Page 1402 of 2493
1 1.400 1.401 1.402 1.403 1.404 2.493

Las normales rurales, la otra reforma…

Por: Abelardo Carro Nava

En mi entrega de la semana pasada, hice alusión a la reforma a la educación normal que, según la Secretaría de Educación Pública (SEP), a través de la Dirección General de Educación Superior para Profesionales de la Educación (DGESPE), se está trabajando para ser implementada a la par del “nuevo” modelo educativo en este año. Mis propuestas fueron claras y concretas: a) realizar una investigación sobre el plan de estudios 2012 y el impacto de éste en las escuelas de educación básica para contar con elementos que favorezcan la toma de decisiones por parte de los “diseñadores” de la currícula y las autoridades educativas en esta “reforma”; b) el diseño de una currícula que no deje de lado la formación de docentes desde la pedagogía y la didáctica para favorecer la educación integral de los normalistas; c) una definición clara de la investigación e investigación educativa y que ésta se integre a la currícula en varios semestres con la intención de analizar y comprender los fenómenos educativos propios del campo; d) una estrecha vinculación con la educación básica desde los órganos administrativos federales hasta los locales, que permita favorecer la formación de los docentes.

Pues bien en esta ocasión, continuaré con el análisis de tan importante tema puesto que como sabemos, la heterogeneidad de las escuelas normales, es un hecho por demás evidente. Particularmente, me refiero a la connotación que han adquirido con el paso del tiempo las normales urbanas y las rurales. Ya no hablemos de las normales superiores, las beneméritas y centenarias, la nacional de maestros, o de otras instituciones que entran en este esquema, puesto que pienso, son dignas de abordar en otro momento.

Así, la complejidad de implementar una reforma a la educación normal, necesariamente tiene que pasar por este filtro, el análisis que nos significa la formación que se brinda en las normales rurales, dado que, aunque se encuentran en el mismo subsistema y prácticamente sus esquemas normativos son los mismos que las urbanas, sus estructuras organizativas varían considerablemente. ¿A qué me refiero? No precisamente al ámbito académico aunque éste está implícito, sino más bien, a la forma en las que éstas se han configurado a partir de su aparición en nuestro país.

Y es que al ser internados y tener un propósito claro y definido como lo es la formación de maestros y maestras para acceder a los espacios rurales y marginados en los que se encuentran las escuelas primarias, por ejemplo, el diseño curricular se antoja harto complejo. Esto, porque por más que se diga lo contrario, la desigualdad social que se vive en el país, justifica su existencia, no sólo de poco más de 15 normales rurales, sino de un número mayor de instituciones que posibiliten brindar una educación a los mexicanos que, por circunstancias conocidas, radican en los estados donde la pobreza, la desigualdad e injusticia social, duele y lastima el alma.

¿Por qué en la malla curricular y en el planteamiento de “armonización” que se está elaborando en las reuniones que la DGESPE ha sostenido con diversos docentes normalistas y que fue trabajada en noviembre del año pasado se soslayó este asunto?, ¿por qué considerar varios cursos relacionados con el inglés sin considerar que más de 55 millones de mexicanos viven en pobreza y pobreza extrema?, ¿acaso se piensa (como bien lo señaló Manuel Alberto Navarro Weckmann) que se formarán alumnos de nivel básico que, sin dejar de lado su estatus social, hablarán inglés para pedir limosna?

Preguntas simples, si usted quiere, pero con profundo significado dadas las condiciones por las que el país está atravesando en estos momentos.

Mi planteamiento es sencillo, se tiene que partir de la realidad (esa que a diario observamos los maestros en los distintos niveles educativos) y no obviando lo básico. Esto no significa, y vuelvo a insistir en ello, que no se tenga que reformar la educación normal. Es un asunto que debe ser tomado en cuenta, no a la ligera ni al cuarto para las doce, sino con toda la complejidad que el fenómeno encierra.

De manera concreta y aportando más elementos a los señalados al inicio de estas ideas:

  1. Se tiene que considerar el esquema organizativo de las normales rurales. Esto significa, no perder de vista su configuración como internado. Y no me refiero a la existencia de comités a través de los cuales, los estudiantes se han organizado para establecer una lucha que es legítima. Me refiero pues, a considerar que los normalistas viven en las escuelas normales. Que se entienda bien: viven en esas instituciones; lo cual se traduce, en identificar una forma de vida que implica la interacción diaria con el contexto escolar pero también, con sus iguales y con sus profesores. Aspecto fundamental para el desarrollo de los seres humanos que, en este caso, optaron por la docencia.
  2. El desarrollo de clubes contemplados en esa misma malla curricular; pues como sabemos, tiempos existen para que los alumnos se apropien de otros elementos que el deporte, la danza, la cultura o el mismo arte ofrece.
  3. La incorporación de talleres relacionados con el desarrollo de actividades que son propias del ejercicio docente en comunidades rurales o marginadas: cocina, carpintería, costura, entre otras. Esto no puede perderse de vista, porque si bien es cierto no forma parte de la curricula por el carácter académico de ésta, si es importante en la formación de los docentes que he mencionado. Importante es destacar que, actualmente, en varias normales rurales se brinda este tipo de formación, pero esto se ha logrado por la gestión que los mismos estudiantes han emprendido como parte de esa lucha que establecen en sus pliegos petitorios. Obviamente, muy pocos hablan de ello… muy poco se conoce al respecto.

Como podrá darse cuenta, parece ser sencillo el diseño curricular que pretende emprenderse para reformar la educación normal. Heterogénea como lo es, dicha reforma va más allá de lo pueda suceder entre cuatro paredes, por la ocurrencia de unos y las prisas de otros; porque si bien es cierto que la prioridad se centra en el ámbito académico, no puede ni debe dejarse de lado la formación integral de los futuros formadores o, acaso esta última idea, la de la formación integral de los alumnos, ¿no es la que priva en los discursos que a diario emiten las autoridades educativas?, ¿no acaso se pretende contar con los mejores maestros en el Sistema Educativo Mexicano?

Apostémole pues, a la educación normal rural, a esa que es tan necesaria e indispensable en un país tan vapuleado como el nuestro. No como un eslogan político, sino como un elemento fundamental para lograr el tan anhelado desarrollo educativo.

Culmino estas ideas, aludiendo a dos hechos importantes: Aún nos faltan 43 estudiantes normalistas y mi más sincera felicitación a la Normal de Tenería por sus 90 años de existencia.

Fuente del Artículo:

Las normales rurales, la otra reforma…

Comparte este contenido:

Positivos y Negativos de la Reforma Educativa

Por: JUAN CARLOS MIRANDA ARROYO

La contienda política que se lleva a cabo este año para ocupar puestos de elección popular en los congresos federal y locales, así como en los gobiernos federal, estatales y municipales, abre la oportunidad de debatir y realizar un primer análisis breve sobre los aspectos positivos y negativos de la Reforma Educativa emprendida durante la administración del presidente Enrique Peña Nieto (2012-2018).

Los puntos positivos de la Reforma Educativa:

Considero que esta reforma logró el consenso de la clase política dominante (PRI, PAN, PRD) para ubicarla y posicionarla como una reforma estructural, necesaria para el país; estableció un marco jurídico renovado, a nivel constitucional y en leyes secundarias para crear el Servicio Profesional Docente (SPD) y dotar de autonomía al Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE). Además, se integraron equipos de trabajo de niveles académicos aceptables para diseñar los nuevos Plan y Programas de Estudio de la Educación Básica y Media Superior. Se definió, al final del sexenio, un modelo pedagógico, una ruta de aplicación y un código sobre los fines de la educación. Se identificaron miles de plazas docentes no ejercidas en actividades educativas, sino de índole administrativo o político sindicales, que posteriormente se reorientaron.

Los puntos negativos de la Reforma Educativa:

Para “imponer” la Reforma, primero se lograron acuerdos con las cúpulas políticas y empresariales, y después se dio a conocer esta iniciativa a los maestros; en consecuencia, no se logró el consenso con los profesionales de la educación de todo el país. Durante los primeros tres años, la SEP optó por la confrontación y el menor diálogo posible con los sectores magisteriales que se opusieron a “los hechos consumados”.

