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La Escuela Austríaca Y La Apología Del Capitalismo

Por: Julio C. Gambina

Con la escuela austriaca se abandona la teoría objetiva del valor, con el eje en la producción y la circulación, para imponer la teoría «subjetiva» del valor, con eje en el consumo, el libre comercio y la propiedad privada de los medios de producción.

La escuela austríaca emerge hacia 1871, año del primer intento de gobierno obrero, con la Comuna de París, levantamiento y experiencia derrotada por la violencia de las armas con 30.000 muertos. Hacía pocos años, en 1867, se había publicado el Tomo I de El Capital, en donde se anticipaba que los expropiados (trabajadores o propietarios de su fuerza de trabajo) tenían derecho a expropiar a los expropiadores (capitalistas o propietarios de los medios de producción). El eje de esta monumental obra se concentra en las leyes del valor y del plusvalor, sustentadas desde la abstracción, núcleo central del método en Karl Marx (1818-1883). El pase a consideraciones concretas del funcionamiento del orden capitalista se conocerá con la publicación por Friedrich Engels (1820-1895) de los borradores de Marx del Tomo II, recién en 1885; y del Tomo III en 1994. El razonamiento completo de Marx sobre la dinámica del capitalismo se completa con la difusión de su obra hacia 1894.

El fundador de la escuela austríaca es Karl Menger (1840-1921), junto con William Stanley Jevons (1835-1882) y León Walras (1834-1910), quienes generan una ruptura epistemológica con la escuela clásica inaugurada por Adam Smith (1723-1790) y David Ricardo (1772-1823). Según John Maynard Keynes (1883-1946), es Marx quien denomina «clásica» a la escuela iniciada con la «investigación acerca de la riqueza de las naciones» en 1776, la primera sistematización de los estudios económicos y la formulación originaria de la ley del valor-trabajo. Hacia 1871 no solo está completa la exposición de la ley del valor, sino que por primera vez se sostiene cual es el origen del excedente económico, la plusvalía o plusvalor, fuente de la ganancia y sus formas concretas de manifestación en la renta o el beneficio empresario. Era la fundamentación acabada del socialismo como propuesta alternativa al capitalismo.

Con esos antecedentes tiene lógica la respuesta «austríaca» y el origen de una nueva denominación a la corriente principal de la economía, ya no clásica, sino «neoclásica». Los austríacos retoman la explicación del capitalismo, por eso «neo» y el argumento a derrotar es el socialismo en cabeza de Marx. El capitalismo ya está en su madurez y los estudios científicos, una vez sometidos a la crítica de Marx, mutan en «apología» del orden, de la propiedad privada y del libre cambio. Eso es la escuela neoclásica y la escuela austríaca, que sostendrá esos fundamentos con el tiempo, mediante los principales discípulos, caso de Eugen von Boehm-Bawerk (1851- 1914), cuya obra en polémica con Marx se publica en 1884, sustentando inconsistencias, cuya respuesta estaban en borrador hasta 1885 y 1894, con la publicación de los Tomos II y III de El Capital. Ludwig von Mises, (1881-1973) polemizó con Marx y en contra del socialismo en 1922, ya habiendo sucedido la revolución rusa y la primera experiencia por construir el socialismo vía planificación estatal. Friedrich Hayek (1899-1992), premio Nobel de economía en 1974 (otorgado por el Banco de Suecia) y cuya máxima obra es «Camino de la servidumbre» (1944) se concentra en la crítica a la planificación y en la defensa de la libertad de mercado, de precios y la propiedad privada.

Señala Perry Anderson:

«Comencemos con los orígenes de lo que se puede definir como neoliberalismo en tanto fenómeno distinto del mero liberalismo clásico, del siglo pasado. El neoliberalismo nació después de la Segunda Guerra Mundial, en una región de Europa y de América del Norte donde imperaba el capitalismo. Fue una reacción teórica y política vehemente contra el Estado intervencionista y de Bienestar. Su texto de origen es Camino de Servidumbre, de Friedrich Hayek, escrito en 1944. Se trata de un ataque apasionado contra cualquier limitación de los mecanismos del mercado por parte del Estado, denunciada como una amenaza letal a la libertad, no solamente económica sino también política. El blanco inmediato de Hayek, en aquel momento, era el Partido Laborista inglés, en las vísperas de la elección general de 1945 en Inglaterra, que este partido finalmente ganaría. El mensaje de Hayek era drástico: «A pesar de sus buenas intenciones, la socialdemocracia moderada inglesa conduce al mismo desastre que el nazismo alemán: a una servidumbre moderna». Tres años después, en 1947, cuando las bases del Estado de Bienestar en la Europa de posguerra efectivamente se constituían, no sólo en Inglaterra sino también en otros países, Hayek convocó a quienes compartían su orientación ideológica a una reunión en la pequeña estación de Mont Pélerin, en Suiza. Entre los célebres participantes estaban no solamente adversarios firmes del Estado de Bienestar europeo, sino también enemigos férreos del New Deal norteamericano.

En la selecta asistencia se encontraban, entre otros, Milton Friedman, Karl Popper, Lionel Robbins, Ludwig Von Mises, Walter Eukpen, Walter Lippman, Michael Polanyi y Salvador de Madariaga. Allí se fundó la Sociedad de Mont Pélerin, una suerte de franco masonería neoliberal, altamente dedicada y organizada, con reuniones internacionales cada dos años. Su propósito era combatir el keynesianismo y el solidarismo reinantes, y preparar las bases de otro tipo de capitalismo, duro y libre de reglas, para el futuro. Las condiciones para este trabajo no eran del todo favorables, una vez que el capitalismo avanzado estaba entrando en una larga fase de auge sin precedentes su edad de oro , presentando el crecimiento más rápido de su historia durante las décadas de los ’50 y ’60. Por esta razón, no parecían muy verosímiles las advertencias neoliberales de los peligros que representaba cualquier regulación del mercado por parte del Estado. La polémica contra la regulación social, entre tanto, tuvo una repercusión mayor. Hayek y sus compañeros argumentaban que el nuevo «igualitarismo» de este período (ciertamente relativo), promovido por el Estado de Bienestar, destruía la libertad de los ciudadanos y la vitalidad de la competencia, de la cual dependía la prosperidad de todos. Desafiando el consenso oficial de la época ellos argumentaban que la desigualdad era un valor positivo en realidad imprescindible en sí mismo, que mucho precisaban las sociedades occidentales. Este mensaje permaneció en teoría por más o menos veinte años.»

