Adelis Fréitez deja el cuatro a un lado y se dedica a mirar el camino andado a lo largo de un país que lo oyó nacer y multiplicarse. Hablar de este momoy es convocar un pueblo que cuenta y canta, construye y cosecha, ama y se compromete. Baste con decir que es el cofundador y director de Carota, Ñema y Tajá, sabroso legado del acervo cultural venezolano, para que se nos despierte el apetito por conocer más sobre la vida de este compositor, cantante e investigador de las tradiciones musicales larenses. Plasmada por medio de historias cortas que incluyen las letras de sus canciones, algunas hasta ahora inéditas, escritas a partir de su humano tránsito, esta autobiografía rebosa de sabor a pueblo, de esa Venezuela profunda que encuentra en seres como Adelis Fréitez razones para seguir floreciendo.
Acerca del libro
“Todo el libro, me hacen decir, y con firmeza lo digo, que Adelis ¡es poeta por todos los costados! Si usted lo agarra por el norte, es poesía; si lo busca por el sur, es verso puro; si le toca el este, es canción enamorada; y si lo espera en el oeste, es estrella alumbrando oscuridades.
Todos los juegos infantiles alimentaron los sueños del compositor: metras, yoyo, trompo, papagayo. Alimentó también su infancia con los frutos de su tierra, las comidas, los dulces, los amasijos (panes caseros).
Un libro lleno de anécdotas, con mucho humor y con la sencillez característica de los larenses donde cada canción-poema tiene una raíz que la hace árbol, fruto y sombra”.
Orlando Pichardo
Sobre el autor
Adelis Fréitez
(Lara, 1943 – Barquisimeto, 2020)
Hijo y nieto de campesinos; entrañables personajes de los pueblos larenses colmaron su imaginación y alimentaron su sensibilidad con una poesía sencilla que se arriesga por las grandes causas. Siendo aún muy joven, apoyó a la guerrilla que luchaba contra el régimen de Rómulo Betancourt. Se graduó como perito mecánico en la ETI de Barquisimeto, por lo que supo armar, el 3 de marzo de 1981, el grupo Carota, Ñema y Tajá, máquina maravillosa que transforma las alegrías, preocupaciones, sustos y sueños del pueblo en canciones que han trascendido las fronteras nacionales. Ejerció como docente en diversas universidades y recibió un doctorado honoris causa de la UNESR, mas su música no ha perdido la picardía y las tremenduras de sus tiempos de niño “guaro”. De la estirpe de cantautores como Alí Primera, a quien acompañó en los legendarios tiempos del Festival de la Canción Bolivariana, quienes se han regocijado con los cantares de este patrimonio cultural disfrutarán de este recorrido por la vida de uno de los cantores imprescindibles de la maravillosa tradición musical venezolana.
Link de descarga: http://www.elperroylarana.gob.ve/wp-content/uploads/2018/07/vivir_para_cantarla.pdf
The coronavirus outbreak may be the biggest disruption to international student flows in history.
There are more than 100,000 students stuck in China who had intended to study in Australia this year. As each day passes, it becomes more unlikely they will arrive in time for the start of the academic year.
After the September 11 attacks in 2001, the United States closed its borders temporarily and tightened student visa restrictions, particularly for students from the Middle East. Thousands were forced to choose different study destinations in the following years.
In 2018, Saudi Arabia’s government instructed all its citizens studying in Canada to return home, in protest at the Canadian foreign minister’s call to release women’s rights activists held in Saudi jails.
A significant proportion of the 12,000 or so Saudi students in Canada left to continue their studies elsewhere, before the Saudi government quietly softened its stance.
So we have seen calamities before, but never on this scale. There are a few reasons for this.
Why this is worse than before
The current temporary migration of students from China to Australia represents one of the largest education flows the world has ever seen. Federal education department data show there were more than 212,000 Chinese international students in Australia by the end of 2019.
It’s also difficult to imagine a worse time for this epidemic to happen for students heading to the southern hemisphere than January to February, at the end of our long summer break.
Many Chinese students had returned home for the summer and others were preparing to start their studies at the end of February.
By comparison, the SARS epidemic in 2003 didn’t significantly dent international student enrolments in Australia because it peaked around April-May 2003, well after students had started the academic year.
Ending in July that year, the SARS outbreak infected fewer than half the number of people than have already contracted coronavirus. Even during the SARS outbreak Australia didn’t implement bans on those travelling from affected countries.
What will the impact be?
