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¿Por qué fracasa la ONU?

“La ONU no fue creada para llevar la humanidad al cielo, sino para salvarla del infierno. Y en eso, lamentablemente, está fracasando”.

Dag Hammarskjöld, Secretario General de la ONU (1953–1961)

Terminada la Primera Guerra Mundial en 1918, las secuelas de ese enfrentamiento espantaron a la humanidad: 70 países se habían visto involucrados, con un saldo de 10 millones de soldados muertos y 20 millones de combatientes heridos y mutilados, más alrededor de otros 10 millones de civiles muertos por los éxodos forzados, las hambrunas y los conflictos regionales posteriores. A ello deben sumarse los cuantiosos daños en la infraestructura de gran cantidad de países, más los daños psicológicos derivados de tanto sufrimiento, con viudas, huérfanos, y como corolario, la “gripe española” inmediatamente posterior al conflicto, que ocasionó un número nunca bien determinado de víctimas, pero que superó la cantidad de decesos de la guerra, estimándose en, por lo menos, 50 millones.

Ante tamaña catástrofe, voces racionales pidieron un “nunca más”, porque no se podía repetir esa monstruosidad. Por ello, en 1920, en la Conferencia de París se funda la Liga de las Naciones (también llamad Sociedad de las Naciones), con el objetivo de fomentar la prevención de las guerras mediante la seguridad colectiva y el desarme, impulsando la resolución de disputas internacionales a través de la negociación y el arbitraje.

Más allá de lo loable de ese esfuerzo, algo no funcionó. Años después, siempre a partir de la insaciable voracidad de las potencias por seguir apoderándose de los países más débiles, se llegó a una catástrofe aún peor: la Segunda Guerra Mundial. Aquí los daños fueron infinitamente mayores: alrededor de 70 países participaron, involucrándose en el conflicto un total de 100 millones de militares. Las pérdidas fueron colosales: 80 millones de muertos, de los que 50 fueron civiles, debidos a los ataques propiamente bélicos, más las hambrunas y las enfermedades concomitantes. El bombardeo de población civil fue norma, llegándose al colmo inaudito de dos bombas nucleares, innecesarias en términos de acción militar, pues Japón ya estaba derrotado, pero que se utilizaron para marcar el poderío de quien a partir de 1945 se erigiría como potencia mundial: Estados Unidos.

Con una humanidad destrozada y países en ruinas -la Unión Soviética llevó la peor carga, con 25 millones de muertos y el 70% de su infraestructura destruida- a fines de 1945 se creó la Organización de Naciones Unidas -ONU-. Su propósito declarado fue preservar la paz y fomentar el desarrollo a nivel mundial.

Pero ¿qué pasó desde esa creación? El número de guerra siguió siempre en aumento, desde pequeñas escaramuzas hasta guerras abiertas con miles de muertos. Si bien es difícil estimar qué cantidad exacta de conflictos bélicos se registraron entre la segunda mitad del siglo XX y las primeras décadas del XXI, se calculan en no menos de 100, con alrededor de 50 millones de personas fallecidas. De ellas, como elemento importantísimo que caracteriza estos nuevos enfrentamientos, el 90% es población civil no combatiente. En conclusión: no ha habido paz. Las guerras, además, provocan monumentales desplazamientos de población, con las consecuentes hambrunas, enfermedades y un muy profundo dolor psicológico en quienes lo sufren.

¿Y desarrollo? El mundo, con un avance científico-técnico cada vez más fabuloso, con logros espectaculares en la creatividad humana (manejo de la energía nuclear, viajes espaciales, comunicaciones impresionantes, y un larguísimo etcétera que nos asombra) sigue presentando un panorama más que sombrío a nivel planetario. Mientras que un 15% de la población planetaria -élites y clase media- tiene acceso a los satisfactores que puede otorgar ese desarrollo, con un nivel de vida más seguro y confortable (buena alimentación, viviendas adecuadas, altos niveles de salud, condiciones de vida y de trabajo dignas, educación formal, abandono de prejuicios y pensamiento mágico-animista), lo cual se da en el Norte próspero y en algunos bolsones del Sur global, el 85% restante -ubicado básicamente en el Tercer Mundo- muy tangencialmente roza los beneficios de esa acumulación de riqueza, y en la gran mayoría de casos, sobreviviendo en situaciones de precariedad. Valga agregar también que, como sector más perjudicado entre los perjudicados, se encuentran las mujeres. De los casi 800 millones de analfabetos que hay en el mundo, dos tercios (500 millones) son mujeres. Y muchas de ellas todavía son víctimas de la ablación clitoridiana.

Entonces: ¿qué pasó con la paz y el desarrollo? ¿Qué pasó con la ONU? Ambas instancias, en su momento la Liga de las Naciones, luego la Organización de Naciones Unidas, son absolutamente inoperantes para lograr sus resultados, más allá de declaradas buenas intenciones. Nunca más oportuno que ahora aquello de “el camino del infierno está plagado de buenas intenciones”. En la década del 30 del pasado siglo Sigmund Freud, judío de origen, en respuesta a una pregunta de otro judío que se impresionaba con la avanzada antijudía del nazismo, Albert Einstein, decía que la primera de estas instancias estaba condenada a fracasar, como de hecho fracasó estrepitosamente. Para recordatorio: el Holocausto de los judíos (6 millones de muertos), y luego el inicio de la Segunda Guerra Mundial, con todos los horrores descritos. ¿Qué hizo la Liga de las Naciones? Nada.

Fracasó porque, según Freud, “La Sociedad de Naciones (…) instituida como autoridad suprema, (…)no dispone de una fuerza propia [con que hacerse valer]”. Es decir, no tiene cómo imponer su mandato. En otros términos: puede hacer declaraciones, pero no dispone de fuerza operativa para ordenar que las mismas se cumplan. Lo cual lleva a pensar inmediatamente en que: si no es por la fuerza, solo con el diálogo consensuado ¿las cosas no caminan? ¿Solo el rigor de la “mano dura”?

Terrible, sin dudas; pero patéticamente cierto. “Vivimos en el mundo real, que se rige por la fuerza, que se rige por la violencia, que se rige por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”, espetó altanero el asesor de seguridad de la Casa Blanca -un duro halcón republicano- Stephen Miller, declaración que resultó escalofriante, sumamente turbadora. Agregando luego, sin ningún disimulo ni recato: “La fuerza es el nuevo derecho internacional y vamos a ejercerla”.

En esa línea, el presidente Donald Trump se permitió decir, refiriéndose a cómo piensa incorporar la colonia danesa de Groenlandia a posesión estadounidense: “Por las buenas o por las malas”. Espantoso, aterrador, pero definitiva -y descarnadamente- cierto. ¿No es esa, acaso, la más absoluta realidad de las sociedades de clase? ¿Qué son, si no, las interminables guerras interestatales, las guerras por apropiarse como botín de los recursos del otro, desde que vemos que hay propiedad privada, desde hace 10.000 años en adelante? Incluida a veces, para nuestro espanto, la posesión de las mujeres. Del hacha de piedra a los planeadores hipersónicos con cargas nucleares múltiples se repite la misma historia: “Las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”, según este neofascista estadounidense.

