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La violencia no puede tener la última palabra

Por: Dinorah García Romero 

El impacto de la muerte de cinco personas o más en Higüey, además de ser un drama humano doloroso, se convierte en un drama económico; porque no incentiva el turismo libre y divertido. Por el contrario, se produce un miedo colectivo y se retrae la vida en los diferentes ámbitos.

La sociedad dominicana observa, con pavor, la espiral de violencia que se reproduce en diversos puntos geográficos del país. Esta situación, además de concitar la atención de la ciudadanía, está generando más inseguridad personal y social. Cuando en una sociedad la población se ve asaltada por el temor, se produce un desequilibrio en el desarrollo humano de la colectividad. El ambiente de temor, no solo crea inseguridad, sino que produce un aislamiento progresivo en las personas y, por tanto, una ruptura del canal comunicativo que ha de haber entre los diferentes actores de la sociedad. La violencia sicológica, verbal y física está adquiriendo más fuerza cada día en el ámbito familiar, laboral y social. Todo no tiene como fuente la pandemia que nos afecta. Esta carrera veloz de la violencia tiene raíces históricas y estructurales.

Hoy esta violencia se ha diversificado y se ha apropiado de los referentes que aporta la sociedad del conocimiento. Así, adquiere fuerza la violencia característica de los medios electrónicos, de las redes sociales y de los nuevos equipos supersónicos que se construyen con el falso título de la autodefensa de las naciones. La República Dominicana no cuenta con estos equipos sofisticados; pero posee otros que, aunque tienen una naturaleza rudimentaria, también ejercen violencia. Las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional conocen y aplican estos equipos y sus procedimientos.

Los últimos hechos de violencia hasta llegar al crimen, como los ocurridos en teteos clandestinos; las muertes producidas en Sabana de la Mar y las ocurridos recientemente en Higüey, nos ponen en estado de alerta nacional, familiar e institucional. No podemos leer tranquilamente estas informaciones. Nuestro compromiso como ciudadanos corresponsables del bienestar y desarrollo del país nos exige acción mancomunada. Es el momento de abandonar la postura de ver estos hechos como algo aislado, que no inciden en la vida, en la sicología y en el desarrollo de la sociedad dominicana. Esto no es verdad, los hechos de violencia sistemáticos van erosionando, no solo la dignidad, sino el desarrollo de las zonas donde se producen y del país. El impacto de la muerte de cinco personas o más en Higüey, además de ser un drama humano doloroso, se convierte en un drama económico; porque no incentiva el turismo libre y divertido. Por el contrario, se produce un miedo colectivo y se retrae la vida en los diferentes ámbitos.

La ciudadanía en general, las instituciones del Estado y las instituciones académicas han de coordinar esfuerzos para debilitar sustantivamente las raíces de la violencia en la sociedad dominicana. Los actos delincuenciales no surgen de forma espontánea, se incuban en la vida cotidiana de la familia, de las instituciones, de la sociedad. Es necesario, por tanto, una determinación conjunta que esté orientada a trabajar la pedagogía de la paz. Esta pedagogía ha de convertirse en un foco central en las instituciones de educación superior, en la familia y en las instituciones públicas. No bastan programas coyunturales, ni mucha publicidad. Lo que se necesita es la puesta en ejecución de procesos sistémicos que reduzcan al mínimo la violencia doméstica, social e institucional.

La violencia tiene múltiples causas, de las cuales dos ocupan la primacía: la desigualdad institucionalizada y la colocación de los jóvenes en la orilla laboral, en la orilla del desarrollo. En estas condiciones la pedagogía de paz es un mito, pero hay que intentar hacer lo más que se pueda. Si las raíces de la violencia son estructurales, el trabajo que se puede hacer es mínimo; pero no debemos abandonar la idea y el compromiso de trabajar la pedagogía que proponemos. Simultáneamente se pueden poner en ejecución estrategias que orienten la acción del Estado hacia cambios significativos. Estas transformaciones han de reducir la fuerza de los factores que fundamentalmente generan la violencia hasta dentro del mismo Estado. Los medios de comunicación tienen un papel clave para contribuir con la pedagogía de la paz que hemos de construir entre todos. La violencia no puede tener la última palabra. No. La violencia ha de ser desterrada para abrirle paso a una cultura humanizante y estabilizadora

Fuente: https://acento.com.do/opinion/la-violencia-no-puede-tener-la-ultima-palabra-8968807.html

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Clases presenciales y el futuro del modelo híbrido en México…

Por: Abelardo Carro Nava

Hoy, desde Palacio Nacional, se habla de un regreso a clases presenciales en próximos días…

Trasladar la escuela a la casa no fue la mejor decisión que la Secretaría de Educación Pública (SEP) tomó al inicio de la pandemia pues, como se sabe, la escuela es por excelencia el espacio en el que ocurren una serie de interacciones de gran valía para la generación y adquisición de aprendizajes formales en los estudiantes. ¿Por qué fue tan necesario e indispensable que, tanto profesores y alumnos, agotaran los contenidos de un plan de estudios durante el ciclo escolar 2020-2021 o, mejor dicho, porqué no se propuso, desde la propia Secretaría, la dosificación de contenidos o el desarrollo de actividades relacionadas, por ejemplo, con la lectura y escritura situadas en el propio contexto de los educandos para favorecer dichos aprendizajes puesto que las condiciones de vida de los padres de familia de los niños, niñas y adolescentes (NNA) son tan diversas?, ¿acaso no se contaba con un diagnóstico de esas condiciones cuando el propio Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) publica continuamente indicadores sobre ese rubro?

En este sentido, hasta el hartazgo se ha dicho que la contingencia sanitaria visibilizó los males que padece el Sistema Educativo Mexicano (SEM), y esto es cierto porque, quienes cotidianamente transitábamos por diferentes espacios educativos y no educativos, pudimos observar las brechas de desigualdad existentes en una comuna, municipio, estado o región, aunado, desde luego, a las evidentes desigualdades entre escuelas públicas ubicadas en dichos contextos. La falta de agua, energía eléctrica, sanitarios, drenaje, espacios o aulas con mobiliario adecuado, internet, etcétera, contrastaba con aquellas que sí los tenían o, al menos, con la mayoría de ellos.

Es cierto, esto ha sido el lastre que se ha venido arrastrando desde hace muchas pero muchas décadas. Y con esta realidad, a veces lacerante, esta Secretaría diseñó un esquema denominado Aprende en Casa que, como sabemos, fue de poca utilidad, dado que el número de estudiantes y profesores que hicieron uso de la televisión y radio, no fue el esperado.

