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Sumar las voluntades de una tribu para educar a un niño.

Por: Mariángeles Castro Sánchez

El derecho de los menores a la educación está consagrado en diversos instrumentos y normas. Entre ellos, la Convención sobre los Derechos del Niño tradujo un cambio de paradigma y señaló la igualdad de oportunidades como puerta de acceso a su efectivo ejercicio. En los próximos días, en coincidencia con un nuevo aniversario de su adopción por las Naciones Unidas, se desarrollará en Buenos Aires el Congreso Internacional “Vulnerabilidad e Inclusión, Hacia la Resignificación de los Derechos de la Niñez”, organizado por la Universidad Austral. Una buena oportunidad para reflexionar sobre conceptos como igualdad de oportunidades y equidad educativa, que calan hondo en sociedades altamente fragmentadas, como la argentina.

El propósito de la inclusión atraviesa el vínculo que se establece hoy entre los diferentes actores implicados en la educación de nuestros niños. Es por ello que, amén del diseño de políticas macro, debemos favorecer el despliegue de acciones micro, potenciales transformadoras de escenarios y gestoras del cambio. Desde este enfoque, cobran especial relevancia las alianzas educativas que en el seno de las sociedades se tejen, pues está probado que mediante el trabajo coordinado de las diferentes agencias comunitarias es posible revertir situaciones complejas, con la mirada siempre puesta en garantizar una educación inclusiva y de altas expectativas.

Está claro que un entorno vulnerable por pobreza no debe ser sinónimo de baja calidad en los aprendizajes. Y es aquí, justamente, donde la participación de la comunidad juega un papel central. Esto es así porque la trascendencia de la educación para una sociedad supone el compromiso de personas e instituciones que operen como nodos interdependientes, con la clara conciencia de que, como en todo proceso colaborativo, los resultados no pueden ser explicados de manera aislada. La pregunta será cómo lograr implicar a todos en la tarea de educar a las futuras generaciones de argentinos.

Bajo esta visión, escuelas, familias y comunidades locales deben articular esfuerzos, sabiéndose parte de un sistema que, puesto en movimiento, beneficia a todos y cada uno de sus componentes. La labor no es fácil, pero condiciona de tal forma el éxito educativo que merece concentrar ánimos y decisiones. Cuanto más si nos situamos en contextos vulnerables y participamos de colectivos que sufren la exclusión en carne propia.

Lo cierto es que esta lógica es diferente de la imperante, es contracorriente. Estamos en tiempos en los que la ruptura del enlace y de la idea misma de asociación se patentiza. En este marco, sin embargo, las instituciones educativas que generan alianzas estratégicas las instalan como pilares sobre los que descansa la eficacia de su pedagogía.

En todos los casos, es preciso tomar la iniciativa. No dar excusas. Así lo han demostrado experiencias puntuales y valiosas, nacidas espontáneamente del conjunto social: comunidades de aprendizaje, sistemas de tutorías voluntarias, uniones con empresas locales, alternancia pedagógica, son sólo algunos ejemplos de desarrollos exitosos que apuntan a la mejora mediante el empoderamiento de sus miembros.

La consigna es sumar voluntades y para ello se realizará el Congreso Internacional “Vulnerabilidad e Inclusión, Hacia la Resignificación de los Derechos de la Niñez los días 21 y 22 de noviembre.

Hace falta una tribu para educar a un niño, reza un proverbio africano. Sólo la actitud proactiva de los integrantes de cada comunidad posibilitará progresar hacia modelos y configuraciones que amalgamencalidad e inclusión. Haciendo propia una propuesta verdaderamente formativa y a la altura de las nuevas demandas.

Fuente: http://www.eldia.com/nota/2017-11-18-3-50-51-sumar-las-voluntades-de-una-tribu-para-educar-a-un-nino-opinion

Imagen: http://elquiddelacuestion.com.ar/wp-content/uploads/2017/11/1486553720_440045_1487320730_noticia_normal-980×509.jpg

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Dinamización educativa en Antioquia.

Crear rutas posibles para la dinamización educativa en Antioquia no es un reto menor y demanda la movilización de un gran esfuerzo multisectorial. Avanzar en esa vía implica que como sociedad asumamos el acompañamiento y promoción de estrategias que nos conduzcan hacia la meta de una educación con calidad y pertinencia.

Por: Diana Paola Basto.

La complejidad de este propósito exige de una reflexión permanente que nos deje claro cuáles son los caminos que deben priorizarse para lograr una educación realmente buena que favorezca la equidad y el desarrollo social y productivo de la región y el país. No obstante, en este campo muchas veces las acciones de los diversos actores (público, social y empresarial) no están articuladas estratégicamente y en muchas ocasiones no se ha dado la continuidad de iniciativas y programas que han mostrado buenos resultados.

Entendiendo lo anterior, el área de educación de  ha realizado un documento que propone seis líneas de acción que son consideradas unos mínimos a priorizar para mejorar la calidad y pertinencia de la educación en nuestro departamento. Dichas líneas buscan dos propósitos fundamentales: aportar a la alineación de los esfuerzos que hace el sector empresarial en educación y señalar unos mínimos que ayuden a los hacedores de las políticas públicas a garantizar la calidad de las mismas.

En este sentido, partimos del análisis de la información disponible sobre nuestro sistema educativo para identificar seis grandes retos de la educación en Antioquia:

  1. Ampliar la cobertura, principalmente en la educación media, sigue siendo una cuenta pendiente en el departamento
  2. Disminuir la deserción escolar a lo largo de la básica y media, asunto que incide directamente en el reto anterior
  3. Disminuir las brechas entre las instituciones educativas rurales y urbanas
  4. Reducir las brechas entre la educación oficial y privada
  5. Mejorar e incrementar los aprendizajes en la escuela, que permitan lograr unos desempeños que estén más acordes con nuestros niveles de inversión en educación
  6. Cualificar a nuestros maestros en los disciplinar, didáctico y socioemocional.

Los retos identificados, el estudio de la evidencia internacional y local, así como la experiencia del trabajo en educación de Proantioquia y sus aliados, nos llevaron a proponer seis líneas de acción que pretenden “movilizar” al sistema educativo de Antioquia en un plazo de 5 años.

