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Educación para la Paz como una política pública para el 2030

Ya está por terminar el desfile de promesas. Faltan días para la segunda vuelta de las elecciones presidenciales y el país está desbordado entre dos posturas de distinta procedencia ideológica. Frases sobre seguridad, empleo, infraestructura, crecimiento económico y lucha contra la corrupción. Los equipos de campaña de ambos candidatos diseñaron documentos con diagnósticos, metas e indicadores. Algunos hablan, aún sin propuestas concretas, de orden; otros, de reformas; y otros, de cambios estructurales. Lo triste es que el común de la población votante cree que así se construye el futuro del país: con promesas inanes. Aún votamos con los intestinos. Somos un país analfabeto democrático y político.

Entre esa lista de prioridades y promesas existe un asunto que suele aparecer como un capítulo breve o una línea secundaria: la paz. A veces se reemplaza con la alocución “seguridad”, como si fuera lo mismo. Peor renglón ocupa lo que me interesa compartir en esta columna: la educación para la paz. Continúa siendo tratada como un tema complementario cuando debería ocupar un lugar central en la discusión sobre el país que se quiere construir.

La paz en Colombia ha tenido una extraña costumbre institucional. Cada gobierno la redefine, la reorganiza y la vuelve a empezar. Los programas cambian de nombre, las estrategias desaparecen, los equipos técnicos se reemplazan y las prioridades se ajustan según la orientación política de la administración de turno. Lo construido por unos suele entrar en disputa con quienes llegan después. El resultado es una política pública sometida a ciclos electorales que terminan debilitando procesos que requieren continuidad histórica.

La educación para la paz ha sufrido ese problema durante décadas. Ha sido incorporada en leyes, políticas y programas institucionales, pero rara vez ha logrado consolidarse como un proyecto de largo plazo protegido de las disputas políticas. La escuela, las universidades y las organizaciones comunitarias terminan funcionando como espacios donde aparecen esfuerzos aislados que dependen más de la voluntad de personas concretas que de estructuras permanentes.

En Colombia existe una tendencia a entender la paz como un asunto que se negocia entre actores armados o que se administra desde oficinas gubernamentales. Esa lectura deja por fuera una dimensión que atraviesa la vida cotidiana. La paz también se construye en las relaciones sociales, en las formas de resolver conflictos, en la manera como se tramitan las diferencias y en la posibilidad de reconocer a quienes históricamente han quedado fuera de las decisiones públicas.

La educación ocupa un lugar central en ese escenario porque ahí se producen formas de comprender el mundo y de relacionarse con otros. Una escuela puede convertirse en un espacio donde se aprende a convivir con la diferencia o en un lugar donde se reproducen jerarquías, exclusiones y formas de violencia simbólica. Lo mismo ocurre con la universidad, con los medios de comunicación y con múltiples escenarios comunitarios.

Por esa razón, la discusión sobre educación para la paz no puede reducirse a la existencia de una asignatura o a la incorporación de ciertos contenidos en los planes de estudio. Durante años, muchos colegios incorporaron la Cátedra de Paz mediante actividades puntuales, talleres ocasionales o documentos administrativos elaborados para cumplir requisitos institucionales. En numerosos casos, la discusión quedó atrapada en procedimientos formales y perdió capacidad para modificar prácticas concretas.

La paz convertida en un listado de actividades termina produciendo un efecto contrario al esperado. Los estudiantes perciben rápidamente cuándo un discurso institucional carece de relación con las realidades que viven diariamente. Resulta difícil hablar de convivencia cuando las escuelas reproducen formas autoritarias de relación. Resulta complejo discutir reconciliación cuando los territorios siguen marcados por desigualdades profundas. También resulta problemático hablar sobre diálogo cuando los espacios educativos funcionan mediante esquemas verticales donde las voces juveniles ocupan posiciones marginales.

Los candidatos presidenciales deberían observar esa situación con mayor cuidado. Gobernar un país implica administrar problemas urgentes, pero también construir condiciones futuras. Colombia sigue siendo una sociedad atravesada por conflictos territoriales, desigualdades económicas, fragmentaciones sociales y violencias múltiples que cambian de forma y de actores. Pensar que esos problemas pueden resolverse únicamente mediante acciones policiales o decisiones jurídicas, desconociendo las realidades de los territorios marginados por el centralismo, representa una mirada miope.

