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Entrevista a Rita Segato «Gaza es un parteaguas de la historia, un cambio de era… hoy el poder de muerte es la ley»

Por:  Börries Nehe 

Rita Segato establece conexiones entre el genocidio en Gaza y los feminicidios en Ciudad Juárez, entendiendo ambos como espectáculos de violencia, entrelazados con el poder patriarcal. Reflexiona sobre el pandillismo y el actual giro fascista en el marco del colonialismo y el racismo.

La antropóloga feminista argentina Rita Segato (Buenos Aires, 1951) es conocida por su innovador trabajo sobre la violencia contra las mujeres (La guerra contra las mujeres, 2016), como pensadora crítica de la relación entre género, racismo y colonialidad (La crítica de la colonialidad en ocho ensayos, 2021), y como una de las voces feministas más lúcidas de América Latina.

En esta entrevista, establece conexiones entre el genocidio en Gaza y los feminicidios que estudió en Ciudad Juárez, entendiendo ambos como espectáculos de violencia, entrelazados con el poder patriarcal. Segato reflexiona sobre el pandillismo y el actual giro fascista, y cómo algunas de sus ideas claves sobre la colonialidad, la raza y la violencia nos ayudan a descifrarlos. Y analiza lo que esto significa para lo que ella denomina una política de cuño femenino: “Hay un fin, un vaciamiento de las consignas y de todas las formas en que pensamos la historia. Es necesario generar nuevas retóricas para las aspiraciones de la gente”. Debemos desminorizar las aspiraciones de las mujeres, argumenta: “Son aspiraciones para la historia colectiva. No son para la historia de las mujeres, sino para la historia de toda la humanidad”.

Gaza como espectáculo de la violencia

Recientemente, mencionó en una entrevista que cada vez le resulta más difícil ser feliz. Y, en una conferencia reciente, se declaró “exhumana” y dijo que no quiere pertenecer a “esta siniestra especie humana”. ¿Qué le causa tanta desesperación?

Vivimos una situación de dolor insoportable. A mí, lo de Gaza, lo de Argentina, el mundo en general, me causan un sentimiento de desesperación y desesperanza muy grande. Yo veo la situación del mundo en una absoluta calamidad. Y eso no empezó el 7 de octubre, sino mucho antes. Lo argumento ya en un texto mío sobre Palestina de hace años, que se llama “El grito inaudible”. ¿Y por qué ese grito es inaudible? Porque no hay más gramática jurídica, porque no hay más, una gramática que organice las relaciones interpersonales, sociales. Por supuesto, el derecho, incluyendo los derechos humanos, siempre fue una ficción. Pero era una ficción en la que creíamos, era una ficción sagrada, como dice el filósofo Giorgio Agamben. Esa ficción jurídica ahora cayó. Hoy, el derecho es la ley del poder de muerte.

Es, quizás, una síntesis de lo que estoy diciendo siempre, porque es mi conclusión sobre el presente: una diferencia entre el Holocausto y Gaza, una diferencia muy grande para mí, es que, si bien había algunas noticias, cuando se entra en los Lager [campos de concentración], hay sorpresa. Hoy no. Hoy, lo que pasa en lo que va a ser, a partir de ahora, el gueto de Gaza, está exhibido al mundo. Se nos está diciendo: miren, esto se puede hacer, porque la ley no existe más, no hay un derecho. Ahora, la ley es el poder de muerte, y quien lo tiene es la ley.

Por eso digo que Palestina somos todos. Para cualquier persona que todavía conserve una sensibilidad frente al sufrimiento de los otros, Palestina es una tortura diaria. Están matando nuestra esperanza de vivir, una esperanza de un mundo aceptable.

Una parte muy importante de su trabajo se desarrolla alrededor de la violencia, en específico, la violencia patriarcal, los feminicidios, la impunidad. ¿Piensa que son categorías que nos sirven para comprender la lógica del genocidio en Gaza?

Pienso que lo que estamos viendo en Gaza tiene que ver con mi modelo de comprensión de la violencia patriarcal. Y esa violencia patriarcal tiene que ver con lo que llamo la violencia expresiva: la violencia machista la considero no una violencia instrumental, sino una violencia de espectáculo. El hombre necesita exhibir su capacidad de dominación para ser hombre.

Esa idea la comencé a desarrollar en 1993, cuando mi universidad me pidió una investigación sobre las violaciones en las calles de Brasil. Nunca había estudiado violencia. Fui con mis estudiantes a entrevistar a los hombres condenados por violación, y allí empecé a entender que lo que habían hecho era una exhibición de su capacidad de dominación a través de la violación. No tiene que ver con el deseo, con la sexualidad. Lo que está de fondo es un deseo narcísico, autorreferido, que tiene que ver con su presentación ante los otros ojos, sobre todo los otros hombres.

Yo creo que hay un elemento patriarcal muy fuerte en la historia del presente, que tiene que ver con la exhibición del poder, como estrategia poderosísima de dominación. Y que tiene que ver con esa exhibición del poder que es basal en la vida de los hombres desde chiquitos, en la manera en que está formateada la masculinidad. Me parece que el caso de Trump es un caso típico del exhibicionismo del poder como estrategia. Es la última gran encarnación de un poder patriarcal.

Hacia un totalitarismo capitalista

Estoy de acuerdo, en Gaza presenciamos un espectáculo de la violencia y del poder. Pero quizás veo una diferencia con sus escritos sobre, por ejemplo, los feminicidios en Ciudad Juárez. Y es que hoy, una parte importante de las sociedades lo aplaude y apoya abiertamente. ¿Cómo entiende ese festejo –yo diría fascista– del poder ilimitado y de la crueldad?

Yo refiero a Hannah Arendt y su estudio sobre Los orígenes del totalitarismo [1952] para explicar esto. Arendt argumenta que, cuando surge el nazismo, hay un momento en que se separan las leyes del comportamiento individual de las personas y la ley de la historia. O sea, la historia misma pasa a tener un derecho, y el objetivo y el derecho de la historia es producir el hombre perfecto, la raza aria, la imposición de un pueblo sobre los demás. Y todo lo que es disfuncional a ese objetivo y derecho de la historia, que es separado del derecho de las personas, debe ser eliminado.

En el caso del estalinismo, la estructura es la misma, pero en torno a algo que yo venía criticando de nuestra militancia de los años 70 en América Latina, que es la idea de una utopía como un futuro obligatorio. La idea de que podemos saber cómo debe ser el futuro es una estupidez suprema e

inevitablemente lleva a formas de autoritarismo insoportables. Entonces, en el estalinismo, la historia y los derechos de las personas pasan a no tener la menor importancia. Lo que pasa a tener importancia es el derecho de la historia de dirigirse a una utopía, a un cuadrito del futuro de igualdad.

Hoy, estamos en una situación y una estructura de conciencia igual. En el caso de hoy, la historia se dirige a la acumulación y concentración, y es para aquellos funcionales a ella. Hoy, la historia “legítima”, la que se debe defender, es la que apunta en la dirección del capital: de lo competitivo, de lo productivo, de la generación de lucro, de la acumulación y la concentración. Y todo lo que es disfuncional a eso no duele que desaparezca. Es la misma estructura de un camino obligatorio, donde la historia tiene sus valores y derechos, y las personas no.

¿Diría que esta lógica está impuesta por el capital o la imponen las propias personas, aquellas que, en última instancia, dejarán de tener valor?

Tengo dos ejemplos etnográficos que serían cómicos si no fueran tan trágicos. Hace poco, estaba en el aeropuerto de Madrid, y al lado había una señora burguesa de unos 80 años con su hijo, de unos 50 años, también muy bien vestido. Pasó un mendigo pidiendo una limosna para comprarse un sándwich, y escuché que el hombre daba un grito a su madre: “¡Eres débil!, ¡eres débil!”, porque su mamá estaba buscando en su cartera unas monedas para darle al mendigo. Entonces le digo al hombre: “No, escúcheme, su madre no es débil, es buena”. Me miró con tanto odio que salí corriendo.

Entonces, le cuento eso a un amigo, y me dijo que le pasó lo mismo. Estaba en una reunión de condominio de su edificio, que convocaron porque querían despedir a la portera, que trabajó y vivió en su edificio durante 20 años. La querían despedir un año antes de que se jubilara para evitarse los gastos de la jubilación. Entonces, mi amigo protestó y dijo que eso estaba mal. Pero los condóminos lo reprocharon, diciéndole que “eso es buenismo”. ¿Qué decís a esto? Otros valores están ahí, otra moral. Como en el nazismo, llegó otra moral. Como en el estalinismo, llegó otra moral. Y entre nosotros ha llegado otra moral. Y las personas piensan que lo inútil debe desaparecer, debe ser exterminado.

