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Lecciones de la huelga indefinida histórica del profesorado valenciano

Por: Vicent Mauri | Moisés Vizcaino

El profesorado de la educación pública no universitaria del País Valencià ha optado para suspender temporalmente la huelga indefinida comenzada el 11 de mayo a partir de este viernes, 12 de junio. Es una “interrupción estratégica” que permite no hacer huelga, pero continuar con acciones de protesta y retomar el paro en cualquier momento sin previo aviso, han indicado los sindicatos STEPV, CCOOPV y UGTPV. La suspensión puede ser tan solo el adelanto de un nuevo curso todavía más conflictivo al que podrían sumarse más sectores sociales. Vicent Maurí y Moisés Vizcaino hacen balance.

Una lección de dignidad

Vicent Maurí

Original en català ací

«La huelga indefinida del profesorado valenciano ha dejado una huella profunda. Más allá de su interrupción, nadie podrá borrar el que se ha construido durante estas semanas.»

La huelga indefinida del profesorado valenciano ya forma parte de la historia de las grandes movilizaciones sociales de nuestro país. Veintitrés días ininterrumpidos de lucha, de asambleas, de manifestaciones, de concentraciones y de debates colectivos han dejado una impronta que va mucho más allá del resultado de una consulta o de la evolución de una negociación. Han representado una auténtica lección de dignidad, compromiso y unidad.

Hay que empezar dando las gracias. Gracias al profesorado valenciano, que ha sostenido con valentía una huelga indefinida en circunstancias difíciles, asumiendo costes personales y económicos para defender un bien común. Gracias a sus asambleas, espacios de democracia real donde cada voz ha contado y donde se han tomado las decisiones más importantes. Gracias a los sindicatos que han sabido construir una plataforma unitaria y poner los intereses de la educación pública por encima de cualquier otra consideración.

Pero también hay que dar las gracias a la comunidad educativa y a la sociedad valenciana. Las familias, los movimientos sociales, las entidades cívicas, las asociaciones de barrio y tantas personas anónimas han hecho suya esta lucha. La respuesta social ha sido inmensa. Del sur al norte del País Valencià; del interior a la costa; en las grandes ciudades y en los pueblos pequeños; en los barrios obreros y en las zonas rurales. En todo el territorio se han multiplicado las muestras de apoyo y solidaridad. También han llegado mensajes de apoyo desde otros territorios del Estado y desde el ámbito internacional, conscientes que la defensa de la educación pública es una causa que transciende fronteras.

La acampada educativa se ha convertido en uno de los símbolos más potentes de este conflicto. Un espacio de resistencia, de debate y de construcción colectiva que recuerda otras grandes experiencias de defensa de los servicios públicos. Resulta inevitable pensar en la mítica Carpa Blanca argentina, aquella escuela itinerante que se convirtió en un referente internacional de la lucha por la educación pública en los noventa del siglo pasado. Hoy, salvando todas las distancias, el profesorado valenciano ha demostrado que la perseverancia y la convicción continúan siendo herramientas imprescindibles para transformar la realidad.

Esta huelga no ha sido una reivindicación corporativa. El profesorado ha levantado la voz para denunciar una situación insostenible que afecta directamente la calidad del servicio público educativo. La recuperación del poder adquisitivo perdido es una reivindicación legítima, pero las reivindicaciones van mucho más allá: reducción de ratios, incremento de plantillas, disminución de la carga burocrática, mejora de las infraestructuras educativas y defensa efectiva de la lengua. En definitiva, la defensa de una educación pública digna, equitativa y de calidad.

Los datos de la consulta realizada al profesorado refuerzan todavía más la legitimidad de este movimiento. Han participado 30.238 docentes, una cifra extraordinaria que evidencia el grado de implicación y conciencia colectiva del profesorado valenciano. El resultado ha sido claro y contundente: 26.217 docentes, el 87% de las personas participantes, han rechazado la propuesta de acuerdo global presentada el 9 de junio, considerándola insuficiente para dar respuesta a las reivindicaciones planteadas desde el inicio del conflicto.

Entre las personas que han votado en contra del acuerdo, se ha abierto un nuevo procedimiento de decisión para determinar los pasos siguientes. También aquí el profesorado ha dado un ejemplo de responsabilidad democrática. De las 26.217 personas consultadas, 17.633 (67%) han optado para interrumpir o desconvocar la huelga, mientras que 8.584 (33%) se han mostrado partidarias de mantenerla. Es importante entender el significado de este resultado: no expresa una renuncia a las reivindicaciones, sino la voluntad mayoritaria de explorar otras vías de acción y de negociación después de haber protagonizado una de las movilizaciones educativas más importantes de las últimas décadas.

El profesorado valenciano ha demostrado que es posible conjugar firmeza en las reivindicaciones con responsabilidad colectiva. Un docente, un voto. Asambleas abiertas, debate permanente y decisiones adoptadas democráticamente. Esta es, también, una de las grandes victorias de este proceso.

Por eso, el profesorado se ha convertido en un ejemplo para el conjunto de la clase trabajadora y para el país. En un momento en que a menudo se pretende imponer la resignación y el individualismo, miles de docentes han demostrado que la movilización sostenida, la participación democrática y la unidad continúan siendo instrumentos útiles para defender derechos y conquistar mejoras.

También es necesario señalar las responsabilidades políticas. La Consellería de Educación, encabezada por la consellera Ortí, y el president de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, han desaprovechado la oportunidad de resolver el conflicto desde el primer momento mediante una negociación real. Demasiado a menudo han optado por la dilación, la descalificación o la presentación de propuestas insuficientes, en lugar de escuchar las legítimas demandas de un colectivo que sostiene uno de los pilares fundamentales de nuestra sociedad.

Todavía están a tiempo de rectificar. Tienen en sus manos la posibilidad de poner fin al conflicto con una negociación sincera que den respuesta a las reivindicaciones del profesorado. Se trata de asumir una responsabilidad institucional ineludible: garantizar unas condiciones laborales dignas para quienes educan y aseguran una educación pública de calidad para todo el alumnado.

La huelga indefinida del profesorado valenciano ha dejado una huella profunda. Más allá de su interrupción, nadie podrá borrar lo que se ha construido durante estas semanas: una red de solidaridad y de apoyo mutuo que ha recorrido el país, una comunidad educativa movilizada y una sociedad valenciana que ha apoyado a sus docentes.

El profesorado ha hablado con claridad en las aulas, en las calles y en las consultas. El mensaje ha estado inequívoco: sus reivindicaciones son justas y necesarias. Ahora corresponde a la Consellería de Educación y al presidente Pérez Llorca escuchar este clamor y abrir, de una vez por todas, una negociación real que doy respuesta a unas demandas que constituyen una exigencia colectiva para garantizar una educación pública valenciana, digna, inclusiva y de calidad.

Porque la educación no se negocia a la baja. La dignidad del profesorado y el derecho del alumnado a una educación pública de calidad no pueden quedar subordinados a excusas presupuestarias ni a intereses ideológicos y partidistas.

La huelga indefinida del profesorado valenciano es, sobre todo, una lección de dignidad y de compromiso. Y las lecciones más importantes son aquellas que dejan huella y abren caminos. Este país necesita más ejemplos como este: personas dispuestas a organizarse, a perseverar y a luchar por el bien común. El profesorado valenciano lo ha hecho. Y merece el reconocimiento, el respeto y el apoyo de toda la sociedad.

Fuente: Diari La Veu del País Valencià

***

Lecciones de una huelga valenciana indefinida histórica

Moisès Vizcaino

La suspensión de la huelga indefinida de los docentes puede ser tan solo el adelanto de un nuevo curso todavía más conflictivo al que podrían sumarse más sectores sociales

Original en català ací

Después de un mes de huelga indefinida, ayer 10 de junio, los docentes aprobaban en una consulta suspender la huelga a partir del día 12 al mismo tiempo que rechazaban la última propuesta de acuerdo de la Consellería de Educación en manos del PP con apoyo de Vox. Este resultado deja en empate la partida.

La impresionante movilización de la enseñanza pública, con una huelga valenciana indefinida histórica, tanto por seguimiento como por duración y un apoyo del conjunto de la comunidad educativa y de buena parte de la sociedad sin precedentes, en defensa de una educación pública de calidad y en valenciano, no ha conseguido doblar el enrocamiento de un Consell que se había puesto como objetivo derrotar y humillar los docentes.

Sus tácticas dilatorias de la negociación y el enrocamiento de sus posiciones, encabezadas por la consellera Ortí responsable política directa de la mano del president Llorca, han acabado funcionando y se ha desconvocado la huelga de los docentes sin conseguir sus objetivos. Dentro del PP puede haber la tentación de ver la situación como una victoria, con la complicidad y el acuerdo parcial pactado por los sindicatos ANPE y CSIF. “Hemos chafado a los sindicatos como hizo Margaret Thatcher con los mineros y hemos abierto el camino en una nueva era de hegemonía conservadora”, deben de pensar.

