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Libro (PDF): Temas y problemas en antropología social

Reseña: CLACSO

El presente texto tiene que ver con el programa de la materia Antropología Cultural y Social dictada en la Facultad de Psicología de nuestra Universidad de La Plata. Sus diversos capítulos cubren varios temas del curso y fueron antecedidos por otros textos temáticos menos formalizados, editados anteriormente por la Cátedra. Nos ha parecido siempre importante adaptar los conocimientos de la Antropología en el marco de las Ciencias Sociales y de la Antropología Social en particular -que constituyen el eje de la materia- con la intención de conformar un eje didáctico de materiales que sean de fácil comprensión y permitan una lectura ulterior de mayor profundidad y continuidad, según el avance en la construcción de los conocimientos por parte de alumnos. Esto es importante por cuanto la disciplina constituye, de acuerdo al nuevo perfil del Plan de Estudios, uno de los cuatro pilares de conocimiento básico de la Psicología.

 

 

Autor/a:                               Salva, María Cristina –   Ringuelet, Roberto –  Attademo, Silvia –   Archenti, Adriana –   Ringuelet, Roberto – Compilador/a o Editor/a  Weingast, Diana –
Editorial/Editor: Edulp
Año de publicación:  2013 
País (es): Argentina
Idioma: Español
ISBN :  978-950-34-1035-6
Descarga:   Temas y problemas en antropología social
Fuente e imagen:

 

http://biblioteca.clacso.edu.ar/
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Durante la epidemia el hogar será escuela substituta.

Por: Gilberto Guevara Niebla

El mundo enfrenta un desafío sin paralelo. La epidemia del COVID-19 se extiende por todos los continentes con velocidad sorprendente y pasará mucho tiempo —al menos un año, se dice— para que la ciencia logre producir una, o, en su caso, varias, vacunas que hagan posible enfrentarla con eficacia.

Las escuelas ofrecen alto riesgo de contagio. Sabemos que en ellas se congregan a millones de estudiantes (sólo en educación básica hablamos de 25 millones de alumnos) y por ello se teme que propicien la transmisión del virus. Dada esta circunstancia parece prudente la decisión de las autoridades educativas de adelantar las vacaciones y extenderlas a 30 días en los niveles básico y medio superior. Aunque tal vez será necesario en el futuro que esta suspensión se extienda aún más.

El hecho de que los alumnos dejen de ir a la escuela no debería ser obstáculo para que en sus casas continúen estudiando y trabajando con los libros de texto y con los recursos digitales que están accesibles a quienes cuentan con computadora e internet. La SEP, las secretarías de educación de los estados, los supervisores y directores de escuela, deberían acompañar la emergencia proporcionando a los padres de familia y a los estudiantes recomendaciones y orientaciones para el trabajo de los alumnos en sus hogares.

Esta pausa sin escuela puede ser aprovechada por niños y adolescentes en la lectura de buenos libros o realizando pequeñas investigaciones con la ayuda de internet.

La epidemia es una tragedia dolorosa y triste, pero debemos sacar de ella las lecciones de moral correspondientes. Brinda la oportunidad para pensar sobre sus dimensiones científicas, pero igualmente sobre sus connotaciones éticas. Nos invita a reflexionar sobre la vida y el dolor humano, a tomar distancia con nuestro ego y pensar empáticamente en los otros, a ponderar valores como la compasión, la generosidad y la solidaridad.

También el coronavirus ofrece una oportunidad para desarrollo del pensamiento crítico. Analizar el origen de esta pandemia es tema de crucial importancia y se vincula a las relaciones del hombre con la naturaleza. ¿Qué es un virus? ¿Qué características peculiares han hecho del COVID-19 un virus con tanto potencial dañino? ¿Qué papel juegan las mutaciones en el desarrollo de ese poder destructivo? Etc.

Padres y madres de familia están obligados a asumir un papel educativo y explicar a sus hijos lo que está sucediendo con esta pandemia. Una buena información es básica para combatir los miedos irracionales, los mitos, los prejuicios y las versiones falsas que se difunden extensamente en las redes sociales. Los padres, asimismo, deberán dar instrucciones precisas a sus hijos pequeños sobre las reglas de higiene que deben seguir durante el tiempo que dure esta calamidad.

El desastre del coronavirus nos intimida a todos. El desconcierto es mayor dado el conocimiento todavía limitado que tenemos sobre el virus y las formas concretas con las cuales se produce el contagio. Esta ignorancia parcial produce en nosotros miedo y desconcierto, pero yo los invito a enfrentar la adversidad con optimismo y con esperanza; tal vez esta tragedia redunde en una mayor expresión de humanismo, de autoaprendizaje y de solidaridad con los que sufren.


Artículo publicado en La Crónica de Hoy.

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La tortura y asesinato de una niña de siete años disparan la ira en México por la violencia de género

América/México/Autor: Elena Reina/Fuente: elpais.com

 

El brutal asesinato de una niña de siete años en un barrio del sur de la capital mexicana obliga al Gobierno de México a tomar medidas urgentes sobre la violencia que vive el país. Después de seis días desaparecida, este fin de semana, el cadáver de Fátima Cecilia Aldriguett Antón fue hallado en bolsas de basura y con señales de haber sido torturada. Este caso se ha convertido en el último símbolo de indignación de un país que cada día rompe los récords de la tragedia. En México mueren asesinadas 10 mujeres al día y, en total, hay más de 90 homicidios en 24 horas. El presidente López Obrador ha achacado este lunes lo sucedido a la moral individualista y al pensamiento conservador. Una respuesta que ha irritado todavía más a un país que vive una situación extrema.

La última vez que se vio a la niña con vida salía del colegio. El 11 de febrero, su familia puso una denuncia por desaparición. Y menos de una semana después, el país observa lo que ya había leído o visto en las noticias antes: el cadáver de la menor, torturado, desnudo y tirado en la calle. El caso de Fátima no es el único en estos años en los que los feminicidios se han multiplicado: en 2018 murieron asesinadas 3.752 mujeres, según los últimos datos oficiales, y 1.463 menores de edad, según las cifras de la Red por los Derechos de la Infancia (REDIM). «A Fátima no la mató el neoliberalismo», responden muchos usuarios de Twitter a López Obrador.

Según la investigación de la Fiscalía, una mujer que todavía no han identificado recogió a la niña de la escuela el 11 de febrero antes de que llegara alguien de su familia. Su madre fue a recogerla más tarde, pero ya no la encontró. En un vídeo de las cámaras de seguridad de la calle que han mostrado las autoridades se observa a la señora de la mano de la pequeña por el municipio de Xochimilco, en el sur de la capital. La jefa de la Fiscalía local, Ernestina Godoy, ha informado este lunes de que esta mujer es la principal sospechosa del crimen de Fátima, aunque todavía no han dado con su paradero. La institución ha anunciado este lunes una recompensa de dos millones de pesos (unos 107.750 dólares, más de 99.400 euros) a quien proporcione información sobre el caso.

