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Opinión | Salud mental: Locos productivos en el aula

Por: Andrés García Barrios

 

Ser calificado de productivo se ha convertido en el máximo galardón que la sociedad otorga a sus miembros pero, este «boom» de productividad ha sido uno de los detonantes de la epidemia de opioides.

Los millones de seguidores del filósofo esloveno Slavoj Žižek lo han visto más de una vez portando una camiseta en donde se lee la frase: I would prefer not to (Preferiría no hacerlo). No todos saben que esas palabras aluden a la frase que repite una y otra vez el protagonista de la brevísima novela Bartleby, el escribiente, del escritor norteamericano Herman Melville (universalmente conocido por otra de sus novelas, Moby Dick). Bartleby está traducida al español por Jorge Luis Borges, cuyo sólo nombre la recomienda.

Usted, estimada lectora, estimado lector, no se la puede perder (pensando en ello, le remito a una versión gratuita que está disponible en internet). Es una novela terrible. Trata sobre dos hombres: el narrador ─un jefe de oficina siempre apurado por lograr la máxima productividad de los empleados─ y Bartleby, uno de esos empleados, hombre taciturno que cumple su trabajo con eficiencia pero que, como él mismo dice, prefiere no hacer más de aquello para lo que fue contratado. “Preferiría no hacerlo”, repite una y otra vez.

Se ha querido ver en él un anarquista, alguien que se niega a hacer el juego al sistema; o un resistente pacífico, que desobedece sin agredir a nadie. Estas visiones, que lo idealizan, olvidan el deterioro que sufre el personaje a lo largo del texto. No es de ninguna manera un héroe; es un hombre que se encuentra en el límite de su capacidad de relacionarse con el mundo, y lucha por permanecer ahí pues más allá de ese límite todo se vuelve confuso para él. “Preferiría” no dar el mínimo paso hacia una zona de peligro a la que el jefe/narrador, hombre responsable, se ve orillado a jalarlo una y otra vez, no sin remordimientos: siendo también una persona sensible, el jefe no puede dejar de reconocer que él mismo es arrastrado a colaborar en algo que no quiere hacer: dañar a un semejante. Por eso, acaba lamentándose de lo que él y la sociedad entera le ha hecho a Bartleby: “Oh humanidad”, son las palabras con que acaba su narración.

Empecemos por reconocer que ser calificado de productivo se ha convertido en el máximo galardón que la sociedad otorga a sus miembros. Recuerdo la sorpresa que me llevé ya hace 15 años cuando por primera vez recibí, yo también de un jefe, la felicitación del 31 de diciembre con la frase: “Te deseo un feliz y productivo Año Nuevo”. Me quedé helado. Desafortunadamente, nunca he entendido (y me temo que empiezo así a manifestar rasgos bartlebyanos) el valor de la productividad como parte de los buenos deseos para otros y de los propósitos personales. Si yo fuera una máquina de tejer calcetines, lo entendería. Pero como humano que soy, siento que la frase ser productivo ni siquiera me describe como alguien que fabrica bienes útiles sino sólo como una especie de objeto que expide resultados. Se supone que yo entienda que “productividad” significa que esos resultados son al menos útiles y buenos, y que me sienta orgulloso de ello; pero la verdad es que la bienintencionada palabra no me dice que se espera de mi otra cosa que cantidad: cantidad de productos, resultados cuantitativos.

El lector, la lectora, se sorprenderán de a qué grado llega actualmente este boom de productividad: ¿han oído hablar de la epidemia de opioides (sustancias capaces de relajar a alguien prácticamente hasta el delirio, como la heroína y el fentanilo) que en Estados Unidos ha cobrado cientos de miles de muertos por sobredosis? Pues bien, según conocedores en materia de expansión del mercado de drogas, ese uso exagerado responde a la demanda social de detener la frenética carrera productiva actual, la cual arrancó hacia los ochentas y noventas del siglo pasado, por supuesto con su correspondiente droga asociada, la estimulante cocaína, tan acorde con aquella época como los tranquilizantes con la nuestra.