Este, sin embargo, es un análisis muy peligroso y que les puede salir muy caro. La negativa de los docentes a aceptar las migas que les ofrecía la Conselleria es un detalle importante que demuestra que los docentes no han sido vencidos. Lo más probable es que el próximo curso vuelvan de nuevo las protestas. Podemos entender que difícilmente tendrán la forma de una nueva huelga indefinida, pero el malestar generado por la situación de la mayoría de los centros que afecta directamente a los alumnos y familias y a todo el personal público docente y no docente, sumado al que ha provocado la actitud prepotente y autoritaria del Consell y todas las reivindicaciones exigidas, no se diluirán por arte de magia. Ni tampoco las asambleas de los docentes, motor fundamental de la movilización, de la Coordinadora d’Assemblees Docents del País Valencià y de Docents en Vaga.

Además, este malestar no es exclusivo de la educación. La situación en sanidad es similar, así como en otros servicios públicos y, si nos alejamos del sector público, la sensación de que la cuestión de la vivienda es “insostenible” cada vez es más masiva y transversal.

De hecho, a pesar de algunos esfuerzos de hacer confluir este conjunto de reivindicaciones con la huelga de la educación, resulta obvio que ha faltado un último esfuerzo en esta dirección y los sindicatos no han tenido la capacidad de convertir la huelga docente en un paro generalizado, como mínimo, al sector público valenciano, y, lógicamente, comprendemos esta situación. Con este panorama, lo más probable es que el próximo curso -año electoral- venga caliente. Si sindicatos y movimientos sociales son capaces de hacer confluir las diferentes luchas en un gran movimiento popular, al PP se le puede hacer muy larga la legislatura.

Porque el desastre de la Dana nos ha dejado ya una serie de lecciones de gran valor y una forma colectiva de movilizarse, como han hecho desde las principales asociaciones de las víctimas  Associació Víctimes de la DANA 29 Octubre 2024Associació Víctimes Mortals DANA 29-O y Associació de damnificats per la dana de l’Horta Sud, y desde el Acord Social Valencià. La primera es que la capacidad de mentir, hacerse el sordo y mantenerse impertérrito ante la protesta ciudadana de este Consell es inmensa. Pero, también, que si el pueblo valenciano tiene la resiliencia y dignidad suficientes como para hacer caer a Carlos Mazón, también la tiene para hacer caer a la consellera de Educación y el Consell del PP-Vox entero.

Fuente: Diari La Veu del País Valencià

+ Info:

Sebastià Carratalà. El professorat vota suspendre temporalment la vaga a partir de divendres

Roser Roig. L’STEPV exigeix avançar i assegura que continuarà la mobilització

Joan Canela. Alcen l’acampada docent de la plaça de la Mare de Déu

Joan Canela. Un informe indica la viabilitat econòmica de les millores en l’educació

David Garrido. Educació pública, de qualitat i —no ho oblidem— “en valencià”

Vicent Flor. El PP, noquejat per la mobilització

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Otro fútbol y otro mundo son posibles… e imprescindibles

Haciendo un breve recuento, el primer campeonato tuvo lugar en Uruguay en 1930, en medio de la Gran Depresión ocasionada por la burbuja financiera en los Estados Unidos. Cuatro años después, la Copa se jugó en la Italia de Benito Mussolini. El fascismo descubrió que once jugadores podían serle de gran utilidad, sobre todo con el triunfo que obtuvo la escuadra nacional.

En 1938, Francia hospedó el torneo con la sombra de la guerra que se desataría poco tiempo después. Doce años después, la Copa saldría de su escondite en una caja de zapatos, debajo de la cama del Vicepresidente de la FIFA para viajar al Brasil, quien perdió la final con el equipo uruguayo en un memorable partido definitorio en el Maracaná.

Suiza, que se había mantenido neutral durante la Guerra, debía simbolizar el regreso de la paz en el Mundial de 1954. Sin embargo, el mundo había entrado en una nueva guerra entre el bloque socialista y el bloque capitalista capitaneado por los Estados Unidos. Alemania, que regresaba al torneo después de haber estado prohibida su participación, venció a los favoritos húngaros en la final.

La Unión Soviética consiguió participar por primera vez en la sexta edición que se jugó en Suecia en 1958. La lucha por la liberación del colonialismo entraba a las canchas. Por vez primera tuvieron un cupo para participar seleccionados de Asia y África.

En 1962, dos años después del terrible terremoto de Valdivia, la Copa se jugó en Chile. Uno de los cuatro estadios utilizados era propiedad de la minera estadounidense Braden Copper Company – nacionalizada nueve años después por el gobierno de Salvador Allende. Brasil se llevó el trofeo de la mano de Garrincha y Pelé, pero la alegría desatada no duró mucho. El país, presidido por el progresista João Goulart, se vería ensombrecido por el golpe militar de 1964, dictadura que recién vería su fin veintiún años después.

En el 66´ la corona volvería a Europa y la ganó el local Inglaterra, mientras que en México 1970, en plena ebullición de la ola de rebeldía juvenil y a dos años de la masacre de estudiantes en Tlatelolco, Brasil consagraría su tercer triunfo. Los alemanes ganarían su segundo trofeo también como locales en 1974 superando, una vez más, al favorito equipo magiar. Pocos meses antes había ocurrido el embargo petrolífero de los países árabes, como represalia al apoyo que prestaron varios países occidentales a Israel en la guerra de Yom Kippur.

Mientras tanto, sangrientas dictaduras se ensañaban con los impulsos revolucionarios en América Latina. El mundial de 1978 intentaría tapar en Argentina la terrible violación a los Derechos Humanos de los sucesivos gobiernos militares que dejaría treinta mil víctimas.

Los mundiales jamás han estado separados de la política, del dinero o del poder.

España, poco después del fin de la dictadura franquista, organizó la Copa en 1982, en la que por primera vez participaron equipos de todos los continentes, un preludio de la globalización en ciernes.

En México 86, la “mano de Dios” y los pies de Maradona llevaron a Argentina a lograr su segundo galardón, derrotando en fase de cuartos de final a la escuadra inglesa, con las heridas aun frescas de la guerra en las colonizadas Islas Malvinas. Los sudamericanos no pudieron revalidar su título en el siguiente Mundial en Italia (1990), cayendo ante el conjunto alemán, cuyo pueblo celebraba la reciente reunificación nacional.

Regida por la preeminencia del neoliberalismo, en 1994 el Mundial de fútbol se disputó en los Estados Unidos, un país sin tradición en este deporte. En 1998, el evento tendría lugar en Francia con el triunfo de la escuadra gala en el Estadio de Saint-Denis, un suburbio de París con una gran población inmigrante. Tiempo después, la ultraderechista Marine Le Pen calificaría a este barrio de la periferia capitalina como un área «fuera de control», una «zona sin ley» en manos de «escoria».

En el evento inaugural del siglo XXI, la Copa se disputó en Corea del Sur y Japón, siendo atravesada esta edición por la rampante corrupción de altos directivos de la FIFA. El lema del torneo siguiente, disputado en Alemania en 2006, (“El mundo entre amigos») no pudo plasmarse en el juego, rompiéndose el récord del mayor número de tarjetas amarillas y rojas. Fuera de la cancha, millones de personas sensibles habían llenado las calles en contra de la invasión estadounidense a Irak. Esta furiosa avanzada por recursos petrolíferos y control geopolítico había intentado legitimarse como “guerra contra el terrorismo islámico”, estigmatizando a las poblaciones musulmanas, sin distinción alguna, como fanáticos peligrosos.

El enorme Nelson Mandela celebrararía la elección de Sudáfrica como sede del primer Mundial en suelo africano en 2010 a pesar de la enorme erogación financiera que suponía la construcción de nuevos estadios, mientras el país seguía cargando las enormes desigualdades heredadas del apartheid. También en Brasil, cuatro años después, el alto coste de las millonarias obras motivaron extendidas protestas por parte de la población brasileña, antes y durante el torneo. El clamor popular, más allá de la habitual euforia futbolera que caracteriza al país insistió – con toda la razón –  en que hubiera sido mucho más importante que el dinero de los estadios se hubiera invertido en hospitales y escuelas.

La vigésima edición fue en Rusia 2018, cuya elección como sede fue cuestionada por presuntas denuncias de corrupción. El entonces primer ministro Vladimir Putin dijo que consideraba las investigaciones como un intento de los Estados Unidos de expulsar a Joseph Blatter del cargo de presidente de la FIFA como castigo por su apoyo a Rusia como anfitrión del certamen. La elección del Reino de Qatar para el certamen 2022 tuvo idénticas sospechas, sumadas a los cuestionamientos por la violación de derechos humanos. En esa edición, en un final no apto para dolencias cardíacas, Argentina obtuvo su tercer trofeo.

