De la subsunción real a la subsunción vital. Reseña de Neurocapitalismo

Giorgio Griziotti

tlaxcala-int.org

Traducido por Miguel Alonso Ortega

En los últimos treinta años, la categoría marxiana de “subsunción real” ha sido a menudo utilizada como papel de tornasol para leer de manera materialista muchos de los cambios de época ante los cuales nos puso el inicio de la revolución tecnológica y la globalización. En su riquísimo “Neurocapitalismo”, Giorgio Griziotti demuestra con gran eficacia la concretización y la superación de esa misma categoría a través de la transición de la sub- sunción real a la “subsunción vital”. Una era en la que la valorización capitalista ha conseguido extraer valor no solo de las formas del trabajo y de la cooperación social, sino de la vida misma, con su inteligencia, sus potencialidades relacionales, su variedad de deseos y expectativas e incluso su esencia desnuda.

El neurocapitalismo es la fase bio-cognitiva de la valorización: la conexión de mente, cuerpo, dispositivos y redes aparece como inextricable y define la omnipermeabilidad de la mediación tecnológica. El sujeto, sus deseos, sus potencialidades, son “puestos en valor” de manera integral dentro de la dimensión de hiperconexión global en la cual toda la humani- dad, desde la sabana hasta las metrópolis, está ya plenamente inmersa en distinta medida. Para escribir un texto de este tipo eran necesarias dos condiciones: una elevada competencia científica acerca de las revoluciones tecnológicas de los últimos treinta años y una propensión inextinguible hacia la perspectiva de la liberación anticapitalista. La biografía del autor, militante autónomo del 77 milanés y más tarde ingeniero para grandes multinacionales de las comunicaciones, reúne ambas condiciones (ojalá hubieran más “rojos expertos”, en una época en la que unos y otros escasean…).

Griziotti parte de las categorías marxianas clásicas –la “subsunción real”, el general intellect, la ciencia como fuerza productiva central y la ley del valor/trabajo como horizonte en continua alteración; por tanto, del Marx de los Grundisse y del “Fragmento sobre las máquinas” (que, como todo texto profético, se ha prestado a todo tipo de interpretaciones en 100 años)– para conectar estas macro-categorías con las mutaciones tecnológicas concretas que han articulado la hegemonía de la meta-máquina informática. Y explica (en una transición nada evidente) cómo todos estos umbrales tecnológicos marcaron los grandes eventos político-económicos a caballo entre los dos siglos: el fin del sistema de Bretton-Woods, el inicio de la revolución liberal, la hegemonía del capital financiero, la derrota obrera en Occidente y el gigantesco reasentamiento de la división internacional del trabajo que –gracias a la revolución tecnológica– permite la convivencia de la vieja producción de masa en la peri- feria del mundo (no ha habido en la historia tantos obreros como ahora) con las nuevas formas de explotación “cognitiva”, cuya moderna base de extracción de plusvalor la constituyen, en lugar de los brazos, la inteligencia, las actitudes cooperativas y el saber social con- solidado dentro de la experiencia individual de lo humano.

Bien contada, incluso para los más profanos en la materia, está la larga secuencia histórica que lleva al capitalismo cognitivo a apropiarse del movimiento del free software y de la innovación que la inteligencia socialmente extendida es capaz de producir en condiciones de libertad: una dinámica de apropiación que comienza con la epopeya de Unix, el primer gran sistema operativo (desarrollado desde abajo), y llega hasta la persistente y refinada capacidad de captación de los grandes grupos, comenzando por el de Steve Jobs, que continúan “vallando” y extrayendo valor de aquello que nació como saber común.

La historia del capitalismo, recuerda Griziotti, ha estado siempre marcada por el intento de “subsumir” saberes y calidad del trabajo vivo dentro de la Máquina, desde el tiempo de los telares a vapor; con la electrónica, en los años sesenta y setenta la transición indica un salto de calidad (simbolizado por la máquina de control numérico y por las primeras líneas automatizadas), a raíz del cual el hombre cede a la máquina parte de sus saberes y se des-plaza “al lado” del proceso productivo, pasando a adquirir una función de vigilancia y con- trol. A partir de ahí, y con el impulso del conflicto obrero, penetrará la excepcional revolución de las comunicaciones de los últimos treinta años: un gran salto adelante en la valorización de los saberes, el lenguaje, los sentidos e incluso de la esfera emocional.