¿Por qué esa gente común adhiere, tan pública y expresivamente, a esa crueldad capitalista?

Creo que las personas están respondiendo, poniéndose un uniforme. Se están uniformando de esta ideología y de este camino ético y moral también. Por eso lo expresan, por eso afirman su simpatía. Se están poniendo el uniforme: o nazi, o estalinista, o capitalista, y así están mostrando que pertenecen a esa historia. Entonces, lo que quiero es enfatizar la importancia de esta expresividad, pero sin negar que se dirige a un fin. En el caso de la violación común de calle, el fin es la reproducción de la posición patriarcal de ser hombre. Y, para los ejemplos que di, el fin es el título de pertenecer, de adherirse a esa historia, de vestir el uniforme de esa historia. Una historia en la cual muchos de esos uniformados van a salir sacrificados, también. Pero no lo perciben.

“La raza es ser una partícula de un continente racializado”

Quisiera discutir algunas categorías y perspectivas que propone, porque me parece que nos ayudan a comprender nuestro presente violento y sus interconexiones globales. En el fondo, está quizás la pregunta: ¿qué líneas podemos trazar entre las violencias pandilleras en América Latina, la guerra contra les migrantes en Estados Unidos y Europa, y lo que pasa en Gaza? Cuando miro estos –y otros– ejemplos, veo sobre todo tres ideas suyas que permiten hacer esa conexión: primero, la cuestión de la dimensión instrumental y la dimensión expresiva de la violencia; segundo, el tema de la colonialidad y la producción de la “raza” para organizar las violencias; y tercero, lo que llamas la “conquista permanente”, o sea, los procesos de desposesión y acumulación.

Lo que veo en Gaza es la absoluta ausencia de pudor frente al uso de la crueldad y la defensa descarada de la acumulación y concentración como una virtud histórica. Yo enfatizo el aspecto del espectáculo, porque creo que está presente, pero no porque crea que detrás de esto no hay una finalidad. Hay una finalidad, y esa finalidad es el poder.

Quiero enfatizar la expresividad en eso, porque es una diferencia que tiene con la Conquista. La Conquista no se hizo de acuerdo con la Ley de Indias, con tribunales y las grandes guerras de los ejércitos españoles contra Moctezuma y Atahualpa, como nos enseñaron. Nuestro continente se fundó por pandillas. Fueron grupos de hombres que salieron al campo a matar, todo lo que encontraban en su camino. Entonces, el pandillismo que nos aflige ahora en América Latina no lo entiendo solo a través de la cuestión económica, del lucro del tráfico de drogas, sino como un golpe político. El pandillismo es un golpe a la posibilidad de una gestión democrática. Se trata de una nueva forma de golpe de Estado. En México lo vemos claramente, y de allí se está extendiendo hacia el sur, alcanzando a Ecuador y a Perú. Esa mafialización del continente no es solamente económica, está alimentada políticamente. Es una forma de dominación y de imposibilitar la gestión democrática.

En todo eso, son cuerpos específicos, racializados, los que son el blanco primario de esas violencias. ¿Cómo piensa la relación entre la Conquista y la raza?

La Conquista inventa y racializa los pueblos y los paisajes, los cuerpos que vienen. ¿Qué es la raza? La raza no está en el cuerpo, es una relación leída en un cuerpo por un ojo que conoce la historia de ese cuerpo, de cómo se mueve, de cómo se expresa. La racialización es una de paisajes, de espacios, de arraigo de los cuerpos.

Yo, por ejemplo, tengo cuatro abuelos europeos, pero yo no soy blanca; soy una partícula, una emanación de un paisaje colonial. Soy un Fanon. Todos somos [Frantz] Fanon cuando llegamos a París [expresión usada por Segato como modelo ideal de blanquitud]. Hay diferencias de fenotipos, pero el continente del cual somos una emanación está marcado en nuestra conducta. ¿Viste las imágenes de los palestinos? Muchísimos son rubios. El niño sirio que murió en el mar, que causó tanto dolor, era rubio. ¿Qué es la raza? La raza es ser una partícula de un continente racializado, colonizado. Los franceses lo definieron perfectamente bien cuando hablaron de los pieds-noirs: aunque hubiera nacido en el centro de Francia, quien fuera a administrar Argelia no era más francés cuando volvió, era pied-noir. Porque le había pegado a la planta del pie, el suelo, la tierra africana lo había ennegrecido.

La racialización es una forma de producir cuerpos de los cuales se puede extraer una plusvalía mucho más perenne que de la clase

La raza es un instrumento; la racialización es una forma de poder, de producir cuerpos de los cuales se puede extraer una plusvalía mucho más perenne que de la clase. Porque no hay ascensión social, es mucho más difícil que el cuerpo marcado por algunos trazos que llamamos raciales ascienda. Y en esa relación, la conquistualidad es permanente. Todo eso se enreda hoy en una estructura de un mundo cuyo valor se dirige a la acumulación y concentración, y todo lo que molesta a esa finalidad histórica, no llega a destino.

Renovar las retóricas políticas: la politicidad de cuño femenino

Junto con la “raza” y sus derivados más contemporáneos, lo que está hoy por hoy en el centro de los discursos de la derecha autoritaria es el cuerpo de las mujeres, y en general las cuestiones de género. Al mismo tiempo, en todo el mundo, los movimientos feministas son muchas veces los grupos más movilizados y capaces para responder a la política de muerte. En ese panorama que nos pinta, ¿por qué la centralidad de la cuestión de género en las luchas?

El esfuerzo que ponen todas las facciones políticas que convergen en la defensa de la acumulación y concentración para derrumbar las reivindicaciones de las mujeres demuestra cuánto los amenazamos. Para mí es una razón de júbilo.

Pero la pregunta es: ¿en qué le molesta a un poderoso dueño de corporación, a un Elon Musk, que una mujer haga un aborto? La respuesta que me dan es: “Porque quieren que haya sobrante en el mercado laboral para que el trabajo sea barato”. Pero no, ¡el problema en este momento es que hay un sobrante de humanidad! No se necesita mano de obra, al contrario. ¿Para qué, entonces? No es fácil responder a esa pregunta.

Pues la amenaza es la soberanía sobre el propio cuerpo, la desobediencia de las mujeres al ejercer soberanía sobre su propio cuerpo. La autonomía, esa es la amenaza; es una amenaza que muestra que es posible conducir la historia en otra dirección. Ellos muestran su miedo frente a lo que podría emerger en el mundo como una conducción femenina de la historia –lo que yo llamo una politicidad de cuño femenino–, que viene de una acumulación de experiencias de gestión que vienen de lo doméstico, pero que están pasando a lo público. Viene de una gestión de la vida que tiene otras reglas, otros propósitos, otros valores y otras estrategias de gestión, y viene de otra historia, que es la historia de las mujeres.

En los últimos años, hemos visto una enorme acumulación de fuerzas de los movimientos feministas a nivel global, una expansión impresionante con marchas millonarias, la huelga feminista, etc. Pero, en América Latina, igual que en Europa, el movimiento parece haber llegado a otro momento de su historia. ¿En qué momento ve el feminismo actualmente?

Siempre el feminismo tuvo momentos de flujo y reflujo en la calle. La salida al espacio público, las marchas, fueron momentos. Y después hay una recogida. Pero el pensamiento, de una perspectiva de mundo y de política, a partir de la experiencia de las mujeres, eso no se detuvo jamás. Son dos cosas diferentes y no se puede juzgar el tránsito del feminismo solo por los momentos de las salidas a la calle. El pensamiento feminista no se repliega; sigue con mucha fuerza.

Lo que hay que pensar es el tema de la relación entre el pensamiento feminista y la política en general, lo que llamo: lo político. Porque la propuesta de las mujeres se dirige a hacer un impacto universal, a todas las personas, cambiar el mundo. Es un movimiento para un cambio de rumbo histórico. Y, por eso, hay que hacer un esfuerzo muy grande de renovar las retóricas políticas.

Pienso que hay un fin, un momento de caída, un vaciamiento de las consignas y de todas las formas en que pensamos la historia. Yo realmente creo que lo de Gaza es una parteaguas de la historia, un cambio de era. Entonces, creo que lo que llamamos las izquierdas van hacia atrás. ¿Por qué la gente en mi país, en Argentina, no se está levantando contra Milei como se levantó en el 2001? Porque la gente no quiere una vuelta atrás. Quiere que, cuando haya una salida, vaya hacia adelante. ¿Qué quiere decir? Nuevas consignas, nuevas ideas, nuevas palabras. Es necesario formular nuevos nombres para la política, nuevas metas, nuevas concepciones. Es un esfuerzo enorme de imaginación, intelectual, colectivo. Porque todo lo que hemos usado hasta el momento llegó a su punto final, caducó. No es que haya que olvidar los autores, no hablo de eso, pero es necesario tener claro que la historia de acá para frente hay que inventarla, hay que crearla.

