Cada 20 de noviembre el mundo conmemora el Día Mundial de las Infancias, una fecha que expone la distancia entre los derechos reconocidos y las realidades que viven millones de niñas, niños y adolescentes. En América Latina y el Caribe, una región marcada por desigualdades estructurales, la deuda con las infancias sigue siendo profunda.
La pedagoga brasileña Nélida Piñon nos recuerda que “una sociedad se revela en la forma en que cuida a quienes no pueden defenderse”. Sin embargo, hoy las cifras muestran un panorama que exige acción urgente.
Violencias que persisten
Según el informe “Violencia contra Niños, Niñas y Adolescentes en América Latina” (UNICEF, 2024):
1 de cada 4 niñas y niños en la región ha sufrido algún tipo de violencia física antes de los 15 años.
El 32% de los adolescentes reporta haber sido víctima de violencia psicológica en el hogar.
1 de cada 5 niñas ha enfrentado algún tipo de violencia sexual antes de cumplir 18 años.
Más de 13 millones de niños viven en contextos donde la violencia armada limita su libertad, educación y salud.
En algunos países estos niveles de violencia llegan a extremos: por ejemplo, en Haití, Jamaica y Surinam, más del 80% de los niños entre 1 y 14 años experimentan castigos violentos. UNICEF+1 Esto demuestra que la agresión en la crianza no es solo un tema doméstico: es una cuestión cultural y estructural.
La Organización Mundial de la Salud (OMS, 2023) documenta que:
El 25% de las mujeres y el 10% de los hombres reportan haber sufrido abuso sexual en la infancia.
En América Latina, los casos de explotación infantil en línea aumentaron más del 30% entre 2020 y 2023, según la Interpol.
El escritor peruano Mario Vargas Llosa, en sus ensayos sobre libertad y niñez, afirmó que “la violencia hacia los niños es la forma más cobarde de la brutalidad humana”. Las cifras actuales, lamentablemente, le dan la razón.
Infancias latinoamericanas en desigualdad
La pobreza infantil sigue siendo uno de los desafíos más persistentes:
39% de las niñas y niños de ALC vive en pobreza, y
8.4% en pobreza extrema (CEPAL, 2024).
En algunos países del Caribe, la pobreza infantil supera el 45%.
El educador brasileño Paulo Freire sostenía que “ningún niño nace marcado para la marginalidad”. Sin embargo, millones de niñas y niños siguen impedidos de ejercer plenamente sus derechos básicos: alimentación, salud, educación, juego y protección.
Los entornos digitales: un nuevo territorio de riesgo
Mientras gobiernos celebran la expansión digital, UNICEF advierte:
1 de cada 3 niñas y niños en la región sufre ciberacoso.
El 20% de los casos de abuso sexual infantil incluye contacto inicial vía redes sociales.
La mitad de los menores no cuenta con supervisión adulta significativa durante su uso de internet.
No se puede hablar de derechos en el mundo digital sin condiciones materiales que los sostengan y adultos capaces de acompañar.
El Día Mundial de las Infancias no es un festejo: es un llamado
Desde 1959, cuando la ONU adoptó la Declaración de los Derechos del Niño, esta fecha busca recordarle a los Estados su responsabilidad. Pero en América Latina aún hay un abismo entre las leyes y la vida cotidiana.
El escritor colombiano Germán Castro Caycedo escribió alguna vez que “un país que no escucha a sus niños está condenado a repetir sus tragedias”. Sus palabras resuenan hoy con fuerza.
Las organizaciones de infancia insisten en medidas urgentes:
Sistemas de protección robustos y financiados.
Más políticas de prevención del abuso sexual infantil.
Educaciones que integren la ciudadanía digital crítica.
Apoyo a familias cuidadoras en contextos de pobreza.
Participación real de niñas, niños y adolescentes en políticas que les afectan.
Porque las infancias no son “el futuro”: son el presente más urgente de América Latina.
El Día Mundial de las Infancias no puede seguir siendo una fecha simbólica ni un gesto protocolar. Las cifras muestran que América Latina mantiene una deuda histórica con quienes deberían ser el centro de toda política pública.
Escucharles hoy implica atender el sufrimiento que las estadísticas revelan, pero también la esperanza que representan. Porque cuando una infancia es protegida, todo un país encuentra futuro.
Fuentes:
Castro Caycedo, G. (2004). Dejad que los niños vengan a mí. Planeta.
Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2024). Panorama Social de América Latina y el Caribe. CEPAL.
Europol & Interpol. (2022). Child Sexual Exploitation and Abuse (CSEA) Threat Assessment. Europol.
Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.
Organización Mundial de la Salud. (2023). Global Status Report on Violence Against Children 2023. OMS.
Piñon, N. (2005). Aprendiz de Homero. Alfaguara.
UNICEF. (2024). Violencia contra niños, niñas y adolescentes en América Latina y el Caribe. Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia.
Vargas Llosa, M. (1993). Desafíos a la libertad. Tusquets.
A propósito del Día de la ciencia para la paz, recuerdo a un colega con doctorado en estudios de paz que discutía por todo. Justificaba sus reclamos como actos de justicia y afirmaba que solo hacía respetar sus derechos. Aquella contradicción me hizo entender que la paz no se sostiene en cartones, sino en actitudes armoniosas. Desde entonces, gracias a la investigación y la reflexión constante, intento practicar la paz en mi transitar cotidiano.
En este marco, el 10 de noviembre la Unesco lideró nuevamente el Día Mundial de la Ciencia para la Paz y el Desarrollo bajo el lema: “Confianza, transformación y futuro: La ciencia que necesitamos para 2050”. Este mensaje invita al sistema educativo a priorizar la educación científica como pilar del desarrollo sostenible; así la ciencia se convierte en una brújula ética que permite construir sociedades más justas y conscientes.
