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La izquierda ante un gran desafío: Sobre los comités de base por un gobierno de trabajadores

En el mundo entero, y no solamente en la Argentina, el capitalismo se halla inmerso en una época de crisis profunda y multifactorial. Nos hallamos en medio de una transición, pero nadie sabe a ciencia cierta hacia dónde. Es probable, de hecho, que haya varios destinos posibles. Para la izquierda revolucionaria ello entraña la posibilidad que, de los actuales fuegos, resurja como el ave Fénix el horizonte del socialismo. A escala global, sin embargo, no parece ésta la opción más a la mano. Pero en los momentos de crisis las cosas se aceleran y posibilidades inverosímiles hasta poco tiempo atrás se vuelven atractivas e incuso factibles. Y siempre hay circunstancias peculiares. Que la dirigente trotskista Myriam Bregman se encuentre en Argentina entre las figuras políticas con mejor imagen y el FIT-U con una creciente intención de voto es un fenómeno que no se puede ignorar. La crisis del gobierno y la parálisis, las disputas intestinas y el giro a la derecha del peronismo parecen no tener fin. Desde hace varias semanas en el conjunto de la izquierda de nuestro país se debate cómo intervenir sobre este fenómeno político. Los autores de este texto hemos participado en estos intercambios con dos Cartas Abiertas. Aquí quisiéramos desarrollar algunos aspectos de nuestro análisis de la situación y lo que nos parece una vía de acción posible y fructífera.

En los regímenes políticos capitalistas democrático-liberales parece haberse producido, en los últimos años, un cambio significativo. Durante décadas estos regímenes sirvieron como un poderoso dique de contención para todo tipo de radicalización política, consolidando bolsones enormes de electorados estables que daban solidez al sistema y hacían poco probable tanto los cambios repentinos de las preferencias políticas o electorales cuanto las rebeliones por abajo. Los levantamientos tenían lugar característicamente en países no democráticos (ejemplo típico: la primavera árabe).Hubo excepciones (como la Argentina de 2001), pero el panorama general era que las democracias liberales constituían un puntal de estabilidad. Eso se ha ido desmoronando en la última década, en la que han proliferado levantamientos y protestas callejeras de diferente tipo que incluso han tumbado gobiernos constitucionales (como el de Nepal hace pocos meses), como así también se ha visto  virajes electorales rápidos y profundos o la aparición recurrente de outsiders como Bukele en El Salvador, Castillo en Perú o de la Spriella en Colombia. Milei es un caso extremo de esta tendencia. Sin embargo, en ningún caso, hasta ahora, se ha roto de manera inequívoca con los parámetros neoliberales consolidados durante el último medio siglo, ni mucho menos con las bases capitalistas de la economía (aún más antiguas). La fuerte inestabilidad de los gobiernos no da necesariamente lugar a una inestabilidad equivalente del sistema político en sí mismo, y hasta ahora no ha amenazado a las relaciones de propiedad. El descontento es casi universal, pero la emergencia de alternativas es la gran ausencia. Los virajes políticos de las últimas décadas no han alterado las dinámicas sociales y económicas capitalistas más profundas. Las políticas focalizadas no han podido contrarrestar la precariedad, la informalización y la miseria universales. Las compensaciones simbólicas de la política posmoderna se tornan crecientemente vacuas ante las duras realidades de la vida material en lo que hace a empleo, ingresos, vivienda, salud,educación o degradación ambiental. Las tibias estatizaciones (allí donde la hubo) no han podido frenar los vendavales de la economía global. Los derechos tantas veces proclamados –“con la democracia se come, se cura y se educa”- se vuelven cada vez más papel mojado. La falta de una alternativa al capitalismo liberal que resulte creíble y atractiva para las grandes mayorías es el gran vacío que, en buena medida, caracteriza la política actual en nuestros países.

El interrogante es: ¿cómo transitar del descontento que se palpa y la inestabilidad que se acrecienta hacia un cambio político y social verdaderamente estructural y significativo?

La inestabilidad política en nuestras sociedades se da sobre un trasfondo que no se puede ignorar ni minimizar, y que es mucho lo que debe a los cambios tecnológicos, culturales y sociales operados en las últimas décadas. Las redes sociales y los nuevos dispositivos tecnológicos permiten una difusión masiva de ideas a bajo costo, de manera descentralizada y no fácilmente controlada por los Estados y las corporaciones privadas. Esto puede ser aprovechado por la izquierda, que siempre tuvo dificultades para acceder a los grandes medios de comunicación. Pero, en contrapartida, el anegamiento de la arena pública con basura digital, noticias falsas, exceso de emoción y minimización de los argumentos y de la razón no favorece en lo más mínimo a la izquierda socialista. La ultraderecha siempre se basó en una radicalización discursiva y emocional que ocultaba un conservadurismo social destinado a mantener e incluso acrecentar el poder y la riqueza de los ricos y poderosos. La emocionalización y la virtualización de la vida social generan inestabilidad política, fenómenos virales y cambios súbitos en las preferencias electorales o simpatías momentáneas. Pero, paralelamente, tienden a socavar el alcance y la solidez de las fuerzas políticas (fenómeno reforzado por la mercantilización acelerada de los últimos años y la importancia creciente concedida a los aspectos más privados de la vida personal). El desafío para la izquierda argentina en la hora actual es aprovechar un vaivén favorable que se registra en el estado de ánimo de grandes sectores sociales para propiciar una politización más consciente, consistente y organizada, que haga posible un cambio revolucionario. Un cambio que, para ser genuino, demanda una participación tan masiva como autoconsciente.

En nuestra primer Carta Abierta propusimos que, a partir de la creciente simpatía en torno a Myriam Bregman, se conformaran “Comités de base por un gobierno de trabajadores”. La propuesta fue tomada parcialmente por el PTS, la organización que Myriam integra, en una convocatoria que acompañamos con nuestras firmas. Sin embargo, la implementación concreta de los comités parece haber sido encaminada en una dirección bastante diferente a la que proponíamos y a lo que daba a entender la convocatoria “Vos hacés falta”. El llamado a conformar los comités se ha concentrado casi exclusivamente en la construcción de “un partido de la nueva clase trabajadora”, y los comités han estado integrados en la mayoría de los casos por militantes del PTS y activistas independientes, con exclusión no sólo de los otros partidos que integran el FIT-U, sino de muchas otras organizaciones sociales y políticas que, en principio, son favorables a un “gobierno de trabajadores”. No podemos dejar de señalar que esta vía de actuación puede mantener a miles de personas alejadas de los comités, socava la unidad del FIT-U (un activo que la mayor parte de sus simpatizantes valoran positivamente), pone trabas a su posible desarrollo como un genuino movimiento de masas y cierra casi por completo las puertas a una posibilidad inédita: que la izquierda pueda influir sobre trabajadores y jóvenes peronistas disconformes con la orientación cada vez más derechista del Partido Justicialista (PJ) y la burocracia sindical, traccionando a una parte significativa de ellos hacia posiciones revolucionarias.La construcción del partido revolucionario (tarea cuya importancia no desmerecemos) puede (y debe) desarrollarse fortaleciendo y consolidando un movimiento de masas, necesariamente más amplio y plural.

No tenemos una posición rígida sobre las formas de organización política revolucionaria más conveniente en el presente. Pero a la luz de la configuración actual de la izquierda política, del movimiento sindical y del variopinto espectro de muy disímiles movimientos sociales, consideramos que los comités de base (y en esto consistía nuestra propuesta inicial) deberían ser un espacio democrático de masas capaz de concentrar a todas las fuerzas en principio favorables a la idea genérica de un “gobierno de trabajadores”, para emprender conjuntamente aquellas tareas en las que estamos de acuerdo: enfrentar al gobierno de Milei; apoyar a las luchas sociales y sindicales en curso; difundir el ideario socialista y la perspectiva revolucionaria; debatir a partir del programa del FIT-U un programa de gobierno de emergencia mucho más detallado. Paralelamente a estas tareas de lucha y propaganda conjuntas, pensamos que el espacio de los comités (o instancias paralelas relacionadas o no con los mismos, como foros, paneles, mesas redondas, talleres, etc.) podría servir para estudiar, conversar o debatir el amplio espectro de cuestiones tácticas, estratégicas organizativas e intelectuales que atañen a un cambio revolucionario.

Insistimos entonces con nuestro planteo inicial: debemos asumir con audacia la posibilidad de debatir con miles de personas para avanzar en la construcción de una alternativa gubernamental de los trabajadores y trabajadoras que haga posible una salida a la crisis opuesta a la que nos proponen Milei, el PJ y todas las variantes del sistema.