Y no fue el esperado porque quien conoce perfectamente las condiciones de vida de sus alumnos y de sus familias son las maestras y los maestros. Docentes que, independientemente de su grado de compromiso y responsabilidad con su labor, diseñaron sus propias herramientas de trabajo para sacar a flote el barco, destacan: la adquisición de equipos tecnológicos con sus propios recursos, la elaboración de cuadernillos a partir de su conocimiento y lo que implicaba el trabajo en casa de sus educandos, la toma de cursos para conocer sobre el empleo de alguna plataforma, el uso de internet y diversos materiales educativos pagados con dinero de su bolsillo, el doble trabajo o actividad que en algún momento significó (y aún significa) el quehacer docente de manera sincrónica y asincrónica, las planeaciones modificadas o ajustadas a esta “nueva” realidad, la extenuante revisión de trabajos enviados a todas horas, los consejos técnicos muchas veces sin sentido y sin propósitos acordes a las demandas y necesidades del profesorado, entre otras. Acciones que, indiscutiblemente, los llevo a ser lo suficientemente creativos; pero no fue suficiente, por un lado, no todos los padres de familia y alumnos se comprometieron con la continuidad de ese proceso formativo y, por el otro, la Secretaría hizo oídos sordos a las distintas problemáticas que se fueron gestando a lo largo del ciclo escolar que ha culminado y, de las cuales, no dio una respuesta clara y contundente que permitiera direccionar el trabajo de los mentores.

Hoy, desde Palacio Nacional, se habla de un regreso a clases presenciales en próximos días como si esto fuera la solución a las dificultades que, brevemente, he señalado; no obstante, regresar a lo mismo, desde mi perspectiva, no encuentra sentido porque, indiscutiblemente, no es ni será lo mismo, y por ello tenemos que empezar a reconocer que esas mismas problemáticas se han incrementado en este tiempo y por lo cual dificultarán el proceso de regreso de todos los actores educativos.

Educación presencial, a distancia o en línea parece ser el dilema que habrá de resolverse en los próximos días. No obstante, ¿es viable el establecimiento de un modelo híbrido o combinado entendiéndolo como la integración eficaz de dos componentes: la enseñanza presencial y la tecnología no presencial en las escuelas? (Contreras, Alpiste y Eguia, 2006), ¿el magisterio y los padres de familia están preparado para ello?, ¿las instituciones educativas cuentan con todos los medios para hacerlo efectivo? Es más, ¿de qué manera se asegurará el establecimiento de este “modelo” cuando en los hechos innovar un ambiente de aprendizaje a distancia, no es trasladar la docencia de un aula de adobe a un aula virtual, ni cambiar el gis y el pizarrón, por un pizarrón inteligente? (Moreno, 1997). Preguntas, si usted gusta, sencillas, pero que permiten la reflexión y el necesario análisis y debate en torno a una posible alternativa que, supongo, visualiza la SEP y los “altos” funcionarios de esta Dependencia para el ciclo escolar 2021-2022. Desde mi perspectiva, incorporar este tipo de escenarios sin un diagnóstico real de los sujetos que emplearían este esquema, así como también, de los contextos de trabajo donde presumiblemente operaría con un enfoque estrictamente pedagógico, generaría mayores problemas que aquellos que se busca resolver o atender.

Esto lo traigo a colación por dos cuestiones. La primera, el incremento de contagios de Covid-19 en varios estados de la República Mexicana en los últimos días, y la incertidumbre que priva en la sociedad y en el sector educativo sobre el inminente regreso a clases presenciales anunciado por el Presidente hace unos días.

Tengo claro pues, que un esquema que tienda a trabajar de manera híbrida debe estar fincado en un programa educativo formal mediante el cual, el alumno pueda realizar al menos una parte de su aprendizaje en línea con un cierto grado de manejo sobre el tiempo, lugar, ruta o ritmo del mismo. Mientras que otra parte de ese aprendizaje, podría ser llevado a cabo en un espacio físico distinto a la casa y con algún tipo de supervisión, en este caso, del padre de familia o tutor. Tal programa educativo formal, ¿será el que direccione las actividades escolares y, desde luego, la generación de aprendizajes de los alumnos pues no todos los paterfamilias están de acuerdo en enviar a sus hijos a los centros escolares porque no se garantiza un regreso seguro a los mismos?, ¿la SEP tomará esta alternativa y la establecerá oficial y arbitrariamente cuando no en todas las instituciones educativas se cuenta con los recursos que permitan integrarla adecuadamente para aplicarse pedagógicamente?

Y luego, el tema de la planeación didáctica, un asunto no menos importante puesto que, independientemente de las adecuaciones que los docentes pudieran realizar, tendría que partir del diagnóstico ampliamente referido y de las actividades sincrónicas y asincrónicas que podrían diseñarse a partir de los contenidos; en consecuencia, ¿el trabajo por proyectos es una alternativa?, ¿qué pasará con aquellos estudiantes que no cuenten con los recursos para trabajar virtualmente, por ejemplo?, ¿se tendría que planear para el trabajo a distancia, presencial y en línea?, ¿y los alumnos con alguna discapacidad integrados al Sistema Educativo Mexicano?

Hace tiempo tuve la oportunidad de conocer el caso de una escuela pública que trabajaba bajo este modelo con el esquema denominado “Rotación de Estaciones”. En éste, como su nombre lo indica, los estudiantes rotaban en equipos para trabajar algún contenido, que formaba parte de un proyecto, diseñado por el docente. Mientras unos se encontraban en la sala de cómputo de la institución educativa indagando sobre el tema, otros se encontraban en el aula respondiendo algunas preguntas sobre el mismo, y otros, en casa, leían una lectura dada por el profesor, sobre la misma temática, con la intención de recuperar los aspectos más importantes de ésta. Las condiciones, como parece obvio, eran las que todos quisiéramos que existieran en cada una de las escuelas de nuestro país. ¿Existirán las mismas condiciones en todos los centros escolares y familiares?

En suma, desde mi perspectiva, el modelo híbrido o combinado tiene un futuro incierto en México. Supongo, esto lo deben de saber en la SEP quien, dicho sea de paso, sigue tratando los síntomas, pero no la enfermedad que se ha agravado con esta pandemia.

¿Regreso a clases presenciales a qué, cómo y para qué?

Al tiempo.

Referencia:

  • Contreras Espinosa, Ruth Sofhía, & Alpiste Penalba, Francesc, & Euguia Gómez, José Luis (2006). Tendencias en la educación: aprendizaje combinado. Theoria, 15(1), 111-117.
  • Moreno, M. (1997). El desarrollo de ambientes de aprendizaje a distancia. Ponencia presentada en el VI Encuentro Internacional de Educación a Distancia: Desarrollo de ambientes de aprendizaje, Guadalajara, México.

