Mariano Fernández Enguita
Universidad Complutense
www.enguita.info




Los feminismos populares se han extendido por América Latina y abarcan un abanico diverso de movimientos de base territorial que interactúan con movimientos de mujeres que no necesariamente se definen como feministas y participan de organizaciones populares mixtas. En el feminismo indígena, negro o de los barrios latinoamericanos emergen crecientes demandas de despatriarcalización, se desarrolla una renovada pedagogía feminista y se ponen en cuestión las propias jerarquías de las organizaciones de izquierda.
Apesar de la ofensiva conservadora que conmueve este tiempo, arrasando conquistas de los pueblos, contagiando cólera y rabia en los corazones, hay un aquelarre subterráneo, un movimiento de conciencia histórica que crece, se «encuerpa» desde la memoria, y cambia –nos cambia– la vida cotidiana. Me refiero a la irrupción en la política de colectivas de acción, pensamiento, sentimientos, sueños, que asumimos el feminismo como una propuesta que desafía a las múltiples opresiones producidas por el capitalismo colonial y patriarcal. Feminismos indígenas, campesinos, barriales, de trabajadoras de doble y triple jornada. Feminismos de sujetas no sujetadas, que respondemos colectivamente a los desafíos de la sobrevivencia y vamos haciendo realidad la propuesta: «si tocan a una, tocan a todas».
Los feminismos populares se han extendido por América Latina y abarcan un abanico diverso de movimientos de base territorial que interactúan con movimientos de mujeres que no necesariamente se definen como feministas y participan de organizaciones populares mixtas. En el feminismo indígena, negro o de los barrios latinoamericanos emergen crecientes demandas de despatriarcalización, se desarrolla una renovada pedagogía feminista y se ponen en cuestión las propias jerarquías de las organizaciones de izquierda.
El mapa político de nuestros feminismos
Históricamente han existido corrientes del feminismo que han sostenido fuertes vínculos con los movimientos de trabajadoras, entre ellas las anarquistas, socialistas y comunistas de comienzos del siglo xx, y también feministas que a lo largo de los siglos xx y xxi desarrollaron su activismo en organizaciones populares, fueron parte del movimiento de derechos humanos que enfrentó a las dictaduras, refundaron las luchas democráticas integrando los derechos de las mujeres, aportaron a la organización de las víctimas de prostitución y trata, comparten la búsqueda de niñas, adolescentes y mujeres desaparecidas en democracia, acompañan a mujeres que sufren violencia en sus familias, a niñas y niños que sufrieron abuso sexual, a mujeres que denuncian la violencia sexual como crímenes de los Estados terroristas, etc. Pero fue en estas últimas décadas cuando se visibilizaron experiencias que denominamos genéricamente como «feminismos populares». Se trata de colectivas feministas, espacios de mujeres y/o lgttbi, que en algunos casos son parte de organizaciones mixtas, en otros no, pero que coinciden en la necesidad de no establecer jerarquías entre las distintas opresiones y eluden caracterizar las luchas como «principales» y «secundarias» –como las clasificaba la izquierda tradicional– para organizar sus acciones. Las feministas populares asumimos que en el sistema capitalista patriarcal y colonial las distintas formas de dominación y disciplinamiento de los cuerpos, los territorios, las comunidades, la naturaleza de la que somos parte se refuerzan mutuamente, y que cada logro en una perspectiva emancipatoria erosiona los pilares del sistema, en la medida en que contribuye a la creación de subjetividades –individuales y sociales– autónomas, capaces de imaginar un mundo diferente, y de crearlo. En Argentina existe un antecedente inelu- dible de estos feminismos populares: el de las asambleas de mujeres pique- teras que se realizaban los días 26 de cada mes sobre el puente Pueyrredón después del 26 de junio de 2002, cuando la policía asesinó a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki en la estación Avellaneda (hoy renombrada como «Da- río y Maxi»)1. En el corte del puente Pueyrredón, donde se exigía justicia por Darío y Maxi, las mujeres hablaban en asamblea de las temáticas que las preocupaban, reconociendo sus necesidades, sus problemas, las dificultades en sus organizaciones.
Este proceso –impulsado por algunas compañeras feministas que venían de experiencias anteriores e «hicieron escuela» en los movimientos– revolucionó el lugar de las mujeres piqueteras en las casas, en las calles y en la historia. El Frente Popular Darío Santillán abrió caminos en esta dirección al constituir el Espa- cio de Mujeres, que promovió que más tarde toda la organización se asumiera como «antipatriarcal», además de considerarse «anticapitalista» y «antiimperialista». Ese camino fue recorrido también por otras organizaciones sociales y políticas y, sobre la marcha, esos colectivos de mujeres y diversidades sexuales nos fuimos encontrando en un proceso de formación feminista realizado en co- mún, con encuentros plenos de debates, pasiones, risas e intercambios que aún estamos compartiendo.
Otro afluente del feminismo popular fue el quiebre de los modos de hacer política generado a partir del 19 y el 20 de diciembre de 2001. En ese contexto de rebeldías nacieron varias colectivas feministas articuladas como «Feministas Inconvenientes», en un espacio donde participamos mujeres, lesbianas, travestis y trans, que pensamos un feminismo con raíces en el continente, mestizo, descolonizador, anticapitalista, autónomo, de acción directa, integrado en las luchas populares. Los sucesivos Encuentros Nacionales de Mujeres realizados en Argentina nos permitieron «enredarnos» con otras feministas y organizaciones de mu- jeres, lesbianas, travestis y trans, y plantear temáticas comunes para nuestras acciones. En el marco de esos encuentros nos autoconvocamos en las mesas de «Feministas Latinoamericanas en Resistencia», que tuvieron un primer impulso con la presencia de la ex-senadora colombiana Piedad Córdoba en el 23o Encuentro Nacional de Mujeres reunido en la provincia de Neuquén en agosto de 2008, y tomaron fuerza a partir del golpe de Estado de Honduras en junio de 2009, con el ejemplo de las Feministas en Resistencia de ese país, que crearon la incisiva consigna-síntesis: «Ni golpes de Estado ni golpes a las mujeres».
Las feministas indígenas de los pueblos del Abya Yala, las feministas comunitarias de Guatemala y Bolivia y las feministas campesinas aportaron lecciones de radicalidad teórica y práctica, con un feminismo de enfrentamiento directo a las transnacionales, a las políticas extractivistas y a la violencia de los narcoestados. Activistas como Berta Cáceres del Consejo Cívico de Orga- nizaciones Populares e Indígenas de Honduras (copinh), Miriam Miranda de la Organización Fraternal Negra de Honduras (ofraneh), Bety Cariño del Centro de Apoyo Comunitario Trabajando Unidos (cactus) de Oaxaca, Mé- xico, Blanca Chancosa, de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (conaie), las mujeres zapatistas en Chiapas, entre otras experiencias significativas, enseñaron a los feminismos populares que no se trata solo de «despatriarcalizar» en el marco de las luchas anticapitalistas, sino también de descolonizar nuestras vidas.
