Comparte y difunde Este es nuestro instrumento de lucha unitario acordado con más de 200 organizaciones sindicales de trabajadores.
Concentremos todos nuestros esfuerzos en el *#PliegoDeExigenciasDeLosTrabajadores

Comparte y difunde Este es nuestro instrumento de lucha unitario acordado con más de 200 organizaciones sindicales de trabajadores.
Concentremos todos nuestros esfuerzos en el *#PliegoDeExigenciasDeLosTrabajadores

Por: Martín Nicolás Parolari
Un informe del World Inequality Lab pone números a una tendencia que lleva décadas creciendo. La concentración extrema de riqueza ha alcanzado un punto en el que una élite diminuta acumula más patrimonio que unos cuatro mil millones de personas.
La desigualdad global fue, es y será (lamentablemente) presentada como una consecuencia incómoda pero “inevitable” del crecimiento económico. Sin embargo, cuando se analizan los datos en conjunto, esa narrativa se desmorona. El reciente Informe Mundial sobre Desigualdad 2026 (World Inequality Report 2026), elaborado por el World Inequality Lab con participación de economistas de instituciones como el Paris School of Economics, pone cifras que desafían cualquier relato complaciente sobre el progreso global.
Las cifras no solo describen una brecha: dibujan un desequilibrio estructural entre quiénes se benefician realmente de la economía global y quiénes quedan al margen, aún cuando existan algunos datos que indiquen que la pobreza global ha decaído.

Según el informe, las 56.000 personas más ricas del planeta —el 0,001% de la población mundial— poseen tres veces más riqueza que la mitad más pobre de la humanidad. Este fenómeno no es un dato aislado de un año, sino parte de una tendencia creciente desde los años 1990. Durante ese período, la participación de los ultra ricos en la riqueza mundial aumentó del 4% al 6%, impulsada por un crecimiento promedio de aproximadamente 8% anual en sus fortunas.
El World Inequality Lab también detalla que:
El 10% más rico controla el 75% de la riqueza global.
La mitad inferior (el 50% más pobre) apenas accede al 2% de la riqueza total.
En términos de ingresos, ese mismo 50% percibe solo el 8% frente al 53% que se queda el decil superior.
Este patrón no se limita a una región o caso aislado: se observa de manera consistente en múltiples economías, tanto en países desarrollados como en desarrollo.
La brecha no se limita al dinero. Tiene efectos profundos y cuantificables en el clima. El informe subraya que:
El 10% más rico del mundo genera el 77% de las emisiones de carbono vinculadas a la propiedad privada de capital.
El 1% más rico es responsable del 41% de esas emisiones, casi el doble de lo que emite el 90% inferior combinado.
Esto coincide con otros estudios sobre consumo de carbono y desigualdad. Por ejemplo, una investigación publicada en Nature Climate Change encontró que las emisiones vinculadas al consumo de los hogares más ricos representan una proporción desproporcionadamente alta del total global, mucho más de lo que generan los segmentos medios o pobres de la población.

La desigualdad se extiende también a la geografía y al género. El informe destaca que un habitante promedio de Norteamérica u Oceanía tiene ingresos diarios aproximadamente 13 veces mayores que una persona en África Subsahariana. La disparidad no es solo económica, sino también educativa y de infraestructura social:
Se destinan alrededor de 9.000 € por niño al año en educación en Norteamérica, frente a apenas 220 € en África.
En términos de género, la desigualdad sigue siendo estructural:
Las mujeres reciben apenas el 28% del ingreso laboral global.
Cuando se incorpora el trabajo doméstico no remunerado, las mujeres trabajan en promedio 53 horas semanales frente a 43 de los hombres, pero el ingreso por hora femenina se sitúa en torno al 32% del masculino.
Estos datos coinciden con los reportes de la Organización Internacional del Trabajo, que identifican diferencias persistentes de género en participación laboral, brechas salariales y cargas de trabajo no remunerado.


El informe no presenta estos resultados como “fallos aleatorios”; los atribuye a decisiones políticas acumuladas durante décadas. Desde los años 1980, políticas de desregulación financiera, recortes de impuestos progresivos y debilitamiento de sindicatos han favorecido la acumulación de riqueza en la cúspide. Esto se refleja en que, en muchos países ricos, las tasas efectivas de impuestos sobre la renta del 1 % superior son iguales o incluso inferiores a las de hogares de ingresos medios.