This crisis hits hard for many Chinese students, an integral component of our campus communities. It not only causes disruptions to their study, accommodation, part-time employment and life plans, but also their mental well-being.
A humane, supportive and respectful response from the university communities is vital at this stage.
Australia has never experienced such a sudden drop in student numbers.
The reduced enrolments will have profound impacts on class sizes and the teaching workforce, particularly at masters level in universities with the highest proportions of students from China. Around 46% of Chinese students are studying a postgraduate masters by coursework. If classes are too small, universities will have to cancel them.
And the effects don’t end there. Tourism, accommodation providers, restaurants and retailers who cater to international students will be hit hard too.
Chinese students contributed A$12 billion to the Australian economy in 2019, so whatever happens from this point, the financial impact will be significant. The cost of the drop in enrolments in semester one may well amount to several billion dollars.
The newly-formed Global Reputation Taskforce by Australia’s Council for International Education has commissioned some rapid response research to promote more informed discussion about the implications and impacts of the crisis.
If the epidemic is contained quickly, some of the 100,000 students stuck in China will be able to start their studies in semester one, and the rest could delay until mid-year. But there might still be longer-term effects.
Australia has a world-class higher education system and the world is closely watching how we manage this crisis as it unfolds.
Prospective students in China will be particularly focused on Australia’s response as they weigh future study options.
The world is watching
Such a fast-moving crisis presents a range of challenges for those in universities, colleges (such as English language schools) and schools who are trying to communicate with thousands of worried students who can’t enter the country.
Australian universities are scrambling to consider a wide range of responses. These include:
delivering courses online
providing intensive courses and summer or winter courses
arrangements around semester commencement
fee refund and deferral
provision of clear and updated information
support structures for starting and continuing Chinese students, including extended academic and welfare support, counselling, special helplines, and coronavirus-specific information guidelines
support with visa issues, accommodation and employment arrangements.
A coordinated approach involving different stakeholders who are providing different supports for Chinese students is an urgent priority. This includes education providers, government, city councils, international student associations, student groups and professional organisations.
Source of the review: https://theconversation.com/the-coronavirus-outbreak-is-the-biggest-crisis-ever-to-hit-international-education-131138
Asha Ismail, que fue víctima a los cinco años de la ablación, es la fundadora de la ONG Save a Girl Save a Generation, con la que quiere romper el tabú de su propia vida para ayudar a erradicar una práctica que constituye una de las peores formas de violencia contra las niñas
Al compartir su relato, el de una niña de cinco años a la que acaban de someter a la infibulación (uno de los cuatro tipos de mutilación genital femenina), las palabras de Asha suenan como el verso suelto de un poema desgarrado:
Y dejas de correr,
de jugar como antes,
de buscar los mangos en los árboles.
Ya todo es miedo a caer,
que se pueda romper,
que se repita la misma operación;
ya no saltas a la cuerda,
ya no quieres jugar con los niños
ni descubrir lo que hay entre tus piernas.
Objetivo cumplido:
ya eres intocable.
A los 52 años, una buena parte de la vida de Asha Ismail (nacida en 1968 en Garissa, Kenia, y de etnia somalí) se quedó en aquella niña de cinco años que una mañana descubrió que el dolor era inherente a su condición de ser niña. “Aunque era una práctica presente en mi familia durante generaciones, yo me enteré el día que me tocó a mí”, explica.
En aquella escena, estaban dos de las personas a las que Asha más quería: su madre y su abuela. “Mi madre me bañó y me puso un vestido muy corto, luego me mandó a comprar cuchillas y yo compré dos. A la vuelta me encontré a mi abuela, una señora y mi madre en lo que era la cocina de mi abuela. El suelo era de barro y habían cavado un agujero”, detalla Asha quien, a medida que avanza en su relato, irá alternando el tiempo presente con el pretérito, como si aquel día nunca se hubiera terminado.
Asha Ismail imparte talleres para erradicar la ablación.CEDIDA POR SAVE A GIRL SAVE A GENERATION
Dolor. El dolor insoportable de aquel día nunca se fue. Aquel día, aquella niña de cinco años a la que obligaron a hacerse mujer a través de la violencia, se prometió que nunca obligaría a pasar por eso a ninguna hija suya.
Mucho tiempo después, en el año 2007, y ya en España, esa promesa se convertiría en el nacimiento de la ONG Save a Girl Save a Generation, desde la que Asha y su hija, Hayat Traspas Ismail, trabajan para prevenir y erradicar la mutilación genital femenina, evitar los matrimonios prematuros de niñas y denunciar la explotación infantil.
