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Universidades del capitalismo en crisis

No está la revolución de las conciencias en las aulas. Si no fuese por los bastiones críticos, la crisis de la educación quedaría invisibilizada. La crisis de la educación no comenzó con el deterioro de los edificios escolares ni con la insuficiencia presupuestaria, aunque ambas expresiones la delatan. Tampoco nació con la digitalización acelerada de los procesos pedagógicos ni con la mercantilización obscena del conocimiento. Su raíz más profunda consiste en el intento sistemático de domesticar la conciencia humana para convertir el aprendizaje en obediencia y la inteligencia en simple destreza funcional al mercado. Si no fuese por los bastiones críticos que aún resisten en las aulas, en las universidades públicas, en las bibliotecas, en los colectivos pedagógicos, en las comunidades indígenas, campesinas y populares, esta crisis habría quedado completamente invisibilizada bajo la propaganda de una supuesta modernización educativa que confunde innovación con rentabilidad y calidad con estandarización.

Toda universidad que aspire a llamarse dignamente así debe comparecer, en esta hora, ante el tribunal de la conciencia social y responder la pregunta: ¿para qué existe? Ya no basta la venerable antigüedad de algunos de sus “claustros”, la magnificencia de sus edificios, el número de sus graduados ni la prolijidad de sus reglamentos. La crisis que envuelve a la civilización contemporánea, nacida del desastre belicista del capitalismo hasta sus formas más macabras y contradictorias, ha colocado a toda institución del saber frente a una exigencia que no admite evasivas. Allí donde la vida se reduce a mercancía, donde el trabajo humano se separa de su dignidad, donde la naturaleza se trata como cantera inagotable y el espíritu es distraído por el estruendo del consumo, la universidad no puede continuar hablándose a sí misma en el lenguaje apacible de no pocas rutinas académicas. Debe justificar su existencia no por aquello que conserva, sino por aquello que transforma.

Están infestadas por la corrupción de la ideología de la clase dominante. La verdadera cultura jamás ha consistido en la acumulación de conocimientos muertos, del mismo modo que un bosque no vive por el número de sus árboles caídos. Todo saber auténtico participa del movimiento interior de la vida, de esa fuerza que convierte la observación en comprensión, la comprensión en juicio y el juicio en acción. Cuando el conocimiento se limita a reproducir las condiciones del orden existente, abandona su vocación creadora para convertirse en simple administración de lo impuesto. Entonces las aulas dejan de ser talleres del espíritu y se convierten en fábricas ideológicas (falsa conciencia) refinadas, donde se pulen inteligencias destinadas a servir con mayor eficacia a los mecanismos que producen desigualdad, devastación y desencanto.

No existe neutralidad allí donde el destino de pueblos enteros es decidido por fuerzas económicas que subordinan la política, la ciencia y hasta la imaginación a la lógica del beneficio. Pretender que la universidad permanezca suspendida sobre semejante conflicto equivale a exigir al navegante que contemple serenamente la tormenta mientras el barco hace agua. Toda abstención es ya una forma de elección. Todo silencio prolongado termina pronunciando el discurso del poder que domina. Por ello, la universidad no puede refugiarse en la ilusión de una objetividad desprovista de responsabilidad histórica. Su misión consiste precisamente en iluminar las relaciones ocultas entre los fenómenos, descubrir las contradicciones que el sentido común acepta como inevitables y devolver a la inteligencia su capacidad de imaginar aquello que todavía no existe. Sin mercenarios del aula.

Tal tarea exige también una profunda transformación interior. Ninguna institución puede ofrecer al mundo una claridad que ella misma no cultive. Si el cálculo burocrático reemplaza al entusiasmo por la verdad, si la competencia sofoca la cooperación, si la producción mecánica de indicadores sustituye la lenta maduración del pensamiento, entonces la universidad habrá aceptado la misma lógica que pretende estudiar críticamente. Se volverá espejo de aquello que debía cuestionar. El espíritu científico perderá su razón de ser social cuando olvide que toda medición adquiere sentido únicamente en relación con la vida humana y que ninguna excelencia estadística puede compensar la renuncia al juicio moral transformador.

Y la historia enseña que las épocas más fecundas nacieron cuando el saber dialogó con las necesidades profundas de su tiempo. Las grandes obras del pensamiento jamás fueron simples ejercicios de erudición, fueron respuestas apasionadas a las preguntas esenciales de los pueblos. También hoy la universidad está llamada a escuchar el clamor de una humanidad desgarrada por guerras, migraciones forzadas, pobreza persistente, devastación ecológica y soledades multiplicadas bajo el brillo engañoso de las tecnologías más sofisticadas. Sería una amarga ironía que el perfeccionamiento de los instrumentos coincidiera con el empobrecimiento del sentido. La inteligencia técnica alcanza alturas admirables, mientras la sabiduría necesaria para orientar sus consecuencias parece retroceder con inquietante rapidez.

Justificar la existencia universitaria significa, por tanto, demostrar que el conocimiento puede convertirse en fuerza emancipadora y no únicamente en recurso productivo burgués. Significa formar mujeres y hombres capaces de pensar más allá de las conveniencias inmediatas, de reconocer en cada ser humano un fin y nunca un instrumento, de comprender que la riqueza de una sociedad no se mide exclusivamente por el volumen de sus mercancías, se mide por la amplitud de su justicia. La profundidad transformadora de su cultura y la dignidad con que protege la vida común. Allí donde la educación superior renuncia a esta responsabilidad, deja un vacío que pronto será ocupado por los intereses más poderosos del mercado, para quienes la verdad vale solamente mientras produzca rentabilidad.