Las mujeres de la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo (cloc) y de La Vía Campesina Internacional han venido creando un feminismo campesino, que tiene entre los ejes centrales el cuidado de las se- millas nativas, la lucha por la soberanía alimentaria y por la reforma agraria integral y contra la violencia patriarcal. Superando la distancia existente unas décadas atrás entre las organizaciones campesinas y las feministas, hoy las mujeres de La Vía Campesina dicen que «sin feminismo no hay socialismo». Desafían así las ideas patriarcales en sus organizaciones, que piensan que las luchas de las mujeres «dividen» al movimiento, o que hay que hacer primero las revoluciones socialistas para luego transformar las relaciones de género. Desafían también a las corrientes feministas que consideran que las demandas de las mujeres se limitan a una agenda consensuada y financiada de integración en el sistema, lo que legitima explotaciones estructurales del capitalismo patriarcal colonial occidental.
Por su parte, las feministas negras aportan a las miradas descolonizadoras y denuncian cómo se conjugan las opresiones de raza, clase y género. Ponen de relieve que las propuestas políticas del feminismo colonizado y colonizador no las representan, porque no son las mismas sus necesidades y demandas básicas para la sobrevivencia como parte de sus pueblos. Las feministas ne- gras e indígenas se encuentran en la tensión permanente de ser parte de co- munidades criminalizadas por el poder capitalista, por lo cual sostienen una difícil batalla para que las luchas antipatriarcales no sean funcionales a las lógicas de judicialización y estigmatización de los Estados que segregan y persiguen a sus pueblos. Sin embargo, tienen conciencia de que en el interior de sus comunidades también hay relaciones de poder opresivas, que hacen de las mujeres las oprimidas entre los oprimidos. Es muy importante y esclarecedor, para develar estos conflictos, el aporte de las feministas comunitarias, que han conceptualizado las dimensiones del territorio cuerpo y el territorio tierra, y lo que nombran como «entronque patriarcal», que explica cómo el patriarcado original de las comunidades se ha visto reforzado por el pacto impuesto en los procesos de colonización por el patriarcado occidental.
Existen debates entre las mujeres indígenas por la presión que se ejerce desde ese entronque patriarcal, que postula que la emancipación de las mujeres constituye una amenaza para la unidad en la lucha de las comunidades. Las cosmovisiones de algunos pueblos ponen énfasis en la «complemen- tariedad» entre varones y mujeres y señalan que estas eran relaciones de equilibrio rotas por el colonialismo y que la denuncia de las inequidades que se producen en estas relaciones vuelve a reforzar las políticas colonizadoras y debilita a sus pueblos. Aparece una crítica al feminismo, tratado como un pensamiento político ajeno al continente, sin valorar que son las propias mujeres indígenas quienes han asumido las luchas por sus derechos en tanto mujeres, sin dejar de estar en la primera línea de las batallas de sus comunidades por la vida, por los territorios y por el conjunto de los derechos culturales, económicos, sociales y políticos de sus pueblos.
Otra corriente que confluye en las experiencias del feminismo popular es la de las colectivas feministas que en el marco de procesos que dibujan horizontes socialistas en Venezuela y Bolivia volvieron a poner en debate temas como las relaciones de los movimientos con el Estado, los alcances y límites de la auto- nomía en los procesos de transformación y el aporte de las mujeres a las revoluciones. Las feministas bolivarianas tienen el inmenso desafío de ser parte de la defensa de la revolución y, al mismo tiempo, de dar batalla contra las lógicas profundamente patriarcales, burocráticas, verticalistas y autoritarias que atra- viesan muchas de las organizaciones y los movimientos que la sostienen. Se trata de feminismos que hacen y defienden, cuidan y critican, que son parte y cuestionan los procesos de cambio desde perspectivas antipatriarcales. Femi- nismos que se levantan desde nuestros territorios cuerpos y territorios tierras, y revolucionan las revoluciones ganadas y perdidas. Feminismos en revolución.
Los cuerpos de los feminismos populares
En los feminismos populares hay poca distancia entre las palabras y los actos, y las prácticas van caminando más rápido que las teorías. Tenemos la fortaleza de nuestro activismo y la debilidad de los procesos de sistematización de las prácticas y de sus aprendizajes, que quedan siempre relegados por atender «urgencias» que nos «matan». Porque en tiempos conservadores crece la violencia contra las mujeres, crecen los femicidios y crecen las emergencias que vuelven más vulnerables nuestras vidas. Porque además los Estados no cumplen con las tareas de cuidados que deberían asumir.
Los feminismos populares van amasándose así a fuego lento, por manos de mujeres trabajadoras. Manos que hacen cunas y acunan, siembran, cocinan, martillan, cultivan, escriben, acarician, pintan, bordan, limpian, curan, sostienen, empu- jan, juegan. Nuestros pies pisan sobre las huellas dibujadas en la tierra por nuestras ancestras, y otras veces inventan atajos. Por momentos nuestros pies no caminan… bailan las muchas revoluciones imaginadas que se recrean desde el deseo, el placer, la alegría de la lucha codo a codo con otras, otres, otros. Re- voluciones que en sus rotaciones descolonizan, despatriarcalizan, desmercan- tilizan nuestras danzas y andanzas. Mientras nuestros pies corren, nuestros cuerpos socorren. Ahí estamos, al lado de la chica que sufre la violencia en el noviazgo, de la muchacha que necesita interrumpir su embarazo, de la mujer que sufre la violencia de su pareja, o de sus hijos que son atrapados por las redes del narcotráfico.
Nuestros cuerpos de mujeres, lesbianas, trans, disidentes del patriarcado y de la heteronorma guardan la memoria de nuestras ancestras indígenas, negras, mestizas, migrantes. En los muchos nacimientos que tenemos y acompañamos, parteras y parturientas como somos, nos sabemos con diferentes edades, variadas historias, que se entraman en un tejido comunitario, con hebras que desbordan este tiempo, con las tonalidades de la tierra, los ríos, los bosques y de nuestros paisajes subversivos.
Los cuerpos disidentes han cambiado nuestros modos de estar en el mundo. Las femi- nistas lesbianas han problematizado a los feminismos, proponiendo debates sobre temas tan centrales para la vida coti- diana como son el amor, la libertad, el deseo, la maternidad. Algunas colecti- vas lesbianas se desidentifican de la identidad de mujeres, por caracterizarlas como parte del binomio heteronormativo hegemónico. También forman parte de estos procesos de crítica, que enriquecen las perspectivas del feminismo popular, activistas travestis, bisexuales, trans, intersex, que nos ayudan a re- pensar las conceptualizaciones de los feminismos que reproducen las lógicas binarias de la heteronormatividad.
Feminismos populares y movimientos de mujeres
Los feminismos populares han nacido del movimiento de mujeres, lo interpelan, lo seducen, lo cuestionan. Hacen política basados fundamentalmente en el acompañamiento y en la pedagogía, contribuyendo a pensar las opresiones no desde la victimización, sino buscando el poder y la energía para enfrentarlas.