Veamos un ejemplo bastante claro: En Estados Unidos, estudios de la Tax Policy Center muestran que la tasa efectiva promedio de impuesto de sociedades y de individuos muy ricos puede caer por debajo de la de clases medias debido a deducciones, beneficios fiscales y estrategias de planificación financiera.
El resultado es doble: menos recursos para servicios públicos (salud, educación, infraestructura) y una mayor dependencia de mecanismos de mercado que favorecen la acumulación concentrada.

Estos datos dan forma a un retrato más amplio: vivimos en una era de abundancia material sin precedentes, pero con brechas sociales que rivalizan con las de épocas que muchos creían superadas. El crecimiento económico, la tecnología y los avances científicos han generado riqueza sin paralelo, pero su distribución sigue siendo profundamente desigual.
No se trata solo de cifras chocantes, sino de consecuencias tangibles en vida, salud, oportunidades y estabilidad climática. Cuando los números son tan claros, la pregunta deja de ser si existe un problema y pasa a ser qué cambios estructurales son necesarios para corregirlo.
Porque, como muestra el informe, la desigualdad no es un accidente histórico: es el resultado de reglas, prioridades y estructuras de poder que, sin reformas profundas, seguirán reproduciendo estas brechas.
https://es.gizmodo.com/cuando-los-numeros-hablan-discurso-se-cae-56-000-personas-poseen-mas-riqueza-que-la-mitad-del-planeta-2000209535
El juicio en Los Ángeles en el caso de una mujer que acusa a Instagram y YouTube de haber perjudicado su salud mental debido al diseño adictivo de estas aplicaciones llega este jueves a su etapa final, tras casi un mes de testimonios, que han incluido el de Mark Zuckerberg, dueño de Meta.
El jurado en el histórico juicio escucha desde hoy los argumentos finales de las dos partes en una demanda presentada por una mujer, de 20 años que acusa a Meta, la empresa matriz de Instagram, y Google, de Alphabet, propietaria de YouTube, de causarle una adicción a las redes sociales, tras comenzar a usarlas cuando tenía menos de 10 años.
La demandante, identificada en la querella civil como K.G.M., afirma que se volvió adicta a las redes sociales durante su infancia y que, como consecuencia, sufrió depresión, problemas de autoestima, ansiedad y pensamientos suicidas
El juicio sentará un precedente, ya que es la primera vez que las grandes tecnológicas deben responder por una demanda civil ante la justicia estadounidense.
El resultado de la demanda de KGM será el precursor para la resolución de alrededor de 1.500 demandas similares contra empresas de redes sociales.
La próxima semana el jurado podría comenzar a deliberar. No obstante, no se espera que la decisión concluya el caso. Lo más probable es que el perdedor decida apelar la sentencia.
La joven también demandó a Snapchat y TikTok. Pero ambas compañías llegaron a un acuerdo extrajudicial antes del juicio en enero.
La decisión del juicio coincide con el trámite de otros casos similares en el Tribunal Superior del Condado de Los Ángeles, el próximo lunes los abogados de las tecnológicas deberán responder en la misma corte por otra demanda similar que está en las fases previas a juicio. Y el 13 de abril está programada la selección de jurado en una querella más contra las redes sociales y el supuesto daño causado a menores.
No está claro si Mark Zuckerberg, fundador y director ejecutivo de Meta, tendrá que regresar al estrado. En su testimonio en febrero pasado, el ejecutivo tecnológico defendió las prácticas de verificación de edad de Instagram y acusó a los usuarios de mentir sobre su edad.
Meta también enfrenta un juicio en Nuevo México relacionado con los peligros de la explotación sexual infantil en las redes sociales.
amv/icn
https://www.swissinfo.ch/spa/el-hist%C3%B3rico-juicio-contra-meta-y-google-por-supuesta-adicci%C3%B3n-a-redes-llega-a-etapa-final/91089130
Un informe de la organización regional Derechos Digitales documentó la existencia de un mercado ilegal de datos personales que opera en Telegram y que presenta posibles vínculos con bases estatales en América Latina.