Por supuesto, la exigencia de productividad existe en todos los órdenes humanos, incluido el del pensamiento. Sobre éste habría mucho que decir. Está claro que a unos cuantos se les asigna el deber de pensar ideas que permitan que la sociedad opere de manera organizada para que la productividad llegue al máximo, y por supuesto que el circulo se cierre con el consumo de productos. Pero si bien las expectativas sobre la producción de este tipo de pensamientos son altas, de todos los seres humanos se espera que produzcamos al menos un tipo de pensamiento, ese que nos permite sopesar y elegir los beneficios de la obediencia. Pues bien, Bartleby apenas alcanza este mínimo nivel general, fuera del cual podemos pensar que no logra ningún otro pensamiento productivo. Más bien da toda la impresión de que, falto de otro asidero, gracias a su labor de “escribiente” (es decir, de encargado de copiar textos jurídicos), encuentra en las palabras que transcribe una especie de pensamiento artificial, una prótesis para sostenerse en el mundo del pensamiento productivo mientras el suyo propio se sumerge en quién sabe qué profundidades. Por eso, cuando el jefe le quita esa opción, Bartleby se hunde por completo (y lo hace de una de las maneras más tristes que reporta la literatura universal).

Ahora bien: si de maneras menos tristes volteamos hacia un pensamiento improductivo que sea mero vagabundeo, un soltar las riendas y dejar que las ideas nos lleven por donde ellas quieran, nos topamos con otro personaje de ficción, cuya vida completamente improductiva deviene en locura poderosamente rebelde.  Estoy hablando de Don Quijote de la Mancha, precursor del pobre Bartleby (este último, siendo un moderno y no un barroco como aquél, no tiene otra que ser mediatizado por la productividad y por el tipo de salud mental que la sociedad moderna sugiere). Hayamos leído o no la novela de Cervantes, todos sabemos que una de las técnicas preferidas del ingenioso hidalgo para su modo de vida, consiste en depositar una total confianza en el extravío, cosa que a veces aplica soltando las riendas para que su heroico y famélico corcel Rocinante tome el rumbo que desee. Pero hoy ─ese hoy que es el mismo que el del siglo XIX de Bartleby─, ¿cómo puede alguien soltar las riendas si no es un caballero andante que imita a caballeros andantes de un tiempo pasado, no sólo ya inexistentes sino que son, casi en total medida, personajes de ficción? Si Bartleby gastara sus horas de oficina imitando a antiguos amanuenses y en vez de copias jurídicas se pusiera a escribir textos sacros o poemas de amor cortés al más puro estilo medieval, quizás se salvaría. Aún si lo despidieran, podría salir a la calle a escribir en muros y a cantar sus versos… Pero no puede: como a todo ser humano moderno, se le impone un último rastro de responsabilidad productiva.

Bartleby está en el borde de la esquizofrenia. Mientras es tolerado por el jefe y mantiene su puesto en la oficina, se nos presenta como el último eslabón que sostiene al ser social que somos sobre el abismo infinito de la locura. Pero un pequeño empujón lo hará caer. Todos escuchamos el silencio que deja al despeñarse, y decimos: “Bien, se ha ido”, intentando cerrar el libro sin darle importancia… ¡Pero resulta que ese abismo es parte de todos nosotros, de cada uno de nosotros! Es entonces cuando escuchamos una voz que pregunta “¿Quién sigue?” y aterrorizados, nos alejamos de ese pozo sin fondo. Tomando las riendas de la productividad y su aliada la responsabilidad, volamos al galope con miedo infernal, y cuanto más lejos llegamos, más celebramos nuestro triunfo. ¡Pobre Bartleby!, seguimos diciendo, mientras el éxito y los premios nos deslumbran, y nos aferramos a ellos con el aplauso de todos, ponderando esa victoria como el verdadero fin de la vida humana y olvidando que en realidad venimos huyendo de algo que está en el centro mismo del pensamiento humano.

Olvidando a medias, porque ─siempre quijotescos─ inevitablemente regresamos a ese punto en que triunfar no nos es suficiente, y añoramos algo en lo que presentimos que está nuestro verdadero ser, nuestra profundidad auténtica. “La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece”, nos dice el mismo Jorge Luis Borges, sin alejarse del tema que también tradujo en Bartleby.

*

Un grupo de psiquiatras de la Universidad de Granada, España, nos dan información reveladora, y espeluznante para quienes habitamos grandes centros urbanos, en los cuales se enaltece al “individuo y sus realizaciones materiales”. Tras afirmar que estas realizaciones “son ideales que los esquizofrénicos en general no consiguen alcanzar” pues carecen de “los medios internos para desempeñar los roles que la sociedad les exige”, dichos expertos citan un estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que explica que la esquizofrenia tiene una evolución mucho más favorable en “contextos socioculturales menos favorecidos”; es decir, en contextos en los cuales “hay más énfasis en la colectividad y menos en los individuos”. Estos entornos podrían resultar “en menos sufrimiento existencial, pues en ellos disminuye la presión social por tener éxito y ser normal”.