Se consideran entonces dos grandes grupos de propuestas: en primer lugar, desde las instituciones educativas, donde aparecen la gestión curricular y el clima escolar como dos factores determinantes dentro de una propuesta educativa pertinente e innovadora. Adicionalmente la evaluación institucional se reconoce como un proceso que permite la reflexión y el mejoramiento continuo. Finalmente, la educación media hace posible cerrar las brechas existentes pues es un puente directo con la educación terciaria y las prácticas laborales.

En segundo orden, líneas desde los actores del sistema, que se refiere a acciones que permitan la instalación de capacidades en el territorio por medio de estrategias de formación de los maestros y los directivos docentes. Nuestro acercamiento parte de reconocerlos como actores claves que inciden en los aprendizajes de nuestros estudiantes.

Creemos que estás seis líneas pueden ser fundamentales para lograr avances importantes en el corto plazo. La realidad educativa de cada región nos obliga a mirar detalladamente las particularidades del territorio, pero también nos compromete con una lectura crítica de la evidencia que nos permita formar ciudadanos que logren desenvolverse tan bien en sus propios contextos como en la sociedad globalizada del siglo XXI.

Fuente: http://lasillavacia.com/silla-llena/red-de-la-educacion/historia/dinamizacion-educativa-en-antioquia-63498

Imagen: http://www.proantioquia.org.co/wp-content/uploads/2017/10/Doc-Edu-Proantioquia-1000×640.jpg

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Cinco ejes para la reforma educativa.

Creemos que la educación secundaria, tanto la obligatoria, como la no obligatoria deben preparar a los jóvenes para la vida, lo que incluye, pero no necesariamente, la posibilidad de ir a la Universidad. Por ello, y teniendo en cuenta que no todos los jóvenes españoles lo desean, sugerimos que la formación profesional se integre en los centros de secundaria.

Por: Juan Diez Nicolas.

Puesto que el pacto por la educación sigue pendiente de acuerdos entre las fuerzas políticas, y con la única legitimidad de haber tenido experiencia docente, investigadora y política, escribo algunas ideas basadas en la experiencia para contribuir a la enésima reforma de la educación en España. En este artículo me limito a la enseñanza secundaria, obligatoria (ESO) o no (Bachillerato), y dejo para otro artículo la reforma de la enseñanza universitaria.

Comienzo por decir que, en mi opinión, las diferentes reformas de la enseñanza han partido siempre de varios errores. Los sucesivos Gobiernos de España han transferido a las comunidades autónomas en diversas etapas las competencias de la enseñanza obligatoria (hasta los 16 años ahora), pero han mantenido muy centralizada la enseñanza voluntaria (generalmente universitaria, mediante pruebas nacionales selectivas, profesorado funcionario, planes de estudios, etc.), justo lo contrario de lo que hacen la mayor parte de los países desarrollados. En segundo lugar, se ha eliminado el carácter selectivo en aras de la igualdad de recompensas (resultados), lo que ha conducido a una pérdida de calidad en todo el sistema educativo español. Las evaluaciones europeas PISA y los rankings de universidades nos devuelven una imagen muy negativa de nuestro sistema educativo, obligatorio o voluntario. El tercer error ha sido jerarquizar al profesorado, en prestigio y retribución, desde los catedráticos de universidad en la cúspide hasta los profesores de jardín de infancia en la base. El cuarto error ha sido conceder autonomía sin responsabilidad, y responsabilidad sin autonomía a centros y actores de la comunidad educativa. Y el último, pero el más importante, haber politizado la enseñanza.

Parto de cinco requisitos del sistema educativo en su etapa secundaria, dejando para otro momento las enseñanzas universitarias. Estos principios son discutibles por supuesto, y los expongo sin poder justificarlos plenamente por razones de espacio. El primero es que la reforma debe basarse en un acuerdo entre los partidos políticos, al menos los de mayor representación parlamentaria, sobre un modelo educativo duradero. El segundo es que el modelo debe ser igual para todo el territorio nacional, con el fin de que no haya desigualdades entre españoles, y que los alumnos puedan cambiar de residencia sin que ello afecte a su formación. Tercero, el modelo debe ser aplicable a la enseñanza pública y a la privada. Cuarto, la enseñanza debe ser gratuita en los centros públicos. Y quinto, la enseñanza privada podrá ofrecerse en todo el territorio nacional, pero sin recibir subvenciones públicas. Solo en territorios en que la oferta pública no sea suficiente, la privada podrá establecer conciertos para recibir subvenciones públicas en las condiciones que se establezcan.

A continuación expongo las directrices de la reforma que sugiero, y que obviamente están muy resumidas, pero creo que son suficientemente claras. En primer lugar creo que todos los expertos y políticos estarán de acuerdo en que todo español tiene la obligación de completar los años de educación que establezca la legislación, ahora hasta los 16 años. Segundo, creo que también puede esperarse un consenso en que no se puede exigir que todos los jóvenes tengan la misma capacidad intelectual. Ni se pueden rebajar los estándares para acomodarse a los menos capacitados, ni se puede abandonar a los menos capacitados por no llegar a los niveles de los más capacitados. Tercero, creo que se puede aceptar también que no se puede regalar el título de haber completado la enseñanza obligatoria, ni se puede engañar a las familias ni a los alumnos buscando sinónimos para el suspenso. La solución pasa por reconocer que debe haber igualdad de oportunidades pero no igualdad de resultados, y por tanto no puede haber igualdad de recompensas. En mi opinión, el problema surge porque la educación es actualmente un menú fijo o con muy pocas variantes, y debería ser una carta con una amplia oferta de posibilidades para que los estudiantes puedan elegir. Soy consciente de que esta es la parte más difícil de entender en un país como España acostumbrado a los planes de estudio y a los programas de las asignaturas, es decir, a los corsés o a los caminos rígidos.

Tradicionalmente, en el bachillerato español no hubo posibilidad de elegir hasta 1955, entre ciencias y letras para los dos últimos cursos. Pero incluso entonces las asignaturas eran para todos igual en cada una de las dos opciones. Poco a poco ha sido más frecuente la capacidad de optar por unas asignaturas u otras. En la actualidad no hay optativas en primaria. Pero en 4º de la ESO se puede elegir entre biológicas y sociales. Y en los dos años de bachillerato se puede elegir entre caminos diferentes: humanidades, biológicas, sociales, artes, tecnología, y dentro de cada camino se puede optar por diferentes asignaturas, con obligatorias y optativas.