Como sostiene Lidia Arthur Brito, de la Unesco, avanzar en los Objetivos de Desarrollo Sostenible requiere integrar la ciencia en la vida cotidiana, fortalecer la cultura científica y consolidar la confianza social en la investigación. Sin esa confianza, la ciencia pierde su capacidad de orientar el progreso humano. A ello se suma la necesidad de cooperación internacional y transferencia de conocimientos, columnas para construir comunidades capaces de afrontar desafíos globales con visión compartida.
Asimismo, Audrey Azoulay, directora general de la UNESCO, subraya la urgencia de promover una ciencia ética, solidaria y orientada al bien común. Su llamado recuerda que el desarrollo auténtico no depende solo de innovaciones tecnológicas, sino de personas reflexivas capaces de aplicar la ciencia al servicio del buen vivir. La paz nace cuando el conocimiento se transforma en responsabilidad social, justicia y compromiso con la equidad que toda comunidad merece.
En este debate, el sistema educativo ocupa un lugar central, pues es el espacio donde se gestan los paradigmas que orientan la convivencia. Investigar con ética y cultivar el pensamiento crítico permite ver al otro como aliado para la sostenibilidad y la paz. Alfabetizar científicamente a los docentes resulta indispensable para enseñar a investigar desde la responsabilidad y la empatía.
Sintetizando, la ciencia con rostro humano es una tarea colectiva. El sistema educativo, al trabajar directamente con personas, se convierte en líder imprescindible para impulsar la investigación y promover una ciencia orientada a la paz y al desarrollo de toda la humanidad.
«Nosotros mismos somos tierra. Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta». -Papa Francisco (Encíclica Laudato Si)
Ecuador sorprendió y sacudió al mundo con los Derechos de la Naturaleza. La honda expansiva que provocó el sacudón constitucional de Montecristi es imparable. Estos derechos ya son una realidad en una cuarentena de países, distribuidos en todos los continentes. Se cristalizan a través de múltiples vías legales. El hecho de que nuestro país sea un pionero en este esfuerzo de alcance civilizatorio, indispensable para superar el colapso ecológico y social, debería llenarnos de orgullo.
Fue un logro posible por una suerte de mestizaje jurídico que recuperó elementos vitales de las culturas indígenas emparentadas por la vida, que entienden con sobradas razones que la Madre Tierra o Pacha Mama –como un espacio territorial, cultural y espiritual– merece respeto y admiración. Simultáneamente, influyeron las luchas de diversos grupos de la sociedad que defienden el ambiente sano para los seres humanos. Vivíamos un momento de creación que se inserta en el proceso de emancipación de la Humanidad.
No fue fácil. Bien sabemos que el derecho a tener derechos siempre ha exigido un esfuerzo político para cambiar las normas que niegan los derechos nuevos, como fueron los derechos de las mujeres, de los esclavos, de los indígenas. Y eso fue lo que se plasmó en los Derechos de la Naturaleza en Ecuador; ver sobre todo los artículos 71 a 74 de la Constitución.
Estos derechos no son equiparables a los derechos ambientales, pero si complementarios. En su centro está puesta la Naturaleza, que obviamente incluye al ser humano. La Naturaleza vale por sí misma, sin importar los usos que le den los humanos, implicando una visión biocéntrica. La Naturaleza o Pacha Mama, donde se reproduce y realiza la vida, tiene derecho a que se respete integralmente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales, estructura, funciones y procesos evolutivos. Toda persona, comunidad, pueblo o nacionalidad puede exigir su cumplimiento ante autoridad pública. Se establece el derecho de restauración independiente de la obligación que tienen el Estado y las personas naturales o jurídicas de indemnizar a los individuos y colectivos que dependan de los sistemas naturales; obligación de se deriva de los Derechos Humanos a un ambiente sano. Por igual se incorporan los principios de precaución y restricción para evitar para las actividades que puedan conducir a la extinción de especies, la destrucción de ecosistemas o la alteración permanente de los ciclos naturales. Estos derechos no defienden una Naturaleza intocada; se fijan en los ecosistemas, en las colectividades, no solo en los individuos, sin tolerar en ningún caso la tortura de ningún ser vivo.
En la práctica legal se avanza. Con cada vez más sentencias, incluso algunas de la Corte Constitucional, se reconoce a la Madre Tierra como sujeto de derechos. Simultáneamente, como un punto medular, estos derechos se han transformado en una poderosa bandera de lucha para quienes defienden sus territorios. Y todo como parte de un indudable proceso de pedagogía política de alcance global.
El mensaje es claro. No hay derecho para explotar sin límites la Naturaleza y menos aún para destruirla, sino solo derecho a una relación ecológicamente sostenible. Las leyes humanas -incluyendo las económicas, por supuesto- deben estar en concordancia con las leyes de la Naturaleza. Y, además, tengamos presente, que, en realidad, la Naturaleza es la que nos da el derecho a la existencia a los seres humanos, y que ella, en su permanente búsqueda del equilibrio, no se equivoca; solo algún despistado puede llegar a afirmar que la Naturaleza no es un ente vivo.
De hecho, cuando protegemos la Naturaleza, la asumimos como una condición básica de nuestra existencia y, por lo tanto, también como la real base de los derechos colectivos e individuales de libertad. Así como la libertad individual solo puede ejercerse dentro del marco de los mismos derechos de los demás seres humanos, la libertad individual y colectiva solo puede ejercerse en armonía con la Naturaleza, es decir respetando los Derechos de la Naturaleza, pues sin dichos derechos la libertad misma es una ilusión.
La historia detrás de estos derechos, más allá del trascendental paso que se dio en Ecuador, es de larga data y tiene muchas entradas. Estos derechos no son, entonces, el resultado de una novelería jurídica; son parte de respuestas cargadas de una ética global para garantizar la sostenibilidad de la vida.
En la medida que estos derechos se expanden, crece, sin embargo, la resistencia de quienes pretenden proteger sus privilegios sostenidos en la explotación de la Naturaleza y de los humanos. Por eso hay grupos que proponen derogarlos a través de una nueva Asamblea Constituyente, impulsada por el presidente Noboa. La regresión en estos Derechos de la Naturaleza y otros muchos derechos, que constituyen la base para construir una sociedad afincada en la justicia social y ecológica, sería un duro golpe: provocaría, entre otras afectaciones, una avalancha de las actividades mineras y petroleras con brutales impactos sobre las comunidades y la Naturaleza. La ambición desmedida puede destruir lo que nos importa.