Por eso, es necesario generar nuevas retóricas para las aspiraciones de la gente. Y las aspiraciones de las mujeres son un camino importante para la historia colectiva. Hay que desminorizarlas: son aspiraciones para la historia colectiva. Eso lo resume de la forma más perfecta. No son para la historia de las mujeres, sino para la historia de toda la humanidad.

Esta entrevista se publicó originalmente en inglés en IRGAC .

Fuente de la traducción: https://ctxt.es/es/20250901/Politica/50318/rita-segato-gaza-violencia-patriarcal-raza-feminismo.htm

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Juan Casassus y la pregunta: ¿Quién formará a los futuros ciudadanos: los humanos o las máquinas?

Por : Luis Felipe de la Vega
Investigador educativo.

El académico y Premio Nacional de Educación 2025 advierte que la inteligencia artificial avanza sin reflexión y llama a recuperar la dimensión humana y emocional de la enseñanza. “La educación debe formar personas, no solo empleados”, afirma.

Esta es una ocasión muy especial, pues tuve el privilegio de sostener una entrevista con el profesor Juan Casassus, recientemente galardonado con el Premio Nacional de Educación. En el presente, es relativamente normal pensar en la necesidad de que la educación considere la integralidad de lo que somos los seres humanos y reconozca el rol protagónico que tienen las emociones en su formación. Sin embargo, hace pocos años eso no era así. En ese período, Juan Casassus desarrolló un conjunto de propuestas que buscaban relevar estas temáticas, las que no siempre tuvieron una respuesta acorde en su momento por parte de las políticas educativas. Sin embargo, ciertamente, pavimentaron el camino hacia lo que hoy valoramos como importante.

Invitamos al Premio Nacional a responder las preguntas que henos ido realizando en esta serie. Sin embargo, decidimos ampliar los ámbitos de interés de la conversación, para aprovechar de mejor forma la oportunidad de profundizar en algunas de las reflexiones de este personaje clave de la historia reciente de la educación chilena.

-Usted anticipó la necesidad de dar un rol más protagónico a las emociones en el proceso educativo. La pandemia hizo explotar esta necesidad años después, lo que ha hecho que esta temática tenga una mayor visibilidad y abordaje en el presente. A su juicio, ¿cómo se está llevando a cabo ello en el sistema educativo y las escuelas? ¿Ve un avance?

La ley Nº 20.370 [Ley General de Educación] se considera que la finalidad de la educación es la formación integral del ser humano. Un ser humano integral es un ser que tiene cuerpo, emociones y pensamiento. Sin embargo la misma ley crea también la Agencia de Calidad, institución que cuenta con distintas tareas, de las cuales ha sobresalido una: el SIMCE. Sin querer queriendo, la finalidad de educación integral fue reemplazada por la focalización en los resultados del SIMCE, es decir por los logros obtenidos de las disciplinas de lectura, matemáticas y ciencias. Todo el sistema de gestión se volcó hacia subir los puntajes del SIMCE, dejando de lado el resto de los ámbitos formativos.

Ahora bien, la pandemia y la virtualidad dejaron como lección que el sentido de la escuela es aprender en la convivencia presencial: seres humanos encarnados conviviendo con los otros, considerando tanto sus mundos emocionales, como sus pensamientos. A mi juicio, el Ministerio de Educación actual ha comprendido esto, y ha focalizado, desde sus inicios, un programa integral de Reactivación Educativa, que fundamentalmente, es un programa de humanización, con énfasis en lo emocional, la convivencia y los climas de aula. No debería dejar de llamar la atención que la aplicación de este enfoque se correlacione con un aumento en los promedios de los resultados de la Nueva Educación Pública, según el mismo SIMCE.

Como se sabe, yo soy crítico del SIMCE, pero valga lo que valga, este resultado viene a confirmar, lo que fundamentáramos con evidencia empírica hace ya 25 años. Los aprendizajes en lenguaje, matemáticas y ciencias, se sustentan en lo que acontece en el mundo emocional, especialmente, en aquellas y aquellos estudiantes que no tienen el mismo talento que otros. El trabajo de mejorar el aprendizaje de las disciplinas no se puede hacer directamente. Para que ello pueda ocurrir, lo que hay que hacer es focalizar el cuidado del mundo emocional, de la convivencia y los climas. Mi impresión es que la propia Agencia de Calidad ha ido buscando esta perspectiva, introduciendo entre sus orientaciones la investigación sobre lo
socioemocional.

-¿Cómo ve -y qué evaluación hace- del debate actual respecto de qué es lo que requiere nuestro sistema educativo en el corto y mediano plazo? 

-La educación es un tema de muchos niveles y de gran complejidad. Los debates coyunturales actuales se ocupan de temas muy específicos de gestión. Desde mi punto de vista, debatir temas como -por ejemplo. el del financiamiento de la educación superior (FES) y otros- es lo propio de la gestión del sistema educativo. Sin embargo, por necesario que ello sea, este debate coyuntural trata de temas que no cambian mucho la situación de la educación, ni en el corto, ni en el mediano plazo. Llama la atención que las políticas educativas de gobiernos sucesivos hayan dado cuenta de la crisis que se vive, pero no se haya progresado en su abordaje. ¿A qué se debe esto? A mi juicio, se debe a que los problemas de fondo de la educación, como son su finalidad, en qué grupo etario poner el énfasis, su conexión con los rápidos cambios sociales, la emergencia de la inteligencia artificial y la angustiosa situación de las y los jóvenes, no son abordados como se debe.

Para ser más preciso, muchos estudios internacionales hablan de la soledad, de la indiferencia, de la depresión, del estrés, del individualismo o de la perdida de sensibilidad de los jóvenes de hoy (la exitosa serie de Netflix “Adolescencia” toca este tema). De esto debemos preocuparnos, pues los y las estudiantes son los receptores y activadores de la educación. Pese a estos antecedentes, no contamos con un diagnóstico fructífero que oriente la educación chilena. Hace falta una instancia de discusión transdiciplinaria y no partidista de estas cuestiones. Si ello no ocurre, como señaló el historiador Ferdinand Braudel, el debate será “como polillas revoloteando alrededor de la luz”.

-En la misma línea, ¿cómo ve el futuro de la educación en Chile? ¿Qué es lo que más le entusiasma y lo que más le inquieta?

-Siguiendo con lo recién comentado, lo que más me entusiasma para el futuro de la educación, es la centralidad que se le está dando a la emocionalidad en la política educativa, la preocupación por la convivencia y con superar la violencia. Esto es preocuparse por el ser de los jóvenes, que deberán decodificar el mundo, y no transformar la educación en un asunto cuya prioridad sea únicamente conseguir un empleo. No es que el empleo no sea importante, pero no es lo principal.

Por otra parte, lo que más me inquieta es la rapidez con que las tecnologías de la información y la inteligencia artificial están apoderándose de nuestras vidas y, en este marco, la velocidad -y poca reflexión – con que se están proponiendo maneras de insertarlas en la educación. Antes de proponer lo que sea, y, especialmente algo que se realiza con ánimo de hacer un buen negocio, es necesario comprender lo que está ocurriendo en este cambio de época.

-Si usted tuviera que sugerir una cosa a las candidaturas presidenciales para que tengan en consideración en sus eventuales programas de gobierno, ¿qué les recomendaría?

-De alguna manera ya lo he sugerido. Los humanos enseñamos de acuerdo a nuestros valores: nos enseñamos y practicamos cómo convivir con otros: así enfrentamos el mundo en tanto humanos que somos. La maquinas no tienen valores, pero sí tienen su dinámica propia a través de la acumulación de algoritmos. Entonces, la gran pregunta es quién se hará responsable de formar a los futuros ciudadanos: ¿los humanos o las máquinas?

Espero que las propuestas de las candidaturas presidenciales se focalicen en esto de manera global y no de medidas puntuales de corto plazo, para que su orientación vaya en favor de los humanos y que las maquinas sean solo un instrumento… mientras sean controlables.

https://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2025/10/12/juan-casassus-y-la-pregunta-quien-formara-a-los-futuros-ciudadanos-los-humanos-o-las-maquinas/

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El poder y sus fantasmas:“A través del prisma de la conspiración, todo vuelve a ser legible” (Entrevista)

WOZ de Suiza / OVE, 3 de agosto de 2025

¿Qué hay detrás de esto? Una pregunta importante, pero que puede dar lugar a respuestas peligrosamente simplistas, afirma Donatella Di Cesare. La filósofa explica cómo la creencia en conspiraciones está vinculada a sentimientos de impotencia política y por qué ya no se siente libre en la Italia posfascista.

