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Desnutrición cultural

Por: Fernando Buen Abad

Algunas de las restricciones que el capitalismo impone a los seres humanos incluyen el acceso al conocimiento territorial y conceptual del mundo todo con sus realidades. Incluyen una especie de inanición de saberes y de experiencias necesarias para el crecimiento normal de la conciencia social y de la conciencia de especie. Incluyen el desabastecimiento de nutrientes intelectuales que son soporte de las habilidades mentales básicas como la capacidad de abstracción, la capacidad de organización, la capacidad de movilización y las habilidades del pensamiento crítico. Y como toda des-nutrición produce estragos. Acéptese ésta metáfora imperfecta provisionalmente. He aquí un problema Ético crucial para nuestro tiempo.

Reponerse de semejante despojo implica (además de conciencia de él) tiempos y estrategias de atención especial y prioritaria que, hasta hoy, no han podido resolver, por supuesto, los “modelos educativos” funcionales al capitalismo. Sigue intocado el flagelo que aqueja a millones de personas sin saber leer y escribir y sólo unos cuantos países gozan del “privilegio” de ser “territorios libres de analfabetismo.” (Cuba, Venezuela, Bolivia…) Es pasmosa la ignorancia generalizada en materia de geografía económica, política y social. Historia y crítica de la Cultura, de las Artes y de las expresiones populares. A población abierta se desconoce África y sus diversidades; Latinoamérica con sus raíces más frondosas y sus calamidades imperiales. Se trata de una “ignorancia de clase” que sirve para hundir en la confusión todo aquello que no pertenezca a los triunfos materiales y espirituales de la burguesía. Semejante “desnutrición cultural” no se resuelve con reformitas ni reformistas neoliberales. Ni con represión a los profesores críticos.

Para colmo, como en toda “desnutrición”, también ocurre el sobre-consumo de alimentos ideológicos “chatarra” que mientras engordan con banalidades consumistas a los usuarios, le destruyen el sistema nutricional basal. Acéptese ésta metáfora imperfecta provisionalmente. Así tenemos obesidades ideológicas mórbidas, producto de un mercado de valores mercantiles cuyo efecto reduccionista es engrosar sin control al capitalismo y sus “mass media”. Así, pues la desnutrición cultural proviene de la escasez tanto como de la saturación. En el centro del problema está el vació prefabricado por la burguesía, para tener seres humanos embriagados con felicidad de consumo, ignorantes pero agradecidos de no tener que saber tanta cosa sobre un mundo que se les vende como ajeno, peligroso y aburrido. Nos ganó “patolandia”.

Algunas estratagemas para maquillar el escándalo de la “desnutrición cultural” se fabrican rentablemente en el seno de la “industria del turismo”. Como dicen que “los viajes ilustran”, dan por verdad que viajar es una forma de combatir la ignorancia abrumadora que pesa sobre el mundo y que al mundo le pesa. Pero nada asegura que los viajantes sean, realmente, conscientes de los territorios que pisan. La “industria del turismo” ha creado modelos de estandarización que comprimen la experiencia a una sola decoración para comer tanto como para dormir. No importa si estamos en el desierto del Sahara o, en Alaska o cruzando el Río de la Plata en un transporte más parecido a un “supermercado” que a un barco. La “cultura” del “viajante” suele reducirse a unas cuantas fotos, unos mensajes en “redes sociales” y a las habilidades espurias para ganarse puntos o “millas” extra del “viajero frecuente”. Con las debidas honrosas excepciones.

El cuadro de la “desnutrición cultural” se completa entre malabares de computadora para conseguir hospedajes “buenos, bonitos y baratos”. Renta de autos, reservaciones de restaurantes y uno que otro lujo al alcance del salario de las masas turísticas. En la perspectiva general la experiencia residual de un viajante común, suele no contener información alguna sobre cómo se vive lo que se vive en cada lugar ni qué nos une a las mejores luchas que se desarrollan en cada sitio del planeta. Viajar debería ser otra cosa. “Gana la ignorancia”.

¿Qué puede esperarse en las escuelas donde se enseña, hipotéticamente, algo que sirva para conocer y entender al mundo, sin moverse de las aulas? Sin moverse del televisor, sin abrir un libro. (En el caso de que existan -a la mano- libros capaces de combatir la “desnutrición cultural”) National Geographic, por ejemplo, emprendió -como muchos lo han hecho- el trabajo de “mostrar al mundo” pero bajo sus reglas de mostración y con el paquete ideológico que a ellos conviene inyectado en cada lugar, en cada hecho, en cada situación por ellos elegida. Así, vemos un mundo expuesto de tal forma que ni los “locales” se reconocen ante los eventos cotidianos más próximos o más cotidianos. Muestran al mundo como antropólogos ingleses (ajenos, distantes y pasajeros) de esos que a ellos les encanta convertir en locutores de sus series televisivas. Hay lugares que tienen la colección completa de sus videos y ni una sola comprensión del planeta. La Ideología de la clase dominante.