La Reforma parte de una lógica basada en el “mérito” sólo aplicable para los trabajadores de base, pero no para los funcionarios, federales ni estatales, del ramo educativo. En su etapa inicial, se establecieron los aspectos jurídicos, legales y administrativos de la Reforma, y después se diseñaron los dispositivos de orden pedagógico. Aunque hubo consultas públicas en 2014 y 2016, en esas condiciones de “imposición”, muchos maestros “sintieron” que les dieron “atole con el dedo”. Hubo, y hoy todavía hay, sectores magisteriales y de académicos que se resistieron o se resisten a aceptar la Reforma. También hubo inconsistencias graves en los sistemas de evaluación de ingreso, promoción y permanencia de los docentes al SPD.

Por otra parte, considero que la Reforma, desde 2015, opera con una fórmula contradictoria: Centraliza la nómina magisterial, pero deja en la indefensión a las entidades federativas, al violentar los términos pactados entre el gobierno federal y los gobiernos estatales, en 1992, acerca de la descentralización administrativa. Finalmente, los resultados positivos de la Reforma, en términos de aprendizajes escolares, podrán evaluarse y reflejarse no antes de diez años.

Una vez planteado lo anterior, cabe preguntar: ¿Qué implicaciones tiene el derrotero de la Reforma Educativa en términos de la estabilidad política y la gobernabilidad del país? Sobre todo este año en que tenemos en puerta elecciones constitucionales.

El politólogo italiano Giovanni Sartori consideraba, inspirado en los clásicos griegos, que la Política (Politics) es un «campo de equilibrios«; y planteaba de manera más precisa que «los sistemas políticos se configuran en su totalidad como sistemas de equilibrios«, pero dicho campo (o modelo) no es análogo a lo que se observa en una simple balanza, sino que es un complejo sistema de relaciones donde se tensan diferentes tipos de fuerzas para conservar, transformar o incluso destruir a los sistemas políticos. (1)

Los problemas de la política se traducen, por lo tanto, en campos específicos de conflicto y, en consecuencia, de tensión-distensión, en los cuales las adhesiones de las distintas fuerzas se relacionan de manera dinámica «merced a un variado y cambiable juego de «pesos» y «contrapesos», de presiones y contrapresiones…», (G. Sartori, obra citada).

Los temas específicos y la puesta en operación de la política, se refieren a los asuntos del accionar del gobierno y de la sociedad en subcampos que se concretan en áreas como la salud pública, la educación, el empleo, la vivienda, la productividad, las políticas fiscales, de los medios de comunicación, la cultura, los derechos humanos, la seguridad, etc. (2)

Lo anterior sirve como marco de interpretación para comprender, en parte, los mecanismos políticos puestos en práctica durante la actual Reforma Educativa, ya que, aparte de entender por qué se podrían producir cambios educativos relevantes (razón de ser de cualquier reforma en este ámbito), el esquema de Sartori proporciona una idea clara sobre los subcampos de tensión y distensión que se presentan en el contexto de la política, por parte de los distintos sectores, instituciones, grupos o representaciones sociales que juegan papeles protagónicos (especialmente, en este caso, el Gobierno Federal, a través de la Secretaría de Educación Pública y la dirigencia del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación), en torno esta Reforma.

Sin duda, esta reflexión relativa a la Reforma Educativa (2012-2018), no podría comprenderse sin considerar la lucha por el poder público y por el dominio hegemónico de las instituciones del Estado en que se encuentra México, dentro de la cual se incluye la lucha por la titularidad en los tres niveles de gobierno, así como en las posiciones clave de los poderes de la Unión.

Ahora bien, si además de lo planteado por Sartori, se incorpora la idea de que la política comprende la praxis del pensar y del quehacer públicos en beneficio de la sociedad, con acciones realizadas en el presente, pero con visión de futuro, (basados en un código de valores éticos, históricos, ideológicos, jurídicos, etc.), podemos decir que aquí entran al escenario los partidos políticos, sus programas o proyectos de gobierno, y sus candidatos, (o los ciudadanos que ejercen sus derechos políticos como participantes independientes, sin partido), debido a que toda actividad política, como sistema de equilibrios, es necesidad y sustancia de la vida pública de la sociedad.

Cuando uno de los candidatos a la presidencia del país, específicamente Andrés Manuel López Obrador, lanza en precampaña el compromiso de derogar o eliminar la Reforma Educativa de la actual administración federal, seguramente parte de una base o de una evaluación acerca de los puntos positivos y negativos que ofrece a la sociedad dicha “reforma estructural” del gobierno de Enrique Peña Nieto. Podemos o no estar de acuerdo, por lo tanto, con el planteamiento de la derogación, (o si se quiere, en un lenguaje más moderado, de la adaptación de los términos de la Reforma), sin embargo, lo cierto es que detrás de las palabras y las acciones, el discurso opositor de AMLO se da en un contexto de lucha por el poder político, en el cual es imposible no pensar en el sistema de equilibrios al que hace alusión Sartori.

Pienso, en conclusión, que es difícil que haya un esquema del tipo “todo o nada” en el ejercicio del gobierno y menos aún en el marco jurídico en el cual opera la función pública. Lo que hay o debe darse en el futuro cercano, en todo caso, con respecto a la Reforma, son nuevos consensos y tomas de posiciones que incorporen al magisterio (dirigencias nacionales y estatales, así como la base de trabajadores de la educación), y buscar acuerdos renovados con sectores amplios de la sociedad, incluyendo a la clase política y empresarial, a los medios de comunicación, las iglesias, los intelectuales, a los padres y madres de familia, a los diferentes sectores académicos y demás grupos implicados en esta Reforma Educativa.

Eso significa que para modificar los términos de la Reforma Educativa actual, cualquier oposición deberá convocar y tejer, finamente, las negociaciones políticas pertinentes para alcanzar nuevos consensos y acuerdos acerca de lo que la sociedad mexicana necesita y requiere a efecto de ejercer plenamente el derecho a la educación.

Notas:

(1) Sartori, G. (2002) La Política. Lógica y método en las ciencias sociales. F.C.E. (p. 162-163)

(2) Por eso en inglés, a diferencia del español, la “Política como ciencia o teoría del Estado” es nombrada como “Politics”; mientras que la “política de aplicación”, como subcampo del concepto anterior, se denomina “Policy”, que en español se denomina como “políticas públicas”.

jcmqro3@yahoo.com

https://www.sdpnoticias.com/nacional/2018/01/15/positivos-y-negativos-de-la-reforma-educativa
Comparte este contenido:

El deporte como medio para prevenir la violencia en El Salvador

Por: UNICEF El Salvador

Natividad Sánchez Ventura tiene siete años, es la menor de 10 hermanos y cada día de su vida es un caos asegurado. Cada mañana, su madre María sale de casa antes del amanecer para vender marisco en el mercado municipal, mientras sus hermanas mayores se ocupan de las tareas domésticas y su padre José lleva a los más pequeños a la escuela.

Después de la escuela, Natividad y sus hermanos regresan a casa, donde su madre suele estar cocinando o lavando la ropa. Su padre aprovecha ese rato para cumplir con sus tareas de electricista a domicilio.

Hasta hace poco, esa rutina suponía un problema para la familia: ¿qué actividad que fuera segura y fiable podía hacer un niño por las tardes?

“En casa no tenemos mucho espacio, nuestra calle es bastante peligrosa y cuando los niños quieren jugar con otros niños tienen que alejarse, y entonces no sabemos dónde están”, explica María.

Lo que más preocupaba a José de la idea de dejarles jugar en la calle era la inseguridad. El municipio se caracteriza por las altas tasas de homicidios, la violencia de las bandas y la delincuencia. Los niños estarían en peligro si jugaran en las proximidades.

Imagen del UNICEF
© UNICEF El Salvador/2017
Natividad habla con una amiga durante una clase de natación. Las clases la han ayudado a ella y a sus hermanos a hacer amigos nuevos y ganar seguridad en sí mismos fuera de la escuela.

Hacer deporte para estar seguros

Todo cambió el día que la familia recibió una invitación de la alcaldía de San Marcos para que los niños asistieran a clases gratuitas de natación en el Centro recreativo Cutacuzcat.

