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La actualidad en las aulas

Por: Xavier Besalú

Probablemente sea la actualidad el mejor recurso para aprender a vivir juntos personas diferentes, uno de los pilares de la educación, según la Unesco, y uno de sus mayores retos.

En agosto fueron los atentados terroristas de Barcelona y Cambrils; en octubre, la plaga de incendios de Galicia; desde mediados de septiembre, el llamado desafío soberanista en Cataluña, por poner solo tres ejemplos de hechos cercanos en el tiempo y en el espacio que han inundado las redes sociales, han llenado horas y horas de radio, han aparecido repetidamente en las portadas de los periódicos y han sido protagonistas de múltiples programas y tertulias de televisión.

La actualidad se nos cuela por todas partes, es prácticamente imposible aparentar que ni nos importa, ni nos conmueve. Sin embargo hay quien todavía sostiene que eso –la actualidad, la vida, lo que ocupa y preocupa a los humanos, próximos o lejanos– debe quedar fuera de la escuela, que no debe perturbar el discurrir cansino, ordenado y previsible del currículum escolar. Que eso es meterse en camisa de once varas, porque el riesgo de caer en el adoctrinamiento o en la manipulación es más que evidente, que no es materia susceptible de ser evaluada ni en los exámenes internos, ni en las pruebas estandarizadas y, en consecuencia, no debe usurpar ni un minuto del precioso tiempo escolar, que el análisis y la valoración de temas abiertos y controvertidos, cargados de valores y de ideología –la educación moral, en definitiva–, en las sociedades democráticas y pluralistas, es más propio de las familias que de los centros educativos.

Pero resulta que el propio Parlamento Europeo, en una Resolución sobre la prevención de la radicalización de los jóvenes, ante el auge de los extremismos y su reclutamiento por parte de organizaciones fundamentalistas o terroristas, aprobada en 2015, alerta de la función esencial e irrenunciable de la educación para incrementar las competencias sociales, cívicas e interculturales de la ciudadanía, para garantizar la alfabetización mediática y el pensamiento crítico ante lo que acontece y es susceptible de ser representado, interpretado y valorado desde múltiples enfoques, intereses y afectos, para debatir sin prisas, explorar a fondo y posicionarse con argumentos sólidos ante cuestiones relevantes, controvertidas y sensibles, y así reforzar la capacidad de resistencia de los estudiantes a la radicalización.

¿Es posible la adquisición de competencias interculturales en abstracto, sobre controversias del pasado, sobre hipótesis imaginarias? ¿En qué se traduce esa pretendida alfabetización mediática más allá de los mensajes de móvil, sin mediación, ni reflexión, ni contextualización? Ciertamente la actualidad no puede aparecer en los libros de texto, ni en las programaciones de principio de curso, pero ¿no estamos en la era de la información? ¿No hemos dado por sentado que el problema de los niños y jóvenes de hoy no es el acceso a la información, sino su traducción en conocimiento? Cuando la sociedad nos exige a voces que las escuelas se ocupen en serio y con eficacia de la educación en valores, justamente porque vivimos en sociedades extraordinariamente plurales, atravesadas por tantas diferencias y por insufribles desigualdades, ¿vamos a hacerlo mediante prédicas moralizantes, memorizando machaconamente el listado de los derechos humanos universales o de las virtudes formateadas por la religión de que se trate, celebrando “días o semanas de”?

Ciertamente llevar la actualidad a las aulas plantea como mínimo dos problemas: el de la neutralidad y el de la verdad. En cuanto al primero, hay que decir de entrada que, según nuestro ordenamiento jurídico, la educación española no es en absoluto neutral, pues debe orientarse –entre otros– a la consecución de los fines siguientes: el respeto de los derechos y libertades fundamentales, el ejercicio de la tolerancia y de la libertad dentro de los principios democráticos de convivencia, la resolución pacífica de los conflictos, la paz, los derechos humanos, la cooperación y solidaridad entre los pueblos, el respeto hacia los seres vivos y el medio ambiente, la equidad, la no discriminación, etc. Y que la docencia, sobre todo en la educación básica, supone por principio un compromiso moral, por la autoridad con la que ha sido investido el profesorado, por su condición de adulto entre menores de edad, por su bagaje intelectual y cultural, por lo que su capacidad de influencia debe estar siempre enmarcada en un férreo código deontológico.