La violencia urbana muestra esa situación con bastante claridad. Durante años, la discusión pública ha estado concentrada en estadísticas de homicidios, capturas o estructuras criminales. Son asuntos relevantes, pero las cifras suelen ocultar procesos sociales más complejos. Existen barrios donde generaciones enteras han crecido en medio de economías ilegales, estigmatización territorial y oportunidades reducidas. Existen jóvenes cuya relación cotidiana con el Estado aparece principalmente a través de instituciones de control y vigilancia.

La pregunta que debería hacerse cualquier candidato presidencial es relativamente sencilla: ¿qué tipo de ciudadanía espera construir durante los próximos años? Esa pregunta parece abstracta, pero tiene consecuencias muy concretas. Dependiendo de la respuesta, cambian las prioridades presupuestales, las políticas educativas y las formas de relacionarse con las comunidades.

Un gobierno progresista tendría una responsabilidad particular en ese escenario. Quienes se ubican políticamente en ese sector suelen hablar de justicia social, participación ciudadana y ampliación de derechos. Esos elementos guardan una relación directa con la educación para la paz porque permiten pensar la convivencia desde condiciones materiales concretas y desde relaciones sociales más equitativas.

Sería deseable que el próximo gobierno mantuviera una orientación progresista. No por lealtades partidistas ni por afinidades ideológicas personales. La razón tiene que ver con la posibilidad de continuar procesos que han comenzado a abrir espacios de discusión sobre inclusión, diversidad, memoria histórica y participación territorial. Existen avances que requieren tiempo para consolidarse y que podrían perderse si cada administración decide comenzar nuevamente desde cero.

Sin embargo, la democracia implica la posibilidad de alternancia política. Los resultados electorales pueden producir escenarios distintos y esa realidad también debe asumirse con responsabilidad. Si el próximo gobierno pertenece a una corriente diferente, la educación para la paz tampoco debería convertirse en una víctima secundaria de disputas ideológicas.

Los candidatos deberían comprometerse desde ahora con un principio básico. Lo construido institucionalmente en materia de paz y educación debe ser evaluado, corregido cuando sea necesario y fortalecido cuando existan resultados positivos. Destruir procesos únicamente porque fueron impulsados por administraciones anteriores representa una práctica costosa para cualquier sociedad.

Colombia conoce bien las consecuencias de esa lógica. Cada cambio gubernamental trae modificaciones administrativas que interrumpen experiencias locales, reemplazan equipos técnicos y suspenden iniciativas comunitarias. Muchos proyectos terminan desapareciendo antes de mostrar resultados porque las temporalidades políticas rara vez coinciden con las temporalidades sociales.

La construcción de paz necesita tiempos largos. Las relaciones sociales no cambian con la velocidad de un decreto presidencial ni con la duración de un período gubernamental. Las transformaciones culturales requieren permanencia, acumulación de experiencias y aprendizajes colectivos. Las comunidades necesitan confianza para participar, y esa confianza difícilmente aparece cuando las reglas cambian cada pocos años.

Existen experiencias territoriales que muestran caminos posibles. Diversas comunidades han desarrollado procesos pedagógicos relacionados con memoria, convivencia, cultura ciudadana y participación juvenil. Algunas iniciativas han surgido en territorios marcados por el conflicto armado; otras han aparecido en contextos urbanos atravesados por violencias cotidianas. Muchas veces esos procesos permanecen invisibles para las políticas nacionales.

Ahí aparece otro problema frecuente. La educación para la paz suele diseñarse desde oficinas centrales con escasa relación con las particularidades territoriales. Colombia presenta diferencias culturales, sociales y económicas enormes. Las realidades del Caribe colombiano, del Pacífico, de la Amazonía o de regiones fronterizas contienen dinámicas específicas que requieren respuestas situadas.

Los territorios no representan simples lugares donde se implementan programas diseñados desde arriba. Son espacios donde existen capacidades organizativas, conocimientos locales y formas particulares de comprender los conflictos. Ignorar esas experiencias produce intervenciones desconectadas de las condiciones reales donde pretenden operar.

Los candidatos presidenciales deberían abandonar la idea de que gobernar significa llegar con soluciones terminadas. Escuchar territorios implica reconocer capacidades existentes y construir políticas con quienes habitan esas realidades. La educación para la paz necesita esa lógica porque trabaja precisamente sobre relaciones humanas y experiencias sociales concretas.

