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Formación docente en la universidad pública neoliberal

Por Ivan Salinas

El gobierno de Bachelet ha optado por una fórmula que desintegra a los actores sociales que hicieron posible –protesta mediante- el contexto de reforma educativa. La separación planificada de proyectos de ley que impactarán la nueva organización del sistema escolar y universitario ha disminuido la capacidad de organización y participación articulada de los diversos actores sociales. En un frente, un gremio docente altamente golpeado por la reforma a su profesión debe recibir otra iniciativa de reforma a la organización del sistema público de educación: la desmunicipalización vía ‘gerencialización’ de la administración pública de la educación, sin modificar el modelo subsidiario de financiamiento que ha ahogado y destruido la educación pública.

En otro frente, la reforma a la educación superior ha implicado la gratuidad para un mercado educativo, organizado bajo un mismo principio de subsidiariedad. Además, el gobierno separó hábilmente la discusión de la reforma a la educación superior con dos proyectos de ley: uno que da cuenta de un marco general del sistema, y otro que aborda a las universidades estatales. Así, el gobierno ha dividido y desactivado políticamente a los actores que pujaron por la reforma, desorientando sus focos de acción y aislándolos en un escenario en donde muchos están más preocupados de las elecciones presidenciales y parlamentarias.

Esta iniciativa de reforma educacional, por motivos lógicos, impacta como una síntesis a los programas de formación docente. Algunas razones son: la ley se refiere de forma explícita a elementos de la formación docente que reorganizarás sin duda sus orientaciones y relaciones con la profesión; la ‘desmunicipalización neoliberal’ de la educación escolar impactará sobre las condiciones de los futuros docentes en sus espacios de ejercicio profesional; la nueva propuesta de organización de la educación superior influirá en las orientaciones que deberán tener las instituciones para comprenderse a sí mismas y su relación con el gobierno central.

Las condiciones actuales de la profesión docente y el nuevo escenario de reforma a las universidades ponen un desafío mayor para la formación docente, particularmente en las instituciones estatales. La pérdida de autonomía en los gobiernos universitarios, las condiciones de precarización de sus funcionarios, la falta de proyecto público que se materialice en condiciones financieras a las universidades estatales, las presiones del mercado por responder a las caídas de matrícula, y las presiones de la “calidad” neoliberal arriesgan los procesos formativos que la ley y política pública declaran, y por cierto que no responden a las demandas del movimiento social por el derecho a la educación.

En un escenario donde se ha culpado a los docentes, a la pedagogía y sus actores, de la crisis del sistema educativo, es justo dar cuenta de lo que ha pasado con su formación a raíz de la iniciativa neoliberal que ha sido ejecutada en instituciones públicas y privadas por los últimos gobiernos. Lo primero, algo no tan novedoso: la pedagogía ha sido históricamente un espacio de intelectualización formal de los sectores populares. Quienes la estudian son mayoritariamente mujeres que provienen de hogares donde el ingreso familiar es bajo.

Está documentado que los docentes egresados tienden a desempeñarse en establecimientos parecidos a los que cursaron durante su escolaridad, creando los llamados ‘círculos de segmentación’. Por lo tanto, al culpar a los docentes lo que se asume es una posición clasista con la vieja fórmula de ‘culpar a la víctima’. Lo segundo: la mercantilización dirigida por los gobiernos neoliberales de la dictadura y post-dictadura creó las condiciones para masificar la matrícula en pedagogía. Entre los años 2000 y 2011 la matrícula en formación inicial docente se triplicó, impulsada en gran parte por la política de créditos garantizados a la demanda conocidos como CAE. Esto significó, en la práctica, un gran influjo de dinero público a la banca y una multiplicación de programas en instituciones privadas con matrícula masiva, sin necesariamente atender de forma apropiada a las discusiones sobre los aspectos formativos de la pedagogía.

Lo tercero es que, ante el escenario de crecimiento desregulado, la reacción de los gobiernos fue estimular un debate normativo para un mercado, basándose en lenguaje empresarial: orientaciones mediante estándares, sistema de acreditaciones de carreras e instituciones, y sistemas de medición externa al desempeño educativo. En ese marco se inscriben la redacción del Marco para la Buena Enseñanza, la multiplicación de la aplicación del SIMCE a las escuelas, su uso en leyes gerencialistas para crear nuevos mercados con la educación -como la de Subvención Escolar Preferencial, la de Aseguramiento de la Calidad, los nuevos marcos legales de acreditación de carreras e instituciones, y los convenios de desempeño para la formación inicial docente.

En cuarto lugar, el sistema y la profesión docente recibieron todo la batería discursiva que implicó agresivamente una intervención del mercado sobre sus carreras. A raíz de la explícita culpa atribuida a los docentes dispuesta en informes como el de McKinsey & Company y otros documentos asociados al Banco Interamericano de Desarrollo, emergen un conjunto de organizaciones que sistematizaron esta crítica y la multiplicaron en un conjunto de iniciativas. En Chile, organizaciones no gubernamentales como Educación 2020 y Elige Educar estimularon públicamente un discurso de culpa a los profesores del sistema y a sus cualidades “de calidad”, asumiendo una posición de abierto enfrentamiento social con quienes eran formados en el sistema masificado de educación: las mujeres de origen popular.

