Page 1 of 14
1 2 3 14

Centros educativos y docentes, el tomate no es la solución

Hace unas semanas, realizaba una publicación en Instagram que se volvió un poco viral, o al menos eso me pareció a mí, con los poquitos seguidores que tengo en esa red. En ella, hablaba de que ni desde las cuentas de los centros educativos ni desde las cuentas del profesorado se debían compartir imágenes o vídeos de niños y niñas. Ni de frente, ni de espalda, ni con un tomate en la cara.

Desde el primer momento que saqué la publicación, me empezaron a llegar algunos mensajes privados y bastantes comentarios públicos, que podéis leer, tanto a favor, como en contra. Algunas de las aportaciones iban en la línea de argumentos que ya llevaba tiempo escuchando: por un lado, “yo cuento con permiso firmado por la familia” y, por otro lado, “es muy importante poder ver cómo se llevan a cabo las actividades para aprender de los compañeros y compañeras”.

Carteles informativos que advierten sobre no mostrar imágenes, voces ni datos personales de menores para proteger su privacidad.

Si tengo permiso de la familia, solucionado

Dejando al margen los aspectos legales, así como que los permisos a veces se piden mal y que no siempre se cumple con las excepciones (hay casos de familias que no firman ese permiso y sus hijos aparecen en redes), creo que hay un tema que subyace y que está por encima de todo lo anterior.

Los y las docentes conocemos los peligros que se esconden detrás de las redes sociales. Desde luego, en los centros educativos se conocen. Hay charlas, formaciones y se cuenta con la figura del coordinador o la coordinadora de bienestar. No podemos decir que no sabemos nada de todo esto. Somos conocedores, en mayor o menor medida, de los peligros que hay para niños, niñas y adolescentes en redes sociales. Las familias pueden no ser conscientes (ojo, eso no les exime de su responsabilidad).

Y no se trata únicamente de que la fotografía de un niño o una niña pueda ser empleada para alimentar una IA con finalidades poco recomendables. Reconocer a la persona es suficiente para dar lugar a muchos problemas: bullying, acoso, maltrato, autolesiones, etc., como no paran de recordarnos Pablo Duchement o Me llaman Sil desde sus redes. Por eso, tapar la cara con un tomate o dar un ligero difuminado no es suficiente.

Además, estamos tratando con personas en pleno desarrollo, con una autoimagen que, en muchos casos, se distorsiona y con una autoestima muy sensible a las influencias y opiniones externas, sobre todo a determinadas edades. Añadido a ello, recordemos que tienen derecho a su identidad digital, que es suya, al igual que lo es su privacidad.

Niño sentado en el suelo con las rodillas encogidas y la cabeza escondida entre los brazos, expresión de tristeza o vulnerabilidad
Imagen de Pixabay. Autor: Arhavisual

Y no olvidemos los problemas que puede llegar a suponer quedarse fuera si tu familia no firma el permiso. En algunos casos, te apartan para que no salgas “en la foto” o incluso llegan a dejarte al margen de una actividad para poder grabar bien el vídeo para Instagram. No digo que pase siempre, pero pasa.

¿Sabéis como se siente el niño o la niña que es excluida o apartada? Pues os lo digo, porque me lo han contado. Muy mal, sin entender nada, sintiéndose diferente a todos los demás. Quedándose dormida de tanto llorar.

Puedes tener excusas o razones, el resultado es el mismo

Y repito algo que ya he comentado en publicaciones anteriores: ¿para qué se pide ese permiso? ¿Con qué finalidad? ¿Por qué es necesario subir imágenes o vídeos de tu alumnado a redes sociales abiertas?

Porque si es para la publicidad de un centro, mal.

Y si es para compartir con compañeros y compañeras, ¿no podemos buscar otras vías para hacerlo u otros modos de compartir sin exponerlos? ¿Está la didáctica por encima de la seguridad, privacidad y los derechos de los más jóvenes?

Yo he visto tuits, hilos, publicaciones o reels en los que se hablaba de un proyecto de aula, de una experiencia o de un evento y no salían menores en pantalla. Se explicaba, hablaba el docente o se veían los trabajos (que en realidad tampoco sería lo ideal), pero no a los peques. Ni se les veía ni se les escuchaba. He visto profesorado de Educación Física que enseñaba cómo desarrollar una actividad, explicándola y actuando como modelos de la misma.

Cierto es que diréis que esto no es lo mismo, lo puedo llegar a entender. Pues quizás deberíamos plantearnos, como decía, buscar canales alternativos para compartir este tipo de material más sensible y no una red social pública: ¿para qué necesitamos que todo Twitter o todo Instagram vea lo que hacemos en clase mostrando a esos niños y niñas?

Ilustraciones con mensajes que recuerdan la obligación de proteger la privacidad y la identidad digital de los menores.

En este punto lo tengo claro: los centros educativos, docentes incluidos, no deberían aprovechar la confianza que las familias depositan en la escuela, y en los maestros y maestras, para pedir este tipo de permisos. No encuentro ningún beneficio didáctico o pedagógico que respalde la petición de estos permisos para publicar imágenes o vídeos de los menores en redes sociales abiertas.

¡Pero qué exageración, si ellos están todo el día en redes!

Si te parece una exageración, te vuelvo a remitir a los perfiles que te he nombrado más arriba, un vistazo a sus redes y podrás comprobar que de exageración no tiene nada. También en mi publicación de Instagram mucha gente dijo que esto era una exageración. Me resultó muy curioso que la mayoría de las personas que me lo decían tenían sus cuentas privadas. ¡Qué irónico! Para ellos, adultos, cuentas cerradas, pero para los menores cuentas abiertas en redes sociales. Cuanto menos resulta curioso.

Este comentario solía venir seguido de: “es que ellos están todo el día en redes” o “es que sus familias no dejan de colgar fotos”. Y ahí es precisamente donde yo quería llegar en este artículo: ¿que las familias o los propios niños, niñas y adolescentes lo hagan mal quiere decir que nosotros también debemos hacerlo mal? ¿Nos da derecho a ello?

La respuesta para mí es contundente: NO. Precisamente, si hay familias que lo hacen mal y existen estudiantes que también lo hacen mal, nosotros debemos hacerlo bien. Porque somos modelo, porque sabemos los riesgos y porque nos encontramos en la situación de poder dar ejemplo a unos y a otros de cómo se puede hacer bien. No hablo de obligación. Hablo de un compromiso ético con la educación.

¿Y qué hacemos entonces si las familias protestan porque quieren fotos o si desde el centro se nos piden? Nadie dijo que fuese fácil. No todos estamos en los mismos tipos de centro. Lo ideal sería buscar otro modo de “contentar” a las familias o al centro, sin tener que hacerlo a través de redes sociales abiertas. Aunque sé perfectamente que no es así de sencillo.

Al final, no deja de ser una labor de concienciación y educación que parte del centro para el resto de la sociedad. ¿Debería ser así? Probablemente no. ¿Siempre se nos va a apoyar? Con seguridad respondo que no. Hagamos lo que podamos. Creo que se trata de dar pequeños pasos en la dirección adecuada.

Precisamente por eso, nosotros debemos decir no

No demos a firmar permisos que solo sirven para segregar, para poner en peligro a los pequeños en redes sociales y para exponerles, bien sea por una finalidad didáctica o claramente publicitaria. Son diferentes objetivos pero las consecuencias son las mismas: las niñas y niños son expuestos innecesariamente.