También resulta necesario revisar qué entendemos por éxito en materia educativa. Durante años, buena parte de la discusión pública ha estado concentrada en pruebas estandarizadas, resultados académicos y cobertura institucional. Esos indicadores aportan información relevante, pero dejan preguntas abiertas sobre convivencia, participación democrática y construcción de ciudadanía.

Una sociedad puede mejorar determinados indicadores educativos y mantener profundas fracturas sociales. Puede aumentar coberturas y conservar exclusiones históricas. Puede mostrar crecimiento económico y seguir reproduciendo formas cotidianas de violencia. La educación para la paz obliga a mirar dimensiones que frecuentemente quedan fuera de las métricas tradicionales.

La campaña presidencial representa una oportunidad para discutir esos asuntos antes de que las urgencias administrativas ocupen toda la agenda pública. Sería valioso escuchar propuestas concretas sobre formación docente, participación juvenil, fortalecimiento comunitario y articulación entre educación y construcción territorial de paz.

También sería valioso escuchar algo más sencillo y quizá más difícil: una disposición clara para reconocer que las políticas públicas no pertenecen a los gobiernos sino a la sociedad. Lo construido mediante recursos públicos y participación ciudadana no debería convertirse en propiedad política temporal de una administración específica ni en réditos politiqueros a futuro.

La educación para la paz necesita convertirse en una política con capacidad de sobrevivir a los ciclos electorales. Requiere acuerdos mínimos que permitan proteger procesos relevantes más allá de diferencias ideológicas legítimas. Ningún gobierno debería tener el poder de borrar completamente lo que otros construyeron cuando existen experiencias, aprendizajes y capacidades acumuladas.

Dentro de los siguientes días, los dos candidatos culminarán sus recorridos por plazas, universidades, barrios y municipios buscando votos. Escucharán reclamos sobre seguridad, empleo y servicios públicos. En medio de esas conversaciones, tal vez valga la pena formular una pregunta adicional: cuando lleguen a la Casa de Nariño, ¿piensan gobernar para el próximo período presidencial o piensan construir condiciones para las próximas generaciones?

La respuesta no debería aparecer en un discurso de campaña. Tendrá que observarse en la manera como decidan tratar aquello que el país ya construyó. Porque la paz no tendría que cambiar de dueño cada cuatro años; debería sembrarse en los territorios para que sea cosechada en el futuro de las comunidades, no de los políticos.

David Luquetta, antropólogo y doctor en ciencias sociales.

Educación para la Paz como una política pública para el 2030

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Ecuador: Policía podrá ingresar a escuelas y colegios cuando existen casos de extorsión, porte de armas o riesgo para estudiantes.

En Ecuador hay 365 instituciones que cuentan con presencia permanente de la Policía, pues se encuentran en territorios violentos.

La tarde del 27 de agosto de 2025, el Ministerio de Educación dio a conocer el plan de regreso a clases para el año lectivo 2025-2026 del régimen Sierra Amazonía.

En una rueda de prensa presidida por la ministra de Educación, Alegría Crespo, aseguró que la seguridad de los estudiantes será uno de los principales aspectos en los que el Gobierno pondrá atención en el nuevo año lectivo.

«La Policía podrá ingresar a las instituciones educativas solamente cuando cuando haya casos de extorsiones, porte de armas o algún aspecto que ponga en peligro a los estudiantes».

Alegría Crespo
Aclaró que esté proceso debe ser en coordinación con el Ministerio de Educación para garantizar los derechos de los estudiantes.

La funcionaria recordó que el Plan Nacional Nos Cuidamos dio paso a la inserción conocida como Educación para la Seguridad, que se impartirá desde este año lectivo en todos los estudiantes del régimen Sierra Amazonía. «Esta inserción ayudará a que los estudiantes conozcan protocolos de actuación antes emergencias», explico

Estos son los dos cambios que tendrán los estudiantes del régimen Sierra para el año lectivo 2025-2026
Y agregó que todos los planteles ya cuentan con botón de pánico, en una aplicación móvil, para activarlo en caso de alguna emergencia.

En este mismo tema, el director Educativo de la Policía, Renato Cevallos, dijo que 11.400 policía se desplegarán en más de 100 escuelas y colegios que se encuentran en sectores vulnerables a hechos violentos, así como otros que son calificadas como «prioritarias».