El acompañar, poner el cuerpo, crea vínculos vitales entre compañeras y colectivas feministas y con mujeres que son parte de los movimientos, muchas de las cuales no se reconocen en el feminismo. El patriarcado siembra prejui- cios para distanciar a las mujeres de las experiencias feministas y, para supe- rarlos, es necesaria una intensa práctica codo a codo que vaya derrumbando los mitos superpuestos, como los que sostienen que «el feminismo es una política de odio a los hombres», que «las feministas son todas lesbianas», que «el feminismo divide a las familias y a las organizaciones». También existen prejuicios en corrientes de izquierda, que en nombre de la ortodoxia marxista consideran el feminismo como una «desviación pequeñoburguesa» de la cen- tralidad de la lucha de clases. Las feministas populares consideramos que, por el contrario, la lucha de clases se fortalece cuando la clase trabajadora asume su participación en las batallas contra el patriarcado y el colonialismo.
La pedagogía del feminismo popular propone una epistemología del diálogo de saberes, del pensar nuestras prácticas, del caminar la palabra, de los cuerpos puestos en el juego de la acción emancipatoria.
Un feminismo sembrado en los movimientos populares
Las semillas con que multiplicamos nuestros brotes fueron sembradas en las comunidades de las que somos parte. Ser parte de movimientos populares mixtos nos ha creado tensiones que nos obligan a discutir una y otra vez los caminos para cambiar al mundo. Fuimos descubriendo cuánto de viejos tienen los «hombres nuevos», cuánto de patriarcales tienen nuestros feminismos, cuánta reproducción de opresiones hay en nuestras organizaciones revolucionarias. Des-encubrir el machismo en nuestras casas, en nuestros movimientos, ha llevado a que compañeros varones comiencen a cuestionar- se sus privilegios.
El hecho de que algunas organizaciones mixtas se definan como antipatriarcales exige una activa pedagogía que ayude a poner en consonancia las definiciones ideológicas con las prácticas cotidianas. El pacto patriarcal entorpece la transformación de los movimientos en espacios habitables para las mujeres y las disidencias sexuales. La homofobia es parte de la cultura de las izquierdas, aunque esto también está tambaleando, por los avances del movimiento lgttbi y su participación en esos movimientos populares. Como parte de los proyectos políticos rebeldes, revolucionarios, de los y las de abajo, ubicamos la vida cotidiana como un territorio en el que se despliega la «estrategia revolucionaria», que busca, precisamente, cambiar la vida cotidiana.
Cuando lo personal es político
«Lo personal es político», decimos las feministas. Esto apela a las dimensiones pedagógicas y culturales de las revoluciones. Transformar los vínculos, saliendo del «sálvese quien pueda» para llegar al «vamos juntxs», dejar el «ordeno-mando-obedezco» para llegar al «decidimos juntxs y juntxs hacemos», es una tarea gigantesca que va a contramano de lo aprendido como jerarquías, criterios de autoridad, en los límites establecidos sobre la base del aturdimiento que producen los medios de comunicación masiva, el sistema educativo tradicional, la coerción social y la represión.
Si bien la lucha socialista se ha propuesto crear nuevos valores, coherentes con una ideología basada en la solidaridad, perdura en muchas experiencias una cultura verticalista, autoritaria, caudillista, hegemonista, individualista, que reproduce modos de vinculación propios del capitalismo colonizado y patriarcal. Y esto ha sido favorecido por una crítica al capitalismo centrada en la economía y en los modos de producción de mercancías, de plusvalía, de riqueza, sin analizar la manera en que se crea la totalidad de la vida. El feminismo ha planteado superar la dicotomía entre la producción de mercancías y la reproducción de la vida, lo que permite valorar la importancia del aporte de las mujeres en las tareas de cuidado y también abre la oportunidad de distribuir de modo equitativo esas tareas. El trabajo no remunerado de las mujeres en la crianza y el cuidado de niños y niñas, jóvenes, adultos y adultas mayores es constitutivo del modelo de familia patriarcal, que además de no valorizarlo y naturalizarlo, subestima el aporte de las mujeres en la vida social. Esto se repite a la hora del reparto de roles en las organizaciones. Las mujeres están encargadas de la cocina, las actas, el comedor popular o la huerta, los círculos de cuidado de niños y niñas, las tareas educativas. Más difícil resulta encontrar a las mujeres en los lugares de decisión y representación política, aunque de a poco se va tomando conciencia y se van abriendo espacios, en algunos casos de modo enérgico y en otros aceptando lo «políticamente correcto», pero sin crear condiciones reales suficientes para que esto no signifique un gran sacrificio para las compañeras. Modificar estas situaciones no se relaciona solamente con la posibilidad de generar vínculos más placenteros entre quienes luchamos por forjar un mundo nuevo, sino también con la oportunidad de crear movimientos en los que se anticipe la experiencia de otros modos de relacionarnos, y con la constatación de que para crear ese mundo nuevo se requiere una profunda transformación de la cultura violenta del poder.
Lo difícil es asumir el cambio que implica en las conductas de cada uno y cada una. Porque el orden verticalista y autoritario es tranquilizador para los de arriba, pero también para los de abajo. Es más sencillo cumplir directivas, ser disciplinados, que rebelarnos frente a las arbitrariedades y problematizar las injusticias que reproducimos. Por eso, la pedagogía feminista asume la dimensión grupal como una necesidad básica, para que los dolores que produce el desaprendizaje de las opresiones puedan ser compartidos y sostenidos en los colectivos. En la interpelación mutua de teoría y práctica, es fundamental que se pongan en juego distintos modos de aproximación al conocimiento, y que junto con la racionalidad, tan colonizada por los procesos educativos y comunicativos hegemónicos, estén también presentes la afectividad, los sentimientos, las intuicio- nes, los sentidos. La pedagogía feminista recupera de la educación popular datos centrales como el lugar del cuerpo en el proceso educativo, la dimensión lúdica, y recurre a los aportes de la educación por el arte, el psicodrama, el teatro de los oprimidos y las oprimidas, la danza, el canto y el diálogo desde diversas perspectivas ideológicas emancipatorias (marxismos, ecofeminismo, teología feminista, feminismos negros, indígenas, feminismos lésbicos, etc.).
Con esas aproximaciones indagamos la realidad. Hay también un diálogo intergeneracional que nos ayuda a pensar que las huellas que dejamos van creando nuevas posibilidades a las colectivas más jóvenes, para identificar las maneras propias de estar en el mundo. Al mismo tiempo, problematizamos las prácticas históricas de las feministas, atravesadas por lógicas de fragmentación que recorren al conjunto de colectivos y movimientos populares. Esto nos obliga a preguntarnos una y otra vez cuál es el sujeto que es necesario constituir para que las transformaciones revolucionarias sean posibles, y has- ta dónde exacerbamos las diferencias y las volvemos barreras inexpugnables, debilitando nuestras posibilidades concretas de transformaciones necesarias.
