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Educar sin mascarillas

Ya va llegando el tiempo de que las aulas, los patios y las instalaciones escolares se inundan de la alegría, de la pasión, de la energía que esas comunidades de aprendientes que quieren reencontrarse. Llegó la hora de volver a educar sin mascarillas (o tapabocas, o como le llamen).

Pero esto no es tan fácil de asimilar porque me he ido encontrando con que volver a la realidad presencial puede ser más complejo de lo que creímos. Puede que fuera más fácil adaptarnos a la vida educativa a distancia que retomar la vida educativa en la cercanía, después de los miedos, terrores e incertidumbres. Solo es una llamada de atención sobre la necesidad de que no creamos que el regreso solo está marcado por la alegría, el reencuentro, la necesidad el otro. También hay un acomodamiento y una cierta nueva fascinación por la distancia, la intimidad exagerada, el anonimato, la excusa para la falta de afectividad.

Vamos a educar sin mascarillas, pero no me refiero a las que nos ayudan a que el coronavirus no llegara a nuestro cuerpo (o que no lo enviáramos a cuerpos ajenos). Hablo de ciertos ocultamientos que necesitamos ya superar:

  1. La mascarilla que oculta el intercambio emocional. Para mucha gente, ha sido maravilloso poder ocultar emociones, sentimientos ante hechos o circunstancias. La mascarilla ha ocultado la sonrisa, pero también la molestia, el enojo, la incomodidad. Y nos fuimos acostumbrando a ello. Hasta para ocultar el rostro en hechos anómalos ha servido. Quienes vivimos con emoción la tarea de educar, no podemos darnos el lujo de ocultar emociones, de dejar de practicar la sana gestión emocional. Necesitamos reconocer las emociones propias, pero también reconocer, cuidar y respetar las emociones de los demás, sobre todo las de nuestros estudiantes, que merecen y necesitan interactuar en espacios emocional y socialmente sanos.
  2. La mascarilla que impide la interacción conflictiva, cotidiana y cercana. Los intercambios didácticos, mediados por plataformas y pantallas, han ayudado a que no tuviéramos ya la responsabilidad pedagógica de prevenir, mediar o gestionar conflictividades. De lejos parece que todo es más tranquilo, más manejable. De cerca, la interacción humana es compleja y difícil, sobre todo para quienes la educación tiene la naturaleza verticalista e impositiva de quien enseña a quienes no saben. Se trata, entonces, de abandonar esa mascarilla de la distancia física, social y emocional y aprender a vivir la educación como un intercambio físico, sensual, cotidiano.
  3. La mascarilla de una pandemia que nos golpeó sin enseñarnos. Lo peor que nos puede pasar, o que nos puede estar pasando ya, es que la pandemia pasara y que regresemos a la “nueva normalidad” como si aquello hubiera sido solo un gigantesco paréntesis en la vida de la humanidad. La pandemia nos permitió aprender a reconocer, valorar y apreciar mucho que no atendíamos antes de ese 2020. Volver sin tomar en cuenta lo diferente que podemos ser, las nuevas maneras de interactuar con estudiantes, es seguir con la mascarilla de una pandemia que solo nos ha pegado, que solo nos ha obstaculizado, pero no la hemos asumido como una lección poderosa de vida.
  4. La mascarilla de los graves problemas estructurales. La pandemia no causó, solo develó los graves problemas estructurales de regiones enteras del mundo, como la latinoamericana. Los sistemas de salud, educativos, de protección, tan precarios, fueron los que más evidenciaron esa historia previa a la pandemia. Por supuesto, mucho del discurso oficial atribuye ahora a la pandemia todos los males educativos y sanitarios, incluso de desempleo e inseguridad. Como si todo eso, antes del 2020, no fuera ya muy precario y claramente indicador de negaciones estructurales e históricas de derechos humanos. Antes del coronavirus, la mascarilla de la negación histórico-estructural de la negación de derechos humanos era muy fuerte. Hoy parece que seguirá así, pero con doble mascarilla.

