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Haití: ¿crisis permanente o castigo histórico?

*Por Paula Companioni

Cuando Haití aparece en las noticias internacionales casi siempre está asociado a las mismas palabras: crisis, violencia, pobreza o desastre. En el imaginario global, el país suele ser presentado como un territorio condenado a la inestabilidad permanente.

Pero rara vez se habla de las razones históricas y políticas que explican esa imagen.

Haití es frecuentemente descrito como el país más pobre de América y como una nación atrapada en una crisis sin fin. Sin embargo, esa narrativa deja fuera una pregunta fundamental: ¿cómo llegó Haití a esta situación?

Para empezar a responder hay que mirar hacia su origen como nación.

En 1804 Haití se convirtió en la primera república negra del mundo y en el primer país de América Latina y el Caribe en abolir definitivamente la esclavitud. Su independencia fue el resultado de una revolución protagonizada por personas esclavizadas que derrotaron a uno de los imperios coloniales más poderosos de la época.

Pero esa victoria tuvo un precio enorme. En 1825, Francia obligó a Haití a pagar una indemnización colosal a los antiguos colonos esclavistas a cambio de reconocer su independencia. Esa deuda, que el país tardó más de un siglo en pagar, hipotecó profundamente su economía.

Haití es, probablemente, el único país del mundo que tuvo que pagar durante más de un siglo por haber conquistado su libertad.

“El problema es que Haití, históricamente hablando, es el país que abanderó la revolución más radical en la historia del mundo”, explica el sociólogo haitiano Jean Eddy Saint Paul, profesor en Brooklyn College.

“La Revolución Haitiana se hizo bajo el lema ‘Libertad o Muerte’, en nombre de la ciudadanía y de los derechos socioeconómicos. Pero después del asesinato de Jean-Jacques Dessalines, el líder de la revolución, la economía empezó a funcionar como una economía semifeudal”, profundizó.

Con el paso del tiempo, señala Saint Paul, el poder económico y político fue concentrándose en manos de un pequeño grupo de actores vinculados al sector privado y a alianzas con poderes externos.

“Hoy la economía del país está en manos de unos pocos, y la gran mayoría de los haitianos no participa de sus beneficios”, resume.

Esta combinación de herencias históricas, desigualdades internas y presiones internacionales ayuda a entender por qué Haití enfrenta hoy enormes desafíos políticos, económicos y sociales.

Pero reducir el país únicamente a su crisis también oculta otra realidad: la de una sociedad que, a lo largo de su historia, ha construido múltiples formas de resistencia, organización y defensa de su territorio.

En los próximos meses exploraremos algunas de las preguntas que suelen quedar fuera de la conversación sobre Haití: ¿Qué intereses económicos están en juego en su territorio? ¿Por qué ciertos proyectos extractivos se presentan como soluciones para el desarrollo? Y, ¿qué impactos podrían tener para las comunidades y el medioambiente?

Mirar Haití desde estas preguntas permite ir más allá de los estereotipos y entender que su historia —marcada por una revolución que cambió el mundo— sigue influyendo en las disputas que atraviesan el país hoy.

“Debido a su historia, Haití es un país que los poderosos de la comunidad internacional no van a perdonar”, afirma Saint Paul, “pero el pueblo haitiano tiene una enorme capacidad de resistencia”.

*Este artículo hace parte de la «Serie: La minería en Haití — contexto, riesgos y debates», construida en el marco del Programa de Defensa de Territorio de la Universidad Itinerante de la Resistencia en Haití.

 Haiti: Permanent Crisis or Historical Punishment?


By Paula Companioni*

When Haiti appears in international news, it is almost always associated with the same words: crisis, violence, poverty, or disaster. In the global imagination, the country is often portrayed as a territory condemned to permanent instability.

Yet the historical and political reasons that help explain this image are rarely discussed.

Haiti is frequently described as the poorest country in the Americas and as a nation trapped in an endless crisis. However, this narrative leaves out a fundamental question: how did Haiti arrive at this situation?

To begin answering this question, we must look back to its origins as a nation.

In 1804, Haiti became the first Black republic in the world and the first country in Latin America and the Caribbean to definitively abolish slavery. Its independence was the result of a revolution led by enslaved people who defeated one of the most powerful colonial empires of the time.

But that victory came at an enormous cost. In 1825, France forced Haiti to pay a colossal indemnity to former slaveholding colonists in exchange for recognizing its independence. That debt—one that the country took more than a century to repay—deeply burdened its economy.

Haiti is likely the only country in the world that had to pay for more than a century for having won its freedom.

“The problem is that Haiti, historically speaking, is the country that led the most radical revolution in the history of the world,” explains Haitian sociologist Jean Eddy Saint Paul, a professor at Brooklyn College.

“The Haitian Revolution was carried out under the slogan ‘Liberty or Death,’ in the name of citizenship and socioeconomic rights. But after the assassination of Jean-Jacques Dessalines, the leader of the revolution, the economy began to function as a semi-feudal system,” he adds.

Over time, Saint Paul notes, economic and political power became concentrated in the hands of a small group of actors linked to the private sector and to alliances with external powers.

“Today the country’s economy is in the hands of a few, and the vast majority of Haitians do not share in its benefits,” he summarizes.

This combination of historical legacies, internal inequalities, and international pressures helps explain why Haiti faces enormous political, economic, and social challenges today.

But reducing the country solely to its crisis also obscures another reality: that of a society which, throughout its history, has built multiple forms of resistance, organization, and defense of its territory.

In the coming months, we will explore some of the questions that are often left out of conversations about Haiti: What economic interests are at stake in its territory? Why are certain extractive projects presented as solutions for development? And what impacts could they have on communities and the environment?

Looking at Haiti through these questions allows us to move beyond stereotypes and to understand that its history—marked by a revolution that changed the world—continues to shape the struggles unfolding in the country today.

“Because of its history, Haiti is a country that the powerful actors of the international community will not forgive,” Saint Paul says. “But the Haitian people have an enormous capacity for resistance.”

*This article is part of the series “Mining in Haiti — Context, Risks, and Debates,” produced within the framework of the Territory Defense Program of the University of Resistance in Haiti.

Haití: ¿crisis permanente o castigo histórico? – Por Paula Companioni

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Feminismo en la encrucijada: Lo que hemos ganado y lo que nos quieren arrebatar

Por: Luz Palomino/Aquelarre de las Insumisas 

El mapa de nuestras vidas ha cambiado. Y no es una frase hecha: es lo que pasa cuando décadas de movilización social, de hablar dónde nos mandaban callar, de juntarnos donde nos querían solas, consiguen que lo que antes era «un asunto privado» —la violencia machista— hoy se nombra como lo que es: un problema de salud pública y una cuestión de Estado.

Hemos conseguido leyes importantes. Pero más importante aún: hemos creado una conciencia que ya no acepta el silencio como respuesta. Las jóvenes de hoy miran lo que sus abuelas soportaron y dicen: «eso a mí no». Y eso, aunque parezca poco, es una revolución.

Pero ojo, que Simone de Beauvoir ya lo advirtió en el segundo sexo: “no olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados». Y tenía toda la razón. Por eso cada derecho conquistado no es un punto y final, es una trinchera que defender.

Porque la historia del feminismo es, ni más ni menos, la historia de cómo el mundo se ha ido haciendo más democrático. Repasemos lo que hemos conseguido —para que no se nos olvide— y lo que ahora está en juego. Lo que nos costó ganar (y no nos regaló nadie)

El derecho a tener voz propia: el voto

1893: Nueva Zelanda se convierte en el primer país donde las mujeres votan. Sí, leyeron bien: hace apenas 130 años, en la mayor parte del mundo nos consideraban sin criterio para meter una papeleta en una urna.

No olvidamos que el 27 de octubre de 1946 las venezolanas votamos por primera vez. No fue una concesión de los señores de turno; fue el grito de nuestras abuelas que entendieron que la política sin nosotras es puro teatro de sombras.