Pero dicho esto, probablemente sea la actualidad el mejor recurso para aprender a vivir juntos personas diferentes, uno de los pilares de la educación, según la Unesco, y uno de sus mayores retos. Porque la neutralidad no es ni olvido, ni ignorancia, sino que la neutralidad obliga a la participación de todos, a escuchar todas las razones y todas las voces y, si no aparecen espontáneamente, ahí debe estar el docente para introducirlas, como principio y como método, acudiendo si cabe al saber científico.

En lo relativo a la verdad, aquí está otro de los aprendizajes más poderosos que puede propiciar la actualidad: los problemas a los que nos enfrentamos casi nunca son simples, ni de solución fácil; todos pueden ser vividos desde lógicas e intenciones distintas y ninguna debería ser descartada por la fuerza de la imposición o por una supuesta superioridad moral o intelectual. Hay que enfrentarse a los hechos desde todos los prismas posibles, con un punto de incredulidad, porque sabemos a ciencia cierta que las apariencias engañan, que los poderes de la seducción y la propaganda son enormes y que el poder tiene múltiples caminos para llevar el gato al agua, y sin a priori, ni dogmatismos, una actitud por lo demás estrictamente científica y éticamente respetuosa. Por lo demás, la actualidad puede ser un instrumento inmejorable para educar para la prevención, la gestión, la resolución si es posible, o la conllevancia si no hay más remedio, pacífica de los conflictos, que forman parte de la cotidianidad de la vida en libertad y del discurrir de las sociedades complejas y abiertas.

Como escribieron los alumnos de la escuela de Barbiana (Italia), en el periódico viene la historia que vivimos en primera persona. Por eso se leía cada día en Barbiana, en voz alta y de arriba abajo, constituyendo el punto de partida de todo el quehacer escolar. Porque la escuela existe para comprendernos a nosotros mismos, a los demás y al mundo, al planeta entero. Pero… con los exámenes encima cualquiera pierde dos horas de clase para leer el periódico. Y es que en el periódico no hay nada que sirva para vuestros exámenes. Es la prueba más evidente de que en vuestra escuela hay poca cosa que sirva para la vida.

Fuente: http://eldiariodelaeducacion.com/blog/2017/12/13/la-actualidad-en-las-aulas/

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La educatividad de lo cotidiano

Por: Carlos Aldana

Es en las microrealidades de la vida cotidiana donde se encuentra la enorme fuente de educación. Es en la vida cotidiana donde nos educamos, donde aprendemos a transformarnos.

No es la clase, no es el contenido, ni siquiera el método o la técnica. Lo que educa, en el sentido de crear transformaciones intelectuales, actitudinales o emocionales, es el conjunto de pequeñas situaciones que vivimos en el día a día. Educamos desde el intercambio entre personas.

Educatividad es un viejo concepto, poco discutido en la actualidad, pero que vale la pena tener presente por su gigantesca presencia en la vida pedagógica. Se refiere a la capacidad de educar. Es decir, a la capacidad de influir que puede tener una persona o un elemento no humano (pero que siempre está mediado por la mano humana, por ejemplo, la capacidad transformadora de un libro, un vídeo o una canción de Serrat).

Desde una perspectiva muy tradicionalista, este concepto fue asignado exclusivamente a docentes (o maestros, o enseñantes, o profesores, etcétera) y se fue dejando de comprenderlo o ubicarlo en dos ámbitos. En primer lugar, el de las personas que influyen, que cambian a los demás, que generan transformaciones, que educan, pero fuera de la institución escolar. Y en segundo plano, se dejó de comprender que, hechos, factores, elementos, objetos o situaciones (sin intencionalidad educativa desde alguna persona), también causan influencias y cambios que pueden llamarse educativos. En otras palabras, la educatividad de la vida en su conjunto.

Y, como consecuencia, dejamos de comprender y convencernos de que en las microrealidades de la vida cotidiana se encuentra la enorme fuente de educación, esa que todos los días la tenemos a la mano y no es motivo de reflexiones, diseños o análisis pedagógicos, mucho menos causa de esfuerzos curriculares o de consideración evaluativa. Y, sin embargo, desde el saludo inicial, hasta la mirada con la que despedimos a nuestros estudiantes cuando dejan el espacio en el que ejercemos de profesores, tenemos un sistema de interacciones muy influyente e impactante en la vida de ellas y ellos, mucho más que nuestros discursos emocionados, que nuestras sabias y preparadas clases magistrales, o que nuestras presentaciones audiovisuales. Pero como hemos ido abandonando la comprensión de que la educación surge del intercambio y la interrelación, apagamos los focos de nuestra atención a ese ecosistema diario y nos concentramos en el momento didáctico.

