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La educación como derecho laico, gratuito, obligatorio y político

Por: Sofía García-Bullé.

El ejercicio educativo tiene el potencial de ser una fuerza transformadora; puede promover la solidaridad, la justicia y la democracia, entre otros valores sociales fundamentales, pero para que esto se logre, necesita ser política.

Sin embargo, la manera tradicional en que vemos la educación aboga con fuerza en contra de esta idea, argumentando que el proceso educativo debe estar libre de intereses políticos. Este punto es sólido, pero la mayoría de las veces que decimos que la educación debe ser apolítica, lo que en realidad queremos expresar es que necesita ser apartidista.

Existe una diferencia entre liberar la educación y desligarse de los intereses de la clase política, que privarla de la conciencia social necesaria para entender el sistema bajo el cual se nos gobierna y aproximarnos a este con un sentido crítico.

La educación en tiempos de Freire

Pablo Freire, uno de los teóricos de la educación más importantes del siglo XX, tenía una manera muy peculiar de ver un ejercicio educativo aparentemente neutral. Freire sostenía que lejos de proveer a los niños y jóvenes de una educación sin prejuicio político, al evadir el tema completamente, se les negaba la oportunidad de aprender sobre los mecanismos que oprimen y mantienen a un sector específico en el poder.

“La educación sistemática refleja los intereses de quienes detentan el poder y no puede cambiarse radicalmente un sistema educativo si no se transforma el sistema global de la sociedad”.

Freire agrega que sería ingenuo pensar que las clases dominantes implementaran una filosofía educativa que les trabajara en contra. Por lo que en su lugar, la educación se convierte en el recurso para mantener el orden e implantar la idea del respeto a la autoridad.

La civilidad, el respeto y el reconocimiento de las jerarquías sociales son importantes para funcionar en cualquier tipo de sociedad pero, ¿qué pasa si solo enseñamos esto y no el sentido crítico que mantiene a estos mecanismos institucionales fieles a intereses democráticos?

Así se forman estructuras basadas en liderazgos unilaterales, que facilitan una sociedad pasiva y apática, susceptible a la instauración de una clase política insuficiente, en el mejor de los casos, o de dictaduras en el peor.

A los estudiantes hay que darles guía, pero también voz

Para Henry Giroux, crítico cultural y uno de los teóricos fundadores de la pedagogía crítica en Estados Unidos, la educación es realmente la producción de agencia. El método educativo debe habilitar narrativas que amplíen las perspectivas del estudiante para consigo mismo, su lugar en relación con otros y el mundo.

Tanto Freire como Giroux se inclinan por un enfoque educativo que sea tan democrático como buscamos que sea nuestra forma de gobernarnos.

“Cuando pones a las criaturas en fila y les dices que no pueden hablar y deben escucharte a ti como profesor, el currículum oculto que se transmite es que no tienen derecho a hablar, no tienen derecho a ser parte de la forma de educar”.

El crítico sostiene que para contrarrestar los efectos de una educación neutral desprovista de nociones políticas, es necesario empezar con cosas simples. Cambios como un acomodo del aula en el que los alumnos se sienten en círculo y no en hileras, promueve el diálogo por encima de la obediencia ciega; un sistema de evaluación que tome en cuenta las habilidades obtenidas para complementar los exámenes y los valores numéricos con los que estos se califican, podría abrir la senda a un aprendizaje activo en vez de pasivo.

Es crucial que el maestro tome un rol propositivo en vez de impositivo si se busca educar para pensar y no solamente para obedecer. La conciencia social, la responsabilidad civil y el pensamiento crítico comienzan en el aula, si se toma la tarea de cultivarla.

La educación no puede separarse de su rol social y político. Bajo este contexto, la educación puede ser muchas cosas, puede ser una herramienta para mantener el statu quo de una sociedad, una fuerza para transformarla, un ecualizador, un mecanismo de descubrimiento; pero siempre es una de estas cosas, nunca neutra.