1947: En Argentina, después de décadas de lucha de sufragistas anónimas y con el empujón de Eva Perón, se aprueba la Ley 13.010. Las mujeres argentinas pudieron votar por primera vez en 1951.

1953: México reconoce el derecho al voto femenino. Tardaron, pero llegó.

Que hoy nos parezca tan normal ir a votar es la mejor prueba de que el feminismo funciona: cuando una conquista se asienta, parece que hubiera estado siempre ahí. Pero no. Detrás de cada derecho hay mujeres que se jugaron hasta la vida.

Autonomía económica y jurídica: dejar de ser propiedad de nadie

1975: La ONU declara el Año Internacional de la Mujer. Por primera vez, el mundo hablaba de nosotras como sujetos de derecho, no solo como madres o esposas.

1981: Entra en vigor la CEDAW, que viene a ser como la constitución de los derechos de las mujeres a nivel mundial. Por si alguien tiene dudas: esto significa que los países que la firman se comprometen a cambiar todo lo que nos discrimine.

El cuerpo como territorio propio: La revolución más íntima

2012: Argentina aprueba la Ley de Identidad de Género. Pionera en el mundo: reconoce que cada persona tiene derecho a ser llamada como se siente, sin que ningún médico ni juez tenga que dar permiso.

2020-2021: La Marea Verde, ese tsunami color esperanza que recorrió América Latina, consigue dos hitazos: Argentina legaliza el aborto y en México la Suprema Corte declara que criminalizar a las mujeres que abortan es inconstitucional. Como dice la antropóloga Marta Lamas: «La maternidad será deseada o no será».

2021: México aprueba la Ley Olimpia, que lleva el nombre de Olimpia Coral Melo, una joven que sufrió violencia digital y dijo «hasta aquí». La ley tipifica como delito grabar, difundir o compartir imágenes íntimas sin consentimiento. Porque “lo virtual es real», sí, y el daño duele igual.

Ahora, el patriarcado no es tonto: cuando ve que por un lado le cierran puertas, se cuela por la ventana. Y hoy la ventana es la pantalla.

La violencia digital —ciberacoso, difusión de imágenes sin permiso, deepfakes (esos vídeos trucados que parecen reales) para humillar— afecta sobre todo a mujeres jóvenes y a las que se atreven a opinar en público. El algoritmo, ese invento que no tiene cara ni género, resulta que reproduce el machismo de quienes lo programan.

La antropóloga argentina Rita Segato lo explica clarísimo en su libro Las estructuras elementales de la violencia:

«La violencia contra las mujeres no es un crimen individual, es un crimen corporativo del patriarcado. La crueldad sexual es un lenguaje que habla de la soberanía masculina sobre el territorio-cuerpo de las mujeres.»

Dicho más claro: cuando un hombre difunde un vídeo íntimo de su ex, o cuando un grupo acosa a una compañera por redes, no son «casos aislados». Son mensajes. Mensajes que dicen: «esto es mío, yo decido, tú te callas”. Y Olimpia Coral Melo, la activista mexicana, nos dice: las agresiones en línea duelen, aíslan, expulsan del debate público. Y cuando expulsan a las mujeres de la conversación, la democracia entera se empobrece.

El nuevo fascismo: El que no necesita tanques

Hay quien habla de un «fascismo del siglo XXI». No es el de las botas y los camiones militares —aunque también—, es el que ocupa las pantallas. La nueva aristocracia tecnológica —esos multimillonarios que deciden cómo funcionan las redes— usa los algoritmos para amplificar el odio porque el odio vende, porque el odio engancha.

¿El resultado? Que el antifeminismo se ha convertido en una ideología de moda. Que hay youtubers e influencers que viven de decir que el feminismo es una secta, que las mujeres ya tenemos los mismos derechos, que «ahora los discriminados son ellos”. Y eso cala. Sobre todo, entre los más jóvenes.

En las aulas lo vemos muy seguido con la pregunta «¿y para cuándo un día del hombre?» no es inocente. Detrás hay un malestar real que ha crecido oyendo que la igualdad es lo normal, pero que en su experiencia cotidiana sienten que se les pide renunciar a privilegios que ni siquiera sabían que tenían. Y en lugar de entenderlo como un avance, lo viven como una amenaza. Mientras, gobiernos recortan horas de igualdad en las escuelas, porque claro, si no se enseña, si no se habla, si no se debate, el espacio lo ocupan los discursos de odio. Y los que dicen que la «ideología de género» es un complot contra la vida, contra la familia, contra no se sabe qué, van ganando terreno.

El feminismo no es uno solo: También hay debate interno

Sería mentira decir que todas pensamos igual. El feminismo de 2026 es un hervidero de debates: identidad de género, prostitución, vientres de alquiler… Son conversaciones difíciles, que reflejan que el movimiento está vivo. Pero también que nos cuesta encontrar un frente común cuando la ofensiva de la ultraderecha arremete contra todas.

Frente al feminismo que busca un asiento en las mesas del poder —que también es legítimo—, hay otro feminismo que nace de abajo: el de los sindicatos, el de las ollas populares, el de las mujeres campesinas que defienden el territorio mientras crían a sus hij@s. Ese feminismo entiende que ser mujer, ser pobre y ser migrante no se pueden separar. Que la opresión tiene muchas caras y todas duelen.

Lo pequeño también es político: Resistencias que inspiran

Si algo hemos aprendido de las compañeras de Kibera (el enorme barrio popular de Nairobi, en Kenia) o de las activistas de Minneapolis, es que ninguna acción colectiva es demasiado pequeña. El feminismo popular es el principal muro de contención, frente a un sistema que amasa la riqueza en el 1%, mientras al 99% nos quitan derechos.

Lo vemos en acciones concretas:

Las mujeres que interrumpen etapas de la vuelta ciclista para denunciar lo que está pasando en Gaza.

Las empleadas de hogar que se atreven a denunciar a sus empleadores por explotación, rompiendo el silencio que las ha mantenido invisibles durante décadas.

Todas ellas, desde sitios muy distintos, tejen la misma red. Porque el acoso en un grupo de WhatsApp, el desalojo en un barrio y el bombardeo de una escuela en una guerra son hilos de la misma trama: la de quienes deciden qué vidas importan y qué vidas no.

Porque un feminismo que no hable de salarios, de precariedad, de convenios o de la brecha de pensiones se olvida de dónde venimos. Y nosotras venimos de la fábrica, del mostrador y de la cocina comunitaria. Venimos de la convicción de que la emancipación de las mujeres pasa también por la emancipación de la clase trabajadora, y de que mientras haya una compañera cobrando menos por ser mujer, la lucha sigue siendo nuestra.

Pero la respuesta no puede ser solo punitiva. Hace falta algo más de fondo: una contra-pedagogía del poder. Enseñar, desde pequeñitos, que la libertad no es el derecho a oprimir al otr@, sino la capacidad de convivir. La educación en valores no es un extra, algo que se hace si sobra tiempo. Es la base de todo. Cuando los gobiernos recortan programas de igualdad y solo piensan en medidas punitivas, están renunciando a evitar el sufrimiento antes de que ocurra.

Como activista y profesora, trato de tejer memoria para que mis estudiantes sepan que los derechos que tenemos no han caído del cielo. Que su bienestar depende de que la lucha continúe. Que entiendan, como dice Segato, que el cuerpo de las mujeres sigue siendo ese papel donde el poder escribe su mensaje. Ahora con algoritmos, pero el mensaje es el mismo.

8M: El ruido que no para

Hace unos años, las huelgas feministas de 2018 y 2019 nos hicieron creer que ya nada podría pararnos. La realidad de 2026 es más compleja: la ultraderecha crece, las violencias se vuelven más sofisticadas, y el «se va a acabar el feminismo» de algunos no es una broma, es una amenaza real. Pero el 8 de marzo no es una celebración. Nunca lo ha sido. Es un altavoz, una trinchera, una manera de decir: «seguimos aquí».

