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XIV Feria del Libro en Guatemala.

Por: Paulo Alvarado.

Uno de los acontecimientos más relevantes para nuestro país, siempre por esta época del año, ha tenido lugar desde el principio del presente milenio. Es la Feria Internacional del Libro, la FILGUA, que ahora alcanza su decimocuarta edición, en este caso con dedicación a Margarita Carrera, a la Editorial Piedra Santa y, como es de esperar, en conmemoración del medio siglo de otorgamiento del Premio Nobel de literatura a Miguel Ángel Asturias. Un esfuerzo extraordinario de la Asociación Gremial de Editores de Guatemala y varios auspiciadores y participantes, quienes creen más en el derecho a la educación, la lectura, las bibliotecas públicas y el acceso a todas las expresiones culturales, que a las idioteces de una supuesta seguridad, la inescrupulosa vigilancia del vecino y tantos otros desatinos nacidos de gente miedosa y poco noble.

Con el muy importante y significativo aporte financiero del Ministerio de Cultura, así como múltiples escritores y escritoras, se sigue buscando el acercamiento de una población alejada de un hábito fundamental para el avance de toda sociedad, el hábito de la lectura. Se busca también llegar a esa población que constituye nuestro futuro, la niñez, por medio de recopilaciones de cuentos, folletos y actividades que involucren a las chicas y a los chicos, donde no baste apretar botones en un aparato electrónico para distraerse de manera inconsciente. De hecho, éste debería ser uno de los componentes indispensables del perfil de un graduado de la escuela primaria: demostrar que domina completamente la lecto-escritura comprensiva de un texto adecuado a su edad.

En esta ocasión, FILGUA transcurre del 13 al 23 de este mes de julio, en Fórum Majadas, zona 11, de la ciudad capital. La feria abre cada día a las 9 horas y cierra a las 21 horas, con excepción del segundo viernes, en que se extiende hasta la medianoche. El costo de entrada es simbólico. Adultos, 5 quetzales; niños menores de 12 años, o estudiantes con carnet y adultos mayores, gratis. Un dato interesante para quienes puedan aprovechar el último momento del día es que a partir de las 20 horas el ingreso es gratuito para todo público.

Se incluyen conferencias, cine, teatro y un pabellón especial que intenta acercar la obra de Asturias a todos y a todas, el lunes 17 y el martes 18. Se dará una reunión de escritores centroamericanos e invitados de México, Colombia, Puerto Rico, Chile, Francia y Estados Unidos. Adicionalmente se inicia el reconocimiento de figuras de la cultura y las letras nacionales, como ya se ha señalado. Se llevará a cabo el VII Concurso interescolar de lectura, en que se convoca a numerosos establecimientos educativos, con vales canjeables por libros en la feria; el II Concurso nacional de bibliotecas públicas, con premios por un total de Q13 mil quinientos; conversatorios; visitas guiadas; jornadas de literatura infantil y juvenil; y un taller de profesionalización en la especialidad de bibliotecología, con expositores latinoamericanos, norteamericanos y europeos. Este taller se realizará también los días 17 y 18. Habrá igualmente un taller que promueve el trabajo de libreros y dedicatorias especiales a los países amigos de la FILGUA, tales Francia y México, además del “Día de las Mujeres”, en la fecha de cierre de la feria, con una franja musical a la que desde ya me permito invitar a nuestras lectoras y nuestros lectores. Y, por supuesto, la muestra y venta de libros con casi un centenar y medio de expositores de nueve países. En todo esto es de resaltar el afán del editor Raúl Figueroa Sarti, incansable impulsor de esta feria.

Fuente: http://www.prensalibre.com/opinion/opinion/xiv-feria-del-libro-en-guatemala

Imagen:  http://radiotgw.gob.gt/wp-content/uploads/2017/06/IMG_20170609_1101361-1024×768.jpg

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Fantasmas del MEP.

Por: Armando González R.

Auditores del Ministerio de Educación Pública (MEP) constataron, una vez más, la práctica de “inflar” números de matrícula para elevar los ingresos de algunos educadores mediante el pago de lecciones no ofrecidas. La anomalía fue detectada en varios colegios técnicos nocturnos, pero ha sido frecuente en otras instituciones educativas.

Estudios de auditoría ejecutados en años recientes hacen sospechar de un fraude cercano al 20% de la matrícula. Es mucho dinero y mucha falta de control. Los directores de centros educativos informan sobre la matrícula y cuentan con la escasa supervisión del MEP para mantener el engaño.