Estos efectivos contarán con el apoyo de 800 cámaras del Sistema de Seguridad ECU 911 que se encuentran instaladas en los alrededores de las instituciones educativas vulnerables, según el viceministro del Interior, Javier Freile.
Para hacer uso de este contenido cite la fuente y haga un enlace a la nota original en

https://www.primicias.ec/sociedad/plan-regreso-clases-estudiantes-ministerio-educacion-policia-103811

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Australia prohíbe redes sociales a menores de 16 años

La nueva ley entrará en vigor en diciembre de 2025 y obligará a plataformas como TikTok, Instagram y Facebook a verificar la edad de sus usuarios.

Australia prohíbe redes sociales a menores de 16 años con una ley que marcará un antes y un después en la regulación digital. El Parlamento aprobó en noviembre de 2024 una enmienda a la Online Safety Act que fija la edad mínima de acceso en 16 años. Esta medida, que entrará en vigor el 10 de diciembre de 2025, se convierte en uno de los pasos más drásticos en el mundo para limitar el uso de plataformas digitales en adolescentes.

El gobierno de Anthony Albanese defendió que prohibir las redes sociales a los menores de 16 años busca proteger la salud mental de los jóvenes. La iniciativa surge en un momento de creciente preocupación internacional por el impacto de la vida digital en la adolescencia.

PLATAFORMAS ALCANZADAS Y EXCEPCIONES

La ley que prohíbe redes sociales a menores de 16 años en Australia aplica a servicios cuyo objetivo principal sea la interacción social y la publicación de contenido. Entre ellos se encuentran TikTok, Instagram, Facebook y X.

En cambio, el propio gobierno aclaró que habrá excepciones para plataformas que cumplen otras funciones. No estarán afectadas las aplicaciones de mensajería como WhatsApp o Messenger, los servicios de correo electrónico como Gmail, las plataformas de videollamadas como Zoom o FaceTime, y redes profesionales como LinkedIn. Tampoco se incluyen servicios educativos, de salud ni juegos en línea.

CÓMO FUNCIONARÁ LA VERIFICACIÓN DE EDAD

Con esta ley, Australia obliga a las plataformas digitales a aplicar controles estrictos. Las compañías deberán implementar métodos confiables para comprobar la edad de los usuarios que intenten registrarse. Entre las alternativas en estudio se encuentran la validación de documentos oficiales, el uso de reconocimiento facial para estimar la edad y los sistemas de inferencia mediante inteligencia artificial.

El gobierno australiano invirtió más de 6,5 millones de dólares en un programa piloto para probar qué tecnologías son más viables. El eSafety Commissioner será la autoridad encargada de evaluar si las plataformas cumplen con el estándar de “medidas razonables”.

MULTAS MILLONARIAS POR INCUMPLIMIENTO

Australia no solo prohíbe redes sociales a menores de 16 años, también impone sanciones severas a las compañías que ignoren la norma. Las plataformas que no apliquen las restricciones podrán enfrentar multas de hasta 49,5 millones de dólares australianos o el equivalente a 150 000 unidades de penalización.

La carga de responsabilidad recaerá exclusivamente en las empresas tecnológicas. En ningún caso los menores ni sus familias serán sancionados si logran acceder de forma irregular a una red social.

REACCIONES A LA MEDIDA

La prohibición de redes sociales a menores de 16 años en Australia generó un fuerte respaldo político y social. Una encuesta nacional reveló que el 77% de la población apoya la medida. Organizaciones como 36 Months y News Corp Australia celebraron la decisión, destacando que refuerza la protección infantil.

No obstante, también aparecieron críticas. Diversos expertos en derechos digitales advirtieron que el control de edad podría implicar riesgos de privacidad, ya que obligaría a los jóvenes a entregar información sensible. La Comisión de Derechos Humanos de Australia señaló que la normativa podría restringir de manera excesiva las libertades digitales de los adolescentes.

UN MOVIMIENTO QUE PODRÍA REPLICARSE EN OTROS PAÍSES

Australia prohíbe redes sociales a menores de 16 años y con ello se coloca a la vanguardia del debate mundial sobre la edad mínima en el acceso digital. Aunque otros gobiernos han planteado regulaciones similares, pocos han aprobado una legislación tan clara y con un marco legal tan estricto.

El caso australiano puede convertirse en un modelo para Europa y América Latina, regiones donde también crece la discusión sobre los riesgos de la vida digital en adolescentes.

Australia prohíbe redes sociales a menores de 16 años

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La sed de ChatGPT: la IA consume una cantidad de agua alarmante

Sergio Parra
Sergio Parra

Periodista especializado en temas de ciencia, naturaleza, tecnología y salud

Generar un texto de 100 palabras en ChatGPT consume, en promedio, 519 mililitros de agua, el equivalente a una botella del líquido.