Mi propuesta va en esta dirección pero algo más allá. La ESO y el bachillerato actual, con todas las opciones indicadas, sigue primando el camino académico, es una preparación para la Universidad. Y por tanto, no incluye la formación profesional. Así, cuando un alumno no logra llegar al nivel mínimo académico tiene dos alternativas, o se va a la formación profesional, algo que las familias consideran negativo, o se le «regala» el título de haber completado la educación secundaria con algún que otro suspenso. Cualquiera de esas dos alternativas es frustrante para el alumno. Creemos que la educación secundaria, tanto la obligatoria (ESO), como la no obligatoria (Bachillerato) deben preparar a los jóvenes para la vida, para ser ciudadanos, lo que incluye, pero no necesariamente, la posibilidad de ir a la Universidad. Por ello, y teniendo en cuenta que no todos los jóvenes españoles tienen por qué desear o estar preparados para ir, sugerimos que la formación profesional se integre en los centros de secundaria para ampliar la oferta de asignaturas optativas. De esa manera los alumnos, tanto en la ESO como en el Bachillerato, continuarán juntos en los centros de secundaria, tanto si siguen un camino académico como si siguen uno profesional, y compartirán alguna que otra asignatura obligatoria para todos. Habrá quien elija fotografía, o metalurgia, o deportes de montaña, y otros que elegirán física, matemáticas superiores, etc.

Cada alumno, según sus capacidades, y con el asesoramiento de profesores y familiares, podrá satisfacer sus preferencias y completar los créditos necesarios para «ganarse» su titulación de secundaria. Si un alumno no ha elegido asignaturas científicas estará posteriormente poco legitimado para pedir ser admitido a unos estudios universitarios de ciencias duras. Pero todos los jóvenes se habrán «ganado» su titulación, y luego unos aspirarán a la Universidad y otros estarán bien y felizmente preparados para una vida profesional. De este modo, los alumnos con menor capacidad académica no retrasarán a los que tienen mayor capacidad, pero tampoco serán abandonados por el sistema, y no se sentirán discriminados, pues cada alumno tendrá su propio y personal camino. Nadie se sentirá mejor o peor, sino en todo caso distinto. Además podrán posteriormente aspirar a la Universidad si así lo desean y demuestran su capacidad, como es frecuente.

Fuente: http://www.abc.es/opinion/abci-cinco-ejes-para-reforma-educativa-201711150241_noticia.html

Imagen : http://materialeducativo.org/wp-content/uploads/2017/03/v1.jpg

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Queríamos evaluar y terminamos contando: alternativas para la evaluación del trabajo académico (Resumen)

Angélica Buendía∗, Susana García Salord∗, Rocío Grediaga∗, Monique Landesman∗, Roberto Rodríguez-Gómez∗, Norma Rondero∗, Mario Rueda∗, Héctor Vera∗

Introducción

Una de las políticas públicas de mayor impacto y continuidad para orientar, regular e incentivar el desempeño del personal académico de tiempo completo en las universidades públicas del país está sustentada en los programas de estímulo a la productividad, los cuales surgieron con el propósito de mejorar la calidad de la educación superior universitaria. El supuesto básico de estas políticas asoció los incentivos económicos con el impulso al personal académico para obtener posgrados, atender las tareas involucradas en la formación docente y participar en los programas institucionales de investigación y difusión.

En los programas de estímulo subyace un efecto de agregación: si la mayor parte de la planta académica de tiempo completo cumple con los requisitos establecidos, el resultado debería ser el logro de la calidad esperada. En esencia, están orientados a premiar, mediante cuotas de sobresueldo, la productividad académica expresada básicamente en el número y la calidad de los productos de investigación, así como la actividad docente, medida por el número de asignaturas, tutorías y tesis dirigidas. Estos programas de estímulos representan, así, una fórmula de pago por méritos.

Aunque los múltiples programas de estímulos coinciden en ciertos rasgos, difieren en aspectos como el monto del sobresueldo asignado, los requisitos a cumplir y los procedimientos de evaluación correspondientes. En su origen, cumplían principalmente una función compensatoria del deterioro salarial ocurrido en la década de los ochenta, y su intención era retener en las universidades al personal de mayor calificación. En la actualidad operan como un segundo régimen y tabulador que gobierna el trabajo académico en las instituciones. Aunque conservan su carácter voluntario para los profesores e investigadores, es un hecho que por su implicación en el ingreso económico, la mayor parte del personal académico de tiempo completo, a gusto o disgusto, acude a su convocatoria.

Como la asignación de las categorías, previa evaluación es por periodos determinados, los aspirantes pueden ascender, conservar la categoría o descender. Esta condición se traduce en una presión continua para enfocar la actividad individual a la acumulación de tareas y productos contemplados en los protocolos y reglas operativas. De esta manera, los estímulos se han consolidado e institucionalizado como rutas de la trayectoria académica y profesional del personal académico generando un orden donde son prioridad el trabajo individual, el enfoque de competitividad de tareas y resultados, la producción documentable, y el uso del tiempo de trabajo en las actividades que acreditan la satisfacción de requisitos.

Se trata de una racionalidad meritocrática, que tiende a desplazar a otras lógicas académicas, principalmente aquellas relacionadas con la simple satisfacción de contribuir, desde la vocación, la responsabilidad y el compromiso compartido, a los ejes centrales de la misión universitaria: formar estudiantes, generar bienes de conocimiento y cultura, y participar en su difusión social. La tensión entre ambas racionalidades —académica e instrumental— explica la aparente paradoja entre el éxito de la política asociada con los programas de estímulo (su permanencia, su progresiva extensión en el ámbito de la educación superior pública y su amplia capacidad de convocatoria) y las críticas que diversos actores, como especialistas, responsables de la instrumentación e incluso los propios académicos, han repetido prácticamente desde sus inicios.

Antecedentes de los programas de evaluación del trabajo académico

A mediados de la década de 1980, se implementaron una serie de políticas públicas relacionadas con la educación superior cuyo propósito era orientar su conducción a través de diferentes programas e instrumentos de evaluación del trabajo académico, que se incorporaron paulatinamente en las instituciones. Su origen se fundamentó en el pago por mérito asociado a la evaluación, visto como la única vía para mejorar las deterioradas condiciones de los académicos de carrera —es decir, se dirigen únicamente a un sector de la profesión académica: aproximadamente el 30 por ciento del total.