Nuestra labor como educadores es cuestionar hacia cuál de estos espectros nos estamos inclinando y por qué. Si los estudiantes son el futuro, los docentes son los que lo moldean. Ser neutros en la manera de educar es permitir que un sistema ajeno al propósito básico de la educación decida por nosotros cómo se moldea este porvenir.

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El problema de los libros de texto y su vigencia como herramienta didáctica

 

Los libros de texto han sido la columna vertebral de los métodos de enseñanza por siglos y muy posiblemente lo sigan siendo durante más tiempo. Pero hay cuestionamientos válidos en la comunidad educativa acerca de qué tan efectivos son en su forma actual.

La Revolución Digital del siglo XXI trajo consigo un cambio fundamental en la forma en la que producimos y consumimos contenido. Los medios digitales como periódicos, blogs y sitios web generan grandes volúmenes de información diariamente y las redes sociales nos mantienen en un estado de conversación constante.

Los métodos y fuentes para el aprendizaje ya no pueden ser estáticos, necesitan ser flexibles, adaptativos y conectados con la dinámica de tiempo real. ¿Los libros de textos cumplen con estos requisitos?

Lo que funciona

Los libros de texto tienen una razón de ser, brindan a los estudiantes la experiencia de interactuar con un libro en físico, actividad que, por si sola, conlleva beneficios propios que no están presentes en la lectura de textos digitales.

Un estudio realizado en 2013 demostró que los niños de tres a cinco años son capaces de comprender mejor lo que leen cuando viene de un libro en formato impreso. Los elementos interactivos inherentes a los libros digitales pueden volverse una distracción para los niños que están formando las estructuras cognitivas para aprender a leer.

De la misma forma, no ayudan tampoco a los estudiantes más avanzados, puesto que aunque ya conocen la técnica para leer, es más difícil generar una experiencia de inmersión cuando leemos en una tableta o en cualquier dispositivo con conexión a internet debido a los estímulos externos como las redes sociales, las notificaciones, los correos y los mensajes. El entorno digital tiende a la sobre exposición y facilita la procrastinación, no la concentración.

Aun si se trata de un libro digital descargado en un dispositivo sin conexión, nuestra calidad de lectura puede verse afectada. Estamos condicionados a no leer de forma enfocada cuando estamos frente a una pantalla porque asociamos el entorno digital a contenidos breves y entretenidos, como las conversaciones en redes sociales o artículos de sitios que visitamos por ocio más que por educación. Nuestra capacidad de retención se ve reducida en estos casos, como lo sostiene un estudio realizado en la Universidad Stavanger, en Noruega, en el que se midió la capacidad de los participantes para recordar noticias tras leerlas.

“Los lectores de Kindle tuvieron un desempeño mucho menor en la reconstrucción de elementos cuando se les preguntaron 14 eventos en el orden correcto”

Explicó Anne Mangen, autora del estudio. Mangen agregó que hay características inherentes a la lectura de un libro físico que facilitan la memorización y el aprendizaje. Cuando se lee en papel, hay una sensación táctil del progreso, palpable en el hecho de ir pasando las hojas de derecha a izquierda mientras estas se acumulan generando un peso tan físico como psicológico que refleja el avance del lector. No hay nada comparable a esto en el entorno digital, sostiene Mangen.

Todos los puntos anteriores refuerzan la utilidad de contar con libros físicos en los programas escolares, ya sea de material académico directo o recurso auxiliar. Sin embargo, aspectos de la producción y distribución de libros de texto generan preocupaciones válidas en el personal educativo. ¿Qué es lo que está causando que tantos expertos en educación y tecnología digan que el libro de texto es una herramienta obsoleta?

Lo que no funciona

Durante la última década hemos visto como el avance de la tecnología nos ha llevado a una democratización de los contenidos y filosofías educativas, como la del aprendizaje a lo largo de la vida, que nos motivan a usar cualquier herramienta para permanecer en un estado de aprendizaje continuo, sin embargo, decir que esta es la única razón por la que debemos evaluar la forma en que se producen los libros de texto, es simplista y poco productiva.