Asha está convencida de que romper el tabú sobre la ablación entre las comunidades que la practican (dentro y fuera de sus países), es la única forma de prevenir esta forma de violencia. “Las leyes que la prohíban son necesarias, pero tienen que ir mano a mano con la voluntad de las personas y hay que conseguir esa voluntad”, explica. Su convicción no va desencaminada: según Unicef, desde 2008, más de 15.000 comunidades en 20 países distintos han abandonado la práctica de la mutilación genital femenina.
30 millones de niñas en riesgo
A pesar de estas cifras esperanzadoras todavía queda mucho por hacer. Más de 200 millones de niñas y mujeres han pasado por alguno de los cuatro tipos de mutilación genital femenina en los 26 países de África y Oriente Medio donde se practica, así como en otros 33 países donde hay población inmigrante potencialmente vinculada a esta práctica. Durante la próxima década, 30 millones de niñas se encontrarán en riesgo de pasar por esta puerta de entrada al dolor que va asociada a otras formas de violencia contra la infancia, como el matrimonio forzoso.
Asha imparte un taller en Nairobi (Kenia) a niñas con riesgo de sufrir ablación.CEDIDA POR SAVE A GIRL SAVE A GENERATION
“En realidad, la mutilación genital femenina y el matrimonio forzado van de la mano, porque la finalidad de la mutilación es asegurar la virginidad, es intentar quitar esa necesidad sexual, que la mujer no tenga voluntad sobre su sexualidad para que conserve esa virginidad hasta que encuentre marido”, explica Asha.
“Ya todo es miedo a caer, que se pueda romper”, como contaba en su verso desgarrado.
En la noche de bodas con un hombre que ella no había elegido, Asha tenía 20 años y un miedo terrible a que algo se rompiera. “Mi vida cambió por completo ese día; si tenía alguna duda de pensar que lo que me había pasado era bueno, murió aquella noche”, relata emocionada.
De aquel encuentro con un hombre al que Asha no volvería a acercarse, nació una niña. “Me dieron a esa criatura en los brazos y yo solo pensaba: ¿por qué, por qué tenía que ser una niña?, ¿a qué mundo la he traído para que pase por todo lo que yo he pasado?”.
El despertar de un movimiento
Asha eligió llamar a su hija Hayat, que significa vida en suajili, porque con ella nació el convencimiento de que algo tenía que cambiar. Nació la fuerza para revolverse sobre sí misma y sobre toda la estructura que sostenía aquel dolor. A partir del nacimiento de su hija, Asha empezó a tejer una red de mujeres –sus hermanas, sus primas, sus vecinas– dispuestas a cuestionar una práctica que solo las había hecho sufrir y que no querían imponer a sus hijas.
Después de trasladarse a Tanzania, Asha siguió rompiendo ese silencio con más y más mujeres. La fuerza de su revolución personal iba creciendo, hasta que un día logró convencer a una madre, que iba a hacer pasar por la mutilación a sus cinco hijas, de que no lo hiciera.
Asha Ismail y la actriz española Maggie Civantos, embajadora de la ONG.CEDIDA POR SAVE A GIRL SAVE A GENERATION
Años más tarde, esa red de mujeres y madres en contra de la ablación que ya formaba parte de ella, se fue con Asha cuando se trasladó a España con sus hijos.
“La primera vez que fui a la ginecóloga en España me avergoncé y me sentí mal, empecé a temblar, a sudar… ¿Por qué me tenía que sentir así? Entendí el desconocimiento que existía y pensé: ‘¿Cuántas mujeres en mi situación no acudirán al ginecólogo?”.
Con el apoyo de su hija Hayat, Asha fundó Save a Girl Save a Generation, la ONG desde la que ofrecen información sobre la ablación a personal sanitario y educativo, a policías, a jueces y, sobre todo, a mujeres y familias que no han tenido la oportunidad de romper con el tabú y hablar sobre la ablación. En España hay 18.000 niñas expuestas a la mutilación genital. El siguiente paso en este viaje será construir un refugio en Nairobi para acoger y dar educación a todas las niñas que tuvieron que dejar a sus familias para huir de la mutilación genital femenina.