Somos suficientemente creativos para poder buscar otro modo de compartir materiales o experiencias, así como o de encontrar otro lugar o plataforma más segura para hacerlo.

Carteles educativos que denuncian la exposición de menores en redes sociales y reclaman preservar su intimidad, seguridad y privacidad.

Estamos hablando de redes sociales abiertas. Las mismas redes que se están empezando a prohibir a los propios menores en algunos países, con mayor o menor acierto, que ese ya es otro tema. No es algo que diga yo. Si se les está prohibiendo el acceso, si se está debatiendo, ¿qué sentido tiene que la exposición parta de nosotros?

Sé que soy pesada, pero cada vez lo tengo más claro, ni de frente ni de espalda, ni con un tomate en la cabeza, ni sus voces, ni sus pies. Desde el ámbito educativo los menores no deben exponerse en redes sociales.

Lo que hagan ellos mismos o lo que hagan sus familias es otra cosa, pero, desde luego, mi opinión personal es que los centros educativos, y su profesorado, tienen que ser ejemplo del buen uso de la tecnología educativa. Y, en este sentido, la seguridad, privacidad y el derecho a la identidad digital de los niños, niñas y adolescentes debe estar por encima de todo.

¿Deberían ser las familias más conscientes de estos peligros y actuar en consecuencia? Sí, totalmente. ¿Se trata de un problema social? Por supuestísimo que sí. No se trata de un problema creado en los centros educativos ni que se vaya a resolver desde los centros. No se trata de culpabilizar, pero, desde mi punto de vista, sí tenemos la responsabilidad, y sobre todo el privilegio, de poder hacerlo bien, al menos mientras esperamos otro tipo de movimientos que no sabemos si llegarán. Ya estamos acostumbrados a ir por delante en esto y en muchas otras cuestiones.

A pesar de que pueda sonar radical en la forma de mi discurso, no pretendo serlo en el fondo. Soy consciente de que la realidad es compleja. Ojalá hubiese cambios en la sociedad, en casa o en las plataformas. Ojalá. Sin embargo, como decía, creo que no debemos quedarnos de brazos cruzados esperando a que otros lo hagan bien. No podemos pensar que no servirá de nada. No podemos permitírnoslo. Poco a poco, todo lo que hagamos será un comienzo.

Fuente de la información e imagen:  https://eldiariodelaeducacion.com

Comparte este contenido:

Adolescencia y pantallas: riesgos ocultos

La aparición de las nuevas tecnologías, Internet, smartphones, redes sociales… han cambiado el paradigma relacional en el que vivimos y esto está afectando al conjunto de la población, pero con especial preocupación a nuestros adolescentes. Hace unos años leí en un artículo cómo la llegada de Internet a una remota tribu amazónica había provocado graves problemas en su población más joven, algunos de ellos derivados del consumo de pornografía. Las relaciones sexuales cambiaron y no solo ello, sino la percepción de las mujeres y del acceso a su cuerpo que tenían los más jóvenes.

A pesar de tener datos más que suficientes para empezar a alarmarnos de los perjuicios que provoca el uso de las nuevas tecnologías en niños, niñas y adolescentes no se financian estudios ni se pone freno al acceso de estos por parte de la población más joven y más vulnerable. Los daños que están provocando las redes sociales -aumento de las ideas autolíticas y las autolesiones, ansiedad, depresión, disforia corporal, comportamientos de riesgo…- cada vez son más notorios y por lo tanto más conocidos por todos, pero existen otras aplicaciones y redes sociales que solo conocen los adolescentes y que suponen un abismo peligroso del que al no ser conocedores ni tan siquiera les podemos acompañar para ofrecerles herramientas para protegerse.

Me refiero a los chats en vivo, plataformas ofrecidas por diversas aplicaciones y cuyo objetivo es establecer chats de vídeo y audio en directo con personas de todo el mundo. Normalmente los adolescentes se conectan en cualquier momento del día; en clase, en casa, en la calle con su grupo de amigos, en el recreo… Cuando no te interesa lo que ves o quieres pasar a otra sala simplemente basta con un toque a la pantalla y pasas a chatear con otras personas. A veces simplemente lo dejan conectado y en silencio para que los adultos que puedan estar cerca no se enteren de que está pasando. En principio parece muy inocente y una forma genial de conectar con personas de otros lugares para conocerse, pero estas aplicaciones en manos de menores que no entienden los riesgos que se esconden detrás de Internet y ni tan siquiera saben cómo hacer un uso responsable del mismo son dianas perfectas para adultos dispuestos a aprovecharse de esa situación y acabar abusando de menores en situaciones muy vulnerables.

Debido a mi trabajo he sido testigo en muchas ocasiones de cómo los adolescentes usan estas aplicaciones y lo normalizado que tienen el hecho de que se van a encontrar a hombres mayores masturbándose. “Mira, ahí hay otro pajillero”, me decían para corroborar lo que me habían contado y efectivamente cuando enfocaban la pantalla un señor de mediana edad y sin camiseta pasaba rápidamente la pantalla. Al ser todo tan instantáneo es difícil protegerse o poder rastrear a estos hombres sin las herramientas y conocimientos adecuados. Además, como decía, en muchas ocasiones las chicas dejan los chats activados mientras están en clase, o en su habitación y son el blanco perfecto para estos tipos. Además, los algoritmos seguramente le habrán hecho ver más de un vídeo de alguna influencer diciendo lo bueno y empoderador que es tener un “sugar dady” y lo rica que te puedes hacer si además te abres un Onlyfans. Todo ello unido a la normalización de determinadas conductas sexuales denigrantes y de riesgo debido al porno, conforman el campo perfecto para que abonen los abusos y la inducción a la prostitución.

Tener acceso a Internet sin restricciones es un arma muy potente en manos de personas que aún se están formando, que están desarrollando su cerebro. La noción de riesgo no se adquiere de manera sólida hasta los 25 años, así que imaginaros a una chica de 13, 14 o 15 expuesta a Internet, al mundo oculto que se esconde y a los peligros que le acechan. Y por mucho que queramos acompañarlos, estar al tanto de lo que ven o de lo que usan, no tenemos ni idea de lo que hacen en Internet y del mundo que van modelando en respuesta a lo que consumen. El auge de la violencia más extrema por parte de chicos cada vez más jóvenes, las redes de prostitución de menores tuteladas, todo ello es la punta del iceberg de lo que hay oculto, y si no se toman medidas urgentemente tenemos un porvenir muy oscuro.

Es necesario poner límites reales al acceso de Internet y a los smartphones por parte de menores de edad, tal como lo hacemos con otras cosas nocivas para su salud como el alcohol y el tabaco. Pero todo esto debe ir acompañado de una coeducación real en las aulas, que hable de igualdad y les inculque a los niños y niñas desde pequeños la noción básica pero olvidada de que somos iguales en derechos y deberes, que las mujeres no somos algo que se pueda usar y comprar como si fuésemos objetos. Una coeducación verdaderamente feminista que les enseñe la igualdad y los libere de los estereotipos de género y los valores patriarcales que tanto daño están haciendo en especial a las niñas y mujeres del mundo.

Fuente de la información e imagen: https://eldiariodelaeducacion.com

Comparte este contenido:

El papel del profesorado ante el acoso escolar

En el capítulo X de la novela Óliver Twist, de Charles Dickens, una turba persigue al desvalido protagonista por las callejuelas de Londres, al grito de “¡Al ladrón!”, “¡Prendedle!, ¡Detenedle!”. El instinto depredador de la muchedumbre se aprovecha de la inocencia del protagonista que, al final del episodio, es apresado tras ser derribado por un puñetazo propinado por un viandante. Óliver no tendría más que nueve o diez años en esta inmortal obra de ficción.