¿Qué precio paga el planeta por cada palabra generada por la Inteligencia Artificial? Este es el interrogante que surge al desvelar las cifras alarmantes de recursos necesarios para mantener en funcionamiento los modelos avanzados de inteligencia artificial como ChatGPT. Detrás de cada interacción aparentemente trivial con un chatbot, se esconde un sistema complejo y voraz, cuya operación deja una marca significativa en el medio ambiente.

Desde su lanzamiento en 2022, ChatGPT ha sido utilizado por aproximadamente el 25% de los estadounidenses, según cifras del Pew Research Center. Sin embargo, estas interacciones cotidianas vienen acompañadas de un consumo desproporcionado de agua y electricidad, generando preguntas cruciales sobre su sostenibilidad.

El coste hídrico de cada consulta

Generar un texto de 100 palabras en ChatGPT consume, en promedio, 519 mililitros de agua, el equivalente a una botella. Este consumo, que puede parecer mínimo en la escala de una sola consulta, se magnifica cuando se analiza el impacto a gran escala.

Si solo el 10% de la población activa en Estados Unidos usara este servicio semanalmenteel consumo anual de agua ascendería a más de 435 millones de litros, suficiente para abastecer a todos los hogares de un estado como Rhode Island, de un millón de habitantes, durante un día y medio, según un análisis de The Washington Post en conjunto con investigadores de la Universidad de California en Riveside.

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Los servidores que operan en centros de datos generan cantidades masivas de calor al realizar los miles de cálculos necesarios para cada respuesta. Para evitar sobrecalentamientos, el sistema requiere enfriamiento constante, a menudo mediante sistemas que utilizan agua para transferir el calor hacia torres de refrigeración. Este proceso es comparable a cómo el sudor enfría el cuerpo humano. En zonas donde el agua escasea, se utilizan sistemas eléctricos de aire acondicionado, pero a costa de un mayor consumo energético.

El costo energético de las palabras

Cada respuesta de 100 palabras también implica un consumo promedio de 0,14 kilovatios-hora (kWh), suficiente para alimentar 14 bombillas LED durante una hora. Multiplicado por millones de usuarios, el impacto es abrumador. Si solo el 10% de los trabajadores estadounidenses usara esta tecnología semanalmente, el gasto anual de electricidad equivaldría al consumo energético de todos los hogares de Washington, D.C., de más de 600.000 habitantes, durante 20 días.

Este incremento en la demanda eléctrica ya está generando tensiones en las redes locales, especialmente en estados como Georgia, Arizona y Texas. En estas regiones, los costes más bajos de electricidad han atraído a gigantes tecnológicos que construyen centros de datos a un ritmo acelerado, agravando los problemas de transmisión y abastecimiento. Comunidades locales expresan preocupaciones sobre el impacto ambiental y social, desde el ruido hasta el posible aumento en sus facturas de servicios públicos.

La búsqueda de soluciones: ¿respuestas sostenibles?

Ante estas cifras, algunas compañías tecnológicas han anunciado iniciativas para reducir el impacto ambiental de sus operaciones. Microsoft, por ejemplo, firmó un acuerdo para comprar toda la energía generada por el reactor nuclear de Three Mile Island, cerrado desde 2019, lo que podría ayudar a mitigar el consumo eléctrico de sus centros de datos. Sin embargo, el reactor no estará operativo hasta 2028, y persisten preocupaciones sobre la gestión de residuos radiactivos.

Google, por su parte, se ha comprometido a reponer el 120% del agua que utiliza para 2030, aunque un informe reciente reveló que apenas alcanzó un 18% de reposición en 2023. Estas promesas, aunque esperanzadoras, a menudo se quedan cortas frente a la magnitud del desafío.

Todo lo que hacemos en internet tiene un impacto. Por ejemplo, el 1 % de las emisiones globales de C02 están generadas por ver vídeos online, y esta cifra podría elevarse al 8% para 2025. También leer (aunque leer libros en papel, en promedio, parece menos contaminante que leer online o en ebooks).

Así pues, en lo tocante a la IA, la industria debe invertir en tecnologías innovadoras que minimicen su huella ambiental. Si queremos disfrutar de todas las ventajas de la inteligencia artificial, no queda otra.