Los comités de base pueden ser la gran herramienta para esta tarea, a condición de que sirvan para desarrollar y coordinar las luchas de resistencia a las políticas oficiales y den un marco político y organizativo a la creciente bronca popular.

La apuesta es inmensa. Ningún colectivo, por pequeño que sea, y hasta ningún militante individual que quiera sumarse puede quedar afuera. Necesitamos grandeza, firmeza y unidad. De nuestra parte no tenemos dudas: si rodeada de las principales figuras públicas del FIT-U y de referentes de los distintos movimientos sociales y/o sindicales que en los últimos años han estado dando la pelea, Myriam Bregman diera una conferencia de prensa convocando a la conformación de comités de base podríamos aglutinar a decenas de miles de personas dispuestas a militar por una alternativa revolucionaria.

https://vientosur.info/la-izquierda-ante-un-gran-desafio-sobre-los-comites-de-base-por-un-gobierno-de-trabajadores/

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Qué tiene de emancipador el feminismo del siglo XXI

Por: Justa Montero

El feminismo es plural con importantes diferencias políticas e ideológicas, en ocasiones incluso antagónicas. Por lo tanto, en el texto me referiré siempre al que, con una mirada global, habla del conjunto de conflictos que genera el sistema, que considera que le competen, y que expresa su voluntad de cambiarlo todo desde unas luchas que miran hacia un horizonte emancipador para todas, todes y todos.

Qué tiene de emancipador el feminismo, qué esperanzas puede abrir en medio de una realidad plagada de monstruos de un capitalismo racista y patriarcal salvaje, que no solo reconfigura la geopolítica, sino también pone en juego nuestra propia existencia y que, como señala Wendy Brown (Brown, 2019), dibuja un mundo sin corazón.

El mundo sin corazón

El genocidio del pueblo palestino es una muestra de cómo las políticas colonialistas, militaristas y racistas que sostiene el poder global solo dejan muerte y destrucción. Es la prueba de los procesos de deshumanización que se vienen desencadenando. Está siendo el laboratorio en el que no cabrá la banalización del mal porque a ojos vista de todo el mundo se deshumaniza a las y los palestinos y se les priva de derechos destruyendo sus condiciones de vida para acabar presentándolas como prescindibles. ¿Qué tipo de humanidad se está configurando?

Forma parte de la necropolítica que cuenta en su haber los secuestros y asesinatos migrantes en Minneapolis por parte del ICE, los asesinatos que levantaron el grito del Black Lives Matter, las muertes en las vallas de Melilla, las de las 7291 personas mayores de las residencias en Madrid durante la covid, los asesinatos de las mujeres y disidencias sexuales y de género, las de las defensoras de los derechos medioambientales, víctimas de la lucha contra el extractivismo, de las que Berta Cáceres, diez años después de su asesinato, sigue siendo un símbolo.

Todo ello tiene su correlato en importantes movilizaciones, que sí tienen corazón y denuncian la impunidad generalizada a la que asistimos.

Otros factores que marcan el presente tienen que ver con la lucha por la hegemonía imperialista que, en la actual fase de crisis del capitalismo patriarcal, racista y ecocida también suponen el saqueo permanente de territorios y cuerpos (tal y como lo conceptualizan las mujeres centroamericanas). El rearme bélico, como ya sin pudor lo reivindica Trump, no es sino una guerra por los recursos naturales que acelerará y agudizará su efecto destructor sobre la naturaleza que nos sostiene.

Esta violencia generalizada requiere el reforzamiento de Estados autoritarios para tratar de imponer una salida, si existe, a semejante crisis. Es el sentido de las leyes mordaza, de las de extranjería, los CIES, las políticas de migración y asilo de la UE y de los campos de concentración de migrantes. Pero el reforzamiento del control del Estado tiene múltiples aristas, y una de ellas son las lógicas securitarias, punitivistas y carcelarias dirigidas al disciplinamiento social. Como parte del mismo, sirven para el control y moralización de la vida y de los cuerpos de las mujeres formando parte del estado de guerra permanente contra ellas del que habla Silvia Federicci.

Las lógicas securitarias son muy eficaces en la conculcación de derechos económicos, así como en la defensa de una libertad completamente disociada de la justicia social. Consiguen generar inseguridad económica, malestar social, ansiedad e incertidumbre sobre el futuro. Y esto, que es algo que el propio sistema genera, paradójicamente lo están capitalizando las extremas derechas a través de las llamadas guerras culturales. De este modo están consiguiendo, por un lado, una penetración en el tejido social y por otro, la construcción de una nueva identidad: la del hombre agraviado.

El miedo es uno de los ejes de su estrategia, les permite crear los enemigos imaginarios. Es el miedo al otro, a lo desconocido, a la persona migrante, trans, a quien se sale de la norma, a las feministas. Y, paradoja de las paradojas, es en la instrumentalización de los derechos de las mujeres como, desde sus postulados negacionistas, legitiman la invasión de países o racializan la violencia sexual. Un aspecto, este último, que forma parte de su estrategia islamófoba, con la que buscan rédito electoral mediante el proceso por el que atribuyen la violencia a la cultura musulmana y presentan la agresión de un hombre musulmán a una mujer como la amenaza del grupo. Una trampa en la que, sin embargo, no han caído colectivos feministas que en sus pueblos o ciudades han tenido que denunciar una presunta agresión sexual junto a la criminalización que desde las instituciones y partidos de derechas se realiza contra el colectivo migrante. Una vez más: “no en nuestro nombre”.

Las derechas radicales consideran que el feminismo, el movimiento LGTBIQ+ y las personas migrantes han producido una crisis de valores y son una amenaza a su patria, en lo que Sara R. Farris llama los feminacionalismos. Como señala Nuria Alabao (Alabao, 2025) las extremas derechas tienen como elemento común la defensa a ultranza de políticas antigénero, racistas, xenófobas, antiecologistas, antifeministas, siempre bajo el paraguas de su noción de identidad nacional. Es el pegamento que les une, a pesar de sus diferencias según países, en el que las mujeres y personas migrantes aparecemos como chivos expiatorios.

En muchos análisis las guerras culturales se reducen solo a una pugna de relato. Sin embargo, forman parte de una pugna, si, pero la de significar y legitimar prácticas económicas y sociales de clase, racistas y patriarcales. Son la constatación de cómo el liberalismo económico y el profundo conservadurismo son expresiones igualmente constitutivas del capitalismo actual.

La realidad está llena de ejemplos. El racismo es lo que legitima unas condiciones laborales en régimen de semiesclavitud y de extracción de fuertes beneficios en los pueblos freseros gobernados por PP y VOX en Andalucía. El racismo también determina el acceso a la vivienda, el empleo y la sanidad.

La negación de la violencia machista va de la mano de la defensa del modelo liberal de familia como espacio de reformulación del orden económico y reproductivo a través, por un lado, de la refamiliarización de la reproducción social y la negación del derecho de decisión reproductiva y, por otro lado, por la vuelta al imaginario conservador del hombre proveedor (aunque no guarde relación con la realidad).

Y sin ánimo de agotar los ejemplos, la criminalización de las personas trans las somete a una absoluta precariedad material y vital al no poder acceder ni al empleo ni a satisfacer una necesidad tan básica como es la del derecho a la identidad.

Cabe la transformación social porque cabe la esperanza colectiva

Parafraseando a Yayo Herrero (Herrero, 2025) la condición necesaria que abre posibilidades de actuación es ser conscientes de la gravedad de lo que sucede, construir esperanzas, trayectos que iluminen la posibilidad de un destino deseado, aún incierto.

Ese cómo actuar ante las enormes urgencias del presente pensando en el futuro siempre ha tenido y sigue teniendo muy distintas vías. Desde las luchas marcadas por un nuevo internacionalismo en la defensa de los ataques del capital extractivista, a las de las luchas por la vivienda y la creación de un nuevo tipo de organizaciones, a las de un nuevo internacionalismo en la protesta contra el genocidio palestino, o muchas luchas feministas, queer y antirracistas que reverberan y se convierten en transnacionales.

No se parte de cero, pero la brutalidad de la situación y la debilidad de la izquierda política y social abre muchos interrogantes desde esos propios espacios.  Cómo articular las luchas, cómo construir un horizonte común desde la pluralidad de sujetos, cómo participar en un diálogo urgente y necesario para no quedarnos atrapadas en los límites que el sistema establece y lograr avanzar en la transformación social.

En esta conversación hay algunos aspectos que resuenan particularmente en el movimiento feminista interseccional. Uno de los temas recurrentes es el de la fragmentación de las luchas. Otro de ellos es su caracterización como movimiento identitario en la globalidad, es decir centrado en lo que se consideran reivindicaciones del ámbito cultural, en una visión desde mi punto de vista equivocada y reduccionista.