La inminente Copa Mundial de Fútbol 2026, organizado por México, Estados Unidos y Canadá, no logrará ocultar el intento de limpieza étnica de la población palestina, los bombardeos israelíes y estadounidenses contra Irán, el secuestro del presidente venezolano, las redadas antiinmigrantes y las agresivas medidas y la descarada injerencia del gobierno reaccionario de Donald Trump. Será un Mundial con una guerra abierta entre Rusia y Ucrania, conflictos armados en Sudán y República Democrática del Congo, catástrofes climáticas y la continuidad del expolio de los recursos naturales para beneficiar a unos pocos conglomerados financieros. Ningún gol podrá aliviar las violaciones a los derechos humanos, la violencia contra las mujeres, los intentos de recolonización, la discriminación racista o el incremento de las afecciones de salud mental.

Asistiremos a una sofisticada ingeniería tecnológica, que fuera de la competencia deportiva ya está siendo usada para vigilar a las poblaciones y asesinar selectivamente. Los juegos tendrán lugar en un escenario geopolítico que, más allá de sus resultados deportivos estará signado por un nuevo (des)equilibrio internacional que ya no estará asentado sobre la hegemonía del eje occidental.

Sucede que el fútbol y el deporte en general, absorbido por intereses mezquinos, convierte la alegría en mercancía y el juego en negocio. Los mundiales y megaproyectos deportivos no favorecen a las comunidades, ponen las ganancias por encima de la vida y venden la ilusión efímera de que la felicidad puede vestirse con la casaca de un equipo nacional.

Frente al futbol espectáculo, frente al fútbol que oculta la desigualdad y la discriminación, es preciso reivindicar el futbol de los barrios, de las comunidades y de los pueblos. El fútbol que siempre nace y se nutre del corazón de los desheredados, de los excluidos y despojados.

Otro fútbol es posible e imprescindible, el que sirve al encuentro y a la paz, no a la división, a la manipulación o al enfrentamiento. Ese fútbol que hoy crece desde la convicción de todas y todos aquellos que queremos un mundo justo, con igualdad de derechos y oportunidades de desarrollo para todo ser humano sobre la Tierra, por el solo hecho de haber nacido. Un mundo humanista.

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La izquierda ante un gran desafío: Sobre los comités de base por un gobierno de trabajadores

En el mundo entero, y no solamente en la Argentina, el capitalismo se halla inmerso en una época de crisis profunda y multifactorial. Nos hallamos en medio de una transición, pero nadie sabe a ciencia cierta hacia dónde. Es probable, de hecho, que haya varios destinos posibles. Para la izquierda revolucionaria ello entraña la posibilidad que, de los actuales fuegos, resurja como el ave Fénix el horizonte del socialismo. A escala global, sin embargo, no parece ésta la opción más a la mano. Pero en los momentos de crisis las cosas se aceleran y posibilidades inverosímiles hasta poco tiempo atrás se vuelven atractivas e incuso factibles. Y siempre hay circunstancias peculiares. Que la dirigente trotskista Myriam Bregman se encuentre en Argentina entre las figuras políticas con mejor imagen y el FIT-U con una creciente intención de voto es un fenómeno que no se puede ignorar. La crisis del gobierno y la parálisis, las disputas intestinas y el giro a la derecha del peronismo parecen no tener fin. Desde hace varias semanas en el conjunto de la izquierda de nuestro país se debate cómo intervenir sobre este fenómeno político. Los autores de este texto hemos participado en estos intercambios con dos Cartas Abiertas. Aquí quisiéramos desarrollar algunos aspectos de nuestro análisis de la situación y lo que nos parece una vía de acción posible y fructífera.

En los regímenes políticos capitalistas democrático-liberales parece haberse producido, en los últimos años, un cambio significativo. Durante décadas estos regímenes sirvieron como un poderoso dique de contención para todo tipo de radicalización política, consolidando bolsones enormes de electorados estables que daban solidez al sistema y hacían poco probable tanto los cambios repentinos de las preferencias políticas o electorales cuanto las rebeliones por abajo. Los levantamientos tenían lugar característicamente en países no democráticos (ejemplo típico: la primavera árabe).Hubo excepciones (como la Argentina de 2001), pero el panorama general era que las democracias liberales constituían un puntal de estabilidad. Eso se ha ido desmoronando en la última década, en la que han proliferado levantamientos y protestas callejeras de diferente tipo que incluso han tumbado gobiernos constitucionales (como el de Nepal hace pocos meses), como así también se ha visto  virajes electorales rápidos y profundos o la aparición recurrente de outsiders como Bukele en El Salvador, Castillo en Perú o de la Spriella en Colombia. Milei es un caso extremo de esta tendencia. Sin embargo, en ningún caso, hasta ahora, se ha roto de manera inequívoca con los parámetros neoliberales consolidados durante el último medio siglo, ni mucho menos con las bases capitalistas de la economía (aún más antiguas). La fuerte inestabilidad de los gobiernos no da necesariamente lugar a una inestabilidad equivalente del sistema político en sí mismo, y hasta ahora no ha amenazado a las relaciones de propiedad. El descontento es casi universal, pero la emergencia de alternativas es la gran ausencia. Los virajes políticos de las últimas décadas no han alterado las dinámicas sociales y económicas capitalistas más profundas. Las políticas focalizadas no han podido contrarrestar la precariedad, la informalización y la miseria universales. Las compensaciones simbólicas de la política posmoderna se tornan crecientemente vacuas ante las duras realidades de la vida material en lo que hace a empleo, ingresos, vivienda, salud,educación o degradación ambiental. Las tibias estatizaciones (allí donde la hubo) no han podido frenar los vendavales de la economía global. Los derechos tantas veces proclamados –“con la democracia se come, se cura y se educa”- se vuelven cada vez más papel mojado. La falta de una alternativa al capitalismo liberal que resulte creíble y atractiva para las grandes mayorías es el gran vacío que, en buena medida, caracteriza la política actual en nuestros países.

El interrogante es: ¿cómo transitar del descontento que se palpa y la inestabilidad que se acrecienta hacia un cambio político y social verdaderamente estructural y significativo?

La inestabilidad política en nuestras sociedades se da sobre un trasfondo que no se puede ignorar ni minimizar, y que es mucho lo que debe a los cambios tecnológicos, culturales y sociales operados en las últimas décadas. Las redes sociales y los nuevos dispositivos tecnológicos permiten una difusión masiva de ideas a bajo costo, de manera descentralizada y no fácilmente controlada por los Estados y las corporaciones privadas. Esto puede ser aprovechado por la izquierda, que siempre tuvo dificultades para acceder a los grandes medios de comunicación. Pero, en contrapartida, el anegamiento de la arena pública con basura digital, noticias falsas, exceso de emoción y minimización de los argumentos y de la razón no favorece en lo más mínimo a la izquierda socialista. La ultraderecha siempre se basó en una radicalización discursiva y emocional que ocultaba un conservadurismo social destinado a mantener e incluso acrecentar el poder y la riqueza de los ricos y poderosos. La emocionalización y la virtualización de la vida social generan inestabilidad política, fenómenos virales y cambios súbitos en las preferencias electorales o simpatías momentáneas. Pero, paralelamente, tienden a socavar el alcance y la solidez de las fuerzas políticas (fenómeno reforzado por la mercantilización acelerada de los últimos años y la importancia creciente concedida a los aspectos más privados de la vida personal). El desafío para la izquierda argentina en la hora actual es aprovechar un vaivén favorable que se registra en el estado de ánimo de grandes sectores sociales para propiciar una politización más consciente, consistente y organizada, que haga posible un cambio revolucionario. Un cambio que, para ser genuino, demanda una participación tan masiva como autoconsciente.

En nuestra primer Carta Abierta propusimos que, a partir de la creciente simpatía en torno a Myriam Bregman, se conformaran “Comités de base por un gobierno de trabajadores”. La propuesta fue tomada parcialmente por el PTS, la organización que Myriam integra, en una convocatoria que acompañamos con nuestras firmas. Sin embargo, la implementación concreta de los comités parece haber sido encaminada en una dirección bastante diferente a la que proponíamos y a lo que daba a entender la convocatoria “Vos hacés falta”. El llamado a conformar los comités se ha concentrado casi exclusivamente en la construcción de “un partido de la nueva clase trabajadora”, y los comités han estado integrados en la mayoría de los casos por militantes del PTS y activistas independientes, con exclusión no sólo de los otros partidos que integran el FIT-U, sino de muchas otras organizaciones sociales y políticas que, en principio, son favorables a un “gobierno de trabajadores”. No podemos dejar de señalar que esta vía de actuación puede mantener a miles de personas alejadas de los comités, socava la unidad del FIT-U (un activo que la mayor parte de sus simpatizantes valoran positivamente), pone trabas a su posible desarrollo como un genuino movimiento de masas y cierra casi por completo las puertas a una posibilidad inédita: que la izquierda pueda influir sobre trabajadores y jóvenes peronistas disconformes con la orientación cada vez más derechista del Partido Justicialista (PJ) y la burocracia sindical, traccionando a una parte significativa de ellos hacia posiciones revolucionarias.La construcción del partido revolucionario (tarea cuya importancia no desmerecemos) puede (y debe) desarrollarse fortaleciendo y consolidando un movimiento de masas, necesariamente más amplio y plural.