Para entender cuáles son las áreas de oportunidad de los libros de texto, necesitamos ir más allá del frecuente debate “digital vs. impreso”. Empatar el propósito de los libros de texto con los objetivos que deben cumplir y su mercado meta: los estudiantes.

Usualmente los editores a cargo de la producción de los libros de texto tienen un excelente nivel de conocimiento sobre los materiales académicos fuente y dominan a la perfección los procesos de un proyecto de publicación académica, pero no tienen mucho contacto con la experiencia educativa al momento que escriben la publicación.

No hay una preocupación por mantener un canal de comunicación abierto con lo que pasa en las aulas y los avances o cambios en cómo aprenden los estudiantes para generar herramientas óptimas y actualizadas.

Como resultado, tenemos materiales de estudio anacrónicos, que sirven para presentar exámenes y olvidar todo lo leído al día siguiente, en el que se estudia para la siguiente prueba. El insight más preocupante de esta reflexión es que entrenamos máquinas de almacenamiento de información, más que formar personas con habilidades competitivas en el mundo laboral y aptitudes para llevar una vida plena fuera del aula.

El enfoque comercial con el que se producen los libros de texto es un agravante, dado que los libros solo son vigentes por un par de ciclos escolares antes de necesitar otra versión revisada y actualizada. Por lo tanto, la inversión que las escuelas y padres de familia deben destinar a este recurso es enorme, e inútil a largo plazo.

Bajo este contexto, en lugar de ser una herramienta provechosa, el libro de texto incrementa los gastos escolares innecesariamente, aumentando la brecha de acceso a la educación de acuerdo al estatus económico.

Ante esta situación, el libro de texto gratuito se presenta como la mejor opción para defender la idea de que los libros de textos son indispensables. En el caso de México no podemos sostener este argumento con tanta presteza, dado que los libros de texto gratuitos son exactamente el mismo libro cada año, con todo y los errores ortográficos o de contenido.

Los cambios fundamentales en los libros de texto mexicanos gratuitos normalmente tardan décadas en hacerse y los estudiantes terminan con contenidos muy similares que no reflejan el avance del conocimiento en los distintos campos que cubren.

¿Cómo se puede mejorar?

No hay una sola solución para resolver el problema de los libros de texto. Se necesita un conjunto de estrategias que incluyan a los estudiantes, al personal educativo, a los especialistas en contenido educativo y a las editoriales que los publican.

El material didáctico no tiene que ser 100 % digital y abierto, pero la manera en que se producen necesita inclinarse más hacia ese rubro. Además, hacen falta plataformas y métodos para que el proceso de elaboración y distribución de los libros de texto sea más dinámico e involucre a todos los que hacen el material didáctico y los que se benefician de este.

Así como las instituciones educativas han puesto especial atención en el desarrollo de habilidades socio-emocionales y el mantenimiento de la salud mental de los estudiantes, creando departamentos exclusivamente para procurar los medios que logren estas metas, es necesario que las escuelas hagan un esfuerzo consciente por ser críticos con los materiales que ellos mismos usan.

Ningún especialista en contenidos, aun si se trata de un experto en fuentes y procesos, redacción, edición, métodos de enseñanza o cualquier otro tema relevante, será capaz de producir una herramienta que sirva al cien por ciento en el salón de clases si no recibe retroalimentación de estudiantes y maestros.

La tecnología digital no vino a sustituir a los libros de texto, de suceder esto, estaríamos incurriendo en un error que sacrificaría aspectos importantes de la lectura y el aprendizaje. Pero lo que sí podemos hacer es utilizarla para mejorar los procesos de creación y divulgación del conocimiento.

Esquemas como el de los contenidos abiertos, en el que los docentes colaboran para crear contenidos educativos mejor adaptados para las necesidades de sus cursos, ofrecen un buen ejemplo de métodos de cooperación para crear materiales más flexibles y conectados con la realidad educativa.

