Gaza se obstina en vivir: la alegría también es resistencia

Mientras el genocidio continúa, miles de jóvenes palestinos han conocido hoy sus resultados de bachillerato en Gaza. Entre ausencias, desplazamiento y heridas todavía abiertas, la alegría ha vuelto a entrar en muchas casas de la Franja. Después de estudiar en condiciones inimaginables, chicas y chicos celebran sus notas y vuelven a hablar del mañana. Porque aferrarse a la vida, a los sueños y al futuro también es una forma de resistencia

Hoy, la alegría ha entrado en muchas casas de Gaza. Ha entrado con los resultados del bachillerato, con los nombres de jóvenes que han aprobado, con las notas esperadas durante meses, con abrazos, lágrimas, llamadas y felicitaciones. Durante unas horas, en una Franja herida por el genocidio que continúa, muchas familias palestinas han encontrado un motivo para celebrar.

Puede parecer un acontecimiento pequeño frente a la inmensidad de todo lo que está ocurriendo. No lo es. Porque detrás de cada uno de esos resultados hay jóvenes, chicos y chicas, que han seguido estudiando cuando prácticamente todo a su alrededor parecía conspirar contra la posibilidad misma de hacerlo. Jóvenes que han conocido el desplazamiento, las tiendas de campaña, el hambre, los bombardeos, la destrucción de escuelas y universidades, la pérdida de familiares, compañeros, compañeras y docentes. Jóvenes que han tenido que aprender mientras intentaban sobrevivir. Y, sin embargo, han seguido estudiando.

Hoy esperan sus resultados, comparan notas, reciben felicitaciones, piensan qué quieren estudiar y hablan de universidades y profesiones. Siguen imaginando quiénes quieren ser mañana. Quizá ahí se encuentre una de las imágenes más poderosas de Gaza: una juventud a la que han intentado imponerle únicamente la preocupación por sobrevivir y que, aun así, continúa preparándose para vivir.

Mahmoud Darwish escribió: «Y nosotros amamos la vida siempre que podemos acceder a ella».

En Gaza, ese verso adquiere hoy un significado especialmente profundo. Porque amar la vida cuando todo está dispuesto para hacerla imposible no significa ignorar el dolor. Las ausencias están presentes. Hay jóvenes que hoy habrían querido correr hacia una madre, un padre, una hermana o un hermano para enseñarles sus resultados y ya no pueden hacerlo. Hay casas donde la alegría y las lágrimas han entrado juntas. Hay nombres que faltan alrededor de la mesa y abrazos que nadie podrá sustituir. El genocidio continúa. La herida permanece abierta.

Pero Gaza no es únicamente la imagen que el mundo ha aprendido a contemplar entre ruinas. Gaza también son estos jóvenes. Son las familias preguntando por las notas. Son madres y padres orgullosos de sus hijas y de sus hijos. Son amistades felicitándose. Son quienes buscan la manera de hacer especial un día en medio de circunstancias que no tienen nada de normales. Son chicas y chicos pensando en estudiar medicina, ingeniería, literatura, derecho o cualquier otra carrera cuando tantas de sus universidades han sido destruidas. Y es también una sociedad que aprovecha cualquier instante que la violencia colonial no consigue arrebatarle para volver a reunirse alrededor de la vida.

Porque el pueblo palestino no necesita que nadie le enseñe a celebrar. Lo ha hecho durante generaciones: bodas en tiempos difíciles, nacimientos bajo ocupación, graduaciones después de años de obstáculos, familias reuniéndose después de las cárceles y el exilio. No porque desconozca el dolor, sino precisamente porque lo conoce demasiado bien.