Cuando los auditores identifican la diferencia entre la matrícula reportada y el número de estudiantes en las aulas, los directores alegan la deserción estudiantil en los meses transcurridos después de la matrícula. Sin embargo, las autoridades confían en sus hallazgos y dicen haber identificado a los estudiantes “fantasma” sin tomar en cuenta las deserciones y traslados. Por otra parte, valdría la pena preguntar a los docentes si no notan el pago en exceso cuando el Ministerio les gira el salario.

El asunto preocupa en varios planos. Los implicados son maestros a quienes se confía la formación de los jóvenes. Además, el engaño no es posible sin la participación de la más alta jerarquía de cada centro educativo. Los altos porcentajes de “inflación” de la matrícula son, en sí mismos, preocupantes, porque subrayan la falta de controles adecuados. También alarma la persistencia del problema, cuya solución debió aparecer hace años.

Pero nada preocupa tanto como la tibia respuesta del Departamento de Recursos Humanos del MEP ante los hechos constatados por la auditoría. El informe está bajo análisis para “subsanar” las anomalías detectadas, no para establecer responsabilidades e iniciar los procedimientos administrativos y judiciales del caso.

Mucho puede mejorar la supervisión del MEP, como quedó demostrado. Las oportunidades de abuso deben ser erradicadas y si los sistemas fallan, es necesario subsanar sus debilidades, pero ningún procedimiento impedirá las desviaciones si al final del camino solo espera la impunidad.

Los esfuerzos de la auditoría servirán de muy poco si tan solo conducen a “subsanar” errores del sistema. Cada parche, no importa su eficacia, se constituirá en una invitación para renovar los engaños con otros capaces de burlar los controles mientras hacerlo no tenga consecuencias.

Fuente: http://www.nacion.com/opinion/columnistas/Fantasmas-MEP_0_1644835514.html

Imagen: http://www.nacion.com/nacional/educacion/MEP-funcionamiento-Ministerio-recuperacion-ARCHIVO_LNCIMA20160811_0003_5.jpg

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Equidad e inclusión en educación.

Por: Carlos Ornelas.

Este jueves 6, el secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño, presentó la Estrategia de Equidad e Inclusión, como el inicio de la puesta en práctica de las propuestas del capítulo IV del Modelo Educativo para la educación obligatoria.

¡Otra promesa más!, dirán los críticos. Sin embargo, si la SEP no la hubiera presentado sería objeto de censuras por no cumplir. Atención, no desapruebo los reproches; a fin de cuentas, son acicates para que la alta burocracia se aplique más. Pero prefiero analizar antes que juzgar.

Observo que el secretario Nuño hace lo que se supone deben realizar los altos funcionarios: tomar decisiones. La presentación de la Estrategia va más allá de los temas programáticos e intenta ahondar en tácticas concretas. Además, lo hace en un tema apreciado por los abogados del proyecto democrático de Reforma Educativa.

La idea central de ese proyecto, como diría Amartya Sen, no se orienta a la caracterización de una sociedad “perfectamente justa”, sino a un ejercicio que pueda servir de base para un razonamiento práctico de cómo reducir la injusticia y avanzar hacia la equidad. Esto, bajo los enunciados de igualdad, libertad y reivindicación de los derechos humanos. No en todo, pero la Estrategia se aproxima a ese ideal.

A partir del diagnóstico planteado en el Modelo acerca de la desigualdad, rezago, exclusión e inequidad en el sistema escolar, el gobierno antepuso la inclusión y la equidad como alternativas para comenzar a resolver las deficiencias. El primer punto programático fue plantear un currículo incluyente (que Nuño presentó la semana anterior) y otros asuntos que hoy recoge la Estrategia.

Trata de blindar su Modelo, dicen unos. Puede ser correcto. Los propósitos gruesos de la Reforma Educativa se institucionalizaron en leyes y nuevas entidades desconcentradas o dentro de la SEP. La secretaría promueve ahora mecanismos para poner en práctica los objetivos.

Los instrumentos estratégicos son congruentes con el concepto de equidad de autores como Amartya Sen y Martha Nussbaum, con el planteamiento de la Organización de las Naciones Unidas sobre el derecho a la educación, y con los fines de inclusión plasmados en la Constitución.