En la puerta del Instituto Forense de la capital, poco después del reconocimiento del cadáver, la madre de Fátima, María Magdalena Antón, exigió delante de la jefa de Gobierno de la capital, Claudia Sheinbaum, que se hiciera justicia y acusó a un hombre, Alan Herrera, de haber cometido el crimen. «No conozco a esa señora, pero fue mandada por Alan Herrera», denunció ante las cámaras que la esperaban a la salida de la morgue. Antón alegó que este hombre, de quien las autoridades no han proporcionado más información, ya había agredido a otros familiares. «Hoy fue mi hija, mañana puede ser la de cada uno de ustedes», advirtió la madre.

La semana pasada, otro feminicidio indignaba al país. El de Ingrid Escamilla, de 25 años. Su pareja confesó, en un vídeo brutal filtrado por las autoridades, la saña con la que había acabado con su vida. Las fotos del cuerpo de la joven aparecieron en las páginas de los medios de comunicación locales. Y cientos de mujeres se manifestaban por la dignidad de una víctima más de la violencia machista en una protesta histórica.

Los casos de mujeres asesinadas se agolpan a las puertas de los despachos del Gobierno sin que se hayan anunciado medidas urgentes. Abril Pérez Sagaón fue asesinada el 25 de noviembre después de haber denunciado que su entonces marido, Juan Carlos García, exdirector de Amazon en México, había intentado matarla. El día que había acudido a la capital a seguir con los trámites de la demanda, mientras viajaba en un coche con sus hijos, un hombre le disparó en la cabeza y en el cuello. Sagaón era una de las pocas mujeres que se atrevían a denunciar en este país, solo una de cada nueve. Tres meses después de su asesinato, todavía no hay un detenido.

Las manifestaciones contra la violencia machista también se han multiplicado. Y las respuestas del presidente de México, de momento, han tratado de relacionar la crisis de violencia que asola al país con una campaña para desprestigiar su Gobierno. Este lunes, en su conferencia de prensa matutina, López Obrador enfrentaba el movimiento feminista, según lo que había leído en redes sociales, con su desempeño: «Existe un pensamiento conservador. Feminismo sí, transformación no. O es mejor el feminismo que la transformación. No, es parte de lo mismo. Es ver el árbol y no ver el bosque. Estamos viviendo un momento estelar en la vida pública de nuestro país, se está llevando a cabo un momento estelar. ¿Cuándo se había enfrentado así la corrupción?».

La jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, comentaba este lunes a través de su cuenta de Twitter que es «indignante, aberrante, doloroso que alguien sea capaz de herir a una niña; este crimen no va a quedar impune». Pero en México, al menos ocho de cada 10 delitos no reciben una sentencia condenatoria.

Fuente e imagen: https://elpais.com/sociedad/2020/02/17/actualidad/1581961625_590259.html

 

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Brigitte Baptiste: “No saldremos de la crisis ambiental con pañitos de agua tibia”

Por: Natalia Roldán Rueda.

La bióloga se traslada del Instituto Humboldt a la rectoría de la Universidad EAN, con la esperanza de salvar el planeta desde la raíz: a través del fortalecimiento de la educación ambiental.

Es fácil dejarse hechizar por Brigitte Baptiste. Ocurre de inmediato, con el saludo. Ella sonríe y parece que todo su cuerpo se entregara con amabilidad desbordada a ese momento, a uno, a pesar de que uno es solo un periodista más con las preguntas de siempre. Y su interés por dar todo en esa hora de conversación no es una pose, su generosidad hace parte de su naturaleza, está relacionada con su gentileza y da la impresión de que también se vincula con unas ganas secretas de compartir el conocimiento que ha reunido a lo largo de su vida y que considera que puede ayudar a iluminar, despertar y abrir otras mentes.

Brigitte es, antes que nada, una maestra. Y ha transitado por ámbitos tan variados y diversos que le han dado herramientas valiosas para abordar la enseñanza desde un punto de vista muy humano, que tiene como base la empatía, la creatividad y la necesidad de conexión. Por esta razón, y por todos los años que se ha dedicado a estudiar el medioambiente y la economía, desde septiembre será la nueva rectora de la Universidad EAN.

Después de una década como directora del Instituto Humboldt, decidió asumir este nuevo reto con el impulso de una institución cuyo pilar fundamental es el emprendimiento sostenible y con el interés de fortalecer las educación ambiental en el país, que tiene que ser una prioridad mundial, si queremos superar la crisis climática.

¿Por qué decide  volver a la academia? 
Porque creo que hace falta a hablar con más rigor de ecología y de medioambiente en la formación de la gente. Por la angustia con el tiempo en que vivimos, todo el mundo habla de estos temas y eso ha ido vaciando de contenido y de cuidado el debate. Sobre todo en las discusiones de las redes sociales, pero también en los movimientos políticos en las regiones. Por ejemplo, me preocupa mucho que el país crea que hay una disyuntiva entre petróleo y agua, o entre minería bien hecha y conservación. Eso proviene de la popularización de prejuicios y del oportunismo de ciertos líderes de opinión. Si a un candidato se le pregunta cuáles son  sus causas, y vuelve a hablar del control de la corrupción y el acceso a los servicios públicos, ya no le creemos. En cambio, si habla de la protección de la fauna y de la flora, y de la recuperación de las fuentes de agua, ya tiene los votos asegurados. Pero sus propuestas ambientales son todas idénticas y no las hacen con una perspectiva cuidadosa y operativa.

¿Y por qué llega a la EAN, una institución que uno relaciona con los negocios y el emprendimiento? 
Porque es una universidad que ha manifestado un compromiso con el emprendimiento sostenible, con la búsqueda de soluciones a los problemas que representa la crisis ambiental. Reconoce que no nos podemos quedar en el diagnóstico, en la crónica del desastre, sino que hay que utilizar las herramientas del conocimiento para afrontar los problemas contemporáneos. ¡Eso me encanta! Durante diez años en el instituto estuvimos generando conocimiento, pero el Humboldt no es una entidad que pueda actuar a fondo.

Su hoja de vida está llena de títulos académicos, ¿qué le ha a aportado la educación?
¡Uy! Sin mi acceso a la educación mi capacidad de conectar las diferentes dimensiones de la realidad sería mínima. Esa capacidad de conectar es la que me ha permitido ser creativa, y con esa creatividad ha sido más fácil tener resonancia en ámbitos completamente extraños. Así he modelado mi manera de aproximarme a los problemas, he vencido muchos prejuicios, me he convertido en una interlocutora más amable y más dispuesta a ver la perspectiva de otros. Eso, sumado a ser una persona transgénero, configura un espacio distinto de conocimiento.