El reciente suicidio de una adolescente en Andalucía (España), tras un presunto caso de ‘bullying’ que podía estar sufriendo por parte de otras tres menores, reabre esta temática clave; y se reabre sobre todo en lo referente al rol que juegan los centros escolares en la detección precoz de cualquier indicio de sufrimiento o desprotección que pudiera estar viviendo cualquier menor de edad. Han pasado años y, por suerte, los niños y niñas más vulnerables, como pudiera ser el protagonista de la novela de Dickens, están amparados en multitud de países por diversas leyes que los protegen. Estas mismas leyes instan a las autoridades a actuar rápidamente ante cualquier sospecha de desprotección, violencia, sufrimiento o abandono.

Pero en esta ocasión el incidente ha tenido el peor de los desenlaces, y no es la primera vez que ocurre. Según declara la familia de la víctima, el centro educativo, al parecer, no había abierto el protocolo contra el acoso escolar.

Nuestro sistema educativo tiene como uno de sus fines el fomento de la convivencia democrática y el respeto a las diferencias individuales, promoviendo la solidaridad y evitando la discriminación de cualquier miembro de las comunidades escolares. El profesorado, a su vez, tiene entre sus funciones, según la LOE, la orientación educativa, académica y profesional de los alumnos, y la atención al desarrollo intelectual, afectivo, psicomotriz, social y moral de estos.

Los requerimientos de las Naciones Unidas obligan desde hace años a crear un marco de actuación a través de los órganos públicos de protección de la infancia. Un espacio compartido donde su bienestar sea una prioridad de Estado. A pesar de que los niveles de inversión educativa en España están todavía muy por debajo de la media de los países de la OCDE y eso resta capacidad de acción, los centros escolares tienen que disponer todos sus mecanismos preventivos a disposición de la detección temprana de cualquier señal de sufrimiento. Y más aún ante la enorme sensibilidad que existe por el acoso escolar, como fenómeno de gran repercusión y con consecuencias a veces dramáticas.

Por ello, es imprescindible no dudar a la hora de actuar contra el ‘bullying’, abriendo con celeridad los protocolos ante la mínima sospecha, y no sólo porque lo pida una familia. Un colegio o un instituto debe erigirse como espacio de protección de la infancia y la juventud, donde primen valores basados en la convivencia, el respeto y la seguridad. La persona que ostenta la dirección, así como los consejos escolares, son responsables de que estos mecanismos de protección legales se adopten y desarrollen en cada centro educativo.

Aunque es innegable que el profesorado tutor y los equipos directivos tienen papeles determinantes, ahora mismo considero que la figura de engarce que puede actuar con mayor celeridad y eficacia son los docentes coordinadores para el bienestar y la protección del alumnado, que deben existir en todos los colegios e institutos, tal y como obliga la ley Orgánica 8/2021, de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia.

En el tema del acoso escolar, como en otros, la parte pedagógica es clave, por lo que todas las acciones planificadas de difusión y conocimiento de esta figura coordinadora para el bienestar y la protección son fundamentales. No puede ser que existan colegios o institutos en donde la mayoría de las familias o el alumnado no sepan quién desempeña esta función. Son referentes clave, y más en una sociedad actual con altos índices de violencia estructural, con el desprecio y el insulto normalizados, especialmente en redes sociales y también entre adultos.

Por otro lado, el profesorado tiene que formarse en el funcionamiento de los protocolos clave de la vida escolar relacionados con la convivencia, y para eso están los planes de formación de los centros: protocolo contra el suicidio, contra el acoso escolar, de acompañamiento a personas trans o de mediación ante conflictos, entre otros. Ya no se puede enarbolar en un centro público por ejemplo eso de que “nos pagan para enseñar”, ya que no es cierto, si observamos no sólo las funciones del profesorado por ley, sino, por ejemplo, también el Estatuto Básico del Empleado Público y nuestros deberes para y con la ciudadanía (deber de diligencia).

Por lo tanto, ante la lacra social del ‘bullying’ el profesorado tiene que colaborar con eficacia y prontitud con el resto de trabajadores a la hora de que se active cualquier protocolo de protección o riesgo, y la responsabilidad final de abrirlo, ante cualquier mínima sospecha, es del director o la directora. Y en este asunto, los tiempos y el seguimiento que se realiza son elementos clave, sobre todo si finalmente tenemos que acabar informando a la Fiscalía, ante indicios de delito (recordemos que el acoso es un delito en España).

Proteger a un niño o a una niña es parte del ejercicio de las funciones docentes, que tienen inherentes el respeto a los derechos fundamentales y libertades públicas. Los tiempos han cambiado y la época de Óliver Twist ha dado lugar a una era convulsa lleno de nuevos riesgos que hace décadas no habríamos imaginado, fundamentalmente en el mundo digital. Por eso, hay cuestiones primordiales que no podemos obviar, ni ante las que podemos pasar con titubeos o inseguridades.

Por todo ello, la expresión “tolerancia cero» no puede ser sólo parte de un eslogan, sino que tiene que ser el eje que vertebre un principio de acción coordinada ante el cual nadie que trabaje en un centro escolar puede permanecer impasible, como esos otros viandantes que en la novela de Charles Dickens miraban a Óliver cuando era perseguido por la muchedumbre, sin hacer nada.

Fuente de la información: https://eldiariodelaeducacion.com

Fotografía: El diario de la educación. iStock

Comparte este contenido:

¿Y si educamos la inteligencia natural?

La cuestión no es qué puede hacer la IA por la educación, sino qué educación necesitamos para orientar la IA al bien común.

En estos tiempos en que la inteligencia artificial (IA) acapara titulares, congresos y agendas y formaciones educativas, corremos el riesgo de deslumbrarnos por sus promesas y olvidar lo más esencial: la necesidad de educar la inteligencia natural de nuestros alumnos y alumnas para, entre otras muchas funciones, saber trabajar con esa IA. Educar una inteligencia humana, compleja y viva, que no se descarga ni se automatiza, porque se construye lentamente en la relación con los otros, en el conflicto, en la duda, en el asombro y en la experiencia compartida.

Mientras la IA aprende patrones a partir de millones de datos, la inteligencia natural se desarrolla en el vaivén de la incertidumbre, en el esfuerzo por comprender lo nuevo, en el diálogo con la diferencia y la diversidad. No es solo una cuestión de razonamiento lógico o de procesamiento de información, sino de sentido, de valores, de emociones, de ética, de imaginación y de humanidad.

La escuela debe promover en los estudiantes la conciencia de las oportunidades, limitaciones, efectos y riesgos de la IA, así como de los principios éticos involucrados. Reducir la educación a la adaptación tecnológica o al entrenamiento de competencias digitales, sin cuidar esa inteligencia natural, más profunda y vital sería empobrecer nuestra tarea. La escuela no puede eludir ni limitarse a preparar para utilizar, aplicar o convivir con las máquinas, sino que debe formar personas capaces de humanizar el mundo y que orienten el diseño y uso de las máquinas y la tecnología hacia una transformación en pro de la justicia social y el bien común, incluso en medio de un entorno tecnológicamente saturado.