El Sistema Nacional de Investigadores (SNI) ha sido el programa más visible de estas políticas; fue el primero que buscaba paliar los efectos de las crisis económicas, así como contribuir a retener a los investigadores de las instituciones públicas y a fortalecer la investigación. En su diseño participaron académicos de la UNAM y del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional, además de miembros de la Academia de la Investigación Científica (actualmente Academia Mexicana de Ciencias), que estaban ubicados en puestos clave y que para crear el SNI actuaron ante la coyuntura de la crisis de las finanzas públicas de 1982. El sistema que consiguió articularse estaba limitado a los investigadores, era externo a las instituciones y planteó criterios propios de selección. El SNI representó el primer mecanismo de alcance nacional de reconocimiento y retribución a los académicos, basado en el desempeño.

En paralelo al SNI, la Secretaría de Educación Pública, en colaboración con ANUIES, puso en marcha programas basados en fondos extraordinarios concursables para las universidades públicas, que implicaban también procesos de evaluación individual. Este fue el caso del Programa Nacional de Superación del Personal Académico (Supera), el Programa de Mejoramiento del Profesorado (Promep, hoy Prodep), y el Programa de Estímulos al Personal Docente.

Esto ha conducido a que no sólo en el ámbito de los estímulos al personal académico, la educación superior en México se caracterice por ser un sistema dual, en el que operan políticas diferenciadas que no han alcanzado su adecuada articulación. Por una parte, se encuentra el sector de la educación superior universitaria y tecnológica, que responde a las políticas delineadas por la Subsecretaría de Educación Superior, de la SEP. Por la otra, está el sector del posgrado y la investigación científico-tecnológica, cuyas políticas son delineadas y operadas por el Conacyt.

Efectos del actual sistema de evaluación

Aunque las políticas buscaban instaurar una cultura de la evaluación, lo que los distintos programas de evaluación generaron fue un aparato burocrático dedicado al recuento curricular. Aunque no exento de algunas virtudes, ese resultado no instituyó prácticas que les permitieran a los evaluados contar con guías y retroalimentación para mejorar su quehacer profesional; lejos de ello, los académicos se toparon con pesados aparatos administrativos que los empujaban a producir más, sin que hubiera modelos que especificaran el sentido y los estándares de calidad de sus actividades docentes y de investigación. En resumen, se implementó, un sistema de recompensas para quienes entregaran cierto tipo de productos y no una evaluación que los orientara para ser mejores académicos.

Los programas en curso, más que hacer una evaluación académica, han institucionalizado el recuento curricular, pues no cumplen con la función de valorar integralmente el aporte de los resultados a la acumulación de conocimientos, la calidad en la formación de recursos humanos ni la retroalimentan a los evaluados para que los resultados les permitan mejorar su desempeño. Los programas miden lo que se puede medir, no lo que se requiere sistematizar para promover la calidad de las actividades académicas. Es más fácil contar las publicaciones que evaluar los resultados de las labores docentes, por lo que éstas se han menospreciado entre los indicadores, minimizando el esfuerzo que los académicos destinan a ellas. La evaluación actual ha llegado a confundir el indicador con el trabajo que “cuenta”, pero no valora, reconoce o retroalimenta, más bien segmenta y etiqueta desempeños individuales, disociándolos de los objetivos de desarrollo institucional. Esta condición genera, a su vez, que los programas sobrevaloren ciertas actividades sobre otras —por ejemplo, investigación por encima de la docencia, la difusión de la cultura y la vinculación social— sin analizar los aportes y su calidad en el marco de los campos de conocimiento o institucionales, el tipo de resultados, las tradiciones disciplinarias y la etapa de la trayectoria de los sujetos evaluados.

Por otro lado, los programas actuales, más que instancias que busquen mejorar los resultados de académicos e instituciones, parecen mecanismos de supervisión y control, basados en la desconfianza mutua entre gobierno e instituciones, y entre las instituciones y sus académicos.

Dada la multiplicación de programas, la frecuencia de las evaluaciones, la diversidad de formatos, el tipo de requisitos y el incesante incremento del número de instituciones, programas y académicos a evaluar, los académicos —especialmente los más reconocidos— cuando fungen como evaluadores destinan una parte importante de su tiempo, concentración y energía a procesos rutinarios. De igual forma, los evaluados consumen también una gran cantidad tiempo para cubrir los requisitos y proporcionar las evidencias solicitadas.

La periodicidad y cantidad de los programas de evaluación desalienta los trabajos de investigación de largo plazo, que frecuentemente son desplazados por proyectos de corto alcance. Esto ha conducido a la institucionalización de vicios y simulaciones, promoviendo un productivismo sin impacto organizacional ni disciplinario que se asocia directamente con la búsqueda de recursos económicos adicionales.

La evaluación del trabajo académico afecta más directamente a una minoría selecta de instituciones y académicos. Los graves problemas de los profesores de tiempo parcial se han atendido poco, porque en general se hace énfasis en la investigación y en la diversidad de actividades y funciones que sólo realizan los académicos de tiempo completo. En la mayoría de las instituciones de educación superior la desatención a la evaluación del trabajo académico de un extenso grupo de profesores de tiempo parcial que sostienen la docencia en un alto porcentaje —sobre todo a nivel de licenciatura— ha ampliado la brecha en las condiciones laborales y los ingresos entre los profesores de tiempo completo y los de tiempo parcial. Además, las repercusiones de los premios, “estrellas” y “medallitas” de los distintos programas son inequitativos y estratifican a los académicos, quienes compiten en desigualdad de condiciones para alcanzar los indicadores, debido a las diferencias en términos contractuales, en condiciones formativas y en apoyo institucional.

Resulta igualmente pertinente mencionar dos situaciones económicas vinculadas con las evaluaciones: los salarios y la jubilación. En el primer caso, se ha desatendido la discusión del tema central de los salarios dignos, pretendiendo que con la incorporación de remuneraciones no salariales se resuelve el problema de recuperar los ingresos y se logra estabilidad para garantizar la autonomía necesaria para producir conocimiento y formar los recursos que se requieren para el desarrollo social. Al no encarar la discusión en los salarios base, se desvía la atención hacia medidas parciales en vez de concentrarse en la búsqueda de mejores condiciones de trabajo para los miembros de la profesión académica. Por otra parte, los programas de recompensas han contribuido a obstaculizar el retiro de los académicos. Esto en la medida en que los estímulos representan un alto porcentaje del ingreso, pero no repercuten en el monto de la jubilación ni en otras prestaciones. La planta académica se ha envejecido, lo cual, sumado a las restricciones presupuestales para la creación de nuevas plazas, dificulta la renovación de la planta académica y propicia el desempleo de los egresados de los programas de posgrado, que por su expansión son un número cada vez mayor. Por consiguiente, los procedimientos de evaluación en curso han afectado el relevo generacional.

