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Entrevista a Cynthia Santacruz: «La escuela debe volver a la relación, al tú a tú y al contacto»

Diego Francesch
La psicoterapeuta y formadora Cynthia Santacruz defiende que la dimensión emocional es el centro del aprendizaje y reclama más cuidado para el profesorado, más presencia del cuerpo en la escuela y una mirada más profunda sobre el trauma infantil, la convivencia y el acoso escolar.

La psicoterapeuta Cynthia Santacruz en un momento de la entrevista con Diego Francesch.

Cynthia Santacruz es psicóloga, psicoterapeuta, comunicadora y formadora, especializada en trauma emocional y vínculos afectivos. Con casi 20 años de experiencia, ha desarrollado una trayectoria centrada en el acompañamiento profundo de procesos emocionales desde un enfoque integrador que articula modelos dinámicos, sistémicos y neurobiológicos.

A lo largo de su carrera, ha trabajado con población adulta, infantil y familias, experiencia con la que ha consolidado una mirada terapéutica centrada en el vínculo como eje fundamental del bienestar psicológico.

No hay educación sin educación emocional

La psicoterapeuta y comunicadora sostiene que el debate educativo se ha quedado muchas veces en la superficie. Para ella, la cuestión no es si la emoción debe entrar o no en el aula, sino cómo se ha podido llegar a construir aprendizaje sin colocarla en el centro. ¿Cómo hemos conseguido llegar a crear aprendizajes sin llamar a las cosas por su nombre? Esa es, a su juicio, la gran pregunta. Santacruz insiste en que la dimensión emocional no es un añadido, sino la base sobre la que se sostiene cualquier proceso de enseñanza-aprendizaje. En un contexto marcado por la tecnología, la sobreestimulación, la multiculturalidad y la creciente preocupación por la salud mental, recuerda que la escuela no puede seguir ignorando lo que sucede en el plano afectivo y relacional.

A su entender, el problema no es nuevo, pero ahora resulta más visible. Antes había más cercanía, menos estímulos y más espacios de encuentro. Hoy, en cambio, la escuela convive con el desgaste de la prisa, la fragmentación y la dificultad para sostener vínculos.

La relación docente-alumno como clave

Santacruz defiende que la relación entre profesor y alumno es determinante. De hecho, recuerda que ya existen estudios que apuntan a una correlación directa entre el éxito escolar y el vínculo con el maestro. ¿Eso también es cosa de los profesores? Su respuesta es tajante: sí. No solo de los docentes, sino de cualquiera que trabaje con personas. Para ella, entrar en el alma del otro exige respeto, presencia y destrezas emocionales. En esa línea, rechaza la idea de que el profesorado deba limitarse a transmitir contenidos. Considera que el gran reto no es llenar el horario de programas emocionales, sino transformar la manera en que los adultos se relacionan con los niños y adolescentes. Según explica, no basta con enseñar qué es la alegría o la tristeza en un bloque semanal: lo verdaderamente importante es que el docente se conozca, revise su propia historia y pueda intervenir desde una posición madura y disponible.

¿Es necesario ser buena persona para ser buen profesor? Santacruz cree que sí, con rotundidad. Matiza, eso sí, que tener heridas no impide ser una buena persona. El problema surge cuando esas heridas no se miran y acaban proyectándose sobre el alumnado. De ahí que insista una y otra vez en la importancia del autoconocimiento y del trabajo personal del profesorado.

Trauma, cuerpo y aprendizaje

Uno de los ejes de la conversación es el trauma infantil. La especialista explica que muchos comportamientos que en clase se interpretan como desafío, indisciplina o mala actitud son en realidad respuestas biológicas de un organismo que intenta sobrevivir a un contexto estresante. Habla de grandes traumas y de traumas pequeños, esas heridas cotidianas asociadas a la prisa, a la falta de escucha, a hogares desbordados o a entornos donde el niño apenas encuentra tiempo para ser mirado.

Para Santacruz, cuando un alumno llega al aula cargado de tensión, no puede sostener la atención de la misma manera que otro que llega regulado. Por eso reclama pequeños protocolos de descarga y más atención al cuerpo, un gran ausente en muchos sistemas escolares. ¿Qué le pasa a ese niño que no para quieto o a ese otro que se encierra en sí mismo? La respuesta, dice, no siempre está en una etiqueta diagnóstica. A veces el cuerpo está hablando. A veces el movimiento, el silencio o la hipotonía son una forma de pedir ayuda.

Una escuela que cuide a quien cuida

La psicoterapeuta también pone el foco en el profesorado, al que considera una pieza central de cualquier cambio educativo. A su juicio, los maestros son la verdadera base del sistema, aunque muchas veces no reciben el reconocimiento social, la formación ni el cuidado que necesitan.

¿Qué hacemos con un profesor quemado? Santacruz cree que un docente agotado no puede sostener adecuadamente al grupo y que la escuela debe revisar también sus estructuras, sus cargas burocráticas y sus criterios de permanencia. Propone un modelo más flexible, donde el talento del profesorado pueda reorientarse si el aula ya no es el mejor lugar para esa persona.

A lo largo de la charla insiste en que la escuela no puede seguir funcionando como una máquina que absorbe esfuerzo y devuelve desgaste. Necesita adultos regulados, comprometidos y emocionalmente disponibles.

Bullying, violencia y búsqueda de poder

El acoso escolar aparece como una de las expresiones más dolorosas de esa desconexión emocional. Santacruz sostiene que no se erradica solo con campañas o protocolos, porque el problema está en la raíz: la violencia se reproduce cuando no se trabaja la propia agresividad, cuando los vínculos se debilitan y cuando el poder sustituye al amor como forma de relación.

¿Por qué sigue reproduciéndose el bullying? Porque, según explica, aún no se ha logrado construir una auténtica cultura de buenos tratos. Y eso requiere mirar no solo al niño que agrede, sino también al contexto familiar, escolar y social en el que aprende a relacionarse. En muchas ocasiones, añade, el alumno no expresa su sufrimiento en casa, sino en el colegio, porque allí encuentra por primera vez a un adulto capaz de verlo.

Escuelas emocionalmente seguras

Al final de la conversación, Cynthia Santacruz resume su idea de escuela ideal en una noción sencilla: seguridad. Una escuela emocionalmente segura es aquella que ofrece señales claras al sistema nervioso del niño, con adultos responsables, espacios reguladores y una presencia capaz de contener.

¿Qué caracteriza a una escuela emocionalmente segura? Que el alumno pueda aprender, hablar, jugar y relacionarse sin estar en estado de alerta permanente. Que encuentre figuras adultas a las que dirigirse cuando algo duele. Que haya cuerpo, vínculo, escucha y respeto. Para Santacruz, ese es el camino realista y urgente. No uno hecho de fórmulas vacías, sino de relaciones más humanas. Porque, como deja claro a lo largo de toda la entrevista, el futuro de la escuela pasa por devolver al centro aquello que nunca debió salir de él: la relación entre personas.

Cynthia Santacruz: «La escuela debe volver a la relación, al tú a tú y al contacto»

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Entrevista a Sandra Rodríguez Cotto, periodista, literata e historiadora puertorriqueña

«El trabajo con jóvenes podcasters, periodistas ciudadanos e independientes, cineastas, líderes comunitarios y ambientalistas es el que más me gusta porque siempre tienen hambre por crear y compartir»

Sandra Rodríguez Cotto es una periodista con más de tres décadas de experiencia en el ámbito del periodismo y la comunicación, tanto en Puerto Rico como en Estados Unidos y en varios países de América Latina. Además de su labor periodística, se desempeña como analista de noticias y política, comentarista de radio, productora de televisión, columnista y bloguera.

Obtuvo su título de licenciatura en Periodismo y Comunicación, así como en Literatura Latinoamericana e Historia del Caribe, en Rutgers, la Universidad Estatal de Nueva Jersey. Actualmente, está cursando estudios de posgrado en la Facultad de Comunicación e Información de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

Según el estudio sobre Tendencias Digitales del 2024 en Puerto Rico, llevado a cabo por la Asociación de Ejecutivos de Ventas y Mercadeo, su plataforma informativa, «En Blanco y Negro», fue reconocida como la segunda fuente de noticias independientes más relevante de la isla.

Sandra ha escrito varios libros sobre comunicación y periodismo, y ha recibido múltiples premios a nivel local e internacional por sus publicaciones. Entre sus distinciones destaca el Premio Nacional de Literatura y Periodismo Bolívar Pagán, otorgado por el Instituto de Literatura Puertorriqueña, por sus columnas de opinión en el diario digital NotiCel y en su obra «En Blanco y Negro con Sandra» durante el periodo 2016-2017.

Además, fue cofundadora del Centro para la Libertad de Prensa y ha ocupado el cargo de expresidenta del Overseas Press Club. Rodríguez Cotto ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

– Wilkins Román Samot (WRS, en adelante) – No hace poco publicó su libro, En Blanco y Negro con Sandra (2016) ¿De qué trató o tratas en dicho libro? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarle?

– Sandra Rodríguez Cotto (SRC, en adelante) – El libro En Blanco y Negro con Sandra se publicó en el 2016 – ya han pasado 9 años desde entonces. Después de ese saqué Bitácora de una Transmisión Radial (2018); The News Media in Puerto Rico (2020); y Para Entender los Medios de Comunicación en Puerto Rico (2022). Antes de En Blanco y Negro, publiqué el librito Frente a los Medios: Consejos para manejarse ante los periodistas y otras audiencias (2014).

He publicado ensayos en antologías tales como Crónicas de María (2018), Aftershocks of the dissaster (2018), Réplicas del Desastre (2019), Strike (2019), La Noticia y Yo 2.0 (2019), Pandemia de escritores ante el distanciamiento social (2020), y la Primera Antología de Comunicación Política en Puerto Rico (2024), entre otros.

Pero debo admitir que gran parte de lo que he trabajado siempre se ha relacionado a los medios de comunicación y el periodismo, que es lo que inicié con En Blanco y Negro. Ese libro es una recopilación de sobre 1,000 artículos con los que inicié el blog homónimo En Blanco y Negro con Sandra, en la plataforma de Blogger, donde iba documentando los rápidos y vertiginosos cambios en los medios de comunicación y el periodismo puertorriqueño en los primeros 10 años del siglo 21 y a partir del 2010 hasta el presente. Ahora mismo son 26 años corridos haciendo esos análisis e investigaciones.

Pero volviendo al libro, es de los primeros 10 años del siglo y los textos los seleccionó mi amiga, la escritora y profesora Mayra Santos Febres.

Mayra llevaba desde el ‘93 diciéndome que escribiera, y un día me volvió loca con su insistencia, al punto que imprimí todos los textos del blog y se los llevé. Eran como 1,200 páginas. De esos, ella dividió en 4 grupos. Y me dijo que tenía tanto material que podía publicar 4 libros adicionales a ese de En Blanco y Negro. Finalmente, el libro lo editó ella y lo publiqué.

Debo aclararte algo. Yo he estado escribiendo sobre el periodismo y las prácticas periodísticas en Puerto Rico y el mundo, consistentemente desde el 1993, que fue el año en que regresé a la isla de mi graduación de universidad en New Jersey. Todo se debe a que, en mi primer trabajo en Puerto Rico, que fue el periódico Caribbean Business – que ya no existe – se me asignó cubrir la “fuente” o “beat” de medios, publicidad, televisión, o sea, el mundo de las comunicaciones. Hice fuentes y amistades entre los dueños y gerentes de todos los medios (prensa, radio, televisión), agencias de publicidad y firmas de relaciones públicas, así como las universidades.  De ahí me nutrí y aprendí de tendencias. Estudié y leí mucho del asunto.