La inteligencia artificial puede ser una herramienta poderosa, sin duda, pero no puede reemplazar la formación de un pensamiento crítico, autónomo, empático y comprometido, ni el trabajo lento y artesanal de ayudar a cada alumno a pensar por sí mismo, a sentir con otros y a actuar con sentido en el mundo. La inteligencia no puede pensarse sólo como una acumulación de datos y su capacidad de procesarlos y devolverlos, sino como una forma de acceder a la comprensión del mundo y la forma de participar en él, desde un posicionamiento ético ineludible. Algo fuera del alcance de lo artificial. La inteligencia implica decisiones, no solo devolución de información, por muy bien elaborada que esté. Y las decisiones suponen un dilema ético siempre presente, que no se puede eludir.

Mientras las tecnologías avanzan a velocidad vertiginosa, la escuela no puede quedarse en adaptarse ni subirse a cada nueva ola sin criterio. Es urgente preguntarnos: ¿qué tipo de inteligencia queremos cultivar en nuestras aulas? ¿al servicio de qué ideología y política se está diseñando y expandiendo esa tecnología?, ¿para qué mundo, cuando se está utilizando para perpetrar un genocidio como el palestino impunemente con la complicidad de la industria tecnológica y de la IA? ¿Queremos estudiantes que reproduzcan información o que piensen por sí mismos? ¿Que se adapten al mercado o que transformen el mundo? ¿Que se formen como “eficientes técnicos” que se mantienen al margen de la barbarie genocida, del saqueo ecológico o de un capitalismo que aumenta progresivamente la desigualdad y la injusticia social o como personas con unos sólidos valores que se involucran en construir una sociedad regida por derechos humanos, sociales y ecológicos?

La digitalización plantea tanto posibilidades como riesgos para la educación democrática, dependiendo de cómo abordemos las preguntas sobre qué significa convivir bien en un mundo común hoy y mañana, y qué límites necesitamos establecer para lograrlo. Si estas preguntas no se plantean continuamente en educación, pueden ser respondidas en otros lugares, por quienes no tienen como objetivo educar para un futuro democrático».

— Jenni Nilsson, 2025, pp. 16-17.

Cuando hablamos de inteligencia natural, no nos referimos únicamente a las habilidades cognitivas que tradicionalmente se han valorado en el ámbito escolar. Vamos mucho más allá. Nos referimos a una forma de entender el mundo y de estar en él que integra sensibilidad, imaginación, juicio ético, pensamiento crítico, capacidad de escucha, creatividad, intuición, pasión y compromiso con los demás y con el entorno.

Es la inteligencia que no se mide pero que se manifiesta en la forma en que un niño o una niña consuela y acompaña a un compañero, en cómo una adolescente plantea una duda en el aula que pone en jaque lo establecido, o en cómo un grupo de estudiantes se organiza para transformar su entorno y acampar contra el genocidio, como hemos visto en las universidades de todo el Estado. Esa inteligencia no surge de manera espontánea ni se activa con una tecla: se cultiva.

Y se cultiva con tiempo y con vínculos significativos. Con preguntas que no tienen una única respuesta correcta. Con proyectos que nacen de la realidad y devuelven algo a la comunidad. Con profesorado que no sólo enseña contenidos, sino que escucha, acompaña, provoca, incómoda y confía. Con una escuela o instituto que no teme salir de sus muros para dialogar con la vida real, compleja y desafiante que se vive hoy.

En este sentido, educar la inteligencia natural es un acto profundamente político y ético. Es apostar por una educación que forme personas capaces de habitar el mundo con responsabilidad, sensibilidad y esperanza. Una educación que, lejos de reproducir lógicas de control y rendimiento, se atreva a imaginar otros horizontes posibles.

La IA puede ser un recurso valioso, claro que sí. Pero debe estar al servicio de un proyecto pedagógico humanizador, no al revés. Puede ayudar a personalizar ritmos, ofrecer simulaciones o facilitar el trabajo docente. Pero nunca reemplazará la mirada atenta de un profesorado que cree en su alumnado, la conversación que da sentido a un conflicto, o la reflexión que transforma una experiencia en aprendizaje.

Nos preocupa, y con razón, la irrupción de la inteligencia artificial en la educación. Pero nos preguntamos: ¿y la inteligencia natural? ¿Dónde queda en nuestras agendas educativas? Nos referimos a esa inteligencia humana que se cultiva cuando un niño o una niña descubre, casi con asombro, que puede pensar por sí mismo, que equivocarse no es un fracaso sino parte del aprendizaje, que puede reconstruir su camino, cambiar de opinión, aprender con otros y para otros.

Esa inteligencia no nace programada. Se educa. Se acompaña. Requiere tiempo, confianza, escucha, cuidado y contextos significativos. Se fortalece cuando el profesorado deja espacio para la duda, cuando las respuestas no están dadas de antemano, cuando el aula se convierte en un lugar donde vale la pena preguntarse por el mundo y por uno mismo.

Es cierto que la IA puede tener impacto en la autonomía del pensamiento. Pero la mejor defensa frente a eso no es prohibir la tecnología, sino formar inteligencias críticas, creativas, sensibles y éticas, capaces de convivir con lo artificial y cuidando lo humano. El problema no está en la supuesta maldad de la IA, que no deja de ser un instrumento, sino en los fundamentos que como educadores y educadoras ponemos en juego cuando trabajamos con nuestro alumnado.

En lugar de obsesionarnos por lo que la tecnología es capaz de hacer, tal vez deberíamos volver a preguntarnos qué tipo de educación necesita hoy la humanidad. Una educación que forme ciudadanos críticos, comprometidos socialmente, sensibles ante la deshumanización, capaces de habitar un mundo incierto con esperanza y responsabilidad, para involucrarse activamente en la construcción de una sociedad más justa y mejor. Una educación donde la inteligencia se valore en la capacidad de comprender, cuidar, imaginar y actuar.

Educamos en y para la complejidad. No dejemos que la fascinación tecnológica nos haga olvidar que lo más importante de la educación sigue siendo profundamente humano.

Porque educar no es programar, es acompañar. No es automatizar, es provocar pensamiento. No es responder rápido, es aprender a hacer preguntas que importan. En un mundo saturado de datos, lo que más necesitamos son personas capaces de discernir, de cuidar, de imaginar futuros más justos y habitables.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a organizar contenidos o a detectar patrones de aprendizaje. Pero solo la inteligencia natural, la que se cultiva en el aula, en el encuentro con el otro, en la palabra compartida y en la experiencia vivida, puede sostener una educación con sentido.

Seamos conscientes del presente, coherentes en su comprensión, pero no descuidemos lo esencial, lo que no se puede automatizar: la mirada, la escucha, el asombro, la pregunta, la emoción, la ética, el pensamiento críticoTodo aquello que nos hace verdaderamente humanos.

Fuentes de la información e imagen:

Comparte este contenido:

Docentes desbordados y quemados ¿Quién cuida al que enseña?

En nuestro mundo actual, marcado por el cambio constante, la figura del docente es fundamental para la sociedad. Este se enfrenta a una serie de dificultades que van más allá de la mera transmisión de contenidos en aulas que han evolucionado del autoritarismo a la ludificación educativa. Sin embargo, los ciudadanos no suelen pararse a pensar en las presiones que afrontan a diario quienes forman a las futuras generaciones. Es tal la situación, que la tasa de renuncia o abandono de los profesionales de la enseñanza no universitaria se ha duplicado en los últimos años, sobre todo en educación secundaria, disparándose la preocupación a nivel internacional.

