La mejor forma de preparar a los estudiantes para el futuro es acompañar su presente y desarrollar su pensamiento crítico, no adivinar las competencias que demandará el mercado dentro de una década para subordinar la enseñanza a esos pronósticos.
Cuando mi hijo cumplió cinco años, notó que a todas sus amistades se les habían empezado a caer los dientes. El mundo adulto se apresuró a tranquilizarlo explicándole que, cuando a él le ocurriera lo mismo, un intruso vendría de noche a ofrecerle dinero a cambio. Él reaccionó, con toda lógica, preso del pánico.
Durante semanas, se ponía a llorar exclamando: «¡No quiero perder mis dientes! ¡Amo mis dientes!». En las cenas se inclinaba para preguntarme con cautela: «¿Se le van a caer los dientes a papá? ¿A los abuelos? ¿A ti?», y luego susurraba con vehemencia: «¡A mí no!». En un momento dado, desarrolló la costumbre de deambular como un Charlie Chaplin dirigido por Tim Burton, haciendo sonar sus encías y murmurando de forma fantasmal: «¡Mis dientes! ¡Mis dientes! ¡Perdí mis dientes!».
Por más extraña que resultara su conducta, comprendí que estaba aprendiendo una verdad elemental sobre la vida: la forma sutil en que nos es arrebatada, pieza por pieza, y cómo todo culmina inevitablemente en la muerte. La pérdida de unos dientes de leche parece insignificante hasta que consideramos, como lo hace de forma intuitiva cualquier criatura en edad preescolar, que antecede a la pérdida de todo lo que amamos y de todas las personas que nos rodean. La ansiedad de mi hijo era obsesiva, pero no patológica ni un obstáculo para su crecimiento; en realidad, era su desarrollo mismo en marcha.
Cualquiera que pase tiempo con niñas y niños reconocerá la cualidad cautivadora, a veces inquietante y a menudo poética de su lenguaje y sus juegos, impregnados de metáforas y simbolismos que no solo escapan a la razón, sino que la hacen irrelevante. El psicólogo Jean Piaget observó que el juego simbólico surge tan pronto como aparece el lenguaje y resulta vital para el desarrollo cognitivo y el equilibrio emocional e intelectual. De forma más sintética: el juego es la labor de la infancia y, como escribió la educadora María Montessori, la humanidad se construye a sí misma trabajando.
Por supuesto, los maestros de hoy han tenido que volverse expertos en justificar el lugar que ocupa el juego en las aulas con garantías de que promueve habilidades más cotizadas en el mercado laboral, como el pensamiento abstracto o la autorregulación. Sin embargo, más allá de la jerga, la tarea compleja e intrínsecamente social de dar sentido a las cosas es fundamental para estructurar la identidad, cultivar la vida interior y sobrevivir. Es el modo en que empezamos a comprendernos y a tejer vínculos. Se trata de una necesidad que persiste mucho después de la primera infancia. ¿Quién no recuerda la soledad catastrófica que se sentía al ser objeto de un malentendido o del rechazo de algún par durante la adolescencia?
Es por eso que la inteligencia artificial, tan torpe con el contexto como lo es para ofrecer un abrazo genuino, difícilmente pueda convertirse en una solución para los problemas y falencias del sistema educativo.
La IA resucita el sueño de la reforma educativa
Pero ahí es donde la élite financiera empeñada en sucesivas reformas educativas ha depositado sus fichas. Los recientes avances tecnológicos han inyectado una energía caótica en proyectos filantrópicos y empresariales que, reeditando viejas recetas corporativas, vuelven a utilizar a los estudiantes de las escuelas públicas como conejillo de Indias para testear sus agendas.
Bill Gates, por caso, declaró públicamente hace no mucho haber «recuperado el optimismo» de los primeros tiempos de su fundación sobre cómo las herramientas tecnológicas podrían elevar el nivel de rendimiento en las escuelas y cerrar brechas en sectores de bajos ingresos. Su momentánea crisis de fe tal vez respondía al estrepitoso fracaso de iniciativas multimillonarias previas orientadas a evaluar y estandarizar la labor docente, financiadas en parte con fondos públicos y con resultados nulos para las comunidades más postergadas.
