El remedio para todos los males

EMMA SÁNCHEZ

¿A usted le enseñaron a conversar? Estoy segura que lo hace diariamente ¿Enseña usted a sus hijos a conversar? ¿Conversa todos los días con alguien? ¿Cuántas conversaciones sostiene al día? ¿Cuántas de ellas son “buenas conversaciones”?

Una conversación es una interacción tan cotidiana en nuestras vidas que para la mayoría de personas no supone un esfuerzo pensar en algunas reglas básicas y en las marcadas diferencias de las conversaciones que tiene todos los días. No es lo mismo conversar con el esposo o la esposa, los hijos, la mamá, la vecina, el amigo, o su jefe. La conversación supone una interacción entre al menos dos (a diferencia del monólogo), en donde los participantes de la misma se alternan para expresar pensamientos, ideas, opiniones, y así van formando un texto, un relato hablado de quienes son y de quién es cada uno frente al otro en el plano de ese encuentro. Hasta aquí parece simple. Todos lo hacemos todos los días, como respirar.

Pero saber respirar bien y estar consciente de ello todo el tiempo es tan complejo como difícil puede ser estar alerta de estos “textos conversados” que construimos con los demás diariamente. Desde hace algún tiempo me gusta pensar la finalidad de mi trabajo como la conversación. Pensar que ayudo a que la gente se descubra a sí misma, se oriente sobre cómo vivir, sea “adaptativa” (como le gusta decir a algunos psicólogos), sea feliz o saque todo su potencial, son finalidades hasta cierto punto vanidosas e intimidantes, y por lo mismo peligrosas para un trabajo que no puede dejar de ser humilde. Trato de simplificarme. Hay personas que vienen y me pagan para conversar. Al fin y al cabo, en su sentido más complejo (para nada reduccionista), ¿qué más puede ser la terapia sino un procedimiento inventado hace muchos años porque se descubrió que la gente necesitaba hablar (hablar bien) sobre lo que le ocurría? Ahora, ese es el punto complejo de mi trabajo, saber llevar una conversación de tal manera que las personas logren con esto transformar su vida en felicidad. Pero ¿por qué la gente necesita conversar o “hablar bien” con un psicólogo, un completo extraño y no le sirve conversar con sus seres allegados? Creo que esto ocurre porque, en al menos uno de los niveles de la experiencia humana y social, la gente no ha aprendido muy bien a conversar las emociones, y las interacciones con sus seres queridos están inundadas de ellas.

Yo misma he descubierto una dicotomía muy interesante en mí, que ha tenido que ser objeto de un continuo trabajo de crecimiento personal y como psicoterapeuta. Yo, que me dedico a conversar, no sabía conversar en absoluto. Aún a veces se me olvida. Porque es que conversar es para mí como el descubrimiento de una nueva cultura. Y uno, como conversador, debería esforzarse en ser más un antropólogo que un colonizador imperialista. La aproximación es totalmente diferente. No sé ustedes, pero yo veo todos los días demasiados colonizadores en nuestras conversaciones. Vamos llegando a ese terreno del diálogo, y lo vamos inundando de nosotros mismos, lo arrasamos disimuladamente con nuevas costumbres, vamos imponiendo nuestras verdades, nos hacemos sentir porque hacerse sentir es bien visto en las relaciones sociales actuales, no vayan a pensar mal de nosotros los demás, quienes a su vez quieren colonizar y no ser avasallados, y por tanto van a hacer uso de la burla, del chisme, de la calumnia para crear textos alternativos intentando desprestigiar lo que somos. Hay tal vez pocas sensaciones tan molestas como darse cuenta que hablan de uno a las espaldas y que una cantidad de relatos horrorosos se están tejiendo sin que podamos impedirlo, controlarlos, salir a decir “yo no soy como ustedes creen”. Y creo que también hay pocas cosas tan tentadoras como unirse a una conversación que puede girar sobre un tercero. No nos mintamos, todos hemos sido chismosos alguna vez. Probablemente más de las que deberíamos sentirnos orgullosos.

En esta elección de vida que hice, que fue ser psicoterapeuta, me toca aprender a conversar, y reconozco que el camino ha sido turbulento y lleno de metidas de pata. ¿La razón? porque a mi me enseñaron primero a querer tener la razón, porque tiendo a interrumpir, porque en mi vanidad a veces creo que sé lo que el otro está pensando antes de que éste lo diga, porque estoy más pendiente de mí que de comprender el mundo “siempre” extraño del otro, y finalmente, porque como a casi todo el mundo, no me enseñaron muy bien a pedir cuando quiero pedir, a decir “no” cuando quiero decir “no”, a decir “si” cuando quiero decir “si”, a no responder cuando aun no estoy segura, a callar cuando no hay nada bueno que decir, a expresar mis emociones sin culpar y a disculparme cuando cometí un error.

Además de esto, no nos han enseñado muy bien a conversar posibilidades sino problemas. Y no hablo de siempre ver el vaso medio lleno y no medio vacío. Hablo de ver la posibilidad de llenar el vaso, de vaciarlo, de soltarlo, de olvidarlo, de llenarlo de pinceles, de echarle el agua a las matas, de regalarlo o de compartirlo. Hablo de que incluso en nuestra lógica de autoayuda positiva que es la analogía del vaso, se evidencia nuestra tendencia a ver dos posibilidades, no las infinitas que pueden existir y con ellas hasta podemos clasificar a la población global en optimistas y pesimistas. ¿Y cuánta gente no anda ahora definiendo parte de su carácter y su personalidad de acuerdo a cómo ve el vaso? Tenemos una tradición analítica que nos ha metido hasta cierto punto en un problema, el de no soportar muy bien la incertidumbre y por tanto no respetar mucho el tiempo para escuchar la vida emocional para construir nuestras posibilidades de vida.

Lo que tal vez he aprendido de la finalidad de mi trabajo; conversar bien, es que la gente respira, la gente sonríe, la gente se siente más capaz de resolver los problemas de su vida, sean los que sean, desde una anorexia hasta una tusa, mientras pueda palpar posibilidades, mientras escuche silencios, responda preguntas sobre quién es, quién realmente es, quién quiere ser, quién no ha sido, qué no ha dicho, y con todo eso construya una travesía como la del antropólogo que se extasía, se maravilla, observa y respeta, porque el mundo que acaba de descubrir esta poblado de nuevas formas de ser, de posibilidades.

Esta libertad de construir posibilidades es mi remedio para todos los males. Pruébelo en cada conversación, ¡es verídico!

Fuente del Articulo: https://emmasanchezblog.wordpress.com/2015/08/04/el-remedio-para-todos-los-males/

Imagen: https://comosuperarladepresion9.files.wordpress.com/2014/08/conversar.jpg

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Emma E. Sánchez

Interesada en el fortalecimiento y formación de la mujer, la familia y el hogar

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