Toda persona tiene derecho a conocer su realidad como especie y como grupo social sometido a las tensiones de la lucha de clases. Tiene derecho a comprender su lugar en el modo de producción dominante y su lugar en las relaciones de producción. Tiene derecho a conocer la Historia de las condiciones que se le han impuesto y las posibilidades reales para salir de ellas. Conocer las luchas de sus pueblos y las luchas de otros pueblos que han luchado y luchan por salir de un mundo secuestrado por el capitalismo. Toda persona tiene derecho al trabajo, a la salud, a la vivienda y a la educación y eso implica el derecho a conocer el mundo, libre y críticamente, en contacto con otras persona que, a su vez, también tienen derecho a conocernos y reconocernos como iguales, fraterna y solidariamente. No contar con eso es una pérdida histórica difícil de reparar. No contar con eso es un daño terrible a la especie humana y a su futuro. Impedirlo es un delito de lesa humanidad también agravado por cometerse con alevosía, ventaja y premeditación. Desnutrición cultural programada. ¿Qué hacemos?

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Mitos sobre los niños superdotados

Por: Olga Carmona

Es imprescindible desmontar las falsas creencias a fin de transmitir un acercamiento más real sobre cómo son estos menores

Es muy frecuente comprobar en nuestro día a día cómo hay una serie de creencias falsas en torno a los niños superdotados o con Alta Capacidad y me parece imprescindible desmontarlos a fin de transmitir un acercamiento más real sobre cómo son estos niños.

Uno de los más generalizados es que Alta Capacidad es igual a Alto Rendimiento: ante la casi siempre acertada sospecha de algunos padres sobre la posible sobredotación de su hijo o hija, los profesores suelen contestar que ellos no han notado nada especial, que no sobresale en casi nada y que sus notas son mediocres cuando no directamente malas. Lo cual deja a los padres aún más confusos puesto que pareciera que ello es un indicador directo de que sus hijos no tienen altas capacidades. Nada más lejos de la realidad. Solo un porcentaje de niños superdotados tienen un alto rendimiento académico. La mayoría en cambio no destaca en las calificaciones, bien por aburrimiento, desmotivación o porque el sistema escolar suele estar orientado al aprendizaje secuencial y repetitivo lo que requiere un predominio del hemisferio cerebral izquierdo mientras que los niños superdotados funcionan con una alta dominancia del derecho, por lo que necesitan una forma diferente de aprendizaje.

Otro tópico generalizado es que tener Altas Capacidades es una garantía de éxito especialmente académico y que por tanto estos niños no necesitan ayuda. Esta es una creencia que deja sin recursos de apoyo tanto a padres como a niños. Es habitual comprobar como se ve con muy buenos ojos que si hay una cantidad de recursos limitados se destinen a aquellos que tienen problemas para alcanzar el aprobado o tienen trastornos de aprendizaje y se queden fuera los que en teoría “van sobrados”. Nada más lejos de la realidad y de la ley. Nuestro sistema educativo garantiza la atención a la diversidad y la propia ley española los define como Alumnos con Necesidades Educativas Específicas y su atención está recogida y contemplada por dicha ley. Estos alumnos, de no ser apoyados en su necesidad, es muy probable que acaben fracasando, abandonando un sistema educativo que no les tiene en cuenta, que no les brinda la oportunidad de desplegar su potencial, que les castra como personas y les hace sentir inferiores y fracasados. Y no hay que esperar a la Educación Secundaria para que eso ocurra: en nuestra práctica clínica cotidiana vemos casos de niños pequeños que ya han desarrollado una sintomatológica depresiva, rechazo escolar y trastornos psicosomáticos tales como asma, problemas de piel, trastornos digestivos, del sueño y de la alimentación, todo ello producto de la ansiedad que les produce encajar en un molde que les queda pequeño.