Quizá ninguna generación anterior haya recibido una tarea tan ardua. Sin embargo, precisamente en las horas de mayor incertidumbre se revela la verdadera estatura de las instituciones. Así también la universidad debe mostrar ahora la razón íntima de su permanencia. No como santuario de privilegios, ni como oficina de certificaciones, ni como elegante ornamento de las naciones, sino como conciencia crítica de la sociedad, laboratorio de futuros posibles y hogar donde el pensamiento aprende nuevamente a reconciliar la libertad con la responsabilidad, la razón con la sensibilidad y el conocimiento con la esperanza. Sólo entonces podrá afirmar, sin rubor y con legítima grandeza, que su existencia constituye una necesidad para la humanidad y no apenas una costumbre heredada de otros tiempos.

Y la UNESCO estima que más de 250 millones de niñas, niños y jóvenes permanecen fuera de la escuela, mientras cientos de millones adicionales asisten a instituciones incapaces de garantizar aprendizajes fundamentales. En América Latina persisten profundas desigualdades: los niveles de abandono escolar, las brechas tecnológicas y las diferencias territoriales revelan que la educación continúa reproduciendo, antes que superar, las estructuras históricas de exclusión. A ello se suma un fenómeno silencioso: el debilitamiento del pensamiento crítico. Allí donde disminuye la capacidad para preguntar, aumenta la facilidad para manipular. Allí donde se castiga la imaginación, prospera el conformismo. Allí donde la historia deja de explicarse como conflicto social, el presente aparece como destino inevitable.

Sin embargo, toda época fabrica también sus antídotos. En cada generación emergen maestras y maestros cuya vocación rebasa los programas oficiales. Son mujeres y hombres que enseñan a leer el mundo antes que memorizarlo, que convierten la duda en herramienta de conocimiento y la solidaridad en método de aprendizaje. Ellos constituyen los bastiones críticos de nuestro tiempo. No representan una élite ilustrada separada del pueblo. Son parte viva de la comunidad que aprende enseñando y enseña aprendiendo. Su tarea cotidiana desafía el fatalismo porque demuestra que cada conciencia emancipada multiplica la posibilidad de transformar muchas otras.

Entonces la revolución de las conciencias no puede reducirse a un cambio de contenidos curriculares. Exige modificar las relaciones sociales que producen ignorancia organizada. Ningún libro, por extraordinario que sea, sustituye la experiencia colectiva de pensar en libertad. Ninguna plataforma tecnológica reemplaza el diálogo vivo entre quienes construyen conocimiento desde la cooperación. Ningún algoritmo posee la sensibilidad ética necesaria para reconocer el sufrimiento humano ni la esperanza compartida. La inteligencia artificial, los recursos digitales y las nuevas tecnologías sólo adquieren sentido emancipador cuando permanecen subordinados al desarrollo pleno de la persona y de la comunidad, jamás cuando sustituyen el juicio crítico o convierten la educación en una mercancía administrada por monopolios tecnológicos.

Porque el aula constituye uno de los pocos espacios donde todavía resulta posible interrumpir la reproducción automática de la ideología dominante. Allí una pregunta bien formulada puede desestabilizar siglos de prejuicios. Allí una lectura compartida puede revelar que la pobreza no es fracaso individual, es consecuencia de relaciones históricas de explotación. Allí una conversación honesta puede desmontar el racismo, el patriarcado, el colonialismo y todas las formas de opresión que pretenden presentarse como naturales. La conciencia crítica jamás florece en el aislamiento. Nace del encuentro, del debate riguroso, del respeto mutuo y de la voluntad colectiva para comprender la realidad con el propósito de transformarla.

En México, donde la tradición pedagógica ha dialogado con las luchas populares y las experiencias comunitarias de innumerables educadores anónimos, la defensa de la escuela pública conserva un significado profundamente humanista. Defenderla significa proteger el derecho del pueblo a pensar con autonomía. Significa impedir que el conocimiento se privatice como si perteneciera a una minoría privilegiada. Significa reconocer que la cultura constituye un patrimonio común cuya riqueza aumenta cuantas más personas participan de ella. Ninguna nación alcanza soberanía verdadera cuando entrega la formación intelectual de sus nuevas generaciones a los intereses del lucro.

Toda revolución auténtica comienza por transformar la manera en la que las personas interpretan su propia existencia. Las grandes conquistas sociales fueron precedidas por revoluciones invisibles que ocurrieron primero en la conciencia colectiva. Cada estudiante que descubre la dignidad de preguntar inaugura una posibilidad histórica. Cada docente que rechaza la resignación fortalece el horizonte democrático. Cada comunidad que convierte la educación en asunto común abre una grieta luminosa en el muro de las desigualdades. La revolución de las conciencias en las aulas no constituye una consigna romántica.

Es una necesidad histórica. Mientras existan bastiones críticos capaces de defender el pensamiento libre, la educación seguirá siendo el territorio donde la humanidad ensaya sus formas más altas de emancipación. Allí se prepara la derrota del miedo, del dogma y de la indiferencia. Allí comienza la construcción de una sociedad cuyo porvenir no dependa de la obediencia, sino de la inteligencia organizada, de la solidaridad consciente y de la voluntad revolucionaria de un pueblo que decide aprender para transformar el mundo.

Y la batalla decisiva por el sentido no se libra únicamente en los parlamentos, en los mercados financieros o en los laboratorios donde se patentan las tecnologías que reorganizan la vida cotidiana. Se libra, con una intensidad menos visible, aunque más profunda, en el territorio donde cada ser humano aprende a nombrar la realidad. Quien controla el lenguaje administra también el horizonte de lo imaginable; quien empobrece el vocabulario crítico estrecha la capacidad de discernir entre la justicia y el privilegio, entre la verdad y la propaganda. Por eso la educación constituye el espacio estratégico de toda emancipación histórica. Sólo así la revolución de las conciencias encontrará su mayor fortaleza cuando la escuela deje de contemplarse como una institución aislada y se reconozca como el corazón cultural de la comunidad organizada. Allí deberán encontrarse el saber científico y la memoria popular, la creación artística y el trabajo productivo, la investigación rigurosa y la experiencia cotidiana de los pueblos. Ninguna transformación será duradera mientras el conocimiento permanezca fragmentado entre especialistas desconectados de las necesidades colectivas. La pedagogía del porvenir habrá de reconstruir esa unidad fecunda entre pensamiento y acción, entre sensibilidad y razón, entre ética y práctica social, hasta hacer de cada aula un laboratorio de democracia viva donde la inteligencia colectiva aprenda a producir, junto con conocimientos nuevos, sujetos históricos capaces de convertir la esperanza en organización y la organización en fuerza material para emancipar a la humanidad.