No tenemos una posición rígida sobre las formas de organización política revolucionaria más conveniente en el presente. Pero a la luz de la configuración actual de la izquierda política, del movimiento sindical y del variopinto espectro de muy disímiles movimientos sociales, consideramos que los comités de base (y en esto consistía nuestra propuesta inicial) deberían ser un espacio democrático de masas capaz de concentrar a todas las fuerzas en principio favorables a la idea genérica de un “gobierno de trabajadores”, para emprender conjuntamente aquellas tareas en las que estamos de acuerdo: enfrentar al gobierno de Milei; apoyar a las luchas sociales y sindicales en curso; difundir el ideario socialista y la perspectiva revolucionaria; debatir a partir del programa del FIT-U un programa de gobierno de emergencia mucho más detallado. Paralelamente a estas tareas de lucha y propaganda conjuntas, pensamos que el espacio de los comités (o instancias paralelas relacionadas o no con los mismos, como foros, paneles, mesas redondas, talleres, etc.) podría servir para estudiar, conversar o debatir el amplio espectro de cuestiones tácticas, estratégicas organizativas e intelectuales que atañen a un cambio revolucionario.

Insistimos entonces con nuestro planteo inicial: debemos asumir con audacia la posibilidad de debatir con miles de personas para avanzar en la construcción de una alternativa gubernamental de los trabajadores y trabajadoras que haga posible una salida a la crisis opuesta a la que nos proponen Milei, el PJ y todas las variantes del sistema.

Los comités de base pueden ser la gran herramienta para esta tarea, a condición de que sirvan para desarrollar y coordinar las luchas de resistencia a las políticas oficiales y den un marco político y organizativo a la creciente bronca popular.

La apuesta es inmensa. Ningún colectivo, por pequeño que sea, y hasta ningún militante individual que quiera sumarse puede quedar afuera. Necesitamos grandeza, firmeza y unidad. De nuestra parte no tenemos dudas: si rodeada de las principales figuras públicas del FIT-U y de referentes de los distintos movimientos sociales y/o sindicales que en los últimos años han estado dando la pelea, Myriam Bregman diera una conferencia de prensa convocando a la conformación de comités de base podríamos aglutinar a decenas de miles de personas dispuestas a militar por una alternativa revolucionaria.

https://vientosur.info/la-izquierda-ante-un-gran-desafio-sobre-los-comites-de-base-por-un-gobierno-de-trabajadores/

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Qué tiene de emancipador el feminismo del siglo XXI

Por: Justa Montero

El feminismo es plural con importantes diferencias políticas e ideológicas, en ocasiones incluso antagónicas. Por lo tanto, en el texto me referiré siempre al que, con una mirada global, habla del conjunto de conflictos que genera el sistema, que considera que le competen, y que expresa su voluntad de cambiarlo todo desde unas luchas que miran hacia un horizonte emancipador para todas, todes y todos.

Qué tiene de emancipador el feminismo, qué esperanzas puede abrir en medio de una realidad plagada de monstruos de un capitalismo racista y patriarcal salvaje, que no solo reconfigura la geopolítica, sino también pone en juego nuestra propia existencia y que, como señala Wendy Brown (Brown, 2019), dibuja un mundo sin corazón.

El mundo sin corazón

El genocidio del pueblo palestino es una muestra de cómo las políticas colonialistas, militaristas y racistas que sostiene el poder global solo dejan muerte y destrucción. Es la prueba de los procesos de deshumanización que se vienen desencadenando. Está siendo el laboratorio en el que no cabrá la banalización del mal porque a ojos vista de todo el mundo se deshumaniza a las y los palestinos y se les priva de derechos destruyendo sus condiciones de vida para acabar presentándolas como prescindibles. ¿Qué tipo de humanidad se está configurando?

Forma parte de la necropolítica que cuenta en su haber los secuestros y asesinatos migrantes en Minneapolis por parte del ICE, los asesinatos que levantaron el grito del Black Lives Matter, las muertes en las vallas de Melilla, las de las 7291 personas mayores de las residencias en Madrid durante la covid, los asesinatos de las mujeres y disidencias sexuales y de género, las de las defensoras de los derechos medioambientales, víctimas de la lucha contra el extractivismo, de las que Berta Cáceres, diez años después de su asesinato, sigue siendo un símbolo.

Todo ello tiene su correlato en importantes movilizaciones, que sí tienen corazón y denuncian la impunidad generalizada a la que asistimos.

Otros factores que marcan el presente tienen que ver con la lucha por la hegemonía imperialista que, en la actual fase de crisis del capitalismo patriarcal, racista y ecocida también suponen el saqueo permanente de territorios y cuerpos (tal y como lo conceptualizan las mujeres centroamericanas). El rearme bélico, como ya sin pudor lo reivindica Trump, no es sino una guerra por los recursos naturales que acelerará y agudizará su efecto destructor sobre la naturaleza que nos sostiene.

Esta violencia generalizada requiere el reforzamiento de Estados autoritarios para tratar de imponer una salida, si existe, a semejante crisis. Es el sentido de las leyes mordaza, de las de extranjería, los CIES, las políticas de migración y asilo de la UE y de los campos de concentración de migrantes. Pero el reforzamiento del control del Estado tiene múltiples aristas, y una de ellas son las lógicas securitarias, punitivistas y carcelarias dirigidas al disciplinamiento social. Como parte del mismo, sirven para el control y moralización de la vida y de los cuerpos de las mujeres formando parte del estado de guerra permanente contra ellas del que habla Silvia Federicci.

Las lógicas securitarias son muy eficaces en la conculcación de derechos económicos, así como en la defensa de una libertad completamente disociada de la justicia social. Consiguen generar inseguridad económica, malestar social, ansiedad e incertidumbre sobre el futuro. Y esto, que es algo que el propio sistema genera, paradójicamente lo están capitalizando las extremas derechas a través de las llamadas guerras culturales. De este modo están consiguiendo, por un lado, una penetración en el tejido social y por otro, la construcción de una nueva identidad: la del hombre agraviado.

El miedo es uno de los ejes de su estrategia, les permite crear los enemigos imaginarios. Es el miedo al otro, a lo desconocido, a la persona migrante, trans, a quien se sale de la norma, a las feministas. Y, paradoja de las paradojas, es en la instrumentalización de los derechos de las mujeres como, desde sus postulados negacionistas, legitiman la invasión de países o racializan la violencia sexual. Un aspecto, este último, que forma parte de su estrategia islamófoba, con la que buscan rédito electoral mediante el proceso por el que atribuyen la violencia a la cultura musulmana y presentan la agresión de un hombre musulmán a una mujer como la amenaza del grupo. Una trampa en la que, sin embargo, no han caído colectivos feministas que en sus pueblos o ciudades han tenido que denunciar una presunta agresión sexual junto a la criminalización que desde las instituciones y partidos de derechas se realiza contra el colectivo migrante. Una vez más: “no en nuestro nombre”.

Las derechas radicales consideran que el feminismo, el movimiento LGTBIQ+ y las personas migrantes han producido una crisis de valores y son una amenaza a su patria, en lo que Sara R. Farris llama los feminacionalismos. Como señala Nuria Alabao (Alabao, 2025) las extremas derechas tienen como elemento común la defensa a ultranza de políticas antigénero, racistas, xenófobas, antiecologistas, antifeministas, siempre bajo el paraguas de su noción de identidad nacional. Es el pegamento que les une, a pesar de sus diferencias según países, en el que las mujeres y personas migrantes aparecemos como chivos expiatorios.

En muchos análisis las guerras culturales se reducen solo a una pugna de relato. Sin embargo, forman parte de una pugna, si, pero la de significar y legitimar prácticas económicas y sociales de clase, racistas y patriarcales. Son la constatación de cómo el liberalismo económico y el profundo conservadurismo son expresiones igualmente constitutivas del capitalismo actual.

La realidad está llena de ejemplos. El racismo es lo que legitima unas condiciones laborales en régimen de semiesclavitud y de extracción de fuertes beneficios en los pueblos freseros gobernados por PP y VOX en Andalucía. El racismo también determina el acceso a la vivienda, el empleo y la sanidad.

La negación de la violencia machista va de la mano de la defensa del modelo liberal de familia como espacio de reformulación del orden económico y reproductivo a través, por un lado, de la refamiliarización de la reproducción social y la negación del derecho de decisión reproductiva y, por otro lado, por la vuelta al imaginario conservador del hombre proveedor (aunque no guarde relación con la realidad).

Y sin ánimo de agotar los ejemplos, la criminalización de las personas trans las somete a una absoluta precariedad material y vital al no poder acceder ni al empleo ni a satisfacer una necesidad tan básica como es la del derecho a la identidad.