También es común la creencia de que los niños con Altas Capacidades lo son porque fueron extremadamente estimulados y que de no haber sido así, serían niños normotípicos. Esto tampoco es cierto: la sobredotación tiene un componente de herencia genética indiscutible. Obviamente, un ambiente estimular favorecerá la expresión de la altas capacidades pero encontramos niños superdotados en los ambientes menos favorecidos socioeconómica y culturalmente. Si, podemos aumentar la inteligencia de nuestros hijos con la estimulación adecuada (sin sobreestimular), pero categóricamente No podemos crear niños superdotados.

Un niño con Alta Capacidad no es un niño muy inteligente. Es un niño cuya inteligencia difiere en la cantidad, pero también en la cualidad: es una forma diferente de ser inteligente, de procesar y percibir el mundo, es un cerebro estructural y funcionalmente diferente.

También nos hemos encontrado con padres y lo que es más preocupante, con profesionales de la pedagogía y la psicología que abogan por “no hacer nada”, porque “así se normaliza y se le quita importancia”. Este planteamiento es tan contraproducente que nos cuesta trabajo entenderlo salvo que sea producto del miedo a no saber qué hacer o la necesidad de no enfrentar dicha realidad. Las sobredotación no puede normalizarse porque su esencia es precisamente su anormalidad, en tanto quienes lo son representan a tan solo un 2% de la población y es urgente, imprescindible, entender a un hijo sea como quiera que éste sea: conocer su realidad nos acerca y nos permite apoyarle.

Otro tópico es que los “niños con altas capacidades lo son siempre y en todo momento”: rotundamente no. Los niños son sobre todo niños con independencia de su especificidad y necesitan ser y comportarse como tales y sobre todo ser tratados como tales: permitir el error, la intolerancia a la frustración, las rabietas, el aburrimiento, el entusiasmo, el enfado, el juego… todo lo que implica la vivencia de una infancia sin prisa y manejando nuestras expectativas.

Realidades poco conocidas

Y de la misma manera que hay un montón de creencias distorsionadas muy generalizadas acerca de los niños con Altas Capacidades, hay otras realidades de estos niños muy poco conocidas:

Los niños con Altas Capacidades son extremadamente sensibles y por ello muy vulnerables. La mayoría de ellos tienen hiperexcitabilidades sensoriales o motrices: reacción excesiva ante ruidos, olores, luz intensa, muy movidos, les incomodan las etiquetas de la ropa, las telas rígidas como los vaqueros, determinadas texturas en los alimentos… Tienen un exacerbado sentido la justicia así como una empatía hiper desarrollada, lo que les lleva a percibir la realidad de forma muy ansiosa, acumulando grandes dosis de ansiedad al cabo del día que deriva muchas veces en comportamientos rígidos y obsesivos en un desatinado afán de canalizar toda su ansiedad.

Atender las necesidades emocionales de los niños con altas capacidades es la base para que puedan desplegar su potencial cognitivo: hoy sabemos que en el éxito hay un 30% de factores cognitivos y un 70% de factores emocionales.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2017/05/22/mamas_papas/1495462365_656352.html

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“Mi escuela es formidable porque no hay reuniones”: ¿Dónde quedan los procesos participativos?

Por: Jaume Martínez Bonafé

Si cuando voy a la reunión del Claustro ya sé que nada va a cambiar, porque todo discurre en el interior de un campo de juego marcado por adelantado, es muy difícil ilusionarse por lo que aún se desconoce.

En una conversación con maestras y maestros de enseñanza primaria alguien dijo: “!Mi escuela es formidable porque casi no se hacen reuniones!”. ¿Qué le ha pasado a la democracia, al sentido original de la participación, al deseo en la construcción de lo público, para que nos aburran las reuniones?

No seré tan cínico como para dejar solo en la boca de aquel colega lo que a mí mismo me ha sucedido al vivir con resignación y hastío muchas de las convocatorias a reunión de Consejo de Departamento. La cuestión, por tanto, más allá de las actitudes de cada cual, es si los procedimientos de los que nos dotamos en los procesos participativos responden realmente a la construcción de un proyecto público o simplemente sostienen lo que es puramente formal: una democracia de consumo, algo ya construido para que no sea necesario soñarlo de nuevo.

Me parece imposible pensar, enriquecer, mejorar la escuela pública, hacer más pública la escuela pública, si no nos dotamos de procesos de discusión y toma de decisiones en los que la pluralidad real de la vida social se sienta reconocida, y los significados diversos con los que dotamos de sentido a nuestras prácticas no puedan ser conocidos y contrastados.