Una cita larga pero necesaria, ya que en la escuela austríaca está el origen de las políticas «neoliberales», que varias veces sostuvimos que eran ni nuevas ni liberales. No nuevas porque se inspiran en la antigua tradición austríaca, contra el socialismo y la crítica de la economía política y no son «liberales» porque para funcionar necesitaron del terrorismo de Estado de las genocidas dictaduras del cono sur de América desde 1973. Si en 1947 eran sector en minoría dentro de la profesión económica, hegemonizada por el pensamiento de Keynes, para 1976 con el Nobel a Milton Friedman (1912-2006) se consolida su papel hegemónico como corriente principal sustentada hasta el presente, más allá de matices entre distintas vertientes de la tradición neoclásica.

Con la escuela austriaca se abandona la teoría objetiva del valor, con el eje en el estudio de la producción y la circulación, para sustentar la teoría «subjetiva» del valor, con eje en el consumo y la distribución sobre la base del libre comercio, el individualismo y la defensa de la propiedad privada de los medios de producción. Los austríacos concentran la mirada en valor y precio, desde un enfoque a-histórico en los «bienes», a contramano de la precisión de Marx en las «mercancías» y las formas del valor que desembocan en el «dinero» y por ende en la diferenciación entre valor de uso y de cambio, el doble carácter del trabajo materializado en la mercancía. Se trata de relaciones sociales históricas que no son asumidas desde la escuela neoclásica, claramente apologética del orden capitalista.

Los austríacos remiten a la categoría de «escasez», por menos bienes que satisfacen necesidades sociales, por ende, son los bienes que tienen valor para esta corriente, sin considerar el papel del trabajo en el proceso de producción. Eso los lleva a pensar que no se pueden resolver todas las necesidades de la población y naturalizan la situación de escasez y la imposibilidad de resolver la cuestión. Piensan en lo que existe, sin considerar la historia ni la posibilidad de producir los bienes necesarios para satisfacer crecientes necesidades históricas de la población.

Desde esa tradición emergen hoy propuestas ultra liberales que disputan el sentido ante la extensión de la crisis. El derrumbe del este europeo y de la URSS, hace tres décadas, extendió la hegemonía ideológica del neoliberalismo y avanzó en un sentido común que niega la posibilidad de construir alternativa a los postulados de la corriente principal y del orden capitalista, cuyos sustentos son como señalamos apologéticos. Está en la sociedad construir nuevos sentidos en contra y más allá del capitalismo.

Buenos Aires, 2 de noviembre de 2021.

*Doctor en Ciencias Sociales de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Profesor de Economía Política en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario y de la FCEJYS de la Universidad Nacional de San Luis, Presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, FISYP, e Integrante del Comité Directivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, CLACSO (2006-2012). Integra la Presidencia de la Sociedad Latinoamericana de Economía Política y Pensamiento Crítico, SEPLA desde 2016. Director del Instituto de Estudios y Formación de la CTA, IEF-CTA Autónoma. Miembro del Consejo Académico de ATTAC-Argentina y dirige el Centro de Estudios Formación de la Federación Judicial Argentina.

Fuente de la información e imagen: https://insurgenciamagisterial.com

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1a Edición del Proyecto Editorial OVE: Marx al Sur. Educación, ética, derechos y tecnología

Compartimos este primer libro de nuestro proyecto editorial de Otras Voces en Educación en coedición con el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) en donde comenzamos a abrir uno de tantos caminos que nos llevan a la construcción de conocimientos y saberes, siguiendo la «filosofía de acceso abierto» de CLACSO.

Reseña: Peter McLaren

Karl Marx al Sur es un libro que demanda nuestra atención, especialmente en esta coyuntura histórica actual. José Carlos García nos presenta una obra importante con la que logra atrapar las implicancias cruciales del pensamiento marxista para América Latina y más allá. Durante mucho tiempo, la clase trabajadora ha sufrido los estragos de la acumulación por el despojo, los tentáculos crecientes del Estado policíaco y los avances tecnológicos que empoderan a las corporaciones en lugar de a los trabajadores.

Este es un libro que habla de los desafíos de nuestro tiempo para estos tiempos.

*Disponible sólo en versión digital

Autor: José Carlos García Ramírez.
Presentación: Luis Miguel Alvarado Dorry

Editorial/Edición: CLACSO. Tecnológico de Estudios Superiores. Otras Voces en Educación. Tecnológico Nacional de México.

Año de publicación: 2021

País (es): Argentina. México

ISBN: 978-987-722-954-7

Idioma: Español

Descarga: Marx al Sur. Educación, ética, derechos y tecnología

Fuente e Imagen: https://www.clacso.org.ar/libreria-latinoamericana/libro_detalle.php?orden=&id_libro=2383&pageNum_rs_libros=0&totalRows_rs_libros=1554&orden=

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Engels en su bicentenario

Por: Atilio A. Boron

 