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México: Para una (otra) Semiótica de la Información

Para una (otra) Semiótica de la Información

La ofensiva que vendrá.

Será peor la ofensiva de los meses próximos porque los escenarios electorales son caldos de cultivo para ensanchar el reino de su pandemia de engaños. Bajo la dictadura de la información-mercancía, intoxicarán algunos paradigmas que se creyeron intocables. Veremos a la verdad presa de jaurías relativistas y de sabihondos escapistas. Secuestrarán los hechos con sus batallones de opinología mercachifle y pelearán para desfigurar la construcción colectiva de la conciencia. Todo a cambio de intereses y negocios de lenguaraces centaveros. Disfrazados como “demócratas”, un ejército de “profesionales”, especialistas en demolición de conciencias, operará con franca impunidad bajo el tutelaje de la “libre empresa mediática” hegemónica. Los pasarán por la “tele” con su ofensiva reloaded. Lo mismo de siempre, pero peor.

En 1980 el Informe MacBride advirtió: que la concentración monopólica de medios de comunicación es una amenaza contra las democracias y, al paso de las décadas, esa “profecía” se ha cumplido a rajatabla dolorosa. Esa concentración no sólo ha invadido las fuentes de información, las tecnologías y las metodologías de producción informativa, sino que ha establecido una “cultura” del consumo informativo que aprendió a excluir la realidad a cambio de la espectacularidad de un palabrerío mediocre, desvergonzado y retrógrado. A la vista de todos y de todas, su plan es anestesiar a los pueblos derrotados a conciencia, dispuestos a renunciar a la razón, dóciles y agradecidos. “Maiceados” con información deformada, deformante y tóxica. Cuidémonos de los Noticieros oligarcas, son máquinas de engaño, deformación y ocultamiento. Redactan pésimo, hablan con dificultades educativas severas, son ignorantes mercenarios, desvergonzados y mediocres hasta la ignominia. Estarán a prueba los logros de la Revolución de la Conciencia.

Desde las empresas mercantilizadoras de “noticias” o “información”, operará un despliegue descomunal actualizado con maquinarias de guerra ideológica orientadas por una misión indispensable para la alienación que consiste en distorsionar todo. Hoy eso es un negocio obsceno. Ese mercadeo de “noticias” ha instalado la idea perversa de que no es tan “malo” vivir engañados, que se debe respetar a mansalva el privilegio de los vendedores de noticieros, sus cátedras, carreras, posgrados y especialidades al mejor postor. No tocar ni con el pétalo de una crítica al “noticiero” mercader ni al demagógico código de ética de su mercancía parida por las peores leyes del capitalismo. El costo histórico-cultural será altísimo. Ellos quieren profundizar y ensanchar su monopolio de la violencia militar, financiera y mediática.

Necesitan “como el aire”, refregarnos su “mérito” de fabricantes de mercancías informativas oportunistas, planificadas para la esclavitud del pensamiento y la traición a la conciencia (individual y colectiva). Operarán contra todo sentido común para imponer el suyo mientras se humilla la inteligencia de la información sometiéndola a principios y fines empresariales cada día más mediocres, corruptos y mafiosos para, incluso, vender ayudas “informativas” capaces de auspiciar golpes de estado o magnicidios. Para la tele, para la web, para la radio… basta con que cualquier payaso capaz de publicar, bajo cualquier método y medio, sus canalladas, se haga llamar “periodista” y promueva sus distorsiones como si fuesen la verdad. Y no faltará quien se la compre.

Ahora estamos asqueados por la impunidad con que exhiben sus canalladas los amos y sus siervos “informativos”; la náusea nos sacude por la obscenidad y la mendacidad de sus mercados informativos ascendidos a mariscales golpistas y magnicidas, en todo el mundo. Pero ahora se preparan para empeorarlo todo, para desplegar las acometidas más feroces de las mafias comerciales que venden “información” contra la verdad de los pueblos en lucha y contra sus logros más caros. No digamos que no lo sabemos.

Ellos están organizándose. Ahora que se alían las mafias mediáticas y reorganizan sus ejércitos de “informadores”, para bombardearnos con misiles de injurias y mentiras, nosotros debemos hacer de la producción de información un ejercicio de organización nueva, un salto de calidad organizativa para un despliegue de información riguroso en sus principios y adaptable a las condiciones más diversas y adversas. Preocuparnos y ocuparnos en suministrarnos datos y hechos comprobados y verificados comunitariamente, para darnos la dirección humanista y revolucionaria que nos hace falta con urgencia.

Organizarnos para dar la batalla por la información en combate y ganar la disputa por el sentido. Estar ahí donde abiertamente, con todas las fuerzas de la comunicación emancipadora, se requiera colaboración humanista y revolucionaria irrestricta. Estar y permanecer alertas. Ellos invertirán fortunas en sus canalladas. Nos urgen medios modos y relaciones de producción informativa humanista, de la conciencia material y espiritual. Información como acto de amor emocional y concreto, acto de poesía y acto de comunicación que no son incompatibles. Amor como forma superior de la comunicación contra el odio de clase. El “ismo” de lo común. Contra la ofensiva “nueva” que se prepara para la usurpación de todas las riquezas que pertenecen a la especie humana, naturales y laborales… la lucha añeja por la liberación es un amor longevo, es nuestra táctica y estrategia, que no se realiza a espaldas de los pueblos y que es una necesidad en y con la lucha. En primera y última instancia, con amor revolucionario en un mundo en transición hacia un amor revolucionario permanente. Amor humanista, pues, como definición guerrera. Informémoslo bien.