Creo que esto no se aplica sólo a los esquizofrénicos. Me atrevería a decir que todas las denominadas “enfermedades mentales” tienen que ver con lo que la sociedad exige de nosotros. Ya he hablado un poco de esto en un artículo anterior sobre las supuestas “discapacidades” y diferencias. Tocando ahora una de las condiciones más comunes en nuestros tiempos ─la depresión─, está claro que ésta se asocia con inutilidad para el trabajo y las labores cotidianas, con falta de concentración y dificultad para tomar decisiones, con metas no alcanzadas y con culpabilidad por aquello en lo que uno ha fallado. En la depresión, el sujeto mismo continuamente se mira como desde afuera, juzgándose.

Tendríamos que preguntarnos si al describir la condición llamada trastorno mental no nos estamos sólo refiriendo a la escasa capacidad que tienen los enfermos para actuar como los sanos mentales esperamos que lo hagan, sin tomar en cuenta lo que ellos mismos consideran sus capacidades. ¿De verdad no tiene nada que aportar al mundo alguien que suelta la rienda? (“Para ir a donde no sabes tienes que ir por donde no sabes”, decía acerca de su propia experiencia el místico San Juan de la Cruz, creador de una de las obras poéticas más sublimes de todos los tiempos). ¿No somos los actores productivos quienes, con nuestras exigencias, acabamos empujando a los esquizofrénicos, depresivos, bipolares, obsesivos/compulsivos y otros diagnosticados por el estilo, a un sitio en que dejan de aportar por completo y se sumergen en esa “sintomatología” tan bien descrita en todos los estudios psiquiátricos: ausencia de autoestima, aislamiento, soledad, angustia, sensación de vacío? ¿Son estos realmente síntomas de locura o son más bien las reacciones de algunas personas ante el trato que reciben por su forma de ser y sus preferencias?

El sentido de la vida ¿de verdad está adelante y no al fondo? ¿Estará de verdad en producir y no en sólo en escuchar y contemplar? Kant decía que es más inteligente quien más tolera la incertidumbre. ¿No serán los locos seres singularmente inteligentes a los que sin embargo queremos obligar a que nos reporten sus hallazgos de forma productiva y responsable?

Mi pregunta de fondo es: en esta sociedad en que tantos nuevos problemas parecen irresolubles, donde el escepticismo cae sobre la población como nunca antes, ¿no será momento de cuidar de las locuras de los locos ─lo mismo que de la genialidad de las personas autistas─, en las cuales quizás se resguardan soluciones insospechadas que un día ellos estarán listos para compartirnos?

Pensando en nosotros como maestros y líderes educativos, ¿no sería nuestra primera responsabilidad reducir la presión sobre la productividad de nuestros alumnos, sobre la responsabilidad y los valores basados en el desarrollo individual y la competencia, no sólo para prevenir el desbordamiento de quienes están justamente en el borde, sino para poder aprovechar todas esas llamadas locuraspensamientos sin sentidofantasías improductivas y miradas disruptivas que surgen del ocio y que quizás profetizan soluciones a problemas que ni siquiera las ciencias de la complejidad pueden resolver?

Nunca olvidemos que, así como un buen líder hace avanzar a su grupo a la velocidad del más lento, el buen maestro cuida el paso del que parece el más rezagado, respetuoso del infinito valor que lleva dentro.Y siempre recordemos que,mientras intentamos inútilmente menospreciar el modo de vida de los extraviados, grandes sabios sueñan con una vida de vagabundeo, como si en ella se guardaran secretos que ningún conocimiento puede darnos. Diógenes, el antiguo griego que habitaba entre la basura y vivía en un barril, era considerado la persona más sabia de su tiempo, y el notable físico cuántico Carlo Rovelli ─del que se ha dicho que es el nuevo Stephen Hawking─ expresa que si de verdad pudiera vivir la vida que desea, sería vagabundo. Admitamos que es algo que todos de alguna forma soñamos, intuyendo que la pérdida de toda responsabilidad y toda productividad no implica la pérdida de sentido, y que quizás incluso sea algo más acorde con la demanda de nuestros tiempos, hartos de una productividad desenfrenada, la cual por ahora parece tener como única solución esos verdaderos sueños de opio que también en nuestro país corren el riesgo de convertirse en crisis de opioides.