Cabe la transformación social porque cabe la esperanza colectiva

Parafraseando a Yayo Herrero (Herrero, 2025) la condición necesaria que abre posibilidades de actuación es ser conscientes de la gravedad de lo que sucede, construir esperanzas, trayectos que iluminen la posibilidad de un destino deseado, aún incierto.

Ese cómo actuar ante las enormes urgencias del presente pensando en el futuro siempre ha tenido y sigue teniendo muy distintas vías. Desde las luchas marcadas por un nuevo internacionalismo en la defensa de los ataques del capital extractivista, a las de las luchas por la vivienda y la creación de un nuevo tipo de organizaciones, a las de un nuevo internacionalismo en la protesta contra el genocidio palestino, o muchas luchas feministas, queer y antirracistas que reverberan y se convierten en transnacionales.

No se parte de cero, pero la brutalidad de la situación y la debilidad de la izquierda política y social abre muchos interrogantes desde esos propios espacios.  Cómo articular las luchas, cómo construir un horizonte común desde la pluralidad de sujetos, cómo participar en un diálogo urgente y necesario para no quedarnos atrapadas en los límites que el sistema establece y lograr avanzar en la transformación social.

En esta conversación hay algunos aspectos que resuenan particularmente en el movimiento feminista interseccional. Uno de los temas recurrentes es el de la fragmentación de las luchas. Otro de ellos es su caracterización como movimiento identitario en la globalidad, es decir centrado en lo que se consideran reivindicaciones del ámbito cultural, en una visión desde mi punto de vista equivocada y reduccionista.

Sin duda, esto también forma parte del debate intrafeminista, siempre intenso, pero resulta muy problemático que en el debate general se prescinda de parte de la realidad, de la capacidad (o cuando menos voluntad) que viene mostrando el feminismo para articular en su acción política, y en su discurso, las condiciones materiales de existencia con las condiciones sociales (también llamadas “culturales”). Es lo que Nancy Fraser (Fraser,  2006) expresó, allá por los años 90, y que tanto juego ha dado, como la interacción entre las políticas de redistribución, es decir las políticas económicas que apelan a los procesos de explotación capitalista, y las de reconocimiento social de identidades y colectivos subalternos e invisibilizados.

Ignorar la relevancia de sectores importantes de un movimiento que, desde un enfoque intersectorial, logró ampliar su espacio político y social como nunca se había logrado antes, es cortocircuitar parte de la conversación y acción conjunta necesaria. Este feminismo, identificado también como anticapitalista, mostró la viabilidad de unir masividad y radicalidad. Así sucedió en los procesos de las huelgas feministas, y este es el enorme capital político con el que sigue actuando, aun en situaciones de menor movilización social como la actual.

El debate también reaparece con quienes solo dan legitimidad al movimiento feminista en la versión más economicista de su adscripción de clase, cerrada por otro lado a las nuevas conceptualizaciones que se hacen ante los cambios en su propia composición dadas las modificaciones en las nuevas formas de explotación y dominación capitalista. Es un problema, porque puede dificultar las alianzas precisamente desde la materialidad de las luchas concretas.

De alguna forma es una vuelta a las teorías clásicas de los años 70 sobre las que numerosas feministas marxistas, como Zillah Einsenstein o Heidi Hartman, entre muchísimas otras, iniciaron una fructífera producción teórica. Señalaron las limitaciones y debilidades de la teoría marxista clásica y su dificultad para explicar la opresión de las mujeres en su complejidad, en la medida que solo abordaba las condiciones de producción capitalistas y las relaciones de explotación que de ellas se derivaban, pero sin abordar las de reproducción social. Abrieron así un nuevo campo para la comprensión de las formas en las que el patriarcado se inscribe y resulta constitutivo al capitalismo y, por tanto, para la articulación entre clase y género como formas de poder que organizan la sociedad.

Desde entonces ha llovido mucho y ha seguido un potente desarrollo, tanto teórico como político (en este sentido la huelga de cuidados en Euskal Herria es una referencia imprescindible). De la mano de economistas feministas (Cristina Carrasco, Amaia Pérez Orozco, Sandra Ezquerra entre muchas otras) se ha ido profundizando y mostrando la complejidad del funcionamiento del sistema. Para empezar, a partir de la redefinición del concepto de trabajo (tan presente y central en las huelgas feministas), situando la relación de los procesos de producción y reproducción como parte del funcionamiento del capitalismo, entendido como sistema integrado (Pérez Orozco, 2014).

También se ha ampliado el concepto de reproducción social al señalar que los espacios donde se reproduce la fuerza de trabajo (los llamados trabajos de cuidados) no son solamente los hogares, sino también instituciones como la sanidad, la educación, etc.), y que estos, además, tienen una dimensión transnacional como resultado de la cadena global de cuidados, siendo además trabajos racializados.

A cuenta de la interseccionalidad

El concepto de interseccionalidad viene de lejos, concretamente del pensamiento feminista negro de EE UU. Aunque fue Kimberlé Krenshaw quien lo acuñó en 1989, a raíz de una crítica a procedimientos jurídicos y teorías sobre la discriminación laboral de las mujeres negras, su origen se remonta a la práctica política de un colectivo de feministas lesbianas negras: Combahee River Collective (1974-1980). En un manifiesto de 1977 señalaban el

“cruzamiento de diversas identidades que luchan por su reconocimiento y también articulan una acción emancipatoria (…). También nos resulta difícil separar la raza de la clase y estas de la opresión sexual porque en nuestras vidas la mayoría de las veces ambas se experimentan simultáneamente”.

Una línea que ha ido desarrollando en la actualidad Gloria Anzaldúa (Anzaldúa, 2016) al introducir la noción de identidades fronterizas.

Tal y como señala Carolina Meloni (Meloni, 2012), el pensamiento y activismo del feminismo negro tiene un largo recorrido. Autoras como Angela Davis y su llamado a la “interseccionalidad de luchas”, Bell Hooks y su “feminismo para todo el mundo” han profundizado en las implicaciones teóricas y políticas del racismo como constitutivo del capitalismo y de la interconexión de opresiones. Por tanto, hablan de la imposibilidad de articular un feminismo que prescinda del racismo, el heterosexismo o las diferencias de clase, puesto que es ese cruce de opresiones e identidades lo que marca la vida concreta de las mujeres y personas disidentes concretas.

Se trata de una crítica en toda regla (que también comparte el mundo queer) al feminismo clásico y hegemónico por excluyente, por encerrar a las mujeres en una identidad fija y sin fisuras, interpretando de forma lineal lo que supone que la sociedad adscriba a las mujeres a un género y hacerlo aparecer en su pensamiento y práctica como lo único determinante en sus vidas. No se contempla, en la práctica concreta, la forma en que puede interactuar en sus identidades y vidas otras desigualdades establecidas por la pertenencia de clase, raza, etnia y sexualidad, que es lo que en definitiva explica la multiplicidad de expresiones del patriarcado y que adopta el sexismo (Montero 2009).

Este planteamiento, presente en algunos feminismos clásicos e institucionales, presupone una uniformidad en las experiencias de las mujeres, resulta una visión normativizadora y esencializadora que establece como generales y comunes a todas, las vivencias de algunas.

Estas ideas totalizadoras de las mujeres tienen un efecto en el discurso y acción política puesto que excluye a todo lo que no encaja en la representación que se hace de las mujeres, no entra en las estrategias y prácticas. Es una política de un feminismo que, de esta forma, se otorga el poder de representar a todas y presentar su agenda como la auténtica agenda feminista. La transfobia, la negación de la crítica al binarismo del movimiento queer, o los derechos de las trabajadoras sexuales tienen aquí parte de su origen.

El feminismo intersectorial no es una fórmula, es una propuesta para articular las luchas y el relato feminista y, por tanto, requiere hablar de sujetos, porque el conflicto existe y requiere sujetos que protagonicen la acción colectiva de revuelta y de propuesta emancipatoria.

Todo conflicto implica cierta afirmación de identidad, una identidad colectiva que explica quiénes somos, quiénes conformamos ese sujeto, y lo hace acogiendo al mismo tiempo la identidad individual ese quién soy.

El sujeto del feminismo habla de identidades colectivas, cambiantes y diversas, que recogen las experiencias de explotación, opresión y discriminación vividas individualmente, y las politiza. Las politiza dándoles una expresión social al ponerlas en relación con las estructuras y las relaciones sociales de poder en el proceso de organización y lucha.

No realiza una lista de experiencias e identidades individuales para convertirlas en un recetario, eso es lo que conforma el individualismo propio del sujeto neoliberal. Como señala Andrea Peniche (Peniche, 2020) se trata de un enfoque que también problematiza la idea de “la identidad como experiencia y la experiencia como única legitimadora del discurso, convirtiéndola en un reduccionismo cultural sin estrategia política”.

La interseccionalidad es una noción de enorme potencial político porque permite entender cómo opera nuestra realidad y subjetividad, la pertenencia a las jerarquías sociales y a las relaciones de poder que establece la clase, el género, la raza, algo que se siempre se da en condiciones sociales e históricas concretas.