Fuente de la Información: https://www.telesurtv.net/bloggers/Para-una-otra-Semiotica-de-la-Informacion-20240103-0003.html
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Cultura de la dependencia tecnológica

La concentración monopólica de tecnología es una amenaza contra las democracias.

Acostumbrados como estamos a consumir (mayormente) lo ajeno, la tecnología no fue ni es excepción que honre a gobierno alguno en términos brutos. Aunque el consumismo tecnológico adquirió modalidades muy diversas, en cantidad y en calidad, el resultado es el mismo

Pagamos sumas incalculables (y con ellas todas sus consecuencias) cada minuto que se posterga la soberanía tecnológica amordazada con palabrerío de ocasión. No confundamos la oferta seductora, y sus facilidades para el endeudamiento, con la verdadera y concreta tarea de sustituir importaciones tecnologías en todas las áreas. Que el mercado se presente “seductor” con la oferta de “maravillas tecnológicas” a granel, deja sobre la mea de nuestras realidades la muy amaga impotencia que nos asalta ante los escaparates de lo inalcanzable o lo contradictorio. Aunque hagamos “sacrificios” para mantenernos al día.

También la concentración monopólica de la tecnología es una amenaza contra las democracias. Y parece que nos acostumbramos, a costos incalculables, a consumir mansamente, planificada y adictamente, todo cuanto nos imponen los consorcios tecnológicos trasnacionales frecuentemente con matriz en la industria bélica. Internet no nos dejará mentor, por ejemplo. Transferimos al aparato empresarial bélico, bancario y mediático -sin frenos y sin auditorias-, sumas ingentes. Entiéndase aquí “dependencia” en su sentido amplio que incluye las adicciones más variadas y las más “novedosas”. Adquirimos tecnología sin soberanía; no consolidamos nuestras fuerzas de producción, no creamos una corriente internacionalista para una tecnología emancipada y emancipadora; no creamos las usinas semióticas para la emancipación y el ascenso de las conciencias hacia la praxis transformadora; en la producción de tecnologías y no creamos un bastión ético y moral para el control político del discurso y el gasto. No es que falten talentos o expertos, no es que falte dinero ni que falten las necesidades con sus escenarios. Hizo estragos, nuevamente, la crisis de dirección política transformadora. Hablamos mucho, hicimos poco. Ni el “Informe MacBride” (1980) supimos escuchar y usar, como se debe.

Estamos bajo el fuego de (al menos) tres guerras simultáneas: una Guerra Económica desatada para dar otra “vuelta de tuerca” contra la clase trabajadora; una Guerra Territorial para asegurarse el control, metro a metro, contra las movilizaciones y protestas sociales que se multiplican en todo el planeta; y una Guerra Cognitivo-Mediática para anestesiarnos y criminalizar las luchas sociales y a sus líderes. Tres fuegos que operan de manera combinada desde las mafias financieras globales, la industria bélica y el re-editado “plan cóndor comunicacional” empecinado en silenciar a los pueblos.

En particular, la guerra cognitivo-mediática es extensión de la guerra económica imperial no se contenta con poner su bota explotadora en el cuello de los pueblos, quiere, además; que se lo agradezcamos; que reconozcamos que eso está “bien”, que nos hace “bien”; que le aplaudamos y que heredemos a nuestra prole los valores de la explotación y la humillación como si se tratara de un triunfo moral de toda la humanidad, como si se tratara de un patrimonio digno de ser heredado. El discurso financiado es un sistema de defensa estratégica transnacional operada desde las centrales imperiales con ayudas vernáculas. Para eso ha servido buen parte de la tecnología que nos imponen y buena parte de nuestras adicciones inducidas para el consumismo de sus “fierros”. Una parte del poder económico-político de las empresas trasnacionales productoras de tecnología tiene sus contrapartes cómplices vernáculas que operan de manera, unas veces desembozada y otras veces maquillada por prestanombres de todo tipo. Se trata de una doble articulación de la dependencia que supera a los poderes nacionales (muchos de ellos no tributan, no respeta leyes y no respeta identidades) mientras ofrece respaldo a operaciones locales en las que se inclina la balanza del capital contra el trabajo.

Nuestra dependencia tecnológica en materia de comunicación es pasmosa; gastamos sumas enormes en producir comunicación generalmente efímera y poco eficiente; nuestras bases teóricas están mayormente infiltradas por las corrientes ideológicas burguesas que se han adueñado de las academias y escuelas de comunicación; no tenemos escuelas de cuadros especializadas y no logramos desarrollar usinas semánticas capaces de producir contenidos y formas pertinentes y seductoras en la tarea de sumar conciencia y acción transformadora. Con excepción de las excepciones.

Han instrumentado modelos bancario-financieros de endeudamiento y dependencia económica inspirados en la retracción del papel del Estado para reducir y suspender el derecho histórico a la soberanía tecnológica. Así les compramos desde medicamentos hasta instrumentos, desde maquinarias hasta Filosofías de la Tecnología. Compramos teléfonos, pantallas, trasponders más la catarata de refacciones pergeñada por la “obsolescencia planificada”. Nuestra independencia tecnológica duerme el sueño del “subdesarrollo” anestesiada por contratos jugosos que, además de someternos nos “educan” para estar agradecidos y embelesados con los avances tecnológicos más sorprendentes. Mayormente ajenos.

Esa dependencia es una emboscada porque incluso algunos intentos por desplegar fabricaciones propias suelen ir pegados a los modelos de producción y consumo diseñados por las ideas y las necesidades empresariales. Tan delicado como imitar contenidos es imitar formas. Las formas tecnológicas no son entidades a-sexuadas o inmaculadas, y no quiere decir esto que no se pueda expropiar (consciente y críticamente) el terreno de las formas para ponerlas al servicio de una transformación cultural y comunicacional pero debe tenerse muy en cuenta, qué realmente es útil y por qué no somos capaces de idear formas mejores.