“El problema surge cuando el escepticismo cuestionador se transforma en certeza dogmática”: Donatella Di Cesare.

WOZ: Donatella Di Cesare, su libro «La Conspiración en el Poder» se publicó por primera vez en italiano en 2021. Hoy en día, sigue siendo un diagnóstico oportuno del presente. ¿Por qué cada vez más gente cree en conspiraciones poderosas, es decir, en la existencia de una realidad tras la realidad?

Donatella Di Cesare:Donatella Di Cesare: Yo no hablaría de una realidad tras la realidad. Más bien, es un mundo tras el mundo al que se hace referencia: el mundo tiene un lado oculto, un trasfondo. Este concepto es crucial para la teoría de la conspiración: se cree en un reino secreto donde se mueven los hilos, donde se llevan a cabo actividades clandestinas, se forjan planes, se manipula la información y se controlan los pensamientos. El centro del poder reside en la intriga oculta de este trasfondo. Como por arte de magia, allí todo parece claro e iluminado; todo tiene una base sólida y una causa. Allí, se puede dejar atrás el desorden global. A través del prisma de la conspiración, todo vuelve a ser legible de repente.

El filósofo valiente

Donatella Di Cesare es una de las intelectuales más importantes de Italia. Profesora y autora de numerosos libros de filosofía, así como de temas de actualidad, imparte clases de filosofía en la Universidad La Sapienza de Roma. Participa regularmente en debates políticos. En un programa de entrevistas de la televisión italiana en 2023, Di Cesare dijo del ministro de agricultura de Giorgia Meloni que hablaba como un «gobernador neohitleriano» o Gauleiter. El ministro la demandó por difamación. En mayo de 2024, un tribunal penal romano desestimó la demanda. De ser declarada culpable, la mujer, que ahora tiene 69 años, habría enfrentado una pena de prisión.

WOZ:¿De dónde viene este pensamiento?

Donatella Di Cesare:Tiene una larga tradición histórica. En mi libro, intento reconstruir la «escena primigenia» de la literatura. De la vasta masa de textos literarios, surgen tres narrativas que han adquirido relevancia mitológica en la imaginación política. Abordan tres conspiraciones: la judía, la jesuita y la masónica. Si bien las conspiraciones jesuitas se han agotado, las otras dos se superponen y se convierten en las conspiraciones «judeo-masónicas».

WOZ:¿Hay algún texto literario específico que puedas nombrar?

Donatella Di Cesare:Un relato fue escrito por Hermann O. F. Goedsche, exsecretario de correos prusiano, quien publicó la mediocre novela «Biarritz» en 1868. Contiene un capítulo titulado «El discurso del rabino». De este capítulo, por caminos tortuosos, surgieron los «Protocolos de los Sabios de Sión». Este mito, que inició y acompañó la Shoah, sigue siendo el motor de la movilización antisemita hasta nuestros días. Podría citar más ejemplos, como la novela masónica de Alejandro Dumas «Joseph Balsamo» de 1846/47. En todos estos relatos, la trama siempre surge de otro lugar. Extraños se inmiscuyen en el yo interior: inmigrantes, migrantes, pero también banqueros, saqueadores y vagabundos. Y tras la red, «el judío», como el extraño entre todos los extraños, maneja los hilos, oculto, invisible e intangible, a la vez sobrehumano e infrahumano.

WOZ:En términos de la historia de las ideas, ¿ubicaría el surgimiento de estas teorías conspirativas en el siglo XIX, pero con consecuencias duraderas para el presente?

Donatella Di Cesare:Si la conspiración fuera una reliquia del pasado, se agotaría cada vez más. Vemos que ocurre lo contrario. Existe una estrecha conexión entre conspiración y democracia. La palabra clave «poder» puede explicarlo. Tras la Revolución Francesa, el pueblo es finalmente soberano. Pero ¿dónde está su poder? Antes, se concentraba en el cuerpo del rey; ahora, nadie sabe dónde redescubrirlo. Parece temporal y fugaz. El poder del pueblo no es poder de nadie. Precisamente en esto Claude Lefort vio el aspecto revolucionario de la democracia, al hablar de un «vacío en la democracia».

WOZ:¿Qué quiere decir esto?

Donatella Di Cesare:Falta una base sólida; existen divisiones y brechas: dentro de la comunidad democrática, el pueblo solo puede declararse soberano en un sentido simbólico, no en un sentido sustantivo e identitario. Esto significa que no puede ocupar el centro del poder, y este debe permanecer vacío. Se comprende el asombro de los nuevos ciudadanos democráticos ante esta nueva forma política. Y también se comprende por qué este vacío está lleno de todo tipo de espectros. Esta tentación existe hoy más que nunca.

WOZ:¿Porqué es eso?

Donatella Di Cesare:Sin duda, el poder actual se presenta cada vez más volátil, omnipresente y en red, proyectado con mayor fuerza sobre los canales tecnológicos y los flujos económicos; parece descentralizado y quizás incluso sin dirección. No tiene rostro, nombre ni lugar. Solo se percibe su presencia difusa, lo que incrementa aún más la inseguridad y la sospecha. Del efecto se infiere una causa. Por lo tanto, uno se siente impotente. Esta sensación de impotencia se experimenta a diario. Cada noche vemos en las noticias lo que ocurre en el mundo: guerras y crisis de todo tipo. Pero tenemos la impresión de que no podemos cambiar nada. Somos un demos sin poder, sin Kratos; en otras palabras, ya no somos una democracia.

WOZ:Pero si me percibo impotente y luego construyo una figura que maneja los hilos en segundo plano, eso no me devuelve ningún poder, ¿verdad? Sigo siendo impotente.

Donatella Di Cesare:Debo enfatizar: no suele ser solo una cifra. Y ciertamente hay razones sólidas para asumir este mundo oculto. Durante años, hemos experimentado un debilitamiento de la democracia. La política se ha convertido en nada más que «gobernanza», una administración de la economía. En este sentido, la conspiración es una expresión de un malestar difuso. Señala la crisis de la democracia. ¡Cuántas promesas incumplidas! ¡Cuántas esperanzas traicionadas!

WOZ:Pero ¿no significa en realidad democracia gobierno o “soberanía del pueblo”?

Donatella Di Cesare:Y, sin embargo, este pueblo soberano se siente de todo menos soberano. El poder democrático parece escabullirse de sus manos. Y no es solo una sospecha: la democracia a menudo parece completamente ilusoria. Los gobiernos cambian, los partidos se reemplazan, pero nada cambia realmente. Lo que queda es el llamado Estado Profundo, ese poder institucional que puede mantenerse y perpetuarse intacto gracias a castas, grupos de presión, bancos, dinastías y algunas corporaciones mediáticas. Por lo tanto, no lo consideraría una simple fantasía.

WOZ:¿Qué se puede hacer para contrarrestar este peligroso sentimiento de impotencia política?

Donatella Di Cesare:No lo sé. El problema es, sin duda, el resentimiento que nos permite revolcarnos en nuestra propia impotencia. Es el nuevo opio del pueblo. Pero solo confirma nuestra propia impotencia política. La participación en el proceso democrático es el camino a seguir. Pero primero, debemos reflexionar sobre la conspiración como una señal importante. Solo puedo decir que el resentimiento se arraiga precisamente donde se desvanece el principio de la esperanza.

WOZ:¿Puedes explicarme eso con más detalle?

Donatella Di Cesare:La conspiración no es un espasmo mental ni una simple posverdad. Esta estigmatización es engañosa e ineficaz. Recientemente, se ha arraigado una anticonspiración que reivindica la propiedad exclusiva de la verdad y clasifica otras teorías como desviadas, irracionales y peligrosas. Una anticonspiración tan simplista corre el riesgo de endurecer aún más la línea entre la verdad «oficial» y la «oculta». En el fondo, todos somos conspiranoicos, tenemos que admitirlo. Porque cuando nos enteramos de un nuevo suceso, todos nos preguntamos: ¿Qué hay detrás?

WOZ:En realidad es una pregunta inocente.

Donatella Di Cesare:¡Claro! Y es una pregunta importante. El problema surge cuando cuestionar el escepticismo se convierte en certeza dogmática.

WOZ:Exploremos el tema político con más profundidad: Los políticos de derecha son quienes más se benefician de la crisis de la democracia que mencionaste y de la sensación de impotencia que experimenta mucha gente. ¿Existe una conexión entre las teorías conspirativas y el giro a la derecha?

Donatella Di Cesare:Por supuesto. Lo diría así: actualmente estamos experimentando una fuerte despolitización. ¿Qué significa despolitización? Significa, por ejemplo, que ya no participamos en las elecciones, lo cual es un problema en muchos países europeos.

WOZ:¿Por qué la gente ya no vota?