En Gaza, hoy, celebrar una buena nota tiene además una dimensión profundamente colectiva. Cada estudiante que ha conseguido continuar sus estudios representa algo que va mucho más allá de un expediente académico. Representa una posibilidad de futuro. Durante estos años, la destrucción del sistema educativo palestino ha sido inmensa. Escuelas y universidades han sido atacadas o destruidas; estudiantes y docentes han sido asesinados; miles de jóvenes han visto interrumpida su educación. Se ha intentado destruir no solamente el presente de Gaza, sino también las condiciones materiales desde las que pudiera construirse su mañana.

Por eso resulta tan importante mirar hoy a quienes continúan estudiando. No para convertirlos en héroes y heroínas obligados a soportarlo todo. Son jóvenes y tienen derecho a ser simplemente jóvenes. Tienen derecho a preocuparse por una nota, a enfadarse porque esperaban unas décimas más, a abrazar a sus amistades, a celebrar, a enamorarse, a elegir una carrera, a cambiar de opinión, a equivocarse y volver a empezar. Tienen derecho a un futuro que no esté determinado por una bomba, una frontera o una orden militar.

Mientras el proyecto colonial intenta convencer al mundo de que Gaza es un lugar sin futuro, su juventud continúa preparándose para él.

Y quizá por eso su alegría conmueve tanto. Porque hay algo que ninguna fotografía de la destrucción consigue explicar completamente: la extraordinaria capacidad del pueblo palestino para encontrar espacios de vida incluso dentro de las circunstancias más insoportables.

No se trata de romantizar el sufrimiento. Nadie debería tener que demostrar semejante fortaleza para poder estudiar. Ningún estudiante debería preparar sus exámenes mientras teme por su familia. Ninguna madre debería celebrar el éxito de su hija o de su hijo mientras recuerda a quienes faltan. La resistencia no consiste en acostumbrarse al horror. Consiste también en negarse a permitir que el horror ocupe absolutamente todos los espacios de la existencia: guardar un momento para celebrar, preparar algo especial aunque haya poco, vestirse para una ocasión importante, felicitar al vecino, hacer una fotografía, reír, preguntar «¿y ahora qué vas a estudiar?» y volver a pronunciar la palabra mañana.

Esos pequeños detalles pueden parecer insignificantes vistos desde lejos. Para un pueblo al que se intenta expulsar de su tierra y despojar de su futuro, no lo son. La alegría también puede ser una forma de resistencia cuando significa defender el derecho a seguir siendo humanos, a conservar los afectos, los sueños y las pequeñas ceremonias de la vida cotidiana frente a una maquinaria que pretende reducir toda una existencia colectiva a supervivencia, desplazamiento y muerte.

Hoy, Gaza ha encontrado un resquicio para celebrar. Habrá lágrimas entre los abrazos y ausencias imposibles de llenar. Habrá jóvenes que mirarán sus resultados pensando inmediatamente en alguien que debería estar allí para compartirlos. Nada puede sustituir a quienes han sido arrancados de sus vidas. Pero también habrá sonrisas. Y hay que permitir que esas sonrisas ocupen espacio.

Porque las chicas y los chicos de Gaza no estudian solamente para superar un examen. Estudian porque imaginan una vida después de todo esto. Porque siguen teniendo aspiraciones. Porque quieren construir, enseñar, curar, escribir, investigar, crear. Porque Palestina necesitará sus conocimientos y porque tienen derecho a decidir qué hacer con sus propias vidas. Mientras el proyecto colonial intenta convencer al mundo de que Gaza es un lugar sin futuro, su juventud continúa preparándose para él.

Quizá esa sea la imagen que merezca permanecer de este día: una casa herida en algún lugar de Gaza, una familia reunida, una ausencia que duele, una nota que acaba de llegar y, de repente, una sonrisa. Un instante pequeño de felicidad defendido en medio del genocidio. Porque también eso quieren arrebatarles.

Y porque, como escribió Mahmoud Darwish, nosotros amamos la vida siempre que podemos acceder a ella.

Hoy, aunque sea por unas horas, Gaza ha vuelto a acceder a ella. Y la ha celebrado.

Gaza se obstina en vivir: la alegría también es resistencia

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