“Decidimos permitirles asistir al centro para que aprendieran a nadar”, dice María.

La invitación para apuntarse a actividades deportivas semanales se extendió a todos los niños de San Marcos, como parte del proyecto municipal de prevención de la violencia respaldado por UNICEF. Después de un año y medio en funcionamiento, más de 1.000 niños participan en las actividades dos o tres veces por semana.

El monitor de natación, Wilson Galán, asegura que Natividad y sus hermanos tenían una habilidad natural para el deporte. “Sus resultados me pillaron por sorpresa porque, en solo dos meses, ya controlaban bastante bien todos los estilos”, afirma.

Los niños ya tienen una colección de 47 medallas que han ganado en distintas competiciones locales y nacionales. Para Natividad, que ha ganado ocho de esas medallas, esos triunfos han sido un estímulo para confiar más en sí misma.

“Me motiva mucho escuchar a mi familia gritando: ‘vamos, vamos, vamos’; me ayuda a mantener la fuerza hasta el final”, dice.

Imagen del UNICEF
© UNICEF El Salvador/2017
Los miembros de la familia Sánchez Ventura muestran las medallas que los niños han ganado en competiciones de natación. Desde que comenzó el programa de deportes hace un año y medio, los niños han ganado 40 medallas.

Cuerpos y mentes más sanos

El deporte y las actividades recreativas son solo una parte de una estrategia global para la prevención de la violencia en el municipio, en la que UNICEF trabaja estrechamente con la alcaldía de San Marcos. La estrategia incluye componentes para el desarrollo y la protección de los niños, así como talleres para educar a niños y padres en la no violencia y el fortalecimiento de los lazos familiares.

“En esos talleres, ella puede pasar tiempo con otros niños que también están aprendiendo y nosotros conocemos a otros padres con los que podemos compartir ideas nuevas”, dice María.

El programa también ofrece una beca que cubre parte de los gastos escolares de Natividad. “Somos una familia grande y esto nos ayuda mucho, porque así ella no tiene que dejar la escuela”, afirma José.

Tanto él como la madre coinciden en que el deporte ha cambiado la vida de los niños. “Ha sido positivo para su salud y para su mente”, asegura María. “Cuando hacen ejercicio se mantienen activos y tienen un propósito en la vida, ganan autoestima y se vuelven más disciplinados en la escuela”.

Para José, uno de los mayores beneficios del programa es que mantiene a los niños a salvo de la violencia de las bandas. “La natación ha salvado a nuestros hijos de la calle”, dice.

Fuente del Artículo:

https://www.unicef.org/spanish/infobycountry/elsalvador_102385.html

Comparte este contenido:

¿Enseñaderos o escuelas?

Por: Manuel Gil Antón

¿Qué se requiere para transformar la experiencia educativa en el país, y no sólo aparentar que se ha hecho? Si lo que se busca es que, al asistir a la escuela, se acceda no sólo a un pupitre sino a la posibilidad de aprender, es preciso contar con algunas ideas claras de lo que ese proceso lleva consigo. Son condición de posibilidad de una reforma educativa que merezca ese nombre. Una, crucial, es la noción que se tenga del lugar al que, cada día, llegan millones de niños en el país.

No es lo mismo si las autoridades conciben a ese sitio social como un enseñadero, de forma análoga a un establo en que abreva y se vierte alimento al ganado (expresión que retomo de Manuel Gómez Morín), a que comprendan el significado, y la relevancia, de la institución a la que llamamos escuela y lo que en ella ocurre. Ninguna autoridad educativa —en su sano juicio— propondrá en el discurso que entiende al sistema educativo como un conjunto de corrales en que se agrupa a la población, en edad escolar, para “darle” conocimientos cual forraje a un hato de vacas.

Pero sus programas pueden estar fincados en esa imagen y actuar en consecuencia. ¿Cómo dilucidar si, tras las cuidadosas palabras de sus arengas y bellas imágenes de la propaganda oficial, subyace la idea de enseñaderos y no la de escuelas?

Hay tres pistas a considerar: el modo en que entienden y valoran el trabajo docente, el proceso formativo que requiere y los linderos en que ocurre: es decir, el complejo rol del profesor o la maestra en el vínculo con los alumnos para suscitar el aprendizaje, el lugar en que ese saber experto se adquiere, y donde se pone en práctica.

La docencia como actividad profesional es tan complicada, o más que la de un controlador de vuelos. Ordenar las coordenadas, distancias, alturas y ritmos en que han de esperar para ascender o aterrizar los aviones, y comunicarlo con claridad, es muy importante: va en ello la vida de muchos; del mismo modo, saber ubicar las condiciones formativas y emocionales, variables sin duda, de cada uno de los integrantes de un grupo de 35 alumnos, para que, en esa diversidad, cada uno esté expuesto del mejor modo a la posibilidad de aprender es crítico, difícil e imprescindible: va en ello el desarrollo del talento del país. Apreciar así la labor docente conduce a un profundo respeto, e interés, por el saber, tan peculiar y no, que se cultiva en instituciones especializadas de educación superior en que se forma a una profesora o maestro: las Escuelas Normales, para que luego se ejerza al coordinar un haz de relaciones que se enlazan en el circuito de una escuela y más allá.

Por ello, una reforma educativa que tenga sentido finca su rumbo en el reconocimiento del trabajo docente, las instituciones donde se aprende a serlo y los lugares en que se lleva a cabo. Y, en sentido contrario, si se dice que está en curso una reforma educativa que no aprecia el valor de la docencia, pues se arma que “cualquiera puede enseñar” y desconoce la importancia de las Normales, nos hallamos frente a la concepción de enseñadores que, luego de estudiar algo y pasar un examen que no permite valorar, de manera confiable y válida, lo que se sabe hacer en las aulas, irán, llenos de blasones y reconocimientos huecos (idóneos, satisfactorios o destacados) a los enseñaderos con el fin de adiestrar a los niños a responder, a su vez, exámenes de opción múltiple, y a aprender a aprender cómo se resuelven evaluaciones vacías de densidad cognitiva, propias de un espacio social, laboral y político que requiere sometimiento y repele la iniciativa y la crítica.

Sin atender estos temas, como principios y al principio, no se avanza.La reforma educativa en México, entonces, está pendiente y urge. Lo que, con ese nombre, pende de un mecate deshilachado, es un espejismo.

Fuente del Artículo:

¿Enseñaderos o escuelas?

Comparte este contenido:

Challenging Trump’s Language of Fascism

By: Henry Giroux

George Orwell warns us in his dystopian novel 1984 that authoritarianism begins with language. Words now operate as «Newspeak,» in which language is twisted in order to deceive, seduce and undermine the ability of people to think critically and freely. As authoritarianism gains in strength, the formative cultures that give rise to dissent become more embattled along with the public spaces and institutions that make conscious critical thought possible.

Words that speak to the truth, reveal injustices and provide informed critical analysis begin to disappear, making it all the more difficult, if not dangerous, to hold dominant power accountable. Notions of virtue, honor, respect and compassion are policed, and those who advocate them are punished.

I think it is fair to argue that Orwell’s nightmare vision of the future is no longer fiction. Under the regime of Donald Trump, the Ministry of Truth has become the Ministry of «Fake News,» and the language of «Newspeak» has multiple platforms and has morphed into a giant disimagination machinery of propaganda, violence, bigotry, hatred and war.

With the advent of the Trump presidency, language is undergoing a shift in the United States: It now treats dissent, critical media and scientific evidence as a species of «fake news.» The administration also views the critical media as the «enemy of the American people.» In fact, Trump has repeated this view of the press so often that almost a third of Americans believe it and support government-imposed restrictions on the media, according to a Poynter survey. Language has become unmoored from critical reason, informed debate and the weight of scientific evidence, and is now being reconfigured within new relations of power tied to pageantry, political theater and a deep-seated anti-intellectualism, increasingly shaped by the widespread banality of celebrity culture, the celebration of ignorance over intelligence, a culture of rancid consumerism, and a corporate-controlled media that revels in commodification, spectacles of violence, the spirit of unchecked self-interest and a «survival of the fittest» ethos.

