales y no colectivos. Es decir, vámonos todos y todas a BlueSky, o a donde sea. Y que funcione, claro. Porque, si no, es absurdo. Me parece interesante el papel que ciertos agentes institucionales, como medios de comunicación o universidades, tuvieron en el abandono de Twitter. Porque no te vas tú solo, sino que formas parte de algo más grande, con instituciones que representan o que llegan a cientos de miles de personas, que dan ese paso. Eso es lo que puede funcionar. No tanto ponerte como censor, sino formar parte de algo que podemos hacer entre todos, que es construir ecosistemas digitales más saludables.

Hablar del movimiento de familias que defienden una especie de ley seca de móvil para adolescentes. ¿Cuáles son los problemas de esta propuesta?

Creo que está extremadamente mal definido. No está muy claro cómo demonios se puede aplicar algo así, nadie lo sabe. No distingue entre chavales de 15 años y niños de ocho. Por ejemplo, ¿te imaginas que el único acceso a la información sobre feminismo, igualdad de género, diversidad sexual, o contraconcepción de una chica de 15 años tenga que estar filtrado por su padre? Es de locos. Rosa Luxemburgo empezó a militar con 15 años. Greta Thunberg empezó su huelga a los 15 años. Tratar a la gente de 15 años como si tuviese ocho es muy problemático. Luego, ¿qué es una red social? Parece que Instagram sí, TikTok sí, pero, ¿WhatsApp es una red social? Telegram, que es un pozo del infierno lleno de pederastia y nazismo, ¿no es una red social? Al final vas a tener que aceptar la definición de red social que den los propietarios de redes sociales. Estamos otra vez cayendo en aceptar que la única fuente de soluciones a los problemas de la tecnología es la que ofrecen los fabricantes de tecnología, y que hay que encargarles a ellos que solucionen esos problemas.

¿Qué mensaje se lanza a la gente joven?

Por un lado, lo que le están diciendo con la prohibición es: tú no puedes. Les privas de cualquier tipo de agencia. Hay un mundo terrible ahí fuera al que tienes que, o bien rendirte y dejar que te contamine de cualquier manera, porque no es posible resistirse, o si no, métete en una habitación del pánico, haz un juramento de virginidad digital, porque es lo único que puedes hacer. Por otro lado, los adultos te privan de cualquier responsabilidad respecto a un mundo que han construido ellos. Y, como reflexión más general: gente de izquierdas que, en teoría, defendía bajar la edad de voto a los 16 años, ahora dice que a los 15 no pueden acceder a las redes sociales. Es una renuncia a plantear las tensiones en términos de libertad, privacidad, acceso libre a la información para gente que no son adultos, pero desde luego son sujetos de derecho. Me resulta muy inquietante, porque me parece una colonización más del marco reaccionario entre la izquierda.

En este sentido, parece que las propuestas en relación con la tecnología se limitan a pedir que se prohíba, ya sea el acceso a redes sociales o la IA. Se abandona la posibilidad de abordar la tecnología de una manera liberadora. 

Es verdad que la IA está tan dominada por efectos catastróficos, colapsistas, negativos, que cuesta imaginar una resignificación. Pero no debería ser tan difícil. Echándole un poco de imaginación especulativa, imaginemos un sistema muy sofisticado de Big Data e IA en manos de un ministerio fiscal progresista. ¡Me cuesta más imaginar eso último que el fin del mundo! Pensemos que esas herramientas sirvieran para evitar la evasión fiscal, y que los que nunca pagan, porque tienen mil maneras de escaquearse, empezaran a pagar gracias a eso. O pensemos en una herramienta en manos de un ministerio de asuntos sociales que empezara a mandar cheques a la gente automáticamente, sin un solo formulario, porque cruza datos y sabe qué personas lo necesitan. Creo que hay maneras de pensar esas tecnologías de una manera más positiva, pero ni siquiera lo estamos intentando. Hay una rendición absoluta a ese mundo gris.

¿Cómo obtienen sus ganancias esas multinacionales tecnológicas? 

Es llamativo cómo apenas pensamos de dónde salen los beneficios de las grandes tecnológicas. Se da por hecho que dan dinero, pero nadie sabe muy bien de dónde sale ese dinero. Está claro en el caso de Airbnb o de Uber. Pero Whatsapp, ¿de dónde saca el dinero? De nuestros datos. Ya, pero, ¿qué hacen con esos datos? ¿Solo publicidad? ¿Qué es lo que está en juego? Estas preguntas nos enfrentan a la increíble dimensión especulativa y rentista que tienen todas esas tecnologías. Siempre la han tenido, incluso cuando creíamos que eran el futuro de nuevos modelos productivos. ¿Productivos en qué, exactamente? A veces es un incremento en la velocidad y la eficacia de los procesos productivos, pero otras veces no. Es una versión de las televisiones o de los periódicos que vivían de la publicidad, pero acelerada exponencialmente.

También señalas que la economía digital se apropia o parasita mecanismos sociales cotidianos.

Se ve muy bien en el caso de Uber o Airbnb. Se aprovechan de nuestros esfuerzos cotidianos para desplazarnos en la ciudad o para buscar alojamiento. Pero al final son todas así. No sé cuántos empleados tendrá WhatsApp en el mundo, pero sospecho que no muchos. Se aprovechan de nuestra necesidad de comunicarnos con nuestros círculos cercanos para obtener beneficios. Creo que es interesante aplicar esa visión de la acumulación originaria, de extracción de plusvalor, de los bienes comunes, de los espacios no mercantilizados, para generar valor y trasladarlo a otros espacios. Y creo que es interesante porque eso es reversible.

¿Cómo se podría hacer?