Niñas asisten a uno de los talleres que imparte la ONG.CEDIDA POR SAVE A GIRL SAVE A GENERATION
“Creo que tenemos que ser nosotras, las supervivientes, las que digamos ‘¡Ya está bien!’. Que salgan y que digan: ‘Esto ha acabado conmigo y mis hijas no lo conocerán. Ni para mí, ni para mi hija. Es una generación salvada; para mis nietas es historia’”, explica.
Cuando Hayat convirtió a su madre en abuela de una niña, Asha supo que algo había cambiado: “Ahora quería una niña porque estaba segura, sabía que no corría ningún peligro”. El viaje de esta madre por poner a salvo a muchas más niñas como ella continúa.
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MÍRALA
Fuente e imagen tomadas de: https://elpais.com/sociedad/2020/01/30/pienso_luego_actuo/1580386762_950839.html
Si los hombres se miran al espejo una de las cosas que verán será su herencia machista. Un puñado de ellos (algunos rostros populares) cuentan sus deslices para así tener más clara la enmienda
Lo dijo John Lennon hace más de cuatro décadas: «No podemos tener una revolución que no involucre y libere a las mujeres». Sin embargo, sigue siendo un reto para la sociedad actual librarse de una herencia machista que aún impera en ámbitos culturales, políticos y cotidianos. La educación y el entretenimiento (series, películas, libros…) que el ser humano ha consumido a lo largo de los años han dejado mella. Hoy, la mayoría es consciente de las actitudes machistas más flagrantes. La dificultad está en acabar con esos gestos de discriminación (algunas veces sutiles, otras no) que llevan a cabo incluso los hombres más concienciados. «El género masculino está trufado de actitudes inapropiadas hacia las mujeres. Es un hecho objetivo que el tratamiento que ellas reciben no es el mismo que el que recibimos nosotros. Un ejemplo que yo veo clarísimo por mi experiencia es que no se le da importancia a la trayectoria profesional de las mujeres», explica a Icon Javier Royo, autor del libro Homo Machus. De animales a hombres (Lumen).
El ilustrador (Zaragoza, 1972) está convencido de que visibilizar el machismo y hablar de los abusos que se dan a diario es clave para acabar con él. En su libro confiesa que empezó a dibujar sobre la discriminación hacia la mujer «sin conocer realmente la profundidad de semejante océano». Royo, que entiende el machismo como un monstruo que educa en los estereotipos, que cosifica, que minusvalora y acosa a las mujeres, anima a los hombres a revisarse para perder el miedo a enfrentarse a él. «Me encuentro con muchos casos de chicos que me confiesan tener pavor a meter la pata al hablar con mujeres sobre feminismo. Cuando esto ocurre, lo que les aconsejo es que hablen con libertad, pero con un filtro previo para no soltar cualquier barbaridad», afirma este maño que empezó a dibujar estas viñetas a raíz del juicio de la manada. «Homo Machus surgió sin pretensiones de hacer un libro. Las ilustraciones me salieron de forma natural en un momento en que la sociedad empezó a culpabilizar a la víctima de esta violación múltiple», señala Javier Royo.
El resultado del ejercicio gráfico de Royo es un libro de ilustraciones que aboga porque el feminismo sea cosa de todos: mujeres y hombres. «Los hombres somos esclavos del machismo por culpa de los valores que se nos han inculcado. Somos nosotros los que debemos, por ejemplo, dejar de ver el cuerpo de la mujer como un objeto».
Tal y como ha comprobado el propio autor, su trabajo ha servido para remover a los hombres que lo leen. «Aunque no estén de acuerdo con todo lo que aparece, todos los chicos con los que he hablado, tanto en las presentaciones del libro como a través de las redes sociales, me han confesado que de una forma u otra se han quedado tocados y les ha hecho reflexionar», apunta.
La sexóloga Ruth González Ousset informa a Icon de que lleva una década encontrándose en su consulta con hombres que se bloquean cuando dan con una mujer liberada. «El hombre ve como una amenaza que la mujer demande cosas como el empleo de juguetes en la relación sexual. Creen que hay un problema y por eso siempre se ha tratado de apagar el deseo sexual de la mujer», señala la terapeuta, que en consulta ha lidiado con muchos hombres que se sienten amenazados por el feminismo. «No se dan cuenta de que el foco no es ese. La realidad es que las mujeres queremos a los hombres más cerca que nunca», defiende Ousset. Javier Royo coincide y afirma que el machismo es una epidemia mundial que, sin embargo, «no tiene ese tratamiento por el simple hecho de que no la sufren los hombres».