Desde esa época son cientos de artículos publicados del tema de medios, publicidad, periodismo y todo ese ecosistema. Por ejemplo, me gané mi primer premio de periodismo investigativo cuando comparé los 4 años del gobierno de Rafael Hernández Colón y el primer cuatrienio de Pedro Rosselló y comparé el gasto de fondos públicos en publicidad del gobierno. El estimado fue de sobre $400 millones de fondos públicos gastados por cuatrienio, según los datos de la Oficina del Contralor. Hoy en día el gasto es como 10 veces más.

– WRS – ¿Qué relación tiene su trabajo creativo-investigativo previo a En Blanco y Negro con Sandra y vuestro trabajo creativo-investigativo posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueña y su memoria personal o no de/ con el periodismo, la literatura y la historia de Puerto Rico y el Caribe o no dentro de Puerto Rico o fuera?

– SRC – Es imposible separar una cosa de la otra. Yo estoy escribiendo constantemente, todo el tiempo, todos los días. Ahora lo hago desde otras plataformas como las redes sociales, en el celular, mi programa de radio y en la plataforma de Substack que entiendo soy la primera periodista puertorriqueña en entrar en esa red. El “En Blanco y Negro” es la base de todo.

Como te comenté, primero cubría como periodista para Caribbean Business y luego en El Nuevo Día, lancé la sección “El mundo de las comunicaciones” dentro de la sección de negocios. (Cuando dejé de ser reportera de negocios para pasar a corresponsal y política, en esa sección me sustituyó Rafael Lama que apenas comenzaba, hoy en día dirige El Nuevo Día).

Pues resulta que cuando renuncié a El Nuevo Día me fui a hacer consultoría en manejo de crisis, pero no podía dejar de escribir. Así que seguí haciendo columnas para El Vocero y entonces, el comentarista políticos Luis Dávila Colón se fue de NotiUno a WKAQ 580 y me rogó que estuviera con él al aire. Determinamos hacer un segmento semanal, los martes, para hablar del periodismo y los cambios en el en los medios de comunicación, eso que ahora le llaman el “ecosistema mediático”.

Estuve pensándolo bien y le decidí ponerle de nombre “En Blanco y Negro” porque él es blanco y yo negra, porque ambos veníamos de prensa escrita, donde el papel suele ser blanco y la tinta del periódico, negra. Además, porque rara vez coincidíamos en los asuntos. El segmento salía los martes. Toda la investigación que yo hacía, la empecé a publicar en el blog y por eso fue exitoso. El segmento también lo fue. Estuve varios años, pero después lo dejé.

Pasé a ser columnista semanal en NotiCel donde lo hice para ayudar a Oscar Serrano y a Omaya Sosa cuando comenzaron el proyecto. Mis columnas, como pasó en El Vocero, eran de las más leídas. Todas eran sobre medios y periodismo.

Cuando vendieron Noticel los nuevos dueños pretendieron coartar mi expresión, así que me fui. Después fui invitada a escribir para el diario ¡Ey! Boricua, donde estuve como la única columnista por varios años. Aunque tengo relación todavía con ellos y solemos publicar en conjunto, he dejado un poco las columnas mediáticas.

Me concentré en el blog. Debo decirte también que ese blog es lo que yo llamo “artesanal”, porque no es una página web comercial que yo haya diseñado sino la plataforma de Blogger que es genérica.

Mi interés nunca ha sido generar dinero, sino que la gente lo lea y desarrolle pensamiento crítico. Fue en ese blog artesanal donde publiqué las primeras páginas del chat de Telegram en el Verano del 2019, y luego el segundo y tercer chat. A partir de entonces, mucha gente empezó a leerlo. Actualmente Blogger (Google) registra 4.3 millones de visitas (page views) a En Blanco y Negro.

Lo más que escribía era de medios, pero con el chat de Telegram, y desde entonces, he ido incorporando muchos otros temas de noticias exclusivas e investigaciones. Trabajo mucho temas sociales y medioambiente también. A veces he incluido hasta aspectos personales y de literatura e historia, aunque para la parte creativa tengo otros 2 blogs: Las canto como las veo, y Niñerías, sobre las experiencias mías como madre de una niña y ahora joven con diversidad funcional severa.

Te añado que antes del paso del huracán María, yo hacía un resumen de noticias diario que publicaba en el blog, pero paré cuando el huracán. Lo he retomado ahora y se titula “Sandra Me Dijo”. Es un informe con los titulares del día de toda la prensa local e internacional, sobre 100 noticias al día que resumo en escrito y audio en menos de 20 minutos. Lo publico a las 5 de la mañana en Substack, y en el Blog de En Blanco y Negro. Tiene miles de seguidores diarios.

Concretamente debo decir que en todos estos esfuerzos con el blog y otros medios los considero como una responsabilidad con el país. Más que un simple ejercicio de escritura, audio y a veces vídeo, para mi es periodismo al servicio del país.

También lo he combinado con mis colaboraciones en medios internacionales en México (Sin Censura), Estados Unidos (Huffpost, Latino Rebels), República Dominicana (El Demócrata, Precisión) y Argentina (Página 12).

– WRS – Si compara vuestro crecimiento y madurez como persona, periodista, investigadora y escritora con su época actual en Puerto Rico, ¿qué diferencias observas en vuestro trabajo creativo-investigativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo has madurado?

– SRC – Si supieras que considero que hago lo mismo, es decir, tengo el mismo ímpetu de cuando empecé y mi deseo de que la gente piense, pero claro, el tiempo y la vida te dan unas experiencias. A veces, muchas veces, me duele el alma escribir. Lloro frente a la computadora y le hablo, como si estuviera loca, pero no, estoy más cuerda que nunca. Eso me suele pasar cuando veo crímenes que se cometen contra la naturaleza, o cuando veo injusticias hacia niños, viejitos o personas con diversidad funcional. Me duele mucho mi país y te confieso que me lo sufro. Ahora más que antes, porque veo que la corrupción en el gobierno y en las estructuras mediáticas es cada día peor.

Si bien es cierto que mucha gente valora nuestro trabajo, es frustrante saber que en Puerto Rico hay tantos llamados periodistas que viven del fondo electoral y de la payola política o gubernamental. Por eso trato de hacer la distinción y explicarlo en mis escritos, y pienso que la gente se da cuenta.

En ese sentido, me apena lo que veo e los medios corporativos porque hay mucha gente buena y comprometida con la verdad y con el país, pero los malos lo están acaparando todo.

Quizás la diferencia mayor es que ahora no cuento con una infraestructura como cuando estaba en un medio comercial, pero eso es casi imposible para un periodista independiente. La tecnología ha democratizado muchas cosas, pero la esencia es el trasfondo, el poner contexto. Eso, para mí, lo da la experiencia y la trayectoria de vida. Pero a la misma vez, siempre estoy con jóvenes de la edad de mi hija, así que me nutro mucho de esa nueva generación.

El tiempo da contextos y eso se nota en mi obra. Mucha gente me insiste en que deje de escribir y haga más vídeos. Yo eso lo hice ya en el 2016 hasta el 2019, Después en la pandemia, pero me cansé. Ahora siento que hay demasiados podcasts, demasiadas gentes hablando y haciendo vídeos y se neutralizan. Por eso insisto en hacer combinaciones. Escribo, sigo en radio, hago podcast y de vez en cuando, vídeo. Este 2026 me propuse hacer más vídeos, pero todavía no he hecho lo que quiero.

Lo que más valoro ahora es el trabajo que hago en coordinación con otros periodistas independientes. A veces decido no publicar la noticia si sé que un colega lo está trabajando, entonces una vez el colega lo publica, lo invito a mi programa de radio o lo discuto en radio y en mis redes, para darle difusión. Ese sentido de apoyarnos mutuamente lo valoro muchísimo.

Mucho ha cambiado desde que comencé en los medios, pero te diría que ahora trabajo más que antes. Esto no se detiene. Es todo el tiempo.

– WRS – Sandra, ¿cómo visualizas vuestro trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de periodistas, investigadores y estudiantes con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico y fuera? ¿Cómo ha integrado vuestro trabajo creativo-investigativo a su quehacer de escritora e investigadora y vuestro trabajo escrito o no de interés noticioso?

– SRC – Como te comenté, trabajo constantemente y hablo con gente de distintos grupos de edad.

Entre los de mi generación o mayores casi todas las semanas converso con gente como Daniel Nina de El Post Antillano, José Maldonado de ¡Ey! Boricua, Seguros y otros medios. Omar Alfonso de La Perla. Julio Víctor Ramírez de La Calle. José Luis de prensa independiente. Carmen Enid Acevedo de Bonita Radio. Jaime Torres Torres de Prensa Sin Censura. Julio Núñez de Pride Society. Vicente Toledo de la Fundación Nacional para la Cultura Popular. Radamés, Luis Pérez, Frances Rodríguez, Andrés San Feliú y casi todos los periodistas de la Asociación de Periodistas Independientes de Puerto Rico.

También comparto con algunos colegas de la vieja guardia, como les llamo, que son de medios tradicionales o excompañeros de labores y miembros de la Asociación de Periodistas de PR (ASPPRO) o el OPC.

Pero también trabajo y comparto mucho con jóvenes podcasters, periodistas ciudadanos e independientes. Cineastas y artistas también que me llenan el espíritu y me dan noticias. Líderes comunitarios y ambientalistas. Estudiantes universitarios, con ellos estoy constantemente. Nuevas voces. Ese es el grupo que más me gusta porque siempre tienen ese hambre por crear y por compartir, y me nutro de esa energía. Tengo que admitir que quizás porque comparto con muchos amigos de mi hija y periodistas jóvenes, me entero de muchas tendencias nuevas.

– WRS – Ha logrado mantener una línea de creación-investigación enfocada en la noticia y los medios de información en/ desde de Puerto Rico. ¿Cómo concibes la recepción a vuestro trabajo creativo-investigativo dentro de Puerto Rico y fuera, y la de sus pares?

– SRC – Aquí tengo un núcleo de gente que me sigue siempre. Muchos de éstos ahora forman parte de la diáspora boricua, y como llevo años visitando y teniendo intercambios con varias universidades en Estados Unidos, ese es otro sector que valoro mucho. Todos los días hablo con alguien de Nueva York, Vermont, Chicago, Florida y Texas porque en escriben directo por WhatsApp o Telegram, escuchan el programa de radio por podcast o leen lo que escribo. Me dan también ideas para temas.

A nivel local debo decir que aparte de los colegas periodistas independientes, los medios regionales, especialmente las gerencias y reporteros de emisoras de radio como WPAB de Ponce, Radio Raíces en San Sebastián y Radio Casa Pueblo en Adjuntas por donde se transmite mi programa, así como otras en el centro y noreste del país, me dan otras perspectivas para darle seguimiento a temas o corroborar datos. Valoro mucho el conocimiento local o regional y lo incorporo en mis textos. Además, me mantienen al día.

Lo único en que muchos de ellos coinciden es en que yo debería estar en TV o hacer más vídeos. Me lo dicen todo el tiempo.

– WRS – Sé que vos es de Puerto Rico. ¿Se considera una comunicadora y escritora puertorriqueña o no? O, más bien, una comunicadora y escritora, sea esta puertorriqueña o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente vos?