En el discurso dominante de las competencias y los estándares no existe posibilidad de que alguna consideración y valoración se tenga hacia la calidad y profundidad de las relaciones que se crean en el entorno del aula y de la institución. Solo tienen valor las acciones, recursos y métodos que hagan posible las respuestas esperadas (con un lenguaje previamente asumido, técnico, inflexible), esas que pueden ser motivo de medición cuantitativa, que todo mundo tiene que saber dar. Como lo que importa es lo que se ve y mide, entonces la afectividad, emocionalidad y subjetividad de lo cotidiano queda fuera de toda estima y de toda atención. ¡Semejante despropósito!

No se le asigna ningún valor pedagógico a lo que realmente tiene valor para la vida, y se coloca en la cima de los tesoros pedagógicos, a las conductas observables y medibles que resultan de un esfuerzo específico, puntual, didáctico, pero que con el paso del tiempo serán olvidadas o abandonadas por desuso o desinterés.

La sensación de sentirse escuchado, respetado, valorado, atendido y afirmado, la empatía en las interrelaciones, la manera como se resuelve una situación difícil, la forma de corregir que no abandona la dignidad y el buen trato (pero tampoco la firmeza), el estímulo, la cero tolerancia ante el irrespeto y la burla, constituyen ingredientes de la educatividad de lo cotidiano.

Y es que tampoco olvidemos que lo empaquetado y medible es más fácil. Construir entornos de discusión, diálogo horizontal y transferencia de poder es mucho más complicado y difícil. Pero la vida es así. La cotidianidad es la vida. Pero es allí donde nos educamos, donde aprendemos a transformarnos.

Fuente: http://eldiariodelaeducacion.com/blog/2017/12/04/la-educatividad-de-lo-cotidiano/

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¿A la educación también?

Por: Juana M. Sancho

¿Por qué sigue siendo un ámbito infravalorado, con escasez de recursos, con una mínima inversión para la investigación y teniendo que afrontar una y otra vez el mismo tipo de problemáticas irresueltas?

Sé que me planteo un tema arriesgado y controvertido. Pero aprender tiene que ver con arriesgarse. Si nos quedamos en nuestra zona de confort (o, mejor, de control) nos será difícil, si no imposible, vislumbrar, pensar, proyectar otras cosas. Y para mí, no nos podemos permitir el lujo de no aprender y, todavía menos, el de no entender las complejidades de nuestros contextos. Los seres humanos repetimos demasiadas veces los mismos errores, pero ojalá llegue un día que la mirada al pasado/presente nos permita proyectar mejor nuestro futuro. Los que nos dedicamos a la educación, jamás podemos perder la esperanza. Así que, sigo en este comienzo de curso en “modo preguntas” por lo que me permito compartir un gran interrogante al que llevo tiempo dándole vueltas.

En estos días de incertidumbre política, social y económica, en los planos local, nacional, europeo e internacional, no he podido dejar de pensar en el historiador italiano Carlo Cipolla, quien en la línea del economista británico del siglo XIX, Jeremy Bentham, argumentaba que las personas estúpidas son más peligrosas que las mafias, el Complejo Militar Industrial (MIC) o los considerados enemigos.

Para Cipolla existen (a) los inteligentes, que benefician a los demás y a sí mismos; (b) los incautos o desgraciados que benefician a los demás y se perjudican a sí mismos; (c) los estúpidos, que perjudican a los demás y a sí mismos y (d) los malvados o bandidos, que perjudican a los demás y se benefician a sí mismos. Y lo que no puedo parar de preguntarme es si esto también sucede en el campo de la educación. Y me voy decantando por el sí.

Quienes me conocen saben de la importancia que para mí tiene la educación, tanto para los individuos como para las sociedades. Para los individuos, porque, como argumenta Charles Handy, no basta, -aunque resulta totalmente necesario y de momento no todavía conseguido para toda la población-, con satisfacer el hambre menor, que tiene que ver con las cosas que sustentan la vida, los bienes y servicios y el dinero que requerido para pagarlos. Sino que necesitamos considerar el hambre mayor, que exige contar con algún tipo de comprensión sobre el propósito de la vida y con el derecho de todas las poblaciones a buscar modos y lugares donde poderse pensar y decidir sobre sus formas de vida. Porque todos ansiamos ser reconocidos por los otros y tener una mínima capacidad de acción para dirigir nuestras trayectorias. Y resulta difícil satisfacer ambas necesidades sin educación.