No obstante, contra todas las dificultades y no pocos pronósticos pesimistas, los pueblos luchan desde fretes muy diversos y en condiciones asimétricas. Con experiencias victoriosas en más de un sentido es necesaria una revisión autocrítica de urgencia mayor. Intoxicados, hasta en lo que ni imaginamos, vamos con nuestras “prácticas comunicacionales” repitiendo manías y vicios burgueses a granel. La andanada descomunal de ilusionismo, fetichismo y mercantilismo con que nos zarandea diariamente la ideología de la clase dominante, nos ha vuelto, a muchos, loros empiristas inconscientes capaces de repetir modelos hegemónicos pensando, incluso convencidos, que somos muy “revolucionarios”. Salvemos de inmediato a las muy contadas excepciones.

Fuente: https://rebelion.org/cultura-de-la-dependencia-tecnologica/

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El Capitalismo, su «Educación» y sus «Educadores»

Por: Fernando Buen Abad Domínguez

Con el argumento de que la «educación» es el gran remedio para (casi) todos los males sociales e individuales, se la usa como una de las más «respetables» trincheras ideológicas burguesas aparentemente irrefutable por su, no menos aparente, «filantropía». En realidad es un argumento hipócrita, insustentable e ilusionista. Sin apología alguna por la ignorancia, recordemos que las revoluciones son impulsadas por la fuerza inmensa de la clase trabajadora que, a pesar de sufrir los estragos del capitalismo, en su trabajo, en su salud, en su vivienda, en su riqueza natural, en su conciencia, en su cultura y su estado de ánimo… cada día cobra mayor conciencia de lucha. Eso no es por estar «bien educados» sino por, entre otras razones, la clase trabajadora impulsa su conciencia y se educa, con sus fuerzas propias, para afianzarse en la batalla por emanciparse.

A la «educación» que la burguesía imparte, junto a sus miserias y falacias, se la baña con saliva limosnera. Nunca faltan los demagogos dispuestos a teñir con gestos de dádiva grandilocuente lo que en realidad debe ser el cumplimiento de una obligación y un derecho, social e histórico, conquistado por los pueblos. Los que se creen dueños del «saber», metidos a mercaderes del conocimiento, van por el mundo dictando cátedra sobre su «bondad», extraterrestre, expresada en «dar educación al pueblo». Y pasar factura, desde luego. Y repiten, con ignorancia impúdica, que la «educación» lo arreglará todo. Hablan, claro, de su «educación» que es su gran negocio.

La maquinaria «educativa» financiada por la burguesía, en todos sus niveles y extensiones, (y con excepciones honrosas) es una maquinaria de guerra ideológica empeñada en sistematizar, en las aulas, los modos y los medios para amaestrar personas, para inocular la ideología de la clase dominante disfrazada con «prestigio científico» y para hacer tragar a los pueblos la «dignidad culterana» de las más vergonzosas teorías pseudocientíficas, y los más bochornosos exorcismos al capitalismo. Diariamente un ejército de «educadores» serviles infesta los espacios «académicos» (públicos o privados) para hacer creer a los «estudiantes», gracias a un salario mayormente mediocre, que el «saber», autorizado por las oligarquías y sus instituciones, es la verdad revelada que los conducirá a un futuro de «bienestar» a cambio de entregar su cerebro con docilidad y servilismo. Espejismos del cuentapropismo académico parasitario y decadente. Y lo avalan con títulos de pre-grado, grado, post-grado… el fetichismo de los títulos académicos.

Ese modelito de falacias y extorsiones «educativas», ¡institucionales!, ha tendido trampas «lógicas» a diestra y siniestra para garantizar la sobrevivencia de un monstruo burocrático costoso, anacrónico, anti-democrático, autoritario y discriminador basado en reproducir en las aulas les relaciones obrero- patronales. Todo revestido con palabrería «científica» para hacer creer que es «conocimiento» cierto, ese magma de ignorancia, limitaciones y petulancia que desparraman diariamente millones de «educadores» cómplices de la farsa. Eso, claro, con la bendición de los jefes que no son menos serviles, ni menos cómplices, ni menos ignorantes que sus súbditos «cultos». Aunque «administren» o «gerencien» bien.

No hay atenuantes, la historia de la educación burguesa, que por momentos fue exitosa sólo para la clase dominante, ha sido un fracaso horrísono que al proletariado sólo trajo penurias, gastos inmensos, estigmas, maltrato, marginación e inutilidad pasmosa. Una educación emancipadora está todavía por venir cuando sepamos des-mitificar y modificar el estado actual de esa «Educación» burguesa que no ha resuelto, ni resolverá, los verdaderos problemas de fondo. Los «grandes avances» burgueses, en ciencia y tecnología, se traducen mayoritariamente en penurias y explotación para los pueblos. Eso no lo tapan las migajas «educativas» de las demagogias.

Está en crisis la Educación originada por los aparatos burgueses para la dominación ideológica, como expresión de la Crisis de Dirección Revolucionaria que aqueja a la humanidad. Tal «crisis», ya añeja, en el sentido de crisis rumbo y en el sentido de crisis de dirigentes, debe ser objeto supremo de la Educación Revolucionaria que bien debe servir como motor organizador que refresque y expanda la conciencia de la humanidad y libere los millones de categorías y conocimientos que le han sido vedados o secuestrados por obra y gracia de la ideología, y los intereses, de la clase dominante.