– SRC – Yo soy 100% puertorriqueña primero. Por eso he rechazado hasta trabajos en el exterior. Me encanta viajar, pero Puerto Rico es mi base, mi patria y no puedo dejarlo. En ese sentido soy primero mujer, después madre de una niña-joven con diversidad y eso no es poca cosa sino todo lo contrario, y después periodista-escritora. Todas esas facetas tienen igual importancia en mi vida. No separo el periodismo de la redacción. Aunque sea en audio, se escribe. Escribo a diario, todo el tiempo, pero no suelto la mancha de plátano. Soy coquí. Además, soy libre pensadora y serlo, además de tener criterio propio, me hace ser peligrosa para los ojos de mucha gente insegura.

– WRS – ¿Cómo integra vuestra identidad étnica y de género, y su ideología política con o en vuestro trabajo creativo-investigativo y su formación en Puerto Rico y fuera?

– SRC – Bueno, no puedo abstraerme de la realidad de ser mujer, negra, trabajadora, madre jefa de familia, hija que pronto seré cuidadora de adultos mayores. Esa es mi realidad de vida. Soy una puertorriqueña que sabe lo que es no tener dinero para pagar una terapia o un medicamento del que depende la vida de mi hija.

Sé lo que es ser mujer y negra en un ambiente racista y clasista como es Puerto Rico. Pero también sé que hay gente buena, excelente en todos los aspectos de la vida. Por eso tengo que incorporarlo en mi trabajo en la manera en que abordo las preguntas hacia mis entrevistados o como escribo. Pero sobre todas esas cosas, pienso que traigo libertad de pensamiento. Reconozco que eso me hace peligrosa, casi subversiva ante los ojos de mucha gente que anda malos pasos.

Te digo más. Tengo amigos que aprecio mucho que son socialistas y tengo amigos que aprecio mucho que son trumpistas. Republicanos multimillonarios capitalistas y separatistas que adoraban a Filiberto Ojeda. Sí. Incluso tengo gente que trabaja cercano a Trump. Muchos independentistas y también muchos anexionistas.

Uno de mis mejores y más queridos amigos es el combatiente nacionalista que estuvo al lado de don Pedro Albizu Campos. Me refiero a don Heriberto Marín. Yo lo adoro. De verdad que lo quiero mucho. Salimos mucho y suelo decir que él es “mi date”. Como soy soltera, me lo llevo a los sitios o él me invita. A veces se me olvidad que es casi centenario. Cuando pasan una o dos semanas sin saber de él, me preocupo. Pero, por otro lado, te diré que soy amiga de don Jaime Fonalledas, que todo el mundo sabe que es republicanos y multimillonario. Pues yo lo quiero mucho y él me conoce desde que yo era una niña. Respeta nuestras diferencias ideológicas.

Recuerdo que cuando hice la presentación del libro En Blanco y Negro, que fue en el cuartel de Ballajá, tuve de invitados a don Jaime Fonalledas y Rafa Rojo, a la expresidenta de la Asociación de Maestros doña Aida Díaz y a mi venerado amigo Roberto Ramos Perea que es como un mentor para mí. Sólo por darte un ejemplo. Los cuatro son amigos entrañables, importantes en mi vida, que quiero de verdad, y que tienen ideologías distintas.

Lo que quiero decir es que me nutro de las amistades y las valoro. Respeto sus creencias y lo hago con honestidad. Quizás demasiado honesta para el gusto de algunos. Quizás eso me hace verme peligrosa para los extremos porque trato a todo el mundo igual, a menos que sea un corrupto o un mentiroso. Con esos es otro cantar. No entran en mi reino.

– WRS – ¿Cómo se integra vuestro trabajo creativo-investigativo a su experiencia de vida tras su paso como estudiante por la Universidad del Estado de Nueva Jersey y la Universidad de Puerto Rico? ¿Cómo integras esas experiencias de vida en su propio quehacer de investigadora residente y escritora en Puerto Rico hoy?

– SRC – Tengo que admitir que Rutgers me marcó más porque pasé más tiempo allá. Ser minoría como mujer, negra y latina en EEUU te da otras perspectivas de vida, pero te abre a otros mundos que han nutrido y siguen nutriendo mi trabajo. Me hizo conocer mucha gente de muchos lugares y me expuso a cosas que jamás las hubiera tenido aquí. El hablar en inglés, también da unas ventajas como lo hace el viajar y conocer mundo. Acá en PR tengo mucha gente que respeto y valoro en los distintos recintos de la UPR y todas esas vivencias las incorporo a mi trabajo y a mi vida personal.

– WRS – ¿Qué diferencia observas, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a vuestro trabajo creativo-investigativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?

– SRC – Ahora la gente es más vocal. Mucho odio más directo a través de las redes sociales. Antes eran un poco más cuidadosos. Ahora me insultan y amenazan. Publiqué un texto en la Antología de Comunicación Política sobre los trolls y debo decirte que tengo material para 2 libros sobre las veces en que la gente reacciona con odio y me amenaza por mi trabajo. Eso no pasaba antes. Eso es por la web, donde la gente se piensa con derecho a ningunear y menospreciar, o amenazar hasta de muerte.

Sixto George, el productor y político, fue uno de esos que me amenazó en las redes. Lo encarcelaron y cumplió. Yo prácticamente no lo conocía. Solo una vez lo vi en persona, pero él hizo muchas cosas por dañarme. Lo mismo pasa con gente del gobierno y las rémoras que quedan del chat de Telegram que intentan destruirme.

Suelo tener equipos completos de trolls atacándome. Ahora se le unen políticos como el senador Carmelo Ríos, por ejemplo, que van a la radio a insultarme. Eso antes no se veía. Por lo menos, no de frente. Y lo peor es que yo nunca le he hecho nada. Todas esas actitudes me provocan investigarlos más y sacar sus escándalos porque si reaccionan de esa manera es que tienen miedo a que se difunda algo que la gente no sabe de ellos, y piensan que yo puedo sacarlo. El miedo los mueve. A mi no. A mí me mueve la verdad.

– WRS – ¿Qué otros proyectos creativos tienes recientes y pendientes?

– SRC – Tengo pendientes varios libros. Hace unos años tengo uno de cuentos que no he sacado. Quisiera publicarlo. Ese libro me lo editó Mayra Santos Febres y son cuentos de mujeres. Es interesante porque todas las historias son reales.

Tengo también un texto de la historia del periodismo afrodescendiente que fue parte del trabajo que presenté en la primera residencia que dirigí en la UPR bajo el Programa de Estudios en Afrodescendencia y la creación del Archivo de Afrodescendencia. Fui la primera investigadora allí y conté con el apoyo de Roberto Ramos Perea y Ebenezer López Ruyol, además de Mayra Santos Febres. Después de eso presenté un trabajo para mi maestría en periodismo, que fue sobre la historia de las periodistas afrodescendientes en Puerto Rico, queme corrigió el profesor de la Facultad de Comunicación, Rubén Ramírez y quisiera publicarlo como libro. Quizás combine ambos textos.

El año pasado me dio con escribir un libro de cuentos cortos en inglés. Es una serie corta de la vida de unos periodistas latinos en Estados Unidos y Puerto Rico. Hice un libro entero porque son como 15 cuentos, pero en inglés. Mi queridísima amiga que es profesora de inglés en la UPR, Maritza Stanchich, me los revisó inicialmente. Debo trabajarlos un poco antes de sacarlos, pero ese texto bien podría salir este año.

Lo otro es intentar rescatar los microcuentos que tengo por ahí guardados. El profesor y abogado Reynaldo Alegría hace años que me dijo que los publique.

Si te fijas, todos los libros que he publicado tienen que ver con investigaciones o con periodismo, poco de literatura y creatividad. Quizás ya es hora que me atreva a sacar esa otra parte de mi vida. Quien sabe. A lo mejor termino haciendo un libreto para una novela vertical de esas que se ven por celular y son un hit en China y ahora en Estados Unidos. Eso. Quizás es eso lo que debería hacer y dejar de sufrirme tanto las cosas que pasan en Puerto Rico que no puedo cambiar.

Wilkins Román Samot, Doctor de la Universidad de Salamanca, donde realizó estudios avanzados en Antropología Social y Derecho Constitucional.

Fuentes: Rebelión

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Entrevista a Judith Butler «Es esencial que la izquierda deje de juzgar a la clase obrera que vota a la derecha»

Por Sandra Vicente

Pocas horas después de su nombramiento como Honoris Causa por la UAB, esta voz de referencia de la teoría feminista repasa las causas y las posibles salidas del auge de los totalitarismos.

Judith Butler (Cleveland, Ohio, 1956) entra a la recepción de su hotel después de un largo paseo mañanero por Barcelona, una ciudad que visita a menudo y donde acaba de recibir un doctorado Honoris Causa por la UAB. “El mundo es muy confuso, pero pasear aclara la mente”, sostiene. Voz de referencia en la teoría feminista y en la filosofía postmaterialista, Butler confiesa que le cuesta ser optimista. “Lo soy por obligación, aunque es cierto que no hay que abandonar la esperanza ni dejar que la realidad tenga la última palabra”, asegura, mientras reflexiona sobre qué tomar durante la entrevista con elDiario.es.

Duda y, finalmente, se decanta por un café. “Es que tengo un problema con el café: hace que crezca en mí una violencia hacia el gobierno de los Estados Unidos…”, asegura, entre risas. Trump acaba ocupando buena parte del discurso de Butler, quien puso las bases de las teorías de género. Pero este tema ha dado un paso al lado para dejar espacio a las reflexiones sobre el crecimiento de los movimientos autoritarios. La culpa, dice, es del capitalismo global que se enriquece con el caos político, aunque tampoco libra del todo a la izquierda, de la que dice que debe asumir más responsabilidades.

En su discurso de investidura, dijo que todas las democracias deben ser renovadas. ¿Qué pasa cuando damos por sentada la democracia?

Que podemos acabar eligiendo a fascistas sin darnos cuenta. Esa es la paradoja: el sistema permite que votemos a alguien que puede llegar a eliminar el propio sistema. Todas las democracias corren ese riesgo y no hay ninguna manera de prevenirlo.

¿Estaría a favor de alguna medida que prohibiera a partidos filofascistas presentarse a las elecciones?

Lo estaría para prohibir el partido Nazi en Alemania o el de Mussolini en Italia. El problema es que sus herederos, que tienen las mismas aspiraciones, se han reorganizado bajo otros nombres y pueden decir que son diferentes. Quizás lo sean en ciertos aspectos, pero no dejan de ser fascistas. La AfD en Alemania, por ejemplo, ahora usa parafernalia nazi y, cuando yo era joven, eso estaba absolutamente prohibido.

Sigue estándolo.

Sí, pero parece que la ley esté quedando sin efecto. Aun así, el problema no son los partidos que reivindican abiertamente el fascismo. El problema está en Meloni, que asegura no ser heredera de Mussolini mientras comparte sus mismas ideas. Pueden no ser lo mismo, pero sólo porque el fascismo se ha renovado a través del sistema de partidos.

Los tiempos cambian y sería absurdo pensar que las ideologías no lo van a hacer, aunque es cierto que hay características que se mantienen iguales. Hablo de la voluntad de eliminar derechos de algunos sectores de la población. O de eliminarlos a ellos directamente. Aunque sea a través de la expulsión mediante mecanismos legales, sigue siendo fascismo. Igual que lo es la centralización y la eliminación de la separación de poderes.

¿Habla de Estados Unidos?