Fuente e Imagen: https://profelandia.com/clases-presenciales-y-el-futuro-del-modelo-hibrido-en-mexico/

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Balance del «curso covid»: docentes, familias y sindicatos ponen nota

Por:

  • La comunidad educativa tilda de «éxito» un curso marcado por la pandemia del coronavirus y, al mismo tiempo, exige a la Administración más inversión para mantener las medidas en el curso 21-22. Todo apunta a que, al menos en cuestión de ratios, no será así.

Toca a su fin el curso escolar 2020-2021. Un año marcado, sin duda alguna, por la pandemia. También por las medidas de higiene y seguridad para la prevención de contagios y las múltiples restricciones que de ellas derivan. El coronavirus nos ha cambiado la vida a todos. Ha afectado, en mayor o menor medida, a la totalidad de los ámbitos de nuestra sociedad. Por supuesto, el sector educativo no ha sido una excepción.

El curso arrancó con dudas y recelos. Muchos. El futuro era incierto. Un mar de inquietudes con respecto a si las medidas adoptadas en los centros educativos, tales como la reducción de ratios o el establecimiento de grupos burbuja, serían suficiente para evitar contagios masivos entre los docentes, el alumnado y sus familias. Los acontecimientos marcarían la pauta: vuelta a la presencialidad o resignación remota frente a la fría pantalla del ordenador.

La predisposición y el trabajo duro de todos los miembros de la comunidad educativa permitió finalmente que el curso escolar transcurriese siguiendo las directrices de la «nueva normalidad». De la mejor manera posible. Tanto es así que, a pesar de los duros momentos atravesados, especialmente tras las vacaciones de Navidad cuando el repunte de casos obligó a activar la modalidad a distancia en algunos centros, existe un cierto consenso en tildarlo de “éxito”.

También se ha alcanzado un acuerdo generalizado en alabar el esfuerzo de docentes, equipos directivos, familias y alumnos que, a pesar de los vaivenes e indecisiones que caracterizaron a determinadas administraciones autonómicas, supieron dar lo mejor de sí para desencallar el barco y hacerlo navegar, incluso a contracorriente.

Es momento ahora de hacer balance. De pararse a pensar. De analizar y reflexionar. Valorar los aspectos positivos, aquello que se ha hecho bien. También los errores, pequeños y grandes.

La pandemia no ha terminado. El curso 2021-2022, aunque la situación sanitaria haya mejorado como resultado de las campañas de vacunación masivas, no será “normal”. Y es precisamente en esa línea en la que se debe trabajar. Comprender que, le pese a quien le pese, la escuela no volverá de inmediato a ser lo que era antes. Un periodo de tránsito es necesario. Es momento de estar alerta. Cuidar y cuidarse. Seguir haciéndolo. Para evitar males mayores. Eso sí, la luz al final del túnel está, cada día, más y más cerca.

Docentes y equipos directivos, en guardia

“Hacemos una valoración muy positiva del curso. Las medidas de distancia interpersonal entre el alumnado, así como la ventilación y el establecimiento de grupos burbuja han sido claves para conseguir que los centros educativos sean espacios seguros”, argumenta el secretario de la Fedadi y director del IES Pare Vitòria de Alcoy (Alicante), Antonio González.

“El aspecto negativo más relevante ha sido la semipresencialidad. Lo complica todo muchísimo. Es por ello que el principal objetivo que se debe marcar ahora la Administración es garantizar la presencialidad en educación secundaria y bachillerato con vistas al próximo curso”, añade.

Vicent Manyes es director en el CEIP Bertomeu Llorens i Royo de Catarroja, en Valencia. Además, es presidente de la Federación de Asociaciones de Directivos de Centros Educativos Públicos de Educación Infantil y Primaria (Fedeip). Si algo destaca del recién finalizado curso es “el gran esfuerzo realizado por toda la comunidad educativa. En primer lugar, los alumnos, que se han adaptado muy bien. También sus familias, incluso las que se mostraban recelosas a la presencialidad al principio. Por último, los maestros y directivos de los colegios, que han dado lo mejor de sí para que este curso fuera un éxito”.

Aunque se muestra, en líneas generales, satisfecho con los planes de contingencia diseñados por la Administración, reconoce su preocupación por la previsible reducción de recursos de cara al curso académico 21-22. “El próximo año tendremos más recursos que hace dos, pero menos que en el pasado. Es clave mantener las medidas el próximo curso, porque no habrá normalidad total. Confío en que los grupos burbuja se mantengan, pero la cuestión se complica si no hay profesores suficientes…”, afirma.

Otra cuestión de relevancia con respecto al siguiente año académico es la aplicación de la nueva ley educativa, la Lomloe. Ideada por Isabel Celaá, será la nueva ministra de Educación y Formación Profesional, Pilar Alegría, quien deba ponerla en marcha. “Consideramos que la nueva ley educativa es un avance en comparación con la anterior. No obstante, seguimos detectando carencias: falta de consenso entre las diferentes fuerzas políticas, un currículo demasiado cargado de contenidos, la ausencia de obligatoriedad de la educación infantil, la falta de desarrollo en cuanto a la función directiva, entre otras”, lamenta Manyes.

Las familias, a la espera

“Ha sido un año muy duro. Durísimo. Una prolongación del anterior, que también lo fue. Pero también ha sido un año que nos ha permitido localizar debilidades y propuestas de mejora para los problemas y las deficiencias de nuestro sistema educativo, tanto anteriores como nuevas”, señala la presidenta de la FAPA Francisco Giner de los Ríos de Madrid, Carmen Morillas.

Morillas sostiene que “la educación es un derecho fundamental que, en estos años de pandemia, se ha vulnerado”, motivo por el cual el próximo curso será clave para revertir la situación. “Es fundamental mantener la presencialidad y aumentar la inversión si queremos que haya equidad. La crisis ha traído consigo un incremento de la desigualdad, de la brecha social. De ahí la importancia de mantener medidas como la bajada de ratios, que ha mejorado los resultados académicos y la convivencia en el aula”, apostilla.

Pese a que las fallas del sistema educativo son palpables, Morillas reconoce que “como consecuencia de la incapacidad de los partidos políticos, de uno y otro signo, para aparcar sus diferencias, lo cierto es que ya vamos un poquito tarde con el inicio del nuevo curso. Aunque en otras comunidades se va arrojando algo de luz, en Madrid aún no sabemos qué medidas nos vamos a encontrar en cuanto a la organización de los centros para el curso 21-22”, concluye.

Los sindicatos, preocupados

“El curso nos deja un sabor agridulce. Cosas buenas como el regreso a la presencialidad, al menos en infantil y primaria, y cosas malas, como la deficiente labor de la Administración. Las ayudas y la inversión que se han hecho en educación se quedan en nada si la comparamos con otros sectores”. El responsable de Política Educativa en la Confederación STEs, José Ramón Merino, apunta y dispara.

