SAME 2026: La urgencia de una soberanía educativa en Nuestra América

Por: Luz D Palomino M

La Semana de Acción Mundial por la Educación de este 2026 nos encuentra en un momento realmente decisivo para nuestra América. Por un lado, los organismos internacionales repiten eso de «mantener la llama en alto», pero desde el aula, desde el territorio, lo que sentimos como un viento helado. La austeridad fiscal, esa vieja receta neoliberal, y la prioridad absoluta que se le da al capital financiero están apagando cualquier posibilidad de educación digna. No es retórica: es la vida cotidiana en nuestras escuelas.

Esto no es un accidente. El desfinanciamiento educativo es la continuación de un proyecto colonial y neoliberal que siempre ha visto a la educación pública y popular como una amenaza para las élites. La SAME nos convoca, pero la pregunta incómoda es si estamos dispuest@s a radicalizarla o nos quedamos en el acto simbólico. Porque la educación pública no tiene una crisis de gestión: tiene un proceso deliberado de despojo. Y eso lo sabemos quienes habitamos las escuelas todos los días: no faltan ganas, faltan políticas que pongan lo común por encima de lo privado.

El contexto global del 2026 es brutalmente desigual. Mientras el gasto militar mundial llega a 2,6 billones de dólares —una obscenidad en un planeta con hambre—, los gobiernos y las grandes tecnológicas invierten fortunas en inteligencia artificial para las aulas. Plataformas de «aprendizaje personalizado», vigilancia biométrica, algoritmos que monitorean hasta las emociones. Y al mismo tiempo, las escuelas de los barrios vulnerables se caen a pedazos, sin agua potable, sin saneamiento. La paradoja es cruel: se gasta en control, mientras la deserción crece porque no hay apoyo socioeconómico real, ni infraestructura, ni programas de alimentación o salud mental. En este modelo, la IA no libera conciencias: gestiona la escasez, disciplina cuerpos y vigila el descontento. Como dice Silvia Federici, la tecnología bajo el capitalismo no libera, intensifica la explotación.

Y no es que falten recursos. Lo que hay es una distribución perversa. Por ejemplo, el pago de la deuda externa en América Latina se come el 70% del gasto educativo. Cada dólar que se va a los acreedores internacionales —FMI, Banco Mundial, bancos privados— es un dólar que no llega a la infraestructura escolar, a los salarios docentes o a los proyectos comunitarios. Además, más de 22 millones de jóvenes están fuera del sistema educativo, el 11% de l@s niñ@s de primaria no acceden a la escuela. La deserción no es una elección, es el resultado de un Estado que prefiere comprar software de vigilancia, antes que reparar un techo o contratar maestros bilingües en territorios indígenas. El 41% de los países de la región ni siquiera alcanza el 4% del PIB en educación, el piso recomendado por la UNESCO. Y la CEPAL nos recuerda que con esa parálisis fiscal seguimos siendo la región más desigual del mundo. La educación, en lugar de ser un ascensor social, la quieren convertir en una máquina de reproducir pobreza. Y encima, las corporaciones como Google, Microsoft o Amazon nos roban los datos pedagógicos, las trayectorias escolares, hasta las emociones de l@s estudiantes, todo eso es mercancía en un negocio multimillonario.

La crisis docente es el eslabón que se rompe, pero también el corazón que resiste. Para cumplir con el ODS 4, el mundo necesita 44 millones de docentes más para 2030. En América Latina, la profesión ha sido degradada con salarios de miseria, sobrecarga administrativa y ataques sistemáticos al sindicalismo. El docente hoy es un trabajador proletarizado: fuga de talentos por todas partes, porque con un sueldo no alcanza ni para la canasta básica. En Argentina, Brasil, México, Perú, Venezuela o Centroamérica, un maestro necesita dos o tres empleos para vivir. Y eso no es solo económico, es una crisis de sentido. Además, el tiempo que debería ser para la mediación pedagógica, para el vínculo afectivo, se lo devoran los reportes para plataformas algorítmicas. La pedagogía se reduce a gestión de datos. Y las nuevas generaciones no quieren ser docentes, porque no ven un proyecto de vida digno. Eso va a provocar un colapso del sistema público en la próxima década si no lo frenamos ya. Por si fuera poco, en varios países los movimientos docentes están criminalizados, las escuelas ocupadas militarmente, los gremios perseguidos. Ser docente es hoy una profesión de alto riesgo político.