Reflexiones de este tiempo
Los retrocesos vividos en nuestros países nos obligan a mirarnos críticamente y a asumir responsabilidades en errores que pueden llevarnos a perder con- quistas y logros, no de un gobierno o de un partido, sino del movimiento La pedagogía feminista recupera de la educación popular datos centrales como el lugar del cuerpo en el proceso educativo. Es necesario que este retroceso no se agrande por la reproducción de esas mismas fragmentaciones en un contexto de pérdida de derechos y de trastocamiento reaccionario del imaginario cultural de nuestros pueblos. Es importante analizar cuánto hay en algunas de las fragmentaciones pro- ducidas en los movimientos populares de prácticas patriarcales, hegemo- nismos, peleas por el liderazgo puestas por encima del interés colectivo, autoritarismos e incluso violencias. Los momentos de contrarrevolución, de conservadorismo, si bien pueden favorecer acciones comunes de un plan de lucha, suelen también ser momentos de cierres sectarios, porque se antepone la existencia de un enemigo visible, grande, poderoso, que nos obligaría a dejar pendientes los procesos de autotransformación para tiempos más amables.
Sin embargo, el desafío es precisamente el contrario. Abrir nuestros espacios al encuentro, al sostén, al diálogo, a una mejor comprensión de los caminos que hemos intentado, recreando una pedagogía del abrazo, de la alegría, de la ternura. El desastre regresivo neoliberal nos obliga a recuperar las experiencias solidarias de sobrevivencia. Volver a la olla popular, pero no solo para atender la necesidad de la alimentación, sino pensando en experiencias de soberanía alimentaria. Cuidando que lo que echamos en la olla sean productos de nuestras huertas colectivas, donde no haya venenos ni transgénicos. Volver al traba- jo colectivo y creativo, sin patrones, sin reproducción de los modelos de orden jerárquicos y autoritarios. Volver a las calles, haciendo de la autonomía de los cuerpos y de las organizaciones parte esencial de nuestra experiencia… aprendiendo a caminar juntas, en la dirección de nuestros sueños.
Se trata de feminismos populares en movimiento, en movimientos, que ca- minan la palabra verdadera, que miran la huella, que plantan en ella una semilla, que dibujan el horizonte cuando no lo ven, que cuentan historias de brujas que no asustan a las mujeres sino que nos dan fuerzas y nos enseñan sus secretos. Feminismos compañeros para estos tiempos de desencanto y de garrote, que hacen de la esperanza no una ilusión mágica, sino una acción colectiva tendiente a revolucionar las subjetividades aplastadas por las derro- tas. Feminismos con memoria, que aprendimos con las Madres de Plaza de Mayo que «la única lucha que se pierde es la que se abandona». Feminismos que se atreven a hacer de las muchas maneras de amar y ser amadas lugares políticos, corporalidades disidentes, rebeldes, celebrantes, que no disocian el deseo y la felicidad de la lucha cotidiana por cambiar al mundo
Fuente: https://transecos.files.wordpress.com/2017/09/feminismos-populares.pdf
Imagen tomada de: http://www.centrocultural.coop/blogs/utopia/2017/07/07/novedades-en-genero-mujeres-feminismo-sexualidades-marzo-2017
Resumen: En un reciente artículo de opinión del New York Times , «‘Dreamers’ pusieron su confianza en DACA. ¿Y ahora qué?», El periodista José Antonio Vargas relata la historia del primer adulto que dijo que estaba en los Estados Unidos sin documentos. Sra. Denny , su maestro de coro de secundaria:»Después de que anunció a nuestra clase que íbamos a Japón para las vacaciones de primavera, la aparté y le dije que no podía ir. «No tengo el pasaporte correcto», dije. Confundida, la Sra. Denny respondió: «Oh, está bien, José. Le conseguiremos el pasaporte correcto. Le dije que era más complicado que eso, que no tenía ningún documento legal que pudiera mostrar, que se suponía que no debía estar aquí. Sus ojos se agrandaron, sus labios se fruncieron, y ella no dijo otra cosa. Un par de días después, para mi sorpresa, ella le dijo a la clase que íbamos a ir a Hawai. Años más tarde, ella me dijo: «eras mi hijo». No iba a dejar a ninguno de mis hijos «. ¿La respuesta de Vargas a la pregunta principal del artículo sobre en quién pueden confiar los Dreamers? Docentes: «los que ven de cerca la injusticia de la vida como inmigrantes indocumentados en este país». Necesitamos estar a la altura de esa confianza. Siempre ha sido responsabilidad del educador actuar en solidaridad con los estudiantes vulnerables. Pero con la declaración del presidente Donald Trump en septiembre de que terminará DACA, el programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia, estamos llamados a ser más audaces, más resueltos y más imaginativos en nuestra solidaridad con los 800,000 jóvenes indocumentados que ahora se enfrentan a un temor incertidumbre sobre su futuro en los Estados Unidos. Algunos de estos individuos son nuestros estudiantes, pero algunos son nuestros colegas; el Houston Chronicle estima que 20,000 maestros están cubiertos por DACA. Necesitamos estar con ellos, también. Después del anuncio de septiembre en DACA, los estudiantes de secundaria demostraron su oposición en todo el país. Cientos salieron de sus aulas en protesta en Denver, Albuquerque, Phoenix, Seattle, Berkeley, Huntington Beach y otras comunidades. Los educadores deben respaldar a nuestros estudiantes, según informaron el 80 por ciento de los maestros de Berkeley High School cuando los estudiantes, organizados por Berkeley High School Chicano Latino United Voices, unieron sus brazos, formaron una cadena humana alrededor de la escuela y corearon: «No interdicción» , no hay pared, educación para todos! » Ahora es un buen momento para preguntarnos: ¿Cómo sería un distrito escolar que actúa en solidaridad con nuestros estudiantes inmigrantes? ¿Cómo se vería una escuela? ¿Cómo sería nuestro currículum?
In a recent New York Times opinion piece, “‘Dreamers’ Put Their Trust in DACA.What Now?” journalist Jose Antonio Vargas recounts the story of the first adult he ever told that he was in the United States without papers — Mrs. Denny, his high school choir teacher:
After she announced to our class that we were going to Japan for spring break, I pulled her aside and said that I couldn’t go. “I don’t have the right passport,” I said. Confused, Mrs. Denny replied: “Oh, it’s OK, Jose. We’ll get you the right passport.” I told her it was more complicated than that, that I didn’t have any piece of legal document that I could show, that I wasn’t supposed to be here. Her eyes widened, her lips pursed, and she didn’t say another thing. A couple of days later, to my surprise, she told the class that we were going to Hawaii instead. Years later, she told me: “You were my kid. I wasn’t going to leave any of my kids behind.”
Vargas’ answer to the article’s headline question about who Dreamers can trust? Teachers — “the ones who see up close the injustice of life as an undocumented immigrant in this country.”
We need to live up to that trust. It has always been an educator’s responsibility to act in solidarity with vulnerable students. But with President Donald Trump’s September declaration that he will end DACA, the Deferred Action for Childhood Arrivals program, we are called on to be more audacious, more resolute, and more imaginative in our solidarity with the 800,000 undocumented young people who now face a frightening uncertainty about their future in the United States. Some of these individuals are our students, but some are our colleagues; the Houston Chronicle estimates that 20,000 teachers are covered by DACA. We need to stand with them, too.