Esa verdad, maquillada arteramente hasta hoy por el discurso “políticamente correcto”, es incuestionable (aunque escandalice al ser dicha por un guerrerista como este representante de la clase dominante norteamericana). Esa verdad inobjetable la vieron desde tiempos inmemoriales agudos pensadores que reflexionaron sobre la dinámica humana y social, y sus decires no nos escandalizan: “La ley es lo que conviene al más fuerte”, anunció Trasímaco de Calcedonia en el siglo IV antes de nuestra era en la esclavista Grecia clásica, cuna de la “democracia” (donde un esclavo no podía suicidarse porque no era dueño de su vida y donde solo tenían derecho a voto los varones propietarios). La “relación [entre humanos] no es en absoluto una relación armónica de cooperación entre individuos igualmente libres que promueven el interés común en la persecución de la propia conveniencia. Es más bien una «lucha a vida o muerte» entre individuos desiguales, en la que uno es el «amo» y el otro es el «esclavo»”, escribe Herbert Marcuse sintetizando la dialéctica del amo y del esclavo (capítulo IV) de la “Fenomenología del Espíritu” de Hegel, que inspirara a Marx. “La violencia es la partera de la historia”, concluye entonces el autor de El Capital.

Freud, desde otra óptica teórica, dice algo similar: “Intereses conflictivos entre los seres humanos se deciden, en principio, mediante el recurso a la violencia”. Para evitarla, o controlarla en lo posible, surgen las leyes, las normas sociales. De todos modos, muy cáustico, y en consonancia con todos los autores anteriores, agrega que “[Sin embargo] Las leyes están hechas para y por los dominadores, y conceden escasas prerrogativas a los dominados”.

Si una instancia determinada -Liga de las Naciones o la ONU- intenta atemperar esa fuerza destructiva que surge siempre en las sociedades clasistas solo con la palabra, sin una fuerza superior, fracasa. Los Cascos Azules, como fuerza militar disuasoria…. dan risa. ¿Cuántas guerras evitó la ONU? Ni una. Llega solo a recoger los cadáveres. ¿Por qué fracasa esta organización? Porque las guerras son el negocio más redituable que existe -más que el petróleo, la informática, las farmacéuticas-, manejado por enormes empresas que necesitan el conflicto para vender armas (75.000 dólares por segundo invierte la humanidad en ese campo).

Los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 que promueve la ONU para lograr un mundo equilibrado (Fin de la pobreza, Hambre cero, Salud y bienestar, Educación de calidad, Igualdad de género, Reducción de las desigualdades, Agua limpia y saneamiento, Energía asequible y no contaminante, Ciudades y comunidades sostenibles, Producción y consumo responsables, Acción por el clima, Vida submarina, Vida de ecosistemas terrestres, Trabajo decente y crecimiento económico e Industria, innovación e infraestructura) difícilmente se alcancen. Es decir: seguramente fracasarán, como fracasaron los Objetivos del Milenio que aspiraban tener un mundo medianamente equilibrado en lo económico-social para inicio del siglo. ¿Por qué fracasan? Porque esa faceta de lo humano no se maneja con buenas intenciones y pomposas declaraciones sino con fríos números que imponen los grandes grupos económicos. Se prefiere derrochar comida, aunque mueran 20.000 personas diarias por falta de nutrientes, que perder ganancias. “Controla el petróleo y controlarás las naciones; controla los alimentos y controlarás a los pueblos”, dijo el Premio Nobel de la ¿Paz? Henry Kissinger. ¿Quién decide eso? ¿Quién establece esos precios, cuándo debe haber guerra o cuándo se da un golpe de Estado? La ONU, seguro que no.

¿Por qué pasa todo esto? Enorme dificultad ¿o radical imposibilidad? de lograr un mundo armónico, según se ve. Como se ha dicho -cosa discutible, por supuesto-: es más fácil que termine el mundo -por la guerra nuclear o por el desastre ecológico que vivimos- a que termine el actual sistema capitalista. ¿Está condenada la especie humana a todo este sufrimiento, a la guerra perpetua, a la exclusión eterna de grandes masas? Apostamos porque NO. Si todo esto es el efecto de cualquier sociedad de clases (despótico-tributaria, esclavista, feudal, capitalista) ¿pasará eso en una sociedad sin clases sociales? Vale la pena intentar construir esa sociedad entonces ¿verdad?

Blog del autor: https://mcolussi.blogspot.com/

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Por qué acabar con el matrimonio infantil es clave para impulsar el desarrollo de África

ADÍS ABEBA – África alberga aproximadamente 160 millones de adolescentes femeninas de entre 10 y 19 años, según datos de 2022 de la División de Población de las Naciones Unidas. Ellas encarnan la energía, la creatividad y el potencial del continente.

Es innegable que «el África que queremos», tal y como se prevé en la Agenda 2063 de la Unión Africana (UA), no se hará realidad sin la plena participación de este grupo, que representa un componente clave de la mano de obra actual y futura del continente.

Sin embargo, uno de los obstáculos más persistentes para hacer realidad esta visión es la prevalencia del matrimonio infantil y su devastador impacto en la vida y el bienestar de las niñas africanas, así como su repercusión negativa en el potencial económico del continente.

El matrimonio infantil es una de las limitaciones estructurales más subestimadas de la capacidad de África para aprovechar su dividendo demográfico.

Sin embargo, millones de personas se están quedando atrás

Las estadísticas pintan un panorama preocupante.

Según el Banco Mundial, cuatro de cada 10 niñas de entre 15 y 19 años en África (excluyendo el norte de África) no van a la escuela ni trabajan, o están casadas o tienen hijos, en comparación con poco más de uno de cada 10 niños.

En promedio, casi un tercio (32 %) de las mujeres jóvenes (de 15 a 24 años) no estudian, no trabajan ni reciben formación, en comparación con 23 % de los niños de ese rango de edad.

En África, 130 millones de niñas y mujeres se casaron antes de cumplir los 18 años, la incidencia más alta a nivel mundial, según datos del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) de 2025. La prevalencia del matrimonio infantil varía en todo el continente. Las regiones de África Central y Occidental soportan una parte desproporcionada de la carga mundial.

Pero incluso en el norte de África, con la tasa más baja, aunque significativa, de matrimonios infantiles, se observa que esta práctica nociva persiste en todo el continente. Además, nueve de cada 10 países con la mayor incidencia de matrimonios infantiles se encuentran en África..

Los datos reflejan la información más reciente disponible para el período 2016-2023.

Y los costos económicos de esta realidad son astronómicos

El matrimonio infantil se describe con frecuencia como una violación de los derechos humanos o un problema social y de salud. Y lo es. De hecho, las complicaciones del embarazo y el parto siguen siendo una de las principales causas de muerte entre las adolescentes.

Sin embargo, estos aspectos trágicos y más visibles son solo una parte de la historia. De forma menos visible, pero más frecuente, los matrimonios infantiles se asocian con embarazos precoces y excluyen efectivamente a las niñas de la educación y la participación económica formal en la etapa en que las inversiones en habilidades y aprendizaje producen los mayores rendimientos.

Además de limitar el futuro de las personas, esta práctica tiene importantes repercusiones económicas para los países y regiones africanos.

Para los países africanos, al igual que para algunos otros países en desarrollo, el matrimonio infantil es una importante distorsión económica que no se ha abordado. Distorsiona la acumulación de capital humano y la asignación de mano de obra, con consecuencias para la productividad y el crecimiento de toda la economía.

Más concretamente:

– El matrimonio infantil trunca la educación, limita la adquisición de competencias e impide la participación de las mujeres en los mercados laborales formales

– Las niñas que se casan a una edad temprana tienen muchas más probabilidades de dedicarse a trabajos de cuidados no remunerados o a actividades informales de baja productividad, con perspectivas limitadas de movilidad social ascendente (Figura 6).

– El matrimonio infantil limita la plena integración de las niñas en la sociedad al privarlas de sus derechos, su identidad y su capacidad de acción. Crea dependencia y frena el potencial de liderazgo.