Somos sujetos políticos, sujetos sujetados, pero sujetos, con capacidad para la construcción del proyecto público de educación. Cuando se reduce, se niega, o se pervierte el sentido original de nuestra participación, se nos traslada a la condición de objeto, se nos impide sabernos, sentirnos sujetos. Me parece que el 15 M fue una clara manifestación de la indignación por el proceso progresivo de reduccionismo de nuestra capacidad de ser sujeto, de nuestra capacidad de poder y querer protagonizar la política, todos los sentidos cotidianos de la política.

Ustedes me disculparán este rollo, pero no puedo entender la escuela, la escuela que es de todos y todas, y que está hecha por todas y todos, no puedo entender ese espacio público común, dialógico y plural, sin la voluntad de participación activa y consciente de todos y todas. Por eso no sería mala idea que a quienes el asunto nos preocupa echáramos un vistazo, bueno, un vistazo en profundidad, a los mecanismos y dispositivos que poco a poco pervierten y dificultan la política viva, la política de la participación real en la escuela.

Apunto algunas cuestiones, que podrán estar presentes en ese análisis. La primera, la institucionalización burocratizante de la práctica. Recuerdo aquella escuela que hacía asambleas con los chavales los viernes por la tarde, y decía que practicaba la pedagogía freinet, mientras la vaciaba de significado. La segunda, la tecnologización de la experiencia educativa: un día le pedí a un colega de la Facultad sus horas de la tarde para hacer una salida a la ciudad con mis alumnos, y me dijo que me las cedería encantado pero tenía mucha dificultad porque le rompía su programación que desde el inicio de curso cumplía a rajatabla. La tercera, la profesionalización del expertismo. Nunca olvidaré la transformación de aquel despacho en el que originalmente se reunía un equipo de maestras en formato de dirección colegiada de la escuela, y acabó en desierto solitario de un barbudo que aportó sus titulaciones y diplomas para optar a la nueva dirección de la escuela. Cada cual puede proseguir su particular listado. Yo apuntaré una última cuestión: el sentido de la política y la participación: la política como eje de las transformaciones sociales o la política como negación de esas transformaciones, quedando en un plano puramente instrumental y técnico. Si cuando voy a la reunión del Claustro ya se que nada va a cambiar, porque todo discurre en el interior de un campo de juego marcado de antemano, es muy difícil ilusionarse por lo que todavía se desconoce, por lo que todavía puede ser posible.

Claro que el asunto problemático de la democracia real y la participación activa no está solo dentro de la escuela. También habrá que leerlo en otros planos o espacios institucionales. Si las leyes educativas se hacen al margen de la opinión, la experiencia, y el saber de los maestros y las maestras, de los padres y las madres, de los niños y las niñas, no me digan luego que esperan de estos sectores de la sociedad civil una ilusionada participación en la implementación y desarrollo de esas leyes. Algo de esto creo que se está recordando en la llamada Subcomisión para el Pacto Educativo. A ver si se hace posible.

Fuente: http://eldiariodelaeducacion.com/blog/2017/05/25/mi-escuela-es-formidable-porque-no-hay-reuniones-donde-quedan-los-procesos-participativos/

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De los conflictos: una perspectiva institucional

Por: Xavier Besalú

Los conflictos son inevitables, sí. Una de las tareas de los centros es prevenirlos y evitarlos en lo posible. La institución tiene fuerza a la hora de determinar las condiciones de vida en su interior.

Un conflicto es un indicador, un síntoma: unas veces lo es de la diversidad de puntos de vista, de intereses o de logros que alcanzar y, otras, de rivalidades, incompatibilidades, odios u agravios… En cualquier caso, no siempre los conflictos pueden prevenirse -algunas veces incluso puede ser oportuno que aparezcan o estallen de manera controlada porque pueden convertirse en ocasiones impagables de aprendizaje-, ni son fácilmente identificables, ni siempre tienen una solución a corto o medio plazo, pero sí deben ser abordados y gestionados educativamente para resolverlos, si es posible, o para aprender a vivir con ellos.

Porque si la educación escolar es una preparación para la vida, sabemos a ciencia cierta que la vida en sociedades abiertas, heterogéneas, libres e individualistas como la española, estará plagada de situaciones conflictivas, tanto en el hogar como en el trabajo, como en los espacios y momentos de ocio. Inevitablemente. Por tanto, más vale que la escuela haya sido un buen campo de entrenamiento para lidiar con ellos con las herramientas adecuadas.

Son suficientemente conocidos los ramilletes de procedimientos y técnicas útiles para prevenir, gestionar y resolver conflictos en los centros educativos. Todos suelen tener por protagonista al alumnado. Sin embargo, en este texto pondremos el foco en las condiciones institucionales en las que se desarrolla la vida en los centros y en los docentes, tanto porque ostentan la autoridad y el poder por delegación de la sociedad en general y de las familias de estos alumnos en particular, como porque deben erigirse en “entrenadores” competentes para educar en y para los conflictos.