Hay otra capa que no podemos ignorar: la crisis tiene rostro de mujer y de territorio. El 75% del profesorad@ son mujeres, y ellas cargan con triple jornada —aula, hogar, comunidad—, brechas salariales de hasta el 30% frente a los varones, precarización, nulas políticas de cuidado y el agotamiento post-pandemia, están vaciando las escuelas de maestras experimentadas. La feminización de la enseñanza no es un dato neutro: históricamente sirvió para naturalizar sueldos bajos y sobrecargas invisibilizadas. Por eso la pedagogía crítica latinoamericana tiene que ser feminista, decolonial y territorial. Feminista para desmontar el patriarcado que explota el trabajo docente y niega el cuidado como eje central. Decolonial para recuperar los saberes ancestrales que el colonialismo quiso aniquilar. Territorial para diseñar políticas caminando los territorios, no desde escritorios ministeriales. Las maestras rurales, indígenas, afrodescendientes y de las periferias son la vanguardia silenciosa de la resistencia educativa en Nuestra América.

La SAME 2026 no puede quedarse en una semana de actos lindos y concientización. Tiene que ser un grito por la justicia fiscal, por la soberanía pedagógica, por sacar la educación del mercado. No pedimos migajas. Exigimos que los Estados dejen de priorizar el pago de deudas impagables, que detengan la carrera armamentista y que dejen de saquear la educación con la excusa de la «innovación» tecnológica. Propuestas hay: sistemas tributarios progresivos, que los grandes capitales y las tecnológicas paguen impuestos; defensa de la educación como bien común, frenar la privatización encubierta; revalorización docente con salarios dignos y autonomía; auditoría ciudadana de la deuda externa; regulación pública de la tecnología educativa con software libre; y presupuestos participativos donde las comunidades decidan. La democracia empieza en la escuela.

La educación pública es hoy, más que nunca, la última frontera de la dignidad humana frente al capitalismo de vigilancia y el racismo epistémico que desprecia los saberes populares. Mantener la llama en alto no es mantenerla por inercia. Es avivar el fuego. Incendiar las conciencias. Romper las cadenas presupuestarias que atan nuestro futuro a la usura financiera y a la miseria planificada. La SAME 2026 nos encuentra cansad@s pero no vencid@s, precarizad@s pero organizad@s, vigilad@s pero creativas. La llama que defendemos es fogón, memoria, rebeldía. Y no se apaga con recortes. Porque otra educación es posible. Porque otra América Latina es necesaria…

Fuentes consultadas:

  • CEPAL (2025/2026). Panorama Social de América Latina y el Caribe.

  • Informe Global de Monitoreo de la Educación (GEM/UNESCO, 2025).

  • Campaña Mundial por la Educación (CME): Documentos de posicionamiento SAME 2026.

  • Otras Voces en Educación (OVE): Análisis sobre privatización y extractivismo.

  • SIPRI (Stockholm International Peace Research Institute): Datos sobre gasto militar 2025-2026.

  • Federici, S. (2024). Reencantar el mundo: tecnología, cuerpo y común.

  • Freire, P. (1970/2025). Pedagogía del oprimido.

  • Walsh, C. (2025). Pedagogías decoloniales en Abya Yala.

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Luz D Palomino M

Licenciada en comunicación social, Esp. en gerencias de los procesos educativos y politicas del cuidado con perspectiva de generó. Magister en Asesoramiento y Desarrollo Humano; estudiante de la mestria en comunicación audivisual digital. Profesora universitaria e investigadora del Centro Internacional Investigaciones Otras Voces en Educación. ORCID: 0000-0001-5874-3593 Curriculo lattes: https://lattes.cnpq.br/4034817753682415

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