Fuente de la información e imagen:  https://observatorio.tec.mx

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Miles de personas exigimos que la Ley de Educación priorice la Escuela Pública Vasca

Miles de personas nos hemos manifestado este domingo por las calles de Donostia en apoyo a la Escuela Pública Vasca y contra la nueva Ley de Educación. La manifestación, convocada por la plataforma Euskal Eskola Publikoaz Harro, ha partido a las 12:30 horas del Boulevard donostiarra bajo el lema ‘Euskal eskola publikoaren alde, hezkuntza lege honi ez’. A las 10:00 el ambiente festivo y reivindicativo ya era palpable y los niños y las niñas han disfrutado de actividades lúdicas antes de iniciar la marcha: pintacaras, manualidades, exposición de cabezudos y el teatro musical Gora bihotzak!

El objetivo de la marcha ha sido exigir a los partidos políticos que den marcha atrás con un proyecto de ley que ahonda en la privatización de la educación arrinconando a la escuela pública y que no garantiza la euskaldunización de todo el alumnado. Es, además, un proyecto que responde exclusivamente a los intereses de los centros concertados y desvía a la privada los recursos que necesita la escuela pública para ofrecer una educación de calidad a todo el alumnado.

Hemos denunciado que se trata de una ley que no ha contado con la comunidad educativa y que no da respuesta a los retos del sistema.  Hemos exigido que se priorice la escuela pública y se le dote de todos los recursos necesarios para convertirla en eje del sistema.

Como ha recordado la plataforma Euskal Eskola Publikoaz Harro, “desde la firma del Acuerdo Educativo en abril de 2022, el Departamento de Educación, en lugar de adoptar medidas para consolidar una Escuela Pública Vasca de toda la ciudadanía y un auténtico servicio público, ha apostado una y otra vez por favorecer a la red privada-concertada”.

Además, la plataforma ha lamentado que las aportaciones presentadas en junio en la Comisión de Educación del Parlamento no hayan sido tenidas en cuenta y que “el Gobierno Vasco ha hecho oídos sordos a todo lo que se ha hecho y dicho a favor de la Escuela Pública Vasca”.

En el acto de clausura se ha leído el comunicado de la plataforma y ha tomado la palabra la jueza Garbiñe Biurrun, con un discurso en defensa de una Escuela Pública Vasca, universal, inclusiva, cohesionada, plural, euskaldun, laica, de calidad, cercana y gratuita. “La escuela pública es de todas y para todos, porque tiene las puertas abiertas a todo el mundo. Queremos una educación que ponga en el centro a la escuela pública, una educación euskaldun de calidad que favorezca la cohesión social y la igualdad”. Como colofón, niños y niñas de Orio, Errenteria, Ordizia y Zaldibia han subido al escenario para ofrecernos un recital de versos y baile.

Desde Euskal Eskola Publikoaz Harro se ha hecho un llamamiento a todos los partidos del Parlamento vasco para que, en el marco de las enmiendas que debatirán en las próximas semanas, repiensen el fondo de la Ley y la rechacen, ya que mantiene los intereses particulares de los centros de la red privada, dejando abandonada la red pública que es la de todas y todos.

Además de los agentes a favor de la Escuela Pública Vasca que formamos la plataforma Euskal Eskola Publikoaz Harro (Plataformas de Donostialdea, Oarsoaldea, Ordizia, Urola-Kosta, Andoain, Aiztondo, Debagoiena, Bilbo, Santurtzi, Gasteiz, Oion y Aiaraldea; EHIGE gurasoen konfederazioa; los sindicatos STEILAS, CCOO y ESK; la federación de direcciones HEIZE; Ikasle Sindikatua; Ikasle Abertzaleak; Ikasle Ekintza; Gazte Komunistak) también nos han mostrado todo su apoyo: el sindicato ELA; los partidos políticos Elkarrekin Ahal dugu y Alternatiba; Eskola Laikoa; Ikas-bi (asociación de familias bilingues de Iparralde); Zubiak Eraikiz grupo motor de ILP Eskola Inklusiboa; Adarra Pedagogia Kolektiboa; Mugarik gabe; Komite Internazionalistak; Feministalde y otras asociaciones de padres y madres, escuelas públicas, ikastolas de la red pública, haurreskolas, Gonzalo Larruzea y algunas y algunos profesores de la UPV.

