Por: Luz Palomino/CII-OVE
Desde la perspectiva de la economía política de las plataformas y los estudios críticos de la tecnología, la victoria de Lula da Silva y el movimiento popular no puede leerse meramente como una alternancia electoral tradicional, sino como un punto de inflexión en la confrontación contra el modelo de gobernanza extractivista y polarizador de las grandes corporaciones tecnológicas.
Las corporaciones tecnológicas de Silicon Valley (Meta, Telegram, Google, TikTok) no funcionan como meras plataformas neutras de comunicación. Bajo la lógica mercantil del engagement, y mediante la instrumentalización de emociones de alta intensidad como el miedo y la indignación, el ecosistema digital convirtió el odio en su principal activo rentable. Sus arquitecturas algorítmicas están diseñadas para financiar y multiplicar la polarización, la paranoia social y la desinformación industrializada. La extrema derecha convirtió este ecosistema en un verdadero laboratorio de pedagogía del odio, sustituyendo la deliberación pública colectiva por cámaras de eco encriptadas y alienantes.
Frente a este avance corporativo, el propio Luiz Inácio Lula da Silva denunció el riesgo ontológico sobre las democracias populares:
«El voto debe ser un acto puramente humano, libre y consciente, no el resultado de una fría Inteligencia Artificial global… Lo que está en juego es si la democracia seguirá siendo gobernada por los pueblos o por los algoritmos de un puñado de corporaciones».
El factor determinante de esta victoria no residió en el ciberespacio, sino en cómo la organización popular y la movilización territorial actuaron como la fuerza contra-hegemónica fundamental para romper el cerco algorítmico y la desintermediación impuesta por el capitalismo de plataformas.
La derrota de las plataformas no ocurrió en la virtualidad, sino en el territorio físico. Frente a la asimetría financiera y tecnológica de la contienda digital, la fuerza contrahegemónica determinante fue la organización popular capilar: el sindicalismo, el movimiento campesino, los colectivos docentes y las brigadas comunitarias en las periferias urbana y rural.
El pueblo trabajador logró quebrar el cerco cognitivo desplazando el foco de la «guerra memética» hacia la experiencia material: el hambre, el desempleo, la inflación y la pérdida sistemática de derechos sociales. Frente al delirio virtual producido por las fake news, se contrapuso el diálogo directo, el «boca en boca» y la memoria pedagógica popular. La calle, la asamblea y la comunidad demostraron ser más potentes que el algoritmo.
El triunfo del pueblo brasileño sobre las plataformas digitales rompe el mito del determinismo y la tiranía ineludible de las máquinas. Demuestra objetivamente que cuando la clase trabajadora se organiza alrededor de sus urgencias materiales y de su memoria histórica, la hegemonía de la infraestructura tecnológica se quiebra.
Si bien la intervención institucional del Estado y la regulación del poder corporativo de las Big Tech son pasos normativos e institucionales necesarios, la garantía de no retorno frente al fascismo no descansa en los tribunales ni en los parlamentos, sino en las aulas públicas. No habrá soberanía digital sin soberanía educativa.
La educación pública representa la única infraestructura social colectiva capaz de democratizar el conocimiento y contrarrestar la hegemonía alienante de las corporaciones transnacionales:
- Pensamiento Crítico frente al Sesgo Algorítmico:La escuela pública debe formar sujetos críticos capaces de descodificar la ideología política e implícita en el software, cuestionar la extracción y manipulación de datos y recuperar la autonomía cognitiva del sujeto.
- La Escuela como Bien Común:Frente a la colonización digital que busca privatizar el acto educativo y convertir a estudiantes y docentes en meros usuarios-consumidores pasivos, la educación pública defiende el espacio pedagógico como un bien común indivisible, donde la tecnología esté subordinada a la emancipación humana y no al lucro privatizador.
- Reconstrucción del Tejido Social:La victoria en Brasil demuestra que el verdadero antídoto contra el fascismo digital es la vida en comunidad. La escuela pública es el territorio por excelencia donde se ejercitan la empatía, la presencia física, el reconocimiento de la diversidad y la ciudadanía activa frente al aislamiento individualista de las pantallas.
No existe posibilidad de soberanía digital sin soberanía educativa. La victoria de Lula abre la oportunidad histórica de construir políticas públicas emancipadoras que reconozcan a la tecnología no como un bien de consumo mercantil o una mercancía corporativa, sino como un patrimonio público puesto al servicio del bienestar colectivo y la liberación social.
Este triunfo del pueblo brasileño reafirma la vigencia transformadora del pensamiento de Paulo Freire: la educación es un acto político pedagógico y una práctica ineludible de la libertad.
Derrotar a las plataformas digitales en las urnas es solo un primer paso táctico. La tarea estratégica y urgente para los movimientos docentes y pedagógicos de América Latina es disputar la hegemonía tecnológica desde nuestras escuelas, construyendo una alfabetización digital crítica que devuelva la soberanía cognitiva al pueblo y garantice que el futuro de nuestras sociedades se decida en la dignidad de los territorios y no en los servidores opacos de Silicon Valley.






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