Además, una de las metas principales en los sistemas educativos es la mejora de la enseñanza, para lo cual es muy significativo abordar y comprender a qué obstáculos se están enfrentando maestros y profesores. Estos profesionales de la educación no solo preparan sus clases y corrigen exámenes, sino que deben lidiar con una amalgama compleja de roles (colaboración con las familias, atención a la diversidad, manejo de conflictos, burocracia…), que les llegan a generar frustración y estrés cuando no se gestionan adecuadamente.

En este sentido, los medios de comunicación se han hecho eco de y algunos estudios han analizado las dificultades que percibe el profesorado en sus funciones docentes, sugiriendo también posibles soluciones para superarlas (Chan y Rodríguez, 2022Flores, 2021Fong et al., 2020Pelcastre y García, 2020Rodríguez et al., 2020Rubio y Olivo, 2020Sánchez et al., 2020Sanz et al., 2022Suriá y Villegas, 2023Travé et al., 2025Villegas y Lengeling, 2021).

El peaje psicológico de enseñar: cansancio, estrés y malestar

Una de las principales batallas libradas por el profesorado se produce en el ámbito psicológico, específicamente en el aspecto emocional, lo cual suele impactar en su capacidad para inspirar y estimular a los discentes. En este sentido, la sobrecarga laboral se presenta como un factor crítico emergente, pues estos profesionales dedican un incontable número de horas a tareas administrativas, planificación, coordinación y evaluación. Todo esto suele restar mucho tiempo a la docencia y a su preparación previa. Así pues, esta acumulación de responsabilidades puede derivar en cuadros de ansiedad y estrés. En casos más extremos, en el temido síndrome de trabajador quemado (también denominado agotamiento profesional o burnout).

A todo lo dicho se suma la necesidad de mantener la motivación y la disciplina del alumnado, la autoridad del docente y un ambiente proclive al aprendizaje. En la era de lo digital, donde los estímulos constantes y la inmediatez son la norma, otro gran desafío es captar y retener la atención de los estudiantes, lo cual se convierte en un arduo y complicado quehacer.

Por otro lado, algunos medios han alertado de las agresiones a los docentes por parte del alumnado, y casos de acoso de los progenitores a estos profesionales, lo cual ha conducido en el peor de los casos al suicidio.

El doble filo de la brecha digital y la diversidad del aula

Las aulas son actualmente más diversas que nunca. Este fenómeno ha traído consigo riqueza y a su vez un gran reto para el profesorado. Por ende, atender adecuadamente y de forma individualizada a alumnado provenientes de diferentes culturas, con ritmos de aprendizaje dispares o con necesidades educativas especiales requiere un esfuerzo titánico por parte de los docentes, más aún cuando se cuentan con recursos limitados y ratios elevadas de discentes por clase. En esta tesitura, estos profesionales suelen sentir que no disponen de tiempo suficiente o las herramientas necesarias para ofrecer el apoyo diferenciado que cada estudiante precisa.

Las Tecnologías de la Información y la Comunicación (en adelante TIC) también deben tenerse en cuenta, puesto que exigen la adaptación constante de los docentes y, simultáneamente, ofrecen un inmenso potencial para enriquecer la enseñanza y el aprendizaje. Lidiar con la brecha digital entre generaciones (por ejemplo, progenitores versus hijos e hijas), mantenerse al día con los artefactos digitales conectados a Internet y con sus programas y aplicaciones derivadas, así como llevar a cabo una incorporación eficaz en la cotidianidad de la docencia, son realidades a las que deben enfrentarse maestros y profesores. Todo esto va a exigir soporte técnico y una formación continuada.

Formación y condiciones laborales: claves para el futuro

Puesto que no basta con dominar las materias que los docentes imparten, una formación inicial y continua robusta podría facilitar herramientas psicológicas, sociales y pedagógicas a los docentes para lidiar con las aulas contemporáneas. Entre los bloques de contenidos que podrían contener estos itinerarios formativos destacamos las estrategias para atender a la diversidad de alumnado, la gestión emocional o el uso educativo de las TIC y la prevención de los riesgos de una utilización extendida y continuada.

Entre las posibles soluciones a las dificultades en las funciones docentes, se señalan las siguientes:

  1. Reducir la sobrecarga burocrática. La simplificación de las tareas administrativas haría posible que los docentes pudiesen dedicar más tiempo a su labor pedagógica.
  2. El apoyo psicológico, para lo cual es vital la colaboración con los servicios de salud mental, que deben ser conscientes del alto nivel de estrés inherente a este grupo profesional.
  3. La formación práctica y especializada a través de programas de formación continua que aborden necesidades reales de las aulas.
  4. La inversión en recursos materiales y en personal de apoyo, sobre todo en lo que concierne a reducir las ratios de discentes por aula y a dotar a los centros educativos de más especialistas (pedagogía terapéutica, audición y lenguaje, orientación educativa, profesor técnico de servicios a la comunidad, coordinador de bienestar, etcétera).
  5. Una revalorización de la profesión docente, tanto a nivel social como profesional, mejorando las condiciones laborales (sueldos y conciliación, por ejemplo), las cuales deben ser atractivas para la atracción y retención del talento.
  6. Elevar el nivel de exigencia en todas las etapas (formación de grado y posgrado, contratación y oposiciones) para asegurar que solo los profesionales mejor cualificados lleguen a las aulas

Por lo tanto, el abordaje de estas dificultades en el día a día de los docentes, no es solo una cuestión de justicia para estos profesionales, sino que implica una inversión directa en la calidad de la enseñanza-aprendizaje y, en consecuencia, en el futuro de la sociedad. Apoyar a maestros y profesores es apoyar a la educación, y eso parece beneficiarnos a todos.

Fuente de la información e imagen: https://eldiariodelaeducacion.com

Comparte este contenido:

La censura educativa: cuando la extrema derecha decide qué aprender y qué callar

En tiempos de retrocesos y repliegues, es imprescindible que el profesorado, formadores, familias y movimientos sociales no permanezcan en silencio. La defensa del currículo como construcción colectiva, situada, ética y comprometida no es una consigna vacía: es una responsabilidad política. Porque, como bien sabemos quienes trabajamos en educación, cada omisión es también una forma de violencia, y cada contenido eliminado deja un vacío que alguien se encargará de llenar.

Últimamente estamos asistiendo en diversos países europeos y americanos a un fenómeno profundamente alarmante: el avance de discursos y políticas educativas impulsadas por la derecha y la extrema derecha que pretenden silenciar, censurar o directamente eliminar del currículo escolar cualquier contenido que cuestione el orden establecido, visibilice las desigualdades o promueva una mirada crítica y emancipadora de la realidad. Bajo la coartada de “neutralidad ideológica” o de “protección de la infancia”, se orquesta una ofensiva contra lo que consideran ideología de género, memoria histórica, derechos LGTBI, o crítica al patriarcado, etc. Pero no se trata de neutralidad: se trata de imponer un pensamiento único, de blindar los privilegios y de clausurar la escuela como espacio de formación crítica.

Desde la asociación Por Otra Política Educativa. Foro de Sevilla, hace tiempo que advertimos sobre esta peligrosa deriva, que no es un caso aislado ni fruto de un exceso puntual, sino el síntoma de una estrategia cultural reaccionaria que se abre paso desde las instituciones y que busca moldear subjetividades obedientes, conservadoras y despolitizadas. Lo estamos viendo en Argentina, con la negación de los crímenes de la dictadura y el desmantelamiento de políticas de memoria y derechos humanos; en Italia, donde se blanquea el pasado fascista y se restringen contenidos sobre diversidad; en Francia, donde se criminaliza a quienes denuncian el racismo estructural y se reprime la crítica social.