La estrategia se sustenta en dos objetivos y seis ordenanzas. Los designios son: 1) romper nudos de desigualdad en el sistema escolar; 2) hacer efectivo el derecho a la educación mediante la instalación de infraestructura digna, escuelas de organización y tiempo completo.

Los seis preceptos de la Estrategia son: 1) prioridad a poblaciones indígenas y migrantes pobres; 2) inclusión —en las escuelas regulares— de personas con discapacidad; 3) énfasis en el desarrollo infantil temprano; 4) disminución de las brechas de género; 5) otorgar becas a quienes más las necesiten; y, 6) abatir el rezago educativo.

Estos fines y disposiciones no son la panacea ni implican que se realizarán en el plazo medio, cuando este gobierno ya no tenga capacidad ejecutiva. He platicado con colegas que esperan percibir más acción, ver en la práctica todos los planteamientos; critican a la SEP por su lentitud, por los huecos y los rezagos. También porque no disciplina a los gobiernos morosos. Entiendo sus preocupaciones, a mí también me gustaría comprobar más realizaciones. No obstante, observo las barreras que enfrenta. Advierto el vaso a medias, en lugar de verlo vacío.

RETAZOS

Cuando vi la foto de Luis Enrique Miranda en el presídium, me vino a la mente el refrán “vale más solo que mal acompañado”. ¿Pensaría Nuño lo mismo?

Aunque Aurelio Nuño pidió disculpas por haber extendido su retórica, parece que no percibe que hablar mucho disminuye el valor de sus palabras. Piezas breves, lógicas, bien construidas le ayudarían; y su auditorio lo agradecería, tal vez.

Fuente: http://www.excelsior.com.mx/opinion/opinion-del-experto-nacional/2017/07/09/1174557

Imagen: http://www.eluniversal.com.mx/sites/default/files/styles/f03-651×400/public/2017/07/06/sep.jpg?itok=TExZ3CaJ

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Aulas cada vez más vacías.

La población escolarizable en la Región de Murcia disminuirá un 12,6 % en 2029.

Por:laopiniondemurcia.

El número de personas en edad escolarizable en España, es decir, de hasta 24 años, se reducirá una media del 12,2 % hasta 2029, una variación será negativa en todas las comunidades -con una caída del 12,6 % en Murcia, de los 421.227 de 2015 a los 368.293 alumnos- y solo positiva en Ceuta y Melilla.

En toda España, se va a pasar de los 11,5 millones de personas en edad escolarizable que había en 2015 a los 10,1 millones dentro de 12 años, según alerta el Consejo Escolar del Estado en su «Informe 2016 sobre el estado del sistema educativo».

«Un bajísimo nivel de fecundidad continuado en los últimos más de treinta años ha tenido como consecuencia un descenso muy acentuado del tamaño de las generaciones que están en las edades escolares», explica la profesora titular de Geografía Humana de la Universidad de Navarra, Dolores López.

Recuerda que la importante llegada de inmigrantes entre el final del pasado siglo y la primera década de este aportó «algunos efectivos a estos grupos», aunque se ralentizó a partir de la crisis económica.

López destaca que la relación entre demografía y sistema educativo «varía mucho», sobre todo en función de si la educación es obligatoria.

Así, una sociedad con educación obligatoria en el tramo 6-16 años (como en España) mira el tamaño de las generaciones que se van a ir incorporando a esas edades y puede tener una idea de «la demanda futura».

En cuanto a las consecuencias de la disminución de alumnos asociada a la llegada a las edades escolares de generaciones pequeñas, esta experta señala que disminuye el ratio alumno/aula y ello «no siempre es negativo».

Pero si baja mucho el número de alumnos en un lugar concreto puede disminuir el número de aulas por nivel y cuando la disminución es muy importante «puede poner en peligro la subsistencia del centro educativo», afirma López, que comenta que en muchos ámbitos rurales o barrios muy envejecidos esto está pasando.

El análisis realizado en su informe por el Consejo Escolar se basa en la evolución de la población en edad escolarizable entre 2015 y 2029 con datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).

Si en ese periodo la población de todas las edades se reducirá un 2,1 %, el peso de las personas escolarizables con relación a la población total disminuiría alrededor de 2,6 puntos porcentuales, al pasar de un 24,8 % en 2015 a un 22,2 % en 2029.

Los mayores descensos se producirán en Canarias (17,7 %), Comunidad Valenciana (16,9 %) y Extremadura (16,6 %).