Sin duda, esto también forma parte del debate intrafeminista, siempre intenso, pero resulta muy problemático que en el debate general se prescinda de parte de la realidad, de la capacidad (o cuando menos voluntad) que viene mostrando el feminismo para articular en su acción política, y en su discurso, las condiciones materiales de existencia con las condiciones sociales (también llamadas “culturales”). Es lo que Nancy Fraser (Fraser,  2006) expresó, allá por los años 90, y que tanto juego ha dado, como la interacción entre las políticas de redistribución, es decir las políticas económicas que apelan a los procesos de explotación capitalista, y las de reconocimiento social de identidades y colectivos subalternos e invisibilizados.

Ignorar la relevancia de sectores importantes de un movimiento que, desde un enfoque intersectorial, logró ampliar su espacio político y social como nunca se había logrado antes, es cortocircuitar parte de la conversación y acción conjunta necesaria. Este feminismo, identificado también como anticapitalista, mostró la viabilidad de unir masividad y radicalidad. Así sucedió en los procesos de las huelgas feministas, y este es el enorme capital político con el que sigue actuando, aun en situaciones de menor movilización social como la actual.

El debate también reaparece con quienes solo dan legitimidad al movimiento feminista en la versión más economicista de su adscripción de clase, cerrada por otro lado a las nuevas conceptualizaciones que se hacen ante los cambios en su propia composición dadas las modificaciones en las nuevas formas de explotación y dominación capitalista. Es un problema, porque puede dificultar las alianzas precisamente desde la materialidad de las luchas concretas.

De alguna forma es una vuelta a las teorías clásicas de los años 70 sobre las que numerosas feministas marxistas, como Zillah Einsenstein o Heidi Hartman, entre muchísimas otras, iniciaron una fructífera producción teórica. Señalaron las limitaciones y debilidades de la teoría marxista clásica y su dificultad para explicar la opresión de las mujeres en su complejidad, en la medida que solo abordaba las condiciones de producción capitalistas y las relaciones de explotación que de ellas se derivaban, pero sin abordar las de reproducción social. Abrieron así un nuevo campo para la comprensión de las formas en las que el patriarcado se inscribe y resulta constitutivo al capitalismo y, por tanto, para la articulación entre clase y género como formas de poder que organizan la sociedad.

Desde entonces ha llovido mucho y ha seguido un potente desarrollo, tanto teórico como político (en este sentido la huelga de cuidados en Euskal Herria es una referencia imprescindible). De la mano de economistas feministas (Cristina Carrasco, Amaia Pérez Orozco, Sandra Ezquerra entre muchas otras) se ha ido profundizando y mostrando la complejidad del funcionamiento del sistema. Para empezar, a partir de la redefinición del concepto de trabajo (tan presente y central en las huelgas feministas), situando la relación de los procesos de producción y reproducción como parte del funcionamiento del capitalismo, entendido como sistema integrado (Pérez Orozco, 2014).

También se ha ampliado el concepto de reproducción social al señalar que los espacios donde se reproduce la fuerza de trabajo (los llamados trabajos de cuidados) no son solamente los hogares, sino también instituciones como la sanidad, la educación, etc.), y que estos, además, tienen una dimensión transnacional como resultado de la cadena global de cuidados, siendo además trabajos racializados.

A cuenta de la interseccionalidad

El concepto de interseccionalidad viene de lejos, concretamente del pensamiento feminista negro de EE UU. Aunque fue Kimberlé Krenshaw quien lo acuñó en 1989, a raíz de una crítica a procedimientos jurídicos y teorías sobre la discriminación laboral de las mujeres negras, su origen se remonta a la práctica política de un colectivo de feministas lesbianas negras: Combahee River Collective (1974-1980). En un manifiesto de 1977 señalaban el

“cruzamiento de diversas identidades que luchan por su reconocimiento y también articulan una acción emancipatoria (…). También nos resulta difícil separar la raza de la clase y estas de la opresión sexual porque en nuestras vidas la mayoría de las veces ambas se experimentan simultáneamente”.

Una línea que ha ido desarrollando en la actualidad Gloria Anzaldúa (Anzaldúa, 2016) al introducir la noción de identidades fronterizas.

Tal y como señala Carolina Meloni (Meloni, 2012), el pensamiento y activismo del feminismo negro tiene un largo recorrido. Autoras como Angela Davis y su llamado a la “interseccionalidad de luchas”, Bell Hooks y su “feminismo para todo el mundo” han profundizado en las implicaciones teóricas y políticas del racismo como constitutivo del capitalismo y de la interconexión de opresiones. Por tanto, hablan de la imposibilidad de articular un feminismo que prescinda del racismo, el heterosexismo o las diferencias de clase, puesto que es ese cruce de opresiones e identidades lo que marca la vida concreta de las mujeres y personas disidentes concretas.

Se trata de una crítica en toda regla (que también comparte el mundo queer) al feminismo clásico y hegemónico por excluyente, por encerrar a las mujeres en una identidad fija y sin fisuras, interpretando de forma lineal lo que supone que la sociedad adscriba a las mujeres a un género y hacerlo aparecer en su pensamiento y práctica como lo único determinante en sus vidas. No se contempla, en la práctica concreta, la forma en que puede interactuar en sus identidades y vidas otras desigualdades establecidas por la pertenencia de clase, raza, etnia y sexualidad, que es lo que en definitiva explica la multiplicidad de expresiones del patriarcado y que adopta el sexismo (Montero 2009).

Este planteamiento, presente en algunos feminismos clásicos e institucionales, presupone una uniformidad en las experiencias de las mujeres, resulta una visión normativizadora y esencializadora que establece como generales y comunes a todas, las vivencias de algunas.

Estas ideas totalizadoras de las mujeres tienen un efecto en el discurso y acción política puesto que excluye a todo lo que no encaja en la representación que se hace de las mujeres, no entra en las estrategias y prácticas. Es una política de un feminismo que, de esta forma, se otorga el poder de representar a todas y presentar su agenda como la auténtica agenda feminista. La transfobia, la negación de la crítica al binarismo del movimiento queer, o los derechos de las trabajadoras sexuales tienen aquí parte de su origen.

El feminismo intersectorial no es una fórmula, es una propuesta para articular las luchas y el relato feminista y, por tanto, requiere hablar de sujetos, porque el conflicto existe y requiere sujetos que protagonicen la acción colectiva de revuelta y de propuesta emancipatoria.

Todo conflicto implica cierta afirmación de identidad, una identidad colectiva que explica quiénes somos, quiénes conformamos ese sujeto, y lo hace acogiendo al mismo tiempo la identidad individual ese quién soy.

El sujeto del feminismo habla de identidades colectivas, cambiantes y diversas, que recogen las experiencias de explotación, opresión y discriminación vividas individualmente, y las politiza. Las politiza dándoles una expresión social al ponerlas en relación con las estructuras y las relaciones sociales de poder en el proceso de organización y lucha.

No realiza una lista de experiencias e identidades individuales para convertirlas en un recetario, eso es lo que conforma el individualismo propio del sujeto neoliberal. Como señala Andrea Peniche (Peniche, 2020) se trata de un enfoque que también problematiza la idea de “la identidad como experiencia y la experiencia como única legitimadora del discurso, convirtiéndola en un reduccionismo cultural sin estrategia política”.

La interseccionalidad es una noción de enorme potencial político porque permite entender cómo opera nuestra realidad y subjetividad, la pertenencia a las jerarquías sociales y a las relaciones de poder que establece la clase, el género, la raza, algo que se siempre se da en condiciones sociales e históricas concretas.

El entramado de las luchas que los feminismos han desplegado en este ciclo hablan de un sujeto múltiple que ha permitido amplificar los objetivos de la lucha. Lo constituimos todas las que el sistema excluye y criminaliza, las que sufren las nuevas formas de explotación, cualquier tipo de violencias sexistas o institucional, las trabajadoras del sexo, mujeres racializadas, migrantes, las mujeres lesbianas, cis, trans, quienes se reconocen y nombran queer, precarias, trabajadoras de cuidados, las que lo hacen en el ámbito productivo, jóvenes y pensionistas, las que luchan por la vivienda y contra la pobreza energética, las que llevan hiyab, las jornaleras…, todas las que protagonizan los conflictos sociales y se levantan contra las injusticias que el sistema genera.

Como decía, no se trata de un listado de identidades sino de sujetos colectivos que protagonizan la conversación sobre la estrategia feminista desde la voluntad de no jerarquizar las opresiones, ni las luchas ni las reivindicaciones, sino de trabajar por espacios de convergencia real, no retórica, entre colectivos diversos y heterogéneos. Un reto permanente, no exento de tensiones y dificultades, pero algo profundamente transformador.