And, of course, the hate and fear that Trump’s tirades — and policies — are sowing are not limited to the 800,000 Dreamers; Trump hurls his xenophobic bile at all immigrants and their communities. Whether it’s the high school student in upstate New York who was taken into custody hours before his senior prom, or the father in Los Angeles snatched immediately after dropping his 12-year-old daughter off at school, Trump’s deportation machine is destroying families and communities and making schools a site of struggle.
Following the September announcement on DACA, high school students demonstrated their opposition across the country. Hundreds poured out of their classrooms in protest in Denver, Albuquerque, Phoenix, Seattle, Berkeley, Huntington Beach, and other communities. Educators need to stand with our students, as a reported 80 percent of Berkeley High School teachers did when students, organized by the Berkeley High School Chicano Latino United Voices, linked arms, formed a human chain around the school, and chanted, “No ban, no wall, education for all!”
Now is a good time to ask ourselves: What would a school district look like that acts in solidarity with our immigrant students? What would a school look like? What would our curriculum look like?
Milwaukee is one of many school districts where students, teachers, community members, and progressive school board members — including Rethinking Schools editor Larry Miller and Rethinking Schools contributor Tony Báez — organized to pass a resolution to establish Milwaukee Public Schools as a “safe haven,” which will not “allow any individual or organization to enter a school site if the educational setting would be disrupted by that visit.” The resolution provides for strict limits on the access of ICE agents to Milwaukee schools and students in order to “provide for the emotional and physical safety of students and staff.” Other pieces of the resolution call for school district-sponsored “Know Your Rights” forums for students and family members, designated resource people for immigrant students in every school, and districtwide professional development on “pathways to citizenship, opportunities available for college and training, financial aid, rights, and opportunities for immigrant and refugee students.”
Our schools need to be fortresses of safety, warmth, and determination, effecting the protections and affirmative actions like those called for in the Milwaukee resolution. And we need to call on immigrant communities to teach us how we can support them — “Nothing about us without us,” in the spirit of the expression coined by disability rights activists in the 1990s.
We need to press school districts to initiate measures to support our immigrant students and their communities. But we needn’t wait for them to act. At a teacher-community forum on immigration rights in Philadelphia following Trump’s election, organized by the Caucus of Working Educators’ Immigration Justice Committee, a Mexican mother of a 4th grader told participants through an interpreter: “I don’t know what to say to her or what answers to give. I felt the support of [her] teachers, but also the rejection of other teachers — indifference and discrimination. But I feel that your care as teachers — as angels — who surround my daughter can outweigh the indifference and discrimination from others.”
In every way we can think of, we need to be those activist angels.
Part of our response needs to be curricular. Whether it is Hmong, Somali, Vietnamese, Cambodian, Chilean, Guatemalan, Congolese, Honduran, Iraqi, or Mexican immigrants, our students need to appreciate the deep complicity of the United States in disrupting the societies that have forced so many people to flee their homelands. In an excellent In These Times article, “Don’t Punish the Dreamers — Punish the Corporations Driving Forced Migration,” David Bacon offers an indictment of the economic policies that have carpet-bombed the Mexican countryside.
Bacon writes: “It’s impossible to understand the outrageous injustice of deporting the Dreamers without acknowledging the reasons why they live in the United States to begin with.”
According to World Bank figures, in just a few years, from 1992–94 — immediately preceding the 1994 implementation of NAFTA, the North American Free Trade Agreement — to 1996–98, extreme rural poverty in Mexico rose from 35 percent to 55 percent. By 2010, 53 million Mexicans lived in poverty. NAFTA required the Mexican government to abandon price supports for Mexican farmers at the very moment Mexico was being flooded with cheap corn, subsidized through the U.S. farm bill. Between 1992 and 2008, U.S. corn exports to Mexico increased more than fivefold. In the sick, contradictory logic of “free trade,” in NAFTA’s first decade, the price Mexican farmers received for corn fell by 66 percent, as the price of corn tortillas jumped 279 percent.
In some commentary about the “innocence” of the DACA Dreamers — who, it is said, arrived in the United States through no “fault” of their own — lies an implied indictment of Dreamers’ parents. But as Bacon summarizes, Mexican “parents aren’t criminals any more than their children are. They chose survival over hunger, and sought to keep their families together and give them a future.” A similar defense can be made for parents in other lands where the United States overthrew elected governments, propped up dictators, bombed, and destroyed people’s livelihoods with cheap produce.
This critical context is not just for adults. Through role plays, simulations, first-person readings, poetry, short stories, imaginative writing, and more, we need to find ways to share it with our students. [See the Rethinking Schools book, The Line Between Us: Teaching the Border and Mexican Immigration, and articles like “Who’s Stealing Our Jobs — NAFTA and Xenophobia.”] Part of expressing solidarity with immigrant students and communities means helping young people recognize the conditions that led immigrants to migrate in the first place.
Creating curriculum that addresses these vital issues needn’t occur in isolation. In Portland, Oregon, teachers have been meeting to develop and try out curriculum through the auspices of the Portland Association of Teachers (NEA) and the Oregon Writing Project. A role play is easier to write when its outlines are discussed as a group, and its writing is distributed through a number of individual teachers. And results can be shared through the network of teaching social justice conferences that have sprouted throughout the country, among other venues.
Racist and repressive immigration policies have had deep roots and bipartisan backing in the United States for decades, including during the Obama administrations. But Trump’s campaign of hate, hysteria, and militarized enforcement have made his anti-immigrant policies a centerpiece of his administration’s efforts to consolidate a reactionary takeover of U.S. political and social institutions. They need to be resisted as fiercely as we resist his efforts to expand mass incarceration, defend police violence, and make war on the poor.
As Jose Antonio Vargas reminds us, teachers “are the ones who see up close the injustice of life as an undocumented immigrant in this country.” In our unions, in our communities, in our school districts, in our schools, and in our classrooms, we have opportunities to act on our insights and our commitments. There is no time to waste.
Fuente: https://www.rethinkingschools.org/articles/editorial-defending-immigrant-students-in-the-streets-and-in-our-classrooms
Resumen:
It was a modest setting for the launch of a movement: 10 African American women sat on folding metal chairs lining the edges of a small, gray-carpeted room on the second floor of the Bullseye Indoor Range and Gun Shop in Lawrenceville, Georgia. They nervously giggled as Marchelle Tigner began her lesson. Seven of them had never held a gun before.
“This is a movement, and it starts now,” Tigner told her students. Heads nodded.
The class was one of four scheduled back to back on 26 February, to meet unexpected demand as dozens had responded to announcements on Facebook for Tigner’s first Atlanta-area class for black women to learn to shoot.
micThe movement, she said later, is no more and no less than “black women learning how to shoot, and purchasing firearms”, and it’s happening in cities across the country.

Tigner, who lives in Savannah, Georgia, sensed that there was pent-up demand when she launched Trigger Happy Firearm Instruction in November. She found the Bullseye firing range near Atlanta and offered the class through social media, hoping for 20 students. But the class sold out in two days, so she expanded it to 40. Another class scheduled for 4 March sold out to 40 students in 24 hours; a third class for 30 on 18 March sold out in 30 hours; and so did a fourth on 19 March. Tigner’s now got classes scheduled through the end of May, including several in Fort Lauderdale, Florida.