Y las menores bajadas en Baleares (6,1) Aragón (7,6 %) y Madrid (8,2 %).

Y si se analiza un horizonte hasta 2064, disminuirá en casi setecientas mil el número de personas entre 5 y 24 años, recalca Dolores López.

«Esa disminución variará enormemente de unas comunidades a otras, de las zonas rurales a las urbanas e incluso entre barrios de una misma ciudad. Por lo tanto, en algunos lugares se cerrarán colegios y en otros habrá que abrirlos», asevera.

Y aunque la enseñanza universitaria no sea obligatoria, «si hay una generación llena en la que muchos de ellos quieren estudiar en la universidad, el factor demográfico importa», según López.

Respecto al sentido o no de abrir nuevas universidades cuando está bajando la natalidad, Dolores López subraya que en los últimos años se ha producido una importante internacionalización de los universitarios tanto en los centros públicos como privados.

«Al disminuir la población residente en España demandante de estudios universitarios, cada vez cobra más importancia la calidad de las universidades y su capacidad para atraer a talento más allá de nuestras fronteras», concluye.

Fuente: http://www.laopiniondemurcia.es/comunidad/2017/07/09/poblacion-escolarizable-murcia-disminuira-12/843983.html

Imagen: http://fotos00.laopiniondemurcia.es/2017/07/09/328×206/fotosantiguas040004406.jpg

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El hijo que quiero tener’, una reflexión sobre la educación

Milagros Martín-Lunas

milagros.martinlunas@elindependiente.com

El teatro es una herramienta de autoconocimiento”. Cada obra que estrena la compañía valenciana El Pont Flotant está ligada a la trayectoria vital de sus miembros. Por  sus trabajos han pululado el amor, la importancia del compromiso, incluso, el paso del tiempo. Ahora, en El hijo que quiero tener, su séptimo montaje que recala en el Teatro de la Abadía del 12 al 15 de julio, apuestan por una reflexión sobre la educación. “No se trata de una reflexión conceptual, sino una reflexión centrada en cuestiones cotidianas que pueden surgir en el hogar, en la escuela o en un parque. Porque todos, incluso quienes no tienen hijos, somos responsables de la educación de nuestros niños”, confiesa Jesús Muñoz, uno de los fundadores de la compañía.

¿Qué hijo quería tener mi padre? ¿Qué hijo querría tener yo? ¿Qué abuelo querría que fuera yo para su hijo? ¿Qué padre hubiera querido tener mi hijo? Son las preguntas sobre las que bascula uno de los espectáculos más originales que pueblan la cartelera madrileña.

Todos, incluso quienes no tienen hijos, somos responsables de la educación de nuestros niños”

La compañía El Pont Flotant se alimenta de la verdad. El secreto de sus trabajos es que nacen ligados a las experiencias vitales de sus miembros. “Para nosotros es más importante la honestidad y la verdad en escena, mucho más que las grandes demostraciones y habilidades técnicas”. Andan ahora fagocitados por la paternidad y con esa nueva situación, en la que el concepto de responsabilidad lo abarca todo, se han topado con una lista interminable de de dudas, prejuicios y miedos. “Nos hemos cuestionado la educación, la relación de los padres con los hijos y de éstos con sus abuelos. Todos tenemos una idea del tipo de padre o madre que queremos ser, pero a la hora de la verdad muchas veces acabamos haciendo justo lo contrario a lo que pensábamos que íbamos a hacer. Por presiones externas o porque proyectamos los traumas propios en nuestros hijos”.

Para trabajar en la obra organizaron un taller intergeneracional en el que durante tres meses dieron voz a padres, hijos y abuelos. Se trataba de un experimento del que pretendían crear material para una futura obra donde los participantes podían manifestar sus miedos, sus deseos y sus ambiciones. “La fuerza con la que estábamos trabajando tenía tanto valor que decidimos que la obra debería ser eso mismo”.

La obra se convierte en una propuesta que desnuda los vínculos emocionales entre padres e hijos

La obra que recala en La Abadía se convierte en una propuesta que desnuda los vínculos emocionales entre padres e hijos. El hijo que quiero tener hila una dramaturgia no exenta de autocrítica, humor, ternura e ironía. “La educación ha cambiado mucho, cada vez resulta más difícil ponerte en el lugar del otro, entender por qué tu hijo disfruta saltando los charcos o por qué los padres proyectamos nuestros miedos coartando la libertad del otro. Por no hablar de lo difícil que es convivir en la jungla del parque, las comparaciones que establecemos entre nuestro hijos y esa tendencia que tenemos en meternos donde no nos llaman, por ejemplo, la educación que el de enfrente está dando a su hijo”.