¿Qué falencias considera que tiene la educación en Colombia?
¡Todas! Creo que es un sistema demasiado rígido y, por lo mismo, muy poco adaptativo y muy poco sensible a las diferencias regionales, tanto biológicas como culturales. Colombia es un país muy centralista y su modelo educativo está muy basado en una perspectiva nacionalista, integradora y poco sensible a la diversidad. Eso está impidiendo reconocer la naturaleza de la crisis ambiental por la que cruzamos. Todas las regiones parecen resistirse al modelo central, pero con unos mensajes muy simplistas: “no a la agroindustria”, “no a la minería”, “no al desarrollo de infraestructura”. Son eslóganes que no tienen sentido en todas partes. Además, la educación genera mucha frustración, porque es un modelo de promesas que no se cumplen. Te prometen que si estudias vas a tener más oportunidades, vas a vivir mejor, vas a acceder a más empleo y, a menudo, ocurre todo lo contrario: entre más te educas, más dificultades tienes de acceder a todo. Por último, nuestra educación aún no considera que vivimos en Colombia. Eso hace que siempre nos sintamos incómodos en nuestro propio país.

El neurocientífico Rodolfo Llinás siempre ha hablado de la importancia de una educación basada en entender, no en memorizar,  ¿qué opina sobre esto?
Estoy totalmente de acuerdo. La educación siempre debe ser entendida como la formación de espíritu crítico, la formación de proyectos colectivos con una perspectiva intergeneracional. No soy experto en temas de educación, pero en mi experiencia el tema ‘memorístico’ era frustrante. Yo me resistía a estudiar Biología porque tenía la imagen de que la ciencia era un ejercicio de la memoria. Estamos atados a reverenciar la sabiduría de los antiguos en vez de gozarnos el conocimiento como los pueblos indígenas. Tengo una memoria absolutamente inútil, salvo que implique un ejercicio interpretativo, ahí sí me acuerdo de las cosas más absurdas. ¿Por qué? Porque es conocimiento relacional. He compartido esta discusión con muchos académicos, quienes aseguran que los estudiantes llegan a la universidad en unas condiciones realmente deplorables en este sentido. Cada vez los estudiantes son menos capaces de argumentar y tienen toda clase de limitaciones para participar activamente en la construcción de conocimiento. Si pensamos que con esas capacidades vamos a afrontar el cambio climático, estamos fritos. Tenemos que hablar del papel de la educación ambiental. La conciencia ambiental de los jóvenes es evidente, pero una cosa es el compromiso moral que tienen los muchachos y la chicas con estos temas, y otra cosa es que haya mejorado su capacidad crítica para contribuir.  Yo creo que la preocupación por el medio ambiente es bastante retórica y emocional, y eso acaba, por ejemplo, en los animalismos sin fundamento, en recetas que se comparten en redes sociales, pero que no son verdaderas soluciones, o en movimientos sociales indignados que no tienen una perspectiva autónoma de la problemática ambiental. Ahora, hay mucha gente haciendo cosas muy interesantes, pero siempre es la sociedad civil o proyectos muy particulares. Y hay muchas discusiones que no se están dando. Si para construir una sociedad sostenible debemos reconvertirnos en todos los sectores, cómo vamos a pagar la reconversión. Nos quedamos en el comercial que nos dice que cerremos la llave del agua, un consejo que puede detonar discusiones más amplias, pero que requieren un nivel de conciencia y de discusión crítica que no está pasando por las redes, y que no está pasando por los medios. Si la crisis ambiental se profundiza, no vamos a lograr salir adelante con pañitos de agua tibia.

Necesitamos medidas estatales… 
Necesitamos un Ministerio de Agricultura que se comprometa con la producción sostenible de alimentos y con una economía agraria sostenible, de eso no hay indicios… Eso no quiere decir que no haya gente trabajando en sostenibilidad, pero necesitamos un sector completo con un ánimo de modernidad. ¿Y cómo lo vamos a lograr? ¿Con qué recursos? ¿Con qué capacidades humanas estamos formando a los jóvenes para hacerlo? Necesitamos llegar a políticas estatales, necesitamos políticas educativas… Venimos hablando de sostenibilidad desde hace 35 años y cada vez pierde más sentido la palabra y se fortalecen los estereotipos de lo que significa ser ambientalista, como vestir al perrito o discutir si el oso Chucho estaba encarcelado o no.

¿Cómo va la investigación en el país?    
Indudablemente, ha mejorado muchísimo y hemos formado miles de investigadores en estos últimos veinte años. Se ha organizado mejor la investigación en las universidades, hay cada vez más laboratorios… Colombia se ha convertido en una potencia en construcción de conocimiento y eso es chévere. La paradoja es que ha crecido dentro de un ambiente muy hostil a la innovación. Esto tiene mucho que ver con la miopía del modelo de desarrollo, que siempre privilegia al corto plazo, no la sostenibilidad. Yo creo que la frustración de la academia colombiana es el poco uso del conocimiento que se produce, pero también hay una complicidad perversa de sectores de la academia que están muy tranquilos, construyendo conocimiento inútil, que requieren un sacudoncito para que se comprometan un poco más en la construcción de discursos críticos. ¡Es que la universidad está muy callada!

Llinás también ha dicho que cuando le daban un juguete lo primero que hacía era desbaratarlo, para entender cómo funcionaba. ¿Cuál es la importancia de experimentar?
La experimentación es fundamental en la construcción de sostenibilidad. Los seres humanos somos constructores de cultura y la experimentación es la condición natural de la experiencia humana. Por eso no comparto la perspectiva conservadora de algunos movimientos ambientales que dicen no a la tecnología o a ciertas innovaciones. No soy una optimista tecnológica, en el sentido de que crea que la tecnología nos salvará, pero sí creo que la respuesta está en la combinación de la innovación social, la innovación tecnológica y la innovación  económica. Hay personas que experimentan en su casa… ¡Yo hago experimentos todo el día para reducir mi huella ecológica! La ciudad de Medellín lleva unos buenos lustros experimentando esquemas de biodiversidad humana y tiene ahora áreas protegidas urbanas, un experimento urgente para encontrar soluciones a la contaminación del aire, a las enfermedades mentales de la gente o a la violencia callejera. Pero hay que aprender a documentar y hay que garantizar que los experimentos están bien hechos y son replicables. Hoy en día, la gente ha olvidado cómo se construye conocimiento robusto y comprobado. De ahí que haya tantas noticias falsas y esa debilidad para contrarrestar muchos prejuicios que se remontan a ideas de la edad media, como decir “El poder de la Luna te sanará”. No somos muy racionales, estamos llenos de supersticiones, y la mayoría son inocuas. Como decir: “Podemos curarnos del cáncer con un cambio de dieta”. ¡No! Uno no se cura de un cáncer con un cambio de dieta. Apenas la gente lea esto, 200 personas van a escribir a la revista diciendo: “Yo sí me curé con jugo de gulupa en ayunas”. Pero, ¿dónde está la evidencia? Lo que quiero decir es que tenemos problemas epistemológicos, no sabemos interpretar las estadísticas. En una columna,  el profesor Armando Montenegro llamaba la atención sobre la ignorancia matemática básica: a todos nos enseñaron aritmética, matemáticas, geometría y cálculo, pero no somos capaces de interpretar un promedio.