Enlace original https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/agua-que-gasta-chatgpt-y-otros-modelos-ia_23812

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El Salvador: Proyecto de presupuesto reducirá fondos a medio ambiente

El proyecto de presupuesto para 2025 de El Salvador recortará 4,5 millones de dólares al ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN), informó hoy una fuente oficial.

 

Esta semana los diputados de la Comisión de Hacienda de la Asamblea Legislativa recibieron al ministro de Medio Ambiente, Fernando López, para debatir la partida programada para esa cartera.

 

Según lo discutido, el MARN dispondrá de 15.7 millones de dólares como presupuesto para el 2025, es decir 4.3 millones menos respecto a 2024.

 

Entre las principales afectaciones de fondos se identificó a la Autoridad Salvadoreña del Agua (ASA), que recibirá 5.4 millones en 2025, 2.5 millones menos respecto a 2024.

 

Se espera que esta cartera de Estado tendrá menos fondos para el próximo año, lo cual pudiera afectar su trabajo con las 208 áreas naturales protegidas establecidas, 43 islas de manglares en la Bahía de Jiquilisco, tres estuarios de Bosques Salados en La Unión y la Laguna de Olomega.

 

Varias carteras como educación y salud sufrieron recortes en sus planes de gastos, mientras otras con defensa se incrementaron, según los informes.

 

El Salvador: Proyecto de presupuesto reducirá fondos a medio ambiente

 

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Al 23,6% de migrantes no los emplean por ser venezolanos

Una cuarta parte de los hogares migrantes asentados en Norte de Santander y demás regiones no consigue empleo y no genera ingresos.

Alrededor de 6 de cada 10 migrantes procedentes de Venezuela que ingresan a Colombia lo hacen por Norte de Santander (58,6%), mientras que otros, en menores proporciones, lo hacen por La Guajira (29,2%), Arauca (8,5%) y Bogotá (2,1%).

Este fue el panorama que arrojó la séptima ronda de la Encuesta Pulso de la Migración, presentada hace un par de días por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), que incluye a los colombianos retornados y se realizó del 8 de abril al 8 de junio de 2024. La muestra tuvo 8.022 personas y 3.719 hogares consultados.

Es de resaltar que este departamento creció 3,1 puntos porcentuales en entrada de migrantes, referente a la sexta ronda de la investigación (55,5%), desarrollada entre agosto y septiembre de 2023.

Otro de los datos revelados es que el 25,9% de los hogares migrantes no consigue empleo y no genera ingresos, mientras que el 22,6% no tiene para adquirir los alimentos. Estas son las dos principales necesidades no cubiertas.

Según la encuesta, la principal dificultad del venezolano para hallar trabajo es no tener los documentos solicitados, pues, casi la mitad no logra emplearse por tal razón (48,5%), siendo el permiso de trabajo el más solicitado (59,2%). La segunda es ofertas de trabajo con baja remuneración o malas condiciones laborales (26,0%).

La tercera dificultad para tener empleo es que ha sentido discriminación por su nacionalidad. Por lo menos 2 de cada 10 ciudadanos lo han vivido (23,6%).

La falta de experiencia (13,4%), no tener conocimiento de donde buscar trabajo (8,9%), no contar con el tiempo suficiente para jornada completa (6,2%) y su círculo familiar no lo/la deja laborar (2,5%) son las demás dificultades encontradas.

Pulso Migración reflejó que el 59,6% de los migrantes estaba trabajando, al momento de ser encuestados, con una diferencia significativa entre hombres (74,3%) y mujeres (45,2%). Mientras que el 21,1% dijo estar dedicado a las labores del hogar; el 8,1%, buscando trabajo; y 7,4%, estudiando.

El DANE también preguntó en qué lugares se sintieron discriminados: ‘buscando trabajo’ (40,0%) y ‘en el trabajo’ (21,7%) fueron el segundo y tercer escenario, después de la calle/espacios públicos (47,8%).

Además, el 55,1% de los migrantes trabaja 49 horas o más a la semana (la jornada legal es de 46 horas), lo cual significa un aumento de 6,1 p.p. al hacer la comparación con la anterior medición (49,0%).

Leve disminución en barreras

En cuanto la relación laboral, el 78,0% tiene contrato verbal y 22,0%, contrato escrito. Estos indicadores variaron respecto a la anterior ronda, cuando fueron de 81,9% (verbal) y 18,1% (escrito). Lo cual representa una muy leve mejoría.

