Francina Martí: “Lo que pasa en la calle debe entrar en las aulas”

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Si tuviera que elegir tres grandes retos de la educación ¿cuáles serían?
El primero, sin duda, sería que de una vez por todas desde la administración se haga una apuesta decidida por la educación pública. Todo el mundo tiene muy buenas intenciones, muy buenas ideas, pero a la hora de la verdad vemos que no es una cuestión prioritaria para la Administración. Si de verdad creen que la educación es importante hay que reflejarlo en la práctica.

¿Qué más retos señalaría?
Creo que como sociedad tenemos que afrontar de forma muy seria los procesos migratorios. Desde las escuelas se ha hecho una acogida muy responsable, aunque seguro que se puede mejorar. Pero la atención a los alumnos que vienen de otras culturas, países, orígenes, etc., pasa por hacer una educación más inclusiva. Y cuando hablamos de una educación inclusiva lo hacemos pensando en los contenidos, y desde la percepción de que una cultura no es mejor que la otra ni una historia cultural más importante que la de otro. La clave es que todo el mundo se sienta acogido por la educación.

¿Y por último?
Podemos hablar de grandes retos pero también de cosas más domésticas, como por ejemplo la reforma de la jornada lectiva en clave horaria, que es un reto importante. Sin embargo, para mi hay otro reto que a veces se ha querido restringir al ámbito de las TIC y que debería formularse en un término más amplio: la importancia de que el mundo real forme parte de la escuela.

¿A qué se refiere?
Tenemos que evitar que los colegios se conviertan en islas en las que se habla de cosas intangibles. Si los móviles o internet están presentes en la vida de nuestros hijos e hijas, la escuela no puede ser ajena a esto. Igual que no puede serlo de los debates o de los sucesos que nos rodean. Lo que pasa en el colegio debe ser relevante para los niños y niñas. Y esto no es un reto del siglo XXI. Rosa Sensat, la persona que da nombre a nuestra asociación, decía que “la escuela tiene que ser la vida”.

Claro…
Vivimos aún bajo parámetros de pensamiento que consideran que la escuela debe prepararnos para el futuro. Esto es erróneo: la escuela nos tiene que preparar y ser interesante para el presente. De esta forma adquirimos herramientas que nos ayudarán a llegar donde queramos cuando finalice la etapa escolar. Esto significa que la escuela debe proponer contenidos interesantes y ricos para el alumnado. No significa que si están de moda las series, nos pongamos a trabajar sobre las series. Pero sí que debemos ser receptivos y plantearnos si el mundo de ficción debe entrar en los centros educativos. Por poner un ejemplo.

¿Debería haber asignaturas en esta clave?
Hace poco presentamos un libro sobre educación mediática y en la mesa de debate se nos preguntó si era necesaria una asignatura a medida. Mi respuesta es que no, no hace falta una asignatura pero es vital que la educación mediática esté presente en el aula. Debe ser transversal igual que lo debe ser la educación con perspectiva de género. Hay muchos prismas que deben alumbrar el trabajo diario. La escuela tiene un objetivo claro: darnos criterios para que tengamos conciencia propia. La escuela debe impregnarse de estos valores y enseñar a pensar.

Enseñar a pensar por uno mismo es imprescindible.
Sí, como también lo es no matar la curiosidad. Lo vemos mucho en secundaria, los niños y niñas entran en primero de la ESO con muchas ganas de aprender y año tras año vamos viendo como esa curiosidad se marchita. Este es otro gran reto para superar las tasas de abandono escolar que tenemos. Forjar un pensamiento propio es muy importante pero la escuela también tiene otra gran función que es la de enseñarnos a vivir en comunidad. Ahora se habla mucho del homeschooling y a mí me crea cierto desasosiego pensar que esta modalidad recorta la posibilidad de desarrollar habilidades de sociabilidad y convivencia con otros niños y niñas.

¿Cómo se enseña a pensar?
Pues tenemos bagajes y experiencias de hace muchos años. Ferrer i Guardia decía que la escuela debía formar personas emancipadas y libres. Precisamente se refiere a esto, a la capacidad de pensar por uno mismo. El “cómo” a veces nos pierde.

¿En qué sentido?
Muchos docentes explican que ellos en sus aulas trabajan en asamblea, que comentan la actualidad, etc. Pero esto no es algo que se pueda hacer de forma improvisada. Hay que ser muy cuidadoso con las formas y con las sensibilidades que puede reunir un aula. Sin embargo esto no nos puede amedrentar y no podemos obviar estos espacios por el hecho de que sean temas difíciles o incómodos. Es muy interesante toda la línea que se plantea ahora de impartir filosofía desde edades tempranas para promover esa autonomía del pensamiento. Es una actitud de los maestros, y también de la escuela: nosotros no debemos tener respuestas a todo pero sí debemos fomentar que se piense sobre ello.