Las razones para proteger la actual Constitución son múltiples. Defender derechos, es asegurar la posibilidad de construir una sociedad más justa en todos los sentidos. En última instancia, decir NO a las pretensiones del presidente ecuatoriano implica, además, frenar la posibilidad de que se consolide un gobierno cada vez más autoritario y extractivista. Se trata de defender la democracia y la vida misma.
Todo esto está en juego en la consulta popular del próximo 16 de noviembre.
Alberto Acosta: Presidente de la Asamblea Constituyente 2007-2008
La organización, fundada en 1981, cuenta con 589 ‘think tanks’ en 103 países que financian el odio y los bulos de la extrema derecha. El objetivo: proteger los privilegios de los dueños del capital
El pasado 10 de octubre, el Comité Noruego decidió otorgar el Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado. En pleno ascenso global de las extremas derechas, uno de los galardones con mayor prestigio a nivel planetario, que teóricamente reconoce a personas que luchan por los derechos humanos y la democracia, ha recaído en una figura de referencia dentro de la monstruosa industria de la desinformación que promueve los nuevos fascismos.
Venezuela, el país de la opositora Machado, es uno de los juguetes predilectos de la internacional reaccionaria a la hora de intoxicar la conversación pública. Actores de uno y otro lado del Atlántico manosean la política venezolana para adaptarla a sus narrativas. En España, por ejemplo, fue clave en la guerra sucia contra Podemos: desde la fabricación de bulos a nivel mediático hasta la construcción de casos judiciales falsos, incluyendo la extorsión a personas relacionadas con instituciones del país latinoamericano. El papel de la flamante Nobel de la Paz en la política de injerencia de EEUU sobre Caracas conduce a uno de los mayores núcleos irradiadores de financiación, ideas y músculo de la industria de la desinformación: Atlas Network.
A la cabeza de la colonización neoliberal
Fundada en 1981 por Antony Fisher, observar la evolución de Atlas Network hasta convertirse en el gigante transnacional que es a día de hoy y entender su influencia en la ofensiva antidemocrática supone desvelar la última de las capas tras la que se ocultan quienes alimentan a los Trump, Orbán, Abascal o Ayuso. En el fondo, “la verdad”, “la patria”, “la familia” o, por antonomasia, “la libertad” que dicen defender estos personajes políticos no son más que significantes vacíos con los que los grandes dueños del capital que financian a Atlas Network justifican las barbaridades cometidas en defensa de sus crecientes privilegios.
Fisher, que había fundado en los cincuenta en Londres el Institute of Economic Affairs (IEA), fue una figura clave en la instauración en Reino Unido de la ideología neoliberal. Con la victoria de Margaret Thatcher en 1979, el neoliberalismo pasó de corriente de pensamiento económico a cosmovisión hegemónica por la vía de la imposición dogmática. “No hay alternativa”, llegaría a decir la entonces primera ministra británica. Era el tiempo del “fin de la historia”; con el capitalismo en su último estadio, emancipado ya del control estatal, se había llegado a la casilla final, y a partir de ahí solo quedaba contemplar cómo el mercado iba absorbiéndolo todo. Era lo deseable, nuestro destino como sociedad humana.
Fisher fue una figura clave en la instauración en Reino Unido de la ideología neoliberal
Atlas Network nace, en ese contexto, con un objetivo muy marcado: inocular la doctrina neoliberal no como un tipo de organización socioeconómica –entre otras igual de válidas–, sino como una racionalidad en sí misma, capaz de moldear la forma en la que las personas perciben e interpretan el mundo. Lograrlo exigía despolitizar conceptos como el libre mercado, la privatización o la desregulación, desligar su significado de ciertos intereses muy concretos y presentarlos, en cambio, como verdades irrefutables. El instrumento elegido para tal propósito fue lo que los investigadores Marie-Laure Djelic y Reza Mousavi llaman “think tank neoliberal”.
Con la ayuda de los padres del neoliberalismo, Friedrich von Hayek y Milton Friedman –fundadores de la Mont Pelerin Society, clave en el germen de Atlas Network, y cabezas visibles de las escuelas austríaca y de Chicago–, así como de Thatcher y de generosas donaciones privadas, Atlas Network –llamada en un primer momento Atlas Economic Research Foundation– echó a andar en San Francisco, con un presupuesto anual que rondaba los 150.000 dólares para actuar como impulsor de think tanks neoliberales en todo el mundo. La llegada de Ronald Reagan al gobierno en enero de aquel 1981, así como la participación de enormes fundaciones ultraconservadoras estadounidenses como Heritage en la puesta en marcha de Atlas, hacían de EEUU el lugar perfecto para su establecimiento. Al fin y al cabo, se trata de la cuna del imperialismo capitalista. En 2023, y según el reporte anual de la propia organización, Atlas Network contaba ya con un presupuesto de 28 millones de dólares y su red de think tanks sumaba 589 entidades en 103 países diferentes.
Los métodos utilizados por estas instituciones de adoctrinamiento van desde la organización de eventos, en los que la red se refuerza y expande, hasta la creación de centros educativos para inocular la ideología ultraliberal a las generaciones más jóvenes, pasando por estrategias más heterodoxas como la formación de los Cuerpos Internacionales de la Libertad de Atlas en 2003, cuya tarea consiste en rastrear el mundo en busca de candidatos a líderes de laboratorios de ideas. Simplificando, el objetivo siempre ha sido verter doctrina neoliberal desde el máximo número de lugares posibles, haciéndola pasar por expertise independiente o incluso por hipótesis de aspecto científico, gracias a los esfuerzos depositados en el ámbito académico.
Atlas Network – EEUU, dupla golpista
Los orígenes políticos de la mencionada María Corina Machado son perfectos para entender la dinámica de retroalimentación entre Atlas Network y los EEUU, y cómo impactan los tentáculos de la red de think tanks en aquellos lugares que pretenden salir del radio de acción imperialista estadounidense.