El director de Metodología y Producción Estadística del DANE, César Mauricio López, expresó que la diferencia entre las dos últimas encuestas no es significativa en lo concerniente al tipo de contratación. También que la población que tuvo barreras para hallar trabajo se redujo 4,4 p.p., respecto a la ronda 6 (52,9%).

Para la coordinadora del Observatorio Regional del Mercado del Trabajo (Ormet), Sharyn Nataly Hernández Fuentes, aún falta bastante por hacer en la generación de empleo digno, no solo para los migrantes, también para los colombianos.

La economista recordó que los planes de incentivo al trabajo y emprendimiento en dicha población no se impulsan con la misma fuerza que los programas para el resto de la ciudadanía, lo cual “es lógico, porque hay que dar prioridad a los nacionales”.

Sin embargo, resaltó que entidades internacionales o algunas ONG, como USAID, ONU y Acnur, han implementado planes para que venezolanos y colombianos retornados generen ingresos.

La directora del DANE, Piedad Urdinola, indicó que “estos datos son indispensables para el diseño de políticas públicas, que realmente respondan a las necesidades de esta población”.

https://www.laopinion.co/economia/al-236-de-migrantes-no-los-emplean-por-ser-venezolanos

 

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«Necesitamos políticas para promover el acceso a la educación pública superior»

Por: Karina Batthyány

Hoy quiero sistematizar el tema de la Educación Superior, las Universidades Públicas y sus desafíos actuales, ya que atravesamos una coyuntura particular en nuestra región marcada por encrucijadas de distintos fenómenos en lo político, lo social y en materia económica. Por eso, es imprescindible profundizar la reflexión crítica sobre la educación superior pública universitaria, sus alcances, limitaciones y retos tanto a nivel nacional como regional, partiendo de la base de defenderla como un derecho humano.

La Conferencia Regional de Educación Superior (CRES) de 2018 se manifestó de manera muy clara en este sentido: el acceso, el uso y la democratización del conocimiento como un bien social, colectivo y estratégico son fundamentales para garantizar los derechos humanos básicos. Además, ¿por qué limitar ese derecho humano solamente a algunos niveles como el primario y el secundario sin incluir la educación universitaria?

La CRES 2018 también planteó que la educación, la ciencia, la tecnología y las artes deben ser un medio para la libertad y la igualdad sin distinción social, de género, etnia, religión o edad. La educación no es una mercancía. Y desde la CRES se afirmó: “Instamos a los Estados nacionales a no suscribir tratados bilaterales o multilaterales de libre comercio que impliquen concebir la educación como un servicio lucrativo o alienten formas de mercantilización en cualquier nivel del sistema educativo”.

Desde la década de los 80, en nuestra región latinoamericana y caribeña, la educación superior es objeto de un proceso de mercantilización creciente a nivel local e internacional. Aún en los países con una fuerte tradición de universidad pública, gratuita y laica, todavía no se ha logrado discutir el financiamiento de la educación superior de manera sustentable y sigue siendo parte de un nicho de mercado o negocio privado por fuera de la planificación del financiamiento público.

Entonces, tenemos que insistir en el reconocimiento del carácter de bien público y social de la educación superior como un derecho humano. Pero en la actualidad hay dificultades para implementarla por parte de los estados, como también en la posibilidad efectiva de todos y todas, los ciudadanos y las ciudadanas, de ejercer ese derecho en su vida concreta y cotidiana.

A su vez, observamos adversidades financieras y económicas en los países de la región, que ponen en cuestión el derecho humano a la educación superior pública con una característica estructural, en términos de desigualdad, en la insuficiente inversión en los sistemas educativos y formación de calidad.

La educación superior como un derecho humano se conecta con otro tema más amplio que es el derecho a la educación en el proceso de formación a lo largo de toda la vida. En este punto hay algunos dilemas importantes dentro del marco de la educación pública superior que está pendiente resolver en nuestra región, como las políticas concretas para promover el acceso equitativo a ella.

Allí tenemos tres elementos en términos de funcionamiento de las economías. El primero es que América Latina es una de las regiones con mayor desigualdad en el mundo a nivel de ingresos y riqueza. La expansión de la demanda en educación superior es motorizada por egresados y egresadas de la educación media que pertenecen a hogares de sectores bajos. Por lo tanto, no pueden acceder a la educación privada y en la medida que no hay suficiente oferta de educación pública superior ven truncadas sus aspiraciones de continuar sus estudios a nivel superior. En varios países de América Latina, la ampliación de la oferta de vacantes en educación superior, tiene más lugar en el sector privado que en el público.