Las implicaciones para los mercados laborales de África son especialmente graves. La transformación estructural productiva requiere una mano de obra que pueda pasar de actividades de baja productividad a sectores de mayor valor añadido, como la industria manufacturera, los servicios modernos y la economía digital.

Cuando se interrumpe la educación y la adquisición de habilidades de las niñas, se reduce la oferta de trabajadores cualificados para estos sectores.

A su vez, se reducen los incentivos de los empresarios para crear y hacer crecer empresas productivas. A nivel macro, se reduce el crecimiento de la productividad, la creación de empleo en el sector formal y la diversificación hacia actividades de alto valor añadido.

Los costos económicos de los matrimonios infantiles persisten a lo largo de generaciones. Esta práctica está estrechamente relacionada con la fertilidad precoz y elevada, el aumento de la morbilidad y mortalidad materna y los peores resultados en materia de salud y educación de los niños.

Si no se abordan, estos resultados sociales conducen a un menor capital humano (logros educativos y salud) de la siguiente generación, lo que reduce la productividad laboral y la innovación.

Con el tiempo, se convierten en una barrera persistente para lograr la sostenibilidad fiscal, la integración regional y el crecimiento inclusivo.

Esta dinámica dificulta las posibilidades de África de aprovechar el dividendo demográfico.

Si bien el crecimiento de la población en edad de trabajar del continente se considera una fuente potencial de crecimiento acelerado si va acompañado de inversiones adecuadas en salud, educación y creación de empleo, los matrimonios infantiles van acompañados de una reducción del empleo femenino en el sector formal.

En consecuencia, las ganancias de productividad caen por debajo de su potencial y la oportunidad demográfica corre el riesgo de convertirse en una carga demográfica.

A pesar de las implicaciones macroeconómicas negativas, el matrimonio infantil no se incluye en los marcos económicos generales ni en los debates que informan la planificación y las políticas macroeconómicas en África.

Por lo general, se aborda mediante intervenciones sociales o legales, mientras que las estrategias macroeconómicas, las políticas industriales y los marcos fiscales proceden como si estos aspectos de las limitaciones del capital humano fueran exógenos.

Esta desconexión da lugar a una inversión insuficiente sistemática en una de las limitaciones más restrictivas de la capacidad productiva de África.

Los responsables políticos y la población en general deben replantearse el matrimonio infantil

Desde una perspectiva económica, los argumentos a favor de invertir en las niñas son convincentes. Los análisis muestran sistemáticamente que las inversiones en la educación y la salud de las niñas producen altos rendimientos, aumentan los ingresos a lo largo de la vida y potencian la productividad.

En un «escenario de plena igualdad de género», que incluya la eliminación de las brechas de género en la educación, el empleo y la toma de decisiones, se podría añadir un billón (millón de millones) de dólares al producto interno bruto (PIB) de África para 2043.

Las estimaciones también sugieren que cada dólar invertido en la salud, la educación y el empoderamiento de las adolescentes puede generar múltiples beneficios económicos a lo largo del tiempo.

Para traducir las pruebas en políticas eficaces será necesario un cambio de enfoque, en el que se considere que poner fin al matrimonio infantil es un componente fundamental de la estrategia económica de África.

Por lo tanto, los indicadores sobre la educación, el empleo y las cargas de cuidados no remunerados de las adolescentes deben convertirse en parte integrante de los marcos macroeconómicos, las proyecciones del mercado laboral y las evaluaciones de la capacidad productiva.

En este contexto, abordar la cuestión del matrimonio infantil en África es una necesidad económica, dado que la transformación exitosa de África requiere liberar todo el potencial productivo de su población. Esto, a su vez, exige una inversión sostenida en las niñas como agentes económicos y no solo como beneficiarias de programas sociales.

África debe financiar a las niñas africanas, y medidas como el fortalecimiento de la movilización de recursos nacionales, la presupuestación con perspectiva de género y los bonos de género podrían contribuir en gran medida a este respecto.

Además, los responsables políticos deberían considerar el gasto público destinado a reducir los matrimonios infantiles y apoyar la educación continua de las niñas como un gasto de capital en lugar de un mero gasto social. Esto ayudaría a alinear los marcos fiscales con los objetivos de crecimiento a largo plazo.

Poner fin a la práctica del matrimonio infantil no garantizará por sí solo que África alcance sus objetivos de desarrollo. Sin embargo, a menos que se aborde, esta barrera estructural seguirá obstaculizando la productividad, la competitividad y la consecución de la Agenda 2063.

Reconocer que poner fin al matrimonio infantil es una necesidad tanto económica como social sería un importante paso adelante. También situaría el empoderamiento de las niñas donde debe estar: en el centro de la estrategia de desarrollo de África y de su búsqueda de un crecimiento inclusivo y sostenible.

Zuzana Schwidrowski es directora de la División de Género, Pobreza y Política Social de la Comisión Económica para África (Cepa), quien elaboró este artículo con el apoyo Omolola Mary Lipede, becaria de la misma institución regional.

T: MF / ED: EG

Fuente: https://ipsnoticias.net/2026/02/por-que-acabar-con-el-matrimonio-infantil-es-clave-para-impulsar-el-desarrollo-de-africa/

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Haití: ¿crisis permanente o castigo histórico?

*Por Paula Companioni

Cuando Haití aparece en las noticias internacionales casi siempre está asociado a las mismas palabras: crisis, violencia, pobreza o desastre. En el imaginario global, el país suele ser presentado como un territorio condenado a la inestabilidad permanente.

Pero rara vez se habla de las razones históricas y políticas que explican esa imagen.

Haití es frecuentemente descrito como el país más pobre de América y como una nación atrapada en una crisis sin fin. Sin embargo, esa narrativa deja fuera una pregunta fundamental: ¿cómo llegó Haití a esta situación?

Para empezar a responder hay que mirar hacia su origen como nación.

En 1804 Haití se convirtió en la primera república negra del mundo y en el primer país de América Latina y el Caribe en abolir definitivamente la esclavitud. Su independencia fue el resultado de una revolución protagonizada por personas esclavizadas que derrotaron a uno de los imperios coloniales más poderosos de la época.

Pero esa victoria tuvo un precio enorme. En 1825, Francia obligó a Haití a pagar una indemnización colosal a los antiguos colonos esclavistas a cambio de reconocer su independencia. Esa deuda, que el país tardó más de un siglo en pagar, hipotecó profundamente su economía.

Haití es, probablemente, el único país del mundo que tuvo que pagar durante más de un siglo por haber conquistado su libertad.

“El problema es que Haití, históricamente hablando, es el país que abanderó la revolución más radical en la historia del mundo”, explica el sociólogo haitiano Jean Eddy Saint Paul, profesor en Brooklyn College.

“La Revolución Haitiana se hizo bajo el lema ‘Libertad o Muerte’, en nombre de la ciudadanía y de los derechos socioeconómicos. Pero después del asesinato de Jean-Jacques Dessalines, el líder de la revolución, la economía empezó a funcionar como una economía semifeudal”, profundizó.

Con el paso del tiempo, señala Saint Paul, el poder económico y político fue concentrándose en manos de un pequeño grupo de actores vinculados al sector privado y a alianzas con poderes externos.

“Hoy la economía del país está en manos de unos pocos, y la gran mayoría de los haitianos no participa de sus beneficios”, resume.

Esta combinación de herencias históricas, desigualdades internas y presiones internacionales ayuda a entender por qué Haití enfrenta hoy enormes desafíos políticos, económicos y sociales.