La investigación de la ONG Derechos Digitales identificó 27 grupos y canales activos en Brasil, Perú y Argentina dedicados a la comercialización de información sensible mediante bots automatizados y pagos digitales. En esos espacios, cualquier persona puede obtener en segundos datos asociados a un número de identidad, nombre o teléfono bajo un modelo que combina consultas gratuitas limitadas y acceso completo mediante pago.
El análisis técnico detectó, además, coincidencias en formatos, estructuras de bases de datos y nomenclaturas propias de registros institucionales, lo que sugiere posibles vulnerabilidades en la gestión pública de información. Aunque el estudio se centró en tres países, también se constató circulación de datos correspondientes a otros territorios de la región, lo que evidencia el carácter transfronterizo del fenómeno.
Entre algunos de los casos documentados, el informe señala que en Brasil los bots permiten acceder a fichas estructuradas con información laboral detallada, antecedentes financieros y registros vinculados a beneficios sociales, con campos y clasificaciones que replican sistemas oficiales. En Perú, se registró la venta de documentos de identidad completos, incluyendo fotografía, firma manuscrita y huellas dactilares, en condiciones que podrían facilitar suplantaciones de identidad (phishing).
El documento advierte que la disponibilidad masiva de esta información se vincula con estafas financieras, extorsiones, hostigamiento digital y violencia de género facilitada por tecnologías. Mujeres, niñas, niños y personas LGBTIQA+ figuran entre los grupos que enfrentan mayores riesgos derivados de esta exposición.
Rafael Bonifaz, Líder del Programa Latinoamericano para la Resiliencia y Defensa Digital, señaló que: “Los Estados recolectan datos de la ciudadanía para poder proveer servicios. Hablamos de datos sensibles que, si no se tratan con el debido cuidado, pueden poner en riesgo a las personas. En esta nueva investigación evidenciamos los desafíos que aún existen en la protección de la información ciudadana y lo accesible que puede llegar a ser en plataformas como Telegram”.
El informe, a su vez, plantea que la región enfrenta dificultades para traducir los marcos normativos existentes en garantías efectivas de protección de datos. Persisten vacíos regulatorios en el tratamiento de información por parte del sector público, limitaciones en la autonomía de las autoridades de control y debilidades en las prácticas institucionales de seguridad.
Entre sus recomendaciones, el estudio propone fortalecer la gobernanza y seguridad de los datos públicos, dotar de mayor autonomía y recursos a las autoridades de protección de datos, incorporar enfoques de género y niñez en las políticas de ciberseguridad y exigir mayor responsabilidad a las plataformas digitales frente a la circulación de información ilícita.
La investigación completa, titulada “Identidades en venta: el mercado ilegal de compra y venta de datos personales latinoamericanos en Telegram”, fue desarrollada entre octubre de 2024 y febrero de 2025 y ya está disponible en el sitio web de Derechos Digitales.
Por
No es la mal llamada “inteligencia artificial” lo que está destruyendo puestos de trabajo. Es un cambio muy profundo en la cultura empresarial. Es la consolidación de un sentimiento que se viene larvando desde hace un par de décadas y que, ahora sí, ha encontrado un relato perfecto en la “IA”
Apenas habían transcurrido tres meses desde el lanzamiento de ChatGPT, pero en marzo de 2023 en Wall Street ya sabían cuál sería el efecto de la llamada “inteligencia artificial” sobre el empleo. Esta nueva y flamante tecnología haría desaparecer 300 millones de puestos de trabajo; dos de cada tres empleos en todo el mundo se verían afectados.
Hoy, cuando se cumplen tres años, los datos no apuntan en esa dirección. Al contrario, “apenas hay evidencia que apunte a que la tecnología de última generación, como los chatbots, estén dejando sin trabajo a la gente”.