Under such circumstances, language has been emptied of substantive meaning and functions increasingly to lull large swaths of the American public into acquiescence, if not a willingness to accommodate and support a rancid «populism» and galloping authoritarianism. The language of civic literacy and democracy has given way to the language of saviors, decline, bigotry and hatred. One consequence is that matters of moral and political responsibility disappear, injustices proliferate and language functions as a tool of state repression. The Ministry of «Fake News» works incessantly to set limits on what is thinkable, claiming that reason, standards of evidence, consistency and logic no longer serve the truth, because the latter are crooked ideological devices used by enemies of the state. «Thought crimes» are now labeled as «fake news.»

The notion of truth is viewed by this president as a corrupt tool used by the critical media to question his dismissal of legal checks on his power — particularly his attacks on judges, courts, and any other governing institutions that will not promise him complete and unchecked loyalty. For Trump, intimidation takes the place of unquestioned loyalty when he does not get his way, revealing a view of the presidency that is more about winning than about governing. One consequence is myriad practices in which Trump gleefully humiliates and punishes his critics, willfully engages in shameful acts of self-promotion and unapologetically enriches his financial coffers.

David Axelrod, a former senior advisor to President Obama, is right in stating:

And while every president is irritated by the limitations of democracy on them, they all grudgingly accept it. [Trump] has not. He has waged a war on the institutions of democracy from the beginning, and I think in a very corrosive way.

New York Times writer Peter Baker adds to this charge by arguing that Trump — buoyed by an infatuation with absolute power and an admiration for authoritarians — uses language and the power of the presidency as a potent weapon in his attacks on the First Amendment, the courts and responsible governing. Trump’s admiration for a number of dictators is well known. What is often underplayed is his inclination to mimic their language and polices. For instance, Trump’s call for «law and order,» his encouraging police officers to be more violent with «thugs,» and his adoration of all things militaristic echoes the ideology and language of Philippine President and strongman Rodrigo Duterte, who has called for mass murder and boasted about «killing criminals with his own hand.»

Fascism starts with words. Trump’s use of language and his manipulative use of the media as political theater echo earlier periods of propaganda, censorship and repression.

At the same time, it would be irresponsible to suggest that the current expression of authoritarianism in US politics began with Trump, or that the context for his rise to power represents a distinctive moment in American history. As Howard Zinn points out in A People’s History of the United States, the US was born out of acts of genocide, nativism and the ongoing violence of white supremacy. Moreover, the US has a long history of demagogues, extending from Huey Long and Joe McCarthy to George Wallace and Newt Gingrich. Authoritarianism runs deep in American history, and Trump is simply the end point of these anti-democratic practices.

With the rise of casino capitalism, a «winner-take-all» ethos has made the United States a mean-spirited and iniquitous nation that has turned its back on the poor, underserved, and those considered racially and ethnically disposable. It is worth noting that in the last 40 years, we have witnessed an increasing dictatorship of finance capital and an increasing concentration of power and ownership regarding the rise and workings of the new media and mainstream cultural apparatuses. These powerful digital and traditional pedagogical apparatuses of the 21st century have turned people into consumers, and citizenship into a neoliberal obsession with self-interest and an empty notion of freedom. The ecosystem of visual and print representations has taken on an unprecedented influence, given the merging of power and culture as a dominant political and pedagogical force. This cultural apparatus has become so powerful, in fact, that it is difficult to dispute the central role it played in the election of Donald Trump to the presidency. Analyzing the forces behind the election of Trump, Steven Levitsky and Daniel Ziblatt provide a cogent commentary on the political and pedagogical power of an old and updated media landscape. They write:

Undoubtedly, Trump’s celebrity status played a role. But equally important was the changed media landscape…. By one estimate, the Twitter accounts of MSNBC, CNN, CBS, and NBC — four outlets that no one could accuse of pro-Trump leanings — mentioned Trump twice as often as Hillary Clinton. According to another study, Trump enjoyed up to $2 billion in free media coverage during the primary season. Trump didn’t need traditional Republican power brokers. The gatekeepers of the invisible primary weren’t merely invisible; by 2016, they were gone entirely.

What is crucial to remember here, as Ruth Ben-Ghiat notes, is that fascism starts with words. Trump’s use of language and his manipulative use of the media as political theater echo earlier periods of propaganda, censorship and repression. Commenting on the Trump administration’s barring the Centers for Disease Control to use certain words, Ben-Ghiat writes:

The strongman knows that it starts with words…. That’s why those who study authoritarian regimes or have had the misfortune to live under one may find something deeply familiar about the Trump administration’s decision to bar officials at the Centers for Disease Control (CDC) from using certain words («vulnerable,» «entitlement,» «diversity,» «transgender,» «fetus,» «evidence-based» and «science-based»). The administration’s refusal to give any rationale for the order, and the pressure it places on CDC employees, have a political meaning that transcends its specific content and context…. The decision as a whole links to a larger history of how language is used as a tool of state repression. Authoritarians have always used language policies to bring state power and their cults of personality to bear on everyday life. Such policies affect not merely what we can say and write at work and in public, but also [attempt] to change the way we think about ourselves and about others. The weaker our sentiments of solidarity and humanity become — or the stronger our impulse to compromise them under pressure — the easier it is for authoritarians to find partners to carry out their repressive policies.

Under fascist regimes, the language of brutality and culture of cruelty was normalized through the proliferation of the strident metaphors of war, battle, expulsion, racial purity and demonization. As German historians such as Richard J. Evans and Victor Klemperer have made clear, dictators such as Hitler did more than corrupt the language of a civilized society, they also banned words. Soon afterwards, they banned books and the critical intellectuals who wrote them. They then imprisoned those individuals who challenged Nazi ideology and the state’s systemic violations of civil rights. The endpoint was an all-embracing discourse of disposability, the emergence of concentration camps, and genocide fueled by a politics of racial purity and social cleansing. Echoes of the formative stages of such actions are with us once again. They provide just one of the historical signposts of an American-style neo-fascism that appears to be engulfing the United States, after simmering in the dark for years.

Under such circumstances, it is crucial to interrogate, as the first line of resistance, how this level of systemic linguistic derangement and corruption shapes everyday life. It is essential to start with language, because it is the first place tyrants begin to promote their ideologies, hatred, and systemic politics of disposability and erasure. Trump is not unlike many of the dictators he admires. What they all share as strongmen is the use of language in the service of violence and repression, as well as a fear of language as a symbol of identity, critique, solidarity and collective struggle. None of them believe that the truth is essential to a responsible mode of governance, and all of them support the notion that lying on the side of power is fundamental to the process of governing, however undemocratic such a political dynamic may be.

In a throwback to the language of fascism, he has repeatedly positioned himself as the only one who can save the masses.

Lying has a long legacy in American politics and is a hallmark of authoritarian regimes. Victor Klemperer in his classic book, The Language of the Third Reich, reminds us that Hitler had a «deep fear of the thinking man and [a] hatred of the intellect.» Trump is not only a serial liar, but he also displays a deep contempt for critical thinking and has boasted about how he loves the uneducated. Not only have mainstream sources such as The Washington Post and The New York Times published endless examples of Trump’s lies, they have noted that even in the aftermath of such exposure, he continues to be completely indifferent to being exposed as a serial liar.

In a 30-minute interview with The New York Times on December 28, 2017, The Washington Post reported that Trump made «false, misleading or dubious claims … at a rate of one every 75 seconds.» Trump’s language attempts to infantilize, seduce and depoliticize the public through a stream of tweets, interviews and public pronouncements that disregard facts and the truth. Trump’s more serious aim is to derail the architectural foundations of truth and evidence in order to construct a false reality and alternative political universe in which there are only competing fictions with the emotional appeal of shock theater.

More than any other president, he has normalized the notion that the meaning of words no longer matters, nor do traditional sources of facts and evidence. In doing so, he has undermined the relationship between engaged citizenship and the truth, and has relegated matters of debate and critical assessment to a spectacle of bombast, threats, intimidation and sheer fakery. This is the language of dictators, one that makes it difficult to name injustices, define politics as something more than rule by the powerful, and make and justify real equitable rules, shared relations of power, and a strong democratic politics.