Hoy, 28 de Noviembre, se cumplen doscientos años del nacimiento en Barmen-Elberfeld (Prusia) de Friedrich Engels, el gran amigo y permanente colaborador de Karl Marx. No es ésta la ocasión para reseñar la biografía de ese joven hijo de una acomodada familia de la burguesía alemana, propietaria de una importante hilandería en Manchester.  Brillantísimo y abierto como pocos a los signos de su tiempo, su espíritu inquieto y rebelde lo impulsó a ignorar a la universidad pese a que su condición económica le hubiera abierto las puertas de las mejores casas de estudios superiores de Alemania. Pero el escolasticismo, la oquedad y la infatuación de los académicos germanos -amén de las rígidas jerarquías de los claustros universitarios- resultaban insoportables para un espíritu tan inquieto e incisivo como el del joven Friedrich. Resignada, su familia lo envió a Manchester, a desempeñarse en la administración de la fábrica una vez acabado su servicio militar de un año en octubre de 1842. Aquel desdén por la universidad y el “castigo” familiar al enviarlo a Inglaterra no lo privó de cobrarse una temprana venganza gracias a una notable hazaña intelectual: entre los 22 y 24 años llevó a cabo una minuciosa investigación sociológica sobre la clase obrera en Manchester, corazón del capitalismo industrial, que se publicaría en Leipzig en 1845 cuando su autor aún no había cumplido los 25 años. Se trata, naturalmente, de su célebre libro: La Condición de la Clase Obrera en Inglaterra, una referencia insoslayable todavía hoy en cualquier curso sobre la historia de la industrialización británica. Ese joven de la burguesía alemana se convertiría  en un gran intelectual, en el sentido más amplio de la palabra, eclipsado por la enorme sombra que a su lado proyectaba el genio de Karl Marx. Éste, nada propenso a la lisonja y el elogio fácil, hizo justicia cuando definió a su amigo con dos frases. Una, Friedrich,  “el hombre más culto de Europa.” Otra: “un verdadero diccionario universal, capaz de trabajar a cada hora del día o de la noche, comido o en ayunas, veloz en escribir y en comprender como el mismo diablo.”

Fueron esas inusuales virtudes las que hicieron de Engels un interlocutor privilegiado –casi exclusivo– de Marx durante cuarenta años. Fue, por eso mismo, testigo, consejero, crítico y, como ya es sabido, silencioso e invisible coautor de algunas de las más importantes aportaciones teóricas plasmadas en su obra. Desde el momento en que se encontraron por primera vez en 1843 Marx advirtió que ese joven, dos años menor que él, era un intelectual de un espesor fuera de lo común, cuya palabra nunca desestimó y cuyo consejo siempre buscó hasta el último día de su vida, apagada en 1883. Un talento a quien Marx confió, en reiteradas oportunidades, la redacción de trabajos que luego se publicarían con su firma. Varios artículos publicaros por el New York Daily Tribune –cuya compilación luego daría origen nada menos que a El Dieciocho Brumario de Louis Bonaparte– fueron escritos por Engels a pedido de Marx. Por otro lado, éste aceptó escribir largas secciones o fragmentos de obras que más tarde aparecerían con la firma de Engels, como el décimo capítulo de la Segunda Parte del Anti-Dühring. En esa declarada admiración de Marx por su amigo, benefactor, compañero de militancia e interlocutor intelectual juega por cierto un papel decisivo el hecho de que haya sido este joven burgués de Barmen-Elberfeld quien invitara al hasta entonces filósofo de Tréveris a adentrarse en el camino de la economía política inglesa, una disciplina prácticamente esotérica en la atrasada Alemania de la primera mitad del siglo XIX y a la cual Engels tuviera acceso favorecido en parte por los intereses comerciales que su familia poseía en Gran Bretaña. A Engels debe Marx nada menos que el haber llamado su atención sobre las potencialidades que encerraba la economía política clásica para el análisis del capitalismo y la sociedad burguesa, y para el desarrollo del pensamiento y la práctica del socialismo. Sin la ayuda de Engels, Marx probablemente habría llegado a abrevar en esas fuentes; pero gracias a su amigo lo hizo antes y mejor.

Habría un sinfín de razones para celebrar el bicentenario del nacimiento de Engels. En mi Bitácora de un navegante. Teoría política y dialéctica de la historia latinoamericana, recientemente publicada por CLACSO y el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, se incluye un largo capítulo dedicado a explorar la riqueza y actualidad del pensamiento engelsiano y la deuda intelectual y política que tenemos por una labor que, entre tantas otras cosas, hizo posible la extraordinaria divulgación y popularización internacional del marxismo.[1] A continuación, y como un botón de muestra, les invito a leer uno de los párrafos finales de su libro El origen de la familia, la propiedad privada y el estado , de 1884.  Nótese la premonitoria actualidad de sus palabras: primero, por la importancia que le adjudica a las “deudas del Estado”; segundo, reemplácese “Bolsa” por Wall Street;  tercero, “sociedades por acciones” por megacorporaciones empresariales y, cuarto y final, agréguese a “el transporte y la producción” las ramas más dinámicas de la economía actual: las tecnológicas (Apple, Google, Facebook, Amazon, Microsoft, etcétera) y se obtendrá en una apretada síntesis una precisa radiografía de la naturaleza del Estado y el poder en los capitalismos contemporáneos, sus insanables contradicciones y su radical incompatibilidad con un sistema democrático. Leamos lo que escribiera en ese pasaje de su obra para comprobarlo:

“La forma más elevada de Estado, la república democrática —que en nuestras condiciones sociales modernas se va haciendo una necesidad cada vez más ineludible no reconoce oficialmente diferencias de fortuna. En ella la riqueza ejerce su poder indirectamente, pero por ello mismo de un modo más seguro. De una parte, bajo la forma de corrupción directa de los funcionarios, de la cual América es un modelo clásico, y, de otra parte, bajo la forma de alianza entre el gobierno y la Bolsa. Esta alianza se realiza con tanta mayor facilidad cuanto más crecen las deudas del Estado y cuanto más van las sociedades por acciones concentrando en sus manos no sólo el transporte, sino también la producción, haciendo de la Bolsa su centro.”

Huelgan las palabras y los elogios. Gracias por todo, por haber existido, eternamente joven Friedrich. ¡Hasta la victoria, siempre!

[1] Se puede descargar esta obra gratuitamente en  https://www.clacso.org/atilio-boron-bitacora-de-un-navegante/  Hay también una intervención de apertura en el Congreso Internacional Engels Vive 1820 -2020 a la cual puede accederse con el siguiente enlace de  YouTube:

https://www.youtube.com/watch?v=KE0DwNcMGCM
y una entrevista radial que me hiciera Telma Luzzani sobre Engels que puede escucharse en: https://ar.radiocut.fm/audiocut/atilio-boron-engels-fue-uno-primeros-en-teorizar-sobre-explotacion-mujer/

 

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Entrevista al filósofo cubano Jorge Rodríguez Chirino

Por: Y. Barrios Hernández 

Le debemos el honor en esta oportunidad al Dr. C. Jorge D. Rodríguez Chirino. Licenciado en Filosofía por la Universidad de La Habana, Doctor en Ciencias Filosóficas. Autor del libro: El Esplendor de la Filosofía Islámica: Averroes en las umbrales de la Modernidad y de varios artículos sobre el tema.