No se puede considerar a Estados Unidos todavía como un país totalitarista porque estas políticas no inciden en cada aspecto de la sociedad, pero sí representa una forma de autoritarismo impulsada por aspiraciones fascistas. Y ahí entra otro elemento esencial para entender el fascismo contemporáneo: los billonarios que se aprovechan del caos global para engrosar sus inversiones.

Que los poderes económicos tiendan al totalitarismo no es nuevo, pero sí que la sociedad se esté volviendo más conservadora. Sólo un par de cifras: el 68% de jóvenes españoles desconfía de la democracia y un tercio de las mujeres cree que el feminismo ha ido demasiado lejos. ¿Qué está pasando?

Creo que, efectivamente, hay razones para desconfiar. Hay muchas políticas que se presentan en nombre de la democracia, aunque lo que hacen es destruirla. Se ve cuando Israel justifica los infinitos asesinatos de palestinos como única manera de salvaguardar a la última civilización de Oriente Medio. O cuando los Estados Unidos van a guerras en el nombre de la democracia, pero luego abandonan Afganistán. El imperialismo y la militarización se suelen dar en nombre de la democracia.

Habla de dos países, Estados Unidos e Israel, con prácticas claramente poco democráticas. Pero las encuestas que le mencionaba eran de España que, por el momento, ni se ha militarizado hasta esos extremos ni ha invadido ningún territorio.

Hay una tendencia entre ciertos sectores a querer más orden social porque les asusta el caos. O lo que a ellos les parece que es caos. Temen a los migrantes, al feminismo, al movimiento LGTBIQ… Lo que quieren es tradición y orden, y creen que el autoritarismo puede dárselo. Eso, por un lado; por otro, está la gente joven, que cree que el futuro no existe, que la educación no les va a conseguir un trabajo y que no van a poder tener una casa en este sistema económico terrible que se ha gestado bajo una democracia. ¿Por qué deberían confiar en ella?

La juventud, en todas las épocas, se caracteriza por tener tintes revolucionarios. Para quienes han nacido en democracia, ¿ser antisistema es tender al autoritarismo?

Sólo si creen que el sistema electoral es la única forma de democracia. Hay otros modelos de autogobierno muy interesantes. Por ejemplo, las personas sin hogar de California han establecido mecanismos propios para escoger representantes y tomar decisiones. No son elecciones oficiales, pero es democracia. Puedes no sentirte totalmente representado por el sistema electoral y, aun así, practicar la democracia.

Judith Butler, durante la entrevista.
Judith Butler, durante la entrevista. Àngel Garcia

Ahora que ya se ha tomado el café, creo que es el momento de preguntarle por Donald Trump.

¡Allá vamos!

Se acerca a las elecciones de medio mandato con una impopularidad que se eleva hasta el 60%. Ahora que se empieza a vislumbrar el momento en que deje de tener el poder, se tiende a poner muchas esperanzas en ese futuro sin Trump. Pero ¿qué pasará cuando ya no esté? ¿Esta deriva despótica se desvanecerá con él?

Para nada. De hecho, hasta puede que no se vaya porque decida cancelar las elecciones o eliminar la ley que impide los terceros mandatos presidenciales. Ya se ha cambiado la Constitución a su favor antes. Tenemos que vigilar muy bien las siguientes elecciones porque ya está intentando eliminar el derecho a voto de diversos sectores de la población. No sabemos quién podrá votar cuando llegue el momento, así que esa estadística que mencionabas puede que no sea válida mañana.

Incluso así, en algún momento se irá, ya sea por la vía electoral o porque su salud deje de poder sostener sus malos hábitos. Pero eso no será el final de nada, porque hay muchos nombres dentro del cristianismo nacionalista que tomarán su relevo. La clave es dejar de confiar en que ellos dejarán de aspirar al poder, para fijarnos en qué alternativas propone la izquierda.

En su discurso apuntaba también a que la derecha apela mucho mejor a las emociones y por eso gana elecciones. ¿Cómo puede la izquierda competir en ese terreno?

Creo que solemos ser demasiado analíticos, críticos e intelectuales. Y eso puede ser contraproducente, porque la gente puede pensar que nos creemos más listos que ellos. Incluso puede interpretarse como una actitud clasista contra quienes no han tenido los posibles para costearse una buena educación. Tenemos que ser más simples. Si la derecha apela al odio y a lo que llamo ‘nostalgia furiosa’, la izquierda debe buscar referentes de corazón abierto, que hablen de amor y de tradiciones religiosas que se diferencien del nacionalismo cristiano.

Me hace pensar en la campaña de Zohran Mamdani para la alcaldía de Nueva York. ¿Cree que ese es el camino?

Él no es perfecto, pero es interesante. Durante su campaña, se acercó a los votantes de Trump y les preguntó por qué le apoyaban. ¿Qué temían y qué esperaban? Les preguntó, pero no les juzgó. Empatizó con esa gente, que resultó que no eran fascistas, sino que tenían problemas mundanos, y les propuso abordar sus preocupaciones de otra manera.

Sólo así consiguió tener éxito con sus propuestas de mejora del transporte público y del control del mercado del alquiler. Son políticas que claramente ayudan a la clase trabajadora, pero que esta no siempre recibe tan bien como debería. La diferencia es que él, antes de presentarlas, supo empatizar con el votante. Es esencial que la izquierda deje de juzgar a la clase obrera que vota a la derecha.

¿Por qué cree que a la derecha le cuesta afrontar el debate sobre los miedos de la población? Pienso en la migración, que es un tema que evidentemente asusta a buena parte del electorado

¿Pero tienen razones para estar asustados o se basan en mentiras contadas desde la derecha como la del gran reemplazo o la de que nos van a quitar el trabajo a todos? Antes de adoptar temores infundados, hay que ver cuánto de alucinatorio hay detrás. Una vez hagamos eso, veremos a qué hay que tener miedo.

Volviendo a lo de antes, ¿no es esa una manera de juzgar a quienes temen la migración en lugar de plantear un debate sereno sobre por qué tienen miedo, sea este justificado o no?

Cierto. No podemos presentarnos como la élite, los iluminados que te dirán qué es verdad y qué no; qué está bien y qué está mal. Ese es un problema que se ha enquistado porque nos hemos encerrado en burbujas. Tenemos que hablar con gente que tenga sensibilidades y creencias distintas. Saber qué piensan y qué es importante para ellos. Sólo así podremos aprender y deconstruir nuestro elitismo. Y sí, es importante entender los miedos de la gente, porque esos miedos se convertirán en odio si no se reconducen antes.

¿Cómo se reconducen?

Bueno, sé que aquí corro el riesgo de volver a parecer elitista, pero se hace con conocimiento. No veo cómo se puede esquivar el odio si no es con un proceso educativo. No me malinterpretes; no hablo necesariamente de sentarse en una aula, sino de algún tipo de intercambio cultural, siempre que sea con dignidad y respeto para todas las partes.

No parece fácil garantizar esas condiciones hoy en día.

No, sobre todo en Internet, que sería un buen espacio para esas conversaciones. Pero allí la bondad, la dignidad y el respeto son valores que han pasado de moda.

Aun así, inevitablemente, una de las arenas políticas más importantes de la actualidad se encuentra en las redes sociales. Si tuviera que decantarse, ¿diría que son algo bueno o malo?

Yo no tengo redes sociales; nunca las he tenido porque creo que son algo tóxico. La gente es desagradable, está enfadada… Son una especie de outlet de opiniones desinhibidas, de insultos y posturas que jamás expresarías a nadie a la cara.

Pero, por otro lado, pueden ser impresionantes. Este lunes, el ICE fue a un hospital de Nueva York para llevarse a un hombre a Dios sabe dónde. La gente lo publicó en directo y, en seguida, se formó una resistencia espontánea con una multitud que rodeó el edificio para evitar la detención. Incluso provocó que Mamdani saliera a abroncar a la policía local de Nueva York por haber ayudado al ICE. Ya ves, en cuestión de minutos, pasó a ser un asunto político de primer orden… Aunque no sé bien qué decirte.

¿Qué le hace dudar?

Es que me preocupa la gente joven, especialmente aquellos que estuvieron tan solos durante la pandemia que nunca salieron de la burbuja de Internet. Para ellos, las interacciones pueden ser muy difíciles y, claro, es normal que estén enfadados. Y las redes pueden no ser buenas para ellos.

¿Está a favor de prohibir el acceso a redes a menores de 16 años?

Entiendo el impulso que lleva a plantearlo, pero no sé si funcionará. Prohibir algo sólo lo vuelve más atractivo, sobre todo si hablamos de adolescentes.

Hace cuatro años de la última entrevista que concedió a elDiario.es. Fue en 2022, hacia el final de la pandemia. Entonces dijo que era evidente que no saldríamos mejores de aquello, así que a lo que había que aspirar era a no salir peores. ¿Lo hemos conseguido?

A medias. Lo único que nos podía salvar de ser peores era ser conscientes de nuestra interdependencia y todavía no estamos en ese punto. Pero creo que vamos por buen camino. Vamos entendiendo que estamos interconectados, aunque sea a las malas. Por ejemplo, el cambio climático o la guerra de Irán nos enseñan que un acto tiene consecuencias globales. La ola autoritaria es transnacional, al fin y al cabo.

Hay muchas cosas que todavía no hemos conseguido, pero eso no hace que valga menos la pena luchar por ellas. Aunque cueste, no debemos abandonar la esperanza por mucho que todavía no seamos capaces de ver la luz al final del túnel. Si lo hacemos, dejaremos que sea la realidad la que tenga la última palabra y eso, ahora mismo, no es una buena idea.

Fuente: https://www.eldiario.es/catalunya/judith-butler-esencial-izquierda-deje-juzgar-clase-obrera-vota-derecha_1_13197184.html

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Entrevista a César Rendueles, filósofo, sociólogo y escritor «El robot más barato es un trabajador precario»

Con su nuevo libro, ‘Redes vacías’ (Anagrama), el autor catalán revela el sustrato ideológico que se esconde tras la manifestación de las diversas tecnologías que hoy en día monopolizan nuestra vida cotidiana, mostrando sus vínculos directos con toda una dialéctica capitalista.

El –actualmente denostado– papel de los intelectuales históricamente ha sido el de traducir y desvestir las múltiples encarnaciones del poder. Una labor que César Rendueles (Girona, 1975), miembro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), lleva desplegando desde los lejanos tiempos del proyecto Ladinamo y actualmente a través de sus ensayos. El último de ellos, dando continuidad a una lista de títulos entre los que se encuentran ‘Sociofobia’ o ‘Capitalismo canalla’, atraviesa el sentido político con que se expresan los mecanismos digitales. Con su habitual erudición y sapiencia popular, estas páginas descifran clarividentes la relación entre el contexto social y los elementos tecnológicos.

Redes vacías - César Rendueles - 978-84-339-4899-1 - Editorial Anagrama

En varias de sus obras anteriores ya había reflexionado de manera crítica sobre la tecnología, ¿‘Redes vacías’ surge como un intento por centralizar ese pensamiento o consecuencia de la perversión que en los últimos años ha sufrido este ámbito?

Yo intenté intervenir en el campo de la crítica tecnológica en un momento en el que dominaba un cierto ciberutopismo, es decir, se le atribuía a la tecnología una gran capacidad para resolver todo tipo de problemas económicos, sociales, culturales o ecológicos. Algunos años después, en realidad no tantos en términos históricos, estamos en una situación inversa, vemos el ámbito digital como una especie de pozo infernal en el que aparecen todo tipo de armas que van contra la democracia. En ese sentido, el libro responde a una intención por desfetichizar esas tecnologías.