But the language of fascism does more that normalize falsehoods and ignorance. It also promotes a larger culture of short-term attention spans, immediacy and sensationalism. At the same time, it makes fear and anxiety the normalized currency of exchange and communication. Masha Gessen is right in arguing that Trump’s lies are different than ordinary lies and are more like «power lies.» In this case, these are lies designed less «to convince the audience of something than to demonstrate the power of the speaker.» In short, Trump’s prodigious tweets are not just about the pathology of endless fabrications, they also function to reinforce a pedagogy of infantilism, designed to animate his base in a glut of shock while reinforcing a culture of war, fear, divisiveness and greed in ways that often disempower his critics.

Memories inconvenient to authoritarian rule are now demolished, so the future can be shaped so as to become indifferent to the crimes of the past.

How else to explain Trump’s desire to attract scorn from his critics and praise from his base through a never-ending production of tweets and electronic shocks reminiscent of the tantrums of a petulant 10-year-old? The examples just keep coming and appear to get more bizarre as time goes on. Peter Baker and Michael Tackett sum up a number of bizarre and reckless tweets that Trump produced to inaugurate the New Year. They write:

President Trump again raised the prospect of nuclear war with North Korea, boasting in strikingly playground terms on Tuesday night that he commands a «much bigger» and «more powerful» arsenal of devastating weapons than the outlier government in Asia. «Will someone from his depleted and food starved regime please inform [North Korean Leader Kim Jong Un] that I too have a Nuclear Button, but it is a much bigger & more powerful one than his, and my Button works!» It came on a day when Mr. Trump, back in Washington from his Florida holiday break, effectively opened his new year with a barrage of provocative tweets on a host of issues. He called for an aide to Hillary Clinton to be thrown in jail, threatened to cut off aid to Pakistan and the Palestinians, assailed Democrats over immigration, claimed credit for the fact that no one died in a jet plane crash last year and announced that he would announce his own award next Monday for the most dishonest and corrupt news media.

Trump appropriates crassness as a weapon. In a throwback to the language of fascism, he has repeatedly positioned himself as the only one who can save the masses, reproducing the tired script of the savior model endemic to authoritarianism. In 2016 at the Republican National Convention, Trump stated without irony that he alone would save a nation in crisis, captured in his insistence that, «I am your voice, I alone can fix it. I will restore law and order.» Trump’s latter emphasis on restoring the authoritarian value of law and order has overtones of creating a new racial regime of governance, one that mimics what the historian Cedric J. Robinson once called the «rewhitening of America.» Such racially charged language points to the growing presence of a police state in the US and its endpoint in a fascist state where large segments of the population are rendered disposable, incarcerated or left to fend on their own in the midst of massive degrees of inequality. There is more at work here than an oversized, if not delusional ego. Trump’s authoritarianism is also fueled by braggadocio and misdirected rage. There is also a language that undermines the bonds of solidarity, abolishes institutions meant to protect the vulnerable, and a full-fledged assault on the environment.

Trump’s language does more than produce a litany of falsehoods, fears and poisonous attacks on those considered disposable; it works hard to prevent people from having an internal dialogue with themselves and others.

In addition, Trump’s ceaseless use of superlatives models a language that encloses itself in a circle of certainty while taking on religious overtones. Not only do such words pollute the space of credibility, they also wage war on historical memory, humility and the belief that alternative worlds are possible. For Trump and his followers, there is a recognizable threat to their power in the political and moral imperative to learn from a dark version of the past, so as to not repeat or update the dark authoritarianism of the 1930s. Trump is the master of manufactured illiteracy, and his public relations machine aggressively engages in a boundless theater of self-promotion and distractions — both of which are designed to whitewash any version of the past that might expose the close alignment between Trump’s language and policies and the dark elements of a fascist past.

Trump revels in an unchecked mode of self-congratulation bolstered by a limited vocabulary filled with words like «historic,» «best,» «the greatest,» «tremendous» and «beautiful.» As Wesley Pruden observes:

Nothing is ever merely «good,» or «fortunate.» No appointment is merely «outstanding.» Everything is «fantastic,» or «terrific,» and every man or woman he appoints to a government position, even if just two shades above mediocre, is «tremendous.» The Donald never met a superlative he didn’t like, himself as the ultimate superlative most of all.

Trump’s relentless exaggerations suggest more than hyperbole or the self-indulgent use of language. This is true even when he claims he «knows more about ISIS than the generals,» «knows more about renewables than any human being on Earth,» or that nobody knows the US system of government better than he does. There is also a resonance with the rhetoric of fascism. As the historian Richard J. Evans writes in The Third Reich in Power:

The German language became a language of superlatives, so that everything the regime did became the best and the greatest, its achievements unprecedented, unique, historic, and incomparable…. The language used about Hitler, Klemperer noted was shot through and through with religious metaphors; people ‘believed in him,’ he was the redeemer, the savior, the instrument of Providence, his spirit lived in and through the German nation….Nazi institutions domesticated themselves [through the use of a language] that became an unthinking part of everyday life.

Under the Trump regime, memories inconvenient to authoritarian rule are now demolished in the domesticated language of superlatives, so the future can be shaped so as to become indifferent to the crimes of the past. For instance, he has talked about the Civil War as if historians have not asked why it took place, while at the same time ignoring the role of slavery in its birth. During a Black History Month event, he talked about the great abolitionist and former slave Frederick Douglass as if he were still alive. Trump’s ignorance of the past finds its counterpart in his celebration of a history that has enshrined racism, tweeted neo-Nazi messages, and embraced the «blood and soil» of white supremacy.

How else to explain the legacy of white racism and fascism historically inscribed in his signature slogan «Make America Great Again» and his use of the anti-Semitic phrase «America First,» long associated with Nazi sympathizers during World War II? How else to explain his support for bringing white supremacists such as Steve Bannon (now resigned) and Jeff Sessions, both with a long history of racist comments and actions, into the highest levels of governmental power? Or his retweeting of an anti-Islamic video originally posted by Britain First, a far-right extremist group — an action that was condemned by British Prime Minister Theresa May?

It gets worse: Trump created a false equivalence between white supremacist neo-Nazi demonstrators and those who opposed them in Charlottesville, Virginia. In doing so, he argued that there were «very fine people on both sides,» as if fine people march with protesters carrying Nazi flags shouting, «We will not be replaced by Jews.» Trump appears to be unable to differentiate «between people who think like Nazis and people who try to stop them from spewing their hate.»

If fascism is to be defeated, there is a need to make education central to politics.

But there is more than ignorance at work in Trump’s lengthy history of racist comments. Trump’s sympathy for white nationalism and white supremacy offers a clear explanation for his unbroken use of racist language about Mexican immigrants, Muslims, Syrian refugees and Haitians. It also points to Trump’s use of language as part of a larger political and pedagogical project to «mobilize hatred,» legitimate the discourse of intimidation and encourage the American public «to unlearn feelings of care and empathy that lead us to help and feel solidarity with others,» as Ben-Ghiat writes.

Trump’s nativism and ignorance works in the United States because it not only caters to what the historian Brian Klass refers to as «the tens of millions of Americans who have authoritarian or fascist leanings,» it also enables what he calls Trump’s attempt at  «mainstreaming fascism.» He writes:

Like other despots throughout history, Trump scapegoats minorities and demonizes politically unpopular groups. Trump is racist. He uses his own racism in the service of a divide-and-rule strategy, which is one way that unpopular leaders and dictators maintain power. If you aren’t delivering for the people and you’re not doing what you said you were going to do, then you need to blame somebody else. Trump has a lot of people to blame.

Trump’s language, especially his endorsement of torture and contempt for international norms, normalizes the unthinkable, and points to a return to a past that evokes what Ariel Dorfman has called «memories of terror … parades of hate and aggression by the Ku Klux Klan in the United States and Adolf Hitler’s Freikorps in Germany…. executions, torture, imprisonment, persecution, exile, and, yes, book burnings, too.» Dorfman sees in the Trump era echoes of policies carried out under the dictator Pinochet in Chile. He writes:

Indeed, many of the policies instituted and attitudes displayed in post-coup Chile would prove models for the Trump era: extreme nationalism, an absolute reverence for law and order, the savage deregulation of business and industry, callousness regarding worker safety, the opening of state lands to unfettered resource extraction and exploitation, the proliferation of charter schools, and the militarization of society. To all this must be added one more crucial trait: a raging anti-intellectualism and hatred of «elites» that, in the case of Chile in 1973, led to the burning of books like ours.