Coincide a este respecto el secretario general de la Federación de Enseñanza de Comisiones Obreras, Francisco García: “La Administración actuó de manera razonable, aunque en la mayoría de las comunidades lo hizo de manera tardía e insuficiente. Pedimos la contratación de 72.000 profesores para garantizar la presencialidad de la enseñanza no universitaria. Se contrató, finalmente, a la mitad, lo que impidió garantizar la presencialidad en secundaria y bachillerato. Nos parece un error tremendo”.

Ambos consideran precipitada la decisión de volver a las ratios prepandemia. “Para el nuevo curso se deberían mantener e, incluso, ampliar las medidas del pasado con el objetivo de garantizar entornos seguros, pero las comunidades están haciendo lo contrario para ahorrarse unos euros. Van contra el sentido común y la lógica, pues los jóvenes, al no estar vacunados, son quienes se están contagiando más en estos momentos”, advierte García.

La desigualdad social derivada de la crisis económica es un asunto que también preocupa a los sindicatos. “Es necesario más apoyo a la enseñanza pública, que es donde se encuentran escolarizados los hijos e hijas de las familias más humildes, las que verdaderamente están pagando el pato de esta crisis. Son necesarios más medios y más ayudas, al igual que están haciendo el resto de las potencias europeas”, asevera Merino.

La atención a la diversidad es otra de las asignaturas pendientes en el curso covid. “Debemos seguir dando pasos adelante en materia de atención a la diversidad. Lo hecho hasta ahora resulta insuficiente, pues quien antes ya era vulnerable ahora lo es aún más. La cuestión de las ratios no responde meramente a una cuestión sanitaria, que también, sino a una mejor respuesta a las necesidades educativas del alumnado. Además, hacen falta más políticas educativas: más becas, más ayudas…”, destaca García.

Fuente e Imagen: https://eldiariodelaeducacion.com/2021/07/16/balance-del-curso-covid-docentes-familias-y-sindicatos-ponen-nota/

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La soledad del Quijote

Por: Carolina Vásquez Araya

El fiscal Juan Francisco Sandoval ha perdido una batalla en medio del silencio.

Con una trayectoria impecable en su labor de investigador para esclarecer los casos más impactantes de tráfico de influencias, corrupción e impunidad, el fiscal Juan Francisco Sandoval –quien emprendía una lucha frontal contra los intentos de frenar sus investigaciones dentro del Ministerio Público- fue destituido de su cargo por la Fiscal General de Guatemala, persona quien en descarada alianza con las organizaciones criminales en el poder, ha saboteado todos los esfuerzos en pro de la justicia en ese país.

El fiscal Sandoval no solo ha contado con el respaldo de organizaciones sociales en su territorio, sino también ha recibido reconocimientos por parte de entidades internacionales en el ámbito de la justicia y los derechos humanos. Con su destitución, queda clara la posición de las autoridades guatemaltecas en su decisión de transformar de golpe a esa dependencia en un refugio para garantizar la impunidad de los delitos del presidente, sus ministros, sus allegados, de empresarios corruptos y de una buena parte de la asamblea legislativa y el organismo judicial, todos quienes actúan bajo la premisa del silencio y la complicidad.

La acción -presuntamente ilegal, según indican expertos en la materia- realizada por la máxima autoridad del Ministerio Público, constituye la piedra fundamental para el establecimiento de un sistema de gobierno cooptado por el narcotráfico y el crimen organizado, bajo la sombrilla oportunista de un sector empresarial cuyo único afán es perpetuar sus privilegios a costa de la seguridad y la vida del resto de la población. La ciudadanía, ajena a los entretelones de la mañosa estructura consolidada durante las pasadas administraciones y reforzada por un ambiente de excesiva tolerancia, no ha sabido reaccionar con la firmeza esperada después de este golpe artero a la justicia.

Entre las investigaciones emprendidas por la fiscalìa contra la impunidad liderada por Juan Francisco Sandoval, se encuentra una atingente al mandatario sobre el oscuro negocio de las vacunas y el cual, supuestamente, ha sido la causa primaria de la destitución de este fiscal. Resulta bastante obvio que su labor ha representado, más que una piedra en el zapato, una seria amenaza contra quienes violan las leyes amparados por el poder.

El miedo imperante entre quienes han abusado de manera descarada de los mecanismos legales para impedir la aplicación de la justicia, es hoy una real amenaza contra la débil estabilidad de los fundamentos institucionales en Guatemala. Ha quedado meridianamente claro que los corruptos –reunidos en un pacto perverso- son capaces de cometer cualquier violación a la Constitución y las leyes con tal de conservar sus bienes mal habidos y los privilegios conquistados a fuerza de abusos. Ellos no solo han entorpecido la labor de los investigadores, también han establecido un clima de terror y persecución contra jueces probos, periodistas éticos e independientes, activistas de derechos humanos y líderes de las distintas comunidades, quienes arriesgan su vida en la defensa de la justicia, sus territorios y sus derechos.

Como un Quijote solitario se despide de su cargo uno de los mejores fiscales que han pasado por el Ministerio Público, pero las manifestaciones de repudio por su destitución no son suficiente. Es urgente una toma colectiva de conciencia para comprender, en toda su magnitud, la catástrofe institucional a la cual ha conducido al país el pacto de corruptos y, por lo tanto, actuar en consecuencia.

El miedo de los corruptos es un peligro inminente contra la democracia.

Fuente de la información e imagen: https://insurgenciamagisterial.com/

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La falacia del mérito personal

Por: Leonardo Díaz

La idea de percibir nuestros logros como hazañas personales puede ser satisfactoria, pero no es realista.

 

Una tradición del pensamiento occidental sostiene que el éxito es producto del mérito personal y que la carencia de éste es la causa del fracaso.

El supuesto del referido paradigma es que somos dueños absolutos de nuestro destino, que basta con nuestras decisiones y acciones para hilar el destino de nuestras vidas.

El referido supuesto es falaz. Somos el producto de un conjunto de circunstancias que no hemos creado, que nos anteceden y condicionan.

Pensemos en el ejemplo de un escritor que ha obtenido un importante galardón literario. Puede decirse que la obtención del premio es un mérito exclusivo suyo, el producto de su esfuerzo y de sus destrezas.

Pero el asunto no es tan simple. El talento tiene un primer cimiento en los genes, producto de una herencia que no se debe a ningún merecimiento de nuestro escritor. Luego, sus potenciales capacidades se han desarrollado en un entorno.