Pero reducir el país únicamente a su crisis también oculta otra realidad: la de una sociedad que, a lo largo de su historia, ha construido múltiples formas de resistencia, organización y defensa de su territorio.

En los próximos meses exploraremos algunas de las preguntas que suelen quedar fuera de la conversación sobre Haití: ¿Qué intereses económicos están en juego en su territorio? ¿Por qué ciertos proyectos extractivos se presentan como soluciones para el desarrollo? Y, ¿qué impactos podrían tener para las comunidades y el medioambiente?

Mirar Haití desde estas preguntas permite ir más allá de los estereotipos y entender que su historia —marcada por una revolución que cambió el mundo— sigue influyendo en las disputas que atraviesan el país hoy.

“Debido a su historia, Haití es un país que los poderosos de la comunidad internacional no van a perdonar”, afirma Saint Paul, “pero el pueblo haitiano tiene una enorme capacidad de resistencia”.

*Este artículo hace parte de la «Serie: La minería en Haití — contexto, riesgos y debates», construida en el marco del Programa de Defensa de Territorio de la Universidad Itinerante de la Resistencia en Haití.

 Haiti: Permanent Crisis or Historical Punishment?


By Paula Companioni*

When Haiti appears in international news, it is almost always associated with the same words: crisis, violence, poverty, or disaster. In the global imagination, the country is often portrayed as a territory condemned to permanent instability.

Yet the historical and political reasons that help explain this image are rarely discussed.

Haiti is frequently described as the poorest country in the Americas and as a nation trapped in an endless crisis. However, this narrative leaves out a fundamental question: how did Haiti arrive at this situation?

To begin answering this question, we must look back to its origins as a nation.

In 1804, Haiti became the first Black republic in the world and the first country in Latin America and the Caribbean to definitively abolish slavery. Its independence was the result of a revolution led by enslaved people who defeated one of the most powerful colonial empires of the time.

But that victory came at an enormous cost. In 1825, France forced Haiti to pay a colossal indemnity to former slaveholding colonists in exchange for recognizing its independence. That debt—one that the country took more than a century to repay—deeply burdened its economy.

Haiti is likely the only country in the world that had to pay for more than a century for having won its freedom.

“The problem is that Haiti, historically speaking, is the country that led the most radical revolution in the history of the world,” explains Haitian sociologist Jean Eddy Saint Paul, a professor at Brooklyn College.

“The Haitian Revolution was carried out under the slogan ‘Liberty or Death,’ in the name of citizenship and socioeconomic rights. But after the assassination of Jean-Jacques Dessalines, the leader of the revolution, the economy began to function as a semi-feudal system,” he adds.

Over time, Saint Paul notes, economic and political power became concentrated in the hands of a small group of actors linked to the private sector and to alliances with external powers.

“Today the country’s economy is in the hands of a few, and the vast majority of Haitians do not share in its benefits,” he summarizes.

This combination of historical legacies, internal inequalities, and international pressures helps explain why Haiti faces enormous political, economic, and social challenges today.

But reducing the country solely to its crisis also obscures another reality: that of a society which, throughout its history, has built multiple forms of resistance, organization, and defense of its territory.

In the coming months, we will explore some of the questions that are often left out of conversations about Haiti: What economic interests are at stake in its territory? Why are certain extractive projects presented as solutions for development? And what impacts could they have on communities and the environment?

Looking at Haiti through these questions allows us to move beyond stereotypes and to understand that its history—marked by a revolution that changed the world—continues to shape the struggles unfolding in the country today.

“Because of its history, Haiti is a country that the powerful actors of the international community will not forgive,” Saint Paul says. “But the Haitian people have an enormous capacity for resistance.”

*This article is part of the series “Mining in Haiti — Context, Risks, and Debates,” produced within the framework of the Territory Defense Program of the University of Resistance in Haiti.

Haití: ¿crisis permanente o castigo histórico? – Por Paula Companioni

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Feminismo en la encrucijada: Lo que hemos ganado y lo que nos quieren arrebatar

Por: Luz Palomino/Aquelarre de las Insumisas 

El mapa de nuestras vidas ha cambiado. Y no es una frase hecha: es lo que pasa cuando décadas de movilización social, de hablar dónde nos mandaban callar, de juntarnos donde nos querían solas, consiguen que lo que antes era «un asunto privado» —la violencia machista— hoy se nombra como lo que es: un problema de salud pública y una cuestión de Estado.

Hemos conseguido leyes importantes. Pero más importante aún: hemos creado una conciencia que ya no acepta el silencio como respuesta. Las jóvenes de hoy miran lo que sus abuelas soportaron y dicen: «eso a mí no». Y eso, aunque parezca poco, es una revolución.

Pero ojo, que Simone de Beauvoir ya lo advirtió en el segundo sexo: “no olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados». Y tenía toda la razón. Por eso cada derecho conquistado no es un punto y final, es una trinchera que defender.

Porque la historia del feminismo es, ni más ni menos, la historia de cómo el mundo se ha ido haciendo más democrático. Repasemos lo que hemos conseguido —para que no se nos olvide— y lo que ahora está en juego. Lo que nos costó ganar (y no nos regaló nadie)

El derecho a tener voz propia: el voto

1893: Nueva Zelanda se convierte en el primer país donde las mujeres votan. Sí, leyeron bien: hace apenas 130 años, en la mayor parte del mundo nos consideraban sin criterio para meter una papeleta en una urna.

No olvidamos que el 27 de octubre de 1946 las venezolanas votamos por primera vez. No fue una concesión de los señores de turno; fue el grito de nuestras abuelas que entendieron que la política sin nosotras es puro teatro de sombras.

1947: En Argentina, después de décadas de lucha de sufragistas anónimas y con el empujón de Eva Perón, se aprueba la Ley 13.010. Las mujeres argentinas pudieron votar por primera vez en 1951.

1953: México reconoce el derecho al voto femenino. Tardaron, pero llegó.

Que hoy nos parezca tan normal ir a votar es la mejor prueba de que el feminismo funciona: cuando una conquista se asienta, parece que hubiera estado siempre ahí. Pero no. Detrás de cada derecho hay mujeres que se jugaron hasta la vida.

Autonomía económica y jurídica: dejar de ser propiedad de nadie

1975: La ONU declara el Año Internacional de la Mujer. Por primera vez, el mundo hablaba de nosotras como sujetos de derecho, no solo como madres o esposas.

1981: Entra en vigor la CEDAW, que viene a ser como la constitución de los derechos de las mujeres a nivel mundial. Por si alguien tiene dudas: esto significa que los países que la firman se comprometen a cambiar todo lo que nos discrimine.

El cuerpo como territorio propio: La revolución más íntima

2012: Argentina aprueba la Ley de Identidad de Género. Pionera en el mundo: reconoce que cada persona tiene derecho a ser llamada como se siente, sin que ningún médico ni juez tenga que dar permiso.

2020-2021: La Marea Verde, ese tsunami color esperanza que recorrió América Latina, consigue dos hitazos: Argentina legaliza el aborto y en México la Suprema Corte declara que criminalizar a las mujeres que abortan es inconstitucional. Como dice la antropóloga Marta Lamas: «La maternidad será deseada o no será».

2021: México aprueba la Ley Olimpia, que lleva el nombre de Olimpia Coral Melo, una joven que sufrió violencia digital y dijo «hasta aquí». La ley tipifica como delito grabar, difundir o compartir imágenes íntimas sin consentimiento. Porque “lo virtual es real», sí, y el daño duele igual.

Ahora, el patriarcado no es tonto: cuando ve que por un lado le cierran puertas, se cuela por la ventana. Y hoy la ventana es la pantalla.