El discurso agresivo contra la profesión docente se asocia también a una fórmula de influencia política construida desde los medios y ellobby desregulado. Es decidor que hoy el Ministerio de Educación y la reforma está en manos de quienes formaron Educación 2020. Por otro lado, otras iniciativas, de corte más ideológico pero no menos agresivo, formularon en la práctica la posibilidad de prescindir de la pedagogía como carrera ética y profesional y la asumieron como un voluntariado formativo, dedicado a los más pobres como forma de acumular “capital humano”. Hablamos de EnseñaChile, inspirado en la iniciativa estadounidense TeachforAmerica, que promovió la idea de labor docente como una forma individual de acumular las competencias que necesitan las empresas. En todo este recorrido quedan varias cosas fuera, como la introducción de mecanismos como la prueba INICIA, pero lo central es señalar que la formación docente se ha visto impactada de forma muy dinámica y agresiva con las reformas y discursos de carácter neoliberal de la última década, y que eso tiene impacto en cómo se concibe, hoy mismo, la ley que reorganizaría a la educación superior en general y estatal en particular.

Un reciente reporte del Observatorio de Formación Docente permite estimar el impacto nacional que han tenido las políticas educacionales sobre la formación inicial docente. Algo notable es que desde el 2011, año en que estarían ingresando los estudiantes masivamente financiados por el CAE a las aulas como docentes, se ha notado un descenso en las matrículas de pedagogía en primer año. En 2017, éstas son menores que lo que había el 2005. El descenso se puede explicar por las adecuaciones que hacen a su matrícula las instituciones privadas: los institutos profesionales que no pueden seguir impartiendo pedagogías, y las universidades privadas que deciden acomodarse a las nuevas exigencias de ingreso y funcionamiento. Otro dato relevante es que las tasas de deserción de la profesión, que, de acuerdo a reportes de investigación, se acercan al 45% hacia el quinto año de ejercicio profesional.

Si bien en lo oficial se dice otra cosa, el espíritu de la Ley 20.903, que crea el sistema de desarrollo profesional docente, fue impactar de forma drástica las carreras de pedagogía para desprofesionalizarla. Ha sido un pilar central de la reforma educativa de Bachelet, y constituirá sin duda parte de su legado declarado. La moneda de cambio para desprofesionalizar la pedagogía fue la asignación competitiva de mejores ingresos para docentes que se han adaptado de mejor forma a las lógicas neoliberales del desempeño educativo. Es decir, el sometimiento a un frecuente proceso de vigilancia sobre competencias profesionales mediante pruebas estandarizadas descontextualizadas. Sospecho que ninguna otra profesión en Chile aceptaría tal nivel de control del Estado.

Las condiciones actuales de la profesión docente y el nuevo escenario de reforma a las universidades ponen un desafío mayor para la formación docente, particularmente en las instituciones estatales. La pérdida de autonomía en los gobiernos universitarios, las condiciones de precarización de sus funcionarios, la falta de proyecto público que se materialice en condiciones financieras a las universidades estatales, las presiones del mercado por responder a las caídas de matrícula, y las presiones de la “calidad” neoliberal arriesgan los procesos formativos que la ley y política pública declaran, y por cierto que no responden a las demandas del movimiento social por el derecho a la educación.

En ese escenario, para la formación docente, la reforma a las instituciones estatales tal como está propuesta –y en conjunto con el resto de iniciativas- puede resultar en un mayor retroceso social, que situará a la pedagogía como una carrera tecnificada y no una profesión con saberes propios que deben desarrollarse como campo disciplinar, tanto intelectual como profesional. Enfrentarse a ese escenario en la soledad del aislado actuar institucional de los rectores o las federaciones de estudiantes es una invitación a perder. Es importante recuperar iniciativa crítica, unitaria, política y socialmente relevante, si es que buscamos recuperar la centralidad de lo público en la construcción del derecho a la educación. Hoy, estamos perdiendo esa batalla, tanto dentro como fuera de nuestras neoliberalizadas instituciones.

Fuente: http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2017/09/12/formacion-docente-en-la-universidad-publica-neoliberal/

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Contra la pedagogía del mal

Claudia Romero

Por estos días formas clásicas de adoctrinamiento y propaganda acechan a las escuelas. Los panfletos didácticos sobre la situación del joven Santiago Maldonado, el catecismo obligatorio en las escuelas públicas de la provincia de Salta y los candidatos políticos haciendo campaña en las aulas, son tres hechos que sacuden, por su simultaneidad y grosería, los cimientos de la educación pública.

Los cuadernillos diseñados por la central sindical docente formatearon el discurso a introducir en jardines de infantes, primarias y secundarias del país para convencer que Santiago Maldonado, presentado como adalid de los pueblos originarios, es víctima de una “desaparición forzada”; o sea que el Estado (y el Gobierno) no sólo sería responsable directo de su desaparición sino que además niega y obstruye la investigación de la Justicia.