Donatella Di Cesare:Es solo un síntoma. La verdadera despolitización es la pérdida de la polis, es decir, la pérdida de la política como comunidad política. Se pierden los vínculos políticos. En ese sentido, es un fenómeno muy peligroso. Incluso se podría exagerar y decir que la despolitización ya es síntoma de un nuevo régimen autoritario. En el trumpismo vemos esta nueva forma. Ya no creemos en la política ni en la democracia.

WOZ:¿En qué creemos en cambio?

Donatella Di Cesare:Así que creo en la política y la democracia. Por eso intento señalar los peligros y también quiero recuperar el significado radical de la democracia.

WOZ:Eso suena bien. ¿Tienes en mente algún movimiento político específico que también esté intentando hacer esto?

Donatella Di Cesare:No me corresponde señalar el camino concreto. Además, ¿qué significa «concreto» o «práctico», y qué significa «teórico»? Soy filósofo, no político. Mi trabajo es pensar. Pensar, como sabemos, es muy peligroso; Hannah Arendt ya lo dijo. Y pensar es hoy más importante que nunca.

WOZ:En su libro, escribe que las conspiraciones siempre son construcciones de significado, explicaciones, narrativas simples que señalan a los culpables, etc. Sin embargo, para una democracia funcional, necesitaríamos construcciones de significado más complejas.

Donatella Di Cesare:Hablo de una «ilegibilidad del mundo». El mundo parece haberse desmoronado. El hilo de la narrativa se ha roto. Solo queda una intriga difícil de desentrañar. Los conspiradores, en cierto sentido, añoran la legibilidad. Albergan la ilusión de poder explicarlo todo. La intriga, de la que se consideran víctimas, puede resolverse así. Por eso les resulta atractiva la estrategia política de la nueva derecha, que señala el atajo fácil del perpetrador y aviva el miedo.

WOZ:¿Significa eso que la nueva derecha gobierna con el miedo de la gente?

Donatella Di Cesare:Se podría hablar realmente de una fobocracia. El poder se ejerce a través del miedo. Esto caracteriza al gobierno de la nueva derecha. Prometen una protección que no pueden brindar. Es más: provocan miedo deliberadamente, incitan al odio y construyen enemigos. La xenofobia y el conspiracionismo son aspectos fundamentales de la misma aversión a lo «exterior» y a lo extranjero. ¿Qué hace Trump? ¿Qué hace Georgia Meloni? ¿Qué hace Viktor Orbán? Identifican a un perpetrador que puede considerarse culpable: el mexicano, la persona trans, la feminista, el migrante. El conspiracionismo es una reacción inmediata a la complejidad de este mundo. Pero en lugar de encontrar una solución, constantemente señalan a un chivo expiatorio. Esta es una estrategia política que, lamentablemente, está ganando terreno. La experimentamos a diario.

WOZ:Ya que mencionaste a Georgia Meloni: ¿Cómo describirías su gobierno?

Donatella Di Cesare:Para mí, Meloni es diferente de Trump. Proviene de la derecha italiana radical y es posfascista en todos los sentidos. Tenemos un gobierno posfascista. Al principio, esto fue traumático para mí, y no solo para mí. Es precisamente en Italia, la tierra de Mussolini, donde nació el fascismo, donde está surgiendo el primer gobierno posfascista de Europa en 100 años. Quiero enfatizar esto primero. Pero al mismo tiempo, debo preguntarme: ¿Es Italia como Hungría? Estuve en Hungría hace poco y puedo responder: absolutamente no.

WOZ:¿Por qué no?

Donatella Di Cesare:Porque Italia tiene una fuerte tradición de izquierda y aún cuenta con una izquierda fuerte. Pero, lamentablemente, esta izquierda no está suficientemente representada.

WOZ:¿Qué significa eso?

Donatella Di Cesare:He hablado a menudo últimamente de una «izquierda difusa». No diría que Italia sea un país que haya virado claramente a la derecha. Hay mucha gente de izquierdas en Italia. Hay manifestaciones a diario. En muchas ciudades hay protestas, resistencia, manifestaciones. Innumerables. Así que hay mucha resistencia en Italia. Y, por supuesto, Italia es un país dividido, pero siempre lo ha sido. Eso también forma parte de nuestra historia. No es fácil predecir si la izquierda tendrá representación en el gobierno en el futuro. Porque es difícil crear una buena política migratoria. También tenemos un grave problema de pobreza. Tenemos un éxodo significativo de jóvenes. Al mismo tiempo, tenemos un grave problema demográfico. Así que todos estos problemas son muy complejos. Y me temo que las guerras y este plan de rearme de «Rearmar Europa» tendrán consecuencias graves y negativas en Italia.

WOZ:Usted mismo fue víctima del gobierno de Meloni (véase «El filósofo valiente»). ¿Cómo ve la situación de los intelectuales en Italia hoy?

Donatella Di Cesare:En los últimos años, varios intelectuales en Italia han sido procesados. Se han celebrado juicios uno tras otro, incluyendo el mío, el de Luciano Canfora, historiador, el del escritor Roberto Saviano y otros. Desde entonces, debo admitir que hablar en público se ha vuelto más difícil. Yo mismo hablo muy a menudo en público, en televisión, en debates públicos. Y últimamente me he preguntado a menudo: ¿Me siento todavía tan libre como antes?

WOZ:¿Y cuál es tu respuesta?

Donatella Di Cesare:Diría: No. Ya no me siento tan libre como antes. Y probablemente no lo volveré a sentir. También he perdido la confianza. Sin embargo, sigo hablando, como otros intelectuales. Y casi a diario digo lo que la gente no quiere oír: que tenemos un «gobierno posfascista». Pero, claro, observo que la libertad de expresión en Italia se ha reducido mucho. Todos lo sienten así.

WOZ:Recientemente firmó una carta abierta contra el regreso del fascismo. ¿Puede decirnos dónde ve diferencias, pero también similitudes, con el fascismo histórico actual?

Donatella Di Cesare:Esa es una pregunta importante. A diferencia de otros intérpretes y politólogos, estoy convencido de que existe una continuidad entre el fascismo histórico y el posfascismo. Hay diferencias, pero también similitudes. Me gustaría mencionar solo una de ellas: el intento de reducir el demos al ethnos. Para mí, el principal peligro de los Estados Unidos de Trump, la Italia de Meloni o la Hungría de Orbán es que la democracia se convierta en etnocracia. Es decir, las fronteras étnicas se enfatizan y defienden constantemente. Y eso es lo que vimos en el nacionalsocialismo y en el fascismo de Mussolini. Basta mencionar las Leyes de Núremberg de 1935 y las leyes raciales italianas de 1938. Esta interpretación del demos como ethnos es el punto en común más importante con el fascismo histórico, y es crucial hoy, por ejemplo, para la política migratoria o la ciudadanía. En Italia, por ejemplo, tenemos una ley de ciudadanía reaccionaria.

WOZ:¿Puedes nombrar también alguna diferencia?

Donatella Di Cesare:Hay muchas diferencias. Solo por el contexto histórico, que era bastante distinto. Lo que me parece crucial es que el posfascismo de Meloni se extiende en un contexto democrático, que, sin embargo, él busca cambiar.

WOZ:Un estado emocional muy extendido hoy en día, tan explotado por la derecha, es el resentimiento. ¿Por qué es tan difícil aprovechar este poderoso resentimiento para impulsar la política progresista?

Donatella Di Cesare:Por supuesto, el resentimiento también podría utilizarse para la política de izquierdas. Sentimos resentimiento, por ejemplo, cuando nos creemos víctimas de una injusticia. El resentimiento es una emoción política y, en este sentido, está justificado. La dificultad para la izquierda reside en procesar el resentimiento individual para que pueda elaborarse y articularse en torno a un proyecto político común.

WOZ:La derecha canaliza ese resentimiento hacia la política populista. En su libro, menciona a Ernesto Laclau, quien, junto con Chantal Mouffe, definió el populismo como una fuerza emancipadora también para la izquierda. ¿Cuál es su postura respecto al populismo?

Donatella Di Cesare:La cuestión del populismo es compleja. En la visión de Meloni sobre Italia, existe una relación directa entre el jefe de gobierno y el pueblo. ¿Para qué necesitamos entonces a la prensa? ¿Para qué a los intelectuales? El pueblo y yo: ese es el modelo populista de Meloni. Pero también coincido con Ágnes Heller, la filósofa húngara que, hacia el final de su vida, luchó incansablemente contra Orbán y analizó el fenómeno del orbanismo. Coincido con ella en que el orbanismo no es populismo, sino etnosoberanía. Sobre todo, Orbán incita al odio contra los extranjeros y todos los que son «diferentes».

WOZ:¿Existe también un populismo de izquierda?