Igual que se han desmercantilizado algunos espacios sociales introduciendo instituciones públicas, en este caso estatales, en el campo de la sanidad, la vivienda o la educación, ese proceso de desmercantilización se puede expandir. Se pueden desmercantilizar muchos procesos tecnológicos. Hay un montón de apps que en realidad son sistemas de mensajería súper sencillos. Tenemos ese fetichismo que nos hace depositar en aplicaciones como WhatsApp una capacidad simbólica enorme, pero realmente no sería tan complicado desmercantilizarlas.

Es difícil encontrar en los análisis actuales referencias a la pandemia y la importancia que tuvo socialmente, y nos gusta que el libro lo trate. ¿Qué supuso la pandemia? ¿Cómo influyó en la sociedad? 

Creo que no lo hemos pensado, ni en la academia, la sociología, la politología, ni en los movimientos de izquierda. Nos impactó tanto la pandemia que hemos querido pasar página y olvidarla. Sacó a la luz cosas que ya estaban en marcha, subterráneas. Pero ha sido un hito crucial en muchísimos lugares del mundo. En Argentina, por ejemplo, la explicación de por qué ganó Milei tiene mucho que ver con la pandemia. O lo que está pasando en Madrid, este agujero negro político que nadie entiende muy bien cómo es posible, tiene mucho que ver con eso.

¿En qué sentido fue un hito crucial?

Fue un momento en el que los gobiernos pusieron en marcha el tipo de políticas que uno esperaría de un gobierno de la derecha radical. Seguramente no había alternativa. Pero te coloca en una posición imposible, porque, por un lado, estás haciendo exactamente lo que le gustaría hacer a la extrema derecha si gobernara. Y, por otro, la extrema derecha te puede acusar de liberticida, de dictador… La pandemia lo cambió todo porque fue una efervescencia de afectos negativos. Un conjunto de sentimientos de pasividad, de miedo, de rencor generalizados, que han transformado cómo nos relacionamos. De alguna manera, pasa lo mismo con la tecnología. El gobierno progresista propone la prohibición, que es lo que le gustaría hacer a la extrema derecha, pero al mismo tiempo se expone a ser acusado de liberticida.

César Rendueles entrevista Pablo Irene - 6
César Rendueles, en un momento de la entrevista. David F. Sabadell


¿Cómo afectó la pandemia a nuestra visión de la tecnología?

Fue la materialización del sueño ciberutópico. Todo lo que nos decían que iba a pasar: que nos íbamos a relacionar con todo el mundo a través de videocámaras, que íbamos a descargar contenidos de bibliotecas virtuales, etc., pasó. Y fue horrible, una pesadilla. Hace falta algo tan horrible como una pandemia y que el gobierno te encierre en casa para que el sueño ciberutópico se cumpla. Eso cambió nuestra relación con la tecnología, en el sentido de que nos dimos cuenta de que era espantoso, pero al mismo tiempo, lo normalizó.

Otras de las cuestiones que también explosiona con la pandemia es la conspiranoia. Una de las pasiones más tristes de nuestro tiempo, y también en el campo de la izquierda, es la conspiración.

El auge de la conspiranoia como gran ideología de nuestro tiempo tiene que ver con cierta individualización de las pasiones políticas. Es aplicar la idea del pensamiento crítico, que tenía que ver con la elaboración colectiva –entre todos y todas somos capaces de pensar algo que desafía las verdades más o menos establecidas–, y llevarlo al terreno individual. “Yo soy más listo que los demás, me he formado en YouTube y tú, borrego, te crees a los expertos del gobierno”. Es entender las ganancias en conocimiento como algo individual, que tiene que ver con el secreto que yo descubro. Eso tiene un efecto muy perverso: la desconfianza en el conocimiento experto y una perversión total de la idea de pensamiento crítico dirigida a la desconfianza en general de la ciencia. Tener que defender los conocimientos expertos mínimos es un horizonte muy oscuro. Desde la izquierda tenemos que hacer bastante autocrítica. En la pandemia había gente que aceptaba solapamientos monstruosos con la conspiranoia, con derivadas clarísimas hacia la extrema derecha. En la izquierda arrastramos una herencia complicada de tolerancia hacia cosas que a lo mejor no deberíamos haber tolerado.

También señalas que muchas instituciones dedicadas a la mediación, como las editoriales o los periódicos, han ido entrando en crisis y se están sustituyendo por lo que llamas procesos de algoritmización social.

En los inicios del giro digital, cuando se empezó a extender el uso de internet, algo muy aceptado era el fin de la mediación. Con tu móvil eres un periodista; ya no necesitas editoriales porque puedes publicar tu novela directamente, etc. Se ensalzaba la relación directa entre el consumidor y el productor. Era algo que aceptaban, por supuesto, los partidarios del modelo propietario, que querían que las grandes tecnológicas se convirtieran en editoras y también en fabricantes de papel, en transportistas y en libreros. Pero también entre la izquierda, que lo veía como algo positivo porque acababa con las jerarquías. Me preocupa mucho porque creo que, en gran medida, es la raíz de nuestros problemas. No existe la no mediación. Si no tienes un mediador, es que alguien está ejerciendo de mediador invisible. Los procesos de mediación te permiten por lo menos visibilizar cuáles son esas dinámicas de selección y promoción, y plantear otras alternativas. No como el algoritmo, que es el ejemplo perfecto de mediación invisible monstruosa, donde parece que eres el dueño de tus decisiones, pero acabas consumiendo exactamente lo que quiere el dueño de YouTube o el de Twitter.

¿Podemos imaginar otro modelo?