Pero la posibilidad (el derecho) de acceder a la educación no sólo interesa a los individuos, también a la sociedad como un todo. Incluso en un tiempo tan miope como el actual en el que unos pocos parecen convencidos de que el planeta es de ellos y no importa que nos destruyan, ya que están buscando como llegar a otros. (Espero que no sea con el mismo propósito). En 1842 Horace Mann presentó una argumentación de tipo económico para justificar una mayor inversión en la escuela, que fue utilizada para tomar la decisión de convertir la escolaridad en una actividad obligatoria y gratuita. En 1996, el informe coordinado por Jacques Delors puso una vez más de manifiesto el valor social, y también económico, que encierra la educación. Un proceso que permite desenterrar y desarrollar los tesoros, las riquezas que guardan las personas y los grupos, al fomentar el desarrollo personal, social y económico. Por otra parte, en la década de 1960, al discutir en el Parlamento de Gran Bretaña, una profunda reforma educativa que buscaba la equidad, la igualdad de oportunidades y la disminución de la división social, un político le dijo al ministro de Educación que si pensaba que la educación era cara, podía probar con la ignorancia.

Entonces, si contamos con múltiples evidencias del valor personal, social y económico de la educación, ¿por qué sigue siendo un ámbito infravalorado, con escasez de recursos, con una mínima inversión para la investigación y teniendo que afrontar una y otra vez el mismo tipo de problemáticas irresueltas? Sí, sabemos que a los “malvados o bandidos” de todo tipo, no les interesa que los individuos pensemos y tengamos capacidad de acción y decisión, ya que esto mermaría, más allá de la violencia, su poder de sumisión. Pero podríamos conjeturar que al resto de las categorías sí. Sin embargo, como sostienen algunos autores, en la falta de resultados de la educación también tiene una gran responsabilidad la persistente y asumida ignorancia de muchos (no todos) educadores y políticos. Por ejemplo, Berliner y Glass (50 Myths and Lies That Threaten America’s Public Schools: The Real Crisis in Education Paperback) explican cómo el fracaso mítico de la escuela pública en ese país, ha sido creado y perpetuado en buena parte por intereses económicos y políticos que salen ganando con su destrucción, con la inestimable colaboración de, en términos de Cipolla, “las personas estúpidas”.

Fuente: http://eldiariodelaeducacion.com/blog/2017/11/21/la-educacion-tambien/

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Eco pedagógico

Por: Carlos Aldana

Decía Umberto Eco que «el saber se difunde a través de historias: se planta una semilla, luego la semilla germina, etcétera…». También que en la era de internet, enseñar críticamente a seleccionar la información es imprescindible.

Me refiero a Umberto Eco. Ese italiano que nos hizo aprender en sus libros, pero también nos encantó con su El nombre de la rosa, una obra tan inteligente como emocionante, exquisita y profunda.

Eco murió en febrero del año pasado, y antes de morir entregó a la imprenta su último libro, llamado De la estupidez a la locura, que recoge artículos -escogidos por el mismo autor- de quince años de producción.

En un breve homenaje, comparto con ustedes, queridas y queridos lectores, algunas expresiones sobre la educación que Umberto Eco nos presenta en dicho libro. Creo que alguien que siempre fue un maestro, tanto para escribir, investigar como para ejercer la docencia, mucho puedo ofrecernos pedagógicamente.

En el artículo ‘El libro de texto como maestro’, sin despojarse de su filiación al libro, también reconoce la necesidad de ciertos cambios que permitan la convivencia entre libros e internet. Y es en esa vinculación que Eco nos dice: “Internet no está destinado a sustituir a los libros, no es más que un formidable complemento de los mismos y un incentivo para leer más. El libro continúa siendo el instrumento principal de la transmisión y la disponibilidad del saber. (…) Además, internet proporciona un repertorio extraordinario de información, pero no los filtros para seleccionarla, y la educación no consiste solo en transmitir información, sino en enseñar los criterios para su selección”. Más adelante, en el mismo artículo propone que internet sí sustituya, pero a los diccionarios y bromea expresando “que son los que pesan más en las mochilas”.

En un siguiente artículo, que tituló “Cómo copiar de internet”, Eco hace una propuesta que bien podría ser un eje de discusión y formación docente, incluso podría plantearse como una orientación metodológica para nuestros tiempos. Dice: “Considero que existe una forma muy eficaz de aprovechar pedagógicamente los defectos de internet. Planteen ustedes como ejercicio en clase, trabajo para casa o tesina universitaria el siguiente tema: ‘Encontrar sobre el argumento X una serie de elaboraciones completamente infundadas que estén a disposición en internet, y explicar por qué son infundadas’. He aquí una investigación que requiere capacidad crítica y habilidad para comparar fuentes distintas, que ejercitaría a los estudiantes en el arte del discernimiento”.