Como aquel lema de 2018: «Si nosotras paramos, se para el mundo». Pues bien: aunque el mundo no se pare del todo, nuestro ruido lo hace temblar. Las cacerolas, los gritos, las pancartas: todo eso es el sonido de que no nos resignamos.

No tenemos un plan perfecto para frenar el avance del fascismo y la «pedagogía de la crueldad». Pero tenemos algo mejor: organización. Tenemos la capacidad de hacer ruido. Un ruido que señala al agresor, que interrumpe los negocios de quienes ganan con nuestro dolor, que conecta lo que pasa en nuestra calle con lo que pasa al otro lado del océano.

Este 8 de marzo, salgamos a las calles, que el escándalo de nuestra dignidad sea más fuerte que el silencio que nos quieren imponer. Porque el feminismo no pide permiso para existir: existe, resiste, y vuelve a empezar cada mañana. En cada conversación, en cada denuncia, en cada negativa a callarse.

Y en esa resistencia cotidiana —en esa terquedad de seguir tejiendo redes donde otros siembran muros— se juega la posibilidad de un futuro donde la vida, y no el mercado, sea lo que de verdad importe.

Mujeres nuestra mayor rebeldía es seguir juntas; nuestra mayor victoria es que no volverán a callarnos. 

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Feminismo, ese ruido contagioso

Por: Varias Autoras 

En uno de los mayores barrios de la periferia de Nairobi, hay una norma no escrita por la que si una mujer es atacada o está sufriendo una agresión, salen todas a hacer ruido con sus cazuelas.


Cuenta una buena compañera que en algunas zonas de Kibera, uno de los mayores barrios de la periferia de Nairobi, Kenia, hay una norma no escrita por la que si una mujer es atacada o está sufriendo una agresión, salen todas a hacer ruido con sus cazuelas. El objetivo es estigmatizar la violencia dentro de las comunidades y que ese ruido, esa interrupción de la vida cotidiana, ponga el foco en la  lucha contra la violencia de género.

Es probable que mientras Ayuso anunciaba la entrega de la medalla de la Comunidad de Madrid a Donald Trump “por ser faro de libertad del mundo” —Milei, Guaidó o Noboa también la han recibido— en Minneapolis, centenares de activistas se concentraran a 20 grados bajo cero para dar su mejor do de pecho e improvisar un concierto en las puertas de un hotel. Hotel donde los agentes del ICE intentan descansar tras largas jornadas de redadas y detenciones racistas. La narrativa que triangula inmigración, seguridad y delincuencia no es nueva.

La derecha y la ultraderecha llevan décadas construyendo a través de sus medios, y ahora las redes, al “enemigo común”. Un relato de tintes fascistas cargado muchas veces de islamofobia, donde los derechos de las mujeres se instrumentalizan para imponer políticas racistas. Esa es la misma derecha que se expande a nivel mundial en países como Hungría, Italia o Estados Unidos a través un profundo entramado de organizaciones y fundaciones que buscan implantar políticas públicas de control sobre los cuerpos de las mujeres, su idea de familia tradicional y alertar sobre la teoría del reemplazo o el invierno demográfico.

Si algo hemos aprendido las feministas es que nunca hay que menospreciar la potencialidad de ninguna acción colectiva, por muy pequeña que nos parezca

Lejos de Estados Unidos, el pasado verano, impulsadas por esa necesidad de ruido y  probablemente por la rabia y la impotencia de estar viviendo un genocidio en directo, cinco activistas se plantaron en medio del Alt Empordà para intentar parar la vuelta ciclista. El equipo Israel Premier Tech rodaba a sus anchas legitimando así las actuaciones del estado sionista. Y lo que empezó como un pequeño alfiler cayendo al suelo terminó con convocatorias multitudinarias por todo el estado hasta que se consiguió parar varias etapas de la vuelta ciclista.

Si algo hemos aprendido las feministas es que nunca hay que menospreciar la potencialidad de ninguna acción colectiva, por muy pequeña que nos parezca, ya que sabemos el efecto de contagio que puede producir.

El 31 de enero de 2026 el ruido inundó una vez más La Cañada en una multitudinaria marcha para defender su territorio, y su “derecho a tener derechos”  como expresaba la activista y vecina del barrio Houda Akrikrez en el manifiesto leído al final de la movilización.

Cañada, está amenaza de derribo y desalojo. Desde hace más de cinco años viven sin luz debido a un corte de suministro llevado a cabo por Naturgy empresa española que opera en el sector energético de México, Brasil, Argentina, Chile y Panamá, muchos calificados de narcoestados, por Ayuso.

Las feministas llevamos décadas haciendo ruido, denunciando y visibilizando las violencias, señalando a “truhanes y señores” que se creen impunes

Este territorio del sureste de Madrid también está amenazado por el mantra del ladrillo. Madrid se ha convertido en una de las zonas más tensionadas de todo el Estado, donde la emergencia habitacional está expulsando a miles de personas. Las administraciones le han puesto una alfombra roja a los fondos de inversión transnacionales que especulan y se lucran con la vivienda, comprado bloques enteros, pero también con los servicios públicos como la sanidad o la educación. En sanidad, la gestión indirecta en la Comunidad de Madrid merma los recursos de la pública mientras que en educación el trasvase de fondos a la mal llamada concertada se realiza a través de becas o cesión de suelo público. Cañada lleva más de 30 años poniendo el foco en un modelo depredador de ciudad trasnacional que encuentra resistencias entre colectivos antirracistas, feministas, ecologistas y de defensa de los servicios públicos.

Las feministas “somos más, en todas partes”, como afirma el lema de este año de la comisión 8M del movimiento feminista de Madrid. Llevamos décadas haciendo ruido, denunciando y visibilizando las violencias, señalando a “truhanes y señores” que se creen impunes, como en el caso Epstein. El pasado 13 de enero de 2026 dos exempleadas de Julio Iglesias presentaron ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional una denuncia formal por abusos sexuales, agresión, acoso y explotación laboral. Los hechos ocurrieron en 2021 mientras trabajaban en las residencias del artista en República Dominicana y Bahamas.

La denuncia no ha prosperado, de momento, supuestamente por cuestiones de jurisdicción, pero permite  visibilizar la violencia sexual en el ámbito del trabajo de hogar. Miles de compañeras de este sector denuncian desde hace años la desprotección legal, los abusos y agresiones que sufren a diario en lugares invisibles para la sociedad: el interior de los domicilios. Sacar el empleo de hogar a las calles, a los medios de comunicación, a los juzgados, escuchar su ruido, nos obliga a hablar de las relaciones laborales racistas y patriarcales, de la impunidad de los hombres blancos y ricos en todo el mundo y en el caso del Estado español, de la Ley de Extranjería.

No menospreciemos el ruido, por pequeño que parezca. Este año en Kibera, Cañada, Palestina, Minneapolis o República Dominicana, las feministas saldremos a las calles organizadas para gritar contra el genocidio, el racismo, las violencias y sus guerras. Frente al avance del fascismo y la ultraderecha no tenemos un plan maestro, nadie lo tiene, pero sí tenemos claro que la única salida posible es la movilización y la organización, conectar las amenazas y las luchas locales que reverberan de un territorio a otro, tener una mirada internacionalista. Como decían Olga Rodríguez y Nadwa Abu-Ghazaleh recientemente en una charla sobre Palestina: “Hay que volver a confiar en la fuerza que tenemos todas juntas”.


Sobre la autoría de ese artículo, ha sido escrito por Izaskun Aroca, Ruth Caravante, Laura Casielles, Sara Lafuente, Haizea Miguela, Justa Montero, Eva Muñoz, Julia Riesco, Ana Romo y Julia Tabernero, integrantes de Feministas en Acción.