Una propuesta para transformar la evaluación del trabajo académico

Podemos afirmar que las evaluaciones que hoy se realizan en el marco de los diferentes programas de incentivos no cumplen con varios de los requisitos esenciales en cualquier proceso de evaluación académica:

  • que la evaluación tenga la finalidad de promover el desarrollo de los evaluados y no la de premiar o castigar;
  • que los evaluadores emitan recomendaciones que aporten a mejorar los resultados y a propiciar la confluencia entre los objetivos de las trayectorias personales y las metas de las instituciones en que se participa;
  • que los criterios de evaluación respondan a las particularidades de lo que se evalúa y que consideren las múltiples dimensiones del trabajo académico;
  • que las reglas y los procedimientos sean explícitos y claros para todos los participantes (por ejemplo, las reglas para subir o bajar de nivel en un programa de estímulos o escalafón);
  • que los resultados sean transparentes;
  • que existan recursos de revisión.

Nuestra propuesta para mejorar las evaluaciones del trabajo académico es establecer a la evaluación como una estrategia institucional de valoración sistemática del trabajo global que realiza cada académico en pro del cumplimiento de los objetivos institucionales y del desarrollo del conocimiento en su campo de especialización. Se trata de abrirle paso a la función diagnóstica y formativa, propia de la evaluación académica, cuyo propósito central es la mejora sistemática de los procesos de trabajo, la superación continua de las personas, los grupos y las instituciones encargadas de llevarlos a cabo.

Para esto proponemos reemplazar el recuento curricular por una evaluación académica concebida como una evaluación diagnóstica, no centrada exclusivamente en los productos sino en el análisis integral de los procesos de trabajo, con la intención de identificar: los objetos de trabajo y los propósitos que cada académico se planteó; los retos y las dificultades que encontró y las formas de resolverlos; los recursos de que dispuso y el tiempo que invirtió; los avances y aportes que logró en distintos ámbitos; los puntos vulnerables y los pendientes que restan por encarar; los intereses y preocupaciones que surgieron y pretende trabajar, y sus necesidades de superación académica.

La evaluación diagnóstica será una evaluación formativa en la medida en que se lleve a cabo como un ejercicio de reflexión colegiada, de retroalimentación y de intercambio informado entre colegas que asumen el papel de interlocutores y no de jueces. Y, ciertamente, dicho potencial será una realidad en la medida en que el proceso de evaluación cuente con la participación activa y comprometida de evaluados y evaluadores.

Proponemos, pues, propiciar el tránsito hacia la evaluación diagnóstica y formativa. Se pueden introducir cambios significativos en la medida en que el recuento curricular periódico de los productos se inscriba en la evaluación y autoevaluación de los procesos, entendidas como apreciaciones integrales del trabajo en las que se toma en cuenta el proyecto institucional, las condiciones objetivas en las que se realiza el trabajo, el tipo de nombramiento de cada académico, la disciplina de referencia, el momento de la trayectoria individual, la edad y el género.

Este tipo de evaluación tendría lugar en los grupos, equipos o unidades de adscripción más próximos, donde el académico realiza su trabajo cotidiano. Sus instrumentos serían el plan de trabajo y el informe de actividades anuales, y todo el proceso de evaluación estaría a cargo de los mismos involucrados. Los resultados de la evaluación se presentarían en el cuerpo colegiado de la institución encargado de dictaminar los planes e informes anuales de todos los académicos.

Para realizar una valoración integral de los expedientes proponemos que —al margen de que se trate de un programa de incentivos, de becas o de una evaluación colegiada del trabajo individual, en el interior de un grupo o de un equipo— el resultado de la evaluación sea una apreciación global del trabajo de cada académico, en la que consten en breve dos cuestiones: 1) un balance general que valore la calidad del trabajo realizado en función de la trayectoria del académico, las condiciones institucionales y personales de trabajo, apoyado en los productos reportados; 2) sugerencias que, a modo de retroalimentación, le permitan al académico hacer los ajustes necesarios para reorientar su plan de trabajo hacia el logro de un mejor desempeño.

De la misma manera, independientemente de la modalidad de evaluación de que se trate, siempre deberá garantizarse el derecho al recurso de revisión y a solicitar, según el caso, una nueva evaluación a cargo de evaluadores distintos de los que emitieron el primer resultado.

Cabe mencionar aquí otra ausencia notoria en las modalidades de evaluación vigentes: la evaluación de la evaluación, que incluya tanto el trabajo de los evaluadores como el funcionamiento y resultados de la aplicación de los programas mismos. Para ello, es conveniente establecer criterios y procedimientos claros. Se podrían tomar en cuenta, entre otras cosas, las horas que requiere, la cantidad de expedientes a cargo de cada evaluador, la dinámica de trabajo de las comisiones dictaminadoras, el tipo de dificultades más frecuentes, los índices de aprobación y rechazo, el contenido y el número de las solicitudes de revisión, las valoraciones de los académicos sobre el proceso y el grado de avance en los objetivos planteados. A partir de esto se harían los ajustes que se consideren necesarios para las siguientes evaluaciones.

Dada la gran cantidad de expedientes que típicamente hay que atender, haría falta estimar con mayor seriedad el número necesario de evaluadores en función del tiempo real que exige la evaluación rigurosa de cada expediente. No es recomendable recargar a los evaluadores con un número excesivo de expedientes, como sucede en la actualidad. Es deseable que los evaluadores sean elegidos por los profesores de las unidades académicas de una lista de sus pares, y que éstos no sean las autoridades de la institución. Finalmente, cabe recordar que el nivel alcanzado en los programas de estímulos —sean del SNI o de algún otro—, no representa un criterio que garantice ser un buen evaluador.

Conclusión

Cualquier intento por mejorar sustancialmente los procesos de evaluación del trabajo académico tendrá que afrontar el problema medular de que hoy la evaluación está unida a la administración de los ingresos económicos de los académicos en forma de estímulos y sobresueldos. Esto hace que sea urgente poner sobre la mesa de discusión la necesidad de un salario base digno y suficiente para todos los académicos.