Por tanto, su talento es el resultado de la interacción entre sus genes y el proceso de experiencias que tuvo la oportunidad de vivir: el ambiente familiar, el entorno escolar, las lecturas a las que tuvo acceso, las conversaciones que escuchó, así como los apoyos económicos, emocionales e intelectuales que recibió.

Y por supuesto, aún habiendo contado de manera favorable con todos los factores señalados, nuestro escritor galardonado ha necesitado de otros factores que han proyectado su carrera y que tampoco son un mérito personal: escribir en un lugar donde ha existido una cultura editorial, vivir en una ciudad donde han habitado muchos lectores, la existencia de una atmósfera cultural propicia para su estilo y contenido, entre otras condicionantes.

Así que la idea de percibir nuestros logros como hazañas personales puede ser satisfactoria, pero no es realista. Al mismo tiempo, oculta una concepción maniqueísta de la vida que divide a los seres humanos en ganadores y perdedores mientras disfraza los mecanismos sociales que generan las desigualdades humanas.

 

Fuente de la información: https://acento.com.do

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La pregunta zapatista

Por: Dení Freie

Barcelona, Estado Español. Yo quería ser combatiente zapatista. Estaba segura y por eso comencé a prepararme y a visitar las comunidades zapatistas. Una noche, lo recuerdo perfectamente, estábamos sentadas alrededor de una mesa adentro de una casita de madera. La única luz que había provenía del fuego donde se estaba calentado el café y la cena. Esa luz era tenue y nos hacía parecer como fantasmas, como sombras, como siluetas apenas dibujadas.

Les volví a preguntar, qué hago para ser zapatista, yo también quiero luchar por la democracia y la justicia, y ellos, ellas, volvieron a quedarse callados. Después de un silencio, una de las siluetas habló. Nosotros no queremos que se conviertan en zapatistas, o bueno, tal vez sí. Pero antes que eso, lo más importante es qué quieres hacer tú, qué es lo que quieres hacer en la vida, y a partir de allí, luchar por la democracia y la justicia.

Esa pregunta como respuesta lo cambió todo para mí en ese momento. De pronto comencé a pensar en el futuro y a cuestionarme profundamente qué quería hacer con mi vida. ¿Quedarme en las comunidades para siempre o sólo un tiempo? ¿Cuánto tiempo? ¿Estudiar, ir a la universidad o cultivar el campo? ¿Viajar, casarme, tener hijos? ¿Ser esposa, madre, ama de casa, estudiante, profesora, investigadora, activista, poetisa, escritora, periodista? Se abrieron muchas posibilidades, muchos caminos, y en cada uno de ellos se podía luchar por la democracia y la justicia.

Han pasado muchos años desde aquella noche. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) evolucionó increíblemente, pasó de ser una organización clandestina armada a una organización social pública (“del fuego a la palabra”). En varios comunicados del EZLN se ha convocado a la sociedad civil a luchar, a resistir, a no claudicar, desde su propio contexto, en su propia realidad social.

El año pasado comenzó a fraguarse un nuevo proyecto del EZ: viajar por el mundo para conocer en su territorio a las personas y colectivos que luchan y resisten y que, en mayor o menor medida, han tenido contacto con las comunidades zapatistas. Comenzaron a organizarse. El 30 de abril de este 2021, siete zapatistas zarparon en barco rumbo a Europa, el primer territorio para visitar. El 20 de junio llegaron a Galicia, España. Varias personas y colectivos les estaban esperando, fue un momento no sólo emotivo sino también histórico. Días más tarde, el 8 de julio, llegaron a Barcelona, donde vivo actualmente.

Allí estaban, frente a mí, en la Plaça Catalunya, siete zapatistas, el Escuadrón 421, Marijose, Darío, Bernal, Yuli, Ximena, Carolina y Lupita, con su mirada me decían, cuánto tiempo ha pasado, luego nos cuentas cómo te ha ido en la vida, por ahora te vamos a dejar otra pregunta, no sólo para ti, sino también para toda la gente con la que vamos a hablar: ¿qué es lo que están haciendo para luchar, para resistir, para no claudicar? No es una pregunta para evaluar, sino más bien para aprender, para saber cómo podemos luchar en conjunto.

Después de Barcelona, el escuadrón 421 se dirigió a Francia. En París se encontrarán con otro grupo de zapatistas que están viajando en avión rumbo a estas tierras. Después, en grupos, se repartirán por todo el territorio europeo para realizar encuentros con diversos colectivos y organizaciones que les han invitado para hablar, para escucharse, para conocerse.

Yo voy a estar aquí esperando cuando regresen a Barcelona para encontrarnos; mientras tanto, me quedo con la pregunta que me dejaron. Hay muchas cosas que responder, pero, sobre todo, muchos desafíos para solventar: ¿Qué hacemos y cómo nos organizamos ante este mundo que se deshace en pedazos, que agoniza lentamente delante de nosotros?

Fuente de la información e imagen: https://desinformemonos.org

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La explotación laboral como característica estructural de México

Parte 2. La precariedad laboral, un rasgo persistente en el trabajo en México

Por: Irving Góngora

Jorge[1] nunca pensó que ser profesionista fuera tan miserable. Él soñaba con ser abogado; perseguía el sueño inocente de estudiar derecho para servir a la sociedad en búsqueda de un país más justo; por eso se esforzó en la escuela y logró excelentes calificaciones. Ahora, se retrasó su salario, de nuevo: mañana vence su renta, aún no paga sus deudas; confió en que su patrón le pagaría a tiempo y, por eso, decidió consumir lo último que le quedaba de su despensa mensual. En el camino a casa se compró un pan dulce, aunque hubiera deseado comprar dos, uno para el camino y otro para la cena. -No importa-, se dijo a sí mismo; -mañana aprovecho los bocadillos de la oficina y, al salir, voy a casa de mamá para comer y traer comida a casa-; también conserva la esperanza de que ahora sí, le paguen. -No puedo-, pensó de nuevo. Su jefe le recordó que debe doblar turno, nuevamente. -Ni modos que le diga que no puedo-, se dijo; el trabajo que tiene, si bien no es el mejor, es el único que pudo conseguir en, al menos, 6 meses. Sabe lo difícil de la situación para un abogado y cuidará su empleo por el tiempo que pueda o que aguante. -Lo bueno de estar muy cansado y llegar tarde al trabajo-, pensó, -es que puedes ahorrarte la cena y aprovechar a dormir- (práctica que aprendió en su época de universitario). Antes de conciliar el sueño diversos pensamientos le abruman su mente: desesperación, estrés, ansiedad y remordimiento: – ¿Cuánto más tiempo soportaré esto?, ¿qué haré si sigo así?, ¿qué estoy haciendo con mi vida? – Recordó que terminó una relación con su novia tan estable que incluso habían pensado vivir juntos y tener hijos; ahora carece de certeza sobre cómo solucionará su hambre de mañana, mucho menos puede pensar en planes para este año o a futuro. No puede dormir. – ¿Dónde está mi diazepam? -, pensó. Se levanta a buscarlo y ve que sólo le queda uno: – ¿Habré abusado mucho de él? Y ¿si mejor no lo tomo? -. Pensó un tiempo: -Tengo que tomarlo, mañana trabajaré, otra vez, 16 horas, no puedo darme el lujo de estar cansado-.