Entre sus líneas de investigación destaca la Filosofía Oriental como la principal tendencia de su trabajo en el cual destaca su tesis de diploma: La filosofía medieval árabe: una ‘escolástica’ diferenciada, la cual dio paso al doctorado y la posterior publicación del libro. También aborda en su trabajo la Filosofía Contemporánea.

A continuación las valoraciones sobre la actualidad de la filosofía en su Cuba natal y a nivel internacional, desafíos y perspectivas.

Entrevista con el Dr. Jorge Rodríguez Chirino

¿Por qué estudiar filosofía? Motivaciones, intereses

La filosofía ocupa un lugar muy especial en el conjunto de los saberes. Aunque en rigor sería más preciso hablar de filosofías, ella entendida como una disciplina independiente tiene como sello distintivo una tendencia problematizante, una peculiar manera de interrogar por los fundamentos del saber que también podemos denominar tendencia crítica. Sin entrar demasiado en el complejo problema de definirla, la filosofía tiene una vocación totalizadora de un modo sumamente específico. Su interrogación por las “condiciones de posibilidad” responde a inquietudes intelectuales viscerales del ser humano. En los tiempos que corren estudiar filosofía es una gran tentación como forma de “terapia” frente a la des-espiritualización y al nihilismo global imperante. Aunque desde una perspectiva pragmática estudiar filosofía tiene algo de “romántico” (en el peor pero también en el mejor sentido), ella es uno de los caminos de reconstrucción de ese humanismo que ya sabemos está amenazado de muerte en el mundo contemporáneo.

¿Qué opinas del desarrollo que ha alcanzado la filosofía a nivel internacional?

La filosofía contemporánea ha seguido naturalmente caminos relativamente paralelos a la evolución (¿o habría que decir involución?) de lo social. Su situación no es menos crítica. Ella de un modo más o menos consciente ha pasado, a grandes rasgos, de madre de las ciencias a ser esclava. Es decir que se ha fragmentado en múltiples tendencias que han seguido obedientemente el mandato de la hiper-especialización. Con lo cual se resiente esa esencia suya omnicomprensiva y humanista. Pues a fin de cuentas como ejercicio necesario (en el sentido de compulsivo) de esclarecimiento del ser humano, digamos que se ha extraviado junto a este último en la vorágine de oscuras configuraciones socio-históricas. Si continuamos metaforizando podríamos decir que su identidad (la de la filosofía) está tan desintegrada que el diagnóstico no puede ser otro que el de “situación esquizofrénica”. Pero esto naturalmente es una valoración global y cada tendencia particular afirmaría que tal lamentable situación desaparecería si por filosofía se entendiese su peculiar propuesta.

¿Cree que en el momento actual en que se encuentra Cuba se trabaja a tono con las visiones más contemporáneas y formas de hacer/impartir filosofía en el mundo? ¿Por qué?  ¿Podemos hablar entonces de una crisis en la filosofía cubana? Como mismo se habla en el ballet de la presencia de una escuela Rusa, Danesa, Italiana y Cubana a partir de la forma de asumir y hacer suyos los presupuestos teóricos y metodológicos de la enseñanza del ballet. En su opinión ¿podríamos hablar de una escuela cubana de filosofía?

En Cuba en el momento actual semejante crisis está agudizada. En sentido general la situación actual de la filosofía en Cuba (para no entrar en la polémica de si habría o no una filosofía cubana) se caracteriza, por un lado, por su identificación con la enseñanza académica de la filosofía (e implicaría el problema de una posible crisis de esa enseñanza), problema que se complejiza sobremanera por el mandato oficial de su deber ser marxista-leninista. Por otro lado el panorama es bastante ecléctico (en el peor sentido) pues existen muchas tendencias que se corresponden con las del panorama mundial, pero en versiones criollas que entre otras cosas pretenden mantener además una coherencia funcional con el marxismo que recuerda los mecanismos de supervivencia del sincretismo afrocubano. Simplificando mucho se trata de una crisis “refleja” (su carácter “reflejo” es ya el meollo de la crisis) con problemas de rigor. Sin juzgar casos particulares (a fin de cuenta la filosofía la hacen individuos) el panorama está fundamentalmente oscurecido por una legión de profesores de filosofía marxista, desplegada por todos los centros de Educación Superior del país (y por todas sus Facultades), que implementan unos programas de estudios obsoletos y reduccionistas que no le hacen ningún mérito ni a la filosofía “dura”, ni al marxismo creativo, ni a la enseñanza. Resumiendo, esta legión pone en práctica un sucesivo reduccionismo: el de la filosofía a ciencia por una parte, y el de esta a ciencia social por otra, además del requerimiento de ser marxista. Un panorama homogeneizado y empobrecido de la riqueza heterogénea de los desarrollos filosóficos, contemporáneos o no. Si sumamos a ello la carencia generalizada de una cultura histórico-filosófica sólida el resultado está a la vista: ni se enseña en general filosofía rigurosa ni el engendro resultante pasa por una versión medianamente decente de marxismo. Todo esto, repito, simplificando mucho, es decir, la crisis es más aguda por un lado, y por otro hay casos individuales que despliegan un ejercicio de la filosofía más riguroso y auténtico. En cualquier caso no creo bajo ningún concepto que sea pertinente hablar hoy de una escuela cubana de filosofía.

¿Cree que encasillarnos al Marxismo-Leninismo como referente teórico fundamental en la enseñanza de la filosofía, no resulta una manera un tanto dogmática y poco dialéctica de apropiarnos de la madre de todas las ciencias?