Probablemente el primer requisito sea el de generar y mantener un clima de confianza y comunicación a todos los niveles: entre el profesorado, con las familias, con el grupo-clase y con todos y cada uno de los individuos. La confianza evita malentendidos, favorece el diálogo, permite distinguir los problemas de las personas y no confundir el proceso con el problema mismo.

La educación en y para el conflicto no debería estar reñida ni con la cortesía, ni con la buena educación, ni con el reconocimiento y la acogida incondicional de las personas afectadas. Hoy día, en algunas ocasiones, se hace difícil conjugar la confianza con el respeto, pero no son términos antagónicos y en los centros educativos debemos esforzarnos por hacerlo posible corrigiendo determinadas conductas y actitudes del alumnado que de forma inconsciente confunden una cosa y otra, fruto a veces del desconcierto educativo de muchas familias. En este sentido, me parece importante reivindicar la autoridad del profesorado: la docencia tiene unas funciones asignadas y unas responsabilidades que ejercer o, dicho de otro modo, la docencia implica cierto grado ineludible de directividad. Pero hoy día la autoridad no la otorga la institución, ni se reconoce de oficio, ni puede ser impuesta sin más, sino que debe ser reconocida por el trabajo bien hecho, por el prestigio intelectual, por la solvencia moral, por algún tipo de “carisma” que contagie el placer de aprender y de crecer. El profesorado es el garante del clima relacional y de trabajo, es el primer responsable de las condiciones concretas de vida y aprendizaje en las aulas.

Mucho se ha escrito sobre la acción tutorial que -recordémoslo- es el conjunto de acciones que realiza el centro educativo y todos sus profesionales con el fin de favorecer la formación integral y la integración social del alumnado. Y que debe operar en dos planos distintos: el grupal, puesto que los grupos-clase tienen vida propia y son el marco más adecuado para abordar y trabajar determinadas competencias, habilidades y temas; y el individual, por desgracia tan olvidado, que significa que cada alumno debería contar con un profesor de referencia con el que mantener periódicamente una relación personalizada, asentada en la confianza mutua y en la confidencialidad necesaria, que permita ir más allá de la instrucción estricta para contemplar a la persona del alumno en su integralidad. Esta relación me parece especialmente importante en los institutos, justo cuando adolescentes y jóvenes viven momentos convulsos de tránsito y búsqueda, precisamente cuando necesitan poner distancia entre ellos y sus padres para convertirse en personas independientes y con identidad propia. La tutoría, esa atención personalizada, ese esfuerzo de comprensión y ayuda por parte del docente, es inherente a la docencia, forma parte del núcleo duro del oficio de enseñar y no debería ser visto como una carga añadida y molesta.

En lo que atañe a la tutoría grupal, las cosas están claras: el docente tutor de un grupo-clase es el responsable de cuidar de la educación emocional del alumnado, de gestionar los conflictos latentes o manifiestos que se den en el grupo y de estimular la participación de todos y cada uno. Caben aquí las dinámicas para la creación de vínculos reales dentro del grupo, las actividades para tomar conciencia de las propias percepciones, estereotipos y prejuicios, para entrenar las habilidades sociales, para conocerse a sí mismo, para tomar decisiones… Cabe también reivindicar de nuevo las asambleas de clase como espacios y tiempos para el aprendizaje de la deliberación y la democracia, como pilares contrastados de la tradición pedagógica progresista. Y el conocimiento, el análisis y la valoración de la actualidad, más allá de los titulares: porque la actualidad es siempre controvertida y puede ser leída desde lógicas y ópticas distintas; porque contiene componentes emocionales y morales de alto voltaje; porque obliga a la reflexión, a la escucha, a la argumentación; porque nos hace partícipes y responsables de la vida de los demás.

La evaluación -escribió hace ya algunos años Miguel Ángel Santos Guerra- es un proceso de diálogo, comprensión y mejora. Si asumimos de verdad que en la escuela educamos a personas completas y en todas sus dimensiones, deberíamos romper ya con esa concepción de la evaluación que la constriñe a este artificio llamado materias o competencias y la asimila a las calificaciones o notas. Evaluar es el esfuerzo por conocer al otro, es decir, es el empeño por reunir información exhaustiva y fiable de una persona, para ayudarla, para orientarla, para que pueda superar las dificultades y problemas con que se encuentre, para que no se aburra en la escuela, para que tenga amigos, para que explore sus potencialidades y explote sus habilidades, para que sea consciente de sus lagunas y déficits y trate, en la medida de lo posible, de subsanarlos.