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Reaprender a ser educador

Por: Carlos Aldana

Reaprender a ser educador en tiempos de pospandemia es reaprender a gozarme la relación con mis estudiantes, a descubrir sus maravillosas (o también sus angustiantes) formas de ver el mundo. Es descubrir que mientras dialoguemos, o que mientras construyamos canales de comunicación sinceros y plenos, el aula (física o virtual) será un espacio en el cual se sigan sembrando las semillas del cambio en el mundo.

¿Pasó ya la pandemia? ¿Volvemos a lo antes de esa pesadilla? ¡No, por favor!

Aprovechar los aprendizajes que tuvimos durante ese tiempo que pegó a todo el planeta, debiera ser la principal tarea o el principal esfuerzo de quienes nos dedicamos a transitar por ese camino difícil llamado educación.

Algo habremos de haber cambiado. Algo habremos de haber descubierto.

Reaprender a ser educador para poder vivir en este tiempo de pospandemia es tan necesario para nuestra tarea como para nuestra vida personal. Reaprender a ser educador es lanzar una mirada profunda y seria a lo que hacíamos antes y a lo que la vida nos exige hacer hoy. Constituye una llamada de atención a quienes hemos podido superar esta situación, para que actuemos distintos desde la gratitud, la esperanza y la emoción por sentirnos vivos. (Pienso ahora mismo en mis colegas que murieron por el covid 19 y siento que necesitamos tenerlos presente en este reaprendizaje).

Son muchos los reaprendizajes, pero lancemos una observación a tres de ellos.

  1. Descubrir que las crisis y la incertidumbre van a seguir viniendo y que necesitamos educar(nos) para ello. Ya sea del tamaño de una pandemia, o de otras formas, las crisis y un mundo sin garantías y dominios sobre todo, van a tener que constituir en ejes de cambios curriculares importantes. Esto significa cómo actuar, cómo sentir, cómo pensar o cómo crear comunidades humanas en las que se apoyen. Educar en crisis e incertidumbre es dialogar sobre lo vivido, sobre las mejores respuestas, sobre las formas cómo enfrentamos y, sobre todo, cómo podríamos usar esas habilidades en crisis futuras. Recordemos que la experiencia es lo que hacemos con lo que vivimos y haber pasado confinamientos y miedos nos lleva a nuevas conductas y prácticas en crisis.
  2. La educación no se reduce a las asignaturas duras. De manera absurda se ha considerado “habilidades blandas” a aquellas que tienen que ver con el manejo de conflictos, con el desarrollo de actitudes armónicas y sanas, con la construcción de relaciones nutritivas, la resiliencia generativa. Esas habilidades que no aparecen formalmente en asignaturas, son las que nos han permitido vivir mejor estas situaciones críticas y nos generan aires de esperanza y optimismo ante un futuro incierto. El concepto de educación ya no es posible que lo reduzcamos a la escolarización de aquello que se considera necesario para vivir y trabajar. Aprender a estar tranquilos o con optimismo en una situación estresante es mucho más importante para la vida planetaria que las fórmulas matemáticas o físicas que se ubican en la cima de los aprendizajes importantes. Por supuesto, no demerito el aprendizaje científico o tecnológico, pero sí demando que se le ubique en una posición complementaria y no superior a la formación en valores, actitudes, visiones y conductas.
  3. Soy educador porque acompaño, porque genero esperanza, porque causo tranquilidad y optimismo. En medio de los momentos más turbulentos, nuestra palabra, nuestra sonrisa, nuestros gestos, nuestra escucha, fueron elementos cruciales para niños, niñas, jóvenes y adultos que comparten con nosotros la aventura de la educación.

Fueron esos elementos los que nos conectaron con los demás, pero también los que ayudaron a construir esos muelles a los cuales, como comunidad de aprendizaje, nos aferramos en medio de la tormenta.

Reaprender a ser educador en tiempos de pospandemia es reaprender a gozarme la relación con mis estudiantes, a descubrir sus maravillosas (o también sus angustiantes) formas de ver el mundo. Es descubrir que mientras dialoguemos, o que mientras construyamos canales de comunicación sinceros y plenos, el aula (física o virtual) será un espacio en el cual se sigan sembrando las semillas del cambio en el mundo.

Reaprender a ser educador es un horizonte que me mueve y me inserta en el camino hacia la utopía, esa de dignificar toda vida en el planeta.