Ha dicho que en las ciudades nos desconectamos de lo que nos rodea y que es necesario reconectarnos  si queremos cambiar el planeta. ¿Cómo lo logramos?
Primero tenemos que preguntarnos en qué mundo estamos. No es lo mismo estar en Bogotá que en Lima. Son las cualidades de un lugar las que nos permiten aprovecharlo al máximo. Eso es clave entenderlo para tomar decisiones sobre el arbolado bogotano o  el destino de la Van Der Hammen. ¿Vamos a seguir consumiendo un urbanismo genérico? ¿O vamos a experimentar con nuestras condiciones biológicas, climáticas y geológicas? Siempre tratamos de  implantar cosas maravillosas que vimos afuera, y eso lo único que hace es expandir una homogenización y una globalización que simplifican todo.

Fuente de la entrevista: https://www.elespectador.com/cromos/estilo-de-vida/brigitte-baptiste-no-saldremos-de-la-crisis-ambiental-con-panitos-de-agua-tibia-articulo-878644

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La ciencia busca diferencias entre sexos y se topa con los prejuicios

Redacción: Noticias de la Ciencia

“Una vez asistí a un congreso sobre feministas en biología”, cuenta el biólogo evolutivo británico John Maynard Smith a su colega Richard Dawkins. “Eran gente amable, no me agredieron”. La conversación tiene lugar a mediados de la década de 1990. Maynard Smith, de unos 76 años entonces, admite coincidir con dos de las principales ideas feministas en ese encuentro: que “algo debe hacerse” contra la discriminación de las científicas; y que, si entre los estudiosos del comportamiento animal hubiera habido más mujeres, “habrían visto cosas distintas”.

Ha pasado un cuarto de siglo y los sesgos siguen centrando el debate en torno a si hay o no diferencias en el comportamiento entre sexos –diferencias además de la gestación, parto y lactancia–. La brecha entre quienes niegan grandes variaciones cerebrales y quienes, en cambio, las consideran demostradas, sigue hoy día más abierta que nunca, y para muchos la causa está en los profundos prejuicios que lastran el área.

La discusión es acalorada y no solo entre el público, sino entre científicos con el máximo pedigrí. La última muestra se vio hace unas semanas, en las reacciones a la publicación del libro de Gina Rippon. Esta experta en neuroimagen cognitiva de la Universidad de Aston (Reino Unido) afirma que se han buscado diferencias “vigorosamente a lo largo de los años con todas las técnicas al alcance de la ciencia”, sin que nada de lo hallado pueda ser extrapolado al comportamiento ni servir de base a las históricas y actuales desigualdades sociales entre sexos.

Rippon se suma así a una reciente oleada de autoras, como Cordelia Fine, psicóloga y catedrática de historia de la ciencia en la Universidad de Melbourne (Australia) y madre del término neurosexismo, y la periodista Ángela Saini, que denuncian que los prejuicios sobre las diferencias entre hombres y mujeres condicionan estudios que acaban mostrando solo lo que se quiere ver.

Como resultado se genera “neurobasura” –dice Rippon– que refuerza estereotipos que ya se han demostrado falsos, como que ellos destacan en matemáticas y ellas en comunicación verbal, o que ellos son más promiscuos y tienen más tendencia al liderazgo.

Para los autores de esos estudios el sesgo está en negar las evidencias que ellos aportan. Larry Cahill, neurocientífico de la Universidad de California (EE UU), afirmaba en 2015 en la prestigiosa revista Neuron: “La cuestión de la influencia del sexo en el cerebro se está moviendo rápidamente hacia el primer plano, impulsada por los abundantes resultados que demuestran que el sexo del individuo altera, e incluso revierte, los hallazgos de la neurociencia”.

Para Cahill está más que demostrado que el sexo de la persona influye marcadamente en la función cerebral. También para Simon Baron-Cohen (Universidad de Cambridge) y Ruben Gur (Universidad de Pensilvania), que aseguran poder demostrar que los hombres son “sistematizadores” y las mujeres “empáticas” (Baron-Cohen); y que las conexiones cerebrales en ambos sexos son distintas para garantizar su “complementariedad” (Gur).

Las réplicas y contrarréplicas que generan en las propias revistas científicas los trabajos de estos investigadores, y los de quienes restan peso a las diferencias, son de una fiereza inusual. En una publicación, Cahill, sintiéndose llamado neurosexista, se refiere a Fine, Rippon y otras investigadoras como “mujeres académicas”, sin más; en otra, Baron-Cohen critica el “determinismo social extremo” de Fine, basado “más en la política que en la ciencia”.

No ayuda a la calma, probablemente, que el estudio de las bases biológicas del comportamiento humano –desde la neurociencia u otros ámbitos, como la biología evolutiva– haya servido de base históricamente a injusticias contra las mujeres e incluso, ya en el siglo XXI, para explicar la violencia sexual en términos que fácilmente pueden interpretarse como una justificación.

El biólogo evolutivo Randy Thornhill postuló en su Historia Natural de la Violación (2000, The MIT Press) que todos los hombres, por una mera cuestión evolutiva, sienten la pulsión de violar –esta teoría, decía Thornhill, ayudaba a las mujeres a decidir cómo vestirse, pues las hacía conscientes de que “su blusa ajustada puede ser interpretada como una invitación al sexo”–.

Pero incluso admitiendo que la historia del área encienda los ánimos, ¿por qué ni una mejor tecnología, ni más datos, ni el sistema de peer review zanjan la polémica sobre las diferencias entre sexos?

Sucede que el sexo “es especial”, afirma Melissa Hines, psicóloga experta en neuroendocrinología de la Universidad de Cambridge y autora de Brain Gender, publicado en 2005 y obra de referencia indiscutida para ambos bandos. “Los individuos tienen sus propias perspectivas y opiniones sobre las diferencias de sexos, estén o no estudiándolas científicamente. Esto no suele ocurrir en física nuclear o en lingüística”.