The language of fascism revels in forms of theater that mobilize fear, hatred and violence. Sasha Abramsky is on target in claiming that Trump’s words amount to more than empty slogans. Instead, his language comes «with consequences, and they legitimize bigotries and hatreds long harbored by many but, for the most part, kept under wraps by the broader society. They give the imprimatur of a major political party to criminal violence.» Surely, the increase in hate crimes during Trump’s first year of his presidency testifies to the truth of Abramsky’s argument.

The history of fascism teaches us that language operates in the service of violence, desperation, and troubling landscapes of hatred, and carries the potential for inhabiting the darkest moments of history. It erodes our humanity, and makes too many people numb and silent in the face of ideologies and practices that are hideous acts of ethical atrocity. By undermining the concepts of truth and credibility, fascist-oriented language disables the ideological and political vocabularies necessary for a diverse society to embrace shared hopes, responsibilities and democratic values.

There is no democracy without informed citizens and no justice without a language critical of injustice.

Trump’s language — like that of older fascist regimes — mutilates contemporary politics, empathy, and serious moral and political criticism, and makes it more difficult to criticize dominant relations of power. Trump’s language does more than produce a litany of falsehoods, fears and poisonous attacks on those considered disposable; it works hard to prevent people from having an internal dialogue with themselves and others, relegating self-reflection, critical thinking, and the ability to question and judge to a scorned practice.

Trump’s fascistic language also fuels the rhetoric of war, toxic masculinity, white supremacy, anti-intellectualism and racism. What was once an anxious discourse about what Harvey Kaye calls the «possible triumph in America of a fascist-tinged authoritarian regime over liberal democracy» is no longer a matter of speculation, but a reality.

Any resistance to the new stage of American authoritarianism has to begin by analyzing its language, the stories it fabricates, the policies it produces, and the cultural, economic and political institutions that make it possible. Questions have to be raised about how right-wing educational and cultural apparatuses function both politically and pedagogically to shape notions of identity, desire, values, and emotional investments in the discourses of casino capitalism, white supremacy and a culture of cruelty. Trump’s language both shapes and embodies policies that have powerful consequences on people’s lives, and such effects must be made visible, tallied up, and used to uncover oppressive forms of power that often hide in the shadows. Rather than treat Trump’s lies and fear-mongering as merely an expression of the thoughts of a petulant and dangerous demagogue, it is crucial to analyze their historical roots, the institutions that reproduce and legitimate them, the pundits who promote them, and the effects they have on the texture of everyday life.

Trump’s language is not his alone. It is the language of a nascent fascism that has been brewing in the US for some time. It is a language that is comfortable viewing the world as a combat zone, a world that exists to be plundered. It is a view of those deemed different as a threat to be feared, if not eliminated. Frank Rich is correct in insisting that Trump is the blunt instrument of a populist authoritarian movement whose aim is «the systemic erosion of political, ethical, and social norms» central to a substantive democracy. And Trump’s major weapon is a toxic language that functions as a form of «cultural vandalism» that promotes hate, embraces the machinery of the carceral state, makes white supremacy a central tenant of governance, and produces unthinkable degrees of inequality in wealth and power.

Trump’s language has a history that must be acknowledged, made known for the suffering it produces, and challenged with an alternative critical and hope-producing narrative. Such a language must be willing to make power visible, uncover the truth, contest falsehoods, and create a formative and critical culture that can nurture and sustain collective resistance to the diverse modes of oppression that characterize the times that have overtaken the United States, and increasingly many other countries. Progressives need a language that both embraces the political potential of diverse forms racial, gender and sexual identity, and the forms of «oppression, exclusion, and marginalization» they make visible while simultaneously working to unify such movements into a broader social formation and political party willing to challenge the core values and institutional structures of the American-style fascism. No form of oppression, however hideous, can be overlooked. And with that critical gaze must emerge a critical language, a new narrative and a different story about what a socialist democracy will look like in the United States.

At the same time, there is a need to strengthen and expand the reach and power of established public spheres as sites of critical learning. There is also a need to encourage artists, intellectuals, academics and other cultural workers to talk, educate, make oppression visible, and challenge the normalizing discourses of casino capitalism, white supremacy and fascism. There is no room here for a language shaped by political purity or a limited to politics of outrage. A truly democratic vision has a broader and more capacious overview and project of struggle and transformation.

Language is not simply an instrument of fear, violence and intimidation; it is also a vehicle for critique, civic courage, resistance, and engaged and informed agency. We live at a time when the language of democracy has been pillaged, stripped of its promises and hopes. If fascism is to be defeated, there is a need to make education central to politics. In part this can be done with a language that exposes and unravels falsehoods, systems of oppression and corrupt relations of power while making clear that an alternative future is possible. A critical language can guide us in our thinking about the relationship between older elements of fascism and how such practices are emerging in new forms. The search and use of such a language can also reinforce and accelerate the need for young people to continue creating alternative public spaces in which critical dialogue, exchange and a new understanding of politics in its totality can emerge. Focusing on language as a strategic element of political struggle is not only about meaning, critique and the search for the truth, it is also about power, both in terms of understanding how it works and using it as part of ongoing struggles that merge the language of critique and possibility, theory and action.

Without a faith in intelligence, critical education and the power to resist, humanity will be powerless to challenge the threat that fascism and right-wing populism pose to the world. All forms of fascism aim at destroying standards of truth, empathy, informed reason and the institutions that make them possible. The current struggle against a nascent fascism in the United States is not only a struggle over economic structures or the commanding heights of corporate power. It is also a struggle over visions, ideas, consciousness and the power to shift the culture itself.

Progressives need to formulate a new language, alternative cultural spheres and fresh narratives about freedom, the power of collective struggle, empathy, solidarity and the promise of a real socialist democracy. We need a new vision that refuses to equate capitalism and democracy, normalize greed and excessive competition, and accept self-interest as the highest form of motivation. We need a language, vision and understanding of power to enable the conditions in which education is linked to social change and the capacity to promote human agency through the registers of cooperation, compassion, care, love, equality and a respect for difference.

Any struggle for a radical democratic socialist order will not take place if «the lessons from our dark past [cannot] be learned and transformed into constructive resolutions» and solutions for struggling for and creating a post-capitalist society. Ariel Dorfman’s ode to the struggle over language and its relationship to the power of the imagination, collective resistance and hope offers a fitting reminder of what needs to be done. He writes:

We must trust that the intelligence that has allowed humanity to stave off death, make medical and engineering breakthroughs, reach the stars, build wondrous temples, and write complex tales will save us again. We must nurse the conviction that we can use the gentle graces of science and reason to prove that the truth cannot be vanquished so easily. To those who would repudiate intelligence, we must say: you will not conquer and we will find a way to convince.

In the end, there is no democracy without informed citizens and no justice without a language critical of injustice.

Source:

http://www.truth-out.org/news/item/43159-challenging-trumps-language-of-fascism

Comparte este contenido:

¿Se puede educar la personalidad?

Por: José Antonio Marina

Los sistemas educativos están en ebullición en todo el mundo. Proliferan las propuestas, los métodos, los salvadores, las innovaciones, las reformas, los movimientos estratégicos. Tal proliferación me ha llevado a observarlos con la misma minuciosa tenacidad con que un botánico hace el censo de la naturaleza. La conclusión, que he expuesto en ‘El bosque pedagógico’, es pesimista. A pesar de la brillantez de muchos esfuerzos, no disponemos de una pedagogía ni de una psicología que nos permita resolver los imponentes retos que plantea una acelerada “sociedad del aprendizaje”. Una de las causas de esta impotencia es la fragmentación de sus teorías. Impulsados por la necesidad de analizar, estamos elaborando una “psicología y pedagogía de la hamburguesa”.