Algunos luchamos por una Revolución Educativa internacionalista, que sea producto de la gran Revolución Socialista impulsada por los trabajadores de todo el mundo. Algunos luchamos, e inventamos salidas, desde trincheras diversas. Quisiéramos la ciencia emancipada y al servicio de la humanidad y no la ciencia mercachifle que se adueñó de los centros de estudio para domesticar cerebros y ganancias. Quisiéramos terminar con los latifundios académicos y el besamanos doctoral. Quisiéramos vida democrática plena en las aulas, quisiéramos cultivo colectivo del conocimiento, quisiéramos docentes, estudiantes y científicos hermanados, hombro a hombro, con las luchas de los pueblos, especialmente en la lucha contra la ignorancia y la miseria intelectual. Quisiéramos educación y ciencia en plena Batalla de las Ideas, quisiéramos alegría y moral de lucha en el descubrimiento del saber, quisiéramos la ética socialista como epistemología de las ciencias y la pedagogía emancipadora sin las aberraciones «didácticas» que la niegan. Quisiéramos un programa educativo mundial no subordinado al interés de la usura, ni al negocio de élites, ni a la idolatría burguesa… «Necesitamos otra educación para otra sociedad y otra sociedad para otra educación» KM. No es mucho pedir.

Fuente de la información e imagen:  https://cuadernosandinista.com

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El Informe MacBride y los ejes teórico-metodológicos preponderantes

Por Fernando Buen Abad Domínguez

“Esto plantea muchos problemas, pero el que nos interesa aquí se refiere al contenido de la comunicación.” NOMIC

No pasó desapercibida, para el Informe MacBride, y su filosofía humanista, la disputa teórico-metodológica que subyace en la investigación y la producción de la “comunicación masiva”, especialmente cuando el modo de producción, los medios y las relaciones de producción tienen una influencia imperial mercantilista, individualista y monopólica. Entendieron que debía hacerse visible la vinculación existente entre los enfoques ideológicos y las “prácticas” de los monopolios consagrados a sus negocios, los efectos de la propaganda y a su influencia sobre las sociedades en todos los niveles. Era necesario transparentar la ideología, convertida en gasto enorme, para consolidar “fenómenos de comunicación”, con innovaciones tecnológicas para sus no pocas consecuencias en la subordinación de los “países subdesarrollados”. Transparentar, pues, las raíces ideológicas de la problemática comunicacional.

Era de esperarse que, en la propia la Comisión Internacional para el Estudio de los Problemas de la Comunicación de la Unesco, presidida por el humanista Sean MacBride, Premio Nobel y Premio Lenin de la Paz, convergieran, no sin contradicciones o debates, las corrientes teórico-metodológicas predominantes en la producción de la información y de la comunicación: funcionalismo, estructuralismo y marxismo; concepciones, para resumirlo muy esquemáticamente, “verticalistas” frente a visiones “horizontalistas”; unas instrumentalistas y otras descolonizadoras. Hay que hacer visibles al ojo crítico, los marcos teóricos y las contradicciones al interior de la Comisión y escuchar las voces múltiples de adentro y de afuera, también para un solo mundo y sus voces múltiples. “Los aspectos de ese proceso se modificarán constantemente, mientras que los objetivos continuarán siendo los mismos: mayor justicia, mayor equidad, mayor reciprocidad en el intercambio de información, menor dependencia en relación a las corrientes de comunicación, menor difusión del mensaje en sentido descendente, mayor auto-suficiencia e identidad cultural y mayor número de ventajas para toda la humanidad”. Sean MacBride.

Con tal compendio de posiciones e intereses de la Comisión (16 miembros provenientes de diversas áreas geográficas, culturas, religiones, ideologías y sistemas económicos y políticos, creada en diciembre de 1977) mostrado aquí muy limitadamente, la redacción del Informe adquiere un carácter “ecléctico”, marcado enfáticamente por la “sintaxis diplomática” de su tiempo (1980), y con no pocas derivaciones hacia cierta “neutralidad” con frecuencia poco parecida o representativa de las tensiones, disputas y luchas objetivas del asunto estudiado: El debate capital-trabajo en la producción de la información y la comunicación. Resultó ser un Informe de las disparidades, endógenas y exógenas, existentes en la materia estudiada pero empeñado en reivindicar desde las diversidades, el derecho de los pueblos a la información y a la comunicación priorizando identidades y diversidades culturales, para consolidar un frente de lucha y un movimiento hacia un nuevo orden mundial de la información y de la comunicación (NOMIC).

Como en todo “movimiento”, esperaba la Comisión alcanzar con su Informe la nada sencilla unidad en la diversidad a partir de, al menos, diez problemas clave en materia de: 1) políticas de comunicación; 2) dependencia tecnológica; 3) aportes jurídico-políticos; 4) financiamiento y transparencia de la inversión. 5) identidad cultural; 6) derechos humanos; 7) cooperación internacional; 8) educación; 9) libertad de expresión y 10) democratización de la semántica y de las herramientas. Había un clima de reflexión crítica nutrida con análisis y abordajes desde campos múltiples.

Entendía el Informe MacBride que desde las oficinas de los dueños se financiaba (y sigue financiándose) un proyecto ideológico que, hacia 1980, contrastaba con los procesos democráticos populares y transformadores. Los monopolios auspiciaban una guerra ideológica con dispositivos teóricos y metodológicos para apuntalar, y disfrazar, las contradicciones económico-sociales existentes. Mientras tanto, crecía una corriente crítica y se instalaba en frentes muy diversos, desde donde se expandía la evidencia de que los medios estaban consolidándose como paradigmas privilegiados en la reproducción de la ideología dominante. Estaba en evidencia que la Comunicación ocurre en el marco social de la lucha de clases, y que es posible estudiarla con una base científica poliédrica y dialéctica emancipadora.

Funcionalistas, estructuralistas y marxistas, con interpretaciones y expresiones muy diversas, transitaron incluso ortodoxias, yuxtaposiciones y superposiciones, que no siempre exhibieron con nitidez sus marcos teóricos ni en las bibliotecas ni en la práctica, tampoco pidieron permiso para imponerse, sino que se deslizaron silenciosamente como verdades inobjetables entre las fórmulas de sus modelos discursivos a espaldas de sociedades colonizadas, sin saberlo, por modelos ideológicos. Eso se hizo más patente -y cruel- en no pocos espacios de formación o educación que, en todos los niveles, propagaron bibliografías, investigaciones, tesis y congresos animados más por sus urgencias doctrinarias y comerciales que por consolidar cuerpos científicos para democratizar la comunicación democratizándose ellos mismos.