La tesis del autor es que las nuevas tecnologías –con su devastadora capacidad de impacto sobre lo humano– van más allá de la dialéctica histórica máquina/trabajo vivo y definen una revolución antropológica en la que la esencia misma de la subjetividad es derribada y el bios es redefinido: la nuda vida. En esta época no solo se echa de menos la distinción tradicional entre trabajo y no trabajo, entre esfera productiva y no productiva, y no se trata únicamente de que la jornada laboral se diluya en un continuum en el cual eres perfectamente productivo incluso mientras merodeas por las redes –alimentando los colosales big data que trabajan con nuestros deseos y con cómo transformarlos en estímulos compulsivos–, sino que tiende a difuminarse la frontera entre humano y máquina: ¿dónde termina y dónde comienza nuestra mente/consciencia en el flujo de la biohiperconexión continua en el cual estamos inmersos? ¿Hay “alguien” dentro de este flujo capaz de distinguirse? Y, ¿qué es exactamente lo humano en el interior de este escenario post-humano?

Terribles preguntas. El autor trata de sustraerse al habitual alineamiento entre apocalípticos e integrados: entre los optimistas que, desde hace veinte años, ven un potencial de liberación en la revolución tecnológica (las máquinas trabajarán en nuestro lugar y nosotros desarrollaremos las facultades humanas libres del tormento del trabajo) y los que temen una dictadura digital totalizadora irreversible, ya en curso. Para el autor, el terreno de enfrenta- miento es el capitalismo cognitivo, tal y como nos es históricamente dado, e incluso en un ciberespacio y un cibertiempo continuamente modificados por el poder, no podemos sus- traernos a este terreno, de ahí la necesidad de construir continuamente nuevas “vías de fuga” en las cuales un saber cooperante y constituyente logre sustraerse al mando y a la valorización. No se aprecian grandes señales de ello por el momento, más allá de alguna potencialidad. El viejo militante de los años 70 recuerda el devastador impacto provocado por la heroína sobre los movimientos y lo compara con el efecto alienante de la permanente conexión que proporciona una ilusión de apertura global mientras en realidad aísla al individuo de la realidad y la proximidad humana, en la más brutal de las alienaciones. La última sección del libro, la más problemática, está dedicada a la organización: ¿existen recorridos y procesos reales y actuales a través de los cuales lo común y la cooperación extendida puedan reapropiarse de su autonomía?

El escenario es desolador. Nomadismos existenciales, tránsitos perennes hacia la nada, que rechazan las pertenencias (o se refugian en otras más efímeras), delinean a un individuo sin metas en la esfera biohipermediática, con los sentidos perennemente saturados, dentro de un espacio-tiempo continuamente redefinido por algoritmos y automatismos sistémicos estudiados para clasificar y valorizar miles de millones de singularidades y sus prácticas.

El autor es plenamente consciente de que, sin conflicto, las potencialidades de lo común (sobre todo en temas centrales como los de la energía y la comunicación) no se liberarán nunca, a despecho de los profetas à la Rifkin, que nos hablan de transiciones dulces y del inevitable advenimiento del nuevo mundo de la abundancia, de la economía colaborativa y del conocimiento común. Pero, ¿qué hay en la agenda del presente, cómo se organiza el trabajo asalariado hoy, mientras se mantienen sus viejas modalidades de prestación laboral? El obrero fordista asumía en su figura un ciclo completo de emancipación y hegemonizaba un amplio espec- tro de figuras: programa y composición de clase iban unidos. Pero, hoy, ¿qué sector del “proletariado cognitivo” está en condiciones de recorrer nuevamente la moderna cadena del valor, desde el botones hasta el programador? Este es el problema de todos los problemas hoy: la definición de una nueva cartografía de sujetos reales de la que “echar mano”, más allá de las macro-narraciones sistémicas.

Décadas de conricerca o “coinvestigación” –la vieja afición operaísta–, la pasión del militante y el saber acumulado “sobre el terreno”, hacen del trabajo de Griziotti algo rico, denso y útil. “Neurocapitalismo” es un libro poderoso, que abre nuevas fisuras y a la vez produce una síntesis apropiada de la que ya es una masa ilimitada de literatura sobre las derivas del capitalismo cognitivo.

Mientras media Europa se interroga sobre una posible “sumisión” à la Houellebecq (Moloch sabiamente agitado para aterrorizar a los pueblos europeos), nos preocupamos muy poco por la “sumisión real” (sinónimo de subsunción) de nuestra existencia a la mercancía y al beneficio, desplegada en todos los ámbitos de nuestra experiencia cotidiana y de nuestro espacio-tiempo. Ninguna sharia podría condicionarnos de una manera más brutal. Más que un futuro de centralidad teocrática, lo que se entrevé es un horizonte de nihilismo tecnológico muy eficaz, hiperproductivo y desesperado.

Fuente original: http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=17759

Fuente de traducción: http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=17838

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