Descarga el manifiesto final de Euskal Eskola Publikoaz Harro!

Descarga el tríptico ¿Por qué rechazamos el proyecto de ley de educación del país vasco? en formato PDF.

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Carta de una lectora: «¿Cuál es el miedo al cambio del sistema educativo?»

En una época caracterizada por avances científicos y tecnológicos vertiginosos, las neurociencias emergen como un componente esencial en el ámbito educativo. Sin embargo, a pesar de la evidencia que respalda la efectividad de estrategias educativas propuestas por la neurociencia, las cuales comparten similitudes con enfoques tradicionales basados en la empatía y la paciencia, se observa una resistencia notoria por parte de un número de profesionales. Varias razones confluyen en esta negativa.

Por un lado, la educación y la política están interconectadas, y las ideologías gubernamentales pueden influir en el sistema educativo, como así también las creencias particulares de cada profesional. Otro motivo puede ser el hecho de que esta reforma no genera beneficios económicos para grandes lobbies y requiere una inversión estatal significativa. A pesar de ello, existen numerosas pruebas y estudios científicos que avalan la necesidad de reformar ciertos métodos pedagógicos, desde la relación profesorado-alumnado, hasta las prácticas disciplinarias.

No obstante, persisten en las aulas prácticas obsoletas como la ridiculización, el castigo colectivo y el exceso de deberes, y la resistencia a cambiar esto se justifica acusando de sobreprotección y exceso de sensibilidad a quienes se oponen, aunque esté demostrado que estas acciones provocan o potencian efectos emocionales negativos, desde agresividad hasta depresión, lo cual en ocasiones, conduce a la prescripción innecesaria de medicamentos, beneficiando a la industria farmacéutica.

Imponer la autoridad con hostilidad no se debe a la «sensibilidad» de las nuevas generaciones, sino a la incapacidad de abordar las propias carencias emocionales de las generaciones anteriores. Esto demuestra una falta de flexibilidad y humildad para adoptar metodologías innovadoras, lo cual es lamentable en adultos responsables de la educación de las generaciones futuras. En lugar de hostigar, hay que educar.

https://www.elperiodico.com/es/entre-todos/participacion/sistema-educativo-cambio-educacion-carta-lectora-barbara-balbo-figueroa-93792336

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República Dominicana: La educación en estado de emergencia

La distracción que trae consigo la riña electoral deja a un lado la discusión de los temas fundamentales, como el de la educación, por ejemplo. Un profundo y realista estudio de Educa, presentado la semana pasada con los auspicios del Banco Popular, debería obligarnos a pensar la necesidad de rescatar la que debe seguir siendo nuestra prioridad de prioridades y aglutinar todas las energías para rescatar el sistema educativo del pozo en que se hunde.

Si queremos desafiar los retos del futuro estamos obligados a dotarla de la calidad que haga de ella un fuerte instrumento del desarrollo de la República. Y, con ello, lograr los objetivos de otra de nuestras grandes urgencias, de obtención impostergable, como es el mejoramiento de las condiciones de salud del pueblo, hoy también en crisis.

Los resultados expuestos en el estudio de Educa muestran cifras escalofriantes, que no guardan proporción con los grandes gastos e inversiones realizadas en el área educativa, y que, por el contrario, muestran señales de retrocesos en lugar de avances en esa esfera. La educación está en crisis con déficits de aulas, docentes y, sobre todo, en la enseñanza y aprendizaje de las ciencias y las matemáticas. Antes de que fallezca, ese paciente, casi moribundo, tiene que ser llevado a la sala de cuidados intensivos, hay que declararlo en emergencia, se deben prohibir las huelgas y asumir esa medida como una obligación nacional.