Y, ¿qué mejor que dialogar para conocer? Pongámonos a prueba: ¿seríamos capaces los docentes de escribir un par de páginas con información relevante y personalizada de cada uno de los alumnos a los que ponemos notas? Si el objetivo es ayudar, ponernos al servicio y a favor del alumnado, más que reunir información debemos comprender, es decir, entrar en las razones y en la lógica de los argumentos y las conductas del otro, saber de sus circunstancias y condicionamientos concretos, singularizar. Si evaluar fuera eso, sería prácticamente imposible que un docente no detectara el aislamiento de un alumno, que no se diera cuenta de su tristeza y su soledad, que no atisbara su sufrimiento, que no percibiera su silencio, su voluntad de pasar desapercibido, su distanciamiento, su desapego, su rabia, su autosuficiencia, su blindaje…

Los conflictos son inevitables, sí, pero entre las tareas de los centros educativos está el prevenirlos y evitarlos si es posible. La institución, lo estructural, sigue teniendo una gran fuerza para determinar las condiciones en que se desarrolla la vida en su interior. También la institución educativa.

Fuente: http://eldiariodelaeducacion.com/blog/2017/05/24/de-los-conflictos-una-perspectiva-institucional/

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Universidad y la era de Trump

Por: Hugo Aboites

A las comunidades y burocracias universitarias este periodo nos obliga a redefinir nuestro papel, y a profundidad. Lo primero es tener en cuenta que precisamente por ser parte constitutiva de los centros de conocimiento por excelencia, a los universitarios nos corresponde generar e impulsar corrientes vigorosas de pensamiento que favorezcan una comprensión a fondo de lo que está ocurriendo. Ir más allá del nivel de algunos medios de reducir todo a un personaje malvado. Al personalizar en exceso ocultan el panorama real de una poderosa crisis del capitalismo que lo obliga, casi, a recurrir a planteamientos nacionalistas de corte cada vez más fascistas. La xenofobia, la revitalización del patriarcado, la expansión del trabajo precario, la persecución a los periodistas, los maestros y las políticas agresivas contra universidades, así como el belicismo militar han sido los acompañantes y los soportes de salidas con enormes consecuencias en sufrimiento. Sólo la Segunda Guerra Mundial –generada por el proyecto nacional-fascista europeo– costó cerca de 50 millones de muertes, sobre todo de jóvenes soldados, pero también de mujeres, niños y ancianos civiles. En la ola de violencia desatada, se llegó incluso al bombardeo atómico de poblaciones civiles. Puedo estar equivocado o incompleto en esta postura, pero precisamente de eso se trata, de discutir frente a la nación, y qué mejor lugar que hacerlo en y desde las universidades. Académicos, profesores, investigadores y estudiantes tienen hoy una responsabilidad enorme frente al país. Su silencio puede volverlos cómplices de una incomprensión generalizada sobre qué está pasando, y, con eso, comenzar a pensar cuáles son las salidas nuestras, las que podemos obligar a asumir a quienes mandan en el país.

Lo segundo es que a las burocracias universitarias nos toca, como dice el primer precepto médico, non nocere, no perjudicar al enfermo más de lo que ya está. Más que intervenir nocivamente nos toca abrir espacios, difundir la controversia, abrir las puertas y ventanas de la universidad a la discusión y las propuestas, dejar que sea espacio de reconocimiento, de organización y de acción entre los propios universitarios. Reforzar las vinculaciones culturales y de intervención en las comunidades, barrios, pueblos, colonias, unidades habitacionales. Cuando los universitarios se reconocen como agraviados por una situación y reconocen su capacidad de respuesta, en el pasado nunca han dudado en salir masivamente a las calles. Solos o acompañando a otras luchas. Por eso está destinado a fracasar cualquier llamado que no reconozca hoy la crisis de liderazgo nacional y plantee algo claro al respecto, que no tenga en cuenta que somos un país profundamente dividido, y que en los enclaves y cúpulas donde hoy se deciden las estrategias para responder a la salida a la crisis que proponen los Trump y, también, se deciden las candidaturas, no sólo no caben, sino que ni siquiera se perciben las que son hoy las grandes tragedias del pueblo mexicano. Desde Chiapas con los indígenas zapatistas, hasta Chihuahua con los rarámuris asesinados y despojados de sus tierras; desde Tlaltelolco hasta Ayotzinapa; desde las elecciones ganadas, pero nunca reconocidas; desde el desdén por las universidades que quieren ser distintas, hasta las grandes masas de rechazados de la educación superior. Hay un pequeño grupo que hoy decide los destinos de la nación por encima de millones, desde los partidos, pero también desde los medios, y las universidades no deberían estar de ese lado, ni contribuir a que se fortalezca y mantenga esa enorme frontera interna que hasta ahora ha impedido que se muestren y cobren fuerza las luchas mexicanas de siglos. Y esto vale para los universitarios, pero también para los maestros y estudiantes de todos los niveles. Esto puede revitalizar la nación. En México lo vimos en la Revolución, donde el combate a la intervención extranjera pudo darse precisamente porque era un país movilizado. Si no fuera por eso, Lázaro Cárdenas no habría podido expropiar nada menos que el petróleo, ni crear todo un sistema educativo de alcance nacional y popular. ¿Qué liderazgo pueden hoy tener quienes están en contra de la educación y del petróleo como patrimonio nacional?