Un ejemplo de todo ello lo representan las jornaleras de Huelva. Pastora Filigrana, de la cooperativa de abogadas de Sevilla, explica cómo la comarca fresera de Huelva es un laboratorio donde se puede ver cómo funciona este sistema que entrecruza la violencia del capitalismo, el patriarcado, el racismo y la explotación de la tierra y los recursos naturales. “Todas las vertientes del sistema neoliberal en una sola comarca”.

Por su parte Ana Pinto, de la Asociación de jornaleras de Huelva en lucha, muestra cómo la pelea contra las condiciones de explotación en el campo, la explotación de la fuerza de trabajo de los cuerpos migrados y racializados de miles de mujeres, contra las condiciones de vida, de violencia sexual a las trabajadoras y la pelea por la defensa de la tierra forman parte de una misma lucha. Y apela a que “el feminismo se sume a nuestras luchas feministas, antirracistas y ecologistas, que deberían ser las luchas de todas, de un feminismo que no se puede dejar a ninguna fuera y ponga la vida digna de todas las mujeres en el centro”.

¿Cómo denominar a este feminismo? ¿Popular, de base, de clase, anticapitalista, anticapitalista y antiracista, interseccional, queer? No todo tiene la misma significación, y se podría debatir al respecto, pero creo que todos apuntan en una misma dirección. Desde mi punto de vista, pese a lo que tiene de palabro, la interseccionalidad abre mejores posibilidades para expresar y comprender la complejidad y la potencia política de las luchas que se vienen articulando en esta época.

A partir de este enfoque se participa (con distinto éxito) en alianzas por la defensa de los servicios públicos, por la regularización de las personas migrantes, por los derechos de quienes tienen empleo, por el derecho a una vivienda, el fortalecimiento del tejido comunitario, las luchas contra las violencias patriarcales, por los derechos sexuales y reproductivos, por los derechos de las personas trans. Resulta un sólido enfoque generado por y desde las propias luchas. Algunas reverberan con fuerza.

Valga como ejemplo la marcha realizada el 31 de enero 2026, organizada por un colectivo de mujeres (la Asociación Tabadol del Sector 6 de La Cañada Real) y otros colectivos, por el derecho al territorio, a la vivienda y a la vida. En la Cañada viven miles de personas y sufren desde hace cinco años el corte del suministro eléctrico, el derribo y desalojo de sus casas. Houda Akrikez leyó el manifiesto de la marcha del que recojo unos extractos.

“Marchamos con otras luchas que saben que lo que ocurre aquí les atraviesa directamente (Movimiento por la vivienda, colectivos antirracistas, ecologistas, vecinales, lgtbi). Marchan con nosotras las feministas, porque saben que los derribos también son violencia. Porque cuando se destruye un hogar, quienes más sostienen el impacto son las mujeres. Las que cuidan, las que sostienen la vida cotidiana, las que reorganizan la supervivencia cuando el Estado se retira. Las feministas marchan porque saben que sin vivienda no hay autonomía, que sin territorio no hay redes, que sin estabilidad no hay libertad. Porque no hay feminismo posible si se acepta que mujeres pobres, migrantes, gitanas, sean expulsadas de sus casas en nombre del progreso. Defender que la Cañada se queda es defender un feminismo popular, antirracista, de barrio, que pone la vida en el centro”.

Una marcha que apoyó la comisión 8M de movimiento feminista de Madrid y colectivas de mirada interseccional.

Esto es lo que explica la potencialidad del feminismo (Gago, 2019) y las condiciones en las que puede enfrentar a este mundo sin corazón.

El objetivo del neoliberalismo apunta al corazón mismo de la propuesta feminista, supone un ataque feroz a lo social, como señala Wendy Brown, es un ataque a ese espacio donde transcurre la vida en común, se establecen los vínculos sociales, se recobra la identidad, la participación, se visualizan las exclusiones y las desigualdades, se establecen las demandas, se articula la protesta.

Es la defensa de un individualismo que nos convertiría en sujetos económicos prestas para el mercado negando las interdependencias y los vínculos entre nosotras y nosotros y el planeta.

Es un ataque justo a lo que da sentido a la organización colectiva, los proyectos colectivos, la creación de lazos comunitarios y la aspiración a una universalidad real y efectiva de derechos. Explica el feroz ataque al feminismo en su versión emancipadora y la consiguiente respuesta.

El feminismo como un movimiento contrahegemónico busca desafiar el capitalismo, desmontar el patriarcado y la colonialidad y acabar con las relaciones de poder que marcan. Transformar las ideas y valores dominante, las estructuras y condiciones sociales que sustentan la explotación y las distintas opresiones. Abrir a otras formas de relacionarnos, de vivir, de hacer de los cuerpos y sexualidades espacios de rebeldía y de disfrute, de pensar que la propuesta queer hará de nuestras identidades, sean cuales fueren, espacios de libertad.

Es un proceso de construcción en común que es también una apuesta por la organización que construya colectividad política feminista y anticapitalista, cuyo fin último sea la transformación radical de todo para todas, todes y todos.

Romper el relato del único mundo posible es trazar ese nuevo sentido común en las conversaciones y luchas múltiples.

Parafraseando a Eleni Varikas (Varikas, 2000) “la manera como se perciben los problemas y las soluciones que se proponen están forzosamente marcados por nuestra posición en las relaciones sociales, por nuestras pertenencias (…). La visión sobre el conjunto de problemas que plantea la vida en común pasa por el reconocimiento de que la multiplicidad en la contribución a la definición de la vida en común no es un peligro sino una fuente inexplorada de posibilidades sociales incumplidas”.

Referencias:

Alabao, Nuria (2025) Las guerras de género. La política sexual de las derechas radicales. Pamplona: Katakrak.

Anzaldúa, Gloria (2016) Borderlands/la frontera. Madrid: Capitán Swing.

Brown, Wendy (2019) Estados del agravio. Poder y libertad en la modernidad tardía. Madrid: Lengua de Trapo.

Fraser, Nancy (2006) ¿Redistribución o reconocimiento? Un debate político-filosófico. Madrid: Morata.

Gago, Verónica (2019) La potencia feminista. O el deseo de cambiarlo todo. Madrid: Traficantes de sueños.

Herrero, Yayo (2025) Metamorfosis. Una revolución antropológica. Barcelona: Arcadia.

Meloni, Carolina (2012) Las fronteras del feminismo. Teorías nómadas, mestizas y postmodernas. Madrid: Fundamentos.

Montero, Justa (2009) Sexo, clase, raza y sexualidad: desafíos para un feminismo incluyente. https://feministas.org/sexo-clase-raza-y-sexualidad/

Peniche, Andrea; Sena Martins, Bruno; Roldao, Cristina y Louçã, Francisco (2020) Nao posso ser quem somos?  Identidades e estratégia política da esquerda. Lisboa: Bertrand.

Pérez Orozco, Amaia (2014) Subversión feminista de la economía. Madrid: Traficantes de sueños.

Varikas, Erika “¿Una ciudadanía “como mujer”? Paridad versus igualdad”.

Justa Montero, activista feminista, miembro del Consejo Asesor de viento sur.

Fuente: https://vientosur.info/que-tiene-de-emancipador-el-feminismo-del-siglo-xxi/

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Chile: Jugar… ¿Para qué?

Jugar… ¿Para qué?

Por Alixon Reyes

Tema baladí. ¡Claro! Cómo no serlo si todas y todos damos por sobreentendido que las y los niños juegan. Y juegan porque sí, y, porque ¡Eureka!, ‘ahora’ todos sabemos que aprenden al hacerlo.

Hubo un tiempo en el que el jugar era magnético, atrayente, no tenía un por qué. Ese tiempo perduró hasta iniciada la escolarización. Desde ese momento en lo sucesivo, el juego dejó de concebirse desde el tiempo kairológico, para convertirse en esclavo del tiempo cronos, sí, de ese que espabila apenas suena el timbre, apenas llega el maestro, apenas se declara la competencia, apenas se presenta la evidencia.

Cuando antes se jugaba por placer, ahora se juega por conveniencia, por obligación, y porque es útil… La escuela lo comprendió hace rato. Y cuando antes el juego no tenía cabida en la escuela porque implicaba para esa lógica comercial y empresarial que el mismo era una pérdida de tiempo, pues, ahora, ha sido cooptado y reconvertido en un mecanismo más de la maquinaria capacitadora que necesita el mercado, a propósito de una escuela adocenada y arrodillada a los dictámenes del mercado. Hay dos versiones de la escuela que se tensionan, una, la que forma y educa para la autonomía, para la vida en democracia, para la constitución de subjetividades, y otra versión, aquella que entrena y capacita para la domesticación y la docilidad, para la uniformidad de criterios y el desarrollo de habilidades que se miden sobre la balanza que dicta patrones de rendimiento, eficacia y efectividad. Bien lo dice Graciela Scheines, antes el apotegma dictaba que ‘la letra con sangre entra’, ahora se ha convertido en un ‘la letra con juego entra’.