O quizás se refería al colapso de la educación puramente virtual durante la pandemia, un episodio que debió haber provocado una reflexión profunda en las corporaciones tecnológicas. Un voluminoso informe de la UNESCO titulado ¿Una tragedia de la tecnología educativa? documentó cómo el desembarco acrítico de plataformas comerciales profundizó las desigualdades, alienó a equipos docentes y estudiantes, mermó la participación escolar y disparó tasas de deserción inéditas. Tiempo después, el multimillonario creador de la aplicación Duolingo sintetizó el idealismo delirante de la industria combinado con el desprecio por la clase trabajadora al declarar a la revista New Yorker que las computadoras serán mejores docentes que los seres humanos, a quienes definió como «insumos caros» y «difíciles de gestionar».
Gates se cuida mucho de evitar el cliché del robot que reemplaza al trabajador, matizando su predicción de que la IA actuará como «un gran profesor particular» con la promesa de que la demanda de docentes es infinita. Sin embargo, también sostiene que un chatbot tutor —en colaboración con un heroico maestro humano— es la clave para impulsar la participación de los estudiantes y mitigar la desigualdad en la educación. Su argumento presenta a la IA como un asistente dócil del docente en lugar de como un reemplazo laboral.
Este nuevo enfoque encaja con la proyección corporativa de los asistentes virtuales como el futuro del negocio tecnológico. Grandes fortunas de Silicon Valley invierten miles de millones en startups dedicadas a crear «compañeros virtuales amables». Un ejemplo claro es la alianza entre OpenAI y Khan Academy (cuyos donantes incluyen a la Fundación Gates, Google y la Fundación Musk) para desarrollar tutores virtuales basados en inteligencia artificial. Cuando el prototipo Khanmigo logró una calificación sobresaliente en un examen estandarizado de biología, se promovió su implementación en escuelas públicas piloto de Estados Unidos con la condición de que, tras el periodo de prueba, el costo por cada estudiante recayera sobre el presupuesto escolar.
Dada la plasticidad mental de la niñez, es fácil ver lo que los estudiantes pueden aportar a la IA como máquinas generadoras de datos. Pero ¿qué puede hacer la IA por los niños, además de exponerlos a sanciones por plagio?
Ensayos clínicos en el aula
En la práctica, estos tutores virtuales no ofrecen mucho más que un buscador convencional, aunque sus promotores aseguren que pronto moderarán debates escolares. En observaciones directas dentro de aulas de prueba, la interacción se ha reducido a docentes pidiendo a sus clases que consultaran definiciones o cálculos simples. Frente a preguntas lógicas básicas —terreno en el que, al menos teóricamente, una máquina debería destacar—, los chatbots incluso llegaron a responder de manera errónea. Ante esto, la respuesta empresarial suele ser que «a veces las máquinas se equivocan», minimizando fallas en sistemas que se pretenden pedagógicos.
Si bien sigue siendo un debate teórico si las computadoras podrán alguna vez resolver la ambigüedad o usar lo que los seres sensibles llamamos sentido común, es razonable esperar que más ajustes eliminen las «alucinaciones de la IA», esos errores fácticos nacidos de datos deficientes o del intento del programa por rellenar vacíos de información (inicialmente escribí «deseo» en lugar de «intento», lo que ilustra cuánto de nuestra percepción de que la IA es consciente surge de nuestra propia y persistente necesidad humana de personificar).
Pero ¿por qué apresurarse a volcar estas herramientas en las aulas antes de resolver tales problemas? Directivos y autoridades escolares argumentan que, dado el despliegue de la IA en la sociedad, resulta indispensable incorporarla de inmediato al diseño curricular. Resulta sintomático, sin embargo, que las élites de Silicon Valley restrinjan el acceso de sus propios hijos a las pantallas durante los primeros años de escolarización. La mejor forma de preparar a los estudiantes para el futuro es acompañar su presente y desarrollar su pensamiento crítico, no adivinar las competencias que demandará el mercado dentro de una década para subordinar la enseñanza a esos pronósticos.
La rápida adopción de estas tecnologías en diversos países evoca la improvisación vivida durante la pandemia, cuando se esperaba que los equipos docentes trasladaran sus clases a Google Meet o Zoom de la noche a la mañana, sin ninguna orientación sobre cómo lidiar con los problemas de privacidad o los aspectos socioemocionales a medida que surgían. Tras la crisis, no hay excusa para implementar IA sin políticas transparentes que protejan la privacidad de la comunidad educativa. La tecnología no resguarda los derechos del estudiantado; esa es una responsabilidad humana de docentes, familias y directivos. Al menos en Estados Unidos, la mayoría de los docentes que utilizan o prevén utilizar estas herramientas reconocen no haber recibido formación previa.