Algo que es claro para los académicos, pero no tanto para la población general, es que las condiciones pésimas que ofrecen los empleos son parte estructural del trabajo en México. Primero cabe recapitular lo que dijimos en la primera parte de esta disertación: el triunfo del capitalismo es ocultar que la riqueza de los súper ricos sucede por la participación de todos, especialmente de los trabajadores, y que esto ocurre en condiciones de explotación. En este segundo escrito nos detendremos en esto último: una expresión de la explotación es la precariedad laboral (concepto que definiremos más abajo). Algo debe quedar claro: todo empleado mexicano tiene derechos por el simple hecho de trabajar en el país; éstos deberían ser inalienables e irreductibles. ¡Oh, sorpresa!, tales garantías parecen privilegios, pues gran parte de la población carece de éstos. ¿Por qué? Puedo adelantar una respuesta, un tanto superficial, pero útil para empezar este texto: porque al empleador le cuesta dinero brindar derechos a sus subordinados. Aquí seré directo: ¡entiende, tú, empleado, lo que tu patrón se ahorra evitando pagar tu Infonavit, tu IMSS, tus vacaciones pagadas, tu prima vacacional, tu reparto de utilidades, una jornada justa, un salario decente se lo embolsa como capital! He sido testigo de quienes dicen: – A mí no me interesa tener nada de eso, no lo utilizo, además me descuentan mucho -. Sin importar que lo quieras o no tú patrón está obligado a dártelo (no hay de otra), claro, a menos que quieras renunciar a tus derechos; además, ahora, tal vez no los utilices, pero en algún momento enfermarás y necesitarás descanso y vivienda; cuando vivas eso implorarás que se respeten las garantías laborales que emanan de la ley.

Para entender la precariedad laboral definamos primero a qué nos referimos con la palabra “precariedad”. Éste es un fenómeno social y económico que se relaciona con la incertidumbre de ser dañado; es decir, un perjuicio latente e inesperado contra el individuo. La filósofa Judith Butler en su libro Precariedad vital dice, al referirse a la precariedad vital: Sin duda, el hecho de que puedan hacernos daño, de que otros puedan sufrir daño, de que nuestra vida dependa de un capricho ajeno, es motivo de temor y dolor (Butler, 2006, p. 14). La reacción del individuo a sentimientos de temor y dolor son repuestas esperadas ante situaciones negativas: el temor lleva al individuo a tener ansiedad por la huida o se paraliza por el terror. Pero este sentimiento no está originado en el propio individuo, sino en un capricho ajeno. El capricho es una determinación arbitraria inspirada por un antojo; pero en la definición de Butler este antojo no es propio. Si lo primero refiere al individuo, esto segundo se relaciona con lo social. El capricho ajeno puede ser un “otro”; pero para que éste pueda hacer daño basta que el individuo reconozca la legitimidad de su poder; este otro no se trata de un individuo en igualdad de condiciones, sino de alguien con jerarquía como: un gerente, un empleador, un patrón o cualquier superior. Otra de las palabras claves en esta definición es la condicional puedan, pues esto indica la incertidumbre, algo que puede o no suceder. Entonces, la precariedad implica la incertidumbre de que nuestra vida está vulnerada por lo que “otro”, con poder reconocido, quiera hacernos. No sabemos si hoy sí me pagará o no; si podré salir temprano o me tendré que quedar para terminar pendientes; si me condicionará mi pago sólo si cedo a concederle favores. Esta precariedad indica la vulnerabilidad en las relaciones sociales donde existe desigualdad de poder.

Al poner el adjetivo “laboral” a la precariedad, encontraremos algunos paralelismos con las ideas de Marx. Primero, veamos cómo se define la precariedad laboral por el organismo que vigila el trabajo en el mundo, la Organización Internacional del Trabajo. La define como un medio utilizado por los empleadores para trasladar los riesgos y las responsabilidades a los trabajadores[2] (2012, p. 32). Es claro que este concepto alude a una relación de un empleado con su patrón. Si bien, existen otros autores que extienden esta noción a otras formas de trabajo, pierde la precisión que quiero dejar claro en este escrito. En una relación salarial el trabajador vende su trabajo por un salario a un empleador. La única obligación del primero es hacerse cargo de su trabajo, mientras que el último, toma el riesgo por toda la producción; a fin de cuentas, es éste quién más riqueza genera. Las diversas luchas obreras resultaron en que los patrones se hicieran responsables de brindar un sueldo justo por el trabajo, una jornada adecuada y otorgar acceso a la seguridad social. La precariedad laboral es vulnerar los derechos de los trabajadores mediante el arrebato de los derechos laborales. Esto se traduce en bajos salarios, jornadas laborales extensas, falta de claridad en la contratación, falta de seguridad y poca posibilidad para exigir que se garanticen los derechos de trabajo.

La seguridad social surgió como una forma de distribución de la riqueza del empresario al reconocer la situación insegura de su subordinado. El Estado interviene entre el capitalista y el obrero para garantizar que este último trabaje seguro mientras el primero disfruta de sus riquezas. Si bien lo anterior sólo termina por justificar la desigualdad social, al menos, en teoría, permite la distribución de la riqueza generada en la producción. A través de la seguridad social el trabajador puede acceder a satisfactores para la reproducción de su vida que no podría alcanzar de otra forma con su nivel de sueldo, tales como acceso a servicios de salud ante accidentes de trabajo o de otra índole, descanso pagado, reparto de utilidades, etc. Lo anterior, en gran parte del mundo, se ha cristalizado como derechos laborales dentro de las constituciones de los países. Trasladar el riesgo del trabajo del empleador al trabajador es una forma de evitar la distribución de la riqueza producida por los propios trabajadores.