Pasamos a otro artículo, con un título muy sugerente: “¿Para qué sirve el profesor?”. Empieza por plantear que, para provocar a un profesor, cierto estudiante hizo la pregunta: ‘Perdone, pero en la época de internet, ¿usted para qué sirve?’. En este mismo artículo, leemos de Umberto Eco: “Los medios de comunicación de masas nos dan mucha información y nos transmiten incluso valores, pero la escuela debería saber debatir sobre el modo en que nos los transmiten, y valorar el tono y la fuerza argumentativa que se utilizan en el papel impreso y en la televisión. Y luego hay que comprobar las informaciones transmitidas por los medios”. Regresa nuestro autor a ese estudiante del inicio del artículo, al expresar que él, en la pregunta crítica que hace, en otras palabras, plantea que “las informaciones que internet pone a su disposición son inmensamente más amplias y a menudo más profundas que las que posee el profesor. Y omitía un punto importante: que internet le dice casi todo, salvo cómo buscar, filtrar, seleccionar, aceptar o rechazar todas esas informaciones”. En estas palabras podemos encontrar líneas didácticas para el trabajo crítico con el estudiantado de hoy: buscar-filtrar-seleccionar-aceptar-rechazar.

Una última. En el artículo “Aquí está el ángulo recto”, Umberto Eco se coloca del lado de quienes conectan ciencia con literatura; conocimiento con narrativa. Plantea que la niñez tiene dos caminos para aprender a conocer el mundo: Aprendizaje por ostensión (cuando la madre, el padre o un adulto le enseña, respondiéndole todas sus preguntas). Y el otro aprendizaje es el de las narraciones. “La verdadera curiosidad surge cuando se quiere saber (sobre árboles, por ejemplo) por qué están ahí, de dónde vienen, cómo crecen, para qué sirven, por qué pierden las hojas. Y es ahí donde intervienen las historias. El saber se difunde a través de historias: se planta una semilla, luego la semilla germina, etcétera… Me cuento entre aquellos que consideran que también el saber científico debe tomar la forma de historias”.

Fuente: http://eldiariodelaeducacion.com/blog/2017/10/19/eco-pedagogico/

Imagen: http://23.253.41.33/wp-content/uploads/10.208.149.45/uploads/2016/02/umbertoeco-654×404.

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La calidad de la educación en escuelas rurales de Nicaragua

Nicaragua / 8 de octubre de 2017 / Autor: Confidencial / Fuente: Youtube

Publicado el 6 oct. 2017
El investigador del IEEPP, Alex Bonilla, habla de un estudio que analiza la percepción de los docentes sobre la equidad y la calidad de la educación en los entornos educativos rurales de Nicaragua.

Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=ogmIxi7KPDQ
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Mesa de especialistas en educación sobre Educación Inclusiva

Argentina / 1 de octubre de 2017 / Autor: Educacion Inclusiva ADC / Fuente: Youtube

Publicado el 27 sep. 2017
En este diálogo entre profesionales del campo educativo, se ponen en discusión las distintas perspectivas en juego sobre el sistema educativo actual, a partir del acercamiento a procesos educativos inclusivos. Conocé más sobre nuestro trabajo en: http://www.educacion-inclusiva.com.ar/ Este video cuenta con subtítulos, habilitalos haciendo click en el ícono ubicado en la parte inferior derecha del video! También podés descargar la transcripción en este link: https://goo.gl/2WFr78

Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=6wZ26Fxut5E
Fuente de la Imagen: 
http://www.educacion-inclusiva.com.ar/wp-content/uploads/2017/09/Mesa-de-especialistas-en-educaci%C3%B3n-sobre-Educaci%C3%B3n-Inclusiva.pdf
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Las Neurociencias en la Educación

Argentina / 1 de octubre de 2017 / Autor: 

Publicado el 25 sep. 2017
Nos acompaña el Dr. Roberto Rosler, médico Neurocirujano, especialista en neurociencia. Egresado con Diploma de Honor de la Universidad de Buenos Aires y actualmente ocupa el cargo de Director Académico de la Asociación Educar para el Desarrollo Humano.

Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=XJeAfTYvOcE
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