La violencia digital —ciberacoso, difusión de imágenes sin permiso, deepfakes (esos vídeos trucados que parecen reales) para humillar— afecta sobre todo a mujeres jóvenes y a las que se atreven a opinar en público. El algoritmo, ese invento que no tiene cara ni género, resulta que reproduce el machismo de quienes lo programan.

La antropóloga argentina Rita Segato lo explica clarísimo en su libro Las estructuras elementales de la violencia:

«La violencia contra las mujeres no es un crimen individual, es un crimen corporativo del patriarcado. La crueldad sexual es un lenguaje que habla de la soberanía masculina sobre el territorio-cuerpo de las mujeres.»

Dicho más claro: cuando un hombre difunde un vídeo íntimo de su ex, o cuando un grupo acosa a una compañera por redes, no son «casos aislados». Son mensajes. Mensajes que dicen: «esto es mío, yo decido, tú te callas”. Y Olimpia Coral Melo, la activista mexicana, nos dice: las agresiones en línea duelen, aíslan, expulsan del debate público. Y cuando expulsan a las mujeres de la conversación, la democracia entera se empobrece.

El nuevo fascismo: El que no necesita tanques

Hay quien habla de un «fascismo del siglo XXI». No es el de las botas y los camiones militares —aunque también—, es el que ocupa las pantallas. La nueva aristocracia tecnológica —esos multimillonarios que deciden cómo funcionan las redes— usa los algoritmos para amplificar el odio porque el odio vende, porque el odio engancha.

¿El resultado? Que el antifeminismo se ha convertido en una ideología de moda. Que hay youtubers e influencers que viven de decir que el feminismo es una secta, que las mujeres ya tenemos los mismos derechos, que «ahora los discriminados son ellos”. Y eso cala. Sobre todo, entre los más jóvenes.

En las aulas lo vemos muy seguido con la pregunta «¿y para cuándo un día del hombre?» no es inocente. Detrás hay un malestar real que ha crecido oyendo que la igualdad es lo normal, pero que en su experiencia cotidiana sienten que se les pide renunciar a privilegios que ni siquiera sabían que tenían. Y en lugar de entenderlo como un avance, lo viven como una amenaza. Mientras, gobiernos recortan horas de igualdad en las escuelas, porque claro, si no se enseña, si no se habla, si no se debate, el espacio lo ocupan los discursos de odio. Y los que dicen que la «ideología de género» es un complot contra la vida, contra la familia, contra no se sabe qué, van ganando terreno.

El feminismo no es uno solo: También hay debate interno

Sería mentira decir que todas pensamos igual. El feminismo de 2026 es un hervidero de debates: identidad de género, prostitución, vientres de alquiler… Son conversaciones difíciles, que reflejan que el movimiento está vivo. Pero también que nos cuesta encontrar un frente común cuando la ofensiva de la ultraderecha arremete contra todas.

Frente al feminismo que busca un asiento en las mesas del poder —que también es legítimo—, hay otro feminismo que nace de abajo: el de los sindicatos, el de las ollas populares, el de las mujeres campesinas que defienden el territorio mientras crían a sus hij@s. Ese feminismo entiende que ser mujer, ser pobre y ser migrante no se pueden separar. Que la opresión tiene muchas caras y todas duelen.

Lo pequeño también es político: Resistencias que inspiran

Si algo hemos aprendido de las compañeras de Kibera (el enorme barrio popular de Nairobi, en Kenia) o de las activistas de Minneapolis, es que ninguna acción colectiva es demasiado pequeña. El feminismo popular es el principal muro de contención, frente a un sistema que amasa la riqueza en el 1%, mientras al 99% nos quitan derechos.

Lo vemos en acciones concretas:

Las mujeres que interrumpen etapas de la vuelta ciclista para denunciar lo que está pasando en Gaza.

Las empleadas de hogar que se atreven a denunciar a sus empleadores por explotación, rompiendo el silencio que las ha mantenido invisibles durante décadas.

Todas ellas, desde sitios muy distintos, tejen la misma red. Porque el acoso en un grupo de WhatsApp, el desalojo en un barrio y el bombardeo de una escuela en una guerra son hilos de la misma trama: la de quienes deciden qué vidas importan y qué vidas no.

Porque un feminismo que no hable de salarios, de precariedad, de convenios o de la brecha de pensiones se olvida de dónde venimos. Y nosotras venimos de la fábrica, del mostrador y de la cocina comunitaria. Venimos de la convicción de que la emancipación de las mujeres pasa también por la emancipación de la clase trabajadora, y de que mientras haya una compañera cobrando menos por ser mujer, la lucha sigue siendo nuestra.

Pero la respuesta no puede ser solo punitiva. Hace falta algo más de fondo: una contra-pedagogía del poder. Enseñar, desde pequeñitos, que la libertad no es el derecho a oprimir al otr@, sino la capacidad de convivir. La educación en valores no es un extra, algo que se hace si sobra tiempo. Es la base de todo. Cuando los gobiernos recortan programas de igualdad y solo piensan en medidas punitivas, están renunciando a evitar el sufrimiento antes de que ocurra.

Como activista y profesora, trato de tejer memoria para que mis estudiantes sepan que los derechos que tenemos no han caído del cielo. Que su bienestar depende de que la lucha continúe. Que entiendan, como dice Segato, que el cuerpo de las mujeres sigue siendo ese papel donde el poder escribe su mensaje. Ahora con algoritmos, pero el mensaje es el mismo.

8M: El ruido que no para

Hace unos años, las huelgas feministas de 2018 y 2019 nos hicieron creer que ya nada podría pararnos. La realidad de 2026 es más compleja: la ultraderecha crece, las violencias se vuelven más sofisticadas, y el «se va a acabar el feminismo» de algunos no es una broma, es una amenaza real. Pero el 8 de marzo no es una celebración. Nunca lo ha sido. Es un altavoz, una trinchera, una manera de decir: «seguimos aquí».

Como aquel lema de 2018: «Si nosotras paramos, se para el mundo». Pues bien: aunque el mundo no se pare del todo, nuestro ruido lo hace temblar. Las cacerolas, los gritos, las pancartas: todo eso es el sonido de que no nos resignamos.

No tenemos un plan perfecto para frenar el avance del fascismo y la «pedagogía de la crueldad». Pero tenemos algo mejor: organización. Tenemos la capacidad de hacer ruido. Un ruido que señala al agresor, que interrumpe los negocios de quienes ganan con nuestro dolor, que conecta lo que pasa en nuestra calle con lo que pasa al otro lado del océano.

Este 8 de marzo, salgamos a las calles, que el escándalo de nuestra dignidad sea más fuerte que el silencio que nos quieren imponer. Porque el feminismo no pide permiso para existir: existe, resiste, y vuelve a empezar cada mañana. En cada conversación, en cada denuncia, en cada negativa a callarse.

Y en esa resistencia cotidiana —en esa terquedad de seguir tejiendo redes donde otros siembran muros— se juega la posibilidad de un futuro donde la vida, y no el mercado, sea lo que de verdad importe.

Mujeres nuestra mayor rebeldía es seguir juntas; nuestra mayor victoria es que no volverán a callarnos. 

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Feminismo, ese ruido contagioso

Por: Varias Autoras 

En uno de los mayores barrios de la periferia de Nairobi, hay una norma no escrita por la que si una mujer es atacada o está sufriendo una agresión, salen todas a hacer ruido con sus cazuelas.