She said she’s surprised at the response her classes have received. “The growth of these classes – I never expected it,” she said. “It shows me how unsafe these women feel in their communities.”
Meanwhile, in Cincinnati, Tiffany Ware, 44 – founder of the Brown Girls Project, which offers makeup workshops and other activities for building self-esteem in young black girls – organized a group of black women for a firearms training class on 18 December. The cap of 20 was quickly met; 45 signed up for a waiting list. Another class was held a few weeks later. A waiting list soon grew to more than 100, and now Ware organizes monthly classes.
In Dallas, the Black Women’s Defense League, launched in 2015, has seen the number of black women signing up for time at local shooting ranges at least double in the past 10 months or so.
“I can confirm that more African American women are learning to shoot,” said Kenn Blanchard, author of Black Man with a Gun, a gun ownership manual. “I’m getting emails from places like Pennsylvania, Arizona, saying: ‘Hey Kenn, these seven ladies were shooting – look at their scores.’ That’s never happened before,” said Blanchard, who’s based in Maryland.

Tigner’s business partner in the Atlanta-area classes, Amber Anderson, said one motivation for their activity is that she and the instructor are both domestic violence survivors, and learning to use a firearm promotes self-defense. Also, she said: “With the political climate being as unstable as it is, black women can be the target.”
Ware, in Cincinnati, has similar concerns. She said that, before last year, “I had heard the N-word, in person, twice in my life”. In the past year, she said: “I’ve heard it five times.” Once, “it was guys driving by in a car – they shouted at a bunch of black girls and threw something out the window.”
Ware described these episodes as “disheartening,” adding: “I had never not felt safe before. Now, it felt different.”
After election day, she explained, “my girlfriends and others started connecting online”. They found a black male instructor in the area, and Ware began organizing classes for her friends and then for other women. Ware described the response – full classes and a waitlist – with the same word Tigner used: “It’s almost like I accidentally fell into this movement.”
Nicholas Johnson, law professor at Fordham University and author of Negroes and the Gun: The Black Tradition of Arms, pointed to a 2014 survey showing that 54% of black people felt that owning guns did “more to protect people than endanger personal safety”, nearly doubling the 29% who said the same two years earlier. “I would not be surprised if it is stronger now, with the idea that the political environment has tacitly approved violent behavior,” he said.
The violence that worries Ware – interracial violence – is historically less common than intraracial violence, but it produces more anxiety, Johnson said. “Interracial violence resonates differently because it’s clearly an attack by one group on another,” he explained. “It’s likely that the social environment is such that there’s a fear we’re back to the 1950s.”
Niecee X, one of the founders of the Black Women’s Defense League in Dallas, said Trump’s campaign and presidency “has changed people’s views about what they thought was possible. A lot of people are feeling unsafe.”
But Ty Shaw – who launched an Atlanta-area group called Armed Empress in late January that has about 50 members interested in gun classes and plans to expand to Texas and New York – said that calling attention to the recent political or social climate and Trump’s election as driving forces behind the increasing interest of black women in self-defense and arms “implies that there was ever a time where women of color didn’t have to be concerned about their safety”. At the same time, in the past year or so, racists have become “more blatant and overt”, she said.
In any case, she concluded: “Violence is deeply connected to the black experience.”
When asked whether black women becoming more visibly identified with guns could itself produce violent pushback, Niecee X said: “There’s never been a time where there hasn’t been a repression of black gun owners,” referring to the historyof gun control laws, many of which came about in the late 1960s as a response to efforts by the Black Panthers to legally arm themselves and carry firearms in public. “But my ability to protect my family outweighs my fear” of any pushback, she added.

Another possible outcome of black women becoming more interested in buying guns and learning to use them is that the NRA becomes more aware of them as a group, Niecee X said.
The NRA’s longstanding program of outreach to women, recently branded “Armed and Fabulous”, began running online ads in 2016 featuring conservative pundit Dana Loesch and others that highlighted violence against women – including sexual violence – as a reason for women to become gun owners.
“There’s never been a better time to show them, ‘You are not shut out of this lifestyle,’” Brown said.
The organization has also been reaching out to black firearm owners and advocates such as Antonia Okafor, founder and president of a campus carry group for college women called EmPOWERed, who starred in one of the 2016 ads and is the only black woman scheduled to speak at a leadership forum where Donald Trump is also slated to appear, at the NRA’s annual meeting on 28 April in Atlanta.
“These individuals in popular culture and media are influencers, and can reach people that we can’t,” said Brown, of Okafor and other women the NRA is spotlighting. “They’re building relationships that can influence that community.”
Okafor, who’s 27, said she has been called an Uncle Tom, adding that “black women are … my biggest critics”. At the same time, she said: “People don’t know me, or how I came to my beliefs.” She sees the growth in interest in firearms among black women as part of an increasing interest among women in general. “My experience comes more from being a woman and being empowered through my gun.”
But reaching potential black gun owners will require overcoming a historical divide between the NRA and many African Americans. “The NRA has a bad name in the black community,” Niecee X said, echoing some of the other black women who are organizing shooting classes.
She said that the organization doesn’t “reach out to the black community when things have happened”, noting the NRA’s muted response after Philando Castile was shot and killed by a police officer while carrying a licensed firearm. She added that the Black Women’s Defense League, for instance, is “reluctant to be somebody’s show pony – ‘oh, now we like black people’”.
Meanwhile Okafor wants to teach more classes, and said that black female instructors like Tigner are “rare”. Having a “black woman instructor increases the feeling of safety for black women … [and] the industry is mostly white and male”, she said. “That’s part of why I feel so strongly that I do become an example – if you see someone like you do something, you feel like you can do it.”
Fuente: https://www.theguardian.com/world/2017/apr/27/black-women-guns-classes-racism-trump
Por: Carlos Aldana
El territorio en el que construimos nuestras luchas más importantes y significativas, en el que aprendemos a sentir vocación por lo humano, es nuestro cuerpo. Allí educamos, y nos educamos.
Parece algo innecesario de afirmar, pero la obviedad niega la realidad. En la práctica concreta, sobre todo de una educación tradicionalista y cerrada a las visiones más integrales sobre lo humano y la vida, resulta que educar es un hecho que tiene lugar en la dimensión cognitiva. Y nada más.
Pareciera que solo con el discurso, las reflexiones, el estudio, el análisis o la memorización podemos y debemos construir mentalidades, actitudes, valores y aprendizajes. Y así vamos por la vida, olvidando que más que tener un cuerpo, somos un cuerpo. Somos corporalidad y en ella se ubican todas nuestras capacidades. El cuerpo es nuestro territorio y es allí donde la lucha por la dignidad, los derechos humanos y una vida plena se hacen concreta, se construye.