Pero también asistimos a formas aún más agresivas de control ideológico en Hungría, donde el gobierno de Orbán ha reformulado el currículo para borrar la perspectiva de género y limitar el estudio de ciertos autores y temas considerados “impropios” para la juventud; o en los Estados Unidos, donde en varios estados se han prohibido contenidos sobre racismo, esclavitud o derechos LGTBI, y se impulsa una cruzada contra lo que llaman “teoría crítica de la raza”, financiada, en gran medida, por los recurrentes defensores de la privatización escolar.

Casos similares se multiplican en Brasil, Polonia, Turquía o Rusia, donde la educación se instrumentaliza como herramienta de adoctrinamiento y nacionalismo excluyente. En Irán, el sistema educativo se utiliza para imponer un modelo moral y religioso rígido, castigando duramente a quienes se desvían de las normas impuestas, especialmente a mujeres, jóvenes y minorías. Y en Israel, se eliminan contenidos que reconocen la historia y los derechos del pueblo palestino, así como se fortalece un currículo xenófobo y racista que deshumaniza a la población palestina, justificando el genocidio y alimentando una visión supremacista que imposibilita una educación orientada a la convivencia y la justicia en equidad con la población palestina.

En varias comunidades autónomas donde han accedido al poder juntamente con el Partido Popular, han condicionado gobiernos, han impulsado acciones concretas: en Murcia, exigieron la retirada de libros de texto con contenido “nocivo”; en Castilla y León, han intentado frenar programas de igualdad; en Aragón, han sido denunciados por censurar talleres de educación afectiva; y en Jaén, representantes del partido han lanzado discursos abiertamente xenófobos, cuestionando la escolarización de menores migrantes y promoviendo una visión etnocéntrica del sistema educativo. A ello se suma su insistencia en recentralizar las competencias educativas, planteando la necesidad de un currículo único nacional que refleje una concepción “española” de la historia, la lengua y los valores cívicos, en detrimento de la diversidad cultural y lingüística de las distintas comunidades autónomas.

Y si nos referimos al Estado español, Vox ha convertido la educación en uno de sus principales frentes de la batalla cultural que han emprendido contra los derechos humanos. Desde su irrupción en las instituciones, ha promovido una agenda que denuncia lo que califica como “adoctrinamiento ideológico” en las aulas, centrándose especialmente en los contenidos relacionados con igualdad de género, diversidad sexual, memoria histórica, derechos y educación afectivo-sexual. Bajo el argumento de “proteger la inocencia de los menores”, insiste en eliminar cualquier contenido que, a su juicio, no se ajuste a una visión conservadora y tradicional de la sociedad. Una de sus propuestas más mediáticas ha sido el llamado desde hace tiempo pin parental, una medida que pretende otorgar a las familias la potestad de vetar la asistencia de sus hijos e hijas a determinadas actividades complementarias, especialmente aquellas que tratan temas de diversidad, género o afectividad.

En sus intervenciones parlamentarias y discursos públicos, Vox (y el Partido Popular) acusa a los docentes y al sistema educativo de ser cómplices de una supuesta “ingeniería social” impulsada por la izquierda, y exige la retirada de materiales escolares que considera ideológicos, como libros sobre feminismo, educación sexual o derechos humanos. También ha cuestionado la enseñanza de determinados enfoques históricos, rechazando las políticas de memoria histórica y democrática e igualando el relato del franquismo al de otras etapas de la historia española. Rechazan, por ejemplo, que se hable de violencia estructural de género o de racismo sistémico, y han denunciado que materias como Filosofía, Historia o incluso Matemáticas estén “contaminadas” por una supuesta perspectiva ideológica impuesta por la LOMLOE.

En la Comunidad de Madrid, las políticas educativas con una voluntad de recentralización ideológica, purga de contenidos críticos y debilitamiento de los marcos normativos que garantizan la igualdad, la diversidad y los derechos humanos en la escuela. Han construido un relato donde la “libertad educativa” no es sinónimo de pluralismo o pensamiento crítico, sino de blindaje frente a lo que consideran intromisiones ideológicas en la educación: el feminismo, la memoria democrática, la diversidad sexual o la crítica al sistema capitalista. Bajo un discurso de libertad individual, se esconde una clara estrategia de control cultural, desmantelamiento de políticas de equidad y blanqueamiento de la historia y las estructuras de poder. Un ejemplo revelador es la reciente modificación del temario de Historia para la PAU, donde desaparecen referencias al feminismo o a los Objetivos de Desarrollo Sostenible, y se recuperan conceptos como “Reconquista” con una clara intención de reforzar una narrativa nacionalista y tradicionalista.

Más allá del currículo, el gobierno madrileño ha liderado una contrarreforma legal que ha vaciado de contenido las leyes autonómicas de igualdad y de derechos LGBTIQ+. Se han eliminado protocolos de protección, se ha suprimido la inversión en programas de prevención y ha debilitado el apoyo institucional a colectivos históricamente discriminados. La Comunidad de Madrid es hoy la única autonomía sin una ley de igualdad activa y, de hecho, ni siquiera ha logrado poner en marcha el programa que se presentó contra la discriminación por género. Esta desprotección institucional no es accidental: forma parte de una política educativa que rehúye la diversidad, castiga lo diferente y pretende imponer una escuela basada en valores conservadores y jerárquicos.

Todas estas propuestas educativas se basan en la exclusión de las diferencias, el blindaje de una moral conservadora y la recuperación de un modelo autoritario y monocultural. Frente a una escuela pública que lucha por ser inclusiva, crítica y democrática, se defiende una escuela homogénea, jerárquica y controlada, que sirva de plataforma para un proyecto ideológico y educativo retrógrado y conservador de ‘educación del carácter’, basado en ‘aculturar a los estudiantes’ a las normas convencionales de ‘buen’ comportamiento, acorde con las preocupaciones neoconservadoras por la estabilidad social.

Lo que está en juego, más allá de los contenidos concretos, es el modelo de sociedad que se quiere construir desde las aulas. Hay una hostilidad simbólica hacia la educación transformadora no es solo retórica: tiene efectos concretos sobre la vida escolar, los proyectos de centro y el bienestar de los estudiantes más vulnerables. Es una educación para el silencio, para el miedo y para la obediencia. Y en ese sentido, forma parte del mismo mapa de censura y regresión democrática que se despliega en otros territorios, tanto dentro como fuera de España. La resistencia educativa debe nombrar esta deriva sin eufemismos: no se trata solo de una batalla de contenidos, sino de una disputa profunda por eliminar la escuela pública y su compromiso por avanzar en la configuración de una sociedad más justa e igualitaria.

Desde nuestra perspectiva crítica, y de años reflexionando sobre la educación, nos preocupa especialmente el impacto de estas políticas en la práctica educativa cotidiana. La censura curricular no es un debate técnico sobre contenidos escolares: es una disputa por el sentido de la educación. Y si aceptamos que enseñar es una forma de intervenir en la realidad, de ampliar la mirada y de construir una ciudadanía más consciente y justa, entonces debemos rechazar toda forma de autoritarismo pedagógico que niegue la pluralidad y la complejidad de nuestro mundo.

La escuela pública ha de ser un espacio de libertad, donde se aprenda a pensar, a cuestionar, a empatizar y a actuar. Y eso implica hablar de feminismo, de diversidad, de justicia social, de historia con memoria, de afectos, de ecología política. Implica también incomodar, porque educar no es adiestrar ni domesticar, sino abrir preguntas, generar conflictos productivos, cultivar el pensamiento crítico. Por eso, lo que está en juego con la censura curricular no es solo el currículo, sino el proyecto de sociedad que queremos construir.