Las ventajas únicas de los libros impresos son suficiente razón para que los libros de texto continúen siendo una herramienta didáctica básica, pero para poder aprovecharlos más como recursos para enseñar la lectura y ejercitar la memoria, tienen que dejar de ser productos unilaterales y comenzar a ser un proceso colectivo sin miedo a la evolución ni al cambio.

Fuente: https://observatorio.tec.mx/edu-news/libros-de-texto
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Sostiene estudio que las siestas mejoran el aprendizaje

 

Una investigación realizada por académicos de la Universidad de Pensilvania encontró una relación directa entre el buen comportamiento y desempeño de los niños con la disponibilidad de un tiempo asignado al sueño durante el día.

En el estudio participó una muestra de 3 mil niños en el rango de los 10 a los 12 años que cursaban entre el cuarto y el sexto grado. A esta edad las siestas han dejado de ser consideradas un descanso necesario y quizás sea en este periodo de la vida donde más lo necesitan.

La pubertad y la adolescencia son etapas que marcan grandes cambios físicos, fisiológicos, hormonales, psicológicos y emocionales que afectan tanto la vida personal del estudiante como su experiencia educativa.

Especialistas médicos recomiendan de 8 a 10 horas de sueño para los jóvenes que están en la pubertad y la adolescencia, sin embargo, aún con sueño de calidad durante este tiempo, podría ser que los jóvenes presenten somnolencia durante las clases, cortando la concentración y obstaculizando el aprendizaje. Quizás no sea una cuestión de cuánto dormir sino de cuándo dormir.

¿Estamos durmiendo mal?

Los patrones de sueño pueden ser afectados por muchos factores, pero entre los principales se encuentran los hábitos de trabajo, los cuales a su vez son influenciados por los recursos y la tecnología que tenemos a nuestro alcance; en este caso, ambas variables nos han empujado a entender nuestras actividades diurnas y nuestra necesidad de sueño como cosas completamente separadas.

Usamos el día completo para trabajar y realizar todas nuestras actividades sin pausa, y la noche, exclusivamente para dormir. La siesta, aún en los países latinoamericanos donde es tan apreciada, se ve como una actividad de ocio más que una necesidad con bases científicas.

Sin embargo, solamente llevamos con estas costumbres de sueño desde la invención de la electricidad y su uso generalizado para iluminar las ciudades durante la Segunda Revolución Industrial, hace casi 150 años. El último cambio socioeconómico impulsado por una nueva tecnología que alteró radicalmente nuestros patrones de sueño sucedió hace aproximadamente 20 mil años, con el descubrimiento y propagación de la agricultura.

Podríamos decir entonces que llevamos 20 mil años con determinados patrones de sueño con variaciones mínimas y 150 años desde que la iluminación en las ciudades y la tecnología industrial nos proveyeron de más horas de luz, lo que nos permitió realizar actividades nocturnas. Aproximadamente hace 25 años se dio un cambio más, que aún esta sucediendo: la era digital alteró una vez más los hábitos de sueño de los más jóvenes con la llegada de las redes sociales, la industria de los videojuegos y la revolución de los contenidos.

Los factores que marcan los hábitos de sueño están cambiando más rápido de lo que el cuerpo humano puede adaptarse y esto impacta con más fuerza a los estudiantes que pasan por la pubertad y adolescencia, mellando su aprovechamiento escolar.

El aprendizaje es diferente para cada persona, el sueño también

Un buen maestro, aún se si se guía de un solo programa para dar una clase, sabe que no todos los alumnos van a aprender al mismo ritmo y que no puede usar un mismo enfoque para todos. Lo mismo pasa cuando se trata de conseguir el sueño necesario para maximizar la experiencia educativa.

Los patrones de sueño más frecuentes son el monofásico y el bifásico. El sueño monofásico es aquel en que la persona duerme un promedio de ocho horas y se mantiene despierta el resto del día, el sueño bifásico consiste de un sueño de larga duración durante la noche y un sueño más corto en horario diurno, la mayoría de los casos durante el mediodía, para aprovechar la baja energía durante la digestión posterior a la comida.