El material escandaliza por la estética básica del lenguaje y por enarbolar la ética de la posverdad, aquella que con el fin de modelar la opinión pública apela a las emociones, las creencias personales y descarta los hechos. “Pedofilia intelectual” lo llamó el filósofo Tomás Abraham, abuso de menores que en las aulas son víctimas de adoctrinamiento.

¿Dónde está Santiago Maldonado? es una pregunta legítima, tan legítima como ¿Por qué está muerto Alberto Nisman? Estas y otras preguntas pueden y deben resonar en escuelas, plazas y en la mesa de cada casa. Son preguntas que vuelven desde el fondo de la historia; “el pueblo quiere saber de qué se trata”. El camino, en honor a la tremenda historia argentina y los aprendizajes que ofrece, no es silenciar las preguntas sino estimular la búsqueda de respuestas válidas, fundadas en evidencias. El segundo hecho es el debate en la Corte Suprema de la Nación sobre la educación religiosa obligatoria en escuelas primarias públicas de Salta. El juicio contra el gobierno de la provincia fue iniciado por la Asociación por los Derechos Civiles en representación de madres de alumnos no católicos y llegó a la Corte.

En esa provincia los niños son expuestos, en horas de clase, a rezar, bendecir la comida y escribir en sus cuadernos oraciones de alabanzas a Jesucristo y a su madre virgen. Presenciar estas semanas el Amicus Curiae, las exposiciones de terceros ajenos al litigio a favor y en contra de sostener la enseñanza dogmática en escuelas públicas, fue por momentos un viaje a la Edad Media en la solemnidad del palacio de tribunales. Frente a los cruzados que argumentaron el derecho a imponer la fe católica en las escuelas por ser mayoritaria en la provincia y por estar avalado por la Constitución Provincial, juristas como Marcelo Alegre y Roberto Gargarella, que ya habían reclamado sobre los riesgos de discriminación cuando en 2014 se derogó el principio de educación laica que sostenía la Ley 1420, recordaron la inconstitucionalidad de tales prácticas por violar los derechos de los niños y adolescentes a la libertad de conciencia. Ahora la Corte deberá decidir si la educación pública ha de continuar siendo pública.

El tercer hecho, no por habitual, deja de ser grave. En una escuela primaria de Berisso, provincia de Buenos Aires, un candidato político que, como agravante, acaba de dejar su cargo de Ministro de Educación de la Nación, se mete en un aula en horas de clase para hacer campaña y documenta el hecho con desparpajo con la foto obscena, sonriente entre los alumnos.

La escuela debe enseñar conocimientos fundamentados garantizando un clima democrático y pluralista. Su función es socializar mediantes saberes legitimados públicamente, sin discriminación de los sujetos, sin dogmatismos en la elección de los objetos, sin autoritarismos en los métodos. Eso es lo que la distingue de una secta, de una iglesia o de un partido político.

La legitimación política, epistemológica y profesional del currículum escolar, es decir aquello que es legítimo enseñar en la escuela, depende al menos de tres criterios.

Primero de la coherencia normativa, es decir el respeto a la Constitución Nacional y a las leyes, segundo de la consistencia racional, es decir su apego al conocimiento basado en evidencias y los procedimientos de su construcción y argumentaciones para justificarlos y tercero de su especificación pedagógica, es decir la adecuación a las necesidades y posibilidades de aprendizaje. Lo que no es legítimo y más aún, lo que destruye el carácter público de los saberes que circulan en la escuela es distribuir información falsa, imponer dogmas o hacer propaganda de cualquier tipo y color, o sea practicar la “pedagogía del mal”.

La buena noticia es que para cada uno de estos hechos hubo alguna reacción social de protección a la escuela contra la “pedagogía del mal”. Habrá que fortalecer los reflejos ciudadanos para sostener el cuidado de las escuelas, porque cada una de ellas es un tesoro de la democracia.

Claudia Romero es Directora del Area de Educación de la Universidad Torcuato Di Tella

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Educadores, ¿seguro?, a distancia (13,2)

Lorenzo García Aretio

Educadores, profesores, docentes, decentes y profesionales de la educación y la formación, también a distancia. El logro de aprendizajes valiosos y coadyuvantes al pleno desarrollo humano es objeto de cualquier acción formativa que se precie, sea ésta presencial o adistancia, y los docentes, formadores o profesores tienen, tenemos, la misión de ayudar, guiar, dirigir, orientar… a otros en ese proceso de desarrollo personal y logro de autonomía en que se configura la educación.

¿Y esto puede lograrse también a distancia?, ¿o al hacerlo así quedamos en mera instrucción o enseñanza?, ¿con esta modalidad, nos limitamos a la transmisión de informaciones y conocimientos?, ¿o, por el contrario, nos esforzamos en enseñar a interpretarlos, organizarlos, sistematizarlos, asimilarlos, utilizarlos, producirlos, etc.?, ¿y ello mediante acciones docentes individuales o compartidas?

Entendemos que todo profesor tiene influencia (educativa o deseducativa) sobre sus alumnos, sea de manera consciente o inconsciente, sea a través de sus gestos percibidos cara a cara o por sistemas audiovisuales clásicos o digitales, de su palabra oral o escrita, de sus silencios, elecciones y toma de decisiones.