No hay espacio aquí para una descripción crítica y profunda del funcionalismo, del estructuralismo y del marxismo, con sus versiones y representantes más influyentes, pero existen referencias documentales que han sabido mirar, en su conjunto, las repercusiones de las tesis y las disputas de estos tres ejes teórico-metodológicos no exclusivos pero predominantes en materia de comunicación. MacBride, desde luego, percibió las diferencias y desacuerdos de la Comisión, pero destacó: “A pesar de esas divergencias, no hubo un solo miembro de la Comisión que no estuviese convencido de la necesidad de efectuar reformas de estructura en el sector de la comunicación y de que el orden actual es inaceptable”.

En un nuevo informe, con una nueva comisión más amplia, más duradera, más plural, más combativa y menos “diplomática”, hoy serán inexcusables las contribuciones explícitas y programáticas de los millones de voluntades emancipadores que en materia de comunicación buscan organizarse y van empoderándose, poco a poco, desde los frentes de lucha de los pueblos originarios en todo el planeta; las revoluciones de género en plena batalla cultural, económica y política; los movimientos obreros y campesinos; las luchas estudiantiles, científicas y artísticas contra las hegemonías ideológico-formales y, con urgencia, los frentes combativos por el rescate del planeta y de la vida. El nuevo orden económico y el nuevo orden de la comunicación y la información, indivisibles y como producto de las luchas sociales.

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Guerra mediática, una guerra que no hemos entendido

Por:Fernando Buen Abad Domínguez 

Algunos dudan de que estemos en el epicentro de una “guerra mediática” híbrida. No ven que están desplegadas todas las armas ideológicas, financieras y militares del capitalismo. Algunos no se percatan de que hablamos los lenguajes colonizantes que nos imponen; que compramos compulsivamente sus tecnologías; que relatamos la historia con las premisas lógicas de ellos; que financiamos sus monopolios mediáticos; que regimos nuestras vidas con “valores” y “cultura” que nos infiltran. Piensan que es conspiranoia. ¿En qué guerra las víctimas financian sus victimarios?

A pesar de los logros de cierta izquierda y progresismo, o precisamente por eso, las ofensivas de las clases dominantes (militares, financieras, eclesiásticas…) avanzan retrógradas hacia un neo-nazifascismo porque atraviesan una crisis de vacío intelectual que se coagula en un proceso de condensación de odios y miedos. Ven que el “espíritu que recorre al mundo” gana adeptos. Supuran lawfare, persecuciones mediáticas, fake news, espionaje, represión y golpizas inflacionarias. Pergeñan “reformas laborales” y desorganización inducida contra la clase trabajadora. Mientras tanto, algunos gobiernos siguen transfiriendo sumas de dinero enormes a los monopolios mediáticos que los atacan o los chantajean. ¿Qué no entendimos?

Está bajo amenaza la cordura social. El arsenal mediático monopólico se organiza y se despliega en todos sus frentes camuflados como entretenimiento, como iglesias mediáticas, como noticieros y como programas de concursos. Las mesas de redacción y las direcciones editoriales están infestadas por “servicios” de inteligencia y espionaje. Casi todo está barnizado con canalladas y calumnias contra la voluntad organizativa de los pueblos en lucha y contra sus líderes. De mil maneras infiltran la “anti-política” y están reclutando jóvenes, académicamente anestesiados, con ilusiones de dinero o con ideología chatarra de orientación supremacista o nazi. ¿No lo vemos?

Está en la “tele”, las redes o los tabloides que despliegan los ataques diseñados por la manipulación simbólica. Para colmo, la impotencia nos gana encerrados en un festín de sorderas disfrazadas de “diálogo”. Y empeora en periodos electorales. Hay gobiernos de ricos encumbrados con los votos de los pobres; hay consumismo desaforado de mercancías encarecidas. Se generan ganancias siderales con los salarios raquíticos del pueblo trabajador. Una inmensa minoría hambrea a la inmensa mayoría. Con unas cuántas armas se reprime a masas de trabajadores. ¿Qué no entendemos?

La memoria también es un campo de batalla semiótica. Quieren resetearlo todo, el olvido es su gran negocio. Su “Teoría del Estado” se aferra a una concepción medieval de la “comunicación” que se dedica a fabricar predicadores armados con histrionismo mussoliniano. Se multiplican como hongos. Así avanza la “guerra mediática” convertida en comunidad de sentido opresor financiado por el “real poder” rumbo al dogmatismo férreo de la aniquilación del otro. Nazi-fascismo que soñó y vio crecer Hitler. En eso trabajan los centros de operación responsables de la guerra simbólica, repleta de vaciedades y banalidad. El objetivo es sembrar odio de clase contra todo lo que se organiza en clave de rebeldía. Inyectar miedo contra cualquier intento de modificación del status quo. A estas horas la catarata de falsa conciencia, vehiculada por los mass media, descarga emboscadas legaloides comandadas por las jaurías judiciales y sus aparatos policiales y militares, de represión objetiva y subjetiva. Lawfare le llaman a esa “guerra judicial”.

En el corazón de la Guerra Mediática habita la aberración supremacista, reloaded, empeñada en convencernos de que ellos siempre tienen la razón, que debemos agradecer que nos saqueen y exploten. Agradecidos por este mundo, al borde del desastre ecológico y ahogado en el fracaso civilizatorio del capitalismo. Agradecidos por un planeta intoxicado con hambre, miseria, pobreza, insalubridad, ignorancia y humillaciones. Quieren que agradezcamos esto como la mejor herencia para nuestra prole… que estemos orgullosos de eso. Guerra hibrida por todos los medios. ¿Qué parte no entendemos?