La sesión de sueño largo en el modo bifásico varía dependiendo de la persona, pero usualmente son al menos entre seis a siete horas, con sesiones posteriores cortas; la duración ideal de estas no excede de los 30 minutos, dado que más tiempo implicaría entrar en sueño profundo, del cual es más difícil despertar y ajustarse a una agenda de continuación de actividades.

Existen personas que se adaptan más fácilmente a un modo de sueño monofásico, mientras que la forma más natural de dormir para otros es la del modo bifásico. Esto aplica también para los estudiantes que participaron en el estudio realizado por científicos la Universidad de Pensilvania.

Los hallazgos más importantes de la investigación estaban relacionados con el rendimiento académico. Como lo sostiene Adrian Raine, co-autor del estudio.

“Los niños de sexto grado que tomaron siesta tres o más veces por semana se beneficiaron de un incremento académico del 7.6 %”

Su compañero de investigación, Jianghong Liu, explicó que la deficiencia de sueño y la somnolencia diurna están muy propagados en los niños de edad escolar, afectando a un 20 % de ellos. La mayoría de las investigaciones están dirigidas a niños de preescolar o más jóvenes, pero los resultados son similares al extender el espectro a los adolescentes, donde los efectos de patrones de sueño insuficiente afectan negativamente en el área cognitiva, emocional y física.

“Muchos estudios de laboratorio que comprenden todos los rangos de edades han demostrado que las siestas pueden presentar la misma magnitud que una noche completa de sueño cuando se trata de tareas cognitivas discretas”

Sara Mednick, quien también colaboró con el estudio, explicó que este fue el primero en el que tuvieron oportunidad de preguntarle a adolescentes sobre un amplio rango de medidas del tipo académico, social y de comportamiento.

Los resultados avalaron la tesis de que las siestas durante el día son una mejor medida para beneficiar el desempeño estudiantil, comparada con la propuesta de comenzar clases más tarde, otra de las posturas más populares en la comunidad educativa para elevar lo niveles de buena conducta y la atención en el salón de clases.

El recorrer el horario escolar a horarios tardíos tendría más posibilidades de cortar el tiempo efectivo educacional, además de que solamente cambia el orden de los factores pero no ofrece a los estudiantes el tiempo de recarga que la investigación sostiene que necesitan. De la misma manera, se argumenta que el administrar siestas durante el día reduce los tiempos de uso de pantallas, que a su vez disminuye los niveles de estrés y mejora la calidad del descanso a cualquier hora del día.

Es importante analizar a nivel institucional la propuesta de tener una agenda en donde se administren formalmente los descansos de los estudiantes, de manera que mejore la calidad del tiempo de aprendizaje y sea un apoyo para mantener la salud física y mental de los alumnos.

Fuente del artículo: 
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¿Por qué necesitamos cambiar la forma en que enseñamos a leer?

Por: .

Enseñar y aprender a leer es un tema complicado, las bases de todas las estrategias educativas se apoyan en el ejercicio de la lectura al ser de las primeras cosas que es necesario enseñar a los estudiantes. Por lo tanto, sería lógico pensar que los docentes dominan a la perfección los métodos y apoyos para asegurarse que los alumnos sepan registrar información y entenderla.

Sin embargo, el último censo del INEGI para medir la frecuencia y calidad de la lectura en México, no mostró resultados favorables para la población mayor de 18 años. De acuerdo con el censo, 21 de cada 100 mexicanos en este rango de edad comprenden la mitad o menos de los materiales que leen. Eso es casi una cuarta parte de la población lectora adulta.

¿Qué nos falta desde el punto de vista educativo para asegurar que todo estudiante tenga la capacidad de entender lo que lee, tanto en su niñez como en su vida adulta?