No descubrimos nada al afirmar que no resulta imprescindible para educar el que exista una relación presencial docente-alumno, al margen de los beneficios innegables que este tipo de interacción puede generar en contextos educativos. El profesor educa enseñando, forma instruyendo, modela interviniendo, genera, en fin, aprendizajes en el otro dirigidos a potenciar su desarrollo como persona y su integración plena en la naturaleza y en esta sociedad del conocimiento y del aprendizaje que le toca vivir. Y ese es objetivo básico de toda educación.

Educar, desde la perspectiva docente, no es, no debe ser, meramente enseñar, no es, no debe ser, sólo saber (aunque sea mucho) de lo que se desea o se debe enseñar. Educar, desde la perspectiva docente es, debe ser, sin embargo, empeñarse en que el otro adquiera conocimientos, habilidades, actitudes y, cómo no, aprenda a aprenderlos por sí mismo. Y ese empeño debe ser actitud propia y necesaria de la figura del docente, pero no de un docente cualquiera. Se hace necesario un docente profesional comprometido y que en el campo que nos ocupa, de la educación a distancia:

  • Sabe lo que supone su misión y tarea como profesor o tutor, así como el ámbito propio y los límites de su actuación (compromiso laboral).
  • Conoce bien, domina, aquello que pretende enseñar (compromiso científico).
  • Sabe cómo enseñar a distancia, de acuerdo con los recursos tecnológicos disponibles por su parte y la de los alumnos (compromiso pedagógico/didáctico).
  • Entiende cómo puede y debe relacionarse y tratar al que (a los que) aprende(n) (compromiso pedagógico/comunicacional).
  • Muestra habilidades para la aplicación de las tecnologías a los procesos de enseñanza/aprendizaje (compromiso tecnológico).
  • Comparte su pensamiento y acción docente con los otros miembros del equipo docente (compromiso colaborativo).
  • Se empeña en una permanente actualización profesional (compromiso formativo).
  • Muestra una incuestionable actitud ética en toda su actividad educadora (compromiso deontológico).
  • Investiga e innova para la mejora de su docencia (compromisos investigador/innovador)

Sobre estos compromisos volveremos en una futura entrada de este blog. Pero si a un docente ordinario de un sistema de educación presencial nunca se dudó que deben exigírseles compromisos similares, resulta obvio que al profesor, docente, formador, tutor, facilitador, asesor, orientador, guía, maestro, etc., que desarrolla su actividad en un curso, programa, institución o sistema de educación a distancia, deben exigírseles en el mismo grado, ¿o a éstos no?.

Ello supondrá un gran esfuerzo de profesionalización en los ámbitos clásicos de conocimientos, competencias y actitudes relacionados con esta diferente modalidad educativa, que sin duda es también, y por eso (por ser educativa), una modalidad de enseñanza, de aprendizaje, de formación, de desarrollo humano, etc.

Dicho lo que precede, y conscientes de las diferentes denominaciones que se asignan a la modalidad, afirmamos que no nos duelen prendas al nombrarla como educación (sí, educación) a distancia.  Entendemos que con estas líneas pueden quedar marcadas algunas bases que afectan a la importante tarea del docente/educador dentro de estas propuestas no presenciales.
Citar así esta entrada:
García Aretio, L. (23/01/2013). Educadores, ¿seguro?, a distancia (13,2). Contextos universitarios mediados. (ISSN: 2340-552X). Recuperado dehttps://aretio.hypotheses.org/499.
Fuente: https://aretio.hypotheses.org/499
Imagen tomada de: http://grancanaria.formacioncip.com/wp-content/uploads/2015/06/cursos-en-activo-docencia-virtual-lpa.jpg
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Guía para la creación de materiales educativos interactivos

En este contenido se muestran indicaciones generales sobre aspectos técnicos y de estilo para la elaboración de los Recursos Educativos Abiertos (REA) del Centro Nacional de Desarrollo Curricular en Sistemas no Propietarios

Esta guía es una adaptación de Guía de estilo para el desarrollo de materiales, utilizada por la Junta de Andalucía – Consejería de Educación – Dirección General de Formación Profesional y Educación Permanente – Servicio de Educación Permanente

Ver la guia en: http://procomun.educalab.es/es/ode/view/1430007833050

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Compromiso y distanciamiento

Compromiso y distanciamiento

Heike Freire/Directora Cuadernos de Pedagogía

En el conocido relato Descenso al Maeslström, Edgar Allan Poe cuenta la historia de tres hermanos pescadores que quedan atrapados en un enorme remolino cuya espiral los arrastra vertiginosamente hacia el abismo. En medio de la tormenta, el mayor cae repentinamente al agua y desaparece. Los otros dos ven acercarse el fin, aunque con actitudes muy diferentes: paralizado por el miedo, uno de ellos asume que todo ha terminado, cierra los ojos y espera con resignación el momento de su muerte. El otro, en cambio, consigue mantener la calma y permanecer atento a lo que está sucediendo: observa con cuidado los restos del naufragio que flotan a su alrededor y se da cuenta de que los objetos cilíndricos permanecen intactos. Decide entonces agarrarse a un barril vacío y con él se arroja al agua. Gracias a este descubrimiento, el muchacho gira en la superficie del remolino hasta que el huracán amaina, mientras su pobre hermano, en cambio, se hunde con el barco…