Fuente: https://www.elsaltodiario.com/8marzo/feminismo-ruido-contagioso

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Los pueblos originarios, nuestros maestros y doctores


1.

Hoy nos sentimos todos más o menos perdidos. La situación de nuestra civilización, así nos parece, llegó a su límite. Perdida en las contradicciones que ella misma creó, se da cuenta de que el cuerpo de conocimientos y el arsenal de técnicas que ella misma creó no nos ofrecen ninguna solución para resolver los graves problemas a los que nos enfrentamos. Tenemos que cambiar o, en palabras de Zygmunt Bauman, “vamos a engrosar el cortejo de los que se dirigen hacia su propia sepultura”.

La civilización actual no nos presenta un futuro esperanzador. Como advirtió uno de los últimos grandes naturalistas franceses Théodore Monod en su libro-testamento ¿Y si la aventura humana llega a desaparecer? (París, 2000): “Sería el justo castigo por las agresiones que por siglos hemos infligido a la Tierra”.

Aún así continuamos esperando lo imponderable y lo imprevisible, pues la evolución no es lineal, sino que da saltos en un sentido hacia una mayor complejidad y estructura, pero también en un sentido destructivo. Nuestra esperanza es que el salto sea constructivo.

En momentos como estos, cuando nos encontramos en un callejón sin salida, buscamos inspiración en quienes ofrecen una alternativa posible. Así es cómo se someten a nuestra consideración los pueblos originarios. No son “indios”, pues estos no existen. Lo que existen son pueblos con sus culturas, tradiciones y religiones. Cuando Cabral puso sus pies en nuestras tierras, había cerca de 5 millones de habitantes, agrupados en 1.400 pueblos, que hablaban 1.300 lenguas, la mayor proliferación conocida en la historia. Infelizmente debido a la diezmación, ocurrida a lo largo de más de 500 años, tan solo quedan 180 lenguas, una pérdida aproximada del 85%, un daño irreparable para toda la humanidad.

Los que sobrevivieron, según la ONU, son varios millones en casi todas las partes del mundo. Conservan un tesoro de experiencias, de sabiduría ancestral y de modos de relacionarse con la comunidad de vida (naturaleza) que hace posible que podamos afirmar aquello que los Padres de la Iglesia antigua decían de los pobres: ellos son nuestros maestros y doctores. Efectivamente, ellos son eso y su ancestralidad puede ser nuestro futuro (Ailton Krenak).

Ellos enseñaron a los europeos cómo vivir en los trópicos, empezando por darse un baño al menos una vez al día. Nuestro idioma portugués fue enriquecido con centenares de palabras, especialmente relacionadas con la geografía, como Anhngabaú, Itu, Itaquatiara, Iguaçu, Itaorna, Piracicaba, Jundiaí Itaipava, el lugar donde vivo. O en tantos vocablos, como aipim (manihot, es una planta originaria de Brasil), beiju (mbeyú, una especie de tapioca de almidón de mandioca y queso fresco), cipó (enredadera), cuia (cuya y güira, de la misma raíz, pero también totuma o jícara, que da nombre también a los recipientes hechos con ese fruto), farofa (farofa, harina de mandioca tostada en manteca), girau (se mantiene el término ‘jirau’, que se aplica a una parrilla o estrado en el que guardar alimentos para que se ventilen y sequen), guaraná (guaraná, arbusto trepador y su fruto), jabuticaba (jabuticaba, yabuticaba o guapurú, planta y su fruto originario de América del Sur), jururu (triste, melancólico, desanimado, cabizbajo…), mingau (gachas o papilla, consiste en un alimento cremoso elaborado a base de harina de maíz y leche), paçoca (pazoca, es un dulce hecho a base de cacahuete y azúcar), pirão (pirón, papilla hecha a base de harina de mandioca mezclada con diferentes caldos, de camarón, frijoles, carne…), tapioca (tapioca) y tocaia (emboscada con objeto de cazar o matar) entre otros.

2.

Por encima de todo lo que nos enseñan está una integración sinfónica con la naturaleza. Se sienten parte de la naturaleza y no un extraño dentro de ella. Por eso, en sus mitos los seres humanos y otros seres vivos, como animales, con-viven y se casan entre sí. Intuyeron lo que sabemos por la ciencia empírica, que todos formamos una cadena única y sagrada de vida. Son excelsos ecologistas.

La Amazonia, por ejemplo, no es tierra intocable. A lo largo de miles de años las decenas de naciones originarias que ahí vivieron y aún viven interaccionaron sabiamente con ella. Emplearon casi el 12% de toda la selva amazónica de tierra firme para crear “islas de recursos”. Los yanomami saben aprovechar el 78% de las especies de árboles de sus territorios, lo que es muy considerable si tenemos en cuenta la inmensa biodiversidad de la región, que puede albergan del orden de 1.200 especies en una área del tamaño de un campo de fútbol.

Lección para nosotros: no podemos mantener una relación meramente utilitaria con la naturaleza, que nos haga sentir al margen de ella y dueños de ella. Tenemos que mantener una relación de convivencia, que nos haga sentir parte de ella, cuidándola y preservando su integridad y regeneración. Si no aprendemos esa lección, difícilmente salvaremos nuestros biomas, base de nuestra subsistencia.

Los pueblos originarios revelan una actitud de respeto y veneración por todo lo que existe y vive, que consideran cargado de mensajes que saben descifrar. El árbol no es solo un árbol. Posee brazos, que son sus ramas, que a su vez tienen miles de lenguas, que son sus hojas, y conecta la Tierra con el Cielo, que une al ascender desde las raíces hasta la copa. Cuando bailan y toman los bebedizos rituales, hacen una experiencia de encuentro con el mundo del Espíritu, de los ancianos y de los sabios que están vivos y en el otro lado de la vida.

Para ellos lo invisible es parte de lo visible. Es una lección que debemos aprender de ellos, pues vivimos una radical cosificación de la naturaleza, que nos hace sordos e invidentes para entender los mensajes que nos transmite. Para nuestra cultura las cosas son solo cosas y no símbolos de una energía de fondo, poderosa y amorosa que todo penetra y sostiene. Nosotros, hijos de la racionalidad, damos poco valor a otros saberes que vienen del corazón y de nuestros sentimientos más profundos.

Su sabiduría se tejió a través de una delicada sintonía con el universo y de la escucha atenta del latido de la Tierra. Saben mejor que nosotros casar cielo y tierra, integrar vida y muerte, compatibilizar trabajo y diversión, confraternizar al ser humano con la naturaleza. En ese sentido, poseen una civilización muy avanzada, aunque sean tecnológicamente primitivos.

Esa sabiduría precisa ser rescatada por nuestra civilización dominante, fundada en la voluntad de poder y de dominio. Sin esa comunión sapiencial con el lenguaje de la Tierra, quedaremos rehenes de nuestra voluntad de dominio de la naturaleza y del crecimiento infinito, en un planeta notoriamente finito. Al perseverar en ese intento estaremos cavando el abismo en el que nos precipitaremos todos.

Uno de nuestros mayores deseos es la vida en libertad. Pues esa libertad es vivida en plenitud por los pueblos originarios. Abunda con el testimonio de dos hermanos que los conocieron en profundidad, Orlando y Cláudio Villas Buenas: “El indio es totalmente libre, sin tener que responder por esa libertad ante nadie. Si una persona diese un grito en el centro de São Paulo, un coche de policía podría llevarla presa. Si un indio diese un tremendo bramido en medio de la aldea, nadie mirará para él, ni iría a preguntarle por qué gritó. El indio es un hombre libre” (Xingu, os indígenas e seus mitos, 1970, p. 48).

Los caciques nunca tienen poder de mando sobre los demás. Su función es de ánimo, de articulación de las cosas comunes y de relación para con otros pueblos originarios, considerados parientes, y respetando siempre la libertad individual.