El proceso de aprendizaje lector

La mayoría de los niños tienen la capacidad para aprender a leer, si se les enseña de la forma correcta, el gran problema es que las escuelas usualmente no llevan un buen proceso para enseñar a los niños a leer, como sostiene Jodie Frankelli, supervisora de aprendizaje temprano de distrito en Bethlehem, Estados Unidos.

Esto se debe principalmente a la desconexión entre lo que sabemos acerca de cómo funciona el cerebro al momento de registrar y comprender información y cómo se recibe el conocimiento de estos hallazgos para integrarlos a las estrategias didácticas. “Nunca nos metimos al tema de investigación del cerebro. Nunca lo vimos”, agrega Frankelli.

Los investigadores de aprendizaje y cognición, frecuentemente trabajan en laboratorios auspiciados por universidades, pero en términos de espacio y logística, su trabajo se desarrolla totalmente separado del de los maestros en las aulas. Esta es la raíz del problema por la que no se han visto avances significativos en la forma en que se enseña y se aprende a leer.

“Nunca nos metimos al tema de investigación del cerebro. Nunca lo vimos”

Alfabetismo balanceado y viejos hábitos

La manera en la que se enseña la lectura no ha cambiado mucho desde la década de los noventa, pero antes de esto se desataba un arduo debate entre los seguidores de dos vertientes: la enseñanza a través de la fonética de las letras y el aprendizaje por palabra.

El alfabetismo balanceado surgió como una forma de poner fin a estos debates y establecer un método uniforme de instrucción de la lectura. A pesar de que no se ha encontrado evidencia de que el aprendizaje por palabra asegure el entendimiento previo necesario para aprender a leer, como lo hace la fonética, se acordó que los métodos de enseñanza darían espacio para los dos.

Con esta resolución, la ciencia perdió fuerza como recurso para descubrir e impulsar métodos de enseñanza basados en cómo funciona nuestro cerebro y no en cómo “creemos” que funciona.

Ciencia y conocimiento para aprender a leer

El primer paso para desarrollar mejores métodos para la enseñanza de la lectura es reintroducir a los maestros a los recursos de aprendizaje que están avalados por investigación científica y volver a enfocarse en la fonética como base para el aprendizaje de la lectura.

Una vez establecida esa base, pueden considerarse otros enfoques complementarios para desarrollar estrategias de enseñanza que sirvan para todos. Estos complementos son necesarios porque un método basado solo en la fonética, aún si considera la mecánica básica con las que los niños se acercan al entendimiento de la lectura, no puede tener éxito en todos los casos si no se construye un conocimiento alrededor de lo que se está leyendo.

Actividades como leerle a los niños en voz alta, hablar con ellos sobre el tema a cubrir, que tengan experiencias para formarse un concepto de lo que van a leer, vuelve el ejercicio de decodificación más fácil.

La flexibilidad de los maestros para adaptarse a esquemas más versátiles para enseñar a leer será crucial si queremos subir a una cifra de lectura superior a la de 3.3 libros al año por persona. Es importante seguirnos cuestionando cómo impulsar el hábito de la lectura, pero antes de eso, hay que enseñar a leer bien.

Fuente del artículo: https://observatorio.tec.mx/edu-news/instruccion-lectura

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Didáctica y geografía: Una crisis silenciosa

Por: .

¿Cuáles son las materias que percibimos más necesarias como educadores a nivel medio superior? Por lógica, son aquellas que se consideran necesarias en la preparación de los alumnos para elegir carrera. Matemáticas, literatura, filosofía, psicología, biología, química, programación… ¿geografía?

Sin duda esta última no estaría entre las primeras diez que pensaríamos importantes para alistar a los estudiantes al mercado laboral del mañana. Sin embargo, De acuerdo al Buró de Estadísticas del Trabajo, Estados Unidos se proyecto que desde el 2014 hasta el 2024, la necesidad por especialistas en geografía crecería en un 29%, este es un incremento significativo si los comparamos con el 11% que registraron las demás ocupaciones.