El sociólogo Norbert Elías utiliza esta hermosa parábola, en su obra Compromiso y distanciamiento, para ejemplificar el equilibrio entre la fidelidad a unos valores, ideas, pensamientos, actitudes, creencias, etc., y la neutralidad imprescindible para percibir los fenómenos de manera serena y «objetiva» que todo científico (en particular, quienes investigan en el ámbito social y humano) necesita alcanzar. Una condición, según él, fundamental para que las ciencias sociales puedan liberarse tanto de una excesiva «subjetividad» y dependencia «ideológica» como de una objetividad «extrema» (según el modelo de las llamadas «ciencias duras») completamente ajena a los valores humanos fundamentales y voluntariamente ciega a los procesos sociales y psicológicos. Para Elías, la vieja dicotomía «objetividad-subjetividad» es engañosa, y debe ser superada, porque todo conocimiento es, en realidad, una mezcla de ambas: el fruto de dos actitudes, de dos procesos únicos y complementarios que es preciso vincular de manera interactiva y compleja.

En esta línea se sitúan, a mi modo de ver, los autores del tema del mes «Investigar para innovar» que publicamos en este nuevo número: preocupados (es decir, no intranquilos o angustiados sino ocupados con antelación) y dispuestos a tejer la compleja red de relaciones que emergen de manera espontánea o intencionada, entre la observación y la acción, el análisis y la implicación, la pasión y la precisión…

Una actitud que resulta imprescindible en el momento de frenesí innovador que hoy se vive en el mundo de la educación, ese torbellino que bien podría estar contribuyendo a vaciar de sentido un concepto con una amplia trayectoria histórica y crítica: si todo el mundo innova, si a cualquier cambio o «mejora» se le denomina innovación, estamos creando una presión «inflaccionista», una especie de «burbuja» educativa, desprovista de sentido y de visión, que nos empuja a entregarnos a las dinámicas del entorno y nos incapacita para mantener una distancia crítica.

Es cierto que el compromiso es imprescindible para favorecer la transformación de un sistema que precisa un replanteamiento profundo. Que la emoción, el entusiasmo y la ilusión nos ayu-dan a soñar otras realidades, nuevas maneras de enseñar y aprender, de crecer juntas niños, niñas, jóvenes y adultos, maestros, profesores, familias y alumnos… Nos proporcionan la energía imprescindible para llevar adelante los cambios necesarios. Pero también es verdad que se requiere un cierto desapego para pensar y actuar con un mínimo de madurez. Una relativa neutralidad que nos aporte suficiente amplitud de foco para mantenernos presentes con todos nuestros sentidos despiertos; con sensatez, lucidez y capacidad de observación. Una visión que nos impida caer en el fácil mundo de «Wonderland» (donde todo son trompetas, tambores y espejitos mágicos), para aprender de, con y gracias a los errores, para rescatar cualquier retazo de experiencia que apunte hacia una línea de flotación…

Fuente: http://www.cuadernosdepedagogia.com/Content/Documento.aspx?params=H4sIAAAAAAAEAMtMSbF1CTEAAiNTYwMDE7Wy1KLizPw8WyMDQ3MDSwNDtbz8lNQQF2fb0ryU1LTMvNQUkJLMtEqX_OSQyoJU27TEnOJUtdSk_PxsFJPiYSYAAFSDbINjAAAAWKE

Imagen tomada de: https://1.bp.blogspot.com/-yrgvv6sGuxs/T4xp3_gLFGI/AAAAAAAAA1c/jaC38VwIL0o/s1600/Compromiso.jpg

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LITTLE KIDS, BIG IDEAS: Teaching Social Issues and Global Conflicts with Young Children

By Rethinking Schools

Resumen: Recientemente, un editor de Rethinking Schools recibio un chaparrón en una excursión escolar cuando escuchó a un estudiante de segundo grado hablar sobre cómo quería «bombardear el mundo». Desconcertado, le preguntó al niño lo que quería decir. «Todo es tan malo. Debemos bombardear el mundo y empezar de nuevo. » Cuando indagó más, el estudiante mencionó a Donald Trump y Kim Jong-un. El editor se quedó preguntándose cómo un niño de 8 años incluso sabía el nombre del líder de Corea del Norte, y no sólo conocía los nombres de estos líderes mundiales, sino que sabía lo suficiente sobre el clima actual para sentirse desesperado y canalizar esa desesperanza hacia un amplio y dramático deseo de destrucción. Esta experiencia nos hace pesar en lo  intimidante o inapropiado que puede sentirse un docente para discutir las crisis del mundo con los niños pequeños. ¿Cómo puede explicar el cambio climático, las tensiones con Corea del Norte o la guerra en Siria a un niño de 8 años? Después de todo, la mayoría de los adultos ni siquiera entendemos completamente muchos de los problemas complejos que afectan nuestro mundo. ¿Es responsable siquiera intentarlo? Sin embargo, esta historia sobre el niño de 8 años que quería bombardear el mundo nos recuerda que no estamos protegiendo a los niños al no involucrarlos en una conversación sobre estos temas. Si se hace de una manera apropiada para el desarrollo, incluso los niños más pequeños merecen aprender y discutir estas preguntas. El presente artículo reflexiona sobre ello

Recently, a Rethinking Schools editor was a chaperone on a field trip when he overheard a 2nd-grade student talking about how he wanted to “nuke the world.”