Lo tercero, finalmente, a la universidad y a la escuela les corresponde como nunca antes no sólo ser un lugar para aprender, sino para que las y los estudiantes y maestros puedan ser también los propios protagonistas de su educación y conductores de su vida comunitaria. Y eso significa una toma de decisiones abierta, representativa puede ser, en los consejos universitarios o de plantel, con la participación primordial y decisiva sobre todo de estudiantes y maestros, los dos grandes protagonistas del proceso educativo. Lo que tanto le falta al país de democracia y participación no puede estar también ausente en la educación. Porque significa perpetuar lo que ahora vivimos. Por otro lado, desde la universidad se pueden tejer alianzas latinoamericanas e incluso en el vecino país. Porque ésta tiene la credibilidad que no tienen ya ni partidos ni gobernantes.

En varias ocasiones millones salimos a defender nuestro voto, y además cientos de miles de estudiantes defendieron la gratuidad. Apenas, hace poco, salieron a la calle 20 mil para defender al México abstracto.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2017/02/18/opinion/017a2pol

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Época de cambio y cambio de época

Por: Emir Sader

Ya se cumplieron diez años desde que Rafael Correa, recién elegido presidente de Ecuador, anunciaba que el país empezaba a salir de la larga noche del neoliberalismo y que el continente ya no estaba en una época de cambio, sino en un cambio de época. La nueva época sería la de superación del modelo neoliberal, al que se entregaron varios gobiernos de la región.

Una década después, Correa entrega el gobierno a su sucesor –Lenin Moreno-, elegido democráticamente por voluntad mayoritaria del pueblo ecuatoriano y sale victorioso de una década como presidente de Ecuador. El pertenece a una nueva generación de dirigentes políticos de la izquierda, que no provienen de los estratos que tradicionalmente han elegido los presidentes de nuestros países, sino desde afuera de los sistemas oligárquicos tradicionales y que, justamente por ello, han logrado romper con los intereses que se expresan en el neoliberalismo.

Hugo Chávez, Lula, Pepe Mujica, Evo Morales, Rafael Correa, Fernando Lugo, son algunos de los ejemplos de esos dirigentes que llegaron a la política desde la lucha social. No por acaso varios de ellos frecuentaron el Foro Social Mundial, que se proyectaba como un espacio de aglutinación de todas las fuerzas que se oponían al neoliberalismo.

Ellos supieron, por la vía de los hechos, construir gobiernos que han atacado algunas de las bases fundamentales en que se apoya el neoliberalismo. De partida, se han enfrentado a los intentos norteamericanos de imponer un Área de Libre Comercio en todo el continente, derrotando esa perspectiva y fortaleciendo los procesos de integración regional. Han logrado constituir la única región del mundo que tuvo procesos de integración regional independientes de la hegemonía norteamericana, constituida por el único conjunto de gobiernos antineoliberales en el mundo.

En segundo lugar, a contramano de las tendencias predominantes en el capitalismo contemporáneo, han logrado disminuir la desigualdad, la exclusión social, la pobreza y la miseria, en el continente conocido por ser el más desigual del mundo. El contraste entre los gobiernos que han avanzado en la superación del neoliberalismo y los que han mantenido ese modelo es flagrante y certifica como ese es el camino fundamental de la izquierda en el siglo XXI.

Por otra parte, frente a un tema tan controvertido como el del rol del Estado, lo han rescatado, rechazando la centralidad del mercado, y haciendo del Estado un agente dinamizador de la economía, distribuidor de renta y garante de los derechos de todos.