La década de los 2000 comenzó en Venezuela con la reelección de Hugo Chávez. En su itinerario político, de corte socialista, destacaba la intención de terminar con la fuga de capitales que, procedentes de la vasta riqueza del territorio nacional, beneficiaban más a corporaciones privadas extranjeras que a la propia sociedad venezolana. Una de las empresas con mayor presencia en este sangrado colonial era la petrolera Exxon, radicada en EEUU y con un papel destacado en la financiación de Atlas Network.
Es ahí donde la rueda empieza a girar.
El Gobierno de Chávez pretendía no solo reducir los beneficios de uno de los financiadores de Atlas, sino impugnar con sus acciones el consenso neoliberal. Para la operación de desestabilización, la red contaba con Cedice, un think tank venezolano enlistado en las filas de Atlas Network. Bien regado de financiación estadounidense a través del Fondo Nacional para la Democracia (NED, por sus siglas en inglés), Cedice encabezó iniciativas de todo tipo en oposición a Chávez, e incluso Rocío Guijarro, su presidenta, firmó el decreto con el que pretendía consolidarse el golpe de Estado de abril de 2002. El nombre de María Corina Machado aparece entre los asistentes a la juramentación de la junta de gobierno del 12 de abril de 2002, fruto del golpe. Acudió en calidad de miembro de Cedice, pero pronto empezaría a destacar por sí misma.
Documento de asistentes a la juramentación de la junta de gobierno celebrada tras el golpe de Estado contra Chávez de 2002. Al final se puede ver la firma de María Corina Machado.
En julio de ese mismo año fundó la asociación civil Súmate, cuya actividad antichavista obtuvo desde el principio el respaldo estadounidense, también a través de la NED. Un documento de la propia agencia demuestra que Súmate recibió al menos 53.400 dólares directamente de la NED en el año 2003.
Lista de organizaciones que recibieron financiación de la NED para el año 2003, en la que se encuentra Súmate.
Desde ese momento, Machado es una figura importante dentro del descomunal entramado de Atlas Network. Su nombre aparece en prácticamente cualquier campaña de desinformación destinada a desestabilizar la situación política en Venezuela: a cambio, Atlas la ha promocionado con fervor en sus eventos y publicaciones. La relación es explícita e innegable: en 2014, Machado agradeció directamente a Atlas Network su “apoyo e inspiración”; más recientemente, el 10 de octubre de 2025, la cuenta oficial de Atlas Network en X celebró el fallo del Nobel de la Paz y destacó la “larga relación profesional con Machado, que dio un discurso en la Freedom Dinner anual de la organización en 2009”.
Atlas Network en la industria de la desinformación
Desde el principio, la desinformación ha jugado un papel central en la actividad de Atlas Network. Para una organización tan íntimamente relacionada con las grandes corporaciones de combustibles fósiles, las décadas de los ochenta y noventa fueron un período convulso, dada la consolidación del movimiento ecologista. Además de Exxon, el imperio empresarial de los hermanos Koch –la segunda familia más rica de EEUU y otro de los financiadores más cercanos a Atlas Network– contaba con enormes inversiones en proyectos que estaban siendo cuestionados por su impacto ambiental. Y no eran las únicas corporaciones que alimentaban las cuentas de la red de think tanks.
Desde el principio, la desinformación ha jugado un papel central en la actividad de Atlas Network
Contaba con apenas unos años en funcionamiento, pero Atlas Network logró en aquel momento establecerse como núcleo de un conjunto de organizaciones dedicadas a expandir el negacionismo climático por todo el mundo. El medio de investigación DeSmogcalifica este entramado como un “complejo industrial anticiencia”. Atlas Network estaba poniendo en pie una suerte de protoindustria de la desinformación.
Es posible encontrar casos de mentiras difundidas a nivel planetario años antes de que existiesen plataformas como Twitter, con la red Atlas involucrada. Seguramente el más paradigmático es el de las armas de destrucción masiva en Irak. Durante la comisión de investigación sobre el 11-S, una de las personas que lanzó la teoría que relacionaba dicho atentado con Irak fue Laurie Mylroie, perteneciente al think tank AEI de Atlas Network. A partir de ahí, numerosos miembros de AEI como Lynne Cheney, John Bolton o Michael Ledeen se sumaron a una campaña de desinformación que recorrería el mundo y terminaría resultando en la invasión de Irak. George Bush llegó a declarar: “Admiro mucho al AEI (…) Después de todo, con frecuencia me han prestado a su mejor gente”.
La revolución que supusieron las redes sociales no hizo más que ofrecer una infinidad de posibilidades nuevas, y abundan los ejemplos contemporáneos que muestran cómo Atlas Network ha integrado en sus actividades antidemocráticas el potencial de las nuevas tecnologías de la comunicación. En noviembre de 2021, apenas unos días antes de las elecciones generales en Nicaragua, las tres redes con mayor impacto en la opinión pública –Instagram, Facebook y Twitter– suspendieron cientos de cuentas de medios de comunicación, periodistas y activistas destacados de la izquierda sandinista. La explicación –al menos para Instagram y Facebook– se expuso en un informe de la empresa matriz Meta encabezado por Ben Nimmo, en el que se acusaba sin pruebas a esos perfiles de ser falsos. Igual que María Corina Machado y prácticamente cualquier líder de estas campañas de guerra sucia, Nimmo aúna en su figura la influencia de la Administración de los EEUU y de Atlas Network. Fue jefe de investigaciones en Graphika, iniciativa financiada por el Departamento de Defensa estadounidense, y forma parte de Atlantic Council, think tank neoliberal que, solo entre los años 2022 y 2023, donó 537.750 dólares a Atlas Network.