Cuenta una buena compañera que en algunas zonas de Kibera, uno de los mayores barrios de la periferia de Nairobi, Kenia, hay una norma no escrita por la que si una mujer es atacada o está sufriendo una agresión, salen todas a hacer ruido con sus cazuelas. El objetivo es estigmatizar la violencia dentro de las comunidades y que ese ruido, esa interrupción de la vida cotidiana, ponga el foco en la  lucha contra la violencia de género.

Es probable que mientras Ayuso anunciaba la entrega de la medalla de la Comunidad de Madrid a Donald Trump “por ser faro de libertad del mundo” —Milei, Guaidó o Noboa también la han recibido— en Minneapolis, centenares de activistas se concentraran a 20 grados bajo cero para dar su mejor do de pecho e improvisar un concierto en las puertas de un hotel. Hotel donde los agentes del ICE intentan descansar tras largas jornadas de redadas y detenciones racistas. La narrativa que triangula inmigración, seguridad y delincuencia no es nueva.

La derecha y la ultraderecha llevan décadas construyendo a través de sus medios, y ahora las redes, al “enemigo común”. Un relato de tintes fascistas cargado muchas veces de islamofobia, donde los derechos de las mujeres se instrumentalizan para imponer políticas racistas. Esa es la misma derecha que se expande a nivel mundial en países como Hungría, Italia o Estados Unidos a través un profundo entramado de organizaciones y fundaciones que buscan implantar políticas públicas de control sobre los cuerpos de las mujeres, su idea de familia tradicional y alertar sobre la teoría del reemplazo o el invierno demográfico.

Si algo hemos aprendido las feministas es que nunca hay que menospreciar la potencialidad de ninguna acción colectiva, por muy pequeña que nos parezca

Lejos de Estados Unidos, el pasado verano, impulsadas por esa necesidad de ruido y  probablemente por la rabia y la impotencia de estar viviendo un genocidio en directo, cinco activistas se plantaron en medio del Alt Empordà para intentar parar la vuelta ciclista. El equipo Israel Premier Tech rodaba a sus anchas legitimando así las actuaciones del estado sionista. Y lo que empezó como un pequeño alfiler cayendo al suelo terminó con convocatorias multitudinarias por todo el estado hasta que se consiguió parar varias etapas de la vuelta ciclista.

Si algo hemos aprendido las feministas es que nunca hay que menospreciar la potencialidad de ninguna acción colectiva, por muy pequeña que nos parezca, ya que sabemos el efecto de contagio que puede producir.

El 31 de enero de 2026 el ruido inundó una vez más La Cañada en una multitudinaria marcha para defender su territorio, y su “derecho a tener derechos”  como expresaba la activista y vecina del barrio Houda Akrikrez en el manifiesto leído al final de la movilización.

Cañada, está amenaza de derribo y desalojo. Desde hace más de cinco años viven sin luz debido a un corte de suministro llevado a cabo por Naturgy empresa española que opera en el sector energético de México, Brasil, Argentina, Chile y Panamá, muchos calificados de narcoestados, por Ayuso.

Las feministas llevamos décadas haciendo ruido, denunciando y visibilizando las violencias, señalando a “truhanes y señores” que se creen impunes

Este territorio del sureste de Madrid también está amenazado por el mantra del ladrillo. Madrid se ha convertido en una de las zonas más tensionadas de todo el Estado, donde la emergencia habitacional está expulsando a miles de personas. Las administraciones le han puesto una alfombra roja a los fondos de inversión transnacionales que especulan y se lucran con la vivienda, comprado bloques enteros, pero también con los servicios públicos como la sanidad o la educación. En sanidad, la gestión indirecta en la Comunidad de Madrid merma los recursos de la pública mientras que en educación el trasvase de fondos a la mal llamada concertada se realiza a través de becas o cesión de suelo público. Cañada lleva más de 30 años poniendo el foco en un modelo depredador de ciudad trasnacional que encuentra resistencias entre colectivos antirracistas, feministas, ecologistas y de defensa de los servicios públicos.

Las feministas “somos más, en todas partes”, como afirma el lema de este año de la comisión 8M del movimiento feminista de Madrid. Llevamos décadas haciendo ruido, denunciando y visibilizando las violencias, señalando a “truhanes y señores” que se creen impunes, como en el caso Epstein. El pasado 13 de enero de 2026 dos exempleadas de Julio Iglesias presentaron ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional una denuncia formal por abusos sexuales, agresión, acoso y explotación laboral. Los hechos ocurrieron en 2021 mientras trabajaban en las residencias del artista en República Dominicana y Bahamas.

La denuncia no ha prosperado, de momento, supuestamente por cuestiones de jurisdicción, pero permite  visibilizar la violencia sexual en el ámbito del trabajo de hogar. Miles de compañeras de este sector denuncian desde hace años la desprotección legal, los abusos y agresiones que sufren a diario en lugares invisibles para la sociedad: el interior de los domicilios. Sacar el empleo de hogar a las calles, a los medios de comunicación, a los juzgados, escuchar su ruido, nos obliga a hablar de las relaciones laborales racistas y patriarcales, de la impunidad de los hombres blancos y ricos en todo el mundo y en el caso del Estado español, de la Ley de Extranjería.

No menospreciemos el ruido, por pequeño que parezca. Este año en Kibera, Cañada, Palestina, Minneapolis o República Dominicana, las feministas saldremos a las calles organizadas para gritar contra el genocidio, el racismo, las violencias y sus guerras. Frente al avance del fascismo y la ultraderecha no tenemos un plan maestro, nadie lo tiene, pero sí tenemos claro que la única salida posible es la movilización y la organización, conectar las amenazas y las luchas locales que reverberan de un territorio a otro, tener una mirada internacionalista. Como decían Olga Rodríguez y Nadwa Abu-Ghazaleh recientemente en una charla sobre Palestina: “Hay que volver a confiar en la fuerza que tenemos todas juntas”.


Sobre la autoría de ese artículo, ha sido escrito por Izaskun Aroca, Ruth Caravante, Laura Casielles, Sara Lafuente, Haizea Miguela, Justa Montero, Eva Muñoz, Julia Riesco, Ana Romo y Julia Tabernero, integrantes de Feministas en Acción.


Fuente: https://www.elsaltodiario.com/8marzo/feminismo-ruido-contagioso

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Los pueblos originarios, nuestros maestros y doctores


1.

Hoy nos sentimos todos más o menos perdidos. La situación de nuestra civilización, así nos parece, llegó a su límite. Perdida en las contradicciones que ella misma creó, se da cuenta de que el cuerpo de conocimientos y el arsenal de técnicas que ella misma creó no nos ofrecen ninguna solución para resolver los graves problemas a los que nos enfrentamos. Tenemos que cambiar o, en palabras de Zygmunt Bauman, “vamos a engrosar el cortejo de los que se dirigen hacia su propia sepultura”.

La civilización actual no nos presenta un futuro esperanzador. Como advirtió uno de los últimos grandes naturalistas franceses Théodore Monod en su libro-testamento ¿Y si la aventura humana llega a desaparecer? (París, 2000): “Sería el justo castigo por las agresiones que por siglos hemos infligido a la Tierra”.

Aún así continuamos esperando lo imponderable y lo imprevisible, pues la evolución no es lineal, sino que da saltos en un sentido hacia una mayor complejidad y estructura, pero también en un sentido destructivo. Nuestra esperanza es que el salto sea constructivo.