Donatella Di Cesare:Para ser populista, no basta con la tan cacareada cercanía con la gente. Tampoco debemos olvidar que el populismo tiene una historia y se expresa de diversas formas, especialmente en el contexto latinoamericano. No es tanto una ideología como un estilo político que consiste en movilizar a las masas contra las élites. Por lo tanto, el populismo también puede ser de izquierdas y, sobre todo, puede ofrecer una alternativa a la crisis imperante. El politólogo francés Jacques Rancière describió acertadamente la palabra «populismo» como una etiqueta para la crisis de legitimidad de la política. Mientras que los populistas de izquierda apelan a la gente, a los sectores más pobres de la sociedad, para revitalizar sus reivindicaciones, Orbán utiliza una retórica nacional-populista. Y dada la forma en que él y la nueva derecha utilizan el populismo, prefiero hablar de soberanismo o, como dije, etnosoberanía, porque creo que es más preciso.

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Entrevista a Héctor Cerezo acerca del libro Los derechos humanos una herramienta de lucha

Héctor Cerezo Contreras, coordinador del área de acompañamiento del Comité Cerezo México, nos habló de la concepción de los derechos humanos que se aborda en el libro y de la importancia de plasmar teóricamente la práctica de la defensa de los DDHH. Puedes descargar el libro aquí

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Entrevista a la feminista y panafricanista keniana Wangari Kinoti «Las mujeres y niñas terminamos absorbiendo el golpe de la deuda y la austeridad»

Por Soraya Aybar Laafou

La activista de origen keniano denuncia que la Conferencia sobre Financiación para el Desarrollo ha excluido al sur global del debate de las reformas sobre el sistema económico entre gobiernos e instituciones financieras, y recalca que se ha poner coto a la deuda externa con un enfoque feminista

La IV Conferencia sobre Financiación para el Desarrollo, celebrada en Sevilla, ha sido escenario de fuertes tensiones entre la sociedad civil y los organismos multilaterales. Mientras los gobiernos y las instituciones financieras debatían sobre reformas del sistema económico global, las voces del sur global denuncian haber sido excluidas del proceso.

Así lo señala Wangari Kinoti (Nairobi, 1979), feminista panafricanista de origen keniano y referente internacional en justicia económica y derechos de las mujeres. Kinoti lideró en Sevilla una de las delegaciones de la sociedad civil que asistieron a la conferencia. Con una trayectoria vinculada a organizaciones como ActionAid y múltiples redes feministas internacionales, señala que mujeres y niñas acaban siendo el amortiguador de las crisis económicas y lanza una advertencia clara: si no se hace justicia con la deuda de los países del sur, no habrá igualdad real.

¿Cómo ha visto esta conferencia en Sevilla? ¿Cuál es su impresión principal sobre el enfoque actual de la financiación para el desarrollo?

El ambiente no ha sido favorable para la sociedad civil. Aunque el secretario general de Naciones Unidas, [António Guterres], aseguró en un mensaje al foro de la sociedad civil que seríamos la conciencia de este proceso, en realidad hemos sido sistemáticamente excluidas del diálogo con los Estados miembros y los organismos de la ONU. Incluso se nos ha amenazado con expulsiones por alzar la voz.

Este proceso, que se presenta como inclusivo y democrático, reproduce la arquitectura colonial y patriarcal de la financiación del desarrollo que supuestamente vinimos a reformar. Las propuestas más progresistas, muchas de ellas impulsadas por Estados africanos y movimiento sociales globales, han sido eliminadas del documento final. En esencia, las voces de quienes más sufren esta injusticia han sido silenciadas.

A pesar de todo, logramos realizar una acción simbólica de la sociedad civil dentro del espacio de la conferencia. Solo tuvimos tres minutos, pero fue suficiente para expresar nuestra solidaridad global frente al imperialismo financiero y alzar la voz por la justicia de género, fiscal, climática y de la deuda.

Según su experiencia, ¿qué espacio se da a las voces feministas y del sur global en este contexto? ¿Se siente escuchada aquí?

Incluso dentro de espacios de la sociedad civil más “convencionales”, las voces feministas no siempre son escuchadas. Pero por eso mismo estamos aquí, con una fuerte presencia feminista en Sevilla. Tuvimos un foro feminista durante los dos días previos a la conferencia oficial, y desde ahí articulamos las luchas por la justicia de género, económica y climática.

Las feministas estamos entrelazando estas luchas porque están en el núcleo de nuestra misión: garantizar una vida digna para todas las personas y proteger el planeta que habitamos. ¿Es suficiente el espacio que se nos da? Nunca lo es. Pero siempre estamos aquí para ocuparlo, para reclamarlo y para transformarlo.

¿Cuál cree que es el mayor riesgo de que estas cumbres internacionales no incorporen una perspectiva feminista estructural?

El riesgo es enorme. Una mirada feminista —que en realidad son muchas, porque hay distintos feminismos— nos permite conectar lo local con lo global, lo macroeconómico con la experiencia vivida. Revela puntos ciegos, opresiones que se cruzan, y se enfoca en quienes han sido sistemáticamente marginadas. Nos obliga a enfrentar el poder y a imaginar nuevas formas de bienestar centradas en el cuidado. No incorporar estas miradas no solo es un error: es peligroso. Si este proceso no integra una perspectiva feminista estructural, será incapaz de transformar realmente las arquitecturas globales de poder.

Habla con firmeza sobre la necesidad de abolir la deuda desde una mirada feminista. ¿Qué significa exactamente y por qué es tan importante?

La mayoría de los países del sur global están atrapados en un círculo vicioso de deuda. Hablamos de justicia de la deuda porque su estructura actual es profundamente injusta, colonial e imperialista. Y entrelazada con todo eso está la injusticia de género.

Las políticas económicas no son neutrales. Cuando hay deuda y austeridad, las mujeres y niñas terminamos absorbiendo el golpe: hacemos más trabajo no remunerado, asumimos el colapso de los servicios públicos, nos empujan hacia trabajos precarios y mal pagados. Las niñas abandonan la escuela. Pagamos de nuestro bolsillo servicios que deberían ser públicos. Y todo eso se da en contextos de violencia estructural que se agrava.

Concretamente, ¿cómo afecta la deuda externa a la vida cotidiana de las mujeres en contextos como el de África o América Latina?

La deuda significa menos inversión en salud, educación, protección social. Eso nos afecta directamente: más tareas de cuidado, más riesgos, menos derechos. Las mujeres somos las primeras en sentir el impacto de cada recorte. Estamos hablando de vidas deterioradas, de derechos negados, de violencia sistemática que atraviesa todos los ámbitos.

¿Qué papel tienen instituciones como el FMI o el Banco Mundial en la perpetuación de un sistema económico que reproduce desigualdades de género?

El FMI impone políticas de ajuste estructural que priorizan el pago de la deuda por encima del bienestar de las personas. Promueve recortes en servicios esenciales, lo que destruye la salud y la educación pública. El Banco Mundial, por su parte, fomenta la privatización de servicios y la financiarización del desarrollo.

Estas instituciones, que han estado en el centro de la gobernanza económica global por más de ocho décadas, mantienen a los países del sur global marginados de las decisiones clave. Esto genera más deuda, reformas nocivas y menos inversión en lo esencial.

¿Ve avances reales en la narrativa internacional sobre deuda y género o seguimos en los márgenes?

Hay avances, sí. Cada vez se habla más de las conexiones entre justicia de la deuda y justicia de género. Pero estamos lejos de donde necesitamos estar. Y lo más importante es que esto se aborde desde lo estructural. Porque el sistema económico actual está diseñado para aumentar la desigualdad, la injusticia y la explotación.

¿Y cómo puede el feminismo internacionalista construir una agenda común frente a sistemas económicos y financieros tan poderosos?

Ya lo estamos haciendo. Llevamos décadas construyendo una agenda feminista común. Desde la Conferencia de Beijing hace 30 años –donde ya se habló de la necesidad de incorporar una mirada de género en las políticas macroeconómicas– hasta hoy, seguimos organizándonos entre movimientos, regiones y causas.

Nos inspiran nuestra hermandad, nuestra solidaridad, nuestra memoria feminista. Aunque nos ignoren o nos digan que somos demasiado, no nos rendimos. Porque todo está en juego. Y, al final, el poder está en la gente.

Como mujer panafricana y feminista que lidera una agenda global, ¿cuáles han sido los mayores retos a los se que ha enfrentado en espacios de poder y toma de decisiones internacionales?

Uno de los mayores desafíos ha sido precisamente ese: ser ignoradas o reducidas a una presencia simbólica. Pero no estamos aquí para cumplir cuotas, sino para transformar estructuras. Seguimos adelante porque estamos organizadas, porque tenemos una visión clara y porque no estamos solas.