Las instituciones de mediación no tienen por qué ser periódicos, editoriales, discográficas, o bibliotecas tradicionales, a lo mejor pueden ser otras cosas. Pero olvidar todos esos procedimientos, vinculados además a profesiones que tienen su tradición, sus dinámicas de aprendizaje y de autocontrol, me parece catastrófico. Ha habido una debacle de esas instituciones de mediación, alguna inducida por el mercado, pero otras creo que un poco creadas desde dentro, como en el caso de los medios de comunicación. Eso nos ha arrojado a este escenario que deberíamos combatir.

“Tecnooligarca politoxicómano con infantilismo terminal”, “niños rata con supuestos superpoderes”, “millonario supremacista con delirios paranoides”, “ciberoligarcas que llevan el estilo de vida y aspecto de un proxeneta de Las Vegas”, “multimillonarios narcisistas con un deterioro cognitivo manifiesto”… Son solo algunos de los epítetos que dedicas en el libro a los millonarios de Silicon Valley y su camarilla. ¿Has decidido retomar la tradición marxista del noble arte del insulto?

Tenía ganas de insultar, retomando efectivamente esa noble tradición. Más en serio, creo que esa ridiculización tiene su importancia. Es asombroso el guante de seda con el que se ha tratado a estos billonarios narcisistas durante décadas, gente que juguetea a voluntad con cosas muy importantes para nuestras vidas, para la democracia, para la economía. Ese retrato como si fueran niños simpáticos, tímidos, millonarios casi a su pesar: “En el fondo les gustaría estar en un garaje jugando a un juego de rol, pero el destino les ha puesto al frente de una multinacional asesina”. Cuando salió Windows 95, mandaron a un reportero de El País Semanal a las oficinas de Microsoft y entrevistaron a Bill Gates. Contaba cómo en los cubículos de los programadores había colchones, porque les gustaba tanto su trabajo que se quedaban ahí a dormir. Me acuerdo de una cosa muy concreta: decía que Gates llevaba las gafas sucias. Probablemente acababa de llegar de la isla de Epstein, y probablemente varios de esos programadores se suicidaron por sobretrabajo. Por eso creo que está bien hacer ese esfuerzo, por higiene mental, de retratarlos como lo que son: una especie de nihilistas enloquecidos, incultos, de inteligencia cuestionable en algunos casos, pero con una imagen increíblemente generosa de sí mismos. Al margen de que yo tuviera ganas de jarana, creo que es bueno, a nivel colectivo.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/pensamiento/cesar-rendueles-estamos-viviendo-reverso-oscuro-del-silicon-valley-amable

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Argentina: Educación bajo amenaza y lucha contra el gobierno

La semana comenzó con fuerte conflictividad en la provincia de Catamarca. El lunes 2 de marzo la CTERA, junto a los gremios docentes nacionales UDA, CEA, SADOP y AMET, convocó a un paro nacional docente que en la provincia tuvo alrededor de un 70% de adhesión.

Ese mismo día por la mañana, un grupo de docentes decidió no iniciar el ciclo lectivo 2026 y se movilizó hacia la Casa de Gobierno para reclamar una recomposición salarial real y repudiar la propuesta presentada por el gobierno provincial.

Ante la convocatoria al paro y la movilización, el gobernador Raúl Jalil (del PJ) alineado con las políticas del gobierno nacional de Javier Milei, dictó la noche del domingo una conciliación obligatoria, con el objetivo de intentar frenar la participación docente en las medidas de fuerza.

Sin embargo, la maniobra no logró su objetivo. La adhesión al paro se mantuvo y durante la jornada se registraron manifestaciones y cortes autoconvocados en distintos puntos de la provincia en reclamo de mejoras salariales y estabilidad laboral.

En Fiambalá, docentes realizaron un corte sobre la Ruta Nacional 60, en el acceso sur de la ciudad. En Santa María, la concentración se realizó a la altura del Monumento a la Pachamama, sobre la Ruta Provincial 17, desde donde marcharon hasta la Plaza Belgrano.

Las protestas también se replicaron en Andalgalá, donde docentes autoconvocados y trabajadores de la salud se concentraron en la Plaza 9 de Julio, además de movilizaciones en Paclín y en la capital provincial.

Jalil bajo la lupa de la docencia

La bronca de la docencia siguió creciendo y el 4 de marzo por la tarde cientos de docentes autoconvocados volvieron a movilizarse en la capital catamarqueña, ante la falta de respuestas del gobierno.

La concentración se realizó en la Plaza 25 de Agosto, desde donde marcharon hasta la Plaza 25 de Mayo, bajo la consigna: “En las rutas, en las calles, en las plazas: ¡la lucha es de todos!”. El reclamo central es el rechazo a la oferta salarial del gobierno y la exigencia de una recomposición urgente acorde a la crisis económica, con un planteo de $1.300.000 al básico.

La movilización también repudió las declaraciones del gobernador Raúl Jalil, quien tras la primera jornada de protesta confirmó el inicio de sumarios administrativos contra docentes que participaron del paro, junto con la advertencia de descuentos salariales bajo la consigna: “Día trabajado, día pagado”.

Estas medidas fueron interpretadas por la docencia como un intento de disciplinamiento y una amenaza directa contra el derecho constitucional de huelga, en un contexto donde los trabajadores de la educación denuncian salarios insuficientes y condiciones laborales cada vez más deterioradas.

En este marco, docentes autoconvocados ya convocaron a una nueva movilización para este sábado 7 a la tarde. A su vez, en el plano nacional, se anunció un paro universitario del 16 al 20 de marzo en reclamo por el incumplimiento de la Ley de Financiamiento Educativo.

Crece el malestar social

El conflicto docente se da en medio de un clima de creciente tensión social en la provincia. En los últimos días se multiplicaron movilizaciones y protestas que apuntan al gobierno provincial exigiendo respuestas frente al deterioro de las condiciones de vida.