En momentos como estos, cuando nos encontramos en un callejón sin salida, buscamos inspiración en quienes ofrecen una alternativa posible. Así es cómo se someten a nuestra consideración los pueblos originarios. No son “indios”, pues estos no existen. Lo que existen son pueblos con sus culturas, tradiciones y religiones. Cuando Cabral puso sus pies en nuestras tierras, había cerca de 5 millones de habitantes, agrupados en 1.400 pueblos, que hablaban 1.300 lenguas, la mayor proliferación conocida en la historia. Infelizmente debido a la diezmación, ocurrida a lo largo de más de 500 años, tan solo quedan 180 lenguas, una pérdida aproximada del 85%, un daño irreparable para toda la humanidad.

Los que sobrevivieron, según la ONU, son varios millones en casi todas las partes del mundo. Conservan un tesoro de experiencias, de sabiduría ancestral y de modos de relacionarse con la comunidad de vida (naturaleza) que hace posible que podamos afirmar aquello que los Padres de la Iglesia antigua decían de los pobres: ellos son nuestros maestros y doctores. Efectivamente, ellos son eso y su ancestralidad puede ser nuestro futuro (Ailton Krenak).

Ellos enseñaron a los europeos cómo vivir en los trópicos, empezando por darse un baño al menos una vez al día. Nuestro idioma portugués fue enriquecido con centenares de palabras, especialmente relacionadas con la geografía, como Anhngabaú, Itu, Itaquatiara, Iguaçu, Itaorna, Piracicaba, Jundiaí Itaipava, el lugar donde vivo. O en tantos vocablos, como aipim (manihot, es una planta originaria de Brasil), beiju (mbeyú, una especie de tapioca de almidón de mandioca y queso fresco), cipó (enredadera), cuia (cuya y güira, de la misma raíz, pero también totuma o jícara, que da nombre también a los recipientes hechos con ese fruto), farofa (farofa, harina de mandioca tostada en manteca), girau (se mantiene el término ‘jirau’, que se aplica a una parrilla o estrado en el que guardar alimentos para que se ventilen y sequen), guaraná (guaraná, arbusto trepador y su fruto), jabuticaba (jabuticaba, yabuticaba o guapurú, planta y su fruto originario de América del Sur), jururu (triste, melancólico, desanimado, cabizbajo…), mingau (gachas o papilla, consiste en un alimento cremoso elaborado a base de harina de maíz y leche), paçoca (pazoca, es un dulce hecho a base de cacahuete y azúcar), pirão (pirón, papilla hecha a base de harina de mandioca mezclada con diferentes caldos, de camarón, frijoles, carne…), tapioca (tapioca) y tocaia (emboscada con objeto de cazar o matar) entre otros.

2.

Por encima de todo lo que nos enseñan está una integración sinfónica con la naturaleza. Se sienten parte de la naturaleza y no un extraño dentro de ella. Por eso, en sus mitos los seres humanos y otros seres vivos, como animales, con-viven y se casan entre sí. Intuyeron lo que sabemos por la ciencia empírica, que todos formamos una cadena única y sagrada de vida. Son excelsos ecologistas.

La Amazonia, por ejemplo, no es tierra intocable. A lo largo de miles de años las decenas de naciones originarias que ahí vivieron y aún viven interaccionaron sabiamente con ella. Emplearon casi el 12% de toda la selva amazónica de tierra firme para crear “islas de recursos”. Los yanomami saben aprovechar el 78% de las especies de árboles de sus territorios, lo que es muy considerable si tenemos en cuenta la inmensa biodiversidad de la región, que puede albergan del orden de 1.200 especies en una área del tamaño de un campo de fútbol.

Lección para nosotros: no podemos mantener una relación meramente utilitaria con la naturaleza, que nos haga sentir al margen de ella y dueños de ella. Tenemos que mantener una relación de convivencia, que nos haga sentir parte de ella, cuidándola y preservando su integridad y regeneración. Si no aprendemos esa lección, difícilmente salvaremos nuestros biomas, base de nuestra subsistencia.

Los pueblos originarios revelan una actitud de respeto y veneración por todo lo que existe y vive, que consideran cargado de mensajes que saben descifrar. El árbol no es solo un árbol. Posee brazos, que son sus ramas, que a su vez tienen miles de lenguas, que son sus hojas, y conecta la Tierra con el Cielo, que une al ascender desde las raíces hasta la copa. Cuando bailan y toman los bebedizos rituales, hacen una experiencia de encuentro con el mundo del Espíritu, de los ancianos y de los sabios que están vivos y en el otro lado de la vida.

Para ellos lo invisible es parte de lo visible. Es una lección que debemos aprender de ellos, pues vivimos una radical cosificación de la naturaleza, que nos hace sordos e invidentes para entender los mensajes que nos transmite. Para nuestra cultura las cosas son solo cosas y no símbolos de una energía de fondo, poderosa y amorosa que todo penetra y sostiene. Nosotros, hijos de la racionalidad, damos poco valor a otros saberes que vienen del corazón y de nuestros sentimientos más profundos.

Su sabiduría se tejió a través de una delicada sintonía con el universo y de la escucha atenta del latido de la Tierra. Saben mejor que nosotros casar cielo y tierra, integrar vida y muerte, compatibilizar trabajo y diversión, confraternizar al ser humano con la naturaleza. En ese sentido, poseen una civilización muy avanzada, aunque sean tecnológicamente primitivos.

Esa sabiduría precisa ser rescatada por nuestra civilización dominante, fundada en la voluntad de poder y de dominio. Sin esa comunión sapiencial con el lenguaje de la Tierra, quedaremos rehenes de nuestra voluntad de dominio de la naturaleza y del crecimiento infinito, en un planeta notoriamente finito. Al perseverar en ese intento estaremos cavando el abismo en el que nos precipitaremos todos.

Uno de nuestros mayores deseos es la vida en libertad. Pues esa libertad es vivida en plenitud por los pueblos originarios. Abunda con el testimonio de dos hermanos que los conocieron en profundidad, Orlando y Cláudio Villas Buenas: “El indio es totalmente libre, sin tener que responder por esa libertad ante nadie. Si una persona diese un grito en el centro de São Paulo, un coche de policía podría llevarla presa. Si un indio diese un tremendo bramido en medio de la aldea, nadie mirará para él, ni iría a preguntarle por qué gritó. El indio es un hombre libre” (Xingu, os indígenas e seus mitos, 1970, p. 48).

Los caciques nunca tienen poder de mando sobre los demás. Su función es de ánimo, de articulación de las cosas comunes y de relación para con otros pueblos originarios, considerados parientes, y respetando siempre la libertad individual.

Como se desprende de lo anterior, podemos reafirmar lo siguiente: los pueblos originarios deben ser revisitados. Pueden ser nuestros maestros y doctores, quienes nos den sabias lecciones que podrían sugerir otro rumbo para nuestra agónica civilización.

Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y escritor.

Fuente: https://aterraeredonda.com.br/os-povos-originarios-nossos-mestres-e-doutores/

Traducido del portugués para Rebelión por Alfredo Iglesias Diéguez

En este artículo el autor sostiene que los pueblos originarios guardan la memoria viva de un futuro posible: vivir sin dominar la Tierra.

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Economía: El crimen organizado y el sitiamiento psico-cognitivo-territorial como encubrimiento de las estructuras de poder

El crimen organizado y el sitiamiento psico-cognitivo-territorial como encubrimiento de las estructuras de poder

Isaac Enríquez Pérez

El crimen organizado no es una anomalía del capitalismo ni una distorsión o una desviación del orden social. Es parte consustancial de ambos, los estimula y los reproduce en sus fundamentos.