La presente propuesta representa un acercamiento para atender las limitaciones y los efectos de los actuales programas de estímulos y pretende ofrecer a las instituciones de educación superior un nuevo horizonte de referencia para la transformación de la evaluación de sus académicos. Se trata de transitar del recuento curricular a la evaluación diagnóstica y formativa, introduciendo nuevos fundamentos y criterios en los programas vigentes. Las virtudes de nuestra propuesta son la construcción de un sistema real de evaluación que sea equitativo y transparente, que fomente la participación de los académicos en el proceso, que esté articulado a un proyecto institucional, que permita mejorar la calidad de las prácticas académicas y que respete la heterogeneidad de las instituciones, sus posibilidades reales de cambio, la diversidad de disciplinas y trayectorias. También pretende simplificar la maquinaria burocrática que participa en las evaluaciones, evitar las contradicciones entre los distintos mecanismos vigentes, contribuir a la autonomía de las instituciones y reducir el costo en trabajo y dinero de los procesos. Nuestro objetivo, en última instancia, es presentar sugerencias, criterios y cuestiones de carácter operativo para avanzar en la implementación de la propuesta general, que cada institución adaptaría a sus características específicas.

Fuente del Artículo:

Queríamos evaluar y terminamos contando: alternativas para la evaluación del trabajo académico (Resumen)

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Educación y Revolución rusa: ellos se atrevieron

Federico Puy

Docente, Congresal UTE-CTERA

Enseñanza mixta, un gran proceso de alfabetización, la abolición de los exámenes y los premios, creación y construcción de jardines, entre otras medidas, fueron la política de la dirección del Partido Bolchevique durante los primeros años de la primera revolución triunfante.

En 1925, el educador T. E. Segalov escribió, “La forma en que una sociedad dada protege a la niñez refleja su nivel económico y cultural existente”. A 100 años de la magnífica revolución que llevó a la clase obrera en Rusia a construir su propio estado, y la visión avanzada de los dirigentes del Partido Bolchevique, tuvo su repercusión directa en la organización de la educación en una nueva sociedad basada en la expropiación de los medios de producción.

Muchas las medidas más inmediatas fueron pensadas en los primeros años de la revolución, los años más creativos, y eran tomadas como medidas transicionales hacia una nueva sociedad por construir (y sobre los estivos de una vieja sociedad por sepultar), que era el comunismo y la liquidación de las clases sociales.

Los primeros pasos de la revolución

El primer paso es la creación, en noviembre de 1917 del Narkompros, el Comisariado Popular de Educación que como primer medida nacionaliza todas las instituciones educativas y decreta la separación Iglesia – Escuela (Estado) y la unificación del sistema escolar. Anatoli Vasílevich Lunacharski, fue nombrado el primer Comisario del Pueblo para la Educación y la tarea organizativa central que afrontaba era la administración del sistema escolar.

Aquí se formularon los principios básicos de la reforma de la enseñanza y creó gran cantidad de guarderías como educación pre escolar (muy avanzado para la época), y una incipiente construcción de jardines de infancia llevando la educación obligatoria a partir de los 3 años de edad combinado con colonias infantiles.

En las primeras medidas del Partido Bolchevique, se preparaba una inmensa revolución política y pedagógica. Como primera medida, se construyó desde el estado obrero un gran plan de alfabetización. Esto se entiende con los datos sobre analfabetismo del régimen Zarista, que a finales del siglo XIX supera el 78% de la población.

Para los bolcheviques, el problema del analfabetismo como uno de sus principales retos a superar. Por lo tanto, todos los jóvenes y trabajadores que supieran leer y escribir fueron movilizados en un gigantesco plan de alfabetización (mayormente al campo), junto con la publicación de colecciones populares de los clásicos para ser vendidos a precio de costo. Los obreros que sabían leer y escribir jugaron un rol clave.

Otra de las medidas más importantes ni bien la toma del poder, es el establecimiento de la escolaridad mixta y se le dio a la educación un carácter politécnico y colectivo.

La revolución abolió los exámenes y decretó que las escuelas fueran regidas por un consejo del que formaban parte los trabajadores del establecimiento, los representantes de las organizaciones obreras locales y los estudiantes mayores de doce años. Bastaron pocos meses de poder obrero, para que se proclamara la gratuidad de la enseñanza universitaria. También se anularon los deberes y los exámenes así como las gratificaciones en forma de medallas de oro y plata.

El Narkomprós sostuvo que el sistema educativo debería hacer posible que el hijo de un obrero industrial fuera obrero en una fábrica, o director de una industria, o miembro de la Academia de Ciencias, sin que la elección profesional quedara restringida desde una edad temprana. Esto significaba educación general universal tanto a nivel de primaria como de secundaria. Descartaba la posibilidad de la temprana especialización profesional en las escuelas y del aprendizaje de oficios por los niños en edad escolar.

De este modo, la Escuela única de Trabajo, de acuerdo con el programa del Narkomprós, era politécnica, pero no profesional, enseñaba una diversidad de oficios manuales sin especializar en ninguno de ellos ni proporcionar una preparación profesional ni comercial.

Los niveles educativos se distribuían desde los tres a los ocho años como educación preescolar en los jardines de infancia (que incluía también para los más pequeños guarderías, ya que la mujer trabajaba igual que un hombre y no podía dedicarse en exclusividad al cuidado de los hijos). El siguiente escalón sería la escuela primaria, que en este periodo se hace obligatoria, desde los ocho a los quince años (lo que se denominó “educación escolar de siete años” en comparación con los planes quinquenales del gobierno para la economía).

Cuando los bolcheviques llegaron al poder en 1917 estaban convencidos de que bajo el socialismo la familia “se extinguiría”. Imaginaron una sociedad en la que los comedores comunales, las guarderías y lavanderías públicas reemplazarían el trabajo no remunerado de las mujeres en el hogar, a sabiendas que son las mujeres las que cargan principalmente con la tareas domesticas, y con la crianza de los niños. Esta eliminación de la carga del trabajo doméstico sería un aspecto clave de la liberación de la mujer en la revolución. El problema de la infancia y de la educación, tenía como punta de lanza la emancipación de la mujer de las tareas domésticas y entre ellas, de la crianza de los hijos.