Las consignas responsabilizan tanto al gobernador Jalil como al presidente Milei, señalando que el gobierno provincial aplica un ajuste alineado con las políticas nacionales.

En las calles y en las redes sociales se repiten reclamos por trabajo, aumentos salariales y mejores condiciones laborales, reflejando el fuerte deterioro del poder adquisitivo desde que asumió este gobierno.

La necesidad de un plan de lucha

Desde Alternativa Docente planteamos la necesidad de que las conducciones sindicales de CTERA y la CGT impulsen un plan de lucha nacional, dando continuidad al paro del 2 de marzo. Y convoquen a un paro provincial de 48 horas con movilización la próxima semana.

En varias provincias continúan abiertos los conflictos salariales y se desarrollan medidas de fuerza. El paro nacional del 2 de marzo expresó parte de la bronca acumulada, pero muchos docentes consideran que una medida de 24 horas resulta insuficiente.

En ese contexto, la autoorganización docente vuelve a aparecer como una herramienta de lucha, frente a la pasividad de las conducciones sindicales. El objetivo, tiene que ser unificar los reclamos y retomar el nivel de unidad alcanzado durante 2025, cuando trabajadores estatales y del sector privado protagonizaron movilizaciones unitarias masivas, por salario y condiciones laborales.

Para la docencia catamarqueña movilizada, la situación es clara: el hambre y la miseria no pueden esperar

Catamarca. Educación bajo amenaza y lucha contra el gobierno

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Feminismo en la encrucijada: Lo que hemos ganado y lo que nos quieren arrebatar

Por: Luz Palomino/Aquelarre de las Insumisas 

El mapa de nuestras vidas ha cambiado. Y no es una frase hecha: es lo que pasa cuando décadas de movilización social, de hablar dónde nos mandaban callar, de juntarnos donde nos querían solas, consiguen que lo que antes era «un asunto privado» —la violencia machista— hoy se nombra como lo que es: un problema de salud pública y una cuestión de Estado.

Hemos conseguido leyes importantes. Pero más importante aún: hemos creado una conciencia que ya no acepta el silencio como respuesta. Las jóvenes de hoy miran lo que sus abuelas soportaron y dicen: «eso a mí no». Y eso, aunque parezca poco, es una revolución.

Pero ojo, que Simone de Beauvoir ya lo advirtió en el segundo sexo: “no olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados». Y tenía toda la razón. Por eso cada derecho conquistado no es un punto y final, es una trinchera que defender.

Porque la historia del feminismo es, ni más ni menos, la historia de cómo el mundo se ha ido haciendo más democrático. Repasemos lo que hemos conseguido —para que no se nos olvide— y lo que ahora está en juego. Lo que nos costó ganar (y no nos regaló nadie)

El derecho a tener voz propia: el voto

1893: Nueva Zelanda se convierte en el primer país donde las mujeres votan. Sí, leyeron bien: hace apenas 130 años, en la mayor parte del mundo nos consideraban sin criterio para meter una papeleta en una urna.

No olvidamos que el 27 de octubre de 1946 las venezolanas votamos por primera vez. No fue una concesión de los señores de turno; fue el grito de nuestras abuelas que entendieron que la política sin nosotras es puro teatro de sombras.

1947: En Argentina, después de décadas de lucha de sufragistas anónimas y con el empujón de Eva Perón, se aprueba la Ley 13.010. Las mujeres argentinas pudieron votar por primera vez en 1951.

1953: México reconoce el derecho al voto femenino. Tardaron, pero llegó.

Que hoy nos parezca tan normal ir a votar es la mejor prueba de que el feminismo funciona: cuando una conquista se asienta, parece que hubiera estado siempre ahí. Pero no. Detrás de cada derecho hay mujeres que se jugaron hasta la vida.

Autonomía económica y jurídica: dejar de ser propiedad de nadie

1975: La ONU declara el Año Internacional de la Mujer. Por primera vez, el mundo hablaba de nosotras como sujetos de derecho, no solo como madres o esposas.

1981: Entra en vigor la CEDAW, que viene a ser como la constitución de los derechos de las mujeres a nivel mundial. Por si alguien tiene dudas: esto significa que los países que la firman se comprometen a cambiar todo lo que nos discrimine.

El cuerpo como territorio propio: La revolución más íntima

2012: Argentina aprueba la Ley de Identidad de Género. Pionera en el mundo: reconoce que cada persona tiene derecho a ser llamada como se siente, sin que ningún médico ni juez tenga que dar permiso.

2020-2021: La Marea Verde, ese tsunami color esperanza que recorrió América Latina, consigue dos hitazos: Argentina legaliza el aborto y en México la Suprema Corte declara que criminalizar a las mujeres que abortan es inconstitucional. Como dice la antropóloga Marta Lamas: «La maternidad será deseada o no será».

2021: México aprueba la Ley Olimpia, que lleva el nombre de Olimpia Coral Melo, una joven que sufrió violencia digital y dijo «hasta aquí». La ley tipifica como delito grabar, difundir o compartir imágenes íntimas sin consentimiento. Porque “lo virtual es real», sí, y el daño duele igual.

Ahora, el patriarcado no es tonto: cuando ve que por un lado le cierran puertas, se cuela por la ventana. Y hoy la ventana es la pantalla.

La violencia digital —ciberacoso, difusión de imágenes sin permiso, deepfakes (esos vídeos trucados que parecen reales) para humillar— afecta sobre todo a mujeres jóvenes y a las que se atreven a opinar en público. El algoritmo, ese invento que no tiene cara ni género, resulta que reproduce el machismo de quienes lo programan.