Tener al Marxismo-Leninismo como referente fundamental para la producción de filosofía en Cuba es no sólo algo obsoleto y poco riguroso, como saben todos los conocedores del legado de Marx y de los marxistas más prestigiosos, sino una grave contradicción francamente anti-marxista (o anti-marxiana). El mundo contemporáneo requiere urgentemente soluciones de apropiación a la altura de su complejidad (y de su perversión). Desde el marxismo ello sólo es posible mediante apropiaciones creadoras y legítimas y bajo ningún concepto mediante implementaciones de doctrinas (como la del Marxismo-Leninismo) que, demostrado está y de manera suficiente, respondieron y responden a verticalismos políticos más que a necesidades vinculadas con el desarrollo de las llamadas ciencias humanas.

Si tuviera la oportunidad de cambiar algo en la forma actual de enseñar la filosofía, ¿qué cambiaría?

Todos los que nos dedicamos al ejercicio de la enseñanza de la filosofía tenemos la oportunidad al desempeñarnos de asumir el arduo desafío de hacerlo con honestidad intelectual y de buscar el máximo rigor en el desempeño. Hoy como siempre semejante ejercicio tiene que vérselas con la condición sine qua non de la cultura y las expectativas de los concretos educandos. La queja sobre las supuestas insuficiencias, crisis de valores, etc., de nuestros educandos es completamente vacía y olvida que el círculo de la Circunstancia a todos nos comprende. Mucho puede sugerirse al respecto: eliminar el manualismo, respetar un “pluralismo epistémico” riguroso y verdaderamente interdisciplinar (ya habrá tiempo para lo transdisciplinar), implementar metodologías de la enseñanza de vanguardia, etc. Pero lo que verdaderamente habría de ser transformado en función de crecer en eficiencia y rigor sería ni más ni menos que la Forma, es decir, el Sistema que funciona (disfuncional) como condición de posibilidad. Esto, podría decirse, es “tarea pendiente de todos”.

¿La forma de hacer filosofía en Cuba, de manera general, se acerca a la filosofía que como filósofo usted soñó?

Los sueños funcionan como la “cosa en sí” kantiana, y para continuar con los derroteros de esta imagen creo que mucho falta para percibir siquiera las antinomias al final del camino. Si de convertir situaciones pesimistas en proyectos optimistas se trata, creo que la “resistencia conflictiva” del medio (la forma actual de hacer filosofía en Cuba), si resistimos la tentación del acomodamiento y la apatía, puede convertirse en el aguijón que estimule a tratar de cambiar el estado de cosas. No sé si sea cometido de jóvenes o si los viejos puedan sacar a relucir el sabio que deberían llevar dentro. Por suerte para el “espíritu de desafíos” la respuesta a esta pregunta se encuentra contenida en ella misma.

Fuente e imagen: https://www.sicologiasinp.com/entrevistas/filosofando-con-chirino/

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Volver a hablar de socialismo

Por: ​John E. Roemer

Con Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, el socialismo volvió a la discusión pública de Estados Unidos. El concepto sigue siendo discutido en América Latina y en Europa. ¿De que socialismo hablamos? ¿Es el socialismo democrático, la socialdemocracia o una nueva forma de economía compartida que bebe del pasado pero que piensa en términos de futuro?

El socialismo ha regresado a la agenda política de Estados Unidos. Dos conocidos nombres de la izquierda estadounidense, el senador Bernie Sanders y la representante Alexandria Ocasio-Cortez, se autoproclaman socialistas. Y la mayoría de los actuales precandidatos demócratas a la presidencia apoyan políticas que muchos denominan socialistas: seguro de salud de pago único, empleo garantizado, inversiones masivas en obras públicas, preescolar universal y educación terciaria financiada por el Estado. Más aún, cerca de la mitad de los estadounidenses más jóvenes dicen en las encuestas que prefieren el socialismo al capitalismo (aunque lo que tienen en su mente se parece más a la socialdemocracia que a la planificación central socialista).

El socialismo se puede concebir como sustentado en tres pilares intervinculados: un ethos de conducta económica, una ética de justicia distributiva y un conjunto de relaciones de propiedad que se ajustan al ethos y ponen en práctica la ética. Si la gente se comporta según el ethos e implementa las relaciones de propiedad, se debería hacer realidad la ética distributiva. Nuestra comprensión de estos tres pilares evoluciona con la historia. Para determinar en qué consiste el socialismo del siglo veintiuno debemos identificar sus bases filosóficas, compararlas con el capitalismo, y después presentar una serie de variantes socialistas.

Definir el socialismo

El ethos conductual del socialismo es la cooperación. Los ciudadanos de una sociedad socialista deberían reconocer que forman parte de un emprendimiento de cooperación para transformar la naturaleza en dirección a la mejora de la vida de todos. La ética distributiva de una sociedad socialista favorece la plena igualdad de oportunidades.

El filósofo John Rawls argumentó que nadie merece beneficiarse o padecer por los recursos que le fueron asignados en la “lotería de la cuna”. Estos recursos incluyen no solo la riqueza de la familia en que nace el bebé, sino todas las posibles ventajas que acumula una persona por nacer en una familia dada, inclusive los buenos rasgos y disposiciones congénitas.

Esta visión no implica que los socialistas promuevan la ingeniería genética, solo que aquellos con características congénitas más afortunadas (tanto materiales como genéticas) no merecen recibir ingresos más altos que aquellos menos afortunados. La igualdad de oportunidades exige compensar a quienes no han tenido suerte en la lotería de las cunas con una educación y formación sustanciales.

Para tal fin, las relaciones de propiedad del socialismo apuntan a implementar la plena igualdad de oportunidades, hasta el punto en que sea posible en una economía de mercado, y a reflejar el ethos cooperativo de la conducta económica. Las grandes empresas (pero no las pequeñas) no han de tener propietarios que acumulen utilidades. En lugar de ellos, todos los ingresos de las firmas se distribuirían a quienes aportaron insumos de trabajo y capital a la producción.

Irse por su cuenta

Resulta útil contrastar estos pilares socialistas con los pilares análogos del capitalismo. El ethos conductual del capitalismo es el individualismo: la actividad económica se caracteriza como la lucha de cada persona contra todos los demás y la naturaleza. La ética distributiva del capitalismo es el laissez-faire: es correcto y admirable que los individuos prosperen sin límites en lo material, siempre que no interfieran con la oportunidad de que otros hagan lo mismo. Los niños sí que pueden disfrutar de todo lo que reciban en la lotería de la cuna, así como otros deben resignarse a sufrir su mala suerte. Es crucial la libertad de contratar, incluso si sus consecuencias impiden la igualdad de oportunidades (como sin duda ocurre con la herencia de vastas riquezas). Las relaciones de propiedad en las empresas son privadas: las personas son propietarias de empresas y sus utilidades se acumulan en beneficio de ellas una vez satisfechos los costes de producción, lo que incluye el pago de salarios a los trabajadores y de rentas o intereses a los inversionistas.