El entramado de las luchas que los feminismos han desplegado en este ciclo hablan de un sujeto múltiple que ha permitido amplificar los objetivos de la lucha. Lo constituimos todas las que el sistema excluye y criminaliza, las que sufren las nuevas formas de explotación, cualquier tipo de violencias sexistas o institucional, las trabajadoras del sexo, mujeres racializadas, migrantes, las mujeres lesbianas, cis, trans, quienes se reconocen y nombran queer, precarias, trabajadoras de cuidados, las que lo hacen en el ámbito productivo, jóvenes y pensionistas, las que luchan por la vivienda y contra la pobreza energética, las que llevan hiyab, las jornaleras…, todas las que protagonizan los conflictos sociales y se levantan contra las injusticias que el sistema genera.

Como decía, no se trata de un listado de identidades sino de sujetos colectivos que protagonizan la conversación sobre la estrategia feminista desde la voluntad de no jerarquizar las opresiones, ni las luchas ni las reivindicaciones, sino de trabajar por espacios de convergencia real, no retórica, entre colectivos diversos y heterogéneos. Un reto permanente, no exento de tensiones y dificultades, pero algo profundamente transformador.

Un ejemplo de todo ello lo representan las jornaleras de Huelva. Pastora Filigrana, de la cooperativa de abogadas de Sevilla, explica cómo la comarca fresera de Huelva es un laboratorio donde se puede ver cómo funciona este sistema que entrecruza la violencia del capitalismo, el patriarcado, el racismo y la explotación de la tierra y los recursos naturales. “Todas las vertientes del sistema neoliberal en una sola comarca”.

Por su parte Ana Pinto, de la Asociación de jornaleras de Huelva en lucha, muestra cómo la pelea contra las condiciones de explotación en el campo, la explotación de la fuerza de trabajo de los cuerpos migrados y racializados de miles de mujeres, contra las condiciones de vida, de violencia sexual a las trabajadoras y la pelea por la defensa de la tierra forman parte de una misma lucha. Y apela a que “el feminismo se sume a nuestras luchas feministas, antirracistas y ecologistas, que deberían ser las luchas de todas, de un feminismo que no se puede dejar a ninguna fuera y ponga la vida digna de todas las mujeres en el centro”.

¿Cómo denominar a este feminismo? ¿Popular, de base, de clase, anticapitalista, anticapitalista y antiracista, interseccional, queer? No todo tiene la misma significación, y se podría debatir al respecto, pero creo que todos apuntan en una misma dirección. Desde mi punto de vista, pese a lo que tiene de palabro, la interseccionalidad abre mejores posibilidades para expresar y comprender la complejidad y la potencia política de las luchas que se vienen articulando en esta época.

A partir de este enfoque se participa (con distinto éxito) en alianzas por la defensa de los servicios públicos, por la regularización de las personas migrantes, por los derechos de quienes tienen empleo, por el derecho a una vivienda, el fortalecimiento del tejido comunitario, las luchas contra las violencias patriarcales, por los derechos sexuales y reproductivos, por los derechos de las personas trans. Resulta un sólido enfoque generado por y desde las propias luchas. Algunas reverberan con fuerza.

Valga como ejemplo la marcha realizada el 31 de enero 2026, organizada por un colectivo de mujeres (la Asociación Tabadol del Sector 6 de La Cañada Real) y otros colectivos, por el derecho al territorio, a la vivienda y a la vida. En la Cañada viven miles de personas y sufren desde hace cinco años el corte del suministro eléctrico, el derribo y desalojo de sus casas. Houda Akrikez leyó el manifiesto de la marcha del que recojo unos extractos.

“Marchamos con otras luchas que saben que lo que ocurre aquí les atraviesa directamente (Movimiento por la vivienda, colectivos antirracistas, ecologistas, vecinales, lgtbi). Marchan con nosotras las feministas, porque saben que los derribos también son violencia. Porque cuando se destruye un hogar, quienes más sostienen el impacto son las mujeres. Las que cuidan, las que sostienen la vida cotidiana, las que reorganizan la supervivencia cuando el Estado se retira. Las feministas marchan porque saben que sin vivienda no hay autonomía, que sin territorio no hay redes, que sin estabilidad no hay libertad. Porque no hay feminismo posible si se acepta que mujeres pobres, migrantes, gitanas, sean expulsadas de sus casas en nombre del progreso. Defender que la Cañada se queda es defender un feminismo popular, antirracista, de barrio, que pone la vida en el centro”.

Una marcha que apoyó la comisión 8M de movimiento feminista de Madrid y colectivas de mirada interseccional.

Esto es lo que explica la potencialidad del feminismo (Gago, 2019) y las condiciones en las que puede enfrentar a este mundo sin corazón.

El objetivo del neoliberalismo apunta al corazón mismo de la propuesta feminista, supone un ataque feroz a lo social, como señala Wendy Brown, es un ataque a ese espacio donde transcurre la vida en común, se establecen los vínculos sociales, se recobra la identidad, la participación, se visualizan las exclusiones y las desigualdades, se establecen las demandas, se articula la protesta.

Es la defensa de un individualismo que nos convertiría en sujetos económicos prestas para el mercado negando las interdependencias y los vínculos entre nosotras y nosotros y el planeta.

Es un ataque justo a lo que da sentido a la organización colectiva, los proyectos colectivos, la creación de lazos comunitarios y la aspiración a una universalidad real y efectiva de derechos. Explica el feroz ataque al feminismo en su versión emancipadora y la consiguiente respuesta.

El feminismo como un movimiento contrahegemónico busca desafiar el capitalismo, desmontar el patriarcado y la colonialidad y acabar con las relaciones de poder que marcan. Transformar las ideas y valores dominante, las estructuras y condiciones sociales que sustentan la explotación y las distintas opresiones. Abrir a otras formas de relacionarnos, de vivir, de hacer de los cuerpos y sexualidades espacios de rebeldía y de disfrute, de pensar que la propuesta queer hará de nuestras identidades, sean cuales fueren, espacios de libertad.

Es un proceso de construcción en común que es también una apuesta por la organización que construya colectividad política feminista y anticapitalista, cuyo fin último sea la transformación radical de todo para todas, todes y todos.

Romper el relato del único mundo posible es trazar ese nuevo sentido común en las conversaciones y luchas múltiples.

Parafraseando a Eleni Varikas (Varikas, 2000) “la manera como se perciben los problemas y las soluciones que se proponen están forzosamente marcados por nuestra posición en las relaciones sociales, por nuestras pertenencias (…). La visión sobre el conjunto de problemas que plantea la vida en común pasa por el reconocimiento de que la multiplicidad en la contribución a la definición de la vida en común no es un peligro sino una fuente inexplorada de posibilidades sociales incumplidas”.

Referencias:

Alabao, Nuria (2025) Las guerras de género. La política sexual de las derechas radicales. Pamplona: Katakrak.

Anzaldúa, Gloria (2016) Borderlands/la frontera. Madrid: Capitán Swing.

Brown, Wendy (2019) Estados del agravio. Poder y libertad en la modernidad tardía. Madrid: Lengua de Trapo.

Fraser, Nancy (2006) ¿Redistribución o reconocimiento? Un debate político-filosófico. Madrid: Morata.

Gago, Verónica (2019) La potencia feminista. O el deseo de cambiarlo todo. Madrid: Traficantes de sueños.

Herrero, Yayo (2025) Metamorfosis. Una revolución antropológica. Barcelona: Arcadia.

Meloni, Carolina (2012) Las fronteras del feminismo. Teorías nómadas, mestizas y postmodernas. Madrid: Fundamentos.

Montero, Justa (2009) Sexo, clase, raza y sexualidad: desafíos para un feminismo incluyente. https://feministas.org/sexo-clase-raza-y-sexualidad/

Peniche, Andrea; Sena Martins, Bruno; Roldao, Cristina y Louçã, Francisco (2020) Nao posso ser quem somos?  Identidades e estratégia política da esquerda. Lisboa: Bertrand.

Pérez Orozco, Amaia (2014) Subversión feminista de la economía. Madrid: Traficantes de sueños.

Varikas, Erika “¿Una ciudadanía “como mujer”? Paridad versus igualdad”.

Justa Montero, activista feminista, miembro del Consejo Asesor de viento sur.

Fuente: https://vientosur.info/que-tiene-de-emancipador-el-feminismo-del-siglo-xxi/

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Chile: Jugar… ¿Para qué?

Jugar… ¿Para qué?

Por Alixon Reyes

Tema baladí. ¡Claro! Cómo no serlo si todas y todos damos por sobreentendido que las y los niños juegan. Y juegan porque sí, y, porque ¡Eureka!, ‘ahora’ todos sabemos que aprenden al hacerlo.