Organismos como la UNICEF alertan y sostienen que el juego, en su más pura esencia (autotélica, por supuesto), se encuentra en peligro de extinción. Investigadores, observatorios y otros centros de investigación afirman que, en el caso chileno, niños y niñas ya no consideran que el juego sea tan importante en la vida. En Chile y otros países de América Latina, se ha documentado la disminución de frecuencia y tiempo de juego en niños y niñas, y ni qué decir del juego parental.

Ante esto, la escuela responde empleando el juego como un mecanismo de control y regulación biopolítica. Y es que a veces parece hasta inútil discutir estos temas, porque de forma impresionante, se ha masificado la idea de que hacerlo así, esto de emplear el juego como un mecanismo didáctico, es ejemplar, porque ello conduce al aprendizaje. Sin negar que se aprende jugando, es preciso destacar que la experiencia autotélica es precisamente la víctima principal en medio de esta vorágine de cooptación de lo que entienden como productivo, como lo útil y como lo que es rentable. Y, ¡vaya que el juego y la experiencia del jugar se han convertido en rentables!

Ya lo decía Antoine de Exupery, en su obra majestuosa ‘El Principito’… “Lo esencial es invisible a los ojos”. Podemos tenerlo frente a nuestros ojos, rozándonos la cara, provocándonos el estornudo, y somos inmutables ante lo que ocurre.

Lo que no vemos es que esta lógica de mercado que se embolsilló a la escuela hace rato y que la constituyó en uno de sus más serviles aliados, está encontrando todos y cada uno de los resquicios de autonomía y libertad que aún se mantienen en emergencia. El juego es uno de ellos. Bien lo afirma Henry Giroux cuando alude a la inocencia robada, esa que ocurre a propósito de una lógica que convierte todo en negocio, en comercio, en producto, mercancía, vaciando del sentido de la vida todo lo que toca.

La política pública en Chile no favorece el resguardo de la experiencia lúdica del juego desde una perspectiva autotélica. De hecho, parece ser un tema importante, pero no tan importante como para ocupar la preocupación de la agenda pública, y menos aún de la agenda política.

La política pública chilena pregona defender el derecho al juego, pero al juego desde la esfera de la utilidad, la productividad y la rentabilidad. Juego que, además, exalta la competencia en detrimento de la comunidad y la compartencia; juego que se piensa como sacralizado y que, por último, anestesia la libre creación, la espontaneidad, la imaginación en libertad.

Hoy, ante el proceso leudante de una anunciada actualización curricular para enseñanza básica y enseñanza media en Chile, estamos ante una oportunidad importante para detener la ambición de esta especie de Midas… Amanecerá y veremos, dicen por ahí.

Alixon Reyes

Académico de la Universidad Adventista de Chile

alixdavid79@gmail.com

Fuente de la Información: https://www.lemondediplomatique.cl/jugar-para-que-por-alixon-reyes.html#tout-en-haut

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Estados Unidos: La prohibición de los teléfonos móviles en las escuelas: qué revelan las investigaciones más recientes

La prohibición de los teléfonos móviles en las escuelas: qué revelan las investigaciones más recientes?

En la última década, el rendimiento académico de los estudiantes se ha estancado o incluso disminuido en todo el mundo, a medida que los teléfonos móviles se han convertido en accesorios prácticamente omnipresentes para las generaciones Z y Alfa. Educadores de Florida, Suecia y Río de Janeiro están respondiendo con una táctica cada vez más popular: restringir o prohibir el uso de teléfonos móviles durante la jornada escolar.

Pero la primera oleada de investigaciones rigurosas sobre estas políticas —incluidos dos importantes estudios estadounidenses— no apunta claramente en una sola dirección. Algunos estudios han encontrado modestas mejoras académicas gracias a las restricciones al uso del teléfono móvil. Otros han encontrado poco o ningún efecto en las calificaciones de los exámenes, incluso cuando el uso del teléfono por parte de los estudiantes disminuyó drásticamente. Algunos estudios sugieren beneficios para los estudiantes con bajo rendimiento, otros para las niñas y otros para los niños. En algunos lugares, la asistencia o el bienestar estudiantil mejoraron. En otros, no.

El proceso científico puede ser complejo. Las diferencias culturales podrían explicar por qué las prohibiciones son más efectivas en algunos lugares que en otros. Sin embargo, casi cualquier reforma educativa arrojará resultados distintos en diferentes lugares, incluso dentro de un mismo país. Además, la confusión actual podría deberse a la dificultad de estudiar las prohibiciones de teléfonos móviles en la práctica.

Idealmente, los investigadores asignarían aleatoriamente a algunos estudiantes a entregar sus teléfonos mientras que otros los conservarían, y luego medirían el efecto en el rendimiento académico, lo que equivaldría a un ensayo clínico para una política educativa. Sin embargo, estos experimentos son difíciles de implementar en las escuelas, y hasta ahora solo un estudio , realizado entre estudiantes universitarios en la India, ha intentado un ensayo controlado aleatorio. Este estudio produjo una mejora notable en las calificaciones de los estudiantes con menor rendimiento.

En cambio, la mayoría de los estudios se basan en comparaciones menos precisas con el mundo real que solo capturan efectos parciales de las restricciones al uso de teléfonos móviles.

Un estudio nacional publicado este mes por investigadores de Stanford, Duke, la Universidad de Pensilvania y la Universidad de Michigan analizó más de 40.000 escuelas de todo el país utilizando datos de Yondr, una empresa que fabrica fundas con cierre magnético para teléfonos móviles de estudiantes.

Los investigadores descubrieron que la actividad de los teléfonos móviles en las escuelas disminuyó drásticamente después de que estas adoptaran las fundas. Las señales de los teléfonos móviles en las instalaciones escolares se redujeron en un 30 por ciento, y los profesores informaron de un uso mucho menor del teléfono para fines no académicos en clase.

Sin embargo, el estudio halló efectos prácticamente nulos en las calificaciones, la asistencia y el acoso cibernético, incluso tres años después de que las escuelas adoptaran las bolsas Yondr. Los investigadores compararon las escuelas que implementaron el sistema con escuelas que presentaban características demográficas y un rendimiento académico similares.

A primera vista, esos hallazgos parecían contradecir un estudio sobre escuelas en Florida publicado el año pasado, que encontró pequeñas mejoras académicas un año después de que las restricciones al uso de teléfonos celulares en todo el estado entraran en vigor en 2023.

Los investigadores responsables de ese estudio, de la Universidad de Rochester y RAND, compararon escuelas donde el uso de teléfonos móviles por parte de los estudiantes había sido históricamente alto con escuelas donde dicho uso ya era relativamente bajo antes de que comenzaran las restricciones estatales. Su razonamiento era que las escuelas con un mayor uso de teléfonos móviles antes de la prohibición deberían experimentar un mayor impacto por el cambio de política.

En cambio, el estudio nacional de Yondr comparó principalmente escuelas que aplicaban una medida de control particularmente estricta con escuelas que a menudo ya contaban con restricciones más flexibles sobre el uso de teléfonos móviles. Algunas escuelas del grupo de comparación aún exigían a los estudiantes que guardaran sus teléfonos en las mochilas o fuera de la vista durante la clase.

En otras palabras, el estudio nacional comparaba principalmente restricciones más estrictas con otras más laxas, mientras que el estudio de Florida comparaba escuelas con un alto y un bajo uso de teléfonos celulares antes de la prohibición.

A pesar de las diferentes metodologías y preguntas de investigación, los investigadores de ambos estudios estadounidenses destacaron en entrevistas la similitud de sus resultados. El estudio de Florida calculó que las mejoras académicas, que se materializaron el segundo año después de la prohibición, fueron inferiores a un punto porcentual, lo que equivale a que un estudiante pase del percentil 50, justo en el medio, al percentil 51. En la práctica, la diferencia entre una mejora mínima y efectos prácticamente nulos puede resultar irrelevante.

Ambos estudios también documentaron un aumento inicial de los incidentes disciplinarios antes de que el comportamiento se estabilizara, y ambos encontraron indicios de beneficios no académicos, incluidas mejoras en el clima escolar o el bienestar de los estudiantes.

Sin embargo, la investigación internacional en general sigue arrojando resultados realmente dispares.