Benjamín Franklin resumió sensatamente el contraste entre el ethos conductual del socialismo y el del capitalismo, aunque en un contexto diferente. “Tenemos que hacerlo todos juntos”, dijo a los delegados coloniales en el momento álgido de la Revolución Estadounidense, “o, sin lugar a dudas, nos ahorcarán por separado”. Por supuesto, el paralelo entre la ingeniosa declaración de Franklin sobre la necesidad de cooperación y el contraste entre socialismo y capitalismo es imperfecto. En el capitalismo, algunas personas con gran capacidad de resistencia tendrán realmente un éxito aplastante. Pero muchos más fracasarán en la competencia, en gran parte debido al hecho de que no partieron en igualdad de condiciones.

No hay dudas de que en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial muchos llegaron a creer que el capitalismo había entrado en una fase más benigna. Según Thomas Piketty, de la Escuela de Economía de París, y Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, de la Universidad de California, Berkeley, entre 1946 y 1980 (el periodo que los franceses llaman los Trente Glorieuses, el PIB real (ajustado a la inflación) casi se duplicó en Estados Unidos, y los beneficios de este crecimiento se distribuyeron casi equitativamente. Los ingresos de quienes estaban en la mitad inferior de la distribución de ingresos se duplicaron (un aumento del 102%), mientras que los del 1% superior lo hicieron en un 47%.

Pero ahora consideremos lo que ocurrió después. Entre 1980 y 2014, el crecimiento real fue decididamente más débil. El ingreso total creció en apenas un 61% y el de quienes pertenecen a la mitad inferior lo hizo en un mísero 1%. ¡Pero el del 1% superior se triplicó! Es evidente por qué recordamos los Trente Glorieuses como años tan benignos.

Experimentos pasados

La variante socialista más obvia es la socialdemocracia, enfoque implícitamente promovido por Sanders y la senadora estadounidense Elizabeth Warren. Bajo la socialdemocracia, las relaciones de propiedad siguen siendo capitalistas, pero hay una sustancial tributación del ingreso y la riqueza para financiar varios tipos de seguridad social y la inversión en las personas y los bienes públicos.

Los principales ejemplos de socialdemocracia contemporánea son los países nórdicos. Aunque estos países recaudan aproximadamente la mitad de su producto nacional bruto en impuestos (principalmente al ingreso y al valor añadido), casi todas sus grandes empresas son corporaciones privadas, cuyos propietarios son de manera predominante hogares con un alto nivel de ingreso. Aun así, los hogares nórdicos más acaudalados no son tan ricos como sus contrapartes estadounidenses: en Suecia, el 1% superior posee el 21% de la riqueza del país, mientras que en Estados Unidos posee el 42%.

Más aún, la distribución del ingreso en los países nórdicos es mucho más equitativa que en Estados Unidos. En 2014, el 10% superior de los hogares estadounidenses recibió un 47% del ingreso total, mientras que la mitad inferior recibió el 20%. En otras palabras, el hogar promedio en el decil superior se llevó 12 veces más que el hogar promedio de la mitad inferior, antes de impuestos.

Pero la socialdemocracia es solo una de las variantes de lo que el socialismo podría significar hoy. La variante del siglo veinte (practicada en China hasta 1979 y en la Unión Soviética y Europa del Este hasta una década después) combinaba la autocracia política y la asignación central de los recursos y las materias primas, dejando al mercado solo un papel limitado. Esos dos rasgos explican por qué esos sistemas fracasaron.

Es cierto que la autocracia y un comando central fueron factores razonablemente eficaces para que la Unión Soviética saliera de su estado semifeudal en las décadas de 1920 y 1930 del siglo pasado, cuando la tarea clave era hacer que los campesinos semiempleados migraran desde las tierras en que habitaban a las fábricas urbanas. En efecto, la rápida industrialización en este periodo explica el fracaso de la invasión de las fuerzas de Hitler. Pero la autocracia y el temor a los mercados se convirtieron en pesados grilletes cuando el problema más sutil de la innovación tecnológica se volvió clave para el progreso en el último tercio del siglo pasado.

Un nuevo modelo

Entonces, ¿qué puede significar el socialismo, aparte de una socialdemocracia o una planificación central? Pensemos en un sistema de relaciones de propiedad en que los dueños de las grandes empresas no son capitales privados, sino más bien quienes aportan insumos (trabajo y capital) para la producción.

En el capitalismo, después de que los trabajadores e inversionistas reciben sus salarios e intereses por sus aportes a la producción, lo que resta (las utilidades) se distribuye a los propietarios (como dividendos) o siguen en la cuenta bancaria de la empresa (como propiedad de sus dueños). En contraste, en lo que yo llamo una economía compartida, los mercados seguirían asignando recursos y las empresas seguirían acumulando utilidades, pero los trabajadores e inversionistas recibirían todos los ingresos de la empresa. Tras pagar el precio de mercado del trabajo (el salario) a los trabajadores y el precio del capital (la renta / tasa de interés) a los inversionistas, las utilidades se distribuirían a los trabajadores e inversionistas de manera proporcional a sus aportes a la empresa.

En esta variante del socialismo el producto completo de las grandes empresas se asignaría a quienes aportan a la producción. No existiría una clase de accionistas que no hacen aportes, ni una bolsa de valores en que se comerciara la propiedad de las empresas. En la práctica, las grandes empresas serían propiedad de quienes aportaran directamente los factores de producción.