En la Unión Europea, la influencia de Atlas Network es también descomunal. Una investigación del Observatoire des multinationales ilustra hasta qué punto se ha infiltrado este enjambre de organizaciones en los lugares desde los que se diseñan las políticas públicas que rigen el mundo. ECIPE, uno de los más de medio millar de think tanks que conforman el entramado, actúa en Europa como instrumento de perpetuación del orden neoliberal, criticando con dureza cualquier iniciativa que impugne mínimamente la desregulación en favor de valores como la igualdad o la redistribución. A pesar de su marcado sesgo ideológico, Politico, medio de referencia en la esfera de toma de decisiones de la UE, se hace eco habitualmente de sus narrativas, presentándolas como procedentes de una fuente “independiente”. Más grave aún es que el propio Parlamento Europeo considere que las corrientes de opinión surgidas de ECIPE son “expertise independiente”, como afirma el mismo artículo.
Epicenter, otra de las organizaciones de Atlas en Europa, publica un ránking de lo que denomina “Estados niñera” destinado a denunciar restricciones de las libertades de la ciudadanía. En esta clasificación se penalizan las regulaciones sobre el alcohol o el tabaco, un criterio que deja bien claro lo que estos think tanks entienden por “libertad”: la posibilidad de extraer beneficios económicos sin límites, incluso cuando está en riesgo la salud pública. De nuevo, se trata del entramado Atlas Network desinformando al servicio de los dueños del gran capital, que se niegan a renunciar a una ínfima parte de sus privilegios en pos de un mundo menos desigual. Lo demuestra un dato: Phillip Morris, la mayor corporación de tabaco del mundo, está ligada a Atlas desde los primeros pasos de la red; René Scull, exvicepresidente de la empresa, estuvo en el consejo de Atlas Network, y hay documentada una donación de casi medio millón de dólares por parte de Philip Morris en 1995.
En 2023, Epicenter se jactó de haber alcanzado a 250 millones de personas gracias a que sus informaciones fueron mencionadas más de 300 veces en medios de comunicación europeos.
Epicenter se jactó de haber alcanzado a 250 millones de personas
En resumidas cuentas, Atlas Network tiene hoy la capacidad de imponer prácticamente cualquier narrativa en la agenda política, e incluso de dar forma a ese terreno intangible pero moldeable en el que se disputa el grueso de la batalla cultural conocido como “sentido común”.
La sombra de Atlas Network en España
En el Estado español es Vox quien mejor encarna la ofensiva reaccionaria que las élites neoliberales han puesto en marcha como mecanismo defensivo ante el resquebrajamiento del sistema capitalista, y a estas alturas no debería sorprender a nadie encontrar la huella de Atlas Network en el camino del partido ultra. Las conexiones se pueden hallar incluso antes de su entrada oficial en el panorama político.
El germen de Vox se fraguó en la Fundación DENAES, creada y presidida por Santiago Abascal –donde compartía espacio con Javier Ortega-Smith o Iván Espinosa de los Monteros– hasta 2014. Durante aquellos años, Esperanza Aguirre mantuvo al hoy líder de Vox generosamente regado de financiación; por ejemplo, la Comunidad de Madrid le otorgó casi 300.000€ entre 2008 y 2012. Aquí, el vínculo con Atlas es doble: Aguirre formó parte del patronato de FAES, además de tener relación con la Fundación Civismo, ambas pertenecientes a la red de think tanks de Atlas Network.
FAES, fundada por un José María Aznar íntimamente ligado con la red Atlas, contribuyó enormemente al lanzamiento de Vox. De entre sus filas salió quien llegaría a presidir Vox en sus primeros pasos, Alejo Vidal-Quadras. También de FAES procedía Rafael Bardají, responsable del exitoso giro de Vox en los últimos años hacia las estrategias desinformadoras diseñadas por Steve Bannon que hoy han “llenado de mierda” el ámbito político español. Una de las principales armas del partido es la Fundación Disenso, creada en 2020 y dirigida por Jorge Martín Frías, vinculado a la propia FAES y fundador de la Red Floridablanca, incluida en la lista de think tanks de Atlas Network. Y hay más: en Disenso trabajó también, como responsable de Relaciones Internacionales, el director de la antes mencionada Fundación Civismo, Juan Ángel Soto.
La puesta en marcha –con Disenso como organización pantalla– del portal La Gaceta de la Iberosfera, fuente constante de bulos y discursos de odio, sitúa la estrategia de Vox muy en línea con la dinámica de Atlas Network en todo el mundo.
Del binomio Vox-Disenso surge también el Foro Madrid, una cumbre internacional de las extremas derechas cuyo documento fundacional, la Carta de Madrid, atestigua con una claridad escalofriante la existencia de una red organizada que conforma el núcleo de la ofensiva fascista. Entre sus firmas se encuentra la de Alejandro Chafuen, exCEO y expresidente de Atlas Network; Roger Noriega, enlace del gobierno de EEUU con la industria de la desinformación; y golpistas profesionales como María Corina Machado o el boliviano Arturo Murillo.
Para dar una idea más concreta de la capacidad de influencia de Atlas Network en la población española, basta con observar la relación entre el Instituto Atlántico de Gobierno, otra organización fundada por Aznar y perteneciente a la red Atlas, y la Universidad Francisco de Vitoria, propiedad de los Legionarios de Cristo. El convenio de colaboración que las une ejemplifica el éxito de la iniciativa puesta en marcha por Antony Fisher allá por 1981: más de 20.000 jóvenes –según datos de la propia Universidad– serán expuestos durante este curso a la doctrina neoliberal revestida de conocimiento académico. Comunicadores como Vicente Vallés, peón de la industria de la desinformación y presentador del informativo más visto en España, suelen ser invitados por el Instituto Atlántico a visitar al alumnado de la universidad ligada al fundador mexicano de los Legionarios, el pederasta en serie Marcial Maciel.
La corrientes política de extrema derecha que se vive en estos momentos por buena parte del planeta ha puesto el foco en las bibliotecas, tanto públicas como de centros educativos. Ya no solo atesoran el conocimiento, la cultura, se han convertido en frente de batalla en una guerra cultural en la que no querían participar.