Como se desprende de lo anterior, podemos reafirmar lo siguiente: los pueblos originarios deben ser revisitados. Pueden ser nuestros maestros y doctores, quienes nos den sabias lecciones que podrían sugerir otro rumbo para nuestra agónica civilización.

Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y escritor.

Fuente: https://aterraeredonda.com.br/os-povos-originarios-nossos-mestres-e-doutores/

Traducido del portugués para Rebelión por Alfredo Iglesias Diéguez

En este artículo el autor sostiene que los pueblos originarios guardan la memoria viva de un futuro posible: vivir sin dominar la Tierra.

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Economía: El crimen organizado y el sitiamiento psico-cognitivo-territorial como encubrimiento de las estructuras de poder

El crimen organizado y el sitiamiento psico-cognitivo-territorial como encubrimiento de las estructuras de poder

Isaac Enríquez Pérez

El crimen organizado no es una anomalía del capitalismo ni una distorsión o una desviación del orden social. Es parte consustancial de ambos, los estimula y los reproduce en sus fundamentos.

Por un lado, la violencia criminal no es ajena a los procesos de acumulación de capital; los lubrica y los provee de vastas ganancias de procedencia ilícita. Por otro, con la violencia criminal se instaura un orden social fundado en el miedo, el control de territorios y poblaciones y en el sitiamiento de la conciencia a través de narrativas reduccionistas donde se asume que los criminales son patologías ajenas al sistema y que lo corrompen e, incluso, lo someten. Sin esa violencia criminal no existiría razón de ser, ni legitimidad alguna para los aparatos coercitivos y militares de no pocos estados.

El crimen organizado es la manifestación más incisiva y letal de un patrón de acumulación rentista, extractivista y depredador, fundamentado en la desigualdad y la pauperización social. El crimen organizado es la estructura paramilitar del capitalismo para ocupar territorios dotados de recursos naturales y despojar a comunidades. Es parte de la cadena de valor transnacional que vincula la ilegalidad con las redes financieras globales. Su estructura organizacional es sofisticadamente diversificada y con cadenas de mando precisas y centralizadas en sus decisiones estratégicas. No solo es la producción, trasiego y comercialización de drogas, sino que la criminalidad extiende sus brazos a metales preciosos como el oro y la plata, a la extorsión, al tráfico sexual, a los hidrocarburos, al secuestro, a las maderas preciosas, a la piratería audiovisual y de ropa, y a un sinfín de giros, que en conjunto no operan por fuera del sistema económico, sino que son parte del mismo engranaje que lubrica a la economía mundial y, principalmente, a los bancos, los mercados de valores, las criptomonedas, los servicios turísticos, al sector inmobiliario, entre otras actividades.

Quienes son señalados como criminales –el estereotipo del narcotraficante, por ejemplo– por los gobiernos o los mass media solo son la cara visible de una compleja estructura de poder, dominación y riqueza que les usa como chivos expiatorios funcionales para encubrir a sus verdaderos beneficiarios. Son los capataces del cortijo, que operan las facetas operativas y logísticas de la criminalidad a escala local y/o regional. Sin embargo, el know how, el conocimiento especializado y profesional, proviene de otras ramas de esa sofisticada división técnica del trabajo criminal: banqueros, agentes financieros, despachos jurídicos, notariales y contables, desertores de las fuerzas armadas, empresas privadas dedicadas al armamento, facciones de los aparatos coercitivos y securitarios de no pocos Estados, entre otros. Las propias estrategias oficiales de “lucha contra las drogas” alimentan ese know how y esa capacidad cognitiva volcada a la economía criminal y clandestina.

El control territorial y de las poblaciones solo es posible a través de la violencia rentabilizada y mercantilizada que opera a partir de la acumulación por despojo y destierro. Se trata de un sitiamiento psico/cognitivo/territorial que se extiende a recursos naturales, fuerza de trabajo, vías de comunicación, e instituciones raptadas desde adentro. Los mecanismos de control comienzan por la mente de los individuos y se afianzan con una narrativa que estigmatiza y estereotipa a las organizaciones criminales como una anomalía ajena al sistema económico y político. Se construyen significaciones para normalizar al mundo criminal y a sus líderes locales o regionales; en tanto que la misma desigualdad y pobreza perfila a los ejércitos de sicarios, mercenarios y demás operadores de la logística criminal. Cuando ese control se extiende por el territorio, el poder criminal no solo copa los espacios públicos, sino también los imaginarios sociales y los simbolismos vinculados a ese territorio, en el cual también se disputan esas significaciones y se proyectan los mensajes enviados desde las prácticas de violencia. De ahí el poder político del crimen organizado que, en última instancia, radica en el gobierno de las mentes a través de la sensación de miedo y muerte.

Cuando el mensaje se estructura a través de coches-bomba, vehículos y establecimientos comerciales incendiados, obstrucción o bloqueo de caminos, o ejecuciones sumarias, se agotó toda posibilidad de civilización dada por las instituciones formales. No es que el Estado sea fallido o se encuentre rebasado por la criminalidad, sino que está capturado desde adentro, y quienes lo capturan son quienes, en realidad, controlan la estructura criminal y la rentabilidad de sus actividades ilícitas. Es el orden del caos: la violencia criminal en última instancia es controlada y dirigida (https://shre.ink/AoPf). Es parte de un andamiaje de poder y de un modelo económico rentista y desigual.

Las organizaciones criminales, a su vez, generan mecanismos de legitimidad y arraigo en las comunidades pauperizadas. En tanto organizaciones paramilitares se les consiente la configuración de una para-institucionalidad auspiciada por la ausencia premeditada del Estado. Es un brazo armado que lo mismo reprime resistencias sociales, que destronca la cohesión social en las comunidades y la autogestión de éstas para con los recursos naturales. Son, a su vez, franquicias de empresas privadas interesadas en esos recursos naturales como el litio, el oro, la plata, el gas natural, los recursos hídricos; así como en el control de rutas comerciales y en una configuración del territorio de acuerdo a los circuitos ilegales transnacionales. Mientras la narrativa enfatice en una dinámica de “policías y ladrones”, las significaciones y la semiótica del poder encubrirá esos y otros intereses creados vinculados a la producción y tráfico de armas y al blanqueo de recursos de procedencia ilícita.

La necroeconomía es parte consustancial de la geopolítica y geoeconomía del capital. Sin el ingrediente de la muerte y de la violencia criminal no es posible configurar y perpetuar constelaciones globales de poder. Solo que en la división internacional del trabajo criminal son sociedades subdesarrolladas como México y Colombia las que aportan la sangre y los cuerpos desaparecidos –principalmente de jóvenes– mientras el norte del mundo se erige en un pozo sin fondo del consumismo de insumos, bienes y servicios ilícitos. Se trata de un proceso de criminalización de la pobreza como parte del sustento de ese sofisticado andamiaje global de acumulación de capital.

Lo que subyace detrás del crimen organizado es la creciente conflictividad y desigualdad social de las sociedades contemporáneas. Sintetiza las contradicciones profundas de un capitalismo expoliador y fundamentado en la violencia. El crimen organizado es la expresión más acabada de la lógica desbocada y destructiva del mercado, de la mercantilización extrema de la vida social, y de su desmedido afán de lucro y ganancia que desestructura el sentido de comunidad. La simbólica y los rituales propios del crimen organizado remiten a la teología del individualismo hedonista. Si no se exalta al individuo y sus afanes y pulsiones más profundas, no existiría margen de legitimidad. Figuras de capos como Pablo Escobar Gaviria y Joaquín Guzmán Loera son una representación de esa exaltación del individualismo digna de imitar para no pocos. Se trata de mitos y rituales vinculados a la violencia criminal, cuya vitalidad de esta narrativa radica en socavar la acción colectiva, la cohesión social e, incluso, la seguridad emocional de los ciudadanos. En última instancia, esos mitos fundantes de la violencia criminal funcionan como cortinas de humo de las profundas estructuras de poder. Son alfiles desechables, y otros surgirán para reemplazarlos en sus capacidades logísticas.