A algunos socialistas el pago a los inversionistas por sus aportes a la producción podría resultarles contradictorio con la visión de Karl Marx de que, en el socialismo, el ingreso se debería distribuir por completo a los trabajadores. Su opinión era apropiada en la Inglaterra de 1850, cuando toda la riqueza financiera era propiedad de unos pocos centiles más adinerados de la ciudadanía, quienes en su mayoría la habían heredado como aristócratas terratenientes. Sin embargo, en la actualidad las clases media y media-alta (entre los percentiles 50 y 99) poseen el 56% de la riqueza financiera en Estados Unidos y la cantidad de capital invertida por trabajador por el sector corporativo estadounidense supera los 400.000 dólares.

Así, cualquier forma de socialismo democrático que se implemente hoy o en el futuro debe inducir a los ciudadanos a invertir su riqueza, así como la rentabilidad de su trabajo. La obscena riqueza de quienes están en la cúspide del ingreso se debe eliminar con impuestos: el 1% superior posee hoy el 42% de la riqueza financiera estadounidense. Pero la riqueza de la actual clase media no está “goteando desde la cabeza a los pies, desde cada poro, con sangre y suciedad”, como escribiera Marx sobre la acumulación del capital en la etapa del capitalismo temprano inglés, y no se debe expropiar.

Compartir de manera eficiente

Una de las principales virtudes utilizadas para promover el mecanismo económico capitalista (mercados más competencia más propiedad privada de las empresas) es que, en condiciones algo idealizadas, logra una asignación de materias primas y recursos alcanzado una “eficiencia de Pareto”. Ningún recurso se desecha ni desaprovecha, porque es imposible encontrar otra asignación que mejore el bienestar de una persona, a menos que se reduzca el bienestar de otra. Pero lo mismo ocurre en una economía compartida. De hecho, la eficiencia de Pareto se deduce directamente del ethos cooperativo socialista. Como lo anticipaba la ocurrente frase de Franklin, “permanecer unidos” da a los trabajadores e inversionistas una receta precisa para tomar decisiones económicas.

Según mis cálculos, en una economía compartida, los impuestos y la redistribución de la riqueza que el quintil (5%) superior posee por sobre el 95% restante reduciría el ingreso promedio de un hogar del decil superior en cerca de 5,4 veces el de un hogar promedio de la mitad inferior, lo que equivale aproximadamente a la proporción actual de Suecia. Y este escenario considera solo un impuesto a la riqueza, sin redistribución a través del ingreso ni impuestos al valor añadido.

Una economía compartida tiene importantes ventajas sobre la socialdemocracia, comenzando por el hecho de que dejaría de existir una clase de propietarios no productivos. La distribución de todo el ingreso de las grandes empresas (la mayoría de las cuales se encuentran actualmente en forma de corporaciones) a aquellos que aportan los factores de la producción mejoraría el ethos de cooperación, que es un elemento central del socialismo. Por supuesto, seguiría habiendo la necesidad de un estado de bienestar que preste seguridad social temporal y apoye a quienes no puedan trabajar.

Los escépticos argumentarán que es utópico postular una sociedad en la que trabajadores e inversionistas se sientan motivados por el deseo de cooperar. Pero eso supone erróneamente que “ir por las suyas” es un instinto natural en el ser humano. De hecho, hoy los psicólogos evolucionistas plantean que la capacidad de cooperación en el principal rasgo del homo sapiens que da cuenta de nuestro éxito económico. Hace diez mil años, la sociedad humana más grande en que florecía la paz era la banda, consistente en varios cientos de personas, a lo sumo. La forma de interacción usual entre esas bandas era la guerra, que se llevaba las vidas de entre un 25% y un 50% de todos los hombres. En la actualidad, lo normal son las sociedades generalmente pacíficas de millones, cientos de millones e incluso más de mil millones de personas. En Europa, la tasa de muerte por homicidio y guerras ha caído a uno en 100.000. ¿Qué otras evidencias necesitamos para la capacidad de cooperación innata de los seres humanos?

El socialismo en la práctica

Entonces, la pregunta es cómo puede pasar un país desde el capitalismo al tipo de economía compartido que he descrito. En Europa, varios países ya han incluido a trabajadores y otros actores interesados en las juntas corporativas. Ese es un primer paso. De igual importancia son los impuestos a la riqueza, especialmente de los multimillonarios, de modo que el 1% superior de los hogares no posea más del 40% de los recursos financieros.Como mucho, esta cohorte no debería poseer más del 10% de la riqueza financiera de un país.En cuanto a la distribución del ingreso corporativo enteramente a quienes aporten trabajo y capital a la empresa, no hay obstáculos tecnológicos de por medio. Sería necesario hacer cambios al derecho corporativo.

¿Afectaría a la economía la desaparición gradual del mercado de valores? No en la opinión de destacados economistas como John Maynard Keynes, que comparó las bolsas de valores con un casino, o del ex Jefe de la Reserva Federal Paul Volcker, que señaló en 2009 que la innovación financiera más importante de los últimos años eran los cajeros automáticos. Después de todo, las firmas seguirían aprovechando al máximo sus utilidades. Pero sin una pequeña clase de titulares de acciones cuyos ingresos dependen en gran parte de esas utilidades, cambiarían para mejor las decisiones de las juntas corporativas, tal como hoy las empresas que incluyen actores no propietarios en sus juntas directivas prestan más atención a las externalidades negativas de su búsqueda absoluta de utilidades.

Por último, acerca de la cuestión de si podemos reemplazar fácilmente el ethos individualista por uno cooperativo, no basta con señalar que milenios de historia son testimonio de la capacidad cooperativa de nuestra especie. También se debe entender por qué tanta gente acepta una competencia implacable como si fuera una forma de ley física: alimentar el ethos del individualismo es y siempre ha sido una tarea ideológica principal de la clase capitalista.

Esa clase y sus voceros han tenido un éxito notable en alterar la conciencia pública, de modo que nos hemos olvidado de la sociedad relativamente más cooperativa de la posguerra. Fue ideado y puesto en práctica no en menor parte por políticos carismáticos como el presidente estadounidense Ronald Reagan y la Primer Ministro británica Margaret Thatcher en la década 1980, y por una prensa comprometida en términos financieros. Los medios de comunicación han promovido de manera incesante el individualismo y el consumismo, mientras que los sindicatos (instituciones cooperativas por excelencia) han sido desarticulados.