Fuente de la información e imagen: https://eldiariodelaeducacion.com

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Educar contra la vulnerabilidad epistémica

Por Carlos Aldana

En nuestra amada Latinoamérica, la pandemia ha develado la historia estructural cargada de innumerables vulnerabilidades, esas que se expresan por la exclusión de pueblos enteros, por la violación de todos los derechos humanos, por brechas que se agigantan entre empobrecidos y enriquecidos. En ese cóctel de vulnerabilidades, existe una a la que educadores y educadoras tenemos que poner muchísima atención en este tiempo difícil, pero también para cuando salgamos de él.

La vulnerabilidad epistémica es esa condición de fragilidad ante el bombardeo informativo, ante posiciones que construyen y agigantan el miedo. Somos vulnerables epistémicos cuando nuestros esquemas mentales no están fortalecidos con filtros críticos que permitan discernir, descubrir o develar los intereses de control y dominación que puede haber en la hiperinformación o en la desinformación. O filtros ante el desaliento, el alarmismo y la confusión. O debilidad para dejarnos atrapar por un pesimismo que envenena y secuestra la esperanza, tan necesaria para salir fortalecidos de esta noche oscura global.

El manejo de la información masiva es un componente importante en los escenarios de poder que necesitan ejercer las estructuras globales de poder, junto a los gobiernos, sus instrumentos cruciales y necesarios. Para ello, y junto a ello, el sistema escolar que hace sus aportes en favor de construir sociedades fácilmente manipulables.

Una educación que se reduce a la mera transmisión de saberes, o a la adquisición de capacidades o habilidades tan preciadas para la creación de gigantes conglomerados de mano de obra barata (y desesperada aún más con la actual crisis), representa una de las herramientas ideológicas fundamentales para que el mundo siga siendo el mismo. Ella siembra, instala, permite la germinación y lanza al viento la incapacidad para pensar de manera autónoma, la carencia de posiciones críticas, en la que se aplican filtros al exceso de información (o a su carencia).

La vulnerabilidad epistémica proviene de una débil formación de pensamiento crítico, autónomo y creativo. De una falta de atrevimiento y aventura para pensar, sentir y actuar de maneras contrarias a las que nos imponen o por las que nos seducen.

Niños, niñas, adolescentes y jóvenes pasan años y años dentro de las aulas sin lanzar miradas serias, personales y críticas sobre el mundo en que viven. Tampoco sobre sí mismos, sin llegar a elaborar nuevos imaginarios sobre la vida, mucho menos sin llegar a construir nuevos sentidos o significados para lo que son y para lo que quieren ser, o lo que quieren aportar.

Hemos visto, aquí en Latinoamérica, cómo la gente todo lo cree. O, por el contrario, no cree en la necesidad de ser responsable ante la situación del COVID-19. Hemos visto cómo los gobiernos inventan o crean situaciones que más favorecen sus propias agendas, sin ponerle atención a la condición de salud y de vida de las mayorías. Todo eso, si nos descuidamos educativamente, será el abono para enriquecer una vida pospandemia sin activismo ciudadano y político, sin movilización de jóvenes hacia otra cultura política. Sin aprendizajes profundos sobre lo que vivimos hoy.

Somos vulnerables epistémicos porque nuestros esquemas mentales no están enriquecidos de manera permanente por el básico y mínimo ejercicio de pensar, de sentir y de aspirar a otro mundo en el que la dignidad, la inclusión y la solidaridad sean las señas de identidad prevalecientes.

Nosotros, educadoras y educadores del mundo, necesitamos hacer de la pandemia una escuela para la criticidad y el compromiso con la vida plena de cada ser humano en el planeta. Propiciar formas personales, íntimas, pero también científicas y críticas de comprensión de la realidad. Permitir que sea el pensamiento autónomo pero responsable el que nos haga actuar en esta realidad compleja, es también una llamada de atención para hacernos fuertes epistémicamente. Para que no sea fácil, para los poderes, controlarnos, manipularnos, meternos el miedo que paraliza; para que no les sea fácil lo que afirma Chomsky: “Uno de los objetivos principales de la política social es mantener pasiva a la población, las personas con poder querrán eliminar todo lo que tienda a estimular el que la gente participe en la planificación, porque la participación popular amenaza el monopolio de poder de las empresas, estimula a las organizaciones populares, moviliza a la gente y, probablemente, daría lugar a una redistribución de beneficios, etcétera” (En Chomsky, Noam, Chomsky esencial, p. 93).