Actividades que dependen del análisis geoespacial de datos, como el mantenimiento de caminos, la respuesta rápida a desastres naturales, el rastreo de especies en peligro de extinción, la planeación urbana y la reforestación, incrementarán gracias a la creciente concientización acerca del cuidado del medio ambiente y el desarrollo sustentable.

Estas son buenas noticias para el cuidado del planeta, pero alarmantes para la educación a nivel mundial, que tiene la tarea de generar profesionales con las capacidades de realizar estos trabajos.

Un problema de ubicación

En Estados Unidos, 73% de los alumnos en octavo grado (segundo de secundaria) no pasaron con nivel satisfactorio el inciso de geografía en el Estudio Nacional de Progreso Educativo del 2014, hasta 2013 tan solo 17 estados americanos incluían geografía como materia obligatoria en secundaria y solo diez requerían aprobar la materia en preparatoria para graduarse. En 2018, una muestra de 1000 americanos realizaron una encuesta en la que menos del 50% pudo identificar países como Croacia, Nigeria y Venezuela en un mapa en blanco.

Inglaterra también tiene problemas en el área de educación geográfica, un estudio realizado por British Airways reveló que al menos uno de cada cinco cree que Gran Bretaña es su propio continente.

Más allá de la teoría

México, país que ha producido varios medallistas en la competencia mundial Olimpiadas de Geografía, ha realizado un esfuerzo por enseñar geografía más allá del nivel básico. Si bien, en primaria es común aprender los estados y las capitales mexicanas, pocos son los currículos que extienden el aprendizaje más allá de esta mínima profundidad teórica.

La presencia de la geografía básica en un currículo escolar no es suficiente para asegurarnos que la educación de este rubro cubrirá las necesidades del mercado laboral en un futuro cercano, tenemos que tener claros los objetivos de tal currículo.

En su mayoría, el criterio escolar para demostrar dominio de la geografía, que consiste solamente en reconocer países, estados y ciudades en un mapa, carece de contexto. Elementos como la dimensión espacial y los aspectos sociales ligados a los datos geográficos, hacen falta para darle fondo a un currículo de geografía completo que profundice el aprendizaje de las skills necesarias para trabajos basados en el análisis y proceso de datos geográficos.

La clave de una enseñanza efectiva de la geografía está en la inclusión de estos atributos periféricos, que son el adhesivo para ligar la información adquirida con su práctica, su contexto, entendimiento y memorización.

La Secretaría de Educación Pública ya ha expuesto puntos claves para maximizar el potencial de la enseñanza en este rubro. Tal como comenzó a exponer desde el 2002:

“Para acercar al adolescente al conocimiento del espacio geográfico se requiere que el docente emplee estrategias didácticas que involucren a los alumnos como elementos activos de su propio aprendizaje”

Ni el problema ni las soluciones son nuevos aquí, pero el área de oportunidad en la enseñanza y el aprendizaje de la geografía permanece, seguimos perdidos en el mapa, y la única manera de resolver esta crisis es implementar las propuestas educativas que habiliten a los estudiantes a encontrar la ruta correcta.

Fuente del artículo: https://observatorio.tec.mx/edu-news/crisis-geografia-didactica

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El aula, un participante activo

Por: Sofía García-Bullé.

En el proceso enseñanza-aprendizaje, el maestro y el alumno son los protagonistas, pero existen componentes secundarios que ejercen una influencia significativa en la calidad de la experiencia educativa, uno de los más importantes, es el aula.

El punto de partida

La relevancia del lugar donde se aprende es algo en lo que la mayoría de los expertos y autoridades educativas están de acuerdo. Joan Young, experta en educación y desarrollo infantil, detalla lo que se espera de un salón de clase para habilitar el aprendizaje.

“Un ambiente positivo en el que los estudiantes tengan un sentido de pertenencia, puedan confiar en otras personas, se sientan impulsados a tomar desafíos, hacer preguntas.”