La educación ocurre en el cuerpo, no solo en la mente o el pensamiento. Así, es tan fundamental, como el alcance de capacidades analíticas y reflexivas, el desarrollo de capacidades tan cruciales pero tan invisibles como la construcción de una autoimagen sana y armónica, no esclava de las consideraciones estéticas que nos impone un mundo comercial perverso. Tan crucial es la consideración y alcance de la salud integral, del desarrollo pleno a través de la actividad física, del entretenimiento y la recreación, de la conexión con el mundo natural, de la nutrición para la plenitud, de la alegría que emana, se siente y se edifica en nuestros procesos biológicos. Esos mismos que en una educación plena e integral trascienden la biología para convertirse en mente, conciencia y postura política o social ante el mundo en que vivimos.
En la medida que tenemos plena comprensión de que la educación ocurre en el cuerpo (y no solo en la dimensión cognitiva), en esa medida también podemos empezar a asumir que en el aula, la corporalidad de quienes aprendemos es el punto de partida para construir dignidad. Por tanto, para educar. Es ahí donde, también desde una visión más crítica, se encuentra el origen de los irrespetos descarados o sutiles que han hecho de la escuela un lugar de sufrimiento para niños, niñas y jóvenes. La formación docente no puede reducirse a la consideración cognitiva del enfoque de derechos humanos en los procesos educativos sin lanzar una mirada que devele lo que sucede con la corporalidad de quienes son parte del proceso educativo. ¿Se respeta las condiciones o rasgos propios de cada persona?, ¿se toma en cuenta las circunstancias de salud, de autoestima, de indiferencia ante la propia salud?, ¿existe tolerancia cero a las burlas sutiles que se hacen a las personas por sus rasgos físicos?, ¿aparece el sexismo basado en la corporalidad diferenciada?
Y que quede claro: la atención corporal o física en educación, como una inquietud pedagógica, no se concentra exclusivamente en el ámbito individualista. Debe surgir desde las consideraciones sociológicas y políticas propias de una visión educativa que asume que educar es transformar estructuralmente el mundo. En países de graves violaciones a los derechos humanos, una educación que no tome en cuenta cuánto, cómo y por qué se abusa de la corporalidad de hombres y mujeres, principalmente la de ellas, es una educación que se reduce al discurso que cambia cosas para no cambiar el enfoque. Que no transforma desde el cambio profundo que mueve políticamente a las personas en búsqueda de reivindicar su derecho a protagonizar la vida.
Las palabras, las metodologías, los recursos, y hasta las grandes políticas públicas de inclusión, dignidad y respeto absoluto de los derechos humanos pueden aplastarse frente a un paredón infranqueable que es la convicción profunda de quienes se educan. Ese paredón puede estar construido por el sufrimiento, el dolor y la memoria de tantos abusos, claros o sutiles, relacionados con la corporalidad.
El territorio en el que construimos nuestras luchas más importantes y significativas, en el que aprendemos a sentir vocación por lo humano, es nuestro cuerpo. Allí educamos, y nos educamos.
Fuente: http://eldiariodelaeducacion.com/blog/2018/02/22/cuerpo-territorio-la-educacion/
Por: Eva Bailén
Estamos permanentemente sometidos, entre otras cosas, a un bombardeo constante de publicidad, películas y series de televisión que resuman estereotipos de género y estamos tan habituados a ello que no nos damos ni cuenta de la cantidad de ideas absurdas que acaban por instaurarse en nuestra vida y que nos hacen actuar de manera sexista, seamos hombres o mujeres, tanto con niños como con niñas.
Yo he caído en muchas de esas costumbres que ahora creo que son horrorosas. Desde el momento de elegir la ropa de mis hijos cuando eran más pequeños, hasta decidir sobre la longitud de su cabello, o los pendientes en el caso de las niñas. Lo reconozco, algunas costumbres son más ridículas que otras, por eso intento ser cada vez más crítica con esto. Creo que son tantas las ideas sexistas y que están tan arraigadas que es prácticamente imposible librarse de ellas. Podemos intentarlo, pero para ello tenemos que ser muy conscientes de todo aquello que decimos y hacemos y que pueda estar condicionando a nuestros hijos en el sentido de seguir manteniendo dichos estereotipos. No debemos olvidarnos de que somos un modelo para ellos, y que todo lo que hagamos o digamos estará dejando huella en su educación.
Uno de los primeros obstáculos que nos podemos encontrar en la búsqueda de una educación no sexista son los juguetes. Hay juguetes para niños y para niñas, y es una lástima, porque las consecuencias de esta distinción entre juguetes para ellos y para ellas no son despreciables. Los juguetes que incitan a pensar, a resolver dificultades lógicas o matemáticas, potencian en los niños y niñas un tipo de razonamientos y pensamientos diferente a otro tipo de juguetes como los peluches o las muñecas. Si le damos los peluches a las chicas y los juegos de construcciones a los chicos, de manera similar a lo que hicieron los voluntarios de aquel experimento publicado por la BBC, y mantenemos ese tipo de juegos durante un largo periodo de tiempo de sus infancias, lo cual suele ocurrir a menudo, podríamos estar modelando el cerebro de las niñas en cierto sentido para que se interesen menos por las materias que tengan que ver con las matemáticas o la tecnología. ¿Explicaría esto que haya menos mujeres que hombres en ciertos sectores profesionales, como las ingenierías? ¿Hacemos creer a nuestras hijas que son menos inteligentes que los chicos?
La selección de las actividades extraescolares está también dominada por las ideas sexistas. Así, lo más típico es escoger fútbol o robótica, para los chicos, y baile o patinaje para las chicas. Algunas historias, como la de Billy Elliot e incluso la de Hugh Jackman, al que sus propios hermanos llamaron “nenaza” cuando dijo en casa que quería estudiar danza, nos demuestra lo gravemente afectados que estamos en general por las ideas machistas. Tampoco lo tienen nada fácil las chicas que juegan al rugby. ¿Qué problema hay en que una chica juegue al fútbol o en que un chico patine?
Por otra parte, creo que, como padres, deberíamos evitar decir frases tan perversas como la de “los niños no lloran”, porque son las que llevan a los chicos a tener que ser fuertes, a no mostrar sus sentimientos, y a asociar el llanto con una señal de debilidad, que, por otra parte, se hace propio de las niñas. Deberíamos eliminar las comparaciones despectivas hacia las chicas, porque si no se perpetúan ideas como la de que correr como una niña sea un insulto. Y también pegar como una niña se asocia a debilidad y cobardía. Así, las chicas llegan a la adolescencia habiendo idealizado la imagen del chico malote como referente masculino atractivo. En este sentido, recomiendo la lectura de un documento publicado por el INJUVE que analiza como los chicos y chicas conforman su identidad a través de los modelos machistas, para que nos demos cuenta de cuántos errores cometemos en la educación de nuestros hijos.

La ropa es otro factor que marca unas diferencias enormes, y del que es muy complicado escapar. Los uniformes de muchos colegios siguen manteniendo la falda solo para las chicas. Las faldas son solo para ellas, muchas veces obligatoriamente, aunque multitud de chicas las odien. La comodidad y la libertad de movimiento no importan, si no pueden jugar tranquilas sin enseñar la ropa interior, es preferible que no jueguen y que se queden sentadas con las piernas cruzadas. Creo que, como padres, podríamos ser más críticos con esto.