Hubo un tiempo en el que el jugar era magnético, atrayente, no tenía un por qué. Ese tiempo perduró hasta iniciada la escolarización. Desde ese momento en lo sucesivo, el juego dejó de concebirse desde el tiempo kairológico, para convertirse en esclavo del tiempo cronos, sí, de ese que espabila apenas suena el timbre, apenas llega el maestro, apenas se declara la competencia, apenas se presenta la evidencia.

Cuando antes se jugaba por placer, ahora se juega por conveniencia, por obligación, y porque es útil… La escuela lo comprendió hace rato. Y cuando antes el juego no tenía cabida en la escuela porque implicaba para esa lógica comercial y empresarial que el mismo era una pérdida de tiempo, pues, ahora, ha sido cooptado y reconvertido en un mecanismo más de la maquinaria capacitadora que necesita el mercado, a propósito de una escuela adocenada y arrodillada a los dictámenes del mercado. Hay dos versiones de la escuela que se tensionan, una, la que forma y educa para la autonomía, para la vida en democracia, para la constitución de subjetividades, y otra versión, aquella que entrena y capacita para la domesticación y la docilidad, para la uniformidad de criterios y el desarrollo de habilidades que se miden sobre la balanza que dicta patrones de rendimiento, eficacia y efectividad. Bien lo dice Graciela Scheines, antes el apotegma dictaba que ‘la letra con sangre entra’, ahora se ha convertido en un ‘la letra con juego entra’.

Organismos como la UNICEF alertan y sostienen que el juego, en su más pura esencia (autotélica, por supuesto), se encuentra en peligro de extinción. Investigadores, observatorios y otros centros de investigación afirman que, en el caso chileno, niños y niñas ya no consideran que el juego sea tan importante en la vida. En Chile y otros países de América Latina, se ha documentado la disminución de frecuencia y tiempo de juego en niños y niñas, y ni qué decir del juego parental.

Ante esto, la escuela responde empleando el juego como un mecanismo de control y regulación biopolítica. Y es que a veces parece hasta inútil discutir estos temas, porque de forma impresionante, se ha masificado la idea de que hacerlo así, esto de emplear el juego como un mecanismo didáctico, es ejemplar, porque ello conduce al aprendizaje. Sin negar que se aprende jugando, es preciso destacar que la experiencia autotélica es precisamente la víctima principal en medio de esta vorágine de cooptación de lo que entienden como productivo, como lo útil y como lo que es rentable. Y, ¡vaya que el juego y la experiencia del jugar se han convertido en rentables!

Ya lo decía Antoine de Exupery, en su obra majestuosa ‘El Principito’… “Lo esencial es invisible a los ojos”. Podemos tenerlo frente a nuestros ojos, rozándonos la cara, provocándonos el estornudo, y somos inmutables ante lo que ocurre.

Lo que no vemos es que esta lógica de mercado que se embolsilló a la escuela hace rato y que la constituyó en uno de sus más serviles aliados, está encontrando todos y cada uno de los resquicios de autonomía y libertad que aún se mantienen en emergencia. El juego es uno de ellos. Bien lo afirma Henry Giroux cuando alude a la inocencia robada, esa que ocurre a propósito de una lógica que convierte todo en negocio, en comercio, en producto, mercancía, vaciando del sentido de la vida todo lo que toca.

La política pública en Chile no favorece el resguardo de la experiencia lúdica del juego desde una perspectiva autotélica. De hecho, parece ser un tema importante, pero no tan importante como para ocupar la preocupación de la agenda pública, y menos aún de la agenda política.

La política pública chilena pregona defender el derecho al juego, pero al juego desde la esfera de la utilidad, la productividad y la rentabilidad. Juego que, además, exalta la competencia en detrimento de la comunidad y la compartencia; juego que se piensa como sacralizado y que, por último, anestesia la libre creación, la espontaneidad, la imaginación en libertad.

Hoy, ante el proceso leudante de una anunciada actualización curricular para enseñanza básica y enseñanza media en Chile, estamos ante una oportunidad importante para detener la ambición de esta especie de Midas… Amanecerá y veremos, dicen por ahí.

Alixon Reyes

Académico de la Universidad Adventista de Chile

alixdavid79@gmail.com

Fuente de la Información: https://www.lemondediplomatique.cl/jugar-para-que-por-alixon-reyes.html#tout-en-haut

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Estados Unidos: La prohibición de los teléfonos móviles en las escuelas: qué revelan las investigaciones más recientes

La prohibición de los teléfonos móviles en las escuelas: qué revelan las investigaciones más recientes?

En la última década, el rendimiento académico de los estudiantes se ha estancado o incluso disminuido en todo el mundo, a medida que los teléfonos móviles se han convertido en accesorios prácticamente omnipresentes para las generaciones Z y Alfa. Educadores de Florida, Suecia y Río de Janeiro están respondiendo con una táctica cada vez más popular: restringir o prohibir el uso de teléfonos móviles durante la jornada escolar.

Pero la primera oleada de investigaciones rigurosas sobre estas políticas —incluidos dos importantes estudios estadounidenses— no apunta claramente en una sola dirección. Algunos estudios han encontrado modestas mejoras académicas gracias a las restricciones al uso del teléfono móvil. Otros han encontrado poco o ningún efecto en las calificaciones de los exámenes, incluso cuando el uso del teléfono por parte de los estudiantes disminuyó drásticamente. Algunos estudios sugieren beneficios para los estudiantes con bajo rendimiento, otros para las niñas y otros para los niños. En algunos lugares, la asistencia o el bienestar estudiantil mejoraron. En otros, no.

El proceso científico puede ser complejo. Las diferencias culturales podrían explicar por qué las prohibiciones son más efectivas en algunos lugares que en otros. Sin embargo, casi cualquier reforma educativa arrojará resultados distintos en diferentes lugares, incluso dentro de un mismo país. Además, la confusión actual podría deberse a la dificultad de estudiar las prohibiciones de teléfonos móviles en la práctica.

Idealmente, los investigadores asignarían aleatoriamente a algunos estudiantes a entregar sus teléfonos mientras que otros los conservarían, y luego medirían el efecto en el rendimiento académico, lo que equivaldría a un ensayo clínico para una política educativa. Sin embargo, estos experimentos son difíciles de implementar en las escuelas, y hasta ahora solo un estudio , realizado entre estudiantes universitarios en la India, ha intentado un ensayo controlado aleatorio. Este estudio produjo una mejora notable en las calificaciones de los estudiantes con menor rendimiento.

En cambio, la mayoría de los estudios se basan en comparaciones menos precisas con el mundo real que solo capturan efectos parciales de las restricciones al uso de teléfonos móviles.

Un estudio nacional publicado este mes por investigadores de Stanford, Duke, la Universidad de Pensilvania y la Universidad de Michigan analizó más de 40.000 escuelas de todo el país utilizando datos de Yondr, una empresa que fabrica fundas con cierre magnético para teléfonos móviles de estudiantes.

Los investigadores descubrieron que la actividad de los teléfonos móviles en las escuelas disminuyó drásticamente después de que estas adoptaran las fundas. Las señales de los teléfonos móviles en las instalaciones escolares se redujeron en un 30 por ciento, y los profesores informaron de un uso mucho menor del teléfono para fines no académicos en clase.

Sin embargo, el estudio halló efectos prácticamente nulos en las calificaciones, la asistencia y el acoso cibernético, incluso tres años después de que las escuelas adoptaran las bolsas Yondr. Los investigadores compararon las escuelas que implementaron el sistema con escuelas que presentaban características demográficas y un rendimiento académico similares.

A primera vista, esos hallazgos parecían contradecir un estudio sobre escuelas en Florida publicado el año pasado, que encontró pequeñas mejoras académicas un año después de que las restricciones al uso de teléfonos celulares en todo el estado entraran en vigor en 2023.

Los investigadores responsables de ese estudio, de la Universidad de Rochester y RAND, compararon escuelas donde el uso de teléfonos móviles por parte de los estudiantes había sido históricamente alto con escuelas donde dicho uso ya era relativamente bajo antes de que comenzaran las restricciones estatales. Su razonamiento era que las escuelas con un mayor uso de teléfonos móviles antes de la prohibición deberían experimentar un mayor impacto por el cambio de política.

En cambio, el estudio nacional de Yondr comparó principalmente escuelas que aplicaban una medida de control particularmente estricta con escuelas que a menudo ya contaban con restricciones más flexibles sobre el uso de teléfonos móviles. Algunas escuelas del grupo de comparación aún exigían a los estudiantes que guardaran sus teléfonos en las mochilas o fuera de la vista durante la clase.

En otras palabras, el estudio nacional comparaba principalmente restricciones más estrictas con otras más laxas, mientras que el estudio de Florida comparaba escuelas con un alto y un bajo uso de teléfonos celulares antes de la prohibición.