Según León Trotsky, la intención integral de los revolucionarios era el de crear “…un sistema acabado de servicios sociales: maternidades, casas cuna, jardines de infancia, restaurantes, lavanderías, dispensarios, hospitales, sanatorios, organizaciones deportivas, cines, teatros, etc. La absorción completa de las funciones económicas de la familia por la sociedad socialista, al unir a toda una generación por la solidaridad y la asistencia mutua, debía proporcionar a la mujer, y en consecuencia, a la pareja, una verdadera emancipación del yugo secular.” [1]

A 100 años de la Revolución Rusa, vemos lo avanzado de las ideas socialistas de los dirigentes del Partido Bolchevique en los primeros años, encarnados en las figuras de Lenin y Trotsky y de tantos otros que dieron su vida por estos ideales. Sabemos que no se trata de repetir mecánicamente en nuestros tiempos esta experiencia, sino de poner en valor su herencia para las revoluciones que tarde o temprano vendrán [2]. Quedará para otro artículo los retrocesos en este terreno en el período Stalinista, y el análisis de las diferentes corrientes pedagógicas en puga en la Rusia Revolucionaria.

En Argentina, son 715.484 los chicos de 5 a 15 años realizan trabajo infantil y el 47,7 por ciento de los hogares con niños y adolescentes no cubren la canasta básica y que 5,6 millones de niños son pobres y, de ellos, 1,3 millón está en la indigencia. Mientras que más tres millones de chicos y chicas de entre 45 días y 5 años que no van al jardín. Un gran flagelo a la infancia.

Queremos cambiar de verdad el mundo tal como hicieron los Bolcheviques, expropiando a los expropiadores y rompiendo las cadenas del capital. Esta pelea no puede darse sino a través del mismo proceso mediante el cual la clave obrera se organiza y toma conciencia, y construye su propio partido. Por ello mientras luchamos por la transformación de la educación, al mismo tiempo luchamos por la emancipación de la clase trabajadora. Queremos transformar la sociedad para cambiar la escuela, y transformar la escuela para aportar en la lucha por otra sociedad.

Fuente:

https://www.izquierdadiario.es/Educacion-y-Revolucion-rusa-ellos-se-atrevieron

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Aprender a aprender. Cuatro informes recientes señalan el camino para mejorar la calidad de nuestra educación.

Por: Guillermo Perry

La mayoría de los niños latinoamericanos entran hoy a la escuela primaria y secundaria, pero apenas el 35 por ciento salen con las habilidades que exige el mundo contemporáneo.* Hemos invertido enormes recursos para asegurar que haya suficientes escuelas y maestros, pero los niños no están aprendiendo lo que necesitan. Es un desperdicio enorme y un limitante mayúsculo para que lleguemos a ser una sociedad próspera y equitativa. El reciente Informe Mundial para el Desarrollo califica esta tragedia como “la crisis del aprendizaje”.** Superarla debería ser la prioridad central de nuestro próximo gobierno.

Al revisar la evidencia disponible, el informe citado concluye que hay dos requisitos fundamentales para el aprendizaje: 1) Niños capaces de aprender y motivados para hacerlo; 2) Maestros capaces de enseñar y motivados para hacerlo. Todo lo demás (infraestructura, computadores, textos, educación a distancia, currículum) contribuye al aprendizaje solo en la medida en que haga más productiva la relación maestro-alumno y fortalezca sus motivaciones. A conclusiones similares llegan otros tres reportes recientes al respecto.***

Jim Heckman, premio nobel, señala que décadas de estudios en las disciplinas de psicología, neurología y economía permiten afirmar que un porcentaje muy alto del desarrollo de las capacidades cognitivas, emocionales y sociales se produce durante el embarazo y los primeros años de vida. Los niños que crecen rodeados de cariño, apoyo y estímulo a aprender, y que reciben una buena nutrición, aventajan por mucho a los demás en su posterior rendimiento escolar y laboral.

Esas diferencias resultan muy difíciles de revertir después, aun con buenas escuelas y universidades, por cuanto más del 80 por ciento del desarrollo cerebral ocurre en los primeros años de vida. Por eso, los programas públicos que tienen mayor rentabilidad social son los de atención prenatal y a la primera infancia.

Estos programas garantizan la nutrición y salud del niño y estimulan su capacidad de aprendizaje. No obstante los esfuerzos recientes, nuestros Centros de Desarrollo Integral y Hogares de Bienestar atienden menos del 60 por ciento de los niños vulnerables y padecen graves deficiencias que les restan efectividad.****

Los estudios también muestran que, aun cuando otros factores afectan la calidad de la enseñanza, lo fundamental es la capacidad y motivación del maestro. Por eso, los países en donde los niños obtienen los mejores resultados en las pruebas Pisa son aquellos donde, además de buenos programas integrales para la primera infancia, los mejores estudiantes de cada generación se dedican a la enseñanza, se los prepara en facultades de excelente calidad, se los escoge y promueve por méritos, se los apoya con tutores en los primeros años de práctica, se les brindan buenos programas de actualización diseñados con base en evaluaciones periódicas, se los remunera tanto como a ingenieros o abogados y se premia su buen rendimiento con estímulos monetarios y no monetarios. No menos importante: la sociedad les tiene un gran respeto y estimación. Así sucede en Finlandia, Suecia, Corea, Israel, Alemania y demás países reconocidos por la calidad de su educación, pero no en América Latina.

Buenas aulas, textos, computadores y otras ayudas, al igual que clases pequeñas y jornadas únicas, contribuyen a mejorar la calidad de la educación, siempre y cuando haya maestros competentes y motivados y alumnos capaces de aprender y motivados para hacerlo.

Las prioridades son claras, pero la frecuente improvisación y la interferencia de los intereses políticos y sindicales no nos han permitido avanzar más. Ellos también necesitan aprender.

P. S.: ojalá Humberto de la Calle le gane hoy al clientelismo liberal.

* BID, 2017
** Banco Mundial, 2017
*** BID y 3IE, 2017; NBER, 2014
**** Bernal, R. 2017

Fuente del Artículo:

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/guillermo-perry/aprender-a-aprender-es-la-base-para-mejorar-la-educacion-152810

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Trans and Open: Education Is Key to Making This a Sign of the Times

By Sarah Bartolome, Truthout

The recent elections were historic for the transgender community as Virginia’s Danica Roem is the first openly transgender person elected to a US state legislature. Andrea Jenkins, who won a seat on the Minneapolis City County, is the first openly trans person of color to ever hold public office in the United States.