En Icon hablamos con 17 hombres que nos cuentan qué gestos son fruto de esa herencia machista en la que nos hemos criado como sociedad…
Ilustración: Javirroyo
– Gonzalo Sierra (gestor, 52 años): «Yo estaba en contra de la paridad en principio. Tenía ese argumento que dice que lo importante es ser capaz, no hombre o mujer. Me cabreaba especialmente en el tema de los festivales de música ¿Por qué iba a haber los mismos hombres y mujeres en un cartel si los aficionados a la música no somos machistas? Si en los festivales había más chicos que chicas era simplemente, pensaba, porque hay más músicos que músicas. Estaba completamente equivocado. Cuando algunos festivales empezaron a implantar la paridad obligatoria, y tuvieron que esforzarse en encontrar grupos de chicas, la discriminación positiva nos demostró varias cosas que habíamos olvidado. Primero, que había tantas chicas como chicos que hacían música. Segundo, que además eran tan buenas como los chicos, si no mejores. Simplemente se las valoraba menos por ser mujeres. Por supuesto eso es extrapolable a cualquier otro ámbito laboral».
– Rayden (rapero, actuó en la última gala de los Goya, 34 años): «Noto que ahora cuido mucho más el uso del lenguaje. Eso y que antes era el primero en reír chistes machistas a amigos y ahora soy la persona que dice: ‘Oye, cortaos que esto no tiene gracia».
– Pedro Martínez (periodista, 26 años): «Llevo ocho años fuera de casa de mis padres, pero siempre que voy sigo consintiendo que sea mi madre la que haga las tareas de la casa. Ella se dedicó a los cuidados de la casa y de sus hijos mientras mi padre trabajaba porque fue un acuerdo que pactaron entre los dos. Pero ahora que todos somos mayores, no vivimos en casa y mi padre está jubilado, mi madre sigue encargándose de todo y me siento mal por actuar así de forma inconsciente cuando estoy con ellos».
– Nacho González (informático, 35 años): «Antes de ser padre no le daba importancia a que la baja paternal fuera obligatoria y no era consciente de cómo perjudica a las mujeres que el hombre decida no cogérsela. Tengo un hijo de casi un año y cuando avisé a mi jefe de que me iría las semanas que me correspondían de baja por paternidad lo encajó muy mal. El problema es que en mi trabajo ningún hombre se coge más de dos semanas cuando es padre. Noté que a mis compañeros les sentó realmente mal que no quisiera renunciar a mi derecho a estar con mi hijo sus primeras semanas y alguno incluso llegó a decirme que eso era cosa de las mujeres y que precisamente por eso preferían trabajar con otros hombres».
– Javier Gutiérrez (actor con dos Premios Goya, 49 años): «Los hombres antes éramos más permisivos con los chistes machistas y yo creo que con la cantidad de asesinatos machistas que hay la tolerancia, al menos por mi parte, debe ser cero. Y no solo con estos chistes sino con comentarios machistas. Creo que no soy el único y que ahora los hombres estamos más concienciados. Yo me lo tomo muy en serio y no consiento ningún comentario que pueda resultar ofensivo hacia la mujer».
Ilustración: Javirroyo
– Julio García (abogado, 32 años): «Siempre que quedo para comer o tomar una copa con una mujer, aunque solo sea una amiga, pago yo. Nace de mí el instinto de pagar y me sale de forma automática. Sin embargo, cuando pienso en ello asumo que puede resultar ofensivo».
– David Moya (responsable de comunicación, 25 años): «Antes era incapaz de entender que por una simple mirada una mujer podía sentirse incómoda o acosada. Sin embargo, me abrió lo ojos algo que me pasó un día en el gimnasio. Allí otro chico no dejaba de mirarme de una forma bastante ansiosa y me preguntó si me iba a la ducha con él. Es triste, pero hasta que no sentí en mis propias carnes eso no fui capaz de entender lo que una mirada podía provocar. Yo creo que nunca he lanzado miradas con esa intención, pero recuerdo que antes de ser consciente del machismo en el que nos educamos estaba en fase de negación y una amiga me dijo: ‘¿Crees que las mujeres no nos sentimos inferiores por el simple hecho de serlo? Ve caminando por la calle y mira a los ojos a todos los hombres con los que te cruces y la mayoría te aguantaran la mirada, incluso muchos lo harán de forma desafiante. Haz lo mismo con las mujeres y la mayoría agacharán la cabeza’. Lo hice, y así fue».