La gravedad del caso no permite dubitaciones, sino escalpelos, y si no actuamos con la rapidez, la energía y la dedicación indispensables, el paciente morirá y con él la oportunidad de avanzar en la ruta hacia el futuro. El tema no puede seguir siendo un juguete en manos de los hacedores de lemas políticos publicitarios. Es cuestión de ahora o nunca.

https://www.elcaribe.com.do/opiniones/la-columna-de-miguel-guerrero/la-educacion-en-estado-de-emergencia/

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España: El profesor que ha dejado el aula por el desinterés y la falta de respeto de los alumnos: «Uno miraba el mapa de Europa al revés»

Una compañera tuvo que coger una baldosa para defenderse», cuenta Ánjel Mª Fernández. «Me pregunto cuánto les ayuda que les regalen el título de ESO»

El profesor Ánjel -así se hace llamar- María Fernández, nacido en Arnedo (La Rioja) hace 50 años, ha abandonado la docencia después de una década dando clase. Cuenta el porqué en su libro, Había del verbo a ver. Diario del instituto (Pepitas Ed.), la crónica real de su día a día en un centro educativo de Navarra durante el curso 20219/20, el del Covid, tratando de enseñar a alumnos del programa de refuerzo.

Cansado de faltas de respeto» y desinterés, llegó a la conclusión de que «la adolescencia al completo» le producía rechazo. «Veo estupidez allá donde mire. Ya no comprendo ni soporto nada de lo que hacen. No soporto tanta ignorancia. Casi cada uno de ellos simboliza la imbecilidad», afirma en el libro, un relato que muestra con desgarradora sinceridad una realidad poco conocida en la enseñanza.

El libro comienza: «Tras más de un mes en el nuevo instituto, tenía ganas de abandonar el trabajo. El mero hecho de ir me provocaba ansiedad? ¿Está quemado?

Sí, estoy quemado. Dejé la enseñanza el curso pasado y éste es el primero en que no doy clase después de una década. No me inscribí en las ofertas para interinos, así que estoy fuera. Tenía una sensación física de ansiedad y desagrado, miedo a lo que me iba a encontrar mezclado con inseguridad, que se incrementaba a medida que veía que el desempeño de los alumnos no me devolvía lo que esperaba por su poco interés, su mala formación académica y un nivel tan bajo que no podía impartir la materia. Vengo de una cultura escolar en la que la figura del profesor era respetada y el trato era muy distinto al que nos encontramos actualmente. Quizá no he tenido paciencia o me ha faltado experiencia, pero soy bastante visceral y me provocaban mucha desazón la mala educación, las faltas de respeto y ver que estos muchachos se creyeran que podían estar al mismo nivel que un docente.

¿Qué ha sido lo peor que le ha pasado en el aula?

He visto a chavales que se insultaban unos a otros, levantándole la mano a profesores… Una compañera mía tuvo que coger un trozo de baldosa para defenderse de un alumno, tal era su miedo e impotencia. ¿A qué tiene que llegar un profesor en el aula para que sienta que su vida está en peligro? Pero lo que más dolor me ha producido tiene que ver con el modo en que yo he respondido: estuve bastante cerca de agarrar a un alumno y agredirlo.

Usted cuenta en el libro que golpeó la puerta de un armario y que le dijo a sus alumnos: «Sois unos zoquetes, joder». ¿Se le puede llamar imbécil a un alumno?

Ojalá nunca hubiera dicho imbécil o zoquete a un alumno. No creo que ayudara en nada.

¿Cómo eran sus alumnos? En el libro habla de un chico que compraba vibradores por internet y los revendía en el instituto, otro con hachís, una chica que se quedó embarazada con 15 años, uno que se metía en peleas todos los fines de semana…

La mayoría de alumnos del programa de refuerzo procedían de familias muy pobres. En algunos casos se notaba la pobreza porque se olía: llevaban la misma ropa toda la semana y en invierno olían a leña quemada. Si no tienes con qué abrigarte, ¿cómo vas a rendir en lo académico? Había una niña a la que su familia evangélica no le dejaba ir a clase y acudía sólo cada dos semanas para que servicios sociales no interviniera. Otra vivía con sus abuelos porque su padre estaba en la cárcel y su madre se desentendía. Muchos no reciben el afecto adecuado y eso se nota en el aula, donde llaman la atención buscando la ayuda afectiva que no reciben en sus hogares.

¿Siguen estudiando después de los 16 años?

A muchos lo que les pasa es que quieren trabajar. En La Ribera de Navarra hay muchas familias de origen inmigrante que han venido a trabajar en las conserveras o en el campo, y ellos quieren hacer lo mismo. También ocurre que a veces tienen tan poco nivel académico que sufren una pelea consigo mismos porque hay problemas muy sencillos que no pueden afrontar y eso les frustra mucho.