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¿Qué la inspira y la sostiene en esa lucha?

Me sostiene la fuerza colectiva, nuestra hermandad global. Me inspira la historia feminista, todo lo que ya hemos logrado y lo que todavía podemos alcanzar. A las jóvenes feministas les diría que no están solas. Nunca subestimen el poder de organizarse, de conectar luchas, de alzar la voz. Puede que el sistema sea enorme, pero también lo es nuestra capacidad de imaginar otro mundo y de construirlo juntas.

Fuente: https://www.eldiario.es/desalambre/wangari-kinoti-mujeres-ninas-terminamos-absorbiendo-golpe-deuda-austeridad_128_12439681.html

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“La austeridad sirve para disciplinar a la clase trabajadora”

Con la publicación de El orden del capital, traducido por Isadora Carolina Prieto y Anna Hernández y editado por Capitán Swing, Clara E. Mattei (Italia, 1988) pone en nuestras manos una de las intervenciones más incisivas sobre la historia y el presente de la austeridad. Profesora de economía y directora del Centro de Economía Heterodoxa (CHE, por sus siglas en inglés) en la Universidad de Tulsa (Oklahoma), Mattei explica en esta entrevista que la austeridad no es un instrumento técnico destinado a sanear las finanzas públicas. Por el contrario, se trata de una herramienta política de dominación del capital frente al trabajo, destinada a reforzar el poder del primero, reprimir la disidencia del segundo y clausurar toda posibilidad de un futuro alternativo al establecido como inevitable. A través del análisis histórico del periodo de entreguerras y su eco en el presente –desde las guerras arancelarias de Trump hasta las luchas por la autogestión y la democracia económica–, esta profesora desmantela el mito de la neutralidad de los “expertos” económicos y reivindica el conocimiento popular y la organización colectiva como claves para imaginar otro orden y construirlo.

Quisiera empezar por su proceso de investigación para el libro. ¿Hubo momentos o etapas, en cuanto a los archivos o marcos teóricos, que fueron especialmente importantes para el desarrollo de su trabajo?

A veces se subestima lo mucho que las fuentes primarias nos hablan todavía a día de hoy. A menudo expresan ideas muy actuales, pero de forma más directa. En el trabajo de archivo se encuentra de todo, pero cuando das con documentos que expresan claramente la lógica de la austeridad –como el “trabaja duro, vive con esfuerzo, ahorra”–, por ejemplo, en las conferencias de Bruselas o cuando lees cartas como la de Montagu Norman, gobernador del Banco de Inglaterra, apoyando abiertamente a Mussolini –donde dice que fue “el hombre adecuado en un momento crítico”–, esos momentos son reveladores. Confirman que lo que estás reconstruyendo encuentra un fuerte respaldo en las visiones de quienes hicieron la historia en aquel momento.

¿Por qué eligió centrarse en Gran Bretaña e Italia en el período de entreguerras? ¿Qué había de particularmente destacable en ese momento para su enfoque?

Lo hice principalmente porque conozco los idiomas, lo cual es esencial para trabajar con fuentes primarias. Pero también porque Italia y Gran Bretaña ofrecen un contraste muy revelador, que se supone potencialmente opuesto, tanto ideológica como institucionalmente. Por un lado, la cuna del liberalismo parlamentario y el imperialismo; por el otro, un país más atrasado que también es el lugar de nacimiento del fascismo. Y sin embargo, lo interesante es cómo ambos gestionaron de forma similar el capitalismo tras la Primera Guerra Mundial, especialmente frente al empoderamiento de la clase trabajadora, que puso en cuestión dos pilares fundamentales del orden, como son el trabajo asalariado y la propiedad privada de los medios de producción. En ambos casos recurrieron a tecnócratas para justificar políticas de austeridad, idénticas a las que hoy se utilizan para extraer de la gente sus recursos y socavar su poder, con el objetivo de mantener la economía como un ente aparentemente eterno e invencible. Pero esta “invencibilidad” es en realidad el resultado de una intervención estatal activa, no de un libre mercado. El laissez faire es una construcción ideológica: es el Estado interviniendo para beneficiar a las élites económicas. Y eso sigue ocurriendo hoy.

¿Qué paralelismos ve entre los regímenes de austeridad que estudia y los impulsos de austeridad posteriores a 2008 o al covid, u otras políticas recientes?

Creo que hay una clara continuidad tanto en cómo se justifican como en cómo se aplican estas políticas. Su propósito sigue siendo debilitar a la clase trabajadora. Lo que llamo en el libro la “trinidad de la austeridad” –disciplina fiscal, monetaria y laboral que se traduce en recortes del gasto social, privatizaciones y reformas laborales regresivas– es un patrón recurrente en la historia del capitalismo. En el trabajo que estoy desarrollando ahora, trato de mostrar cómo incluso en los llamados “años dorados” esta lógica estuvo presente, de igual modo que lo ha seguido estando desde la década de los setenta hasta la actualidad.

A mi modo de ver, la austeridad está en el ADN del capitalismo. No puede haber capitalismo sin austeridad. No es solo una reacción temporal ante crisis o desafíos revolucionarios en los que la gente puede llegar a cuestionar la economía, sino una necesidad estructural: el sistema, al basarse en la subordinación de la mayoría, es frágil y necesita de una protección constante. Se crean así las condiciones políticas de manera continua para la reproducción del orden del capital. Europa ha sido un laboratorio de esta lógica de austeridad industrial, con privatizaciones, desregulación y precarización laboral. En EEUU, esto se refleja en los contratos por horas no garantizadas y salarios bajos, que trasladan el riesgo económico directamente al trabajador.

 La militarización no rompe con la lógica de la austeridad; al contrario, la refuerza

Por otro lado, algunos han querido ver en el auge del militarismo en la Europa actual una forma de intervencionismo keynesiano posneoliberal, pero eso es un reductivismo engañoso. La militarización no rompe con la lógica de la austeridad; al contrario, la refuerza. Se recortan gastos sociales con el pretexto de rearmarse, lo que canaliza recursos públicos hacia corporaciones privadas. Esto no empodera a los trabajadores, porque el gasto social podría fortalecerles y poner al sistema en problemas. Por el contrario, redirigir los recursos hacia unos pocos da sustento a un sistema de lucro privado, incluso a lomos de guerras sin fin como la de Ucrania o la destrucción genocida de Palestina. Todo para incrementar el valor de las acciones de las corporaciones, no solo de armamento, sino también tecnológicas como Google o Microsoft, que hacen millones gracias a ello, por ejemplo, a través de contratos con el ejército israelí.

En definitiva, la lógica del lucro está en contradicción directa con las necesidades humanas. La economía actual no está hecha para servir a las personas, sino para extraer, explotar y destruir a expensas del clima, generaciones futuras y gente inocente, y es importante decirlo con claridad.

 La austeridad no tiene nada que ver con combatir la inflación

¿Qué tipos de resistencia a la austeridad surgieron en el período que estudió, y cómo fueron reprimidos o cooptados? ¿Cómo resuena eso en la actualidad, también a la hora de pensar la austeridad como una herramienta para clausurar la aparición de futuros alternativos?

El período de 1919-1920 muestra cuán exitoso e inteligente fue el proyecto de la austeridad. No en términos de equilibrar presupuestos, porque nunca lo hace –de hecho, es muy costoso–, sino en lo que se refiere a su capacidad para reprimir las expectativas de cambio y aumentar la explotación del trabajo. La austeridad no tiene nada que ver con combatir la inflación, como se vende, sino con disciplinar a la clase trabajadora.

Una de las claves para eso fue lo que, en términos gramscianos, denominaríamos la construcción del consenso social. Para frenar los impulsos transformadores del proletariado, como los consejos obreros donde los trabajadores tomaban decisiones económicas y participaban en la construcción de nuevas instituciones, los “expertos” impusieron la idea de que solo ellos entendían la economía. Así, deslegitimaron el conocimiento popular y comunitario, y comenzaron a difundir el mito de que no hay clases sociales, sino solo individuos, y que el experto habla en nombre del bien común de todos, de toda la nación.

Esta retórica técnica y “apolítica”, que reestablecía el equilibrio económico, fue fundamental para neutralizar toda alternativa. Con ello, se redujo el campo de análisis en favor de una supuesta objetividad, se naturalizaron instituciones como la propiedad privada y el trabajo asalariado –sin cuestionar sus fundamentos históricos–, y luego se universalizó este orden como si fuera inevitable. Así surge la idea thatcheriana de “no hay alternativa” [TINA, por sus siglas en inglés].