Así, además, permitimos a las niñas pintarse las uñas, pero no a los niños. Ellas tienen que llevar el pelo largo, y si no lo llevan pueden llegar a producirse situaciones como la ocurrida en el pasado sorteo de la lotería de Navidad, cuando alguien pensó que una de las niñas de San Ildefonso era en realidad un chicoporque llevaba el pelo corto. Ni siquiera la falda o los pendientes, otra de esas costumbres vinculadas al género, la salvaron. Al contrario, hubo quien pensó que era un valiente niño transgénero. Y que a ningún niño se le ocurra ponerse una falda, o un vestido, o un traje de princesa Disney, porque ya no sería un machote. Peor visto está incluso esto último que el hecho de que una niña se vista con prendas masculinas.
Por otra parte, tratar de liberarse de estos estereotipos puede suponer dejar a tu hijo o hija desprotegido ante una sociedad que sigue insultando sin pudor en público y en redes sociales al que es diferente, sin ningún escrúpulo, aunque sea un menor de edad. Hay que ser muy inconsciente o muy valiente para publicar una foto de tu hijo vestido de princesa. porque el sufrimiento al que se puede ver sometidos, las vejaciones y humillaciones pueden ser demoledores.
Dicen los expertos que es a partir de los 10 años cuando los niños interiorizan los estereotipos de género, pero también hay quien apunta que a los 6 años las niñas ya se perciben menos inteligentes que los niños. Así que en casa desde el primer momento debemos tratar de evitar someterlos a roles sexistas, que les hagan pensar que unos son más listos que otras, y por supuesto tenemos que estar pendientes de cómo educamos en lo referente a las diferentes tareas domésticas y actitudes relativas al cuidado de otras personas. Y por supuesto, tratar de ser muy críticos con las lecturas, las películas, las series de televisión o la música y videoclips que escuchan.
Fuente: https://elpais.com/elpais/2018/02/13/mamas_papas/1518533893_460334.html
Por: Pluma invitada
La reforma educativa es tema de debate. Por la coyuntura electoral los partidos políticos han decidido impulsar la idea de ponerle corchetes, incluso los partidos que la construyeron; ni unos ni otros formalizan un verdadero desafío a su viabilidad o a su existencia.
Resulta sorprendente que el partido político que la diseñó desde el Pacto por México, el PRI, en este caso el PRI veracruzano desde la legislatura radicada en Xalapa, haya decidido proponer eliminar lo que llamaron “sus dientes”. Recuérdese que sus más férreos defensores e impulsores pidieron que la reforma educativa “tuviese dientes”: la obligatoriedad de la evaluación o el cese. En la última semana de enero de 2018 la propuesta que se remitió a la Cámara de Diputados por parte el PRI jarocho (ala anarquista) fue eliminar de la Constitución la evaluación docente para efecto de permanencia. Nosotros, desde estos párrafos, tímidamente, por temor a perder el trabajo (temor extemporáneo), habíamos planteado a mediados de 2016 la propuesta de que la evaluación docente para la permanencia fuese voluntaria, pero el PRI (ala bolchevique) nos rebasó por la derecha. La iniciativa ha quedado hasta hoy en nada, como broma derivada del ocio, porque una reforma constitucional no es nada fácil en los tiempos revueltos de hoy.
El día 10 de febrero en Zacatecas, el izquierdista candidato presidencial puntero, le propuso al magisterio mexicano un temario a aplicar en materia educativa en caso de triunfo. Llama la atención el matiz que le pone al tema, llama la atención cómo acomoda sus propios corchetes porque ya no llama a la incendiaria desaparición de la reforma educativa sino a la pacífica reconversión de la Ley del Servicio Docente. Leamos primero el antecedente número 2 del documento de Zacatecas que menciona al Pacto por México y a la Constitución para que podamos comprender los acuerdos firmados:
“2) Dicho pacto concluyó con una reforma constitucional que definió procedimientos para el ingreso, la promoción y la evaluación del desempeño, la cual determinaría la permanencia en la plaza de base. La constitución señaló entonces que, en todos los casos, se respetarían los derechos laborales de los trabajadores de la educación”. Enseguida leamos el primer compromiso: “1.- Dar marcha atrás a la Reforma Educativa enviando al Congreso de la Unión, un nuevo proyecto de Ley General del Servicio Profesional Docente, que tal como la Constitución lo establece, respete y garantice los derechos laborales y gremiales, las plazas de base del magisterio, de (sic) certidumbre en el empleo y reconozca la carrera sindical como atributo de la gestión y desarrollo del sistema educativo”.
Queda claro entonces que ya no se habla de desaparecer toda la reforma educativa sino apenas de modificar una ley secundaria, la ley docente. Es todo. Se añade en el punto 3: “Dentro de ese Proyecto de Ley, eliminar la evaluación punitiva, el cese de las persecuciones y amenazas a las maestras y maestros por sus convicciones y derechos. Una ruta justa para su permanente desarrollo profesional”. No se entiende cómo un proyecto de ley que sólo afecte la ley docente puede eliminar la evaluación punitiva cuando esto sólo puede lograrse con una reforma constitucional que no se menciona en ninguna parte del documento. Si no se aplica una reforma constitucional entonces estamos hablando de nada, y de nada estaría hablando el documento firmado y publicado el 10 de febrero (bit.ly/2EIr2bq).
El acuerdo número 5 de Zacatecas ofrece que habrá “recontratación inmediata de los maestros y maestras cesados por no aceptar una la evaluación punitiva”. Debe tenerse presente que no evaluarse no es el único motivo de cese derivados de la reforma. Otro motivo es el artículo 76 de la ley docente cuando se aplica arbitrariamente, fuera de contexto, como ocurrió con el autor de estos párrafos con la complicidad documentada por escrito, membrete y sellos de su representación sindical. El acuerdo 5 debería incluir el desistimiento de las secretarías de Educación de todos los estados en cualquier procedimiento legal que se haya implementado contra los docentes en cualquiera de los frentes legales que la reforma educativa creó contra el trabajador. Debe incluir también la libertad de los docentes presos que se equivocaron en su procedimiento al luchar y tienen en su contra causas penales. La visión de este acuerdo 5 debe ser mucho más amplia, muchísimo más amplia, y debe no olvidarse de dos o tres nombres propios que les podemos proporcionar para el caso.
Porque una cosa es la que se dice en el micrófono (“cancelaremos la reforma educativa”) y otra es la que se firma en documentos (“impulsaremos reformas a una ley secundaria”), a la propuesta encorchetada de Zacatecas ya la reprobaron algunos voceros de la CNTE y ya la aplaudió con júbilo Mexicanos Primero en un comunicado de dos cuartillas fechado el lunes 12 de febrero: “Reconocemos las precisiones”, “aplaudimos que el debate se dote de contenido”, etc.
El aplauso suyo es tan fuerte que, de haber estado presente en Zacatecas algún representante suyo habría estampado su verde firma (la tercera al calce del documento) sin ningún tipo de problema, sin ninguna clase de preocupación.
Fuente: http://www.educacionfutura.org/corchetes-a-la-reforma-educativa/