El primer estudio cuantitativo sobre la prohibición de los teléfonos móviles, publicado en Inglaterra en 2016, concluyó que las restricciones al uso de estos dispositivos mejoraban las calificaciones en los exámenes, principalmente para los estudiantes con bajo rendimiento académico. Sin embargo, un estudio sueco de 2020 no halló beneficios académicos ni conductuales.

Los investigadores suecos especularon que sus resultados podrían reflejar la larga tradición del país en la integración de ordenadores en las aulas. En la década de 1970, Suecia fue uno de los primeros países europeos en adoptar la tecnología escolar, por lo que los alumnos ya dependían en gran medida de los ordenadores portátiles y otros dispositivos digitales durante las clases, incluso antes de la omnipresencia de los teléfonos móviles. Otro estudio de caso sueco también reveló que los alumnos solían usar sus teléfonos entre tareas, en lugar de durante el horario lectivo.

Desde entonces, estudios realizados en España , Noruega , Brasil e India han encontrado beneficios académicos derivados de las restricciones al uso de teléfonos móviles, aunque las ganancias variaron considerablemente. El ensayo aleatorio en India produjo algunas de las mayores mejoras académicas registradas en la literatura. Allí, los investigadores asignaron aleatoriamente a estudiantes universitarios, según su área de estudio, a guardar sus teléfonos en casilleros de madera antes de clase, mientras que otros los conservaron. A diferencia de muchas universidades estadounidenses, en estas aulas indias no había muchos portátiles ni tabletas. Eliminar los teléfonos, en efecto, pudo haber eliminado todas las distracciones digitales del aula.

Una posible explicación de los decepcionantes resultados en Estados Unidos es que los estudiantes siguen rodeados de distracciones digitales incluso cuando no tienen teléfonos. David Figlio, autor principal del estudio de Florida, afirmó que los estudiantes suelen recurrir a los mensajes de texto, los videojuegos o las redes sociales en las computadoras portátiles y las tabletas que aún están permitidas en la escuela.

Otra posibilidad es que los perjuicios académicos de la tecnología moderna no se deban principalmente a la distracción en el aula. Los teléfonos inteligentes pueden influir en el sueño, los hábitos de estudio, la atención sostenida y la capacidad de lectura fuera del horario escolar de maneras que una prohibición de siete horas de clase no puede revertir fácilmente.

“Los teléfonos móviles aún podrían estar influyendo significativamente en el rendimiento académico de los estudiantes, incluso si las prohibiciones no logran revertir esta situación de manera drástica”, afirmó Figlio. “Los estudiantes podrían estar descuidando sus estudios o trasnochando y durmiendo menos”.

Tom Dee, investigador educativo de Stanford que dirigió el estudio nacional, afirmó que los hallazgos «preocupantes» en este país no deberían desalentar a las escuelas a seguir experimentando con políticas sobre el uso de teléfonos móviles.

“Deberíamos seguir innovando, algo que hacemos con demasiada poca frecuencia en política educativa”, dijo Dee. “No nos dejemos llevar por la siguiente moda pasajera. Este tema es demasiado importante como para no seguir luchando por encontrar la manera de gestionar de forma responsable el uso que hacen nuestros hijos de los dispositivos digitales”.

Fuente: Jill Barshay / hechingerreport.or

Fuente de la Información: https://www.redem.org/la-prohibicion-de-los-telefonos-moviles-en-las-escuelas-que-revelan-las-investigaciones-mas-recientes/

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La derecha y los maestros

Por: Hugo Aboites
Estamos ante la resistencia del Estado a devolver a las maestras y maestros las pensiones que durante décadas ya les había otorgado. Esto es algo que puede verse en su justa dimensión si se considera la historia larga del magisterio mexicano. Luis Villoro dice que al final de la Colonia eran ellos los “depositarios de las semillas de cualquier cambio”. Porque “su mayor sensibilidad crítica ante las desigualdades e injusticias, los llevó a oponer al orden existente otro más justo” (pág. 497, Historia General de México).

Pusieron los docentes su esperanza en las ideas de libertad, y precisamente por eso impulsaron con gran fuerza la guerra de Independencia. Sin embargo, pronto se hizo evidente que las ideas del liberalismo no incluían romper las cadenas de la explotación y de la pobreza que sufría el grueso de la población, sino que, al contrario, en nombre de la libertad de comercio incluyó el inicio de lo que sería el Gran Despojo de territorios. Y de ahí que apenas dos décadas después de la Independencia, planteaban ya la necesidad de nuevas ideas para interpretar lo que veían y una educación distinta, libertaria y respetuosa de niñas y niños.

Guiados por esta visión, organizaron escuelas para “los hijos de las vendedoras de legumbres, curtidores, carniceros y gente dedicada a los oficios más humildes…” (Ávila, Enrique: Educación, rebeldía y resistencia. 22). Y pudieron presenciar e incorporar a su visión crítica no sólo hecho de que se arrebataba en nombre de la ley los territorios indígenas, sino también las hasta 20 rebeliones que en respuesta las comunidades organizan en la década de los años 1840 (Meyer en Warman).

Se fue creando así un sustrato de resistencia primero intelectual en el periodo posterior a Maximiliano, en contra de los 30 principales personajes liberales que se hicieron del país (12 militares y 18 intelectuales –entre ellos Justo Sierra que sería secretario de Educación y Bellas Artes), (Luis González, H istoria General…). Y resistencia también en contra el robo masivo del campo. Sólo en cuatro años del porfiriato, 1889-1893, “más de 10 millones de hectáreas pasaron de las comunidades indígenas a los latifundistas” (un millón de hectáreas equivale a todo el Edomex) y las “compañías deslindadoras”, en seis años, recibieron gratuitamente 12.7 millones de hectáreas con lo que sus terrenos sumaron 27.5 millones (Garmendia, 1990: Chapingo: pág. 23). Los liberales se enfrentaron a un magisterio cada vez más inquieto que demandaba justicia social… y pensiones. Nuevas ideas, más abiertamente sociales y campesinas crearon entre el magisterio la base intelectual de la Revolución de 1910.

Se entiende entonces que Zapata planeara con dos maestros (Montaño y Burgos) el comienzo de la rebelión en el Sur (Meneses) y que cientos de docentes se incorporan luego a la lucha armada (L.E. Galván).

Sin embargo, Zapata y Villa perdieron frente a Obregón y Carranza, ambos terratenientes, y eso marcó el futuro. Se vieron obligados a incorporar las demandas de tierra y derechos laborales, pero no tenían desde donde pensar la educación distinta a la liberal, porfirista y decimonónica (autoritarismo, orden, centralización, homogeneidad, fragmentación, diferenciación social, separación de la comunidad, predominio ciencia occidental).

A pesar de esto las y los maestros sí pensaron una educación distinta a la del porfiriato, y en su apogeo (1920-1940) con la alianza implícita y fuerte con el cardenismo (“educación socialista”), pudieron generar la Casa del Pueblo, Misiones Culturales, como alternativa o complemento comunitario a la escuela, y crearon la educación y el normalismo rural, para construir la nación desde abajo y desde el conocimiento. Sin embargo, comenzando con Ávila Camacho y Torres Bodet se impuso luego la educación ajena, centralizada y autoritaria, los bajos salarios, el control del SNTE, la indiferencia y represión a los proyectos alternativos y la represión permanente a las protestas y, más recientemente, la eliminación de las pensiones solidarias. Todo esto fortaleció a la derecha y creó un clima de tensión. Desde entonces en México no hay una sola década sin maestros o estudiantes reprimidos, encarcelados o muertos, y hoy hasta crean símbolos poderosos: un Zócalo cerrado, un maestro ciego por un disparo en la cara.

Calderón entregó la riqueza pensionaria del magisterio a la administración de los banqueros y a pesar de las diez promesas de la 4T en Guelatao (“ninguna reforma más sin los maestros”) la modificación constitucional y las leyes de 2018-2021 se redactaron sin los maestros, pero sí con el PAN: Romero Hicks, Corral, Delgado. Incluir a la derecha en la educación, y al mismo tiempo castigar al magisterio, despojándolo de un derecho es doblemente regresivo y es una ecuación que no suma fuerza para el país. Al contrario, es una herida decisiva al lado progresista de su propia historia. Y más tensión y conflicto.

https://www.jornada.com.mx/2026/06/06/opinion/015a1pol

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A 11 años de Ni Una Menos, la marea feminista que convirtió el dolor en una fuerza política continental

Por Alejandra Rizzo*

El 3 de junio de 2015 una multitud desbordó las plazas argentinas bajo una consigna que nació en las redes sociales y se volvió un grito colectivo: “Ni Una Menos, vivas nos queremos”. Aquella movilización, convocada luego de cuantiosos femicidios que conmocionaron al país, marcó un punto de inflexión en la historia política y social de Argentina y de América Latina. A once años de la primera movilización de Ni Una Menos, las cifras siguen evidenciando la persistencia de las violencias por motivos de género. Según el Observatorio de las Violencias de Género “Ahora Que Sí Nos Ven”, entre el 3 de junio de 2015 y el 24 de mayo de 2026 se registraron al menos 3.205 víctimas letales de violencia de género en Argentina. En estos once años ocurrió, en promedio, un femicidio cada 31 horas, una realidad que da cuenta de la vigencia de una lucha que transformó para siempre la agenda política y social del país.