Carecemos de una teoría clara del sujeto humano. El conocimiento se ha separado de la emoción, la emoción de la voluntad, la memoria del aprendizaje, los procesos de los contenidos, la motivación del deber. Cada escuela psicológica es estupenda en lo suyo, pero no sabe qué hacer con lo del vecino. En la poderosa American Psychological Association (APA) hay cincuenta divisiones que no se hablan entre ellas. Troceamos al sujeto en competencias, destrezas, inteligencias múltiples, actitudes, capacidades, que a su vez se dividen en subespecies y, luego, intentamos unir como podemos esa picadura. La situación me recuerda lo sucedido a principios del siglo pasado. Surgió un gran interés por el estudio de los instintos, y una pléyade de investigadores se lanzó a identificarlos. Cuando llegaron a inventariar 6.200 instintos diferentes, pensaron que se habían pasado de la raya y el interés decayó.

El mundo anglosajón traduce “virtud” por “strength”, fortaleza. La educación del carácter es el fomento de las fortalezas humanas para la excelencia

Cada psicólogo ha enarbolado una idea, que defiende con aura de gurú, sin preocuparse de integrarla con las demás. Ken Robinson, el “elemento”; Daniel Goleman, la “inteligencia emocional”; Howard Gardner, las “inteligencias múltiples”; Mihály Csíkszentmihályi, el “flujo”; Martin Seligman, el “flourishing”;Angela Duckworth, la “determinación”; Marc Prensky, los “nativos digitales”; Michael Fullan, el “aprendizaje profundo”; Daniel Siegel, la “mindfullness”; Arthur Costa, los “hábitos de pensar”; Carol Dweck, la “mentalidad de crecimiento”. La gamificación –el aprendizaje mediante el juego- se impone. Aumenta la moda de las ‘flipped clasroom’. Se empieza a decir que no hace falta aprender lo que se puede buscar, y que el conocimiento no está en el sujeto sino en internet. La “pedagogía líquida” hace estragos.

Ante el concepto tosco

Es verdad que en los documentos oficiales se habla de “educación integral”, “holística”. El artículo 27 de la Constitución española afirma que la educación tiene por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana. Pero nadie se toma el trabajo de explicar lo que eso significa. ¿Se puede educar la personalidad? Acaba de aparecer el estudio ‘Valores y éxito escolar. ¿Qué nos dice PISA 2015?’, elaborado por Francisco López Rupérez Isabel García García. Terminan recomendando la “educación del carácter”, un proyecto educativo implantado sobre todo en Estados Unidos. Los autores hacen referencia al informe ‘Business Priorities for Education’, emitido por el Comité Consultivo Empresarial ante la OCDE , que recomienda la adopción de estos programas en los currículos educativos. Se suele entender como una “educación en valores”, cuando en realidad es una “educación en virtudes”. Lo que ocurre es que en Europa, la palabra “virtud” se ha pervertido. Ha perdido su carácter originario de “hábito que favorece la excelencia” y ahora muestra un aspecto timorato y modoso poco atractivo. El mundo anglosajón, en cambio, traduce la palabra “virtud” por “strength”, fortaleza, con lo que mantiene su vigor. La educación del carácter es el fomento de las fortalezas humanas para la excelencia.

Foto: iStock.
Foto: iStock.

En 1985, la Comisión Nacional de la Excelencia en Educación de Estados Unidos elaboró un documento sobre la importancia de este tipo de enseñanza. Después de varios años de estudio, en 1994 las dos Cámaras del gobierno americano adoptaron una resolución conjunta financiando la Educación del Carácter. En 1998 y 1999 la Educación del Carácter fue elegida la materia más importante en los colegios de enseñanza elemental y media, y en 1999 y 2000 esa prioridad se señaló también para la Enseñanza Superior. La Declaración de Aspen sobre la Educación del Carácter (1992), promovida por el Josephson Institute of Ethics y elaborada por educadores, expertos en ética y líderes de ONG, es uno de los documentos fundacionales del actual movimiento de Educación del Carácter en EEUU.

Para mí, el modelo americano tiene dos problemas. El primero, que se han apropiado del proyecto los sectores más conservadores de EEUU, y lo han convertido en un tipo restrictivo de educación moral. El segundo, que no tienen un concepto claro de personalidad. Los programas que hemos elaborado en la Universidad de Padres ‘online’ creo que superan ambos obstáculos.

A partir de las posibilidades derivadas del carácter, cada persona elige su proyecto de vida, que constituye el despliegue de su libertad

Ante todo, hay que responder a una pregunta: ¿se puede educar la personalidad? Personalidad es un concepto psicológico inventado para designar las pautas estables de pensamiento, sentimientos y acción de una persona. La mayor parte de los psicólogos sostiene que la personalidad se mantiene casi inalterada a lo largo de la vida, lo que la hace inmune al aprendizaje. No se puede educar algo que no puede cambiar. Creo que es un concepto muy tosco de personalidad. En los programas de la UP identificamos tres niveles de personalidad:

1.- Personalidad heredada. Cada niño nace con unos condicionantes hereditarios. Hay niños nerviosos y tranquilos, vulnerables y seguros. Simplificando, denominamos a estos rasgos innatos temperamento.

2.- Personalidad aprendida. A partir del temperamento, y gracias a la plasticidad del cerebro, los niños comienzan a adquirir hábitos, que son pautas estables de comportamiento, pero aprendidas. Tradicionalmente, se hablaba de ellos como de una “segunda naturaleza”. Los antiguos griegos designaban el carácter con la palabra ‘éthos’ , de donde deriva la palabra “ética”, que era la ciencia del carácter bueno. Era, por ello, el objetivo de la educación. El carácter es la individual articulación de los hábitos.

3.-Personalidad elegida. A partir de las posibilidades o imposibilidades derivadas del carácter, cada persona elige su proyecto de vida, que constituye el despliegue –mayor o menor– de su libertad. La libertad no es una capacidad innata repartida universalmente, sino un “hábito individual aprendido”.

Es fácil ver que el terreno educativo es la formación del carácter. Allí se forja la sumisión o la libertad de una persona. La educación debe quedarse ahí. La elección del proyecto personal es personal. La redundancia es inevitable. No podemos decidir la vida de nuestros hijos, de nuestros alumnos, de los ciudadanos. Sólo podemos ayudarles a formar el carácter adecuado para que ellos elijan bien.

La educación del carácter se ocupa del fomento de los hábitos intelectuales, emocionales, ejecutivos y éticos de una persona. Creo que el modelo de la UP supera con creces los modelos foráneos. Espero que vaya introduciéndose en el sistema educativo, que está abierto a innovaciones fulgurantes, pero blindado ante cambios profundos. Soy un optimista incorregible.

Fuente: https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/educacion/2017-12-12/educar-personalidad-educacion_1490850/

Comparte este contenido:

Las categorías que matan

Por: Lidia Falcón

A Diana Quer no la mató el género. Diana murió por ser mujer. Extraña clasificación ésta que está marcando la tragedia de miles de mujeres en este extraño siglo XXI. Como por ser mujeres son violadas, acosadas, maltratadas, heridas, mutiladas, asesinadas millones en todo el planeta. ¿Cuál es pues el problema? Las categorías.

Como si nos encontráramos en el siglo XIII, discutiendo con Tomás de Aquino el trascendente problema de los universales. El problema de los universales desde los filósofos griegos se refiere al modo en que pensamos y percibimos y cuáles son las realidades a ser conocidas. Hablando en términos generales se puede decir que “universal” se opone a “particular” como lo abstracto a lo concreto. Por eso los universales se conciben como entidades abstractas, en oposición a los particulares, entidades concretas y singulares. Universal es “aquello que se predica como común a todos y de cada uno (de los individuos de una totalidad, bien sea esta de ámbito absoluto, como por ejemplo el ser, o de ámbito más reducido, como el hombre, el animal, etc.). A diferencia de lo general, lo universal se refiere a una cosa muy definida y precisa que no puede faltar de ninguna manera en todos y cada uno de los individuos en la totalidad expresada por el concepto”. Claramente en este caso la categoría mujer es común a todas y cada una de las individuas de una totalidad, mientras que el género se refiere a una porción, mucho más pequeña, de ese universo.