Taken aback, he asked the child what he meant.

“Everything is just so bad. We should just nuke the world and start over.”

When pressed further, the student mentioned Donald Trump and Kim Jong-un. The editor was left wondering how an 8-year-old even knew the name of the leader of North Korea. And he not only knew the names of these world leaders, but knew enough about the current climate to feel hopeless, and to channel that hopelessness into a broad and dramatic wish for destruction.

We live in an increasingly turbulent time, and it can feel intimidating or inappropriate to discuss the world’s crises with young children. How can you explain climate change, tensions with North Korea, or the war in Syria to an 8-year-old? After all, most adults don’t even fully understand many of the complex issues affecting our world. Is it responsible to even try?
Yet this story about the 8-year-old who wanted to nuke the world reminds us that we aren’t protecting children by not engaging them in conversation around these topics. If done in a developmentally appropriate manner, even the youngest children deserve to learn about and discuss such questions.

Young children live in the world, just like we do. They listen to snippets of news reports on the radio; they catch clips of news broadcasts on the television; they hear things from their siblings, parents, and classmates. They watch movies and play video games that encode social tensions and global conflicts. And most importantly, in this time of intense political upheaval, they feel the stress and anger that adults around them are feeling. For many children, poverty, racism, and anti-immigrant hysteria have a daily impact on their lives. When we choose not to deal with these issues explicitly and sensitively, we effectively leave children alone with their misunderstandings and fears.

So what is the alternative? We need to listen to children’s questions and respect them, even if our responses are imperfect. Can a kindergartener fully grasp the science behind climate change? No, but they can understand in broad strokes that human action — our use of cars and planes and big machines — is causing our world to heat up and is threatening animals’, plants’, and people’s homes and well-being. Can a 3rd grader fully comprehend the politics behind Trump’s calls for a border wall and mass deportations, and the groundswell of anti-immigrant sentiment backing them? Eight-year-olds won’t be able to draw the same historical parallels that high schoolers or adults might, but they can understand how fear and racism can cause people to lash out at those who are different from them — and to selfishly guard what they think of as their own.

Sometimes we may not feel like we understand something well enough to explain it to our students. What if our students ask questions about Kim Jong-un that we ourselves don’t know the answers to? What if we stumble when we try to explain the tangled web of conflict that has resulted in the flood of refugees out of Syria? We have to do our research and provide students with the most accurate explanations possible, but we shouldn’t be afraid to explore these topics ourselves and invite our students to explore with us. We can recognize imperfect and incomplete explanations and understandings as a necessary part of teaching and learning.

Of course we can and should use discretion about the resources we show to children; certain pictures, videos, and stories can clearly be too graphic and too disturbing. It’s up to teachers to know their students and make judgments about how much is too much. It’s also up to teachers to inform and involve parents in this process, without allowing individual parents to dictate what should be taught in school based on their own biases or prejudices. This is a delicate balance. Teachers have used homework assignments in which students ask parents what they think of some of these issues as a way to inform and connect with parents about the curriculum and to encourage multiple perspectives on such topics. The more we, as teachers, build strong ties to our families and communities — and reach out to and collaborate with colleagues — the more able we are to provide our students with a safe, respectful environment to tackle these challenging subjects.

Our job also goes beyond providing summary explanations to students. Simply telling children “how things are” can lean toward indoctrination, imposing on them our worked-out conclusions about the world. Young children learn best by acting out the world around them, by putting themselves in other people’s shoes. We see this when Cami Touloukian, in “Love for Syria,” gives her students the chance to understand the roots of the refugee crisis through a personal experience of unfairness. We also see it when Rowan Shafer has her students take on roles and present a wide variety of perspectives on climate change. As teachers, we choose whose voices we privilege, whose stories we put center stage. We can repeat the narratives of the powerful, or we can give students the chance to see the world through the eyes of the people who are most vulnerable, and those who are trying to work for justice.

Students deserve the opportunity to try to look at Syria through the eyes of a refugee, at the border wall through the eyes of an undocumented child, at climate change through the eyes of a person in the Marshall Islands watching their home disappear — and also from the perspective of those who spend their lives advocating for their communities and trying to make things better.

This kind of teaching, where children explore the world through taking on roles, is developmentally appropriate and engaging. It also lays the foundation for a pattern of inquiry that we hope they will continue to return to throughout their lives. When confronted with a complex and contentious issue, we hope students will ask: Whose story is not being told? What does this look like from a different perspective? What is fair? How can everyone’s needs be met? What can I do?