Cuando digo que tal precariedad es parte estructural del trabajo en México, me refiero a que es necesaria su existencia. La estructura, según se define en la RAE, es la disposición o modo de estar relacionadas las distintas partes de un conjunto. La precariedad al ser parte del conjunto del trabajo se vuelve necesaria. Pero hay que ser claros con lo que sigue: no todo el conjunto del trabajo es precario, pero gran parte sí lo es. Obtener un trabajo sin precariedad se convierte en una gran proeza en nuestro país. Por paradójico que suene, tal proeza no se relaciona directamente con el mérito del individuo. Hay condiciones sociales como el lugar donde se nace: ciudad o campo, localidad pequeña o grande, mercado de servicios, mercado industrial, familia empobrecida o familia acomodada. La manera en la que se acomodan las condiciones sociales se traduce en el tipo o nivel de oportunidades de la población. En nuestro país, si naces con pocas oportunidades tal vez no las incrementes a lo largo de tu vida; pero, si naciste con muchas oportunidades lo más seguro es que las mantengas o las incrementes. La desigualdad de nuestra nación se traduce en un mínimo de población con gran cantidad oportunidades y una gran mayoría con escasas oportunidades. Esta última población es la que está en riesgo de trabajar precariamente.

El asunto no es únicamente poblacional, pues la disponibilidad de trabajos decentes es un problema económico y de la organización del empleo. México se convirtió en el patio trasero de Estados Unidos después de los años 80. Nuestra economía transitó de una que protegía la producción mexicana y limitaba las importaciones a otra completamente opuesta. A partir de los años 90, México abrió sus fronteras al mercado mundial y desmanteló la industria estatal. Ha sido en estos años que nuestro país ha dependido de la inversión de capitales extranjeros, mayormente norteamericanos. Pero, es bueno esto ¿no? ¿No supuestamente el desarrollo de un país alcanza sus límites internos por lo que se volvería necesaria la inversión externa? Bueno, si esto fuera así, ¿por qué México no se desarrollado económicamente como se prometía en los años 90? Al abrirse las fronteras se dio paso libre a la explotación de parte de las empresas transnacionales hacia los mexicanos. Pero ¿cómo hizo México para convencer a los héroes gringos de que vinieran a “salvarnos”? Concesiones y mano de obra abaratada. Se crearon condiciones para que las empresas se instalaran: reducción de competencia con la empresa nacional, exenciones al pago de servicios, construcción de infraestructura y desregulaciones laborales para flexibilizar las contrataciones de mano de obra. También, se desprotegió el trabajo de los mexicanos y se abarató su precio: nuestro país es uno con grandes desigualdades, con un gran ejército de mano de obra sin preparación, empobrecida, con muchas necesidades, que aceptaría cualquier trabajo para poder sobrevivir nuestra cruda realidad. Y todo salió bien en las cuentas y en los libros: México hizo convenios con nuestro vecino del norte, se dispararon las inversiones, aumentaron las transacciones con el extranjero, los ricos se volvieron más ricos; pero todo salió mal para el grueso mexicano: empleo precario.

Es necesario que haya empleos mal remunerados y explotados para que nuestra economía “avance” (noten las comillas). Son escasos los empleos decentes (trabajo sin precariedades) y abruman los precarios; según investigaciones sólo 3 de 10 empleos son decentes. Nos pintan que el esfuerzo individual basta para conseguir buenos empleos. Antes dijimos que la disponibilidad de empleos no depende de las características poblacionales, sino de la forma en la que está organizado el trabajo y nuestra economía. Por mejor preparada que esté nuestra población en términos educativos y laborales no se generarán nuevas plazas laborales decentes. Es necesario que muchos estén con trabajos de mierda, para que otros se enriquezcan. Pues – lógico-, dirían los privilegiados, -ni modo que un intendente o velador gane lo mismo que un profesionista-. Parece tan natural en nuestra cultura culpar a los individuos por fallas estructurales. Lo que no es natural es la abrumadora desigualdad: un país que tiene a la mitad de su población en pobreza y a uno de los hombres más ricos del mundo.

Por diversos estudios, se ha descubierto que a menores niveles de educación o experiencia laboral aumenta la propensión de tener un trabajo precario. Se espera que a más educación mejoren las posibilidades de lograr un trabajo decente. Pero la realidad de México dista de este ideal. Una parte sustantiva de la población en México apenas termina el nivel secundario. Si bien, la educación básica ha incrementado, su calidad es insuficiente y la población no tiene los medios y recursos para mantenerse estudiando. Sólo una porción menor de la población estudia y termina una licenciatura y, una porción aún menor, estudia algún posgrado y especialización. Las condiciones desiguales del país provocan que la acumulación de capital humano aún diste de lo ideal. Pero si bien, estudiar una licenciatura aumenta las posibilidades de tener un empleo sin precariedades, no lo asegura. Nuevas investigaciones en la población profesionista han descubierto que una parte significativa de los jóvenes con licenciatura encuentran trabajos precarios.

Veamos cómo ha sucedido la precariedad en México. Para 2008, Mora realizó un análisis para identificar niveles de precariedad laboral en los empleados[3]. Descubrió que sólo el 37% de la población trabajó sin alguna condición de precariedad; es decir, el 63% laboró con alguna modalidad de precariedad. Encontró que casi el 42% de la población trabajó con alta y muy alta precariedad. La precariedad en nuestro país se ha mantenido constante desde los años 90. Mora y Oliveira (2010) realizaron un ejercicio histórico para encontrar la prevalencia de los distintos niveles de precariedad desde 1991 hasta 2004[4]. Para ello clasificaron las condiciones laborales como no precario, precariedad moderada y precariedad extrema. La primera se ha mantenido constante con cifras alrededor de 32% a 37%; algo similar a lo que reportó Mora para 2008. La precariedad moderada también ha visto ligeros cambios pues se ha mantenido constante entre 15% y 18%. La precariedad extrema se ha mantenido similar, pero con cifras alarmantes entre 49% a 48%. De 1991 a 2008 la problemática de las condiciones laborales ha cambiado poco, a pesar de la alternancia política del 2000. Más bien, existe una continuidad económica que privilegia la desregulación del trabajo y el deterioro de la clase trabajadora. La precariedad es alarmante, veamos las estadísticas de nuestro país en 2019. En ese año 44.1% de los asalariados carecieron de acceso a los servicios de salud por el trabajo. Éstos ante un accidente laboral no están amparados por su empleador y, como quedó evidenciado, carecieron de servicios médicos durante la pandemia de 2020. Para el mismo año, el 36% de los asalariados carecieron de acceso a prestaciones sociales como el aguinaldo, reparto de utilidades y vacaciones pagadas; formas para distribuir la riqueza de las empresas. El 43% careció de contrato escrito indefinido, de planta o base; tener contrato, en términos ideales, da certeza de la permanencia en el trabajo hasta que la relación se rompa justificadamente o que el trabajador renuncie como manda su derecho; su falta ocasiona discrecionalidad en los despidos o en las renuncias, o bien, incertidumbre en que mañana un trabajador contará con su trabajo y, por tanto, con su sueldo. Para ese mismo año, 20% trabajó con jornada parcial por razones de mercado, es decir gente subempleada que no pudo ser contratada con jornada completa a pesar de que el trabajador quisiera, lo que evita que éste goce de los derechos laborales propios de la jornada completa. El 27% trabajó más de las 48 horas máximas legales en México, cosa que está prohibida, pues, incluso, las horas extras están condicionadas. Un 54% trabajó con una paga de hasta 2 salarios mínimos, que este es el límite para considerar un ingreso precario.