“Todo el mundo está interesado en las diferencias entre sexos y tiene prejuicios cognitivos al respecto que, aunque inconscientes, ejercen una influencia poderosa sobre la percepción”, dice Hines. Ella no habla de neurosexismo, pero coincide en que se tiende a “sobreenfatizar los hallazgos de la neurociencia excluyendo los factores sociales”.

 

La brecha entre quienes niegan grandes variaciones cerebrales entre sexos y quienes, en cambio, las consideran demostradas, sigue hoy día más abierta que nunca. (Ilustración: Wearbeard / SINC)

 

Denunciar sesgos en el área no es nuevo ni exclusivo de la neurociencia. En aquel encuentro sobre feminismo y evolución de mediados de los años 90 con el que comienza este reportaje hubo abundantes ejemplos de comportamiento animal que contradecían uno de los paradigmas más sólidos de la biología evolutiva.

Las hembras generan menos óvulos (muy grandes) que los machos espermatozoides (muy pequeños). La reproducción es más costosa para ellas que para ellos. Según las ideas aceptadas, eso hace que ellos sean promiscuos y compitan entre sí para acceder a las hembras, mientras ellas, que se juegan más, son selectivas y monógamas.

Sin embargo, los muchos ejemplos discordantes en la naturaleza estaban a la vista –señalaron las ponentes en el congreso feminista– y habían sido básicamente ignorados.

El propio Maynard-Smith reconoció entonces –según la crónica del New York Times– sentirse “molesto” consigo mismo porque “simplemente nunca se me había ocurrido” dudar del saber establecido.

La organizadora de ese encuentro, la bióloga evolutiva Patricia Adair Gowaty, de la Universidad de California en Los Ángeles, sí cuestionó el paradigma, y en 2012 halló –y publicó en PNAS– que el principal experimento en que se sustenta, un estudio con moscas de la fruta realizado en 1948 por el británico Angus Bateman, era irreproducible.

Tenía graves fallos de diseño que invalidaban los resultados, “y a día de hoy me persigue la pregunta de cómo nadie los vio antes, por qué pasó tanto tiempo antes de que alguien intentara replicar exactamente el experimento, dado su impacto”, dice Gowaty a Sinc.

El Times recogió en 1994 esta cita suya: “Decir ‘bióloga evolutiva feminista’ tiene connotaciones peyorativas; se podría pensar que hago ciencia por política, en lugar de por la ciencia misma. Yo creo que ser consciente de mis sesgos me hace mejor científica”.

“Decir ‘bióloga evolutiva feminista’ tiene connotaciones peyorativas; se podría pensar que hago ciencia por política, en lugar de por la ciencia misma”, dijo Gotawy

Hoy dice Gowaty: “Muchas cosas han cambiado desde ese encuentro, pero algunas parece que no cambian nunca”. Alude a la fuerte reacción que provocó su demostración de que Bateman basó sus conclusiones en datos erróneos, un caso claro, en su opinión, de “tenacidad de la teoría”, esto es, de “adhesión persistente a una teoría a pesar de las evidencias contrarias”.

También de esencialismo biológico, “la idea de que hay diferencias determinantes, necesarias, intrínsecas, fundamentales entre entidades, como machos y hembras”.

El esencialismo funciona como “un potente y a menudo inconsciente marco conceptual para los biólogos evolucionistas”, dice Gowaty, una “trampa filosófica que impide pensar en hipótesis alternativas” e incita a diseñar experimentos que confirmen las propias creencias, el llamado sesgo de confirmación. Esta forma de hacer ciencia “viola el método hipotético deductivo (…)”.

Lo cierto es que en la publicación seminal de Bateman (Heredity, 1948) se explicita como objetivo el explicar “por qué es una ley general que el macho está ansioso por cualquier hembra, sin discriminación, mientras que la hembra escoge al macho”.

También en la investigación de las diferencias psicológicas entre sexos se han abordado los sesgos. Una obra de 1974, The Psychology of Sex Differences, ya señala “muchos problemas que persisten hoy”, escribe Hines. Como la “tendencia a publicar estudios que encuentran diferencias, pero no trabajos similares que no las muestran”; las “distorsiones de la percepción” –ignorar evidencias contrarias al estereotipo–; u obviar que el contexto influye en el resultado –niños y niñas pueden mostrar diferencias en una situación y no en otra–.

Hines insiste en un concepto a menudo ignorado en los mensajes al público: “La mayoría de diferencias comportamentales entre sexos son de grado, no de naturaleza”.

Salvo la identidad de género y la orientación sexual –la mayoría de las mujeres se sienten atraídas por hombres y una mayoría de los hombres por mujeres–, en los demás rasgos la diferencia es mucho menor que la media de altura entre sexos. Así, si la diferencia en la media de altura vale 2, la diferencia en habilidad para visualizar rotaciones de objetos en 3D vale 0,9. Y es el rasgo cognitivo o comportamental que muestra más diferencias. En otras palabras, el grupo de hombres y el de mujeres se solapan casi en su totalidad.

Para Hines, que los investigadores sean o no conscientes de sus propios sesgos depende en gran parte de su formación al margen de su propia especialidad. Fines y Rippon dan más recomendaciones, sobre todo para quienes trabajan con neuroimagen. En un artículo de 2014 recuerdan que “el género es una categoría fuertemente esencializada” y que “también los neurocientíficos son público no experto en lo referido al estudio del género y son susceptibles de caer en el pensamiento esencialista”.

De hecho, la investigación actual con neuroimagen parece asumir –advierten– “que la visión esencialista de los sexos es correcta” al dar por demostrado –erróneamente– que el cableado cerebral es claramente distinto entre hombres y mujeres.

Para estas autoras, los investigadores deberían recordar que los datos muestran en general mucho más solapamiento entre sexos que rasgos diferenciales; y que lo habitual es que cada individuo sea un mosaico de rasgos –anatómicos, psicológicos– catalogados como típicamente femeninos o masculinos.

Cabe resaltar que Cahill, por ejemplo, admite explícitamente su rechazo a la hipótesis de un cerebro sin diferencias funcionales entre hombres y mujeres: “La evolución ha producido cerebros de mamífero con similitudes y diferencias biológicas (…). Insistir en que de alguna forma, mágicamente, la evolución no produjo influencias biológicas de todo tipo y clase basadas en el sexo en el cerebro humano, o que esas influencias no produjeron apenas efectos en la función cerebral –comportamiento– equivale a negar que la evolución se aplica al cerebro humano”.