Esta descripción es concisa y de carácter atractivo, no deja dudas acerca de lo que debe tener un lugar de aprendizaje, sin embargo, es muy general y pone de manifiesto un cuestionamiento importante en la discusión acerca del salón de clases.

Si bien, hay consenso en la experiencia que queremos extraer de nuestros espacios educativos, sabemos que las actividades que se realizan en el aula son muy variadas, y no podemos hablar de un modelo unitalla en cuanto a la distribución de los lugares de estudio. Lo que sí es posible es desarrollar estrategias que hagan el mejor uso del espacio en cada situación específica que surja de las necesidades educativas.

Diálogo o verticalidad

Uno de los principales dilemas cuando discutimos la influencia del salón de clase, parte de la relación que fomenta entre el maestro y los estudiantes. Una tradicional disposición en hileras, por ejemplo, ejerce una interacción vertical entre quien imparte el conocimiento y quien lo recibe. En esta distribución, el maestro está en el frente, estableciendo un vínculo jerárquico con sus educandos, acomodados en bloques, que aún si conforman un ambiente ordenado y práctico, no facilitan la comunicación bilateral.

El propósito de esta alineación es que el maestro hable y los estudiantes escuchen, lo cual puede ser muy provechoso en algunas instancias, pero en otras, donde la participación y la colaboración son necesarias, esta distribución trabaja en contra.

Un acomodo semicircular, por otro lado, habilita la democratización de la experiencia educativa. Un estudio realizado en Alemania, en el que participaron estudiantes de cuarto grado, comprobó los diferentes efectos de una distribución lineal y una semicircular.

Dividieron un grupo en dos para que cada uno probara uno de estos dos acomodos, los resultados mostraron que las preguntas y participación tuvieron más reincidencia en el arreglo semicircular, que en el lineal. Esta conclusión invita a una pregunta trascendental: ¿Entonces, cómo aprenden mejor los alumnos?

Escuchar para mejorar

La mayoría de los maestros ha pasado por esa difícil dinámica de asignar asientos, decidir junto con los estudiantes quién se sentará dónde, y qué más va a haber en el salón de clases. Si va tener arte, o libros, si contarán con una mascota de la clase, si van a decorar, los colores y texturas que van a utilizar y todos los demás elementos que conforman un espacio educativo

Incluir a los estudiantes en este proceso es indispensable, pero no siempre los resultados son favorables o productivos a largo plazo. Discernir entre lo que el grupo quiere y lo que el grupo necesita es difícil. Stephen Heppell, especialista en innovación educativa habla de cómo canalizar a los estudiantes para conseguir mejor retroalimentación.

En 2015 Heppell hizo a los alumnos de los colegios SEK una pregunta: ¿Podrías mejorar tu aprendizaje? No les preguntó dónde querían sentarse ni de qué color querían tapizar el muro del salón, a grandes rasgos no les preguntó su opinión; más bien retó sus habilidades para la investigación e incentivó su pensamiento crítico, pidió a los estudiantes que revisaran los métodos, distribución y estructura de diferentes escuelas, con el fin de descubrir qué era lo que hacían mejor, los resultados fueron esclarecedores.

El ejercicio reveló una posición de verticalidad excesiva en la manera en la que tradicionalmente se ejerce la educación y la falta de pensamiento crítico en los esfuerzos de mejora, uno de los alumnos de Heppel declaró: «He ido a siete colegios diferentes y esta es la primera vez que alguien me pregunta ‘¿cómo podemos mejorar?»

La clave, no es solo preguntar a alumnos y maestros qué es lo que funciona o no en materia de distribución del aula, para encontrar una respuesta útil y duradera es necesario hacer uso crítico de los estudios, observar constantemente las nuevas tendencias, medir su efectividad, establecer un diálogo con los estudiantes sustentado en lo que ellos mismos observan y distinguen. Estas son las acciones que propician el mejor ambiente para educar y aprender.

Fuente del artículo: https://observatorio.itesm.mx/edu-news/espacioseducativos

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