En El hijo que quiero tener presente, pasado y futuro se fusionan en escena para desvelar historias que hablan en definitiva, de la vida, de cómo amamos a nuestros hijos y a nuestros padres, y de cómo nos cuesta, a veces, expresar nuestros sentimientos más simples y lo difícil que nos resulta comunicarnos. Actores y amateurs se suben al escenario para provocar una reflexión en el espectador. “No pretendemos dar consejos, para nosotros el teatro es un espacio para cambiar, un espacio para dar que pensar. Si llegamos a eso, nuestro objetivo ya está cumplido”, concluye.

Fuente del Artículo:

‘El hijo que quiero tener’, una reflexión sobre la educación

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On Teaching

By William Charles Ayers (Bill Ayers)

Boston Convention and Exhibition Center, Boston, Massachusetts.

Thank you all for welcoming me here today. I deeply respect you and the work of this organization. This room is full of people who have committed their lives to education — whether as teachers, ESPs, administrators, or other leadership roles — and it’s an honor to be able to talk with you.

In his book “Teaching Toward Freedom,” William Ayers wrote, “To be human is to live alone on the nerve islands of our bodies. To connect with another is to imagine with sympathy. The bridge of humanity is constructed of imagination, a certain kind of imagination, mediated by words.” I read that book very early in my career, and that idea — human connection as a feat of empathetic imagination — has stuck with me. We may not be able to step inside of each other’s heads, as humans, but I think sometimes that our work as teachers is to try.

I remember when President Obama was elected for the first time. The next morning, I went into my classroom, ready to talk with my students about his historic election and hear their reactions to it — after they did the Do Now, of course. I stood at the front of my room with my clipboard, taking attendance the same way I did every day, but I only had one student in the room. There he sat, in his assigned seat right in the middle of the room, facing me, as I checked off a little box next to his name. We looked at each other, looked at the clock, looked at each other. After a few minutes, he asked, “Where is everybody?”

“I don’t know,” I said, “but they’re late.”

We heard a commotion outside and saw some of his classmates running past the window. Then my principal at the time burst through the door. “What are you doing?” he asked. “Come outside!”

We followed him to the busy intersection outside and saw the rest of the school — students and staff — standing there on the corner. Some people held up that day’s paper with a huge picture of President Obama on the front. Others had grabbed mini-whiteboards from classrooms and written, “Honk for Obama” on them. The scene was messy, loud, and joyous.

Standing there still holding my clipboard, a symbol of the rules and routines that made school feel orderly and productive to me, I realized that my stubborn insistence on sticking to the plan and following the rules had been silly. My neat little plan wasn’t what such a historic situation demanded. It wouldn’t have given my students nearly enough time or space to express their joy. I had needed a reminder to, as William Ayers wrote, imagine with sympathy. I needed to remember that my students and I were connected by our shared humanity.

When I decided to become a teacher, I imagined it would be a job that would nourish my deep need to be in control. I had done my reading, of course. I knew that I needed to work against the “banking” model, trying to fill my students’ heads up with all of my knowledge and ideas. But I still envisioned my role as one where I would activate what happened in the classroom. I didn’t imagine myself as an authoritarian, but I thought, I’ll write lessons, so I’ll know exactly what is going to happen. I’ll be in charge.

Of course, we all know what a naïve expectation this was. Teaching, like parenting, can show us just how powerless we really are. The most carefully-crafted plan can be thrown off by a snow day or fire drill, a fight in the hallway, a curious student’s questions that lead us off on an interesting, but tenuously relevant, tangent. Sometimes we realize students know more or less than we anticipated when planning, or a protocol that looked so good on paper falls to pieces when we try to put it on its feet. Or there are the days, like that November day when Obama was elected, when what’s happening outside of the school bangs on the door and demands to come in.

When I got hired to teach ninth grade humanities at the school where I’ve worked for the past decade, I inherited a beautiful course called “Justice and Injustice.” I’ve made it my own over the years, but the bones were there: a course interweaving history content with literacy skills, focused on case studies of moments when people faced injustice and fought for justice. At that time, the final case study of the year focused on South African Apartheid.