Las universidades hoy están organizadas precisamente para evitar que el conocimiento sea empoderador

Entender cómo los “expertos” sirven de coacción social por medio de la trinidad de la austeridad y cómo se construye esta autoridad “experta” es un acto de empoderamiento. Nos permite deconstruir la falsa objetividad del discurso económico dominante y reabrir la posibilidad de pensar alternativas a este. Es importante señalar que las universidades hoy están organizadas precisamente para evitar que el conocimiento sea empoderador para los estudiantes, razón por la cual muchos de ellos en la actualidad se rebelan contra cómo se les educa.

En última instancia, la clave está en recuperar el conocimiento colectivo como herramienta de transformación, y entender cómo este se ha intentado suprimir históricamente aplicando la austeridad también a la producción de conocimiento.

¿Qué le llevó precisamente a interpretar la austeridad como un arma política y no como una solución técnica o científica? ¿Y cómo le sirvió para desarrollar la noción de “orden del capital”, como la forma esencial de las relaciones sociales bajo el capitalismo?

Al estudiar la historia, muchas intuiciones teóricas, como las del marxismo, se vuelven evidentes. Por ejemplo, que el capital no es una cosa, sino una relación social, es algo que los economistas nunca tienen en cuenta. La economía dominante –incluso en versiones progresistas como la de Piketty– sigue tratando al capital como algo técnico, como dinero o insumos para la producción, lo cual define al capital en términos que lo fetichiza y lo universaliza. Sin embargo, el sistema económico se basa en las personas. El primero en darse cuenta de esto fue Marx, que dijo que la economía se fundamentaba en las relaciones sociales entre personas, lo cual la convierte en una disciplina política por definición, porque remite al poder y las relaciones de poder, a quién toma las decisiones y quién se beneficia de la producción.

Desde esa mirada, empezamos a pensar de una forma más emancipatoria: si este es un sistema político, ¿qué le da continuidad y qué mecanismos se activan para ello? Entonces, la austeridad se presenta como una herramienta clave para sostener ese orden del capital. No es la única, pero sí una forma muy clara de gestión social: sirve para contener y moldear a la sociedad según los intereses del capital. Y si esto es así, también podríamos organizarnos socialmente de otra forma.

Lo interesante es que en momentos históricos como este, incluso figuras como Trump, aunque desde una agenda opuesta, han dejado en evidencia que la economía es profundamente política. Con sus aranceles, por ejemplo, ha roto con la narrativa de que la globalización es un proceso natural e inevitable para los seres humanos. Por supuesto, no lo hace para liberar a los trabajadores, a los que les está aplicando severas políticas de austeridad –por ejemplo, cortando dos billones de dólares en gasto social y reduciendo más de cuatro billones en impuestos a las empresas y los ricos, como parte de una guerra contra los pobres. Pero Trump está mostrando, por un lado, que no hay economía separada de las decisiones políticas y, por otro, paradójicamente, que el sistema es potencialmente modificable.

Esto es interesante porque, al final, si tomamos en serio la dimensión social, histórica y política de la economía, deberíamos abrir más espacio a experiencias presentes que cuestionan los pilares fundamentales del capitalismo que ya mencioné: el trabajo asalariado y la propiedad privada de los medios de producción.

Ya que menciona esto, quería preguntarle sobre el vínculo entre la austeridad, como instrumento histórico para disciplinar a la clase, y las guerras arancelarias actuales, que Trump y otros se esfuerzan en presentar como políticas en favor del empleo nacional, aunque el costo real recaiga precisamente en la clase trabajadora. ¿Cree que los aranceles funcionan también como una herramienta para gestionar el descontento complementaria a la austeridad?

Es una buena forma de plantearlo. Esta guerra arancelaria funciona como una herramienta para gestionar el descontento social, aunque la efectividad de sus resultados sea incierta. La idea de que los trabajadores estadounidenses se beneficiarán de estas guerras comerciales es pura fantasía: las corporaciones solo reubicarán empleos si el entorno para la producción y la generación de beneficios les resulta favorable, y con el nivel de automatización actual, eso es muy improbable.

Lo que sí está claro es que los trabajadores tendrán que hacer frente a precios más altos, ya que las empresas aprovechan cualquier excusa para subirlos y aumentar sus beneficios, incluso si los costos reales no lo justifican. En un país donde el 52% de las familias no pueden cubrir sus necesidades básicas y el 78% vive al día, esto agrava una situación ya crítica. La gente está en estado de pobreza extrema en este país, y los aranceles no van a ayudarles.

Mientras tanto, la austeridad clásica continúa, con recortes brutales a programas sociales como Medicaid, Medicare o la educación pública, que afectan sobre todo a los más vulnerables. Esto ya no convence ni siquiera a la base de Trump, así que los aranceles sirven más como narrativa del “hacer América grande de nuevo” que como solución real. En definitiva, encubren un sistema que sigue extrayendo riqueza de los trabajadores, al tiempo que exponen las contradicciones de un orden global en crisis.

Lo que está claro es que EEUU es un imperio en decadencia. Está perdiendo. China y los BRICS son ya un poder económico muy superior, y EEUU busca reafirmar su poder mediante gestos agresivos, pero poco efectivos. Es una farsa que va a acelerar su aislamiento. Esto, combinado con su apoyo incondicional a Israel, Netanyahu y el genocidio en curso, está deteriorando tanto su poder económico como su legitimidad política en el mundo.

Escuchar a Trump decir que podría adueñarse de Gaza, después de haber asesinado y desplazado a quienquiera que quede, es un signo inequívoco de que EEUU no puede representar más el centro de cualquier pacto mundial que nos propongamos, que es algo de lo que todos los liberales en este país todavía están convencidos. Algunos incluso dicen eso de que “Trump es malo, pero no tan malo como otras alternativas”, en referencia a Rusia, China o lo que tengan en mente. ¿En serio? Así que es interesante ver cómo incluso esos liberales que están tan convencidos de la superioridad estadounidense no tienen capacidad para defender lo que está sucediendo. Es una gran farsa. Y Europa debería dejar de ser tan servil a EEUU, pero no creo que lo haga.

Quería ahondar en el tema de la guerra arancelaria como síntoma de una crisis más profunda de legitimidad del orden del capital, similar a la que describe tras la Primera Guerra Mundial. Si así fuera, ¿qué tipo de orden cree que podría surgir de este momento?

Evidentemente, no se trata solo de EEUU frente al resto del mundo. Más bien, lo que se está haciendo cada vez más obvio es que hasta la esperanza de conseguir un trabajo alienante y mal pagado en industrias insostenibles como la automotriz ya no es suficiente ni deseable como horizonte de vida. Hay que imaginar algo mejor para las próximas generaciones.

Están sucediendo muchas cosas importantes. Existen muchas iniciativas subterráneas y poco visibilizadas que ofrecen alternativas reales y exigen retomar las raíces de experiencias sobre las que he escrito. Una de ellas es la autogestión obrera, una demanda histórica clave para una verdadera democracia económica, porque permite que las personas participen en las decisiones sobre sus condiciones materiales de vida y fomenta modelos de producción sostenibles y comunitarios que no se basan únicamente en el lucro. Porque una vez que los trabajadores refuerzan los lazos con sus comunidades, priorizan la sostenibilidad ecológica de estas. Hay grandes ejemplos concretos en el mundo, como el del Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST) en Brasil, que ha desarrollado exitosamente proyectos agroecológicos autogestionados e inspiran a muchos movimientos a presionar a los gobiernos para recuperar la tierra.

Fuente de la información: https://ctxt.es

Fotografía: CTXT. Clara Mattei. / Anton Brink

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Entrevista OVE: Claudia Pedone sobre Migraciones Latinoamericanas. (Video)

Entrevista realizada por Luis Bonilla Molina para Centro Internacional de Investigación Otras Voces en Educación 

Claudia Pedone es una investigadora especializada en migraciones, con un enfoque en movilidad humana, políticas migratorias y dinámicas transnacionales, especialmente en América Latina y Europa.

Algunos aspectos destacados de su trabajo:

  • Temas de investigación: Migraciones internacionales, familias transnacionales, migración y género, políticas migratorias, migración cualificada (especialmente desde América Latina hacia Europa).

  • Vinculación académica: Ha trabajado en instituciones como el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en España y colaborado con universidades y centros de investigación en Europa y América Latina.

  • Publicaciones: Ha escrito artículos y capítulos sobre migraciones, destacándose en estudios sobre migrantes latinoamericanos en España y procesos de integración.

Algunas publicaciones o proyectos relacionados:

  1. «Políticas migratorias y estrategias familiares» – Análisis de cómo las familias migrantes adaptan sus estrategias frente a cambios legislativos.

  2. «Migración calificada y movilidad» – Estudios sobre profesionales latinoamericanos en Europa.

  3. Colaboraciones en libros como «Migraciones internacionales: miradas desde América Latina» (entre otros).

Les invitamos a ver y escuchar la entrevista y a dejar sus comentarios.

 

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