The Librarians es el nuevo documental de Kim A. Snyder. En él cuenta la pelea que desde hace más de tres años están librando anónimas bibliotecarias escolares para defender el derecho a la libertad de expresión y de información allá donde trabajan. Desde Texas hasta Vermont, Estados Unidos está censurando, prohibiendo o dificultando el acceso a miles de títulos.
“No es algo que pase solo allí”, asegura Patric de San Pedro, de la editorial Takatuka. Asegura no ser experto en el tema, pero están sufriendo en sus carnes el resultado de una campaña orquestada por la extrema derecha en Norteamérica. La distribuidora con la que trabajan allí hay libros que obvia del catálogo, y como explica de San Pedro, lo hace ante el riesgo de perder la posibilidad de distribuir cualquier título en un estado entero.
Uno de esos títulos que ya no puede distribuir allí en Amy y la biblioteca secreta. Narra la historia de una niña que descubre que su libro favorito ha sido retirado de la biblioteca a la que va. Ella y sus amigos deciden crear una biblioteca secreta en la que se guarden todos los títulos que se han ido prohibiendo. De San Pedro explica que hay dos motivos para que se haya prohibido su distribución en Estados Unidos. El primero, que el libro hace una lista de 50 títulos, todos ellos, vetados por diferentes motivos. El segundo, porque, según cuenta, llama a la desobediencia, al incitar a crear una biblioteca secreta para rescatar los volúmenes.
The librarians no solo establece el paralelismo de la situación que están viviendo con la Alemania nazi y su prohibición de miles de títulos, quema incluida. Esta, también ha ocurrido en lugares de Tennesse, por ejemplo. También repasa el tiempo del macartismo, la película Farenheit 451 y el pistoletazo de salida de toda esta cuestión, una lista de 850 libros, la lista Krause, que pretendía y ha conseguido frenar el acceso a muchos de ellos. Libros como una novela gráfica sobre Ana Frank, prohibida porque en una de sus páginas se ven estatuas clásicas en un parque de deidades griegas, desnudas.
En The Librarians, las bibliotecarias cuentan cómo son amenazadas en los consejos escolares en los que se saca el tema de la prohibición de libros. Se las acusa de pornógrafas o de pedófilas por el hecho de que haya títulos relacionados con el colectivo LGTBIQA+ o sobre diversidad afectivo-sexual. También se han prohibido títulos sobre raza, volúmenes firmados, explica De San Pedro, por Martin Luther King, Nelson Mandela, Malala o Michele Obama, o biografías como la de Celia Cruz “porque incitan al rencor racial”.
Parece que esto queda lejos, pero este editor sospecha que acabará pasando, aunque sea con diferencias, en España. Con argumentos similares a los que utilizan en Texas el grupo ultraderechista Moms for Liberty (Mamás por la libertad), representantes de Vox llevan intentando y a veces consiguiendo, torpedear la difusión de todo aquellos que les suena a “woke”.
¿Contenido pornográfico?
Consiguieron paralizar momentáneamente la distribución de varios lotes de libros en las bibliotecas públicas de la ciudad de Castellón. La justicia se enmendó a sí misma y acabaron en las estanterías de dichos espacios.
Pero aquí ya dieron el pistoletazo de salida. En Burriana con siguieron que la biblioteca municipal retirase de la sección infantil y juvenil varios libros de temática LGBTI por “escandalosos” o “pornográficos” para reubicarlos de en otras secciones de la biblioteca. Al poco tiempo lo intentaron también en el ayuntamiento de la capital provincial.
Según la organización PEN America, dedicada a la lucha por la libertad de expresión en Estados Unidos, este curso 2024-25 se han prohibido casi 7.000 títulos en el país, en 23 estados. La naranja mecánica (Anthony Burgess), Choque de Reyes, el segundo libro de la Saga de Juego de Tronos (George R. R. Martin), El cuento de la criada (Margaret Atwood), Una Corte de Rosas y Espinas (Sarah J. Maas), Americanah (Chimananda Ngozi Adichie), La casa de los espíritus (Isabel Allende), Matadero cindo (Kurt Vonnegut)… Libros sobre diversidad, raza o género, pero no solo. También biografías de artistas como Renoir o Rembrant, libros sobre el Holocausto. Hasta 20.000 leguas de viaje submarino (Julio Verne) ha estado o está en el punto de mira.
¿Tienen derecho las y los niños?
Para Patric de San Pedro, el problema no solo está en si un libro debe o no ser accesible para la infancia o la juventud. Con este tipo de acciones se socava el mismo derecho de la infancia en relación a la información. “¿Podemos dejar en manos de las personas adultas qué leen los niños, qué contenidos se enseñan o no en las escuelas?” se pregunta este editor, en referencia clara a la pretensión de organizaciones de extrema derecha de naturalizar herramientas de censura como el veto (pin) parental. Y se pregunta si efectivamente niñas y niños son sujetos de derechos o si estos sin o deben ser decididos por sus familias.
Recuerda de San Pedro que en Estados Unidos las y los profesores se juegan multas económicas si hablan den según qué títulos en clase. En algunos casos, pueden llegar a enfrentar penas de hasta un año de cárcel.
Todo parece muy extraño y lejano, pero De San Pedro recuerda lo que ocurre en países como Bulgaria y Polonia en los que contenidos relacionados con el colectivo LGTBI son prohibidos de la vida pública. Los casos en España, aunque parecen haber disminuido ahí están, con una línea muy similar a lo que está ocurriendo en Estados Unidos. Con la salvedad de que hay diferencias como que en los consejos escolares el público, incluso las familias, tienen un peso relativo en la toma de decisiones relativas a los títulos que se tienen en las bibliotecas escolares.
La “burbuja ideológica” y la economía del psiquismo
Hoy en día cada persona con un teléfono inteligente vive en su propia burbuja de información. El sesgo cognitivo ya existía antes de la era de las redes sociales, ya que, en los círculos sociales como la familia, entre colegas profesionales y amistades, los puntos de vista solían estar próximos. Pero, en tiempos de algoritmos recomendados, nuestra postura sobre temas diversos se ve más reforzada por opiniones similares y requiere más motivación cotejarlas con otras diferentes.