Por el camino, sus promotores se han tenido que comer en varias ocasiones sus palabras. Ya nadie espera que haya una superinteligencia. Tampoco que la IA sea útil en todos los sectores. En aquellos en los que parecía más arrolladora, como en el análisis de radiografías, no ha terminado de producir los efectos que se anunciaban. Los hospitales siguen necesitando radiólogos, las empresas siguen contratando programadores y los despachos de abogados continúan llenos de abogados. La inteligencia artificial, por ahora, no ha sustituido a los trabajadores. Como mucho los ha equipado con herramientas nuevas. Y como ha ocurrido tantas veces antes en la historia de la tecnología, esas herramientas parecen estar cambiando la manera de trabajar mucho más que eliminando el trabajo mismo.
Pero da igual. Aunque ya nadie se atreve a dar aquellos datos disparatados, cada semana vuelve a repetirse el runrun de que, esta vez sí, ahora seguro, la IA ha dado un salto y va a por tu nómina. ¡Más te vale ponerte a cubierto!
En el último episodio de esta telenovela, desde hace unas semanas corre por las redes sociales un nuevo hype. Algunas compañías han conseguido crear un tipo de programas (Claude Code, OpenClaw, en menor medida Copilot) que funcionan mejor que todo lo existente para escribir software. Lo llaman “IA agéntica” –no sé si para el software, pero para lo que desde luego esta gente tiene una habilidad muy especial es para los nombres– y consiste en que varios large language models se organicen para corregirse unos a otros y evitar la tendencia tan catastrófica que tienen a divagar, cometer errores o, directamente, inventarse la información.
Y antes de conocer cuál es el impacto real de esta iteración de los LLMs ha vuelto, puntual como un reloj, el relato de los despidos en masa.
Solo que esta vez con una diferencia: varias firmas tecnológicas han justificado grandes olas de despidos con el argumento de que la IA está eliminando la necesidad de contratar personas.
De acuerdo con un estudio de Challenger, Gray & Christmas, en 2025, la inteligencia artificial fue citada como motivo de más de 54.000 despidos. Solo en enero, Amazon despidió a 16.000 trabajadores, que se sumaban a otros 14.000 recortes en octubre. Beth Galetti, vicepresidenta senior de la compañía, explicaba que la multinacional está reduciendo plantilla porque “la IA es la tecnología más transformadora que hemos visto desde internet, y está permitiendo a las empresas innovar mucho más rápido que nunca”.
Hace unos días Jack Dorsey, que fue creador de Twitter y CEO de Block, la empresa detrás del método de pagos Square, ha anunciado que despedirá 4.000 trabajadores —casi la mitad de su plantilla— con el mismo argumento: “Las herramientas de inteligencia que estamos creando y utilizando, combinadas con equipos más pequeños y ágiles, están haciendo posible una nueva forma de trabajar”.
Sería una muy buena idea no llamarse a engaño. No existe a día de hoy evidencia alguna de la capacidad de influencia de la IA generativa, ni tampoco de la IA agéntica, sobre el empleo. Si lo tiene, en uno u otro sentido, lo empezaremos a encontrar dentro de años, quizá décadas.
Mientras tanto, lo que estamos observando es algo que cada vez más voces identifican como “AI washing”, esto es, el uso interesado del inmenso mito que se ha creado en torno a esta tecnología para justificar despidos.
Como explica un ex-jefe de recursos humanos de Block, la misma empresa que ha protagonizado los recortes, hace unos días en The New York Times: “La IA puede proporcionar una nueva justificación para los despidos, pero el manual de juego es familiar. Los ejecutivos de Silicon Valley creen que las empresas tecnológicas tienen exceso de personal porque se expandieron demasiado durante la pandemia. La propia Block había pasado por rondas de despidos en 2024, 2025 y nuevamente en febrero para corregir las consecuencias previsibles de disputas internas anteriores entre ejecutivos, que llevaron a que los equipos se duplicaran en toda la organización. (Esto, en mi opinión, es lo que llevó a Block a triplicar su plantilla en cuatro años).”
Mientras tanto, la burbuja de la bolsa ha llevado a las empresas que están invirtiendo masivamente en esta tecnología, los llamados “hyperscalers” a una carrera por controlar el mercado de los centros de datos en el que calculan gastar, solo en este año, 600.000 millones de dólares.