Una analogía muy potente que utiliza para describir esa pérdida de la utopía es cómo ese futuro que imaginábamos entre coches voladores en realidad nos ha presentado trabajadores precarios en patinetes eléctricos.

Lo que intentaba transmitir con ello es que somos muy miopes a la hora de imaginar qué tecnologías van a ser útiles y la manera en que se van a integrar en nuestra vida cotidiana. Es una lección que deberíamos tener ya aprendida, y mirar con cierta distancia no ya qué dispositivos nos presenta la industria como innovadores, y que muchas veces no lo son, sino cuáles son las condiciones en las que se van a integrar en nuestras relaciones sociales, algo de lo que somos incapaces de predecir cómo va a ocurrir.

Señala que internet, por su propia naturaleza, es más apta para la estrategia neoliberal que para la izquierda.¿Estamos, por lo tanto, ante la historia de un desencanto anunciado?

El internet que conocemos hoy en día es en buena medida el producto del triunfo de la globalización neoliberal. Durante mucho tiempo fue su cara amable, allí donde el mercado anunciaba disciplina, terapia de shock o privatización, internet presentaba una interpretación más afable. Nos prometía poder contactar con cualquier persona del mundo, generar democracia allí donde no la había. Con la descomposición de ese sistema nos hemos encontrado su versión más aterradora concentrada en la tecnología. Todo eso, sin embargo, es consecuencia de decisiones que se han ido tomando y que podrían haber sido diferentes, no estaba escrito en ninguna parte que se permitiera a enormes empresas unos niveles de concentración y monopolio que seguramente nunca han existido ni siquiera en la historia del capitalismo.

Un paisaje hecho de elementos novedosos, como los algoritmos, Amazon o la Inteligencia Artificial, pero que sin embargo siguen sustentándose en la tradicional mano de obra humana y esclavista.

Lo que ocurre muchas veces es que el robot más barato es un trabajador precario mal pagado. Y aunque es muy complicado saber cuáles son las tecnologías que más van a influir en nuestro sistema productivo, lo que podemos afirmar ya acerca de la inteligencia artificial, y en realidad de cualquier proceso de mecanización, es que inducen a una gran precarización. El mensaje que transmiten a los trabajadores es uno de pánico, si no aceptas esas pésimas condiciones laborales que te ofrezco va a venir una máquina que te sustituirá, sea verdad o no. Y eso se ha repetido a lo largo de la historia. Las máquinas inducen a una dinámica de descualificación de la fuerza de trabajo.

También ha existido una inacción de la esfera pública a la hora de controlar esa expansión de las tecnologías…

Todo ese tipo de políticas e iniciativas que construyeron un espacio público se decidió que no se iban a aplicar al espacio digital, y es más, se crearon unas condiciones perfectas para que sus propietarios no asumieran ninguna responsabilidad sobre los contenidos que difundían. Yo creo que es muy importante dejar de ver la tecnología como si fuera una variable independiente y entenderla como un elemento integrado en su época y en su contexto político. Y dado que esas políticas neoliberales se encuentran en un momento de degradación, eso significa que también sus modelos tecnológicos están entrando en crisis, al menos de legitimidad. Cada vez menos gente ve con ilusión y como un horizonte deseable Internet y las tecnologías digitales que tenemos.

Una frustración que compara en el libro con la de ese borracho que no quiere abandonar el bar…

Creo que las redes sociales generan un tipo de dinámica de agresividad, de enfrentamiento, que tiene que ver sobre todo con la ausencia de normas para el debate, que son al final las que articulan la deliberación en cualquier tipo de organización, institución o foro público. Además en ese sentido ha habido una especie de aceleración brutal por parte de las empresas que obtienen beneficio de estos dispositivos, porque sabemos que genera mucha más monetarización esa violencia que el sentido del humor o la reflexión pausada. El odio son las anfetaminas de las redes sociales.

Señala la pandemia como un momento clave donde se reveló la ineficacia del mundo digital para evitar, más bien al contrario, las relaciones tóxicas sociales.

Creo que la pandemia dejó un trauma muy profundo en nuestras sociedades y que todavía nos cuesta asimilar y hacernos cargo de hasta dónde llegó. En el caso de las tecnologías digitales es muy claro, todo aquello que muchos teóricos del cambio digital decían que iba a pasar, que iban a sustituir a los cara a cara, sucedió en un par de semanas y fue horrible, descubrimos un espacio social bastante siniestro que para nada se parecía a ese sitio prometedor del que nos habían hablado. Creo que en ese momento se sentaron las bases de cómo entendemos hoy las tecnologías digitales colectivamente: un tsunami frente al que no hay nada que hacer, solo podemos resignarnos a lo que a un megalómano drogadicto se le ocurra hacer en Twitter.

Y en ese nuevo contexto la extrema derecha surge para sembrar las redes sociales de odio y mentiras.

Lo único que defiende la extrema derecha contemporánea es el puro nihilismo, y para eso el internet hegemónico es un espacio muy cómodo, porque es muy fácil incendiar las redes, sembrar la semilla del odio y la destrucción, y luego decir que el mundo es así, que es un lugar de lucha darwiniana donde estamos todos enfrentados y es inútil intentar cooperar. Presentan su propio proyecto, liderado por figuras políticas fuertes y vertebrado por una lucha entre perdedores, como una especie de salvación frente a ese mundo oscuro y hostil.

Su libro concluye con la idea de que la realidad que vivimos no ha sido alterada por los mecanismos digitales, sino al revés, y como tal, el cambio social será también la única forma de alterar esas relaciones en el ciberespacio.

Exactamente, deberíamos cambiar el foco en todos los aspectos de la vida social y por extensión la forma en la que la tecnología se inserta en esas relaciones. Por ejemplo, lo que hace que la Inteligencia Artificial no sea un espacio para el tiempo libre, sino una amenaza para los trabajadores, son las leyes que regulan a las empresas que lo manejan. En definitiva, depende de nosotros que la tecnología sea una cosa u otra.

Fuente: https://www.naiz.eus/es/info/noticia/20260320/el-robot-mas-barato-es-un-trabajador-precario

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Entrevista a César Rendueles «Estamos viviendo el reverso oscuro del Silicon Valley amable»

Hace trece años, César Rendueles (Girona, 1975) protagonizó un efímero éxito editorial. Sociofobia(Capitán Swing, 2013) delimitaba el alcance de la derrota de los movimientos emancipatorios y de la incapacidad para buscar soluciones a esa derrota. En las páginas de Sociofobia ya se colaban críticas al ciberutopismo, la creencia, en boga en aquellos años, que la política mediada por la tecnología lavaba más blanco; que, a través de soluciones técnicas era posible “hackear” el sistema, como se decía en aquel entonces, y salir de aquella derrota sin final. Varios años después, Redes vacías. Tecnología catastrófica y el fin de la democracia (Anagrama, 2026), el último libro de este investigador del CSIC retoma las cuestiones acerca de la tecnología presentes en Sociofobia.El punto de partida, no obstante, da testimonio del brusco giro que gran parte de la sociedad ha dado desde el encandilamiento por las posibilidades de la tecnología y las redes sociales hasta el cibercatastrofismo actual. Pese a los distintos puntos de aproximación, las dos obras profundizan en el trabajo de Rendueles a la hora de detectar aquello que nos hace pensar que somos impotentes, que no podemos cambiar nada de lo que nos rodea, con el objeto de neutralizarlo.

Redes vacías - César Rendueles - 978-84-339-4899-1 - Editorial Anagrama

¿Qué ha sucedido para que pasemos, en tan poco tiempo, de la confianza optimista en el poder revolucionario de las redes a verlas como una de las principales amenazas a la democracia?

Es increíble lo rápido que ha sido. Durante la pandemia hubo un aluvión digital gigante, que se ve muy bien en el campo de la educación. Se metieron pantallas y dispositivos por todas partes con la promesa de que iban a mejorar la educación tradicional. Cinco años después, se está proponiendo prohibir el acceso de los niños a los dispositivos en las aulas y también fuera de ellas, a algunas redes sociales. Es un cambio que responde al clima de época. Nos hemos deslizado a gran velocidad hacia un momento de pasiones tristes, de pasividad, de miedo y desconfianza. Y como pasaba antes, en la época heroica de la globalización, creo que la tecnología digital es un conjunto de objetos y procedimientos muy atractivos para depositar en ellos, simbólicamente, todas esas energías que antes eran positivas y ahora son negativas.

El problema está más en nosotros que en la tecnología.

Creo que damos demasiada importancia a la tecnología. Es importante verla como parte de procesos más amplios. Lo que ha pasado en nuestra relación con la tecnología no es diferente a lo que ha pasado con la experiencia política en general. Nos hemos deslizado hacia un clima muy reaccionario, muy pasivo, dominado por el miedo y el rencor.

¿Ciberutopismo y cibercatastrofismo son dos extremos de una misma tendencia?

Esa es la tesis del libro. En ese paso de un tecnoutopismo exacerbado a un catastrofismo digital igualmente exacerbado, acabamos presos del mismo tipo de fetichismo, que otorga un poder desproporcionado a las máquinas y es incapaz de ver los procesos sociales que están por debajo de esas máquinas. Creo que desfetichizar algo no es negar el poder que tiene, sino ver en qué procesos sociales se inscribe ese poder, qué es lo que le da ese poder, y no pensar que son sus propios engranajes los que cambian nuestra vida.

La inteligencia artificial actualmente es el mejor ejemplo de fetiche. ¿Qué es la IA hoy?

En Inteligencia artificial (Capitán Swing, 2024) Melanie Mitchell hace un recorrido histórico desde los años 50 del siglo XX hasta hoy, e insiste mucho en que hay una dinámica de picos y valles, que va desde momentos de euforia en torno a la inteligencia artificial a momentos de desánimo en torno a lo que esta puede hacer. Ahora claramente vivimos un momento de pico. Me gusta recordar las historias de fracasos de la tecnología. En el caso de las tecnologías digitales, hay una construcción de una historia de éxito y de avance, cuando la realidad es que ha habido una cantidad descomunal de blufs y de burbujas pinchadas. Somos muy miopes respecto a la tecnología.

¿En qué sentido?

Es muy difícil saber cuáles van a ser, en el medio plazo, las tecnologías que van a tener una implantación social amplia y un efecto transformador en las relaciones sociales. A veces digo, en broma, que la tecnología que más ha influido en España en los últimos 50 años probablemente es el hormigón pretensado, por el papel que tiene en las obras públicas. Creo que con la IA es muy complicado deshacer todo ese humo, intentar mirar más allá. A día de hoy, estamos completamente seguros, al 99,99%, del próximo estallido de una burbuja especulativa descomunal en torno a la IA. No sabemos cuánto va a arrastrar al resto de la economía, pero va a pasar. Curiosamente, es de lo que menos estamos hablando.

¿Por qué se producen estas burbujas tecnológicas?

Hay que recordar que, ahora mismo, la mayor parte de los usos de la IA son ornamentales, como el asistente de IA de WhatsApp, completamente innecesario. Mi sensación es que estas burbujas tecnológicas en torno a ciertos artefactos tienen que ver con que retroalimentan procesos que ya están en marcha. Es decir, prestamos tanta atención a la IA porque de alguna manera continúa una dinámica de precarización de los trabajos. Primero de los descualificados, y ya veremos si también de los cualificados. Lo que dice esa tendencia es que más nos vale conformarnos con lo que hay, porque si no va a llegar algo que va a ser más barato que nosotros. De este modo, la IA continúa una dinámica de desposesión de conocimiento y una dinámica de sumisión ante un poder frente al que estás inerme. Te dicen que hay algo mucho más grande, frente al que tú, individuo, no puedes nada, tienes que rendirte. Prestamos atención a esas tecnologías, mientras quedan de lado otras que nos cuesta trabajo imaginar.