La disputa, entonces, es en el terreno de las significaciones. Si estas no son subvertidas con la palabra y el análisis riguroso, las estructuras de poder tenderán a perpetuarse, ataviadas por ese sitiamiento psico/cognitivo/territorial y por esa exaltación del individualismo. El pensamiento crítico podría ofrecer brújula a esa labor descomunal obstruida por el poder de los mass media y de las redes sociodigitales.

Isaac Enríquez Pérez. Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor y autor del libro “La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos”. Twitter: @isaacepunam

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Fuente de la Información: https://rebelion.org/el-crimen-organizado-y-el-sitiamiento-psico-cognitivo-territorial-como-encubrimiento-de-las-estructuras-de-poder/

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Breve historia de la privatización de los medios electrónicos

Según Marconi, la radio iba a ser “un heraldo de paz y civilización entre las naciones”. Poco después, vendió su invento a los británicos como instrumento de comunicación y propaganda para sus guerras coloniales. En 1906 se emitió el primer programa de radio en Estados Unidos. Pronto, los discursos políticos se redujeron de una hora a diez minutos. El político que mejor supo usar el nuevo medio fue Franklin Roosevelt. En Alemania, Hitler no sólo se inspiró en la tradición racista de los esclavistas y de teóricos como Madison Grant, sino que su ministro de propaganda aprendió de los libros de Edward Bernays. Hitler no tenía dudas y no andaba con vueltas: “Cuando se desencadena una guerra, lo que importa no es tener la razón, sino conseguir la victoria”.

En Estados Unidos, en los años 20, la mayoría de la población prefería que el nuevo medio, la radio, continuara siendo un servicio público de información. Para 1926, sólo el 4,3 por ciento de las emisoras eran comerciales. Los gremios de maestros y profesores estaban a favor de mantener un número mínimo de esas ondas destinadas a la educación a distancia, no comercial y más democrática, pero para 1928, en apenas dos años, las universidades ya habían perdido decenas de ondas (de 128 a 95). El director de la radio de la University of Arkansas se quejó de que la FRC (organismo en Washington que administraba las ondas de radio) “nos sacó todas las horas que valían algo y nos dejaron aquellas sin ningún valor”. Esto no es sólo un ejemplo; por entonces, apenas el cinco por ciento de la población estadounidense apoyaba un cambio radical hacia la comercialización. En 1932 Business Week reportó una avalancha de cartas protestando por la nueva radiodifusión basada en anuncios.

En 1925 los maestros y profesores habían fundado el National Association of Educational Broadcasters (NAEB) y en 1930, como respuesta al incipiente pero agresivo control del sector privado a través de la venta de publicidad, crearon el National Committee on Education by Radio. Para 1938 habían logrado asegurarse cinco ondas destinadas a la educación, pero todos los observadores estaban de acuerdo en que la exposición de anuncios comerciales no era bien recibido por la población. Pese a esta larga historia de resistencia por medios sin fines de lucro, a finales de los 30 ya quedaban pocas ondas destinadas a la difusión de la cultura y el conocimiento. Todas habían cedido terreno a la radiofonía comercial, con sus programas de diversión apoyados por anuncios comerciales.

Para dar el golpe final, las nuevas emisoras comerciales ofrecieron espacios gratis a los políticos y a los legisladores. ¿Suena conocido? Entre 1931 y 1933, los legisladores fueron invitados 298 veces a la flamante NBC, cadena propiedad de General Motors, la telefónica AT&T y la United Fruit Company, responsable de múltiples golpes de Estado y masacres en América Latina.

El 28 de abril de 1932, la publicación Education by Radio, sostenía que el principio de la Carta Magna de la radio estadounidense declaraba que su existencia se debía al “interés público” y criticaba los lobbies que intentaban cambiar estos principios: “El personal de la Comisión [Federal] de Radio está en este momento reclutando abogados y gente con intereses militares y comerciales (…) y subordinando el aspecto educativo al monopolio de los intereses comerciales”. Más adelante advierte: “La libertad de expresión es la base de cualquier democracia. Permitir que los intereses privados monopolicen el mayor instrumento de acceso a la mente humana que se ha conocido es destruir la democracia. Sin la libertad de expresión de aquellos que no tienen a los ‘beneficios’ como interés principal, no habrá una base inteligente para determinar ninguna política de interés social”.

Poco a poco, se fueron cerrando las radios universitarias y otras de educación, confirmando el divorcio de sus mayores instituciones de educación y cultura con el resto de la población, lo que se refleja cada dos años en los mapas electorales y en la mutua desconfianza entre estos dos sectores de la sociedad disociada. Ya por los años 30, las organizaciones a favor de una cuota de ondas no comerciales como el NCER (parte del Institute of Education Sciences) era caracterizado como “un grupo engañado por pedagogos” demandando tonterías “infantiles”. Por su parte, el “socialista” F. D. Roosevelt no tomó partido por los grupos que se oponían a la toma total de las ondas por los intereses privados porque, frecuente invitado en todas ellas, temía perder este favor político.

Al mismo tiempo, en Canadá se realizaron discusiones populares en decenas de ciudades para decidir qué era lo más conveniente, si seguir un incipiente proceso de comercialización del nuevo medio que se estaba dando en Estados Unidos a través de los avisos o mantener los medios independientes del capital privado. Como lo resumió el hombre de negocios y socialista canadiense Graham Spry al millonario estadounidense y defensor de los medios públicos, Armstrong Perry: “Nuestro mayor temor no es sólo el monopolio [comercial] sino el poder extranjero que viene con el monopolio”. La decisión mayoritaria fue mantener la radiodifusión como un servicio público, no comercial.

No obstante, el poder de los capitales acumulados era abrumador. Como observó el profesor Robert McChensny, el mismo proceso ocurrió durante los 90 en el debate sobre el estatus legal de Internet: mantener el nuevo medio de comunicación regulado por los gobiernos o dejarlo librado a las “leyes del mercado” y a los intereses de las corporaciones. El 22 de junio de 1998, el New York Time reportaba “un clima en el que cualquier regulación de Internet en su infancia comercial se considera alta traición”.

En 1934, los lobbies privatizadores y contra la petición de un 25 por ciento para canales no comerciales en Estados Unidos lograron su mayor éxito con la Ley de Comunicaciones. Esta fue la ley rectora de los medios hasta la Ley de Telecomunicaciones de 1996, no por casualidad diseñada para regular el nuevo medio, Internet, bajo la nueva ideología neoliberal de privatizaciones y desregulaciones de la “libertad comercial”. Entre otras previsiones, eliminó el número legal de canales en manos de un mismo grupo financiero. Es el caso de Sinclair Broadcast Group, el cual actualmente es dueño de casi doscientos canales locales en diferentes estados (afiliados a las grandes cadenas nacionales como Fox, CBS y NBC) los cuales son forzados a leer manifiestos del directorio central como si se tratase de información real, objetiva e independiente, en todos los casos en apoyo de la ideología conservadora de las grandes corporaciones.

En 1938, años después del asalto privatizador de los medios, la NBC concluía: “Nuestros medios son lo que son porque operan en la democracia estadounidense. Es un sistema libre porque este es un país libre. Es de propiedad privada porque la propiedad privada es una de nuestras doctrinas nacionales. Se mantiene de forma privada, a través del patrocinio comercial de una parte de las horas del programa, y sin costo alguno para el oyente, porque el nuestro es un sistema económico gratuito”.

En Inglaterra, con la BBC y con el apoyo mayoritario de la población, la radiofonía permaneció, en su gran mayoría, como servicio público, no comercial, hasta una década después de la Segunda Guerra Mundial. Desde los años cincuenta hasta los ochenta, permaneció como propiedad mixta entre capitales públicos y privados pero con un claro control de calidad en cuanto a los contenidos culturales y de información por parte del Estado. Esto comenzó a cambiar a partir del neoliberalismo impuesto por el gobierno de Margaret Thatcher en los 80. Para los 90, la comercialización del servicio público británico tuvo lugar en Estados Unidos con el fin de recaudar fondos para su central en Inglaterra.