Educar no es repetir lo establecido, sino cuestionarlo; no es silenciar los conflictos, sino nombrarlos con valentía; no es domesticar conciencias, sino despertar miradas críticas…

En tiempos de retrocesos y repliegues, es imprescindible que el profesorado, formadores, familias y movimientos sociales no permanezcan en silencio. La defensa del currículo como construcción colectiva, situada, ética y comprometida no es una consigna vacía: es una responsabilidad política. Porque, como bien sabemos quienes trabajamos en educación, cada omisión es también una forma de violencia, y cada contenido eliminado deja un vacío que alguien –casi siempre desde el poder– se encargará de llenar.

La tarea educativa no puede ni debe plegarse ante el miedo, ni mucho menos renunciar a su proceso educativo profundamente transformador. Porque educar no es repetir lo establecido, sino cuestionarlo; no es silenciar los conflictos, sino nombrarlos con valentía; no es domesticar conciencias, sino despertar miradas críticas. Ante la censura organizada, necesitamos más educación crítica, más pensamiento incómodo, más pedagogía que interpele y desestabilice las verdades impuestas.

Ante las ideas de odio que se difunden desde púlpitos políticos y mediáticos, la respuesta no puede ser la tibieza ni la neutralidad, sino de una pedagogía del cuidado radical, comprometida con la dignidad de todas las personas y con la defensa activa de los derechos humanos.

Y ante el silencio impuesto, cada vez más extendido y feroz, ese que pretende borrar memorias, identidades y luchas que se han realizado durante muchos esfuerzos y años, la respuesta no puede ser el repliegue, el acomodo o el silencio. Hay que levantar más voces y más relatos. Voces antirracistas, feministas, disidentes, indígenas, campesinas, migrantes, progresistas. Voces que incomoden, que interpelen, que rompan el guión único que algunos quieren escribir para todos. Voces que nos enseñen a vivir juntas sin jerarquías, sin exclusiones, sin privilegios. Porque callar ahora es ceder terreno. Y la educación no puede ser cómplice del olvido ni del miedo.

Porque el futuro de nuestras democracias no solo se juega en los parlamentos o en las urnas. Se juega, y quizá sobre todo, en nuestras escuelas, institutos y universidades y en cada aula donde se decide si reproducimos el mundo tal como es y cómo lo quieren vender, o si nos atrevemos a imaginarlo y construirlo de otra manera. Y esa decisión, pedagógica y política a la vez, es urgente. La educación, si no es emancipadora y transformadora de la realidad hacia la justicia social y el bien común, no es nada. Y si no la defendemos colectivamente, la perderemos sin darnos cuenta.

Fuente de la información:  https://eldiariodelaeducacion.com

Fotografía: El diario de la educación. Joseba G. Plazuelo

Comparte este contenido:

Fomento de la lectura: un reto social

La escuela debe convertirse sin demora en el hogar de la lectura, protegiéndola y cuidándola con el esmero con que cuida a sus pupilos y pupilas. Debe volver a pensar su relación con la lectura y hacer frente de manera decidida a los desafíos que esta plantea hoy

Comienzo estas líneas compartiendo una paradoja: mientras seguimos defendiendo la necesidad de fomentar la lectura, basta un simple vistazo a las novedades editoriales de los últimos años para percibir, tras la miríada de libros que incluyen en su título las palabras “biblioteca” o “librería”, síntomas claros del prestigio de que sigue gozando la lectura en nuestros días.

Y, sin embargo, al contrario de lo que ocurre con ese otro gran invento que es la lavadora, seguimos necesitando publicitar y fomentar la lectura, particularmente la de los libros, recordando una y otra vez sus beneficios personales y sociales, las alegrías y maravillas que esperan a toda aquella persona que se decida a franquear sus páginas, o el peligro apocalíptico que amenaza a un mundo que sustituya los viejos libros por los nuevos cachivaches.

Por ello, una y otra vez, surgen formulaciones que vuelven a insistir en la razón de ser de la lectura o a intentar expresar la inefable complejidad de la experiencia lectora. En ese empeño, no es extraño que se recurra a metáforas de innegable fulgor y, solo a veces, cierta cursilería.

En su último libro, Esta cosa de tinieblas, Mar García Puig nos invita a reparar sobre la poca atención que prestamos a las metáforas que nos rodean y que, según la autora, nos ayudan a crear “colectivamente una compleja red de significados que tienen consecuencias directas en nuestra forma de vivir”.

“Leer es siempre una expedición a la verdad”, escribió Franz Kafka.

“Leemos para saber que no estamos solos”, sostiene C. S. Lewis en La experiencia de leer.

“Leer es protestar contra las insuficiencias de la vida”, pronunció el recientemente fallecido Mario Vargas Llosa, en el mismo discurso de recepción del premio Nobel en el que calificó el aprendizaje de la lectura como “la cosa más importante que me ha pasado en la vida”.

“Leer es siempre un traslado, un viaje, un irse para encontrarse”, afirma a su vez, Antonio Basanta en Leer contra la nada.

Por último, en un pequeño fragmento de Las ocasiones, reciente libro de Rubén Lardín, encontramos la siguiente reflexión: “La escucha y el diálogo que es la lectura ya había ido modulando mi percepción del mundo, en ocasiones me había ofrecido herramientas para comprenderlo -y para combatirlo- o en su lugar para aceptarlo de manera provisional, a la espera de soluciones”.

La lectura se convierte en instrumento esencial para dar forma al mapa de nuestra trayectoria

Estas metáforas y reflexiones, entre otras tantas, se superponen en un imaginario en el que la lectura se convierte en instrumento esencial para dar forma al mapa de nuestra trayectoria, de nuestro paso por el mundo (de nuevo una metáfora).

La escuela debe sumarse a este festín metafórico y convertirse sin demora en el hogar de la lectura, protegiéndola y cuidándola con el esmero con que cuida a sus pupilos y pupilas. Para ello, resulta imprescindible que vuelva a pensar su relación con la lectura y haga frente de manera decidida a los desafíos que esta plantea hoy.

El primer desafío tiene que ver con el concepto de lectura obligatoria. Y en este aspecto nos acogemos a la rotundidad de Borges: “Creo que la frase lectura obligatoria es un contrasentido; la lectura no debe ser obligatoria. ¿Debemos hablar de placer obligatorio? ¿Por qué? El placer no es obligatorio, el placer es algo buscado. ¡Felicidad obligatoria! La felicidad también la buscamos. (…) La lectura debe ser una de las formas de la felicidad, de modo que yo les aconsejaría que leyeran mucho, que no se dejaran asustar por la reputación de los autores, que sigan buscando una felicidad personal, un goce personal. Es el único modo de leer.”

De la otra infamia asociada a la lectura obligatoria: “los exámenes de lectura”, ni hablemos. No malgastaré caracteres en ello.

Otro desafío, ya longevo, pero lento en su desarrollo, es el de la configuración de un nuevo canon de lectura escolar, que definitivamente renuncie a las pretensiones enciclopédicas y los efluvios decimonónicos de la historia literaria entendida como fundadora de la identidad nacional, para dar cabida, por fin sin complejos, a la literatura juvenil, a la literatura universal, a las lecturas vernáculas, a los subgéneros literarios, a los clásicos de la oralidad y tantas otras fuentes de las que puede beber un canon que quiera acercarse a las expectativas reales de nuestro alumnado.