Baron-Cohen, por su parte, va innegablemente mucho más allá de lo que dicen sus propios datos al afirmar en su libro “La gran diferencia” que las personas “con cerebro femenino son mejores profesores de primaria, enfermeros, cuidadores, terapeutas, trabajadores sociales y asistentes”, mientras que aquellas con cerebro masculino son mejores “científicos, ingenieros, mecánicos, banqueros, programadores e incluso abogados”.

Gowaty tiene una cita favorita del físico Richard P. Feynman referida a la ciencia: “El primer principio es que no debes engañarte a ti mismo y tú eres la persona más fácil de engañar”. Pues eso.

El estudio de las diferencias entre sexos puede abordarse desde la vía de entrada –los genes, el cerebro– y la de salida –el comportamiento–. En esta última, uno de los trabajos más citados es el de la psicóloga Janet Hyde (University of Wisconsin-Madison), que tras una revisión de 46 metaanálisis de estudios sobre diferencias psicológicas entre géneros concluyó que en el 78 % de las variables las diferencias tenían valor próximo a 0. En 48% de ellas el valor estaba entre 0,11 y 0,35. Como referencia, el valor asignado a la diferencia entre la altura media de mujeres y hombres es 2.

Es decir, entre hombres y mujeres hay diferencias nulas o triviales en la gran mayoría de rasgos psicológicos medidos hasta ahora. No solo en desempeño matemático y habilidades verbales, sino también en aspectos de la personalidad como gregarismo, escrupulosidad, agresividad relacional –la que busca dañar las relaciones del agredido y que el estereotipo asocia a una supuesta astucia femenina– o estilos comunicativos –más impositivos o asertivos–.

Ni siquiera en cuestiones como la sensibilidad –considerada típicamente femenina– o el liderazgo –masculino– hay una frontera: “Aunque los estereotipos mantienen que hay grandes diferencias de género en emociones como el miedo y el orgullo, los datos, en niños y en adultos, indican que las diferencias de género en experiencias emocionales son pequeñas o, en muchos casos, triviales”, escribe Hyde.

Basándose en estos datos, Hyde postuló en 2005 la teoría de las similitudes de género, que no descarta posibles diferencias, pero defiende que mujeres y hombres “son similares en la mayoría de las variables psicológicas”. Estudios posteriores de otros autores han seguido encontrando datos a favor de este modelo.

Sin embargo, los estereotipos perviven, y los expertos los asocian a desigualdades sociales. Muchas más mujeres abandonan la carrera científica cuando son madres. Muchas menos mujeres acceden a puestos de poder (en ciencia y en general). En las universidades españolas el número de mujeres matriculadas en informática o ciencias de la computación sigue bajando: de 30 % en 1985-87, a 12 % en 2016-17. A finales de 2018 el físico Alessandro Strumia dijo en el CERN que las mujeres tenían menos aptitudes para la física.

La búsqueda de diferencias anatómicas en el cerebro de hombres y mujeres tiene una larga historia. En general hay consenso en que existen diferencias, aunque no del calibre de las que se observan, por ejemplo, en los genitales masculinos y femeninos. No hay consenso, en cambio, en la valoración de si realmente son significativas estas diferencias, ni mucho menos en la interpretación de su función.

Entre los trabajos más recientes y más discutidos están los de Simon Baron-Cohen, que parte del hecho de que el autismo se da sobre todo en hombres para concluir que, según sus datos, “la mujer típica es de media más empática y el hombre típico, de media, más sistematizador [definiendo esto como “el impulso de analizar o construir un sistema basado en reglas”].

Otro trabajo reciente es Madhura Ingalhalikar, que asegura que “los cerebros de los hombres están estructurados para facilitar la conectividad entre percepción y acción coordinada”, y los de las mujeres “están diseñados para facilitar la comunicación entre modos analítico e intuitivo” –explicar qué significa eso requeriría otro artículo–.

Muy distintos son los resultados de Daphna Joel, de la Universidad de Tel Aviv, que, tras un análisis de varias regiones cerebrales, concluye que no existen cerebros masculinos y femeninos sino cerebros “mosaico”, mezcla de rasgos anatómicos asociados a cada género. “Los humanos no tenemos cerebros con rasgos “típicamente femeninos” o “típicamente masculinos””, escribía Joel en un reciente artículo con Cordelia Fine en The New York Times. (Fuente: Mónica G. Salomone / SINC)

Fuente: https://noticiasdelaciencia.com/art/33052/la-ciencia-busca-diferencias-entre-sexos-y-se-topa-con-los-prejuicios

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“ Siguen pesando los prejuicios y los estereotipos a la hora de contratar y promocionar a las mujeres ”

Por: .educaweb.

 

Eva Levy, experta en diversidad, ha desempeñado puestos directivos durante 30 años en empresas multinacionales y lleva casi tres décadas dedicándose a promover la igualdad de derechos de las mujeres en el mundo laboral. Actualmente es socia directora de Eva Levy & Partners y colabora con ExcellentSearch en la búsqueda de talento femenino. Es presidenta de honor de la asociación Women CEO. 

Ganadora de varios premios, es autora del libro Entre diversidad y fragmentación. Apuntes para un tiempo de cambios, en el que reflexiona sobre la última década de lucha por la igualdad de oportunidades. Colabora en diferentes proyectos editoriales y es ponente en cursos organizados por universidades y foros empresariales e institucionales relacionados con la temática de la mujer. 

¿Podría resumir en tres puntos cuál es la situación de la mujer a nivel laboral en España? ¿Ha mejorado o empeorado en la última década?

  • La mujer está conquistando cada día espacios económicos, políticos, culturales que hasta hace muy poco eran considerados masculinos. Así que el avance es imparable, aunque más lento de lo que debería, dada la preparación femenina y la imposibilidad intelectual y práctica de justificar ese retraso.

 

  • Las mujeres ocupan el 27 % de los puestos directivos. Es una cifra que no nos deja mal en el contexto de la Unión Europea, pero debería ser mayor. Sin embargo, por diversas circunstancias, esta cifra se ha congelado por segundo año consecutivo, aunque el número de empresas sin ninguna mujer al mando se ha reducido en 6 años del 32 % al 6 %. En los Consejos de Administración, la directiva española ocupa 20,3 % de los puestos de consejeros del IBEX; es decir, muy lejos todavía del 40 % que nos pide la Comisión Europea para el año 2020.

 

  • Hay una voluntad expresada por las mujeres en las manifestaciones del 8 de marzo de 2018 y 2019 de no seguir aceptando todas las trabas en el mundo laboral y social, con mención expresa de la brecha salarial, del acoso, de la falta de igualdad de oportunidades y, desde luego, de la violencia de género.