La antropóloga argentina Rita Segato lo explica clarísimo en su libro Las estructuras elementales de la violencia:

«La violencia contra las mujeres no es un crimen individual, es un crimen corporativo del patriarcado. La crueldad sexual es un lenguaje que habla de la soberanía masculina sobre el territorio-cuerpo de las mujeres.»

Dicho más claro: cuando un hombre difunde un vídeo íntimo de su ex, o cuando un grupo acosa a una compañera por redes, no son «casos aislados». Son mensajes. Mensajes que dicen: «esto es mío, yo decido, tú te callas”. Y Olimpia Coral Melo, la activista mexicana, nos dice: las agresiones en línea duelen, aíslan, expulsan del debate público. Y cuando expulsan a las mujeres de la conversación, la democracia entera se empobrece.

El nuevo fascismo: El que no necesita tanques

Hay quien habla de un «fascismo del siglo XXI». No es el de las botas y los camiones militares —aunque también—, es el que ocupa las pantallas. La nueva aristocracia tecnológica —esos multimillonarios que deciden cómo funcionan las redes— usa los algoritmos para amplificar el odio porque el odio vende, porque el odio engancha.

¿El resultado? Que el antifeminismo se ha convertido en una ideología de moda. Que hay youtubers e influencers que viven de decir que el feminismo es una secta, que las mujeres ya tenemos los mismos derechos, que «ahora los discriminados son ellos”. Y eso cala. Sobre todo, entre los más jóvenes.

En las aulas lo vemos muy seguido con la pregunta «¿y para cuándo un día del hombre?» no es inocente. Detrás hay un malestar real que ha crecido oyendo que la igualdad es lo normal, pero que en su experiencia cotidiana sienten que se les pide renunciar a privilegios que ni siquiera sabían que tenían. Y en lugar de entenderlo como un avance, lo viven como una amenaza. Mientras, gobiernos recortan horas de igualdad en las escuelas, porque claro, si no se enseña, si no se habla, si no se debate, el espacio lo ocupan los discursos de odio. Y los que dicen que la «ideología de género» es un complot contra la vida, contra la familia, contra no se sabe qué, van ganando terreno.

El feminismo no es uno solo: También hay debate interno

Sería mentira decir que todas pensamos igual. El feminismo de 2026 es un hervidero de debates: identidad de género, prostitución, vientres de alquiler… Son conversaciones difíciles, que reflejan que el movimiento está vivo. Pero también que nos cuesta encontrar un frente común cuando la ofensiva de la ultraderecha arremete contra todas.

Frente al feminismo que busca un asiento en las mesas del poder —que también es legítimo—, hay otro feminismo que nace de abajo: el de los sindicatos, el de las ollas populares, el de las mujeres campesinas que defienden el territorio mientras crían a sus hij@s. Ese feminismo entiende que ser mujer, ser pobre y ser migrante no se pueden separar. Que la opresión tiene muchas caras y todas duelen.

Lo pequeño también es político: Resistencias que inspiran

Si algo hemos aprendido de las compañeras de Kibera (el enorme barrio popular de Nairobi, en Kenia) o de las activistas de Minneapolis, es que ninguna acción colectiva es demasiado pequeña. El feminismo popular es el principal muro de contención, frente a un sistema que amasa la riqueza en el 1%, mientras al 99% nos quitan derechos.

Lo vemos en acciones concretas:

Las mujeres que interrumpen etapas de la vuelta ciclista para denunciar lo que está pasando en Gaza.

Las empleadas de hogar que se atreven a denunciar a sus empleadores por explotación, rompiendo el silencio que las ha mantenido invisibles durante décadas.

Todas ellas, desde sitios muy distintos, tejen la misma red. Porque el acoso en un grupo de WhatsApp, el desalojo en un barrio y el bombardeo de una escuela en una guerra son hilos de la misma trama: la de quienes deciden qué vidas importan y qué vidas no.

Porque un feminismo que no hable de salarios, de precariedad, de convenios o de la brecha de pensiones se olvida de dónde venimos. Y nosotras venimos de la fábrica, del mostrador y de la cocina comunitaria. Venimos de la convicción de que la emancipación de las mujeres pasa también por la emancipación de la clase trabajadora, y de que mientras haya una compañera cobrando menos por ser mujer, la lucha sigue siendo nuestra.

Pero la respuesta no puede ser solo punitiva. Hace falta algo más de fondo: una contra-pedagogía del poder. Enseñar, desde pequeñitos, que la libertad no es el derecho a oprimir al otr@, sino la capacidad de convivir. La educación en valores no es un extra, algo que se hace si sobra tiempo. Es la base de todo. Cuando los gobiernos recortan programas de igualdad y solo piensan en medidas punitivas, están renunciando a evitar el sufrimiento antes de que ocurra.

Como activista y profesora, trato de tejer memoria para que mis estudiantes sepan que los derechos que tenemos no han caído del cielo. Que su bienestar depende de que la lucha continúe. Que entiendan, como dice Segato, que el cuerpo de las mujeres sigue siendo ese papel donde el poder escribe su mensaje. Ahora con algoritmos, pero el mensaje es el mismo.

8M: El ruido que no para

Hace unos años, las huelgas feministas de 2018 y 2019 nos hicieron creer que ya nada podría pararnos. La realidad de 2026 es más compleja: la ultraderecha crece, las violencias se vuelven más sofisticadas, y el «se va a acabar el feminismo» de algunos no es una broma, es una amenaza real. Pero el 8 de marzo no es una celebración. Nunca lo ha sido. Es un altavoz, una trinchera, una manera de decir: «seguimos aquí».