– Leiva (músico, ex-Pereza, 39 años): «El rock es un género machista y hay que asumir que vivimos en una sociedad machista en general. El que crea que está limpio de cualquier expresión o chiste machista probablemente se equivoque. Yo mismo descubro que expresiones mías de canciones de hace años son machistas, aunque no fuera intencionado. Hay que hacer un ejercicio diario de no colaborar con los micromachismos».
– Javier Alonso (consultor de comunicación, 36 años): «A menudo, sigo cometiendo un micromachismo, ya sea en el trabajo o con amigas, de lo que obviamente no estoy orgulloso. Uso muchas coletillas del estilo ‘mira, bonita…’ cuando voy a reprochar algo y me gustaría corregirlo».
– David Negrín (músico, 36 años): «Hace unos meses, en un periodo de falta de ideas musicales, tiré de notas de audio antiguas para buscar un poco de inspiración. Estas notas son estrofas o estribillos que se me ocurren, ideas tarareadas e improvisadas en las que suelto lo primero que me viene a la cabeza. Pues entre estas notas tengo alguna improvisación que al escucharla el otro día me asustó bastante y sentí mucho alivio por no haberlas terminado y que quedaran en un cajón. No eran historias reales, pero me hizo reflexionar hasta el punto de reescuchar todo lo que he grabado y analizar todas mis letras. Después de hacerlo me he dado cuenta de que antes confundía el despecho con falsa superioridad, aunque por suerte creo que puedo seguir cantando el 90% de mis temas sin sentirme extraño».
Ilustración: Javirroyo
– Quique González (músico, 46 años, último disco,Las palabras vividas): «Puede que mi canción Miss camiseta mojada me chirríe hoy porque es cierto que este tipo de concursos cosifican al personaje de la canción. Aunque el tema tiene un tono humorístico y creo que se entiende así. Lo que está claro es que es importante que todos hagamos el ejercicio de revisarnos un poco».
– Alberto Rodríguez (ingeniero, 30 años): «Hace unos años, cuando estaba con mi novia, experimenté un episodio de celos que no me gustó nada. Ella estaba hablando con un tío y fui allí a marcar territorio. Desde entonces controlo mucho no dejarme llevar por los celos. Creo que sobre todo ocurre por un tema de educación: nos han vendido un amor exclusivo y romántico que no es real».
– Raúl Jiménez (informático, 50 años): «Hay una cosa que hago mucho, aunque ahora que soy consciente trato de hacerlo menos. Siempre que coincido con otro hombre al que no conozco y con el que tengo que entablar algún tipo de conversación trivial empiezo sacando el fútbol como tema de conversación para romper el hielo. Lo hago asumiendo que por ser hombre le tiene que gustar este deporte, algo que por supuesto no hago cuando la persona con la que tengo que hablar es una mujer».
– Julián (filósofo, 37 años): «Durante un tiempo trabajé como camarero y hacía dos cosas que hoy veo claramente que eran fruto de la educación machista en la que todos hemos crecido. La primera es que cuando una pareja me pedía la cuenta siempre le llevaba el ticket al hombre para que pagara. La segunda es que cuando una pareja pedía una cerveza y un refresco automáticamente le ponía la cerveza al hombre, dando por hecho sin preguntar que era para él y no para ella. Si hoy trabajara en un bar, tengo claro que no volvería a cometer estos errores».
– Javier Royo (autor de Homo Machus, 48 años): «Yo ahora escucho más, pero antes practicaba un mansplaining de libro. Cuando tenía una conversación con una mujer le explicaba algo que ella ya me había dejado claro que sabía. Soy consciente de mi error desde hace bastante tiempo y hago el ejercicio de no dar lecciones».
– Abraham Boba (cantante del grupo León Benavente, 45 años): «Lo más importante es que se ha generado la posibilidad de repensar nuestra postura como hombres. Pongo un ejemplo. Cuando propuse poner el título a nuestro último disco, que se llama Vamos a volvernos locos. Pensé en poner: Vamos a volvernos locas. Creo que el mero hecho de plantearse esto me parece positivo» (nota: León Benavente lo forman cuatro hombres).
– Juan Pablo Cancho (profesor, 52 años): «Mi novia decidió hace unas semanas no depilarse las axilas. Al principio me sentó mal y decidí disuadirla. No lo concebía. Luego pensé que, por supuesto, no tenía derecho a exigirle nada».
Fuente e imagen tomadas de: https://elpais.com/elpais/2020/02/04/icon/1580813417_292517.html
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