A pesar de las diferentes metodologías y preguntas de investigación, los investigadores de ambos estudios estadounidenses destacaron en entrevistas la similitud de sus resultados. El estudio de Florida calculó que las mejoras académicas, que se materializaron el segundo año después de la prohibición, fueron inferiores a un punto porcentual, lo que equivale a que un estudiante pase del percentil 50, justo en el medio, al percentil 51. En la práctica, la diferencia entre una mejora mínima y efectos prácticamente nulos puede resultar irrelevante.

Ambos estudios también documentaron un aumento inicial de los incidentes disciplinarios antes de que el comportamiento se estabilizara, y ambos encontraron indicios de beneficios no académicos, incluidas mejoras en el clima escolar o el bienestar de los estudiantes.

Sin embargo, la investigación internacional en general sigue arrojando resultados realmente dispares.

El primer estudio cuantitativo sobre la prohibición de los teléfonos móviles, publicado en Inglaterra en 2016, concluyó que las restricciones al uso de estos dispositivos mejoraban las calificaciones en los exámenes, principalmente para los estudiantes con bajo rendimiento académico. Sin embargo, un estudio sueco de 2020 no halló beneficios académicos ni conductuales.

Los investigadores suecos especularon que sus resultados podrían reflejar la larga tradición del país en la integración de ordenadores en las aulas. En la década de 1970, Suecia fue uno de los primeros países europeos en adoptar la tecnología escolar, por lo que los alumnos ya dependían en gran medida de los ordenadores portátiles y otros dispositivos digitales durante las clases, incluso antes de la omnipresencia de los teléfonos móviles. Otro estudio de caso sueco también reveló que los alumnos solían usar sus teléfonos entre tareas, en lugar de durante el horario lectivo.

Desde entonces, estudios realizados en España , Noruega , Brasil e India han encontrado beneficios académicos derivados de las restricciones al uso de teléfonos móviles, aunque las ganancias variaron considerablemente. El ensayo aleatorio en India produjo algunas de las mayores mejoras académicas registradas en la literatura. Allí, los investigadores asignaron aleatoriamente a estudiantes universitarios, según su área de estudio, a guardar sus teléfonos en casilleros de madera antes de clase, mientras que otros los conservaron. A diferencia de muchas universidades estadounidenses, en estas aulas indias no había muchos portátiles ni tabletas. Eliminar los teléfonos, en efecto, pudo haber eliminado todas las distracciones digitales del aula.

Una posible explicación de los decepcionantes resultados en Estados Unidos es que los estudiantes siguen rodeados de distracciones digitales incluso cuando no tienen teléfonos. David Figlio, autor principal del estudio de Florida, afirmó que los estudiantes suelen recurrir a los mensajes de texto, los videojuegos o las redes sociales en las computadoras portátiles y las tabletas que aún están permitidas en la escuela.

Otra posibilidad es que los perjuicios académicos de la tecnología moderna no se deban principalmente a la distracción en el aula. Los teléfonos inteligentes pueden influir en el sueño, los hábitos de estudio, la atención sostenida y la capacidad de lectura fuera del horario escolar de maneras que una prohibición de siete horas de clase no puede revertir fácilmente.

“Los teléfonos móviles aún podrían estar influyendo significativamente en el rendimiento académico de los estudiantes, incluso si las prohibiciones no logran revertir esta situación de manera drástica”, afirmó Figlio. “Los estudiantes podrían estar descuidando sus estudios o trasnochando y durmiendo menos”.

Tom Dee, investigador educativo de Stanford que dirigió el estudio nacional, afirmó que los hallazgos «preocupantes» en este país no deberían desalentar a las escuelas a seguir experimentando con políticas sobre el uso de teléfonos móviles.

“Deberíamos seguir innovando, algo que hacemos con demasiada poca frecuencia en política educativa”, dijo Dee. “No nos dejemos llevar por la siguiente moda pasajera. Este tema es demasiado importante como para no seguir luchando por encontrar la manera de gestionar de forma responsable el uso que hacen nuestros hijos de los dispositivos digitales”.

Fuente: Jill Barshay / hechingerreport.or

Fuente de la Información: https://www.redem.org/la-prohibicion-de-los-telefonos-moviles-en-las-escuelas-que-revelan-las-investigaciones-mas-recientes/

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La derecha y los maestros

Por: Hugo Aboites
Estamos ante la resistencia del Estado a devolver a las maestras y maestros las pensiones que durante décadas ya les había otorgado. Esto es algo que puede verse en su justa dimensión si se considera la historia larga del magisterio mexicano. Luis Villoro dice que al final de la Colonia eran ellos los “depositarios de las semillas de cualquier cambio”. Porque “su mayor sensibilidad crítica ante las desigualdades e injusticias, los llevó a oponer al orden existente otro más justo” (pág. 497, Historia General de México).

Pusieron los docentes su esperanza en las ideas de libertad, y precisamente por eso impulsaron con gran fuerza la guerra de Independencia. Sin embargo, pronto se hizo evidente que las ideas del liberalismo no incluían romper las cadenas de la explotación y de la pobreza que sufría el grueso de la población, sino que, al contrario, en nombre de la libertad de comercio incluyó el inicio de lo que sería el Gran Despojo de territorios. Y de ahí que apenas dos décadas después de la Independencia, planteaban ya la necesidad de nuevas ideas para interpretar lo que veían y una educación distinta, libertaria y respetuosa de niñas y niños.

Guiados por esta visión, organizaron escuelas para “los hijos de las vendedoras de legumbres, curtidores, carniceros y gente dedicada a los oficios más humildes…” (Ávila, Enrique: Educación, rebeldía y resistencia. 22). Y pudieron presenciar e incorporar a su visión crítica no sólo hecho de que se arrebataba en nombre de la ley los territorios indígenas, sino también las hasta 20 rebeliones que en respuesta las comunidades organizan en la década de los años 1840 (Meyer en Warman).

Se fue creando así un sustrato de resistencia primero intelectual en el periodo posterior a Maximiliano, en contra de los 30 principales personajes liberales que se hicieron del país (12 militares y 18 intelectuales –entre ellos Justo Sierra que sería secretario de Educación y Bellas Artes), (Luis González, H istoria General…). Y resistencia también en contra el robo masivo del campo. Sólo en cuatro años del porfiriato, 1889-1893, “más de 10 millones de hectáreas pasaron de las comunidades indígenas a los latifundistas” (un millón de hectáreas equivale a todo el Edomex) y las “compañías deslindadoras”, en seis años, recibieron gratuitamente 12.7 millones de hectáreas con lo que sus terrenos sumaron 27.5 millones (Garmendia, 1990: Chapingo: pág. 23). Los liberales se enfrentaron a un magisterio cada vez más inquieto que demandaba justicia social… y pensiones. Nuevas ideas, más abiertamente sociales y campesinas crearon entre el magisterio la base intelectual de la Revolución de 1910.

Se entiende entonces que Zapata planeara con dos maestros (Montaño y Burgos) el comienzo de la rebelión en el Sur (Meneses) y que cientos de docentes se incorporan luego a la lucha armada (L.E. Galván).

Sin embargo, Zapata y Villa perdieron frente a Obregón y Carranza, ambos terratenientes, y eso marcó el futuro. Se vieron obligados a incorporar las demandas de tierra y derechos laborales, pero no tenían desde donde pensar la educación distinta a la liberal, porfirista y decimonónica (autoritarismo, orden, centralización, homogeneidad, fragmentación, diferenciación social, separación de la comunidad, predominio ciencia occidental).

A pesar de esto las y los maestros sí pensaron una educación distinta a la del porfiriato, y en su apogeo (1920-1940) con la alianza implícita y fuerte con el cardenismo (“educación socialista”), pudieron generar la Casa del Pueblo, Misiones Culturales, como alternativa o complemento comunitario a la escuela, y crearon la educación y el normalismo rural, para construir la nación desde abajo y desde el conocimiento. Sin embargo, comenzando con Ávila Camacho y Torres Bodet se impuso luego la educación ajena, centralizada y autoritaria, los bajos salarios, el control del SNTE, la indiferencia y represión a los proyectos alternativos y la represión permanente a las protestas y, más recientemente, la eliminación de las pensiones solidarias. Todo esto fortaleció a la derecha y creó un clima de tensión. Desde entonces en México no hay una sola década sin maestros o estudiantes reprimidos, encarcelados o muertos, y hoy hasta crean símbolos poderosos: un Zócalo cerrado, un maestro ciego por un disparo en la cara.

Calderón entregó la riqueza pensionaria del magisterio a la administración de los banqueros y a pesar de las diez promesas de la 4T en Guelatao (“ninguna reforma más sin los maestros”) la modificación constitucional y las leyes de 2018-2021 se redactaron sin los maestros, pero sí con el PAN: Romero Hicks, Corral, Delgado. Incluir a la derecha en la educación, y al mismo tiempo castigar al magisterio, despojándolo de un derecho es doblemente regresivo y es una ecuación que no suma fuerza para el país. Al contrario, es una herida decisiva al lado progresista de su propia historia. Y más tensión y conflicto.

https://www.jornada.com.mx/2026/06/06/opinion/015a1pol

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