Como aquel lema de 2018: «Si nosotras paramos, se para el mundo». Pues bien: aunque el mundo no se pare del todo, nuestro ruido lo hace temblar. Las cacerolas, los gritos, las pancartas: todo eso es el sonido de que no nos resignamos.

No tenemos un plan perfecto para frenar el avance del fascismo y la «pedagogía de la crueldad». Pero tenemos algo mejor: organización. Tenemos la capacidad de hacer ruido. Un ruido que señala al agresor, que interrumpe los negocios de quienes ganan con nuestro dolor, que conecta lo que pasa en nuestra calle con lo que pasa al otro lado del océano.

Este 8 de marzo, salgamos a las calles, que el escándalo de nuestra dignidad sea más fuerte que el silencio que nos quieren imponer. Porque el feminismo no pide permiso para existir: existe, resiste, y vuelve a empezar cada mañana. En cada conversación, en cada denuncia, en cada negativa a callarse.

Y en esa resistencia cotidiana —en esa terquedad de seguir tejiendo redes donde otros siembran muros— se juega la posibilidad de un futuro donde la vida, y no el mercado, sea lo que de verdad importe.

Mujeres nuestra mayor rebeldía es seguir juntas; nuestra mayor victoria es que no volverán a callarnos. 

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Feminismo, ese ruido contagioso

Por: Varias Autoras 

En uno de los mayores barrios de la periferia de Nairobi, hay una norma no escrita por la que si una mujer es atacada o está sufriendo una agresión, salen todas a hacer ruido con sus cazuelas.


Cuenta una buena compañera que en algunas zonas de Kibera, uno de los mayores barrios de la periferia de Nairobi, Kenia, hay una norma no escrita por la que si una mujer es atacada o está sufriendo una agresión, salen todas a hacer ruido con sus cazuelas. El objetivo es estigmatizar la violencia dentro de las comunidades y que ese ruido, esa interrupción de la vida cotidiana, ponga el foco en la  lucha contra la violencia de género.

Es probable que mientras Ayuso anunciaba la entrega de la medalla de la Comunidad de Madrid a Donald Trump “por ser faro de libertad del mundo” —Milei, Guaidó o Noboa también la han recibido— en Minneapolis, centenares de activistas se concentraran a 20 grados bajo cero para dar su mejor do de pecho e improvisar un concierto en las puertas de un hotel. Hotel donde los agentes del ICE intentan descansar tras largas jornadas de redadas y detenciones racistas. La narrativa que triangula inmigración, seguridad y delincuencia no es nueva.

La derecha y la ultraderecha llevan décadas construyendo a través de sus medios, y ahora las redes, al “enemigo común”. Un relato de tintes fascistas cargado muchas veces de islamofobia, donde los derechos de las mujeres se instrumentalizan para imponer políticas racistas. Esa es la misma derecha que se expande a nivel mundial en países como Hungría, Italia o Estados Unidos a través un profundo entramado de organizaciones y fundaciones que buscan implantar políticas públicas de control sobre los cuerpos de las mujeres, su idea de familia tradicional y alertar sobre la teoría del reemplazo o el invierno demográfico.

Si algo hemos aprendido las feministas es que nunca hay que menospreciar la potencialidad de ninguna acción colectiva, por muy pequeña que nos parezca

Lejos de Estados Unidos, el pasado verano, impulsadas por esa necesidad de ruido y  probablemente por la rabia y la impotencia de estar viviendo un genocidio en directo, cinco activistas se plantaron en medio del Alt Empordà para intentar parar la vuelta ciclista. El equipo Israel Premier Tech rodaba a sus anchas legitimando así las actuaciones del estado sionista. Y lo que empezó como un pequeño alfiler cayendo al suelo terminó con convocatorias multitudinarias por todo el estado hasta que se consiguió parar varias etapas de la vuelta ciclista.

Si algo hemos aprendido las feministas es que nunca hay que menospreciar la potencialidad de ninguna acción colectiva, por muy pequeña que nos parezca, ya que sabemos el efecto de contagio que puede producir.

El 31 de enero de 2026 el ruido inundó una vez más La Cañada en una multitudinaria marcha para defender su territorio, y su “derecho a tener derechos”  como expresaba la activista y vecina del barrio Houda Akrikrez en el manifiesto leído al final de la movilización.

Cañada, está amenaza de derribo y desalojo. Desde hace más de cinco años viven sin luz debido a un corte de suministro llevado a cabo por Naturgy empresa española que opera en el sector energético de México, Brasil, Argentina, Chile y Panamá, muchos calificados de narcoestados, por Ayuso.

Las feministas llevamos décadas haciendo ruido, denunciando y visibilizando las violencias, señalando a “truhanes y señores” que se creen impunes

Este territorio del sureste de Madrid también está amenazado por el mantra del ladrillo. Madrid se ha convertido en una de las zonas más tensionadas de todo el Estado, donde la emergencia habitacional está expulsando a miles de personas. Las administraciones le han puesto una alfombra roja a los fondos de inversión transnacionales que especulan y se lucran con la vivienda, comprado bloques enteros, pero también con los servicios públicos como la sanidad o la educación. En sanidad, la gestión indirecta en la Comunidad de Madrid merma los recursos de la pública mientras que en educación el trasvase de fondos a la mal llamada concertada se realiza a través de becas o cesión de suelo público. Cañada lleva más de 30 años poniendo el foco en un modelo depredador de ciudad trasnacional que encuentra resistencias entre colectivos antirracistas, feministas, ecologistas y de defensa de los servicios públicos.