Last year, Utah’s Misty Snow made history as one of the first openly transgender individuals to win a major-party nomination as the Democratic Senate candidate. Although her bid was unsuccessful, she is running for Congress, aiming for the 2018 primary.

The election of transgender citizens to public office is a huge win for the transgender community and marks another rise in visibility for trans-identified individuals in this country.

In addition to having trans voices represented in the political arena, openly trans individuals are also competing in the athletic arena. Nike spokesperson and duathlete in running and cycling, Chris Mosier, was the first openly transgender athlete to compete on a US national team in 2016. Harvard University swim team’s Schuyler Bailar, was the first openly transgender athlete to compete on a National Collegiate Athletic Association Division 1 men’s team.

In popular culture, television shows such as «Transparent» (renewed at the end of the summer for a fifth season), «Orange is the New Black,» «Nashville» and «Modern Family» have brought transgender actors and characters onto the small screens.

At a recent meeting of the American Society for Reproductive Medicine in San Antonio, Richard Paulson, Society president explained that advances in science would allow a trans woman to receive a donated, transplanted uterus and carry a child to term.

While transgender visibility is increasing, research by the National Center for Transgender Equality showcases the pervasive anti-transgender bias, verbal and physical assault and economic hardship experienced by many trans people in this country.

As a university educator, I understand that those of us in education stand at the front line, meeting our young people who may be navigating issues of gender identity. We are in a position to demonstrate to our trans-identified students that they are valued, accepted and protected members of our school communities. The challenges facing trans youth are significant and life threatening.

Trans-identified individuals have significantly higher rates of suicide attempts. While an estimated 4.6 percent of the general US population has reported a lifetime suicide attempt, a staggering 41 percent of trans or gender nonconforming individuals report attempting suicide, according to a recent report.

Anti-transgender violence is another significant threat and the Human Rights Campaign reported that in 2017 alone, at least 25 transgender people were murdered in the United States, the majority of whom were trans women of color.

Recently, two trans women of color were found dead, both victims of gunshot wounds. Stephanie Montez, murdered in Texas, and Candace Towns, murdered in Georgia, are the 24th and 25th known victims of fatal anti-trans violence this year. Both suffered the additional indignity of being misidentified by gender by police personnel and the media.

The estimated 150,000 transgender youth in the United States are also facing considerable challenges in US schools. Perhaps most troubling is the Gay, Lesbian and Straight Education Network’s report that schools are some of the most hostile environments for LGBT students. The report states that transgender and gender nonconforming students experience the highest rates of bullying, verbal and physical assault, as well as discriminatory practices.

Ash Whitaker, a male-identified transgender student in Kenosha, Wisconsin, suffered daily indignities as he was denied access to male restrooms at his high school and reportedly even presented with a green wristband to help staff ensure that he exclusively used a gender-neutral restroom in the school’s office.

Whitaker took the district to court, arguing that his rights were being violated under both the Fourteenth Amendment of the Constitution and under Title IX. Whitaker won his lawsuit and the subsequent appeal, a historic win, as it was the first time that an appeals court interpreted these laws to protect transgender individuals. This ruling was despite the current administration’s roll-back of President Barack Obama-era guidance advising all schools that Title IX regulations protect transgender students.

The Williams Institute also noted that suicide attempts were reported by more than 50 percent of trans-identified students who were harassed or bullied in school contexts and by 78 percent of those sexually assaulted in school. For the estimated 150,000 trans-identified youth in this country, the hostile environment is a significant challenge contributing to the elevated suicide risk among trans people.

Education and training can contribute to the creation of a more inclusive society that does not condone such injustice based on gender identities. Unfortunately, that is not always the case.

The transgender college students with whom I have interacted have described negative interactions with some professors, ranging from persistent misgendering and misnaming to denying them the ability to present their gender identity in course-related off-campus activities like student teaching.

In one especially disturbing case, a professor suggested a student «fade into the background, because some people are going to find this disgusting.»

These kinds of interactions may represent ignorance or lack of experience in working with trans youth, but also contribute to the hostile school climate plaguing the trans community.

School administrators and teachers must work to combat these disturbing trends. The moral imperative of supporting trans students is clear. This is a matter of life or death for the youth who deserve to be educated in a safe environment.

To be sure, some may not fully understand the issue of gender diversity and may struggle to find ways to support trans youth. The US public is split on the issue of public bathroom usage for transgender people. A 2016 Reuter’s poll found that 43 percent of respondents believed that transgender individuals should use the bathroom associated with their biological sex at birth.

Although transgender students make up a small percentage of school age children in this country, public schools are mandated by law to protect and serve all students. Some teachers may adopt the attitude that until they have a trans student, this issue does not concern them.

Yet, as trans youth find openly trans role models across a range of professional identities, the number of openly trans students enrolled in US public schools is likely to increase.

Rather than passively watch this public health crisis grow, teachers and administrators can be proactive in educating themselves about the issues facing trans youth and adopting inclusive school and classroom policies that provide opportunities for gender-diverse students to learn and thrive.

Recently organizations and coalitions for LGBT rights have issued guidance for school districts and teachers wishing to learn how to better support trans and gender nonconforming youth. «Schools in Transition: A Guide for Supporting Transgender Students in K-12 Schools» and the Gay, Lesbian and Straight Education Network’s «Model District Policy on Transgender and Gender Nonconforming Students» are two examples of best practices documents that provide educators and administrators with concrete guidance on how to best serve trans and gender nonconforming youth.

The Consortium of Higher Education LGBT Resource Professionals has issued a similar best practices document to help colleges and universities better support trans students on their campuses.

Gender Spectrum offers trainings on the topic of gender identity to schools and other organizations and Campus Pride offers its Safe Space Program trainings both in-person and online to help educators cultivate more inclusive classroom environments for all LGBT youth. The Trans Youth Equality Foundation also offers workshops on the needs of trans and gender nonconforming youth for student groups, educational institutions and other professional organizations.

Trans rights are human rights. As educators, we can model and inform all students the importance of understanding and valuing gender diversity. Even as we protect and honor trans students enrolled in education, we must also protect all trans people through education.

 

SARAH BARTOLOME

Sarah Bartolome is an assistant professor of Music Education at Northwestern University. She researches best practices in music education and the experiences of transgender musicians and is a Public Voices fellow through The OpEd Project.

Source:

http://www.truth-out.org/opinion/item/42631-trans-and-open-education-is-key-to-making-this-a-sign-of-the-times

 

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