Y que una educación que nos haga fuertes epistémicamente sea también una educación para descubrir lo que nuestros esquemas de pensamiento nos afectan a la hora de construir relaciones con los otros. Descubriremos cuánto del tormentoso mundo que vemos afuera está construido desde los recónditos espacios de nuestro propio mundo interior.

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Imagen tomada de: http://laberintodelaidentidad.blogspot.com/2018/11/los-vinculos-vulnerables-la-confianza.html

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El desafío educativo de no volver a la realidad anterior

Carlos Aldana

Volver a las aulas, a las calles, al trabajo, a la vida, como si nada hubiera pasado, como si el huracán global del Covid-19 no hubiera pasado arrastrando al planeta sería un triste y vergonzoso regreso al que llaman “normalidad”. Por respeto a quienes han sufrido, están sufriendo o murieron por una pandemia, pero también por un compromiso apasionado por la vida y por los seres humanos, necesitamos aprender a vivir en la “nueva realidad”. Esto debe significar que es necesario educar(nos) para descubrir que no podemos -o no debemos- volver a lo que teníamos antes de este primer trimestre del 2020.

Por ejemplo, no podemos volver a vivir una catástrofe para descubrir que los Estados, los gobiernos y sus instituciones evidencian graves carencias o enfoques y visiones que no privilegian al ser humano. Si en estados de bienestar la cosa ha sido terrible, ¿cómo es o cómo podrá llegar a ser en estados fallidos? Durante estas semanas nos han pedido responsabilidad personal y familiar para no contagiarnos, para no afectar a otros, para no extender el virus. Y eso, por supuesto, está bien, es nuestra responsabilidad como ciudadanos y ciudadanas, como grupos familiares. No podemos evadirlo. Pero tampoco nos ceguemos y olvidemos que mucho de este drama se ha debido a irresponsabilidades de los grandes poderes, a carencia de institucionalidad efectiva, a engaños o mentiras por razones políticas, a que se privilegia las decisiones de los grandes poderes económicos. Está bien que respondamos individualmente, pero no podemos aceptar que las condiciones estructurales e institucionales sigan siendo las mismas.

Se precisa, entonces, generar educación política y ciudadana que movilice, que llame a la participación de esos grandes conglomerados que se conforman con votar cada cierto tiempo, sin mayor participación o compromiso. La educación, mucho más que nunca, debe asumirse como una exigencia para el compromiso político, ese que nos lleve a construir una cultura política distinta, que cree estructuras e instituciones para proteger la vida, no para proteger los intereses corporativos.

La educación, en el retorno, también debe mirar hacia el centro de todo: el ser humano. Eduquemos para la vida en toda su integralidad, y ello incluye la consideración tierna y solidaria hacia otros. Incluye la sensibilidad hacia los que más sufren, hacia los excluidos y empobrecidos (que ahora lo serán más por los efectos de la pandemia). Una educación que deje la tecnocracia y la necesidad de cumplir con estándares predeterminados y priorice la emocionalidad sana, la salud, el encuentro interpersonal que construye, que ayude a crear convivencia digna y pacífica.

Una tercera llamada de atención, entre muchas, se ubica en algo que empiezo a descubrir en la vida de muchos educadores y educandos. Los espacios virtuales para el aprendizaje (con plataformas de todo tipo) eran la gran aspiración de muchos enfoques pedagógicos. Llegó el coronavirus y ¡pegaron el grito de júbilo! Se demostraba que la educación a distancia es la gran carencia en la educación escolar. Y claro que así ha sido, ha permitido mantener ritmos y procesos de aprendizaje. Sin embargo, ¿todos los niños, niñas y jóvenes tienen acceso a internet, a teléfonos móviles, a computadoras potentes? En nuestros países latinoamericanos se ha evidenciado que la inmensa mayoría no tiene acceso a todo eso, por razones económicas. Es escandalosa esta realidad en los establecimientos públicos, donde la pobreza se pasea con soltura.