Las feministas “somos más, en todas partes”, como afirma el lema de este año de la comisión 8M del movimiento feminista de Madrid. Llevamos décadas haciendo ruido, denunciando y visibilizando las violencias, señalando a “truhanes y señores” que se creen impunes, como en el caso Epstein. El pasado 13 de enero de 2026 dos exempleadas de Julio Iglesias presentaron ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional una denuncia formal por abusos sexuales, agresión, acoso y explotación laboral. Los hechos ocurrieron en 2021 mientras trabajaban en las residencias del artista en República Dominicana y Bahamas.

La denuncia no ha prosperado, de momento, supuestamente por cuestiones de jurisdicción, pero permite  visibilizar la violencia sexual en el ámbito del trabajo de hogar. Miles de compañeras de este sector denuncian desde hace años la desprotección legal, los abusos y agresiones que sufren a diario en lugares invisibles para la sociedad: el interior de los domicilios. Sacar el empleo de hogar a las calles, a los medios de comunicación, a los juzgados, escuchar su ruido, nos obliga a hablar de las relaciones laborales racistas y patriarcales, de la impunidad de los hombres blancos y ricos en todo el mundo y en el caso del Estado español, de la Ley de Extranjería.

No menospreciemos el ruido, por pequeño que parezca. Este año en Kibera, Cañada, Palestina, Minneapolis o República Dominicana, las feministas saldremos a las calles organizadas para gritar contra el genocidio, el racismo, las violencias y sus guerras. Frente al avance del fascismo y la ultraderecha no tenemos un plan maestro, nadie lo tiene, pero sí tenemos claro que la única salida posible es la movilización y la organización, conectar las amenazas y las luchas locales que reverberan de un territorio a otro, tener una mirada internacionalista. Como decían Olga Rodríguez y Nadwa Abu-Ghazaleh recientemente en una charla sobre Palestina: “Hay que volver a confiar en la fuerza que tenemos todas juntas”.


Sobre la autoría de ese artículo, ha sido escrito por Izaskun Aroca, Ruth Caravante, Laura Casielles, Sara Lafuente, Haizea Miguela, Justa Montero, Eva Muñoz, Julia Riesco, Ana Romo y Julia Tabernero, integrantes de Feministas en Acción.


Fuente: https://www.elsaltodiario.com/8marzo/feminismo-ruido-contagioso

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Nada que celebrar: el 8M es un día de lucha internacional

Recuperar su raíz obrera frente a la mercantilización y el olvido histórico

Por: Andrea Fischer

Una mujer rinde honor a «Annie», víctima del incendio del Triangle, 1911. Cada 8 de marzo, las calles se llenan de consignas que recuerdan que no hay nada que celebrar cuando la desigualdad persiste

“Dejé de marchar”, reconoce Melissa Fernández Chagoya, antropóloga y docente para la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa (UAM-I). Llega marzo y la Ciudad de México se tiñe de morado: las calles que ennervan la ciudad se visten de jacarandas, y las mujeres —en ocasiones, también de morado; otras, de verde—, nos arremete la afronta del 8M. Como “estudiosa y practicante del feminismo”, según se describe a sí misma, sin duda es una decisión que llama la atención.

En su experiencia, algunas instituciones estatales y educativas “dan el día”, o le piden a las trabajadoras “que se visten de morado”, como si la fecha fuese algún tipo de celebración. Algunas personas, incluso, felicitan a sus compañeras, madres, hermanas por el Día Internacional de la Mujer, “como si ser mujer fuera algo que celebrar”. ¿Hay algo que celebrar? En entrevista, entre las charlas, la supuesta fiesta y el fervor feminista, la antropóloga se pregunta qué estamos celebrando (y por qué).

Una fecha originada en la Unión Soviética

“El Día Internacional de la Mujer Trabajadora, en realidad, no responde al siglo XXI”, dice Fernández Chagoya. De hecho, ni siquiera se ubica en Occidente. Responde históricamente a la necesidad “de las mujeres soviéticas de ser sujetas de derecho y frente a lo laboral”, durante las primeras décadas del siglo pasado.

Incluso entonces, dice la especialista, “se buscaba paridad de salarios con respecto a los varones”. Entonces, la lucha del 8 de marzo ya nos ha dejado cosas que, en sus palabras, “hoy en día damos por hecho”, como jornadas de ocho horas, vacaciones pagadas y prestaciones de ley.

Más adelante, hacia la década de los 70, la Organización de Naciones Unidas (ONU) apela a un hecho trágico en Nueva York (EE. UU.), en el que cientos de mujeres murieron calcinadas en una fábrica de ropa. Lo que interesa aquí, según la antropóloga, es que “la ONU decide quitarle el apellido a la fecha”, para relegar su historicidad soviética a un lugar más cómodo en el discurso de Occidente.

No sólo eso. Hoy en día, “el 8M se enfoca principalmente en la erradicación de la violencia contra las mujeres”, y es interesante cómo el 25 de noviembre, cuando se conmemora el Día Internacional de la Violencia contra las Mujeres y Niñas, parece olvidado: “como que se duplican las fechas y conmemoraciones”.

Fernández Chagoya piensa que esto responde a los “niveles altísimos de violencia que vivimos las mujeres, niñas e identidades que se ubican dentro de ‘lo femenino’”.

¿Por qué no se celebra el 8M?

Ahora bien, ¿qué se celebra? Fernández Chagoya considera “muy delicado” festejar el hecho de ser mujer, sólo porque sí. “¿Qué celebramos? ¿La subalternidad, la violencia exacerbada, la desigualdad?”.

Para la especialista, hay un vínculo evidente entre esta actitud ‘celebratoria’ y el Día de las Madres, que tradicionalmente se vive el 10 de mayo. Existen trazos —o más bien, cicatrices— que ha dejado la “ultraderecha” en esta actitud celebratoria: en lugar de darle cabida a las revueltas y a la capacidad de réplica, se viste a las mujeres y a sus fechas de un halo santificado y misterioso, que innegablemente las relega al rol de madres y personas gestantes. Mejor en casa que en las calles.