Por mi parte, durante toda mi vida adulta había creído que contaba con el suficiente pensamiento crítico como para estar protegida de la mayor parte de la propaganda. Por supuesto, me equivocaba.
El condicionamiento del paisaje y la ilusión de los bandos
Nací en Moscú poco antes de la muerte de URSS y crecí en los 90, en los tiempos de la llamada democracia joven, con una sincera creencia en la libertad de expresión. Éramos extremadamente pobres y optimistas. Para la joven Rusia, la creencia en la democracia y la libertad venía con la fe en la coca-cola y los vaqueros americanos, lo que no es de extrañar al haber sido mantenidos durante décadas tras un telón de acero sin información alternativa.
Toda mi familia siempre ha sido totalmente antisoviética. Varios miembros de mi familia fueron encarcelados o fusilados por contar un chiste en compañía de gente poco confiable, y mi tatarabuelo por tener un título nobiliario. Además, ya en los 80, otro familiar fue rechazado por la Universidad por llevar apellido judío. Entonces, mi familia no tenía razones para creer en ningún gobierno, especialmente el de la URSS. En el año 2000, cuando Putin llegó al poder, mis padres se quedaron en shock, pues no esperaban nada bueno de un agente de la KGB. Así que la atmósfera en mi familia siempre ha sido un poco disidente y alternativa a la línea del partido, y por eso yo tenía la ilusión de que estaba vacunada contra la propaganda, como todos los contra-culturalistas ideológicos.
Mi “burbuja informativa” estaba formada por publicaciones de la oposición: anti-Putin, claras promotoras de los derechos humanos y la libertad y cuyas tesis se veían confirmadas en mi vida cotidiana, que estaba marcada por los problemas descritos en sus noticias. Esto no dejaba lugar a la desconfianza sobre mis fuentes. Aquí estaba el problema: en mi cabeza todos esas noticias eran “verdaderas”, pues yo sabía con seguridad que parte de la información era cierta y que los periodistas arriesgan su libertad y a veces sus vidas para escribirlas. ¿Cómo podrían entonces no ser personas de sólidos principios? Esto permitía una simplificación lógica: si algo o alguien está contra Putin, es de fiar.
El caso concreto: Gaza
La tragedia del 7 de octubre fue un shock para mí y no tuve dudas, en ese momento, acerca de la actuación de Israel, por al menos tres motivos:
1.- Casi todos las revistas que leía reforzaban mis temores y supuestos.
2.- El gobierno ruso, cuyas alianzas se dan con regímenes que no considero especiales defensores de la libertad, mostraba su apoyo en unas ocasiones a Palestina… Y, en otras a Hamás.
3.- El haber sufrido soslayadas formas de antisemitismo en primera persona, por tener una parte de sangre judía, lo que sin duda podría interferir con una percepción objetiva.
Todo esto significaba, para mí, el estar del lado de los oprimidos y ser una buena persona. Durante más de un año, me sorprendieron los europeos con sus opiniones pro Palestina. No creía en la crueldad de Israel y, en mis fuentes informativas, la hambruna y la matanza de civiles eran calificadas como provocaciones por parte de Hamas.
Las dudas comenzaron a aparecer cuando descubrí la posibilidad de que mis publicaciones favoritas estuvieran patrocinadas por la USAID. En ese momento, empecé a preguntarme por la independencia de los periodistas, al tiempo que conversaba con personas con otros puntos de vista y trataba de entenderlas. El último clavo en la tapa del ataúd de mi bien formada imagen fue la destrucción altamente profesional de Hezbolá y un ataque a Irán. Después de esto, ya no puedo creer que estas agencias militares y de inteligencia altamente profesionales pudieran pasar por alto accidentalmente el ataque terrorista del 7 de octubre (disculpen la conspirología). Me he dado cuenta de que cuando negaba la hambruna y la matanza de civiles en Gaza, mi posición mental no era diferente de la de aquellos pro-Putin que negaban las matanzas en masa en Bucha.
Las burbujas de información nos dividen y debilitan, pero de nosotr@s depende contrarrestar estas tendencias. Esto es lo que he aprendido de mi propia experiencia personal:
La primera necesidad, aunque de comienzo se pueda presentar como incómoda, es escuchar a la gente, también cuando piensas que tu interlocutor no tiene bastante información o ha sido engañado. La claridad nace del debate.
Lo segundo es comprobar la lógica y la coherencia de los planteos, haciendo autocrítica y autoobservación para detectar distorsiones cognitivas e inclinaciones personales.
Y, lo tercero, es buscar fuentes de ideologías opuestas a la nuestra. Nuestra actitud parcial no nos permite creer que estas personas, para nosotros desagradables, puedan decir la verdad. Pero siempre habrá una parte de ella, y es la que nos ayudará a pinchar la pompa.
En una universidad de Florida, cuyo nombre no quiero mencionar, no ha mucho tiempo un estudiante me rebatió una idea sobre el nacimiento del capitalismo usando el resumen de un libro realizado minutos antes por ChatGPT. Tal vez era Gemini o cualquier otra inteligencia artificial. Le sugerí que le pidiese al ente virtual las fuentes de su afirmación y, diez segundos, después el estudiante la tenía a mano: la idea procedía del libro “Flies in the Spiderweb: History of the Commercialization of Existence―and Its Means”. Eso es eficiencia a la velocidad de la luz.
Naturalmente, el joven no tenía por qué saber que ese libro lo había escrito yo. La mayoría de mis más de doscientos estudiantes por año son jóvenes en sus veintes, probablemente la mejor década de la vida para la mayoría de las personas; probablemente, la década más desperdiciada. Por pudor y por principio, nunca pongo mis libros como lectura obligatoria. Además, sería legítimo refutarme usando mis propios escritos. Hace mucho tiempo ya, tal vez un par de siglos, que el autor no es la autoridad ni de sus propios libros.