Y existe además un problema conceptual más profundo y preocupante con la IA en las aulas que tiene menos que ver con el momento y la logística y más con las suposiciones fundamentalmente erróneas de la industria de la tecnología sobre la enseñanza y el aprendizaje: la inteligencia artificial no es nada buena enseñando. La tendencia de los chatbots a satisfacer al usuario de forma inmediata priva a los estudiantes del tiempo y el espacio necesarios para el pensamiento crítico, entregando respuestas digeridas antes de que ocurra el esfuerzo intelectual indispensable.
Una de las labores más valiosas de la docencia y la crianza es mantener una presencia disponible: estar lo suficientemente presentes como para que puedan contar con nosotros, brindarles apoyo cuando lo necesitan y dar un paso atrás para dejarles hacer lo que son capaces de hacer cuando son capaces de resolver las tareas por sí mismos. Esto aplica tanto a los contenidos académicos como al desarrollo socioemocional.
Planificar clases y corregir trabajos demanda un tiempo considerable, por lo que no es de extrañar que la IA genere cierta simpatía funcional en sectores docentes agobiados por la carga administrativa. Claro, puede ahorrar una cantidad significativa de tiempo a la hora de crear un primer borrador de examen o incluso un bosquejo de clase, pero en eso no difiere mucho de otras herramientas ya existentes ni cumple con las promesas de la tecnología.
La labor pedagógica fundamental consiste en descifrar qué puede resolver un estudiante de forma autónoma, qué lo desafiará y qué lo alejará por completo del aprendizaje. Allí no hay respuestas correctas ni mucho menos automatizadas: se trata de una decisión compleja basada en evaluaciones continuas —tanto formales como informales—, así como en señales sociales, principios pedagógicos y, en última instancia, valores.
Esto no es una especulación teórica ni el sueño delirante de un especialista; es el trabajo cotidiano que lleva adelante cualquier buen docente. Y resulta imposible enseñar a quien no se conoce ni se valora, porque sin esa empatía es inviable evaluar fortalezas o acompañar procesos de aprendizaje. Como enseñaba Jean Piaget —en sintonía con Lev Vygotsky, quien teorizó la «zona de desarrollo próximo» como aquello que se aprende con la guía de un par o docente—: «La niñez solo comprende verdaderamente lo que inventa por sí misma, y cada vez que intentamos enseñarle algo demasiado rápido, le impedimos reaventarlo». La IA no solo es incapaz de tomar estas decisiones complejas, sino que las sabotea activamente.
Un vínculo que se resquebraja
Los propios estudiantes perciben este límite. Varias encuestas a jóvenes estadounidenses revelan que solo una minoría considera que la IA mejora la experiencia educativa o genera aulas más equitativas. Por el contrario, su irrupción acelerada está tensando el vínculo pedagógico: una proporción importante de docentes manifiesta mayor desconfianza hacia sus clases y sospecha el uso no ético de chatbots para resolver tareas, en gran medida por la falta de formación institucional para abordar el problema.
Paralelamente, aumentan las sanciones contra estudiantes acusados de fraude mediante IA, un fenómeno que en Estados Unidos afecta de manera desproporcionada a las escuelas públicas de sectores populares y a los programas de educación especial. En estos establecimientos suele imponerse una mayor vigilancia digital sobre los dispositivos institucionales, vulnerando la privacidad de las familias de menores recursos. Sin embargo, al consultar de forma anónima al estudiantado, la gran mayoría afirma no utilizar ChatGPT para hacer trampa; quienes emplean IA generativa suelen recurrir a ella como un canal improvisado para volcar ansiedades, problemas de salud mental o conflictos con familiares y amigos.
Es fácil prever los riesgos de que la juventud busque orientación emocional en un chatbot. Ya han existido casos en los que los servicios de asistencia basados en IA brindaron recomendaciones peligrosas a personas con trastornos de la conducta alimentaria.