¿Y esto cómo se hace?
Cuando yo era profesora comentábamos un texto literario con una serie de preguntas formuladas. Les pedí que las respondieran según su opinión, y se creó un debate muy bonito. Pero al final una alumna levantó la mano y pidió que les dijera cuál era la respuesta correcta de todas las que se habían comentado. La figura del profesor arrastra este dogma de tener la verdad absoluta y para crear mentes libres lo primero que debemos saber decir es “no hay una respuesta universal”, “ no tenemos respuesta para todo”.

¿Por qué cree que los alumnos tienen tan interiorizado que hay buenas respuestas y malas respuestas?
Porque socialmente lo vivimos todos así. Nuestra cultura occidental es muy dicotómica, de pocos matices. Es un tema de mentalidad: los buenos y los malos. Los mismos adultos les transmitimos este valor y ellos lo reflejan en lo que les afecta de forma directa. La escuela, hasta ahora, ha sido una educación muy encorsetada en este sentido y siempre hemos pretendido que los maestros puedan dar respuesta a todo y esto no es posible, porque no hay respuesta para todo.

¿Qué podemos hacer al respecto?
Lo que sí debe hacer la escuela es dar espacios para que los niños y niñas den su opinión. Los maestros tenemos que escuchar más que hablar, lo que se llama la escucha activa. ¡A veces tienen mucho más sentido común ellos que nosotros! Propiciar espacios de debate auténtico, de forma preparada, es muy necesario.

¿Los docentes están preparados para dar estos espacios de debate y para hacer esta escucha activa?
La formación inicial no es perfecta, y tiene muchos aspectos para mejorar. Pero la formación inicial no debe dar respuesta a todo. Como en todas las profesiones, vas requiriendo reforzar conocimientos y ampliar tus herramientas a medida que pasan los años. Los docentes también deberían seguir formándose y participando de espacios de investigación a lo largo de su trayectoria, y no como algo que dé méritos sino como una forma de enriquecer sus capacidades.

¿Los docentes tienen esta inquietud de continuar formándose?
Algunos sí, otros no. Depende de las personas, de la implicación, de las necesidades que tengan en un momento determinado y de la capacidad que tienen para resolverlas.

Estamos hablando todo el rato del docente como individuo pero forman parte de un equipo y de un centro, ¿no?
Sí, e históricamente hemos perdido esto de vista. En Rosa Sensat, precisamente, estamos trabajando en la línea de ofrecer formaciones para equipos y de hecho nuestra última escuela de verano giró alrededor de esta idea “La fuerza de los equipos”. El impacto que podemos tener formando a un profesor es importante pero tiene un corto recorrido. En cambio, formando a todo un equipo te aseguras que el impacto es mucho mayor y a más largo plazo.

¿Cómo se puede medir este impacto?
Analizando las experiencias: cuando se implica todo el equipo es cuando observamos transformaciones profundas y exitosas.
A veces hablamos del maestro como un héroe solitario, pero en realidad es la escuela la que tiene que liderar la transformación. Y a su vez, la escuela no puede ir por libre porque forma parte de un entorno, de una realidad distinta en cada barrio y no puede vivir ajena a esto. Es muy importante que enlacemos las escuelas con el propio territorio. Lo que pasa en la calle, que al final es lo que viven los niños y niñas en su día a día, debe entrar en las aulas.

Últimamente vivimos conflictividades sociales muy grandes y el papel de los maestros se cuestiona al respecto. ¿Qué papel tienen los docentes y la escuela en momentos como este?
Lo que estamos viviendo estos días en Cataluña, pero también lo que ha pasado los últimos años, nos ha llevado a reflexionar mucho sobre cómo tratarlo en el aula. Lo que nos asusta un poco es que se cuestione si se tiene que tratar o no. Evidentemente que los conflictos que se viven en la calle deben tener cabida en las aulas, es imprescindible diría. Pero también afirmo que no se pueden abordar sin prepararlos previamente. Es importante que el docente tenga el papel que comentábamos antes, de escucha, que dé espacio a las reflexiones de los alumnos y que tenga claro que él no debe dar respuesta a todo. Hay muchos recursos y dinámicas que pueden ayudar en momentos así. A veces, poner un objeto de mediación en medio, como una poesía, una lectura, un libro… puede resultar muy útil.

¿Que el maestro no deba dar respuesta a todo significa que no debe posicionarse?
El papel del maestro no es posicionarse. Marta Mata decía que es bonito que los alumnos sepan que sus maestros tiene su propia ideología, que piensan por ellos mismos, pero que son tan buenos profesores que son capaces de no inculcarlas. Las personas radiamos lo que pensamos, pero los maestros y maestras debemos representar ese respeto máximo por las ideas de los otros y que los alumnos puedan confiar en ellos, piensen igual o no. Es una oportunidad buenísima para dar ejemplo en el respeto.

Fuente: http://blog.tiching.com/francina-marti/

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