El reciente femicidio de Agostina, en la provincia de Córdoba, irrumpe como un recordatorio brutal de la vigencia de las demandas que dieron origen a Ni Una Menos. En un contexto de retroceso de políticas públicas destinadas a prevenir y erradicar las violencias de género, y de discursos que buscan relativizar las desigualdades estructurales que atraviesan a mujeres y diversidades, su asesinato vuelve a interpelar a toda la sociedad. Once años después de aquella movilización histórica, la pregunta sigue siendo la misma: ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo las mujeres seguirán siendo asesinadas por el solo hecho de ser mujeres? El nombre de Agostina se suma a una larga lista de vidas arrebatadas por la violencia patriarcal y a una memoria colectiva que el movimiento feminista transformó en organización, lucha y exigencia permanente de justicia. Su historia reafirma que Ni Una Menos sigue siendo una urgencia política y social de nuestro presente.

El 3J no fue solamente una movilización multitudinaria o un fenómeno viral, la marea feminista logró instalar en el centro de la discusión pública problemáticas históricamente invisibilizadas y construir una nueva gramática política para pensar la violencia, los cuidados, las desigualdades y las condiciones materiales de la vida. Once años después, su potencia sigue vigente no sólo en las calles, sino también en la memoria colectiva de una generación que entendió que lo personal también es político y que la organización popular podía transformar el miedo y la bronca en una fuerza capaz de disputar el sentido del sistema, y que la heterogeneidad puede organizarse en torno a un enemigo común, el capitalismo patriarcal.

La magnitud de aquella convocatoria no puede comprenderse sin el papel central que tuvieron las redes sociales. Facebook, Twitter y otras plataformas digitales funcionaron como espacios de encuentro, difusión y planificación que permitieron amplificar rápidamente el reclamo y conectar experiencias atravesadas por una misma violencia sistemática. En muy pocos días, y disputando el territorio virtual, una consigna impulsada inicialmente por periodistas, escritoras, artistas y activistas feministas se volvió un fenómeno social de calle. Según relevamientos de aquel momento, más del 60% de quienes participaron de la movilización se enteraron de la convocatoria a través de redes sociales, mostrando cómo la disputa del territorio virtual se convirtió en una herramienta decisiva para producir poder y disputar sentidos en el espacio público.

De Ciudad Juárez a Buenos Aires, los antecedentes de una consigna

La consigna “Ni Una Menos” tiene una genealogía latinoamericana. Fue inspirada en la frase “Ni una menos, ni una muerte más”, utilizada por la poeta y activista mexicana Susana Chávez Castillo para denunciar los feminicidios en Ciudad Juárez. Chávez fue asesinada en 2011.

En Argentina, el proceso comenzó a consolidarse en marzo de 2015, tras el asesinato de Daiana García. Periodistas, escritoras y activistas organizaron una maratón de lectura en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires para visibilizar la violencia patriarcal. Entre las organizadoras estaba Vanina Escales, quien propuso utilizar el nombre “Ni Una Menos” para la convocatoria.

Ese mismo año, otros casos de femicidio atravesaron al país, como los casos de Melina Romero que apareció asesinada tras haber desaparecido luego de festejar su cumpleaños, el de Katherine Moscoso que fue enterrada viva en un médano, y en mayo el caso de Chiara Páez, asesinada a golpes a los 14 años, el cual terminó de detonar la indignación social.

La periodista Marcela Ojeda escribió entonces en Twitter: “Actrices, políticas, artistas, empresarias, referentes sociales… mujeres, todas, ¿no vamos a levantar la voz? NOS ESTÁN MATANDO”. Ese tuit funcionó como disparador de una articulación profunda entre periodistas, escritoras, activistas y usuarias de redes sociales.

Cuando las redes hicieron posible la masividad

Ni Una Menos nació primero como un poema y luego como un hashtag, antes que como organización formal. Las plataformas digitales permitieron transformar experiencias individuales de violencia en una narrativa colectiva capaz de construir legitimidad política y movilización territorial, como herramientas de realización del poder popular.

El territorio virtual funcionó, y funciona, como una herramienta donde el feminismo y el transfeminismo global se encuentran, planifican y difunden consignas y actividades para luego ser realizadas en las calles de cada provincia, estado, ciudad o municipio. Twitter y Facebook funcionaron como aquella infraestructura organizativa, donde se compartieron convocatorias, materiales gráficos, testimonios y consignas.

Durante el 3 de junio de 2015 el hashtag #NiUnaMenos fue mencionado más de 516 mil veces. Según L’Internationale, el fenómeno se define como una experiencia de “tecnopolítica feminista, capaz de producir comunidad, identidad afectiva y presión pública sostenida’’.

El movimiento también desarrolló consignas virtuales propias: hashtags como #VivasNosQueremos, #NosMueveElDeseo y #ParoDeMujeres, transmisiones en vivo, coberturas colaborativas; ilustraciones feministas y el pañuelo verde se convirtieron en símbolos de un movimiento feminista que comenzaba a fortalecer su legitimidad.

La potencia de esa articulación virtual permitió sostener la continuidad organizativa entre movilizaciones, internacionalizar las consignas y universalizar las luchas, las cuales incorporaron demandas vinculadas al reconocimiento del trabajo doméstico y de cuidados, la feminización de la pobreza, la brecha salarial, la precarización laboral y el endeudamiento, además de denunciar la violencia institucional, la criminalización de la protesta social y el vaciamiento de políticas públicas.

La masividad de Ni Una Menos también permitió construir una genealogía política que enlazó al movimiento con las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, los Encuentros Nacionales de Mujeres y las luchas LGBTIQ+, sindicales, indígenas, migrantes y piqueteras.

Una región atravesada por la violencia machista

La experiencia argentina se expandió rápidamente por América Latina y Europa. Chile, Bolivia, Perú, Uruguay, México, Colombia, Ecuador, Guatemala y El Salvador replicaron movilizaciones, articulaciones feministas y estrategias de ciberactivismo.

En Perú, la movilización de agosto de 2016 fue considerada la protesta más grande de la historia del país. En México, la consigna retomó la lucha de Susana Chávez y denunció los femicidios sistemáticos y la impunidad estatal. En Italia, el movimiento transfeminista Non Una Di Meno se convirtió en una de las expresiones feministas más importantes de Europa y en Estados Unidos y Francia impulsó los movimientos como el #MeToo.

La lucha continúa. América Latina continúa siendo una de las regiones más peligrosas para las mujeres y diversidades. Según el Observatorio de Igualdad de Género de la CEPAL, al menos 19.254 feminicidios fueron registrados en América Latina y el Caribe en los últimos cinco años. Entre seis y ocho de cada diez mujeres de la región atravesaron algún episodio de violencia física, sexual, económica o psicológica a lo largo de sus vidas.

La violencia se profundiza en contextos de pobreza, ruralidad y discriminación étnica. Las mujeres indígenas, afrodescendientes y campesinas enfrentan mayores obstáculos para denunciar y acceder a protección estatal. A nivel global, ONU Mujeres advierte que menos del 40% de las víctimas busca ayuda institucional y que menos del 10% recurre a la policía. Solo el 55% de los países penaliza integralmente la violencia doméstica y más del 60% carece de leyes de violación basadas en el consentimiento.

La violencia digital también se convirtió en una dimensión central del problema. El auge de discursos misóginos en redes sociales y comunidades virtuales, como la llamada “manósfera”, amplifica el acoso y las amenazas contra mujeres periodistas, activistas y dirigentes políticas.

En Argentina, los datos económicos muestran cómo las desigualdades de género siguen estructurando el acceso al trabajo y a los ingresos. Según datos de CEPA y relevamientos publicados en 2026, las mujeres representan el 64,2% del sector con menores ingresos. La brecha salarial ronda el 27% y alcanza el 40% entre trabajadoras informales. La tasa de actividad femenina es del 52,6%, muy por debajo del 70,1% registrado entre los varones.

La informalidad también golpea más fuerte a las mujeres: el 38% trabaja en condiciones precarias. Además, destinan en promedio tres horas más por día al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Los sectores más feminizados son, a su vez, los peores remunerados: el 98,8% del trabajo doméstico registrado es realizado por mujeres.