La historia de Internet es un calco del proceso que sufrió la radio. A mediados de los años 20, cuando la radio, el nuevo medio revolucionario por entonces ya había sido inventado y su uso se encontraba en desarrollo, un tercio de las ondas todavía eran de servicio público, es decir, educativas o no comerciales. Similar a todos los medios de comunicación anteriores, Internet no fue inventada por ningún “exitoso hombre de negocios” sino por profesores estadounidenses que, a pesar de su origen militar, creyeron crear un medio anárquico; primero una red no comercial de investigadores y luego una red abierta al público para la interacción y la difusión de las ideas y la información. Como observa McChensny: “Internet nunca hubiese sido creada por ninguna compañía privada; no sólo porque el tiempo de espera para los retornos de ganancia hubiese sido inaceptable, sino por su idea fundamental de una arquitectura de propiedad abierta hubiese sido inaceptable para las compañías privadas”.

Un par de décadas después, cuando la idea y toda la estructura de Internet ya estaba desarrollada en base al principio más democrático de propiedad pública, como todos los medios y todos los grades inventos anteriores fue secuestrada por el poder de turno que, en lo que se refiere a los últimos siglos, está basado en el dinero y en la concentración de los capitales, es decir, las grandes corporaciones. La privatización y comercialización de Internet a través de diferentes leyes desreguladoras ocurrieron en los años 90, no por casualidad en la cresta de la ola neoliberal. Washington decidió la privatización de grandes sectores de la red en 1993, cuando hasta entonces se encontraba prohibida y se había mantenido y desarrollado como una realidad anárquica, amenazando en convertirse en propiedad de la gente común. La idea original de quienes trabajaron en esos proyectos no iba en favor del monopolio de un gobierno, pero tampoco en favor del oligopolio de las grandes corporaciones (protegidas por ese mismo gobierno) que en pocos años se hicieron con este instrumento fundamental de creación de realidad y de opinión pública, no en su totalidad, pero sí en un grado suficiente para mantener el control.

Incluso una poderosa publicación liberal (es decir, conservadora) como The Economist lo reconoció en 1998, aunque no sin sus clásicas ambigüedades de clase: “Cuando Cyberia [Internet] era un pequeño país de académicos, sus leyes funcionaban muy bien. Pero ahora ha sido colonizada por el mercado. Es necesaria una acción más en favor de los negocios” (“The death of an icon”, 22 de octubre de 1998). El poder siempre tiene una buena excusa para apropiarse de todos los inventos, habidos y por haber.

En este caso, la decisión de privatizar Internet se tomó muchos años antes, en 1990, en una reunión en Harvard University, a la cual asistieron representantes del gobierno de Washington y de las grandes corporaciones de las telecomunicaciones. Por supuesto que ni siquiera hubo un profesor de otras áreas, como ciencias o humanidades. Menos hubo un representante del pueblo, ni estadounidense ni de ningún otro pueblo. La democracia es siempre un estorbo para el progreso y la libertad, ¿no? “Es verdad, el gobierno creó Internet con sus recursos, pero el muchacho ha crecido y se ha ido de casa”, fue la explicación de uno de los miembros de la Internet Society (ISOC), interesados en su privatización (Wall Street Journal, 4 de junio de 1998, p. 26).

No por otra razón, en 1996 se aprobó la ley más importante sobre medios de comunicación desde 1934, la Ley de Telecomunicaciones, la que liberaba las fuerzas de los grandes lobbies y corporaciones en nombre de una participación democrática de todos los actores privados. Gracias a esta ley, una misma corporación dejó de estar limitada en el número de medios autorizados para operar. La libertad de los liberales y, más recientemente, de los libertarios conservadores, la libertad de los poderosos, la libertad de los dueños de los países. Que viva la libertad.

Desde la comercialización de Internet, la gente no abandonó la radio ni la televisión, sino que sumó un nuevo medio, agregando varias horas por día al mercado de la atención. Al igual que con la popularización de los periódicos en el siglo XIX, el nuevo medio prometía democratizar la información y crear pueblos e individuos más libres. Al igual que con todos los nuevos medios de comunicación, con Internet y las redes sociales esta libertad ha sido fuertemente cuestionada. Al igual que en todos los casos anteriores, los poderes de las elites de turno secuestraron los nuevos medios y las nuevas tecnologías desde el primer día y, en ningún caso, fue con un propósito altruista de ceder poder a la abrumadora mayoría de los de abajo, los (aparentemente) sin poder. Esta urgencia fue aún más importante en aquellos países que habían consolidado un sistema de democracia liberal con votaciones periódicas. De esta forma, los medios justificaron los fines y la opinión pública se convirtió en el commodity y en el arma más valiosa.

En octubre de 2022, el hombre más rico del planeta, Elon Musk, compró Twitter por 44 mil millones y, antes de conocer siquiera a los principales directores de la empresa, prometió despedir a la mitad de los empleados para “limpiar la casa”. Los asalariados son siempre basura para los psicópatas que aman el éxito y el ejercicio del poder despidiendo empleados. Para noviembre, ya había cumplido con su promesa y, en nombre de la libertad, propuso diferentes cobros del servicio, aparte de comenzar a incluir publicidad. En Twitter la libertad comenzó a expresarse con una explosión de racismo y violencia política. La red no mejoró pero el señor Musk continuó haciendo miles de millones de dólares. De una junta administrativa se pasó a una dictadura más estilo banana republic con un jefe psicópata, autopromocionado como el paladín de la libertad y la democracia.

La introducción de publicidad en Twitter es la repetición del proceso de comercialización de un medio de comunicación, exactamente como ocurrió con la radio en los años 30, con la televisión más tarde y con las compañías de telecomunicación y, principalmente, con Internet en los años 90. La comercialización se vendió por parte de políticos, presidentes y grandes gerentes como una forma de expandir la libertad y la neutralidad ideológica, como si los grandes negocios y la cultura de adoración de las corporaciones y los multimillonarios no se sostuviera con un permanente y ubicuo bombardeo ideológico que es aceptado como si fuese la lluvia que da vida a los campos. Los anunciantes que realmente importan en esta lógica son las grandes compañías, no los pequeños negocios. Más aún, en los países periféricos (la mayoría del mundo) ni las grandes compañías tienen muchas chances de pagar publicidad en las plataformas en la escala en que lo hacen las compañías de los países dominantes.

La super comercialización de las sociedades ha creado una cultura del consumo y, con ella, la fosilización de la ideología que diviniza las leyes del mercado sobre toda actividad humana, define el éxito (los millonarios) y demoniza cualquier opción bajo alguna figura ficticia (los trabajadores holgazanes o los socialistas come niños). No hay consumo sin beneficios y no hay concentración de las ganancias sin un consumismo que impida cualquier pensamiento radical que se oponga a una realidad radical.

En el ensayo “There are Alternatives” publicado en 1998, el filósofo Jünger Habermas fue categórico: “No creo que podamos tener ilusiones sobre lo público de una sociedad en la que los medios de comunicación comerciales marcan la pauta” (New Left Review, setiembre 1998). Claro que, como decía NBC y los lobbies empresariales en los años 30, todas estas opiniones no comerciales son irrealistasinfantiles, y están contra la libertad y la democracia. Al fin y al cabo, Habermas como el profesor Einstein o el pionero de la computación moderna, Alan Turing y los filósofos o inventores de los últimos siglos han sido todos pobres, irrealistas y fracasados.