Por un lado, la violencia criminal no es ajena a los procesos de acumulación de capital; los lubrica y los provee de vastas ganancias de procedencia ilícita. Por otro, con la violencia criminal se instaura un orden social fundado en el miedo, el control de territorios y poblaciones y en el sitiamiento de la conciencia a través de narrativas reduccionistas donde se asume que los criminales son patologías ajenas al sistema y que lo corrompen e, incluso, lo someten. Sin esa violencia criminal no existiría razón de ser, ni legitimidad alguna para los aparatos coercitivos y militares de no pocos estados.

El crimen organizado es la manifestación más incisiva y letal de un patrón de acumulación rentista, extractivista y depredador, fundamentado en la desigualdad y la pauperización social. El crimen organizado es la estructura paramilitar del capitalismo para ocupar territorios dotados de recursos naturales y despojar a comunidades. Es parte de la cadena de valor transnacional que vincula la ilegalidad con las redes financieras globales. Su estructura organizacional es sofisticadamente diversificada y con cadenas de mando precisas y centralizadas en sus decisiones estratégicas. No solo es la producción, trasiego y comercialización de drogas, sino que la criminalidad extiende sus brazos a metales preciosos como el oro y la plata, a la extorsión, al tráfico sexual, a los hidrocarburos, al secuestro, a las maderas preciosas, a la piratería audiovisual y de ropa, y a un sinfín de giros, que en conjunto no operan por fuera del sistema económico, sino que son parte del mismo engranaje que lubrica a la economía mundial y, principalmente, a los bancos, los mercados de valores, las criptomonedas, los servicios turísticos, al sector inmobiliario, entre otras actividades.

Quienes son señalados como criminales –el estereotipo del narcotraficante, por ejemplo– por los gobiernos o los mass media solo son la cara visible de una compleja estructura de poder, dominación y riqueza que les usa como chivos expiatorios funcionales para encubrir a sus verdaderos beneficiarios. Son los capataces del cortijo, que operan las facetas operativas y logísticas de la criminalidad a escala local y/o regional. Sin embargo, el know how, el conocimiento especializado y profesional, proviene de otras ramas de esa sofisticada división técnica del trabajo criminal: banqueros, agentes financieros, despachos jurídicos, notariales y contables, desertores de las fuerzas armadas, empresas privadas dedicadas al armamento, facciones de los aparatos coercitivos y securitarios de no pocos Estados, entre otros. Las propias estrategias oficiales de “lucha contra las drogas” alimentan ese know how y esa capacidad cognitiva volcada a la economía criminal y clandestina.

El control territorial y de las poblaciones solo es posible a través de la violencia rentabilizada y mercantilizada que opera a partir de la acumulación por despojo y destierro. Se trata de un sitiamiento psico/cognitivo/territorial que se extiende a recursos naturales, fuerza de trabajo, vías de comunicación, e instituciones raptadas desde adentro. Los mecanismos de control comienzan por la mente de los individuos y se afianzan con una narrativa que estigmatiza y estereotipa a las organizaciones criminales como una anomalía ajena al sistema económico y político. Se construyen significaciones para normalizar al mundo criminal y a sus líderes locales o regionales; en tanto que la misma desigualdad y pobreza perfila a los ejércitos de sicarios, mercenarios y demás operadores de la logística criminal. Cuando ese control se extiende por el territorio, el poder criminal no solo copa los espacios públicos, sino también los imaginarios sociales y los simbolismos vinculados a ese territorio, en el cual también se disputan esas significaciones y se proyectan los mensajes enviados desde las prácticas de violencia. De ahí el poder político del crimen organizado que, en última instancia, radica en el gobierno de las mentes a través de la sensación de miedo y muerte.

Cuando el mensaje se estructura a través de coches-bomba, vehículos y establecimientos comerciales incendiados, obstrucción o bloqueo de caminos, o ejecuciones sumarias, se agotó toda posibilidad de civilización dada por las instituciones formales. No es que el Estado sea fallido o se encuentre rebasado por la criminalidad, sino que está capturado desde adentro, y quienes lo capturan son quienes, en realidad, controlan la estructura criminal y la rentabilidad de sus actividades ilícitas. Es el orden del caos: la violencia criminal en última instancia es controlada y dirigida (https://shre.ink/AoPf). Es parte de un andamiaje de poder y de un modelo económico rentista y desigual.

Las organizaciones criminales, a su vez, generan mecanismos de legitimidad y arraigo en las comunidades pauperizadas. En tanto organizaciones paramilitares se les consiente la configuración de una para-institucionalidad auspiciada por la ausencia premeditada del Estado. Es un brazo armado que lo mismo reprime resistencias sociales, que destronca la cohesión social en las comunidades y la autogestión de éstas para con los recursos naturales. Son, a su vez, franquicias de empresas privadas interesadas en esos recursos naturales como el litio, el oro, la plata, el gas natural, los recursos hídricos; así como en el control de rutas comerciales y en una configuración del territorio de acuerdo a los circuitos ilegales transnacionales. Mientras la narrativa enfatice en una dinámica de “policías y ladrones”, las significaciones y la semiótica del poder encubrirá esos y otros intereses creados vinculados a la producción y tráfico de armas y al blanqueo de recursos de procedencia ilícita.

La necroeconomía es parte consustancial de la geopolítica y geoeconomía del capital. Sin el ingrediente de la muerte y de la violencia criminal no es posible configurar y perpetuar constelaciones globales de poder. Solo que en la división internacional del trabajo criminal son sociedades subdesarrolladas como México y Colombia las que aportan la sangre y los cuerpos desaparecidos –principalmente de jóvenes– mientras el norte del mundo se erige en un pozo sin fondo del consumismo de insumos, bienes y servicios ilícitos. Se trata de un proceso de criminalización de la pobreza como parte del sustento de ese sofisticado andamiaje global de acumulación de capital.

Lo que subyace detrás del crimen organizado es la creciente conflictividad y desigualdad social de las sociedades contemporáneas. Sintetiza las contradicciones profundas de un capitalismo expoliador y fundamentado en la violencia. El crimen organizado es la expresión más acabada de la lógica desbocada y destructiva del mercado, de la mercantilización extrema de la vida social, y de su desmedido afán de lucro y ganancia que desestructura el sentido de comunidad. La simbólica y los rituales propios del crimen organizado remiten a la teología del individualismo hedonista. Si no se exalta al individuo y sus afanes y pulsiones más profundas, no existiría margen de legitimidad. Figuras de capos como Pablo Escobar Gaviria y Joaquín Guzmán Loera son una representación de esa exaltación del individualismo digna de imitar para no pocos. Se trata de mitos y rituales vinculados a la violencia criminal, cuya vitalidad de esta narrativa radica en socavar la acción colectiva, la cohesión social e, incluso, la seguridad emocional de los ciudadanos. En última instancia, esos mitos fundantes de la violencia criminal funcionan como cortinas de humo de las profundas estructuras de poder. Son alfiles desechables, y otros surgirán para reemplazarlos en sus capacidades logísticas.

La disputa, entonces, es en el terreno de las significaciones. Si estas no son subvertidas con la palabra y el análisis riguroso, las estructuras de poder tenderán a perpetuarse, ataviadas por ese sitiamiento psico/cognitivo/territorial y por esa exaltación del individualismo. El pensamiento crítico podría ofrecer brújula a esa labor descomunal obstruida por el poder de los mass media y de las redes sociodigitales.

Isaac Enríquez Pérez. Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor y autor del libro “La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos”. Twitter: @isaacepunam

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Fuente de la Información: https://rebelion.org/el-crimen-organizado-y-el-sitiamiento-psico-cognitivo-territorial-como-encubrimiento-de-las-estructuras-de-poder/

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