A lo anterior, se agrega que el teletrabajo y los ritmos de educación a distancia han venido a crear una ironía: ¡Ahora se añora, se extraña, se necesita la presencialidad! Imagino, (porque todo está en el mundo oscuro de las incertidumbres), que tendremos que aprender a valorar la vida escolar que aprecia al máximo el encuentro presencial, pero que está apoyada, de manera complementaria (y no sustitutiva) por los esfuerzos virtuales. Esto incluirá una consideración socioeconómica, cultural y técnica de aquellos entornos de mayor pobreza.

Educar(nos) para una nueva realidad conlleva que aprendamos a vivir para construir esa nueva realidad. El desgano, la indiferencia o el conformismo, que nos pueden llevar a vivir la educación desde la rutina que no nos compromete a luchas por la vida digna, puede ser el peor de los efectos de esta pandemia. No volver a la realidad anterior debe ser la consigna educativa que nos una mundialmente. Necesitamos descubrirnos como seres que aprendieron e hicieron de esta crisis una escuela para la vida plena, para la solidaridad global y para el gozo de encontrarnos, como humanos, en la cercanía o en la distancia. Si el Covid-19 no ha tenido una sola nacionalidad, la lucha por un mundo mejor tampoco tiene fronteras o pasaportes. Todos estamos y somos parte de esta casa planetaria.

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Euskadi plantea una vuelta escalonada a las aulas a partir del 18 de mayo

Europa/España/Govierno Vasco/ Diariodelaeducación

Segundo de bachillerato, 2º de FP de Grado Medio, FP Básica y 1º y 2º de FP Superior serán los primeros cursos que tendrían que acudir a las aulas, si las autoridades sanitarias lo permiten. Lo haran el día 18 de mayo. Si todo va bien, una semana después, el 25, las aulas de 4º de la ESO, primero de bachillerato y 1º de FP de Grado Medio harán lo propio. En total serían 90.000 chicas y chicos los que se reincorporarían a las aulas.

Según el plan diseñado por el Gobierno vasco y que espera a ser aprobado por el Ministerio de Sanidad, alumnado y personal docente habrán de llevar mascarilla, se realizará un horario continuado de 5 horas por día. Los servicios de comedor no volverán a su funcionamiento y los de transporte escolar, tampoco. Además, los pupitres tendrán que estar separados, al menos, un metro y medio unos de otros.

El plan también contempla que las entradas y salidas de los centros se hagan de manera escalonada, así como el uso de los patios. El personal de administración y servicios también deberá volver al trabajo, también con mascarillas.

A diferencia de lo previsto por el Ministerio de Educación para que también pudieran volver a las aulas, si las condiciones sanitarias lo permiten, del alumnado de 0-6 años en el caso de que las familias no pudieran teletrabajar o tener flexibilidad horaria, el Gobierno vasco, en principio no tiene prevista la apertura de aulas para este colectivo.

El secretario general de la Federación de Enseñanza de CCOO, Pablo García de Vicuña, asegura que no ha habido espacio para la negociación de estas medidas. La consejera vasca Cristina Uriarte se reunió con los sindicatos, patronales de la concertada así como con otros agentes de la comunidad educativa pocas horas del anuncio público de desescalada.

Según comenta a este periódico, no hubo tiempo suficiente ni voluntad de responder a todas las preguntas que suscitó el anuncio. Entre ellas ¿quién se hará cargo de dotar al personal de los centros educativos de las mascarillas? ¿Y a las familias? ¿Habrá un refuerzo de personal docente teniendo en cuenta la duplicidad de trabajo que supondrá atender alumnos en el aula mientras la mayoría de los grupos siguen confinados en sus casa?

Esta misma tarde está prevista una reunión telemática de los sindicatos educativos vascos en la que intentarán dar una respuesta común ante esta situación y, aunque es pronto todavía, no descartan la posibilidad de que haya algún tipo de protesta o presión para que se desarrolle algún tipo de diálogo, inexistente hasta ahora, según García de Vicuña, tras dos meses de confinamiento.

Según el líder sindical, el plan de Educación para la vuelta a las aulas pasa porque cada grupo de alumnos se divida en dos. Una mitad acudiría al centro un día y la otra, al siguiente. La duda sobre cómo cada docente habrá de atender de manera virtual y presencial a sus grupos sigue en el aire.