Pero también tiene sentido que los jóvenes hayan recurrido a estas fuentes en busca de ayuda. Para sus creadores, el objetivo intrínseco de la IA es, después de todo, ser indistinguible de un ser humano en una conversación. Sus promotores celebran que «parezca haber una persona al otro lado», sugiriendo que esto combate el aislamiento en las aulas. Sin embargo, que la niñez o la juventud busquen contención en un algoritmo revela una alarmante falta de redes de apoyo humanas.
Es posible que algún día las computadoras sean una solución aceptable a la soledad para quienes carecen de vínculos sociales. Pero convertir en interlocutor a un sistema que interactúa como un ente autómata e incapaz de comprender el contexto es una salida sombría para la sociedad. El hecho es que, a pesar de los discursos corporativos sobre el acompañamiento pedagógico, la IA no se introduce en las escuelas porque sea superior a la labor humana, sino porque resulta más barata. La idea de que los niños recurran a las máquinas para pedir orientación y procesar sus temores debería encender todas las alarmas. Pero si la máquina es presentada como su docente, ¿por qué no lo harían?
La inteligencia artificial puede tener un lugar acotado en la escuela (en tanto y en cuanto existan marcos estrictos de protección de datos), pero debería estar en un rincón, dando respuestas en lugar de consejos.
La indigencia del cliché
¿Qué tan bueno es realmente ChatGPT? Le pedí que escribiera un cuento para dormir para un niño pequeño que tenía miedo de perder sus dientes. En unos gratificantes segundos, recibí una narración de 458 palabras titulada «El valiente Benny y el secreto del Hada de los Dientes», compuesta por clichés (« Érase una vez, en un pequeño pueblo, un niño llamado Benny que era tan valiente como un león durante el día, pero que se ponía un poco asustadizo por la noche») y ánimos insulsos («El miedo de Benny comenzó a desvanecerse mientras escuchaba las palabras tranquilizadoras de Tessa»). Tenía pensado leérsela a mi hijo y preguntarle qué le parecía, pero decidí no hacerlo, porque ciertos pasajes eran tan empalagosos que cualquier niño lo suficientemente maduro como para ser consciente de su propia vulnerabilidad —como lo es la mayoría— seguramente los interpretaría como algo siniestro.
Además, la historia era aburrida. En la enseñanza de la escritura existe una premisa básica: «mostrar, no decir». En mis clases de quinto grado me gusta que leamos pasajes evocadores para luego incorporar detalles sensoriales, acciones y emociones que doten de vida a un texto y lo haga más interesante. La IA es incapaz de operar en ese registro; simplemente, no sabe qué responder o responde mal.
Podría objetarse que buena parte de la literatura infantil es moralmente predecible. Sin embargo, basta pensar en las obras de Roald Dahl o en los versos de Maurice Sendak en Donde viven los monstruos: «La noche en que Max se puso su traje de lobo e hizo travesuras de toda clase, su madre lo llamó “¡MONSTRUO!” y Max le contestó “¡TE VOY A COMER!”». La distancia entre un chatbot tutor y una persona dedicada a la enseñanza es la misma que separa a un relato prediseñado por un algoritmo de una obra de Sendak; la misma que existe entre una respuesta prefabricada y una hipótesis audaz; entre un producto de inteligencia artificial y la experiencia vital humana.
Cuando mi hijo temía perder sus dientes, pude interpretar su angustia y validar su temor como algo comprensible, una tarea que ningún algoritmo puede realizar. Mi rol como madre consistía en hacerle saber que era capaz de transitar esa incertidumbre. No necesitaba una explicación científica de los hechos: necesitaba conectar con otro ser humano frente a nuestra finitud y aprender a sobrellevarla. Esa conexión es la base de lo que las infancias buscan en el mundo adulto.
El propósito central de la crianza y la educación es acompañar a las nuevas generaciones para que recorran la vida con entereza y resiliencia, comprendiendo que la fragilidad humana es precisamente lo que nos hermana y exige nuestra compasión. Así considerada, no existe una amenaza creíble de que los robots puedan reemplazar en algún momento a los docentes. No tendríamos por qué anticipar que eso suceda en el futuro. Los sistemas educativos deben invertir sus recursos en seres humanos, no en máquinas, por muy novedosa que parezca la tecnología.






Users Today : 609
Total Users : 35542811
Views Today : 765
Total views : 3782006