En la cotidianidad, dice la antropóloga, “acabamos agarrándole cariñito a estas celebraciones”. Ella, por su parte, no celebra el 8M. Por el contrario, decide recordar su genealogía histórica —muy soviética y olvidada casi a propósito—, reconocer su apellido y “darle su tinte obrero”.

Y no sólo eso: la antropóloga reconoce que le genera “mucha rabia que le celebren el ser mujer”. “¿Qué me estás celebrando?” se cuestiona. Y, “¿de qué forma estás apagando la lucha de las mujeres y de otras identidades históricamente vulnerabilizadas?” Para ella, es una manera de coptar las emociones difíciles, para silenciarlas —o convertirlas en mercancía.

Las flores, el júbilo, la memorabilia morada, ¿es suficiente para opacar la rabia, la ira y el dolor? Para quienes festejan el 8 de marzo, sí.

¿Hay una manera correcta de vivir la fecha?

No hay razones para celebrar el Día Internacional de la Mujer (Trabajadora, ¿cierto?). Por el contrario, sobran argumentos para conmemorarlo.

Ahora bien, Melissa considera que no hay una manera correcta de vivir la fecha. “Absolutamente no”, determina la especialista. En lugar de juzgar a las mujeres que disfrutan de recibir flores y regalos, propone entenderlas. O mejor aún, “redirigir esa rabia” a donde pertenece: “a los entes que desvirtúan un movimiento por lo que es”.

Aunque dejó de marchar, acompaña a sus estudiantes —chicas y disidencias— que se suman a eso que ella nombra como “feminismo de las calles”: ése que está al tanto de nuestros sentires y cómo se adapta al contexto contemporáneo. Melissa vive el feminismo como una cosa viva, bien palpable y que palpita.

Sin embargo, la antropóloga no puede evitar la sugerencia: “[hay que] tener cuidado con las modas”. Sobre todo, porque “todas las movilizaciones que favorecen a la mayoría —y hacen tambalear a una minoría [en el poder]— serán coptadas”. Al reconocer el origen, las demandas y los intereses del 8M, Melissa piensa que podremos tomar “mejores decisiones”.

https://www.meer.com/es/104857-nada-que-celebrar-el-8m-es-un-dia-de-lucha-internacional

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Los derechos de las mujeres están retrocediendo en todo el mundo y la plena igualdad sigue siendo un sueño

«A medida que el mundo navega por un retroceso democrático, el aumento de los conflictos, las presiones económicas y la reducción del espacio cívico, hay un rechazo cada vez más organizado a la igualdad de género y un retroceso de los derechos de las mujeres», declaró Sarah Hendriks, directora de Políticas de ONU Mujeres, en una rueda de prensa en Nueva York. «Los sistemas de justicia no son ajenos a esas presiones, las reflejan», añadió.

El informe, titulado Garantizar y fortalecer el acceso a la justicia de todas las mujeres y niñas, revela que a nivel mundial las mujeres solo disfrutan del 64% de los derechos jurídicos que tienen los hombres. Esta brecha las expone a discriminación, violencia y exclusión en cada etapa de la vida.

Definición de violación y otras desigualdades

Las cifras son demoledoras: en más de la mitad de los países del mundo, el 54%, la violación aún no se define legalmente basándose en el consentimiento. Esto significa que una mujer puede ser violada sin que la ley lo reconozca como delito. En casi tres de cada cuatro países, la legislación nacional permite el matrimonio infantil forzado. Y el 44% de los países carecen de leyes que impongan la igualdad salarial por trabajo de igual valor, lo que hace legal pagar a las mujeres menos que a los hombres por el mismo trabajo.

«Cuando las mujeres y las niñas son privadas de justicia, la magnitud de los daños va mucho más allá de un caso aislado. La confianza pública se erosiona, las instituciones pierden legitimidad y el propio Estado de derecho se debilita», declaró Sima Bahous, directora ejecutiva de ONU Mujeres. «Un sistema de justicia que no asume sus obligaciones con la mitad de la población no puede pretender trabajar por la justicia».

Reacciones contra la igualdad y violencia en conflictos

El informe advierte que las reacciones hostiles contra los compromisos de larga data con la igualdad de género se intensifican, y las violaciones de los derechos de las mujeres se aceleran, alimentadas por una cultura de impunidad global, tanto en los tribunales como en los espacios digitales y en contextos de conflicto.

Las leyes se están reescribiendo para limitar las libertades de las mujeres y las niñas, silenciarlas y permitir abusos sin consecuencias.

En 2024, 676 millones de mujeres y niñas vivían a menos de 50 kilómetros de un conflicto mortal, la cifra más alta desde los años noventa. Como resultado, las violaciones de violencia sexual relacionada con conflictos han aumentado un 87% en solo dos años.

Reformas necesarias

Hendriks subrayó que «cuando la justicia falla a las mujeres y las niñas, el daño va mucho más allá de una historia individual». Los sistemas pueden evolucionar, dijo, y recordó que desde 1970 más de 600 millones de mujeres han obtenido acceso a oportunidades económicas gracias a reformas del derecho de familia.

ONU Mujeres insta a los gobiernos a implementar reformas judiciales «diseñadas por mujeres y para mujeres» antes de 2030. La urgencia es máxima: casi el 90% de las organizaciones que trabajan para poner fin a la violencia contra mujeres y niñas reportan recortes en servicios esenciales, y solo el 5% cree que podrá mantener su situación actual más allá de dos años.

https://news.un.org/es/story/2026/03/1541210

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