Es decir, seguimos viviendo en un mundo todavía masculino, en muchos casos por inercia, aunque en otros por voluntad expresa, algo que afortunadamente no sucede en los países occidentales porque las leyes no lo amparan, pero no hay que bajar la guardia. La igualdad sigue siendo un desafío explícito e implícito. Las mujeres tenemos que seguir avanzando, sumando fuerzas, ganando aliados, creando redes globales y reforzando estrategias transversales que nos abran camino y que no haya vuelta atrás.

¿Cuáles cree que han sido los tres principales cambios legislativos que avalan el compromiso hacia la igualdad de género? 

  1. Al margen de los cambios que trajo la Transición y todas las consecuencias de la Constitución, la Ley para la igualdad efectiva de mujeres y hombres del 23.III.2007 ha sido muy importante como aldabonazo para acelerar cambios. Incluso se adelantó a comunitarias.
  2. Otro cambio ha sido el Plan Estratégico de 2014 de Igualdad de Oportunidades, destinado a asegurar la igualdad de hombres y mujeres en el ámbito laboral y a luchar contra la violencia de género. Así como la recomendación, que no ley, de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) pidiendo 30% de mujeres en los Consejos para el año 2020.
  3. Toda la legislación europea que cuenta con la mujer de la misma manera que cuenta con los hombres.

Tengo que decir que las políticas de igualdad aplicadas hasta ahora, tanto en España como en Europa, no se han traducido automáticamente en paridad de género en las empresas. Es decir, la ley no lo es todo. El peso de las inercias sociales, la falta de infraestructuras de apoyo familiar debilitan las aspiraciones de las mujeres, que a veces se resignan porque no pueden tener tantos frentes abiertos. Y siguen pesando los prejuicios y los estereotipos a la hora de contratar y promocionar a las mujeres. Hay actitudes –muchas veces inconscientes– que no se diluyen por real decreto.

¿Considera que las empresas están concienciadas respecto a la igualdad de género e implementan medidas para lograrla? ¿Por qué lo cree así?

Se aprecia que las empresas, de buen grado o presionadas, se preocupan cada vez más por la igualdad salarial, las bajas de maternidad/paternidad retribuidas, el horario flexible e intentan sacar más provecho a un buen uso de las tecnologías. También en los eventos que organizan intentan que haya siempre mujeres en los paneles de conferenciantes, etc. Nadie quiere hacer las cosas mal, ni vérselas con fama de empresa «machista» si puede evitarlo.

Sin embargo, aunque un 75 % de las empresas medias y grandes tengan planes de igualdad –que exige la legislación, en cualquier caso–, si nos atenemos a estudios recientes, el 77 % de las empresas carecen de presupuesto asignado para este tema; el 65 % no cuentan con herramientas de medición de sus avances en igualdad/diversidad, y el 70 % no cuenta con un responsable de Igualdad/Diversidad en la plantilla. Es decir, es un plan con nulas posibilidades de éxito y eficacia.

Por otra parte, estos planes tampoco suelen darse a conocer suficientemente entre la plantilla. ¿Es mala voluntad? ¿O es torpeza, por no saber cómo ir introduciendo políticas y cambios paso a paso? Lo que sí reconocen los directivos de las grandes compañías es que la transformación tiene que partir de la cúpula, de su voluntad, de considerar el aprovechamiento del talento como de interés para la compañía. Pero en los comités de dirección, que es donde se toman las decisiones que pueden cambiar la empresa, siguen reflejando desigualdad. Los datos hablan por sí mismos.

«Las políticas de igualdad aplicadas hasta ahora, tanto en España como en Europa, no se han traducido automáticamente en paridad de género en las empresas. Es decir, la ley no lo es todo».

Promover que haya más mujeres en los puestos directivos, ¿es garantía para llegar a la igualdad de género en otros contextos?

Una empresa que quiera tener largo recorrido debe elegir el mejor talento, sea de hombre o de mujer. En el tema de igualdad nos enfrentamos a un tema cultural de hondo calado en el que las mujeres llevan años haciendo sus deberes, pero los hombres –muchos hombres–, no y así se enfrentan hoy día a un cambio imparable que les cuesta comprender y admitir. Por eso digo que las leyes no lo son todo, aunque sean imprescindibles y fuercen o refuercen los cambios.

Si defiendo el diálogo hombre-mujer en el ámbito de la empresa y en cualquier otro es porque no debemos cansarnos de argumentar, defender y hacer entender lo que es de lógica absoluta. Es comprensible que cueste perder privilegios –a veces, tristes privilegios y hoy son cada vez más los hombres que no quieren perderse la convivencia con sus hijos, ni ser los más «machomen» de la urbanización–, y la actitud airada de muchas mujeres les horroriza, pero en esta partida ganamos todos.

Volviendo al trabajo, es imprescindible crear un entorno laboral que premie las competencias y estimule el talento con programas de mentoringcoaching, etc. del que no se han beneficiado las mujeres, pero convendría que lo hicieran. Sería bueno que cada empresa tuviera su «Guía de igualdad/diversidad»; las hay que la tienen y está pensada además para que la conozcan los inversores, cada vez más sensibles a estas cuestiones. Esta guía no puede ser un simple papel de buenas intenciones, sino que debe explicitar la presencia de las mujeres en el comité ejecutivo, en el consejo de administración, piedras de toque de una empresa realmente igualitaria y moderna. Las leyes que no vayan acompañadas de presupuesto y de medidas para el control de su ejecución, de poco nos valen. Por eso, solo el 17 % de los planes de igualdad de las empresas son efectivos. Pero yo no descuidaría tampoco la pedagogía en las escuelas, las mejoras en los horarios y todo lo que contribuya a que se interiorice la necesidad de la igualdad y de la posibilidad de conseguirla.

«Las leyes que no vayan acompañadas de presupuesto y de medidas para el control de su ejecución, de poco nos valen. Por eso, solo el 17 % de los Planes de igualdad de las empresas son efectivos».

¿Cómo se puede detectar si una empresa, administración, organización o centro educativo está comprometido con la igualdad de género de sus trabajadoras? ¿Cuáles son los indicadores para poder saberlo?

Se detecta porque sus máximos responsables la tienen como un objetivo estratégico, trabajan con transparencia, con objetivos a medio/largo plazo y con un seguimiento permanente.  Comunican los objetivos y avances a una plantilla que se implica y que se compromete también con esas metas. Todo el mundo entiende –dentro y fuera de la compañía–que es un asunto estratégico para la Dirección y no una operación estética, como tantas otras que se han vivido como modas de management. Son empresas que tienen buena imagen y buen clima laboral, además de ser rentables.

¿Puede mencionar dos buenas prácticas que considere que contribuyan a la igualdad de género en el mundo laboral?