When we teach in this way, we cultivate empathy, especially for those who are different from us. To paraphrase writer Alfie Kohn, educators should help children locate themselves in widening circles of empathy that extend beyond self, beyond country, to all humanity. Today, that is more important than ever. In the time of Trump, we are told that America should come first, implying that the lives of U.S. citizens are more valuable than the lives of others. We are told that we should want to build walls and enforce immigration bans to block off people who are not like us. And if we lose sight of empathy, we can end up feeling just like the 2nd grader who wants to “nuke the world” — that there is no hope for humans, that there is no way back from this dark place we find ourselves in. We owe it to our students, perhaps especially the youngest among them, to resurrect the culture of empathy. We do this by listening to their concerns, trying our best to respond to their questions with respect and compassion, and teaching them to push for a world where everyone’s life is valued.

Fuente: https://www.rethinkingschools.org/articles/little-kids-big-ideas

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Las universidades no están formando mejores ciudadanos

Por: Julian De Zubiria

Hace dos décadas, la Comisión de Educación de los Estados Unidos invitó a las universidades a promover entre los jóvenes estrategias que les permitieran cualificar el manejo del dinero y seleccionar las ideas más relevantes al interpretar la información que circula a diario en las redes. Los expertos que la conformaban insistieron en que eran competencias muy poco trabajadas en la educación superior. Un estudio similar en Colombia realizado por Corpoeducación y la Universidad de Antioquia seleccionó doce competencias esenciales para trabajar en todas las carreras profesionales, la gran mayoría socioemocionales y comunicativas tales como trabajo en equipo, autodisciplina, inteligencia emocional, planeación, escucha, lectura y escritura.

La conclusión de los dos estudios anteriores es significativa: a juicio de los empresarios, lo que se enseña en las universidades no es esencial para desempeñarse en el mundo laboral y, en cambio, lo que sí que requieren las empresas de sus trabajadores, las instituciones de educación superior no lo abordan.

Hay que enseñar a los niños a ser felices. 

Una reciente investigación elaborada también en Estados Unidos concluye que mientras el 96 % de los directores académicos de las universidades están satisfechos con la formación ofrecida, tan sólo el 10 % de los líderes empresariales la considera pertinente. La queja es similar a la que años atrás presentaban investigadores y miembros del gobierno, aunque ahora enfatizan en la carencia de pensamiento crítico, creatividad y capacidad para enfrentar problemas complejos y semiestructurados. Aun así, la crítica más generalizada sigue siendo la misma: en las universidades –dicen los empresario– no se desarrolla la inteligencia emocional de los jóvenes, debido a lo cual suelen presentar serios problemas de empatía, tolerancia, persistencia y capacidad para trabajar en equipo.

Varios grupos sociales también comparten esta queja. Les preocupa la ausencia de formación en competencias ciudadanas vinculadas con el respeto a la diferencia y la responsabilidad social de los egresados del sistema.

Lo extraño es que, pese a las reiteradas críticas de los sectores sociales y empresariales, no parece haber ningún cambio significativo en las universidades que siguen concentradas, casi de manera exclusiva, en un trabajo técnico y académico. Pero las evidencias de que esta lógica formativa no funciona no podrían ser más dramáticas: buena parte de los estafadores de “cuello blanco” han sido formados en universidades del país y la mayoría de ellos posee títulos de pregrado y maestrías. Un hecho desconcertante y simbólico en esta paradoja es el grado con honores que recibió Guido Nule en 2002 después de culminar su tesis titulada “Ética y responsabilidad social de las empresas”. Las instituciones de educación superior se defienden con el argumento de que son “casos aislados”. Pero no es cierto.

 ‘¿Cómo educar para no formar corruptos?‘

Hay que reconocer que las universidades fueron creadas bajo un enfoque tradicional que suponía que el papel de la educación era transmitir las informaciones científicas y que la formación ética y ciudadana debería realizarse por fuera de las instituciones educativas. Por eso, en ellas no hay evaluación ni mediación de actitudes: ser solidario o autónomo no incide en la promoción de semestre y los docentes dejan por completo de lado el trabajo ético. No se orienta a los estudiantes para que mejoren el conocimiento de sí mismos, no se cualifica el trabajo en equipo, ni se analizan los dilemas éticos que plantean la ciencia y la vida. Tampoco existe algún tipo de apoyo para construir de manera mediada el proyecto de vida personal. Más grave aún: el docente universitario realiza un trabajo casi por completo aislado e independiente. En este contexto de amplia fragmentación es imposible asumir la tarea colectiva de la formación de mejores ciudadanos.

Lo extraño es que, pese a las reiteradas críticas de los sectores sociales y empresariales, no parece haber ningún cambio significativo en las universidades que siguen concentradas, casi de manera exclusiva, en un trabajo técnico y académico. Pero las evidencias de que esta lógica formativa no funciona no podrían ser más dramáticas: buena parte de los estafadores de “cuello blanco” han sido formados en universidades del país y la mayoría de ellos posee títulos de pregrado y maestrías. Un hecho desconcertante y simbólico en esta paradoja es el grado con honores que recibió Guido Nule en 2002 después de culminar su tesis titulada “Ética y responsabilidad social de las empresas”. Las instituciones de educación superior se defienden con el argumento de que son “casos aislados”. Pero no es cierto.