¿Hasta qué punto es casual que la IA, como principal fetiche de Silicon Valley y de los tecnoligarcas, venga después de la crisis del neoliberalismo?

El debate en torno al fin del neoliberalismo es complicado, porque ese declive se produce a través de una aceleración de las dinámicas de mercantilización. Se está produciendo una pérdida de legitimidad del imaginario neoliberal, que ya ni convence ni pretende convencer a nadie. Nadie espera sentirse ilusionado por esos procesos de mercantilización, ni que generen una visión del mundo más o menos esperanzadora. Estamos viviendo el reverso oscuro del Silicon Valley amable, lleno de nerds con sudadera con capucha que coleccionaban cromos. Esa gente que tenía problemas para relacionarse con sus semejantes humanos, ahora los sigue teniendo pero en formato nihilista y sociópata.

En pocos años hemos visto cómo cambiaban los señores más poderosos del mundo.

Hay una recomposición de las élites en este momento posneoliberal. No hablo de las relaciones de poder político-económico, sino de qué imaginarios necesitan poner en marcha para legitimar su poder. Ahí la IA genera imágenes muy potentes, culturalmente muy poderosas desde el punto de vista reaccionario. Porque son máquinas que aparentemente lo pueden todo, pero al mismo tiempo están tremendamente centralizadas, en manos de unas pocas compañías que tienen la tecnología para ponerla en marcha, y están muy vinculadas a esa coalición de élites post democráticas, post autoritarias, de Silicon Valley.

Como decían Astra Taylor y Naomi Klein, es un fascismo del fin de los tiempos. 

Es una imagen que al final te acaba atrapando. Del mismo modo que el paradigma de la globalización neoliberal acabó atrapando también a los movimientos de izquierda, a los movimientos antagonistas, porque es el ambiente de época, en el que te tienes que mover. Eres incapaz de salir de ese marco de rencor, del fin de los tiempos.

En el libro defiendes que asistimos a un proceso de desinstitucionalización digital. ¿Podrías explicar en qué consiste?

La idea de institución tiene que ver con que exista un conjunto de normas claras que regulan ciertos procesos sociales, que sean más o menos estables en el tiempo. Las instituciones se concretan en organizaciones. ¿Qué tipo de organizaciones colaborativas conocemos? Un montón, desde sindicatos, cooperativas o instituciones educativas como pueden ser las universidades. Son instituciones cooperativas, parcialmente cooperativas o colaborativas. Lo pensaba en los 2000, cuando surgieron los movimientos de cultura libre, y lo pienso ahora: el límite más importante de esos movimientos era una cierta incapacidad para imaginar la institucionalización de esos procesos. Para pensar cómo crear organizaciones que impulsaran la cooperación en torno a las tecnologías digitales, para que fuera estable, escalable, atravesada por dinámicas deliberativas, mediada por la deliberación política y no solo por protocolos técnicos. Y pensar qué papel podría desempeñar lo público, que no es lo mismo que lo estatal, para crear un contrapoder digital que se pudiera oponer de forma realista a esas enormes grandes potencias económico-tecnológicas.

¿Qué crees que falló?

Desde la cultura libre hubo cierto adanismo, muy influido por la propia imaginación tecnológica, que jugó en su contra. Ahora, cuando nos jugamos algo muy importante en las batallas tecnológicas –en términos de seguridad, de democracia– es un buen momento para recuperar aquel proyecto de cultura libre. Con todo lo positivo que tuvo, pero también haciéndonos cargo de esas limitaciones, para darle una vuelta a cómo sería un ecosistema público que no sea puramente estatal, donde haya espacio para las iniciativas privadas, incluso para las iniciativas mercantiles. Es crucial la idea de una institución pública como algo diferente de una organización estatal. Pongo el ejemplo de las universidades pero hay muchos más, pueden ser sindicatos, cooperativas, lo que se quiera.

En el libro hablas también de una telaraña de micro dependencias que no nos permite salir de las redes sociales. Un ejemplo ha sido esta cosa medio fallida de irse de X (Twitter), en la que tenemos el riesgo de caer en un enfoque individualista, moralizante. ¿Cómo planteamos medidas que sean efectivas y no solo culpabilizadoras?

Con el abandono de plataformas como X hay una repetición de cosas que hemos vivido en el pasado. Durante un tiempo había propuestas muy enfáticas de migración al software libre y, efectivamente, muchas veces había una dimensión muy identitaria y moralizante. “Yo soy mejor porque uso Ubuntu, no como tú, pobre pringado, que usas Windows y eres prisionero del capital”. Con la salida de X el problema es que individualmente tiene costes de muy distinto tipo. Para algunos es de visibilidad, para otros es de perder relaciones, perder comodidad, o simplemente, es incómodo tener que volver a empezar desde cero. A la mayor parte de la gente le importa un bledo lo que pasa con la tecnología. Como decía Geert Lovink, no me siento más libre por poder modificar los drivers de mi impresora. Yo quiero que imprima y ya está.

 ¿Cuál sería entonces la clave?

Hay que evitar entenderlos como procesos individuales y no colectivos. Es decir, vámonos todos y todas a BlueSky, o a donde sea. Y que funcione, claro. Porque, si no, es absurdo. Me parece interesante el papel que ciertos agentes institucionales, como medios de comunicación o universidades, tuvieron en el abandono de Twitter. Porque no te vas tú solo, sino que formas parte de algo más grande, con instituciones que representan o que llegan a cientos de miles de personas, que dan ese paso. Eso es lo que puede funcionar. No tanto ponerte como censor, sino formar parte de algo que podemos hacer entre todos, que es construir ecosistemas digitales más saludables.

Hablar del movimiento de familias que defienden una especie de ley seca de móvil para adolescentes. ¿Cuáles son los problemas de esta propuesta?

Creo que está extremadamente mal definido. No está muy claro cómo demonios se puede aplicar algo así, nadie lo sabe. No distingue entre chavales de 15 años y niños de ocho. Por ejemplo, ¿te imaginas que el único acceso a la información sobre feminismo, igualdad de género, diversidad sexual, o contraconcepción de una chica de 15 años tenga que estar filtrado por su padre? Es de locos. Rosa Luxemburgo empezó a militar con 15 años. Greta Thunberg empezó su huelga a los 15 años. Tratar a la gente de 15 años como si tuviese ocho es muy problemático. Luego, ¿qué es una red social? Parece que Instagram sí, TikTok sí, pero, ¿WhatsApp es una red social? Telegram, que es un pozo del infierno lleno de pederastia y nazismo, ¿no es una red social? Al final vas a tener que aceptar la definición de red social que den los propietarios de redes sociales. Estamos otra vez cayendo en aceptar que la única fuente de soluciones a los problemas de la tecnología es la que ofrecen los fabricantes de tecnología, y que hay que encargarles a ellos que solucionen esos problemas.

¿Qué mensaje se lanza a la gente joven?

Por un lado, lo que le están diciendo con la prohibición es: tú no puedes. Les privas de cualquier tipo de agencia. Hay un mundo terrible ahí fuera al que tienes que, o bien rendirte y dejar que te contamine de cualquier manera, porque no es posible resistirse, o si no, métete en una habitación del pánico, haz un juramento de virginidad digital, porque es lo único que puedes hacer. Por otro lado, los adultos te privan de cualquier responsabilidad respecto a un mundo que han construido ellos. Y, como reflexión más general: gente de izquierdas que, en teoría, defendía bajar la edad de voto a los 16 años, ahora dice que a los 15 no pueden acceder a las redes sociales. Es una renuncia a plantear las tensiones en términos de libertad, privacidad, acceso libre a la información para gente que no son adultos, pero desde luego son sujetos de derecho. Me resulta muy inquietante, porque me parece una colonización más del marco reaccionario entre la izquierda.

En este sentido, parece que las propuestas en relación con la tecnología se limitan a pedir que se prohíba, ya sea el acceso a redes sociales o la IA. Se abandona la posibilidad de abordar la tecnología de una manera liberadora. 

Es verdad que la IA está tan dominada por efectos catastróficos, colapsistas, negativos, que cuesta imaginar una resignificación. Pero no debería ser tan difícil. Echándole un poco de imaginación especulativa, imaginemos un sistema muy sofisticado de Big Data e IA en manos de un ministerio fiscal progresista. ¡Me cuesta más imaginar eso último que el fin del mundo! Pensemos que esas herramientas sirvieran para evitar la evasión fiscal, y que los que nunca pagan, porque tienen mil maneras de escaquearse, empezaran a pagar gracias a eso. O pensemos en una herramienta en manos de un ministerio de asuntos sociales que empezara a mandar cheques a la gente automáticamente, sin un solo formulario, porque cruza datos y sabe qué personas lo necesitan. Creo que hay maneras de pensar esas tecnologías de una manera más positiva, pero ni siquiera lo estamos intentando. Hay una rendición absoluta a ese mundo gris.

¿Cómo obtienen sus ganancias esas multinacionales tecnológicas? 

Es llamativo cómo apenas pensamos de dónde salen los beneficios de las grandes tecnológicas. Se da por hecho que dan dinero, pero nadie sabe muy bien de dónde sale ese dinero. Está claro en el caso de Airbnb o de Uber. Pero Whatsapp, ¿de dónde saca el dinero? De nuestros datos. Ya, pero, ¿qué hacen con esos datos? ¿Solo publicidad? ¿Qué es lo que está en juego? Estas preguntas nos enfrentan a la increíble dimensión especulativa y rentista que tienen todas esas tecnologías. Siempre la han tenido, incluso cuando creíamos que eran el futuro de nuevos modelos productivos. ¿Productivos en qué, exactamente? A veces es un incremento en la velocidad y la eficacia de los procesos productivos, pero otras veces no. Es una versión de las televisiones o de los periódicos que vivían de la publicidad, pero acelerada exponencialmente.

También señalas que la economía digital se apropia o parasita mecanismos sociales cotidianos.

Se ve muy bien en el caso de Uber o Airbnb. Se aprovechan de nuestros esfuerzos cotidianos para desplazarnos en la ciudad o para buscar alojamiento. Pero al final son todas así. No sé cuántos empleados tendrá WhatsApp en el mundo, pero sospecho que no muchos. Se aprovechan de nuestra necesidad de comunicarnos con nuestros círculos cercanos para obtener beneficios. Creo que es interesante aplicar esa visión de la acumulación originaria, de extracción de plusvalor, de los bienes comunes, de los espacios no mercantilizados, para generar valor y trasladarlo a otros espacios. Y creo que es interesante porque eso es reversible.

¿Cómo se podría hacer?

Igual que se han desmercantilizado algunos espacios sociales introduciendo instituciones públicas, en este caso estatales, en el campo de la sanidad, la vivienda o la educación, ese proceso de desmercantilización se puede expandir. Se pueden desmercantilizar muchos procesos tecnológicos. Hay un montón de apps que en realidad son sistemas de mensajería súper sencillos. Tenemos ese fetichismo que nos hace depositar en aplicaciones como WhatsApp una capacidad simbólica enorme, pero realmente no sería tan complicado desmercantilizarlas.

Es difícil encontrar en los análisis actuales referencias a la pandemia y la importancia que tuvo socialmente, y nos gusta que el libro lo trate. ¿Qué supuso la pandemia? ¿Cómo influyó en la sociedad? 