Para tratar otro de los desafíos, el papel de los clásicos dentro de ese canon escolar, nos apoyaremos en la siguiente declaración de Ortega y Gasset: “No hay más que una manera de salvar al clásico: usando de él sin miramientos para nuestra salvación –es decir, prescindiendo de su clasicismo, trayéndolo hacia nosotros, inyectándole pulso nuevo con la sangre de nuestras venas”.

Puede que sea el momento de iniciar en la escuela un proceso de desacralización de la literatura

Las palabras de Ortega nos dan pie para reflexionar sobre la pertinencia de afrontar el fomento de la lectura, no poniendo el foco principal en el prestigio de las obras leídas, sino centrándonos en la relación significativa que el lector establece con cada una de ellas, que es la verdadera razón de ser de la didáctica de la Lengua y la Literatura, a diferencia de la de la Filología -que se interesa principalmente por el texto en sí, que siendo esencial, no puede convertirse en el fin último de la educación literaria de la enseñanza obligatoria.

Por todo ello, puede que sea el momento de iniciar en la escuela un proceso de desacralización de la literatura, esforzarnos para que deje de ostentar tanta autoridad moral y de infundir tanto respeto: acabar con el prosacentrismo; seducir a todas las áreas y materias para que nos muestren la belleza de sus textos; practicar el mestizaje; mezclarnos con otros géneros y medios, con lo popular, con lo multimodal…; abandonar esa jerarquía que pone a la literatura por encima del teatro, del cómic, del cine, de la danza, manifestaciones artísticas y medios de expresión que a menudo se han entendido desde las materias lingüísticas como meros recursos de apoyo; reivindicar una generosa mirada cultural e integradora que sitúe los textos literarios en pie de igualdad con otros textos, otras formas de expresión y otros lenguajes. Lejos de considerar que ello banaliza los contenidos literarios, creo firmemente que la revelación de los vasos comunicantes que relacionan entre sí formas de expresión diferentes contribuye con eficacia a ese gran objetivo de recrear los clásicos, suministrándoles la “sangre nueva” de la que hablaba Ortega.

Es ahí donde emerge la dimensión interpretativa de la lectura, esa que permite que los textos clásicos se transformen en modernos, porque los leemos desde nuevos contextos receptivos, filtrándolos a través de nuestras preguntas y obsesiones.

Mediación frente a animación lectora

Todos estos retos, y más, deben ser confrontados por la escuela bajo el paraguas de la denominada “mediación lectora”, un concepto que reúne una heterogénea suma de estrategias y recursos llamados a reforzar la competencia lectora de nuestro alumnado, ofreciéndole andamios lingüísticos y de comprensión lectora, prácticas que facilitan la conversación y la construcción colectiva del sentido de los textos o reuniendo textos diversos en marcos conceptuales que favorecen su relación con las ideas y preocupaciones de la sociedad contemporánea.

La mediación lectora muestra una vocación de permanencia que se apoya, en mi opinión, en dos herramientas principales: la conversación lectora y los itinerarios de lectura

Felipe Munita, en Yo mediador, explica con claridad la deriva entre los conceptos de animación y mediación lectora: “La idea de animación ha sido poco a poco superada a partir de la constatación de sus limitaciones, entre las cuales podrían destacarse lo efímero de sus actuaciones, cierto carácter homogeneizador de sus prácticas, y una tendencia a poner en juego formas de espectacularización de la lectura que no necesariamente llevan a establecer relaciones duraderas y profundas con los textos”.

Frente a esa animación puntual, la mediación lectora muestra una vocación de permanencia que se apoya, en mi opinión, en dos herramientas principales: la conversación lectora y los itinerarios de lectura. Ambas se sustentan en la idea común de que no podremos lograr una mejora sustancial de los procesos de lectura si esta no es adecuadamente mediada por estrategias que acompañen y enseñen a leer al alumnado.

La idea de conversación lectora surge de uno de los referentes fundamentales en el ámbito de la mediación lectora: Aidan Chambers y su libro Dime, que trata de cómo ayudar a los niños a hablar sobre libros a través de preguntas que les invitan con gentileza no solo a comentar lo que han leído sino también a escuchar bien lo que otras personas dicen sobre lo que han leído. Con este libro mítico, se funda toda una tradición consagrada al arte de hacer preguntas.

Por su parte, el itinerario lector es una estrategia didáctica para la formación de lectores, que permite la planificación de rutas de lecturas, por medio de la selección mediada de diferentes tipos de textos que logran relacionarse entre sí, a partir de criterios específicos o en torno a un eje temático que los vincula. A través de esta estrategia, las y los estudiantes tendrán la posibilidad de apropiarse de los diversos tipos de textos y de establecer relaciones concretas que les permitan reflexionar sobre cómo sus propias experiencias cobran nuevo sentido al confrontarse con los textos propuestos.

Llegados a este punto, se trata, en definitiva, de ir a la raíz y preguntarnos ¿por qué debemos seguir fomentando la competencia lectora y la educación literaria en la escuela? La respuesta, a mi modo de ver, apunta, más allá del innegable beneficio que supone para el éxito del sistema educativo cualquier mejora en la competencia lectora del alumnado, a dos retos de calado más trascendente y social.

En primer lugar, el sistema educativo está obligado a garantizar que todo el alumnado disponga al menos una vez en su vida de la oportunidad de acceder a los infinitos mundos que nos abre la lectura y la literatura, independientemente de que hayan tenido o no la suerte de nacer en un hogar con referentes lectores.

El segundo reto es el de entender que, como afirma Vicente Luis Mora, “la lectura tiene su propia gramática. Y esa gramática se aprende, como todo lenguaje, en comunidad.” En ese sentido, los centros educativos deben apostar decididamente por la lectura colectiva, entendida esta como un acto revolucionario que se opone a las imposiciones del individualismo.

En esa misma línea se ha pronunciado recientemente Irene Vallejo: “Los clubs de lectura son una reacción al pragmatismo imperante. En un mundo donde todo se mide por el resultado, hay grupos de personas que se reúnen a hablar de libros. Eso me parece una forma de resistencia”.

Una de las formas más efectiva de profundizar en la comprensión de un texto es a través de la suma de las comprensiones de nuestros iguales

Porque, como sabe todo lector, la lectura no solo no nos aísla de los demás, sino que nos aproxima a ellos. C. S. Lewis supo decirlo con brillantez: “La experiencia literaria cura la herida de la individualidad, sin socavar sus privilegios (…) me trasciendo a mí mismo y en ninguna otra actividad logro ser más yo.”

La escuela no puede dar la espalda a esta realidad y es preciso que adopte la experiencia de los clubs de lectura para integrarla en la práctica docente, no en vano, en ellos se demuestra que una de las formas más efectiva de profundizar en la comprensión de un texto es a través de la suma de las comprensiones de nuestros iguales.

Mi modesta proposición es que para incrementar el atractivo de la lectura entre nuestro alumnado, quizás nos convenga vincularla a esa idea de resistencia, aunque para ello tengamos que convertirnos en posibilitadores, stalkers, agentes encubiertos y conocedores de que, como señala Antonio Basanta, “leer es sabernos parte de la larga secuencia de la humanidad. Que ni somos los primeros ni somos únicos”.

Fuente de la información e imagen:  https://eldiariodelaeducacion.com/

Comparte este contenido:
Page 1 of 14
1 2 3 14