I’m a history teacher, so I’m going to take a detour here to tell you a story about Apartheid, but I promise it’ll come back around in the end.

Apartheid officially started in 1948 when the National Party was elected to power in South Africa. By 1948, White South Africans, who were descendants of Dutch and the British colonists, had stripped Black South Africans of the right to vote, forced them to find jobs in dangerous gold mines just to afford the taxes levied on them, and dehumanized them by making them carry passbooks wherever they went to prove that they were allowed to be in areas designated “Whites-only.”

Apartheid-era South Africa was brutal. The government used subjective, racist tests to categorize South Africans by race. Those arbitrary racial categories determined where South Africans could live, who they could marry, and which schools their children could attend. South Africans who resisted these laws risked jail time, fines, or state-sanctioned violence at the hands of the police and military. Around the world, other countries’ governments — including the United States’ — hesitated to sanction South Africa because they benefited from its natural resources.

In the 1960s, the two major anti-apartheid organizations had been banned by the government, and many prominent leaders, including Nelson Mandela, had been sent to prison with life sentences. Many South Africans of color who had grown up under this racist system felt trapped, and some were losing hope.

In 1976, the South African government passed a new law called the Afrikaans Medium Decree, requiring that students be taught in Afrikaans, which was the language spoken by White South Africans descended from the Dutch. Many Black South Africans referred to Afrikaans as “the language of the oppressor.”

Not surprisingly, students were outraged at this new law. Black students already attended segregated schools with overcrowded classrooms, insufficient materials, and a racist curriculum. Now they were expected to learn in a language neither they nor their teachers spoke. They drew inspiration from Steve Biko, a Black Consciousness leader who wrote, “The most potent weapon in the hands of the oppressor is the mind of the oppressed,” and decided to take action. Students in the township of Soweto, outside of Johannesburg, circulated a petition to protest the new law and planned a march and rally at a local stadium.

At 8:15 a.m. on June 16, 1976, thousands of students walked out of five schools in Soweto after singing “Nkosi s’ikele Afrika” — “God Bless Africa.” Students of all ages — including elementary school children — marched peacefully through the streets toward the stadium holding hands and carrying signs reading, “Down with Afrikaans.”

At an intersection, the students encountered the police and the Defense Force, who ordered them to turn back. When the students refused, the police officers set dogs on them. Then they opened fire.

Within 36 hours of the march beginning, 29 people had died, and 250 were injured. The government lost control in Soweto as protests and riots spread. News outlets around the world covered the story, publishing a now-iconic photo of the first person killed by police: 13-year-old Hector Pieterson.

Although Apartheid did not officially end until 1994, the students’ protest had a dramatic impact on the way the world viewed the South African government’s policies. As news of the Soweto Uprising spread throughout the world, it became nearly impossible to ignore the brutality of the Apartheid regime. In the months and years that followed, more and more countries exerted political and economic pressure on South Africa to end Apartheid.

Each year, my students and I study the Soweto Uprising, exploring the ways in which South African students exercised their agency within an oppressive system that sought to silence them and deny their humanity.

Invariably, when we dig into this history, students draw comparisons between the South African students’ activism and their own power and promise as young people. They begin to wonder about what could push them to stand up in the face of injustice and what forms of political power they have. They debate about whether they would be willing to risk their lives so that future generations could live in a more just world. They ask themselves whether adults will ever listen to their voices.

A few years ago, in the wake of Michael Brown’s death in Ferguson, Missouri, my principal received an anonymous email from one of our seniors. It informed him, respectfully but firmly, that students at our school would participate in a walk-out the following day in support of the Black Lives Matter movement.

At this point, staff at the school had a decision to make: would we try to stop the students’ protest? Would we use our authority and power to try to control them? Or would we support them as they put into practice the principles of activism and social justice that we had taught them about since their 9th grade year?

The principal sent a response to the entire school. He explained that, as a community, we supported our students’ rights to protest. He also explained that students who participated would be subject to disciplinary action (like having their parents contacted), since historically, those who chose to protest did so in spite of the consequences. He encouraged students to stay together, to be safe, and to do what felt right to them.

On the day of the walkout, most of the student body left school en masse and gathered on the lawn as one of the seniors went over expectations before they left to travel downtown for a rally. Staff members gathered on the lawn with them, reminded them to be safe, and went back inside with those who chose to stay. That afternoon, the kids at school debated the merits of protest, talked about their connections to Black Lives Matter, and… did class. But no matter where they had chosen to spend their afternoon, our students — and students all over Boston — learned valuable lessons that day.