Paradójicamente la “guerra mediática” tiene frentes internos. Guerra entre nosotros mismos donde la tarea de la unidad, que es la más importante hacia una comunidad de sentido emancipador, se empantana entre refriegas de celos, sectarismos y burocratismos hacen grandes favores al poder fáctico hegemónico porque, entre otras cosas, nos somos capaces de comunicar una salida humanista superadora de nuevo género y les ahorramos el trabajo de dividirnos porque nos dividimos solos, y gratis (en el mejor de los casos). Nos urge una comisión internacional de los pueblos, extensiva de aquella que redactó el Informe MacBride, para solucionar los problemas mundiales de la comunicación. Enfrentar, ordenadamente a la Guerra Mediática en desarrollo. Vienen tiempos peores.

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¿Para qué?

¿Para qué?

Fernando Buen Abad Domínguez

A falta de líderes emblemáticos para el presente, la derecha se reúne a reciclar ataques contra la humanidad. Hablarán, en nombre de Dios, sobre cómo reprimir a los pueblos, imponer reformas laborales y fortalecer sus armas de guerra ideológica. Hablarán en nombre de la Libertad y de la Democracia. Reciclarán sus “valores” -o antivalores- porque les preocupan los “populismos” que inquietan al idilio burgués mientras la realidad, cruda y dura, reacomoda todo. Comenzando con la ideología de la clase dominante que se asusta, y se desespera, cuando pierden poder sus elixires y sus chantajes. Cada día les es menos fácil esconder los muertos y la miseria que el capitalismo fabrica. Y están organizando, lo sabemos, cosas peores. ¿Cómo lo disfrazarán sus mass media? https://cpacmx.com/.

Se reunirán, con su instinto monopólico a cuestas. Congregarán sus contradicciones mientras el mundo acusa estragos de fracaso civilizatorio. Ellos saben que no hay manera de defender al capitalismo que se encargó de destrozar toda posibilidad de prosperidad para la humanidad entre guerras, debacles económico-políticas, pandemias y devastación de la dignidad humana. Compartirán discursos de ambigüedad salivosa y, entre manotazos de ahogado, tratarán de organizar su idea de Democracia de élite, con su “pluralismo de soliloquios”, para asegurarle lugar al “discurso único” de endeudar a todos y asegurar la renta de unos cuantos. A cualquier precio.

Se reúnen para organizar su sobrevivencia, en el escenario electoral próximo, y porque saben que ya no son capaces de mangonear a sus anchas, ni siquiera en los campos semánticos de sus intereses. Saben que entró en crisis su “inteligencia” y su misticismo escapista. Por eso se pertrechan con más armamentos legalistas y leguleyos, financian la “guerra judicial” en su laberinto histórico, arman guerras contra los trabajadores disfrazadas de reformas laborales, reordenen el mapa del saqueo de los recursos naturales, y reorganizan sus fuerzas represoras de cuerpos e ideas… todo eso con alharacas por la “corrupción” y la “inseguridad” mientras promueven todas las baratijas del neo-fascismo. Exhibirán, sin pudor, una moral monopólica que requiere la desaparición de toda competencia. ¿Y nosotros qué hacemos mientras tanto?

Ellos advierten su derrumbe y se disponen a cerrar toda salida hacia una nueva sociedad. Se devanan los sesos para lograr modificaciones en las más rancias manías del control y el reformismo. Se reúnen para consolidar blindajes a su modelo económico, desde las bases de sus estructuras jurídicas y militares… su pérdida de “ideas” y de futuro en la espiral descendente y abismal de su decadencia. También repasarán el instructivo imperial protocolizado por la “derecha madre” que recrudece su cada día más mediocre decisión de refugiarse en el reino de la mediocridad mediática. No es un “juego de palabras” es el relato de una decadencia que, cuanto más se hunde, más farándula se vuelve y más peligrosa puede resultar si nos descuidamos. Su reunión contendrá nichos de obsecuencia y ridículo entre vahos de intransigencia individualista sin importar cómo se llamen. Y, mientras, serán aplaudidos por sus “teles”.

Eso que les queda como agenda político-económica, será dirimido a tirones de egolatrías lenguaraces domesticadas para fabricar eufemismos que camuflan, de mil maneras, el odio de clase burgués. Sus más conspicuos representantes tienen la tarea infausta de idear ilusiones rentables para sus jefes… crearles espejismos sobre sí mismos y sobre su destino mesiánico. Sus mejores “ideas” se pudren en el caldo irracional de sus planes de ganancias y sus modelos de negocios. Ya veremos cuántos gobiernos se hacen cómplices de cada “acuerdo” pergeñado en esta reunión. Por eso fundan reinos de espionaje desesperado y procaz como neo-estrategias para reprimir y, especialmente, para sembrar pruebas falsas a quien se les antoje sacrificar en sus campos de guerra judicial. De sus aulas y laboratorios de pensamiento sólo emergen proyectos de usura, evasión, fraude y desfalco.

No es mala idea tomarse en serio lo que se discuta en éste y otros encuentros. Observarlo de cerca, decodificar sus mensajes patentes y latentes. Saldrán con la consigna de impregnarnos su optimismo y convencernos de que ellos son lo mejor que pudo pasarnos. Avanzarán hacia la radicalización de sus protocolos de saqueo y explotación, con modalidades retóricas “nuevas” cargadas con campañas mediáticas y hacia un modelo de control que les crece desigualmente. Hoy les vemos el rostro, con mayor nitidez histórica y les vemos su declinación que, no sin amenazas, encierra la advertencia de una época peor. No todo en el derrumbe del capitalismo es “noche y silencio”. Por el contrario, para los pueblos es claridad y fortaleza porque nace, firme, la certeza de que otro mundo es posible, necesario y urgente. Si atendemos nuestras debilidades como se debe.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 

Fuente de la Información: https://rebelion.org/para-que/

 

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