Pero, ¿ciertamente la mayoría de las feministas que defienden arriscadamente la calificación discriminatoria del género para diferenciar a las mujeres unas de otras, situando a unas en una posición más protegida que a las otras, saben lo que son los universales? ¿Saben lo que son las categorías? He aquí mi desconcierto: ¿Por qué entonces este empeño en distinguirse en la teoría sin haber resuelto la práctica? ¿Se sienten más cultas, más estudiosas, más feministas si defienden el término abstracto de género en vez del concreto de mujer?

Este crucigrama para aficionados a las palabras cruzadas, de significado misterioso, se me presentó hace 30 años en EEUU. Allí, las muy elitistas feministas de clase media burguesa blancas, profesoras de Women’s Studies en muchas facultades inventaron el término “gender” para referirse a la discriminación de la mujer. No valía ya la categoría mujer, definida por si misma sin necesidad de más explicaciones. Pero esta ocultación en realidad lo que se proponía era obviar el término feminismo. Los sufijos ismo, dice el diccionario que es “Componente de palabra que, unido a sustantivos, indica doctrina, partido, sistema, dadaísmo; socialismo; anarquismo”.

¿De qué se trataba pues? De despolitizar el término. Feminismo tiene siglos de utilización como teoría de lucha por los derechos de la mujer, como movimiento reivindicativo contra las opresiones que sufre, como proyecto político que oponer o complementar al socialismo, al anarquismo, al comunismo. Se acabó de situar la lucha de la mujer en los peligrosos ismos sociales y políticos. En las universidades estadounidenses y pronto en las francesas, tan imitadoras, ya no se enseñaba feminismo sino estudios de género. Y enseguida en Méjico y en Perú. Allí fue donde planteé este peligroso enmascaramiento de los términos, con lo que se desfiguran las categorías.

A pesar de que esta polémica tiene los tintes de la enigmática discusión escolástica de cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler, las trabajadoras sociales de los pueblos de los Andes, Ayacucho, Pïura, Lambayeque, Cajamarca, La Libertad, Ancash, Huánuco, lo entendieron enseguida. Ellas, que se enfrentaban cada día a un universo de maltrato continuado y de humillación permanente de las mujeres campesinas me dieron la razón, mientras las señoritas profesoras de Lima se mostraron muy hostiles a mi crítica.

Evidentemente ya no podía convencer a las rectoras del simposium porque las directrices patriarcales de la Academia se habían consolidado en todos los ambientes cultos americanos y europeos. Y las españolas no iban a ser menos. En las Universidades donde apenas se forma a los estudiantes en la historia y sociología del Movimiento feminista se utiliza profusamente el término género, hasta convertirlo en una muletilla.

Pero esta peculiaridad de los estudios universitarios no es una disquisición baldía como tampoco lo fue el tema de los universales, que conformó la filosofía occidental durante varios siglos. Imponiendo esta abstracción del género la Academia ha llevado la definición hasta la política, la legislación, la judicatura, los asuntos sociales, los presupuestos económicos. Donde no ha penetrado, mal que les pese, es en la sociedad. Ninguna de las ilustres defensoras del género se ha molestado en preguntarle a la gente de la calle qué entienden por tal término, porque se hubiesen enterado de que nadie lo identifica a la categoría de mujer.

Lo peor es que tampoco lo hace la legislación. En un retruécano impuesto por las orgullosas legisladoras de la Ley Orgánica de Medidas Integrales contra la Violencia de género, de 28 de diciembre de 2004, se establece una diferencia entre las víctimas de género y las mujeres. Quienes no lo sepan se sorprenderán ante esta sibilina manera de discriminar a las que merecen protección y las que no.

Las “genéricas” se la merecen porque están o han estado ligadas por vínculos afectivos estables con su verdugo. Las que no, no.

Por eso Diana Quer no era género sino mujer. Y como mujer fue secuestrada, violada, asesinada y lanzada a un pozo de agua de diez metros de profundidad. Y por tanto no merece más atención que cualquier otra víctima contemplada en los delitos contra las personas, que hace ya varios milenios califican los códigos penales del mundo.
Y como Diana decenas, cientos, miles, de mujeres que sufren torturas semejantes o más leves en nuestro país, y que por no haberse enamorado de su maltratador no están clasificadas ni calificadas como género por nuestra ilustre y nunca suficientemente bien ponderada legislación.

Ciertamente el haber sido calificada de género posiblemente no hubiera salvado a Diana, pero si hubiese podido pedir ayuda porque su pareja estaba agrediéndola la policía se la tenía que haber prestado con más prontitud que de haber tenido que explicar que la estaba matando un desconocido. Y como ella, la sobrina asesinada por el tío que la requería sexualmente, la madre apaleada por el hijo, el novio de la mujer que fue víctima también de los celos maritales, y la hermana, y la cuñada y la vecina y la desconocida en la calle y la prostituta, que por no ser género no merecieron protección.

¿Y por qué, nos preguntaremos, estas distinciones tan alejadas de una realidad simple y palpable: el patriarcado mata mujeres, que está consumiendo tanto tiempo en estériles polémicas? Porque reduciendo la realidad del ser humano mujer a la abstracción del género se invisibiliza, se minimiza, se oculta, se enmascara una realidad terrible: la población femenina española que alcanza 25 millones está discriminada, reprimida, perseguida y en peligro de ser apaleada, violada o asesinada. Describir de tal forma realista este terrible panorama sería escandaloso. Mejor para el mantenimiento del sistema hablar de un pequeño sector de la población que vinculado afectivamente con hombres muy brutos a veces sufren malos tratos en función de su “género”, que no es el sexo ni la realidad corporal, sino una extraña abstracción que sólo ellas entienden. Hace pocos días Jorge M. Reverte se preguntaba por qué se llamaba género a lo que era mujer, que es la que recibe la violencia, y el escritor no es una campesina de los Andes peruanos.

Y en estas ridículas disquisiciones estamos mientras asesinan a una mujer cada dos días y apalean a dos millones y medio cada año.

Quizá los no especialistas en este tema se preguntarán qué más me da que se le llame género o mujer cuando se encuentra el cadáver, o incluso antes, cuando se denuncia la paliza. Pero no es a mí a quien le preocupa sino a todo el entramado judicial, fiscal, forense, de asistencia social, que tiene que enfrentarse a perseguir a los culpables y a proteger a las víctimas. Y que lo ejercerá de forma eficaz si estas estaban enamoradas del maltratador, o que no le prestará la protección previa –suponiendo que exista- ni la posterior, si no tenían ninguna relación con el verdugo, según la legislación les impone.

Y aún más, esas víctimas no entrarán siquiera en las estadísticas, cuestión ésta que parece bizantina pero que significa que a nuestro Estado no se le pueden sacar las vergüenzas por no proteger a sus ciudadanas cuando sólo se ha asesinado a 40 mujeres en 2017, en vez de las 85 que contamos las feministas. Y que con tan pocas víctimas de violencia de género tampoco es necesario mucho dinero para atender las necesidades de juzgados, hospitales, centros de asistencia social, casas de acogida. Las otras, las mujeres, ya se apañarán.

Y en eso estamos. Se habla de un Convenio firmado en Estambul el 11 de mayo de 2011, donde se exhorta a los Estados que lo han ratificado a contar todas las víctimas de la violencia machista, pero de momento ni el Convenio es imperativo, puesto que es internacional, ni se han introducido las modificaciones pertinentes en nuestra legislación ni el ya famoso Pacto de Estado, que lleva un año recorriendo las salas del Parlamento, las páginas de los periódicos y las pantallas de televisión, ha comenzado los laboriosos trabajos que llevarán a modificar este apartado de la Ley de Violencia de Género.

Ah, y nuestras legisladoras siguen oponiendo una resistencia numantina a modificar esa ley, que pasará a la historia por su singularidad, no vaya a ser que la ciudadanía se de cuenta de está mal pergeñada y de que no hay nada de qué enorgullecerse por haberla aprobado.

Fuente: http://blogs.publico.es/lidia-falcon/2018/01/07/las-categorias-que-matan/

Comparte este contenido:
Page 1402 of 2493
1 1.400 1.401 1.402 1.403 1.404 2.493