En segundo lugar, tenemos la cuestión de género en el sistema universitario y la igualdad de género en la educación superior. En los últimos años, dentro de las estructuras universitarias latinoamericanas y caribeñas tenemos programas, grupos y estudios feministas. Además, encontramos un crecimiento interesante en términos de carreras, institutos y equipos que ampliaron las agendas de investigación y renovaron perspectivas metodológicas en este sentido. Esto no quiere decir se hayan superado las inequidades de género al interior de las universidades públicas, sino que adquirieron más visibilidad y hoy cuestionan los procesos de producción y circulación del conocimiento, así como también las estructuras y las configuraciones institucionales en materia de carrera docente y participación en los espacios de toma de decisiones dentro de las universidades.

Por último, está la cuestión de cuál es el papel de la ciencia abierta en la producción y la circulación del conocimiento y cómo es su evaluación en las decisiones de la estructura docente, investigación y espacios universitarios. Desde el Foro Latinoamericano sobre Evaluación Científica (FOLEC), estamos trabajando para promover alternativas en la evaluación y la circulación del conocimiento, así como la producción en materia de investigación, que también contemplen las desigualdades asociadas a la posibilidad de acceso en términos de estructura universitaria. Reconocemos la necesidad de avanzar sobre acuerdos regionales y compromisos institucionales a nivel nacional y regional en el acceso al conocimiento sin ningún tipo de barrera y que los resultados de investigación estén disponibles para todos y para todas y modificar la forma en que se evalúa el conocimiento y las trayectorias individuales y colectivas de investigación.

En ese sentido, lo que hoy está en disputa a nivel regional es la concepción del conocimiento como bien público con políticas de acceso abierto, con la promoción de un discurso académico y político que considere la producción de conocimiento y sus realizaciones como parte del capital social para la emancipación de nuestros países. En otras palabras, está en juego cómo valoramos el conocimiento científico y cómo, a partir de esas temáticas, podemos construir sistemas más equitativos y democráticos. Estos debates contribuyen a diseñar modelos educativos que no solamente actualicen la relación entre investigación, docencia y extensión desde un marco de cooperación regional y abierta a las comunidades no universitarias, sino también recuperen otras formas de conocimiento para generar diálogos más enriquecedores en el sistema de educación superior en general y las universidades en particular.

A nivel regional, estamos atentos y atentas a los procesos de inestabilidad política en varios países que amenazan directamente el desarrollo del conocimiento en las universidades y las instituciones de investigación, ya sea por medio de restricciones presupuestarias o restricciones a la libertad académica e intelectual.

En definitiva, la educación y todos los niveles educativos deben convertirse en un derecho para todos y todas. CLACSO es un espacio de encuentro de las voces críticas que construye conjuntamente alternativas para colocar en el centro la discusión de la educación superior pública universitaria como un derecho humano en América Latina y el Caribe y fomentar cada vez más la democracia, la solidaridad, la interdependencia, el pensamiento crítico y el pensamiento transformador. En nuestra Conferencia #CLACSO2025 en Colombia, daremos continuidad a una iniciativa que comenzamos en México #CLACSO2022 en el  marco del Foro de Rectores y Rectoras, para discutir los desafíos que el espacio universitario latinoamericano y caribeño enfrenta en la actualidad.

– Siguiendo tu reflexión, pienso qué difícil es ver que los países cambian sus políticas relacionadas con las universidades públicas frente a los cambios de períodos gubernamentales y no mediante políticas de Estado a lo largo del tiempo, particualrmente en términos de fondos universitarios…

– Lamentablemente, estamos acostumbrados y acostumbradas a esos vaivenes en nuestra región, que ponen en cuestión los avances en la concepción de la educación superior como un derecho y un bien público, más allá de las voluntades concretas de los gobiernos de turno en nuestros países latinoamericanos.

Además, en muchos casos, las universidades públicas son un blanco de ataque de algunos sectores ideológicos a nivel regional y mundial, que buscan convertir a la educación superior en una mercancía y no en un derecho, recortando y reduciendo al mínimo la existencia de estos espacios. En CLACSO, siempre estaremos en el lugar de la defensa de la universidad pública como un elemento central, entre otras cosas, para el fortalecimiento democrático y la construcción de ciudadanía en nuestros países.

https://www.clacso.org/necesitamos-politicas-para-promover-el-acceso-a-la-educacion-publica-superior/

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