En 1949, Albert Einstein describió al socialismo como el intento de la humanidad de ir más allá de la fase predatoria del desarrollo humano. En muchos casos, los experimentos socialistas del siglo veinte fueron justamente eso. El reciente resurgimiento del interés en el socialismo en Estados Unidos indica que una nueva generación –que apenas recuerda esos experimentos- busca una alternativa atractiva a nuestra nueva Edad de Oro y sus patologías asociadas. Harían bien en dirigir sus miradas a la economía compartida.

Fuente e imagen:  https://nuso.org/articulo/volver-hablar-de-socialismo/

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Karl Marx y Friedrich Engels | Obras Completas en 54 Libros (PDF)

Por: bloghemia.

Su trabajo intelectual estaba orientado hacia una comprensión global de los problemas socioeconómicos que parecían originarse dentro de la naturaleza humana y las sociedades organizadas. Tales problemas prevalecían en la mayoría de los sistemas de gobierno de su tiempo. El aspecto revolucionario de la ideología de Marx y Engels se centra en la noción de que las personas necesitaban cambiar activamente el sistema socioeconómico para mejorar su forma, en lugar de tratar de preservar el status quo existente.

Rompieron sistemáticamente el razonamiento detrás de la organización, las leyes financieras y la estructura social del sistema social existente, destacando los problemas y proponiendo soluciones revolucionarias alternativas que los resolverían.

Este complejo socioeconómico de hechos y tendencias analizados, más ideas y sugerencias para un sistema más funcional ahora se llama «marxismo». En su esencia, el marxismo sostiene que existe una situación de explotación muy injusta de los trabajadores medios, el proletariado, por parte de la élite rica del mundo, la burguesía. Este sistema de explotación está empeorando aún más por la participación impotente de la gente en él, porque de esta manera el sistema continúa produciendo más y más riqueza para la élite que lo controla. De este modo, los pobres están aún más esclavizados, debido a la distribución desigual de la riqueza y la distancia cada vez mayor entre quienes poseen el capital y los trabajadores que solo pueden vender su trabajo.

Marx y Engels intentaron que la gente entendiera que este sistema capitalista no es rentable para todos, sino solo para aquellos pocos en la cima de la pirámide que disfrutan de inmensas riquezas. Estas riquezas son el resultado de la explotación y poseer un inmenso capital permite el dominio perpetuo de la elite y las interacciones superior-inferior en la sociedad.

El marxismo sugiere que el sistema necesita una reestructuración total. Para que esta reestructuración sea factible, las injusticias inherentes del capitalismo deben ser eliminadas. Todas las formas de capital, y especialmente la infraestructura crítica y los medios de producción, tales como terrenos, fábricas o maquinaria, deben ser distribuidos a las personas por ley. Además, prohibir la propiedad del capital garantiza que no puedan existir en el futuro mecanismos de control de la explotación por parte de quienes pretenden acumular el exceso de riqueza.

Marx entendió que esta reforma era poco realista que se llevaría a cabo durante su vida, y solo esperaba que este cambio se realizaría cuando hubiera un grado suficiente de fermentación social con la participación activa de la gente en esta idea revolucionaria.

A continuación, les traemos 54 Libros digitalizados de ambos autores, agradecemos a la páginaHistoria y Critica  por la digitalización del material.

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Pueden acceder a las Obras en este enlace :

54 Libros de Marx y Engel

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Fuente: Bloghomia

Karl Marx y Friedrich Engels son considerados como los fundadores de la ideología revolucionaria y socioeconómica llamada «marxismo». 

Su trabajo intelectual estaba orientado hacia una comprensión global de los problemas socioeconómicos que parecían originarse dentro de la naturaleza humana y las sociedades organizadas. Tales problemas prevalecían en la mayoría de los sistemas de gobierno de su tiempo. El aspecto revolucionario de la ideología de Marx y Engels se centra en la noción de que las personas necesitaban cambiar activamente el sistema socioeconómico para mejorar su forma, en lugar de tratar de preservar el status quo existente.

Rompieron sistemáticamente el razonamiento detrás de la organización, las leyes financieras y la estructura social del sistema social existente, destacando los problemas y proponiendo soluciones revolucionarias alternativas que los resolverían.

Este complejo socioeconómico de hechos y tendencias analizados, más ideas y sugerencias para un sistema más funcional ahora se llama «marxismo». En su esencia, el marxismo sostiene que existe una situación de explotación muy injusta de los trabajadores medios, el proletariado, por parte de la élite rica del mundo, la burguesía. Este sistema de explotación está empeorando aún más por la participación impotente de la gente en él, porque de esta manera el sistema continúa produciendo más y más riqueza para la élite que lo controla. De este modo, los pobres están aún más esclavizados, debido a la distribución desigual de la riqueza y la distancia cada vez mayor entre quienes poseen el capital y los trabajadores que solo pueden vender su trabajo.

Marx y Engels intentaron que la gente entendiera que este sistema capitalista no es rentable para todos, sino solo para aquellos pocos en la cima de la pirámide que disfrutan de inmensas riquezas. Estas riquezas son el resultado de la explotación y poseer un inmenso capital permite el dominio perpetuo de la elite y las interacciones superior-inferior en la sociedad.

El marxismo sugiere que el sistema necesita una reestructuración total. Para que esta reestructuración sea factible, las injusticias inherentes del capitalismo deben ser eliminadas. Todas las formas de capital, y especialmente la infraestructura crítica y los medios de producción, tales como terrenos, fábricas o maquinaria, deben ser distribuidos a las personas por ley. Además, prohibir la propiedad del capital garantiza que no puedan existir en el futuro mecanismos de control de la explotación por parte de quienes pretenden acumular el exceso de riqueza.

Marx entendió que esta reforma era poco realista que se llevaría a cabo durante su vida, y solo esperaba que este cambio se realizaría cuando hubiera un grado suficiente de fermentación social con la participación activa de la gente en esta idea revolucionaria.

A continuación, les traemos 54 Libros digitalizados de ambos autores, agradecemos a la página Historia y Critica  por la digitalización del material.

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Fuente: https://www.bloghemia.com/2019/02/karl-marx-y-friedrich-engels-obras.html?m=1

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