Para conseguir mayor igualdad hay que vigilar muy de cerca los procesos de selección haciendo hincapié en que se intente que haya en cada terna una buena representación de cada género, intentando que no sea inferior al 30 %.

La selección es la clave porque hay mujeres preparadísimas y no llegan si no entran en esas ternas. Es una responsabilidad de los headhunters y directores de RRHH, aunque los directivos también tienen que pedir lo mejor del mercado, sin limitaciones. Por desgracia, la escasa presencia de las mujeres en las carreras STEM, en un mundo en plena transformación digital, ayuda muy poco en este momento a conseguir este objetivo en la selección de puestos técnicos.

La formación tampoco se puede dejar al azar y hay que motivar a mujeres y hombres para que la busquen o la reclamen pues es la savia de la empresa. Ha de llevarse un control parametrizado indicando los cursos que se ofrecen, su porcentaje por género y quiénes asisten y quiénes rechazan recibir formación.

No podemos dejar de lado en este diagnóstico el control de las promociones internas. Cada día será más difícil de aceptar que escaseen nombres femeninos en el elenco de promocionables cuando se planteen esos cambios en los departamentos. Es verdad que en el pasado las mujeres podían ser más pasivas y no mostrar ambición, pero eso ha cambiado. La cuestión es cuánto pesan los estereotipos de género.

¿Qué rol cree que juega la educación y la formación para garantizar la igualdad de género en el ámbito laboral?

La paridad es indispensable para el desarrollo económico. Es decir, no se trata de que haya tantos hombres como mujeres de manera forzada y hasta ridícula, sino de que sea completamente natural que las mujeres ocupen tantos puestos como puedan de acuerdo con sus competencias. Pero todavía hoy,  al menos para los cargos de responsabilidad, detrás de los temas de género hay un asunto de poder, porque entran más competidores en la ecuación y esto genera fricciones y resistencias al cambio. Los sesgos inconscientes de la cultura empresarial son el gran obstáculo de la igualdad y así nos seguimos encontrando con empresas que no están preparadas para tener líderes de ambos sexos.

Las políticas de igualdad modifican la estructura de poder a nivel político y social, pero también familiar, porque es difícil de entender que si en una pareja los dos trabajan solo una de las partes cargue con el peso doméstico, por ejemplo. La digestión de los cambios no es fácil y falta mucho debate, sobre todo en relación a los recursos que se necesitan para hacer frente a los cambios en nuestra sociedad. Una sociedad, por cierto, abierta a la diversidad cultural, lo que a veces trae conflictos que dan de lleno en el tema de la igualdad. El valor de la igualdad, que consagra la Constitución, no debería ponerse nunca en duda, aunque cueste desarrollarlo.

En cualquier caso, a través de la formación y de la educación se consiguen limar muchas asperezas y se ponen en evidencia inercias que implican discriminación activa, formal o informal. Yo soy muy partidaria de mostrar siempre las ventajas de la igualdad en cualquier discurso, porque las tiene y muchas, pero también de poder hablar francamente de cualquier duda que se suscite.

Fuente de la entrevista: https://www.educaweb.com/noticia/2019/03/27/prejuicios-estereotipos-hora-contratar-promocionar-mujeres-18750/

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Más mujeres a ciencias, más hombres a pedagogía

Por Josefina Santa Cruz

Hace ya unos años, se ha hecho evidente el interés de la política pública por atraer más mujeres a las ciencias. Las campañas con dicho objetivo muestran que queremos mujeres en carreras de alto status a las que históricamente han accedido más los hombres. Sin embargo, no sucede lo mismo con carreras que atraen casi exclusivamente solo a alumnas.

¿Por qué no existen campañas similares para atraer hombres a carreras como Pedagogía Básica o Educación de Párvulos?

Según los documentos publicados en el Portal de Transparencia, de los 4.271 educadores de párvulos que trabajaban en la Junta Nacional de Jardines Infantiles (JUNJI) en diciembre de 2017, siete  eran hombres y solo dos de ellos estaban en sala; los cinco restantes tenían roles administrativos, pero ninguno de ellos era de planta.

Asimismo, la memoria 2017 de la Fundación Integra – cuyos jardines infantiles forman parte de la red pública – informa que el 97,1% de sus trabajadores son mujeres.

La predominancia del género femenino en la carrera de educación de párvulos es quizás consecuencia de un prejuicio que hace mucho daño a la profesión, que el rol de educadoras les es natural a ellas, casi como un instinto.

Creer que nacer mujer es suficiente para ser una docente de calidad resulta en un menosprecio de la formación profesional que tiene dos consecuencias fundamentales.

Primero, si se piensa que la formación de las educadoras es prescindible o accesoria, es inevitable pensar también que su trabajo no requiere especialización ni menos formación universitaria.

Dicha creencia se contradice con lo que ocurre en países que han logrado la mejor educación del mundo, como Finlandia, donde los educadores (de ambos géneros) deben pertenecer al 20% superior en puntajes de ingreso a la universidad y haber cursado un magister antes de tener la posibilidad de tener a cargo la responsabilidad de ser profesor de un curso.

Segundo, si se piensa que el rol de educador es inherente al sexo femenino, es lógico también pensar que no hay ninguna formación capaz de otorgarle a los hombres que puedan interesarse en enseñar ese “instinto” o “qué sé yo” que supuestamente tendrían ellas de forma natural.

Sin embargo, no solo la profesión y los escasos interesados se ven perjudicados por estos prejuicios. La literatura sobre el tema sugiere que la educación de los niños pierde algunas  ventajas cuando es impartida exclusivamente por mujeres.

Contar con hombres educadores de párvulos provee a los niños de un modelo masculino a seguir, según Bittner & Cooney, 2003; Coulter & McNay, 1993; d’Arcy, 2004 y reduce la frecuencia con que los niños desarrollan estereotipos sexistas, Farquhar et al., 2006.

Otro estudio concluyó que la relación entre apoderados y profesores se beneficiaba, al contar con docentes hombres con quienes un padre podría vincularse mejor d’Arcy (2004).

También la inclusión de profesores hombres en la sala de clases podría ayudar a reducir el sesgo femenino que perciben los estudiantes en los temas que se discuten y los ejemplos que se dan en clases. 

Partamos por casa y hablemos en familia de lo bueno que sería atraer más mujeres a Ciencias y más hombres a Pedagogía, dos tareas pendientes en un país cada vez más conciente de que necesitamos cambios culturales y que estos son urgentes, especialmente, cuando se trata de la educación de los niños y niñas de nuestro país.

Fuente del artículo: https://opinion.cooperativa.cl/opinion/educacion/mas-mujeres-a-ciencias-mas-hombres-a-pedagogia/2018-07-21/063748.html

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