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Sobrevivencia o currrículo

Carlos Aldana

¡Cuánto nos cuesta entender que en una emergencia solo se aprende lo que la emergencia supone, no lo que el currículum oficial impone!

No sé cómo lo esté llevando Europa, específicamente España. Pero aquí en Latinoamérica, Guatemala en particular, en el momento que se empieza a cerrar toda actividad y a obligar al confinamiento, se ha disparado la ansiedad por cubrir el programa de estudios mediante mecanismos virtuales.

Una gana enorme de cumplir y mantener el ritmo de aprendizaje escolar ha sido manifestada de maneras que, a la tensión por la sobrevivencia y la integridad, se le agrega la necesidad de cumplir con las exigencias impuestas a distancia por los curriculistas virtuales.

La neurociencia viene enseñando que cuando sucede una situación de peligro, el cerebro humano bloquea su sistema inmunológico y, por supuesto, también sus capacidades normales de aprendizaje académico. Esta es una emergencia que no sucede a un grupo, a una comunidad, ni siquiera a un país. ¡Es una emergencia global! De esas que para casi todos los habitantes del planeta constituye una situación inédita. Totalmente nueva. Hemos vivido “toques de queda”, situaciones de emergencia, confinamientos breves y locales, pero nunca habíamos visto que casi todo el planeta compartiera este tipo de hechos. Es realmente una emergencia para la vida planetaria.

Por lo tanto, es preciso tener claro que una es la prioridad básica: ¡Mantenernos sanos, mantenernos con vida! Más allá de esto, incluido lo que sentimos y hacemos por nuestros cercanos, nada es relevante y crucial. Después de ir cubriendo este elemento fundamental y crucial, podemos ir pensando en la continuidad y sostenimiento de ciertos procesos de aprendizaje.

Es decir, con flexibilidad, sin la ansiedad curricular de cubrir todo (incluso como si estuviéramos en tiempos escolares ordinarios). Se trata de que el aprendizaje escolar gire alrededor de conocimientos que pueden alcanzarse mediante formas virtuales, pero principalmente, de generar conocimientos alrededor de la vida presente: la pandemia, las estrategias para superarla, cómo vivir en familia, qué será de nuestra existencia después de la crisis, la realidad de los más excluidos y vulnerables, la situación política, los cambios en la higiene y en la vida sanitaria, etcétera. Aprender desde y para la emergencia puede ser el aprendizaje central de estos días, y si se quiere cumplir con ciertas obligaciones o requisitos oficiales de rendimiento, pues seamos más vitales y creativos. ¡Hay tanto para aprender de esta situación!

¡Cualquier recurso que nos permita superar la crisis, aprender de ella, mantenernos vivos, seguir aprendiendo, es útil y bienvenido! Al servicio de los fines (la vida, la integridad, el aprendizaje) deben colocarse los medios (redes, plataformas, medios virtuales diversos). Lecturas diversas, acceso a páginas, envío de recursos por redes sociales o correo electrónico, son ejemplos de una diversidad que debemos aprovechar.

Pero no dejemos fuera a millones de escolares latinoamericanos que no tienen computadora, mucho menos servicio de Internet en casa, o teléfonos celulares, a lo cual se suma que tampoco tienen hábitos de aprendizaje (con padres y madres deficitarios en este sentido). Esos millones de pequeños y pequeñas que viven en lugares sin agua, con alta vulnerabilidad y riesgos para esta pandemia y cualquier otra situación sociogénica. Ellas y ellos representan una realidad más que dramática. ¡Escandalosa, vergonzosa, inmoral!

Entre sobrevivir y cumplir con el currículum, está claro que, como seres inteligentes optamos por lo primero. Pero llegará el momento en que comprendamos que ambos elementos se imbrican. Un currículum que coloque a la vida digna y plena en el centro podrá ser una herramienta para la sobrevivencia. Para que trascendamos del mismo hecho de sobrevivir, de estar vivos, a la condición de sentirnos vivos de manera completa y plena.