They learned that adults in their lives would support them in raising their voices at the same time that we worried for their safety. They learned that we would be consistent in our expectations… while also flexible enough to understand when expectations needed to shift. They learned that they didn’t need adults to tell them how, when, or where to organize. They learned that they were members of a community of young people with a shared vision of a more equitable society, and they learned that they had power within that society. They learned that events like the Soweto Uprising aren’t ancient history… and they don’t have to end in tragedy.

A lot of people have asked me what I mean when I say that education can be a tool for social justice, and this is usually the story I tell to show them. As educators, it is our job to prove to our students that adults will listen to their voices. It is up to us to inspire confidence in them that they do have the power to effect change. It is our responsibility to ensure that they are equipped with the tools to insist on a more just and equitable world.

But living up to this vision of our role as educators is not always easy. Sometimes, our kids will point out ways in which systems that we have set up or in which we are complicit contribute to inequity. They will push us to engage in uncomfortable conversations. Their curiosity will force us to question our own assumptions and beliefs. During the Soweto Uprising, the protesting students’ families were rightfully frightened. They had grown up under Apartheid. They knew the danger in protesting. They had seen friends, family members, and political leaders imprisoned or killed for speaking out. They wanted their children to lay low and stay safe. As an adult, one of the protestors recalled, “’76 really represented, in many ways, divorce between black children and their parents.”

We all do this work because of a sincere and collective belief in a better future for our students, and we know that they will be the ones to build it. We have to listen to them and support them in developing their voices and finding their power. And each time we witness our students coming into their own as change-makers, we will be reminded of the value of education: as a site of hope and a community where dreams can become reality.

Looking back at myself as that new teacher clutching her clipboard and wondering what to do when The Plan didn’t go as planned, I can see how much I have grown. I owe a huge debt to the people who have helped me grow along the way: my principal, who encouraged me to “Come outside!” The students of Soweto, whose memories showed me that working for social justice is a long-term project that requires patience, courage, and stubbornness. My own students, who helped me see that, unless I deliberately and explicitly connect lessons from history to our own lives and context, I do them a disservice. And all of you, with whom I share the privilege and the great responsibility of this awe-inspiring profession: to help construct, side-by-side with one another and with our students, “the bridge of humanity,” to imagine with sympathy — or, I’d rather say, with empathy — and strive for justice.

So I have a proposal. As educators, let’s replace our clipboards with time machines. Let’s create school communities in which our students can move from the past to the present to the future all in one day. Let’s work to ensure that education represents liberation. Let’s keep our ears and hearts open to our students’ brilliance, even when it makes us uncomfortable. Let’s envision education as a time machine that helps our students travel to worlds we have only imagined — ones that are built on ideals of justice and equity and collaboration.

Source:

On Teaching

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La escuela, ¿es un campo aparte?

El discurso escolar, en su aspecto sociológico general y en el cívico en particular, es inseparable del tiempo, tanto del cronológico como del social. Una de las formas en que se expresa esto es en la referencia siempre actualizada de que las generaciones que están en la escuela son los ciudadanos del futuro. Así, cada presente generacional es proyectado hacia delante con romanticismo, a veces con cierto misticismo nacionalista.

Al observar nuestro presente, el que vivimos y que en varios aspectos padecemos con su conjunto de problemas sociales y políticos, y al observar también a los responsables del gobierno –todas aquellas y aquellos ciudadanos que al ser investidos de la autoridad pública que tienen prometieron cumplir y hacer cumplir la Constitución federal y las particulares de los Estados y las leyes de ambas derivadas-, es inevitable pensar que estos fueron hace años –siendo niños y niñas en la educación básica, o adolescentes y jóvenes en los siguientes tipos educativos-, los hombres y las mujeres de un futuro de México. La evidencia nos muestra que la proyección escolar, en muchos casos, no resultó acertada.