Creo que no lo hemos pensado, ni en la academia, la sociología, la politología, ni en los movimientos de izquierda. Nos impactó tanto la pandemia que hemos querido pasar página y olvidarla. Sacó a la luz cosas que ya estaban en marcha, subterráneas. Pero ha sido un hito crucial en muchísimos lugares del mundo. En Argentina, por ejemplo, la explicación de por qué ganó Milei tiene mucho que ver con la pandemia. O lo que está pasando en Madrid, este agujero negro político que nadie entiende muy bien cómo es posible, tiene mucho que ver con eso.

¿En qué sentido fue un hito crucial?

Fue un momento en el que los gobiernos pusieron en marcha el tipo de políticas que uno esperaría de un gobierno de la derecha radical. Seguramente no había alternativa. Pero te coloca en una posición imposible, porque, por un lado, estás haciendo exactamente lo que le gustaría hacer a la extrema derecha si gobernara. Y, por otro, la extrema derecha te puede acusar de liberticida, de dictador… La pandemia lo cambió todo porque fue una efervescencia de afectos negativos. Un conjunto de sentimientos de pasividad, de miedo, de rencor generalizados, que han transformado cómo nos relacionamos. De alguna manera, pasa lo mismo con la tecnología. El gobierno progresista propone la prohibición, que es lo que le gustaría hacer a la extrema derecha, pero al mismo tiempo se expone a ser acusado de liberticida.

César Rendueles entrevista Pablo Irene - 6
César Rendueles, en un momento de la entrevista. David F. Sabadell


¿Cómo afectó la pandemia a nuestra visión de la tecnología?

Fue la materialización del sueño ciberutópico. Todo lo que nos decían que iba a pasar: que nos íbamos a relacionar con todo el mundo a través de videocámaras, que íbamos a descargar contenidos de bibliotecas virtuales, etc., pasó. Y fue horrible, una pesadilla. Hace falta algo tan horrible como una pandemia y que el gobierno te encierre en casa para que el sueño ciberutópico se cumpla. Eso cambió nuestra relación con la tecnología, en el sentido de que nos dimos cuenta de que era espantoso, pero al mismo tiempo, lo normalizó.

Otras de las cuestiones que también explosiona con la pandemia es la conspiranoia. Una de las pasiones más tristes de nuestro tiempo, y también en el campo de la izquierda, es la conspiración.

El auge de la conspiranoia como gran ideología de nuestro tiempo tiene que ver con cierta individualización de las pasiones políticas. Es aplicar la idea del pensamiento crítico, que tenía que ver con la elaboración colectiva –entre todos y todas somos capaces de pensar algo que desafía las verdades más o menos establecidas–, y llevarlo al terreno individual. “Yo soy más listo que los demás, me he formado en YouTube y tú, borrego, te crees a los expertos del gobierno”. Es entender las ganancias en conocimiento como algo individual, que tiene que ver con el secreto que yo descubro. Eso tiene un efecto muy perverso: la desconfianza en el conocimiento experto y una perversión total de la idea de pensamiento crítico dirigida a la desconfianza en general de la ciencia. Tener que defender los conocimientos expertos mínimos es un horizonte muy oscuro. Desde la izquierda tenemos que hacer bastante autocrítica. En la pandemia había gente que aceptaba solapamientos monstruosos con la conspiranoia, con derivadas clarísimas hacia la extrema derecha. En la izquierda arrastramos una herencia complicada de tolerancia hacia cosas que a lo mejor no deberíamos haber tolerado.

También señalas que muchas instituciones dedicadas a la mediación, como las editoriales o los periódicos, han ido entrando en crisis y se están sustituyendo por lo que llamas procesos de algoritmización social.

En los inicios del giro digital, cuando se empezó a extender el uso de internet, algo muy aceptado era el fin de la mediación. Con tu móvil eres un periodista; ya no necesitas editoriales porque puedes publicar tu novela directamente, etc. Se ensalzaba la relación directa entre el consumidor y el productor. Era algo que aceptaban, por supuesto, los partidarios del modelo propietario, que querían que las grandes tecnológicas se convirtieran en editoras y también en fabricantes de papel, en transportistas y en libreros. Pero también entre la izquierda, que lo veía como algo positivo porque acababa con las jerarquías. Me preocupa mucho porque creo que, en gran medida, es la raíz de nuestros problemas. No existe la no mediación. Si no tienes un mediador, es que alguien está ejerciendo de mediador invisible. Los procesos de mediación te permiten por lo menos visibilizar cuáles son esas dinámicas de selección y promoción, y plantear otras alternativas. No como el algoritmo, que es el ejemplo perfecto de mediación invisible monstruosa, donde parece que eres el dueño de tus decisiones, pero acabas consumiendo exactamente lo que quiere el dueño de YouTube o el de Twitter.

¿Podemos imaginar otro modelo?

Las instituciones de mediación no tienen por qué ser periódicos, editoriales, discográficas, o bibliotecas tradicionales, a lo mejor pueden ser otras cosas. Pero olvidar todos esos procedimientos, vinculados además a profesiones que tienen su tradición, sus dinámicas de aprendizaje y de autocontrol, me parece catastrófico. Ha habido una debacle de esas instituciones de mediación, alguna inducida por el mercado, pero otras creo que un poco creadas desde dentro, como en el caso de los medios de comunicación. Eso nos ha arrojado a este escenario que deberíamos combatir.

“Tecnooligarca politoxicómano con infantilismo terminal”, “niños rata con supuestos superpoderes”, “millonario supremacista con delirios paranoides”, “ciberoligarcas que llevan el estilo de vida y aspecto de un proxeneta de Las Vegas”, “multimillonarios narcisistas con un deterioro cognitivo manifiesto”… Son solo algunos de los epítetos que dedicas en el libro a los millonarios de Silicon Valley y su camarilla. ¿Has decidido retomar la tradición marxista del noble arte del insulto?

Tenía ganas de insultar, retomando efectivamente esa noble tradición. Más en serio, creo que esa ridiculización tiene su importancia. Es asombroso el guante de seda con el que se ha tratado a estos billonarios narcisistas durante décadas, gente que juguetea a voluntad con cosas muy importantes para nuestras vidas, para la democracia, para la economía. Ese retrato como si fueran niños simpáticos, tímidos, millonarios casi a su pesar: “En el fondo les gustaría estar en un garaje jugando a un juego de rol, pero el destino les ha puesto al frente de una multinacional asesina”. Cuando salió Windows 95, mandaron a un reportero de El País Semanal a las oficinas de Microsoft y entrevistaron a Bill Gates. Contaba cómo en los cubículos de los programadores había colchones, porque les gustaba tanto su trabajo que se quedaban ahí a dormir. Me acuerdo de una cosa muy concreta: decía que Gates llevaba las gafas sucias. Probablemente acababa de llegar de la isla de Epstein, y probablemente varios de esos programadores se suicidaron por sobretrabajo. Por eso creo que está bien hacer ese esfuerzo, por higiene mental, de retratarlos como lo que son: una especie de nihilistas enloquecidos, incultos, de inteligencia cuestionable en algunos casos, pero con una imagen increíblemente generosa de sí mismos. Al margen de que yo tuviera ganas de jarana, creo que es bueno, a nivel colectivo.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/pensamiento/cesar-rendueles-estamos-viviendo-reverso-oscuro-del-silicon-valley-amable

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Entrevista a Frencesca Albanese: «Como no se puede reformar, la ONU se está volviendo cada vez más irrelevante, y eso es peligroso»

Por Patricia Simón

Francesca Albanese publica ‘Cuando el mundo duerme’ (Galaxia Gutenberg), un ensayo en el que recorre la historia de Palestina a través del derecho internacional y de su experiencia personal, desde que vivió en Jerusalén hasta su trabajo actual contra el genocidio de Gaza como relatora especial de la ONU.

Francesca Albanese (Italia, 1977) se ha convertido en un referente internacional de la defensa de los derechos humanos. Desde que comenzase el genocidio de Gaza, su trabajo incansable a través de informes, de la participación continua en el debate público mediante entrevistas, conferencias y las redes sociales denunciando no sólo los crímenes de Israel, sino también la responsabilidad de los gobiernos, empresas y medios de comunicación occidentales, la han convertido en una figura inspiradora para millones de personas de todas las generaciones. Y, también, en una de las más odiadas, atacadas y perseguidas por los Gobiernos de Israel y Estados Unidos, así como por el lobby sionista internacional. De hecho, la Administración Trump la ha llegado a sancionar por colaborar con la Corte Penal Internacional en su intento de juzgar a los responsables del genocidio.

Ahora Albanese publica en España Cuando el mundo duerme. Historias, palabras y heridas de Palestina (Galaxia Gutenberg), un ensayo en el que cuenta la historia de la ocupación a través del derecho internacional, pero también de sus vivencias y reflexiones personales y de las de diez personas –la mayoría, amigos y amigas de Albanese– que protagonizan cada uno de los capítulos. Y lo escribe con la claridad, la precisión y la determinación que la han convertido en una de las voces más respetadas de la esfera pública. Y, también, compartiendo el sufrimiento, el dolor y el miedo que acarrea, a veces, estar en la primera línea de la “guerra contra los valores” que están sufriendo, en palabras suyas, quienes participan en el ‘efecto Palestina’, como llama a la nueva conciencia global que ha despertado el genocidio contra Gaza.

En su libro Cuando el mundo duerme cuenta la historia de Palestina, de la ocupación, del régimen de apartheid, del genocidio con rigor y datos, y, también, mediante sus vivencias. ¿Por qué decidió escribirlo desde esta perspectiva personal?

Primero, porque había planeado escribirlo un año antes, cuando salió mi primer libro en italiano, poco después del inicio del ataque contra Gaza en octubre de 2023. En aquel caso buscaba que el público italiano tuviese una especie de punto de referencia, porque allí, desde el principio de los ataques, la retórica y la propaganda fueron muy proisraelíes. Y lo digo sin negar el sufrimiento de los israelíes ni lo duro que fue lo que sufrieron el 7 de octubre. Yo sabía que el Gobierno israelí capitalizaría ese sufrimiento y que los líderes occidentales cederían para complacer y favorecer a Israel. Así que quería ofrecer una especie de glosario.

Pero una vez que ese libro vio la luz, ya tenía en marcha este proyecto, en el que quería hablar sobre Palestina desde la perspectiva del derecho internacional, pero de una manera personal, humanizando esa historia y haciéndola accesible, especialmente para los más jóvenes.

En segundo lugar, también lo escribí así por mí. Fue un ejercicio muy catártico. Tuve que articular cómo había entrado en mi vida Palestina cuando llevábamos ya año y medio de genocidio y mientras trabajaba en el informe sobre la economía del genocidio.

Es un libro difícil de catalogar porque tiene mucho de historia, de ensayo, de derecho internacional, pero no es un libro de solo una de esas cosas. Tampoco una biografía ni autobiografía, aunque contiene muchas vidas. Pero creo que también eso es lo que hacemos las mujeres, mostramos quiénes somos sin ocultar nuestras debilidades. En estos dos años he llegado a aceptar la vulnerabilidad de una forma en la que no lo había hecho antes. Por eso me sentí atraída a escribir este libro, en el que me expongo y comparto tanto de mi viaje personal.

El libro es también una carta de amor a la amistad, a los amigos palestinos, israelíes y judíos no israelíes que le han permitido comprender la realidad de Palestina. De hecho, lo comienza con una cita de Alisa Weise: “La solidaridad es una manifestación política de amor”. ¿Cómo describiría el papel de la amistad en su compromiso y en el movimiento internacional de solidaridad global con Palestina que ha surgido a raíz del genocidio?