Está en el debate la posibilidad de extender la enseñanza obligatoria de los 16 a los 18 años. ¿Es partidario?

No solucionaría el problema, sino que lo agravaría. Algunos alumnos son capaces de asegurar el primer día de curso que no piensan hacer nada en todo el año y lo cumplen a rajatabla. El chaval que a los 13 años no quiere estudiar mantiene una pelea diaria con el centro y complica mucho el trato con el resto del grupo. Se deberían crear espacios de aprendizaje ajenos a los caminos de la ESO.

¿La FP?

El problema es que en el aula se sienten enjaulados. Les interesa el taller, pero les desesperan las asignaturas obligatorias.

A estos alumnos de refuerzo usted les daba clase por ámbitos, mezclando varias asignaturas, como Lengua e Historia. ¿Les va bien este sistema?

Se desdibujan las materias.

Dice que los alumnos de ESO que están en refuerzo tienen exámenes con un nivel de Primaria. Cuando terminan, ¿salen sabiendo algo o les regalan el título?

No es sólo a los de refuerzo, en general se regalan muchos títulos. Muchos alumnos terminan 4º de la ESO y se gradúan y es un regalo con el que no soñaban. Se favorece bastante que pasen de curso en curso y es raro que se les haga repetir. Me pregunto cuánto les ayuda a ellos. Si les abre un camino, en fin, pelillos a la mar. Pero no estoy seguro de qué es lo que ellos entienden que se les enseña.

¿Exigirles menos no los perjudica? En su libro cuenta que estos críos dicen que las siglas del programa PROA (Plan de Refuerzo, Orientación y Apoyo) significan «Personas Retrasadas o Anormales».

Es muy difícil exigirles más. Hay chavales de 12 años con un nivel de Lengua o Matemáticas de niños de ocho años.

Durante el Covid hubo manga ancha con la nota. Habla de una instrucción del Gobierno de Navarra a los profesores que decía: «Si es lo mejor para el alumno, no titulará; pero si es lo mejor para el alumno, titulará».

Además, nadie que aprobara las dos primeras evaluaciones podía suspender el curso, aunque tuviera un cero en la tercera. El profesor tiene que medir según baremos académicos, no según lo que entienda que es mejor para el alumno. No creo que ayudara en nada a los chicos y ponía a los profesores en un lugar que no les correspondía.

En el libro salen algunas de las faltas que cometen sus alumnos. «Así» lo ponen «hasi» y «ha si». Escriben «hida y vuelta», «hun amigo» o «eya se siente horgullosa de aberlo intentado». ¿Qué más errores cometen?

Se podría haber escrito otro libro con todos los errores que cometen los alumnos no sólo en Lengua, incluso los chavales que tienen buen nivel académico. Uno de los que salen en el libro se puso a mirar un mapa de Europa y no lo entendía porque lo estaba mirando al revés. Otro ni siquiera sabía lo que significaba la palabra mapamundi.

¿Qué edad tenía el chico que decía que Navidad era el 25 de noviembre?

13 años.

¿Qué efectos han tenido las pantallas?

Han sido nefastas. Yo las sacaría del aula. Los alumnos las utilizan para oír música, ver vídeos, jugar a videojuegos… Distraen. La Administración está constantemente buscando el modo de poner controles parentales, pero los chavales son muy listos. Hay una batalla continua. Para leer, escribir o estudiar la Historia de la Literatura no hacen falta pantallas.

¿Va a volver alguna vez a dar clase?

No lo sé. En principio, no. Ahora estoy reconduciendo mi carrera hacia la corrección ortográfica y de estilo. Si puedo evitarlo, lo evitaré.

Fuente: https://www.elmundo.es/espana/2023/10/27/653a7cb3fdddff2d0a8b45a3.html

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Huele a mi maestra

Por: Denise Betzabeth Díaz Alejandre. Subdirectora de difusión del Portal Insurgencia Magisterial

La frase que Pedro, su alumno, le había dicho ese día le daba vueltas. Había sido como si un río rompiera el dique que lo encarceló durante mucho tiempo y libre pudiera recorrer cientos de metros que ya no recordaba había andado hace tiempo atrás.

Cerró los ojos y un aroma de aquellos tiempos la envolvió, era un olor a hierbas. Se recostó en su cama y su cabeza se llenó de sonidos, voces y colores de aquellos tiempos en su pueblo. Por un momento sintió la textura de la tela de la ropa que vestía cuando vivía en el pueblo, era una niña, pero veía con claridad el blanco y se vio haciendo un movimiento para oler su blusa. Hasta ese momento supo que ese movimiento que aún seguía haciendo, tuvo su origen en esos tiempos.