Y todo ese dinero tiene que salir de alguna parte. No es la mal llamada “inteligencia artificial” lo que está destruyendo puestos de trabajo. Es un cambio muy profundo en la cultura empresarial. Es la consolidación de un sentimiento que se viene larvando desde hace un par de décadas y que, ahora sí, ha encontrado un relato perfecto en la mal llamada “IA”: la percepción de que el valor de las empresas ya no emana de la fuerza de trabajo, sino del capital que sean capaces de controlar.
Si algo debería preocuparnos, es este sentimiento, este cambio cultural. No la tecnología.
Por
Imaginemos el guion de una terrorífica película de ciencia ficción. Es la historia de un supermillonario sionista al servicio de varios servicios de inteligencia de Estados poderosos (el Mossad de Israel, la CIA de Estados Unidos, el M-16 de Gran Bretaña) es un negociante de éxito, que tiene actividades en las finanzas, el sector inmobiliario y acumulaba al final de su vida la suma de miles de millones de dólares. Ese personaje es además un depredador sexual, que tiene predilección sádica por niñas y jóvenes. Para realizar sus orgias y bacanales cuentan con propiedades suntuosas que ha adaptado para tal propósito: una isla privada, que está en territorio de los Estados Unidos (en Islas Vírgenes, y el nombre no parece casual por lo de vírgenes), varias mansiones en ciudades de Estados Unidos (Miami, Nueva York) y de otros países (Paris), un “rancho de los horrores” en Nuevo México, aislado y acondicionado para torturar, violar y matar mujeres jóvenes… Para trasladarse libremente, sin las restricciones, demoras y cortapisas de aeropuertos y vuelos comerciales, tiene su propio avión, al que denomina Lolita Express, por aquello de la niña que protagoniza la novela Lolita de Vladimir Nabokov. En el film aparecen centenares de niñas y jóvenes abusadas, asesinadas y desaparecidas, se ven desgarradoras escenas de torturas y conversión de las mujeres en vulgares mercancías y objetos sexuales intercambiables y desechables. Entre sombras aparecen imágenes de cultos satánicos en las que hombres multimillonarios matan a niños y bebes, mutilan sus cuerpos y consumen su sangre y algunos de sus órganos.
El personaje de la película no es un sicópata solitario, sino que forma parte de un engranaje global en el que sirve de intermediario de una red transnacional de tráfico sexual, negocios diversos, violencia y sadismo, academia e investigación científica y sofisticado desarrollo tecnológico. De ese engranaje forman parte presidentes y expresidentes de varios países (incluyendo a uno de Colombia), miembros de monarquías de Europa (de Gran Bretaña y Noruega), científicos expertos en biología, genética con tendencias eugenésicas y racistas, multimillonarios dueños o accionistas principales de grandes empresas tecnológicas del mundo informático y de la Inteligencia Artificial. También desfilan en la película cantantes, actores, gentes del jet set y de la farándula, que cuentan con millones de dólares en sus arcas.
Como el protagonista central de la película forma parte de tenebrosos servicios secretos tiene la misión, que asume con una impresionante meticulosidad, rigor y disciplina, de registrar cualquier movimiento de los miles de multimillonarios y hombres de éxito que participan en sus fiestas y orgías y vuelan periódicamente en el Lolita Express. También registra cualquier charla, por informal que fuera, con investigadores o científicos que no participan en esas fiestas de sexo y sangre, pero reciben sus favores, porque, además de todo, el protagonista de este film de terror, se presenta como un filántropo que patrocina proyectos, aparentemente desinteresados, en el campo de la genética, la biología, la IA y el transhumanismo. E impulsa esos conocimientos porque el protagonista tiene una manía esquizofrénica de alcanzar la eternidad. Como resultado de su culto a la información sobre sus tropelías y, sobre todo, la de “sus invitados”, archiva millones de correos electrónicos, miles de llamadas telefónicas, toma miles de fotografías y graba cientos de horas de videos, en los que aparecen escenas horripilantes de vejación y degradación de la condición humana de mujeres jóvenes.