Hoy, en Estados Unidos, existe una cadena pública de televisión, PBS, y una de radio, NPR. Hasta la presidencia de Ronald Reagan, la mayoría de sus ingresos procedían del gobierno federal, lo cual se fue reduciendo en las décadas posteriores hasta un magro 15 por ciento, en un persistente intenso en convertirlas, sino en privadas, al menos en cadenas comerciales. A pesar de ser los mayores productores de contenido cultural e informativo profesional del país, todos los años deben mendigar donaciones a su público para complementar su menguado presupuesto, siempre bajo ataque de los políticos conservadores y las corporaciones que los financian, los que entienden que la existencia de un medio depende de su rating. Por otro lado, como ya lo observó Robert McChesney, “lo último que quieren las cadenas comerciales es que PBS y NPR salgan a competir por la publicidad, sobre todo entre aquel público educado y de clase media alta. Cuando en 1998 el gobierno de Francia limitó el tiempo de publicidad en la televisión pública, TF1, la mayor cadena comercial del país, se vio de repente beneficiada”.

En 2025, el presidente Donald Trump eliminó casi todos los fondos del gobierno para NPR y PBS.

La misma historia ha sido y continúa siendo la historia de la Inteligencia Artificial. Luego de 70 años de investigación, experimentación y naturales fracasos por parte de sus creadores no capitalistas, se logró su desarrollo a principios del siglo XXI. Para 2015, luego de la aceleración del desarrollo de los modelos de lenguaje y aprendizaje artificial, se fundó una de las compañías más visible de la actualidad, OpenAI. Sus fundadores no inventaron nada, pero iniciaron el proyecto como una organización sin fines de lucro (nonprofit) para “asegurar que la inteligencia artificial general (AGI) beneficie a toda la humanidad”. En 2019 comenzó su privatización. Luego del éxito de ChatGPT, en 2025 OpenAI pasó de organización “sin fines de lucro” a corporación en gran parte privatizada, con fines de lucro.

 

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Mundo Educativo – Formación continua del profesor en la era digital: un desafío imprescindible

Formación continua del profesor en la era digital: un desafío imprescindible

La educación está atravesando una transformación acelerada. Nuevas tecnologías, nuevas formas de aprender y nuevas necesidades sociales han cambiado profundamente el rol del docente. En este contexto, la formación continua del profesor en la era digital ya no es una opción: es una necesidad urgente para garantizar una educación relevante, inclusiva y de calidad.

Hoy, enseñar implica mucho más que transmitir conocimientos. El docente debe adaptarse, actualizarse y reinventarse constantemente para acompañar a estudiantes que crecen en un entorno hiperconectado y cambiante. La formación continua se convierte así en la herramienta fundamental para fortalecer las competencias pedagógicas, tecnológicas y humanas que exige la actualidad.

¿Qué significa la formación continua en la era digital?

La formación continua comprende todas las acciones de actualización y aprendizaje permanente que los docentes realizan a lo largo de su carrera. En la era digital, esta formación debe enfocarse no solo en nuevas herramientas tecnológicas, sino también en nuevas metodologías, nuevas competencias y nuevas formas de relacionarse con el conocimiento.

Esto incluye:

  • Competencias digitales
  • Innovación pedagógica
  • Manejo de plataformas educativas
  • Metodologías activas (ABP, gamificación, aprendizaje invertido, etc.)
  • Evaluación formativa
  • Inteligencia emocional y habilidades socioemocionales
  • Inclusión y atención a la diversidad

El profesor del futuro —y del presente— debe ser capaz de combinar pedagogía sólida con uso estratégico de la tecnología.


¿Por qué es tan importante la formación continua del docente hoy?

1. La tecnología cambia más rápido que la escuela

Cada año aparecen nuevas herramientas, aplicaciones y plataformas educativas. Para integrarlas correctamente, el docente necesita formación constante, evitando improvisaciones que afecten el aprendizaje.

2. Los estudiantes tienen nuevas formas de aprender

Los alumnos de hoy:

  • usan dispositivos móviles
  • aprenden por microcontenidos
  • buscan autonomía
  • prefieren experiencias interactivas

La formación continua ayuda al docente a comprender estos cambios y adaptar sus estrategias.

3. La educación requiere metodologías más activas

La era digital favorece modelos centrados en el estudiante: proyectos, retos, colaboraciones, simulaciones. Los profesores requieren formación para implementar estas metodologías de manera eficaz.

4. La actualización docente mejora los resultados académicos

Diversos estudios muestran que los docentes capacitados:

  • logran mayor participación
  • mejoran la motivación de los estudiantes
  • diseñan clases más innovadoras
  • obtienen mejores aprendizajes

La formación continua impacta directamente en la calidad educativa.

Competencias digitales esenciales para el docente actual

Para desenvolverse con soltura en la era digital, el docente debe dominar competencias como:

1. Alfabetización digital

Uso básico y seguro de herramientas tecnológicas: navegación, comunicación digital, gestión de archivos, etc.

2. Integración pedagógica de la tecnología

Saber elegir herramientas útiles según el objetivo educativo, no usar tecnología por moda.

3. Creación de contenidos digitales

Videos, infografías, actividades interactivas, rúbricas digitales, cuestionarios automáticos.

4. Gestión de plataformas virtuales

Manejo de LMS como Moodle, Google Classroom o Microsoft Teams.

5. Ética digital

Cuidado de datos, derechos de autor, uso responsable de la información y ciudadanía digital.

6. Analítica del aprendizaje

Interpretar datos de plataformas para mejorar la enseñanza y apoyar a los estudiantes.

Estas competencias fortalecen el rol del docente como facilitador, innovador y mediador del conocimiento.


Modelos y estrategias de formación continua en la era digital

La capacitación docente puede adoptar múltiples formatos:

  • Cursos virtuales
  • Webinars y talleres en línea
  • Microlearning para docentes con poco tiempo
  • Comunidades de aprendizaje profesional
  • Acompañamiento entre pares (peer coaching)
  • Certificaciones en competencias digitales
  • Formación basada en proyectos reales

Los mejores programas de formación continua son flexibles, prácticos y colaborativos, permitiendo que el docente aprenda haciendo.


Desafíos de la formación continua

Aunque la actualización profesional es indispensable, existen retos que deben abordarse:

1. Falta de tiempo

Muchos docentes tienen cargas laborales intensas que dificultan su participación en programas de formación.

2. Acceso desigual a la tecnología

No todos los centros educativos cuentan con las mismas condiciones tecnológicas.

3. Resistencia al cambio

Algunos docentes sienten inseguridad frente a herramientas digitales o nuevas metodologías.

4. Formación poco contextualizada

Algunos cursos no se adaptan a la realidad del docente, haciendo que la capacitación pierda utilidad práctica.

Superar estos desafíos requiere políticas institucionales claras, acompañamiento continuo y espacios de formación relevantes.


El futuro de la formación docente: aprendizaje permanente y colaborativo

La formación continua en la era digital se dirige hacia modelos:

  • personalizados, según el perfil y necesidades del docente
  • colaborativos, donde los profesores aprenden entre sí
  • basados en datos, para identificar áreas de mejora
  • híbridos, combinando sesiones presenciales y online
  • por competencias, más prácticos y orientados a resultados

En este nuevo enfoque, el docente deja de ser solo un consumidor de formación y se convierte en un creador de conocimiento compartido dentro de su comunidad educativa.


Un docente que aprende transforma vidas

La formación continua del profesor en la era digital es mucho más que un requisito profesional: es un compromiso con la calidad educativa y con las generaciones futuras. Un docente que se actualiza, innova y se adapta se convierte en un agente de cambio capaz de inspirar, motivar y preparar a los estudiantes para un mundo en constante transformación.

La educación cambia. La tecnología cambia. Pero el impacto del docente sigue siendo insustituible.
Por eso, su formación continua es —y seguirá siendo— el corazón de la educación.

Fuente de la Información: https://www.redem.org/formacion-continua-del-profesor-en-la-era-digital-un-desafio-imprescindible/

 

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