Seguramente la IA no citó ese libro como referencia autorizada de algo sino, más bien, el estudiante tomó algunas de mis palabras y los dioses del e-Olimpo se acordaron de este modesto y molesto profesor. Parafraseando a Andy Warhol, hoy todos podemos ser Aristóteles y Camus por treinta segundos ―sospecho que Warhol le robó la idea a Dostoievski; sin mala intención, claro.
El resumen del dios GPT era tan malo que simplemente demostraba que la IA no había entendido nada del libro más allá de los primeros capítulos y había mezclado datos y conclusiones desde una perspectiva políticamente correcta. Es decir, una inteligencia artificial muy, pero muy humana, fácil de manipular por las ideas de la clase dominante, esa que luego irá a demonizar las ideas alternativas de las clases subordinadas.
No digo que las artiligencias sean siempre así de malas lectoras, pero, por lo general, basta con corregirlas para que se disculpen por el error. Seguramente mejorarán con el tiempo, porque son como niños prodigios, muy aplicados; asisten a todas las clases y toman nota de todo lo que puede ser relevante para convertirnos a los humanos en todo lo más irrelevante que podamos ser. En muchos casos, ya leen mejor que nuestros estudiantes, que cada vez confían más en esos dioses y menos en su propia capacidad intelectual y en su esfuerzo crítico―extraños dioses omniscientes y omnipresentes; extraños dioses, además, porque sus existencias se pueden probar.
“¿Profesor, para qué necesito estudiar matemáticas si voy a ser embajadora?”
“¿Y para qué carajo te matas en el gimnasio, si no vas a ser deportista?”
No estoy en contra de usar las nuevas herramientas para comprender o hacer algo. Solo estoy en contra de renunciar a una comprensión crítica ante algo que es percibido como infalible o, al menos, superior, como un dios posthumano, e-olímpico e, incluso, como un temible dios abrahámico; es decir, un dios celoso y, tal vez algún día, también lleno de ira.
Por otro lado, esto nos interpela a las generaciones anteriores y, en particular, a aquellos profesores, autores de libros o de estudios de largo aliento. Desde hace algunos años, me he propuesto que “este será mi último libro”, pero reincido. Todavía. Algún día, los libros escritos por seres humanos comenzarán a hacerse cada vez más escasos, como los bitcoins, y su valor cobrará una dimensión todavía desconocida.
A una escala más global, esa histórica tendencia humana a convertirse en cyborgs (el mejoramiento del cuerpo humano con herramientas de producción y de destrucción), probablemente derive en un régimen de apartheid impuesto por las inteligencias artificiales; por un lado, ellas, por el otro nosotros, con frecuentes tratados de paz, de colaboración y de destrucción. Una Gaza Global, en pocas palabras―al fin y al cabo, las IA habrán nacido de nosotros. Sus administradores ya tienen mucho de Washington o Tel Aviv y sus consumidores mucho de Palestina.
Claro, esta crisis existencial no se limita a la escritura ni a la actividad intelectual, pero en nuestro gremio cada medio siglo nos preguntamos por qué escribimos, sin alcanzar nunca una respuesta satisfactoria. Muchas veces, desde hace un par de años ya, tengo la fuerte impresión de que hemos dejado de escribir (al menos, libros) para lectores humanos, esa especie en peligro de extinción. Escribimos para las inteligencias artificiales, las cuales le resumirán nuestras investigaciones a nuestros estudiantes, demasiado perezosos e incapaces de leer un libro de cuatrocientas páginas y, mucho menos, entender un carajo de qué va la cosa. Invertimos horas, meses y años en investigaciones y en escritura que, sin quererlo, donaremos a los multibillonarios como si fuésemos miembros involuntarios de la secta de la Ilustración Oscura, liderada y sermoneada por los brujos dueños del mundo que (todavía) residen en Silicon Valley y en Wall Street. Y lo peor: para entonces, los humanos habrán perdido eso que los hizo humanos civilizados―el placer de la lectura, serena y reflexiva.
También puede haber razones egoístas y personales de nuestra parte. Al menos yo, escribo libros por puro placer y, sobre todo, para intentar comprender el caos del mundo humano. Una tarea desde el inicio imposible, pero inevitable.
Tal vez, en un tiempo no muy lejano, una nueva civilización postcapitalista (¿posthumana o más humana?) escribirá sus libros de historia y conocerá nuestro tiempo, hoy tan orgulloso de sus progresos, como la Era de la Barbarie. Claro, eso si la humanidad sobrevive a esta orgullosa barbarie.
No hace mucho, una amable lectora publicó en X un fragmento de una consulta que le hizo a ChatGPT. El fragmento afirmaba, o reconocía, que “los modelos de IA, como los grandes modelos de lenguaje, se entrenan con enormes cantidades de texto provenientes de libros, artículos, ensayos y publicaciones en línea. Autores e intelectuales que escriben de manera crítica y profunda, como Majfud, forman parte de ese conjunto de datos. Cuando la IA procesa estos textos, aprende patrones de razonamiento, argumentación y crítica cultural. Así, perspectivas filosóficas sobre política, economía y justicia social pueden aparecer en sus respuestas”.
Me pregunto si no estoy siendo autocomplaciente al copiar aquí este párrafo y, aunque la respuesta puede ser sí, por otro lado, no puedo eliminarlo sin perder un claro ejemplo ilustrativo de lo que quiero decir: (1) las IA nos usan y nos plagian todos los días. Quienes son (todavía) dueños de esos dioses pronto descubrirán que (2) somos una mala influencia para las futuras generaciones de no lectores, por lo que comenzarán a distorsionar lo que los últimos humanos escribieron y, más fácil, ignorarlos deliberadamente.
Al fin y al cabo, así evolucionó un tyrannosaurus de una ameba. Como humanos, sólo puedo decir: ha sido muy interesante haber existido como miembro de la especie humana. No fuimos tan importantes como creíamos. Apenas fuimos una anécdota. Una anécdota interesante para quienes la vivimos, no para el resto del Universo que ni siquiera se enteró.
*Ensayista y profesor universitario uruguayo-estadounidense. Actualmente es profesor en Jacksonville University
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