Oler ese pedazo de tela le daba paz y fuerza. Un día le preguntó a su abuela porque la ropa olía tan bonito, ella le respondió: somos humildes pero limpios y dignos. Le contó que su mamá le había enseñado que después de lavar la ropa, debía dejarla en una cubeta con agua y pachulín machacado.

El pachulín era una planta con hojas verdes que crecía a las orillas del río y las lagunas y que al machacarlo con las manos en una cubeta de agua, adquiría un tono verdoso, pero que al meter la ropa de color blanco en ella, está no se manchaba y como por arte de magia la tela absorbía todo el perfume que esta planta regalaba. La ropa olía a hierba todo el día.

Se imaginó tirada en la hierba, oyendo el sonido del río correr y su mamá llamándola para peinarla. Ese era un momento mágico, su mamá tomaba sus cabellos negros y largos entre sus dedos y durante un rato la peinaba y mientras eso ocurría platicaban y reían, era uno de sus momentos preferidos del día, recordaba. Tejía dos largas trenzas, en ocasiones les insertaba tulipanes y ramitas  de albahaca. La mezcla de olores y colores era espectacular.

Pedro y su frase

Ese día ella no había podido llegar a la escuela, un accidente en la carretera se lo impidió. Le preocupaba que no tenía forma de avisarles a padres y estudiantes, la señal del teléfono móvil era inexistente.

Al día siguiente, Pedro la esperaba a la entrada de la escuela, le dijo que la había extrañado, que antes de irse a su casa había pasado a su salón. Muy emocionado le entregó un frasco de cristal que contenía perfume que su mamá le había regalado. Ella pregunto la razón por la que le daba ese regalo y él le dijo, que ayer que pasó al salón, su aroma estaba por todos lados, es como si usted hubiera estado. Esa tarde reconoció lo importancia que para ella tenían los aromas y los olores.

En busca de los olores de la infancia

Pasada la emoción de los recuerdos, busco en diversos sitios en internet información sobre  fragancias y perfumes reconoció que sabía muy poco de este tema, en el fondo deseaba cerrar los ojos, abrir un frasco y ser inundada por los aromas de su infancia. Oler bien, sin pagar una fortuna, se oía bien y siguió leyendo.

Fotografía: farmazara

Fuente de la información e imagen:  https://insurgenciamagisterial.com

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Sergio Massa habló de educación e insistió en que los pibes tienen que ir a la escuela “con una computadora y no con un arma”

“Que los pibes vayan a la escuela con una computadora y no con un arma” es una frase que pronunció el ministro de Hacienda y candidato a presidente por Unión por la Patria, Sergio Massa, el domingo en su discurso de triunfo luego de las elecciones generales, y que repitió hoy cuando inauguró en la localidad bonaerense de San Miguel una escuela técnica, que será la primera en dar clases con orientación en Robótica, Economía del Conocimiento y Metalmecánica en la provincia de Buenos Aires.

Acompañado por el ministro de Educación, Jaime Perczyk, y el de Obras Públicas, Gabriel Katopodis, Massa defendió “la educación pública, gratuita y de calidad” como herramienta para garantizar la “igualdad de oportunidades” y afirmó sobre la formación en el país: “Esto no se arregla con vouchers o con el mercado, sino con el Estado presente. No conozco mucha oferta educativa privada en escuelas técnicas, más bien es cero”.

Massa aseguró sobre la inauguración: “Este es el símbolo de cómo tenemos que sembrar futuro. Este es un símbolo de la Argentina que tenemos que construir. Educación pública, con equipamiento moderno en escuelas técnicas con salida laboral. Los pibes tienen que ser parte de un proceso educativo que le de herramientas para el mundo que viene”.

Además, el ministro de Hacienda destacó que la nueva Ley de Financiamiento educativo aumenta el 30% el presupuesto para 2024 y se duplicarán las escuelas técnicas e informó que se dispondrá del 1,5% del PBI argentino para el sistema universitario con carreras cortas con salida laboral.

https://www.eldiarioar.com/politica/elecciones-2023/sergio-massa-hablo-educacion-e-insistio-pibes-escuela-computadora-no-arma_1_10626444.html
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