‘¿Qué tipo de ciudadano queremos formar?‘

Hay que reconocer que las universidades fueron creadas bajo un enfoque tradicional que suponía que el papel de la educación era transmitir las informaciones científicas y que la formación ética y ciudadana debería realizarse por fuera de las instituciones educativas. Por eso, en ellas no hay evaluación ni mediación de actitudes: ser solidario o autónomo no incide en la promoción de semestre y los docentes dejan por completo de lado el trabajo ético. No se orienta a los estudiantes para que mejoren el conocimiento de sí mismos, no se cualifica el trabajo en equipo, ni se analizan los dilemas éticos que plantean la ciencia y la vida. Tampoco existe algún tipo de apoyo para construir de manera mediada el proyecto de vida personal. Más grave aún: el docente universitario realiza un trabajo casi por completo aislado e independiente. En este contexto de amplia fragmentación es imposible asumir la tarea colectiva de la formación de mejores ciudadanos.

Los seres humanos somos el resultado de múltiples procesos de mediación sociocultural, histórica, familiar, institucional y personal, de ahí que sería equivocado responsabilizar sólo a uno de ellos de los resultados. Lo que haga un docente y una universidad en un momento dado es sólo uno de los factores que influyen el desarrollo. Lo que sí sería muy grave es que no hiciéramos todo lo posible para garantizar una mejor formación integral en la universidad. Desafortunadamente, no lo estamos haciendo.

No basta formar contadores si al mismo tiempo no analizamos los costos morales de la doble contabilidad. De nada sirve formar buenos abogados, si ellos creen que el derecho no tiene que ver con la ética. De muy poco le sirve a la sociedad un administrador cuya finalidad es la maximización de las utilidades, si ella implica la subfacturación de costos y la evasión tributaria. Nuestros científicos sociales le agregarían poco a la sociedad si creyeran que la corrupción es natural a la vida y salieran a hacer política pensando en las próximas elecciones y descuidando a las próximas generaciones. Nuestros científicos naturales quedarían en deuda con la sociedad si fueran indiferentes al cambio climático o si, ante el dilema ético que representa botar desechos, primaran exclusivamente los intereses económicos de las empresas para las que trabajan.

Las universidades colombianas tienen que asumir de manera íntegra el compromiso que el momento histórico les demanda. La tarea para la educación en las próximas décadas tendrá que ligarse a la construcción de la paz e impulsar un cambio que permita superar una cultura heredada de las guerras y las mafias. Pero esto es válido desde la educación inicial hasta el doctorado. Estamos ante la infinita posibilidad de superar un pasado bañado en sangre y se requiere de un esfuerzo colectivo y conjunto de toda la sociedad para lograrlo. Obviamente no será una tarea exclusiva de los educadores, pero universidades y colegios tendrán necesariamente un rol protagónico en las nuevas condiciones históricas que nos correspondió vivir. Se trata de garantizar una formación más integral, que garantice un trabajo que involucre el cerebro, el corazón y el cuerpo. Se trata de reconocer que el papel esencial de toda educación es formar un mejor ser humano y que ello sólo se garantizará si todos los docentes, de todas las asignaturas y carreras, entendemos que la formación de mejores ciudadanos es una responsabilidad colectiva.

 ¿qué no es necesario enseñar hoy en día en la escuela?

Un trabajo integral exigiría abordar propósitos y contenidos que ayuden a los jóvenes a pensar, valorar y hacer en cada una de las carreras y asignaturas. No se trata de crear cátedras formales, aisladas y desarticuladas, como ha sido la costumbre equivocada en Colombia, sino de asumir colectivamente y de mejor manera nuestra profunda responsabilidad con la historia.

Lo primero que hay que entender es que el propósito de la educación universitaria, necesariamente debería consistir en desarrollar procesos y competencias de carácter más general y no aprendizajes de carácter particular y fragmentado. Eso implica que la educación –tanto en la básica como en la universidad– debe estar focalizada en el desarrollo integral y no en el aprendizaje particular. Sin embargo, ello no será posible de alcanzar con currículos diseñados desde la fragmentación y la súper especialización. Por ello, una condición previa es elevar la reflexión pedagógica en las universidades colombianas –la cual es hasta el momento muy baja– para gestar nuevos currículos y nuevos modelos pedagógicos.

Somos seres que pensamos, sentimos y actuamos. De allí que una educación universitaria que no le asigne el mismo valor a la formación de mejores ciudadanos, seguirá en deuda con la sociedad. Esa deuda histórica debe ser saldada, sin falta y de manera general y estructural, por las universidades colombianas en las próximas décadas. De lo contrario, estaremos dejando que nos roben la esperanza de vivir en un país en paz, tal como de manera inspiradora, ética y profunda nos recordaba el papa Francisco en su reciente visita a Colombia.

Fuente del artículo: http://www.semana.com/educacion/articulo/formacion-en-competencias-socioemocionales-en-universidades-colombianas/540281

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