El protagonista quiere que, por su potencia sexual y por la inteligencia que dice poseer, se conserven su pene y su cabeza para la eternidad, como una contribución personal a su visión de un mundo de supermillonarios egoístas y brutales que creen una realidad distópica en donde exista solamente ellos, junto con unos pocos miles de esclavos que sean sometidos por engranajes de tipo tecnológico. El personaje cree que es de una raza superior y por eso pretende inocular con su semen a muchas mujeres para que estas queden embarazadas y traigan hijos superdotados al mundo.
El personaje se mueve en un mundo de supermillonarios y poderosos que son racistas, machistas, depredadores sexuales, que desprecian a los pobres y humildes. Ellos no tienen límites morales que les impidan bestializar a mujeres jóvenes con tal ejercer su poder y conseguir con ello todo tipo de placer corporal. Las mujeres pobres son simples objetos de placer, a las que puede violarse, torturarse y matarse si es necesario.
Todos estos vicios paganos no se realizan de forma completamente secreta, sino más bien reservada, porque periodistas, autoridades, senadores y presidentes saben de su existencia, pero como son protagonistas de los crímenes del pedófilo visible, guardan un silencio absoluto y aparecen en el escenario público como honestos hombres de la política y el espectáculo que cuentan con un amigo especial, al que idolatran por su audacia y capacidad de agenciar emprendimientos de fiesta, diversión y jolgorio en privado. En público presumen de su honestidad y transparencia, en privado ponen en funcionamiento todas sus perversiones y capacidad de hacer daño, sin ningún tipo de piedad ni arrepentimiento.
Todo es posible en estos “islotes de fantasía” porque quienes dictan e imponen el derecho son los poderosos, los mismos que participan en los crímenes y violaciones. Por eso, nada ni nadie los puede tocar, gozan de inmunidad e impunidad absolutas. E incluso, esos mismos superpoderosos son los que le dictan las normas y formas adecuadas y obedientes de comportamiento a los súbditos de sus propios países y a los del mundo entero.
Al final de la película, cuando es evidente que ya no pueden ocultarse por más tiempo estos paraísos del crimen, del sadismo y la sevicia, el protagonista de la película es juzgado y condenado. Termina en la cárcel, pero allí dura poco tiempo, porque sabe demasiado para vivir mucho tiempo. Un día aparece muerto y los medios de desinformación dicen que se ha suicidado, aunque la película muestra en directo que lo han matado.
Allí parece terminar todo, pero al final la película, anuncia una segunda parte en la que se dan a conocer los archivos secretos del pedófilo sionista. Y anticipa que son millones de documentos y se dice que su revelación hará temblar a los poderosos de la red internacional de sexo, negocios, academia y poder científico, porque en esos archivos están registradas todas sus acciones criminales.
Esto que se acaba de contar, por desgracia no es una película. Es la vida real. El personaje se llamaba Jefrey Epstein, las escenas escabrosas transcurren en los Estados Unidos y los personajes famosos que aparecen son Bill Clinton, Donald Trump, Bill Gates, el príncipe Andrés, Michael Jackson, Andres Pastran y miles de nombres más, de famosos, que forman parte de ese entramado criminal del capitalismo realmente existente.
Lo que muestran los Archivos Epstein es la quiebra moral del capitalismo y del imperialismo en su fase terminal. Es como si estuviéramos regresando a la decadencia del imperio romano, en donde reinaba Calígula (por eso a Donald Trump se le podría calificare de neo-Calígula).
No es la quiebra moral de un individuo, Jefrey Epstein, sino de una civilización, la occidental y cristiana, que naufraga en su propia podredumbre de mercantilización, consumo, lujo, derroche, sevicia, violencia, tráfico sexual y sangre.
Finalmente, películas como Salo, los 120 días de Sodoma de Pierre Paolo Passolini o la de Stanley Kubrick Ojos bien cerrados, han pasado de los estudios cinematográficos, a la vida real, por obra y gracia del capitalismo en su fase de putrefacción total. Y el mayor indicador de esa podredumbre tiene nombre propio, como personificación individual del capitalismo: Donald Trump, empresario inmobiliario, violador sexual, pedófilo redomado, evasor de la justicia y en la actualidad presidente de los Estados Unidos, con tanto poder que su vanidad y su espíritu de maldad congénita ponen en peligro al mundo.
Publicado en papel en El Colectivo (Medellín), No. 115, marzo de 2026.