El nuevo modelo educativo y el documento de los planes y programas de estudio que la SEP ha presentado recientemente, no olvidan hacer esa referencia a la relación presente-futuro, aunque ahora domina más el símbolo del siglo XXI como tiempo cambiante y desafiante. El secretario de Educación afirma, en la presentación de los nuevos planes de estudio, lo siguiente: “… tenemos la responsabilidad de preparar a nuestros hijos e hijas para que puedan afrontar el difícil momento histórico que están viviendo y logren realizarse plenamente. Estoy convencido de que el presente y el futuro de México están en los niños y jóvenes. Si logramos darles las herramientas que necesitan para triunfar, nuestro país será más próspero, justo y libre”; y agrega: “Para lograr este objetivo necesitamos una auténtica revolución de la educación. A lo largo del siglo XX, el sistema educativo hizo realidad su utopía fundacional, que era llevar un maestro y una escuela hasta el último rincón del país. Hoy tenemos que ser más ambiciosos y, además de garantizar el acceso a la educación, asegurar que esta sea de calidad y se convierta en una plataforma para que los niños, niñas y jóvenes de México triunfen en el siglo XXI. Debemos educar para la libertad y la creatividad” (p. 7).

Sin duda es relevante el logro de las autoridades en el avance de la tríada formada por la reforma educativa-modelo educativo-planes y programas de estudio, pero la presentación de estos últimos ocurre en un momento de incertidumbre no del siglo XXI sino de nuestro tiempo social. El proyecto de formación es optimista, como debe serlo toda la educación, pero varios problemas conducen a la pregunta de si la educación es un campo aparte, o cómo logrará sus propósitos en un contexto problemático por cuestiones agravadas como la inseguridad que vivimos los ciudadanos, por la corrupción gubernamental, por el grave asunto del espionaje a líderes y comunicadores, por el crecimiento de la deuda pública y el de la pobreza, por las elecciones caracterizadas por la intervención indebida del gobierno, por un sistema político incapaz de culminar el proceso de integración del Sistema Nacional Anticorrupción, entre otras cuestiones que comprometen la legitimidad y la responsabilidad de los gobernantes.

¿Recibirá la escuela la atención y los recursos de toda naturaleza que requiere en un contexto así? La escuela actúa en el presente, pero su potencial de que la formación que ofrece trascienda positivamente hacia el futuro no se logra aislándola de ese contexto, sino cambiándolo con buen gobierno y ayudándole a realizar de modo eficaz su currículo.

Uno de los elementos que van a exigir mucho esfuerzo y congruencia gubernamental es el de la autonomía curricular. Para ello son fundamentales algunas acciones:

  1. Que cada escuela –comprendida como comunidad educativa situada en una comunidad política-, sea un lugar en el que nadie impida comprender y vivir que el Estado y nuestra Constitución son un patrimonio social y que todos los derechos de todos los ciudadanos son la prioridad fundamental fuera y dentro de la escuela. Para cada estudiante, el artículo primero de la Constitución es el más básico aprendizaje; el más básico elemento de su socialización y de su identidad.
  2. Cada miembro de la comunidad educativa ha de comprender y vivir que la Ley es nuestro mayor bien social y que ningún gobierno –como institución- o gobernante –como individuo- tiene legitimidad ni calidad moral si no se identifica con ella y ordena toda su acción a cumplirla y hacerla cumplir.
  3. Por los dos elementos anteriores, es imprescindible que en cada escuela la formación social y cívica esté alimentada día a día con el conocimiento y valoración de lo que hace o deja de hacer el gobierno, de cómo usa los recursos públicos, de cómo administra la justicia, de cómo resuelve las necesidades cotidianas de la población y las de largo plazo. En otras palabras, que se use la información para juzgar si el gobernante está cumpliendo la Constitución. El gobierno debe transformarse; no da señales de querer hacerlo. La escuela debe formar para que los estudiantes exijan esa transformación desde ahora. Se trata de lograr una formación jurídico-política aplicada.
  4. La autonomía curricular exige, a su vez, que la política educativa abra realmente las puertas a la participación social por medio de los cuatro niveles que la ley ordena al respecto.
  5. Finalmente, la autonomía curricular demanda maestros y directivos libres de toda forma de control gubernamental o sindical. Si el objetivo es un país “más justo y libre”, unos de los indicadores básicos de ello es la libertad de los docentes y directivos. En otros términos: podremos creer que la escuela no es un campo aparte en la medida en que la sociedad vea que el Estado da a los docentes y directivos sustento pleno en su formación y trabajo.

En otras palabras, la escuela no sólo no es un campo aparte, sino que su institucionalidad y su tarea pone a prueba a toda la estructura del gobierno. La escuela no es deudora del gobierno; al revés, el gobierno se debe a ella.

Fuente del Artículo:

La escuela, ¿es un campo aparte?

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