Es interesante porque cuando leí el libro en octubre, meses después de su publicación en Francia, me di cuenta de que parecía deliberado que hubiese palestinos e israelíes, como si los quisiera reunir en una mesa. No fue así. Los elegí porque son mis amigos y porque me enseñaron muchas cosas. Alon Confino era probablemente el más israelí de todos, pero nunca pensé en él como un israelí porque era una persona universal.

Además, mi círculo de amigos ha crecido mucho a partir del genocidio. Personas que van desde el colegio de mis hijos al ámbito público, que me han apoyado siempre, que han querido estar cerca de mí cuando he sufrido los ataques más feroces. Como cuando el gobierno y los medios de comunicación de Italia, donde no son muy libres, empezaron a atacarme hasta por estornudar. Siento que estamos en una especie de guerra contra los principios, contra los ideales puros. Y quienes luchamos en ella compartimos algo muy profundo.

Para mí, la relación más profunda de la vida no es el amor que sientes por tu pareja, tus hijos, tus hermanos o tus padres: para mí, el valor más importante es la amistad. La amistad es la red que te mantiene unido, que no te deja caer en el aislamiento. Además, la amistad es un valor para el futuro. Necesitamos recuperar la humanidad en nuestras vidas, estamos demasiado aislados, somos demasiado individualistas, y la amistad, este vínculo que nos une a todos, es un buen camino.

Francesca Albanese. Foto cedida: FAROOQ ZAMIR.

Sostiene que el genocidio de Gaza ha despertado una nueva conciencia global a través del movimiento internacional de solidaridad con Palestina. ¿Cómo puede este movimiento contribuir a frenar la ola reaccionaria y antidemocrática que sufrimos?

Veo un movimiento que llamo una, como el plural en latín de unus (unidad), porque reúne tantas realidades individuales que se convierten en una colectividad. Se trata de un movimiento sin líderes, pero con valores muy fuertes, identificables, y con una primera línea. Siento que soy parte de esa primera línea con los palestinos, Greta Thunberg, Yanis Varoufakis, el movimiento BDS, las organizaciones de derechos humanos, los abogados, los periodistas que hablan a pesar de la censura… Llamo a este movimiento “efecto Palestina” porque Palestina nos ha despertado, nos ha mostrado la diferencia entre los valores y sus contrarios, como la luz y la oscuridad. Palestina nos ha iluminado y nos está mostrando el camino para resistir, que no es solo resistencia, es también resiliencia. Me gusta este concepto porque es resistencia y firmeza, la capacidad de adaptarse, transformar, repensar. Y es un movimiento que no se puede vivir individualmente, tiene que ser colectivo para sea transformador; una elección ética que concierne a todo: al medio ambiente, a los animales, a los seres humanos. Y esto es, en definitiva, lo que Palestina representa para mí.

El “efecto Palestina” es despertar, unir y movilizar, con un espíritu de hermandad, como estamos viendo. Y la relación de amistad que hemos creado personas que, en un principio, éramos camaradas es más fuerte que la que tengo con algunas personas que han formado parte constante de mi vida. Luchamos y, aunque no sepamos cuándo veremos el final, nos vamos enriqueciendo al unirnos en torno a unos valores comunes.

Y al mismo tiempo que provoca esta reacción de admiración e inspiración, también genera mucho odio por lo que representa: la autoridad de la ley y los derechos de Palestina frente a la impunidad del poderoso Israel. En el libro explica que una de las razones por las que más odio ha recibido es por señalar que Israel es un proyecto colonial. ¿Por qué algo tan obvio genera tanta virulencia?

Si hubiéramos tenido esta discusión en la década de 1950 o incluso a principios de la década de 1960, nadie habría dicho ni una palabra porque entonces el colonialismo no era visto como la madre de todos los males, como sí ocurre hoy. Por eso entiendo que a los israelíes no les guste que los llamen pueblo colonial.

El proyecto del Estado de Israel precedió al Holocausto, y no hay duda de que el pueblo judío fue perseguido y que el proyecto nacional surgió para protegerlo. No era la única solución, también lo podría haber protegido donde estaban. Pero es cierto que las circunstancias hicieron que tuvieran que abandonar sus hogares en Europa y no había muchos países que los quisieran. Incluso supervivientes del Holocausto fueron rechazados por Gran Bretaña, Estados Unidos y Australia cuando huían como refugiados de Europa.

El caso es que podrían haber ido como refugiados a Palestina. Pero no, fueron como parte de un proyecto nacional colonial que cogía la tierra y los hogares de otras personas, de los pueblos indígenas. Entiendo que muchos creen o les gusta creer que Dios les dio esa tierra, pero Dios no es un agente inmobiliario y no le dio la tierra a nadie.

Hoy estamos gobernados por la ley e Israel no debería haber sido creado a expensas –no digo que no debería haber sido creado– sino que no debió crearse a expensas de casi un millón de palestinos, de los cuales unos 750.000 fueron expulsados y nunca se les permitió regresar. Además, Israel ha seguido comportándose como una colonia de colonos en lo que quedaba de la Palestina histórica, en el territorio palestino ocupado, en Gaza, Cisjordania o Jerusalén Este. Y lo presentan con la burbuja del origen divino de Israel, como si se tratase del pueblo judío regresando a su tierra. No digo que el pueblo judío no tenga vínculos con la Tierra Santa. Solo digo que lo que hicieron fue violento y que esa violencia perdura. Además, contar que es un proyecto colonial desmiente el mito de la tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra. Y claro, todo eso no les gusta.

¿Qué debería hacer la Unión Europea con respecto a Israel si decidiese cumplir con el derecho internacional?

En primer lugar, al menos, debería suspender, o incluso derogar, el acuerdo de asociación de la UE con Israel. En segundo lugar, debería considerar permitir que los Estados puedan cumplir con la ley, porque eventualmente los Estados miembros utilizan a la Unión Europea como excusa para incumplir sus obligaciones internacionales, que imponen detener el comercio de armas, dejar de comprar armas a Israel y cortar los lazos económicos. Un embargo de armas es necesario, pero también cortar los lazos con la economía israelí, porque Israel está perpetrando los crímenes de apartheid y de genocidio. ¿Qué más tiene que hacer Israel para que la Unión Europea haga todo esto? La Unión Europea debería alentar a sus Estados miembros a cortar lazos con Israel y, también, debería dejar de financiar proyectos de investigación israelíes, especialmente en el sector militar y de vigilancia. Productos que han sido probados con los palestinos, tanto en el campo de batalla como en sistemas de seguridad, y que se han convertido en sofisticados equipos utilizados para matar o aterrorizar a toda una población durante los últimos dos años.

Comienza el libro con un capítulo dedicado a las violencias que Israel emplea contra la infancia palestina. ¿Cómo es posible que la Unión Europea y Estados Unidos hayan mantenido su apoyo a Israel, incluso después de que haya cometido un infanticidio en Gaza y de todos los asesinatos, encarcelamientos, torturas y otros crímenes que comete contra los niños y niñas palestinos de Cisjordania y Jerusalén?

Me gustaría recordar que Estados Unidos es el único país del mundo que no ha ratificado la Convención sobre los Derechos del Niño. Además, creo que los soldados israelíes y muchos sectores de la sociedad israelí no ven a los niños palestinos: solo ven a palestinos, a los que ven como posibles amenazas terroristas y a la seguridad. Existe una profunda deshumanización. Nunca he visto nada parecido al nivel de racismo institucionalizado y generalizado contra todo un pueblo que vive a tu lado. Y esa demonización no solo afecta a Israel, sino también a algunos de nosotros en el mundo global de minorías blancas privilegiadas.

Quizás sea una fantasía, pero imagino a gente yendo libremente a Gaza y ayudando a limpiar la zona. Me imagino que los seres humanos pueden ayudar a reconstruir la Franja y ayudar a los palestinos a sanar las heridas. Se requerirá mucha humanidad para contrarrestar la inhumanidad que han mostrado el Gobierno y los soldados israelíes, así como las sociedades occidentales.

Una de las consecuencias del genocidio ha sido la pérdida de la poca credibilidad que le quedaba a buena parte de los medios occidentales. ¿Cree que podrán ser juzgados por su responsabilidad en el genocidio?

Sí, aquellos que han sido apologistas del genocidio deberían ser juzgados. Y también deberían dejar de tener lectores y clientes. Pero le contaré más en unos meses porque esta es una de las investigaciones que estoy realizando.

TikTok acaba de cerrar la cuenta del periodista gazatí Bisan Ota y YouTube ha eliminado miles de vídeos subidos por soldados israelíes que publicaban sus propios crímenes de guerra. ¿Qué responsabilidad tienen las plataformas tecnológicas en el genocidio de Gaza y la ocupación de Palestina?

Muchas de ellos han silenciado, censurado y alterado contenido palestino y en solidaridad con los palestinos. Esto no es neutral, no respeta la libertad de expresión ni la primera enmienda –ya que la mayor parte de ellas están radicadas en Estados Unidos–. Estos medios y gigantes tecnológicos han elegido en qué parte de la historia han querido posicionarse y al menos yo, como abogada, deseo verlos investigados judicialmente.

Pero mientras eso ocurre, [estas plataformas] deberían perder a sus seguidores. Y espero que tenga éxito Upscrolled, creada por un empresario palestino como una versión libre de censura de TikTok. Tuvo un millón de descargas en un día y espero que siga creciendo a ese ritmo porque lo necesitamos. Mi temor es que se generen cámaras de eco y que TikTok siga siendo para los proisraelíes y los crédulos, mientras que el otro sea donde se divulgue la información. En cualquier caso, necesitamos alternativas.

¿Cree que lo sucedido con el genocidio podría ser una oportunidad para impulsar una reforma democratizadora de las Naciones Unidas y del Consejo de Seguridad?

No sucederá. No sucederá a menos que se revisen los cimientos del sistema, basado en el privilegio o la dominación de algunos Estados. No creo que ocurra. Y como no se puede reformar, la ONU se está volviendo cada vez más irrelevante, y eso es peligroso.

Espero que países como los que integran el Grupo de La Haya se conviertan en actores importantes y que España juegue un papel importante dentro de él. Porque no solo el Gobierno español, sino el pueblo español, las universidades españolas y los medios de comunicación españoles han sido un gran ejemplo de compromiso positivo y ético. Por eso espero que el Gobierno de España se una al Grupo de La Haya pronto.

¿Qué medidas debe tomar la sociedad civil en esta nueva fase del genocidio de Gaza?

En primer lugar, apoyar los esfuerzos de quienes intentan lograr justicia, como la Fundación Hind Rajab –en España también hay abogados persiguiendo a las empresas [que participan en el genocidio]–. Debería investigarse más a los actores privados que han sido cómplices de los crímenes israelíes. Debe haber una presión continua para que las instituciones sigan haciendo lo correcto, porque no creo que el Gobierno español hubiera hecho lo que ha hecho sin el empuje del pueblo español. Y luego, el consumo ético –nadie debería vender productos relacionados con la ocupación israelí–, la banca ética –comprobar que sus bancos no tienen inversiones relacionadas con la ocupación–, y adherirse a la campaña de Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS).

La reclusión, la erradicación y la persecución del pueblo palestino siguen siendo el principal objetivo del gobierno actual de Israel. Y el horizonte es incierto porque es un plan que no tiene fin.

Fuente: https://www.lamarea.com/2026/02/01/francesca-albanese-libro/

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