En su conjunto esas trasformaciones han constituido lo que Correa llamaba de un cambio de época. De la época de hegemonía neoliberal a la época de superación del neoliberalismo.

Diez años –o más, en otros países– después, ese camino encuentra muchos obstáculos, dando la ilusión a algunos que puede haber vuelta a una era neoliberal en América Latina. La combinación entre durísimas campanas centradas en los medios para desacreditar esos gobiernos y sus liderazgos, buscando revertir su legitimidad y desacreditar la posibilidad de que nuestro continente elabore su propia salida del neoliberalismo, con errores cometidos por esos gobiernos, han logrado éxitos, derribando gobiernos – por elección o por golpe -, desestabilizando a otros, generando un clima de descalificación de la política, de desinterés por los temas políticos, de retorno fuerte de las posturas egoístas centradas en un consumismo al estilo del “modo de vida norteamericano”.

Gobiernos como los de Mauricio Macri en Argentina y Michel Temer en Brasil apuntan lo que la derecha del continente promete: el retorno de las depresiones económicas, del desempleo en larga escala, de la exclusión social, del retroceso en términos de derechos sociales, entre tantas otras plagas de la larga noche neoliberal a la que se refería Correa.

¿Es eso lo que quieren nuestros pueblos? ¿Es eso lo que se merecen nuestros países? El fracaso relativamente rápido del golpe en Brasil, el agotamiento rápido de los proyectos de restauración neoliberal en Argentina y en Brasil, sin que ninguna de sus promesas se haya cumplido, reafirma que el cambio de época sigue siendo un objetivo actual, urgente, indispensable.

Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).

Fuente: http://www.alainet.org/es/articulo/185710

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¿Por qué no interesa la política ambiental?

Por: Cristián Frers

La política ambiental es la preocupación por el medio ambiente para fomentar un desarrollo sostenible. Es importante regular y controlar el uso de esos recursos, a fin de garantizar y materializar los manejos sobre este tema, en un conjunto de principios, criterios y orientaciones para proteger la naturaleza, mejorar sus condiciones y dar una respuesta a los problemas prioritarios.

Se evidencian en Argentina procesos de deterioro donde se desaprovechan los recursos por ejemplo de energía así como existen condiciones críticas en la calidad de vida de la población.

Gran parte de este problema de deterioro en nuestro país se debe al convencimiento de que éstos son ilimitados e invulnerables; también a la falta de unas normas aplicadas adecuadamente, a la ausencia de coordinación e insuficiente información y a la conciencia pública sobre el alcance de los sistemas de protección. Debido a que se desconoce la ley de medio ambiente, el país carece de los recursos claramente definidos y de su aplicación.

Muchas veces desde los mismos municipios, direcciones o secretarías ambientales no creen que sea un tema de interés para la sociedad: “el medio ambiente no es un tema importante como el tema de las obras públicas”, se afirma.

Debe satisfacer necesidades importantes para todos los sectores de la vida local. Cada comunidad particular debe hacer un balance sobre el proceso de desarrollo de cada región. Exige a su vez un diagnóstico actualizado, definiendo cómo esa realidad es afectada por su entorno económico, social y cultural.

El problema de la gestión depende sobre todo del comportamiento de la sociedad. ¿Cuántos de nosotros se ponen el cinturón de seguridad en los coches, por miedo a las multas y no como medida de prevención de un accidente?

Se pueden realizar medidas para evitar muchos de estos problemas. Sin embargo, en muchas ocasiones se toman decisiones que van incluso contra el sentido común. Se requiere una evidencia rigurosa sobre el estado del ambiente para orientar la toma de decisiones, tanto de los sectores públicos como privados. Debe sustentarse en la información cierta para lograr que las inversiones y acciones de las instituciones públicas se orienten hacia resultados que logren impactar.

No existe en el mundo una autonomía ecológica: la contaminación no reconoce fronteras. La precaución es uno de los principios aceptados por gobiernos y entidades internacionales, como principio rector de la política ambiental; proporciona una guía sobre cómo intervenir, cuando es necesario, de manera menos perjudicial y a su vez es una herramienta para definir las decisiones políticas que afectan el medio ambiente. Asimismo, actúa sobre una línea que atraviesa diferentes disciplinas y hace foco sobre la calidad de vida de los ciudadanos presentes y futuros.

Ecoportal.net

  1. *Fuente: http://www.ecoportal.net/Temas-Especiales/Politica/Por-que-no-interesa-la-politica-ambiental
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