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Una pandemia vista desde Guatemala

Por: Carlos Aldana

En esto no somos europeos, asiáticos o americanos, somos humanos ante un problema común. Estamos en esto todos los seres humanos, el confinamiento es para todos. Pero también la esperanza en un mundo distinto nos pertenece y este es tiempo para construirla.

Todavía son las primeras horas del confinamiento obligatorio en el que vivimos en este país de 15 millones. Las noticias de China, y luego Europa y Estados Unidos, nos fueron alertando y alarmando, pero no lo suficiente para que pudiéramos cambiar el ritmo y la manera de vivir. Sin embargo, ya con seis casos registrados y una persona muerta, la cosa se ha desvelado de manera dramática. Ya el Gobierno ha planteado prohibiciones y esperamos que con eso la contención sea posible.

Los dos casos iniciales fueron de personas provenientes de Italia y de España. Algunos de sus familiares que los acompañaban también están en cuarentena, pero la cosa se pone dramática por el hecho de que la primera persona fallecida era dueño de una fábrica de maquilación textil, la cual se considera foco ahora de una posible expansión exponencial en el territorio nacional.

Me parece que, en una reflexión ligera, existe una ventaja y una desventaja para países como los latinoamericanos, sobre todo, aquellos que todavía sus cifras de infectados no son tan alarmantes. La ventaja es que después de la difusión de noticias angustiantes de Asia y de países tan cercanos y queridos para nosotros, como España e Italia, la situación ya nos tenía en alerta. Tampoco es comparable el flujo turístico nuestro con el europeo, aunque en Guatemala somos un país de flujos migratorios forzados, porque estamos entre México y Honduras y esa es otra realidad que tampoco podemos desatender. Aunque su origen oficial está en China, para Guatemala el conavirus vino de Europa. Y eso es distinto a que de aquí hubiera ido para allá.

Esta supuesta ventaja hizo que los gobiernos, de una u otra manera, fueran preparándose para la emergencia. Aunque no pudo evitarse el desabastecimiento, el frenesí por comprar, la neurosis colectiva expresada en largas colas para comprar papel higiénico (como se había empezado a ver en la televisión proveniente de Estados Unidos).

Por otro lado, los países latinoamericanos en general tenemos una desventaja: nuestras condiciones estructurales. La precariedad en los sistemas de salud hace que cualquier emergencia se convierta en una situación extremadamente dramática. Una pandemia como esta nos puede arrasar de maneras insospechadas. En Italia el sistema de salud vivió colapso por este conavid 19. Algo un poco menor en países como los nuestros, se convierte en una tragedia de tamaño monstruoso.

Y aunque no parece el momento más adecuado para recordar viejas condiciones estructurales, me parece que tampoco es momento para olvidarlas completamente. El empobrecimiento agudo de grandes segmentos poblaciones en Guatemala, junto a la precariedad en salud y en educación, así como el enorme desempleo de miles y miles de jóvenes, son factores que no pueden quedarse olvidados. Tienen que tomarse en cuenta en este preciso momento, porque la pobreza mata muchísimo más que cualquier virus y porque después de que este conavid 19 sea dejado de lado, la pobreza y la exclusión seguirán haciendo de la suyas, en silencio, sin focos de medios de prensa, sin alarmas, sin llamados a la unidad, sin acciones internacionales.

Creo que, aunque un virus parece un elemento de la naturaleza, y esta pandemia parece que nos hace olvidarnos de sus autores y verdaderos responsables, no podemos dejar de lado que quizá nunca sabremos plenamente quién o quiénes lo crearon, y por qué o para qué lo diseminaron. O a quién se le salió del control. Los portadores individuales, sobre todo cuando tenían conocimiento de la situación, fueron claramente responsables, no así quienes no sabían nada de lo que pasaba. Pero los auténticos responsables, aquellos que por el control del poder en el mundo hacen y deshacen (sin importar la vida y la dignidad), seguirán en la sombra y sin ser señalados contundentemente.

En esto no somos europeos, asiáticos o americanos, somos humanos ante un problema común. Estamos en esto todos los seres humanos, el confinamiento es para todos. Pero también la esperanza en un mundo distinto nos pertenece y este es tiempo para construirla.

Fuente: https://eldiariodelaeducacion.com/2020/03/19/una-pandemia-vista-desde-guatemala/

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