El trabajo es importante pues es una forma de integrarnos a la sociedad, pero también puede significar enajenación y exclusión social. Algo que nos diferencia como seres humanos es nuestra capacidad creativa que se expresa a través de la fabricación de un objeto o una habilidad. El trabajo concretiza nuestra habilidad creativa. Desde una perspectiva sociológica el trabajo permite que nos integremos socialmente. Nosotros, como individuos, podemos aportar nuestra capacidad creativa al servicio de los demás. Una de las consecuencias de nuestra participación en forma de trabajo es la garantía de seguridad. Como maestro, yo puedo hacer mi trabajo con la certeza de que hay personas que aportan su creatividad en forma de agricultura, ganadería, medicina, y un sinfín de actividades; como no puedo hacerme mi propia comida o curarme tengo la seguridad de contar con otros que lo puedan hacer por mí; pero también esos que producen alimentos pueden estar seguros de que hay profesores como yo para brindar educación. Ese reconocimiento de nuestra aportación social se traduce en forma de disponibilidad de puestos de trabajo, ingresos suficientes, prestaciones sociales y buenas condiciones de trabajo. Cuando todo lo anterior sucede se puede decir que el trabajo permite inclusión social.

Cuando no sucede lo anterior podríamos decir que el trabajo se enajena o provoca exclusión social. En Mérida, una de las ciudades más caras para vivir en el país, en la que los salarios están por debajo de la media nacional podemos observar cosas como la siguiente. Existen restaurantes de lujo que emplean cocineros que cocinan los mejores platillos; platillos que por los cuales tal restaurante se volvió famoso. La capacidad creativa de los cocineros (su trabajo) es reconocido por los comensales. Pero ellos, los cocineros, con sus ingresos actuales, no podrían comprar lo que ellos mismos cocinan; no proveyeron los insumos, no les pertenecen los ingredientes, sólo su trabajo; pero es su trabajo lo que hizo que ese pescado y esa pasta se cocinarán tan bien. Qué paradójico, el restaurante enajena el producto creativo de los cocineros. Además, los cocineros: no tienen acceso a seguridad social, sus ingresos son bajos, no tienen vacaciones, sus días de descanso son rotativos, trabajan horas extras superiores a las legalmente permitidas y no se las pagan; les rotan turnos, les extienden la jornada sin avisar, tienen atrasos en sus pagos, existe burnout en el espacio de trabajo, acoso, mobbing y se les cobran los platillos mal hechos. Algunas de las consecuencias de estas pésimas condiciones son: falta de tiempo para dedicarle al descanso, a la familia (si es que tiene), al estudio, a la cultura, falta de solvencia económica para participar en el consumo y permitir el acceso a diversos bienes, cansancio, estrés, ansiedad y, en última instancia, la renuncia. Este restaurante no sólo enajena el trabajo reconocido, sino que sus condiciones precarias vulneran al trabajador.

Jorge pudo comer al llegar a su trabajo. Por fortuna, una amiga le convidó de su comida. El patrón de Jorge lo encontró en el pasillo y le dijo – ven a mi oficina más tarde -. – ¿Qué querrá? -, pensó Jorge. – Tal vez por fin me pagará -. La alegría del pago lo puso con buen ánimo, tanto que se le olvidó que no llevó nada para comer, incluso se le olvidó su hambre. Toda su jornada de 16 horas se las pasó tomando agua y café. Inspirado por su buena noticia pensó: – he trabajado bien; la semana pasada me felicitó por mi informe. ¿Y si me ofrece otro puesto o me aumenta mi salario? -. Esto lo inspiró a trabajar tanto que acabó todos sus pendientes con 5 horas de anticipación. Se le olvidó preguntarle a su jefe a qué hora debía ir a verlo. Decidió esperarlo hasta que lo llame. Todos se habían ido, sólo Jorge se mantuvo en la oficina. – Olvidé mis llaves en la oficina. Estaba yendo a mi casa y recordé que las dejé-, oyó decir a su jefe. – ¡Jorge, cierto! Se me olvidó, ven a mi oficina-. Ambos entraron y empezó el jefe: – espero que estés bien. Yo lo estoy. Mi sobrino acaba de graduarse de la universidad; la verdad le iba tan mal en la escuela que es un logro que la haya terminado. Bueno, por eso te llamo. Mi hermana me pidió que lo contratara y si no lo hago se molestará. Lamento decirlo, pero tengo que despedirte. Eres el más nuevo, si despido a otra persona tendré que pagarle mucho de finiquito. Tienes que firmar tu baja -. Jorge no podía con la noticia: trabajó días enteros, no comió y tampoco le habían pagado. – De hecho-, continuó tu jefe: – no tienes que firmar, recordé que firmaste una hoja en blanco cuando te contratamos. Qué bueno, eso aligera más los trámites. Como recomendación para tu futuro, Jorge, nunca firmes hojas en blanco. Ahora, vete, si necesitas una carta de recomendación pídemela, la verdad eres un gran elemento. Ten tu paga y mil pesos de finiquito, de nada-. Jorge salió del edificio. -Sé positivo-, pensó. Se dirigió rumbo a casa de sus papás, lo más seguro es que se quede allá unos días, así puede ahorrarse algunos gastos en lo que encuentra otro trabajo.


Irving Góngora es Maestro en Ciencias Sociales por El Colegio de México.

[1] “Jorge” es un personaje típico resultado de la información recabada mediante entrevistas en una investigación sobre la precariedad laboral en jóvenes profesionistas.

[2] OIT (2012). Del trabajo precario al trabajo decente: documento final del simposio de los trabajadores sobre las políticas y reglamentación para luchar contra el empleo precario/ Oficina Internacional del Trabajo. Ginebra: OIT.

[3] Mora, M. (2012). La medición de la precariedad laboral: problemas metodológicos y alternativas de solución. Revista Trabajo, 9: 89-124.

[4] Mora, M; Oliveira, O. (2010). Las desigualdades laborales: evolución, patrones y tendencias. En Los grandes problemas de México. V, Desigualdad, pp. 101-140. Publicaciones COLMEX, Ciudad de México.

Fuente de la información e imagen:  https://cemees.org

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