En un escenario atravesado por el ajuste, el avance de discursos antifeministas y el debilitamiento de políticas públicas destinadas a garantizar derechos, el 3 de junio vuelve a funcionar como una fecha de memoria, protesta y articulación política continental.

El movimiento continúa recordando que la lucha por una vida libre de violencias está inseparablemente ligada a la disputa por condiciones materiales dignas para vivir. Por eso, cada 3 de junio no solo se exige justicia para quienes ya no están también se reafirma la necesidad de construir sociedades más humanas, democráticas y solidarias. Porque si algo nos deja la lucha feminista es la certeza de que frente al miedo, la indiferencia y la violencia de este sistema capitalista y patriarcal, la organización popular sigue siendo una de las herramientas más poderosas para imaginar y construir otros futuros posibles.

Porque, once años después, la consigna sigue condensando una urgencia que atraviesa fronteras: ni una menos, vivas y libres nos queremos.

*Alejandra Rizzo, militante feminista argentina e integrante de la Colectiva Aquelarre Feminista en la provincia de San Luis, Argentina. Analista de NODAL

A 11 años de Ni Una Menos, la marea feminista que convirtió el dolor en una fuerza política continental – Por Alejandra Rizzo

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África: Las guerras y muertes olvidadas

Por: Fernando Ayala

El continente africano con sus 1.550 millones de habitantes repartidos en 54 estados soberanos más la República Saharaui que busca su independencia, se extiende en una superficie de 30.3 millones de kilómetros cuadrados y es considerado por los organismos financieros internacionales (Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial) como el más pobre del planeta.

Cinco países ocupan los peores indicadores de ingreso y desarrollo humano: Burundi, Sudán del Sur, la República Centroafricana, Malawi y Mozambique. Trabajadores en una mina de Sudáfrica. África es una tierra de enormes riquezas naturales cuya historia reciente sigue marcada por la explotación, los conflictos y las profundas desigualdades sociales

Es la paradoja del continente más rico en recursos naturales, donde hay desde oro, diamantes, petróleo, cobre y todo tipo de minerales estratégicos como tierras raras, cobalto y uranio, entre otros muchos. Ha sido víctima de la depredación de sus recursos humanos y naturales durante siglos, especialmente por parte de las potencias europeas que lo esclavizaron, lo dividieron y lo han explotado. Hoy se libran guerras en Sudán, el Congo, en el Sahel, Somalia, Mozambique, Nigeria y Libia, que en su mayoría son conflictos civiles entre grupos étnicos en algunos casos, religiosos en otros, o luchas de poder por el control de territorios y recursos.

Se estima que las víctimas fatales desde 2020 a la fecha se acercan al medio millón de personas, ya sea por combates, hambrunas, asesinatos masivos o actos de terrorismo.

En la llamada “Era de los descubrimientos”, iniciada en el siglo XV con la llegada de los primeros portugueses a las costas africanas, marcó trágicamente el destino del continente. A partir de la instalación de las primeras colonias en las islas de Madeira, Cabo Verde y la costa atlántica, se dio el inicio al comercio del oro, marfil, azúcar hasta el más rentable de todos: la caza y venta de seres humanos. Portugal abrió las rutas marítimas para el transporte de esclavos y puso las bases para los imperios coloniales que ahí se desarrollaron. Se estima que los navíos portugueses transportaron casi cinco millones de esclavos a Brasil y otros lugares.

Rápidamente el negocio se extendió a Inglaterra que llevó algo más de tres millones a Estados Unidos y el Caribe; España lo sigue en esta estadística macabra con el transporte de alrededor de 1.5 millones de esclavos a Sudamérica, Cuba y otros lugares. Francia registró 1.2 millones llevados a Haití y otras islas, tal como lo hicieron los comerciantes holandeses. La mayor parte del comercio de seres humanos se efectuaba en barcos ingleses, especialmente a partir del siglo XVII, cuando la flota británica controlaba los océanos.

Las consecuencias de la esclavitud y la explotación de los recursos naturales africanos por parte de las potencias coloniales dejaron una huella profunda. Culturas y lenguas divididas por el poder colonialista ávido de sus riquezas, donde el ser humano era una variable exclusivamente comercial, una mercancía. Así, durante la Gran Guerra y la Segunda Guerra Mundial, miles y miles de africanos vistieron los uniformes de las potencias coloniales y muchos fueron a morir en territorio europeo no sabiendo bien porqué peleaban. Hoy, en los conflictos civiles que desangran al continente no es ajena la mano de las antiguas y nuevas potencias neocoloniales.

La venta de armas, el adiestramiento militar y los intereses geopolíticos están presente en prácticamente todos ellos. En Sudán, el conflicto lleva ya tres años disputándose el poder para controlar la economía y las riquezas naturales en un país donde abunda el oro y el petróleo. Una situación similar ocurre en el Congo donde se enfrentan desde hace cuatro años facciones rivales para controlar las riquezas en un país rico en oro, cobalto, otros minerales y las maderas de la selva tropical, explotada por compañías europeas. Las raíces aquí son más profundas por los intereses neocoloniales vigentes.

El Congo obtuvo su independencia de Bélgica en 1960, donde Patrice Lumumba, un líder nacionalista, ganó las elecciones y fue nombrado primer ministro para luego de tres meses ser arrestado, torturado y asesinado en una operación coordinada por el gobierno belga y la CIA por representar una amenaza al pretender tomar el control de sus recursos naturales. Hoy están presentes los intereses extranjeros, las rivalidades étnicas y la lucha por el poder.La región del Sahel que abarca 10 países tiene a tres: Mali, Níger y Burkina Faso, en conflicto desde 2012 por una multiplicidad de factores donde la presencia yihadista es uno de ellos y el uranio, litio y oro, otro. A estos conflictos se suman los desplazamientos humanos forzados por la violencia y también por la sequía, el cambio climático y la hambruna. En Nigeria, el país más poblado de áfrica y multiétnico, fuerzas de Estados Unidos bombardearon hace unos meses en el noroeste, a bases del estado islámico del ISIS que se han asentado en esa región. Las luchas multiétnicas y el terrorismo han profundizado las diferencias entre cristianos y musulmanes dejando más de 50 mil muertos en los últimos 15 años.

El mundo real es brutal para entregar informaciones. Se calcula que las noticias sobre los conflictos en África no llegan al 5% de la prensa mundial, comparado con casi el 80% destinado a la guerra de Estados Unidos con Irán, la de Rusia con Ucrania y la de Israel contra el pueblo palestino y el Líbano. Así las cosas, es muy difícil que la realidad africana vaya a a cambiar en el corto ni mediano plazo. Las proyecciones de crecimiento demográfico de Naciones Unidas estiman que para el año 2050 la población africana pasará de 1.550 millones de hoy a 2.500 millones de habitantes.

Si la crisis climática, alimenticia y conflictos armados se mantienen o acentúan, la única alternativa que les queda para comer y salvar sus vidas, al igual que lo hicieron hace más de dos millones de años los primeros seres humanos que se pusieron en pie en ese continente, es caminar. ¿Hacia dónde? Hacia Europa, que es lo más cercano y en gran parte responsable del estado actual.

El proceso de descolonización de los años 60 del siglo pasado, no fueron acompañados de una suerte de Plan Marshall, que hubiese contribuido a generar estructuras sólidas, a fortalecer los estados y desarrollar instituciones que hubiesen permitido la utilización racional de sus riquezas. Por el contrario, la explotación de sus recursos se mantuvo bajo otras formas y nadie hoy se siente responsable ni existe un plan para efectuar un cambio real de la situación que sería -como todos los saben- el principal freno a la inmigración.

Las agencias de Naciones Unidas efectúan una labor esencialmente paliativa, acuden a las emergencias, pero ello no basta, solo alivia momentos críticos. Finalmente, un indicador que refleja la dramática realidad: la mortalidad infantil hasta los cinco años alcanza hoy en la Unión Europea a 4 niños por cada mil de nacidos vivos. En África, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, para 2025, por cada mil fueron 71,6 los que murieron antes de los cinco años, mayoritariamente en el primer mes de vida, representando el 58% de la mortalidad infantil a nivel mundial, es decir algo más de 2.8 millones de niños.

Fernando Ayala, embajador, economista de la Universidad de Zagreb, Croacia, y Máster en Ciencia Política de la Universidad Católica de Chile. Ex Subdirector de asuntos estratégicos de la Universidad de Chile y ex Subsecretario de Defensa..

Fuente: https://estrategia.la/2026/06/04/africa-las-guerras-y-muertes-olvidadas/

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